lunes, 20 de marzo de 2017

DIOS MADRE





                                             Francesc Ramis Darder
                                             bibliayoriente.blogspot.com


Como explica la Sagrada Escritura, había en Jerusalén un rey llamado Ezequías; Dios le había ayudado, le había defendido de sus enemigos y curado de una enfermedad mortal. Parecía que el monarca tenía que ser capaz de poner su confianza en Dios. Pero sucedió un hecho sorprendente. Fueron a visitarle los embajadores del emperador de Babilonia. Después de recibirlos, les mostró lo que consideraba más importante. Ahora bien, el rey no llevó a los embajadores a la escuela de algún sabio, capaz de enseñar al pueblo el arte de vivir amando; tampoco les presentó a ningún profeta, los hombres que en nombre de Dios exigen la justicia; ni tan siquiera les condujo al templo para que pudieran conocer a algún sacerdote, la persona que orientaba al pueblo hacia la oración.

    Ezequías les mostró lo que consideraba más importante; les llevó a la cámara del tesoro, donde les expuso, con el tono más orgulloso, la plata, el oro, los ricos perfumes, los ungüentos más valiosos, y el arsenal con las armas más sofisticadas. Ezequías, que tanto debía agradecer al Señor, a la hora de la verdad, depositaba toda su confianza en el valor de las riquezas.

    La gente de Jerusalén informó al profeta Isaías de lo que había hecho el rey; Isaías se presentó en palacio y dijo al soberano: vendrán días en que los tesoros que has acumulado te los quitarán y los llevarán a Babilonia, ni a ti ni a tus descendientes os quedará nada de toda esta riqueza; y, añadiría aún, la gente que se ha dedicado a acumular riquezas, olvidando el amor de Dios y su justicia, serán deportados un día a Babilonia, como esclavos.

    Como dice Jesús en el evangelio: “No podemos servir a Dios y a las riquezas.” Solo el servicio a Dios, expresado con el amor y la misericordia hacia el prójimo, dura por siempre; solo el servicio a Dios y al prójimo nos abre la puerta del cielo, mientras el culto a las riquezas nos convierte en egoístas atados por siempre a la tierra.

    Las palabras de Isaías se cumplieron. El rey de Babilonia conquistó Jerusalén, requisó las riquezas que la codicia había acumulado y se llevó parte de la población a Babilonia. Cuando los israelitas habitaron en Babilonia aprendieron que el fundamento de la vida no consiste en acumular riquezas, sino en la capacidad de amar; comenzaron a aprender lo que mucho después dirá Jesús: “Lo más importante es buscar por encima de todo el Reino de Dios”; recordemos que el Reino de Dios llega a nuestra vida cuando nos decidimos a vivir amando.

    Cuando los israelitas deportados tuvieron la posibilidad de volver a Jerusalén, lo hicieron con la ilusión de explicar a sus hermanos lo que era la vivencia del Reino de Dios. Pero, cuando llegaron, constataron que la gente, apegada a la riqueza, no quería saber nada del amor ni del Reino de Dios. Después, cayeron en el desengaño, dijeron: “El Señor nos ha abandonado”.

    Fue un momento de gran dificultad; pero es en el momento de mayor dificultad cuando Dios manifiesta la mayor intensidad de su amor; por ello el Señor se manifestó a la comunidad hundida con su rostro maternal, el más profundo, dijo al pueblo deprimido: “¿Crees que una madre se olvidará de su hijo?” Casi siempre, la Escritura presenta a Dios con el rostro del padre, pero en los momentos de más adversidad, el Señor se revela con el rostro maternal; porque, como madre que también es de su pueblo, está dispuesto a engendrarlo de nuevo, para transformar la angustia del pueblo en aliento de vida.

  En los momentos de mayor adversidad, Dios se revela más cercano, porque se revela como la buena madre que nos quiere dar a luz de nuevo para que recuperemos el gusto por la vida que Él nos ha dado. Pongamos nuestra confianza en el Dios maternal y no en la seducción de las riquezas, que destrozaron la vida de Ezequías y llevaron a Israel al exilio.