Mostrando entradas con la etiqueta HOMILÍAS CATEDRAL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta HOMILÍAS CATEDRAL. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de febrero de 2019

AMOR A LOS ENEMIGOS




                                                           Francesc Ramis Darder
                                                           bibliayoriente.blogspot.com



Como explica la Sagrada Escritura, David entró al servicio del rey Saúl. Como general del ejército, David obtenía más éxitos militares y tenía más renombre entre el pueblo que el propio monarca. Entonces, la envidia ahogó el corazón de Saúl. El rey tan solo deseaba la muerte de su general; una vez, en público, intentó atravesarlo con una  lanza. Cansado de las amenazas del rey, David abandonó la corte para buscar refugio en tierra extranjera. Desde la perspectiva humana, David hubiera podido sentir un odio inmenso contra Saúl, pues el monarca había truncado su carrera política y lo había alejado de su familia.

    Ahora bien, como hemos escuchado en la primera lectura, la casualidad de las circunstancias ofrecía una ocasión para que David pudiera vengarse de Saúl. Pero, como hemos escuchado, David rehusó matarlo; y dio la razón: “No he querido hacer ningún mal contra el ungido del Señor. Cabe recordar que los reyes de Israel, en este caso Saúl, recibían el nombre de Ungidos del Señor.

    Desde la perspectiva teológica, el título, Ungido del Señor, quería decir que el rey era el representante de Dios en medio del pueblo; era el que intercedía ante el Señor por la necesidad del pueblo. David fue capaz de comprender que su enemigo, Saúl, era mucho más que un representante político, entendió que su enemigo era el ungido del Señor; por ello fue capaz de perdonarle la vida. Conviene precisar que si David hubiera matado a Saúl, se habría convertido en rey de Judá. En definitiva, David contempló al enemigo con los ojos del amor; renunció a la venganza, y renunció al trono, por respeto a la persona que Dios había elegido para ser su Ungido entre el pueblo.

    Como dice la Escritura que hemos escuchado, el amor de David por Saúl, su enemigo, lo convirtió en un hombre magnánimo y leal. La capacidad de perdonar nos hace personas magnánimas, y la decisión de amar nos convierte en personas leales a la ley de Dios. Sin duda, la actitud de David impresionó a la gente de su tiempo. El estudio atento del Antiguo Testamento nos hace descubrir que el nombre de David era el de Baaljanán; pero sucedió que la gente, observando la lealtad y la magnanimidad del monarca, empezó a llamarlo David. La palabra David quiere decir ‘el que es capaz de amar como Dios ama’.

    Con su lealtad para perdonar a Saúl, David dio testimonio de la magnanimidad de Dios, que tantas veces, como señalan los profetas, perdonó a su pueblo, y renovó la alianza con la nación que lo había traicionado. Solo damos testimonio de Dios cuando nuestra vida constituye un reflejo del amor de Dios por la humanidad entera.

   Jesús de Nazaret quería que sus discípulos diesen testimonio del amor de Dios Padre, por ello les decía: “Amad a los enemigos, haced el bien a los que no os aman, bendecid a los que os maldicen, orad por aquellos que os ofenden.” El propio Jesús fue el primero que dio ejemplo cuando desde la cruz exclamó ante quienes lo crucificaban: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.”

    La capacidad de perdonar que Jesús nos propone no se reduce al olvido de las ofensas que hayamos podido recibir. Implica la vivencia de la misericordia y la compasión; por eso decía Jesús: “Sed misericordiosos como lo es vuestro Padre. No juzguéis y Dios no os juzgará. No condenéis y Dios no os condenará. Absolved y Dios os absolverá.”

    En esta Eucaristía, pidamos a Dios que infunda en nuestra alma la gracia de vivir la misericordia y el perdón; así nos convertiremos en medio de nuestra sociedad, tan falta de ternura, en testigos de la magnanimidad y la bondad del Señor.

viernes, 9 de noviembre de 2018

¿CÓMO AMABA JESÚS?



                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com



Cuando Jesús predicaba en los territorios de Palestina, anunciaba siempre el Reino de Dios; decía: “Convertíos que el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué es el Reino de Dios? El Reino de Dios no es un país, ni una nación, es una manera de vivir. En nuestra vida, llega el Reino de Dios cuando empezamos a vivir amando. Cuando amamos a otra persona hacemos que el Reino de Dios empape nuestra vida; cuando vivimos la bondad y la misericordia, hacemos que el Reino de Dios nazca a nuestro alrededor. Ahora bien, como ya hemos insinuado, desde la perspectiva bíblica, el hecho de amar no se reduce a un simple sentimiento, siempre pasajero, amar es una acción, es una forma de vivir.

    Cuando desde la perspectiva cristiana queremos aprender a amar, debemos observar la manera en que Jesús amaba. Leyendo el evangelio, discernimos cómo Cristo desplegaba su capacidad de amar de cinco maneras complementarias. Jesús amaba a los demás liberándolos de las enfermedades que los torturaban; el evangelio está lleno de milagros en que Jesús devolvía la salud a los enfermos. Cristo amaba acompañando a sus discípulos, no solo en el momento en que las cosas iban bien, sino también en las ocasiones adversas; recordemos, en este sentido, la ocasión en que Jesús, sabiendo que el apóstol Pedro iba a traicionarle, siguió rezando por él; Jesús fue capaz de establecer lazos de amistad, así lo decía a sus discípulos: “Vosotros sois mis amigos”.

   Jesús amaba cuando hacía posible que las personas que estaban a su alrededor recuperasen la alegría de vivir; a modo de ejemplo, podemos citar a Nicodemo, el hombre que estaba en tinieblas, símbolo de la falta de sentido profundo por donde discurría su vida, pero, cuando se encontró con Jesús, se convirtió en un hombre nuevo. Jesús amaba cuando perdonaba, esa virtud a menudo tan difícil de poner en práctica; la capacidad de perdón que tenía Jesús era tan intensa que, incluso clavado en la cruz, derramó su perdón sobre el corazón de los que lo escarnecían al pie de la cruz. Jesús amó a la gente que lo rodeaba, abriéndole las puertas de la vida eterna; así lo dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

     La primera carta de san Joan remarca: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado primero y nos ha enviado a su Hijo Jesucristo. Dios, en la persona de Jesús, nos ha amado primero, incluso antes de que lo conociéramos. Nuestra capacidad de amar comienza cuando nos damos cuenta de todas las cosas que Dios ha hecho por nosotros. Pensemos un instante en nuestra vida. En aquellas ocasiones en que Jesús, por medio de algunos de nuestros hermanos nos ha liberado de la angustia; nos ha acompañado en los momentos de dolor o de alegría; nos ha permitido volver a nacer, en el sentido de recuperar el sentido de nuestra vida; o cuando Dios nos ha concedido el perdón, o cuando nos ha retornado la esperanza de una vida que no muere. Cuando queremos amar, lo primero que debemos hacer es darnos cuenta de lo que Dios ha hecho por nosotros, darnos cuenta de las personas de las que Dios se ha servido para regalarnos su amor.

    Sin duda, cuando apreciamos el amor que Dios ha derramado en nuestra vida, entonces aprendemos a amar desde la perspectiva cristiana. Y amar desde el horizonte cristiano no es otra cosa que repartir entre nuestros hermanos el amor que Dios, con creces, se ha adelantado a regalarnos. Por eso el amor cristiano es el eco del amor de Cristo. Un amor que libera, que crea lazos de amistad, que modela personas nuevas, capaz de perdonar y que tiene siempre abiertas las puertas de la esperanza. En esta Eucaristía, pidamos al Señor la capacidad de amar como Él nos ha amado, ahí está nuestra felicidad y la del mundo entero.
    

viernes, 18 de mayo de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA PENTECOSTÉS?



                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com




Durante el tiempo de Pascua hemos celebrado solemnemente la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. Hoy cincuenta días después del domingo de Pascua, el día de Pentecostés, acaba el tiempo pascual; hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en Jerusalén, y sobre todos los cristianos para que podamos dar testimonio de Jesús.

    Como explica el Antiguo Testamento, la fiesta más importante del pueblo judío, nuestros hermanos mayores en la fe, era la Pascua, donde celebraban la ocasión en que el Señor los había liberado de la esclavitud de Egipto. Cincuenta días después de la Pascua, celebraban otra fiesta, conocida como el Pentecostés del Antiguo Testamento, donde conmemoraban la ocasión en que el Señor había entregado los diez mandamientos a su pueblo para que, observándolos con constancia, pudiese dar testimonio de la bondad de Dios. Sin duda, el profeta Jeremías participaba en esta fiesta y participando en ella reflexionó sobre la importancia de los diez mandamientos; constataba que las fuerzas humanas no bastaban para cumplir los diez mandamientos, porque con demasiada frecuencia la fuerza del pecado derrota la buena intención de las personas. Luego preguntó al Señor donde había que encontrar la fuerza para poder observar los mandamientos. Y el Señor le respondió: “Mira, pondré mi ley en su interior, la escribiré en el corazón de cada persona. Después yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.” Más adelante, el Señor completó la respuesta y dijo al profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo en vosotros; pondré mi Espíritu en vosotros y así podréis cumplir mis mandamientos.”

    ¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo no es una fuerza; los cristianos no creemos en fuerzas ocultas ni en el destino que querría dominar nuestra existencia. El Espíritu Santo tampoco es una energía; los cristianos no creemos en energías extrañas como los adivinos que salen en televisión. Como prefiguraban Jeremías y Ezequiel, el Espíritu Santo es la presencia misma de Dios en el corazón de cada persona. El Espíritu Santo es la presencia misma de Dios que escribe la ley del amor en nuestro corazón. El Espíritu Santo es la misma presencia de Dios en nosotros que quiere cambiar nuestro corazón de piedra, metáfora de nuestro egoísmo, con el corazón de carne, signo de la ternura y misericordia que tiene que caracterizar a los cristianos. Como dice san Pablo en la Carta a los Gálatas, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros que nos hace contemplar a Dios con el rostro del buen padre que nos ama, y no como una divinidad lejana y despótica como creían los paganos. Como dice Jesús en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros que nos llena de valentía para anunciar el Evangelio por todo el mundo. La Sagrada Escritura ha descrito esta presencia divina en el corazón del hombre con metáforas que trasmiten la irrupción de la vida, como son las lenguas de fuego que se posaron sobre los apóstoles en Pentecostés, o el espíritu que planeaba sobre las aguas antes de la creación.

    El evangelio que hemos proclamado pone en boca de Jesús resucitado la manera de experimentar en nuestra vida la actuación del Espíritu Santo. Cuando sembramos la paz a nuestro alrededor, estamos dejando que el Espíritu actúe en nuestra vida. Cuando damos testimonio del Evangelio, como hacía Jesús mostrando las llagas de las manos y el costado, permitimos que el Espíritu se manifieste en nuestra vida. Cuando tenemos la valentía de confesarnos cristianos en un ambiente adverso, dejamos que el Espíritu ponga en nuestros labios palabras de misericordia. Cuando perdonamos de corazón a los hermanos, hacemos posible que el Espíritu teja el mundo con los hilos del amor. En esta Eucaristía abramos el alma al Espíritu y dejemos que nos llene de su amor y de su misericordia.                    

domingo, 22 de abril de 2018

¿QUIÉN ES EL BUEN PASTOR?



                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com



Durante el tiempo de Pascua celebramos solemnemente la presencia de Jesús resucitado entre nosotros; la presencia viva del Señor que guía nuestra vida con su ternura. Cada domingo del tiempo pascual, el evangelio contempla un aspecto de la manera en que Jesús resucitado acompaña nuestra vida. Hoy, el texto ha presentado a Jesús con el rostro del “Buen Pastor”, y a nosotros nos ha definido como las “ovejas” de su rebaño.

    En la época antigua, los reyes orientales se hacían llamar el “Buen Pastor” de su pueblo; a modo de ejemplo, una etapa de la historia de Egipto se conoce como el período de los “faraones pastores”. Los faraones eran “buenos pastores” en el sentido de que eran “buenos administradores” de su pueblo, trazaban caminos para favorecer el comercio, o equipaban un buen ejército. Ahora bien, lo que más interesaba a los “faraones pastores” era mantenerse en el trono, a costa de lo que fuese, por ello no dudaban en esclavizar al pueblo para aprovecharse de su trabajo. Como hacían los soberanos antiguos, Jesús asume el título de “Buen Pastor” de sus discípulos. Pero Jesús aplica al título “Buen Pastor” un sentido completamente distinto al de los monarcas antiguos; Jesús no es un pastor, de carácter administrador, que se aprovecha de sus ovejas, metáfora de los discípulos, sino que entrega la vida por ellas. Como dijo el Señor: “No he venido a ser servido, sino a servir y entregar la vida en rescate por muchos”. Jesús entrego su vida por amor para que nosotros aprendamos a amar con la profundidad que propone el evangelio.

    Si Jesús es el “Buen Pastor”, nosotros somos las ovejas de su rebaño. Hoy en día, llamar a una persona “oveja” es algo negativo, incluso parece un insulto; pero las cosas eran muy distintas en la época de Jesús. La población israelita comía carne pocas veces. Los rebaños de ovejas que pastaban por el campo no se dedicaban, mayoritariamente, al consumo humano; las ovejas eran, sobre todo, los animales sagrados que los judíos piadosos sacrificaban en el templo durante la plegaria. En la época de Cristo, la oveja era un animal de carácter religioso y sagrado, tan preciado que, como hemos dicho, era empleado para el culto del templo. Por tanto, cuando Jesús decía que sus discípulos eran sus ovejas, lejos de despreciarlos, hacía de ellos el mejor elogio, los contemplaba como a sagrados y dignos de estar al lado de Dios. Precisamente eso es un discípulo de Jesús, lo que debemos ser nosotros, las personas que Dios ha elegido para dar testimonio de la bondad divina en la sociedad en que vivimos.

    La relación de Jesús con sus ovejas, es decir con los discípulos, no es una relación anónima como la que tenían los faraones pastores con sus súbditos. Jesús establece una relación personal con todos nosotros, como dice el mismo Jesús: “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”. Y aún añade para reforzar la profundidad de la relación, “tal como el Padre me conoce y yo conozco al Padre, yo reconozco a mis ovejas”; es decir, la relación amorosa que Jesús establece con el Padre tiene la misma intensidad que la que establece con los discípulos, representados por las ovejas. Cuando decimos que Jesús tiene hacia nosotros un amor sin límites queremos decir precisamente eso, que el amor de Cristo por cada uno de los cristianos es tan intenso como el que el mismo Cristo siente por su Padre. Un último aspecto, esta relación amorosa que Jesús establece con nosotros es del todo gratuita; dicho de otra manera, Jesús no nos ama porque seamos buenos, sino que nos ama a fin de que podamos ser del todo buenos. Así nos lo recuerda el evangelio: “Sed perfectos como vuestro padre del cielo es perfecto”.

    En este domingo del Buen Pastor roguemos al Señor que suscite vocaciones, que suscite buenas ovejas que, en la vida laical o en la vida consagrada, den testimonio ante el mundo del amor sin límites que Jesús siembra en el corazón de cada persona.   

sábado, 13 de enero de 2018

¿QUIÉN ES EL CORDERO DE DIOS?


                                                                                       Francesc Ramis Darder
                                                                                       bibliayoriente.blogspot.com



El domingo pasado, fiesta del Bautismo del Señor, terminaba el tiempo de Navidad. En Navidad, hemos celebrado que el Hijo de Dios se ha hecho hombre en Jesús de Nazaret y ha habitado entre nosotros. En la noche de Navidad contemplábamos cómo el Dios hecho hombre se revelaba a los pastores, metáfora de los pobres, que lo adoraron en el pesebre de Belén. En el día de Epifanía, veíamos que el Dios encarnado se manifestaba a todos los pueblos, simbolizados por los sabios de Oriente. En el domingo del Bautismo del Señor veíamos cómo el Dios hecho hombre se revelaba a los pecadores, representados por los hebreos que acudían a recibir el bautismo de Juan. El tiempo litúrgico de Navidad conlleva un encuentro profundo con el Señor; el gozo festivo aparecía en la liturgia con el color blanco de los ornamentos.

    Acabado el tiempo de Navidad, la Iglesia inicia el tiempo litúrgico llamado ordinario; como podemos observar, la decoración del templo es más sencilla, y los ornamentos no son blancos, sino verdes. Este tiempo durará hasta el inicio de la Cuaresma. La espiritualidad del tiempo ordinario nos impulsa a poner en práctica el Evangelio en las situaciones sencillas de la vida cotidiana, a la vez que nos invita a ser misioneros de la Buena Nueva de Jesús, que con alegría hemos celebrado en Navidad.

    El evangelio que hemos proclamado presenta a Juan Bautista como un buen ejemplo del misionero del tiempo ordinario. Juan se encontró con Jesús cuando lo bautizó en el Jordán; pero el día siguiente tuvo el coraje misionero de anunciarlo a dos de sus discípulos. Cuando Jesús pasaba, Juan dijo: “Este es el Cordero de Dios.” ¿Qué quiere decir esta expresión? Cuando los hebreos se sentían pecadores, iban al templo de Jerusalén. Sobre el altar del santuario sacrificaban un cordero. Con el sacrificio del animal, afirmaba el Antiguo Testamento, imploraban el perdón de los pecados. Por tanto, cuando Juan dice que Jesús es “el cordero de Dios”, proclama ante los discípulos que Jesús es el Salvador, el que libera al hombre de las redes del pecado para conducirlo por el buen camino.

    El encuentro de los discípulos con Jesús es tan importante que, incluso, recordarán su hora; dice el evangelio: “Eran las cuatro de la tarde.” Y es que el encuentro personal con Jesús no deja indiferente a nadie; una vez que los discípulos han descubierto a Jesús, nace en su corazón el espíritu misionero. Uno de los dos, Andrés, fue a decir a su hermano Pedro: “Hemos encontrado al Mesías”; y después le acompañó a donde estaba Jesús. Notemos un detalle decisivo, el cristianismo no se vive de manera aislada, se vive en el lugar donde está Jesús, como decía el evangelio, “el lugar donde se alojaba Jesús”. Y el lugar en que se alojaba es la comunidad cristiana, el ámbito donde el cristiano puede “ir y ver” la presencia del Señor. El tiempo ordinario nos invita a ser misioneros del evangelio en la vida de cada día; pero también nos impulsa a construir la comunidad cristiana para que todo el mundo que vaya a la Iglesia pueda ver la presencia de Jesús resucitado.

    El encuentro personal con Jesús supuso un cambio radical en la vida de Pedro, simbolizado por el cambio de nombre; Jesús le dice: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Cefas, que significa Piedra.” Jesús convirtió a Pedro en el primer servidor de la comunidad, el que mantendría, desde la caridad, la unidad de la Iglesia; y, como señala más adelante la Escritura, Pedro sería el misionero cristiano entre los hebreos. Pedro es también un modelo de la espiritualidad del tiempo ordinario; comprometido en la edificación de la Iglesia y misionero entre su gente. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que la espiritualidad del tiempo ordinario nos impulse a hacer de la Iglesia el ámbito de ternura que el mundo tanto necesita, y a hacer de nuestra vida un buen ejemplo del testimonio del Evangelio.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA EL ARCA DE LA ALIANZA?



                                                       Francesc Ramis Darder
                                                       bibliayoriente.blogspot.com


El Adviento es el tiempo en que disponemos nuestra vida para celebrar el gozo de Navidad, la presencia entre nosotros del Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret. Las lecturas bíblicas del Adviento han señalado cómo el profeta Isaías y Juan Bautista anunciaron el advenimiento de Jesús, el Mesías. Las lecturas de hoy apuntan a la figura de María; fue ella quien con mayor deseo esperó, con inefable amor de madre, el nacimiento del Salvador.

    El libro de Samuel ha expuesto el interés del rey David por construir un templo donde guardar el Arca de la Alianza. El Arca era uno de los objetos cultuales más preciados por el Antiguo Israel. Según la tradición, el Arca era una caja de madera noble, de acacia, forrada de oro; en su interior se guardaban, entre otros objetos religiosos, las tablas de la Ley, es decir, los diez mandamientos que Dios entregó a Moisés en el Sinaí. Así, el Arca contenía lo más sagrado que tenía Israel, los diez mandamientos. Como señala el libro de las Crónicas, una vez al año los sacerdotes abrían el Arca, sacaban los mandamientos, y la purificaban por dentro; una vez purificada, volvían a introducir los mandamientos, luego llevaban el Arca en procesión por las calles de Jerusalén para que el pueblo pudiera venerar los diez mandamientos, la pieza esencial de la religión hebrea.

    El Antiguo Testamento alcanza su plenitud en el Nuevo. Así como en el Antiguo Testamento aparece el Arca de la Alianza, que contiene lo más valioso para los israelitas, los diez mandamientos, el Nuevo Testamento presenta a María, la nueva Arca de la Alianza, que contiene en su seno lo más decisivo de la fe cristiana, la presencia de Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre. Con estas palabras lo dijo Gabriel a María: “Engendrarás un hijo y le pondrás el nombre de Jesús”, y añadió: “Al fruto santo que va a nacer, lo llamarán Hijo de Dios”. Así como los sacerdotes de Israel purificaban el Arca antes de introducir en ella los diez mandamientos, el Padre, contemplando la redención que Cristo obtiene para toda la humanidad, también purificó a María de todo pecado desde su concepción, antes de que engendrase al Hijo de Dios en sus entrañas. Lo dijo Gabriel a María: “Dios te guarde, llena de gracia, el Señor está contigo”; y siguió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”.

    Ahora bien, por importante que fuese el Arca, lo verdaderamente decisivo era lo que contenía, los diez mandamientos; y por importante que fuese María, lo esencial era lo que llevaba en las entrañas, el Hijo de Dios hecho hombre. Jesús de Nazaret es el único Salvador; María aparece en el Adviento como la profetisa que trae la presencia de Dios al Mundo. Con ello se convierte en modelo de la vida cristiana; pues cristiano es aquel que con el testimonio de su vida hace presente el mensaje de Jesús en la sociedad humana.

    La lectura que hemos escuchado prefigura el advenimiento de Jesús, el Salvador; tal como lo anunció el Señor, por boca de Samuel, al rey David: “Te daré por sucesor un descendiente, salido de tus entrañas [...] Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo”. Este descendiente de David se hace realidad en la persona de Jesús de Nazaret; así lo explica el apóstol Pablo: “Esta noticia se refiere al Hijo de Dios, descendiente de David por lo que respecta al linaje humano, pero, por obra del Espíritu Santo, entronizado como Hijo poderoso de Dios en virtud de su resurrección”. En Adviento nos disponemos a recibir a Jesús que viene por Navidad. La mejor actitud para recibirlo es la de María: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra”. Sin duda, la meditación de la Palabra de Dios y el servicio a los hermanos son la llave que abre nuestro corazón para que el Dios hecho hombre pueda por Navidad habitar entre nosotros, y abrir la puerta de la esperanza a la humanidad entera. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA VELAR?


                                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com



En la Eucaristía de este domingo, empezamos el tiempo de Adviento.; el tiempo litúrgico en que la Iglesia nos invita a preparar nuestra vida para recibir al Señor que viene a nosotros, no solo el día de Navidad, sino también al fin de los tiempos, cuando nos encontraremos con Dios cara a cara. Esta disposición para encontrarnos con el Señor, aparece en el evangelio con la palabra “velad”; decía el Señor a los discípulos: “Y lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad.” El significado del término “velar” va más lejos del simple estar despierto. Según el lenguaje bíblico, la palabra “velar” nos invita a elaborar un plan de vida para disponernos a acoger al Señor, que llegará a nosotros por Navidad. La Iglesia propone un plan de vida de cinco puntos para vivir en profundidad el Adviento.

Primer punto. El Adviento es un tiempo intenso de plegaria. Propongámonos intensificar nuestra relación con el Señor. Leamos la Sagrada Escritura; si meditamos un capítulo del evangelio cada día, escucharemos la voz del Señor que nos habla y nos acompaña. Vivamos con intensidad la celebración de la Eucaristía, con atención, recogimiento y participación.

Segundo punto. El Adviento es un tiempo de esperanza. En nuestras relaciones personales procuremos ser positivos y constructivos. Aportemos la luz del evangelio a los diversos ámbitos de nuestra vida personal y social, que todo el mundo perciba en nuestro comportamiento un ejemplo de vida cristiana. Hagamos nuestras les palabras de san Pablo: “Que todos los que os conozcan, os conozcan como personas de buen trato.”

Tercer punto. El Adviento es un tiempo de conversión. Convertirse significa cambiar, según las normas del Evangelio, nuestra forma de vivir. Supone pedir perdón a quienes hemos ofendido, y también saber aceptarnos a nosotros mismos. Durante el Adviento procuremos celebrar el sacramento de la Reconciliación, recibiremos el perdón del Señor, y sobre todo la gracia de Dios para crecer en nuestra vida cristiana y edificar el Reino de Dios.

Cuarto punto. El Adviento es un tiempo de solidaridad. La conversión implica la solidaridad con el prójimo y la opción en favor de los pobres. Participemos activamente en las campañas de Cáritas que organizan los grupos de acción social de nuestras parroquias. Estemos disponibles con quien necesite nuestra ayuda. Procuremos ser generosos en la colecta a favor de Cáritas que se realiza durante el Adviento o por Navidad en todas las parroquias, es una ocasión para hacer eficaz nuestra solidaridad con los que sufren.

Quinto punto. El Adviento es el tiempo litúrgico dedicado a María. La Virgen es el modelo cristiano del Adviento; más que nadie, ella esperó con amor maternal el advenimiento de Jesús, el Salvador del Mundo. Especialmente durante el Adviento, acerquémonos a María; percibiremos en ella a nuestra madre, la madre que llevó a Jesús en sus entrañas y le acompañó durante toda su vida hasta el pie de la cruz, para gozar después de la gloria de la resurrección.


 He aquí los cinco aspectos del programa cristiano del Adviento: oración, esperanza, conversión, solidaridad, y proximidad a María. En este primer domingo de Adviento, dediquemos un rato a elaborar nuestro programa personal; seguro que nos servirá para el encuentro personal con Jesús, el Salvador de la humanidad entera.

sábado, 28 de octubre de 2017

PARÁBOLA DE LOS VIÑADORES


                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


Cuando Jesús predicaba la Buena Nueva, fue acogido por el pueblo sencillo. El evangelio muestra el entusiasmo de los pobres, los enfermos y las multitudes que buscaban el consuelo del Señor. Pero a medida que Jesús hallaba acogida entre los sencillos, suscitaba la rabia de los poderosos, representados, en el evangelio que acabamos de escuchar, por los sumos sacerdotes del templo de Jerusalén y los notables de la corte. El odio de los poderosos contra Jesús llegó a ser tan intenso que solo buscaban la ocasión para matarle.

 Cuando Jesús dirige la palabra a los sumos sacerdotes y a los notables, ya sabe que desean su muerte. Aunque sabe que quieren matarle, no les responde con el odio, les cuenta la parábola de la viña para hacerles reflexionar y procurar introducirlos en el camino de la conversión. Así se cumple en Jesús lo que decía el profeta Ezequiel: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.”

 Buscando la conversión de sus enemigos, Jesús narra la parábola de la viña. El relato deja entrever una gran simbología. Bajo la imagen del propietario de la viña, se oculta la metáfora de Dios Padre, que eligió a su pueblo, Israel, representado por la viña, como propiedad personal. Como el propietario protegió la viña con una torre y un cercado, Dios defendió a Israel, su viña, con la espiritualidad que surgía del templo de Sion, representado en la parábola por la imagen de la torre, y también lo defendió con la Ley, simbolizada por la cerca, pues el cumplimiento de la Ley protegía a Israel de la amenaza del pecado. Como el propietario dispuso que los viñadores cultivasen la viña, el Señor también eligió a Jueces y Reyes para que su pueblo, Israel, fuese cultivado y diese frutos de misericordia. Hasta aquí, los sumos sacerdotes y los notables entendieron, complacidos, que Jesús explicaba la historia de amor entre Dios y su pueblo. Dios eligió a Israel, su viña, lo protegió con el Templo y la Ley, y le envió autoridades, jueces y reyes, para conducirlo por el camino de los mandamientos.

 De repente, Jesús conduce la historia por un camino inesperado. Cuando el propietario mandó a “sus hombres” a la viña, los viñadores, símbolo de los dirigentes, los maltrataron e incluso los mataron. Como explica la Escritura, la mayoría de los reyes de Israel, en vez de conducir al pueblo por el camino de la justicia, lo precipitaron por las sendas de la maldad. Por ello el Señor, dolido por la mala conducta de los dirigentes, mandaba a Israel a “sus hombres” para que el pueblo diese frutos de misericordia. Bajo la imagen “de los hombres del Señor”, la Biblia revela la identidad de los profetas; por ejemplo, Dios envió a uno de “sus hombres”, el profeta Isaías, para que orientase al pueblo por el camino de la verdad; pero un rey, Ajaz, despreció el mensaje de Isaías, y otro, Manasés, como dice la tradición hebrea, lo hizo matar.

 Las autoridades debieron de enfurecerse cuando Jesús recordó que sus antepasados, los reyes de Israel, habían maltratado a los profetas. Y aún añadió, el propietario de la viña envió a su propio hijo a los viñadores; pero los viñadores, en vez de escucharle, lo mataron. Con estas palabras Jesús se refiere a sí mismo. Como afirma la Escritura, Jesús es el Hijo de Dios, que el Padre ha enviado para conducir a la humanidad por el camino de la verdad. Y como también sabía Jesús, las autoridades que le escuchaban, igual que hacían los viñadores, buscaban la ocasión de matarle, como lo hicieron, clavándole en la cruz. Jesús, el Hijo de Dios, había anunciado ya que sacerdotes y notables le condenarían a muerte. Pero ahora que está ante ellos, les advierte de su maldad y, empleando una frase muy dura, les conmina a la conversión: “El Reino de Dios se os quitará a vosotros y dado a un pueblo que producirá sus frutos.”

 Convertirse implica dejar que el Dios del amor entre en nuestra vida para hacernos testigos del Evangelio. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que, a diferencia de los sumos sacerdotes y los notables, andemos por el camino de la conversión hasta transformarnos en testigos fieles del Evangelio de Cristo. 

martes, 27 de junio de 2017

¿QUÉ DICE EL PROFETA JEREMÍAS?



                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                           bibliayoriente.blgspot.com



Terminado el tiempo de Pascua y las solemnidades de la Trinidad y el Corpus, nos hemos adentrado en el tiempo que la Iglesia llama el “tiempo ordinario”, un tiempo que se prolongará hasta que volvamos a empezar el Adviento.

    El tiempo ordinario es el tiempo más habitual del ciclo litúrgico y se caracteriza, entre otras cuestiones, por los ornamentos verdes que los presbíteros vestimos en la Eucaristía. El tiempo ordinario tiene una espiritualidad propia. Nos invita a vivir en la vida ordinaria y habitual de cada día la presencia de Cristo resucitado que con tanta fuerza hemos celebrado durante la Pascua y las solemnidades. Durante el tiempo ordinario habrá siempre la invitación a poner en práctica nuestra fe, a vivir la misericordia con la sencillez y la cotidianidad de cada día.

    Un ejemplo de espiritualidad del tiempo ordinario aparece en la figura del profeta Jeremías, en la primera lectura que hoy hemos proclamado. Jeremías predicó en Jerusalén en la segunda mitad del siglo VI aC. Un día, cuando Jeremías era casi adolescente, el Señor lo llamó para convertirlo en profeta. La escena sucedió una mañana de invierno. Dios dijo a Jeremías; “Sal de tu casa y explícame lo que ves.” Jeremías salió y contempló el campo de su pueblo natal; vio el campo en tiempo de invierno; muchas higueras, y aquí y allá algunos almendros.

   Como sabemos, durante el invierno la higuera es un árbol gris, sin hojas ni frutos, un árbol que parece que esté dormido; pero como también hemos contemplado, el almendro en invierno es el primer árbol que florece, parece que con su flor vela el sueño de las higueras que en invierno parece que duermen; por ello, en lengua hebrea, el almendro se llama “el árbol que vela”, o “el árbol que cuida de los demás árboles”.
  
    Contemplada la escena, Jeremías dijo al Señor, he visto un campo de higueras, y aquí y allá almendros en flor, un paisaje de invierno. El Señor explicó la escena a su elegido. Dijo a Jeremías, mira, te mando a predicar a Jerusalén. Allí encontrarás un pueblo incapaz de escuchar, son como las higueras en tiempo de invierno, parecen dormidos, están cerrados a la Palabra de Dios y cautivos de la superficialidad. Sorprendido de la propuesta divina, Jeremías dijo al Señor; me mandas a predicar a un lugar difícil, un lugar donde la gente está dormida y no puede escuchar; y aún exclamó Jeremías: Señor, ¿y tú dónde estarás cuando yo predique a un pueblo que no puede escuchar porque está dormido para los valores de la trascendencia?

    Y el Señor respondió, yo seré tu almendro, yo velaré por ti y te protegeré mientras prediques mi Palabra a un pueblo que duerme. Y Jeremías se lanzó a vivir la propuesta; conocedor de que Dios era el almendro que le guardaba, vivió y predicó la Palabra de Dios en una época en que la gente estaba dormida, cerrada a la trascendencia.


    Tal vez, cuando Jeremías recibió la propuesta de ser profeta, pensó que tendría que hacer cosas espectaculares, acaso dividir las aguas del mar o subir al Sinaí, como había hecho Moisés. Pero Dios le pidió la espiritualidad del tiempo ordinario; sabiéndose protegido por el Señor, el almendro que le guardaba, poner amor y fidelidad en las cosas de cada día, a fin de dar testimonio ante la gente de que, dormida como las higueras, no podía escuchar la profundidad de la Palabra. La espiritualidad del tiempo ordinario no es una espiritualidad simple, implica, como toda la espiritualidad cristiana, la búsqueda de la santidad en los quehaceres de la vida cotidiana.

     Como dice el libro de las Antigüedades Bíblicas, Dios no necesita grandes multitudes para erigir su Reino, necesita la fidelidad de algunas personas que busquen la santidad en la vida cotidiana. En esta Eucaristía, demos gracias a Dios que protege nuestra vida, y pidámosle la fuerza para dar testimonio de la fe en un mundo que, aunque parezca dormido a la trascendencia, anhela, sin saberlo, la ternura del Reino de Dios.                   

jueves, 6 de abril de 2017

¿QUIÉN ES DAVID?






                                       Francesc Ramis Darder
                                       bibliayoriente.blogspot.com


La fiesta central de los cristianos es la Pascua; el tiempo en que celebramos con gozo la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. La Pascua es tan importante que dedicamos la Cuaresma a prepararnos para vivirla intensamente; y este esfuerzo de preparación, siempre con la ayuda de Dios, se llama “conversión”. La lectura del profeta Samuel que acabamos de escuchar ofrece una pauta de conversión; nos dice: “en la vida no te conformes con ser un individuo superficial; procura ser una persona espiritual, una persona que sabe mirar a los demás con los mismos ojos con que Dios nos mira”. Samuel era un profeta. Su nombre, “Samuel”, significa “el que está acostumbrado a escuchar a Dios”; recordemos que los lugares donde escuchamos la voluntad de Dios son sobre todo en el ámbito de la oración y en la atención que dedicamos a los necesitados. Un profeta es precisamente eso: “la persona acostumbrada a escuchar a Dios y que sabe transmitir la voluntad divina a la gente de su tiempo”.

 Dios envió a Samuel al pueblo de Belén, a casa de Jesé. Dios quería que uno de los hijos de Jesé fuese rey de Israel. Cuando Samuel llegó, Jesé le presentó a sus hijos. Comenzó presentándole al mayor, Eliab. Como sugiere el texto, tenía aspecto de guerrero, era alto y de gran talla, cualidades muy valoradas en el mundo antiguo. Luego pensó Samuel, “este tiene que ser el rey de Israel, pues, ¿quién mejor que un guerrero, alto y de gran talla, para defender al pueblo?”. Pero, dijo Dios al profeta: “No te fijes en su aspecto exterior. Yo, Dios, he descartado a Eliab como rey de Israel”; y añadió el Señor: “Lo que ve el hombre no es lo que vale; el hombre ve las cosas externas, el aspecto superficial de las cosas, pero Dios mira siempre con profundidad, porque ve lo que hay en el corazón de cada persona”. Samuel era un profeta, sabía escuchar la voz de Dios y sabía comunicarla al pueblo; pero aún le faltaba un largo camino de conversión, tenía que aprender a mirar a las personas con los ojos de Dios, los ojos que ven lo que hay en el corazón de cada uno de nosotros.

 Más tarde, Eliab presentó a Samuel a su hijo pequeño, David. Su aspecto era distinto al de su hermano; pues no era alto ni de gran talla; era pequeño, no era un guerrero sino un pastorcillo, tenía el cabello rubio y los ojos bellos, como dice la Escritura “daba gusto de verlo”. Luego, Dios dijo a Samuel: “Quiero que David sea el rey de Israel”. Como decíamos antes, Dios no se fija en el aspecto externo de las personas; no se satisfizo con la altura y la talla de Eliab, y tampoco se satisfizo con el aspecto externo de David, aunque fuese tan bello. Dios, como hace siempre, miró en el corazón de David, allí vio la gran virtud que Dios quiere que tengamos. ¿Cuál es? El propio nombre de “David” nos lo explica; la palabra “David” quiere decir “el que quiere vivir amando”. Y Dios, conocedor del “corazón humano”, eligió a David, “el que quiere vivir amando", para rey de Israel. Lo que nos hace grandes ante Dios no es nuestra talla, grande como Eliab o pequeña como David, es nuestra capacidad de amar; porque, a los ojos de Dios, solo es grande e importante lo que se hace con amor y por amor. Acostumbrado a escuchar a Dios, Samuel ungió a David como rey. Como se hacía entonces, vertió una jarra de aceite perfumado sobre la cabeza de David diciéndole: “este aceite significa la ayuda que Dios te da para que puedas ser un buen rey”; y añadía aún: “recuerda que además de gobernar con justicia, debes cuidar especialmente a los pobres, los enfermos, las viudas y los huérfanos”; los marginados de entonces.


 En casa de Jesé, Samuel siguió convirtiéndose. Aprendió a mirar a las personas con los ojos de Dios. Cuando miramos a los demás con la mirada del Señor, aprendemos a ver bajo el rostro de cada persona a un hermano amado; y esta nueva forma de mirar es la conversión cristiana. Que esta Eucaristía abra nuestros ojos a la mirada misericordiosa de Dios hacia la humanidad entera. 

lunes, 20 de marzo de 2017

DIOS MADRE





                                             Francesc Ramis Darder
                                             bibliayoriente.blogspot.com


Como explica la Sagrada Escritura, había en Jerusalén un rey llamado Ezequías; Dios le había ayudado, le había defendido de sus enemigos y curado de una enfermedad mortal. Parecía que el monarca tenía que ser capaz de poner su confianza en Dios. Pero sucedió un hecho sorprendente. Fueron a visitarle los embajadores del emperador de Babilonia. Después de recibirlos, les mostró lo que consideraba más importante. Ahora bien, el rey no llevó a los embajadores a la escuela de algún sabio, capaz de enseñar al pueblo el arte de vivir amando; tampoco les presentó a ningún profeta, los hombres que en nombre de Dios exigen la justicia; ni tan siquiera les condujo al templo para que pudieran conocer a algún sacerdote, la persona que orientaba al pueblo hacia la oración.

    Ezequías les mostró lo que consideraba más importante; les llevó a la cámara del tesoro, donde les expuso, con el tono más orgulloso, la plata, el oro, los ricos perfumes, los ungüentos más valiosos, y el arsenal con las armas más sofisticadas. Ezequías, que tanto debía agradecer al Señor, a la hora de la verdad, depositaba toda su confianza en el valor de las riquezas.

    La gente de Jerusalén informó al profeta Isaías de lo que había hecho el rey; Isaías se presentó en palacio y dijo al soberano: vendrán días en que los tesoros que has acumulado te los quitarán y los llevarán a Babilonia, ni a ti ni a tus descendientes os quedará nada de toda esta riqueza; y, añadiría aún, la gente que se ha dedicado a acumular riquezas, olvidando el amor de Dios y su justicia, serán deportados un día a Babilonia, como esclavos.

    Como dice Jesús en el evangelio: “No podemos servir a Dios y a las riquezas.” Solo el servicio a Dios, expresado con el amor y la misericordia hacia el prójimo, dura por siempre; solo el servicio a Dios y al prójimo nos abre la puerta del cielo, mientras el culto a las riquezas nos convierte en egoístas atados por siempre a la tierra.

    Las palabras de Isaías se cumplieron. El rey de Babilonia conquistó Jerusalén, requisó las riquezas que la codicia había acumulado y se llevó parte de la población a Babilonia. Cuando los israelitas habitaron en Babilonia aprendieron que el fundamento de la vida no consiste en acumular riquezas, sino en la capacidad de amar; comenzaron a aprender lo que mucho después dirá Jesús: “Lo más importante es buscar por encima de todo el Reino de Dios”; recordemos que el Reino de Dios llega a nuestra vida cuando nos decidimos a vivir amando.

    Cuando los israelitas deportados tuvieron la posibilidad de volver a Jerusalén, lo hicieron con la ilusión de explicar a sus hermanos lo que era la vivencia del Reino de Dios. Pero, cuando llegaron, constataron que la gente, apegada a la riqueza, no quería saber nada del amor ni del Reino de Dios. Después, cayeron en el desengaño, dijeron: “El Señor nos ha abandonado”.

    Fue un momento de gran dificultad; pero es en el momento de mayor dificultad cuando Dios manifiesta la mayor intensidad de su amor; por ello el Señor se manifestó a la comunidad hundida con su rostro maternal, el más profundo, dijo al pueblo deprimido: “¿Crees que una madre se olvidará de su hijo?” Casi siempre, la Escritura presenta a Dios con el rostro del padre, pero en los momentos de más adversidad, el Señor se revela con el rostro maternal; porque, como madre que también es de su pueblo, está dispuesto a engendrarlo de nuevo, para transformar la angustia del pueblo en aliento de vida.

  En los momentos de mayor adversidad, Dios se revela más cercano, porque se revela como la buena madre que nos quiere dar a luz de nuevo para que recuperemos el gusto por la vida que Él nos ha dado. Pongamos nuestra confianza en el Dios maternal y no en la seducción de las riquezas, que destrozaron la vida de Ezequías y llevaron a Israel al exilio.

            

jueves, 2 de febrero de 2017

BIENAVENTURANZAS


                                                        Francesc Ramis Darder
                                                       bibliayoriente.blogspot.com


Como expone el evangelio, Jesús, junto al lago de Galilea, proclamó las Bienaventuranzas; el programa de vida que propone a todos los cristianos. La primera bienaventuranza, eje de todo el discurso, dice: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; otra traducción, algo más actualizada, diría: “Bienaventurados los que comprometen su vida en favor de los pobres, porque estos tienen a Dios por Rey”. En esta frase, Jesús nos dice: si quieres ser mi discípulo, lo primero que tienes que hacer es preocuparte por las personas que padecen el dolor y la pobreza, estos son tus primeros hermanos. Y añadiría Jesús, en la medida que entregues la vida para redimir el sufrimiento humano, descubrirás que Dios es el verdadero rey de tu vida, y experimentarás el Reino de Dios, es decir, aprenderás a vivir amando, porque vivir amando es el Reino de Dios.

 Pero Jesús no se limitó a exponer una idea general, enseñó a los discípulos la manera de ponerla en práctica. Lo hizo anunciando las siete bienaventuranzas que aparecen después de la primera que hemos leído. Cada una explica un consejo de Jesús para comprometer la vida al servicio de los pobres. Primer consejo: sé humilde; la humildad no consiste en recorrer la vida teniéndonos en nada, nadie es poca cosa, todos somos hijos de Dios; la humildad implica el esfuerzo para desarrollar nuestras cualidades, y el empuje para controlar nuestros defectos; solo así gozaremos de felicidad y haremos el bien a los que nos rodean. Segundo consejo: “Bienaventurados los que lloran”; quiere decir, entre otros aspectos, “tener como nuestra la lágrima del padecimiento de nuestro hermano”; en lenguaje actual equivale a decir, sé solidario con el prójimo. Tercer consejo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”; los antiguos hebreos indicaban con esta frase la identidad de los profetas; así nos dice Jesús: sé un profeta. Un profeta no es el que adivina el futuro; un profeta es el que, con lo que piensa, dice y hace, da testimonio del evangelio; empleando el lenguaje actual, diría Jesús, sé un cristiano consecuente con lo que crees. Cuarto consejo: actúa siempre con misericordia; pon en práctica las obras de misericordia: da de comer a quien tiene hambre, de beber a quien tiene sed, visita a los encarcelados, etc. Quinto consejo: “Bienaventurados los limpios de corazón”; dicho en lenguaje moderno, procura ser una persona sincera, de fiar, no engañes a nadie, actúa con transparencia. El sexto y el séptimo, referentes a la paz y la justicia, van juntos; como dice el santo padre, quieren dir: esfuérzate para construir aquella paz que brota cuando existe justicia social para todo el mundo. He aquí los siete consejos de Jesús para edificar el Reino de Dios: humildad, solidaridad, coherencia, misericordia, sinceridad y lucha por la paz y la justicia.

 Jesús añade una novena bienaventuranza para que midamos la intensidad de nuestro compromiso: “Dichosos vosotros cuando, por mi causa, os denigrarán y perseguirán”. Un cristiano no puede ser, como dicen hoy, una persona políticamente correcta; sino que su forma de vivir tiene que constituir una denuncia contra la injusticia y la superficialidad, tan instaladas en nuestra sociedad; por eso el cristiano será perseguido. El proyecto de Jesús solo va adelante con la misma fuerza que Él nos da. Por ello, las antiguas ediciones de la Biblia imprimían las Bienaventuranzas en la página izquierda, y el Padrenuestro en la derecha, así, cuando la Biblia se cerraba las páginas se besaban. Y es verdad, a medida que vivimos las Bienaventuranzas, página de la izquierda, nos damos cuenta de que Dios es el Padre bueno, el del Padrenuestro, que nos ama; y a medida que rezamos el Padrenuestro, página de la derecha, adquirimos la fuerza del Señor para vivir las Bienaventuranzas. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos transforme en testigos fieles de su misericordia.


lunes, 16 de enero de 2017

V CENTENARIO DE LA REFORMA


                                  Francesc Ramis Darder
                                  bibliayoriente.bogspot.com



A largo de 2016-17, la comunidad cristiana conmemora el quinto centenario de la Reforma luterana. El papa Francisco acudió a la catedral de Lund, Suecia, para conmemorar, junto a los hermanos protestantes, el aniversario de la Reforma. Tras exponer el deseo de unidad y lamentar los errores del pasado, el papa suplicó del Espíritu Santo el don de la unidad cristiana; luteranos y católicos firmaron la “declaración con ocasión de la Conmemoración conjunta católico-luterana de la Reforma”.

  Contemplando las pinturas que acompañan el Retablo del Corpus Christi en la Catedral de Mallorca, la “Conversión de s. Pablo” y “s. Ivo practicando la caridad con los pobres”, invitamos a cada cristiano a entonar una plegaria para implorar del Señor la unidad de la Iglesia.
  
  Jaume Blanquer (1581-1636) concluyó el retablo barroco del Corpus Christi, de madera dorada y policromada, en 1641. Encargado por la familia Anglés, representa, desde la perspectiva bíblica y la reflexión teológica, el misterio de la Eucaristía. Durante la etapa barroca, la iconografía eucarística tuvo una gran difusión en el arte de la Iglesia para educar a los católicos sobre la importancia de los sacramentos. Tras contemplar la magnificencia del retablo, fijaremos los ojos en dos pinturas que a menudo pasan desapercibidas a la mirada del espectador.

    A la izquierda de la predela, aparece la escena de la “Conversión de S. Pablo”. La obra es de autor anónimo. Ahora bien, la composición reproduce un grabado de Schelte de Bolswert sobre una composición de Rubens (1618-1620) conservada en Berlín hasta su destrucción en 1945; el mismo grabado fue copiado, con variaciones y matices, por J.A. Escalante, F. Camino y B. E. Murillo.

    Cuando Pablo viajaba a Damasco para perseguir a la Iglesia, le envolvió una luz venida del cielo; cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Pablo, Pablo ¿por qué me persigues? Pablo preguntó: “¿Quién eres, Señor? La voz respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. Cuando Pablo se levantó, unas escamas en los ojos le habían cegado. Al llegar a Damasco, se alojó en casa de un cristiano, Ananías, que le dijo: “Pablo, hermano, me ha enviado el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino, para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo”. Al instante cayeron de sus ojos las escamas; se levantó y fue bautizado, tomó alimento y recobró las fuerzas (Hch 9,1-19).

    El relato de la Conversión de s. Pablo, expresado en la  pintura que contemplamos, subyaga dos aspectos decisivos. Primero: señala como Pablo, el mayor perseguidor de la Iglesia, se convirtió, gracias a la irrupción de Jesús en su vida, en el mejor misionero cristiano entre los paganos (Gal 1,11-24). Segundo: aunque Pablo perseguía a la Iglesia, Jesús le dijo: “Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?” Es decir, Jesús se identifica con la Iglesia perseguida; sin duda, donde los cristianos sufren persecución late más viva que nunca la presencia de Cristo que acompaña a sus fieles en el dolor de la prueba.

    A la derecha de la predela, vislumbramos la representación de “S. Ivo practicando la caridad con los pobres”. Como la anterior, también es obra de autor anónimo. S.Ivo nació en Kermestin, Baja Bretaña, en 1253. Se doctoró en derecho y teología en París y Orleans; mientras estudiaba, dedicaba mucho tiempo a la oración, vestía pobremente, y con sus ahorros ayudaba a los pobres. Cuando volvió a su tierra, fue nombrado juez, protegió a los huérfanos, defendió a los humildes, y administró justicia con imparcialidad y bondad. Se le conocía como “el abogado de los pobres”, pues visitaba las cárceles para socorrer a los presos, y asumía de la defensa de quienes no podían costearse un abogado. Más tarde fue Vicario y Juez Eclesiástico de Rennes; una vez ordenado sacerdote, sobresalió en la predicación del evangelio y la vivencia de la misericordia. Falleció en Louannec en 1303; canonizado por Clemente VI, celebramos su fiesta el 19 de Mayo.

    La representación pictórica enfatiza dos motivos esenciales. En primer lugar, certifica la intensidad con que s. Ivo adecuó su vida a la sentencia de Jesús en el juicio final: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino […] porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,14-30). En segundo término, sugiere la intensidad con que la Iglesia mallorquina practicó la misericordia con los pobres, durante la época barroca; testigos eminentes de la caridad con los pobres fueron el obispo Alfonso Lasso Sedeño, y los canónigos Bartomeu Llull y Jerónimo Garau.

    Durante la época de la Reforma protestante y la Reforma católica, estalló con dureza la confrontación entre el valor de la “fe”, representada por la “Conversión de s. Pablo”, y la “vivencia del amor”, expresada en el retrato de “S. Ivo practicando la caridad con los pobres”. Sin embargo, los autores de ambas pinturas en vez de perseguir la confrontación buscaron, como señaló el Concilio de Trento, la comunión entre la fe y el amor.


    Desde esta perspectiva, inmortalizaron la virtud de la fe a la izquierda de la predela, mediante el tema de la “Conversión de s. Pablo”, y describieron la vivencia profunda del amor a la derecha mediante la representación de “S. Ivo practicando la caridad con los pobres. Plasmaron las palabras de s. Pablo sobre la verdadera fe y el amor auténtico: “nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor” (Gal 5,5-6). Así, los pintores encauzaban el camino de la Iglesia entera por la senda de la unidad, pues como reitera s. Pablo a los gálatas: “sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28).

lunes, 21 de noviembre de 2016

¿QUÉ ES LA PLEGARIA?


                                                 Francesc Ramis Darder
                                                 bibliayoriente.blogspot.com



Como acabamos de escuchar en el Evangelio, Jesús explicó una parábola para “enseñar que hay que orar siempre, sin perder nunca la esperanza”. La oración no es un adorno, ni un complemento de la vida cristiana. La oración teje nuestra amistad con Jesús, y nos impulsa a practicar la misericordia con el prójimo en una sociedad tan falta de ternura.

    La oración presenta muchos aspectos, pero uno de los más relevantes es el de la acción de gracias. Muy a menudo pensamos que lo más importante en la vida cristiana es lo que nosotros podemos hacer por Dios, pero cuando escuchamos la Biblia y contemplamos nuestra vida, descubrimos que lo más importante no es lo que nosotros podemos hacer por Dios, descubrimos que lo más importante es lo que Dios, con frecuencia escondido tras el rostro de los hermanos, ha hecho por nosotros. Cuando nos hacemos conscientes de lo que Dios ha hecho por nosotros, la oración se convierte en acción de gracias al Señor.

    Como le pasó a Josué, que hemos escuchado en la primera lectura, descubrimos que nuestros triunfos son obra del Señor que actúa en nuestro mundo a través de nuestras manos. Cuando la oración llega a ser acción de gracias, descubrimos que la adversidad, como recalca con tanta intensidad el libro de Job, puede ser la ocasión que Dios nos da para madurar como personas. Cuando la oración se convierte en acción de gracias, entendemos, como decía el profeta Eliseo, que en la vida sencilla late la presencia de Dios que nos guía. La oración agradecida nos recuerda que nuestra vida reposa en las buenas manos de Dios, y que ninguna adversidad, por dura que sea, nos podrá separar del amor del Señor.

    Aunque el agradecimiento sea el núcleo de la oración, el evangelio de hoy subraya que debemos insistir en la oración para pedir al Señor lo que necesitamos para la vida cristiana. Notemos este detalle, no insistimos en la oración para pedir a Dios lo que nos conviene para una vida mundana, como pueden ser el dinero y el poder, o el prestigio social. En la oración, pedimos lo que Dios nos puede y quiere dar; es decir, pedimos a Dios que nos dé la fuerza para vivir las bienaventuranzas del evangelio: solidaridad, humildad, misericordia, deseo de justicia, sinceridad, lucha por la paz.

    Surge aquí una pregunta; si Dios ya sabe qué necesitamos, por ejemplo, la misericordia para vivir la vida cristiana; ¿por qué no nos la da directamente?, ¿por qué quiere que se la pidamos con tanta insistencia, como hacía la viuda del evangelio ante el juez? La Sagrada Escritura nos ofrece la respuesta. Dios quiere que le pidamos, por ejemplo, la capacidad de ser misericordiosos, para que cuando la pedimos nos preparemos humanamente para recibir la gracia de Dios que nos permitirá vivir la misericordia con nuestro prójimo. La oración de petición prepara nuestras capacidades humanas para poder recibir con provecho los dones que Dios nos ofrece; cuando insistimos en la oración pidiendo a Dios que nos haga luchadores por la justicia, estamos disponiendo nuestras cualidades humanas para recibir el don de Dios que nos hará testigos del evangelio en el mundo.


    La oración constante y agradecida forja la fe verdadera, la fe que Jesús querría encontrar en la tierra. Como dice san Pablo a los gálatas, la fe verdadera no se reduce a la creencia en una mano poderosa; la fe verdadera es aquella que toma el aspecto de la caridad. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos dé la fe que trasluce el amor para poder sembrar la esperanza en el corazón de la humanidad, tan necesitada de ternura y de misericordia.               

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE PACUA


                                                                        Francesc Ramis Darder
                                                                        bibliayoriente.blogspot.com



¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Jesús es el acontecimiento central de nuestra fe. Es un acontecimiento tan esencial que a lo largo de la Cuaresma la lectura del Evangelio ha orientado nuestra vida por la senda de la conversión para que podamos celebrar con hondura la Pascua. Al inicio de la Cuaresma leíamos el Evangelio de las tentaciones de Jesús. El Señor encauzaba nuestra vida por la senda de la conversión. Nos enseñaba que la actitud de servicio hacia nuestro prójimo, la decisión de compartir nuestros bienes con los necesitados, y empeño por la vida humilde, nos abriría la puerta del Reino de Dios; en definitiva, Jesús nos enseñaba que la vivencia de la misericordia, expresión más genuina del amor, abre la puerta al gozo de la Pascua.

La resurrección certifica el triunfo definitivo del Evangelio de Jesús. Certifica que la misericordia, insignia del Evangelio del Señor, derrota a las fuerzas del mal, representadas por la soberbia. La resurrección sentencia que la entrega servicial de Jesús, manifestada en su amor por los pobres, vence la arbitrariedad de los poderosos, centrados en la codicia. La resurrección del Señor manifiesta que la humildad, emblema de los seguidores del Evangelio, triunfa sobre la hipocresía humana, superficial y efímera. Hoy, domingo de Pascua, celebramos la Buena Nueva de Jesús colma de sentido la existencia humana.

En el Evangelio que hemos proclamado, aparecían tres personajes significativos: María la Magdalena, el discípulo que Jesús amaba, y el apóstol Pedro. El más relevante es el segundo; a quien el Evangelio llama “el otro discípulo” o “el discípulo que Jesús amaba”. Su relevancia estriba en que creyó plenamente en la resurrección del Señor. Repasemos el itinerario del discípulo que captó la profundidad de la resurrección.

Cuando escuchó las palabras de María la Magdalena, no se quedó en el cenáculo esperando acontecimientos, sino que, acompañando a Pedro, marchó corriendo al sepulcro. La decisión supone un acto de valentía, pues tras la muerte de Jesús, los discípulos sufrían la amenaza de la autoridad judía. Conviene observar que la conducta del discípulo destila misericordia; pues su capacidad para escuchar a la Magdalena, la decisión de acompañar a Pedro, el empeño por emprender el camino hacia el sepulcro, y la actitud valiente acreditan la actitud misericordiosa del discípulo.

Al llegar al sepulcro se inclinó, y, sin entrar, vio los lienzos de amortajar. La palabra “inclinarse” define la actitud religiosa del discípulo. El término “inclinarse” no significa simplemente “agacharse”, sino que indica la fe del discípulo que se inclina, “se postra”, ante la manifestación de la actuación de Dios (ver: 1Pe 1,12). Cuando Jesús predicaba, dijo a sus discípulos: “El Hijo del hombre […] será entregado a los gentiles y será escarnecido, insultado y escupido, y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará”; pero, como recalca el Evangelio, “los discípulos […] no entendieron […] y no comprendieron lo que les decía” (Lc 18,31-34).

Como sucedía con los otros discípulos, el discípulo que Jesús amaba tampoco entendía el asunto de la resurrección; pero, como veíamos antes, ha asimilado la conducta misericordiosa y al llegar al sepulcro es capaz de “inclinarse”, de reconocer la actuación de Dios en la tumba vacía. Como señala el Evangelio, “hasta entonces no había entendido […] que Jesús había de resucitar de entre los muertos”; pero cuando “se inclina” reconoce la resurrección del Señor, entonces “ve” que las promesas de Jesús se han cumplido, y “cree” que Jesús es el salvador definitivo. La vivencia de la misericordia orienta al discípulo hacia la contemplación de la resurrección del Señor.

El discípulo que Jesús amaba constituye la metáfora del ‘discípulo ideal’, el que ha llegado a la plena intimidad con el Señor en el Reino de Dios; mientras la figura de María Magdalena y la personalidad de Pedro esconden la identidad de los ‘discípulos que aún estamos en camino’ hacia el pleno encuentro con el Resucitado. La actitud de María Magdalena se agota en la sorpresa y la actitud de Pedro se acaba en la extrañeza, pero ninguno de los dos “se inclina” ante la tumba vacía, presencia del Resucitado. Surge ahora una pregunta; los cristianos que aún estamos en camino, ¿cómo podemos ‘inclinarnos’ ante la presencia de Jesús resucitado? El Evangelio sentencia que la vivencia de la misericordia es el tormo donde Jesús forja nuestra vida para que podamos encontrarnos plenamente con él y ser, en medio del mundo, testigos de la ternura de Dios.


Sin duda, podemos encontrarnos con el Resucitado en cualquier ámbito de la vida, pero la sabiduría del Evangelio subraya dos ámbitos privilegiados donde el encuentro con el Señor se conjuga con la vivencia de la misericordia: la celebración de la Eucaristía, explicada entre las líneas del relato de los Discípulos de Emaús, y la opción por los pobres, recogida en la parábola del Buen Samaritano. El tiempo pascual nos invita a “inclinarnos ante el Señor resucitado”, especialmente presente en la celebración de la Eucaristía y en el rostro de los pobres, mediante la vivencia confiada de la misericordia; solo así nos convertiremos en testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana.