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domingo, 17 de enero de 2021

MESOPOTAMIA

 



                                                    Francesc Ramis Darder

                                                    bibliayoriente.blogspot.com

domingo, 23 de junio de 2019

MESOPOTAMIA




                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Mesopotamia y el Antiguo Testamento

Ramis Darder, Francesc

Mesopotamia y el Antiguo TestamentoFormato impreso
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Colección: El mundo de la Biblia
Subcolección: El mundo de la Biblia
ISBN:978-84-9073-490-2
Código EVD:0800049
Edición:1
Páginas:240
Tamaño:170 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada mate con barniz UVI brillo, con solapas
Precio sin IVA: 19,23 €
PVP: 20,00 €
Versión digitalVersión digital: Precio:9,49 €
El conocimiento de la historia y la literatura de Mesopotamia constituye el entramado necesario para la buena comprensión de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. La narración del Diluvio se entrelaza con la epopeya de Gilgamesh; el Código de Hammurabi asoma entre la legislación bíblica; el zigurat de Babilonia deja entrever su silueta en la mención de la Torre de Babel; mientras la leyenda de Sargón orienta la mirada hacia la figura de Moisés.

El lector inquieto por conocer la relación entre la Biblia y el mundo oriental encontrará en este libro una guía para escuchar el eco de Mesopotamia entre las líneas de la Sagrada Escritura.

sábado, 12 de enero de 2019

TORRE DE BABEL



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Como hemos comentado, la ciudad de Babilonia veía erguirse, detrás del Palacio Real, un gran zigurat, llamado Etemenanki, “enlace entre el cielo y la tierra”. Tenía siete pisos, con una base cuadrangular (91m), y una altura estimada de 100 metros; según algunos arqueólogos no llegó a terminarse del todo. Los siete pisos corresponden a los siete cielos planetarios; estaban pintados con colores adecuados a cada planeta. La edificación era de adobe en el interior y de ladrillo en el exterior. Disponía de escaleras adosadas en la zona exterior y una escalinata perpendicular para ascender hasta el segundo piso; después, subiendo por las escaleras laterales podía alcanzarse el séptimo piso donde se alzaba el santuario, ámbito de sacrificios, y lugar de hierogamia, la relación íntima entre un dios, representado por un sacerdote, y una mujer (Herodoto, Historia, 1,181). La tradición babilónica atribuye al zigurat la simbología de la escala que quiere tocar el cielo; el zigurat simbolizaba el descenso de los dioses sobre la tierra y la ascensión del hombre hacia el cielo.

    El relato de la “Torre de Babel” (Gn 11,19), situada al final de la “Historia Primera” (Gn 1-11), evoca, desde la óptica metafórica, el Etemenanki, que contemplaron los desterrados. Seguramente, el recuerdo del gran zigurat de Babilonia influyó en la composición de la narración de la Torre, cuando fue escrita en Jerusalén, después del exilio. El recuerdo babilonio de la construcción de los zigurats aflora el relato de la Torre. El Enuma Elis expone la técnica para edificar un zigurat: “los dioses (annunanki) moldearon ladrillos” (VI, 60-62); técnica que recoge la Escritura: “dijeron los hombres: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego” (Gn 11,3). El Poema subraya el motivo para la erección de zigurat: “Alzaron la cabeza de Esagila para igualar a Apsu […] habiendo edificado un zigurat tan alto como Apsu” (VI, 63); la Escritura parece indicar un motivo parejo en la intención de los hombres: “Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo” (Gn 11,4).

    Los redactores bíblicos conocían la técnica constructiva babilónica, pero al componer el relato de la Torre aludieron al zigurat para resaltar un motivo teológico: el fracaso de la idolatría.

    Los versos del Segundo Isaías censuran y ridiculizan la idolatría con el mayor empeño (Is 40,18-21; 41,6-7; 44,9-20). Arremeten también contra la idolatría representada por Babilonia (Is 46-47). Desde la perspectiva teológica, la profecía entiende que Babilonia intentó parangonar su poderío con la exclusiva divinidad del Dios de Israel sobre la historia humana. Decía la Gran Potencia: “Yo y solo yo” (Is 47,8.10); de ese modo, quería enfatizar que era la divinidad que conducía el curso de la historia.

    A modo de contrapunto, la profecía pone en boca del Dios de Israel su propia identidad: “Yo soy el Señor, y no hay otro” (Is 45,3.6); a la vez que establece su exclusivo señorío sobre el cosmos y el devenir humano: “Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella […] yo he hecho surgir a Ciro para libraros, y voy a allanar sus caminos” (Is 45,12-13).

    La idolatría de Babilonia estriba en su pretensión de asimilarse con el Dios de Israel, el único Dios. Notemos, en ese sentido, como la Escritura asimila la identidad de Babilonia, “Yo y solo yo” (Is 47,8), con la identidad de Dios, “Yo soy el Señor” (Is 45,6), eco de la revelación divina en la zarza que arde sin consumirse, “Yo soy el que soy […] Yo soy” (Ex 3,14; cf. Is 43,25). Al decir de la Escritura, intentar investirse de la autoridad del Señor, el único Dios, constituye el hondón de la idolatría. Como sucede con cualquier ídolo, Babilonia se desvanece entre los dedos del Señor. Así, la profecía proclama la sentencia divina contra el imperio idólatra: “Baja a sentarte en el suelo, joven Babilonia; siéntate en tierra, sin trono, capital caldea […] te sobrevendrá una desgracia que no podrás conjurar” (Is 47,1.10).

    El escenario del relato de Torre se sitúa en la región de Senaar, en un lugar llamado Babel; el topónimo alude a la ciudad de “Babilonia (Babilu)”, significa “Puerta de Dios”. Unos emigrantes de Oriente alcanzan el territorio y se proponer “edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue has el cielo; dicen: así nos haremos famosos” (Gn 11,4). La tarea evoca la decisión de Babilonia expuesta por la profecía: “subiré a la cima de las nubes, seré igual al Altísimo” (Is 14,14; cf. 47,7).

     Afinando la cuestión, observamos también como quienes levantan la torre utilizan la forma plural para describir su trabajo: “vamos a hacer ladrillos […] nos haremos famosos” (Gn 11,3.4). Desde la óptica simbólica, la forma plural sugiere la manera en que Dios decidió crear al ser humano: “Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Así, la paralaje insinúa que la pretensión de los recién llegados, como sucedía con Babilonia, intenta equiparar su tarea con la del Señor, el único Dios; por eso constituye, como acontecía con Babilonia, el eco de la idolatría.

    Como toda tentación idolátrica, la soberbia por alzar la torre, se desvanece ante la intervención del Señor. Dijo Dios: “Voy a bajar a confundir su idioma para que no se entiendan” (Gn 11,7); algo semejante obró Dios contra Babilonia: “Voy a vengarme (de tu idolatría) y seré implacable” (Is 47,3).

     El Señor dispersó a los constructores de la torre; y añade, “por eso se llamó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de todos” (Gn 11,9). La raíz “confundir (bll) presenta relación con la idolatría. Así lo sentencia Oseas: “Efraín se mezcló (bll) con los pueblos” (Os 7,8), pues mezclase con otros pueblos significa confundir la religión israelita con el culto extranjero, culto idolátrico; dicho de otro modo, Efraín se ahogó en la idolatría (cf. Is 44,19-20). Desde el horizonte metafórico, también Babilonia quedó en la confusión después la intervención divina; pues la urbe que se proclamaba “soberana de reinos” (Is 47,5), tuvo que atenerse, como las esclavas, a “tomar el molino y moler el trigo” (Is 47,2).

    Quienes se asentaron en Jerusalén, después del destierro, recordaban el terror babilónico que devastó Judá (2Re 23,28-25,26). Quizá por eso colorearon Babilonia con el aura del gran ídolo que había pretendido usurpar la exclusiva autoridad del Señor sobre la historia humana (Is 14; 46-47). Recogiendo un mito oriental que atribuía la multiplicidad de idiomas a la decisión divina de dividir la única lengua hablada por la humanidad primigenia, y haciendo memoria del gran zigurat, compusieron el relato de la Torre de Babel para establecer la banalidad de la idolatría y enfatizar, a modo de contraluz, el exclusivo señorío del Dios de Israel sobre la historia humana.           

martes, 12 de junio de 2018

ORIGEN DE LOS SUMERIOS



                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibiayoriente.blogspot.com




El proceso cultural que fue gestándose durante los períodos de El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr, sin desdeñar las aportaciones de la  cultura de Samarra, generó la civilización sumeria en el sur de Mesopotamia. Con el paso del tiempo la civilización sumeria, ascendiendo por el curso del Éufrates y del Tigris, alcanzará toda Mesopotamia, adoptando variaciones locales, hasta llegar a las zonas colindantes (Siria), e inspirar fenómenos culturales en la meseta irania, como la escritura proto-elamita sobre tablillas y la elaboración de sellos y esculturas. Los mercaderes ampliaron las huellas de la civilización sumeria a través de las rutas comerciales; de ahí provienen seguramente los sellos, amuletos, cerámica, y tablillas encontrados en Anatolia, Siria septentrional, Fenicia o Palestina. La civilización sumeria también influyó sobre la egipcia durante el período pre-dinástico; influencia debida, probablemente, a la presencia de comerciantes sumerios en tierra del Nilo. Testigos del influjo sumerio en Egipto aparecen en el mango del “Puñal de Jebel El-Araq”, donde un varón separa dos leones que luchan entre sí; la “Paleta de Narmer”, con dibujos de animales entrelazados por el cuello; los sellos de Naqada; o los amuletos elaborados en Egipto que rememoran figuras sumerias.

     La originalidad de los sumerios, artífices de la primera civilización oriental y hablantes de una lengua sin parentesco fonético conocido, suscitó la pregunta por su origen, tema que conocen los investigadores como la “Cuestión Sumeria”. Respecto del origen de los sumerios, la historiografía destaca dos hipótesis. La primera sostiene que los sumerios conformaban un pueblo que penetró en Mesopotamia desde el noreste hasta establecerse en la zona meridional durante el período de Uruk. Sin duda, el cambio en el aspecto de la cerámica entre el período de El-Obeid y Uruk, como hemos observado, junto a la aparición escrita de la lengua sumeria durante la etapa de Jemdet Nasr, parecen alentar la propuesta, pues el cambio cerámico y la irrupción de una lengua sugieren la llegada de extranjeros a la región durante el período de Uruk. Ahora bien, como hemos expuesto, la arqueología atestigua una continuidad en el estilo y lugar donde se levantaron los templos, desde la etapa de El-Obeid hasta Jemdet Nasr. La perspectiva de la continuidad de los templos permite afinar la cuestión de la diversidad de la cerámica y la irrupción de la lengua. La sustitución de la cerámica de El-Obeid por la de Uruk no fue abrupta, sino muy lenta. De ahí que el pueblo asentado en la etapa de El-Obeid pudiera desarrollar pausadamente las técnicas que desembocaron en la cerámica de Uruk; por tanto la diferencia cerámica no expresa una ruptura cultural, sino una evolución cultural. También debemos distinguir entre lengua hablada y escrita; es cierto que las tablillas que reflejan la lengua sumeria aparecen, por primera vez en la etapa de Jemdet Nasr, pero eso no significa que la lengua no fuera hablada con anterioridad y que solo más tarde se pusiera por escrito.

    La segunda hipótesis afirma la presencia de la población que dará origen a los sumerios en Mesopotamia meridional desde antes del inicio del período de El-Obeid. La prueba esencial estriba en la continuidad cultural entre los períodos de El-Obeid, Uruk, y Jemdet Nasr, expresada, como también hemos expuesto, en la superposición de los templos edificados en el mismo lugar y con estilo parejo. Al decir de los estudiosos, las comunidades que se asentaron en Mesopotamia meridional y que más tarde engendraron la civilización sumeria llegaron desde el noreste, y absorbieron o se asimilaron a una población ya existente, llamada por los expertos “protoeufrática” (Lansberger) o “protoirania” (Kramer).

 Aunque continúe el debate sobre la “Cuestión Sumeria”, podemos inclinarnos por la segunda hipótesis; pues, considerando la superposición de los templos en el mismo lugar y con estructura pareja, cabe sugerir la llegada de una comunidad humana, procedente del noreste, a la región meridional de Mesopotamia que, tras desplazar o superponerse a otros pueblos, fue gestando el embrión definitivo de la civilización sumeria durante el arco temporal que media entre El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr. Dicho de otro modo; aunque sus ancestros remotos entraron en la región mesopotámica desde el noreste, la identidad de los sumerios se fraguó en la Baja Mesopotamia y se manifestó en las culturas de El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr.

sábado, 26 de mayo de 2018

MUSEO BÍBLICO DEL SEMINARIO DE MALLORCA



                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com




Con los alumnos de la asignatura de Antiguo Oriente, realizamos las clases prácticas en el Museo Bíblico; un museo desconocido por muchos, pero muy interesante. ¿Cuál es su origen? Las últimas décadas del siglo XIX contemplaron acontecimientos espectaculares en el campo de las ciencias naturales. Los estudios de Lyell desencadenaron la revolución por lo que respecta a la geología, mientras la teoría de Darwin estableció la evolución de las especies a partir de la selección natural. Ni la Tierra ni los seres vivos constituían entidades estáticas, sino en evolución. Surgió, entonces, una cuestión: ¿cómo había que encajar el aspecto evolutivo con los datos de la Biblia que, según la interpretación del momento, entendía que el universo y el hombre habían surgido durante los seis días de la creación?

    El interés por entablar el diálogo entre las Ciencias Naturales y la Biblia llevó la iniciativa del obispo Campins a levantar dos museos, situados uno junto al otro, en las salas del Seminario de Mallorca. El Museo de Ciencias Naturales brotó del alma de Mn. Emili Sagristà, profesor de ciencias en el Seminario; también del esfuerzo del eminente naturalista Mn. Ferran Moragues, que legó valiosas colecciones de entomología e histología; y, sin duda, del ingenio de Mn. Miquel Maura, que obtuvo la donación de colecciones de mineralogía y numerosos aparatos científicos. El Museo Bíblico nació del empuje de Mn. Bartomeu Pascual, insigne biblista, y de las peregrinaciones a Tierra Santa, tan destacadas a principios del sigle XX, en las que participaron Maria Antònia Salvà o Mn. Miquel Costa, entre otros estudiosos. Como es obvio, la disposición del Museo de Ciencias y el Museo Bíblico fomentó el diálogo entre la perspectiva científica y el horizonte bíblico. Como sabemos, el diálogo es la clave decisiva para el entendimiento entre las personas y las sociedades; tal vez sea el diálogo una de las notas que más hay que cultivar en nuestra sociedad y en el corazón de cada persona.


jueves, 3 de agosto de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA BABILONIA?




                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com 



El topónimo “Babilonia” constituye la helenización del término acadio “Babilim”, traducción del sumerio “Kà-dingir-ra”, términos que significan “Puerta de dios”; la divinidad protectora de la urbe era Amar-Utu, llamado en acadio Marduk.

 Situada a la orilla izquierda del Eúfrates y vecina de Kish y Agadé, Babilonia había sido una colonia de los antiguos sumerios. Más tarde, tanto los acadios como la III Dinastía de Ur controlaron la ciudad mediante gobernadores. Tras la caída de Ur, las tribus amorreas pulularon por la zona conformando pequeños reinos, a menudo enfrentados entre sí.

   El caudillo amorreo, Sumu-abum (1894-1881 a.C.), asentó su dinastía en Babilonia; entabló buenas relaciones con Uruk, y él mismo o sus sucesores establecieron una alianza con el reino de Isin para contrarrestar el ímpetu expansivo que por entonces ejercía Larsa, como hemos visto, sobre el territorio isinita. Su heredero, Sumu-la-El (1880-1845 a.C.), amuralló Babilonia, sometió las ciudades de Sippar y Kazallu, y derrotó al amenazante ejército de Kish. Su hijo y sucesor, Sabium (1844-1831 a.C.) erigió en Babilonia, capital de reino, el templo de Marduk, dios tutelar de la ciudad; el esplendente santuario, era llamado Esagila. 

   A continuación, reinó Apil-Sîn (1830-1813 a.C.). Después subió al trono Sîn-muballit (1812-1793 a.C.); el monarca reforzó las murallas de Babilonia, y trabó un pacto con Isin para confutar la amenaza expansiva de Larsa a la que también se enfrentó (1810 a.C.). Durante su reinado, Rîm-Sîn, rey de Larsa, conquistó Isin, destruyó la ciudad de Dêr y dominó Uruk, pero su afán conquistador cesó cuando subió al trono babilónico el sucesor de Sîn-muballit, Hammurabi (1792-1750 a.C.).

    Con Hammurabi llegó a su cenit, como veremos en el próximo capítulo, la grandeza de Babilonia. El célebre “Código de Hammurabi” responde, como expondremos, al deseo de orientar la organización social que surgió en Babilonia tras la caída de Ur y el advenimiento amorreo.

lunes, 30 de enero de 2017

¿QUIÉN ES SARGÓN DE AKKAD?


                             Francesc Ramis Darder
                             bibliayoriente.blogspot.com



Sargón de Akkad (2335-2279 a.C.).


    El futuro rey Sargón comenzó siendo un funcionario importante, “copero mayor”, de la corte de Ur-Zababa, rey de Kish; la ciudad de Kish constituía, en tiempos antiguos, el límite entre el centro, de población acadia, y el sur, sumerio. Valiéndose de intrigas palaciegas, el “copero mayor” destronó a Ur-Zababa y se proclamó “Rey de Kish”. Con intención de subrayar la autoridad de la nueva realeza se hizo llamar “Sargón”, apelativo que significa “el rey auténtico”, e hizo construir una nueva capital que llamó “Akkad”, situada probablemente al sureste de Kish, ciudad que también remozó en profundidad; desde entonces, también fue conocido como “Rey de Akkad”. Atento al predominio acadio que existía en Sumer, decidió tomar posesión de las ciudades sumerias. Derrotó a Lugalzagesi y sometió a los soberanos de otras ciudades; si un monarca le juraba sumisión, le permitía administrar la urbe bajo supervisión acadia, en caso contrario designaba un gobernador acadio. La antigua realeza sumeria, arraigada en cada ciudad y caracterizada por el tomo administrativo y sacerdotal del monarca, sucumbió ante la irrupción de la monarquía acadia, de cariz conquistador, heroico y guerrero; pues las tropas sumerias, reclutadas entre campesinos, cayeron bajo el ejército profesional de Sargón. No obstante, los reyes sumerios leales a Sargón mantuvieron la corona, pero sometidos a la autoridad del soberano acadio; así el abolengo de Sumer quedó subsumido por el poder de Akkad para conformar el “País de Sumer y Akkad” regido por Sargón desde la nueva capital, Akkad. Mientras los antiguos gobernantes sumerios asentaban su poder sobre la administración de las actividades agropecuarias y el culto en los templos, la monarquía acadia forjaba su solvencia sobre productos de prestigio, principalmente oro y plata, rapiñado a otros pueblos o exigidos por tributo para costear un ejército fuerte y mantener la gestión hidráulica sobre la región. Por eso, aunque el rey acadio erigiera templos y emprendiera obras hidráulicas, como hacían los monarcas sumerios, las inscripciones reseñan, sobre todo, las batallas en que “el rey auténtico” abatía cualquier rival.

    Como toda monarquía antigua, Sargón entendió que su realeza gozaba del beneplácito divino. Desde esta percepción y ahondando en el proceso de “aculturación mutua”, procuró que su corona estuviera ratificada por las deidades sumerias; por eso se proclamó “Ungido de An”, dios sumerio del firmamento, y “Siervo de Enlil”, divinidad sumeria del aire, metáfora de la vida. También se procuró exigió el reconocimiento de los sacerdotes de Nippur, sede del Ekur, morada de Enlil, requisito necesario para empuñar el cetro de Sumer. Nombró a su hija, Enheduanna, gran sacerdotisa del dios lunar, Nanna-Sin, en la ciudad de Ur. La sacerdotisa escribió himnos en sumerio para encomiar la reconstrucción de santuarios urbanos; vinculó su vida al destino de la ciudad, pues, como señala la leyenda, cuando Ur fue atacada, quedó muda, pero al retirarse el enemigo, recuperó el habla.

   Cuando Sargón asumió el trono, entendió que Akkad y las regiones sometidas constituían el centro del mundo, y encuadró al resto de la humanidad en la categoría de “extraños” que, ajenos a su autoridad y aún por civilizar, podían ser conquistados; por esa razón, Sargón no se conformó con ser “Rey de Sumer y Akkad”. Adoptando la ideología del “dominio universal”, persiguió el control del mundo entero que, desde su perspectiva, abrazaba Mesopotamia y las regiones con las que comerciaba. Así se proclamó “Rey de las Cuatro Regiones del Mundo”; es decir, “desde el Mar Superior (Mar Mediterráneo) hasta el Mar Inferior (Golfo Pérsico), y desde la Montaña de los Cedros (Montes Amano), hasta la Montaña de la Plata (Cordillera del Taurus).

    Conviene precisar que Sargón no llegó a conquistar todas estas tierras, pues las dificultades logísticas y administrativas impedían tal proeza. Detentó el dominio de Sumer y Akkad, pero respecto a las otras regiones ejerció un dominio más bien simbólico, expresado mediante la erección de “estelas” que subrayaban su autoridad, o con el rito de “lavar las armas en el mar”, señal de que sus emisarios o comerciantes habían alcanzado la costa; otras veces recibía el homenaje de ciudades importantes como Assur, Nínive y Mari, mientras que en otras zonas, como la región de Susa en Elam, al este, o Subartu, al norte, estableció una exigua presencia militar o envió gobernadores; a través de las Montañas de la Plata parece que puso el pie en Anatolia. La capital, Akkad, recibía y distribuía las riquezas que, procedentes de tributos, rapiña, e intercambios comerciales, llegaban de distintas regiones; en vida de Sargón las riquezas procedían incluso de Dilmun y Barhein, los actuales Barehin y Omán, o de Meluja, situada en el valle del Indo.

    Sin duda, Sargón había enhebrado el primer imperio de la historia mesopotámica; de ahí que después de su muerte, su vida entrara en la leyenda. Siglos más tarde, cuando un emperador ciñó la corona de Asiria, se hizo llamar Sargón, en este caso Sargón II, para emular la gloria de Sargón de Akkad. Cuando Sargón II asumió la corona, los escribas asirios compusieron la “Leyenda de Sargón de Akkad” para envolver la vida de Sargón I en el nimbo del designio divino; de ese modo el emperador asirio, Sargón II, también entraba en la historia como el “rey auténtico” cuyo cetro imitaría el aura de su antecesor homónimo.


    A pesar de su grandeza, la debilidad del imperio de Sargón de Akkad radicaba en la falta de unidad administrativa y jurídica; pues las diversas regiones, (Akkad, Sumer, y los territorios que pudiera conquistar), solo estaban unificadas por el poderío militar del rey. Por eso, al final de su reinado estallaron rebeliones en Sumer, y aconteció un ataque desde el norte, la región de Subartu. Cuando murió Sargón, le sucedió su hijo Rimush (2278-2270 a.C.); el nuevo rey sofocó las revueltas. Cuando murió en una conjura palaciega, su hermano Manishtusu empuñó el cetro (2269-2255 a.C.). Constituyó la región de Sumer como provincia imperial, gobernada por funcionarios acadios desde la ciudad sumeria de Lagash, capital de territorio; tal sumisión engendró el malestar entre los sumerios. En la región de Akkad, distribuyó tierras entre los cortesanos adictos, provocando el descontento entre los antiguos propietarios legítimos. Batalló contra Elam; y su escuadra surcó el Golfo Pérsico hasta alcanzar la Montaña de la Piedra Negra, en el actual Omán, y la Montaña de la Plata en la región sur de Elam. Una conjura de los nobles, quizá dolidos por el desigual reparto de tierras, acabó con la vida de Manishtusu.

viernes, 2 de diciembre de 2016

¿CÓMO ERA LA PREHISTORIA DE MESOPOTAMIA?

                                          Francesc Ramis Darder
                                          bibliayoriente.blogspot.com


Como afirman los arqueólogos, entre el 10.000 y el 7.500, Oriente comenzó a salir de Paleolítico para adentrase en una etapa de transición al Neolítico. Tanto en Palestina, en lugares como Jericó, Mallaha, Behida, como en la falda de los Zagros (Tepe Asiab), las poblaciones salieron de las cuevas para establecerse en cabañas circulares, a menudo estacionales, al aire libre; aunque practicaran al caza y la recolección de frutos silvestres, comenzó el cultivo de algunas plantas y la domesticación de los primeros animales.

    La etapa que media entre el 7.500 y el 6.000 contempló el Neolítico precerámico, caracterizado por la ausencia de vasijas de  barro en el ajuar domestico. Las agrupaciones de cabañas circulares, propias de las últimas etapas del paleolítico, dieron lugar a las primeras aldeas estables con casas de planta rectangular. Aunque la caza y la recolección fueran significativas, la subsistencia radicaba en el cultivo de cereales y legumbres, y en rebaños de ovejas, cabras y cerdos. Importantes asentamientos florecieron en Palestina (Nahal Oren, Jericó, Beidha, Munhata), Siria (Mureybit), Anatolia (Hacilar) y la falda del Taurus y los Zagros.

    La creciente evolución cultural dio lugar al Neolítico cerámico (6.000-4.500), donde aparece la cerámica en el ajuar cotidiano. La elaboración de cerámica, primero a mano y después en el torno, facilitó la conservación y la cocción de alimentos que favoreció, a su vez, la calidad de vida entre los habitantes de las aldeas. Comenzó la irrigación de los cultivos, la producción de cerámica, la elaboración de tejidos de lana y lino, creció la superficie cultivaba y la magnitud de los rebaños; los vegetales y animales domesticados comenzaron a transferirse a regiones donde alcanzaron mayor desarrollo. La arqueología atestigua las manifestaciones religiosas, significadas en la memoria de los antepasados y en el culto de la fertilidad. La arqueología constata que el esplendor del período no se dio en Palestina, sino en Anatolia (Chatal-Hüyük), Irán (Ganj Dareh) y Mesopotamia.

    La región mesopotámica vio florecer la primera cultura neolítica en Umm Dabaghiyah, situada en la zona norte de la llanura aluvial (6.000-4.500); es decir, en Umm Dabaghiyah floreció una forma de vida propia del neolítico que se extendió por la región mesopotámica. A partir de esta cultura, florecieron otras tres que de modo simultáneo colonizaron las regiones mesopotámicas, a saber, Hassuna en la región central, Halaf en la zona norte, y Samarra en las tierras del sur (5.500-4.500). Estas culturas supieron aprovechar la riqueza del cauce fluvial para extender el cultivo de regadío; nacieron entonces nuevas técnicas y nuevas herramientas para la industria agropecuaria; aumentó el número de rebaños y la producción agrícola; creció la industria textil y cerámica; apareció el uso del adobe, moldeado con arcilla, más eficaz para la construcción que los muros de barro y grava; la caza y la recolección, como eje de la subsistencia, dieron el paso definitivo hacia la agricultura y la ganadería; comenzó a utilizarse el cobre nativo para pequeños utensilios, como pueden ser las agujas, o para proteger puntas de flecha talladas en piedra.

    Las últimas etapas del neolítico abren la puerta al período calcolítico (4.500-3.500). Contempla como las aldeas neolíticas van convirtiéndose en núcleos urbanos complejos, capaces de engendrar la civilización, el culto religioso organizado, la diversidad de clases sociales, la desigualdad en la distribución de la riqueza y, en último término, la incipiente estructura del estado. El proceso de trasformación de las aldeas en núcleos urbanos complejos dio lugar a la aparición de dos culturas sucesivas en el sur de Mesopotamia durante el calcolítico: Eridu (5.000-4.500) y el Obeid (4.500-3.500). Veámoslo.

1.1.Cultura de Eridu (5.000-4.500).

La región de Eridu se sitúa en el sur de Mesopotamia, en la parte occidental del Eúfrates. Los arqueólogos han establecido tres hipótesis para determinar el origen de la cultura de Eridu; apuntémoslas en sus rasgos esenciales. La primera constata como la región ofrece condiciones óptimas para la agricultura de regadío; por eso los habitantes de la zona pudieron ahondar en las técnicas iniciadas en el neolítico hasta dar origen, sin la ayuda decisiva de poblaciones extranjeras, a la cultura de Eridu. La segunda vertebra un proceso más complejo. La cultura de Samarra, situada más al norte, había desarrollado la agricultura de secano junto a un incipiente cultivo de regadío, en lugares como Choga Mani o Tell es-Sawan; mientras la zona sur ofrecía condiciones naturales óptimas para el mayor desarrollo del regadío. Aconteció que la agricultura de secano, mayoritaria en Samarra, fue insuficiente para mantener la creciente población de la zona; entonces, algunos pobladores de Samarra emigraron al sur y, avezados al naciente regadío de su propia región, lo colonizaron e iniciaron la cultura de Eridu; algún aspecto de la arquitectura y la cerámica de Eridu juegan a favor de la influencia de Samarra. La tercera hipótesis sitúa el origen de la cultura de Eridu en la región de Kuzistán, al este en la zona irania. Los estudiosos entienden que el Kuzistán contempló el desarrollo neolítico, en las zonas de Ali Kosh y Mohanmad Giaffar, hasta dar origen a la cultura de Tepe Sabz que refleja el incipiente regadío y la primera domesticación del ganado bovino durante el último neolítico. Entonces, algunos clanes del Kuzistán penetraron en el sur mesopotámico y, capacitados para la agricultura de regadío y la domesticación bovina, colonizaron la región engendrando la cultura de Eridu; algunas herramientas, tipos de cultivo, y aspectos cerámicos favorecen la hipótesis. ¿Qué cabe pensar de las hipótesis apuntadas?

    La cultura de Eridu se levanta sobre tres pilares esenciales. El desarrollo agropecuario, centrado en el regadío y la domesticación de animales; la formación de aldeas complejas, a modo de ciudades, con población diversificada y especializada en diferentes tareas; y la construcción del templo central desde donde las autoridades orientan el destino de la comunidad. Hacia el 5.000, la cultura de Eridu erigió los primeros templos, a modo de edificios significativos, con una doble función. Por una parte, constituían el ámbito comunitario donde rendir culto a las divinidades protectoras de la aldea; el culto abandonó el ámbito doméstico de las casas particulares, donde el cabeza de familia presidía las celebraciones, para alojarse en un templo solemne, separado de las demás casas, donde una familia, encargada del lugar por tradición, ejercía la liturgia a la que acudían los fieles. Por otra, el templo detentaba la tarea económica concerniente a la distribución de bienes entre la comunidad; era el ámbito donde las familias podían intercambiar los bienes que producían. Las funciones del templo propiciaron que sus dirigentes detentaran, con el paso del tiempo, la autoridad sobre los moradores de Eridu, autoridad refrendada por el aura religiosa.

    La cultura de Eridu, asentada en la feracidad de la zona, producía un excedente alimentario que permitía el aumento de población, alentaba el comercio, y centralizaba la sociedad en torno al templo. Por eso se extendió dando lugar al período conocido como Haggi Mohammed, donde la cultura de Eridu abrazó toda la llanura aluvial, desde Eridu hasta Kish y Choga Mani, hasta adentrarse en la región del Kuzistán, al este.

1.2.Cultura de El Obeid (4.500-3.500).

En continuidad evolutiva con los períodos de Eridu y Haggi Mohamed (5.000-4.500), florece la cultura de El Obeid (4.500-3.500), cuyos asentamientos principales afloran en Eridu, El Obeid y Ur. El período temprano de El Obeid (4.500-4.000) contempló la excavación de canales para la irrigación de tierras áridas, el drenaje para transformar pantanos insalubres en cultivos feraces, el arado de tracción animal, las hoces de terracota, ganado bovino y caprino, la explotación de palmeras y hortalizas, y el desarrollo de la pesca. El desarrollo agropecuario abrió las puertas al período tardío de El Obeid (4.000-3.500). El excedente agropecuario, acrecido por el uso del arado de siembra, favoreció el desarrollo cultural y comercial que aceleró la estratificación social, la diversificación del trabajo, y la especialización artesanal alentada por la aparición de la metalurgia del cobre y el uso del torno lento, llamado de mano, para la elaboración de cerámica de mayor calidad. La diversidad de ajuares funerarios, suntuosos o modestos, testimonia la diversidad de clases sociales. El desarrollo de El Obeid tardío despuntó en la construcción de templos magnificentes; erguidos sobre plataformas, oficiaban el culto comunitario y acreditaban la existencia de una clase política que, envuelta en el aura religiosa, regía el destino de la comunidad y regulaba la distribución de los bienes producidos por la comunidad. En definitiva, el desarrollo cultural tuvo como resultado un notable crecimiento de la población, la especialización hereditaria de la tarea artesanal y agropecuaria (agricultura, ganadería, pesca), la consolidación de clases sociales (agricultores, artesanos, sacerdotes, soldados, dirigentes), y la aparición de la élite hereditaria que, vinculada al templo, dirigía el destino de la comunidad.

    Desde el golfo pérsico hasta el río Harbur, la cultura de El Obeid coloreó el aspecto de la llanura mesopotámica; incluso el estilo de su cerámica alcanzó el norte de Siria, el sureste de Anatolia y la meseta irania. Sin embargo, la escasez minerales metálicos y de materiales de construcción en la llanura incentivó el comercio con el exterior. La cultura de El Obeid exportaba bienes agropecuarios e importaba diorita y turquesa de Afganistán, ematita de la región iraní, madera del sureste de Siria, y obsidiana y cobre de Anatolia; como atestigua la arqueología, la influencia de El Obeid alentó el desarrolló de las zonas con las que mantenía relaciones comerciales y culturales.    



martes, 13 de enero de 2015

EL TEXTO HEBREO DEL LIBRO DE ISAÍAS Y LAS TRADUCCIONES ANTIGUAS


                                                                                        Francesc Ramis Darder


 El texto hebreo del libro de Isaías figura en la Biblia Hebraica Stuttgartensia (BHS) que reproduce el “Códice de Leningrado”, texto editado por D. W. Thomas (1968). El proyecto denominado “Hebrew University Bible Project” ha publicado el texto isainao, editado por M. H. Goshen-Gottstein (1995), basado en el “Códice de Alepo”.

    Las dificultades presentadas por el texto hebreo de Isaías (TM) han podido abordarse con mayor solidez desde los descubrimientos de Qumrán (1948). Junto a los Salmos y el Deuteronomio, el texto isaiano es el mejor representado entre los textos de la biblioteca esenia. El rollo completo de Isaías hallado en la primera cueva (1QIsª) contiene 54 columnas y tiene 7,34 m de longitud; fue copiado, quizá, por dos escribas, entre los años 150-120 a.C. El segundo rollo descubierto (1QIsb) se halla en un estado de conservación precario. Fue copiado durante el período Herodiano, y conserva unos cuarenta y seis capítulos completos y algunos otros de manera fragmentaria: El texto que nos ha llegado comienza en Is 7,22. Han aparecido, además, dieciocho manuscritos hallados en otras cuevas de Qumrán; son especialmente importantes los hallazgos de la Cueva 4 (4QIsa; 4QIsb). Igualmente, los arqueólogos han descubierto el fragmento de una copia en el Wadi Mubarat. Los dieciocho fragmentos y el manuscrito de Wadi Mubarat han sido datados en el arco temporal que abarca desde la primera mitad del siglo I a.C., hasta la segunda mitad del siglo I d.C.

    Entre las versiones antiguas la más importante es la Septuaginta; fechada, generalmente, en torno a la mitad del siglo II a.C. La versión griega procede con libertad respecto del TM; contiene numerosas paráfrasis, y añade interpretaciones de contenido teológico. Es el resultado de la adaptación del texto bíblico a las necesidades teológicas y culturales de los judíos de Alejandría. Por ejemplo, las alusiones a la creación, presentes en Is 40-55, según la opinión de algunos comentaristas, se hallan en la línea del pensamiento Helenístico, y específicamente estoico, al utilizar el verbo deiknimi para traducir la voz hebrea bara “crear”. Desde esta perspectiva, la traducción griega refleja las constantes relecturas y adaptaciones del texto bíblico a las nuevas situaciones que debían afrontar los judíos de la diáspora en tierras empapadas por la cultura helenística.

    El Tárgum del Pseudo-Jonatan  (132-135 a.C.) enfatiza el contenido mesiánico del texto isaiano. El Tárgum muestra un texto próximo el TM. La Peshitta, la traducción del texto a la lengua siríaca, realiza algunas adiciones textuales en virtud de las necesidades teológicas de las comunidades a las que se dirige, los cristianos de lengua siria (Is 7,14; 9,5; 25,6-8). La Vetus Latina constituye la interpretación latina del texto de la LXX. Jerónimo utilizó la Vetus Latina en la traducción llamada Vulgata, pero interpretó algunos pasajes en sentido mesiánico. A modo de ejemplo, suele citarse la traducción del término hebreo almah mediante la voz latina virgo; dicha traducción alude expresamente a la naturaleza virginal de María: ecce virgo concepiet et pariet filium (Is 7,14).

    La primera traducción a la lengua árabe fue realizada por el filósofo y exegeta Saadia Gaón (882-942), quien llevó a cabo una versión libre y popular del texto. Otras traducciones griegas, Aquila, Simmaco, Teodosion, junto a las traducciones etiópicas y armenias han tenido menos importancia en el estudio de la obra de Isaías. Sin embargo, como toda versión antigua, constituyen un buen testimonio de la historia del texto, y permiten perfilar el significado de los términos y los conceptos presentes en el Texto Masorético (TM).

lunes, 13 de octubre de 2014

MOISÉS Y CIRO


                                                                                    Francesc Ramis Darder


A principios del siglo XX, los arqueólogos desenterraron las tablillas concernientes a la Leyenda de Sargón I (ca. 2371-2316 a.C.), soberano del Imperio de Acad. Como sucedía en las cortes orientales, los escribas palaciegos envolvieron el origen del monarca en las telas del misterio. Al decir de la leyenda, Sargón era hijo de una sacerdotisa y un peregrino. Su madre no deseaba que la gente conociera el nacimiento de su hijo, por eso tejió una cesta donde puso la criatura. Después la depositó en las aguas del Eúfrates para que la llevaran hasta los dominios de Aqqi, jardinero real. Aqqi salvó al niño de la turbulencia de las aguas y lo adoptó como hijo. Con el auxilio de la diosa Istar, el niño creció hasta convertirse en Sargón I.

   La leyenda evoca el relato del nacimiento de Moisés. Su madre, Yoquébed, perteneciente a la tribu de Leví, estaba casada con Amrán, también de la tribu de Leví (Ex 2,1; 6,20). Los levitas conformaban la tribu sacerdotal de Israel, pero solo los varones ejercían el oficio cultual. Aunque Yoquébed no sea sacerdotisa, pertenecía a la tribu sacerdotal y estaba casada con un sacerdote, Amrán. En analogía con Yoquébed, también la madre de Sargón pertenecía al estamento clerical, pues era sacerdotisa.

    Ambas madres temían por sus hijos. La de Sargón no quería que nadie supiera de la criatura, mientras la de Moisés quería salvar a su hijo de las garras del faraón, que había prescrito la muerte de los niños hebreos (Ex 1,16). La sacerdotisa salvó a Sargón de la ignominia depositándolo en una cesta entre los juncos del Eúfrates, hasta que lo encontró Aqqi. Yoquébeb, la esposa de Amrán, salvó la vida de Moisés poniéndolo en una cesta a orillas del Río hasta que lo encontró la hija del faraón. Así como Aqqi adoptó a Sargón como hijo, la princesa adoptó a Moisés. Ambas criaturas poseyeron la mayor grandeza. Sargón alcanzó la cima del Imperio de Acad, mientras Moisés liberó a los israelitas esclavizados en Egipto y los condujo hacia la Tierra Prometida (Ex 2,1-10).

    Aunque ambos relatos presenten analogías, existe una diferencia. El objetivo de la Leyenda de Sargón estriba en magnificar la grandeza del monarca. Mientras el relato de Moisés sugiere la magnificencia de Yahvé; el Dios atento al penar de su pueblo que dirigió la vida de Moisés para encargarle la misión de liberar a la comunidad subyugada. Cuando los relatos de la Escritura encumbran a los personajes, lo hacen para resaltar la grandeza de Yahvé y su empeño por auxiliar al pueblo hebreo (1Sm 3,1-4,1).

    H. Rassum (1826-1910) descubrió en la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, el Cilindro de Ciro. El rey de Babilonia, Nabónido, cometió tropelías contra su pueblo y pretendió sustituir el culto del dios Marduk por el de Sin. Como señala el Cilindro, Marduk, atento a los desmanes, suscitó a Ciro, rey de Persia, para conquistar Babilonia, restaurar el culto legítimo e instaurar la prosperidad. El libro de Isaías recogió, entre otros temas, el mensaje del Cilindro (Is 41,1-5.25). Una porción de la comunidad hebrea sufría el exilio en Babilonia. Entonces Dios, atento a su penar, suscitó a Ciro para que conquistase Babilonia y liberase a Israel de las cadenas del destierro.


    Aunque haya un paralelismo entre el Cilindro y la Escritura, apreciamos diferencias. La Biblia no se contenta con realzar la figura de Ciro, también le corona como Mesías, el ungido de Dios para salvar al pueblo deportado. El Cilindro encamina la tarea de Ciro hacia el bienestar del pueblo, pero también hacia la entronización de Marduk. A modo de contrapunto, la Escritura enfatiza la misión de Ciro que, obediente a Yahvé, conquista Babilonia para liberar a la comunidad exiliada, pero sin pretender cambiar el culto babilónico por la religiosidad persa; pues Yahvé es el exclusivo señor de la Historia, no hay otro dios capaz de parangonarse con él (Is 45,1-8).                                                                  Apreciamos, de nuevo, como el empeño de la Escritura enfatiza la grandeza de Yahvé, siempre dispuesto a salvar a su pueblo.  

jueves, 24 de abril de 2014

SITUACIÓN DE PALESTINA EN TIEMPOS DE JESÚS



                                                              Francesc Ramis Darder


El general Pompeyo (63 aC.) conquistó Jerusalén e incorporó Palestina al Imperio Romano. Tras muchas vicisitudes, el año 37 aC., Herodes el Grande (73-4 aC.) subió al trono en calidad de rey vasallo de Roma. Herodes, cruel y despótico, tuvo la habilidad de congraciarse con Roma, reedificar el Templo de Jerusalén, construir fortalezas, y edificar ciudades (Cesarea, Tiberias). A la muerte del rey, el estado se dividió entre sus hijos (Arquelao, Herodes Antipas, y Filipo), pero los conflictos originados tras el reparto obligaron a los romanos a gobernar Palestina directamente mediante procuradores. El más famoso fue Poncio Pilato (26-36) en cuya época murió crucificado Jesús de Nazaret.

    La división administrativa impuesta al país sufrió constantes cambios; pero, básicamente, los romanos dividieron Palestina en tres provincias: Galilea, Samaría y Judea.

    Galilea, ubicada al norte, era una región próspera y bien situada junto a las vías de comunicación. El mar de Galilea proporcionaba abundante pesca, asentándose en sus orillas industrias de salazón. El agua del lago y las fuentes del Jordán propiciaban un terreno feraz. La edificación de nuevas ciudades desarrolló la construcción, favoreció la explotación de canteras, y propició la inmigración de trabajadores. La población era de religión judía; aunque había grupos hebreos radicales y, en general, la cultura estaba influenciada por la mentalidad griega.

    Samaría, situada en el centro, disponía del cauce del Jordán que propiciaba abundantes cosechas. La proximidad de las rutas comerciales favorecía el comercio. En una de sus ciudades, Cesarea del Mar, residían habitualmente los procuradores romanos. La población era mixta y compleja. La minoría, los samaritanos, constituían una rama escindida del judaísmo oficial. La mayoría de pobladores descendía de emigrantes instalados en el año 722 aC. por el rey Sargón II de Asiria y, por tanto, no eran de raza ni de religión judía. La diferencia racial y religiosa entre samaritanos y judíos ocasionaba continuos enfrentamientos entre ambos grupos.

    A Judea, la provincia del sur, pertenecía Jerusalén con su magnificente Templo remozado en profundidad por Herodes. La provincia era pobre, carecía del agua del Jordán, padecía la esterilidad del desierto y soportaba la inutilidad del agua del Mar Muerto. Su fortuna provenía de los beneficios del Templo procedentes de la limosna de los peregrinos, la donación obligatoria de todo judío, y de los múltiples sacrificios oficiados por los sacerdotes. La población era de religión y cultura judía, aunque fragmentada en diversas tendencias.

     El Imperio Romano respetó, generalmente, la religión y las costumbres judías, pero a cambio exigió el pago de elevados impuestos. Los judíos también pagaban impuestos a las autoridades judías y al Templo de Jerusalén. La tasa que aplastaba al pueblo era la recaudada por los romanos, sumiendo a la región en la miseria. Parte de la población padecía esclavitud para satisfacer las deudas, y los hombres empobrecidos, antes de someterse a esclavitud, vivían del bandidaje.

    Los publicanos cobraban los impuestos y solían exigir a la gente mucho más de lo debido a fin de enriquecerse. Al contar con el respaldo militar si alguien se negaba a abonar la tasa era obligado por la fuerza; cuando no podía pagar, el deudor y su familia eran vendidos como esclavos.

    El pueblo sencillo odiaba a los publicanos por su injusticia. Los nacionalistas judíos les despreciaban por su colaboracionismo con Roma. Las personas religiosas les consideraban culpables de la desgracia de Israel; pues, en su opinión, el cobro de impuestos mantenía el poder romano, y la presencia de una potencia extranjera en Palestina hacía que, según la creencia judía, Dios retrasara la llegada del Mesías para instaurar su Reino.

    En definitiva, las condiciones políticas, económicas y sociales de Palestina en el tiempo de Cristo, causaban la miseria de la población y sembraban impotencia y desánimo en el corazón del pueblo.


martes, 24 de diciembre de 2013

¿QUÉ ES UN TEL? LA IMPORTANCIA DE LA ARQUEOLOGÍA EN EL ESTUDIO DE LA BIBLIA


                                                                     Francesc Ramis Darder


De la misma manera que los “Talaiots” representan los asentamientos emblemáticos de la cultura mallorquina antigua, los “Tels” constituyen el prototipo de asentamiento de la civilización israelita antigua. ¿Qué es un Tel?

Los israelitas edificaban una aldea rodeándola de una muralla. Cuando la aldea era atacada, si sus habitantes no resistían el asedio, era conquistada y destruida. Al cabo de un tiempo, otros pobladores acudían a habitar la aldea devastada, y para eso “aplanaban” las ruinas de la población demolida y edificaban sobre sus restos otra aldea protegiéndola con otro muro. Cuando la nueva villa era atacada y destruida se repetía el mismo proceso: pasados unos años la ocupaban otros habitantes que “aplanaban” las ruinas y levantaban otra aldea. Y así sucesivamente.

La edificación de una aldea sobre los vestigios de la anterior provocaba que la nueva estuviera más elevada; y, con los años, el pueblo aparecía bastante elevado respecto del nivel del suelo. Llegaba un día en el que, por circunstancias diversas, la aldea era abandonada definitivamente; entonces toda la construcción iba recubriéndose de tierra portada por el viento, y cuando había suficiente tierra crecía la vegetación. De ese modo el conjunto de aldeas edificadas una sobre otra adquiría la imagen de una colina; y esa colina artificial se denomina “Tel”. La excavación de los “Tels” aporta información útil para la comprensión de la Biblia. Veamos un ejemplo.

David es un personaje central en la Biblia; pero con la excepción del AT no había ningún documento que atestiguara la existencia de la dinastía davídica. La ausencia de documentos hizo que algunos comentaristas pusieron en duda e incluso negaran la misma existencia de David. Pero ahí intervino la arqueología. Al norte de Israel se asienta la ciudad de Dan, y junto a ella se levanta un Tel ciclópeo llamado Tel-Dan. En él se descubrió en 1993 una lápida donde consta la expresión “Casa de David” como término para referirse a la monarquía de Judá a finales del siglo IX aC, y así quedaron zanjadas las dudas sobre la existencia de David y su dinastía.




domingo, 10 de noviembre de 2013

JERUSALÉN: ORIGEN DE LA CIUDAD


                                                                           Francesc Ramis Darder


Sobre una meseta calcárea de los Montes de Judá y a 800 metros sobre el nivel del Mediterráneo se alza la ciudad de Jerusalén. El topónimo “Jerusalén” deriva del término hebreo “Yerusalaim” que, a su vez, procede de la palabra cananea “Urusalim” que significa “bajo la protección de Salem”, o más literalmente “fundación de Salem”.

     El vocablo “Salem” identifica al dios cananeo que personificaba el crepúsculo vespertino, y cuyo santuario estaba erigido en lo alto de la colina de Sión; es decir, sobre una de las colinas sobre las que se asienta actualmente la Ciudad Santa. Por tanto “Jerusalén” tiene un sentido religioso: recuerda que la ciudad se construyó bajo la advocación del dios Salem.

    La arqueología constata que el desarrollo de la Ciudad despunta hacia el año 4.000 aC gracias al agua de la fuente de Guijón, con la que se hacía posible regar los campos y abrevar los ganados. La referencia más antigua a Jerusalén (Urusalim) aparece en los archivos reales descubiertos en la ciudad de Ebla (en Siria actual) destruida por el 2250 aC. También es mencionada en algunos textos egipcios del siglo XIX aC; y, sobre todo, en la correspondencia entre el príncipe de Jerusalén, Abdí-Jipá, y la corte del faraón Amenofis IV (Akenaton) en el siglo XIV aC. Más tarde y en fecha incierta, figura en los registros asirios bajo el nombre de “Urusilimmu”.  Durante el período de los Jueces (XII aC) se denominó “Jebus” (Jue 19,10-11), pero al conquistarla David (2Sam 5,6-7) devino la capital del Israel y pasó a llamarse “Ciudad de David”.

    El Génesis menciona a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo que bendijo a Abrán (Gen 15,18); y, esa ciudad, Salem, es identificada con Jerusalén, que en una lectura poética puede entenderse como “ciudad de paz”. Desde la óptica religiosa, Jerusalén recuerda que su fortaleza radica en que ha sido levantada bajo la protección de Dios, esa es la fuerza la Ciudad Santa y también la fuerza de nuestra vida: sabernos siempre sostenidos en las buenas manos del Dios que nos ama.