sábado, 12 de enero de 2019

TORRE DE BABEL



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Como hemos comentado, la ciudad de Babilonia veía erguirse, detrás del Palacio Real, un gran zigurat, llamado Etemenanki, “enlace entre el cielo y la tierra”. Tenía siete pisos, con una base cuadrangular (91m), y una altura estimada de 100 metros; según algunos arqueólogos no llegó a terminarse del todo. Los siete pisos corresponden a los siete cielos planetarios; estaban pintados con colores adecuados a cada planeta. La edificación era de adobe en el interior y de ladrillo en el exterior. Disponía de escaleras adosadas en la zona exterior y una escalinata perpendicular para ascender hasta el segundo piso; después, subiendo por las escaleras laterales podía alcanzarse el séptimo piso donde se alzaba el santuario, ámbito de sacrificios, y lugar de hierogamia, la relación íntima entre un dios, representado por un sacerdote, y una mujer (Herodoto, Historia, 1,181). La tradición babilónica atribuye al zigurat la simbología de la escala que quiere tocar el cielo; el zigurat simbolizaba el descenso de los dioses sobre la tierra y la ascensión del hombre hacia el cielo.

    El relato de la “Torre de Babel” (Gn 11,19), situada al final de la “Historia Primera” (Gn 1-11), evoca, desde la óptica metafórica, el Etemenanki, que contemplaron los desterrados. Seguramente, el recuerdo del gran zigurat de Babilonia influyó en la composición de la narración de la Torre, cuando fue escrita en Jerusalén, después del exilio. El recuerdo babilonio de la construcción de los zigurats aflora el relato de la Torre. El Enuma Elis expone la técnica para edificar un zigurat: “los dioses (annunanki) moldearon ladrillos” (VI, 60-62); técnica que recoge la Escritura: “dijeron los hombres: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego” (Gn 11,3). El Poema subraya el motivo para la erección de zigurat: “Alzaron la cabeza de Esagila para igualar a Apsu […] habiendo edificado un zigurat tan alto como Apsu” (VI, 63); la Escritura parece indicar un motivo parejo en la intención de los hombres: “Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo” (Gn 11,4).

    Los redactores bíblicos conocían la técnica constructiva babilónica, pero al componer el relato de la Torre aludieron al zigurat para resaltar un motivo teológico: el fracaso de la idolatría.

    Los versos del Segundo Isaías censuran y ridiculizan la idolatría con el mayor empeño (Is 40,18-21; 41,6-7; 44,9-20). Arremeten también contra la idolatría representada por Babilonia (Is 46-47). Desde la perspectiva teológica, la profecía entiende que Babilonia intentó parangonar su poderío con la exclusiva divinidad del Dios de Israel sobre la historia humana. Decía la Gran Potencia: “Yo y solo yo” (Is 47,8.10); de ese modo, quería enfatizar que era la divinidad que conducía el curso de la historia.

    A modo de contrapunto, la profecía pone en boca del Dios de Israel su propia identidad: “Yo soy el Señor, y no hay otro” (Is 45,3.6); a la vez que establece su exclusivo señorío sobre el cosmos y el devenir humano: “Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella […] yo he hecho surgir a Ciro para libraros, y voy a allanar sus caminos” (Is 45,12-13).

    La idolatría de Babilonia estriba en su pretensión de asimilarse con el Dios de Israel, el único Dios. Notemos, en ese sentido, como la Escritura asimila la identidad de Babilonia, “Yo y solo yo” (Is 47,8), con la identidad de Dios, “Yo soy el Señor” (Is 45,6), eco de la revelación divina en la zarza que arde sin consumirse, “Yo soy el que soy […] Yo soy” (Ex 3,14; cf. Is 43,25). Al decir de la Escritura, intentar investirse de la autoridad del Señor, el único Dios, constituye el hondón de la idolatría. Como sucede con cualquier ídolo, Babilonia se desvanece entre los dedos del Señor. Así, la profecía proclama la sentencia divina contra el imperio idólatra: “Baja a sentarte en el suelo, joven Babilonia; siéntate en tierra, sin trono, capital caldea […] te sobrevendrá una desgracia que no podrás conjurar” (Is 47,1.10).

    El escenario del relato de Torre se sitúa en la región de Senaar, en un lugar llamado Babel; el topónimo alude a la ciudad de “Babilonia (Babilu)”, significa “Puerta de Dios”. Unos emigrantes de Oriente alcanzan el territorio y se proponer “edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue has el cielo; dicen: así nos haremos famosos” (Gn 11,4). La tarea evoca la decisión de Babilonia expuesta por la profecía: “subiré a la cima de las nubes, seré igual al Altísimo” (Is 14,14; cf. 47,7).

     Afinando la cuestión, observamos también como quienes levantan la torre utilizan la forma plural para describir su trabajo: “vamos a hacer ladrillos […] nos haremos famosos” (Gn 11,3.4). Desde la óptica simbólica, la forma plural sugiere la manera en que Dios decidió crear al ser humano: “Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Así, la paralaje insinúa que la pretensión de los recién llegados, como sucedía con Babilonia, intenta equiparar su tarea con la del Señor, el único Dios; por eso constituye, como acontecía con Babilonia, el eco de la idolatría.

    Como toda tentación idolátrica, la soberbia por alzar la torre, se desvanece ante la intervención del Señor. Dijo Dios: “Voy a bajar a confundir su idioma para que no se entiendan” (Gn 11,7); algo semejante obró Dios contra Babilonia: “Voy a vengarme (de tu idolatría) y seré implacable” (Is 47,3).

     El Señor dispersó a los constructores de la torre; y añade, “por eso se llamó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de todos” (Gn 11,9). La raíz “confundir (bll) presenta relación con la idolatría. Así lo sentencia Oseas: “Efraín se mezcló (bll) con los pueblos” (Os 7,8), pues mezclase con otros pueblos significa confundir la religión israelita con el culto extranjero, culto idolátrico; dicho de otro modo, Efraín se ahogó en la idolatría (cf. Is 44,19-20). Desde el horizonte metafórico, también Babilonia quedó en la confusión después la intervención divina; pues la urbe que se proclamaba “soberana de reinos” (Is 47,5), tuvo que atenerse, como las esclavas, a “tomar el molino y moler el trigo” (Is 47,2).

    Quienes se asentaron en Jerusalén, después del destierro, recordaban el terror babilónico que devastó Judá (2Re 23,28-25,26). Quizá por eso colorearon Babilonia con el aura del gran ídolo que había pretendido usurpar la exclusiva autoridad del Señor sobre la historia humana (Is 14; 46-47). Recogiendo un mito oriental que atribuía la multiplicidad de idiomas a la decisión divina de dividir la única lengua hablada por la humanidad primigenia, y haciendo memoria del gran zigurat, compusieron el relato de la Torre de Babel para establecer la banalidad de la idolatría y enfatizar, a modo de contraluz, el exclusivo señorío del Dios de Israel sobre la historia humana.           

martes, 8 de enero de 2019

¿QUIÉNES ANUNCIAN EL EVANGELIO?

                                                     Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com




En analogía con el mundo judío y pagano, la Iglesia también disponía de colegios dedicados a la proclamación del evangelio. Los apóstoles (Mt 28,16-20), Pedro a los judíos y Pablo a los gentiles (Gal 2,6-10). Los diáconos, específicamente Esteban y Felipe (Hch 6,8; 8,4-40). Los maestros y los profetas (Hch 13,1).

 Ahora bien, también nacieron colectivos muy novedosos, que podríamos llamar colectivos periféricos, consagrados al anuncio de la Buena. Ente ellos destacan, cuatro grupos. Quienes, utilizando un lenguaje moderno, podríamos llamar ‘intelectuales’; a modo de ejemplo, destaca Tirano, un pagano que dispuso su escuela para que Pablo, expulsado de la sinagoga, pudiera predicar a judíos y gentiles en Éfeso (Hch 19,8-10).

   Un contingente decisivo lo constituyen las “mujeres”. Cuando María Magdalena, María la de Santiago y Salomé acudieron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, un joven vestido de blanco les ordenó proclamar el evangelio: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro que (Jesús) irá delante de vosotros a Galilea” (Mc 16,6-7). El episodio alude a la vida de Jesús, pero también certifica la relevancia evangelizadora de la mujer; relevancia enfatizada por la mención de Andrónico y Junia, una mujer, a quienes Pablo llama: “mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo” (Rm 16,7).

    Despunta, sin duda, la presencia de un matrimonio, Priscila y Aquila, en las tareas de evangelización, quienes además reunían, más bien dirigían, una Iglesia en su casa (Hch 18,24-26; Rm 16,5).

    Sorprende también el tesón de los cristianos perseguidos por anunciar el evangelio; así lo hacían quienes sufrieron la persecución, después de la muerte de Esteban, que predicaron en Antioquía hasta bautizar a los paganos (Hch 11,19-22).

    Dos actitudes caracterizaban a los evangelizadores, a saber: la confianza en Dios, pues “la mano del Señor estaba con ellos” (Hch 11,21), y la convicción (parresiatzomai) con que proclamaban la Buena Nueva (Hch 9,27).


jueves, 13 de diciembre de 2018

ESPIRITUALIDAD DE LA NAVIDAD


Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com









ORACIÓN BÍBLICA DE NAVIDAD

Francesc Ramis Darder
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lunes, 3 de diciembre de 2018

CULTURA PERSA



                                          Francesc Ramis Darder
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El Imperio persa sobresale por su magnitud, desde el Helesponto hasta la zona septentrional de la India, adentrándose temporalmente en Egipto, y también por el cariz heterogéneo de su población, estructurada en variopintas etnias y religiones. El arco temporal de su historia, desde las conquistas de Ciro II (559-530 a.C.) hasta su ocaso bajo la espada de Alejandro Magno (334-323 a.C.), descansaba sobre dos aspectos políticos esenciales. En primer lugar, la corona permaneció en poder de la familia Aqueménida, cuyos soberanos, aureolados a imagen del dios Ahuramazda, detentaban el poder central y absoluto sobre las instituciones y la población del imperio; sin duda, la reforma de Darío I (522-486 a.C.) frenó las tentaciones nacionalistas de las regiones sometidas, deseosas de abandonar el férreo control del gobierno central. En segundo término, la reforma emprendida por Darío I estructuró la administración del imperio, a la vez que permitió a los jerarcas de las zonas conquistadas mantener las tradiciones locales, siempre bajo la supervisión aqueménida. No obstante, la debilidad del imperio radicaba, por una parte, en el mismo carácter absoluto del soberano, pues, como hemos visto, las conjuras palaciegas por la sucesión solían teñir de sangre la corte imperial, y, por otra, la vastedad del imperio dificultaba el control eficaz de todas las regiones.

    Como sostenía la teología aqueménida, el dios Ahuramazda manifestaba a través del soberano persa su empeño por mantener el orden de la creación; por eso la divinidad dotaba al rey, como reflejan las representaciones artísticas, de cualidades físicas y morales para gobernar según los principios del orden dispuesto por dios. Ahuramazda había elegido al rey para establecer el buen gobierno del imperio, la estabilidad del mundo y el bienestar del hombre. Así, toda la humanidad, y especialmente los súbditos del imperio, debían obediencia y veneración tanto a dios como al monarca, soberano absoluto y eje de la administración imperial. En ese sentido, los teólogos subrayaban que Ahuramazda había encumbrado a Darío I para que impusiera “orden” entre la “desorden” por el que había deambulado el imperio; el “desorden”, al decir de la teología persa, procedía de la “mentira”, alusión a la “injusticia” imperante en la corte, cuando Cambises abandonó Persépolis para adentrase en Egipto (cf. Inscripción de Behistum). Desde este horizonte, Darío I emerge como el monarca, físicamente fuerte y moralmente recto, entronizado por dios para instaurar el “orden” en el imperio “desordenado” por la “mentira”, eco de la “injusticia” implantada por la corte de Cambises.

    La misión teológica de Darío y sus sucesores  estribaba en implantar la justicia, manifestación del “orden” divino, en Persia y en las zonas subyugadas. Desde esta óptica, aunque el soberano fuera un monarca absoluto, no debía actuar como un déspota arbitrario, pues debía regir el imperio con las normas de la justicia, manifestación del orden deseado por dios. A modo de contrapunto, la teología entendía la insubordinación contra el soberano como un acto de idolatría, pues implicaba desdeñar la autoridad de Ahuramazda, encarnada en la persona del rey, para rendir pleitesía a dioses falsos, metáfora de la mentira, eco de la injusticia, que la rebeldía sembraba en la corte y el imperio. En este sentido, Jerjes expresó su intención de retomar el “orden” en el imperio, “desordenado” por conspiraciones e injusticias, a través del culto a Ahuramazda, la divinidad que, por mediación del soberano, establecía el “orden” del mundo.

    Las regiones conquistadas eran las dádivas que Ahuramazda concedía al soberano persa para que las engarzara en el “orden” de la creación deseado por dios. Por eso, desde la óptica teológica, las embajadas de los países sometidos debían acudir al palacio de Persépolis para entregar pingües dádivas como agradecimiento a la autoridad que el soberano ejercía, en nombre de dios, sobre la inmensidad del imperio; no en vano, la decoración de la escalinata palacial, que desembocaba en la sala del trono, estaba decorada con imágenes de naciones sometidas portando presentes para el rey, alegoría de la autoridad divina.

    A partir de la reforma de Darío I, los reyes ponían esmero en vincular su identidad con el linaje de Aquemenes, ancestro de la dinastía, y garante del auxilio de Ahuramazda. El monarca reinante elegía al sucesor entre sus hijos. Sin duda, la poligamia daba lugar a disputas entre las esposas y los miembros de la corte para la elección del heredero; de ahí las frecuentes conjuras que acababan con la muerte de algunos candidatos. El soberano elegía al sucesor en ceremonia pública. Con intención de aureolar al príncipe se le imponía la “tiara erguida”, un peinado persa, y bebía del “agua del rey”, seguramente agua recogida en la fuente reservada para el monarca. Junto a compañeros de la nobleza, el príncipe era educado por los magos, expertos en la cultura persa, el arte militar, y aspecto religioso.

    El príncipe elegido tomaba posesión del trono en la ciudad de Pasagarda, la residencia de Ciro II, fundador del imperio, mientras el ritual, de corte castrense, acontecía en el templo de Anahita, diosa de la guerra. El nuevo monarca se despojaba de su ropa para ponerse la vestimenta de Ciro, y comía alimento propio del soldado en campaña, así amanecía como el nuevo Ciro, imagen del general y rey ideal. Seguramente, los altos funcionarios ponían el cargo a disposición del monarca, como signo de acatamiento a la nueva autoridad, mientras el pueblo quizá obtuviera alguna remisión de la carga impositiva.[1] El monarca gobernaba con el apoyo de la familia aqueménida y la nobleza de alcurnia, que ocupaban los altos cargos del ejército, la administración, y los santuarios. Sin embargo, a partir de la reforma de Darío I, los nobles perdieron la paridad con el monarca hasta convertirse en servidores y vasallos del rey; aun así, gozaban, junto a la familia real, de la elitista educación ofrecida por la corte que les capacitaba para administrar, bajo el control de la corona, el imperio. La dependencia del monarca propició la aparición de complejas estructuras nobiliarias.

    A modo de ejemplo, los nobles más adictos al soberano eran llamados “hijos de la casa real”, y los militares más adictos portaban lanzas decoradas con manzanas de oro; el estamento noble más afín a la corona emparentaba matrimonialmente con la familia real y recibía valiosos regalos, como atestigua el llamado “Tesoro de Axos”, los bajorrelieves de Persépolis o la cerámica de Susa.[2] El aura divina que envolvía al rey coloreaba su funeral con el tinte tenebrista y piadoso; a su muerte, se apagada el fuego sagrado que, eco del esplendor del soberano, ardía en los templos, comenzaba un tiempo de luto hasta que el cadáver era enterrado, a las órdenes del heredero, en las tumbas de Pérsepolis (siglo IV a.C.) o en la necrópolis de Naqsh-i Rustam (siglo V a.C.).[3]

    El territorio imperial estaba dividido en satrapías, gobernadas por la nobleza persa, vinculada estrechamente a la corona; la corte regía el destino del imperio desde las ciudades reales, levantadas en Pasagarda y Persépolis. En líneas generales, las satrapías guardan parejo orden administrativo. El sátrapa, asentado en el palacio que había sido residencia del monarca de la zona conquistada, constituía la autoridad militar y política; bajo su autoridad, destacaba el tesorero, encargado del cobro de impuesto, y el administrador puesto al frente de los archivos. Una parte de los impuestos, abonados en especie o en metales nobles, permanecía en la satrapía, pero un montante considerable acababa en las arcas del gobierno central (Herodoto, 1,192).

    Excelentes vías de comunicación vertebraban el imperio y facilitaban la relación entre las satrapías y la corte central; esencial era la vía que unía Bactria, Carmania, Aracosia y la India, o el camino que conducía de Sardes a Susa. La magnitud de la satrapía determinaba la división en regiones menores, sometidas a la autoridad de un delegado del sátrapa; a modo de ejemplo, una de las regiones de la satrapía de Traseufratina, gobernada probablemente desde Damasco, era Jehud, administrada desde Jerusalén. Aun atento a la uniformidad administrativa, cada sátrapa permitía a la población local practicar su religión y cultivar idiosincrasia, mientras no entraran en confrontación con la autoridad persa; continuando con el ejemplo, el templo de Jerusalén, erigido en la región de Jehud, pudo continuar su tradición religiosa.

    No obstante, cuando una región se desmandaba podía sufrir la devastación de su templo; así sucedió con el santuario de Dídima o el de Atenas (Herodoto, 6,19; 8,53). Con suma habilidad, los persas alentaron los cultos de Babilonia y Egipto, las regiones sometidas de mayor extensión, para ganarse el favor del clero y la población local. No cabe duda de que los persas supieron aprovechar en beneficio propio las estructuras administrativas de las regiones sometidas; por eso alentaron el matrimonio entre dirigentes persas y esposas de la elite de los pueblos vencidos.[4] Ahora bien, aunque respetaran las lenguas vernáculos, impusieron el arameo como legua vehicular de la administración y, como hemos señalado, adoptaron la grafía cuneiforme para escribir el idioma persa con que lo que aureolaban el prestigio internacional de la corona.

    El arte persa marcó su impronta en los países conquistados; así lo atestigua la acuñación de moneda local con motivos persas, y en las joyas egipcias o en las copas babilónicas cargadas de motivos persas. A pesar de la uniformidad administrativa, la autoridad persa se valió de una administración especial en las zonas habitadas por nómadas; así los árabes, encargados de rutas caravaneras, ofrecían dádivas de incienso como tributo, los nómadas trashumantes de los Zagros entregaban parte del ganado, o los escitas, establecidos en el cauce inferior del Oxos, se alistaban en el ejército.[5]

    Como toda economía antigua, la persa se fundaba en la actividad agropecuaria; por esa razón, y al compás de los antiguos reyes mesopotámicos, los reyes persas desarrollaron la política hidráulica. La corona ejercía su autoridad sobre la distribución del agua a través de canales y embalses; así los soberanos persas controlaban los canales de Babilonia, establecieron canales en la zona septentrional de la meseta irania, y Darió I construyó embalses.[6]

    La corona poseía vastas tierras de labor, controlaba el comercio, o administraba la minería con el recurso de jornaleros y esclavos; como señalan los archivos de Persépolis, eran significativas las tierras propiedad de las mujeres de la corte. La nobleza también participaba en el control económico del imperio; así lo atestigua la correspondencia de Arsames, sátrapa de Egipto, o los archivos de la familia Murashu, saga dedicada al préstamo y al arrendamiento de tierras. Tanto la corte como las empresas mercantiles arrendaban tierras a colonos. La corona también concedía tierras a los soldados mientras no estaban en campaña para su cultivo; los colonos pagaban un arriendo, y se comprometían a participar en las tareas militares. El arriendo de tierras a soldados determinó que el ejército reclutara tropas de todas las regiones del imperio, a saber, caballería, infantería, carros de guerra, zapadores, arqueros, e intendencia; el numeroso ejército persa contaba también con mercenarios de origen griego, a la vez que algunos generales de los pueblos vencidos se incorporaban a ejército persa, un caso significativo se dio con Udjahorresnet, almirante egipcio que se adhirió a los persas después de la conquista de Cambises.

    Al parecer existía un ejército central, y otros ejércitos acantonados en las regiones conquistadas. Las numerosas fortalezas aseguraban la seguridad de las vías de comunicación y garantizaban el control de los pueblos sometidos; alguna vez, los persas emprendieron deportaciones de castigo en las zonas rebeldes. A modo de síntesis, cabe afirmar que la región irania, eje del imperio, experimentó un gran desarrollo durante la etapa aqueménida; las grandes capitales, Pasagarda y Pérsépolis, eran centros administrativos; las obras hidráulicas favorecieron el asentamiento de la población, anteriormente sedentaria, y acrecieron la riqueza; la multitud de regiones conquistadas aportaba grandes beneficios; la estructura militar y las vías de comunicación consolidaban el imperio; la percepción teológica de la realeza y su vinculación ideológica a Aquemenes propiciaban la continuidad de la dinastía; sin duda, como sostenían los antiguos, durante la etapa de mayor relevancia, la región evoca el esplendor del paraíso.[7]



[1] Sobre la elección, entronización, y educación del heredero: Arriano, Anábasis, 6.29.3; Diodoro Sículo 11.71.1, 17.94.4-5; Estrabón, 15.3.18; Heráclidas de Cumas, Apud Ateneo,12.51ª; Herodoto 6,59; Plutarco, Vida de Artajerjes, 3 
[2] .Sobre el funcionamiento y situación estamental de la corte aqueménida: Herodoto 1,134; 3,84.97.118-119.144; 7,41; 8,90; Jenofonte, Anábasis, 4,4. 
[3] Sobre el ceremonial funerario: Arriano, Anábasis 6.24.4-7; Diodoro Sículo, 17,94.4-5; 18.16-18.28.1.
[4] . Ver: Herodoto, 6,14; Jenofonte, Helénicas 3,1.10; 4.1.6-7.
[5] . Organización impositiva: Diodoro Sículo 17.108.4-6; Jenofonte, Helénicas, 4.1.16).
[6] . Heródoto 3,117; Polibio 10.28.
[7] . Diodoro Sículo, 19.21.2-4.

lunes, 19 de noviembre de 2018

THE SPIRITUALITY OF ADVENT


Francesc Ramis Darder
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ADVENT BIBLICAL PRAYER


Francesc Ramis Darder
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miércoles, 14 de noviembre de 2018

ESPIRITUALITAT DE L'ADVENT

Francesc Ramis Darder
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ORACIÓ BÍBLICA D'ADVENT


Francesc Ramis Darder
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martes, 13 de noviembre de 2018

ESPIRITUALIDAD DEL ADVIENTO

                                                                          Francesc Ramis Darder
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ORACIÓN BÍBLICA DE ADVIENTO


                                                                 Francesc Ramis Darder
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viernes, 9 de noviembre de 2018

¿CÓMO AMABA JESÚS?



                                                                 Francesc Ramis Darder
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Cuando Jesús predicaba en los territorios de Palestina, anunciaba siempre el Reino de Dios; decía: “Convertíos que el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué es el Reino de Dios? El Reino de Dios no es un país, ni una nación, es una manera de vivir. En nuestra vida, llega el Reino de Dios cuando empezamos a vivir amando. Cuando amamos a otra persona hacemos que el Reino de Dios empape nuestra vida; cuando vivimos la bondad y la misericordia, hacemos que el Reino de Dios nazca a nuestro alrededor. Ahora bien, como ya hemos insinuado, desde la perspectiva bíblica, el hecho de amar no se reduce a un simple sentimiento, siempre pasajero, amar es una acción, es una forma de vivir.

    Cuando desde la perspectiva cristiana queremos aprender a amar, debemos observar la manera en que Jesús amaba. Leyendo el evangelio, discernimos cómo Cristo desplegaba su capacidad de amar de cinco maneras complementarias. Jesús amaba a los demás liberándolos de las enfermedades que los torturaban; el evangelio está lleno de milagros en que Jesús devolvía la salud a los enfermos. Cristo amaba acompañando a sus discípulos, no solo en el momento en que las cosas iban bien, sino también en las ocasiones adversas; recordemos, en este sentido, la ocasión en que Jesús, sabiendo que el apóstol Pedro iba a traicionarle, siguió rezando por él; Jesús fue capaz de establecer lazos de amistad, así lo decía a sus discípulos: “Vosotros sois mis amigos”.

   Jesús amaba cuando hacía posible que las personas que estaban a su alrededor recuperasen la alegría de vivir; a modo de ejemplo, podemos citar a Nicodemo, el hombre que estaba en tinieblas, símbolo de la falta de sentido profundo por donde discurría su vida, pero, cuando se encontró con Jesús, se convirtió en un hombre nuevo. Jesús amaba cuando perdonaba, esa virtud a menudo tan difícil de poner en práctica; la capacidad de perdón que tenía Jesús era tan intensa que, incluso clavado en la cruz, derramó su perdón sobre el corazón de los que lo escarnecían al pie de la cruz. Jesús amó a la gente que lo rodeaba, abriéndole las puertas de la vida eterna; así lo dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

     La primera carta de san Joan remarca: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado primero y nos ha enviado a su Hijo Jesucristo. Dios, en la persona de Jesús, nos ha amado primero, incluso antes de que lo conociéramos. Nuestra capacidad de amar comienza cuando nos damos cuenta de todas las cosas que Dios ha hecho por nosotros. Pensemos un instante en nuestra vida. En aquellas ocasiones en que Jesús, por medio de algunos de nuestros hermanos nos ha liberado de la angustia; nos ha acompañado en los momentos de dolor o de alegría; nos ha permitido volver a nacer, en el sentido de recuperar el sentido de nuestra vida; o cuando Dios nos ha concedido el perdón, o cuando nos ha retornado la esperanza de una vida que no muere. Cuando queremos amar, lo primero que debemos hacer es darnos cuenta de lo que Dios ha hecho por nosotros, darnos cuenta de las personas de las que Dios se ha servido para regalarnos su amor.

    Sin duda, cuando apreciamos el amor que Dios ha derramado en nuestra vida, entonces aprendemos a amar desde la perspectiva cristiana. Y amar desde el horizonte cristiano no es otra cosa que repartir entre nuestros hermanos el amor que Dios, con creces, se ha adelantado a regalarnos. Por eso el amor cristiano es el eco del amor de Cristo. Un amor que libera, que crea lazos de amistad, que modela personas nuevas, capaz de perdonar y que tiene siempre abiertas las puertas de la esperanza. En esta Eucaristía, pidamos al Señor la capacidad de amar como Él nos ha amado, ahí está nuestra felicidad y la del mundo entero.
    

miércoles, 7 de noviembre de 2018

MALLORCA CATHEDRAL GOTHIC CHAPTER HOUSE



                                                                           Francesc Ramis Darder
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martes, 6 de noviembre de 2018

CATEDRAL DE MALLORCA SALA CAPITULAR GÓTICA



                                                             Francesc Ramis Darder
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sábado, 27 de octubre de 2018

CAÍDA DEL IMPERIO PERSA



                                                                      Francesc Ramis Darder
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Los últimos años de Artajerjes II (405 -359 a.C.) contemplaron el estallido de intrigas palaciegas por la sucesión del soberano; tres de sus hijos murieron en conspiraciones cortesanas, mientras otro, Oco, tramó la muerte de su padre para sucederle en el trono y convertirse en Artajerjes III (359-338 a.C.).

 Deseoso de recuperar la prestancia persa, el nuevo rey emprendió la reconquista de Egipto. Comenzó haciéndose con Fenicia, avanzadilla egipcia en la región sirio-palestina; destruyó su capital, Sidón (345 a.C.), acabó con su rey, Tenes, y deportó parte de la población a Babilonia y Susa. A continuación, conquistó Egipto (343 a.C.).[1] Ahora bien, el interés por las prebendes nacidas de la posesión de Egipto sembró la división en la corte aqueménida. Bagoas, dirigente de palacio, hizo asesinar a Artajerjes III y entronizó a Arses, el único hijo del rey que seguía vivo, como Artajerjes IV (338-336 a.C.).

 No obstante, el mismo Bagoas, atento a las prerrogativas que le ofrecía Artashata, pariente colateral de la familia aqueménida, acabó con Artajerjes IV, y propició la entronización del pariente conspirador, coronado como Darío III (336-330 a.C.); una vez asumido el trono, Darío acabó con la vida de Bagoas.

    Casi de inmediato, Darío tuvo que enfrentarse, como expondremos en el próximo capítulo, con un adversario dispuesto a conquistar el imperio, Alejandro Magno. Darío organizó la mejor estrategia para desbaratar los planes de Alejandro. Por una parte, la organización del ejército persa, conformado por un ejército central, ejércitos periféricos, y colonos llamados a la milicia, permitió al monarca reunir unas tropas formidables; por otra parte, el rey reforzó la defensa costera de Asia Menor y la región sirio-palestina, la ruta por la cruzaría Alejandro para adentrarse en territorio persa.

    Sin embargo, Alejandro se hizo con Asia Menor, tomó posesión de Egipto, y conquistó Tiro y Gaza, baluartes de Siria-palestina; a lo largo de tres batallas (Isos, Gránico, Arbela) conquistó la región occidental de imperio (334-331 a.C.); tras la conquista de Ecbatana, el general persa, Beso, acabó con la vida de Darío (330 a.C.). Durante doce años, Alejandro procedió a la conquista de la región oriental del Imperio, hasta alcanzar la India; la etapa aqueménida había terminado, comenzaba con Alejandro el período helenista


El sumerio fue convirtiéndose en lengua de eruditos, mientras los invasores amorreos adoptaban el acadio como lengua propia. La tradición sumeria que contemplaba al rey de Sumer y Acad como elegido  por el dios Enlil y consagrado en la ciudad de Nippur dejó paso a la figura del soberano entronizado por sus proezas militares. La situación continuó acreciendo la separación entre el templo, ámbito del sacerdocio, y el palacio, entorno del rey y la corte. El soberano, jefe militar y señor del territorio, administraba tierras que confiaba a familiares, nobles, siervos y colonos, además de controlar el comercio y la administración de justicia. Cuando el templo perdió el dominio sobre las tierras de labor, menguó su influencia sobre la economía para concentrarse en la liturgia, el cuidado de los menesterosos, y la conservación de la cultura mediante la inscripción y copia de tablillas.



[1] . Ascensión de Artajerjes III al trono: Plutarco, Artajerjes, 30; destrucción de Sidón y deportación: ABC 9; Diodoro Sículo 16.41-45.