miércoles, 14 de noviembre de 2018

ESPIRITUALITAT DE L'ADVENT

Francesc Ramis Darder
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ORACIÓ BÍBLICA D'ADVENT


Francesc Ramis Darder
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martes, 13 de noviembre de 2018

ESPIRITUALIDAD DEL ADVIENTO

                                                                          Francesc Ramis Darder
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ORACIÓN BÍBLICA DE ADVIENTO


                                                                 Francesc Ramis Darder
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viernes, 9 de noviembre de 2018

¿CÓMO AMABA JESÚS?



                                                                 Francesc Ramis Darder
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Cuando Jesús predicaba en los territorios de Palestina, anunciaba siempre el Reino de Dios; decía: “Convertíos que el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué es el Reino de Dios? El Reino de Dios no es un país, ni una nación, es una manera de vivir. En nuestra vida, llega el Reino de Dios cuando empezamos a vivir amando. Cuando amamos a otra persona hacemos que el Reino de Dios empape nuestra vida; cuando vivimos la bondad y la misericordia, hacemos que el Reino de Dios nazca a nuestro alrededor. Ahora bien, como ya hemos insinuado, desde la perspectiva bíblica, el hecho de amar no se reduce a un simple sentimiento, siempre pasajero, amar es una acción, es una forma de vivir.

    Cuando desde la perspectiva cristiana queremos aprender a amar, debemos observar la manera en que Jesús amaba. Leyendo el evangelio, discernimos cómo Cristo desplegaba su capacidad de amar de cinco maneras complementarias. Jesús amaba a los demás liberándolos de las enfermedades que los torturaban; el evangelio está lleno de milagros en que Jesús devolvía la salud a los enfermos. Cristo amaba acompañando a sus discípulos, no solo en el momento en que las cosas iban bien, sino también en las ocasiones adversas; recordemos, en este sentido, la ocasión en que Jesús, sabiendo que el apóstol Pedro iba a traicionarle, siguió rezando por él; Jesús fue capaz de establecer lazos de amistad, así lo decía a sus discípulos: “Vosotros sois mis amigos”.

   Jesús amaba cuando hacía posible que las personas que estaban a su alrededor recuperasen la alegría de vivir; a modo de ejemplo, podemos citar a Nicodemo, el hombre que estaba en tinieblas, símbolo de la falta de sentido profundo por donde discurría su vida, pero, cuando se encontró con Jesús, se convirtió en un hombre nuevo. Jesús amaba cuando perdonaba, esa virtud a menudo tan difícil de poner en práctica; la capacidad de perdón que tenía Jesús era tan intensa que, incluso clavado en la cruz, derramó su perdón sobre el corazón de los que lo escarnecían al pie de la cruz. Jesús amó a la gente que lo rodeaba, abriéndole las puertas de la vida eterna; así lo dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

     La primera carta de san Joan remarca: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado primero y nos ha enviado a su Hijo Jesucristo. Dios, en la persona de Jesús, nos ha amado primero, incluso antes de que lo conociéramos. Nuestra capacidad de amar comienza cuando nos damos cuenta de todas las cosas que Dios ha hecho por nosotros. Pensemos un instante en nuestra vida. En aquellas ocasiones en que Jesús, por medio de algunos de nuestros hermanos nos ha liberado de la angustia; nos ha acompañado en los momentos de dolor o de alegría; nos ha permitido volver a nacer, en el sentido de recuperar el sentido de nuestra vida; o cuando Dios nos ha concedido el perdón, o cuando nos ha retornado la esperanza de una vida que no muere. Cuando queremos amar, lo primero que debemos hacer es darnos cuenta de lo que Dios ha hecho por nosotros, darnos cuenta de las personas de las que Dios se ha servido para regalarnos su amor.

    Sin duda, cuando apreciamos el amor que Dios ha derramado en nuestra vida, entonces aprendemos a amar desde la perspectiva cristiana. Y amar desde el horizonte cristiano no es otra cosa que repartir entre nuestros hermanos el amor que Dios, con creces, se ha adelantado a regalarnos. Por eso el amor cristiano es el eco del amor de Cristo. Un amor que libera, que crea lazos de amistad, que modela personas nuevas, capaz de perdonar y que tiene siempre abiertas las puertas de la esperanza. En esta Eucaristía, pidamos al Señor la capacidad de amar como Él nos ha amado, ahí está nuestra felicidad y la del mundo entero.
    

miércoles, 7 de noviembre de 2018

MALLORCA CATHEDRAL GOTHIC CHAPTER HOUSE



                                                                           Francesc Ramis Darder
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martes, 6 de noviembre de 2018

CATEDRAL DE MALLORCA SALA CAPITULAR GÓTICA



                                                             Francesc Ramis Darder
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sábado, 27 de octubre de 2018

CAÍDA DEL IMPERIO PERSA



                                                                      Francesc Ramis Darder
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Los últimos años de Artajerjes II (405 -359 a.C.) contemplaron el estallido de intrigas palaciegas por la sucesión del soberano; tres de sus hijos murieron en conspiraciones cortesanas, mientras otro, Oco, tramó la muerte de su padre para sucederle en el trono y convertirse en Artajerjes III (359-338 a.C.).

 Deseoso de recuperar la prestancia persa, el nuevo rey emprendió la reconquista de Egipto. Comenzó haciéndose con Fenicia, avanzadilla egipcia en la región sirio-palestina; destruyó su capital, Sidón (345 a.C.), acabó con su rey, Tenes, y deportó parte de la población a Babilonia y Susa. A continuación, conquistó Egipto (343 a.C.).[1] Ahora bien, el interés por las prebendes nacidas de la posesión de Egipto sembró la división en la corte aqueménida. Bagoas, dirigente de palacio, hizo asesinar a Artajerjes III y entronizó a Arses, el único hijo del rey que seguía vivo, como Artajerjes IV (338-336 a.C.).

 No obstante, el mismo Bagoas, atento a las prerrogativas que le ofrecía Artashata, pariente colateral de la familia aqueménida, acabó con Artajerjes IV, y propició la entronización del pariente conspirador, coronado como Darío III (336-330 a.C.); una vez asumido el trono, Darío acabó con la vida de Bagoas.

    Casi de inmediato, Darío tuvo que enfrentarse, como expondremos en el próximo capítulo, con un adversario dispuesto a conquistar el imperio, Alejandro Magno. Darío organizó la mejor estrategia para desbaratar los planes de Alejandro. Por una parte, la organización del ejército persa, conformado por un ejército central, ejércitos periféricos, y colonos llamados a la milicia, permitió al monarca reunir unas tropas formidables; por otra parte, el rey reforzó la defensa costera de Asia Menor y la región sirio-palestina, la ruta por la cruzaría Alejandro para adentrarse en territorio persa.

    Sin embargo, Alejandro se hizo con Asia Menor, tomó posesión de Egipto, y conquistó Tiro y Gaza, baluartes de Siria-palestina; a lo largo de tres batallas (Isos, Gránico, Arbela) conquistó la región occidental de imperio (334-331 a.C.); tras la conquista de Ecbatana, el general persa, Beso, acabó con la vida de Darío (330 a.C.). Durante doce años, Alejandro procedió a la conquista de la región oriental del Imperio, hasta alcanzar la India; la etapa aqueménida había terminado, comenzaba con Alejandro el período helenista


El sumerio fue convirtiéndose en lengua de eruditos, mientras los invasores amorreos adoptaban el acadio como lengua propia. La tradición sumeria que contemplaba al rey de Sumer y Acad como elegido  por el dios Enlil y consagrado en la ciudad de Nippur dejó paso a la figura del soberano entronizado por sus proezas militares. La situación continuó acreciendo la separación entre el templo, ámbito del sacerdocio, y el palacio, entorno del rey y la corte. El soberano, jefe militar y señor del territorio, administraba tierras que confiaba a familiares, nobles, siervos y colonos, además de controlar el comercio y la administración de justicia. Cuando el templo perdió el dominio sobre las tierras de labor, menguó su influencia sobre la economía para concentrarse en la liturgia, el cuidado de los menesterosos, y la conservación de la cultura mediante la inscripción y copia de tablillas.



[1] . Ascensión de Artajerjes III al trono: Plutarco, Artajerjes, 30; destrucción de Sidón y deportación: ABC 9; Diodoro Sículo 16.41-45.

lunes, 22 de octubre de 2018

¿QUÉ ES UN PROFETA?


                                                       Francesc Ramis Darder
                                                       bibliayoriente.blogspot.com




    La palabra castellana “profeta” proviene del término griego profetes. La voz profetes se halla constituida por el verbo femi que significa “decir”, y por la preposición pro cuyo significado es “en presencia de” o “delante de”. A partir de la etimología de la palabra profetes podemos afirmar que el profeta es quien anuncia ante los demás alguna cuestión concreta. Ahora bien, los profetas bíblicos han recibido la llamada divina (Is 6,1-13; Jr 1,4,10). De ese modo aunando la etimología de la palabra “profeta” con la el significado de la vocación, podemos afinar la definición del término profeta: El profeta anuncia ante los demás la voluntad de Dios.

    El habla coloquial confunde a menudo la función del profeta. Erróneamente le identifica con un astrólogo, un adivino, un harúspicide, un nigromante, o un mago. El profeta no se alinea con estos personajes. A veces se identifica al profeta con un visionario. Aunque los profetas tienen visiones (Ez 37), su función no es la visión. El profeta no es el hombre de la visión, sino el hombre de la Palabra (Is 2,1). El profeta es el receptor y el pregonero de la Palabra de Dios.

    El término castellano “palabra” corresponde a la traducción de la voz hebrea dabar. El sentido del término “palabra” no se circunscribe a la descripción de cosas o acontecimientos. La voz dabar explica la realidad profunda de cada cosa y de cada persona. Por esa razón la palabra proclamada por los profetas no se limita a describir superficialmente las situaciones de pobreza, gozo, injusticia, o esperanza; sino que entresaca las causas que provocan la pobreza, el gozo, la injusticia, y la esperanza. El profeta desea trasformar el alma del pueblo a imagen y semejanza de Dios, por eso su grito debe ser profundo y llegar al fondo del corazón humano.

    Detengámonos un momento para apreciar el significado del término “palabra” en el lenguaje de los profetas. La zona más sagrada del Templo de Jerusalén se llamaba “Debir”, conocido después como “Santo de los Santos”, era el sector reservado a Yahvé donde reposó el Arca de la Alianza. El término “Palabra” se pronuncia en hebreo “Dabar”. Notemos la semejanza entre las voces “Debir” y “Dabar” al tener idénticas consonantes, pues en hebreo el valor de las vocales es poco relevante. El término “Dabar” recoge, como la palabra “Debir”, la profundidad y santidad del pensamiento de Dios. El “Dabar” es la Palabra que nace de Dios, alcanza el interior de la persona y la renueva.

     La Palabra de Dios no es cualquier palabra, es la expresión de la fuerza y la voluntad divina que llega a lo más profundo del corazón y trastoca la persona de raíz. Por tanto cuando los profetas hablan no se limitan a comunicar información La palabra del profeta es la voz de Dios que transforma el corazón de la persona y el alma del mundo, siempre y cuando la libertad del hombre se lo permita; pues la Palabra de Dios no violenta nunca la libertad humana, ni suple en ningún momento la responsabilidad del hombre.

    El profeta transmite la Palabra de Dios porque el mismo ha sido forjado por la Palabra del Señor. El profeta es quien recibe de Dios una Palabra cualificada, y mediante su pensamiento, su forma de hablar y su manera de actuar, manifiesta la voluntad de Dios entre su pueblo, recordando siempre la fidelidad a la Alianza y el futuro cumplimiento de la promesa liberadora de Dios. La historia de cada profeta, es la historia del encuentro de un hombre con Dios, y la historia de la transmisión de la palabra divina al pueblo expectante.

     Los estudiosos, siguiendo un criterio pedagógico, dividen a los verdaderos profetas en dos categorías:

    * Profetas preclásicos. Aparecen preferentemente en el seno de los libros que denominamos históricos. En los siglos XI-X aC destacan: Ajías, Semayas, y Natán. Durante el siglo IX aC despuntan: Jananí, Elías, Eliseo, y Miqueas hijo de Yimlá.

    * Profetas clásicos. Corresponden a aquellos cuya predicación ha quedado consignada en  los libros bíblicos que llevan su nombre: Isaías, Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, y Malaquías.

    El profetismo hebreo constituye un fenómeno de connotaciones peculiares en la historia religiosa de la humanidad, y eso en un doble sentido. Por una parte el movimiento profético especificó la voluntad de Dios para con el pueblo hebreo. Por otra parte desde la perspectiva cristiana, además de representar la comunicación de Dios con su pueblo, preparó la revelación del Verbo de Dios. La lectura cristiana de los libros proféticos conduce nuestra vida hasta el encuentro personal con el profeta definitivo, con Jesús de Nazaret, la presencia encarnada de Dios entre nosotros (cf. Ju 1,14).




lunes, 15 de octubre de 2018

¿QUIÉN ES DARÍO I?


                                                             Francesc Ramis Darder
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Asentado en el trono y acalladas las revueltas, Darío I (522-486 a.C.), como detalla la Inscripción de Beishtun, aseguró la obediencia de Elam y las posesiones persas en Asia central. Con intención de acrisolar la unidad administrativa del imperio, estableció que los signos cuneiformes, inventados en la antigüedad por los sumerios, fueran utilizados para escribir la lengua persa; además, como hemos dicho, gracias a la instalación de copias de la Inscripción anunció su señorío sobre el imperio entero. Hacia oriente y como señala Herodoto, Darío tomó posesión de la zona noroccidental de la India (Historia, 3,94). En el área septentrional, combatió contra los escitas, tribus periféricas, establecidas en torno al Mar Negro, que rapiñaban las fronteras persas (Historia 4,83-142). Hacia occidente, conquistó Samos y otras islas del Egeo hasta instalarse en Tracia (ca. 513 a.C.).

    Sin embargo, el control de las regiones griegas fue difícil. Estalló la sublevación de las colonias jonias en Asia Menor, azuzadas desde el continente por las ciudades de Eretria y Atenas, que llegaron a poner en peligro la importante urbe de Sardes, en Anatolia. Los persas reaccionaron atacando el territorio de Eretria y Atenas, pero fueron derrotados por los griegos, encabezados por Alcibíades, en Maratón (480 a.C.); aunque la victoria impidiera la conquista de Grecia, no eliminó el tributo que los persas, desde Sardes, requerían de los griegos. Sin duda, los disturbios que asolaron el imperio entre la muerte de Cambises II y la proclamación de Darío salpicaron Egipto (522-521 a.C.).

    Con intención de afianzar el control, Darío destituyó al sátrapa impuesto por Cambises y prosiguió la conquista hasta hacerse con la zona occidental, fundó un santuario en Kharga, encumbró su persona mediante la erección de su estatua en Heliópolis, y culminó las obras del canal, iniciado antaño por Necao II, que unía el Mediterráneo y el Mar Rojo. La estatua erigida por Darío le cincela con el trazo del monarca piadoso, buen estratega, conquistador, soberano de Egipto, y señor de todos los reinos; así enlaza la figura de Darío con el papel de los faraones a la vez que lo encumbra sobre todos ellos (TUAT I, 609-611). Darío aprovechó la antigua relación comercial entre Mesopotamia y la India para organizar la expedición marítima que exploró la costa entre la desembocadura del Indo y el Golfo Pérsico; Escílax de Caranda, erudito de la expedición, ha transmitido la información científica recopilada durante el viaje.

    La magnificencia de Darío quedó plasmada en el palacio de Susa, en el esplendor de la nueva capital, Persépolis, y en la tumba del soberano en Naqsh-i Rustam. El arte dibuja al rey con el pincel del soberano de Persia y señor de muchos pueblos; subraya como la prestancia Darío mantiene unidas a las naciones que, subyugadas por su autoridad, asumen la misión de servir al monarca.

martes, 9 de octubre de 2018

CHAPEL OF THE HOLY EUCHARIST, MALLORCA CATHEDRAL: MIQUEL BARCELÓ




                                                                           Francesc Ramis Darder
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lunes, 8 de octubre de 2018

CAPILLA DEL SANTÍSIMO; CATEDRAL DE MALLORCA, AUTOR: MIQUEL BARCELÓ



                                                                                      Francesc Ramis Darder
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miércoles, 3 de octubre de 2018

¿QUIÉN ES CIRO II?



                                              Francesc Ramis Darder
                                              bibliayoriente



La familia de Ciro II había gobernado el reino de Anshan durante tres generaciones; así lo refiere el “Cilindro de Ciro”: “Ciro, rey del universo […] hijo de Cambises […] descendiente de Teispes […] rey de Anshan” (TUAT I, 407-410). Ciro II (559-530 a.C.), soberano de Anshan, comenzó su reinado con la conquista de los minúsculos reinos vecinos. Sus antecesores, Cambises I o Teipses, habrían incorporado el principado de Fars, y como sentencia el mismo Cilindro, Ciro restauró los santuarios de Susa y Dêr, eco de la conquista de ambas ciudades y su territorio respectivo.

    Sin duda, el éxito del rey persa en territorio iranio suscitó el recelo de Astiages, soberano de los medos, que determinó el enfrentamiento con Ciro. Antes de la batalla (550 a.C.), el ejército medo se sublevó contra Astiages y entregó a su rey, como prisionero, a Ciro; de ese modo, Ciro se hacía también con el control del ejército medo. A continuación, Ciro entró en Ecbatana, capital de los medos, para depredar sus riquezas y llevarlas a Anshan (ABC, nº 7, II 1-4). Siendo dueño de Anshan y de los pequeños reinos vecinos, la victoria sobre Astiages otorgó a Ciro el dominio sobre el territorio medo, desde la meseta irania hasta el río Halys en Anatolia.

   La derrota de los medos provocó el estallido de varios conflictos que acabaron con la conquista persa de Lidia y Babilonia; pues la victoria persa anuló la autoridad de los medos sobre Lidia, en Anatolia, sometida antaño al tutelaje de Astiages, soberano medo. Aprovechando la caída de los medos, Creso, rey de Lidia, ocupó Capadocia, pero fue derrotado por los persas en Pteria (ca.540 a.C.). Tras la victoria, Ciro conquistó la capital lidia, Sardes, y se anexionó el reino de Creso (Herodoto, 1,79-81). Con intención de administrar el país, nombró tesorero a un noble local, Pactias, a las órdenes de Tabalo, dignatario persa. Sin embargo Pactias, todavía fiel a la autoridad de los medos derrotados por Ciro, rapiñó el tesoro de Sardes para urdir la rebelión de las ciudades griegas, establecidas en el occidente anatolio, contra el dominio persa.
   
 Ahora bien, Mazares, jefe del ejército persa, acabó con Pactias y asentó la autoridad de Ciro en el territorio medo. A la muerte de Mazares, el nuevo jefe de las tropas, Harpalo, acalló militarmente la revuelta de las ciudades griegas de la costa anatolia (Caria, Caunia, Licia), rebeldes contra el dominio persa.

    Al decir de la historia, Lidia mantenía una alianza con Babilonia; por eso la caída del reino de Creso alentó la guerra entre babilonios y persas. Como expusimos en el capítulo anterior, las rencillas entre Nabónido, rey de Babilonia, y el clero de Marduk, junto a los devaneos religiosos del monarca babilonio, y el descontento de la población con la clase dirigente, favorecieron el triunfo de Ciro. El soberano persa derrotó a los babilonios en Opis; aceptó la rendición de la ciudad de Sippar; y, por la espada del general Gobrias, conquistó Babilonia (539 a.C.). Ciro entró solemnemente en Babilonia, la capital; recibió la pleitesía de la población y del clero de Marduk. El mismo rey ofició el culto de Marduk, y permitió a diversos grupos, entre ellos los judíos, deportados en tiempos de Nabucodonosor a Babilonia, regresar a sus países de origen.

    La astucia diplomática empujó a Ciro a contar con la elite local babilónica para las tareas de gobierno y a respetar la tradición cultural y religiosa del pueblo; así lograba, casi sin esfuerzo, la sumisión  del reino conquistado. La conquista de Babilonia añadía al imperio persa el territorio que media entre la frontera con Egipto y las estibaciones de los Zagros. Tan vasto dominio determinó que Ciro nombrara a su hijo Cambises virrey de Babilonia (538-537 a.C.). No obstante, muy pronto depuso a Cambises, por razones inciertas, e instaló a Gobrias al frente de la región babilónica (527-522 a.C.); conviene precisar que el gobernador Gobrias es un personaje distinto del general Gobrias que conquistó la ciudad de Babilonia. El gobernador reforzó el papel administrativo de las ciudades del virreinato babilónico; desde esta perspectiva, el regreso de los primeros deportados a Jerusalén puede inscribirse en la intención de los gobernantes persas para fidelizar el papel de la administración judía, establecida en Jerusalén, territorio fronterizo con Egipto (538 a.C.).

    Conquistada Babilonia, Ciro dominó el este de Irán y Asia central (Afganistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán); incluso extendió su autoridad, aunque fuera mediante campañas contra potenciales enemigos, hasta el río Jaxartes. La magnitud del imperio impulsó a Ciro a instaurar una nueva capital, al noroeste de Anshan, Pasagarda. El empeño del monarca por unificar el imperio determinó que cincelara la capital con el arte de las diversas regiones que trenzaban el imperio: construcciones de estilo asirio, esculturas de corte jonio, o la propia tumba de Ciro, sobre plataforma escalonada, eco artístico del occidente anatolio. Al decir de Ctesias y Herodoto, Ciro murió asesinado (530 a.C.) en el curso de una campaña hacia Oriente (Herodoto, 1,205-214); fue enterrado en Pasagarda y, muy pronto, la tradición popular, recogida por los antiguos, magnificó sus gestas (Jenofonte, Ciropedia 1-2).

jueves, 27 de septiembre de 2018

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO A LOS CATÓLICOS CHINOS




                                                          Francesc Ramis Darder
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Mensaje del Papa Francisco a los católicos chinos y a la Iglesia universal, 26.09.2018





«Su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades
»
(Salmo 100, 5).




Queridos hermanos en el episcopado, sacerdotes, personas consagradas y todos los fieles de la Iglesia católica en China: damos gracias al Señor, porque es eterna su misericordia y reconocemos que «él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3).

En este momento resuenan en mi interior las palabras con las que mi venerado Predecesor os exhortaba en la Carta del 27 de mayo de 2007: «Iglesia católica en China, pequeña grey presente y operante en la vastedad de un inmenso Pueblo que camina en la historia, ¡cómo resuenan alentadoras y provocadoras para ti las palabras de Jesús: “No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino” (Lc 12,32)! Por tanto, “alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro a Padre que está en el cielo” (Mt 5,16)» (Benedicto XVI, Carta a los católicos chinos, 27 mayo 2007, 5).

1.         En los últimos tiempos, han circulado muchas voces opuestas sobre el presente y, especialmente, sobre el futuro de la comunidad católica en China. Soy consciente de que semejante torbellino de opiniones y consideraciones habrá provocado mucha confusión, originando en muchos corazones sentimientos encontrados. En algunos, surgen dudas y perplejidad; otros, tienen la sensación de que han sido abandonados por la Santa Sede y, al mismo tiempo, se preguntan inquietos sobre el valor del sufrimiento vivido en fidelidad al Sucesor de Pedro. En otros muchos, en cambio, predominan expectativas y reflexiones positivas que están animadas por la esperanza de un futuro más sereno a causa de un testimonio fecundo de la fe en tierra china.

Dicha situación se ha ido acentuando sobre todo con referencia al Acuerdo Provisional entre la Santa Sede y la República Popular China que, como sabéis, se ha firmado recientemente en Pekín. En un momento tan significativo para la vida de la Iglesia, y a través de este breve Mensaje, deseo, sobre todo, aseguraros que cada día os tengo presentes en mi oración además de compartir con vosotros los sentimientos que están en mi corazón.

Son sentimientos de gratitud al Señor y de sincera admiración —que es la admiración de toda la Iglesia católica— por el don de vuestra fidelidad, de la constancia en la prueba, de la arraigada confianza en la Providencia divina, también cuando ciertos acontecimientos se demostraron particularmente adversos y difíciles.

Tales experiencias dolorosas pertenecen al tesoro espiritual de la Iglesia en China y de todo el Pueblo de Dios que peregrina en la tierra. Os aseguro que el Señor, precisamente a través del crisol de las pruebas, no deja nunca de colmarnos de sus consolaciones y de prepararnos para una alegría más grande. Con el Salmo 126 tenemos la certeza de que «los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (v. 5).

Sigamos, entonces, con la mirada fija en el ejemplo de tantos fieles y pastores que no han dudado en ofrecer su “testimonio maravilloso” (cf. 1 Tm 6,13) al Evangelio, hasta el ofrecimiento de la propia vida. Se han de considerar como verdaderos amigos de Dios.

2.         Por mi parte, siempre he considerado a China como una tierra llena de grandes oportunidades, y al Pueblo chino como artífice y protector de un patrimonio inestimable de cultura y sabiduría, que se ha ido acrisolando resintiendo a las adversidades e integrando las diferencias, y que tomó contacto, no por casualidad, desde tiempos remotos con el mensaje cristiano. Como decía con gran sutileza el P. Mateo Ricci, S.J., desafiándonos a vivir la virtud de la confianza, «antes de establecer una amistad, se necesita observar; después de tenerla, se necesita confianza mutua» (De Amicitia, 7).

Tengo también la convicción de que el encuentro solo será auténtico y fecundo si se realiza poniendo en práctica el diálogo, que significa conocerse, respetarse y “caminar juntos” para construir un futuro común de mayor armonía.

En este surco se coloca el Acuerdo Provisional, que es fruto de un largo y complejo diálogo institucional entre la Santa Sede y las Autoridades chinas, iniciado ya por san Juan Pablo II y seguido por el Papa Benedicto XVI. A lo largo de dicho recorrido, la Santa Sede no tenía —ni tiene— otro objetivo, sino el de llevar a cabo los fines espirituales y pastorales que le son propios; es decir, sostener y promover el anuncio del Evangelio, así como el de alcanzar y mantener la plena y visible unidad de la comunidad católica en China.

Sobre el valor y finalidades de dicho Acuerdo, deseo proponeros algunas reflexiones, ofreciéndoos además alguna sugerencia de espiritualidad pastoral para el camino que, en esta nueva fase, estamos llamados a recorrer.

Se trata de un camino que, como la etapa precedente, «requiere tiempo y presupone la buena voluntad de las partes» (Benedicto XVI, Carta a los católicos chinos, 27 mayo 2007, 4), pero para la Iglesia, dentro y fuera de China, no se trata solo de adherirse a valores humanos, sino de responder a una vocación espiritual: salir de sí misma para abrazar «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. ap. Gaudium et spes, 1), así como los desafíos del presente que Dios le confía. Por tanto, es una llamada eclesial para que nos hagamos peregrinos en los caminos de la historia, confiando ante todo en Dios y en sus promesas, como hicieron Abrahán y nuestros padres en la fe.

Abrahán, llamado por Dios, obedeció partiendo hacia una tierra desconocida que tenía que recibir en heredad, sin conocer el camino que se abría ante él. Si Abrahán hubiera pretendido condiciones, sociales y políticas, ideales antes de salir de su tierra, quizás no hubiera salido nunca. Él, en cambio, confió en Dios y por su Palabra dejó su propia casa y sus seguridades. No fueron pues los cambios históricos los que le permitieron confiar en Dios, sino que fue su fe auténtica la que provocó un cambio en la historia. La fe, de hecho, «es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve. Por ella son recordados los antiguos» (Heb 11,1-2).

3.         Como Sucesor de Pedro, deseo confirmaros en esta fe (cf. Lc 11,32) —en la fe de Abrahán, en la fe de la Virgen María, en la fe que habéis recibido—, para invitaros a que pongáis cada vez con mayor convicción vuestra confianza en el Señor de la historia, discerniendo su voluntad que se realiza en la Iglesia. Invoquemos el don del Espíritu para que ilumine la mente, encienda el corazón y nos ayude a entender hacia dónde nos quiere llevar para superar los inevitables momentos de cansancio y tener el valor de seguir decididamente el camino que se abre ante nosotros.

Con el fin de sostener e impulsar el anuncio del Evangelio en China y de restablecer la plena y visible unidad en la Iglesia, era fundamental afrontar, en primer lugar, la cuestión de los nombramientos episcopales. Todos conocéis que, lamentablemente, la historia reciente de la Iglesia católica en China ha estado dolorosamente marcada por las profundas tensiones, heridas y divisiones que se han polarizado, sobre todo, en torno a la figura del obispo como guardián de la autenticidad de la fe y garante de la comunión eclesial.

Cuando, en el pasado, se pretendió determinar también la vida interna de las comunidades católicas, imponiendo el control directo más allá de las legítimas competencias del Estado, surgió en la Iglesia en China el fenómeno de la clandestinidad. Dicha experiencia —cabe señalar— no es normal en la vida de la Iglesia y «la historia enseña que pastores y fieles han recurrido a ella sólo con el doloroso deseo de mantener íntegra la propia fe» (Benedicto XVI, Carta a los católicos chinos, 27 mayo 2007, 8).

Quisiera daros a conocer que, desde que me fue confiado el Ministerio Petrino, he experimentado gran consuelo al constatar el sincero deseo de los católicos chinos de vivir su fe en plena comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro, que es «el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 23). De este deseo, he recibido durante estos años numerosos signos y testimonios concretos, también de parte de los que, incluso obispos, han herido la comunión en la Iglesia, a causa de su debilidad y de sus errores, pero, además, no pocas veces, por la fuerte e indebida presión externa.

Por lo tanto, después de haber examinado atentamente cada situación personal y escuchado distintos pareceres, he reflexionado y rezado mucho buscando el verdadero bien de la Iglesia en China. Finalmente, ante el Señor y con serenidad de juicio, en continuidad con las directrices de mis Predecesores inmediatos, he decidido conceder la reconciliación a los siete restantes obispos “oficiales” ordenados sin mandato pontificio y, habiendo remitido toda sanción canónica relativa, readmitirlos a la plena comunión eclesial. Al mismo tiempo, les pido a ellos que manifiesten, a través de gestos concretos y visibles, la restablecida unidad con la Sede Apostólica y con las Iglesias dispersas por el mundo, y que se mantengan fieles a pesar de las dificultades.

4.         En el sexto año de mi Pontificado, que ya desde los primeros pasos puse bajo el amor misericordioso de Dios, invito por lo tanto a todos los católicos chinos a que se hagan artífices de reconciliación, recordando con renovado empuje apostólico las palabras de san Pablo: «Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18).
De hecho, como escribí al concluir el Jubileo Extraordinario de la misericordia, «no existe ley ni precepto que pueda impedir a Dios volver a abrazar al hijo que regresa a él reconociendo que se ha equivocado, pero decidido a recomenzar desde el principio. Quedarse solamente en la ley equivale a banalizar la fe y la misericordia divina. […] Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina» (Carta ap. Misericordia et misera, 20 noviembre 2016, 11).

Con este espíritu, y con las decisiones adoptadas, podemos iniciar un camino inédito, que confiamos en que ayudará a sanar las heridas del pasado, a restablecer la plena comunión de todos los católicos chinos y a abrir una fase de mayor colaboración fraterna, para asumir con renovado compromiso la misión de anunciar el Evangelio. En efecto, la Iglesia existe para dar testimonio de Jesús y del amor del Padre que perdona y salva.

5.         El Acuerdo Provisional firmado con las Autoridades chinas, aun cuando está circunscrito a algunos aspectos de la vida de la Iglesia y está llamado necesariamente a ser mejorado, puede contribuir —por su parte— a escribir esta nueva página de la Iglesia católica en China. Por primera vez, se contemplan elementos estables de colaboración entre las Autoridades del Estado y la Sede Apostólica, con la esperanza de asegurar buenos pastores a la comunidad católica.

En este contexto, la Santa Sede desea hacer lo que le corresponde hasta el final, pero también vosotros, obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, tenéis un papel importante: buscar de forma conjunta buenos candidatos que sean capaces de asumir en la Iglesia el delicado e importante servicio episcopal. No se trata, en efecto, de nombrar funcionarios para la gestión de las cuestiones religiosas, sino de tener pastores auténticos según el corazón de Jesús, entregados con su trabajo generoso al servicio del Pueblo de Dios, especialmente de los más pobres y débiles, teniendo en cuenta las palabras del Señor: «El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,43-44).

En este sentido, es evidente que un Acuerdo no es nada más que un instrumento, y por sí solo no podrá resolver todos los problemas existentes. En realidad, este resultaría ineficaz y estéril si no fuera acompañado por un compromiso profundo de renovación de la conducta personal y del comportamiento eclesial.

6.         A nivel pastoral, la comunidad católica en China está llamada a permanecer unida, para superar las divisiones del pasado que tantos sufrimientos han provocado y lo siguen haciendo en el corazón de muchos pastores y fieles. Que todos los cristianos, sin distinción, hagan ahora gestos de reconciliación y de comunión. En este sentido, tomemos en serio la advertencia de san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor» (Palabras de luz y de amor, 1,60).

Que, en el ámbito civil y político, los católicos chinos sean buenos ciudadanos, amen totalmente a su Patria y sirvan a su País con esfuerzo y honestidad, según sus propias capacidades. Que, en el plano ético, sean conscientes de que muchos compatriotas esperan de ellos un grado más en el servicio del bien común y del desarrollo armonioso de la sociedad entera. Que los católicos sepan, de modo particular, ofrecer aquella aportación profética y constructiva que ellos obtienen de su fe en el reino de Dios. Esto puede exigirles también la dificultad de expresar una palabra crítica, no por inútil contraposición, sino con el fin de edificar una sociedad más justa, más humana y más respetuosa con la dignidad de cada persona.

7.         Me dirijo a todos vosotros, queridos hermanos obispos, sacerdotes y personas consagradas, que «servís al Señor con alegría» (Sal 100,2). Que nos reconozcamos como discípulos de Cristo en el servicio al Pueblo de Dios. Que vivamos la caridad pastoral como brújula de nuestro ministerio. Que superemos las contradicciones del pasado, la búsqueda de intereses personales y atendamos a los fieles, haciendo nuestras sus alegrías y sufrimientos. Que trabajemos humildemente por la reconciliación y la unidad. Que retomemos con fuerza y pasión el camino de la evangelización, como señaló el Concilio Ecuménico Vaticano II.

A todos vosotros os digo nuevamente con afecto: «Nos moviliza el ejemplo de tantos sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos que se dedican a anunciar y a servir con gran fidelidad, muchas veces arriesgando sus vidas y ciertamente a costa de su comodidad. Su testimonio nos recuerda que la Iglesia no necesita tantos burócratas y funcionarios, sino misioneros apasionados, devorados por el entusiasmo de comunicar la verdadera vida. Los santos sorprenden, desinstalan, porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad tranquila y anestesiante» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 19 marzo 2018, 138).

Os ruego con convicción que pidáis la gracia de no vacilar cuando el Espíritu nos reclame que demos un paso adelante: «Pidamos el valor apostólico de comunicar el Evangelio a los demás y de renunciar a hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos. En todo caso, dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor» (ibíd., 139).

8.         En este año, en el que toda la Iglesia celebra el Sínodo de los Jóvenes, deseo dirigirme especialmente a vosotros, jóvenes católicos chinos, que atravesáis las puertas de la Casa del Señor «con himnos dándole gracias y bendiciendo su nombre» (Sal 100,4). Os pido que colaboréis en la construcción del futuro de vuestro País con los dones personales que habéis recibido y con vuestra fe joven. Os animo a llevar a todos, con vuestro entusiasmo, la alegría del Evangelio.

Estad dispuestos a acoger como guía segura al Espíritu Santo, que indica al mundo de hoy el camino hacia la reconciliación y la paz. Dejaos sorprender por la fuerza renovadora de la gracia, también cuando os pueda parecer que el Señor os pide un compromiso superior a vuestras fuerzas. No tengáis miedo de escuchar su voz que os pide fraternidad, encuentro, capacidad de diálogo y de perdón, y espíritu de servicio, a pesar de tantas experiencias dolorosas del pasado reciente y de las heridas todavía abiertas.

Abrid el corazón y la mente para discernir el plan misericordioso de Dios, que nos pide superar los prejuicios personales y antagonismos entre los grupos y las comunidades, para abrir un camino valiente y fraterno a la luz de una auténtica cultura del encuentro.

Muchas son las tentaciones de hoy: el orgullo del éxito mundano, la cerrazón en las propias certezas, la supremacía dada a las cosas materiales como si Dios no existiese. Id contracorriente y permaneced firmes en el Señor: «Él solo es bueno», solo «su misericordia es eterna», solo su fidelidad dura «por todas las edades» (Sal 100,5).

9.         Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia universal: todos debemos reconocer como uno de los signos de nuestro tiempo lo que está sucediendo hoy en la vida de la Iglesia en China. Tenemos una tarea importante: acompañar con la oración fervorosa y la amistad fraterna a nuestros hermanos y hermanas en China. De hecho, ellos deben experimentar que no están solos en el camino que en este momento se abre ante ellos. Es necesario que sean acogidos y ayudados como parte viva de la Iglesia: «Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos» (Sal 133,1).

Que cada comunidad católica local, en todo el mundo, se comprometa a valorizar y a acoger el tesoro espiritual y cultural específico de los católicos chinos. Ha llegado la hora en que probemos juntos los frutos genuinos del Evangelio sembrado en el seno del antiguo “Reino del Medio” y que elevemos al Señor Jesucristo el canto de la fe y de la acción de gracias, embellecido con auténticas notas chinas.

10.       Me dirijo con respeto a los que guían la República Popular China y renuevo la invitación a continuar el diálogo iniciado hace tiempo con confianza, valentía y amplitud de miras. Deseo asegurar que la Santa Sede seguirá trabajando sinceramente para crecer en la auténtica amistad con el Pueblo chino.

Los contactos actuales entre la Santa Sede y el Gobierno chino se están revelando útiles para superar las contraposiciones del pasado, también reciente, y para escribir una página de colaboración más serena y concreta en la certeza de que «las incomprensiones no favorecen ni a las Autoridades chinas ni a la Iglesia católica en China» (Benedicto XVI, Carta a los católicos chinos, 27 mayo 2007, 4).

De este modo, China y la Sede Apostólica, llamadas por la historia a una tarea difícil pero apasionante, podrán actuar más positivamente a favor del crecimiento ordenado y armonioso de la comunidad católica en tierra china, y se esforzarán en promover el desarrollo integral de la sociedad, asegurando un mayor respeto por la persona humana también en el ámbito religioso, trabajando de forma concreta en la protección del ambiente en el que vivimos y en la construcción de un futuro de paz y de fraternidad entre los pueblos.

Es de suma importancia que también en China, a nivel local, se profundicen cada vez más las relaciones entre los Responsables de las comunidades eclesiales y las Autoridades civiles, mediante un diálogo sincero y una escucha sin prejuicios que permita superar las actitudes recíprocas de hostilidad. Se tiene que aprender un estilo nuevo de colaboración sencilla y cotidiana entre las Autoridades locales y las eclesiásticas —obispos, sacerdotes, ancianos de las comunidades— de tal modo que se garantice el desarrollo ordenado de las actividades pastorales, armonizando las expectativas legítimas de los fieles y las decisiones que son competencia de las Autoridades.
Esto ayudará a comprender que la Iglesia en China no es ajena a la historia china, ni pide ningún privilegio: su finalidad en el diálogo con las Autoridades civiles es la de «llegar a una relación basada en el respeto recíproco y en el conocimiento profundo» (ibíd.).

11.       En nombre de toda la Iglesia, pido al Señor el don de la paz, a la vez que os invito a todos a invocar conmigo la protección maternal de la Virgen María.

Madre del cielo, escucha la voz de tus hijos, que humildemente invocan tu nombre.
Virgen de la esperanza, a ti confiamos el camino de los creyentes en la noble tierra de China. Te pedimos que presentes al Señor de la historia las tribulaciones y las fatigas, las súplicas y las esperanzas de los fieles que te rezan, oh Reina del cielo.
Madre de la Iglesia, te consagramos el presente y el futuro de las familias y de nuestras comunidades. Protégelas y ayúdalas en la reconciliación fraterna y en el servicio hacia los pobres que bendicen tu nombre, oh Reina del cielo.
Consoladora de los afligidos, nos dirigimos a ti para que seas refugio de los que lloran en la hora de la prueba. Vela sobre tus hijos que alaban tu nombre, haz que lleven juntos el anuncio del Evangelio. Acompaña sus pasos por un mundo más fraterno, haz que todos lleven la alegría del perdón, oh Reina del cielo.
María, Auxilio de los cristianos, te pedimos para China días de bendición y de paz. Amén.
Vaticano, 26 de septiembre de 2018

FRANCISCO

domingo, 23 de septiembre de 2018

IGLESIA CATÓLICA CHINA



                                                            Francesc Ramis Darder
                                                            bibliayoriente.blogspot.com




Con el fin de sostener el anuncio del Evangelio en China, el Santo Padre Francisco ha decidido readmitir a la plena comunión eclesial a los restantes obispos "oficiales" ordenados sin mandato pontificio: S.E. Mons. Joseph  Guo Jincai, S.E. Mons. Joseph  Huang Bingzhang, S.E. Mons. Paul Lei Shiyin, S.E. Mons. Joseph  Liu Xinhong, S.E. Mons. Joseph  Ma Yinglin, S.E. Mons. Joseph  Yue Fusheng, S.E. Mons. Vincent Zhan Silu y S.E. Mons. Anthony Tu Shihua, O.F.M. (fallecido el 4 de enero de 2017, habiendo expresado antes de morir su deseo de reconciliarse con la Sede Apostólica).

El Papa Francisco espera que, con las decisiones tomadas, se pueda comenzar un nuevo camino que permita superar las heridas del pasado realizando la plena comunión de todos los católicos chinos.
La comunidad católica en China está llamada a vivir en una colaboración más fraterna, para llevar con un compromiso renovado el anuncio del Evangelio. En efecto, la Iglesia existe para testimoniar a Jesucristo y el Amor del Padre que perdona y salva.

22 de septiembre de 2018


En el marco de los contactos entre la Santa Sede y la República Popular de China, que están en curso desde hace  tiempo para tratar cuestiones eclesiales de interés común y promover ulteriores relaciones de entendimiento, hoy, 22 de septiembre de 2018, se ha celebrado una reunión en Beijing entre Mons. Antoine Camilleri, Subsecretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, y S.E. el  Sr. Wang Chao, Viceministro de Asuntos Exteriores de la República Popular de China,  respectivamente Jefes de las delegaciones vaticana y china.

En el contexto de esta reunión, ambos representantes firmaron un Acuerdo Provisional sobre el nombramiento de los obispos.

 El Acuerdo Provisional antes mencionado, que es fruto de un acercamiento gradual y recíproco, se estipula después de un largo proceso de delicadas negociaciones y prevé evaluaciones periódicas sobre su implementación. Trata del nombramiento de los obispos, una cuestión de gran importancia para la vida de la Iglesia, y crea las condiciones para una colaboración más amplia a nivel bilateral.

La esperanza compartida es que este acuerdo fomente un proceso de diálogo institucional fructífero y con visión de futuro y contribuya positivamente a la vida de la Iglesia Católica en China, para el bien común del pueblo chino y para la paz en el mundo.

22 de septiembre de 2018


Con el deseo de promover el cuidado pastoral de la grey del Señor y  de dedicarse con mayor eficacia a su bien espiritual, el Santo Padre Francisco ha decidido constituir en la China continental, la diócesis de Chengde, sufragánea de Beijing, con sede episcopal en la iglesia catedral de Jesús Buen Pastor, ubicada en la División Administrativa de Shuangluan, "Ciudad de Chengde".

Una parte importante del territorio de la nueva diócesis perteneció al vicariato apostólico de Mongolia Oriental erigido 21 de diciembre de 1883 y elevado a la diócesis de Yejé / Jinzhou con la bula Quotidie Nos del Papa Pío XII el 11 de abril de 1946.

La nueva circunscripción eclesiástica se encuentra en la provincia de Hebei. El territorio es el comprendido en los existentes límites administrativos civiles de la "Ciudad de Chengde" e incluye, por lo tanto, ocho distritos rurales (Chengde, Xinglong, Pingquan, Luanping, Longhua, Fengning, Kuancheng y Weichang) y tres divisiones administrativas (Shuangqiao, Shuangluan y Yingshouyingzikuang).

En consecuencia, se modifican, los límites eclesiásticos de la diócesis de Yejé / Jinzhou y Chifeng en cuanto una parte de su territorio se  asigna ahora a la nueva diócesis de Chengde. Tiene una superficie de 39.519 km² y una población de aproximadamente 3.700.000 habitantes. Según los últimos datos, hay cerca de 25.000 católicos, distribuidos en 12 parroquias, en las que prestan servicios pastorales 7 sacerdotes, unas diez religiosas y algunos seminaristas.

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿CÓMO PREDICABA JESÚS?



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com
                                     


Como explicita el evangelio, Jesús de Nazaret anunció el advenimiento del Reinado de Dios (Lc 17,21) y proclamó que Dios es el Padre bueno (abba) que ama sin medida a todo ser humano (Lc 10,21). No se contentó con predicar un mensaje con la radicalidad del entusiasmo y la pedagogía de las parábolas (Lc 10,1-16; Mt 13,1-52); lo puso en práctica mediante signos y prodigios (Mt 8,1-9,38), y lo conjugó con la relación personal con su Padre en la intimidad de la plegaria (Mc 14,36).

     Quien se adhería a la persona y a la Buena Nueva de Jesús se adentraba por la senda de la conversión (Mc 1,15); la senda que abría la puerta a la experiencia de salvación manifestada en la vivencia de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) y la espiritualidad del Padrenuestro (Mt 6,715). La radicalidad de la misión de Jesús determinó su muerte en la cruz (Mt 27,45-56), pero, como había anunciado (Mt 17,22-23), la bondad del Padre le abrió las puertas de la resurrección (Mt 28,1-8; Hch 2,22-36). Como decía Jesús a sus discípulos, también ellos sorberían el acíbar de la persecución (Mc 13,5-13), pero, a imagen del Maestro, palparían el gozo de la vida con Dios para siempre (Lc 23,39-43).

     Como señala el libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús, después de resucitar, se apareció a los apóstoles y les dijo: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8). Los apóstoles, metáfora de la Iglesia, llenos del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2,1-11), sembraron la semilla del evangelio desde Jerusalén hasta Roma, eco de la Buena Nueva que germina en los surcos del mundo entero.

    Acabamos de sintetizar, en pocas líneas, el mensaje y la vida de Jesús, junto al eco de los albores de la Iglesia. Ahora bien, a nuestro entender, si tuviéramos que elegir dos términos teológicos que subrayaran el atractivo de la vida y la predicación de Jesús en la sociedad de su tiempo, escogeríamos los vocablos “autoridad (exousia)” y “novedad (kaine).

      La palabra “autoridad (exousia)” subraya el contraste entre la enseñanza de Jesús y la docencia de los legistas. A modo de ejemplo, cuando Jesús predicó en la sinagoga de Cafarnaún, “la gente quedó admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad (exousia), y no como los maestros de la ley” (Mc 1,22). En la misma sinagoga, Jesús curó a un enfermo poseído por un espíritu inmundo; entonces, la gente clamó estupefacta: “¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva (kaine), expuesta con autoridad (exousia)! Manda a los espíritus y le obedecen” (Mc 1,27). Mediante el término “autoridad (exousia)”, el planteamiento teológico del evangelio recalca que la actuación de Jesús brotó de la certeza de saberse sostenido por Dios tanto en su estilo de vida como en su mensaje; en definitiva, con el término “autoridad (exousia)” los evangelios certifican que la enseñanza de Jesús está imbuida en la certeza de contener la verdad salvadora (Mt 28,18).

     Por su parte, el término “nueva (kaine)” sentencia que la enseñanza y la actuación de Jesús son nuevas en el sentido de que no se conocía nada igual en Israel hasta entonces (Mc 1,27). Por eso podía decir Jesús a sus oyentes: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente; pero yo os digo: no resistáis al mal, antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5,38; cf. Ex 21,24); de ese modo, se atrevía a matizar la enseñanza de la ley.

    Como señala el evangelio, Jesús entregó la “autoridad (exousia)” a sus discípulos, pues “llamando a los Doce, les dio autoridad “exousia” sobre los espíritus inmundos para que pudieran expulsarlos, y también para curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 1,10). Y, apelando a su propia autoridad, les envió a proclamar la Buena Nueva: “Me ha sido concedida toda autoridad (exousia) en el cielo y en la tierra; id, pues, y haced discípulos entre todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,18-19).

     La “autoridad” (exousia) de los apóstoles, recibida de Jesús, también rezumaba “novedad” (kaine); así parece indicarlo le pregunta que los filósofos dirigen a Pablo en el Areópago: “¿podemos saber cuál es esa doctrina nueva (kaine) que expones?” (Hch 17,19).  Los escritos paulinos remiten, sin cesar, a la “novedad cristiana”. Señalan la invitación a imbuirse en la “vida nueva (kaine)” (Rm 6,4), la “novedad del espíritu (kaine)” (Rm 7,6), la mención  de la “nueva alianza (kaine)” (2Cor 3,6), la existencia cristiana como “nueva creación (kaine)” (Gal 6,15).

    En analogía con el Maestro, la comunidad cristiana primigenia se entendió a sí misma desde el horizonte de la novedad. No en vano, el adjetivo “nuevo” califica la identidad de la Iglesia naciente: la “nueva Jerusalén (kaine)” (Ap 3,12; 21,2) o la comunidad de la “nueva alianza (kaine)” (Hb 8,8), los cristianos se identificaron desde el prisma del “hombre nuevo (kaine)” (Ef 4,24). Así, la “doctrina nueva llena de autoridad (exousia)” (Mc 1,27) convirtió a los seguidores de Jesús en “hombres nuevos (kaine)” (Ef 4,24).

     En definitiva, la entraña del cristianismo, posee la “novedad (kaine)” y la “autoridad (exousia)” capaz de ofrecer una “forma de vida” que colma el “sentido de la existencia” a todo ser humano. A tenor de lo expuesto, el atractivo de la primitiva comunidad cristiana, y de la Iglesia de todos los tiempos, radica en el empeño por vivir y proclamar el evangelio con la “novedad (kaine)” y la “autoridad (exousia)” con que Jesús causaba asombro entre la gente de su tiempo.