viernes, 20 de octubre de 2017

¿CÓMO LEER LA BIBLIA?





   
                                                                                      Francesc Ramis Darder
                                                                                     bibliayoriente.blogspot.com



 La unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento determina la manera correcta de interpretar la Biblia. La Iglesia ofrece tres criterios para interpretar la Biblia con hondura. En primer lugar, debemos prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; es decir, para comprender plenamente el sentido de un versículo tenemos que enmarcarlo en el contenido del capítulo en que se encuentra, después hemos de situar el capítulo en el seno del libro al que pertenece, y finalmente ubicar el libro en el conjunto de toda la Escritura.

    En segundo término, debemos leer la Escritura en el seno de la Tradición viva de toda la Iglesia. Dicho de otro modo, interpretamos Biblia en comunión con toda la comunidad cristiana que, a lo largo de la historia, ha saboreado la profundidad de la Palabra; pues como decía Orígenes, uno de los antiguos Padres de la Iglesia: “La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos”.


    En tercer lugar, cuando leemos la Escritura debemos adoptar el criterio de s. Pablo: “el que habla en nombre de Dios, hágalo según la fe” (Rom 12,6); este criterio se denomina “analogía de la fe”. Significa que debemos entender la Biblia en el conjunto del plan que Dios diseña para abrir las puertas de la eternidad a la humanidad entera. Expresado con otras palabras; no leemos la Escritura por entretenimiento ni para buscar cosas esotéricas, sino para fortalecer nuestra fe y dar testimonio del Señor hasta que la humanidad conozca la fuerza liberadora del Evangelio. En definitiva, leemos cada pasaje enmarcándolo en el conjunto de la Biblia, en comunión con la Iglesia y con intención de vivir el cristianismo con hondura.

viernes, 13 de octubre de 2017

ASIA BIBI


                                                                                               Francesc Ramis Darder
                                                                                               bibliayoriente.blogspot.com


Esta mujer pakistaní ha superado todos los récords ya... No te olvidamos, Asia Bibi
El 14 de junio de 2009, Asia Bibi fue encarcelada. Un año después fue condenada a muerte por blasfemia y, desde 2014, después de dos traslados,…
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lunes, 9 de octubre de 2017

JEREMÍAS EN JERUSALÉN


                                                                                Francesc Ramis Darder
                                                                                bibliayoriente.blogspot.com



Cuando Nabucodonosor cercó Jerusalén, Jeconías salió a su encuentro con la familia real y su corte para rendirle pleitesía; pero Nabucodonosor los deportó a Babilonia, junto con los pudientes, cerrajeros, artesanos y guerreros, llevándose también el tesoro del templo y del palacio. Impuso como rey a Matanías, tío de Josías, a quien dio el nombre de Sedecías (597-587 a.C.). La situación de Judá era compleja: Sedecías, títere de Babilonia, estaba en manos de la nobleza (38,5.19); muchos judaítas, especialmente los deportados, reconocían la realeza de Jeconías y desdeñaban la autoridad de Sedecías (Ez 1,2); por si fuera poco, algunos nobles habían tomado posesión de las tierras de los desterrados y, con la intención de afianzar la propiedad, depositaban la legitimidad dinástica en Sedecías (Ez 11,14-15; 33,24).

    Tales desavenencias, pensaba Jeremías, atraerían la vara babilónica que golpearía la nación hasta extinguirla; por eso la tarea del profeta se orientó hacia los deportados y hacia quienes permanecían en Judá. El profeta remitió a los desterrados una carta lúcida: “Construid casas y habitadlas […] engendrad hijos […] buscad la prosperidad del país (Babilonia) […] porque su prosperidad será la vuestra” (29,4-7). A pesar de la advertencia, los deportados se dejaban seducir por la voz de Ajab, hijo de Colayas, y Sedecías, hijo Maasías, profetas de la corte, llevados a Babilonia. El mismo Semayas envió una misiva a Jerusalén para quejarse ante el sacerdote Sofonías de la conducta de Jeremías. El curso de la historia determinó la sublevación de los deportados. Cuando una conjura del ejército y la nobleza babilónica agitó la corte de Nabucodonosor (595-594 a.C.), parte de la nobleza judaíta exiliada participó en la conspiración. No obstante, la impostura fracasó: Nabucodonosor afianzó la corona, asó a los profetas rebeldes (Colayas, Sedecías), metió en la cárcel a Jeconías y apretó la correa a los desterrados. La comunidad deportada comenzó a percibir en las palabras de Jeremías la clave para conservar la vida: “Construid casas y habitadlas” (29,4-9).

    Aprovechando la sublevación de la corte babilónica, los estados de Siria-palestina, apoyados por el faraón Psamético II (594-589 a.C.), intentaron sacudirse el yugo de Nabucodonosor. Los embajadores de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón se reunieron en Jerusalén, al amparo de Sedecías, para tramar la asonada (594 a.C.). Los profetas de la corte, especialmente Jananías, alentaban la revuelta y auguraban el regreso de los deportados al cabo de dos años. La sagacidad de Jeremías desautorizó la vanidad de la corte y definió la única postura sensata: “Someteos al rey de Babilonia si queréis seguir con vida” (27,17). La historia confirmó el dictamen. Cuando Nabucodonosor recuperó el poder, la coalición se deshizo; y Sedecías renovó la pleitesía ante el emperador (29,3; 51,59).

     La pugna entre Egipto y Babilonia continuó. Tanto el faraón Psamético II como su hijo Jofra (589-570 a.C.) perseguían el control de Siria-palestina; a modo de contrapunto, Nabucodonosor fiscalizaba Siria-palestina para vigilar cualquier intentona egipcia. Al decir de Jeremías, el futuro de Judá dependía de la cohesión interna del país, asentada sobre la justicia, y del empeño por servir a Babilonia, opción triste pero necesaria para poder sobrevivir (22,15; 27,17). Psamético II y su hijo Jofra emprendieron la ofensiva contra Babilonia (598 a.C.); Judá, empujado por Tiro y Amón, se adhirió a la revuelta. Nabucodonosor invadió Judá y sitió Jerusalén (588 a.C). Con intención de confutar la revuelta, la corte ordenó la manumisión de los esclavos para que participaran en la defensa de la ciudad.

    Sin embargo, el avance egipcio determinó que los babilonios aflojaran el cerco de Sión; entonces los amos volvieron a subyugar a los esclavos. Jeremías denunció la injusticia y anunció la caída de la ciudad; pues el cautiverio de los siervos mermaba las fuerzas defensivas y propiciaba que colaboraran con el invasor (34,8-27). Aprovechando la tregua, Jeremías visitó Anatot para asistir a un reparto familiar (37,12; 32,1-44). Entonces Jirías, hijo de Jananías, profeta hostil, le acusó de pasarse a los caldeos (37,13); después lo entregó a los jefes que le enceraron en casa del escriba Jonatán (20,7-18).

    Sedecías hizo llevar a Jeremías a palacio para consultarle sobre la situación. El profeta denunció la mendacidad de los consejeros y sentenció que el monarca caería en manos del rey de Babilonia (37,19). Sedecías hizo custodiar al profeta en el patio de la guardia; desde allí, Jeremías arengaba al pueblo: “el que se entregue a los caldeos seguirá con vida” (38,2). La proclama encendía la ira de la nobleza (38,4). Los cortesanos arrojaron a Jeremías en la cisterna del patio de la guardia; pero Ebedmélec, el etíope, descubrió la traición y, a instancias de Sedecías, liberó al profeta de la muerte.


     Cuando el rey vuelve a consultarle, la respuesta es dura: “Si te rindes a los generales del rey de Babilonia, salvarás tu vida […] pero si no […] esta ciudad caerá en manos de los caldeos […] y tú no escaparás” (38,17). Sedecías desoyó el consejo. Cuando las tropas babilónicas asaltaron Sión, Sedecías y sus oficiales huyeron. Los caldeos les detuvieron cerca de Jericó y los llevaron a Riblá. El emperador degolló a los príncipes y a la aristocracia de Jerusalén, cegó al monarca y lo llevó a Babilonia, donde murió. Los caldeos incendiaron el templo, el palacio y las casas nobles. Abrieron brechas en las murallas de Jerusalén. Nabuzardán, jefe de la guardia, deportó a Babilonia a los supervivientes y a los que se habían pasado al ejército caldeo. Sólo dejó en Judá gente sencilla entre la que repartió viñas y campos.

lunes, 2 de octubre de 2017

MALLORCA CATHEDRAL ALMOINA PORTAL


                                                                                Francesc Ramis Darder
                                                                               bibliayoriente.blogspot.com


CATEDRAL DE MALLORCA PORTAL DE L'ALMOINA


                                                                         Francesc Ramis Darder
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martes, 19 de septiembre de 2017

¿ESTUVO JEREMÍAS EN BABILONIA?


                               Francesc Ramis Darder
                               bibliayoriente.blogspot.com


Cuando la coalición medo-babilónica conquistó Nínive (612 a.C.), obligó al rey asirio, Asut-ubal-lit II, a refugiarse en Jarán. Entonces, Necao II (610-594 a.C.), deseoso de frenar el auge babilónico, marchó a Carquemis para auxiliar al rey de Asiria. Cerca de Meguido, Josías trabó combate con el farón; Necao venció al ejército judaíta y acabó con la vida de Josías (609 a.C.). Enterrado el monarca en Sión, el pueblo ungió a Joacaz, hijo de Josías (2Re 23,30). Necao fracasó en el empeño de salvar Asiria, pero acantonó sus tropas en Carquemis y dominó la región Siro-palestina; Judá quedó sometido a la vara faraónica. Cuando Joacaz llevaba tres meses en el trono (609 a.C.), Necao le hizo comparecer en Riblá, le destronó e impuso al país una indemnización; después nombró rey a Eliaquín, hijo de Josías, cambiando su nombre por el de Joaquín (609-598 a.C.).

     El cambio de nombre certificaba el vasallaje de Judá ante Egipto. El faraón llevó a  Joacaz a Egipto, donde murió. Joaquín entregó el tributo al faraón; pero, para reunir el montante, impuso un gravamen al país (2Re 23,31-35). Cuando el tributo recayó sobre las espaldas del pueblo, la miseria inundó Judá (17,11). El rey se edificó un palacio (22,13-19), y se rodeó de cortesanos adictos (14,14-18).  Jeremías recriminó la liturgia pomposa, ciega ante la injusticia: “explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda” (7,6). Conocedor del trágico final del santuario de Siló, anunció la ruina del templo de Sion. Denunció el desdén del rey hacia los profetas que antaño alentaron la reforma de Josías, fustigó la mendacidad de los escribas, y embistió contra la idolatría (8,1-11,23). Alertó sobre la hipocresía de los judaítas provocada por el miedo ante los egipcios (9,7). Jeremías propuso como modelo de conducta el estilo de los recabitas: los herederos de Jonadab, hijo de Recab, que vivían en tiendas, signo de equidad social (35,1-19).

    La saña con que embistió contra los desmanes de Joaquín, desencadenó el furor de la corte; así Pasjur, mayordomo del templo, mandó azotar al profeta y lo metió en la cárcel (20,1). Jeremías, fiel a su vocación, lamentó la desgracia de Joacaz y exigió la decencia de Joaquín: “Tu padre (Josías) […] practicó el derecho y la justicia” (22,15). La respuesta de los sacerdotes, los profetas y la turba fue cruel: “Eres reo de muerte” (26,8). Ante el tribunal, Jeremías desoyó la amenaza: “haced de mí lo que os parezca”, y exigió la coherencia ética: “enmendad vuestra conducta” (26,13.14). Algunos ancianos solicitaron el indulto, y Ajicán, hijo de Safán, impidió que la turba acabara con su vida (26,24).

    Las tropas babilónicas vencieron a los egipcios en Carquemis (605 a.C.). Tras la muerte de Nabopalasar (626-602 a.C.), Nabucodonosor II subió al trono babilónico (605-562 a.C.). Cuando el nuevo rey subyugó Filistea (604 a.C.), Joaquín rompió el vasallaje egipcio para someterse a Babilonia. Jeremías, alarmado por la decisión, dictó un discurso a Baruc, su secretario, para que lo leyera ante quienes iban al templo. El discurso recogía, por una parte, la  reflexión del profeta sobre la situación del país; y, por otra, proclamaba la exigencia ética: “A ver si […] abandona cada cual su mala conducta” (36,7). Atónitos por la proclama, algunos nobles conminaron a Jeremías y Baruc a buscar refugio ante la amenaza de la corte. No obstante, informaron al monarca del contenido del escrito; el escriba Jehudí lo leyóen la sala del trono. A medida que Joaquín escuchaba el escrito, arrancaba las páginas y las arrojaba al fuego. Tras la lectura, Joaquín ordenó la detención de Jeremías y Baruc, pero no pudo encontrarlos.


    La obsesión de Joaquín por conservar el cetro ponía en jaque el futuro de Judá. La historia confirmó el presagio de Jeremías. Nabucodonosor fracasó en la conquista de Egipto (601 a.C.); entonces Joaquín, después de tres años de sumisión babilónica (604-601 a.C.), hincó la rodilla ante el faraón. El emperador, dolido de la afrenta, desplegó bandas de salteadores contra Judá. A finales de 598 a.C., Nabucodonosor embistió contra Judá; en el fragor de la confusión, murió Joaquín y Jeconías ciñó la corona (22,18; 36,30).

domingo, 10 de septiembre de 2017

A LA ESCUCHA DE LA PALABRA

A la escucha de la Palabra

Panorámica bíblica para la lectio divina y la catequesis

Ramis Darder, Francesc

A la escucha de la PalabraFormato impreso
Colección: Animación Bíblica de la Pastoral
Subcolección: Materiales complementarios
ISBN:978-84-9073-340-0
Código EVD:3403002
Edición:1
Páginas:192
Tamaño:160 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada brillo
Precio sin IVA: 13,94 €
PVP: 14,50 €
Una obra para quienes desean tener una panorámica de la Biblia y a quienes imparten clases de religión, se dedican a la catequesis o meditan el Evangelio con el método de la lectio divina.

Describe el Antiguo y el Nuevo Testamento. Esboza la geografía bíblica. Comenta la historia de Israel. Sintetiza las características de la persona humana. Delinea los nombres de Dios y la actuación divina en el AT. Explica la sociedad judía en tiempos de Jesús. Ahonda en la personalidad y la actuación salvadora de Jesús de Nazaret. Analiza los títulos de Jesús: Mesías, Hijo del Hombre, Siervo del Señor, Hijo de Dios, Señor. Describe la naturaleza de la Iglesia y de tres personajes eminentes: María, Pedro y Pablo.

sábado, 2 de septiembre de 2017

¿DÓNDE NACIÓ JEREMÍAS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


La vida de Jeremías transcurrió entre el ocaso de Asiria y el triunfo de Babilonia como potencia indiscutida. Jeremías convivió con la reforma del rey Josías (622 a.C.), vivió la caída de Jerusalén 
bajo la espada de Nabucodonosor, contempló la deportación a Babilonia (597.587.582 a.C.), y sufrió el exilio en Egipto, donde murió.


2.1. Jeremías y la reforma de Josías.

El dominio asirio sobre Judá determinó que Josías solo pudiera emprender verdaderamente la reforma cuando murió Asurbanipal, y el imperio entró en la crisis final (627 a.C.). La reforma contó con la ayuda de la profetisa Juldá (2Re 22-23). La Escritura sitúa la promulgación de la reforma y la celebración de la Pascua en el año dieciocho de Josías (622 a.C.). Antes de que Josías promulgara la reforma y celebrara la Pascua, entra en liza Jeremías; así lo certifica el encabezamiento del libro: “vino la palabra del Señor sobre él (Jeremías) en tiempos de Josías […] el año decimotercero de su reinado” (1,1); así Jeremías deja oír su voz en el año 627 a.C., cuando fallece Asurbanipal y Josías puede entreabrir la puerta de la reforma.

    Si Jeremías comenzó su ministerio en el año 627 a.C., debió nacer, según la opinión de los comentaristas, hacia el año 650 a.C. No obstante, la profecía pone en labios del Señor una vinculación entre la vocación de Jeremías y su nacimiento: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones” (1,5; ver: 15,10; 20,14-18); desde esta perspectiva, el nacimiento del profeta habría tenido lugar en el año mismo de su vocación: 627 a.C. Considerando la perspectiva pedagógica, propia de un Manual, entenderemos que el año 627 a.C. constituye la fecha en que Jeremías pudo iniciar el ministerio profético; así, su nacimiento habría tenido lugar por el año 650 a.C.[1]  El significado del término “Jeremías” es objeto de debate, puede significar: “el Señor puso el fundamento”, o “el Señor exalta”, quizá “el Señor ha liberado el seno”; sea cual sea el significado, el nombre subraya la actuación de Dios en la vida del profeta.

    Jeremías nació en Anatot (1,1). ¿Qué importancia tiene el lugar de nacimiento? La ancianidad de David contempló como dos príncipes se disputaban el trono: Adonías, hijo de Jaguit, y Salomón, hijo de Betsabé. Adonías contaba con el apoyo de Joab, jefe del ejército, y del sacerdote Abiatar; mientras Salomón, requirió la ayuda del sacerdote Sadoc, de Benaías, y del profeta Natán. La astucia de Natán determinó que David designara rey a Salomón. El nuevo rey asesinó a Adonías por la espada de Benaías y desterró a Abiatar y su séquito a Anatot; Sadoc asumió la jefatura sacerdotal en lugar de Abiatar (1Re 1-2). Abiatar pertenecía a una saga sacerdotal relevante: era hijo de Ajimélec, hijo de Ajitub, descendiente de Elí, cabeza del santuario de Siló. Su linaje había sufrido la persecución, pues cuando el templo de Siló fue destruido, los sacerdotes se refugiaron en el santuario de Nob; más tarde, Saúl mató a los sacerdotes de Nob, sólo escapó Abiatar que encontró cobijo junto a David (1Sam 4,12-17; 22-23). Los ancestros de Jeremías habían acompañado a Abiatar al exilio de Anatot; así pues, el profeta conocía el antiguo sacerdocio de alcurnia (Abiatar), sabía del dolor de la opresión (Siló) y del destierro (Anatot). El destierro en Anatot marcó la mentalidad de Jeremías; por eso, cuando hablaba de la injusticia y del exilio, lo hacía desde la experiencia personal que había tronchado la historia de su familia.

    La Escritura narra, desde el prisma teológico, la vocación de Jeremías; la vocación sembró en su corazón el ansia por la justicia y el reconocimiento de la dignidad de los débiles (1,4-19). Cuando Jeremías inició su ministerio, su afiliación a la saga de Abitar debió suscitar recelos entre los sacerdotes de Jerusalén, descendientes de Sadoc, y con la corte, vinculada a Josías, descendiente de Salomón, asesino de Adonías. La distancia entre Jeremías y los dignatarios de Josías quizá determinó que los criterios del profeta fueran poco apreciados durante el tiempo en que Josías inauguraba la reforma (1,6).

    Sin embargo, Jeremías apoyó la tarea de Josías; en palabras del profeta, el monarca “practicó la justicia y el derecho; por eso todo le iba bien; defendió a pobres y desvalidos” (22,15-16). Jeremías no define al soberano por la magnificencia de su palacio, sino por su empeño por la justicia; así recoge el testigo de los profetas antiguos (Amós, Oseas). Ahora bien, el apego de Jeremías a la reforma suscitó el recelo entre sus paisanos de Anatot (11,21-23); pues la reforma había eliminado los santuarios locales para centrar el culto en Sión. Seguramente, los descendientes de Abiatar oficiaban en Anatot, por eso la supresión del santuario encendió su furia contra Josías, ira que debió alcanzar a su paisano Jeremías.
 
    Josías proclamó solemnemente los principios de la reforma, el “libro de la Alianza” (2Re 23,1-3). La reforma implicaba la recuperación de la identidad nacional, la purificación religiosa (2Re 23,14), la lucha por la justicia y la defensa de los pobres (22,15-16). Josías también planeó implantar la reforma en el territorio del antiguo Israel, eliminó los santuarios idolátricos y veneró la memoria del hombre de Dios y el profeta de Samaría (2Re 23,15-20). No obstante, la sagacidad de Jeremías intuyó las grietas del auge innovador, a saber, el malestar entre los sacerdotes de los altozanos que Josías trasladó a Jerusalén, la guerra entre el país del Nilo y los imperios del Eúfrates, y la actitud acomodaticia de algunos profetas. Por eso, alertó de la amenaza babilónica y egipcia, censuró la conducta mendaz de sacerdotes, profetas y cortesanos, y fustigó la injusticia enmascarada por el culto pomposo (2,1-6,30).





[1] . Sobre el nacimiento de Jeremías: J. M. ÁBREGO DE LACY, “Jeremías” en  LA CASA DE LA BIBLIA, Comentario al Antiguo Testamento vol.II (Madrid: Atenas, PPC, Sígueme, Verbo Divino, 1997) 111-112.

martes, 8 de agosto de 2017

EDITH STEIN



Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com

Edith Stein - Santa Teresa Benedicta de la Cruz - 9 de agosto -
«Mártir carmelita de origen judío, destacada filósofa e incesante buscadora de la verdad, que halló tras la lectura de la autobiografía de Teresa de Jesús. Copatrona de Europa»

jueves, 3 de agosto de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA BABILONIA?




                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com 



El topónimo “Babilonia” constituye la helenización del término acadio “Babilim”, traducción del sumerio “Kà-dingir-ra”, términos que significan “Puerta de dios”; la divinidad protectora de la urbe era Amar-Utu, llamado en acadio Marduk.

 Situada a la orilla izquierda del Eúfrates y vecina de Kish y Agadé, Babilonia había sido una colonia de los antiguos sumerios. Más tarde, tanto los acadios como la III Dinastía de Ur controlaron la ciudad mediante gobernadores. Tras la caída de Ur, las tribus amorreas pulularon por la zona conformando pequeños reinos, a menudo enfrentados entre sí.

   El caudillo amorreo, Sumu-abum (1894-1881 a.C.), asentó su dinastía en Babilonia; entabló buenas relaciones con Uruk, y él mismo o sus sucesores establecieron una alianza con el reino de Isin para contrarrestar el ímpetu expansivo que por entonces ejercía Larsa, como hemos visto, sobre el territorio isinita. Su heredero, Sumu-la-El (1880-1845 a.C.), amuralló Babilonia, sometió las ciudades de Sippar y Kazallu, y derrotó al amenazante ejército de Kish. Su hijo y sucesor, Sabium (1844-1831 a.C.) erigió en Babilonia, capital de reino, el templo de Marduk, dios tutelar de la ciudad; el esplendente santuario, era llamado Esagila. 

   A continuación, reinó Apil-Sîn (1830-1813 a.C.). Después subió al trono Sîn-muballit (1812-1793 a.C.); el monarca reforzó las murallas de Babilonia, y trabó un pacto con Isin para confutar la amenaza expansiva de Larsa a la que también se enfrentó (1810 a.C.). Durante su reinado, Rîm-Sîn, rey de Larsa, conquistó Isin, destruyó la ciudad de Dêr y dominó Uruk, pero su afán conquistador cesó cuando subió al trono babilónico el sucesor de Sîn-muballit, Hammurabi (1792-1750 a.C.).

    Con Hammurabi llegó a su cenit, como veremos en el próximo capítulo, la grandeza de Babilonia. El célebre “Código de Hammurabi” responde, como expondremos, al deseo de orientar la organización social que surgió en Babilonia tras la caída de Ur y el advenimiento amorreo.

martes, 1 de agosto de 2017

BIBLIA EN ITALIANO

                                                                            Francesc Ramis Darder
                                                                            bibliayoriente.blogspot.com


http://www.vatican.va/archive/ITA0001/_INDEX.HTM

sábado, 29 de julio de 2017

¿QUIÉN ERA HAMMURABI?



                                        Francesc Ramis Darder
                                        bibliayoriente.blogspot.com
   


Cuando Hammurabi empuñó el cetro (1792-1750 a.C.), después de la muerte de su padre, Sîn-muballit, el territorio babilónico era pequeño, abarcaba el contorno del antiguo Acad, y estaba rodeado de estados poderosos que aspiraban, en diversa medida, a su conquista. Asiria, regida por Shamshi-Adad I (1812-1780 a.C.); Larsa, gobernada por Rîm-Sîn (1822-1763 a.C.); Eshnunna, dirigida por Dâdusha (1794-1785 a.C.); Mari, gobernada por un hijo de Shamshi-Adad,  Iasmad-Adad; e incluso Elam, asentado sobre una nueva dinastía (ca. 1850 a.C.), intrigaba contra Babilonia. Sin embargo, Hammurabi, con sagacidad diplomática y habilidad política, aprovechó la coyuntura propicia para llegar a  enseñorearse de Mesopotamia.

    Durante los primeros años de reinado, Hammurabi se aseguró  el control de Babilonia y organizó el ejército. Después, emprendió la conquista de Uruk e Isin (1787 a.C.), arrebatándoselas al reino de Larsa, así amplió y aseguró la frontera meridional de Babilonia. A continuación,  lanzó una campaña contra Iamutbal, región oriental situada al este entre el Tigris y los Zagros, hasta tomar Malgum, la ciudad más relevante de la zona (1786 a.C.); hasta entonces, la región había estado en manos de los descendientes de los amorreos que habían penetrado en la región tras la caída del imperio de Ur. Más tarde, conquistó Rapiqum y Shalibi, también en la región levantina. De ese modo, Hammurabi dominaba Babilonia y asuraba la frontera meridional y el levante. Con intención de acrisolar su autoridad, erigió y embelleció numerosos templos; para acrecer la productividad del reino, emprendió obras hidráulicas, como el gran canal que irrigaba las tierras del sur; y a fin de proteger el territorio, amuralló ciudades, consolidó el ejército y acondicionó las vías comerciales.

    Como dijimos en el capítulo anterior, a la muerte de Shamshi-Adad I (1781 a.C.), la corona de Asiria recayó en su hijo Ishme-Dagan, mientras otro hijo, Iasmad-Adad, permanecía como virrey de Mari. Cuando el virrey asirio dirigía el destino de Mari, Zimri-Lim, hijo de Iahdun-Lim, antiguo rey de Mari, sufría el destierro en Mesopotamia septentrional. Sin embargo Zimri-Lim, ayudado por su suegro, Iarim-Lim, rey de Yamhad, destronó al asirio Iasmad-Adad y ciñó la corona de Mari (ca. 1780-1759 a.C.), sin que su hermano Ishme-Dagan, rey de Babilonia, pudiera ayudarle, pues  seguramente confutaba la amenaza de Eshnunna y de los nómadas del noreste. A las órdenes de Zimri-Lim, Mari experimentó un notable progreso;  quizá el mejor testigo del auge del país lo constituya el palacio real de Mari, reconocido por las arqueólogos como joya de la arquitectura oriental antigua. El rey refutó el ataque de los nómadas, asentados en el entorno de las ciudades; confirmó su autoridad sobre el Eúfrates medio y el valle del Harbur, rico en el aspecto agropecuario; reconstruyó los muelles del Eúfrates en la ciudad de Mari para acrecer el comercio; y drenó el Harbur, entre otras obras hidráulicas, para desarrollar la agricultura. No obstante, cuando Zimri-Lim sintió la amenaza de Ibal-pî-El II, rey de Eshnunna (ca. 1777 a.C.), buscó la alianza con Hammmurabi para defenderse del peligro.

    La fiereza de Ibal-pî-El II concitó una alianza de estados que pretendían acabar con el poderío babilónico (1764 a.C.). Así Eshnunna, los subarteos (término que designa a los asirios, o a los pueblos más septentrionales de Mesopotamia), Qutium antigua patria de los qutu, los rebeldes de la región de Malgûm al este del Tigris, y Elam en la meseta irania, atacaron Babilonia. Hammurabi derrotó a la coalición con ayuda de las tropas de Mari, su aliado; y por si fuera poco, conquistó Larsa y deportó a su rey, Rîm-Sîn (1763 a.C.), a Babilonia. La victoria y la conquista confirmaron la realeza de Hammurabi sobre “Sumer y Acad”. De todos modos, Eshnunna trenzó una segunda alianza contra Babilonia; se asoció con los subarteos, los qutu, y el país de Malgium, situado en el Eúfrates medio, para tacar Babilonia. Hammurabi derrotó a la coalición y, avanzando por la orilla del Tigris, llegó a la frontera de Subartu, la región más septentrional de Mesopotamia (1762 a.C.). A continuación, Hammurabi emprendió una campaña contra Mari y Malgum. El motivo de la campaña resulta incierto, pues Mari, mantenía una alianza con Babilonia; al decir de los estudiosos, la razón pudiera estar en que Mari, temiendo la pujanza de Babilonia, hubiera quebrado el pacto con Hammurabi para buscar el cobijo de Malgum. Hammurabi conquistó ambos reinos, pero permitió que Zimri-Lim permaneciera en el trono de Mari como vasallo de Babilonia (1761 a.C.). No obstante, Zimri-Lim se rebeló contra Hammurabi, por eso el babilonio arrasó Mari y acabó con su rey (1759 a.C.). Con la destrucción de Mari, las tareas administrativas de la región fueron trasladadas a la ciudad de Terqa donde amaneció una dinastía local, los llamados “reyes de Hana”, bajo tutela babilónica.

   Más tarde, Hammuarabi aprovechó la catástrofe provocada por las inundaciones de Eshnunna para conquistar la ciudad y su territorio (1756 a.C.); aun así, asentó al sucesor de Ibal-pî-El II, Silli-Sîn, como gobernador de Eshnunna sometido al vasallaje babilonio. Aunque Asiria reconoció la sumisión a Babilonia (ca. 1757 ó 1755 a.C.), pudo conservar su independencia nominal, aislada en el norte y con su territorio mermado; pues su rey, Ishme-Dagan, permaneció en el trono como vasallo hasta 1741 a.C. A pesar de su pujanza militar, Hammurabi renunció a la conquista de la zona más occidental de Mesopotamia ocupada por los hurritas, tribus de origen indoeuropeo, que comenzaban a fundar reinos independientes; de ese modo, dominó toda Mesopotamia, con excepción de los principados hurritas.


    Orgulloso de su imperio, Hammurabi añadió a su titulatura real la designación de “Rey del Universo” o “Rey de las Cuatro Partes del Mundo”, título adoptado antaño por Sagón I, emperador de Acad. Como veremos más adelante, también pasó a la historia por la legislación recogida en el llamado “Código de Hamurabi”. La erudición de sus escribas determinó la composición del magno poema “Enuma Elish”, mientras la recopilación de la tradición sumerio alumbró las primeras once tablillas de la “Epopeya de Gilgamesh”, entre otros numerosos escritos. La grandeza de Hammurabi alentó la leyenda, surgida en vida del soberano y ensalzada por la propaganda imperial para magnificar las cualidades del monarca.

lunes, 24 de julio de 2017

VOCACIÓN DE JEREMÍAS Jr 1,1-9







  
                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


La sección comienza con el “Epígrafe” para señalar cuatro cuestiones (1,1-4). En primer lugar, adscribe a Jeremías el contenido del mensaje profético, pues la profecía comienza mencionando las “palabras de Jeremías” (1,1), mientras la penúltima sección concluye cerrándolas: “hasta aquí las palabras de Jeremías” (51,64). En segundo término, recalca que la predicación no procede de la iniciativa de Jeremías, sino de la determinación de Dios que le constituye como profeta; por eso, el calado de las “palabras de Jeremías” debe interpretarse desde “la palabra del Señor que vino sobre él (Jeremías)”; Jeremías es el profeta elegido por Dios para proclamar el mensaje divino en la sociedad de su tiempo.

    En tercer lugar, el “Epígrafe” adscribe la ascendencia de Jeremías, “hijo de Jilcias, uno de los sacerdotes de Anatot”. Así recuerda el oprobio de sus ancestros desterrados a Anatot; Jeremías está forjado desde sus orígenes en el sufrimiento, de ahí su confianza en Dios y su solidaridad con quienes padecen. En cuarto lugar, sitúa el misión de Jeremías en el entramado histórico: “el año decimotercero de su reinado (de Josías) […] hasta la deportación de Jerusalén en el quinto mes”; y en el ámbito geográfico: Anatot y Judá. Más adelante, e libro también señalará su relación con los deportados (c. 29) y su penar en Egipto (40,1-45,5); en definitiva, las palabras de Jeremías plasman la voluntad divina en una época adversa de la historia de Judá.

    A continuación, figura el relato de la “vocación de Jeremías” (1,4-19). Aunque el profeta narre el suceso, la triple rúbrica, “oráculo del Señor” (1,8.15.19), subraya la iniciativa divina en la vocación. El episodio se enmarca en el diálogo entre Dios y el profeta, acompañado de dos visones que sugieren la misión de Jeremías; la presencia de prosa y poesía preludia la textura poética y narrativa del libro. Cuando el Señor elige a Jeremías antes de que se formara en el seno materno, subraya que la vocación brota de la iniciativa divina; y cuando lo consagra y constituye profeta de las naciones, establece que su ministerio trascenderá el ámbito judío para llegar al mundo pagano. Al escuchar la llamada, el profeta tiembla; como Moisés, no sabe hablar, y como Samuel, es un niño (Éx 4,10; 1Sam 3,19). Sin duda, las fuerzas humanas son insuficientes para coronar el proyecto divino; por eso el Señor sentencia: “yo estoy contigo para librarte”; el auxilio divino sostendrá al profeta, por eso irá donde el Señor le envíe para proclamar la palabra (1,2).

    Después, el Señor extiende su mano, alegoría de su poder, para tocar la boca del profeta y poner sus palabras en su boca; pues los profetas son la “boca de Dios” entre su pueblo (ver Is 40,5). El don de la palabra expresa la autoridad que Dios le concede sobre pueblos y naciones para “arrancar y arrasar […] reedificar y plantar”; por eso Jeremías arremeterá, en nombre de Dios, contra la idolatría para arrancarla con intención de plantar la justicia. La tarea será ardua; por esa razón el Señor, valiéndose de la visión del almendro, promete su auxilio. El término “almendro” significa en hebreo “el árbol que vela”; durante el invierno, los árboles sin flores ni frutos parece que duermen, pero el almendro, con sus flores abiertas, vela el sueño de los otros árboles. Jeremías hablará al pueblo anclado en el invierno de la fe, carente de justicia como los árboles sin frutos. Aterido en el invierno de la idolatría, el pueblo desdeñará al profeta, pero no lo abatirán porque el Señor, metáfora del almendro, velará por Jeremías.


    A continuación, Dios muestra al profeta la olla hirviendo que se derrama desde el norte; la metáfora augura la fiereza babilónica contra Judá. El profeta debe prepararse ante el envite, “ceñir sus lomos”, para soportar la adversidad cuando proclame que el ataque es el castigo divino contra la malandanza del pueblo (c. 29). El Señor ha elegido y consagrado al profeta, pero se nuestra exigente: Jeremías, protegido por Dios, no debe temer, pero si sucumbiera y dejara de predicar, el Señor arremetería contra él. Cuando el Señor le convierte en plaza fuerte, columna de hierro y muralla de bronce, le hace testigo de su voluntad entre reyes, príncipes, sacerdotes y pueblo, ajenos a Dios y adeptos de los ídolos. Aunque el Señor augura un ministerio difícil, asegura la victoria del profeta: “no te podrán porque yo estoy contigo para librarte” (1,19; Gén 39,3).

martes, 27 de junio de 2017

¿QUÉ DICE EL PROFETA JEREMÍAS?



                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                           bibliayoriente.blgspot.com



Terminado el tiempo de Pascua y las solemnidades de la Trinidad y el Corpus, nos hemos adentrado en el tiempo que la Iglesia llama el “tiempo ordinario”, un tiempo que se prolongará hasta que volvamos a empezar el Adviento.

    El tiempo ordinario es el tiempo más habitual del ciclo litúrgico y se caracteriza, entre otras cuestiones, por los ornamentos verdes que los presbíteros vestimos en la Eucaristía. El tiempo ordinario tiene una espiritualidad propia. Nos invita a vivir en la vida ordinaria y habitual de cada día la presencia de Cristo resucitado que con tanta fuerza hemos celebrado durante la Pascua y las solemnidades. Durante el tiempo ordinario habrá siempre la invitación a poner en práctica nuestra fe, a vivir la misericordia con la sencillez y la cotidianidad de cada día.

    Un ejemplo de espiritualidad del tiempo ordinario aparece en la figura del profeta Jeremías, en la primera lectura que hoy hemos proclamado. Jeremías predicó en Jerusalén en la segunda mitad del siglo VI aC. Un día, cuando Jeremías era casi adolescente, el Señor lo llamó para convertirlo en profeta. La escena sucedió una mañana de invierno. Dios dijo a Jeremías; “Sal de tu casa y explícame lo que ves.” Jeremías salió y contempló el campo de su pueblo natal; vio el campo en tiempo de invierno; muchas higueras, y aquí y allá algunos almendros.

   Como sabemos, durante el invierno la higuera es un árbol gris, sin hojas ni frutos, un árbol que parece que esté dormido; pero como también hemos contemplado, el almendro en invierno es el primer árbol que florece, parece que con su flor vela el sueño de las higueras que en invierno parece que duermen; por ello, en lengua hebrea, el almendro se llama “el árbol que vela”, o “el árbol que cuida de los demás árboles”.
  
    Contemplada la escena, Jeremías dijo al Señor, he visto un campo de higueras, y aquí y allá almendros en flor, un paisaje de invierno. El Señor explicó la escena a su elegido. Dijo a Jeremías, mira, te mando a predicar a Jerusalén. Allí encontrarás un pueblo incapaz de escuchar, son como las higueras en tiempo de invierno, parecen dormidos, están cerrados a la Palabra de Dios y cautivos de la superficialidad. Sorprendido de la propuesta divina, Jeremías dijo al Señor; me mandas a predicar a un lugar difícil, un lugar donde la gente está dormida y no puede escuchar; y aún exclamó Jeremías: Señor, ¿y tú dónde estarás cuando yo predique a un pueblo que no puede escuchar porque está dormido para los valores de la trascendencia?

    Y el Señor respondió, yo seré tu almendro, yo velaré por ti y te protegeré mientras prediques mi Palabra a un pueblo que duerme. Y Jeremías se lanzó a vivir la propuesta; conocedor de que Dios era el almendro que le guardaba, vivió y predicó la Palabra de Dios en una época en que la gente estaba dormida, cerrada a la trascendencia.


    Tal vez, cuando Jeremías recibió la propuesta de ser profeta, pensó que tendría que hacer cosas espectaculares, acaso dividir las aguas del mar o subir al Sinaí, como había hecho Moisés. Pero Dios le pidió la espiritualidad del tiempo ordinario; sabiéndose protegido por el Señor, el almendro que le guardaba, poner amor y fidelidad en las cosas de cada día, a fin de dar testimonio ante la gente de que, dormida como las higueras, no podía escuchar la profundidad de la Palabra. La espiritualidad del tiempo ordinario no es una espiritualidad simple, implica, como toda la espiritualidad cristiana, la búsqueda de la santidad en los quehaceres de la vida cotidiana.

     Como dice el libro de las Antigüedades Bíblicas, Dios no necesita grandes multitudes para erigir su Reino, necesita la fidelidad de algunas personas que busquen la santidad en la vida cotidiana. En esta Eucaristía, demos gracias a Dios que protege nuestra vida, y pidámosle la fuerza para dar testimonio de la fe en un mundo que, aunque parezca dormido a la trascendencia, anhela, sin saberlo, la ternura del Reino de Dios.                   

sábado, 24 de junio de 2017

JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES


Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com




MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
19 de noviembre de 2017

No amemos de palabra sino con obras

1. «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18). Estas palabras del apóstol Juan expresan un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el «discípulo amado» ha transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús se hace más intensa debido al contraste que percibe entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).
Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al prójimo. Así, la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

2. «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres. Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3).
«Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados. El apóstol Santiago manifiesta esta misma enseñanza en su carta con igual convicción, utilizando palabras fuertes e incisivas: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre. Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? [...] ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta» (2,5-6.14-17).

3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres.
Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos. Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.
No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).
Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma.

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).
Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.
Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.
Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.

6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.
Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna.

7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la Jornada Mundial de los Pobres, que este año será el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado más genuino en el Gólgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el día de Pascua.
En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es «nuestro», y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación.

9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos —que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres—, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.

Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

Vaticano, 13 de junio de 2017
Memoria de San Antonio de Padua

Francisco

viernes, 16 de junio de 2017

¿QUÉ DICE LA CARTA DE JEREMÍAS?



                                            

                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                    bibliayoriente.blogspot.com
                                                                    




Como hemos dicho, la Carta de Jeremías constituye un escrito satírico, redactado en forma de carta bajo el aura de la pseudonimia, para prevenir a los judíos de la falsedad idolátrica, y alentarlos a modo de contrapunto a la búsqueda del Señor, el único Dios. La estructura de la Carta es sencilla: Exhortación (CJr 1-6), Sátira contra la idolatría (CJr 7-71), Conclusión final (CJr 72).

2.1.Exhortación (CJr 1-6).

La exhortación señala que el escrito es una copia de la Carta que Jeremías remitió a los prisioneros que iban a ser desterrados a Babilonia; en la Carta, el profeta les informaba de lo que Dios le había encargado comunicarles. Atento al mandato, el profeta recuerda que el exilio no procede de la coyuntura histórica, es el castigo divino contra el pecado de la asamblea (ver: 2R 21,10-15; Jer 25,8-14). Desde la perspectiva histórica, el exilio duró unos cuarenta años (597-539 a.C.), pero la exhortación lo extiende a siete generaciones.[1] Tanto el número “siete” como el vocablo “generación” aluden a la plenitud de un proceso histórico. Así pues, bajo la mención de las “siete generaciones”, la exhortación certifica la intensidad del proceso con que Dios purificará en el exilio al pueblo pecador para que, como sentencia la profecía jeremiana, quienes vuelvan sean los “higos buenos” con que Dios reconstruirá la comunidad hebrea (ver: Jr 24).

    Ahora bien, prosigue la exhortación, la comunidad desterrada sufrirá la seducción de los ídolos babilónicos; por eso, la Carta ofrece a la asamblea el mejor consejo ante la seducción idolátrica: “Cuando veáis a la multitud […] adorando a esos dioses, decid en vuestro interior: Solo tú, Señor, mereces ser adorado” (CJr 5). Por si fuera poco, el Señor ofrece, por boca de la voz profética, la protección de su ángel (CJr 6). A lo largo del AT, los ángeles representan al Señor que se comunica con su pueblo, o constituyen la mediación elegida por Dios para relacionarse con Israel (ver: Gn 18,1-15; Jc 6,11). En el marco de la Carta, la mención del ángel sugiere la protección que el Señor dispensa a la asamblea; pero también puede constituir un símbolo de la comunidad fiel que, atenta a la ley y la palabra (ver: Is 2,2-5), ilumina el camino de la asamblea, seducida por el embeleco idolátrico, hacia el encuentro con el Señor, el único Dios.

2.2.Sátira contra la idolatría (7-71).

La Carta adopta el estilo de la sátira. Como hemos indicado, el objetivo del género satírico estriba en provocar la burla del lector ante la realidad descrita. Cuando la sátira provoca la burla, convence al lector de la estupidez de la idolatría para remitirle a la escucha del Señor, el único salvador. Afinando la perspectiva literaria, la sátira puede estructurarse en diez secciones, separadas entre sí por un estribillo. Aunque la presencia de “diez” apartados pueda ser casual, o nacida de la intención del intérprete, también adquiere, a imagen del número “siete”, el sentido simbólico de la “totalidad”. Cuando la sátira deshace la falsedad de la idolatría mediante diez apartados, sugiere la plena ridiculización de todos los aspectos del medio idolátrico: imágenes, fabricantes, responsables del culto y devotos.

    El primer apartado remite a la tarea de los escultores y al cuidado que los sacerdotes deben prestar a los ídolos para que puedan sostenerse (CJr 7-14). Si las criaturas humanas limitadas, escultores y sacerdotes, deben socorrer a los ídolos, ¿cómo pueden ser dioses?”. Asentada la falsedad de las imágenes, la sátira advierte a los judíos: “No les tengáis miedo” (CJr 14). A menudo, la Escritura pone en labios del Señor la locución “No temas” (ver: Is 7,4) para indicar la protección que Dios ofrece a su pueblo. Así, cuando la Carta previene contra la falsedad de los ídolos, impele indirectamente al lector, seducido por la suntuosidad de los fetiches, a depositar la confianza en el Señor, el único que salva (ver: Is 43,11).

    El segundo apartado describe al material con que se fabrican los dioses: barro y madera; se llenan de polvo, se ennegrecen con el humo, soportan el revoloteo de murciélagos y golondrinas (CJr 15-22). La conclusión es obvia: “Todo esto pone de manifiesto que no son dioses”; por eso recalca la Carta: “No les tengáis miedo” (CJr 22). El tercer apartado enfatiza la ausencia de vida que enturbia a los ídolos, ni siquiera el oro que les recubre no puede brillar si alguien no lo bruñe (CJr 22-28); por eso, concluye la sátira: “se ve claramente que no son dioses, no les tengáis miedo” (CJr 28). El cuarto apartado (29-39) sentencia la incapacidad de los ídolos para emprender cualquier tarea, a saber, entronizar un rey, salvar una persona, devolver la vista a un ciego (ver: Is 41,23); una pregunta retórica sentencia la falsedad de los ídolos: “¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses?” (CJr 39).

    El quinto apartado satiriza la estupidez de los caldeos que, viendo la incapacidad de los fetiches para devolver la palabra a un mudo, son incapaces de rechazarlos; incluso las mujeres que los invocan para males prácticas se resisten a reconocer la falsía de los idolillos (CJr 40-44). Valiéndose de una cuestión retórica, la sátira abochorna la mendacidad idolátrica: “¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses?” (CJr 44). El sexto vuelve a referir los materiales que conforman las imágenes: madera, oro, plata (CJr 45-51); y concluye con sorna: “¿Habrá alguien que no se dé cuenta de que no son dioses?” (CJr 51). El séptimo vuelve a insistir en la incapacidad de los ídolos para cualquier tarea (CJr 52-56; ver: 41,23); y concluye: “¿Cómo se puede admitir o creer que son dioses?” (CJr 56).

    El octavo apartado sentencia que son incapaces de asegurar una casa, pues una puerta es más segura; el oro que los recubre suscita la apetencia de los ladrones; los ídolos son incapaces de imitar la tarea de los astros y las nubes (CJr 57-64); entonces, concluye la sátira: “Sabiendo que no son dioses, no les tengáis miedo” (CJr 64). El noveno denuncia que no pueden bendecir ni maldecir, ni brillar como el sol, ni protegerse a sí mismos (CJr 66-68); y concluye: “Nada puede demostrar que sean dioses, así que no les tengáis miedo” (CJr 68). El décimo define a los ídolos como espantapájaros, cadáveres abandonados, devorados por la carcoma (CJr 69-71), por eso advierte al lector: “Comprenderéis que no pueden ser dioses” (CJr 71).

2.3.Conclusión final (72).

La conclusión adopta un aspecto homilético y sapiencial que no puede ser más claro: “Vale más una persona fiel a Dios que no tiene ídolos, pues nunca caerá en el ridículo” (CJr 72). Como recalca la Escritura, la fidelidad al Señor radica en la observancia de la Ley y la Palabra (ver: Is 2,2-5); a modo de contraluz, sugiere la Carta, quien se abraza a la idolatría no solo se retuerce en el pecado (ver: Is 3), sino cae en el ridículo más estúpido (ver: Is 41,21-29).



[1] . Jr 25,12; 29,10 y Dn 9,2 establecen la duración del exilio en setenta años.