miércoles, 29 de marzo de 2017

ENGLISH BIBLE


                                                       
                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


http://www.vatican.va/archive/ENG0839/_INDEX.HTM

lunes, 20 de marzo de 2017

DIOS MADRE





                                             Francesc Ramis Darder
                                             bibliayoriente.blogspot.com


Como explica la Sagrada Escritura, había en Jerusalén un rey llamado Ezequías; Dios le había ayudado, le había defendido de sus enemigos y curado de una enfermedad mortal. Parecía que el monarca tenía que ser capaz de poner su confianza en Dios. Pero sucedió un hecho sorprendente. Fueron a visitarle los embajadores del emperador de Babilonia. Después de recibirlos, les mostró lo que consideraba más importante. Ahora bien, el rey no llevó a los embajadores a la escuela de algún sabio, capaz de enseñar al pueblo el arte de vivir amando; tampoco les presentó a ningún profeta, los hombres que en nombre de Dios exigen la justicia; ni tan siquiera les condujo al templo para que pudieran conocer a algún sacerdote, la persona que orientaba al pueblo hacia la oración.

    Ezequías les mostró lo que consideraba más importante; les llevó a la cámara del tesoro, donde les expuso, con el tono más orgulloso, la plata, el oro, los ricos perfumes, los ungüentos más valiosos, y el arsenal con las armas más sofisticadas. Ezequías, que tanto debía agradecer al Señor, a la hora de la verdad, depositaba toda su confianza en el valor de las riquezas.

    La gente de Jerusalén informó al profeta Isaías de lo que había hecho el rey; Isaías se presentó en palacio y dijo al soberano: vendrán días en que los tesoros que has acumulado te los quitarán y los llevarán a Babilonia, ni a ti ni a tus descendientes os quedará nada de toda esta riqueza; y, añadiría aún, la gente que se ha dedicado a acumular riquezas, olvidando el amor de Dios y su justicia, serán deportados un día a Babilonia, como esclavos.

    Como dice Jesús en el evangelio: “No podemos servir a Dios y a las riquezas.” Solo el servicio a Dios, expresado con el amor y la misericordia hacia el prójimo, dura por siempre; solo el servicio a Dios y al prójimo nos abre la puerta del cielo, mientras el culto a las riquezas nos convierte en egoístas atados por siempre a la tierra.

    Las palabras de Isaías se cumplieron. El rey de Babilonia conquistó Jerusalén, requisó las riquezas que la codicia había acumulado y se llevó parte de la población a Babilonia. Cuando los israelitas habitaron en Babilonia aprendieron que el fundamento de la vida no consiste en acumular riquezas, sino en la capacidad de amar; comenzaron a aprender lo que mucho después dirá Jesús: “Lo más importante es buscar por encima de todo el Reino de Dios”; recordemos que el Reino de Dios llega a nuestra vida cuando nos decidimos a vivir amando.

    Cuando los israelitas deportados tuvieron la posibilidad de volver a Jerusalén, lo hicieron con la ilusión de explicar a sus hermanos lo que era la vivencia del Reino de Dios. Pero, cuando llegaron, constataron que la gente, apegada a la riqueza, no quería saber nada del amor ni del Reino de Dios. Después, cayeron en el desengaño, dijeron: “El Señor nos ha abandonado”.

    Fue un momento de gran dificultad; pero es en el momento de mayor dificultad cuando Dios manifiesta la mayor intensidad de su amor; por ello el Señor se manifestó a la comunidad hundida con su rostro maternal, el más profundo, dijo al pueblo deprimido: “¿Crees que una madre se olvidará de su hijo?” Casi siempre, la Escritura presenta a Dios con el rostro del padre, pero en los momentos de más adversidad, el Señor se revela con el rostro maternal; porque, como madre que también es de su pueblo, está dispuesto a engendrarlo de nuevo, para transformar la angustia del pueblo en aliento de vida.

  En los momentos de mayor adversidad, Dios se revela más cercano, porque se revela como la buena madre que nos quiere dar a luz de nuevo para que recuperemos el gusto por la vida que Él nos ha dado. Pongamos nuestra confianza en el Dios maternal y no en la seducción de las riquezas, que destrozaron la vida de Ezequías y llevaron a Israel al exilio.

            

jueves, 16 de marzo de 2017

CUARESMA



                                           Francesc Ramis Darder
                                           bibliayoriente.blogspot.com


La fiesta más importante del ciclo litúrgico es la Pascua, la celebración de la resurrección del Señor.

 La Pascua es tan importante que dedicamos cuarenta días a prepararnos para poder celebrarla con la mayor intensidad; y estos cuarenta días de preparación constituyen la Cuaresma. Dura cuarenta días en recuerdo de los cuarenta años que pasaron los israelitas en el desierto antes de llegar a la Tierra Prometida, y en memoria de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de empezar a predicar el evangelio.

A fin de que la Cuaresma sea una verdadera preparación para vivir la Pascua, la Iglesia nos aconseja tres cosas:

Primera: la Plegaria. Dediquemos cada día un rato a la oración y a la lectura del evangelio, participemos en el Vía Crucis y en el oficio de Vísperas que organiza la parroquia, vivamos con intensidad la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación.

Segunda: Práctica de la Caridad cristiana. Estemos especialmente atentos a los hermanos que reclaman nuestra ayuda, en la colecta del Jueves Santo ayudemos especialmente a Cáritas, en la del Viernes Santo colaboremos con los cristianos de Tierra Santa.

Tercera: Ayuno. El ayuno y la abstinencia son signos que nos recuerdan que estamos en el camino de la Cuaresma; pero también nos enseñan que podemos desprendernos de algunas cosas para poder ayudar a los demás e incluso sentirnos mejor nosotros mismos.

    La oración, la práctica de la caridad cristiana, y la capacidad de desprendernos de lo que a menudo es superfluo fortalecen nuestra capacidad de amar a Dios y al prójimo. Que la Cuaresma de este año sea para todos el camino hacia el encuentro del Señor el domingo de Pascua.
             



domingo, 12 de marzo de 2017

¿QUIÉN ES EL PROFETA ELISEO?



  Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com




ELISEO: SÓLO EL SEÑOR ES CAPAZ DE SALVAR


    El rey Salomón gobernaba a la vez sobre dos estados: Judá, al sur; e Israel, al norte. Cuando murió Salomón (ca. 930 aC.) ambos reinos recobraron la respectiva independencia. El reino del norte, Israel, tras algunos titubeos estableció la capital en Samaría (1Re 16,24). El primer rey, Jeroboán I (931-910 aC.), ávido de poder y riqueza precipitó el reino en la idolatría. El monarca erigió un santuario en Dan y otro en Bersebá dedicados al culto idolátrico (1Re 12,26-33). Los sucesores de Jeroboán I ahondaron en las prácticas idolátricas y provocaron que el pueblo casi olvidara la identidad misericordiosa y liberadora de Yahvé, el Dios de Israel.

    Recordemos que la idolatría no se reduce al hecho banal de adorar imágenes engañosas; consiste en dejarse seducir por el afán de poder, en la decisión de acallar la voz de la conciencia, y en el deseo de poseer riquezas sin fin.

    El sexto sucesor de Jeroboán I fue el rey Ajab (874-853 aC). Ajab y su esposa, Jezabel, hundieron el país en la idolatría (1Re 16,30-33). En tiempos de Ajab, el Señor suscitó al profeta Elías para recordar al pueblo la falsedad de la idolatría y para anunciarle que lo único que vale la pena es amar y practicar la misericordia (1Re 17-19.21; 2Re 1-2).

    Eliseo era el discípulo privilegiado de Elías (1Re 19,19-21). Cuando Elías murió, Eliseo continuó la tarea profética de su maestro (2Re 2,1-17). Sin embargo la tarea que aguardaba a Eliseo era ardua, pues Ajab gobernaba Israel y la nación estaba sumida en la injusticia y en la idolatría.

    Eliseo comenzó su ministerio profético con humildad y mucho sentido común. Seguramente, antes de iniciar la misión profética, Eliseo tendría un nombre que desconocemos; pero cuando comenzó su tarea quiso llamarse “Eliseo”. La palabra “Eliseo” pertenece a la lengua hebrea y significa “el Señor es el único capaz de salvar”. De ese modo, Eliseo, con sólo pronunciar su nombre realizaba una catequesis en bien de su pueblo. Anunciaba que sólo el Señor es capaz de salvar y, como contrapartida, denunciaba la falsedad de los ídolos.

    Eliseo inició su ministerio llevando a cabo tareas muy sencillas: condimentó un guiso para que sus compañeros pudieran alimentarse (2Re 4,38-41), y ayudó a un leñador a recuperar el hacha que había perdido (2Re 6,1-7). Eliseo comenzó con lo que podíamos llamar el apostolado de las pequeñas cosas. Recordemos que  los ojos de Dios, las cosas no son importantes por lo grandes que sean, sino por la intensidad del amor con que se hacen.

    La decisión de Eliseo de sembrar amor y bondad en su entorno, le convirtió en el “hombre de Dios” (2Re 4,9) que se preocupaba de los pobres (2Re 4,1-8) y los enfermos (2Re 5,1-19). Eliseo era un hombre de Dios porque era una persona de oración y un creyente que destacaba por la práctica de la caridad en las cosas pequeñas.

    La situación política de Israel empeoraba. Muerto Ajab, subió al trono Ocozías (853-852 aC.) y después Jorán (852-841 aC.). Ambos monarcas, arrojaron a la comunidad israelita en las zarpas de los ídolos (2Re 1,3; 3,1-3). Ante la gravedad de la situación, Eliseo comprendió que no podía limitar su tarea a la realidad cotidiana. El profeta decidió comprometerse políticamente para conseguir la trasformación social y religiosa de Israel.  El compromiso político de Eliseo le llevó a urdir un golpe de estado. El profeta hizo ungir a Jehú como rey de Israel, y combatió el gobierno déspota e impío de Jorán (2Re 9,1-26).

    El nuevo rey, Jehú (841-813 aC.), comenzó gobernando con justicia, pero, lentamente, fue abandonando la senda de los mandamientos y se precipitó en la idolatría (2Re 11,29-31). A pesar de la desidia del rey, Eliseo persistió en la predicación de la buena nueva y en la práctica de la misericordia hasta el final de su vida (2Re 13,14-19). La intimidad de Eliseo con Dios fue tan grande que, incluso después de morir, el contacto con sus huesos propició la resurrección de un muerto (2Re 13,20-21). Eliseo fue un hombre de Dios, valiente y constante en la vivencia del amor.

    La lectura cristiana de la Biblia percibe en el Nuevo Testamento el cumplimiento de las promesas de la Antigua Alianza. Los profetas preludian el advenimiento de Jesús, el profeta definitivo, y anuncian la esperanza del Apocalipsis: “dar testimonio de Jesús y tener espíritu profético es una misma cosa” (Ap 19,10).






lunes, 6 de marzo de 2017

¿QUIÉN ES EL PROFETA ELÍAS?

                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


El rey Salomón gobernaba dos reinos a la vez: Judá al sur, e Israel al norte. Cuando murió Salomón (ca. 930 aC.), ambos estados recuperaron la mutua independencia. Roboam (931-914 aC.), hijo de Salomón, gobernó Judá; mientras Jeroboam I dirigió los destinos de Israel (931-910 aC.).

    El reino de Israel era rico, pues disponía de las aguas del lago de Gennesaret y del regadío auspiciado por el cauce del Jordán. La rutas comerciales surcaban el reino y propiciaban el intercambio económico con los países vecinos: Siria y Tiro. Con el paso del tiempo, la capital de Israel se levantó en Samaría.

    Sin embargo, la Sagrada Escritura fustiga con dureza la expansión económica de Israel; pues a medida que el reino acumulaba riquezas olvidaba los mandamientos de Yahvé, y se dejaba atrapar por las cadenas de los ídolos. El ansia de “tener”, el afán de “poseer” y el desenfreno por “aparentar”, alejaban de la memoria del pueblo el recuerdo de Yahvé, el Dios liberador. La profecía de Amós describe sin tapujos la injusticia social que imperaba en Israel. La voz profética denuncia cómo se vende al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias (Am 2,6-7).

     Durante el reinado de Ajab (874-853 aC.), Ocozías (853-852 aC.) y Jorán (852-841 aC.), la injusticia social y el olvido de Yahvé corrompían con fuerza a la sociedad israelitas. Fue precisamente en ese período cuando aconteció el ministerio de Elías. El profeta fustigó la injusticia social y sembró en el corazón del pueblo la certeza de que Yahvé es el Dios que libera. El nombre “Elías” significa “mi Dios es Yahvé”; con ése nombre el profeta proclamaba su confianza en el Dios liberador y denunciaba la falsedad de los ídolos.

    Elías era conocido también con el apodo de “el tesbita”; probablemente por ser natural de Tisbé, localidad identificada con Khirbet el-Istib, en Galaad, a unos 25 km al norte del río Yabbok, en Trasjordania. Llevaba un manto de piel, típico de los beduinos del desierto, ceñido por un cinturón de cuero (2Re 1,8); de ese modo protestaba contra el lujo de la corte de Samaría. Exigía al rey y a todos los israelitas la conversión personal que debía expresarse en la decisión de construir un modelo social basado en la justicia (1Re 18,37). Su vida se caracterizó por la tarea personal a favor de los necesitados (1Re 17,7-16) y el compromiso político en favor de los pobres (1Re 21,1-29). Su intimidad con el Señor (1Re 19,11-13) le hizo descubrir la necesaria militancia política para desterrar la maldad y plantar la justicia social (1Re 19,15-16).

    La misión que emprendió Elías contra la idolatría y la injusticia le granjeó la persecución por parte del rey Ajab y de su esposa Jezabel. La persecución hundió al profeta en la depresión hasta el punto de desearse la muerte (1Re 19,4). Ante el acoso del desánimo, Elías hizo lo único posible y eficaz: descansó y recobró la serenidad, profundizó en el conocimiento de sí mismo, reforzó su amistad con Dios y decidió, después, continuar su cruzada contra la injusticia. No debemos permitir que el desánimo nos arroje en las zarpas del pasotismo. Cuando el desaliento se apodere de nuestra alma es necesario que sepamos tomarnos un tiempo de reposo, es decisivo que busquemos la compañía y el consejo de un buen amigo, que ahondemos en nuestra relación con Dios, y que recordemos los valores que nos impulsaron antaño a la vivencia cristiana.

    Elías no se rinde ante la tentación de desánimo, sino que emprende un viaje hasta el monte Horeb. El Horeb es una montaña especial. Yahvé se reveló a Moisés en el monte Horeb y le confirió la misión de liberar a los israelitas esclavos en Egipto (Ex 3,1-4,17). La tradición identifica el Horeb con el monte Sinaí, el lugar donde Dios entregó a Moisés los “Diez Mandamientos” (Ex 20,117). El viaje de Elías desde Berseba de Judá hasta el Horeb es la metáfora que expresa el viaje interior del profeta para recuperar los fundamentos de su fe. También simboliza el esfuerzo del cristiano para recuperar, en los momentos de confusión, las notas esenciales de la vivencia del evangelio.

    A largo del viaje, Elías palpó el auxilio divino, recuperó su amistad con Dios y refirmó su compromiso político en favor de la justicia social. Ciertamente, saber escuchar la voz de Dios que resuena en el hondón de nuestra alma y estar atento al latido del mundo, constituyen los ejes que permiten sembrar la semilla de Dios en el corazón de la humanidad.


lunes, 27 de febrero de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA LA SERPIENTE DE BRONCE?




                                        Francesc Ramis Darder
                                        bibliayoriente.blogspot.com 


Muy a menudo, la vida humana discurre por la senda de la idolatría. El afán de poder, el ansia de poseer bienes sin medida, y el afán por la superficialidad y la apariencia delinean, demasiadas veces, el curso de la existencia del ser humano. El episodio de la Serpiente de bronce constituye, entre otros aspectos, un relato que subraya la estupidez de la idolatría para invitarnos a volver la mirada hacia el Señor y hacia la hondura de la Palabra.

  
Comenzamos el estudio ofreciendo la traducción del relato, después trazamos la estructura, a continuación esbozamos el aspecto literario y teológico, a la vez que señalamos las interpretaciones principales; una breve conclusión cierra el estudio.
 
1.Traducción.

Los israelitas partieron del monte Hor camino del mar de las cañas, rodeando el territorio de Edom. En el camino, el pueblo acabó la paciencia y hablaba contra Dios y contra Moisés, diciendo: ¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? No hay comida ni agua, y estamos hastiados de este alimento miserable.

    Entonces, el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras que los picaban. Murieron muchos israelitas, y el pueblo fue a decir a Moisés: Hemos pecado contra el Señor y contra ti. Intercede ante el Señor para que aleje de nosotros estas serpientes.

    Moisés intercedió por el pueblo, y el Señor le respondió: Hazte una imagen de la serpiente y ponla sobre el estandarte, y todos los que hayan sido picados, si la miran, salvarán la vida.

    Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un estandarte. Cuando la serpiente picaba a alguno, si miraba la serpiente, salvaba la vida.

2.Estructura.

El relato presenta cuatro apartados coloreados por conceptos teológicos, a saber, pecado, castigo, conversión, salvación. Los investigadores denominan “interpretación deuteronomista de la historia” a los textos bíblicos que presentan estos cuatro apartados; el calificativo “deuteronomista” procede de la relación que presentan los pasajes con el Deuteronomio.

a.Pecado: El pueblo habla contra el Señor y contra Moisés (Nm 21,4-5).

b.Castigo.El Señor envía serpientes abrasadoras contra el pueblo (Nm 21,6).

c.Conversión. El pueblo reconoce el pecado e implora la intercesión de Moisés (Nm 21,7).
d.Salvación.El Señor ordena a Moisés la elaboración de una serpiente de bronce; cuando un israelita, picado por las serpientes, la miraba, se curaba (Nm 21,8-9).

3.Caraterísticas del relato.

3.1.Perspectivas teológica de la ruta geográfica.

Como dice el relato, “Los israelitas partieron del monte Hor camino del mar de las cañas, rodeando el territorio de Edom” (Nm 21,4). Cuando emprenden la ruta, siguen el itinerario que el Señor les había ordenado en Nm 14,25: “partid por el desierto camino del mar de las cañas”; así la ruta manifiesta la obediencia a la orden divina. El monte Hor constituye un hito significativo en el camino hacia la tierra prometida; es el lugar donde Moisés tomó las vestiduras de Aarón para ponérselas a Eleazar (Nm 20,22-27), y es también el lugar donde murió Aarón (Nm 33,37-39). Así pues, cuando la comunidad, obediente al Señor, emprendió el camino del mar, dejando el monte Hor, había experimentado un cambio importante en el aspecto cultual, Eleazar, hijo de Aarón, había sido investido sacerdote por manos de Moisés.

    La expresión “rodeando el camino de Edom” alude a motivos logísticos, pues el rey de Edom había vetado el paso a los israelitas (Nm 20,14-21), pero aun así trasparece motivos teológicos. La referencia a Edom constituye, entre otros temas, una metáfora de la idolatría que desteje a la comunidad hebrea (Is 34,5-15), por eso la decisión de “rodear el territorio de Edom” puede aludir simbólicamente al empeño por “evitar la idolatría” y guardar fidelidad al Señor. En definitiva, Nm 21,4 viste los temas teológicos con motivos geográficos del viaje; pues el pueblo, obediente al Señor, emprende la marcha bajo el liderazgo sacerdotal de Eleazar, y prevenido contra la idolatría, simbolizada por Edom.

3.2.El pueblo se rebela contra Dios y Moisés.

Como especifica el relato, “en el camino, el pueblo acabó la paciencia” (Nm 21,4b); sin duda, la mención del “camino” alude al “camino del mar de las cañas”. El topónimo “mar de las cañas” asociado al sustantivo “camino” solo aparece en cuatro ocasiones en la Escritura (Num 14,25; 21,4ª; ver Dt 1,40; 2,1). Las dos citas del Deuteronomio recogen la orden de Dios a su pueblo, mencionada ya en Nm 14,25: “partid […] camino del mar de las cañas”, y recogida de nuevo en Nm 21,4ª: “los israelitas partieron […] camino del mar de las cañas”. De ahí que la expresión “camino del mar de las cañas” es casi específica de los Números y, como decíamos antes, la marcha por el “camino del mar de las cañas” certifica la obediencia del pueblo a la voluntad divina. Desde esta perspectiva, la locución “en el camino” podría expresar, bajo el vocabulario del viaje, la realidad teológica de la fidelidad del pueblo al designio divino; pues la Escritura también recoge el sentido teológico del camino para expresar la obediencia del pueblo a los mandamientos (Dt 5,33).

    Cuando el pueblo estaba “en el camino”, acabó la “paciencia”; literalmente “perdió el aliento”. En el conjunto de la Escritura, la locución “perder el aliento” alude al desánimo del Señor, incapaz de soportar el sufrimiento del pueblo idólatra (Jue 10,16), y también refiere el agotamiento de Sansón, acosado por Dalila, metáfora de la tentación  idolátrica (Jue 16,16). La profecía de Zacarías conjuga las dos acepciones de los Jueces, por una parte, el Señor pierde la paciencia con sus ovejas, metáfora de Israel, y, por otra, las ovejas pierden la paciencia con el Señor (Zac 11,8). Desde esta perspectiva, cuando Nm 21,4 sentencia que el pueblo pierde la “paciencia”, no alude solo al hastío físico, sino que devela la obstinación de la asamblea contra la voluntad divina y contra el caudillaje de Moisés. El relato ratifica la obstinación con la mayor contundencia: “hablaba contra Dios y contra Moisés” (Nm 21,5).

3.3.El pueblo habla contra Dios y contra Moisés.

Numerosos episodios exponen la murmuración del pueblo, pero solo Nm 21,5 especifica que la comunidad “murmuraba contra Dios y contra Moisés”. El libro de los Números señala, a menudo, como Dios habla con Moisés para comunicar sus designios a la asamblea, y relata como Moisés anuncia al pueblo el mensaje divino (Nm 11,24; 10,1). Conviene que nos detengamos en dos precisiones. Primera: cuando el libro de los Números especifica que Dios se dirige a Moisés, utiliza la locución “el Señor”, literalmente “Yahvé”. Segunda: cuando Moisés, en nombre de Dios, ha de dirigirse a la comunidad, el libro de los Números suele valerse de la expresión “los israelitas”, literalmente “los hijos de Israel”.

    Ambas precisiones permiten matizar la actitud del pueblo que “murmuraba contra Dios y contra Moisés”. Por una parte, la palabra “Dios” no traduce el término “Yahvé/el Señor”, sino la palabra “Elohim”; por otra, la mención de la comunidad, habitualmente designada con la locución “los israelitas”, figura con el término “pueblo”. Cabe pensar, pues, que el estilo literario de Num 21,5, “el pueblo […] murmuraba contra Dios y contra Moisés”, está pensado incluso literariamente para enfatizar la especial manera con que el pueblo hostil se dirige contra Dios y contra Moisés. Así, el texto enfatiza que “hablar contra Dios y contra Moisés” implica la decisión de invertir profundamente el buen sentido de las relaciones amorosas que el Señor y Moisés establecen con la comunidad que peregrina hacia la tierra prometida.

    A continuación, el relato especifica la queja contra Dios y Moisés: ¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? (Nm 21,5b). No es la primera vez que aparece una queja semejante. Antes de cruzar el mar, los israelitas dijeron a Moisés: “¿No había cementerios en Egipto para que nos hayas traído a morir en el desierto?” (Ex 14,11). En Masá y Meribá, la comunidad recriminó a Moisés: “¿Por qué nos has sacado de Egipto para hacernos morir de sed?” (Ex 17,3). Junto a Meribá, resuena otra vez la queja: “¿Por qué nos sacasteis de Egipto para traernos a este lugar maldito?” (Nm 20,5). El tono de la queja no deja de aumentar. Antes de cruzar el mar, el pueblo hablaba contra Moisés; en Masá y Maribá, la asamblea vuelve a clamar contra Moisés; en Meribá, la crítica vocifera contra Moisés y Aarón; y en el relato de la serpiente, la protesta va contra el Señor y Moisés.

    El libro de los Números tiende a presentar Egipto como ámbito del bienestar perdido: “¿Cómo nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde?” (Nm 11,5). Sin embargo, la perspectiva de las primeras páginas del libro del Éxodo es distinta; el país del Nilo despunta como la tierra de la esclavitud de los israelitas (Ex 2,23). El tema del desierto figura, entre las líneas de los Números, como “el lugar maldito” (Nm 20,5) donde los israelitas sobren la muerte, como señala el relato de la serpiente (Nm 21,5). A modo de contraluz, en los inicios de la epopeya del éxodo, el desierto ofrecía un aspecto positivo; en nombre de Dios, Moisés y Aarón dicen al faraón: “Deja marchar a  mi pueblo para que celebre en el desierto una fiesta en mi honor” (Ex 5,1).

    Desde este horizonte, el relato de la serpiente de bronce ofrece una transmutación del sentido teológico de las palabras “Egipto” y “desierto”. Al principio del Éxodo, Egipto era el lugar de esclavitud, pero en los Números aparece como el lugar añorado; mientras el desierto, ámbito donde celebrar la fiesta del Señor, despunta como el lugar donde la comunidad sorbe la muerte. Recordemos que la trasmutación de valores, el empeño por llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, constituye una manifestación de la idolatría (Is 5,20). Así pues, cuando el relato de la serpiente muestra que la comunidad trastoca el sentido de los términos “Egipto” y “desierto”, está denunciando la idolatría que contamina a la asamblea. ¿Cuál es la idolatría que deshace a la comunidad?

    Tres meses después de la salida de Egipto, el pueblo alcanzó el Sinaí para trenzar la alianza con el Señor (Ex 10,1-Nm 10,10). El calado de la alianza modificó la identidad teológica del pueblo. La asamblea sometida al capricho del faraón (Ex 1,1-22) amaneció, después de la lianza, como la comunidad que emprendió el camino del desierto a las órdenes de Dios, transmitidas por Moisés (Nm 10.13). En el Sinaí, el Señor forja la comunidad sobre el yunque de alianza; dice el Señor: “Si me obedecéis y guardáis mi alianza, vosotros seréis el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos […] seréis para mí un reino de sacerdotes, una nación santa” (Ex 19,5-6). La identidad nueva no es una cualidad que posea el pueblo por si mismo, sino una condición privilegiada que nace de la elección divina. La alianza obliga al pueblo a romper con la idolatría para adherirse a la voluntad del Señor (Dt 12,31).

    El relato de la serpiente de bronce señala la ruptura de la comunidad con las clausulas de la alianza; lo establece, como dijimos, cambiando el valor de los términos “Egipto” y “desierto”, pero también con la apreciación del desierto como lugar adverso: “No hay comida ni agua, y estamos hartos de este alimento miserable” (Nm 21,5). Conviene precisar que la primera frase no es cierta, aunque el pueblo esté en el desierto, dispone de comida y agua, así lo sentencian los Números cuando comentan el don del maná, las codornices y el agua de Meribá (Nm 11,4-9.31-35; 20,1-13).

     El sentido del término “maná”, el alimento del desierto, no se agota en el aspecto alimenticio, abraza el ámbito teológico. Dijo el Señor a su pueblo: “Voy a hacer llover pan del cielo. El pueblo saldrá […] a recoger la ración diaria; así los pondré a prueba, a ver si actúan o no según mi ley” (Ex 16,4; Nm 11,4-9); conviene observar el paralelismo entre el maná y la ley. Entre los alimentos que Dios ofrece a su pueblo para cruzar el desierto que conduce a la tierra prometida, el maná constituye una metáfora de la ley, el don del Señor a su pueblo para que durante su historia, alegoría del desierto, pueda dar testimonio de Dios.

    La ley, escondida bajo la figura del maná, es el alimento que Dios ofrece a su pueblo. No obstante, la asamblea desprecia el maná: “estamos hartos de este alimento miserable” (Nm 21,5). La profecía de Jeremías y Ezequiel vincula la raíz “miserable” con el entorno idolátrico (Jr 4,24; Ez 20,25; 21,26). Recogiendo la analogía, la comunidad del desierto, valiéndose del término “miserable”, equipara la ley del Señor, oculta tras la imagen del maná, con la falsedad de los ídolos.

   Por si fuera poco, el maná, alegoría de la ley, provoca el hastío de la asamblea. El libro del Levítico pone en labios de Dios el término “hastío” para amonestar al pueblo contra las  insidias idolátricas: “No imitéis las costumbres de las gentes que voy a expulsar delante de vosotros; estas gentes han practicado todas estas cosas (idolatría) hasta hastiarme en lo más hondo” (Lv 20,23). Mientras el pueblo siente hastío por el alimento miserable, eco del maná, alegoría de la ley, el Señor siente hastío por la conducta de los paganos, ajenos a la ley y adictos a la idolatría. Así, cuando el relato de la serpiente denuncia el hastío del pueblo ante el alimento miserable, metáfora de la ley, equipara a la asamblea del desierto con los paganos idólatras que el Señor expulsará de la tierra prometida (Dt 9,4; Jos 3,10). No es extraño, pues, que el Señor decida fustigar la perfidia de su pueblo, valiéndose, en este caso, de las serpientes abrasadoras (Nm 21,6).

3.4.El Señor responde al pueblo

Cuando la asamblea cae en la idolatría, representada por el hastío y el rechazo de alimento miserable, irrumpe el castigo divino: “el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras que los picaban”; la consecuencia fue nefasta: “murieron muchos israelitas” (Nm 21,6). Aunque hay serpientes abrasadoras en el desierto, el interés del relato no es geográfico, sino teológico; perfilemos, pues, el valor de “las serpientes abrasadoras”. El tema de la serpiente aparece en otros dos ámbitos del Pentateuco. La serpiente engaña a Eva provocando la expulsión del hombre y la mujer del jardín del Edén; entonces Dios, furioso contra la serpiente, la condena: “serás maldita entre todos los animales” (Gn 3,14). Cuando Moisés se presentó ante el faraón, trasformó, gracias al auxilio divino, su bastón en serpiente (Ex 4,3; 7,15). Aunando ambas sentidos, cuando el relato se vale de las serpientes para mostrar la embestida del Señor, señala, por una parte, que Dios castiga la asamblea con el más pérfido de los animales, pero por otra sugiere que la plaga de las serpientes está, como lo estaba el bastón, bajo el control de Moisés, enviado de Dios. Las serpientes abrasadoras constituyen el más duro castigo divino contra el pueblo idólatra, pero, aunque el castigo sea cruel, está bajo el control de Dios.

    ¿Qué representa el castigo de las serpientes abrasadoras? Veamos un ejemplo en la profecía de Ezequiel. Cuando Samaría abandonó a Dios para entregarse a los asirios, el Señor tomó una decisión drástica: “la entregué en manos de […] los asirios que […] mataron a sus hijos a espada” (Ez 23,5-9). De modo análogo, el pueblo que desprecia el maná, símbolo de la ley, para adentrarse en la idolatría, sufre el castigo divino, describo bajo la picadura de las serpientes, símbolo de la decisión divina de abandonar al pueblo en las fauces de la idolatría que practica.

3.5.El pueblo suplica la intercesión de Moisés

Herido por las serpientes, eco de la misma idolatría que le consume, el pueblo acude a Moisés: “Hemos pecado contra el Señor y contra ti” (Nm 21,7). Mediante la expresión “hemos pecado”, el pueblo reconoce su caída en la idolatría, manifestada por el rechazo del “alimento miserable”, eco del desprecio de la ley. Confesado el pecado, la asamblea requiere el auxilio de Moisés: “Intercede ante el Señor para que aleje de nosotros estas serpientes” (Nm 21,7). Adoptando la actitud intercesora de los profetas (Dt 18,15-20), Moisés suplica el amparo divino. El pueblo herido por las serpientes, metáfora de los ídolos, eco del rechazo de la ley, suplica del Señor que las aleje. La súplica trasparece el deseo del pueblo por retornar a las pautas de la ley, escondida bajo el ropaje del maná, el alimento del desierto.

    Dios había enviado contra el pueblo “serpientes abrasadoras”, pero el pueblo implora del Señor que aleje “las serpientes” y no las “serpientes abrasadoras”. Conviene recalcar que el pueblo no menciona las serpientes en plural, sino en singular y con artículo determinado; literalmente, dice el relato: “[…] que aleje de nosotros la serpiente”. A lo largo de la Historia Primera (Gn-2Re), la locución “la serpiente” solo aparece en el relato del Paraíso y en la Serpiente de bronce.

    Seducidos por la serpiente, Adán y Eva desdeñaron el aliento que Dios les ofrecía, los árboles del jardín, para probar el fruto del árbol prohibido. Como consecuencia, el Señor los expulsó del Edén hacia una tierra de cardos y espinas. De modo parejo, cuando la asamblea del desierto menosprecia el maná, llamándolo “alimento miserable”, metáfora del desprecio por la ley, muchos israelitas caen en el camino hacia la tierra prometida, eco del Paraíso, para morir en el desierto, la tierra seca y sin agua, metáfora del campo de cardos y espinas. Desde el horizonte metafórico, cuando la asamblea del desierto implora la intercesión de Moisés ante el Señor “para que aleje de nosotros estas serpientes”, está pidiendo que Dios aleje la idolatría que diezma al pueblo que peregrina hacia la tierra prometida.

     La asamblea del desierto se convierte en idólatra cuando desprecia el maná, metáfora de la ley, como “alimento miserable”; entonces sufre el flagelo de las “serpientes abrasadoras”, alegoría de la virulencia con que Dios permite que la idolatría diezme la asamblea para que, más tarde, arrepentida de su pecado, percibe la falsedad idolátrica y emprenda el regreso hacia el regazo divino. Es el Señor quien envía serpientes abrasadoras; cuando el pueblo sucumbe a la idolatría, el Señor permite que se enfangue a fin de que, más tarde, dándose cuenta de la perversidad, recupere el ansia por volver al regazo divino (ver: Is 10,1-6.24-27). Bajo la imagen de las serpientes abrasadoras trasparece el peso de la idolatría que desteje al pueblo que despreció el maná, eco de la ley, para que la comunidad herida llegue a reconocer el pecado y emprenda el camino del encuentro con Dios.

3.6.La respuesta del Señor.

Atento a la súplica, Dios ordenó a Moisés: “Hazte una imagen de la serpiente y ponla sobre un estandarte”; después, el Señor expone el motivo: “todos los que hayan sido picados, si la miran, salvarán la vida”. ¿Por qué ordena el Señor a Moisés la elaboración de una serpiente? Como hemos referido, el libro del Éxodo muestra la habilidad que el Señor confirió a Moisés sobre la cuestión de las serpientes, pues su bastón se transformaba en serpiente para convertirse después otra vez en bastón (Ex 4,3). La orden de elaborar una serpiente sugiere la confianza que el Señor deposita en Moisés para que pueda conjurar la tentación idolátrica.

    Obediente al Señor, Moisés fabricó una serpiente de bronce y la puso sobre el estandarte (Nm 21,9). A lo largo del Éxodo, el término “bronce” aparece vinculado a cuestiones de cariz cultual: detalles del santuario (Ex 25-31), ritos de purificación (Lv 6,21) y enseres litúrgicos (Nm 17,4). De ahí que podamos pensar que la serpiente de bronce, forjada por Moisés, constituya una figura cultual (Nm 21,9.9); además Moisés no la levanta sobre “un estandarte”, sino sobre “el estandarte”, recalcando así su posición privilegiada en el ámbito litúrgico. Si una serpiente picaba a alguien, cuando el herido la miraba, salvaba la vida. Observemos que la serpiente que miran los heridos ya no es “una serpiente de bronce”, sino “la serpiente de bronce”. En nuestra opinión, el aspecto determinado, “la serpiente”, refuerza el aspecto cultual de la imagen, como también lo hace el carácter determinado del estandarte, “el estandarte”. Así pues, “la serpiente de bronce” conforma la imagen cultual forjada por Moisés, a las órdenes de Dios, capaz de salvar a quien la mira. ¿Qué puede significar?

    Aunque la Escritura arremete ferozmente contra la idolatría (ver: Jr 8), también la ridiculiza para subrayar la incapacidad de los ídolos para quebrar el empeño salvador de Dios (Is 44,9-20). Así, Isaías alude a los ídolos con la mayor dureza: “son una nulidad, sus obras una nada, viento y vacío son sus estatuas” (Is 41,29). La serpiente de bronce constituye un enser litúrgico que subraya la estupidez de la idolatría. El hastío y el desdén hacia el maná, alegoría del desprecio por la ley, provoca que el Señor abandone el pueblo en la idolatría, representada por la picadura de las serpientes que lo diezman. Sin embargo, cuando un israelita, herido por la idolatría, contempla la serpiente de bronce, imagen litúrgica fabricado por Moisés, se da cuenta de la banalidad de la idolatría y puede emprender la ruta de la conversión, representada por la fidelidad a la ley. Desde la perspectiva pedagógica, la serpiente de bronce constituye una catequesis que instruye al pueblo sobre la falsedad de la idolatría; quien sufre el dolor de la idolatría, representado por la picadura de las serpientes abrasadoras, si mira la serpiente de bronce, reflejo de la estupidez de los ídolos, queda curado, pues apercibido de la banalidad de la idolatría puede emprender la senda de la conversión, representada por la fidelidad a la ley.     

3.7.Interpretaciones teológicas.

El libro de la Sabiduría confiere al relato una significación simbólica y ética: “(La serpiente de bronce) les recordaba (a los israelitas) los mandamientos de tu ley […] quien se volvía hacia él quedaba curado, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador de todo” (Sb 16,5-14). Las serpientes, símbolo de la idolatría, diezman al pueblo, pero quien se siente herido por los ídolos, si se vuelve hacia la serpiente de bronce, recuerdo de los mandamientos de la ley, obtiene la salvación, no debido a la imagen, sino gracias al Señor, el único Salvador.

    A tenor de II Reyes, el relato explicaría la presencia en el templo de Jerusalén de la serpiente  de bronce que el rey Ezequías mandó destruir; dice el relato: “Deshizo la serpiente de bronce hecha por Moisés (pues los israelitas continuaban todavía quemándole incienso; la llamaban Nejustán)” (2Re 18,4). Si el texto menciona la serpiente que forjó Moisés, la Escritura debería explicar la razón y la ocasión en que nació la imagen; por eso, sostiene los comentaristas, algún autor insertó el relato de la serpiente de bronce en el Pentateuco para perfilar el origen de la imagen que aun pervivía en época de Ezequías.

    Desde la perspectiva espiritual, la Misná no menciona la serpiente, sino su posición. La imagen cura porque obliga al herido a levantar la vista, metáfora de la conversión; pues el gesto obliga a despegar la mirada de la tierra, ámbito de la idolatría, para dirigirla hacia lo alto, la morada divina. El Nuevo Testamento percibe bajo la figura del estandarte del que pende la serpiente la alegoría de Cristo crucificado, el Salvador de la Humanidad. Cuando un israelita herido miraba la serpiente, obtenía la salvación, también el ser humano experimenta las picaduras de las sierpes, eco de las heridas del pecado, pero si dirige la mirada hacia Jesús crucificado, alegoría del amor de Dios por la humanidad entera, experimenta la salvación (Jn 13,14-15; 1Cor 10,9).

Conclusión.

El relato de la serpiente de bronce trenza una etapa del peregrinaje de la comunidad hebrea, liberada de la esclavitud de Egipto, hacia la tierra prometida. Hastiada del maná, la asamblea se rebela contra Dios y contra Moisés. Entonces, el Señor envía serpientes abrasadoras que diezman la asamblea. Ante la adversidad, el pueblo suplica el auxilio divino, símbolo del deseo de conversión. Entonces Moisés, obediente al Señor, elabora la serpiente de bronce; cuando un israelita era mordido por las serpientes abrasadoras, si miraba la serpiente de bronce, salvaba la vida. El episodio ha contemplado varias interpretaciones simbólicas y éticas; el NT percibe bajo la figura de la serpiente izada en el estandarte la figura del Hijo del hombre que fue levantado en lo alto para que todo el que crea en él tenga vida eterna

viernes, 24 de febrero de 2017

BÍBLIA EN CATALÀ


                                                                                      Francesc Ramis Darder
                                                                                      bibliayoriente.blogspot.com


BÍBLIA EN CATALÀ

http://www.bci.cat/

domingo, 12 de febrero de 2017

CUARESMA Y SEMANA SANTA 2017

ORACIÓN CUARESMA Y SEMANA SANTA 2017


 Francesc Ramis Darder
                                                                         bibliayoriente.blogspot.com




La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (S. Agustín).



Metodología para la oración:

1.Comencemos haciendo unos momentos de silencio; Sintámonos bien con nosotros mismos, en paz.

2.Observemos nuestra vida. Aquellas situaciones que nos alegran, y también aquellas que nos provocan angustia y dolor.

3.Leamos algún texto de la Sagrada Escritura (en estas hojas tenemos un conjunto de citas tomadas de la Biblia). Elijamos una cada día de la Cuaresma y de la Semana Santa. Leámoslo despacio. Fijémonos en alguna palabra o en alguna frase que pueda iluminar nuestra vida.

4.En nuestro interior vayamos repitiendo lentamente esta palabra o esta frase.

5.Apliquemos esta palabra o esta frase a la situación de nuestra vida que antes hemos contemplado. Pidamos a Dios que nuestro actuar vaya en consonancia con estas palabrasra que hemos repetido en nuestro interior.



MARZO

Día 1. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca
              de Dios” (Mt 4, 4).

2. “El Reino de Dios no tiene que ver con lo que uno come o bebe; camina en la
       justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (Rm 14, 17).

3. “Hermanos: Habéis sido llamados a la libertad, pero no os aprovechéis con
        egoísmo, sino al contrario: por el amor servios unos a otros” (Gal 5, 13).

4. “Aspirad a las cosas grandes ... sintonizad con las cosas de más arriba,
        no con las  de la tierra” (Col 3, 1-2).

5. “En verdad os digo: el comportamiento que habéis tenido con cualquiera de mis
      hermanos más pequeños, lo habéis tenido conmigo” (Mt 25, 40).

6. “No te avergüences nunca de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo”
      (2 Tm 1, 8).

7. “Dios es Espíritu, por eso aquellos que le adoran deben hacerlo en espíritu y en
      verdad” (Jn 4, 24).

8. “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad: en la oración, nosotros no
      sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona
      intercede por nosotros con gemidos”  (Rm 8, 26).

9. “Si alguno de vosotros quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su
      cruz y que me siga” (Lc 9, 23).

10. “Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” (Mt 6, 8).

11. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por
      añadidura” (Mt 6, 33).

12. “Si os mantenéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos, tendréis
      experiencia de la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

13. “¡ Cuántas gracias le doy a Dios por Jesús, Mesías, Señor nuestro !” (Rm 7, 25).

14. “El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo
       que  nos ha dado”  (Rm 5, 5).

15. “Seguidme y os haré pescadores de hombres”  (Mc 1, 17).

16. “No habéis recibido espíritu de esclavos para tener miedo, sino un espíritu de
        hijos, que nos hace clamar con fuerza: Abba, Padre” (Rm 8, 15).

17. “Dejad de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las
        echan a perder y donde los ladrones abren boquetes y roban”  (Mt 6, 20).

18. “Cuando hagas limosna, que tu mano izquierda no se de cuenta de que lo hace
        tu derecha” (Mt 6, 3).

19.“Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, paciencia, humanidad,
        bondad,   fidelidad, mansedumbre, control de uno mismo” (Gal 5, 22).

20. “Pues si perdonáis las culpas a los demás, también vuestro Padre del Cielo os
        perdonará a vosotros” (Mt 6, 14).

21. “Pienso que todos los sufrimientos de este mundo no tienen comparación con
        la felicidad que se ha de revelar en nosotros” (Rm 8, 18).

22. “Aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
       nosotros,  ¿ cómo es posible que con El no los lo regale todo ?” (Rm 32).

23. “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los
        cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el
        hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo ...”
        (Is 58, 6-7).

24. “El Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad”
        (2 Cor 3, 17).

25. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”
       (Mt 5, 3).

26. “Amad a vuestros enemigos y rezad por aquellos que os persiguen; así os
        asemejaréis a vuestro Padre del Cielo, que hace salir el Sol sobre buenos y
        malos y envía la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 44-45).

27. “Aquello que viene de fuera no puede ensuciar al hombre ... lo que le ensucia
        es   aquello que le sale de dentro” (Mc 7, 18.21).

28. “Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os
        tengo, y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos” (Jn 15, 9).

29. “A los ricos de este mundo insísteles en que no sean soberbios ni pongan su
        confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios que nos procura todo en
        abundancia para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17).

30. “Estad siempre alegres, orad constantemente, dad gracias en toda circunstancia
        porque esto quiere Dios de vosotros como cristianos” (1 Tes 5, 17).

31. “Si yendo a presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas allí que tu hermano
        tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte
        con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23).


ABRIL

1. “Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la
        viga que tienes en el tuyo” (Mt 7, 3).

2. “No basta decir  <Señor, Señor> para entrar en el Reino de los Cielos; no, hay
        que poner por obra el designio de mi Padre del Cielo” (Mt 7, 21).

3. “Acercaos a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré
        respiro” (Mt 11, 28).

4. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he
        amado, amaos también entre vosotros. En eso conocerán que sois discípulos
        míos: en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35).

5. No estéis agitados; fiaos de Dios y fiaos de Mí” (Jn 14, 1).

6. “No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os eleg a vosotros y os destiné a
      que os pongáis en camino y deis fruto” (Jn 15, 16).

7. “Os he dicho estas cosas para que gracias a Mí tengáis paz. En el mundo
      tendréis  apreturas, pero, ánimo, que yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

8.  “Por consiguiente acogeos mutuamente como el Mesías os acogió para honra
       de Dios” (Rm 15, 7).

9. “A nadie le quedéis debiendo nada más que el amor mutuo, pues el que ama a
      otro tiene cumplida la Ley” (Rm 13, 8).

10. “Esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común”
     (Rm 14, 19).

11. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
        (Mt 5,7).  

12. “Así que esto queda: fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa
      es el amor” (1 Cor 13, 13).

13. “Por consiguiente, queridos hermanos, estad firmes e inconmovibles, trabajando
      cada vez más por el Señor, sabiendo que vuestras fatigas como cristianos no
      son inútiles” (1 Cor 15, 58).

14. “El favor del Señor Jesús Mesías y el amor de Dios y la solidaridad del Espíritu
      Santo, estén con todos vosotros” (2 Cor 13, 13).

15. José de Arimatea descolgó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso
     en un sepulcro que estaba excavado en la roca; luego, hizo rodar una piedra
     sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban
    donde era puesto (Mc 15,46-47).

16. Jesús de Nazaret, el Crucificado, ¡HA RESUCITADO!  (Mc 16,6).