lunes, 24 de julio de 2017

VOCACIÓN DE JEREMÍAS Jr 1,1-9







  
                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


La sección comienza con el “Epígrafe” para señalar cuatro cuestiones (1,1-4). En primer lugar, adscribe a Jeremías el contenido del mensaje profético, pues la profecía comienza mencionando las “palabras de Jeremías” (1,1), mientras la penúltima sección concluye cerrándolas: “hasta aquí las palabras de Jeremías” (51,64). En segundo término, recalca que la predicación no procede de la iniciativa de Jeremías, sino de la determinación de Dios que le constituye como profeta; por eso, el calado de las “palabras de Jeremías” debe interpretarse desde “la palabra del Señor que vino sobre él (Jeremías)”; Jeremías es el profeta elegido por Dios para proclamar el mensaje divino en la sociedad de su tiempo.

    En tercer lugar, el “Epígrafe” adscribe la ascendencia de Jeremías, “hijo de Jilcias, uno de los sacerdotes de Anatot”. Así recuerda el oprobio de sus ancestros desterrados a Anatot; Jeremías está forjado desde sus orígenes en el sufrimiento, de ahí su confianza en Dios y su solidaridad con quienes padecen. En cuarto lugar, sitúa el misión de Jeremías en el entramado histórico: “el año decimotercero de su reinado (de Josías) […] hasta la deportación de Jerusalén en el quinto mes”; y en el ámbito geográfico: Anatot y Judá. Más adelante, e libro también señalará su relación con los deportados (c. 29) y su penar en Egipto (40,1-45,5); en definitiva, las palabras de Jeremías plasman la voluntad divina en una época adversa de la historia de Judá.

    A continuación, figura el relato de la “vocación de Jeremías” (1,4-19). Aunque el profeta narre el suceso, la triple rúbrica, “oráculo del Señor” (1,8.15.19), subraya la iniciativa divina en la vocación. El episodio se enmarca en el diálogo entre Dios y el profeta, acompañado de dos visones que sugieren la misión de Jeremías; la presencia de prosa y poesía preludia la textura poética y narrativa del libro. Cuando el Señor elige a Jeremías antes de que se formara en el seno materno, subraya que la vocación brota de la iniciativa divina; y cuando lo consagra y constituye profeta de las naciones, establece que su ministerio trascenderá el ámbito judío para llegar al mundo pagano. Al escuchar la llamada, el profeta tiembla; como Moisés, no sabe hablar, y como Samuel, es un niño (Éx 4,10; 1Sam 3,19). Sin duda, las fuerzas humanas son insuficientes para coronar el proyecto divino; por eso el Señor sentencia: “yo estoy contigo para librarte”; el auxilio divino sostendrá al profeta, por eso irá donde el Señor le envíe para proclamar la palabra (1,2).

    Después, el Señor extiende su mano, alegoría de su poder, para tocar la boca del profeta y poner sus palabras en su boca; pues los profetas son la “boca de Dios” entre su pueblo (ver Is 40,5). El don de la palabra expresa la autoridad que Dios le concede sobre pueblos y naciones para “arrancar y arrasar […] reedificar y plantar”; por eso Jeremías arremeterá, en nombre de Dios, contra la idolatría para arrancarla con intención de plantar la justicia. La tarea será ardua; por esa razón el Señor, valiéndose de la visión del almendro, promete su auxilio. El término “almendro” significa en hebreo “el árbol que vela”; durante el invierno, los árboles sin flores ni frutos parece que duermen, pero el almendro, con sus flores abiertas, vela el sueño de los otros árboles. Jeremías hablará al pueblo anclado en el invierno de la fe, carente de justicia como los árboles sin frutos. Aterido en el invierno de la idolatría, el pueblo desdeñará al profeta, pero no lo abatirán porque el Señor, metáfora del almendro, velará por Jeremías.


    A continuación, Dios muestra al profeta la olla hirviendo que se derrama desde el norte; la metáfora augura la fiereza babilónica contra Judá. El profeta debe prepararse ante el envite, “ceñir sus lomos”, para soportar la adversidad cuando proclame que el ataque es el castigo divino contra la malandanza del pueblo (c. 29). El Señor ha elegido y consagrado al profeta, pero se nuestra exigente: Jeremías, protegido por Dios, no debe temer, pero si sucumbiera y dejara de predicar, el Señor arremetería contra él. Cuando el Señor le convierte en plaza fuerte, columna de hierro y muralla de bronce, le hace testigo de su voluntad entre reyes, príncipes, sacerdotes y pueblo, ajenos a Dios y adeptos de los ídolos. Aunque el Señor augura un ministerio difícil, asegura la victoria del profeta: “no te podrán porque yo estoy contigo para librarte” (1,19; Gén 39,3).

martes, 27 de junio de 2017

¿QUÉ DICE EL PROFETA JEREMÍAS?



                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                           bibliayoriente.blgspot.com



Terminado el tiempo de Pascua y las solemnidades de la Trinidad y el Corpus, nos hemos adentrado en el tiempo que la Iglesia llama el “tiempo ordinario”, un tiempo que se prolongará hasta que volvamos a empezar el Adviento.

    El tiempo ordinario es el tiempo más habitual del ciclo litúrgico y se caracteriza, entre otras cuestiones, por los ornamentos verdes que los presbíteros vestimos en la Eucaristía. El tiempo ordinario tiene una espiritualidad propia. Nos invita a vivir en la vida ordinaria y habitual de cada día la presencia de Cristo resucitado que con tanta fuerza hemos celebrado durante la Pascua y las solemnidades. Durante el tiempo ordinario habrá siempre la invitación a poner en práctica nuestra fe, a vivir la misericordia con la sencillez y la cotidianidad de cada día.

    Un ejemplo de espiritualidad del tiempo ordinario aparece en la figura del profeta Jeremías, en la primera lectura que hoy hemos proclamado. Jeremías predicó en Jerusalén en la segunda mitad del siglo VI aC. Un día, cuando Jeremías era casi adolescente, el Señor lo llamó para convertirlo en profeta. La escena sucedió una mañana de invierno. Dios dijo a Jeremías; “Sal de tu casa y explícame lo que ves.” Jeremías salió y contempló el campo de su pueblo natal; vio el campo en tiempo de invierno; muchas higueras, y aquí y allá algunos almendros.

   Como sabemos, durante el invierno la higuera es un árbol gris, sin hojas ni frutos, un árbol que parece que esté dormido; pero como también hemos contemplado, el almendro en invierno es el primer árbol que florece, parece que con su flor vela el sueño de las higueras que en invierno parece que duermen; por ello, en lengua hebrea, el almendro se llama “el árbol que vela”, o “el árbol que cuida de los demás árboles”.
  
    Contemplada la escena, Jeremías dijo al Señor, he visto un campo de higueras, y aquí y allá almendros en flor, un paisaje de invierno. El Señor explicó la escena a su elegido. Dijo a Jeremías, mira, te mando a predicar a Jerusalén. Allí encontrarás un pueblo incapaz de escuchar, son como las higueras en tiempo de invierno, parecen dormidos, están cerrados a la Palabra de Dios y cautivos de la superficialidad. Sorprendido de la propuesta divina, Jeremías dijo al Señor; me mandas a predicar a un lugar difícil, un lugar donde la gente está dormida y no puede escuchar; y aún exclamó Jeremías: Señor, ¿y tú dónde estarás cuando yo predique a un pueblo que no puede escuchar porque está dormido para los valores de la trascendencia?

    Y el Señor respondió, yo seré tu almendro, yo velaré por ti y te protegeré mientras prediques mi Palabra a un pueblo que duerme. Y Jeremías se lanzó a vivir la propuesta; conocedor de que Dios era el almendro que le guardaba, vivió y predicó la Palabra de Dios en una época en que la gente estaba dormida, cerrada a la trascendencia.


    Tal vez, cuando Jeremías recibió la propuesta de ser profeta, pensó que tendría que hacer cosas espectaculares, acaso dividir las aguas del mar o subir al Sinaí, como había hecho Moisés. Pero Dios le pidió la espiritualidad del tiempo ordinario; sabiéndose protegido por el Señor, el almendro que le guardaba, poner amor y fidelidad en las cosas de cada día, a fin de dar testimonio ante la gente de que, dormida como las higueras, no podía escuchar la profundidad de la Palabra. La espiritualidad del tiempo ordinario no es una espiritualidad simple, implica, como toda la espiritualidad cristiana, la búsqueda de la santidad en los quehaceres de la vida cotidiana.

     Como dice el libro de las Antigüedades Bíblicas, Dios no necesita grandes multitudes para erigir su Reino, necesita la fidelidad de algunas personas que busquen la santidad en la vida cotidiana. En esta Eucaristía, demos gracias a Dios que protege nuestra vida, y pidámosle la fuerza para dar testimonio de la fe en un mundo que, aunque parezca dormido a la trascendencia, anhela, sin saberlo, la ternura del Reino de Dios.                   

sábado, 24 de junio de 2017

JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES


Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com




MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
19 de noviembre de 2017

No amemos de palabra sino con obras

1. «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18). Estas palabras del apóstol Juan expresan un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el «discípulo amado» ha transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús se hace más intensa debido al contraste que percibe entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).
Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al prójimo. Así, la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

2. «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres. Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3).
«Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados. El apóstol Santiago manifiesta esta misma enseñanza en su carta con igual convicción, utilizando palabras fuertes e incisivas: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre. Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? [...] ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta» (2,5-6.14-17).

3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres.
Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos. Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.
No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).
Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma.

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).
Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.
Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.
Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.

6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.
Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna.

7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la Jornada Mundial de los Pobres, que este año será el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado más genuino en el Gólgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el día de Pascua.
En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es «nuestro», y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación.

9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos —que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres—, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.

Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

Vaticano, 13 de junio de 2017
Memoria de San Antonio de Padua

Francisco

viernes, 16 de junio de 2017

¿QUÉ DICE LA CARTA DE JEREMÍAS?



                                            

                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                    bibliayoriente.blogspot.com
                                                                    




Como hemos dicho, la Carta de Jeremías constituye un escrito satírico, redactado en forma de carta bajo el aura de la pseudonimia, para prevenir a los judíos de la falsedad idolátrica, y alentarlos a modo de contrapunto a la búsqueda del Señor, el único Dios. La estructura de la Carta es sencilla: Exhortación (CJr 1-6), Sátira contra la idolatría (CJr 7-71), Conclusión final (CJr 72).

2.1.Exhortación (CJr 1-6).

La exhortación señala que el escrito es una copia de la Carta que Jeremías remitió a los prisioneros que iban a ser desterrados a Babilonia; en la Carta, el profeta les informaba de lo que Dios le había encargado comunicarles. Atento al mandato, el profeta recuerda que el exilio no procede de la coyuntura histórica, es el castigo divino contra el pecado de la asamblea (ver: 2R 21,10-15; Jer 25,8-14). Desde la perspectiva histórica, el exilio duró unos cuarenta años (597-539 a.C.), pero la exhortación lo extiende a siete generaciones.[1] Tanto el número “siete” como el vocablo “generación” aluden a la plenitud de un proceso histórico. Así pues, bajo la mención de las “siete generaciones”, la exhortación certifica la intensidad del proceso con que Dios purificará en el exilio al pueblo pecador para que, como sentencia la profecía jeremiana, quienes vuelvan sean los “higos buenos” con que Dios reconstruirá la comunidad hebrea (ver: Jr 24).

    Ahora bien, prosigue la exhortación, la comunidad desterrada sufrirá la seducción de los ídolos babilónicos; por eso, la Carta ofrece a la asamblea el mejor consejo ante la seducción idolátrica: “Cuando veáis a la multitud […] adorando a esos dioses, decid en vuestro interior: Solo tú, Señor, mereces ser adorado” (CJr 5). Por si fuera poco, el Señor ofrece, por boca de la voz profética, la protección de su ángel (CJr 6). A lo largo del AT, los ángeles representan al Señor que se comunica con su pueblo, o constituyen la mediación elegida por Dios para relacionarse con Israel (ver: Gn 18,1-15; Jc 6,11). En el marco de la Carta, la mención del ángel sugiere la protección que el Señor dispensa a la asamblea; pero también puede constituir un símbolo de la comunidad fiel que, atenta a la ley y la palabra (ver: Is 2,2-5), ilumina el camino de la asamblea, seducida por el embeleco idolátrico, hacia el encuentro con el Señor, el único Dios.

2.2.Sátira contra la idolatría (7-71).

La Carta adopta el estilo de la sátira. Como hemos indicado, el objetivo del género satírico estriba en provocar la burla del lector ante la realidad descrita. Cuando la sátira provoca la burla, convence al lector de la estupidez de la idolatría para remitirle a la escucha del Señor, el único salvador. Afinando la perspectiva literaria, la sátira puede estructurarse en diez secciones, separadas entre sí por un estribillo. Aunque la presencia de “diez” apartados pueda ser casual, o nacida de la intención del intérprete, también adquiere, a imagen del número “siete”, el sentido simbólico de la “totalidad”. Cuando la sátira deshace la falsedad de la idolatría mediante diez apartados, sugiere la plena ridiculización de todos los aspectos del medio idolátrico: imágenes, fabricantes, responsables del culto y devotos.

    El primer apartado remite a la tarea de los escultores y al cuidado que los sacerdotes deben prestar a los ídolos para que puedan sostenerse (CJr 7-14). Si las criaturas humanas limitadas, escultores y sacerdotes, deben socorrer a los ídolos, ¿cómo pueden ser dioses?”. Asentada la falsedad de las imágenes, la sátira advierte a los judíos: “No les tengáis miedo” (CJr 14). A menudo, la Escritura pone en labios del Señor la locución “No temas” (ver: Is 7,4) para indicar la protección que Dios ofrece a su pueblo. Así, cuando la Carta previene contra la falsedad de los ídolos, impele indirectamente al lector, seducido por la suntuosidad de los fetiches, a depositar la confianza en el Señor, el único que salva (ver: Is 43,11).

    El segundo apartado describe al material con que se fabrican los dioses: barro y madera; se llenan de polvo, se ennegrecen con el humo, soportan el revoloteo de murciélagos y golondrinas (CJr 15-22). La conclusión es obvia: “Todo esto pone de manifiesto que no son dioses”; por eso recalca la Carta: “No les tengáis miedo” (CJr 22). El tercer apartado enfatiza la ausencia de vida que enturbia a los ídolos, ni siquiera el oro que les recubre no puede brillar si alguien no lo bruñe (CJr 22-28); por eso, concluye la sátira: “se ve claramente que no son dioses, no les tengáis miedo” (CJr 28). El cuarto apartado (29-39) sentencia la incapacidad de los ídolos para emprender cualquier tarea, a saber, entronizar un rey, salvar una persona, devolver la vista a un ciego (ver: Is 41,23); una pregunta retórica sentencia la falsedad de los ídolos: “¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses?” (CJr 39).

    El quinto apartado satiriza la estupidez de los caldeos que, viendo la incapacidad de los fetiches para devolver la palabra a un mudo, son incapaces de rechazarlos; incluso las mujeres que los invocan para males prácticas se resisten a reconocer la falsía de los idolillos (CJr 40-44). Valiéndose de una cuestión retórica, la sátira abochorna la mendacidad idolátrica: “¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses?” (CJr 44). El sexto vuelve a referir los materiales que conforman las imágenes: madera, oro, plata (CJr 45-51); y concluye con sorna: “¿Habrá alguien que no se dé cuenta de que no son dioses?” (CJr 51). El séptimo vuelve a insistir en la incapacidad de los ídolos para cualquier tarea (CJr 52-56; ver: 41,23); y concluye: “¿Cómo se puede admitir o creer que son dioses?” (CJr 56).

    El octavo apartado sentencia que son incapaces de asegurar una casa, pues una puerta es más segura; el oro que los recubre suscita la apetencia de los ladrones; los ídolos son incapaces de imitar la tarea de los astros y las nubes (CJr 57-64); entonces, concluye la sátira: “Sabiendo que no son dioses, no les tengáis miedo” (CJr 64). El noveno denuncia que no pueden bendecir ni maldecir, ni brillar como el sol, ni protegerse a sí mismos (CJr 66-68); y concluye: “Nada puede demostrar que sean dioses, así que no les tengáis miedo” (CJr 68). El décimo define a los ídolos como espantapájaros, cadáveres abandonados, devorados por la carcoma (CJr 69-71), por eso advierte al lector: “Comprenderéis que no pueden ser dioses” (CJr 71).

2.3.Conclusión final (72).

La conclusión adopta un aspecto homilético y sapiencial que no puede ser más claro: “Vale más una persona fiel a Dios que no tiene ídolos, pues nunca caerá en el ridículo” (CJr 72). Como recalca la Escritura, la fidelidad al Señor radica en la observancia de la Ley y la Palabra (ver: Is 2,2-5); a modo de contraluz, sugiere la Carta, quien se abraza a la idolatría no solo se retuerce en el pecado (ver: Is 3), sino cae en el ridículo más estúpido (ver: Is 41,21-29).



[1] . Jr 25,12; 29,10 y Dn 9,2 establecen la duración del exilio en setenta años.

viernes, 9 de junio de 2017

¿QUIÉN ES EL BUEN LADRÓN? Lc 23,32-47


                                                                                         Francesc Ramis Darder
                                                                                         bibliayoriente.blogspot.com 



    Para experimentar en plenitud al Señor de la misericordia son necesarias dos actitudes: La humildad y la oración. Al analizar la perícopa del fariseo y el publicano (18, 9-14) comentamos la primera. Ahora describiendo la narración del "Buen Ladrón" (23, 32-47) intentaremos discernir el genuino sentido de la oración cristiana. Seguiremos el método que hasta ahora hemos utilizado y propondremos una lectura del texto en grupo.



1. Situación de la narración en el conjunto del Evangelio.


    Nuestra narración se sitúa en la tercera gran sección del evangelio: La Pasión y Resurrección de Jesús (19, 29 - 25, 53). Jesús comenzó su ministerio en Galilea. Después durante el largo viaje a Jerusalén comunicó a sus discípulos los secretos del Reino. Ahora, en la Ciudad Santa, Jesús llevará a término, en su propia persona, todas aquellas cosas que enseñó a los discípulos en el camino. Los relatos de la pasión del Señor, más que leídos deben ser meditados. La narración de la crucifixión y muerte de Cristo adquieren, en el tercer evangelio, algunas connotaciones especiales.


    Quizá lo más característico de Lucas sea que, a diferencia de los otros evangelios, no  insiste tanto en los detalles externos del sufrimiento; sino que se centra preferentemente en la explicación de la pasión interiorizada de Jesús. Lucas describe con maestría el drama interno de la pasión de Cristo.


    Algunos detalles externos  no aparecen en la narración de Lucas: No habla de la flagelación de Jesús; tampoco refiere el abrazo de Judas, se conforma con decirnos que el discípulo se acercó al Señor. Lucas describe con profundidad la lucha terrible que -durante la pasión-, se desarrolla entre Jesús y las fuerzas del mal. Jesús vence en esta batalla final porque "aguanta en la prueba ", y aguanta en la prueba porque se "sabe sostenido por Dios".    La referencia a la perseverancia aparece en otras ocasiones en el evangelio. Jesús anuncia a sus discípulos que también ellos serán perseguidos y les dice: " Todos os odiarán por causa mía, pero no perderéis ni un pelo de vuestra cabeza; con vuestro aguante conseguiréis la vida " (21, 19).


   Jesús no "aguanta" porque sí; aguanta porque hay un Dios que le sostiene en la prueba. La primera vez que Jesús toma la palabra en el evangelio de Lucas es para decirles a José y María: " ¿ No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre ? " (2, 49). La última vez en la que Jesús -antes de su muerte- habla, es para decir: " Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu " (23, 46).


   Toda la vida  de Jesús se halla enmarcada entre estas dos ocasiones en las que se dirige a Dios como Padre. La vida de Jesús es la manifestación cierta de que Dios es un Padre de infinita ternura y misericordia. Su vida refleja la verdadera naturaleza de Dios: El Padre de la misericordia. Manifestar la verdadera genuinidad de Dios, no le ha sido a Jesús una tarea fácil. Ha padecido mucho durante el tiempo de su predicación y mucho más durante su pasión. Pero ha "aguantado" con perseverancia, porque cree en un Dios Padre lleno de misericordia que sostiene y guía su vida. Eso será lo que le otorgará la victoria  final: " Ha resucitado " será la gran noticia que comunicarán los dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que acuden al sepulcro (24, 6).


    Con esa certeza en la paternidad de Dios, Jesús durante la pasión es el mártir que muestra una fuerza de alma y una bondad capaces de transformar incluso a sus verdugos y, a quienes lo condenan: Pilato lo proclama inocente en tres ocasiones (23, 4.14.22),  así como las mujeres y el pueblo (23, 27-28), el buen ladrón (23, 41), el centurión romano (23, 47) ...


    En el interior del drama de la pasión se halla el episodio de nuestro estudio. El texto nos presenta el extenso fragmento de la crucifixión y muerte de Jesús (23, 32-46), en el interior del cual y, dividida en dos partes aparece la historia del "buen ladrón" (23, 32-33; 39-43). Nos describe la última acción de Jesús en favor de los débiles; vierte su misericordia convertida en esperanza, en el corazón del "buen ladrón" a quien promete el Paraíso.


    En la sinagoga de Nazaret Jesús presenta su programa de actuación afirmando que en su tarea contará con la presencia del espíritu: " El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor " (4, 18-19).


    Después de los acontecimientos de la sinagoga, aparece la narración del primer milagro. El Señor cura a un hombre poseído por el diablo (4, 31-37). Jesús vierte su misericordia, convertida en curación en el corazón de aquel endemoniado.  En el último acto de su vida -justo antes de su muerte-,  Jesús derrama su misericordia en el buen ladrón descubriéndole el sentido de su existencia.


    La vida de Jesús no  es otra cosa sino el despliegue y la manifestación de la misericordia de Dios entre los hombres: El primer acto es un milagro y el último la misericordia con el "buen ladrón". La ternura de Jesús se sostiene en la certeza de hallase envuelto en las manos buenas de Dios Padre: Sus primeras palabras -ante sus padres- son para referirse a Dios como Padre, en su último grito pone su espíritu en manos del Padre.


    La narración de la crucifixión y muerte del Señor lleva a plenitud la descripción de los dos grandes ejes del evangelio. Dios es un Padre de ternura y misericordia, y Jesús es el Señor a través de quien descubrimos la paternidad y la misericordia de Dios. Dentro de ese relato, se halla la breve narración del "buen ladrón". Nos enseña la manera con la que podemos relacionarnos con ese Dios. La forma auténtica de  relación con el Señor es la plegaria. Pero -notémoslo bien- una plegaria que no es una evasión; sino que brota de una triple experiencia: La confianza, la gratuidad y el sufrimiento. Esas son las tres características de la oración del "buen ladrón".



2. Lectura del texto (Lc 23, 32-47).


    Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado "La Calavera", los crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús decía:

    - Padre, perdónalos porque no saben lo que se hacen.

    Se repartieron sus ropas echando suertes.

    El pueblo lo presenciaba. Los jefes, por su parte, comentaban con sorna:

    - A otros ha salvado; que se salve a él si es el Mesías de Dios, el Elegido.

    También los soldados se acercaban para burlarse de él y le ofrecían vinagre diciendo:

    - Si eres tú el Rey de los judíos, ¡ sálvate !.

    Además tenía puesto encima un letrero: "Este es el rey de los judíos".

    Uno de los malhechores crucificados lo escarnecía diciendo:

    - ¿ No eres tú el Mesías ? ¡ Sálvate a ti y a    nosotros !.

    Pero el otro lo increpó:

    - ¿ Ni siquiera tú, sufriendo la misma pena, tienes temor de Dios ? Y la nuestra es justa, nos dan nuestro merecido; en cambio, éste no ha hecho nada malo.

    Y añadió:

    - Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas como rey.

    Jesús le respondió:

    - Te lo aseguró: Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

    Era ya eso de mediodía cuando se oscureció el sol, y toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. La cortina del santuario se rasgó por medio. Jesús gritó muy fuerte:

    - Padre en tus manos encomiendo mí espíritu.

    Y dicho esto expiró.

    Viendo lo que sucedía, el centurión confesó:

    - Realmente, este hombre era justo.



3. Elementos del texto.


a. La Crucifixión.


    Morir en la cruz era un suplicio extremadamente duro.  Los romanos condenaban a ese tipo de muerte a los encausados por motivos políticos y, a todos aquellos a quienes deseaban dar un castigo ejemplar.  En el caso de Jesús hay una sentencia del sanedín que le condena a muerte (Mt 26, 66; Mc 14, 64; cf. Lc 22, 66-71). Pero el consejo judío decide trasladar el caso a la jurisdicción romana, acusándole de perturbador político y de rebelión contra el imperio (23, 1-2). Posiblemente los judíos pensaran que los simples cargos religiosos contra Jesús -el llamarse Hijo de Dios-, no tendrían peso suficiente ante el prefecto romano. De ese modo es Poncio Pilato quien entrega a Jesús para ser crucificado (23, 24-25).


    El tercer evangelio no nos describe la flagelación de Jesús, pero era habitual azotar cruelmente al reo antes de crucificado. La tortura causada por los azotes era muy cruel. El látigo estaba formado por tiras de cuero que sostenían en su extremo bolitas de plomo o pequeños huesecillos. Los golpes arrancaban materialmente la piel y la carne. Una vez flagelado, el reo tomaba sobre sus espaldas el travesaño horizontal de la cruz y se encaminaba hacia el Calvario (en arameo Gólgota). El que iba a ser crucificado -durante su camino hacia el Calvario-, llevaba colgada del cuello una tablilla donde se hacía constar la causa de la condena.


    El Gólgota era una roca de unos cinco metros de altura, que por la forma de su perfil recordaba vagamente la silueta de una cabeza. Era una zona situada fuera de la ciudad, donde existían los restos de antiguas canteras, y muy próxima a la muralla. En frente, a unos cuarenta metros de distancia, otra porción de roca se había aprovechado para hacer unas tumbas excavadas.


    Una vez llegado al Gólgota el reo era crucificado. Los clavos, habiéndole perforado  la parte posterior de las muñecas, se clavaban en el travesaño horizontal. Después era elevado y se clavaba en el poste vertical que aguantaba el peso del ajusticiado. Los pies -también clavados a la cruz- se sostenían apoyados sobre un trozo de madera, el cual permitía al condenado no asfixiarse y así se alargaba el suplicio de la tortura. En la cima del palo vertical se clavaba la tablilla en la que constaba el motivo de condena. En el caso de Jesús decía " Este es el rey de los judíos " (23, 38). Algunas veces para acelerar la muerte de los condenados se les quebraban las piernas con lo que fallecían por asfixia, o se les perpetraba una lanzada en el costado como golpe definitivo.


    Había dos costumbres de origen judío que habitualmente solían cumplimentarse con los ajusticiados. La primera consistía en proporcionar al reo una mezcla de vino y mirra destinada a adormecerle y, de esa forma, mitigar sus dolores. La segunda permitía colocar un paño alrededor de la cintura para cubrir sus partes. A la primera se refieren los evangelios (Mt 27, 34; Mc 15, 23). La segunda no se menciona pero cabe suponer que fuera también cumplimentada. Jesús -como el resto de condenados-, habría sido desnudado y sus ropas repartidas entre el piquete apostado al pie de la cruz. 


b. " Y dicho esto expiró ".


    Hemos presentado -en el apartado anterior-  las características externas de un proceso de crucifixión. Ahora vamos analizar el sentido de la pasión y muerte de Jesús. No podemos describir toda la pasión, nos ceñiremos al breve fragmento que estamos analizando (23, 32-47).


    * " Padre, perdónalos porque no saben lo que se hacen ".

    La acción de Jesús a lo largo del evangelio es una muestra constante de la misericordia de Dios. Su primer gesto consiste en la curación de un endemoniado (4, 31-37); su penúltimo gesto es el perdón otorgado a sus ejecutores. Recodemos que el perdón es una de las más genuinas manifestaciones de la misericordia de Dios, así nos lo enseñaba la narración de Zaqueo (19, 1-10).


    * Las referencias al Antiguo Testamento.

    Si tenemos la paciencia de observar con detenimiento, en nuestra Biblia, la narración de la pasión; observaremos que está plagada de referencias a la Antigua Alianza. Efectivamente, en Jesús llegan a su cumplimiento las promesas. Observemos algunas de estas alusiones a la Antigua Ley:


    - " Se repartieron sus ropas echando suertes ".

    Cuando un reo era ejecutado en la cruz, el piquete de guardia apostado junto al patíbulo, solía repartirse las ropas del ejecutado. Durante la crucifixión de Jesús sucedió lo mismo. Pero Lucas para describirnos este hecho cita textualmente el fragmento de un Salmo (22, 19). El Salmo 22 comienza con las conocidas palabras " Dios mío, Dios mío ¿ por qué me has abandonado ? " (palabras que Mateo y Marcos ponen en labios de Jesús en el momento de su muerte Mt 27, 46; Mc 15, 34).


    Este Salmo nos describe la situación de un justo que se siente abandonado y acorralado por todos. En su desesperación pide a Dios su ayuda y le promete que, hablará ante sus hermanos para comunicarles la grandeza de Dios. Lucas nota que este salmo alcanza su plenitud en la persona de Cristo. El es el prototipo de hombre justo que se encuentra acorralado por todos. Los guardias se reparten sus ropas (23, 34) como hicieron con el justo de nuestro salmo (Sal 22,19). Jesús será resucitado por Dios Padre y comunicará, mediante las apariciones a los discípulos, las maravillas de Dios (24); al igual que el hombre justo del salterio se proponía anunciar los prodigios divinos ante la gran asamblea (Sal 22, 24-31).


    - " Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu ".

    Son las últimas palabras de Jesús; en ellas se dirige confiadamente al Padre. Las primeras palabras del Señor, en el tercer evangelio, también nos hablaban de Dios Padre " ¿ No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre " (2, 49). La vida de Jesús ha sido la historia de la certeza que su vida esta custodiada en la buenas manos de Dios Padre. Pero nuestro evangelista, una vez más, para explicarnos esa seguridad echa mano de un texto del AT (Sal 31, 6).


    El Salmo 31 nos describe la historia de un justo que se  siente perseguido y se acoge en el regazo de Dios " A ti, Señor, me acojo " (31, 1). Durante su oración, el hombre perseguido comenta los motivos de su angustia; pero continuamente afirma sentirse en manos de Dios " Pero yo confío en ti Señor " (31, 15), " en tu mano están mis azares " (31, 16).  El drama interno de Jesús crucificado se describe muy bien mediante este Salmo. En el padecimiento de Cristo se cumplen las expectativas del Salmo. Jesús es el modelo de justo condenado que deposita su vida en las buenas manos de Dios.


    * La misericordia con el "buen ladrón", y la conversión del centurión romano.

    El último acto de la vida de Jesús consiste en derramar la misericordia en el corazón del "buen ladrón" e incorporarlo a su Reino. La muerte de Jesús suscita la conversión del centurión. Viendo la muerte de Jesús aquel hombre exclama " Realmente, este hombre era justo ". La muerte de Jesús es la síntesis de lo que ha sido su vida: Un esfuerzo de sembrar misericordia para suscitar el seguimiento.


c. " Los crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda ".


    La fe si no representa el todo en la vida  no significa nada en la existencia humana. Ante Jesús sólo cabe la aceptación plena o el rechazo. Cada uno de los ladrones crucificados a su lado representan una actitud contrapuesta. Describamos la actitud de cada uno de ellos.


    * " El ladrón que escarnece a Jesús ".

    Al pie de la cruz los soldados y los jefes del pueblo se burlaban de Jesús. La misma actitud muestra el ladrón que lo escarnece. Oigamos sus palabras: " ¿ No eres tú el Mesías ? Sálvate a ti y a nosotros ". Tanto este malhechor como los jefes del pueblo tenían una idea distorsionada de la figura del Mesías. Todos esperaban la llegada del Mesías, el Salvador de Israel. Todos creían que este liberador sería alguien deslumbrante que, con un poder espectacular, traería la salvación al pueblo judío.


    Nadie podía pensar que el hombre clavado en la cruz entre dos delincuentes fuera el Mesías ansiosamente anhelado por todos. Y Jesús es el Mesías. Aquel que nos salva, no desde el poder de las armas, sino desde el sufrimiento de la muerte. Aquel que nos libera, no desde la apariencia deslumbrante sino a partir del escándalo de la cruz.


    Este malhechor busca en la persona de Jesús una salvación particular: " Sálvate a ti mismo y a nosotros ". No le interesa demasiado la salvación de todo Israel; desea un Mesías hecho a su medida y para su propia salvación. ¿ Cuántas veces en nuestra vida no hemos buscado un Dios particular, hecho a la medida de nuestro deseo ?. Tampoco se preocupa por especificar las razones que le han llevado a la cruz. Es el otro malhechor,  quién se lo recuerda: " Y nuestra pena es justa ", le dirá su compañero de patíbulo.


    Este ladrón muere en la cruz a causa de sus fechorías. Pero es incapaz de darse cuenta de que lo que está padeciendo se debe a una condena por sus maldades. Recordemos que quien no se mira a sí mismo, quien no es realista ante la situación que le acontece no es humilde ante la vida. Ese hombre es el prototipo de persona orgullosa (como el publicano), incapaz de ver las faltas que hay en su vida y pedir perdón por ellas. La incapacidad de penetrar en su interior, le impide descubrir la identidad de Aquel que está crucificado a su lado. Aprecia en Jesús a un personaje que -como tantos otros- se ha identificado con el Mesías. Por eso participa -con actitud de sorna- en la burla de los soldados y jefes del pueblo.


    Notemos, pero, lo más importante. Aunque este malhechor sea completamente inconsciente de ello, Jesús está muriendo por él en la cruz a su lado. Cristo ha recorrido su vida predicando el Reino y anunciando que Dios es un Padre Bueno. Esa predicación de Jesús iba dirigida, especialmente, a los débiles, a los pobres, a los que sufren. Este ladrón sufre en la cruz, y tal vez, se lanzó al bandidaje porque era el único camino que le quedaba en la vida. El mensaje de Jesús estaba pensado, privilegiadamente, para él. No ha podido experimentarlo ni captarlo. Pero no por eso Jesús ha dejado de padecer en la cruz para inaugurar un Reino en el que el mal desaparezca y, en el que este ladrón pueda ser alguien feliz.


    * " El buen ladrón ".

    Como el mismo reconoce, padece la cruz a causa de sus propias culpas. Ante la situación que está padeciendo se hace una pregunta sensata: ¿ Cuál es mi responsabilidad ?. Esta pregunta denota la adopción de una actitud humilde, la actitud de ser realista ante los avatares de la vida. No da la culpa de su situación a una segunda persona, él mismo asume en sí mismo la propia responsabilidad de su miseria.


    Al ser capaz de verse a sí mismo tal como es, nace la posibilidad de comprender a los demás como realmente son. En el corazón del "buen ladrón" aparece la capacidad de ver a Jesús y a Dios como son verdaderamente. Afirma respecto de Jesús: " Este no ha hecho nada malo ". Cuando todos están burlándose de Cristo, sólo él -el prototipo de hombre humilde-, reconoce la auténtica persona de Jesús: " No ha hecho nada malo ".


    Si lo pensamos de una manera objetiva ¿ qué mal había hecho Jesús ? Pilato lo declara por tres veces inocente (23, 4.14.22). Solamente " el senado del pueblo, los sumos sacerdotes y los letrados " (23, 66) presentan ante Pilato acusaciones. Jesús no ha hecho nada malo. Su vida ha sido una denuncia constante contra todos aquellos que, desde su condición de poder, hacen el mal; y por eso -estos mismos- lo han condenado a muerte. El "buen ladrón" ha sido humilde, se ha mirado a sí mismo; eso le ha abierto los ojos para comprender la realidad del otro, la realidad de Jesús que muere a su lado.   


    Una vez que el ladrón ha percibido la verdadera realidad de Jesús, surge en el una segunda actitud: El temor de Dios " ¿ Ni siquiera tú, sufriendo la misma pena, tienes temor de Dios ? ". Detengámonos un momento a pensar ¿ Qué es el temor de Dios ?.


    Al comienzo del evangelio, el ángel de Dios se  dirige a Zacarías, a María y a los pastores, con una expresión muy semejante: " No  temas " (1, 13.30; 2, 10). La Virgen nos dirá en el "Magnificat": " ... y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen " (1, 50). Jesús, al dirigirse a Simón, le dice: " No temas. Desde ahora serás pescador de hombres " (5, 10).


    En el sentido  manifestado por estos textos, el "temor de Dios" no coincide con el sentimiento de pánico ante la presencia divina. El "temor de Dios" significa el ámbito en el que es posible percibir la misericordia de Dios. Una persona temerosa de Dios, es aquella que se sabe en el regazo de Dios, y desde la certeza de sentirse en Dios puede apercibirse de su ternura.


    El "buen ladrón" se halla padeciendo el cruel suplicio de la cruz. Allí, en medio del dolor, ha sido capaz de mirarse a sí mismo y con humildad reconocer los motivos de su crucifixión. La humildad le ha llevado a descubrir la naturaleza de Jesús: "Este no ha hecho nada malo". Del reconocimiento de Jesús nacerá el temor de Dios, la certeza de sentirse en el regazo de Dios. Y, finalmente, desde el temor de Dios brotará la auténtica plegaria: " Jesús acuérdate de mí cuando vuelvas como  rey ".


d. " Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas como rey ".


    En la cima del Calvario ocurre una única realidad: Jesús entrega su vida por todos los hombres. Tanto para los buenos como para los malos, tanto para aquellos que le escarnecen como para los que le admiran y aprecian. El anuncio del Reino y la victoria sobre la muerte es un anuncio para todos los hombres; tanto para los que conocieron a Jesús en Palestina como para nosotros que vivimos hoy. Jesús entrega su vida para la salvación de la humanidad, pero sólamente una persona ha sido consciente de este acontecimiento: El "buen ladrón".


    En este apartado nos detendremos en explicar la naturaleza de la oración. La humildad y la plegaria son los ojos del corazón. Las condiciones necesarias para experimentar la salvación que Dios nos otorga a través de su ternura. ¿ Qué es rezar ? Para explicarlo viajaremos hasta el Antiguo Testamento y distinguiremos dos tipos distintos de religiosidad: La religiosidad mítica y la bíblica.


    * La religiosidad mítica.

    El hombre antiguo habitaba un mundo especialmente hostil, las constantes guerras, las enfermedades y las catástrofes naturales, diezmaban la población. Ante la situación de impotencia, nacen en el corazón humano los sentimientos de la angustia y el miedo. El hombre, asustado, comienza a pedir ayuda a sus hermanos para poder subsistir ante las situaciones hostiles. Los otros hombres también sienten miedo y se ven incapaces de ayudar a su prójimo. Les viene justo aguantar su  propio miedo y sobrevivir en condiciones tan difíciles.


    El hombre cansado de pedir ayuda a los demás  y de no  encontrarla, decide levantar los ojos al cielo. Y allí descubre cosas grandes y majestuosos: El Sol, la Luna, los planetas, las nubes. Piensa que tal vez ellos podrían ayudarle a vivir sin miedo, y comienza a llamarles dioses. Luego inventa un culto, toda una serie de ritos dirigidos a convencer a estos seres, que él denomina dioses, para que le ayuden a sobrevivir entre el miedo de su vida.


    Las cosas no son tan simples ni tan sencillas, pero la religiosidad mítica responde -más o menos- a los parámetros que acabamos de describir: El hombre sufre, tiene miedo, no ve manera posible de subsistir con el miedo constante, se inventa la existencia de un Dios que le consuele; y luego, mediante toda una serie de gestos que denominamos culto, intenta convencer a ese Dios para que le ayude.


    * La religiosidad bíblica.

    El libro del Exodo nos presenta al pueblo de Israel sometido a una dura esclavitud en Egipto.  El Señor, con la intención de liberarlos, se aparece a Moisés y le dice: " He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra sus opresores, me he fijado en su sufrimiento. Y he bajado a liberarlos de los egipcios ... " (Ex 3, 7-8).  Yahvé envía a Moisés ante el faraón para liberar a Israel. Al final dice el Señor a Moisés para confortarle en su empresa: " Yo estoy contigo, y ésta es la señal de que yo te envío: < que cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña > " (Ex 3, 12).


    Delineemos los pasos del proceso de fe descrito en el Exodo. El pueblo sufre la esclavitud; antes de que Israel lo pida expresamente Dios mismo ha oído sus quejidos y le ha mandado un liberador. Moisés los liberará -con la fuerza de Dios- de la dura servitud. Dios dará al pueblo -sin que él aun pueda imaginárselo- la Tierra Prometida. Finalmente, la nación liberada subirá sobre la montaña a dar gracias a Dios por la liberación y la tierra recibida.



    ¡ Que diferencia entre la experiencia religiosa mítica y la bíblica !. En la primera el dolor humano lleva a la mente humana a inventarse la existencia de un Dios; y después los mismos hombres mediante el culto piden a este Dios que les libere del miedo de vivir. En la religiosidad bíblica el hombre también experimenta el dolor y el miedo. Pero en esas mismas condiciones, su experiencia religiosa es distinta. Es Dios quien se ha adelantado a ofrecerle la liberación: ¡ Dios nos ha amado primero !.


    El hombre bíblico se siente liberado por Dios. Su culto ya no es todo un conjunto de ritos complejos encaminados a convencer a Dios para que intervenga en la historia humana. Dios ya ha intervenido liberándole.  El culto del hombre liberado siempre es un culto de acción de gracias, por la acción salvadora que Dios ha realizado en su vida. La oración del hombre libre siempre es, en el fondo, acción de gracias. El hombre liberado se sabe siempre en las buenas manos de Dios. Tiene la cierta certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, si le conviene para su liberación, Dios mismo ya se la ha concedido antes de pedírsela.



    Volvamos de nuevo a la escena del Calvario. Allí hay dos ladrones padeciendo la dureza de la cruz. Igual que los israelitas en Egipto lanzan sus gritos de dolor. Pero incluso antes de que ellos gritaran Dios ya les había respondido. Jesús muere en la cruz y -sin que ellos lo sepan- inaugura el Reino de Dios, la nueva tierra prometida.


    El "buen ladrón" pide a Jesús: " Acuérdate de mí cuando vuelvas como rey". Jesús le responde: " Hoy estarás conmigo en el Paraíso". Antes de que el ladrón lo pida Jesús ya ha construido el nuevo Reino. En el fondo de la plegaria del malhechor hay una raíz de acción de gracias. Jesús habiéndole amado primero ha inaugurado el Reino en el que el buen ladrón pide participar.


    Dibujemos, ahora, brevemente las características de la oración del "buen ladrón".


    * Sufrimiento.

    El sufrimiento y el dolor constituyen uno de los misterios más importantes de la vida. No porque carezcan de explicación, sino porque son momentos privilegiados en los que Dios nos habla. Durante el exilio en Babilonia (587-538 a.C.) el pueblo hebreo pasó por uno de los momentos más duros de su historia. Pero fue sólo allí donde se encontró con la auténtica naturaleza divina. Descubrió a Dios como creador y liberador, tal como nos narra el profeta Isaías (Is 40-55).


    El "buen ladrón" desde la experiencia de su sufrimiento obtiene la "herencia eterna". El joven rico también pide a Jesús la "herencia eterna" (18, 18-23), pero le da miedo pasar el trago de la cruz y por eso, se marcha cabizbajo.


    * Confianza y Gratuidad.

    El "buen ladrón" pone su vida en manos de Jesús "Acuérdate de mí cuando vengas como rey". Una petición muy breve que condensa de forma excelente la opción cristiana. Toda su vida queda en manos de Jesús con total gratuidad. Que distinta es la "solicitud" de los hermanos Zebedeos: " Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda " (Mc 10, 35-40). Una petición que desconoce la naturaleza de Jesús y es, por demás, interesada. 


e. La persona de Jesús.


    La divinidad de Dios se aprecia a través de la humanidad de Jesús. Sólo en la cruz vemos el auténtico rostro de Dios. Un Dios que ha llevado su amor hasta el extremo de entregar su vida por amor. La plegaria del "buen ladrón" se dirige al auténtico rostro de Dios. Veamos algunos aspectos del rostro de Dios manifestados en el Jesús doliente en la cruz. Observémoslo mediante lo que dicen de Jesús los espectadores de la pasión:


    * " Este no ha hecho nada malo ".

    Esta frase nos recuerda, por contraposición, otro fragmento del evangelio, la narración del joven rico (18, 18-23): " Uno de los principales le preguntó. < Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna ? >. Le dijo Jesús: < ¿ Por qué me llamas bueno ? Nadie es bueno sino Dios ".


    El "buen ladrón" ha descubierto al único que es bueno, al que no ha hecho nada malo: Jesús. Y desde el sufrimiento de la cruz y desde el dolor de haberlo perdido todo, le pide lo único importante: Estar con él el Paraíso. El joven rico también pedía la "herencia eterna" pero sin pasar por la cruz. Un cristiano tiene como objetivo la "herencia eterna" pero sabe  muy bien que esa opción pasa por tomar la cruz de cada día y seguir a Cristo hasta el final.


    * " Este es el rey de los judíos ".

    Hemos comentado ya varias veces el sentido mesiánico de la vida de Jesús. El es el Mesías prometido a Israel que liberó a su pueblo, no con el poder sino con el servicio que le llevó a la cruz. Jesús reina desde una cruz. En Jesús crucificado sufren todos los hombres que a lo largo de la historia han padecido. Esta realeza de Jesús desde la cruz inspirará al apostól Pablo a describirnos vivamente el proceso del Señor (Flp 2, 6-11).


    * " La cortina del santuario se rasgó ".

    En la dependencia más sagrada del Templo había una cortina que ejercía una función simbólica. Separaba el espacio del Templo del resto del mundo. De esa manera el universo estaba dividido en dos espacios distintos: El espacio sagrado y el espacio profano. Con la muerte de Jesús esta cortina se rasga de arriba abajo. Cristo ha liberado toda la realidad humana. Ya no hay un espacio sagrado y un espacio profano enfrentados entre sí. Con Jesús todo ha sido liberado, ha comenzado el Reino de Dios para todos.



4. Síntesis final.


    La narración del fariseo y el publicano (18, 9-14) juntamente con el relato del "buen ladrón" (23, 32-46), nos describen las dos actitudes necesarias para experimentar conscientemente al Dios de la misericordia: La humildad y la plegaria. Ambos escritos son complementarios: De la humildad brota la oración, y la plegaria lleva a una vida humilde en manos de Dios.


    La crucifixión y el episodio del "buen ladrón" constituyen el "cierre" de los actos de la vida pública de Jesús. El Señor abrió sus labios para invocar a Dios como Padre y los cierra depositando su vida en las manos del Padre. Jesús comenzó ejerciendo la misericordia con el endemoniado de Cafarnaum (4, 31-37) y concluye su vida dando sentido a la existencia del hombre crucificado a su lado.


    La narración del "buen ladrón" nos ha comunicado una triple enseñanza. Dios es quien nos ha amado primero, nos ha liberado antes de que se lo pidamos. Por eso toda oración cristiana tiene en su raíz la acción de gracias. La más genuina oración cristiana nace del sufrimiento y se caracteriza por la gratuidad y la confianza total en Dios. Y, finalmente, la plegaria cristiana nunca implica la evasión, sino que conduce a vivir con mayor intensidad el mensaje evangélico: El deseo de estar -con Jesús- en el paraíso.


    El evangelio de Lucas aparece dirigido a un personaje misterioso. El llamado "Teófilo" que figura en el prólogo (1, 1-4). La palabra "Teófilo" significa "amigo de Dios". La amistad con Dios se labra especialmente en el diálogo personal con el Señor; es decir, en la plegaria. Al acercarnos a la "Palabra" de Dios oigámosla en actitud de plegaria, percibiendo la voz de Dios que llega a nuestra vida para liberarnos. La escucha constante de la Palabra de Dios modelará delicadamente nuestra vida y nos convertirá en lo que realmente estamos llamados a ser: "amigos de Dios".