domingo, 23 de junio de 2019

MESOPOTAMIA




                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Mesopotamia y el Antiguo Testamento

Ramis Darder, Francesc

Mesopotamia y el Antiguo TestamentoFormato impreso
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Colección: El mundo de la Biblia
Subcolección: El mundo de la Biblia
ISBN:978-84-9073-490-2
Código EVD:0800049
Edición:1
Páginas:240
Tamaño:170 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada mate con barniz UVI brillo, con solapas
Precio sin IVA: 19,23 €
PVP: 20,00 €
Versión digitalVersión digital: Precio:9,49 €
El conocimiento de la historia y la literatura de Mesopotamia constituye el entramado necesario para la buena comprensión de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. La narración del Diluvio se entrelaza con la epopeya de Gilgamesh; el Código de Hammurabi asoma entre la legislación bíblica; el zigurat de Babilonia deja entrever su silueta en la mención de la Torre de Babel; mientras la leyenda de Sargón orienta la mirada hacia la figura de Moisés.

El lector inquieto por conocer la relación entre la Biblia y el mundo oriental encontrará en este libro una guía para escuchar el eco de Mesopotamia entre las líneas de la Sagrada Escritura.

domingo, 16 de junio de 2019

TEOLOGÍA DE LOS SALMOS



                                                                       Francesc Ramis Darder
                                                                       biblioriente




Olga Nicolau-Balasch, Poesia hebrea antiga, forma i sentit. Lectures del llibre dels Salms, ed. Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2018, I-XVI + 660 pp. ISBN 978-84-9165-171-0.

La obra recensionada constituye la tesis doctoral defendida por la autora en la Facultat de Teologia de Catalunya (2017). Entre las páginas de la Introducción (pp. 1-12), señala los valores y los límites con que la investigación han buceado en la poesía sálmica: paralelismo, métrica, colonometría, y estructuralismo. Apreciando las aportaciones, percibe la limitación en su enfoque ajeno a la tradición hebrea. De ahí que proponga una nueva pista, centrada en la sugerencia del Talmud sobre los soferim: “Por eso eran conocidos los antiguos escribas/contadores (soferim), eran los que contaban (soferim) todas las letras que figuran en la Torah” (Qid 30ª). Evocando la tarea de los soferim como contadores, el estudio se adentra en el libro de los Salmos mediante el recuento de letras. Como base del estudio, recoge un solo manuscrito, B 19a (H. Bardtke ed. Biblia Hebraica Stuttrgartensia, Liber Psalmorum).

    La Primera Parte del estudio, “Cuando los Números aportaban sentido” (pp. 13-96), revisa la importancia de la numerología para vehicular el sentido teológico de los textos nacidos en Mesopotamia, Grecia e Israel. La cultura mesopotámica no se limitó a contemplar los números en el aspecto de cifras, también les confirió, a veces, un valor teológico; a modo de ejemplo, el perímetro de la muralla de Dür-Sarrukin, la fortaleza edificada por Sargón II, alcanza los 16280 codos, número que corresponde al valor numérico del título “Sargón”, de ese modo, aflora la metáfora de que el mismo Sargón (16280) es el protector de la urbe (16280). Los pitagóricos hablan de la tetraktis, referida a la divinidad bajo la figura de triángulo, el número sagrado y completo para representar el universo (1+2+3+4=10); el pitagórico Filoao, sentencia que solo puede ser narrado aquello que puede ser contado numéricamente. Al decir de la autora, si el pensamiento mesopotámico y heleno desvela el sentido teológico bajo la perspectiva numérica, también podría entreverse en la tarea de los soferim sobre el texto bíblico. Atendiendo a al criterio de quienes consideran el uso de la gematría durante la etapa de redacción de la Escritura (Gandz, Devoran, Scholem), la autora utiliza el más simple de los métodos gemátricos (Mispar Hekhrehi), que confiere valor numérico a las letras del alefato, para la interpretación del Salterio. Con intención de argumentar la eficacia de la gematría, ofrece relevantes ejemplos (Nm 1; 16; censo: 2Sam 24, 1Cr 21). Constatada la precisión, insiste en que el método gemátrico es del todo ajeno al estilo de la filosofía cabalística; es un método, utilizado por los soferim, que confiere estructura al texto y permite avizorar el sentido teológico profundo.

    La Segunda Parte, “Los Predecesores” (pp. 97-262), estudia la aportación de tres autores que desde la gematría han ahondado en el texto bíblico. Desde la perspectiva académica procedente de la crítica numerológica, Casper C. Labuschagne (pp. 97-154), parte de tres principios, a saber: los masoretas procedían al recuento de versículos, palabras, y letras; el método gemátrico estuvo en uso durante el período bíblico; y que la raíz spr puede entenderse como “contar numéricamente”, “narrar”, y “escribir”. Aun valorando la investigación, entiende que el planteamiento se aleja de la óptica de los soferim. Desde la óptica judía, Jacob Bazak (pp. 155-198), fundamenta el estudio del Salterio sobre la detección de centros aritméticos, números simbólicos, apreciación de frases y palabras en la isometría del poema. La perspectiva judía permite una mayor hondura en el análisis gemátrico del Salterio; aun así, la autora discrepa de la valoración numérica conferida a ciertas palabras, extraídos de textos distintos del Salterio (ex. twb = 17). Desde el horizonte monástico, Ramon Ribera-Mariné (pp. 199-261), inspirándose en las aportaciones de Westermann y Enciso, y atento a la perspectiva de los soferim, establece la estructura del Salterio desde las indicaciones ofrecidas por los títulos: Sal 1-2; 3-32; 33 y 34-41; 42-72; 73-89; 90-92; 93-100; 101-110; 111-112.113-118; 119; 120-134; 135-137; 138-145; 146-150. No se limita a esbozar la estructura, ahonda en el sentido teológico. La perspectiva de los soferim evocaría, desde la nomenclatura actual, la lógica borrosa o calidoscópica; pero, como es obvio, la investigación de Ribera-Mariné constituye, como remarca la autora, un trabajo pionero y original para el estudio del Salterio.

     La Tercera Parte, “Buscando nuevos ejemplos” (pp. 263-594), desarrolla la triple perspectiva, descrita en la Segunda Parte (académica, judía, monástica), para apreciar nuevos ejemplos que atesten la tarea de los soferim. Atenta a la presentación mencionada, elige cuatro palabras clave para captar la teología del Salterio, en consonancia con la perspectiva de los soferim, a saber: feliz (`shr), David (dwd), bendito (brwk), y Sión (tsywn).

    A continuación, procede al estudio de treinta salmos que contienen las tres primeras palabras; por razones metodológicas, solo tiene en cuenta la última, Sion (tsywn), cuando coincide en el texto con una de las otras. Los salmos estudiados son: Sl 1; 2; 18; 28; 31; 32; 33; 34; 40; 41; 65; 66; 68; 78; 84; 89; 94; 106; 112; 118; 119; 122; 124; 127; 128, 132; 136; 137; 144, 146. La autora sitúa el texto hebreo del salmo en la página derecha, y en la izquierda el comentario. En el texto hebreo subraya el número de palabras, la distribución de los cuatro términos elegidos, y el centro aritmético, entre otros motivos; a lo largo del comentario, extrae, desde dos perspectivas concomitantes, el sentido teológico que destila el salmo. La primera se centra, atenta a la visión de los soferim, en el estudio de frases paralelas, palabras situadas isoméricamente, términos clave, relaciones literarias, y centros significativos, entre otros aspectos; la segunda recoge el comentario personal de la autora para de cada uno de los salmos con el apoyo de obras clásicas (Freuer, Hengstenberg, Dilitzch, Brigg, Gunkel, Ravasi, Alonso, Carniti, Hossfeld, Zengler, Vesco, Labuschagne). De ese modo, el estudio no se constriñe, ni mucho menos, a la perspectiva numérica, sino que, anclado en la tradición de los soferim, ahonda, con gran profundidad, en el sentido teológico de los salmos elegidos permitiendo al lector captar la espiritualidad del Salterio.

    Finalmente, figura una breve conclusión (pp. 595-602), un extenso elenco bibliográfico (pp. 603-624), y el índice de autores, citas bíblicas e índice general (pp. 625-660); las primeras páginas contienen las abreviaturas de libros y revistas (xiii-xvi).

    En síntesis; a lo largo del estudio, la autora atestigua la solvencia del método de los soferim para delinear la estructura y, sobre todo, el sentido teológico de los treinta salmos estudiados; así certifica que la exégesis puede, superando la perspectiva del análisis literario y adoptando la perspectiva numérica, ahondar en la comprensión del teológica del Salterio. A nuestro criterio, la valía del estudio reposa sobre tres pilares principales. El primero consiste en su vinculación con la tradición de los soferim, tan descuidada por la exégesis, no solo como “contadores materiales de palabras”, sino como quienes, valiéndose de los números, cincelan la teología sálmica. El segundo radica en el anclaje del planteamiento en el seno de la tradición académica, judía, y monástica (Labuschagne, Bazk, Ribera); de ahí que el comentario no se agote en la perspectiva literaria o numerológica, sino que aborde la perspectiva teológica. El tercero estriba, por una parte, en el planteamiento panorámico que emprende la autora (Mesopotamia, Grecia, Israel), junto a los numerosos ejemplos que ofrece para desvelar el valor de la gematría; y, por otra, en la adecuada elección de las cuatro palabras clave para el estudio del Salterio, además de la profundidad teológica que destila el análisis de treinta salmos. Conviene reseñar también la amplitud de la bibliografía aducida y la meticulosidad de las notas a pie de página. En definitiva, el estudio constituye una aportación señera y una valiosa llave, heredada de la tarea de los soferim, para la comprensión de la estructura y la teología del libro de los Salmos.

Francesc Ramis Darder
Universitat de les Illes Balears
c/Sant Bernat 1
07001 Palma de Mallorca
Illes Balears                         

martes, 11 de junio de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: LA ALIANZA CON ABRAHÁN


 Francesc Ramis Darder

                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

lunes, 3 de junio de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: ABRAHÁN


  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com


lunes, 27 de mayo de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: LA TORRE DE BABEL



Francesc Ramis Darder

                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

sábado, 25 de mayo de 2019

¿CUÁNTAS GENEALOGÍAS HAY EN EL GÉNESIS?




                                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com



    ¿Por qué aparecen Diez genealogías en el Génesis? Ante la dificultad de la respuesta, ensayemos una propuesta. Como hemos expuesto, los sumerios contaban con las falanges de la mano; así veinticuatro falanges, el número de ambas manos, equivalían al número perfecto desde la perspectiva divina. La decisión de contar por falanges puede simplificarse con los dedos; los diez dedos de las manos aludirían también a un número perfecto. De ese modo, bajo la metáfora de las Diez generaciones, los autores bíblicos habrían expresado la intención de Dios de constituir una comunidad perfecta, Israel, para que diera testimonio de la bondad divina ante las naciones paganas (ver Is 49,1-7). La comunidad elegida dará testimonio de Dios mediante la observancia de los mandamientos, recibidos en el Sinaí (Ex 20,1-17). Los mandamientos también se denominan las “Diez palabras”; aguzando la metáfora, la comunidad israelita, gestada durante Diez genealogías, dará testimonio de Dios mientras observe las Diez palabras, eco de los mandamientos

jueves, 2 de mayo de 2019

¿CÓMO ERA EL IMPERIO PERSA?



                                               Francesc Ramis Darder
                                               bibliayoriente.blogspot.com




El Imperio persa sobresale por su magnitud, desde el Helesponto hasta la zona septentrional de la India, adentrándose temporalmente en Egipto, y también por el cariz heterogéneo de su población, estructurada en variopintas etnias y religiones. El arco temporal de su historia, desde las conquistas de Ciro II (559-530 a.C.) hasta su ocaso bajo la espada de Alejandro Magno (334-323 a.C.), descansaba sobre dos aspectos políticos esenciales.

    En primer lugar, la corona permaneció en poder de la familia Aqueménida, cuyos soberanos, aureolados a imagen del dios Ahuramazda, detentaban el poder central y absoluto sobre las instituciones y la población del imperio; sin duda, la reforma de Darío I (522-486 a.C.) frenó las tentaciones nacionalistas de las regiones sometidas, deseosas de abandonar el férreo control del gobierno central.

      En segundo término, la reforma emprendida por Darío I estructuró la administración del imperio, a la vez que permitió a los jerarcas de las zonas conquistadas mantener las tradiciones locales, siempre bajo la supervisión aqueménida. No obstante, la debilidad del imperio radicaba, por una parte, en el mismo carácter absoluto del soberano, pues, como hemos visto, las conjuras palaciegas por la sucesión solían teñir de sangre la corte imperial, y, por otra, la vastedad del imperio dificultaba el control eficaz de todas las regiones.

    Como sostenía la teología aqueménida, el dios Ahuramazda manifestaba a través del soberano persa su empeño por mantener el orden de la creación; por eso la divinidad dotaba al rey, como reflejan las representaciones artísticas, de cualidades físicas y morales para gobernar según los principios del orden dispuesto por dios. Ahuramazda había elegido al rey para establecer el buen gobierno del imperio, la estabilidad del mundo y el bienestar del hombre.

     Así, toda la humanidad, y especialmente los súbditos del imperio, debían obediencia y veneración tanto a dios como al monarca, soberano absoluto y eje de la administración imperial. En ese sentido, los teólogos subrayaban que Ahuramazda había encumbrado a Darío I para que impusiera “orden” entre la “desorden” por el que había deambulado el imperio; el “desorden”, al decir de la teología persa, procedía de la “mentira”, alusión a la “injusticia” imperante en la corte, cuando Cambises abandonó Persépolis para adentrase en Egipto (cf. Inscripción de Behistum).

     Desde este horizonte, Darío I emerge como el monarca, físicamente fuerte y moralmente recto, entronizado por dios para instaurar el “orden” en el imperio “desordenado” por la “mentira”, eco de la “injusticia” implantada por la corte de Cambises. La misión teológica de Darío y sus sucesores  estribaba en implantar la justicia, manifestación del “orden” divino, en Persia y en las zonas subyugadas. Desde esta óptica, aunque el soberano fuera un monarca absoluto, no debía actuar como un déspota arbitrario, pues debía regir el imperio con las normas de la justicia, manifestación del orden deseado por dios.

     A modo de contrapunto, la teología entendía la insubordinación contra el soberano como un acto de idolatría, pues implicaba desdeñar la autoridad de Ahuramazda, encarnada en la persona del rey, para rendir pleitesía a dioses falsos, metáfora de la mentira, eco de la injusticia, que la rebeldía sembraba en la corte y el imperio. En este sentido, Jerjes expresó su intención de retomar el “orden” en el imperio, “desordenado” por conspiraciones e injusticias, a través del culto a Ahuramazda, la divinidad que, por mediación del soberano, establecía el “orden” del mundo.

     Las regiones conquistadas eran las dádivas que Ahuramazda concedía al soberano persa para que las engarzara en el “orden” de la creación deseado por dios. Por eso, desde la óptica teológica, las embajadas de los países sometidos debían acudir al palacio de Persépolis para entregar pingües dádivas como agradecimiento a la autoridad que el soberano ejercía, en nombre de dios, sobre la inmensidad del imperio; no en vano, la decoración de la escalinata palacial, que desembocaba en la sala del trono, estaba decorada con imágenes de naciones sometidas portando presentes para el rey, alegoría de la autoridad divina.

      A partir de la reforma de Darío I, los reyes ponían esmero en vincular su identidad con el linaje de Aquemenes, ancestro de la dinastía, y garante del auxilio de Ahuramazda. El monarca reinante elegía al sucesor entre sus hijos. Sin duda, la poligamia daba lugar a disputas entre las esposas y los miembros de la corte para la elección del heredero; de ahí las frecuentes conjuras que acababan con la muerte de algunos candidatos. El soberano elegía al sucesor en ceremonia pública. Con intención de aureolar al príncipe se le imponía la “tiara erguida”, un peinado persa, y bebía del “agua del rey”, seguramente agua recogida en la fuente reservada para el monarca. Junto a compañeros de la nobleza, el príncipe era educado por los magos, expertos en la cultura persa, el arte militar, y aspecto religioso. El príncipe elegido tomaba posesión del trono en la ciudad de Pasagarda, la residencia de Ciro II, fundador del imperio, mientras el ritual, de corte castrense, acontecía en el templo de Anahita, diosa de la guerra. El nuevo monarca se despojaba de su ropa para ponerse la vestimenta de Ciro, y comía alimento propio del soldado en campaña, así amanecía como el nuevo Ciro, imagen del general y rey ideal.

    Seguramente, los altos funcionarios ponían el cargo a disposición del monarca, como signo de acatamiento a la nueva autoridad, mientras el pueblo quizá obtuviera alguna remisión de la carga impositiva.[1] El monarca gobernaba con el apoyo de la familia aqueménida y la nobleza de alcurnia, que ocupaban los altos cargos del ejército, la administración, y los santuarios. Sin embargo, a partir de la reforma de Darío I, los nobles perdieron la paridad con el monarca hasta convertirse en servidores y vasallos del rey; aun así, gozaban, junto a la familia real, de la elitista educación ofrecida por la corte que les capacitaba para administrar, bajo el control de la corona, el imperio.

     La dependencia del monarca propició la aparición de complejas estructuras nobiliarias. A modo de ejemplo, los nobles más adictos al soberano eran llamados “hijos de la casa real”, y los militares más adictos portaban lanzas decoradas con manzanas de oro; el estamento noble más afín a la corona emparentaba matrimonialmente con la familia real y recibía valiosos regalos, como atestigua el llamado “Tesoro de Axos”, los bajorrelieves de Persépolis o la cerámica de Susa.[2] El aura divina que envolvía al rey coloreaba su funeral con el tinte tenebrista y piadoso; a su muerte, se apagada el fuego sagrado que, eco del esplendor del soberano, ardía en los templos, comenzaba un tiempo de luto hasta que el cadáver era enterrado, a las órdenes del heredero, en las tumbas de Pérsepolis (siglo IV a.C.) o en la necrópolis de Naqsh-i Rustam (siglo V a.C.).[3]

    El territorio imperial estaba dividido en satrapías, gobernadas por la nobleza persa, vinculada estrechamente a la corona; la corte regía el destino del imperio desde las ciudades reales, levantadas en Pasagarda y Persépolis. En líneas generales, las satrapías guardan parejo orden administrativo. El sátrapa, asentado en el palacio que había sido residencia del monarca de la zona conquistada, constituía la autoridad militar y política; bajo su autoridad, destacaba el tesorero, encargado del cobro de impuesto, y el administrador puesto al frente de los archivos.

     Una parte de los impuestos, abonados en especie o en metales nobles, permanecía en la satrapía, pero un montante considerable acababa en las arcas del gobierno central (Herodoro, 1,192). Excelentes vías de comunicación vertebraban el imperio y facilitaban la relación entre las satrapías y la corte central; esencial era la vía que unía Bactria, Carmania, Aracosia y la India, o el camino que conducía de Sardes a Susa. La magnitud de la satrapía determinaba la división en regiones menores, sometidas a la autoridad de un delegado del sátrapa; a modo de ejemplo, una de las regiones de la satrapía de Traseufratina, gobernada probablemente desde Damasco, era Jehud, administrada desde Jerusalén.

     Aun atento a la uniformidad administrativa, cada sátrapa permitía a la población local practicar su religión y cultivar idiosincrasia, mientras no entraran en confrontación con la autoridad persa; continuando con el ejemplo, el templo de Jerusalén, erigido en la región de Jehud, pudo continuar su tradición religiosa. No obstante, cuando una región se desmandaba podía sufrir la devastación de su templo; así sucedió con el santuario de Dídima o el de Atenas (Herodoto, 6,19; 8,53). Con suma habilidad, los persas alentaron los cultos de Babilonia y Egipto, las regiones sometidas de mayor extensión, para ganarse el favor del clero y la población local.

     No cabe duda de que los persas supieron aprovechar en beneficio propio las estructuras administrativas de las regiones sometidas; por eso alentaron el matrimonio entre dirigentes persas y esposas de la elite de los pueblos vencidos.[4] Ahora bien, aunque respetaran las lenguas vernáculos, impusieron el arameo como legua vehicular de la administración y, como hemos señalado, adoptaron la grafía cuneiforme para escribir el idioma persa con que lo que aureolaban el prestigio internacional de la corona. El arte persa marcó su impronta en los países conquistados; así lo atestigua la acuñación de moneda local con motivos persas, y en las joyas egipcias o en las copas babilónicas cargadas de motivos persas.

    A pesar de la uniformidad administrativa, la autoridad persa se valió de una administración especial en las zonas habitadas por nómadas; así los árabes, encargados de rutas caravaneras, ofrecían dádivas de incienso como tributo, los nómadas trashumantes de los Zagros entregaban parte del ganado, o los escitas, establecidos en el cauce inferior del Oxos, se alistaban en el ejército.[5]

    Como toda economía antigua, la persa se fundaba en la actividad agropecuaria; por esa razón, y al compás de los antiguos reyes mesopotámicos, los reyes persas desarrollaron la política hidráulica. La corona ejercía su autoridad sobre la distribución del agua a través de canales y embalses; así los soberanos persas controlaban los canales de Babilonia, establecieron canales en la zona septentrional de la meseta irania, y Darió I construyó embalses.[6] La corona poseía vastas tierras de labor, controlaba el comercio, o administraba la minería con el recurso de jornaleros y esclavos; como señalan los archivos de Persépolis, eran significativas las tierras propiedad de las mujeres de la corte.

     La nobleza también participaba en el control económico del imperio; así lo atestigua la correspondencia de Arsames, sátrapa de Egipto, o los archivos de la familia Murashu, saga dedicada al préstamo y al arrendamiento de tierras. Tanto la corte como las empresas mercantiles arrendaban tierras a colonos. La corona también concedía tierras a los soldados mientras no estaban en campaña para su cultivo; los colonos pagaban un arriendo, y se comprometían a participar en las tareas militares. El arriendo de tierras a soldados determinó que el ejército reclutara tropas de todas las regiones del imperio, a saber, caballería, infantería, carros de guerra, zapadores, arqueros, e intendencia; el numeroso ejército persa contaba también con mercenarios de origen griego, a la vez que algunos generales de los pueblos vencidos se incorporaban a ejército persa, un caso significativo se dio con Udjahorresnet, almirante egipcio que se adhirió a los persas después de la conquista de Cambises.

     Al parecer existía un ejército central, y otros ejércitos acantonados en las regiones conquistadas. Las numerosas fortalezas aseguraban la seguridad de las vías de comunicación y garantizaban el control de los pueblos sometidos; alguna vez, los persas emprendieron deportaciones de castigo en las zonas rebeldes. A modo de síntesis, cabe afirmar que la región irania, eje del imperio, experimentó un gran desarrollo durante la etapa aqueménida; las grandes capitales, Pasagarda y Pérsépolis, eran centros administrativos; las obras hidráulicas favorecieron el asentamiento de la población, anteriormente sedentaria, y acrecieron la riqueza; la multitud de regiones conquistadas aportaba grandes beneficios; la estructura militar y las vías de comunicación consolidaban el imperio; la percepción teológica de la realeza y su vinculación ideológica a Aquemenes propiciaban la continuidad de la dinastía; sin duda, como sostenían los antiguos, durante la etapa de mayor relevancia, la región evoca el esplendor del paraíso.[7]


[1] Sobre la elección, entronización, y educación del heredero: Arriano, Anábasis, 6.29.3; Diodoro Sículo 11.71.1, 17.94.4-5; Estrabón, 15.3.18; Heráclidas de Cumas, Apud Ateneo,12.51ª; Herodoto 6,59; Plutarco, Vida de Artajerjes, 3 
[2] .Sobre el funcionamiento y situación estamental de la corte aqueménida: Herodoto 1,134; 3,84.97.118-119.144; 7,41; 8,90; Jenofonte, Anábasis, 4,4. 
[3] Sobre el ceremonial funerario: Arriano, Anábasis 6.24.4-7; Diodoro Sículo, 17,94.4-5; 18.16-18.28.1.
[4] . Ver: Herodoto, 6,14; Jenofonte, Helénicas 3,1.10; 4.1.6-7.
[5] . Organización impositiva: Diodoro Sículo 17.108.4-6; Jenofonte, Helénicas, 4.1.16).
[6] . Heródoto 3,117; Polibio 10.28.
[7] . Diodoro Sículo, 19.21.2-4.

domingo, 21 de abril de 2019

Sri Lanka



                                           Francesc Ramis Darder
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El Papa Francisco triste por atentados en dos iglesias católicas en Pascua

BOMB BLAST SRI LANKA
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Las cifras de víctimas, según el último balance de policía y hospitales, se elevan a al menos 138 muertos y 400 heridos tras una serie de explosiones en al menos tres hoteles de lujo y tres iglesias en Sri Lanka, donde numerosos fieles celebraban el día de Domingo de Resurrección

“Me enteré con tristeza y dolor de la noticia de los graves atentados que precisamente hoy, día de Pascua, han traído luto y sufrimiento a algunas Iglesias y lugares de encuentro en Sri Lanka”, dijo el Papa Francisco este domingo 21 de abril, tras la tradicional bendición Urbi et Orbi desde el Balcón que mira hacia la Plaza de San Pedro.
Tres hoteles de lujo y dos iglesias fueron atacadas con explosivos en Sri Lanka. Todas las explosiones ocurrieron hacia las 8.45 horas, en al menos tres hoteles de lujo en Colombo y también en una iglesia de la capital, otra en Katana, en el oeste del país, y la tercera en Batticaloa, en el este de la isla, informó la agencia EFE.
El Papa lució solemne y mantuvo silencio por varios minutos al final de sus palabras y manifestó su cercanía hacia la pequeña comunidad cristiana en ese país, “golpeada, mientras se encontraba recogida en oración” y recordó a todas las víctimas de tan cruel violencia , sostuvo, “confió al Señor a los que han perecido trágicamente” y a los heridos. Encomendó a Dios a todos los que sufren debido a esta dramático evento.
La fiesta de la Pascua ha sido manchada con sangre, escenas terribles, cuentan los testigos a medios locales. Hablan de miembros amputados esparcidos por todos lados. Ambulancias y escuadras de auxilio, varias de las víctimas fueron llevadas a los hospitales más cercanos.
Imágenes difundidas por los medios locales muestran la magnitud de la explosión en al menos una de las iglesias, con el techo del templo semidestruido, escombros y cuerpos esparcidos mientras la gente trata de socorrerlos.
Los fieles celebraban el Domingo de Resurrección, el día más importante dentro de los ritos de la Semana Santa.
La iglesia de San Antonio de Colombo es uno de los edificios más emblemáticos de los cristianos en Sri Lanka. Un santuario nacional al que suelen acudir decenas de miles de personas durante la conmemoración de la figura a la que está dedicada, San Antonio de Padua.
Los ataques contra minorías religiosas en la isla se han venido repitiendo en el pasado, los últimos de relevancia en 2018, cuando el Gobierno tuvo que declarar el estado de emergencia después de se produjeran enfrentamientos entre musulmanes y cingaleses budistas con dos muertos y decenas de detenidos.
En Sri Lanka la población cristiana representa el 7%, mientras que los budistas son cerca del 70%, los hinduistas son el 15 % y los musulmanes el 11 %.