sábado, 9 de diciembre de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA VELAR?


                                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com



En la Eucaristía de este domingo, empezamos el tiempo de Adviento.; el tiempo litúrgico en que la Iglesia nos invita a preparar nuestra vida para recibir al Señor que viene a nosotros, no solo el día de Navidad, sino también al fin de los tiempos, cuando nos encontraremos con Dios cara a cara. Esta disposición para encontrarnos con el Señor, aparece en el evangelio con la palabra “velad”; decía el Señor a los discípulos: “Y lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad.” El significado del término “velar” va más lejos del simple estar despierto. Según el lenguaje bíblico, la palabra “velar” nos invita a elaborar un plan de vida para disponernos a acoger al Señor, que llegará a nosotros por Navidad. La Iglesia propone un plan de vida de cinco puntos para vivir en profundidad el Adviento.

Primer punto. El Adviento es un tiempo intenso de plegaria. Propongámonos intensificar nuestra relación con el Señor. Leamos la Sagrada Escritura; si meditamos un capítulo del evangelio cada día, escucharemos la voz del Señor que nos habla y nos acompaña. Vivamos con intensidad la celebración de la Eucaristía, con atención, recogimiento y participación.

Segundo punto. El Adviento es un tiempo de esperanza. En nuestras relaciones personales procuremos ser positivos y constructivos. Aportemos la luz del evangelio a los diversos ámbitos de nuestra vida personal y social, que todo el mundo perciba en nuestro comportamiento un ejemplo de vida cristiana. Hagamos nuestras les palabras de san Pablo: “Que todos los que os conozcan, os conozcan como personas de buen trato.”

Tercer punto. El Adviento es un tiempo de conversión. Convertirse significa cambiar, según las normas del Evangelio, nuestra forma de vivir. Supone pedir perdón a quienes hemos ofendido, y también saber aceptarnos a nosotros mismos. Durante el Adviento procuremos celebrar el sacramento de la Reconciliación, recibiremos el perdón del Señor, y sobre todo la gracia de Dios para crecer en nuestra vida cristiana y edificar el Reino de Dios.

Cuarto punto. El Adviento es un tiempo de solidaridad. La conversión implica la solidaridad con el prójimo y la opción en favor de los pobres. Participemos activamente en las campañas de Cáritas que organizan los grupos de acción social de nuestras parroquias. Estemos disponibles con quien necesite nuestra ayuda. Procuremos ser generosos en la colecta a favor de Cáritas que se realiza durante el Adviento o por Navidad en todas las parroquias, es una ocasión para hacer eficaz nuestra solidaridad con los que sufren.

Quinto punto. El Adviento es el tiempo litúrgico dedicado a María. La Virgen es el modelo cristiano del Adviento; más que nadie, ella esperó con amor maternal el advenimiento de Jesús, el Salvador del Mundo. Especialmente durante el Adviento, acerquémonos a María; percibiremos en ella a nuestra madre, la madre que llevó a Jesús en sus entrañas y le acompañó durante toda su vida hasta el pie de la cruz, para gozar después de la gloria de la resurrección.


 He aquí los cinco aspectos del programa cristiano del Adviento: oración, esperanza, conversión, solidaridad, y proximidad a María. En este primer domingo de Adviento, dediquemos un rato a elaborar nuestro programa personal; seguro que nos servirá para el encuentro personal con Jesús, el Salvador de la humanidad entera.

domingo, 3 de diciembre de 2017

¿QUIÉN ERA SARGÓN II?



                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com


La ascensión al trono de Sargón II aconteció entre las intrigas cortesanas del palacio de Kahlu. Como hemos reiterado, quedaba aún pendiente la profunda reforma administrativa. Desde la etapa de Salmanasar III, la solidez del reino dependía de la férrea disciplina impuesta por la corte, instalada en Kahlu; en ese sentido era cada vez más importante, como señalamos, el papel de los parientes del rey, eco de los grandes dignatarios de Kahlu, que fiscalizaban la conducta de gobernadores y reyes vasallos. Quizá Salmanasar V intentara una reforma que impusiera a las ciudades de antigua raigambre asiria nuevas obligaciones; así parece indicarlo la rebelión de la ciudad de Asur, sometida a leva militar y al pago de tributos. Posiblemente, tanto las rebeliones de las ciudades asirias como las intrigas de la corte, favorecidas por los parientes del rey, alentaron el golpe de estado que descabalgó a Salmanasar V y encumbró a Sargón II. La rebelión de Asur y otras ciudades, determinó que Sargón II dedicara las primicias de su reinado a sofocar las rebeliones internas (722 a.C.); así liberó a Asur y a las urbes rebeldes de las imposiciones militares y tributarias para rehacer la paz del reino.

    Enfrascado en la pacificación del país, el rey sufrió la sedición de Babilonia. ¿Cómo sucedió? Durante la etapa de confusión que desgarró Mesopotamia (ca. 1077-911 a.C.), algunas tribus semitas consiguieron asentarse en la región. Los litaû, puqudû y gambulû se instalaron junto a la frontera elamita, en el curso inferior del Tigris, mientras otro contingente, los caldeos, alcanzaron el antiguo país de Sumer. Con el tiempo, los caldeos dominaron la región de Babilonia; como hemos expuesto, Nabû-nâsir (747-734 a.C.), acosado por los arameos, suplicó el auxilio de Taglat-Phalasar III quien, a la muerte del usurpador Ukîn-zêr (731 a.C.), se proclamará rey de Babilonia con el nombre de Pûl. Más tarde, aprovechando la confusión asiria que determinó la caída de Salamanasar V, un dirigente caldeo, Marduk-apla-iddina (721-710 a.C.), asentado en las riberas del Golfo Pérsico, aprovechó la adversidad interna que atravesaba Asiria al inicio del reinado de Sargón II para aliarse con el soberano elamita, Humban-nikash I (742-717 a.C.), y proclamarse rey de Babilonia. Cuando Sargón hubo tomado el control de Asiria, se enfrentó con la alianza caldeo-elamita en Dêr (720 a.C.), en la región del Tigris medio; aunque la propaganda asiria adjudicara la victoria a Sargón, venció Marduk-apla-iddina y pudo mantenerse en el trono babilónico.

    Aprovechando también la confusión asiria tras el golpe que destronó a Salmanasar V, el rey arameo de Hama, en Siria nororiental, Ilu-bi-di (720 a.C.), había abandonado el vasallaje asirio; como insinuamos, Taglat-Phalasar III sojuzgó Hama, después deportó parte de su población a los Zagros y la sustituyó por arameos del Alto Tigris (743 a.C.), de ahí la inquina de hamaita contra Asiria. La rebelión de Ilu-bi-di habría podido provocar, apoyada en la confusión asiria, la sedición de las provincias sirias y cercenar la influencia asiria en la zona palestina. Cabe pensar que tras la intentona de Hama latía el taimado aliento de Egipto para quebrar indirectamente la creciente prestancia asiria. Sin duda, la influencia egipcia aflora bajo la sublevación de Hamuna, rey de Gaza, en territorio filisteo, contra Asiria, por las mismas fechas que la revuelta de Hama (720 a.C.). La respuesta asiria contra la rebelión fue de lo más contundente. Tras asentar su autoridad en la corte de Kahlu, Sargón II derrotó a Ilu-bi-di en Qarqar (720 a.C.), junto al Orontes en Siria, incorporó Hama al territorio asirio, y deportó a los sedicentes a Asiria; a continuación, venció al ejército egipcio y acabó con la revuelta de Gaza (720 a.C.). A pesar de la derrota, Egipto continuó intrigando contra Asiria. El faraón Bocchoris, último soberano de la Dinastía XXIV, alentó la revuelta de Judá, Moab y Edom, encabezada por Iamâni, rey de Asdod, en la región filistea, contra Asiria (712 a.C.). La victoria de Sargón sobre los rebeldes también alteró seriamente la política egipcia; Bocchoris cayó bajo la presión del nubio Shabaka (716-701 a.C.) que acabó con la Dinastía XXIV, para instaurar el gobierno de la Dinastía XXV, inaugurada antaño por Pianki (751-716 a.C.).

    La injerencia elamita había propiciado la pérdida de Babilonia, mientras la hostilidad egipcia había comprometido el esfuerzo de Sargón en el control de la región sirio-palestina; por si fuera poco, Urartu también intrigaba contra Asiria desde el norte. Años atrás, como expusimos, Asiria y Urartu habían pugnado por la supremacía política y el dominio de las rutas comerciales del norte. Como es obvio, la expansión urartea hacia Siria y la meseta irania anunciaba su penetración en el área mesopotámica y la consiguiente desaparición de Asiria. Ante la amenaza uratea, Taglat-Phalasar III había diezmado Urartu, pues asedió la capital, Tushpa, junto al lago Van, sin llegar a conquistarla. Desde entonces, la debilidad militar impedía a los urateos enfrentarse directamente con Asiria, por eso, al estilo de egipcios y elamitas, instigaban las revueltas contra el dominio asirio en la zona septentrional de Mesopotamia. En este sentido, el reino arameo de Carquemish, auxiliado por Urartu, aprovechó la convulsión reinante en la corte de Kahlu tras la ascensión de Sargón, para romper el vasalla ente Asiria. Dolido de la afrenta, Sargón conquistó Carquemish y lo convirtió en provincia asiria (717 a.C.). Más adelante (714 a.C.), Urartu instigó la belicosidad contra Asiria entre los medos, manneos y zikirtu que poblaban las riberas del lago Urmia. La política de Rusa I, rey de Urartu, consiguió que los manneos abandonaran el vasallaje ante Asiria para aliarse con los urarteos. La respuesta asiria no se hizo esperar. Sargón II tomó la ciudad urartea de Musair, en el noreste (714 a.C.); la conquista conllevó el suicidio de Rusa I y el ocaso de las intrigas que Urartu, valiéndose de las tribus septentrionales, emprendía contra Asiria desde el norte. Desde la perspectiva teológica y propagandística, Sargón revistió la campaña contra Urartu con el manto religioso de una carta dirigida al dios Asur, destinada a ser leída en público, para poner la contienda bajo la advocación de la divinidad nacional; por eso, arrasada Musair, el rey rapiñó la imagen el dios Haldi, deidad principal de Urartu, y la llevó a Asiria para poner de manifiesto la sumisión urartea, representada por la deportación de su dios, ante la superioridad asiria, simbolizada por Asur. No obstante, Urartu, contando con el apoyo del Mitâ, soberano de Mushki, en la región frigia, temeroso también de la supremacía asiria, alentó la rebelión de los principados neo-hititas, asentados en el Tauro, contra Asiria. Atento a la revuelta, Sargón conquistó los principados neo-hititas de Quê en la región cilicia, y Gurgum, Milid, Kummuhu, y parte de reino de Tabal, sobre el Taurus, para convertirlos en provincias asirias (712 a.C.); la conquista determinó el ocaso del papel intrigante de Mitâ, aliado de Urartu, contra Asiria.

    Asentado su dominio sobre el centro y norte de Mesopotamia, Sargón emprendió la conquista de Babilonia. La región, vinculada antaño con Asiria, había conseguido la independencia, como dijimos, gracias a la confusión que envolvió la ascensión de Sargón y al auxilio elamita, sin que las tropas asirias pudieran someterla por las armas (721/720 a.C.). El rey de Babilonia, Marduk-apla-iddina, jefe de la tribu caldea de Bît-Iakîn, había reunido bajo su cetro a las tribus caldeas instaladas en el territorio del antiguo País de Sumer (721-710 a.C.). Cuando Sargón invadió Babilonia, Marduk-apla-iddina se refugió en la fortaleza de Dûr Iakîn, bastión de su propia tribu (712 a.C.). Más tarde (710 a.C.), buscó refugio en Elam, su aliado. Sargón entró en Babilonia (710 a.C.); con intención de certificar su autoridad “tomó la mano de Bêl”, dios tutelar de Babilonia, para manifestar la solidaridad del dios caldeo con su dominio sobre las tierras babilónicas. La conquista de Babilonia aterrorizó a los reinos circundantes que se apresuraron, temerosos de sucumbir ante Asiria, a rendir pleitesía ante Sargón. Así lo hizo Mitâ, antiguo aliado de Urartu durante las intrigas de los reinos neo-hititas contra Asiria; Upêri, rey de Dilmun, enclave comercial en el Mar Rojo, frente a la península de Qatar; y los monarcas de Iatmana, antiguo nombre de Chipre, intermediarios del comercio en el Egeo y productores de cobre.


    Durante los años que median entre la conquista de Carquemish,  la obtención del dominio sobre los principados neo-hititas y la sumisión de Babilonia, Sargón edificó una nueva residencia al noroeste de Nínive, Dûr Sarrukîn, literalmente “fortaleza de Sargón” (717-706 a.C.). La nueva residencia permitía al monarca distanciarse de la corte de Kahlu, ámbito de intrigas palaciegas, para poder gobernar, sin las ataduras de la antigua nobleza aun carente de reforma administrativa, sobre la inmensidad de Asiria. La emblemática Dûr Sarrukîn conformaba un cuadrado rodado por una muralla (1,5x1,5 km); al norte, una muralla interior circundaba la ciudadela que albergaba el palacio real, el templo de Nabû, y un solemne zigurat. La altura a que se alzaba la morada real junto a las esculturas de toros androcéfalos que guarnecían las puertas enfatizaban la autoridad de Sargón. Sin duda, Dûr Sarrukîn significaba la cumbre del segundo renacimiento asirio, pero también quería apuntalar la legitimidad del rey que había subido al trono en medio de las intrigas de la corte de Kahlu.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

ADVIENTO 2017



                                                                                        Francesc Ramis Darder
                                                                                        bibliayoriente.blogspot.com



Durante el Adviento preparamos nuestra vida para recibir al Señor que viene a nosotros, no sólo el día de Navidad, sino sobre todo al final de los tiempos cuando nos encontremos con Dios cara a cara. La espiritualidad del Adviento se caracteriza por  cinco aspectos:


1. Tiempo de Plegaria.
   Propongámonos durante el Adviento intensificar nuestra relación con el Señor. Leamos y meditemos la Sagrada Escritura, estemos a la escucha de la Voz de Dios que nos habla; vivamos la Eucaristía con atención, recogimiento y participación.


2. Tiempo de Esperanza.
   En nuestras relaciones personales procuremos ser positivos y constructivos. Aportemos la luz de Cristo en los diversos ámbitos de nuestra vida personal y social, a fin de que quienes nos conocen perciban en nuestro comportamiento la auténtica vivencia cristiana.


3. Tiempo de Reconciliación.
   Preparar la llegada de Jesús implica la conversión de nuestra vida. Convertirse significa cambiar el estilo de vida y pedir perdón a quien hemos ofendido, dejarnos perdonar por nuestro prójimo, y  saber aceptarnos a nosotros mismos. Celebremos el sacramento de la Reconciliación; en él recibimos el perdón de Dios, la gracia y la fuerza del Señor para edificar su Reino en nuestro Mundo.


4. Tiempo de Solidaridad.
   La auténtica conversión implica siempre la solidaridad con el prójimo y la opción por los pobres. Participemos en las campañas de Caritas que organicen los grupos de Acción Social de nuestras parroquias. Estemos disponibles con quien necesita nuestra ayuda. Seamos especialmente generosos en la colecta en favor de Caritas que se realiza en Adviento o en Navidad en todas las Iglesias, es una magnífica ocasión para hacer real y eficaz nuestra solidaridad con quienes sufren.


5. Tiempo de María.
   La Virgen María es el modelo cristiano del Adviento. Ella esperó con inefable amor de madre al Salvador del Mundo. Acerquémonos a María, y percibamos en ella a nuestra madre que supo acompañar a Jesús desde su mismo seno hasta el pie de la cruz, para participar después de la gloria de su resurrección.


martes, 14 de noviembre de 2017

JEREMÍAS EN JERUSALÉN

                                                                                          Francesc Ramis Darder
                                                                                          bibliayoriente.blogspot.com


Los babilonios apresaron a Jeremías y lo llevaron a Ramá, pero Nabuzardán, general babilónico, atento a las órdenes de Nabucodonosor, liberó a Jeremías y lo confió a Godolías; de ese modo, pudo compartir la suerte de quienes permanecían aún en el país. Godolías era el gobernador impuesto por los babilonios sobre el extinto reino de Judá; de familia noble, su padre, Ajicán, había salvado a Jeremías de la ira de las turbas, mientras su abuelo, Safán, había sido ministro de Josías (Jr 26,24; 2R 22,3). Godolías instaló su cuartel en Mispá. Jeremías supo granjearse el beneplácito caldeo para permanecer al lado del pueblo. Los babilonios le consideraban adicto, pues, como sabemos, había aconsejado la rendición de los judaítas; pero, como hemos subrayado, el consejo del profeta no respondía a la exigencia babilónica, sino al interés por salvaguardar la vida del pueblo en Judá.  

    Cuando Godolías asumió la jefatura, los guerrilleros judaítas fueron a Mispá. Godolías les advirtió: “Quedaos en el país y someteos al rey de Babilonia y todo os irá bien” (Jr 40,7-10). Entre la voz de Godolías resuena el sentir de Jeremías; pues a los moradores de Judá, les había dicho: “Someteos al rey de Babilonia si queréis seguir con vida” (Jr 27,17). Sólo evitando la ira babilónica podía el pueblo subsistir. Los hebreos refugiados en las regiones limítrofes, animados por la disposición de Godolías, regresaron a Judá. Jeremías era la llama que aún alumbraba el recuerdo de la reforma.

    Sin embargo, el gozo pronto terminó. Ismael, judaíta de estirpe regia, asesinó a Godolías por instigación de Baalís, rey de Amón. El traidor también segó la vida de los oficiales del gobernador, acabó con la guarnición caldea acuartelada en Mispá, y mató a un grupo de peregrinos que iban a Sión. Ismael tomó como rehenes a las hijas del rey y a quienes aún quedaban en Mispá y huyó hacia la corte de Baalís. De pronto, otro caudillo, Juan, arrebató los cautivos de Ismael y los llevó al refugio de Quinhán, cerca de Belén. Con la intención de salvar al pueblo, Jeremías aconsejó a Juan que permaneciera en Judá. El buen hacer del profeta podría conseguir la indulgencia babilónica, pues el grupo de Juan era ajeno a la muerte de Godolías (Jr 40,1-42,22). Jeremías luchaba por salvar la identidad del pueblo y mantener el ascua de la reforma. No obstante, Juan, temeroso de la represión babilónica, condujo la comunidad a Egipto; la tierra donde antaño fuera deportado Joacaz.

    Jeremías, en tierra del Nilo, arengaba la comunidad para que conservara su identidad; pero los juidaítas volvieron a la religiosidad previa a la reforma y se dejaron seducir por las modas egipcias. Jeremías, acompañado de Baruc, sentenció el destino del pueblo: “los de Judá que residen en territorio egipcio morirán […] solo unos pocos […] podrán regresar […] a territorio de Judá” (Jr 44,27-28). Jeremías murió en Egipto, tras alentar a la comunidad a perseverar en su fe. Los babilonios castigaron la afrenta judaíta. Nabuzardán, jefe de la guardia, deportó un tercer contingente de población a Babilonia (582 a.C.). La provincia de Judá fue disuelta y su territorio incorporado a la provincia de Samaría. La situación del pueblo judaíta no podía ser más dramática. Quienes pisaron Egipto, aguardaban la extinción, sólo algunos, muy pocos, volverían a Judá. Los que restaban en tierra judaíta conformaban las clases humildes, dedicadas al cultivo de los campos. El rey padecía la cárcel en Babilonia, mientras la nobleza, el clero de alcurnia, y los artesanos sufrían el destierro en el País de los Canales. Como relata la perspectiva teológica de la profecía, el fututo de Judá dependía de los “higos buenos”, alegoría de la comunidad fiel que el Señor forjaría entre las brasas del exilio babilónico (Jr 24,1-10).



lunes, 6 de noviembre de 2017

MALLORCA CATHEDRAL MIRADOR PORTAL


                                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


CATEDRAL DE MALLORCA PORTAL DEL MIRADOR


                                                                              Francesc Ramis Darder
                                                                              bibliayoriente.blogspot.com


sábado, 28 de octubre de 2017

PARÁBOLA DE LOS VIÑADORES


                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


Cuando Jesús predicaba la Buena Nueva, fue acogido por el pueblo sencillo. El evangelio muestra el entusiasmo de los pobres, los enfermos y las multitudes que buscaban el consuelo del Señor. Pero a medida que Jesús hallaba acogida entre los sencillos, suscitaba la rabia de los poderosos, representados, en el evangelio que acabamos de escuchar, por los sumos sacerdotes del templo de Jerusalén y los notables de la corte. El odio de los poderosos contra Jesús llegó a ser tan intenso que solo buscaban la ocasión para matarle.

 Cuando Jesús dirige la palabra a los sumos sacerdotes y a los notables, ya sabe que desean su muerte. Aunque sabe que quieren matarle, no les responde con el odio, les cuenta la parábola de la viña para hacerles reflexionar y procurar introducirlos en el camino de la conversión. Así se cumple en Jesús lo que decía el profeta Ezequiel: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.”

 Buscando la conversión de sus enemigos, Jesús narra la parábola de la viña. El relato deja entrever una gran simbología. Bajo la imagen del propietario de la viña, se oculta la metáfora de Dios Padre, que eligió a su pueblo, Israel, representado por la viña, como propiedad personal. Como el propietario protegió la viña con una torre y un cercado, Dios defendió a Israel, su viña, con la espiritualidad que surgía del templo de Sion, representado en la parábola por la imagen de la torre, y también lo defendió con la Ley, simbolizada por la cerca, pues el cumplimiento de la Ley protegía a Israel de la amenaza del pecado. Como el propietario dispuso que los viñadores cultivasen la viña, el Señor también eligió a Jueces y Reyes para que su pueblo, Israel, fuese cultivado y diese frutos de misericordia. Hasta aquí, los sumos sacerdotes y los notables entendieron, complacidos, que Jesús explicaba la historia de amor entre Dios y su pueblo. Dios eligió a Israel, su viña, lo protegió con el Templo y la Ley, y le envió autoridades, jueces y reyes, para conducirlo por el camino de los mandamientos.

 De repente, Jesús conduce la historia por un camino inesperado. Cuando el propietario mandó a “sus hombres” a la viña, los viñadores, símbolo de los dirigentes, los maltrataron e incluso los mataron. Como explica la Escritura, la mayoría de los reyes de Israel, en vez de conducir al pueblo por el camino de la justicia, lo precipitaron por las sendas de la maldad. Por ello el Señor, dolido por la mala conducta de los dirigentes, mandaba a Israel a “sus hombres” para que el pueblo diese frutos de misericordia. Bajo la imagen “de los hombres del Señor”, la Biblia revela la identidad de los profetas; por ejemplo, Dios envió a uno de “sus hombres”, el profeta Isaías, para que orientase al pueblo por el camino de la verdad; pero un rey, Ajaz, despreció el mensaje de Isaías, y otro, Manasés, como dice la tradición hebrea, lo hizo matar.

 Las autoridades debieron de enfurecerse cuando Jesús recordó que sus antepasados, los reyes de Israel, habían maltratado a los profetas. Y aún añadió, el propietario de la viña envió a su propio hijo a los viñadores; pero los viñadores, en vez de escucharle, lo mataron. Con estas palabras Jesús se refiere a sí mismo. Como afirma la Escritura, Jesús es el Hijo de Dios, que el Padre ha enviado para conducir a la humanidad por el camino de la verdad. Y como también sabía Jesús, las autoridades que le escuchaban, igual que hacían los viñadores, buscaban la ocasión de matarle, como lo hicieron, clavándole en la cruz. Jesús, el Hijo de Dios, había anunciado ya que sacerdotes y notables le condenarían a muerte. Pero ahora que está ante ellos, les advierte de su maldad y, empleando una frase muy dura, les conmina a la conversión: “El Reino de Dios se os quitará a vosotros y dado a un pueblo que producirá sus frutos.”

 Convertirse implica dejar que el Dios del amor entre en nuestra vida para hacernos testigos del Evangelio. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que, a diferencia de los sumos sacerdotes y los notables, andemos por el camino de la conversión hasta transformarnos en testigos fieles del Evangelio de Cristo. 

viernes, 20 de octubre de 2017

¿CÓMO LEER LA BIBLIA?





   
                                                                                      Francesc Ramis Darder
                                                                                     bibliayoriente.blogspot.com



 La unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento determina la manera correcta de interpretar la Biblia. La Iglesia ofrece tres criterios para interpretar la Biblia con hondura. En primer lugar, debemos prestar una gran atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; es decir, para comprender plenamente el sentido de un versículo tenemos que enmarcarlo en el contenido del capítulo en que se encuentra, después hemos de situar el capítulo en el seno del libro al que pertenece, y finalmente ubicar el libro en el conjunto de toda la Escritura.

    En segundo término, debemos leer la Escritura en el seno de la Tradición viva de toda la Iglesia. Dicho de otro modo, interpretamos Biblia en comunión con toda la comunidad cristiana que, a lo largo de la historia, ha saboreado la profundidad de la Palabra; pues como decía Orígenes, uno de los antiguos Padres de la Iglesia: “La Sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos”.


    En tercer lugar, cuando leemos la Escritura debemos adoptar el criterio de s. Pablo: “el que habla en nombre de Dios, hágalo según la fe” (Rom 12,6); este criterio se denomina “analogía de la fe”. Significa que debemos entender la Biblia en el conjunto del plan que Dios diseña para abrir las puertas de la eternidad a la humanidad entera. Expresado con otras palabras; no leemos la Escritura por entretenimiento ni para buscar cosas esotéricas, sino para fortalecer nuestra fe y dar testimonio del Señor hasta que la humanidad conozca la fuerza liberadora del Evangelio. En definitiva, leemos cada pasaje enmarcándolo en el conjunto de la Biblia, en comunión con la Iglesia y con intención de vivir el cristianismo con hondura.

viernes, 13 de octubre de 2017

ASIA BIBI


                                                                                               Francesc Ramis Darder
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Esta mujer pakistaní ha superado todos los récords ya... No te olvidamos, Asia Bibi
El 14 de junio de 2009, Asia Bibi fue encarcelada. Un año después fue condenada a muerte por blasfemia y, desde 2014, después de dos traslados,…
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lunes, 9 de octubre de 2017

JEREMÍAS EN JERUSALÉN


                                                                                Francesc Ramis Darder
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Cuando Nabucodonosor cercó Jerusalén, Jeconías salió a su encuentro con la familia real y su corte para rendirle pleitesía; pero Nabucodonosor los deportó a Babilonia, junto con los pudientes, cerrajeros, artesanos y guerreros, llevándose también el tesoro del templo y del palacio. Impuso como rey a Matanías, tío de Josías, a quien dio el nombre de Sedecías (597-587 a.C.). La situación de Judá era compleja: Sedecías, títere de Babilonia, estaba en manos de la nobleza (38,5.19); muchos judaítas, especialmente los deportados, reconocían la realeza de Jeconías y desdeñaban la autoridad de Sedecías (Ez 1,2); por si fuera poco, algunos nobles habían tomado posesión de las tierras de los desterrados y, con la intención de afianzar la propiedad, depositaban la legitimidad dinástica en Sedecías (Ez 11,14-15; 33,24).

    Tales desavenencias, pensaba Jeremías, atraerían la vara babilónica que golpearía la nación hasta extinguirla; por eso la tarea del profeta se orientó hacia los deportados y hacia quienes permanecían en Judá. El profeta remitió a los desterrados una carta lúcida: “Construid casas y habitadlas […] engendrad hijos […] buscad la prosperidad del país (Babilonia) […] porque su prosperidad será la vuestra” (29,4-7). A pesar de la advertencia, los deportados se dejaban seducir por la voz de Ajab, hijo de Colayas, y Sedecías, hijo Maasías, profetas de la corte, llevados a Babilonia. El mismo Semayas envió una misiva a Jerusalén para quejarse ante el sacerdote Sofonías de la conducta de Jeremías. El curso de la historia determinó la sublevación de los deportados. Cuando una conjura del ejército y la nobleza babilónica agitó la corte de Nabucodonosor (595-594 a.C.), parte de la nobleza judaíta exiliada participó en la conspiración. No obstante, la impostura fracasó: Nabucodonosor afianzó la corona, asó a los profetas rebeldes (Colayas, Sedecías), metió en la cárcel a Jeconías y apretó la correa a los desterrados. La comunidad deportada comenzó a percibir en las palabras de Jeremías la clave para conservar la vida: “Construid casas y habitadlas” (29,4-9).

    Aprovechando la sublevación de la corte babilónica, los estados de Siria-palestina, apoyados por el faraón Psamético II (594-589 a.C.), intentaron sacudirse el yugo de Nabucodonosor. Los embajadores de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón se reunieron en Jerusalén, al amparo de Sedecías, para tramar la asonada (594 a.C.). Los profetas de la corte, especialmente Jananías, alentaban la revuelta y auguraban el regreso de los deportados al cabo de dos años. La sagacidad de Jeremías desautorizó la vanidad de la corte y definió la única postura sensata: “Someteos al rey de Babilonia si queréis seguir con vida” (27,17). La historia confirmó el dictamen. Cuando Nabucodonosor recuperó el poder, la coalición se deshizo; y Sedecías renovó la pleitesía ante el emperador (29,3; 51,59).

     La pugna entre Egipto y Babilonia continuó. Tanto el faraón Psamético II como su hijo Jofra (589-570 a.C.) perseguían el control de Siria-palestina; a modo de contrapunto, Nabucodonosor fiscalizaba Siria-palestina para vigilar cualquier intentona egipcia. Al decir de Jeremías, el futuro de Judá dependía de la cohesión interna del país, asentada sobre la justicia, y del empeño por servir a Babilonia, opción triste pero necesaria para poder sobrevivir (22,15; 27,17). Psamético II y su hijo Jofra emprendieron la ofensiva contra Babilonia (598 a.C.); Judá, empujado por Tiro y Amón, se adhirió a la revuelta. Nabucodonosor invadió Judá y sitió Jerusalén (588 a.C). Con intención de confutar la revuelta, la corte ordenó la manumisión de los esclavos para que participaran en la defensa de la ciudad.

    Sin embargo, el avance egipcio determinó que los babilonios aflojaran el cerco de Sión; entonces los amos volvieron a subyugar a los esclavos. Jeremías denunció la injusticia y anunció la caída de la ciudad; pues el cautiverio de los siervos mermaba las fuerzas defensivas y propiciaba que colaboraran con el invasor (34,8-27). Aprovechando la tregua, Jeremías visitó Anatot para asistir a un reparto familiar (37,12; 32,1-44). Entonces Jirías, hijo de Jananías, profeta hostil, le acusó de pasarse a los caldeos (37,13); después lo entregó a los jefes que le enceraron en casa del escriba Jonatán (20,7-18).

    Sedecías hizo llevar a Jeremías a palacio para consultarle sobre la situación. El profeta denunció la mendacidad de los consejeros y sentenció que el monarca caería en manos del rey de Babilonia (37,19). Sedecías hizo custodiar al profeta en el patio de la guardia; desde allí, Jeremías arengaba al pueblo: “el que se entregue a los caldeos seguirá con vida” (38,2). La proclama encendía la ira de la nobleza (38,4). Los cortesanos arrojaron a Jeremías en la cisterna del patio de la guardia; pero Ebedmélec, el etíope, descubrió la traición y, a instancias de Sedecías, liberó al profeta de la muerte.


     Cuando el rey vuelve a consultarle, la respuesta es dura: “Si te rindes a los generales del rey de Babilonia, salvarás tu vida […] pero si no […] esta ciudad caerá en manos de los caldeos […] y tú no escaparás” (38,17). Sedecías desoyó el consejo. Cuando las tropas babilónicas asaltaron Sión, Sedecías y sus oficiales huyeron. Los caldeos les detuvieron cerca de Jericó y los llevaron a Riblá. El emperador degolló a los príncipes y a la aristocracia de Jerusalén, cegó al monarca y lo llevó a Babilonia, donde murió. Los caldeos incendiaron el templo, el palacio y las casas nobles. Abrieron brechas en las murallas de Jerusalén. Nabuzardán, jefe de la guardia, deportó a Babilonia a los supervivientes y a los que se habían pasado al ejército caldeo. Sólo dejó en Judá gente sencilla entre la que repartió viñas y campos.

lunes, 2 de octubre de 2017

MALLORCA CATHEDRAL ALMOINA PORTAL


                                                                                Francesc Ramis Darder
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CATEDRAL DE MALLORCA PORTAL DE L'ALMOINA


                                                                         Francesc Ramis Darder
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martes, 19 de septiembre de 2017

¿ESTUVO JEREMÍAS EN BABILONIA?


                               Francesc Ramis Darder
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Cuando la coalición medo-babilónica conquistó Nínive (612 a.C.), obligó al rey asirio, Asut-ubal-lit II, a refugiarse en Jarán. Entonces, Necao II (610-594 a.C.), deseoso de frenar el auge babilónico, marchó a Carquemis para auxiliar al rey de Asiria. Cerca de Meguido, Josías trabó combate con el farón; Necao venció al ejército judaíta y acabó con la vida de Josías (609 a.C.). Enterrado el monarca en Sión, el pueblo ungió a Joacaz, hijo de Josías (2Re 23,30). Necao fracasó en el empeño de salvar Asiria, pero acantonó sus tropas en Carquemis y dominó la región Siro-palestina; Judá quedó sometido a la vara faraónica. Cuando Joacaz llevaba tres meses en el trono (609 a.C.), Necao le hizo comparecer en Riblá, le destronó e impuso al país una indemnización; después nombró rey a Eliaquín, hijo de Josías, cambiando su nombre por el de Joaquín (609-598 a.C.).

     El cambio de nombre certificaba el vasallaje de Judá ante Egipto. El faraón llevó a  Joacaz a Egipto, donde murió. Joaquín entregó el tributo al faraón; pero, para reunir el montante, impuso un gravamen al país (2Re 23,31-35). Cuando el tributo recayó sobre las espaldas del pueblo, la miseria inundó Judá (17,11). El rey se edificó un palacio (22,13-19), y se rodeó de cortesanos adictos (14,14-18).  Jeremías recriminó la liturgia pomposa, ciega ante la injusticia: “explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda” (7,6). Conocedor del trágico final del santuario de Siló, anunció la ruina del templo de Sion. Denunció el desdén del rey hacia los profetas que antaño alentaron la reforma de Josías, fustigó la mendacidad de los escribas, y embistió contra la idolatría (8,1-11,23). Alertó sobre la hipocresía de los judaítas provocada por el miedo ante los egipcios (9,7). Jeremías propuso como modelo de conducta el estilo de los recabitas: los herederos de Jonadab, hijo de Recab, que vivían en tiendas, signo de equidad social (35,1-19).

    La saña con que embistió contra los desmanes de Joaquín, desencadenó el furor de la corte; así Pasjur, mayordomo del templo, mandó azotar al profeta y lo metió en la cárcel (20,1). Jeremías, fiel a su vocación, lamentó la desgracia de Joacaz y exigió la decencia de Joaquín: “Tu padre (Josías) […] practicó el derecho y la justicia” (22,15). La respuesta de los sacerdotes, los profetas y la turba fue cruel: “Eres reo de muerte” (26,8). Ante el tribunal, Jeremías desoyó la amenaza: “haced de mí lo que os parezca”, y exigió la coherencia ética: “enmendad vuestra conducta” (26,13.14). Algunos ancianos solicitaron el indulto, y Ajicán, hijo de Safán, impidió que la turba acabara con su vida (26,24).

    Las tropas babilónicas vencieron a los egipcios en Carquemis (605 a.C.). Tras la muerte de Nabopalasar (626-602 a.C.), Nabucodonosor II subió al trono babilónico (605-562 a.C.). Cuando el nuevo rey subyugó Filistea (604 a.C.), Joaquín rompió el vasallaje egipcio para someterse a Babilonia. Jeremías, alarmado por la decisión, dictó un discurso a Baruc, su secretario, para que lo leyera ante quienes iban al templo. El discurso recogía, por una parte, la  reflexión del profeta sobre la situación del país; y, por otra, proclamaba la exigencia ética: “A ver si […] abandona cada cual su mala conducta” (36,7). Atónitos por la proclama, algunos nobles conminaron a Jeremías y Baruc a buscar refugio ante la amenaza de la corte. No obstante, informaron al monarca del contenido del escrito; el escriba Jehudí lo leyóen la sala del trono. A medida que Joaquín escuchaba el escrito, arrancaba las páginas y las arrojaba al fuego. Tras la lectura, Joaquín ordenó la detención de Jeremías y Baruc, pero no pudo encontrarlos.


    La obsesión de Joaquín por conservar el cetro ponía en jaque el futuro de Judá. La historia confirmó el presagio de Jeremías. Nabucodonosor fracasó en la conquista de Egipto (601 a.C.); entonces Joaquín, después de tres años de sumisión babilónica (604-601 a.C.), hincó la rodilla ante el faraón. El emperador, dolido de la afrenta, desplegó bandas de salteadores contra Judá. A finales de 598 a.C., Nabucodonosor embistió contra Judá; en el fragor de la confusión, murió Joaquín y Jeconías ciñó la corona (22,18; 36,30).

domingo, 10 de septiembre de 2017

A LA ESCUCHA DE LA PALABRA

A la escucha de la Palabra

Panorámica bíblica para la lectio divina y la catequesis

Ramis Darder, Francesc

A la escucha de la PalabraFormato impreso
Colección: Animación Bíblica de la Pastoral
Subcolección: Materiales complementarios
ISBN:978-84-9073-340-0
Código EVD:3403002
Edición:1
Páginas:192
Tamaño:160 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada brillo
Precio sin IVA: 13,94 €
PVP: 14,50 €
Una obra para quienes desean tener una panorámica de la Biblia y a quienes imparten clases de religión, se dedican a la catequesis o meditan el Evangelio con el método de la lectio divina.

Describe el Antiguo y el Nuevo Testamento. Esboza la geografía bíblica. Comenta la historia de Israel. Sintetiza las características de la persona humana. Delinea los nombres de Dios y la actuación divina en el AT. Explica la sociedad judía en tiempos de Jesús. Ahonda en la personalidad y la actuación salvadora de Jesús de Nazaret. Analiza los títulos de Jesús: Mesías, Hijo del Hombre, Siervo del Señor, Hijo de Dios, Señor. Describe la naturaleza de la Iglesia y de tres personajes eminentes: María, Pedro y Pablo.

sábado, 2 de septiembre de 2017

¿DÓNDE NACIÓ JEREMÍAS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


La vida de Jeremías transcurrió entre el ocaso de Asiria y el triunfo de Babilonia como potencia indiscutida. Jeremías convivió con la reforma del rey Josías (622 a.C.), vivió la caída de Jerusalén 
bajo la espada de Nabucodonosor, contempló la deportación a Babilonia (597.587.582 a.C.), y sufrió el exilio en Egipto, donde murió.


2.1. Jeremías y la reforma de Josías.

El dominio asirio sobre Judá determinó que Josías solo pudiera emprender verdaderamente la reforma cuando murió Asurbanipal, y el imperio entró en la crisis final (627 a.C.). La reforma contó con la ayuda de la profetisa Juldá (2Re 22-23). La Escritura sitúa la promulgación de la reforma y la celebración de la Pascua en el año dieciocho de Josías (622 a.C.). Antes de que Josías promulgara la reforma y celebrara la Pascua, entra en liza Jeremías; así lo certifica el encabezamiento del libro: “vino la palabra del Señor sobre él (Jeremías) en tiempos de Josías […] el año decimotercero de su reinado” (1,1); así Jeremías deja oír su voz en el año 627 a.C., cuando fallece Asurbanipal y Josías puede entreabrir la puerta de la reforma.

    Si Jeremías comenzó su ministerio en el año 627 a.C., debió nacer, según la opinión de los comentaristas, hacia el año 650 a.C. No obstante, la profecía pone en labios del Señor una vinculación entre la vocación de Jeremías y su nacimiento: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones” (1,5; ver: 15,10; 20,14-18); desde esta perspectiva, el nacimiento del profeta habría tenido lugar en el año mismo de su vocación: 627 a.C. Considerando la perspectiva pedagógica, propia de un Manual, entenderemos que el año 627 a.C. constituye la fecha en que Jeremías pudo iniciar el ministerio profético; así, su nacimiento habría tenido lugar por el año 650 a.C.[1]  El significado del término “Jeremías” es objeto de debate, puede significar: “el Señor puso el fundamento”, o “el Señor exalta”, quizá “el Señor ha liberado el seno”; sea cual sea el significado, el nombre subraya la actuación de Dios en la vida del profeta.

    Jeremías nació en Anatot (1,1). ¿Qué importancia tiene el lugar de nacimiento? La ancianidad de David contempló como dos príncipes se disputaban el trono: Adonías, hijo de Jaguit, y Salomón, hijo de Betsabé. Adonías contaba con el apoyo de Joab, jefe del ejército, y del sacerdote Abiatar; mientras Salomón, requirió la ayuda del sacerdote Sadoc, de Benaías, y del profeta Natán. La astucia de Natán determinó que David designara rey a Salomón. El nuevo rey asesinó a Adonías por la espada de Benaías y desterró a Abiatar y su séquito a Anatot; Sadoc asumió la jefatura sacerdotal en lugar de Abiatar (1Re 1-2). Abiatar pertenecía a una saga sacerdotal relevante: era hijo de Ajimélec, hijo de Ajitub, descendiente de Elí, cabeza del santuario de Siló. Su linaje había sufrido la persecución, pues cuando el templo de Siló fue destruido, los sacerdotes se refugiaron en el santuario de Nob; más tarde, Saúl mató a los sacerdotes de Nob, sólo escapó Abiatar que encontró cobijo junto a David (1Sam 4,12-17; 22-23). Los ancestros de Jeremías habían acompañado a Abiatar al exilio de Anatot; así pues, el profeta conocía el antiguo sacerdocio de alcurnia (Abiatar), sabía del dolor de la opresión (Siló) y del destierro (Anatot). El destierro en Anatot marcó la mentalidad de Jeremías; por eso, cuando hablaba de la injusticia y del exilio, lo hacía desde la experiencia personal que había tronchado la historia de su familia.

    La Escritura narra, desde el prisma teológico, la vocación de Jeremías; la vocación sembró en su corazón el ansia por la justicia y el reconocimiento de la dignidad de los débiles (1,4-19). Cuando Jeremías inició su ministerio, su afiliación a la saga de Abitar debió suscitar recelos entre los sacerdotes de Jerusalén, descendientes de Sadoc, y con la corte, vinculada a Josías, descendiente de Salomón, asesino de Adonías. La distancia entre Jeremías y los dignatarios de Josías quizá determinó que los criterios del profeta fueran poco apreciados durante el tiempo en que Josías inauguraba la reforma (1,6).

    Sin embargo, Jeremías apoyó la tarea de Josías; en palabras del profeta, el monarca “practicó la justicia y el derecho; por eso todo le iba bien; defendió a pobres y desvalidos” (22,15-16). Jeremías no define al soberano por la magnificencia de su palacio, sino por su empeño por la justicia; así recoge el testigo de los profetas antiguos (Amós, Oseas). Ahora bien, el apego de Jeremías a la reforma suscitó el recelo entre sus paisanos de Anatot (11,21-23); pues la reforma había eliminado los santuarios locales para centrar el culto en Sión. Seguramente, los descendientes de Abiatar oficiaban en Anatot, por eso la supresión del santuario encendió su furia contra Josías, ira que debió alcanzar a su paisano Jeremías.
 
    Josías proclamó solemnemente los principios de la reforma, el “libro de la Alianza” (2Re 23,1-3). La reforma implicaba la recuperación de la identidad nacional, la purificación religiosa (2Re 23,14), la lucha por la justicia y la defensa de los pobres (22,15-16). Josías también planeó implantar la reforma en el territorio del antiguo Israel, eliminó los santuarios idolátricos y veneró la memoria del hombre de Dios y el profeta de Samaría (2Re 23,15-20). No obstante, la sagacidad de Jeremías intuyó las grietas del auge innovador, a saber, el malestar entre los sacerdotes de los altozanos que Josías trasladó a Jerusalén, la guerra entre el país del Nilo y los imperios del Eúfrates, y la actitud acomodaticia de algunos profetas. Por eso, alertó de la amenaza babilónica y egipcia, censuró la conducta mendaz de sacerdotes, profetas y cortesanos, y fustigó la injusticia enmascarada por el culto pomposo (2,1-6,30).





[1] . Sobre el nacimiento de Jeremías: J. M. ÁBREGO DE LACY, “Jeremías” en  LA CASA DE LA BIBLIA, Comentario al Antiguo Testamento vol.II (Madrid: Atenas, PPC, Sígueme, Verbo Divino, 1997) 111-112.

martes, 8 de agosto de 2017

EDITH STEIN



Francesc Ramis Darder
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Edith Stein - Santa Teresa Benedicta de la Cruz - 9 de agosto -
«Mártir carmelita de origen judío, destacada filósofa e incesante buscadora de la verdad, que halló tras la lectura de la autobiografía de Teresa de Jesús. Copatrona de Europa»

jueves, 3 de agosto de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA BABILONIA?




                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com 



El topónimo “Babilonia” constituye la helenización del término acadio “Babilim”, traducción del sumerio “Kà-dingir-ra”, términos que significan “Puerta de dios”; la divinidad protectora de la urbe era Amar-Utu, llamado en acadio Marduk.

 Situada a la orilla izquierda del Eúfrates y vecina de Kish y Agadé, Babilonia había sido una colonia de los antiguos sumerios. Más tarde, tanto los acadios como la III Dinastía de Ur controlaron la ciudad mediante gobernadores. Tras la caída de Ur, las tribus amorreas pulularon por la zona conformando pequeños reinos, a menudo enfrentados entre sí.

   El caudillo amorreo, Sumu-abum (1894-1881 a.C.), asentó su dinastía en Babilonia; entabló buenas relaciones con Uruk, y él mismo o sus sucesores establecieron una alianza con el reino de Isin para contrarrestar el ímpetu expansivo que por entonces ejercía Larsa, como hemos visto, sobre el territorio isinita. Su heredero, Sumu-la-El (1880-1845 a.C.), amuralló Babilonia, sometió las ciudades de Sippar y Kazallu, y derrotó al amenazante ejército de Kish. Su hijo y sucesor, Sabium (1844-1831 a.C.) erigió en Babilonia, capital de reino, el templo de Marduk, dios tutelar de la ciudad; el esplendente santuario, era llamado Esagila. 

   A continuación, reinó Apil-Sîn (1830-1813 a.C.). Después subió al trono Sîn-muballit (1812-1793 a.C.); el monarca reforzó las murallas de Babilonia, y trabó un pacto con Isin para confutar la amenaza expansiva de Larsa a la que también se enfrentó (1810 a.C.). Durante su reinado, Rîm-Sîn, rey de Larsa, conquistó Isin, destruyó la ciudad de Dêr y dominó Uruk, pero su afán conquistador cesó cuando subió al trono babilónico el sucesor de Sîn-muballit, Hammurabi (1792-1750 a.C.).

    Con Hammurabi llegó a su cenit, como veremos en el próximo capítulo, la grandeza de Babilonia. El célebre “Código de Hammurabi” responde, como expondremos, al deseo de orientar la organización social que surgió en Babilonia tras la caída de Ur y el advenimiento amorreo.

martes, 1 de agosto de 2017

BIBLIA EN ITALIANO

                                                                            Francesc Ramis Darder
                                                                            bibliayoriente.blogspot.com


http://www.vatican.va/archive/ITA0001/_INDEX.HTM

sábado, 29 de julio de 2017

¿QUIÉN ERA HAMMURABI?



                                        Francesc Ramis Darder
                                        bibliayoriente.blogspot.com
   


Cuando Hammurabi empuñó el cetro (1792-1750 a.C.), después de la muerte de su padre, Sîn-muballit, el territorio babilónico era pequeño, abarcaba el contorno del antiguo Acad, y estaba rodeado de estados poderosos que aspiraban, en diversa medida, a su conquista. Asiria, regida por Shamshi-Adad I (1812-1780 a.C.); Larsa, gobernada por Rîm-Sîn (1822-1763 a.C.); Eshnunna, dirigida por Dâdusha (1794-1785 a.C.); Mari, gobernada por un hijo de Shamshi-Adad,  Iasmad-Adad; e incluso Elam, asentado sobre una nueva dinastía (ca. 1850 a.C.), intrigaba contra Babilonia. Sin embargo, Hammurabi, con sagacidad diplomática y habilidad política, aprovechó la coyuntura propicia para llegar a  enseñorearse de Mesopotamia.

    Durante los primeros años de reinado, Hammurabi se aseguró  el control de Babilonia y organizó el ejército. Después, emprendió la conquista de Uruk e Isin (1787 a.C.), arrebatándoselas al reino de Larsa, así amplió y aseguró la frontera meridional de Babilonia. A continuación,  lanzó una campaña contra Iamutbal, región oriental situada al este entre el Tigris y los Zagros, hasta tomar Malgum, la ciudad más relevante de la zona (1786 a.C.); hasta entonces, la región había estado en manos de los descendientes de los amorreos que habían penetrado en la región tras la caída del imperio de Ur. Más tarde, conquistó Rapiqum y Shalibi, también en la región levantina. De ese modo, Hammurabi dominaba Babilonia y asuraba la frontera meridional y el levante. Con intención de acrisolar su autoridad, erigió y embelleció numerosos templos; para acrecer la productividad del reino, emprendió obras hidráulicas, como el gran canal que irrigaba las tierras del sur; y a fin de proteger el territorio, amuralló ciudades, consolidó el ejército y acondicionó las vías comerciales.

    Como dijimos en el capítulo anterior, a la muerte de Shamshi-Adad I (1781 a.C.), la corona de Asiria recayó en su hijo Ishme-Dagan, mientras otro hijo, Iasmad-Adad, permanecía como virrey de Mari. Cuando el virrey asirio dirigía el destino de Mari, Zimri-Lim, hijo de Iahdun-Lim, antiguo rey de Mari, sufría el destierro en Mesopotamia septentrional. Sin embargo Zimri-Lim, ayudado por su suegro, Iarim-Lim, rey de Yamhad, destronó al asirio Iasmad-Adad y ciñó la corona de Mari (ca. 1780-1759 a.C.), sin que su hermano Ishme-Dagan, rey de Babilonia, pudiera ayudarle, pues  seguramente confutaba la amenaza de Eshnunna y de los nómadas del noreste. A las órdenes de Zimri-Lim, Mari experimentó un notable progreso;  quizá el mejor testigo del auge del país lo constituya el palacio real de Mari, reconocido por las arqueólogos como joya de la arquitectura oriental antigua. El rey refutó el ataque de los nómadas, asentados en el entorno de las ciudades; confirmó su autoridad sobre el Eúfrates medio y el valle del Harbur, rico en el aspecto agropecuario; reconstruyó los muelles del Eúfrates en la ciudad de Mari para acrecer el comercio; y drenó el Harbur, entre otras obras hidráulicas, para desarrollar la agricultura. No obstante, cuando Zimri-Lim sintió la amenaza de Ibal-pî-El II, rey de Eshnunna (ca. 1777 a.C.), buscó la alianza con Hammmurabi para defenderse del peligro.

    La fiereza de Ibal-pî-El II concitó una alianza de estados que pretendían acabar con el poderío babilónico (1764 a.C.). Así Eshnunna, los subarteos (término que designa a los asirios, o a los pueblos más septentrionales de Mesopotamia), Qutium antigua patria de los qutu, los rebeldes de la región de Malgûm al este del Tigris, y Elam en la meseta irania, atacaron Babilonia. Hammurabi derrotó a la coalición con ayuda de las tropas de Mari, su aliado; y por si fuera poco, conquistó Larsa y deportó a su rey, Rîm-Sîn (1763 a.C.), a Babilonia. La victoria y la conquista confirmaron la realeza de Hammurabi sobre “Sumer y Acad”. De todos modos, Eshnunna trenzó una segunda alianza contra Babilonia; se asoció con los subarteos, los qutu, y el país de Malgium, situado en el Eúfrates medio, para tacar Babilonia. Hammurabi derrotó a la coalición y, avanzando por la orilla del Tigris, llegó a la frontera de Subartu, la región más septentrional de Mesopotamia (1762 a.C.). A continuación, Hammurabi emprendió una campaña contra Mari y Malgum. El motivo de la campaña resulta incierto, pues Mari, mantenía una alianza con Babilonia; al decir de los estudiosos, la razón pudiera estar en que Mari, temiendo la pujanza de Babilonia, hubiera quebrado el pacto con Hammurabi para buscar el cobijo de Malgum. Hammurabi conquistó ambos reinos, pero permitió que Zimri-Lim permaneciera en el trono de Mari como vasallo de Babilonia (1761 a.C.). No obstante, Zimri-Lim se rebeló contra Hammurabi, por eso el babilonio arrasó Mari y acabó con su rey (1759 a.C.). Con la destrucción de Mari, las tareas administrativas de la región fueron trasladadas a la ciudad de Terqa donde amaneció una dinastía local, los llamados “reyes de Hana”, bajo tutela babilónica.

   Más tarde, Hammuarabi aprovechó la catástrofe provocada por las inundaciones de Eshnunna para conquistar la ciudad y su territorio (1756 a.C.); aun así, asentó al sucesor de Ibal-pî-El II, Silli-Sîn, como gobernador de Eshnunna sometido al vasallaje babilonio. Aunque Asiria reconoció la sumisión a Babilonia (ca. 1757 ó 1755 a.C.), pudo conservar su independencia nominal, aislada en el norte y con su territorio mermado; pues su rey, Ishme-Dagan, permaneció en el trono como vasallo hasta 1741 a.C. A pesar de su pujanza militar, Hammurabi renunció a la conquista de la zona más occidental de Mesopotamia ocupada por los hurritas, tribus de origen indoeuropeo, que comenzaban a fundar reinos independientes; de ese modo, dominó toda Mesopotamia, con excepción de los principados hurritas.


    Orgulloso de su imperio, Hammurabi añadió a su titulatura real la designación de “Rey del Universo” o “Rey de las Cuatro Partes del Mundo”, título adoptado antaño por Sagón I, emperador de Acad. Como veremos más adelante, también pasó a la historia por la legislación recogida en el llamado “Código de Hamurabi”. La erudición de sus escribas determinó la composición del magno poema “Enuma Elish”, mientras la recopilación de la tradición sumerio alumbró las primeras once tablillas de la “Epopeya de Gilgamesh”, entre otros numerosos escritos. La grandeza de Hammurabi alentó la leyenda, surgida en vida del soberano y ensalzada por la propaganda imperial para magnificar las cualidades del monarca.