Blog de Francesc Ramis Darder sobre literatura, teología, historia, arqueología del Oriente antiguo y su relación con la Biblia.
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lunes, 6 de junio de 2022
jueves, 13 de septiembre de 2018
viernes, 11 de mayo de 2018
viernes, 4 de mayo de 2018
martes, 13 de marzo de 2018
miércoles, 27 de diciembre de 2017
¿QUÉ SIGNIFICA EL ARCA DE LA ALIANZA?
Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com
El Adviento es el tiempo en que disponemos nuestra
vida para celebrar el gozo de Navidad, la presencia entre nosotros del Dios
hecho hombre, Jesús de Nazaret. Las lecturas bíblicas del Adviento han señalado
cómo el profeta Isaías y Juan Bautista anunciaron el advenimiento de Jesús, el
Mesías. Las lecturas de hoy apuntan a la figura de María; fue ella quien con mayor
deseo esperó, con inefable amor de madre, el nacimiento del Salvador.
El libro
de Samuel ha expuesto el interés del rey David por construir un templo donde guardar
el Arca de la Alianza. El Arca era uno de los objetos cultuales más preciados por
el Antiguo Israel. Según la tradición, el Arca era una caja de madera noble, de
acacia, forrada de oro; en su interior se guardaban, entre otros objetos
religiosos, las tablas de la Ley, es decir, los diez mandamientos que Dios
entregó a Moisés en el Sinaí. Así, el Arca contenía lo más sagrado que tenía
Israel, los diez mandamientos. Como señala el libro de las Crónicas, una vez al
año los sacerdotes abrían el Arca, sacaban los mandamientos, y la purificaban por
dentro; una vez purificada, volvían a introducir los mandamientos, luego
llevaban el Arca en procesión por las calles de Jerusalén para que el pueblo pudiera
venerar los diez mandamientos, la pieza esencial de la religión hebrea.
El Antiguo
Testamento alcanza su plenitud en el Nuevo. Así como en el Antiguo Testamento
aparece el Arca de la Alianza, que contiene lo más valioso para los israelitas,
los diez mandamientos, el Nuevo Testamento presenta a María, la nueva Arca de la
Alianza, que contiene en su seno lo más decisivo de la fe cristiana, la
presencia de Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre. Con estas palabras lo dijo
Gabriel a María: “Engendrarás un hijo y le pondrás el nombre de Jesús”, y
añadió: “Al fruto santo que va a nacer, lo llamarán Hijo de Dios”. Así como los
sacerdotes de Israel purificaban el Arca antes de introducir en ella los diez
mandamientos, el Padre, contemplando la redención que Cristo obtiene para toda
la humanidad, también purificó a María de todo pecado desde su concepción, antes
de que engendrase al Hijo de Dios en sus entrañas. Lo dijo Gabriel a María: “Dios
te guarde, llena de gracia, el Señor está contigo”; y siguió: “El Espíritu Santo
vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”.
Ahora
bien, por importante que fuese el Arca, lo verdaderamente decisivo era lo que
contenía, los diez mandamientos; y por importante que fuese María, lo esencial
era lo que llevaba en las entrañas, el Hijo de Dios hecho hombre. Jesús de
Nazaret es el único Salvador; María aparece en el Adviento como la profetisa
que trae la presencia de Dios al Mundo. Con ello se convierte en modelo de la
vida cristiana; pues cristiano es aquel que con el testimonio de su vida hace
presente el mensaje de Jesús en la sociedad humana.
martes, 5 de diciembre de 2017
domingo, 5 de junio de 2016
¿QUÉ ES LA PIEDAD?
Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com
La figura de María adquiere una especial relevancia en el
evangelio. Ella es la doncella que, venciendo el miedo, dice al ángel: “He aquí
la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); es la madre,
apostada al pie de la cruz, que oyó las palabras de Jesús: “Mujer, ahí tienes a
tu hijo” (Jn 19,26). Recogiendo el calor del evangelio, la historia del arte ha
contemplado como los artistas plasmaban las múltiples facetas de la identidad
de María: Anunciación, Visitación, Dolorosa, Piedad, etc.; entre las diversas
imágenes, contemplaremos el rostro de María tras la imagen de la Piedad.
Casi de
inmediato, viene a nuestra memoria la imagen de la Virgen de la Piedad,
esculpida por Miguel Ángel, y venerada en la primera capilla lateral de la
basílica de san Pedro, en Roma. Miguel Ángel cinceló en mármol la figura de
María que sostiene entre sus brazos el cuerpo yacente de Jesús. La fuerza de
María radica sobre todo en la entereza de su mirada; una mirada que refleja el
valor de una gran virtud: la piedad.
¿En que
consiste la virtud de la piedad? Tal vez el primer ejemplo nazca de la pluma de
un poeta pagano, Virgilio, entre los versos de la Eneida. Como cuenta el poema,
cuando los aqueos hubieron conquistado Troya, el troyano Eneas, hijo de
Anquises, cogió a su padre en brazos y lo llevó a las naves. Los comentaristas
medievales, apreciando la actitud de Eneas hacia su padre, le definieron como
prototipo de hombre piadoso; pues entendieron que el amor de Eneas por su
padre, Anquises, era tan intenso que ni siquiera el poder de la muerte lo podía
romper. Entre dos personas, existe piedad cuando el amor que existe entre ellas
es tan intenso que ni siquiera las zarpas de la muerte lo pueden quebrar.
Como decíamos,
la figura de María, cincelada en la imagen de la Piedad, se caracteriza, sobre
todo, por la mirada; una mirada que destila piedad. La mirada que María dirige
a Jesús, su hijo, desvela la hondura de la piedad porque certifica que el amor
de María por su hijo es tan hondo que ni tan siquiera el poder de la muerte ha
podido romperlo. Cuando María contempla a su hijo muerto, su mirada destila
piedad porque su ojos reflejan la esperanza cierta de la resurrección del
Señor; la certeza de que el amor de la madre por su hijo no ha quedado roto por
las tinieblas de la muerte. La virtud de la piedad, entre otras muchas,
convierte a María en el icono de la confianza y del acompañamiento. Ella venció
el miedo y confió en Jesús durante toda su vida; por eso le acompañó siempre:
antes de nacer le tuvo en su seno; mientras predicaba le acompañó en Palestina;
cuando había muerto, según desvela la escultura de Miquel Ángel, le sostuvo en
sus brazos; y, como narran los evangelios apócrifos, salió gozosa a su
encuentro cuando había resucitado.
El compromiso
en la pastoral sanitaria nos impele a convertirnos en testigos de la piedad.
Como hemos expuesto, la piedad no se asocia a un enjambre de beaterías sin
valor; la piedad cosiste en creer firmemente que la relación que Dios ha
trenzado con nosotros por amor es tan sólida que ni siquiera las garras de la
muerte podrán anularla (ver: Dt 7,7-8). Cuando nos acercamos al enfermo, nos
encontramos con un “misterio”, con una persona que se encuentra, al decir de la
Escritura, en un momento privilegiado para entablar una relación personal con
Dios. Entonces, ante el enfermo debemos ser testigos de la piedad. Debemos ser cristianos
valientes, sin miedo, para comunicar a quien sufre que la relación amorosa que
Dios ha trenzado con él es más fuerte que el dolor y la muerte. ¡Solo el amor
hace las cosas nuevas!
jueves, 17 de diciembre de 2015
¿CUÁL ES LA MISIÓN DE LA VIRGEN MARÍA?
Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com
El Adviento es el tiempo en que preparamos nuestra vida para encontrarnos
con el Señor, por eso es el tiempo de la esperanza; pues Jesús que nacerá entre
nosotros en Navidad volverá al final de la historia para instaurar plenamente
el Reino de Dios.
Entre las páginas del Antiguo Testamento, que leemos
durante el Adviento, aparecen personajes que anuncian la llegada de Jesús, el
Mesías salvador. Decía el profeta Miqueas, en nombre de Dios, a la gente de su
tiempo: “Belén Efratá […] de ti saldrá el que ha de gobernar Israel, Él será la
paz”; con sus palabras, el profeta anunciaba el advenimiento de Jesús, el
salvador que trae la paz, la justicia, el perdón y la misericordia. Juan el Bautista
también anunció la presencia de Jesús, el Mesías salvador, entre los judíos de
su tiempo. Les decía: “El que viene detrás de mi […] os bautizará con Espíritu
Santo y fuego” (Lc 3,16); expresado en lenguaje más coloquial, Juan anunciaba a
los judíos que Jesús les abriría las puertas del encuentro personal con Dios,
encuentro anhelado por la comunidad hebrea y por todo ser humano.
Los profetas y Juan el Bautista
esperaron con entusiasmo el advenimiento de Jesús. Ahora bien, quien más lo
esperó, incluso materialmente hablando, fue la virgen María; pues ella, con
inefable amor de madre, llevó a Jesús en sus entrañas hasta el día gozoso en
que lo entregó al mundo en el pesebre de Belén, como había anunciado el profeta
Miqueas. María es el modelo cristiano de la esperanza del Adviento. Observando
como María vivió durante el tiempo en que esperó a Jesús, podemos entrever las
actitudes que debemos adoptar para esperar la llegada salvadora de Jesús a
nuestra vida.
Después de recibir el anuncio del
ángel Gabriel en Nazaret, María quedó encinta de Jesús. Ahora bien y como
relata el evangelio, “en aquellos mismos días” María se puso en camino hacia
una aldea de Judá donde vivía su prima Isabel. El objetivo de la visita
estribaba en ayudar a Isabel que, entrada en años, había concebido un hijo, el
futuro Juan Bautista. La entrega de María desvela su actitud misericordiosa. Estando
embarazada, María emprendió un viaje de varios días, por caminos inciertos y
peligrosos, desde Nazaret de Galilea hasta la aldea de Ain Karem, en Judea,
para auxiliar a Isabel. Como dice el Evangelio, María estuvo con Isabel “unos
tres meses”. El tiempo de servicio que pasó en casa de Isabel no debió ser
fácil, pues Zacarías, esposo de Isabel, había quedado mudo, lo que dificultaba
la administración de la hacienda.
La decisión de María para auxiliar a su prima
Isabel atestigua la vivencia de la misericordia que la caracterizó durante toda
su vida. Recodemos que la misericordia no se reduce a un sentimiento de buena
voluntad, implica la decisión de entregarnos a nosotros mismos para ayudar a
nuestro prójimo en aquello que necesite. María, sin dudarlo un instante, viajó
a Judea para auxiliar a su prima Isabel; ahí late el primer aspecto de la
actitud misericordiosa de María, la decisión de servir a su prima.
No obstante, el evangelio destaca
un segundo aspecto de la vivencia misericordiosa de la Virgen. Cuando María
saludó a Isabel, la criatura que su prima portaba en el seno, Juan Bautista,
saltó de alegría en las entrañas de su madre. Entonces Isabel, llena de
Espíritu Santo, dijo a María: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el
fruto de tu vientre”!, y añadió: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de
mi Señor?”. Bajo la palabra “Señor” aflora la identidad de Jesús, escondido en
las entrañas de María; y tras la figura de Isabel y el hijo que lleva en su
seno, Juan Bautista, despunta la identidad del pueblo judío que tanto esperaba
la llegada del Mesías. Cuando María acude a casa de Isabel para servirla,
introduce en aquel hogar la presencia de Jesús, el Señor.
La misericordia consiste en la
decisión de entregarnos al servicio de nuestro prójimo, pero también supone el
empeño por entregar a nuestros hermanos lo mejor que tenemos. Lo mejor que
María tiene es la persona de Jesús, escondido en sus entrañas, por eso lo
entrega a Isabel y Juan Bautista para que sientan el gozo del advenimiento del Mesías
esperado. Como hizo María, la mejor vivencia de la misericordia que los
cristianos podemos ofrecer a nuestro mundo es presentarle a Jesús, tanto con la
valentía de nuestra palabra como con el testimonio fehaciente de nuestras
obras.
A quien más beneficia la vivencia
de la misericordia es a quien la práctica con fidelidad; por eso dice Isabel a
María: “Feliz tu que has creído”. A menudo buscamos la felicidad en momentos
efímeros y en cosas caducas, cuando la felicidad brota de la vivencia de la
misericordia; no en vano decía Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hch
20,35). La práctica de la misericordia es el cincel que esculpe nuestra vida a
imagen de Jesús hasta convertirnos en testigos de la misericordia divina en la
sociedad humana. En la Eucaristía que celebramos pidamos al Señor que nos
transforme, como a María, en testigos felices de su ternura y de su
misericordia.
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miércoles, 18 de noviembre de 2015
¿CUÁL ES LA ESPIRITUALIDAD DEL EVANGELIO DE LUCAS?
Francesc Ramis Darder
La razón nos mueve a buscar la verdad pero
quien realmente la encuentra es el corazón. El evangelio necesita ser
comprendido y vivido desde la fe. La actitud de Fe es la que nos permite
experimentar a Jesús como el Señor que actúa en nuestra vida desde la
misericordia, y nos permite conocerle a través de la plegaria constante.
Los
evangelios están poblados de personajes que son ejemplos para la comprensión de
la salvación que Jesús nos otorga. En el Evangelio de Lucas podríamos hablar de
muchos de esos personajes, pero nos
fijaremos solamente en dos, especialmente significativos: Teófilo y María.
a.
Teófilo.
La palabra "Teófilo" es un nombre
griego que significa "amigo de Dios". Nuestro autor nos lo situa al
inicio de su evangelio (1, 1-4) y, en el comienzo del libro de los Hechos (1,
1-5). De ese modo y bajo el aspecto literario, la obra de Lucas aparece como
una larga carta que el autor remite a su compañero Teófilo.
Además de su implicación literaria, el nombre
"Teófilo", adquiere también una fuerte connotación religiosa. Para
comprender el evangelio es necesaria la actitud interior de desear ser
"amigo de Dios". Recordemos que "ser amigo de Dios" no es
otra cosa sino seguir a Jesús cargando la cruz de cada día. El Evangelio no se
estudia sólo para conocer mejor a Jesús,
se profundiza en el Evangelio para seguirlo mejor. Sólo desde el seguimiento
radical de Jesús puede conocerse el verdadero rostro de Cristo. La "amistad"
es la forma más privilegiada del amor, porque es aquella relación que brota de
la libertad.
Tengamos eso muy presente: El evangelio de
Jesús no es nada si no significa el todo en la vida. El estudio del evangelio
que no implica una vida de oración y una constante práctica de la misericordia
llevando la cruz cotidiana; se convierte en un aprendizaje de "datos"
sobre Jesús que, a la larga, vacían nuestra vida de la auténtica existencia a
la que está llamada.
b.
María.
Los relatos de la infancia de Jesús (1, 5 -
2, 52) colocan ante nuestra mirada el rostro de numerosas personas: María,
Zacarías, Isabel, José, Simeón, Ana. En ellos se encana ejemplarmente la fe y
la esperanza de Israel y la redención de Jerusalén (2, 25.38). Ellos esperaban con pasión la
llegada del verdadero Mesías libertador de su pueblo. De todos estos personajes
el más importante es, sin duda, María.
Así como "Teófilo" es el símbolo de la necesaria amistad con
Dios; María es el ejemplo de la humildad y de la pobreza necesaria para captar
el sentido profundo del Evangelio.
Una de las oraciones más bellas del NT es
el "Magnificat" (1, 46-55). Son muchos los elementos que podríamos
destacar de este cántico, pero nos fijaremos en dos frases de María:
- (1, 48): " ... porque ha puesto los
ojos en la humildad de su esclava ".
- (1, 52): " ... a los hambrientos los
colma de bienes y a los ricos los despide vacíos ".
La primera frase destaca la actitud de la
humildad y la segunda insiste en la pobreza. Sin una clara opción por los
pobres y sin una existencia humilde, no es posible el seguimiento de Jesús.
Cuando hablamos de "humildad"
tenemos, a veces, una idea distorsionada de lo que significa. Pensamos, a
menudo, que ser humilde consiste en recorrer la vida teniéndonos en poca cosa,
o considerándonos continuamente como inferiores a los demás. Eso es una actitud
paralizante que nos impide crecer en humanidad, porque perdemos la vida
comparándonos con los demás. No es verdad que seamos "nada", la
verdad es que somos "hijos de Dios".
¿ Qué es verdaderamente ser humilde ?. El
término "humildad" es una voz
que se origina en la lengua latina "Humus, humilis" y significa
tierra. Humilde es aquella persona que esta sobre la tierra, que "está con
los pies en el suelo". Es decir; es humilde aquel que sabe mirarse a sí mismo, a los demás y a las cosas, como
realmente son; y no como le gustaría a él que fueran. Humilde es aquel que
mirándose a si mismo no tiene miedo de su persona y, sabe discernir que es
aquello de lo cual ha de convertirse y que es aquello en lo que debe aceptarse.
Sólo la verdadera humildad permite el
desapego de las riquezas y la determinante opción por los pobres. Aquel que no
es humilde, para poder vivir tiene necesidad de apegarse a muchas cosas, y esas
cosas hacen difícil la opción por el Reino de los Cielos.
Esos dos personajes, María y Teófilo nos
han sintetizado las virtudes imprescindibles para vivir el evangelio: la
amistad con Dios, la humildad y la opción por los pobres. Sin esas tres
actitudes el evangelio deja de ser "Buena Nueva" y se convierte en
una obra más de las que se editaron en el siglo I referida a un destacado
personaje histórico. Vamos a acercarnos a la lectura del evangelio de Lucas con
los ojos de la fe y con la confianza de ser miembros de la Iglesia. Sólamente
eso podrá suscitar en nosotros la humildad y el espíritu de plegaria,
imprescindibles, para comprender nuestro relato como "Buena Nueva".
lunes, 25 de mayo de 2015
MARÍA, MADRE DE JESÚS
Francesc Ramis Darder
La
figura de María siempre dirige nuestra vida hacia el seguimiento del
evangelio. Recordemos, en este sentido, las palabras de María durante el
banquete de las bodas de Caná (Ju 2,1-12). Cuando el vino se había
terminado; María dice a quienes servían las mesas: “Haced lo que Él os diga” (Ju 2,5). El pronombre “Él” refiere la persona de Jesús; por eso María dice propiamente: ¡Hacedlo que Jesús os diga!
Pero,
¿que significa en la vida de María llevar a término lo que Jesús dice?
La vida de María es el mejor ejemplo de fidelidad a Jesús. Veámoslo en
algunos retazos del evangelio
El anuncio del nacimiento de Jesús muestra la disponibilidad de María para realizar la voluntad de Dios: “Aquí está la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38). La visita de María a Isabel denota su sevicialidad ante la necesidad del prójimo: “María estuvo con Isabel unos tres meses”
(Lc 1,56). La oración del Magnificat, excelente resumen del AT, muestra
como palpita en el corazón de María la certeza de que Dios salva a al
género humano: “Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia ... en favor de Abrahán y su descendencia por siempre” (Lc 1,54). La narración del nacimiento de Jesús realza la humildad de María y su ternura con el hijo recién nacido: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre” (Lc 2,7).
La
presentación de Jesús en el Templo y las palabras de Simeón y Ana
permiten a María descubrir la dureza y la victoria de la futura misión
de Jesús. Dice Simeón: “mis ojos han visto al Salvador ... como luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,29-32); y, refiriéndose a María, especifica: “pero a ti una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35).
María no se arredra ante las dificultades que puedan sobrevenirle a causa del seguimiento del Jesús, sino que guarda “todas las cosas en su corazón”
(Lc 2,51). Ateniéndonos al lenguaje del AT, “guardar las cosas en el
corazón” indica la fidelidad a los compromisos contraídos. Y María dará
ejemplo de fidelidad. Acompañará a Jesús durante la predicación (Lc
8,19-21); permanecerá, junto al apóstol Juan, al pie de la cruz donde
muere Jesús (Ju 19,25-27); y junto a los apóstoles esperará en el
Cenáculo el envío del Espíritu Santo: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús” (Hch 1,14).
Continuando la senda abierta por la Sagrada Escritura, la Tradición de la Iglesia
se ha referido a María para destacar aspectos cruciales de Jesús. El
Concilio de Nicea (325) insistió en la naturaleza divina de Jesús (Ju
1,1); y con toda razón el Concilio de Constantinopla (381) recalcó la
naturaleza humana de Jesús (Ju 1,14).
Sin
embargo parecía difícil conjugar ambas posiciones afirmando que Jesús
era, a la vez, Dios y hombre verdadero. Entonces surgió un obispo,
Nestorio, que afirmó que en la persona de Jesús había dos sujetos
distintos. Por una parte estaba el hombre Jesús que padeció el dolor de
la flagelación y murió crucificado. Por otra parte, inserto en el cuerpo
de Jesús, decía Nestorio, estaba Dios, camuflado bajo el aspecto de la
carne corporal; por eso cuando Jesús era azotado o crucificado, quien
padecía era sólo su naturaleza humana, el cuerpo de Jesús, mientras su
naturaleza divina, protegida por el cuerpo, no sufría dolor alguno.
Por
eso Nestorio sostuvo que María había dado a luz únicamente el cuerpo de
Jesús; y que más tarde, quizá durante el bautismo en el Jordán, el
Espíritu de Dios se había introducido en el cuerpo de Jesús.
El
Concilio de Éfeso (430) rebatió el error de Nestorio apelando a las
palabras de Cirilo de Alejandría: “Jesucristo es una sola persona, un
solo sujeto. Todo lo que se dice de Jesucristo se dice del Verbo, porque
hay una identidad personal. Jesús y el Verbo no están unidos, sino que
son uno y el mismo. Cierto que de esta persona se pueden decir
propiedades humanas y divinas. Pero hay que afirmar que María es Madre
de Dios, Madre del Verbo; y que el Verbo (Ju 1,1) se encarnó (Ju 1,14)
se hizo pasible y murió por nosotros.
La
vida de María remite el horizonte de la vida cristiana al cumplimiento
fiel del evangelio, y alienta a los cristianos a reconocer en Jesús la
presencia encarnada de Dios entre nosotros. El ejemplo de María orienta
nuestra vida hacia el pleno seguimiento de Jesús, el salvador de la
humanidad entera.
martes, 3 de diciembre de 2013
ADVIENTO 2013. MARÍA: MODELO DE ADVIENTO
Francesc Ramis Darder
La figura de María siempre dirige nuestra vida hacia el seguimiento del evangelio. Recordemos, en este sentido, las palabras de María durante el banquete de las bodas de Caná (Ju 2,1-12). Cuando el vino se había terminado; María dice a quienes servían las mesas: “Haced lo que Él os diga” (Ju 2,5). El pronombre “Él” refiere la persona de Jesús; por eso María dice propiamente: ¡Hacedlo que Jesús os diga!
Pero, ¿que significa en la vida de María llevar a término lo que Jesús dice? La vida de María es el mejor ejemplo de fidelidad a Jesús. Veámoslo en algunos retazos del evangelio
El anuncio del nacimiento de Jesús muestra la disponibilidad de María para realizar la voluntad de Dios: “Aquí está la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38). La visita de María a Isabel denota su sevicialidad ante la necesidad del prójimo: “María estuvo con Isabel unos tres meses” (Lc 1,56). La oración del Magnificat, excelente resumen del AT, muestra como palpita en el corazón de María la certeza de que Dios salva a al género humano: “Tomó de la mano a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia ... en favor de Abrahán y su descendencia por siempre” (Lc 1,54). La narración del nacimiento de Jesús realza la humildad de María y su ternura con el hijo recién nacido: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre” (Lc 2,7).
La presentación de Jesús en el Templo y las palabras de Simeón y Ana permiten a María descubrir la dureza y la victoria de la futura misión de Jesús. Dice Simeón: “mis ojos han visto al Salvador ... como luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,29-32); y, refiriéndose a María, especifica: “pero a ti una espada te atravesará el alma” (Lc 2,35).
María no se arredra ante las dificultades que puedan sobrevenirle a causa del seguimiento del Jesús, sino que guarda “todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). Ateniéndonos al lenguaje del AT, “guardar las cosas en el corazón” indica la fidelidad a los compromisos contraídos. Y María dará ejemplo de fidelidad. Acompañará a Jesús durante la predicación (Lc 8,19-21); permanecerá, junto al apóstol Juan, al pie de la cruz donde muere Jesús (Ju 19,25-27); y junto a los apóstoles esperará en el Cenáculo el envío del Espíritu Santo: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús” (Hch 1,14).
Continuando la senda abierta por la Sagrada Escritura , la Tradición de la Iglesia se ha referido a María para destacar aspectos cruciales de Jesús. El Concilio de Nicea (325) insistió en la naturaleza divina de Jesús (Ju 1,1); y con toda razón el Concilio de Constantinopla (381) recalcó la naturaleza humana de Jesús (Ju 1,14).
Sin embargo parecía difícil conjugar ambas posiciones afirmando que Jesús era, a la vez, Dios y hombre verdadero. Entonces surgió un obispo, Nestorio, que afirmó que en la persona de Jesús había dos sujetos distintos. Por una parte estaba el hombre Jesús que padeció el dolor de la flagelación y murió crucificado. Por otra parte, inserto en el cuerpo de Jesús, decía Nestorio, estaba Dios, camuflado bajo el aspecto de la carne corporal; por eso cuando Jesús era azotado o crucificado, quien padecía era sólo su naturaleza humana, el cuerpo de Jesús, mientras su naturaleza divina, protegida por el cuerpo, no sufría dolor alguno.
Por eso Nestorio sostuvo que María había dado a luz únicamente el cuerpo de Jesús; y que más tarde, quizá durante el bautismo en el Jordán, el Espíritu de Dios se había introducido en el cuerpo de Jesús.
El Concilio de Éfeso (430) rebatió el error de Nestorio apelando a las palabras de Cirilo de Alejandría: “Jesucristo es una sola persona, un solo sujeto. Todo lo que se dice de Jesucristo se dice del Verbo, porque hay una identidad personal. Jesús y el Verbo no están unidos, sino que son uno y el mismo. Cierto que de esta persona se pueden decir propiedades humanas y divinas. Pero hay que afirmar que María es Madre de Dios, Madre del Verbo; y que el Verbo (Ju 1,1) se encarnó (Ju 1,14) se hizo pasible y murió por nosotros.
La vida de María remite el horizonte de la vida cristiana al cumplimiento fiel del evangelio, y alienta a los cristianos a reconocer en Jesús la presencia encarnada de Dios entre nosotros. El ejemplo de María orienta nuestra vida hacia el pleno seguimiento de Jesús, el salvador de la humanidad entera.
lunes, 13 de mayo de 2013
MARÍA, EL MAGNIFICAT: Lc 1,46-55
Francesc Ramis Darder
El relato de la Anunciación (Lc 1, 26-38) comenta las etapas externas de la vocación de María, mientras el Magnificat (Lc 1, 46-55) comunica cómo la llamada del Señor resonó en el corazón de María.
La vivencia de Dios es particular y específica, pero participa siempre de la experiencia divina de la comunidad cristiana. El eco de la voz de Dios en el interior de María, permite discernir la vivencia de Yahvé experimentada por Israel en su historia. Una historia que es respuesta a la voz de Dios que suscita el deseo de santidad: “sed santos como vuestro Dios es Santo” (Lv 19, 2). En el interior de María y en el corazón de Israel actúa el Dios personal que ama y libera.
La experiencia religiosa de Israel se sostiene en una certeza: “el Señor nos ha liberado de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso” (Dt 6, 20-23). María, como Israel, se siente salvada y liberada por Dios. El Señor la hizo suya de la misma manera que constituyó a Israel como pueblo de su heredad (Ex 6, 7).
Yahvé eligió a Israel como posesión personal. Hubiera podido elegir a pueblos más importantes como Egipto o Asiria. Pero el Señor eligió una nación de la que podía recibir pocas cosas. El Dios de Israel actúa gratuitamente. Cuando llama no es para obtener beneficios, sino para llenarnos, como a María, de su gracia y de su ternura.
Dios llamó a Israel y lo constituyó en servidor. En el AT, el siervo de Dios no es un esclavo, sino aquel que participa en la acción liberadora de Dios. María es la sierva del Señor que participa de manera privilegiada en la liberación de Dios en favor de los hombres, vive la encarnación y contempla la muerte y la resurrección de Jesús.
Yahvé liberó a Israel de Egipto y le acompañó con sus dones: el maná (Ex 16); el pacto del Sinaí (Ex 19-24), el don de la Tierra Prometida (Jos 1-24), etc. Los profetas recuerdan la santidad de Dios (Is 6), el amor constante del Señor (Os 1-3), y la fidelidad de Dios a sus promesas (Miq 7, 20). Expresiones, todas ellas, que aparecen en el “Magnificat”.
Los escritos sapienciales, y especialmente los Salmos, muestran el amor delicado del Señor en favor de su pueblo y de cada israelita (Sal 89, 11; 103, 17; 111, 9). María, recogiendo la plegaria del Salterio clama: “... su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1, 50).
El libro de Job (Jb 5, 11) comenta la proximidad de Dios al sufrimiento humano. Samuel describe la ayuda del Señor a los humildes, los débiles, los que buscan en Dios un refugio seguro (1 Sam 1, 11; 2, 1-10). El Magnificat recoge la preferencia de Dios por los humildes; así, al igual que Dios se fijó en un pueblo pequeño para realizar su proyecto, elige a María para llevar el proyecto a divino a la plenitud: la encarnación de Jesús, la presencia salvadora de Dios entre nosotros.
viernes, 3 de mayo de 2013
MARÍA, LA ANUNCIACIÓN: Lc 1,47-55.
Francesc Ramis Darder
-->
El evangelio de Lucas presenta a María
como ejemplo de quien encarna y vive el evangelio. Ella es la “llena de gracia”
que engendra en sus entrañas al Hijo de Dios entre los hombres. Ella recorre el
camino cristiano y experimenta las maravillas de Dios. Al pie de la cruz topa
con el rostro de los pobres reflejado en el cuerpo de su Hijo crucificado. En
el cenáculo, orando con los discípulos, experimenta la nueva vida del Señor y
recibe el Espíritu Santo.
Sólo con los ojos del alma detectamos
la presencia de Dios en los acontecimientos de la vida. María es el modelo de
vida cristiana porque contempla su vida con los ojos de Dios; observémoslo en
dos pasajes: “la Anunciación” (Lc 1, 26-38) y “el Magnificat” (Lc 1, 47-55).
a. La Anunciación (Lc 1, 26-38).
Al aceptar María en la Anunciación el proyecto divino proclamado por el
ángel, acontece la encarnación del Hijo de Dios. La opción cristiana es la
respuesta del hombre a la voz de Dios que le llama y le ama primero. Cuando el
ángel se dirige a María le comunica la certeza del amor de Dios: “el Señor
está contigo” (Lc 1, 27), y por esa razón exultará de gozo en el
Magnificat (Lc 1, 47-55).
El ángel llama a la Virgen por su nombre: ¡María! Dios nos conoce
personalmente y a veces con un apelativo familiar. En el AT Dios trata a su
pueblo de manera personal y le habla con cariño: “gusanillo de Jacob” (Is 41,
14), “Yerusum” (Is 44, 2), etc.
María, por mediación del ángel,
percibe que Dios la conoce por su nombre y confía en ella. Pero también escucha
con respeto el proyecto divino: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz
un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo
del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre
la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).
Dios llama desde el conocimiento personal e infunde confianza, pero
aquello a lo convoca no es una simpleza. Dios nos llama a seguir el evangelio, y eso no es fácil. La invitación de Dios impone respeto, desafía a
emprender el camino de Cristo.
María se siente conturbada. El encuentro con Dios es un momento de
misterio. Es la sensación de entrar en un ámbito nuevo. Después de la sorpresa,
María experimenta respeto ante el proyecto divino. No entiende cómo Dios pide
algo inaudito: “¿Cómo sucederá eso si yo no conozco varón?” (Lc 1, 34).
Ante la grandeza divina, María descubre su propio límite: Cuando recibe el
anuncio del ángel está desposada con José, pero aun no ha tenido lugar el
matrimonio.
Al percibir la llamada de Dios nos sobrecoge el misterio. Captamos
nuestros límites. Percibimos que nuestra fuerza es insuficiente para llevar adelante
el proyecto divino. Ese fue el sentimiento de María: el respeto, el darse
cuenta de que por sí sola no se bastaba. Pero también junto a aquel temor
estaba la fuerza de Dios: “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1,
37).
La propuesta de Dios a María es humanamente irrealizable: “darás a
luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31). Los proyectos
divinos no triunfan con la fuerza humana ,sino con la firmeza de Dios. Cuando
aceptamos seguir el evangelio es el mismo Señor quien nos proporciona la gracia
para llevarlo a cabo.
Dios está con María: “El Espíritu Santo bajará sobre tí y la fuerza
del Altísimo te cubrirá con su sombra ... porque para Dios nada hay imposible”
(Lc 1, 35-37). Desde esa seguridad María confía en la presencia del Altísimo y
concebirá a Jesús, la presencia encarnada de Dios entre nosotros.
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