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jueves, 3 de septiembre de 2020

¿QUIÉN ES JESÚS?

 


                                                               Francesc Ramis Darder

                                                               bibliayoriente.blogspot.com



JESÚS DE NAZARET

LA PRESENCIA ENCARNADA DE DIOS ENTRE NOSOTROS

 

 

 

 

                                                                      “Dar testimonio de Jesús

                                                                                                y tener espíritu profético es lo mismo”.

                                                                                                                 (Ap 19,10).

 

 

 

 

     La Carta a los Hebreos comienza con estas palabras: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas; ahora en este momento final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo” (Hb 1,1). El Señor que modela nuestra vida con amor apasionado habló a nuestros padres por boca de los profetas, pero hoy se dirige a nosotros por medio de su Hijo.

 

    El Dios de la vida exige la justicia (Amós) y habla con ternura (Oseas); guarda nuestra vida (Isaías) y la protege en los momentos más duros (Jeremías); nos regala su espíritu (Ezequiel) y nos transforma con su palabra (Segundo Isaías); y, finalmente, nos promete la victoria final (Daniel). Pero ¿cuál es el rostro de este Dios que ama apasionadamente? El Antiguo Testamento es el río que desemboca en el Nuevo Testamento. Jesús de Nazaret es el profeta definitivo, pues contemplando el rostro de Jesús vemos la mirada de Dios que transforma nuestra vida con amor apasionado.

 

    Leeremos el NT desde la perspectiva catequética. Es decir, contemplaremos la manera en que Jesús manifiesta a los discípulos su identidad más íntima, y cómo después de la resurrección se les revela como Señor.

 

 

 

1. Jesús de Nazaret: el Mesías esperado y sorprendente.

 

    “Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo y por el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? ...  Pedro le respondió: Tú eres el Mesías” (Mc 8,27-30). ¿Qué significa la palabra “Mesías”?

 

    El término hebreo “Mesías”, y su traducción griega “Cristo”, significa “ungido”. En el Antiguo Testamento los “ungidos” por excelencia; es decir, los “Mesías” eran los reyes de Israel.

 

    El rey de Israel gobernaba desde la perspectiva política, militar y legislativa, pero gozaba de una prerrogativa propia: era un rey ungido. Cuando el monarca hebreo era entronizado, un profeta derramaba sobre la cabeza del soberano aceite consagrado, de ese modo el profeta Samuel ungió a David (1Sam 16,13). La unción confería al rey atribuciones religiosas con las que devenía mediador entre Dios y los hombres; pero, sobre todo, le comprometía a gobernar con los criterios de Dios: eliminar la idolatría, defender a los pobres, servir al pueblo, y consolidar el Templo.

 

    Los reyes de Israel y Judá fueron numerosos, pero el AT sólo alaba especialmente el comportamiento de David (1Sam 16 - 2Sam 6), Ezequías (2Re 18,1-8), y Josías (2Re 23,24-27). Los demás monarcas, en general, son censurados, pues aunque desde la perspectiva humana ganaran batallas y edificaran palacios, se preocuparon poco de sembrar entre el pueblo la misericordia divina.

 

    Los abusos de la realeza llevaron a Israel al desastre (2Re 23,31 - 25,26). El año 587 aC Nabucodonosor destruyó Jerusalén y deportó parte de sus habitantes a Babilonia. Al volver del exilio (538 aC) el pueblo fue administrado por sacerdotes. El sumo sacerdote recibió la unción que antes pertenecía a los reyes (Lv 4,3.5.16), y de ese modo se hizo responsable de dirigir el pueblo con los criterios de Dios.

 

    Los profetas contemplaban el fracaso de reyes y sacerdotes para guiar al pueblo con las normas divinas. En los ambientes proféticos surgió el más intenso anhelo por la llegada de un auténtico ungido, de un verdadero “Mesías” que viviera y enseñara el plan de Dios (cf. Sal 2). El deseo del Mesías definitivo era tan intenso que algunos esperaban la llegada de dos Mesías: un “Mesías Sacerdote” para regir la esfera religiosa, y un “Mesías Rey” para los asuntos palaciegos (Ez 45,1-8; Zac 4,1-14).

 

    Las condiciones sociales eran duras en Palestina durante el siglo I. Todos suspiraban la llegada inminente del Mesías; pero, y eso es muy importante, el Mesías que la gente esperaba tenía unas características distintas al Mesías anunciado por el AT.

 

    Los profetas anunciaban el advenimiento del Mesías que traería el proyecto de Dios. En cambio, los hebreos del siglo I esperaban un Mesías con tres características. Deseaban un Mesías poderoso para desbancar militarmente a los romanos. Querían un Mesías económicamente fuerte para eliminar de un plumazo la pobreza. Y ansiaban un Mesías deslumbrante, ante quien no restara más alternativa que la adulación.

 

    Jesús es el Mesías anunciando por el AT, pero no es el Mesías poderoso, rico, y deslumbrante que la gente esperaba. Jesús es el Mesías, pero ejerce su ministerio actuando como el “Hijo del Hombre”. Aplicado a Jesús, el título “Hijo del Hombre” indica que Jesús no libera desde la fuerza del poder, la capacidad material de tener o la astucia de la apariencia; sino desde la humildad, la actitud de servicio, y la vida compartida.

 

    Jesús no redime con el poder sino desde la entrega y el servicio: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mt 20,28). Jesús no salva desde la riqueza, sino compartiendo la vida con todos: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres ... luego ven y sígueme” (Mt 19,21). Jesús no libera mediante la apariencia deslumbrante, sino desde el oprobio de la cruz: “... se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8).

 

    Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado en la Antigua Alianza, pero matiza su mesianismo con el título de “Hijo del Hombre”. Jesús es el Mesías que enseña a amar con los criterios de Dios: servicio, humildad, y experiencia de vida compartida.

 

 

 

2. Jesús: el Hijo del Hombre que actúa como Siervo de Yahvé.

 

    La expresión “Hijo del Hombre” designó, en sus orígenes, al hombre mismo contemplado desde su caducidad (Job 25,6), después adquirió un significado profundo. Veámoslo.

 

a. Durante el exilio de Babilonia (587-538 aC).

 

    El exilio fue un tiempo difícil y a la vez privilegiado para el pueblo hebreo. Lejos de su patria, el pueblo se sentía débil e imploraba la ayuda de Dios. El Señor suscitó entre los desterrados al profeta Ezequiel a quien llamaba “Hijo del hombre” (Ez 2,1.3). El título “Hijo del Hombre” no señala sólo la caducidad humana de Ezequiel, designa metafóricamente a Israel oprimido que súplica el auxilio divino para sobrevivir.

 

b. Durante la persecución de Antíoco IV Epífanes (175-163 aC).

 

    El rey Antíoco IV oprimió al pueblo judío y atacó con violencia su religión y sus costumbres. Durante la persecución, un autor anónimo, escribió el libro de Daniel para infundir esperanza en el pueblo desolado. La obra de Daniel, a través de la alegoría histórica, narra el sufrimiento de Israel y testimonia la resistencia del pueblo que confía en la ayuda del Señor.

 

    En el momento más cruel de la persecución (Dan 7), el libro describe a alguien semejante a un “Hijo del Hombre” presentándose ante el “Anciano” (Dan 7,13). El “Hijo del Hombre” simboliza a la comunidad fiel al Señor que no sucumbe a las insidias del opresor (Dan 7,18), y el “Anciano” representa a Dios que otorga a la comunidad fiel la victoria final (Dan 7,27).

 

    La voz “Hijo del Hombre”, durante la persecución de Antíoco IV, encarna a la comunidad oprimida y fiel al Señor, a la que la perseverancia y la fe otorgan el triunfo definitivo.

 

c. En la época de Jesús.

 

    Además del AT el pueblo hebreo redactó excelentes libros, entre ellos destaca “el Apocalipsis de Henoc”. Leído en perspectiva catequética, el libro presenta al Hijo del Hombre como un personaje misterioso que Dios guarda en el cielo para enviarlo a la tierra en los últimos tiempos. El Hijo del Hombre actuaría desde la humildad, el servicio y la vida compartida, y devendría juez, salvador y protector de los justos.

 

    Tres diferencias separan el concepto de “Hijo del Hombre” propio de la época de Daniel, de la connotación que tenía en la época de Jesús. El Hijo del Hombre no designa ya una comunidad sino a un individuo concreto. El Hijo del Hombre no vive en la Tierra, sino que permanece en el Cielo para intervenir al final de la Historia. El Hijo del Hombre no experimentará ningún dolor al actuar como salvador, juez y protector.

 

    La diferencia crucial es la tercera: el Hijo del Hombre no experimenta sufrimiento alguno cuando actúa con humildad, presta servicio a todos, y comparte la vida con los discípulos y los pobres.

 

d. El Hijo del Hombre en la comprensión de Jesús.

 

    Jesús explica a sus discípulos la manera en que Él es Hijo del Hombre: “... empezó a enseñarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían, y a los tres días resucitaría” (Mc 8,31), pero sus discípulos no entienden nada (Mc 8,32).

 

    Los apóstoles, igual que la gente de su tiempo, pensaban que el Hijo del Hombre sería capaz de amar sin que le supusiera ningún padecimiento; cuando lo cierto es que amar significa mucho esfuerzo y grandes renuncias. Servir implica arrodillarse para lavar los pies al hermano (Ju 13,1-20), y compartir implica entregarse gratuitamente para el bien del prójimo (Mt 7,7-12).

 

    Si Jesús se presentase como el Hijo del Hombre según la opinión de su época, los discípulos creerían que servir, compartir, y ser humilde no implica ningún esfuerzo. Jesús es el Hijo del Hombre, pero afirma que la opción por el amor supone la entrega y el sufrimiento para edificar el Reino de Dios (cf. Mc 8,31).

 

    El estilo en que Jesús vive como Hijo del Hombre se denomina en el lenguaje bíblico “Siervo de Yahvé”. Desde la óptica catequética, el Siervo de Yahvé es el Hijo del Hombre que trae la salvación viviendo la humildad, experimentado la vida compartida, sirviendo a todos, y percibiendo en todo eso el cumplimiento de la voluntad de Dios.

 

 

 

3. Jesús: el Siervo de Yahvé.

 

    El AT confiere el título de “Siervo” a los hombres elegidos por Dios para guiar a Israel. Sin embargo la connotación específica del término aparece en el Segundo Isaías. Recordemos que Is 40-55 afirma, básicamente, que Dios es Dios, no sólo porque sea eterno u omnisciente, sino porque interviene en la Historia humana.

 

     A lo largo de Is 40-55, Dios interviene en el la historia de Israel mediante las figuras de Ciro y el Siervo. Ciro es el mediador divino para la liberación del pueblo exiliado (Is 41,1-5; 45,1-8); mientras el Siervo, a través de su vida entregada por amor, consigue la pervivencia de la identidad israelita, simbolizada en la reconstrucción de Jerusalén (Is 54,1 - 55,5). Cuatro poemas denominados “Cánticos del Siervo” (Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-11; 52,13 - 53,12) describen su entrega amorosa en favor de Israel deportado.

 

     Jesús asume la misión del Siervo descrito en la obra de Isaías. Jesús es la luz del Mundo (Ju 8,12) y el liberador de los pobres (Lc 4,18-19). Como le sucedía al Siervo descrito en los Cánticos; Jesús es despreciado y considerado un malhechor (Lc 22,37), y entrega su vida hasta quedar desfigurado y morir en la cruz (Mt 26,28), pero a los tres días resucita (Mt 28,1-9). La semejanza entre el proceso de Jesús y el Siervo aparece bellamente expuesto en la Carta a los Filipenses: “Dios lo exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre ... para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,8-11).

 

    Intentemos sintetizar lo que hasta ahora hemos expuesto. Jesús es el Mesías anunciado por el AT que matiza su mesianismo desde la perspectiva del Hijo del Hombre: la actuación de Jesús manifiesta la humildad, el servicio y la vida compartida. Seguidamente, Jesús perfila su actuación como Hijo del Hombre desde la óptica del Siervo de Yahvé presentado por Isaías: Jesús entrega realmente su vida por amor, sufre para salvarnos, y padece practicando la humildad, el servicio y la vida compartida. Pero todavía falta lo más importante, Jesús mostrará a sus discípulos su intimidad con Dios.

 

 

 

4. Jesús de Nazaret: El Señor

 

    La transfiguración permitió a Pedro, Santiago y Juan, sondear la intimidad de Jesús con Dios (Lc 9,28-36); pero sólo la experiencia de la resurrección y la ascensión (Lc 24,36-53), junto al don del Espíritu Santo (Ac 2,1-13) permitirá a los apóstoles confesar que Jesús es el Señor. Después de recibir el Espíritu, Pedro dirige un discurso al pueblo que concluye con estas palabras: “Así pues, que todos los israelitas tengan la certeza de que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús que vosotros crucificasteis” (Ac 2,36). Ciertamente, “nadie puede decir: Jesús es Señor, sino está movido por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3).

 

    ¿De dónde procede el título “Señor” que la primera comunidad cristiana, impulsada por el Espíritu Santo, otorga a Jesús?

 

    La comunidad judía de Alejandría (Egipto) tradujo el AT hebreo al griego entre los siglos III y II aC. en la llamada “Traducción de los Setenta”. Cuando el traductor hallaba el término hebreo “Yahvé” que significa Dios, solía traducirlo con la palabra griega “Kurios” equivalente a la voz “Señor”. El texto del AT más utilizado por los cristianos no fue el hebreo, sino el griego; pues la Iglesia, al ser intrínsecamente misionera, necesitaba exponer la Palabra en una lengua comprendida por todos como era entonces el griego. Así como la Traducción de los Setenta denomina a Dios  “Señor”; el NT, redactado en griego, llama a Jesús “Señor”, apreciando en Jesús de Nazaret la plenitud de la actuación divina en la Historia iniciada ya en el AT.

 

    Yahvé, el “Señor” en la traducción griega del AT, modelaba a Israel mediante cinco etapas privilegiadas: Liberación (Ex 1-15), acompañamiento (Gen 12-50), creación (Gen 1,1 - 2,3; Is 43,1-7), perdón (Os 1-3), y vida para siempre (Sab 3,1-5). Jesús, el “Señor”, forja a la comunidad mediante las mismas cinco etapas, y a través de la Iglesia anuncia a la humanidad entera la paternidad de Dios y la certeza del Reino.

 

a. Jesús libera.

 

    Yahvé liberó a Israel de la esclavitud de Egipto (Ex 1-15); también Jesús ha venido “... a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18b-19). La liberación concedida por Jesús aparece principalmente en los milagros. ¿Qué es un milagro?

 

    Fijémonos en el texto de “Los Diez Leprosos” (Lc 17,11-19). Jesús encuentra diez leprosos y les dice “id a presentaros a los sacerdotes”. Los israelitas llamaban lepra a toda mancha de la piel (Lv 13). Los sacerdotes la diagnosticaban, y por eso Jesús los manda al sacerdote. Los leprosos vivían miserablemente en descampado (Lv 13,45), y esperaban al Mesías para que les curara de su dolencia (Lc 7,18-23).

 

     “Mientras iban de camino quedaron purificados de la lepra, uno de ellos notando que estaba curado...”. Nueve han sido “purificados” pero sólo uno ha sido “curado”. La “purificación” indica el cambio externo por el que las manchas de la piel desaparecen. Los nueve “purificados” ven en Jesús sólo a alguien capaz de cambiarles exteriormente. En cambio, la “curación” denota una transformación interior que se manifiesta externamente. Las manchas desaparecen, como en los otros nueve, pero a través de la volatilización de las manchas el hombre curado percibe en Jesús la actuación divina: ese es el auténtico milagro.

 

    El verdadero milagro no consiste en el cese de la enfermedad, sino en descubrir a través de la curación presencia de Dios que cura. En el AT Dios es el que cura a Israel “Yo soy Yahvé el que te cura” (Ex 15,26). El hombre curado se prosterna ante la manifestación de la divinidad. Para el leproso curado acontece el milagro, mediante la eliminación de la lepra capta en Jesús la presencia de Dios que cura.

 

b. Jesús acompaña.

 

    Jesús atrae a las multitudes (Mc 3,7-11) y a los discípulos (Mc 2,23), entre quienes elige a los Doce (Mc 3,13-18), intima con Pedro, Santiago y Juan (Mc 9,2) mientras las mujeres le siguen desde Galilea hasta la cruz y la sepultura (Mc 15,40).

 

    Jesús habla a las multitudes mediante parábolas entresacadas del lenguaje popular: “Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto que las aves del cielo anidan en sus ramas” (Mt 13,31-32).

 

    La parábola compara dos entidades de magnitud muy diversa; en nuestro caso, la pequeñez del grano de mostaza, con el árbol que engendra. La parábola propone, desde la comparación, una opción y ofrece una enseñanza. La opción cristiana consiste en plantar el grano de mostaza, símbolo del Reino de Dios, para que brote en la tierra el Amor. La enseñanza muestra que de la tarea cristiana, a veces pequeña como el grano de mostaza, siempre germina el Reino de Dios.

 

    Jesús no se limitó a acompañar a las multitudes y a los discípulos en Palestina, sino que prometió su presencia permanente: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (Mt 28,20).

 

c. Jesús crea.

 

    El NT asume como el AT la noción según la que Dios es el creador de todo (Gen 1,1 -  2,3), pero añade que lo hizo todo por Cristo: “... para nosotros no hay más que un Dios:  el Padre de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por quien han sido creadas todas las cosas y por quien también nosotros existimos” (1Cor 8,6). La nueva creación empieza en Cristo: “Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura” (2Cor 5,17).

 

    La tierra era caótica y vacía (Gen 1,2), pero la Palabra de Dios la convirtió en un Cosmos ordenado (Gen 1,1 - 2,3). Sólo la relación con Cristo transforma la existencia humana. El encuentro de Jesús con la samaritana convierte a aquella mujer en criatura nueva (Ju 4,1-42). Detengámonos un momento en el diálogo entre Jesús y la samaritana.

 

    Judíos y samaritanos por razones religiosas y raciales se odiaban mutuamente. Para recalcar la importancia del encuentro entre Jesús y la mujer, el texto precisa el lugar y la hora: “cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José ... estaba el pozo de Jacob ... era cerca de mediodía” (Ju 4,5-6). Ambos tienen sed; por una parte la samaritana saca agua, y por otra Jesús le pide de beber.

 

    Junto al pozo se encuentran la sed de la mujer y la sed de Jesús. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. Junto al pozo brota en el corazón de la mujer la experiencia central de la vida: el encuentro personal con Jesús. Ella y los samaritanos afirman “... estamos convencidos de que Él (Jesús) es verdaderamente el salvador del Mundo” (Ju 4,42).

 

    El resultado del encuentro personal con Cristo implica conocer a Dios en Espíritu y en Verdad (Ju 4, 3-24). Adorar a Dios en Verdad supone ser discípulo de Jesús y servidor de los hermanos. Adorar al Padre en Espíritu significa saber que la paga del amor es conocer la paternidad de Dios (Rom 8,5; Gal 4,6), y disfrutar de los dones del Espíritu: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre, y dominio de sí mismo” (Gal 5,22-23).

 

    La mujer y los samaritanos han sido creados de nuevo porque Jesús ha dado a su existencia un sentido nuevo. Han transformado el ancestral odio entre judíos y samaritanos en el reconocimiento de Jesús, un judío, como verdadero salvador.

 

d. Jesús perdona.

 

    La narración de Zaqueo muestra la forma en que Jesús confiere el perdón (Lc 19, 1-10). Zaqueo era jefe de cobradores de impuestos y muy rico. El sistema impositivo era desorbitado y los recaudadores se enriquecían extorsionando al pueblo, por eso recibían el desprecio de las gentes y eran considerados pecadores. Zaqueo deseaba conocer a Jesús, pero el gentío y su baja estatura se lo impedían, pero es Jesús quien se adelanta a mirarle y le dirige la palabra.

 

    El verbo griego que traducimos con la palabra “mirar”, significa “mirar en lo más hondo del corazón”. Jesús no se limita a observar, su mirada transforma de raíz a la persona. Jesús no contempla sólo el mal que Zaqueo ha hecho sino el bien que todavía puede realizar. Jesús le dice: “Baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19,5).

 

    La mirada y la palabra de Jesús devuelven a Zaqueo la dignidad, pues “... se pone en pie ante el Señor ...” (Lc 19,8). Sólo el perdón, manifestado en la mirada y la voz de Jesús, devuelven a Zaqueo la dignidad perdida. Quien se sabe perdonado puede gritar con el salmista “mi refugio es el Señor y proclamaré sus maravillas” (Sal 73,28). Por eso Zaqueo llama a Jesús “Señor” (Lc 19,8), Jesús no es un personaje curioso que atraviesa la ciudad, sino el único en quien vale la pena depositar la vida.

 

    Zaqueo cuando ha experimentado el perdón deviene una persona convertida: “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más” (Lc 19,8). La conversión radica en cambiar de vida para proclamar las maravillas que Dios hace por nosotros (cf Sal 73,28). Zaqueo hace mucho más de lo mandado en el AT: “aquello que ha sido robado debe devolverse con el recargo de una quinta parte” (Lv 5, 21-25), pues quien recibe verdaderamente el perdón no pone límites al amor.

 

    La mirada y la palabra junto al deseo de alojarse en casa del cobrador, han otorgado el perdón a Zaqueo. El perdón le ha restituido la dignidad y le ha permitido ver en Jesús al único Señor de su vida. Una vez perdonado, Zaqueo se convierte y retorna al prójimo la misericordia recibida del Señor.

 

 

e. Jesús otorga la vida para siempre.

 

     El relato de la pasión que narra el evangelio de Lucas muestra la lucha interna de Jesús. El Señor sufre el dolor de la cruz sabiéndose en las manos del Padre que le otorgará la victoria final. “¡Ha resucitado!” es la Buena Nueva que anuncian los dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que acuden al sepulcro ( Lc 24,6).

 

     Jesús muestra una bondad que transforma a sus verdugos y a quienes lo condenan: Pilato lo proclama inocente tres veces (Lc 23,4.14.22), así como las mujeres y el pueblo (Lc 23,27-28), el buen ladrón (Lc 23,41), y el centurión (Lc 23,47).

 

    En la narración de la crucifixión aparece el episodio del “Buen Ladrón” (Lc 23,32-33.39-43) que describe la última acción de Jesús en favor de los débiles: el Señor vierte su misericordia, convertida en esperanza, en el corazón del ladrón a quien promete el Paraíso. Toda la vida de Jesús es la manifestación de la misericordia de Dios entre los hombres. El Buen Ladrón se dirige a Jesús con una plegaria caracterizada por la humildad, la gratuidad y el sufrimiento.

 

    El mismo reconoce que padece la cruz a causa de su propia culpa: “Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos” (Lc 23,41). La situación denota la humildad: la actitud de ser realista ante los avatares de la vida. No culpa de su situación a otra persona, él mismo asume la propia responsabilidad.

 

    Al verse tal como es, nace en su corazón la capacidad de comprender a Jesús, y dice: “éste no ha hecho nada malo” (Lc 23,41). Cuando la muchedumbre se burla de Cristo, sólo él, prototipo de hombre humilde, reconoce la bondad de Jesús. ¿Qué mal había hecho Jesús? Sólo “los ancianos del pueblo, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley” (Lc 22,66) presentan ante Pilato acusaciones contra él (Lc 23,1). Jesús no hizo nada malo. Su vida fue una denuncia contra todos los que, desde su condición de poder, obran mal;  y por eso, estos mismos, lo han condenado a muerte.

 

    Desde el sufrimiento en la cruz, la plegaria del ladrón llama a la puerta de la bondad de Cristo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey” (Lc 23,42). Jesús entrega su vida por todos los hombres en la cima del Calvario. Los dos ladrones padecen la cruz y, como los israelitas en Egipto, gritan su dolor; pero Jesús muere en la cruz por ellos y, sin que ellos lo sepan, inaugura el Reino de Dios, la nueva tierra prometida.

 

    Dios, en el AT, acogía en sus manos al justo que sufría la persecución de los impíos como dice el libro de la Sabiduría: “La vida de los justos está en las manos de Dios, y ningún tormento la alcanzará” (Sab 3,1). Igualmente, el buen ladrón redimido por Jesús, es acogido a una vida nueva para siempre con Él: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). El buen ladrón alcanza la vida para siempre en las buenas manos de Dios; la vida nueva, esa es la meta de todo cristiano.

 

 

 

5. Breve síntesis final.

 

    Dios a lo largo del AT interviene especialmente en la historia de su pueblo propiciando la liberación. Los profetas son los mediadores privilegiados para manifestar la voluntad del Señor, pues no se cansó de acompañar a su pueblo mediante su voz enardecida y exigente. Ellos recordaron a Israel el camino que conduce al encuentro con Dios: la exigencia de la justicia y la vivencia de la ternura; la seguridad de saberse en manos de Dios y la certeza de que el Señor no falla nunca; la confianza de que Dios vierte constantemente en la vida humana la fuerza de su palabra y el vigor de su espíritu; y, la convicción de que el Señor concede a la comunidad fiel la victoria final.

 

    El Señor que en tiempos antiguos habló por los profetas, se dirige hoy a nuestra vida desde la Buena Noticia del Evangelio. El rostro de Dios que tantas veces se halla escondido entre las páginas del AT, se manifiesta en la mirada de Jesús. Él es el Mesías prometido que ejerce su ministerio actuando como el Hijo del Hombre, y  entregándose por nosotros como el Siervo de Yahvé.

 

    Jesús no limita su mensaje a un modelo ético brillante, sino que nos quiere para sí. Tras la resurrección y el don del Espíritu Santo, los discípulos perciben plenamente la intimidad de Jesús. Él es la presencia encarnada de Dios entre nosotros que modela nuestra vida amándonos con un amor apasionado.

 

 

 

6. Lectio Divina: Lectura de la Biblia en grupo.

 

a. Damos comienzo al encuentro con una oración comunitaria. Rezamos el Salmo 1 pidiendo al Señor que conduzca nuestra vida por el camino de su Reino.

 

b. Leamos el texto de la Bienaventuranzas despacio (Mt 5,1-11). Fijémonos en el escenario en el que Jesús predica, y apreciemos el significado de cada bienaventuranza ayudándonos con las notas de la Biblia.

 

c. ¿Que me dice el texto?

    Preguntémonos en silencio: ¿quiénes son los destinatarios de las bienaventuranzas?, ¿qué significa en mi vida la opción por los pobres?, ¿qué representa Jesús en mi vida? Comentemos en grupo nuestras respuestas.

 

d. ¿Qué le respondo a la vida?

    Volvamos a leer el texto y meditémoslo después en silencio. Preguntémonos: ¿cómo puedo vivir la misericordia?, ¿de qué modo puedo comprometerme en favor de la paz y la justicia?; ¿de qué manera puedo ser más transparente? es decir ¿cómo puedo ser limpio de corazón?, ¿dónde he de manifestar mi solidaridad?

 

e. Concluyamos con una oración dando gracias al Señor por que es Él quien forja nuestra vida con ternura y misericordia. Recemos despacio la plegaria con la que concluye la Sagrada Escritura (Ap 22,20), y pidamos a Jesús que llene nuestra vida de sentido.


sábado, 11 de abril de 2020

DIOS Y CORONAVIRUS




                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com



Homilía pronunciada por P. Rainiero Cantalamessa OFMc en la Basílica Vaticana durante la celebración litúrgica del Viernes Santo



"Dios participa en nuestro dolor para vencerlo", y en medio de tanto sufrimiento causado por esta pandemia, "es aliado nuestro, no del virus". Son las palabras del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. El fraile capuchino lanzó un mensaje contundente: "No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Construyamos una vida más fraterna, más humana y más cristiana". Compartimos la homilía completa.
Ciudad del Vaticano
La tarde del 10 de abril, Viernes Santo, día en el que la Iglesia recuerda la crucifixión y la muerte de Jesús, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en una solemne Basílica de San Pedro vacía, sin la presencia física de los fieles a causa de la pandemia del coronavirus que ha forzado el aislamiento de millones de personas en todo el mundo.
El encargado de pronunciar la homilía fue el padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia. A continuación, compartimos el texto integral.
San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen1. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da. 
Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos. Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5)

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí. ¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.
Y no sólo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo». Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano.
¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia». Ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!
Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.
Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. 
Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus! «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?
¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios "sufre", como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».
¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita. Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios». 
El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio» 5. Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado  el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.
De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).
Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario,  pero más rico en humanidad.
La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).
¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido 6. Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).
Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.
"Después de tres días resucitaré", predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!

viernes, 1 de junio de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA EL PARAÍSO TERRENAL?


                                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                                    bibliayoriente.blogspot.com


La feracidad y riqueza de Mesopotamia suscitó el encomio de los autores clásicos. A modo de ejemplo, Diodoro Sículo recogió la descripción de Persia plasmada por Jerónimo de Cardia (IV a.C.) en la “Ciropedia”, y sentenció: “Tierra elevada, bendecida por el buen clima, llena de los mejores frutos en cada estación […] árboles y arboledas cultivadas en jardines […] corrientes de agua […] que invitan al descanso más placentero” (Diodoro, Historia, 19,21.2-4). Atentos a la percepción de los antiguos, no es extraño que los autores de la Escritura situaran la metáfora del “Paraíso Terrenal” en un ámbito geográfico que sugiriera, desde el horizonte alegórico, la región mesopotámica:

   “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver, y buenos para comer, así como el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde aquí se partía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón; es el que bordea la región de Evilá, donde hay oro; el oro de esta región es puro; y también hay allí resina olorosa y ónice. El segundo se llama Guijón; es el que bordea la región de Cus. El tercero se llama Tigris; es el que pasa al este de Asiria. El cuarto es el Eúfrates. Así que el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín en Edén para que lo cultivara y lo guardara.” (Gn 2,7-15).

     La Escritura abre sus páginas con un prólogo denso, “la Historia de los Orígenes” (Gn 1-11); su redacción definitiva fue tardía (siglo V a.C.), por eso constituye la caja de resonancia de buena parte del AT, y el eco de hondas reflexiones sapienciales y proféticas. El prólogo, entretejido por narraciones y listas genealógicas, presenta, entre otros relatos, el “Drama del Paraíso” (Gn 2,4ª-3,23). Entre las líneas del Drama, figura la “Descripción del Edén” (Gn 2,7-15); atentos al aspecto geográfico de Mesopotamia, ajustaremos el comentario sólo a los motivos metafóricos y teológicos de la “Descripción” para captar la relación entre la Escritura y la cultura oriental.

    La mención del Edén, tal como aparece en la Descripción,  permite dos traducciones complementarias. La primera, “Dios plantó un jardín de Edén”, describe que el jardín tenía un aspecto como “de Edén”, en lengua hebrea el término “Edén” alude a lo “excelente y delicioso” (2Sm 1,24; Jr 51,34; Sl 36,9); de ahí que identifiquemos “un jardín de Edén” con las mieles del Paraíso. La segunda, “Dios plantó un jardín en Edén”, señala el lugar donde Dios plantó el jardín, “en Edén”. En idioma acadio, la lengua franca más utilizada en Mesopotamia antigua, la palabra “Edén” alude al ámbito geográfico que dificulta la existencia humana, como pueden ser “el desierto o la estepa”. Conviene precisar también que Dios “plantó un jardín”. En lengua hebrea, el término “jardín” no solo evoca un huerto feraz o un lugar de sosiego, alude también al ámbito que Dios especialmente protege y defiende (Is 58,11ª; Jr 31,11). Aunando la doble significación del término “Edén” con el sentido de la palabra “jardín”, apreciamos que el texto relata como Dios transforma un lugar inhóspito en el ámbito excelso que también protege para que el hombre pueda habitarlo con los mayores gozos.

   ¿Acaso no evoca la descripción del Edén la evolución histórica de Mesopotamia? Como es obvio, Mesopotamia no era “un desierto o una estepa”, pero si era, al alba de los tiempos, un lugar “inhóspito” para la bienestar humano; pues, como hemos referido, el desbordamiento de los ríos y la inestabilidad del terreno requirieron del más ímprobo esfuerzo para convertir la región en un territorio próspero. Una de las etapas más florecientes de la civilización mesopotámica entendió, desde el prisma religioso, que la región era una especie de jardín protegido por los reyes, lugartenientes de los dioses, para propiciar la felicidad hombre. Así lo certificó Hammurabi, rey de Babilonia (siglo XVIII a.C.), en el Prólogo del Código que lleva su nombre: “Los dioses Anum y Enlil me eligieron […] para proclamar el derecho en el País […] y para que pudiera iluminar el País para asegurar el bienestar de la gente” (Código I,30-40). Ahora bien, la civilización del territorio no aconteció por arte de magia, sino que requirió, como hemos precisado, el desarrollo de la política hidráulica y la más firme defensa contra el enemigo que, a lo largo de la historia, quiso depredar la región. Por eso Diodoro Sículo, heredero de Jerónimo de Cardia, añadió otro matiz a la descripción: “Quienes pueblan esta región son los más belicosos de toda Persia, todos los varones son arqueros y honderos valerosos” (Diodoro, Historia, 19.21.2-4).

    Así pues, el relato bíblico evoca la esbeltez mesopotámica, tan celosamente defendida por sus reyes, embajadores de los dioses, para enmarcar la metáfora del jardín en Edén. Ahora bien, lo más importante acontece cuando “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra […] y puso en el jardín al hombre que había formado” (Gn 2,7-8). Como establece la Escritura, las características esenciales del ser humano son la vida y la libertad, ambas indisociables. No en vano, los israelitas reconocían a Dios como libertador de su pueblo “El Señor nos liberó de la esclavitud de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso” (Dt 26,6; Js 24,1-13), y también como el Dios de la vida: “Yo (el Señor) doy la muerte y la vida” (Dt 32,28; Sl 104,29).

    De ahí que la poesía hebrea también palpe el hondón de la vida y la libertad humana entre los versos del relato del Paraíso.[1] Dice la Escritura: “el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (Gn 2,7), y más adelante afirma: “el Señor Dios formó de la tierra toda clase de animales del campo” (Gn 2,19). La lengua castellana utiliza la misma palabra para sentenciar que el Señor “formó” al hombre y a los animales. La lengua hebrea también se vale de la misma raíz, pero con un matiz muy sutil; pues, para expresar como el Señor formó al hombre emplea el término “wayyiser”, mientras que para referirse a los animales se sirve de la palabra “wayiser”; conviene precisar que la letra latina “y”, que aparece en ambos términos, translitera la letra hebrea “wau”. La palabra hebrea que refiere la “formación” del hombre incluye dos veces la letra “y”, mientras el término que describe la “formación” de los animales contiene sólo una vez la letra “y”. Al decir de la simbología hebrea, la letra “wau”, transliterada como “y”, alude al concepto de voluntad. Los animales sólo cuentan con la voluntad del instinto, y por eso el proceso de su “formación” aparece con la palabra “wayiser”, que contiene una sola “y”, alusión a su única voluntad, el instinto. A modo de contrapunto, el hombre, además del instinto, puede obrar el bien y el mal; tiene por tanto dos voluntades, expresadas en la duplicidad de la letra “y” presente en la palabra “wayyiser”; sin duda, la capacidad de elegir, nacida de la doble voluntad, constituye el mejor reflejo de la libertad humana. Prosiguiendo con la lectura, apreciamos como Dios infunde en el hombre el aliento de vida: “el Señor Dios […] sopló en su nariz (del hombre) un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gn 2,7). Observemos que el Señor no realiza esta acción con los animales (Gn 2,19), solo la emprende con el hombre. Como subraya el pensamiento antiguo, solo la persona humana es un ser plenamente vivo; los animales cuentan con una existencia subordinada al ser humano (Gn 2,19), mientras los vegetales son simples frutos de la tierra (Gn 1,11). En definitiva, el Señor forma al hombre, el ser vivo y libre por excelencia, y lo instala en el jardín en Edén; con toda obviedad, la descripción del jardín bíblico también trae a la memoria las palabras con que Diodoro describía la esplendidez mesopotámica: “había toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer” (Gn 2,9).

   Desde el embrujo de la sabiduría bíblica, la descripción del Edén continúa ahondando en la identidad del hombre, libre y henchido de vida. Seguramente por eso, enuncia: “el Señor Dios hizo brotar del suelo […] el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal” (Gn 2,9). El motivo teológico de los árboles pertenece también al acervo de la teología mesopotámica, que refería, como hacían las culturas antiguas, la presencia de un árbol como eje sustentante del mundo. Así lo señala, a modo de ejemplo, el poema de Gilgamesh, obra señera de la literatura mesopotámica; muestra que en la ciudad de Eridu, el centro del mundo, se yergue un árbol negro, el Kinsanu, alegoría de la presencia de la diosa Ea, la consejera del ser humano, que se paseaba en torno al árbol.[2]
  
 Aunque el autor de la Descripción del Edén haya podido tomar el motivo del árbol de la tradición mesopotámica, lo ha injertado en el tronco de la tradición bíblica.[3] Ahondando en la perspectiva poética, el texto alude a un primer árbol: “el árbol de la vida en medio del jardín”. El primer árbol constituye la alegoría de la actuación del Dios de la vida en la historia humana, pues ha plantado el jardín, y ha formado al hombre para convertirlo en un ser vivo. El Dios de Israel no es una divinidad lejana y extraña, sino el Dios que actúa en la historia, siempre que la libertad del hombre se lo permita, para procurar la felicidad del ser humano, su amigo (Is 41,4.8) De ese modo la narración, como hacía la teología mesopotámica, establece que Dios, representado por el árbol, está en el origen del cosmos y es el autor de la vida; como hiciera la diosa Ea, antes mencionada, el mismo Dios, como subraya más adelante la descripción, “paseaba por el jardín al fresco de la tarde” (Gn 3,8). Quizá ahondando en el perfil de Ea, el autor establece que Dios no se conforma con aconsejar, también protege al ser humano; pues aunque el hombre haya pecado, dirá más tarde el texto, “el Señor hizo para el hombre y su mujer unas túnicas y los vistió” (Gn 3,21).
   
    No en vano, la profecía de Jeremías describe al Dios de Israel bajo la veste de un árbol, un almendro, para enfatizar la delicadeza con que aconseja y protege al profeta (Jr 1,11-12). Cuando el Señor envió a Jeremías a predicar la palabra, la ciudad de Jerusalén estaba sumida en la idolatría. La perversión idolátrica aparece bajo la simbología del invierno, la estación en que los árboles carecen de hojas y frutos, metáfora de ausencia de justicia y misericordia entre los habitantes de Jerusalén (Jr 2,11). Sin embargo entre la adversidad idolátrica, Dios se revela al profeta bajo la figura del almendro (Jr 1,11). En lengua hebrea, el término “almendro” significa “el árbol que vela”; pues, mientras los árboles en invierno parece que duermen, sin hojas ni frutos, el almendro abre sus flores, blancas y rosadas, para velar el sueño de los otros árboles. Mientras Jeremías predique en Jerusalén, la urbe adormecida por la idolatría, Dios, oculto bajo la alegoría del almendro, velará por el profeta con la mayor delicadeza.
  
    La imagen de Dios palpita bajo la figura del árbol de la vida, plantado en medio del jardín; no obstante, la presencia de Dios bajo la simbología del árbol no es la única, pues, más adelante, el relato subraya la presencia de Dios con la alegoría del paseo divino durante la atardecida (Gn 3,8). Surge ahora una pregunta: ¿cómo aparece en la descripción del Edén la manera en que Dios aconseja y protege al ser humano que ha puesto en el jardín? La respuesta palpita en la mención del segundo árbol: “el árbol del conocimiento del bien y del mal”; veámoslo. La capacidad de aconsejar consiste en el empeño divino por inclinar al hombre hacia el bien; mientras la decisión de protegerlo determina el compromiso divino por defenderlo del mal y empujarlo hacia el bien. Como señaló la voz divina ante Moisés al entregarle los mandamientos en el Monte Sinaí, la Ley constituye la mediación más fehaciente con que Dios aconseja y protege al hombre para que huya del mal y goce del bien (Ex 20,1-17). Desde esta perspectiva, cuando Moisés acabó de instruir al pueblo que iba a penetrar en la tierra prometida, añadió, en nombre de Dios, una advertencia: “Grabad en vuestro corazón todas estas palabras […] y mandad a vuestros hijos que cumplan todas las cláusulas de esta ley […] pues estas palabras harán que se prolonguen vuestros días en la tierra que vais a tomar en posesión después de pasar el Jordán” (Dt 32,45-47). Desde este horizonte, podemos entender que la mención del segundo árbol del Edén, el árbol del conocimiento del bien y del mal, constituye una metáfora de la ley con que Dios encauza la existencia del hombre que ha formado y acomodado en el jardín.

    Con intención de corroborar la analogía entre el árbol y la ley, observemos la orden dada por Dios al hombre: “No comas del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque si comes de él morirás sin remedio” (Gn 2,17). La palabra “comer” adquiere, en este caso, el sentido de “destruir, o acabar con” (Dt 7,16);[4] es decir, si el hombre destruye la ley, simbolizada en la imagen del árbol, morirá. La advertencia divina en el Edén evoca el aviso de Moisés contra el pueblo, siempre tentado por la idolatría, cuando oteaba la tierra de promisión: “Si no pones en práctica cuidadosamente todas estas palabras de esta ley […] el Señor […] actuará contra ti, hasta exterminarte del todo” (Dt 28,58-61). El relato del Edén establece ante el hombre una disyuntiva, si destruye el árbol, símbolo de la ley, perecerá, pero si lo respeta podrá cuidar el jardín, alegoría de la existencia feliz (Gn 2,15-17). También Moisés presentó al pueblo una disyuntiva pareja: “Hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia […] si escuchas los mandamientos […] vivirás […] pero si no escuchas […] perecerás sin remedio” (Dt 30,15-19ª). El discurso de Moisés acaba con una exhortación a los oyentes: “¡Escoge la vida, y viviréis tú y tu descendencia!” (Dt 30,19b); desde este vértice, también la descripción del Edén constituye una invitación al ser humano para que, respetando el árbol del conocimiento, pueda cuidar el jardín, alegoría de la vida plena.

    El jardín alberga dos árboles, eco la presencia divina y el don de la ley, pero también contempla un río; como especifica el relato, “de Edén salía un río que regaba el jardín”. ¿A qué río puede referirse? La cosmología antigua suponía que bajo la superficie terrestre existía un gran depósito de agua que, conectado con el mar, alimentaba las fuentes y los ríos que calmaban la sed del campo y del hombre (Prov 8,28). A tenor de la explicación, el depósito subterráneo, que acabamos de citar, manaba en Éden en forma del río que regaba el jardín. Mientras el río surcaba en el Éden, es decir, “desde allí” (Gn 2,10), como señala el texto, se partía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón que bordea la región de Evilá; los autores antiguos, atentos al sentido literal (Josefo, Antiq. I, 1,3), lo identificaron con el Indo, o con el Farsis que nace en el monte Ararat, en las montañas de Armenia, y desemboca en el Mar Negro; desde esta óptica, la región de Evilá equivaldría a las tierras armenias. El segundo se llama Guijón, bordea la región de Cus; la antigüedad lo identificó con el Nilo que cruza la tierra de Cus, la Etiopía antigua (Josefo, Antiq. I, 1,3); pero otros entendían que el topónimo Cus indicaba la tierra de los kussitas, denominación del territorio babilónico, durante la llamada Babilonia Casita. El tercero es el Tigris, río que pasa por el este de Asiria. El cuarto es el Eufrates que, como sabemos, atraviesa Mesopotamia. La mención del Eufrates y el Tigris, y en cierta medida también la cita del Pisón y el Guijón sitúan el Edén en el ámbito mesopotámico. Ahora bien, como sucedía con los dos árboles del Edén, la mención de los cuatro ríos desvela un carácter metafórico. Indican, desde el prisma alegórico, que el agua que mana del río en Edén se esparce hacia los cuatro puntos cardinales, representados por los cuatro ríos, para alcanzar todo el orbe. Preguntémonos, ahora, cuál es el significado teológico del Éden y del río que mana en el jardín para dividirse después en cuatro brazos e irrigar el mundo entero, entonces conocido.

    Cuando la profecía de Isaías anuncia la salvación que Dios regala a su pueblo, dice: “El Señor consuela a Sión y a sus ruinas, convertirá su desierto en un Edén, su estepa en jardín del Señor” (Is 51,3). Como señala la Escritura, muy a menudo, los términos “ruinas, desierto y estepa” representan la idolatría que aleja al hombre de la comunión con Dios (Is 41,18-20), mientras el Edén y el jardín del Señor, aluden, como hemos visto, al ámbito de la presencia divina (Gn 2,9). Notemos como la profecía la ciudad de Sión con el Edén, pues, como señala, el Señor consuela Sión cuando convierte la ciudad en ruinas, semejante al desierto y la estepa, en un Edén; es decir, el Señor consuela Sión cuando trasforma sus ruinas, eco de la idolatría, en la comunidad fiel al Señor, manifestada bajo la imagen fértil del Edén. Al trasluz de la alegoría isaiana, trasparece, bajo la imagen de Edén presente en el Génesis, la identidad de Sión, llamada también Jerusalén.

    Así pues, la metáfora del Edén, expuesta en el Génesis,   constituye una metáfora de Jerusalén, también llamada Sión; abordemos ahora la cuestión del río que mana en el jardín. Cuando la profecía de Ezequiel explicita el tesón de Dios para liberar al pueblo de la idolatría y devolverlo al regazo divino, pone en boca del profeta la más bella visión. “El Señor me llevó al umbral del templo. Vi que bajo el umbral del templo […] brotaba una corriente de agua […] por donde pasará […] todo ser viviente que en él se mueva, vivirá […] hasta las aguas del Mar Muerto quedaran saneadas cuando llegue” (Ez 47,1-10). Las aguas transforman una zona inhóspita en un vergel. Apreciemos como la corriente que mana del templo trasmuta una zona árida en una figura que recuerda el jardín en Edén, pues en ella “crecerán toda clase árboles frutales […] y sus frutos servirán de alimento (Ez 47,12; Gn 2,9). El río que vivifica la sequedad del Mar Muerto, símbolo también de la idolatría que carcome al ser humano, constituye otra metáfora de la ley, también llamada la palabra del Señor (Is 2,2-3). Muy a menudo, la ley está representada bajo la imagen del agua que vivifica la tierra: “Dice el Señor: Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra […] para que dé simiente […] así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mi de vació […] sino que cumplirá mi encargo” (Is 55,10-12). El encargo de la ley estriba en convertir la aridez del mundo, eco de la idolatría, en tierra feraz, símbolo del conocimiento del Señor; por eso el río, alegoría de la ley, se parte en cuatro brazos para alcanzar el orbe entero para que todas las naciones puedan contemplar la gloria del Dios de Israel, único guía de la historia humana (Is 66,18-23).

   A modo de colofón. El autor de la “descripción del Edén” (Gn 2,7-15) se inspiró en la cultura mesopotámica para dibujar los trazos del Edén; pero no pretendió situar geográficamente el paraíso en Mesopotamia. Recogiendo motivos mesopotámicos, el autor plasmó el proyecto feliz que el Dios de Israel diseña para la humanidad entera. El Señor convirtió una zona yerma en un jardín en Edén, alegoría de Jerusalén, donde el mismo se revela bajo la imagen del árbol de la vida, y manifiesta su voluntad mediante el árbol del conocimiento del bien y del mal, eco de la ley; por si fuera poco, el Señor, a través del río que surge “desde allí”, alegoría del templo de Jerusalén, hace que la ley, representada esta vez por el agua del río, llegue a toda la humanidad, simbolizada por los cuatro brazos que surcan el orbe conocido. Solo así, como señala Isaías, Israel y las naciones podrán reunirse en Jerusalén, al final de los tiempos, para adorar al Señor, el único Dios (Is 66,18-23).



[1] . R. Le Déaut, Tárgum de Pentateuque, ed. Cerf, París 1978, p.85.
[2] . Importancia del árbol, centro del mundo, en la cultura mesopotámica; ver: F. Castel, Comienzos. Los once primeros capítulos del Génesis, ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 1987, p. 53-57.
[3] . J. Eisenberg – A. Abecassiis, A Bible ouverte, vo. II: Et Dieu créa Éve, ed. Albin Michel, Paris 1979, p. 24-28.
[4] . “Destruye (come), pues, a todos los pueblos que el Señor tu Dios va a entregarte; no tengas piedad de ellos, ni des culto a sus dioses, pues serían para ti una trampa” (Dt 7,16).