sábado, 12 de enero de 2019

TORRE DE BABEL



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Como hemos comentado, la ciudad de Babilonia veía erguirse, detrás del Palacio Real, un gran zigurat, llamado Etemenanki, “enlace entre el cielo y la tierra”. Tenía siete pisos, con una base cuadrangular (91m), y una altura estimada de 100 metros; según algunos arqueólogos no llegó a terminarse del todo. Los siete pisos corresponden a los siete cielos planetarios; estaban pintados con colores adecuados a cada planeta. La edificación era de adobe en el interior y de ladrillo en el exterior. Disponía de escaleras adosadas en la zona exterior y una escalinata perpendicular para ascender hasta el segundo piso; después, subiendo por las escaleras laterales podía alcanzarse el séptimo piso donde se alzaba el santuario, ámbito de sacrificios, y lugar de hierogamia, la relación íntima entre un dios, representado por un sacerdote, y una mujer (Herodoto, Historia, 1,181). La tradición babilónica atribuye al zigurat la simbología de la escala que quiere tocar el cielo; el zigurat simbolizaba el descenso de los dioses sobre la tierra y la ascensión del hombre hacia el cielo.

    El relato de la “Torre de Babel” (Gn 11,19), situada al final de la “Historia Primera” (Gn 1-11), evoca, desde la óptica metafórica, el Etemenanki, que contemplaron los desterrados. Seguramente, el recuerdo del gran zigurat de Babilonia influyó en la composición de la narración de la Torre, cuando fue escrita en Jerusalén, después del exilio. El recuerdo babilonio de la construcción de los zigurats aflora el relato de la Torre. El Enuma Elis expone la técnica para edificar un zigurat: “los dioses (annunanki) moldearon ladrillos” (VI, 60-62); técnica que recoge la Escritura: “dijeron los hombres: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego” (Gn 11,3). El Poema subraya el motivo para la erección de zigurat: “Alzaron la cabeza de Esagila para igualar a Apsu […] habiendo edificado un zigurat tan alto como Apsu” (VI, 63); la Escritura parece indicar un motivo parejo en la intención de los hombres: “Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo” (Gn 11,4).

    Los redactores bíblicos conocían la técnica constructiva babilónica, pero al componer el relato de la Torre aludieron al zigurat para resaltar un motivo teológico: el fracaso de la idolatría.

    Los versos del Segundo Isaías censuran y ridiculizan la idolatría con el mayor empeño (Is 40,18-21; 41,6-7; 44,9-20). Arremeten también contra la idolatría representada por Babilonia (Is 46-47). Desde la perspectiva teológica, la profecía entiende que Babilonia intentó parangonar su poderío con la exclusiva divinidad del Dios de Israel sobre la historia humana. Decía la Gran Potencia: “Yo y solo yo” (Is 47,8.10); de ese modo, quería enfatizar que era la divinidad que conducía el curso de la historia.

    A modo de contrapunto, la profecía pone en boca del Dios de Israel su propia identidad: “Yo soy el Señor, y no hay otro” (Is 45,3.6); a la vez que establece su exclusivo señorío sobre el cosmos y el devenir humano: “Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella […] yo he hecho surgir a Ciro para libraros, y voy a allanar sus caminos” (Is 45,12-13).

    La idolatría de Babilonia estriba en su pretensión de asimilarse con el Dios de Israel, el único Dios. Notemos, en ese sentido, como la Escritura asimila la identidad de Babilonia, “Yo y solo yo” (Is 47,8), con la identidad de Dios, “Yo soy el Señor” (Is 45,6), eco de la revelación divina en la zarza que arde sin consumirse, “Yo soy el que soy […] Yo soy” (Ex 3,14; cf. Is 43,25). Al decir de la Escritura, intentar investirse de la autoridad del Señor, el único Dios, constituye el hondón de la idolatría. Como sucede con cualquier ídolo, Babilonia se desvanece entre los dedos del Señor. Así, la profecía proclama la sentencia divina contra el imperio idólatra: “Baja a sentarte en el suelo, joven Babilonia; siéntate en tierra, sin trono, capital caldea […] te sobrevendrá una desgracia que no podrás conjurar” (Is 47,1.10).

    El escenario del relato de Torre se sitúa en la región de Senaar, en un lugar llamado Babel; el topónimo alude a la ciudad de “Babilonia (Babilu)”, significa “Puerta de Dios”. Unos emigrantes de Oriente alcanzan el territorio y se proponer “edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue has el cielo; dicen: así nos haremos famosos” (Gn 11,4). La tarea evoca la decisión de Babilonia expuesta por la profecía: “subiré a la cima de las nubes, seré igual al Altísimo” (Is 14,14; cf. 47,7).

     Afinando la cuestión, observamos también como quienes levantan la torre utilizan la forma plural para describir su trabajo: “vamos a hacer ladrillos […] nos haremos famosos” (Gn 11,3.4). Desde la óptica simbólica, la forma plural sugiere la manera en que Dios decidió crear al ser humano: “Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Así, la paralaje insinúa que la pretensión de los recién llegados, como sucedía con Babilonia, intenta equiparar su tarea con la del Señor, el único Dios; por eso constituye, como acontecía con Babilonia, el eco de la idolatría.

    Como toda tentación idolátrica, la soberbia por alzar la torre, se desvanece ante la intervención del Señor. Dijo Dios: “Voy a bajar a confundir su idioma para que no se entiendan” (Gn 11,7); algo semejante obró Dios contra Babilonia: “Voy a vengarme (de tu idolatría) y seré implacable” (Is 47,3).

     El Señor dispersó a los constructores de la torre; y añade, “por eso se llamó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de todos” (Gn 11,9). La raíz “confundir (bll) presenta relación con la idolatría. Así lo sentencia Oseas: “Efraín se mezcló (bll) con los pueblos” (Os 7,8), pues mezclase con otros pueblos significa confundir la religión israelita con el culto extranjero, culto idolátrico; dicho de otro modo, Efraín se ahogó en la idolatría (cf. Is 44,19-20). Desde el horizonte metafórico, también Babilonia quedó en la confusión después la intervención divina; pues la urbe que se proclamaba “soberana de reinos” (Is 47,5), tuvo que atenerse, como las esclavas, a “tomar el molino y moler el trigo” (Is 47,2).

    Quienes se asentaron en Jerusalén, después del destierro, recordaban el terror babilónico que devastó Judá (2Re 23,28-25,26). Quizá por eso colorearon Babilonia con el aura del gran ídolo que había pretendido usurpar la exclusiva autoridad del Señor sobre la historia humana (Is 14; 46-47). Recogiendo un mito oriental que atribuía la multiplicidad de idiomas a la decisión divina de dividir la única lengua hablada por la humanidad primigenia, y haciendo memoria del gran zigurat, compusieron el relato de la Torre de Babel para establecer la banalidad de la idolatría y enfatizar, a modo de contraluz, el exclusivo señorío del Dios de Israel sobre la historia humana.           

martes, 8 de enero de 2019

¿QUIÉNES ANUNCIAN EL EVANGELIO?

                                                     Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com




En analogía con el mundo judío y pagano, la Iglesia también disponía de colegios dedicados a la proclamación del evangelio. Los apóstoles (Mt 28,16-20), Pedro a los judíos y Pablo a los gentiles (Gal 2,6-10). Los diáconos, específicamente Esteban y Felipe (Hch 6,8; 8,4-40). Los maestros y los profetas (Hch 13,1).

 Ahora bien, también nacieron colectivos muy novedosos, que podríamos llamar colectivos periféricos, consagrados al anuncio de la Buena. Ente ellos destacan, cuatro grupos. Quienes, utilizando un lenguaje moderno, podríamos llamar ‘intelectuales’; a modo de ejemplo, destaca Tirano, un pagano que dispuso su escuela para que Pablo, expulsado de la sinagoga, pudiera predicar a judíos y gentiles en Éfeso (Hch 19,8-10).

   Un contingente decisivo lo constituyen las “mujeres”. Cuando María Magdalena, María la de Santiago y Salomé acudieron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, un joven vestido de blanco les ordenó proclamar el evangelio: “Id a decir a sus discípulos y a Pedro que (Jesús) irá delante de vosotros a Galilea” (Mc 16,6-7). El episodio alude a la vida de Jesús, pero también certifica la relevancia evangelizadora de la mujer; relevancia enfatizada por la mención de Andrónico y Junia, una mujer, a quienes Pablo llama: “mis parientes y compañeros de prisión, ilustres entre los apóstoles, que llegaron a Cristo antes que yo” (Rm 16,7).

    Despunta, sin duda, la presencia de un matrimonio, Priscila y Aquila, en las tareas de evangelización, quienes además reunían, más bien dirigían, una Iglesia en su casa (Hch 18,24-26; Rm 16,5).

    Sorprende también el tesón de los cristianos perseguidos por anunciar el evangelio; así lo hacían quienes sufrieron la persecución, después de la muerte de Esteban, que predicaron en Antioquía hasta bautizar a los paganos (Hch 11,19-22).

    Dos actitudes caracterizaban a los evangelizadores, a saber: la confianza en Dios, pues “la mano del Señor estaba con ellos” (Hch 11,21), y la convicción (parresiatzomai) con que proclamaban la Buena Nueva (Hch 9,27).