miércoles, 9 de enero de 2013

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA “ABBA”?

                                                                                                          Francesc Ramis Darder

Los hebreos, en el siglo I, utilizaban tres lenguas. En el culto del Templo empleaban el hebreo; en las tareas administrativas y oficiales se valían del griego; en la vida familiar, con los amigos, y en la oración personal, usaban el arameo.

    Los evangelios, como documentos cualificados, se redactaron en griego; pero algunas palabras de Jesús permanecieron en arameo: “Amén, así sea (Mt 5, 18)”, “Abba, padre mío querido (Mc 14, 36), “Talitha kum, niña levántate (Mc 5, 41), Elí, Elí, lemá sabataní; ¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado? (Mt 27, 46)”, etc.

    Joachim Jeremias, uno de los biblistas más importantes del siglo XX, investigó el sentido de los términos arameos y hebreos del evangelio, especialmente la voz “abba”.

    La palabra aramea “abba” fue, originalmente (II aC.), un término del lenguaje infantil: significaba “papá”. En la época del Nuevo Testamento (I dC.), el uso no se limitaba al habla de los niños, también la utilizaban los jóvenes y adultos para dirigirse a su padre, cuando la relación era muy entrañable. La mejor traducción es “padre mío querido”. La voz “abba” denota que la relación padre-hijo reposa en la confianza, el respeto, el cuidado, la responsabilidad, el cariño y el conocimiento: el hijo está sostenido en las buenas manos del padre, sabe que el padre nunca le abandonará sino que le cuidará con amor.

    La religión judía del siglo I raramente se dirigía a Dios como Padre. En cambio Jesús, al comunicarse con Dios, le llama Padre (Lc 10, 21); y matiza el significado de Padre con la denominación “abba, padre mío querido” (Mc 14, 36): el Padre no es alguien distante, sino quien sostiene con ternura la vida de Jesús y la alienta con su misericordia.

    Jesús proclama que Dios es nuestro Padre (Mt 5, 45): el “abba” que especialmente cuida de nosotros. Jesús al enseñarnos el “Padrenuestro” (Mt 6, 9-13), nos invita a dejarnos abrazar por Dios, Y a vivir con alegría el evangelio para sembrarlo en el corazón del mundo, tan necesitado de gracia y de ternura.