sábado, 20 de julio de 2019

¿QUIÉN ES DÉBORA?




                                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                                 bibliayoriente.blogspot.com



  

El libro de los Jueces abre sus páginas con unas consideraciones generales sobre el establecimiento de los israelitas en el País de Canaán (Jc 1,1-3,6), después se adentra en la epopeya particular de casa juez (Jc 3,7-16,31), y concluye delineando la confusión que la ausencia de un rey para regir el país provocaba en Israel (Jc 17-21).

    A nuestro entender, el libro persigue dos objetivos complementarios. En primer lugar, subraya que la fidelidad a los preceptos de la Ley propicia el bienestar del pueblo, mientras la desobediencia precipita la comunidad en la desgracia; el bienestar palpita bajo el buen gobierno del juez, y la desgracia bajo la tiranía de un déspota extranjero. En segundo término, la obra describe la turbulencia política de la época de los jueces para urgir, de ese modo, la instauración de la monarquía, el sistema político que, según sentencia el redactor del libro, conferirá solidez al a comunidad israelita.

    Ateniéndonos a la segunda sección del libro de los Jueces (Jc 3,7-16,31), apreciamos como el relato señala el papel de los doce jueces que liberaron Israel del yugo extranjero. Según la extensión con que el libro cuenta la historia de cada personaje, la tradición los conoce como mayores o menores. Jueces mayores: Otniel, Ehúd, Débora-Barac, Gedeón, Jefté y Sansón. Jueces menores: Sangar, Tolá, Yaír, Ibsán, Elón y Abdón. A tenor de la información, Débora es un juez mayor, es la única mujer juez, y desempeña su tarea en colaboración con un varón, Barac. Adentrémonos en el relato que describe las gestas de Débora.

    Como señala la narración, tras la muerte del juez Ehúd, los israelitas ofendieron de nuevo al Señor con su conducta, y el Señor los entregó en poder de Yabín, rey cananeo de Jasor; el jefe del ejército de Yabín era Sísara que residía en Jaróset Goim. Los israelitas clamaron al Señor, porque Yabín, que tenía novecientos carros de guerra, llevaba oprimiéndolos veinte años.

    Débora, una profetisa, mujer de Lepidot, era juez de Israel por aquel tiempo. La mujer mandó llamar a Barac, hijo de Abinóam, y le dijo: “El Señor, Dios de Israel, ordena que vayas a alistar gente y reúnas en el monte Tabor a diez mil guerreros de Neftalí y de Zabulón. Yo haré que Sísara, jefe del ejército de Yabín, vaya hacia ti al torrente Quisón con sus carros y sus tropas, y te los entregaré” (Jc 4,4-7).

    Con la intención de apreciar la grandeza de Débora, vamos a detenernos un instante en la historia de Ehúd, el juez que la precedió en la dirección de varias tribus (Jc 7,12-30). Como señala el relato, los israelitas ofendieron al Señor con su conducta; entonces, el Señor precipitó sobre ellos la furia de Eglón, rey de Moab, que los oprimió dieciocho años. Hartos del oprobio, clamaron al Señor. Dios, atento al penar de su pueblo, les suscitó un libertador: Ehúd, hijo de Guerá. Acaudillados por Ehúd, los israelitas quebraron la tiranía de Eglón y vivieron en paz durante ochenta años.

   Notemos que el relato se desarrolla en cinco etapas. En primer lugar, menciona el pecado del pueblo; después insiste en el castigo divino; a continuación, muestra la clemencia de Dios que suscita un libertador; seguidamente, señala la ocasión en que el juez elegido libera al pueblo sometido; finalmente, subraya el largo período de paz que disfruta el pueblo liberado. En líneas generales, los relatos referentes a los jueces mayores recorren la cadencia de estos cinco apartados. Sin embargo, la epopeya de Débora presenta peculiaridades relevantes. Veámoslas.

    Los israelitas ofendían al Señor con su conducta. Dios, airado con su pueblo, los sometió a la furia de las tropas de Yabín, comandadas por Sísara. El pueblo, dolido de la fusta extranjera, clamó a Yahvé. Hasta aquí la historia de Débora es análoga a la de Ehúd, pero en adelante reviste particularidades notables. Así como era Dios quien suscitaba a Ehúd, es Débora quien mandó llamar a Barac para anunciarle el encargo divino: “El Señor, Dios de Israel, ordena que vayas a alistar gente” (Jc 6). Notemos el detalle, Débora asume el papel que detentaba el mismo Dios en la elección del libertador de su pueblo.

    Barac asiente, pero exige la presencia de Débora en el combate. Débora se aviene, pero sentencia: “Iré contigo, pero ya no será tuya la gloria, porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer” (Jc 4,9). Por si fuera poco, la narración enfatiza el liderazgo de Débora en el combate, en detrimento del supuesto protagonismo del general, Barac. De ese modo, la voz de Débora no cesa de animar al ejército hasta que se cumple el pronóstico: “El Señor desbarató a Sísara […] todo el ejército de Sísara fue pasado a cuchillo, no quedó ni uno” (Jc 4,15-15). Finalmente, y como única ocasión en el libro de los Jueces, Débora y Barac entonan el cántico solemne para celebrar la victoria de su pueblo (Jc 5).

    Como acabamos de apreciar, los cinco apartados que entretejían la historia de Ehúd varían y acrecen su contenido al describir la hazaña de Débora. Desde esta perspectiva, cabe entender que la Escritura quiere ensalzar la gesta de Débora, profetisa y juez, mentora de la proeza de Barac, general del ejército. La relevancia de Débora en un estamento político y militar conformado por varones enfatiza la impronta de su tarea en la historia de Israel. De ahí que el autor del libro corone la gesta de Débora con títulos relevantes: en la sección narrativa del libro de los Jueces, la denomina juez y profetisa (Jc 4), mientras los versos del Cántico la reconocen como madre de Israel (Jc 5). Detengámonos un instante en cada uno de los dos apartados.

2.1Sección narrativa: Jc 4.

 A lo largo del libro, el término “juez” califica el oficio de un varón; sólo una vez denota la actividad de una mujer: Débora, “la que juzga a Israel” (Jc 4,4). Entre las líneas del AT, el significado básico de la palabra “juez” señala la identidad de quien dirime litigios. Sin embargo, en el libro de los Jueces evoca, propiamente, la situación de “quien conduce al pueblo en la batalla”; es decir, la raíz “juzgar” alude a la decisión de “liberar” o “salvar” a Israel de la opresión de los enemigos.

    De ese modo, los jueces no solo “juzgaron” a Israel dirimiendo pleitos, sino, sobre todo, “saliendo a combatir” para liberar al pueblo del yugo extranjero. Un ejemplo elocuente lo ofrece la historia de Otniel: “El espíritu del Señor se apoderó de él (Otniel), fue juez de Israel para ‘salir a combatir’ contra Cusán Risataín, rey de Edom” (Jc 3,10). Con toda certeza, los jueces también dirimían litigios y aconsejaran a la comunidad, pero su tarea esencial radicaba en redimir a Israel de la opresión extranjera.

    El relato enfatiza que Débora se sentaba bajo una palmera, la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraín; los israelitas acudían a ella en busca de justicia. El interés de los israelitas por “buscar justicia” puede referirse a la confianza del pueblo en la sagacidad de Débora para solventar las disputas tribales o las rencillas entre vecinos.

    No obstante, a tenor del significado de la raíz “juzgar” en el libro de los Jueces, el ansia de justicia denota el clamor de los israelitas para encontrar alguien que les libre de la tiranía de Yabín, el déspota. La comunidad oprimida reconoce bajo el manto de Débora la identidad de la mujer “que juzga”; es decir, el rostro de la mujer capaz de “hacerse cargo de la batalla” para salvar a Israel de la ferocidad del ejército de Sísara, general de Yabín.

    Débora no es una mujer extraña para la comunidad oprimida. El relato señala con exactitud el lugar donde el pueblo la encuentra: en la montaña de Efraín, entre Ramá y Betel, bajo la palmera de Débora. La precisión topográfica enfatiza que Débora era muy conocida y valorada entre la comunidad; era el referente moral del pueblo sometido a la bota de Yabín, la mujer a quien los oprimidos imploraban la salvación. Cuando el relato señala que era la mujer de Lapidot, asimila la existencia de Débora a la forma de vida propia de la mujer israelita antigua, el matrimonio y la vida familiar.

     En definitiva, los israelitas veían en el semblante de Débora tanto al referente ético como al juez que podía librarles de las zarpas de Yabín. Ahora bien, el protagonismo de la mujer era imposible en una sociedad regida por varones; así pues, Débora, con la intención de “hacerse cargo de la batalla”, jugó la baza del espíritu profético al estilo de María y Aarón, hermanos de Moisés.

   Como dijimos en su momento, la voz de María recogía el llanto de la comunidad hebrea que padeció la esclavitud y soportaba la prepotencia de Moisés durante la ruta del desierto. Mientras María sufría en Egipto, Moisés crecía en palacio, o contraía matrimonio en Madián; por esa razón, concluido el paso del Mar, María entona el canto con las mujeres, metáfora de la comunidad oprimida, y, durante la travesía del desierto, encauza la queja del pueblo contra la prepotencia de los dirigentes, ocultos tras la figura de Moisés. María es quien mejor conoce el penar de los esclavos y el padecer del pueblo peregrino, por eso es capaz de enfrentarse a a la autoridad de Moisés y convertirse en la voz de las mujeres que, aun acalladas injustamente por los varones, también han cruzado el mar a pie enjuto.

    De modo análogo, Débora conoce el penar de los israelitas oprimidos por Yabín, pues, como subraya el relato, el pueblo acudía a la palmera de Débora para implorar justicia contra los atropellos de las tropas de Sísara. Débora, cono sucediera con María, conoce de primera mano el penar del pueblo y, como hiciera la hermana de Moisés, intenta ponerle remedio; por eso reclama la intervención de Barac, diciéndole: “El Señor, Dios de Israel, ordena que vayas a alistar gente […] yo (el Señor) haré que Sísara […] vaya hacia ti […] y te lo entregaré” (Jc 4,6).

    Como expusimos, el libro del Éxodo establece la relación entre Moisés y Aarón. Dijo Dios a Moisés: “Mira yo te hago un dios para el faraón y tu hermano Aarón será tu profeta; tú le dirás cuanto yo te mande; y Aarón tu hermano, se lo dirá al faraón, para que deje salir a los israelitas de su país” (Ex 7,1-2). Aarón es un profeta porque escucha la voz de Moisés, eco de la voluntad de Dios, y la trasmite al faraón para que deje salir a los israelitas esclavos en Egipto.

    De modo parejo, Débora escucha, junto a la palmera, el penar israelita y se lo comunica a Barac para que empuñe las armas contra los opresores. Débora es la profetisa del pueblo, pues hace saber a Barac el dolor de los israelitas que buscan quien les “juzgue”; o sea, quien “se haga cargo de la batalla” que desembocará en la liberación del yugo extranjero.

    Apurando el sentido de la metáfora, aún podemos apreciar otra analogía entre la tarea de Aarón y la misión de Débora. Como hemos citado, el contenido de Ex 7,1-2 establece la relación entre Moisés y Aarón. Aun así, otro relato paralelo afina aún más la cuestión; dijo Dios a Moisés: “Tú (Moisés) le hablarás (a Aarón) y pondrás las palabras (de Dios) en su boca (Aarón); yo (Dios) estaré en tu boca (Aarón) y en la suya (Moisés)” (Ex 4,15-16). Aarón es la boca de Moisés, pero en la boca de Aarón también resuena la voz de Dios; Aarón no sólo es profeta de Moisés, también es profeta de Dios.

    Desde esta perspectiva, el contenido de Ex 7,1-2 señala que Aarón trasmite al faraón las palabras que Dios pone en labios de Moisés; pero cuando Ex 4,15-16 subraya que el Señor también pone su propia palabra en labios de Aarón, especifica con claridad que Aarón no es un simple transmisor de información, sino un profeta de Dios.

    El motivo del redactor del libro del Éxodo para presentar dos veces la relación entre Moisés y Aarón es difícil de saber. A tenor de nuestro criterio, sugerimos que el escriba deseó subrayar que toda persona que clama por la liberación de los oprimidos, es un profeta de Dios. En este sentido, Aarón no sería sólo el profeta de Moisés, sino también el profeta de Dios, pues su función mediadora apunta al horizonte de la liberación del pueblo esclavizado. Como hemos señalado, Débora es la profetisa del pueblo, la que trasmite a Barac el penar israelita; pero la función de la mujer juez no se constriñe al papel de trasmitir a Barac el dolor israelita, sino que también compromete su vida en la liberación de su pueblo. Desde este prisma, la opción de Débora por alentar la liberación de la comunidad oprimida la convierte en profetisa de Dios, como sucediera con Aarón.

    Perfilemos la cuestión, desde un horizonte complementario. Los jueces asumen su misión por designio divino; así consta en la elección de Otniel: “Yahvé suscitó un libertador […] Otniel […] fue juez de Israel” (Jc 3,9-10). Sin embargo, Débora, al decir del relato, no asume su tarea por encargo divino, sino por encargo del pueblo: “los israelitas acudían a ella […] Débora mandó llamar a Barac […] y le dijo […]” (Jc 4,5-6). Mientras Otniel recibe el encargo de Dios, Débora recibe la encomienda del pueblo, ¿a qué se debe la diferencia? Algunos comentaristas la atribuyen al protagonismo que los autores bíblicos adjudican al varón en menoscabo de la mujer; sin negar la posición, creemos que puede haber una interpretación alternativa.

    La tradición hebrea acuña una sentencia célebre: “Dios cuenta las lágrimas de las mujeres”; y da la razón: “porque, inmiscuidas en la realidad cotidiana, ya sea desde la situación más humilde o desde la cuna más alta, sufren más al compartir y al comprender el penar de la vida”. Desde esta perspectiva, el relato no necesita especificar que es Dios quien suscita a Débora para que se “haga cargo de la batalla”, como sucediera con Otniel. La mujer juez, sentada a la sombra de la palmera, ha llorado el dolor de sus vecinos y lo ha trasmitido a Barac para que empuñe la espada contra las huestes de Sísara.

    Ahora bien, la Escritura recalca sin cesar la solidaridad de Dios con quienes sufren. Cuando José, el hijo de Jacob vendido por sus hermanos, sufría el oprobio en Egipto, sentencia la Escritura: “el Señor estaba con José” (Gn 39,2); sin duda, el corazón de Dios late en el pecho de los más afligidos. Desde esta perspectiva y aunque el texto lo silencie, Débora, juez y profetisa, atenta como mujer al penar de su pueblo, percibió entre las lágrimas de Israel la voz de Dios que le exigía el compromiso por la liberación de su pueblo. El relato quizá no necesita decir que Dios suscita a Débora porque el dolor del pueblo, eco de la voz de Dios, determina el compromiso de la profetisa. Así pues, Débora es la profetisa del pueblo, pero, al recoger el clamor de los pobres para alentar la liberación del oprimido se convierte también en profetisa de Dios.

    Barac asiente a la exigencia de Débora, pero pone una condición: “Si vienes conmigo, iré; pero si no vienes, no iré”; a lo que responde la juez: “Iré contigo, pero ya no será tuya la gloria, porque el Señor entregará a Sísara en manos de una mujer” (Jc 4,9). Conviene notar que la narración no confiere el título de juez a Barac, sino a Débora; en ese sentido, adjudica a la mujer la misión de “llevar la batalla”. Débora marchó con Barac a Cades y, como señala el relato, la autoridad de la juez determinó el inicio del combate. Entonces Barac, obediente a la autoridad femenina, venció al ejército de Sísara, y el país quedó tranquilo durante cuarenta años (Jc 4,2-15; 5,31).

    Débora no sólo determina el inicio de la batalla, percibe también entre el fragor de la lucha la intervención de Dios en bien de su pueblo. Como señala la juez, el Señor exige de Barac el compromiso militar para que dirija el ejército contra las tropas cananeas. La mención de Dios entre el fragor de la batalla señala otro aspecto de la dimensión profética en que Débora ejerce la judicatura; pues el texto encomia a la mujer que sabe percibir entre los avatares de la lucha el compromiso de Dios con el pueblo doliente.

    Entre las páginas del libro de los Jueces, sorprende la implicación de Dios en hechos de armas; sin embargo, la intervención de Dios propicia siempre la liberación del oprimido. De ese modo, el redactor del libro enfatiza que Dios está siempre de parte de los pobres; Débora, profetisa y juez, certifica con su palabra y su compromiso la solidaridad de Dios con quienes sufren bajo la bota de los prepotentes.

    El relato sentencia la derrota de las tropas cananeas, pero adscribe la muerte de Sísara a la astucia de otra mujer, Yael, la esposa de Jéber, el quenita (Jc 4,11.17-22). ¿Quién es Jéber? A decir de la Escritura, los hijos de Jobab, el quenita, suegro de Moisés, subieron con los de Judá, desde la Ciudad de las Palmeras hasta el desierto de Judá (Jc 1,16). A tenor de la información bíblica, las relaciones entre la estirpe de Jobab y los israelitas eran buenas.

    No obstante, Jéber, el quenita, se había separado de los hijos de Jobab y había plantado su tienda en torno a la encina de Saananín, cerca de Cades (Jc 4,11); además, como precisa el relato, había buenas relaciones entre Yabín, rey de Jasor, y la familia de Jéber, el quenita (Jc 4,17). Cabe suponer, por tanto, que Jéber había cercenado las buenas relaciones que el resto de los hijos de Jobab mantenían con los israelitas (Judá), para trenzar lazos con Yabín; de ese modo, aunque fuera indirectamente, Jéber toleraría la opresión de Yabín contra los israelitas.

    Ateniéndonos a las costumbres antiguas, Yael, esposa de Jéber, no tenía más alternativa que asumir la posición política de su marido, favorable a los cananeos y adversa a los israelitas. Sin embargo, asume la determinación de acabar con la vida de Sísara, presunto aliado de su marido, para salvar a los israelitas ¿Cómo lo hace?

    Mientras sucumbía el ejército cananeo, Sísara buscó refugio en la tienda de Yael. La mujer, ateniéndose al buen entendimiento entre Yabín y Jéber, acogió a Sísara, pero cuando el sueño venció al general, le mató clavándole una estaca en la sien para coronar así la victoria israelita sobre los cananeos. Más tarde, cuando Barac llegó a la tienda, Yael le mostró el cadáver de Sísara.  La astucia de Yael pudo sugerirle que la victoria israelita acarrearía dificultades al clan de su marido, aliado de Yabín; por esa razón, habría matado a Sísara para granjearse así el favor israelita, el beneplácito del ejército vencedor.

    Aun así, cabe una explicación alternativa que radica en el empeño de Yael por la instauración de la justicia. Los ejércitos de Yabín llevaban veinte años oprimiendo Israel; como sabemos, los israelitas clamaron ante Débora quien alentó la decisión de Barac para acabar con las tropas enemigas. Yael, esposa de Jéber, aliado de Yabín, antepuso la lucha por la justicia a la inveterada sumisión a su marido, partidario de Yabín, por eso, contravino los pactos de Jéber con los cananeos y acabó con la vida de Sísara. Así, Yael supo desprenderse de la sumisión a su marido para orientar su vida por el compromiso personal que deshace la maldad para implantar la justicia. El laurel no cubre las sienes de Barac, sino la cabeza de Débora y Yael. Como señala la Escritura, el Señor ha desjarretado los carros de Yabín por el empeño de Débora y ha vencido a Sísara por mano de Yael.

    La magnificencia de Débora puede parangonarse con la grandeza de Samuel. Ambos fueron profetas y jueces, aconsejaron al pueblo, y suscitaron líderes que salvaron Israel: Débora suscitó a Barac y Samuel a Saúl (Jc 4,6; 1Sm 7,8). En una sociedad regida por varones, la mujer constituye la metáfora de quienes cuentan poco, pero, como enfatiza el relato, el papel de Débora y Yael, resulta decisivo para la instauración de la justicia.

2.2.Cántico de Débora y Barac: Jc 5.

Al decir de los estudiosos, el poema es muy antiguo. Sin duda, el redactor del libro de los Jueces puso el cántico en labios de Débora y Barac para recalcar cómo ambos personajes encomian la actuación del Señor que salva a su pueblo y acaba con los enemigos. Los versos destacan la magnificencia del Señor, como verdadero protagonista de la victoria israelita; al lado de Dios, Débora y Barac se convierten en instrumentos de la voluntad divina.

    Desde este horizonte, el poema destaca la libertad de Dios para elegir a los redentores de su pueblo. En el seno de una sociedad regida por varones, parecería lógico que Dios eligiera un hombre para salvar Israel, pero Dios, señor de la historia, se vale de la grandeza de Débora y Yael. El poema reivindica solemnemente el papel decisivo de la mujer, oculto por la prepotencia masculina, en la construcción política de la sociedad israelita.

    La victoria israelita sobre las huestes cananeas traspira el empeño de Dios por salvar a su pueblo. La mentalidad antigua concebía los astros como el ejército divino. El ejemplo más elocuente figura en libro de Josué, donde el paladín grita: “¡Sol, detente en Gabaón! ¡Y tú luna, sobre el valle de Ayalón! Y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos” (Js 10,13). Atento a esta perspectiva, el Cántico de Débora interpreta el triunfo israelita desde la conjunción de los astros, metáfora del poderío divino, para conceder a Israel la victoria: “Desde los cielos combatieron las estrellas, desde sus órbitas combatieron contra Sísara” (Jc 5,20).

   La mentalidad arcaica el suelo de la tierra como un arma divina contra los adversarios de Dios. Un ejemplo significativo figura en la historia de Coré, Datán y Abirón. Cuando los tres personajes se amotinaron contra Moisés y Aarón, “la tierra abrió sus fauces y se los tragó, a ellos y a sus familias, junto con los secuaces de Coré y sus bienes” (Nm 16,32). En ese sentido, el cántico de Débora celebra la fiereza del torrente Quisón, símbolo del envite contra las tropas de Sísara: “El torrente Quisón los barrió (al ejército de Sísara)” (Jc 5,21).

    Ensalzada la función del cielo y de la tierra, y la fiereza del suelo terrestre, el poema elogia la grandeza de cuatro personajes que combatieron por la libertad de Israel: Sangar, Débora, Barac y Yael. El juez Sangar, hijo de Anat, derrotó a los filisteos, a golpes de aguijada de bueyes salvó Israel (Jc 3,31; 5,6). No obstante, el país cayó en el oprobio hasta que amaneció la nobleza de Débora; el poema ensalza el prestigio de la mujer juez mediante el aura del vocativo, “oh Débora”, a la vez que le confiere el mejor elogio: “madre de Israel” (Jc 5,7).

    El título “madre de Israel” subraya el valor de la naturaleza femenina de Débora. Antes de la irrupción de la mujer juez, Israel se consumía en el peor sinsentido. La idolatría, disfraz de la injusticia, imperaba en el país, mientras los enemigos golpeaban las puertas de las ciudades, pues Sísara, al frente de una coalición de reyes, empujaba el país a la fosa (Jc 5,19). Cuando Israel caminaba hacia la muerte, apareció Débora que, simbólicamente, lo engendró de nuevo como guerrero valiente, pues el compromiso político de la mujer determinó el alzamiento de Barac que batió a las tropas de Sísara e instauró durante cuarenta años la paz en el territorio.

    Desde el prisma de la metáfora, Débora, madre de Israel, “volvió a engendrar la comunidad israelita”; la asamblea, sumida en la idolatría y presa del terror cananeo, volvió a nacer, gracias al empeño de la mujer fuerte. La decisión de la mujer juez “para hacerse cargo de la batalla” cedió la espada a Barac para batir las filas de Sísara; de ese modo, el pueblo oprimido y condenado a la extinción pudo nacer de nuevo y gozar de paz durante cuarenta años.

     Al trasluz de la perspectiva poética, el título “madre de Israel” trae a la memoria el elogio de Eliseo a su maestro, Elías, cuando le dijo: “Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel” (2Re 3,4); a la vez que recuerda el aprecio del rey Joas por Eliseo, cuando le saludó: “¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!” (2Re 13,14). Mediante la locución “padre mío”, la Escritura destaca el papel decisivo de ambos profetas en la liberación de Israel del yugo extranjero. Así como Elías y Eliseo recalcan el cariz masculino de la política liberadora, el testimonio de Débora, “madre de Israel”, evoca el papel relevante y silenciado de la mujer en los avatares que tejen la salvación del pueblo oprimido.
    
    La locución “carro y auriga” evoca el carro ligero, diseñado en Mesopotamia, que significó una revolución en el arte de la guerra. El carro ligero llevaba tres guerreros: un auriga, un arquero o lancero, y un defensor que, portando un escudo, protegía la vida de los otros dos. El carro ligero llegó a ser tan decisivo que la capacidad de un ejército se medía por el número de carros; de ahí que la locución “carros y caballos” o “carros y aurigas” llegara a convertirse en un denominativo del ejército.

    Cuando el relato reconoce a Elías y Eliseo como “carro y auriga de Israel” destaca en ambos profetas la personalidad de quienes guiaron la lucha, política y militar, que desembocó en la construcción de la sociedad solidaria e independiente del poder extranjero. La expresión “padre mío” indica, desde el prisma de la metáfora, el compromiso de Elías por ‘engendrar’, desde la identidad anodina de un labriego de Abel Mejolá, a un profeta decisivo en la historia de Israel, Eliseo.

    La vivencia de Débora evoca, en buena medida, el compromiso de Elías y Eliseo. Como ellos fue profetisa. Empeñó su vida en la militancia política que restauró la dignidad israelita. Desde el llanto de una comunidad sometida, ‘engendró’ el gozo de un pueblo liberado; desde la debilidad de un guerrero pusilánime, ‘engendró’ a Barac para salvar a Israel del flagelo de Sísara. En analogía con Elías y Eliseo, ‘padres y aurigas de Israel’, Débora, ‘madre de Israel’, empeñó su vida por ‘engendrar’ un pueblo nuevo, a los héroes que batieron a Sísara a orillas del Quisón.

    El Cántico establece la grandeza o mezquindad de las tribus en relación con la confianza que depositaron en Débora y en su hijo espiritual, Barac. Los versos bendicen la esplendidez de Efraín, Benjamín, Zabulón, Isacar y Neftalí, a la vez que ensalzan la valentía de Maquir. A modo de contrapunto, censuran la ruindad de Dan, Rubén y Aser, al mismo tiempo que fustigan la estulticia de Galaad y Meroz (Jc 5,14-23ª).

    La magnificencia de Débora dejó huella en el imaginario popular. Aunque el poema sea antiguo, recibió retoques y adiciones a lo largo del tiempo. Como señalan los comentaristas, cabría destacar la más relevante: “¡Despierta, Débora, despierta! ¡Despierta, ponte en pie, entona un cantar!” (Jc 5,12). La expresión recuerda los versos de Isaías que imploran la intervención divina para restaurar la justicia y la equidad social: “¡Despierta, brazo del Señor, despierta y ármate de fuerza! ¡Despierta como antaño, como hiciste en el pasado!” (Is 51,9); y también evoca las invectivas proféticas para que Jerusalén retome su antigua prestancia: “¡Despierta, Jerusalén, despiértate y ponte en pie!” (Is 51,17).

    Atendiendo a la relación entre el canto de Débora y el clamor de Isaías, cabe aventurar que la comunidad hebrea, cuando atravesaba épocas sombrías, rememoraba el cantar de la mujer juez como acicate para sembrar entre el pueblo el ansia de honestidad y el anhelo de justicia. La memoria de la profetisa se convirtió en modelo de quienes pugnaban por ‘engendrar’ la comunidad israelita desde los parámetros de la solidaridad y la justicia.

    Al compás de Débora, asoma la figura de Yael, la mujer que coronó con sus manos la victoria israelita: “¡Bendita entre las mujeres, Yael!” (Jc 5,24). El encomio de Yael trasluce la valentía de Judit; pues, cuando hubo cortado la cabeza de Holofernes, Ozías, dirigente de la ciudad de Betulia, dijo a la mujer: “¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra!” (Jt 13,18). Sin duda, la gesta de Yael se convierte en uno de los modelos con que la Escritura dibuja la grandeza de Judit. La advertencia de Débora a Barac: “Dios entregará a Sísara en manos de una mujer” (Jc 4,9), también encuentra su paralelo en la historia de Judit, pues Dios abatió la soberbia de Holofernes por mano de mujer (Jt 9,10); de modo análogo la astucia de Yael vuelve a encontrar su correlato en el arrojo de Judit, cuando decapitó a Holofernes.

    La relación estrecha que destila la actuación de Débora y Yael con la valentía de Judit subraya que las heroínas del tiempo de los jueces esbozaron el modelo de la mujer comprometida en la liberación de su pueblo. Algunos comentaristas sugieren que la presencia de Barac es del todo irrelevante, de ahí intuyen que el relato recogía tan sólo la actuación de Débora y Yael; sólo más tarde, algún redactor, con la intención de aminorar el empaque femenino, introdujo en el relato la figura de Barac. Sea lo que fuere del proceso de redacción, la narración, tal como nos ha llegado, señala que el papel de ambas mujeres no quedó olvidado en el recuerdo nebuloso del pasado, sino que se convirtió en el patrón con que cortar el arrojo de quienes lucharon por la libertad de su pueblo, Israel.

sábado, 13 de julio de 2019

MALLORCA CATHEDRAL CHOIR CHAIRS



                                                                Francesc Ramis Darder
                                                                bibliayoriente.blogspot.com



CATEDRAL DE MALLORCA SILLERÍA DEL CORO



                                                                     Francesc Ramis Darder
                                                                     bibliayoriente.blogspot.com



viernes, 5 de julio de 2019

¿QUIÉN ES ISMAEL?


 Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

viernes, 28 de junio de 2019

¿QUÉ SIGNIFICA LA ESTATUA DE SAL?


 Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

domingo, 23 de junio de 2019

MESOPOTAMIA




                                                          Francesc Ramis Darder
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Mesopotamia y el Antiguo Testamento

Ramis Darder, Francesc

Mesopotamia y el Antiguo TestamentoFormato impreso
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Colección: El mundo de la Biblia
Subcolección: El mundo de la Biblia
ISBN:978-84-9073-490-2
Código EVD:0800049
Edición:1
Páginas:240
Tamaño:170 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada mate con barniz UVI brillo, con solapas
Precio sin IVA: 19,23 €
PVP: 20,00 €
Versión digitalVersión digital: Precio:9,49 €
El conocimiento de la historia y la literatura de Mesopotamia constituye el entramado necesario para la buena comprensión de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. La narración del Diluvio se entrelaza con la epopeya de Gilgamesh; el Código de Hammurabi asoma entre la legislación bíblica; el zigurat de Babilonia deja entrever su silueta en la mención de la Torre de Babel; mientras la leyenda de Sargón orienta la mirada hacia la figura de Moisés.

El lector inquieto por conocer la relación entre la Biblia y el mundo oriental encontrará en este libro una guía para escuchar el eco de Mesopotamia entre las líneas de la Sagrada Escritura.

domingo, 16 de junio de 2019

TEOLOGÍA DE LOS SALMOS



                                                                       Francesc Ramis Darder
                                                                       biblioriente




Olga Nicolau-Balasch, Poesia hebrea antiga, forma i sentit. Lectures del llibre dels Salms, ed. Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2018, I-XVI + 660 pp. ISBN 978-84-9165-171-0.

La obra recensionada constituye la tesis doctoral defendida por la autora en la Facultat de Teologia de Catalunya (2017). Entre las páginas de la Introducción (pp. 1-12), señala los valores y los límites con que la investigación han buceado en la poesía sálmica: paralelismo, métrica, colonometría, y estructuralismo. Apreciando las aportaciones, percibe la limitación en su enfoque ajeno a la tradición hebrea. De ahí que proponga una nueva pista, centrada en la sugerencia del Talmud sobre los soferim: “Por eso eran conocidos los antiguos escribas/contadores (soferim), eran los que contaban (soferim) todas las letras que figuran en la Torah” (Qid 30ª). Evocando la tarea de los soferim como contadores, el estudio se adentra en el libro de los Salmos mediante el recuento de letras. Como base del estudio, recoge un solo manuscrito, B 19a (H. Bardtke ed. Biblia Hebraica Stuttrgartensia, Liber Psalmorum).

    La Primera Parte del estudio, “Cuando los Números aportaban sentido” (pp. 13-96), revisa la importancia de la numerología para vehicular el sentido teológico de los textos nacidos en Mesopotamia, Grecia e Israel. La cultura mesopotámica no se limitó a contemplar los números en el aspecto de cifras, también les confirió, a veces, un valor teológico; a modo de ejemplo, el perímetro de la muralla de Dür-Sarrukin, la fortaleza edificada por Sargón II, alcanza los 16280 codos, número que corresponde al valor numérico del título “Sargón”, de ese modo, aflora la metáfora de que el mismo Sargón (16280) es el protector de la urbe (16280). Los pitagóricos hablan de la tetraktis, referida a la divinidad bajo la figura de triángulo, el número sagrado y completo para representar el universo (1+2+3+4=10); el pitagórico Filoao, sentencia que solo puede ser narrado aquello que puede ser contado numéricamente. Al decir de la autora, si el pensamiento mesopotámico y heleno desvela el sentido teológico bajo la perspectiva numérica, también podría entreverse en la tarea de los soferim sobre el texto bíblico. Atendiendo a al criterio de quienes consideran el uso de la gematría durante la etapa de redacción de la Escritura (Gandz, Devoran, Scholem), la autora utiliza el más simple de los métodos gemátricos (Mispar Hekhrehi), que confiere valor numérico a las letras del alefato, para la interpretación del Salterio. Con intención de argumentar la eficacia de la gematría, ofrece relevantes ejemplos (Nm 1; 16; censo: 2Sam 24, 1Cr 21). Constatada la precisión, insiste en que el método gemátrico es del todo ajeno al estilo de la filosofía cabalística; es un método, utilizado por los soferim, que confiere estructura al texto y permite avizorar el sentido teológico profundo.

    La Segunda Parte, “Los Predecesores” (pp. 97-262), estudia la aportación de tres autores que desde la gematría han ahondado en el texto bíblico. Desde la perspectiva académica procedente de la crítica numerológica, Casper C. Labuschagne (pp. 97-154), parte de tres principios, a saber: los masoretas procedían al recuento de versículos, palabras, y letras; el método gemátrico estuvo en uso durante el período bíblico; y que la raíz spr puede entenderse como “contar numéricamente”, “narrar”, y “escribir”. Aun valorando la investigación, entiende que el planteamiento se aleja de la óptica de los soferim. Desde la óptica judía, Jacob Bazak (pp. 155-198), fundamenta el estudio del Salterio sobre la detección de centros aritméticos, números simbólicos, apreciación de frases y palabras en la isometría del poema. La perspectiva judía permite una mayor hondura en el análisis gemátrico del Salterio; aun así, la autora discrepa de la valoración numérica conferida a ciertas palabras, extraídos de textos distintos del Salterio (ex. twb = 17). Desde el horizonte monástico, Ramon Ribera-Mariné (pp. 199-261), inspirándose en las aportaciones de Westermann y Enciso, y atento a la perspectiva de los soferim, establece la estructura del Salterio desde las indicaciones ofrecidas por los títulos: Sal 1-2; 3-32; 33 y 34-41; 42-72; 73-89; 90-92; 93-100; 101-110; 111-112.113-118; 119; 120-134; 135-137; 138-145; 146-150. No se limita a esbozar la estructura, ahonda en el sentido teológico. La perspectiva de los soferim evocaría, desde la nomenclatura actual, la lógica borrosa o calidoscópica; pero, como es obvio, la investigación de Ribera-Mariné constituye, como remarca la autora, un trabajo pionero y original para el estudio del Salterio.

     La Tercera Parte, “Buscando nuevos ejemplos” (pp. 263-594), desarrolla la triple perspectiva, descrita en la Segunda Parte (académica, judía, monástica), para apreciar nuevos ejemplos que atesten la tarea de los soferim. Atenta a la presentación mencionada, elige cuatro palabras clave para captar la teología del Salterio, en consonancia con la perspectiva de los soferim, a saber: feliz (`shr), David (dwd), bendito (brwk), y Sión (tsywn).

    A continuación, procede al estudio de treinta salmos que contienen las tres primeras palabras; por razones metodológicas, solo tiene en cuenta la última, Sion (tsywn), cuando coincide en el texto con una de las otras. Los salmos estudiados son: Sl 1; 2; 18; 28; 31; 32; 33; 34; 40; 41; 65; 66; 68; 78; 84; 89; 94; 106; 112; 118; 119; 122; 124; 127; 128, 132; 136; 137; 144, 146. La autora sitúa el texto hebreo del salmo en la página derecha, y en la izquierda el comentario. En el texto hebreo subraya el número de palabras, la distribución de los cuatro términos elegidos, y el centro aritmético, entre otros motivos; a lo largo del comentario, extrae, desde dos perspectivas concomitantes, el sentido teológico que destila el salmo. La primera se centra, atenta a la visión de los soferim, en el estudio de frases paralelas, palabras situadas isoméricamente, términos clave, relaciones literarias, y centros significativos, entre otros aspectos; la segunda recoge el comentario personal de la autora para de cada uno de los salmos con el apoyo de obras clásicas (Freuer, Hengstenberg, Dilitzch, Brigg, Gunkel, Ravasi, Alonso, Carniti, Hossfeld, Zengler, Vesco, Labuschagne). De ese modo, el estudio no se constriñe, ni mucho menos, a la perspectiva numérica, sino que, anclado en la tradición de los soferim, ahonda, con gran profundidad, en el sentido teológico de los salmos elegidos permitiendo al lector captar la espiritualidad del Salterio.

    Finalmente, figura una breve conclusión (pp. 595-602), un extenso elenco bibliográfico (pp. 603-624), y el índice de autores, citas bíblicas e índice general (pp. 625-660); las primeras páginas contienen las abreviaturas de libros y revistas (xiii-xvi).

    En síntesis; a lo largo del estudio, la autora atestigua la solvencia del método de los soferim para delinear la estructura y, sobre todo, el sentido teológico de los treinta salmos estudiados; así certifica que la exégesis puede, superando la perspectiva del análisis literario y adoptando la perspectiva numérica, ahondar en la comprensión del teológica del Salterio. A nuestro criterio, la valía del estudio reposa sobre tres pilares principales. El primero consiste en su vinculación con la tradición de los soferim, tan descuidada por la exégesis, no solo como “contadores materiales de palabras”, sino como quienes, valiéndose de los números, cincelan la teología sálmica. El segundo radica en el anclaje del planteamiento en el seno de la tradición académica, judía, y monástica (Labuschagne, Bazk, Ribera); de ahí que el comentario no se agote en la perspectiva literaria o numerológica, sino que aborde la perspectiva teológica. El tercero estriba, por una parte, en el planteamiento panorámico que emprende la autora (Mesopotamia, Grecia, Israel), junto a los numerosos ejemplos que ofrece para desvelar el valor de la gematría; y, por otra, en la adecuada elección de las cuatro palabras clave para el estudio del Salterio, además de la profundidad teológica que destila el análisis de treinta salmos. Conviene reseñar también la amplitud de la bibliografía aducida y la meticulosidad de las notas a pie de página. En definitiva, el estudio constituye una aportación señera y una valiosa llave, heredada de la tarea de los soferim, para la comprensión de la estructura y la teología del libro de los Salmos.

Francesc Ramis Darder
Universitat de les Illes Balears
c/Sant Bernat 1
07001 Palma de Mallorca
Illes Balears                         

martes, 11 de junio de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: LA ALIANZA CON ABRAHÁN


 Francesc Ramis Darder

                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

lunes, 3 de junio de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: ABRAHÁN


  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com


lunes, 27 de mayo de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: LA TORRE DE BABEL



Francesc Ramis Darder

                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

sábado, 25 de mayo de 2019

¿CUÁNTAS GENEALOGÍAS HAY EN EL GÉNESIS?




                                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com



    ¿Por qué aparecen Diez genealogías en el Génesis? Ante la dificultad de la respuesta, ensayemos una propuesta. Como hemos expuesto, los sumerios contaban con las falanges de la mano; así veinticuatro falanges, el número de ambas manos, equivalían al número perfecto desde la perspectiva divina. La decisión de contar por falanges puede simplificarse con los dedos; los diez dedos de las manos aludirían también a un número perfecto. De ese modo, bajo la metáfora de las Diez generaciones, los autores bíblicos habrían expresado la intención de Dios de constituir una comunidad perfecta, Israel, para que diera testimonio de la bondad divina ante las naciones paganas (ver Is 49,1-7). La comunidad elegida dará testimonio de Dios mediante la observancia de los mandamientos, recibidos en el Sinaí (Ex 20,1-17). Los mandamientos también se denominan las “Diez palabras”; aguzando la metáfora, la comunidad israelita, gestada durante Diez genealogías, dará testimonio de Dios mientras observe las Diez palabras, eco de los mandamientos

jueves, 2 de mayo de 2019

¿CÓMO ERA EL IMPERIO PERSA?



                                               Francesc Ramis Darder
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El Imperio persa sobresale por su magnitud, desde el Helesponto hasta la zona septentrional de la India, adentrándose temporalmente en Egipto, y también por el cariz heterogéneo de su población, estructurada en variopintas etnias y religiones. El arco temporal de su historia, desde las conquistas de Ciro II (559-530 a.C.) hasta su ocaso bajo la espada de Alejandro Magno (334-323 a.C.), descansaba sobre dos aspectos políticos esenciales.

    En primer lugar, la corona permaneció en poder de la familia Aqueménida, cuyos soberanos, aureolados a imagen del dios Ahuramazda, detentaban el poder central y absoluto sobre las instituciones y la población del imperio; sin duda, la reforma de Darío I (522-486 a.C.) frenó las tentaciones nacionalistas de las regiones sometidas, deseosas de abandonar el férreo control del gobierno central.

      En segundo término, la reforma emprendida por Darío I estructuró la administración del imperio, a la vez que permitió a los jerarcas de las zonas conquistadas mantener las tradiciones locales, siempre bajo la supervisión aqueménida. No obstante, la debilidad del imperio radicaba, por una parte, en el mismo carácter absoluto del soberano, pues, como hemos visto, las conjuras palaciegas por la sucesión solían teñir de sangre la corte imperial, y, por otra, la vastedad del imperio dificultaba el control eficaz de todas las regiones.

    Como sostenía la teología aqueménida, el dios Ahuramazda manifestaba a través del soberano persa su empeño por mantener el orden de la creación; por eso la divinidad dotaba al rey, como reflejan las representaciones artísticas, de cualidades físicas y morales para gobernar según los principios del orden dispuesto por dios. Ahuramazda había elegido al rey para establecer el buen gobierno del imperio, la estabilidad del mundo y el bienestar del hombre.

     Así, toda la humanidad, y especialmente los súbditos del imperio, debían obediencia y veneración tanto a dios como al monarca, soberano absoluto y eje de la administración imperial. En ese sentido, los teólogos subrayaban que Ahuramazda había encumbrado a Darío I para que impusiera “orden” entre la “desorden” por el que había deambulado el imperio; el “desorden”, al decir de la teología persa, procedía de la “mentira”, alusión a la “injusticia” imperante en la corte, cuando Cambises abandonó Persépolis para adentrase en Egipto (cf. Inscripción de Behistum).

     Desde este horizonte, Darío I emerge como el monarca, físicamente fuerte y moralmente recto, entronizado por dios para instaurar el “orden” en el imperio “desordenado” por la “mentira”, eco de la “injusticia” implantada por la corte de Cambises. La misión teológica de Darío y sus sucesores  estribaba en implantar la justicia, manifestación del “orden” divino, en Persia y en las zonas subyugadas. Desde esta óptica, aunque el soberano fuera un monarca absoluto, no debía actuar como un déspota arbitrario, pues debía regir el imperio con las normas de la justicia, manifestación del orden deseado por dios.

     A modo de contrapunto, la teología entendía la insubordinación contra el soberano como un acto de idolatría, pues implicaba desdeñar la autoridad de Ahuramazda, encarnada en la persona del rey, para rendir pleitesía a dioses falsos, metáfora de la mentira, eco de la injusticia, que la rebeldía sembraba en la corte y el imperio. En este sentido, Jerjes expresó su intención de retomar el “orden” en el imperio, “desordenado” por conspiraciones e injusticias, a través del culto a Ahuramazda, la divinidad que, por mediación del soberano, establecía el “orden” del mundo.

     Las regiones conquistadas eran las dádivas que Ahuramazda concedía al soberano persa para que las engarzara en el “orden” de la creación deseado por dios. Por eso, desde la óptica teológica, las embajadas de los países sometidos debían acudir al palacio de Persépolis para entregar pingües dádivas como agradecimiento a la autoridad que el soberano ejercía, en nombre de dios, sobre la inmensidad del imperio; no en vano, la decoración de la escalinata palacial, que desembocaba en la sala del trono, estaba decorada con imágenes de naciones sometidas portando presentes para el rey, alegoría de la autoridad divina.

      A partir de la reforma de Darío I, los reyes ponían esmero en vincular su identidad con el linaje de Aquemenes, ancestro de la dinastía, y garante del auxilio de Ahuramazda. El monarca reinante elegía al sucesor entre sus hijos. Sin duda, la poligamia daba lugar a disputas entre las esposas y los miembros de la corte para la elección del heredero; de ahí las frecuentes conjuras que acababan con la muerte de algunos candidatos. El soberano elegía al sucesor en ceremonia pública. Con intención de aureolar al príncipe se le imponía la “tiara erguida”, un peinado persa, y bebía del “agua del rey”, seguramente agua recogida en la fuente reservada para el monarca. Junto a compañeros de la nobleza, el príncipe era educado por los magos, expertos en la cultura persa, el arte militar, y aspecto religioso. El príncipe elegido tomaba posesión del trono en la ciudad de Pasagarda, la residencia de Ciro II, fundador del imperio, mientras el ritual, de corte castrense, acontecía en el templo de Anahita, diosa de la guerra. El nuevo monarca se despojaba de su ropa para ponerse la vestimenta de Ciro, y comía alimento propio del soldado en campaña, así amanecía como el nuevo Ciro, imagen del general y rey ideal.

    Seguramente, los altos funcionarios ponían el cargo a disposición del monarca, como signo de acatamiento a la nueva autoridad, mientras el pueblo quizá obtuviera alguna remisión de la carga impositiva.[1] El monarca gobernaba con el apoyo de la familia aqueménida y la nobleza de alcurnia, que ocupaban los altos cargos del ejército, la administración, y los santuarios. Sin embargo, a partir de la reforma de Darío I, los nobles perdieron la paridad con el monarca hasta convertirse en servidores y vasallos del rey; aun así, gozaban, junto a la familia real, de la elitista educación ofrecida por la corte que les capacitaba para administrar, bajo el control de la corona, el imperio.

     La dependencia del monarca propició la aparición de complejas estructuras nobiliarias. A modo de ejemplo, los nobles más adictos al soberano eran llamados “hijos de la casa real”, y los militares más adictos portaban lanzas decoradas con manzanas de oro; el estamento noble más afín a la corona emparentaba matrimonialmente con la familia real y recibía valiosos regalos, como atestigua el llamado “Tesoro de Axos”, los bajorrelieves de Persépolis o la cerámica de Susa.[2] El aura divina que envolvía al rey coloreaba su funeral con el tinte tenebrista y piadoso; a su muerte, se apagada el fuego sagrado que, eco del esplendor del soberano, ardía en los templos, comenzaba un tiempo de luto hasta que el cadáver era enterrado, a las órdenes del heredero, en las tumbas de Pérsepolis (siglo IV a.C.) o en la necrópolis de Naqsh-i Rustam (siglo V a.C.).[3]

    El territorio imperial estaba dividido en satrapías, gobernadas por la nobleza persa, vinculada estrechamente a la corona; la corte regía el destino del imperio desde las ciudades reales, levantadas en Pasagarda y Persépolis. En líneas generales, las satrapías guardan parejo orden administrativo. El sátrapa, asentado en el palacio que había sido residencia del monarca de la zona conquistada, constituía la autoridad militar y política; bajo su autoridad, destacaba el tesorero, encargado del cobro de impuesto, y el administrador puesto al frente de los archivos.

     Una parte de los impuestos, abonados en especie o en metales nobles, permanecía en la satrapía, pero un montante considerable acababa en las arcas del gobierno central (Herodoro, 1,192). Excelentes vías de comunicación vertebraban el imperio y facilitaban la relación entre las satrapías y la corte central; esencial era la vía que unía Bactria, Carmania, Aracosia y la India, o el camino que conducía de Sardes a Susa. La magnitud de la satrapía determinaba la división en regiones menores, sometidas a la autoridad de un delegado del sátrapa; a modo de ejemplo, una de las regiones de la satrapía de Traseufratina, gobernada probablemente desde Damasco, era Jehud, administrada desde Jerusalén.

     Aun atento a la uniformidad administrativa, cada sátrapa permitía a la población local practicar su religión y cultivar idiosincrasia, mientras no entraran en confrontación con la autoridad persa; continuando con el ejemplo, el templo de Jerusalén, erigido en la región de Jehud, pudo continuar su tradición religiosa. No obstante, cuando una región se desmandaba podía sufrir la devastación de su templo; así sucedió con el santuario de Dídima o el de Atenas (Herodoto, 6,19; 8,53). Con suma habilidad, los persas alentaron los cultos de Babilonia y Egipto, las regiones sometidas de mayor extensión, para ganarse el favor del clero y la población local.

     No cabe duda de que los persas supieron aprovechar en beneficio propio las estructuras administrativas de las regiones sometidas; por eso alentaron el matrimonio entre dirigentes persas y esposas de la elite de los pueblos vencidos.[4] Ahora bien, aunque respetaran las lenguas vernáculos, impusieron el arameo como legua vehicular de la administración y, como hemos señalado, adoptaron la grafía cuneiforme para escribir el idioma persa con que lo que aureolaban el prestigio internacional de la corona. El arte persa marcó su impronta en los países conquistados; así lo atestigua la acuñación de moneda local con motivos persas, y en las joyas egipcias o en las copas babilónicas cargadas de motivos persas.

    A pesar de la uniformidad administrativa, la autoridad persa se valió de una administración especial en las zonas habitadas por nómadas; así los árabes, encargados de rutas caravaneras, ofrecían dádivas de incienso como tributo, los nómadas trashumantes de los Zagros entregaban parte del ganado, o los escitas, establecidos en el cauce inferior del Oxos, se alistaban en el ejército.[5]

    Como toda economía antigua, la persa se fundaba en la actividad agropecuaria; por esa razón, y al compás de los antiguos reyes mesopotámicos, los reyes persas desarrollaron la política hidráulica. La corona ejercía su autoridad sobre la distribución del agua a través de canales y embalses; así los soberanos persas controlaban los canales de Babilonia, establecieron canales en la zona septentrional de la meseta irania, y Darió I construyó embalses.[6] La corona poseía vastas tierras de labor, controlaba el comercio, o administraba la minería con el recurso de jornaleros y esclavos; como señalan los archivos de Persépolis, eran significativas las tierras propiedad de las mujeres de la corte.

     La nobleza también participaba en el control económico del imperio; así lo atestigua la correspondencia de Arsames, sátrapa de Egipto, o los archivos de la familia Murashu, saga dedicada al préstamo y al arrendamiento de tierras. Tanto la corte como las empresas mercantiles arrendaban tierras a colonos. La corona también concedía tierras a los soldados mientras no estaban en campaña para su cultivo; los colonos pagaban un arriendo, y se comprometían a participar en las tareas militares. El arriendo de tierras a soldados determinó que el ejército reclutara tropas de todas las regiones del imperio, a saber, caballería, infantería, carros de guerra, zapadores, arqueros, e intendencia; el numeroso ejército persa contaba también con mercenarios de origen griego, a la vez que algunos generales de los pueblos vencidos se incorporaban a ejército persa, un caso significativo se dio con Udjahorresnet, almirante egipcio que se adhirió a los persas después de la conquista de Cambises.

     Al parecer existía un ejército central, y otros ejércitos acantonados en las regiones conquistadas. Las numerosas fortalezas aseguraban la seguridad de las vías de comunicación y garantizaban el control de los pueblos sometidos; alguna vez, los persas emprendieron deportaciones de castigo en las zonas rebeldes. A modo de síntesis, cabe afirmar que la región irania, eje del imperio, experimentó un gran desarrollo durante la etapa aqueménida; las grandes capitales, Pasagarda y Pérsépolis, eran centros administrativos; las obras hidráulicas favorecieron el asentamiento de la población, anteriormente sedentaria, y acrecieron la riqueza; la multitud de regiones conquistadas aportaba grandes beneficios; la estructura militar y las vías de comunicación consolidaban el imperio; la percepción teológica de la realeza y su vinculación ideológica a Aquemenes propiciaban la continuidad de la dinastía; sin duda, como sostenían los antiguos, durante la etapa de mayor relevancia, la región evoca el esplendor del paraíso.[7]


[1] Sobre la elección, entronización, y educación del heredero: Arriano, Anábasis, 6.29.3; Diodoro Sículo 11.71.1, 17.94.4-5; Estrabón, 15.3.18; Heráclidas de Cumas, Apud Ateneo,12.51ª; Herodoto 6,59; Plutarco, Vida de Artajerjes, 3 
[2] .Sobre el funcionamiento y situación estamental de la corte aqueménida: Herodoto 1,134; 3,84.97.118-119.144; 7,41; 8,90; Jenofonte, Anábasis, 4,4. 
[3] Sobre el ceremonial funerario: Arriano, Anábasis 6.24.4-7; Diodoro Sículo, 17,94.4-5; 18.16-18.28.1.
[4] . Ver: Herodoto, 6,14; Jenofonte, Helénicas 3,1.10; 4.1.6-7.
[5] . Organización impositiva: Diodoro Sículo 17.108.4-6; Jenofonte, Helénicas, 4.1.16).
[6] . Heródoto 3,117; Polibio 10.28.
[7] . Diodoro Sículo, 19.21.2-4.