domingo, 22 de julio de 2018

HISTORIA DE CAÍN Y ABEL


                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com



A lo largo de los apartados anteriores, hemos apreciado el desarrollo de la cultura mesopotámica hasta los albores de la civilización sumeria. Ahora apuntaremos como la Escritura también esboza la evolución de la sociedad, y recoge aspectos culturales anclados en la tradición mesopotámica; centrados en la “Historia de los Orígenes (Gn 1-11), analizaremos el relato de “Caín y Abel” (Gn 4,1-26). Aunque la narración recoja tradiciones antiguas, adquirió el aspecto final en Jerusalén en una etapa tardía (ca. siglos V-IV a.C.). El relato de “Caín y Abel” no constituye la interpretación bíblica de la evolución cultural que desembocó en la civilización sumeria; pues quienes vivían en Jerusalén cuando nació el relato desconocían el proceso histórico establecido por los arqueólogos durante los siglos XIX y XX. No obstante, desde la perspectiva del sentido común y la apreciación histórica de la antigüedad señala, entre otros temas, el proceso evolutivo de la sociedad humana. Comienza con la mención de agricultores (Caín) y ganaderos (Abel), después señala el origen de las ciudades (Enoc) y la presencia de los pastores que merodeaban en su entorno (Yabel), a continuación sugiere el desarrollo cultural de las urbes (Yubal), para terminar refiriendo el evolución técnica que culmina en la forja del bronce y el hierro (Tubalcaín). El episodio de “Caín y Abel” ha sido objeto de innumerables estudios; por eso solo indicaremos el aspecto de la evolución social que percibe la Escritura, y el papel que juega Dios, según la perspectiva bíblica, en el devenir humano.

    Como atestigua la Escritura, una vez fuera del Edén y establecido al oriente del jardín (Gn 2,24), Adán se unió a su  mujer, Eva, que le dio un hijo, Caín (Gn 4,1). Los estudiosos han conferido al apelativo “Caín” distintos sentidos. Su relación con la figura de Tubalcaín, forjador de herramientas de bronce y de hierro (Gn 4,22), parece indicar que significa “forjador”. Con más certeza, puede relacionarse con la raíz hebrea “adquirir”; así, indicaría al “que adquiere”, afinado la cuestión “el que adquiere el suelo”, es decir, el agricultor, pues “Caín era agricultor” (Gn 4,2). Apelando a su conducta moral, asesino de Abel (Gn 4,8), la tradición entendió el nombre como “el envidioso”; es decir, el envidioso de Abel, su hermano. El Tárgum de Jonatan, obra insigne de la tradición judía, ahonda en la perversidad de Caín. La Escritura sentencia: “Adán se unió a su mujer, Eva; ella concibió y dio a luz a Caín” (Gn 4,1); pero el Tárgum entiende: “Cuando Adán conoció a su mujer, Eva, llevaba ya en su seno un hijo de Sammael”. Al decir de la tradición, Sammael era el ángel venenoso, capaz de transmutarte en serpiente; desde esta óptica, sugiere el Tárgum, Caín, el hijo que porta Eva en el seno, es hijo del ángel camuflado tras la serpiente del paraíso; como hijo de Sammael, la vileza de Caín no puede ser mayor. Entre las etimologías propuestas, la más obvia es la que apunta “al que adquiere el suelo”, o sea, el agricultor. Establecida la identidad de Caín, el relato apunta hacia Abel: “después Eva tuvo a Abel, hermano de Caín. Abel se hizo pastor” (Gn 4,2). El apelativo “Abel” significa literalmente “soplo”, y con más carga poética, “aquel que es menos que nada”; nombre, como veremos, de gran hondura teológica.

    Desde la perspectiva sociológica, el relato ha expuesto bajo la metáfora de Caín y Abel el origen de agricultores y ganaderos. Acto seguido, la narración amparada en el asesinato de Abel por mano de Caín dibuja el pertinaz conflicto entre agricultores, “poseedores de tierras de cultivo”, y los pastores, dedicados a la trashumancia, que tantas veces ensangrentó la historia mesopotámica. Tras matar a su hermano, Caín huye al país de Nod, un país de carácter simbólico, situado al este del Edén (Gn 4,16). Apurando la metáfora, el apelativo “Nod” significa: “el país donde habita quien deambula errante por el mundo”. Afinando la cuestión, la ubicación en el “este”, el horizonte donde emerge la primera luz del día, permitiría interpretarlo, desde la óptica poética, como “el país de la esperanza” o “el país donde esperan un nuevo comienzo quienes van errantes por el mundo”. Como hemos descrito en anteriores apartados, varios pueblos incógnitos, tras deambular por las fronteras orientales, penetraron en Mesopotamia, la tierra de la esperanza, feraz por sus ríos, donde forjaron con esfuerzo culturas propias. Cuando Caín alcanzó el país de Nod, prosigue el relato, se unió a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc (Gn 4,17). Notemos una cuestión relevante: además del Edén, la Escritura concibe la existencia de otros territorios habitados por el hombre. La constatación corrobora la teología expuesta en la “Descripción del Edén” (Gn 2,7-14). Como dijimos, la Descripción esboza el proyecto salvador de Dios para la humanidad entera; desde esta perspectiva, la población que vive fuera del Edén aparece ya insinuada por la mención de los cuatro ríos que portan el agua, alegoría de la ley, por todo en mundo entonces conocido.

    La decisión de fundar una familia certifica el asentamiento de Caín en tierra de Nod. El antropónimo “Enoc” significa “el que da comienzo”; puliendo la cuestión: “el que da comienzo a una cultura nueva”. Establecido en el país, Caín edificó una ciudad a la que dio el nombre de su hijo, Enoc. Como hemos señalado, las sucesivas culturas que fueron instalándose en Mesopotamia amalgamándose con la población autóctona, aludida por la esposa de Caín originaria del país de Nod, engendraron ciudades que dieron inicio a nuevas culturas. Desde este prisma, la Escritura asimila la evolución cultural del ser humano, pues muestra como el hombre, asociado en comunidades dispersas, va reuniéndose en ciudades. Una vez afincado en la ciudad, Enoc engendró descendencia: Irad, Meviael, Matusael, Lámec. El cuarto descendiente, Lámec tuvo dos mujeres: Adá y Selá. La unión entre Lámec y Adá engendró a Yabel, el antepasado de los pastores nómadas; su hermano Yubal, fue el ancestro de quienes tocan la cítara y la flauta. El matrimonio con Selá contempló el nacimiento de Tubalcaín, el forjador de herramientas de bronce y hierro, y de su hermana Noemá (Gn 4,17-22). Apreciamos así el calado social de las ciudades, caracterizadas por la presencia de artistas (Yubal), talleres metalúrgicos (Tubalcaín), y visitada por pastores nómadas (Yabel), a veces enfrentados con la urbe.

    Al observar la genealogía desde Adán hasta Lámec, detectamos la sucesión de siete personajes; el número “siete” constituye el símbolo de la plenitud, por eso la ciudad que alcanza el apogeo  durante la séptima generación (Lámec) conforma el vértice de la civilización humana. Algunos nombres de la genealogía destilan el aura de la teología babilónica: Maviael y Matusael aluden “al hombre de los infiernos”, eco de las deidades mesopotámicas que habitaban el mundo subterráneo; mientras Lámec rememora el término “lunga”, título de Ea, diosa babilónica tutelar del canto y la música. El nombre de los hijos de Lámec, Yabel y Yubal, tiene su origen en la raíz hebrea que significa “conducir, orientar”, en sentido poético “enseñar”. De ahí que Yabel aluda “al que enseñó el oficio a los pastores nómadas”, y Yubal sugiera “al que enseñó el arte de la música”. Al parecer, el apelativo “Tubal” procede de la misma raíz “conducir”, mientras el término “Caín”, como hemos comentado, apunta al “que adquiere”; anudando ambos sentidos con la explicación de la Escritura, aludiría “al que adquiere y enseña el arte de la foreja”. Lámec también tiene una hija, Noemá; nombre emparentado con “Noemí” (Rt 1,2), que denota, entre otras posibilidades, a “quien es capaz de dar seguridad”, o “a quien ofrece consuelo”.[1] La intelección poética de “Noemá” y su posición al final del texto que describe la evolución social podría indicar, quizá, la “seguridad” o el “consuelo” que las ciudades ofrecían a al ser humano, tan avezado a los conflictos tribales. No obstante, la seguridad que podría ofrecer la ciudad contrasta con el alma vengativa de Lámec: “Si a Caín se le venga siete veces, a Lámec, setenta y siete” (Gn 4,24). La contraposición del término Noemá con la actitud de Lámec apunta, desde el vértice simbólico, al aspecto que adquirió la ciudad; por una parte, hogar de la civilización (Noemá), y, por otra, crisol de conflictos políticos por el control de la urbe (Lámec). A tenor de lo expuesto, el autor bíblico consideró la tradición mesopotámica y aplicó el sentido histórico, propio de la antigüedad, para componer un relato que esbozara, entre otros temas, la evolución social que alcanza el cenit con las ciudades. Ahora bien, el autor no se limitó a dibujar la evolución social, sino que delineándola explicitó también la identidad profunda del Dios de Israel. Veámoslo.

    Como señala el relato, Caín, después de matar a su hermano, obtuvo descendencia y fundó una ciudad, Enoc. Desde la perspectiva social, Caín aparece como el triunfador, “el forjador”, el fundador de la urbe, mientras Abel encarna a la víctima, el que “es menos que nada” y muere sin descendencia. La mitología antigua encomiaba al vencedor. Así lo establece, por ejemplo, la historia de Rómulo y Remo; después del sacrifico de su hermano Remo, Rómulo, auspiciado por los dioses, fundó la ciudad de Roma. A modo de contrapunto, el relato bíblico no emplaza al Señor junto al triunfador a cualquier precio, Caín, sino que sitúa a Dios junto a la víctima, Abel. El Dios de Israel está siempre al lado de la víctima, del pequeño, del pobre; esta metáfora tapiza la Escritura. Abrahán tuvo un hijo con Agar, Ismael, el mayor, y otro con Sara, Isaac, el menor; pero la alianza prosiguió con Isaac: “Dice el Señor: En cuanto a Ismael […] lo bendigo […] pero mi alianza la estableceré con Isaac” (Gn 1720-21). Isaac tuvo dos hijos, el mayor Esaú, y el menor Jacob; aun así, el pacto divino recayó sobre el menor: “La tierra que yo di a Abrahán y a Isaac, te la doy a ti (Jacob)” (Gn 35,12). Contra la costumbre antigua que privilegia al mayor, la Escritura enfoca la preferencia divina hacia el menor. Algo idéntico ocurre con la elección de David, el monarca emblemático. Cuando Samuel, enviado por Dios, se presentó en casa de Jesé para ungir al rey de Judá, creyó que había encontrado al candidato en la persona de Eliab, el hijo mayor de Jesé; entonces le dijo el Señor: “Yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor escruta el corazón” (1Sm 16,7). Aconsejado por Dios, Samuel preguntó a Jesé por el hijo más pequeño, David; entonces Dios le dijo: “Levántate y úngelo (a David), porque es este (el rey)" (1Sm 16,12). Quizá lo más sorprendente, sea el discurso que Moisés, en nombre de Dios, dirige a los israelitas: “El Señor se fijó en vosotros y os eligió, no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos, pues sois el más pequeño de todos, sino por el amor que os tiene” (Dt 7,7-8). Como apreciamos, pues, el Dios de la Escritura está con las víctimas, Abel, con el menor, Isaac y Jacob, con el pequeño, David, y con la comunidad más sencilla, Israel.

   El Dios de Israel no se conforma con estar junto a la víctima, siente el ultraje contra ellas como violencia ejercida contra él mismo. Cuando Caín hubo matado a Abel, Dios le dijo: “La sangre de tu hermano me grita a mí desde la tierra” (Gn 4,10).  La locución “me grita a mí”, traducida literalmente, señala el sufrimiento de Dios por el penar de la víctima. La espiritualidad bíblica constata el dolor de Dios ante el sufrimiento de los oprimidos, “Tú (Señor) ves la pena y la aflicción y la tomas en tus manos” (Sl 10,14), y la vez que advierte contra la injusticia: “No despojes al pobre […] ni oprimas al desvalido” (Pr 22,22).

   El Señor está con la víctima, Abel, pero no abandona al asesino, Caín, pues “Dios no desea la muerte del pecador, sino que se   convierta y viva” (Ez 18,32). Asustado por las consecuencias del crimen, Caín suplicó el auxilio divino. Entonces el Señor “puso una marca en Caín, para que no lo matara quien lo encontrase” (Gn 4,15); después, como hemos dicho, Caín se fue al país de Nod, para comenzar una nueva vida. La marca indica la entereza con que Dios protegerá a Caín en la vida nueva que inicia. La protección es tan cierta que la tradición hebrea, anclada en el Tárgum, alcanza el hondón de la interpretación: “El Señor plasmó en el rostro de Caín una letra del nombre divino”. Como sabemos, el nombre divino será revelada a Moisés, durante el prodigio de la zarza: “Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: Yo soy me envía a vosotros” (Ex 3,14). Según la tradición bíblica, la protección divina sobre Caín se perpetuó sobre su descendencia. La Escritura certifica que Caleb, el quenita, alegoría del cainita descendiente de Caín, era “adorador del Señor” (Nm 32,12); igualmente, Otoniel, su hermano (Jc 1,5), experimentó como “el espíritu del Señor” se posaba en él (Jc 3,10); ambos hermanos participaron en la conquista de la tierra prometida (Jc 1,12-13; 3,7-11). Cuando el texto establece que Caleb y Otoniel, de estirpe quenita, eran servidores del Señor, atestigua, desde el prisma simbólico, que la protección divina sobre Caín, ancestro simbólico de los quenitas, se perpetuó sobre su descendencia. Tampoco abandonó el Señor a Adán y Eva que, tras la muerte de Abel y la partida de Caín, habían quedado solos; permitió que engendraran un hijo, Set. El cariz poético invita a interpretar el nombre como “aquel con quien de nuevo comienza la historia”, pues de Set nacerá Enós, ancestro de Abrán.

    En síntesis, el autor bíblico ha plasmado, desde el sentido común y la perspectiva antigua, la evolución de la sociedad; pero, plasmándola, ha subrayado como el Dios de Israel está siempre del lado de las víctimas y protege siempre al ser humano.
                


[1] . F. Ramis Darder, Rut, ed. Cete 1992, p. 64-65.

viernes, 13 de julio de 2018

LISTA REAL SUMERIA



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Corría el año 1921 cuando Weld-Blundell, mecenas del arte, compró un prisma (20 alto x 9 ancho cm.) que contenía en cada una de sus cuatro caras dos columnas, escritas en sumerio, con la lista de las dinastías de varias ciudades mesopotámicas y la duración del reinado de los monarcas; el elenco ha venido a llamarse “Lista Real sumeria”. El origen de la Lista hundía sus raíces en la tradición oral, hasta que fue puesta por escrito en tiempos de Utu-Hergal (2123-2113 a.C.); el prisma de Weld-Blundell constituye una copia elaborada en Larsa hacia el 1800 a.C. Como dijimos, Utu-Hergal había expulsado a los qutu y deseaba erguirse como único soberano sobre el territorio sumerio. El rey auspició la composición de la Lista, anclada en la tradición oral y enhebrada con la mitología, para establecer que tanto él como la ciudad de Uruk, sede de su corona, eran los herederos legítimos del lagado sumerio.

    El comienzo de la Lista sentencia: “Después que la realeza descendiera del cielo, se asentó en Eridu”; así establece el origen divino de la monarquía y señala la primera morada de los reyes en Eridu. A continuación, determina la identidad de los primeros monarcas de Eridu: Alulim (reinó 28800 años) y Alangar (36000 años). Cuando cayó Eridu, la realeza fue llevada a Bad-Tibira donde gobernaron tres reyes de duración fabulosa. Al hundirse Bad-Tibira la monarquía fue llevada a Larak, donde reinó En-sipa-zi-ana (28000 años). Cuando desapareció Larak, la casa real pasó a la ciudad de Sippar y después a Shurrupak; después gobernaron ocho reyes sobre cinco ciudades, el último fue Ziusudra. La duración fantástica de cada reinado es la metáfora con que los sumerios subrayan el origen divino de la monarquía; mientras el desplazamiento de la realeza por distintas ciudades refleja que el territorio sumerio estuvo sometido a la autoridad de la urbe más relevante.

    Como señala la Lista, un Diluvio se precipitó sobre la tierra y acabó con la civilización. Aunque la mención del Diluvio case bien con los continuos desbordamientos fluviales que arrasaban la región, constituye la metáfora de acontecimientos históricos que alteraron el dominio sumerio sobre las ciudades. Mesopotamia estuvo sufrió incontables invasiones y guerras civiles entre los principados que asolaron la región; la Lista esconde, bajo la metáfora del Diluvio, la devastación causada por las invasiones o los conflictos civiles.

    Como establece la Lista “cuando el Diluvio hubo terminado, la realeza descendió otra vez del cielo y se estableció en Kish”; es decir, cuando cesó la devastación, causada por invasiones o conflictos civiles, la monarquía, asentada en el cielo, floreció en Kish, ciudad que dominó Sumeria. Veintitrés reyes (Jushur […] Agga) gobernaron durante períodos fabulosos (entre 1200 y 140 años); matices en el prisma inclinan a los comentaristas a percibir veinticuatro reyes. Al decir de la Lista, “llegó un momento en que Kish fue derrotada y la realeza pasó a la ciudad de Uruk”; doce reyes gobernaron desde Uruk (Mesk-ki-ang-gasher […] Lugal-Kitun). Más adelente, “Uruk fue derrotado y la realeza pasó a Ur”; cuatro reyes gobernaron en Ur (Mesanepeda […] Balulu). Después “Ur fue derrotada y la realeza pasó a Awan”, donde gobernaron tres reyes. Entonces, prosigue la Lista, “Awan fue derrotada y la realeza pasó a Kish”, donde ciñeron la corona ocho reyes. Cuando “Kish fue derrotado, la realeza pasó a Hamazi, con un rey, Hadanisk. Prosigue la Lista, “Hamazi fue derrotada y la realeza pasó a Uruk”, tres reyes. Al ser vencida Hamazi, la realeza quedó trasferida a Uruk, tres reyes; de Urun pasó a Ur, tres reyes; de Ur pasó a Adad, tres reyes; de Adad a Mari, seis reyes; de Mari a Kisk, un rey. Como establece la Lista, “Kish fue derrotada y la realeza pasó a Akshak”; después volvió a Kish; a continuación, a Uruk, regida por Lugarzagesi; acto seguido, advino la etapa acadia (Sargón […] Shar-kali-sharri). Continua la Lista, “cuando Agadé fue derrotada, la realeza pasó a Uruk”; después, aconteció la etapa de los qutu, hasta que Utu-Hergal los expulsó e inauguró su dinastía. Ampliaciones posteriores de la Lista, mencionan los reyes de Ur e Isín.

    Acabada la descripción de la Lista, proceden varias observaciones. Aunque despunten reinados de duración fantástica, desde el sexto rey de Uruk figuran algunas cifras más razonables (entre treinta y seis, y seis años); el aura mitológica cede paso al ámbito histórico. Al principio, la realeza descendía del cielo, eco del aura divina de los reyes, pero más adelante pasa de Kish a Uruk, signo de la dimensión terrenal que adquiere la monarquía. Los reyes de Kish fueron veinticuatro (23) y los de Uruk doce. Los sumerios contaban en base doce, el número de falanges de la mano. El número veinticuatro señala las falanges de ambas manos, e indica, por eso, un gobierno perfecto, de aura divina, pues la realeza de Kish descendía del cielo. El número doce alude a la mitad de las falanges, señala una realeza plena desde la vertiente humana, pues los reyes de Uruk no procedían del cielo, se habían impuesto desde Kish.

viernes, 6 de julio de 2018

¿QUIÉN ES NARAN-SIN?


                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Naran-Sin (2254-2218 a.C.).

A la muerte de Manishtusu, accedió al trono su hijo Naran-Sin. El reinado de Sargón, “el rey auténtico”, había plasmado más bien el deseo, como hemos señalado, de dominar las “Cuatro Regiones”; pero el apelativo de Naran-Sin, “poderoso dios de Akkad”, desvelaba su pretensión por ejercer un dominio auténtico y universal. Comenzó imponiendo su autoridad sobre las ciudades sumerias, que se habían alzado a la muerte de su padre. Fiel al aura conquistadora, heroica y guerrera de Sargón, atacó Elam; aunque no pudiera conquistarlo, dominó la región de Susa, al este de Mesopotamia. Después, embistió contra Magán, en la península arábica, haciéndose con el control comercial del Golfo Pérsico. Seguidamente, sometió Subartu, al norte; dominó las regiones del río Harbur y el curso medio del Eúfrates, ricas en el aspecto agropecuario; exploró el túnel del Eúfrates; estableció guarniciones en Assur, Nínive y Tel-Brak para controlar la zona norteña y el acceso hacia Anatolia. Más tarde penetró en Siria, destruyó la ciudad de Ebla, gran emporio comercial, y alcanzó los Montes Amano y el Mediterráneo. Como atestigua la historia, los acadios adoptaron la escritura cuneiforme, inventada por los sumerios, para escribir la lengua acadia. Ahora bien, Naran-Sin estableció un tipo de escritura cuneiforme más clara que, inscrita sobre tablillas rectangulares en vez de las antiguas redondeadas, unificó los diversos estilos de escritura local; muy a menudo, las tablillas oficiales portaban el sello identificativo. Sin duda, la unificación de la escritura fue el embrión de reforma administrativa del imperio. Levantó fortalezas e hizo obras hidráulicas; reconstruyó templos, especialmente el Ekur, el santuario de Enllil en Nippur. Naran-Sin acariciaba el sueño de Sargón: era señor veraz de las “Cuatro Regiones”; así detentó el control del comercio que propició la riqueza del país.

    La prestancia del rey determinó que quisiera investirse de atributos divinos. Hizo inscribir una “estrella”, símbolo de la divinidad, ante su título de “Rey de las Cuatro Regiones”; exigió de sus artistas que le plasmaran con la tiara dotada de cuernos, símbolo de la divinidad; y determinó que sus siervos le llamaran “poderoso dios de Akkad”. Como hiciera su abuelo, nombró a su hija sacerdotisa principal del templo del dios Sin en la ciudad de Ur. Seguramente, el monumento que mejor representa la grandeza conquistadora y la pretensión divina del rey sea la “Estela de la Victoria”. Ensalza, por una parte, el triunfo de Naran-Sin sobre los lulubitas, invasores extranjeros; por otra, representa al rey ciñendo una corona con cuernos, símbolo de la divinidad; y finalmente, muestra al soberano ascendiendo por la montaña que conduce al cielo. Debido a su importancia simbólica, los elemitas, en el siglo XII a.C., robaron la estela y la instalaron en Susa. Mientras los reyes sumerios, como señala la “Lista Real Sumeria”, descendían del cielo a la tierra, la “Estela de la Victoria” enfatiza como la realeza acadia asciende de la tierra hacia el cielo.

   Sin embargo, su reinado no estuvo exento de problemas. La solidez del imperio dependía de la autoridad militar del monarca, sin estar fundada sobre la cohesión jurídica del territorio; por eso cuando aparecía una crisis palaciega, provocada por la ausencia del rey o la disensión entre los nobles, estallaban disturbios en las regiones. Además, los llamados “extraños”, quienes no pertenecían a los dominios de Naran-Sin, codiciaban las riquezas de Akkad a la vez que estaban dolidos por la depredación que les infligían los acadios; así los lulubitas, originarios del Luristán, al sur del actual Irán, y los Qutu, procedentes de los Montes Zagros comenzaron a penetrar en el imperio. Tanto el rey como las élites dominantes sufrieron la inquina del pueblo, pues la desposesión de las tierras, iniciada ya en época de Manishtusu, para entregarlas a la nobleza arrojaba a buena parte de la población a la servidumbre. Como hemos expuesto, Sargón se hizo llamar “Rey de Kish” antes de erigir la capital en Akkad; sin embargo, Naran-Sin desdeñó el título de “Rey de Kish”. Cuando Kish perdió los privilegios que tenía por ser ciudad coronada, brotó el descontento entre la población. El descontento de Kish unido al recelo de Sumer, convertido en antaño en provincia por Manishtusu, alentó la rebelión del Sur que fue reprimido con dureza por Nran-Sin.  Además, la destrucción de Ebla y la guerra con Elam eclipsaron el comercio, generaron pobreza y despoblación de los territorios. En definitiva, la caída del comercio, las invasiones extranjeras, la falta de cohesión jurídica, el descontento popular, y las sublevaciones internas agrietaron los dominios acadios en los últimos años de Naran-Sin.  

martes, 26 de junio de 2018

PAPIROS EGIPCIOS



                                        Francesc Ramis Darder
                                        bibliayoriente.blogspot.com


LA EGIPTÓLOGA MARINA ESCOLANO-POVEDA DESCUBRE FRAGMENTOS INÉDITOS DEL PAPIRO DE BERLÍN 3024 EN EL MUSEO BÍBLICO DE MALLORCA

El 16 de enero de 2010 la egiptóloga y hoy ya Doctora Marina Escolano-Poveda,  daba una conferencia en Palma de Mallorca bajo el título «Más allá de la Piedra de Rosetta, el papel fundamental de la lengua copta en el desciframiento de la escritura jeroglífica». Aprovechando el viaje a nuestra Isla, Marina visitó nuestro Museo Bíblico de la ciudad y entre otros artefactos le llamaron la atención unos papiros que aparecían fragmentados, cuya traducción era desconocida hasta la fecha. El director, el Dr. Francisco Ramis Darder, y el gerente de la comisión del museo, Gerardo Jofre González-Granda, le ofrecieron su estudio y publicación, teniendo en cuenta que hasta el momento se mantenían completamente inéditos, y no habían sido nunca antes estudiados. Marina combinó sus estudios de Doctorado en Egiptología en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore (EEUU) con el análisis textual y lingüístico de aquellos papiros de Mallorca y no fue hasta 2015 que pudo dedicarse con mayor profundidad al examen detallado de aquellos fragmentos. El 26 de abril de ese mismo año, Marina dio una charla en el congreso del American Research Center in Egypt (ARCE) sobre los papiros demóticos de la abadía de Montserrat (presentando la edición de un papiro astronómico) y los nuevos papiros descubiertos en el Museo Bíblico de Mallorca. La distribución del texto en columnas verticales indicaba sin lugar a dudas que se trataba de textos pertenecientes a la primera mitad del Reino Medio, y sus contenidos, eran obras literarias. Luego, Marina volvió a visitar el museo en julio de 2015, examinando más detalladamente los papiros y preparando facsímiles de cada fragmento. Después viajó al Museo de Berlín, donde tuvo ocasión de estudiar directamente el Papiro de Berlín 3024 gracias a la autorización de la Dra. Verena Lepper, conservadora de los papiros del Museo de Berlín, y donde pudo contar con la generosa asistencia de la restauradora de papiros del museo Myriam Krutzsch.

Marina es también miembro del proyecto DVCTVS que dirigen Alberto Nodar (UPF) y Sofía Torallas (U. de Chicago). Este equipo académico, lleva varios años trabajando en las principales colecciones papirológicas de España, entre las que se encuentran la Abadía de Montserrat y la Compañía de Jesús en Cataluña. Su propósito es la conservación del patrimonio papirológico, catalogación, estudio y digitalización de los papiros que conforman las colecciones que se encuentran en nuestro país. El 28 de octubre de 2015 el Museo Bíblico de Mallorca recibió la visita de Sergio Carro y Alberto Nodar, de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona y pudo hacerse un exhaustivo reportaje fotográfico de los papiros, que Marina utilizó para elaborar los facsímiles definitivos de los papiros.

Los resultados de su trabajo fueron sorprendentes, la egiptóloga Marina Escolano-Poveda había descubierto unos fragmentos egipcios escritos en hierático del Reino Medio, todos ellos desconocidos hasta la fecha y que forman parte del famoso Papiro de Berlin 3024.  Los fragmentos del Museo Bíblico de Mallorca contienen  partes de dos obras literarias egipcias de suma importancia. Una parte inédita del comienzo del poema "Debate entre un Hombre y su Ba", considerado como la primera obra filosófica de la historia, además de ser uno de los textos más importantes de la literatura egipcia y otra parte, la continuación del "Cuento del Pastor", un enigmático relato mitológico donde dioses y hombres interactúan.

Su descubrimiento fue confirmado tanto por el profesor James P. Allen de la Universidad de Brown, que se encontraba entre el público en el congreso de ARCE en el que Marina lo dio a conocer, como por el Prof. Richard Parkinson (Universidad de Oxford). Parkinson había publicado en 2003 una serie de fragmentos de la colección Amherst (P. Amherst III), que identificaba con el comienzo perdido de P. Berlín 3024. Tanto Allen como Parkinson son actualmente los mayores especialistas en literatura egipcia del Reino Medio.

 Ahora, todo ello ha sido publicado en julio de 2017 en su artículo "New Fragments of Papyrus Berlin 3024: The Missing Beginning of the Debate between a Man and his Ba and the Continuation of the Tale of the Herdsman (P. Mallorca I and II)" en la revista Zeitschrift für Ägyptische Sprache und Altertumskunde 144, sección 1 (2017), páginas 16-54. Marina ha nombrado a estos fragmentos «Papiro Mallorca I y II» , en honor a nuestra Isla de Mallorca, donde se encuentran. Los nuevos fragmentos aportan pistas desconocidas hasta ahora e importantes para comprender ambos poemas.

"La disputa entre un hombre y su Ba", es una obra anónima conocida también como "diálogo del desesperado de la vida con su alma". Parece ser un texto que se remonta a la dinastía XII.
En el caso del Debate entre un hombre y su Ba, Marina Escolano-Poveda, gracias a estos fragmentos, ha descubierto que el hombre en realidad está enfermo, probablemente terminal, y es en ese momento entre la vida y la muerte en el que tiene la conversación con su Ba. El Ba es uno de los aspectos del alma en la antigua mitología egipcia. En el texto, el Hombre y el Ba argumentan sobre lo positivo y lo negativo de la muerte y la vida, y al final concluyen que no es todavía el momento de la muerte del Hombre, y que cuando éste llegue, ambos se reunirán en la otra orilla (la de los muertos). La ausencia del comienzo ha sido fuente de discusión entre los investigadores desde que el texto fue publicado por primera vez por el egiptólogo Adolf Erman en 1896, argumentando desde que se trataría de un hombre con instintos suicidas, hasta que el debate tendría lugar en el Más Allá frente a un tribunal divino. P. Mallorca II aporta en este sentido un indicio esencial para la resolución del problema. Los fragmentos parecen contener el marco narrativo que precede al inicio del debate, con la frase “Entonces el hombre enfermo dijo”. Esto sería indicativo de que el hombre, enfermo terminal, se ve a las puertas de la muerte, momento en que su Ba se materializa, y se plantea si debería seguir viviendo o no. El contenido del debate, en el que el Hombre en una serie de letanías se lamenta de su infortunio, parece indicar que su enfermedad tiene un origen psicológico, indicando que los egipcios sabían que la depresión podía conducir a la muerte. Sólo en ese estado liminal entre la vida y la muerte puede producirse la conversación con el Ba, que el Hombre, vivo al final del Debate, relata a una serie de interlocutores en el marco narrativo, entre los que se encuentra una mujer cuyo nombre, curiosamente, parece ser Ankhet (“la viva”).

Respecto al otro texto, el "Cuento del pastor" es un texto literario del que solo se conserva un fragmento. Compuesto a principios de la dinastía XII, cuenta el encuentro de un pastor con una diosa. Tradicionalmente, este cuento había sido intepretado como una historia de seducción en el que una diosa busca los favores sexuales de un pastor en un contexto de marismas. Marina Escolano-Poveda propone en su artículo una nueva interpretación, en la que la diosa está en realidad interesada en el ganado y no en el pastor, y sólo intenta seducirlo en el segundo encuentro, siempre con el objetivo de que le dé uno de los animales. Esto explicaría por qué entre ambos encuentros se produce el cruce del ganado y el conjuro acuático, con el fin de proteger a los animales. El trabajo de Marina no sólo ha sido la transcripción, transliteración, traducción, y comentario filológico, sino que ha proporcionado detallados facsímiles de cada fragmento indicado los trazos del pincel del escriba y la intensidad de la tinta. Ahora gracias a los fragmentos de Mallorca y a la investigación llevada a cabo por Marina Escolano-Poveda​, el museo no sólo cuenta con una detallada información sobre estas piezas, sino que ha dado nuevas perspectivas a dos obras únicas de la literatura egipcia.


lunes, 18 de junio de 2018

CAMINO SANTO Is 35,8



                                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                                    bibliayoriente.blogspot.com






Salvador F. David Llácer, wdrk hqdash El “Camino Santo” (Is 35,8). (68 Asociación Bíblica Española Institución San Jerónimo. Tesis. Verbo Divino 2017) 319 pp.

Como sabemos, el conocimiento del texto bíblico constituye la base académica de toda aproximación a la Escritura. La obra reseñada constituye un estudio de crítica textual de Is 35.8. Entre las páginas de la Introducción, el autor presenta la versión castellana de Is 35 y reseña las dificultades de traducción que presenta el capítulo, y en especial Is 35,8; con intención poner de manifiesto las dificultades, el autor comenta traducciones italianas, castellanas, inglesas y francesas. Descritas las dificultades de traducción propias de Is 35, establece el horizonte de la investigación: el estudio de Is 35,8, su literalidad, para averiguar qué es lo que dice exactamente (sin profundizar en lo que narra el pasaje o en la verdad de lo narrado).

    La primera parte del estudio (caps. 1-3) se centra en el análisis del Texto Masorético de Is 35,8. Después de constatar que Is 35,8 ha constituido una “cruz interpretum” para los traductores, describe, en el versículo Is 35,8, la repetición de la locución wdrk (y camino), comenta el género del término drk, analiza el aspecto sintáctico, describe las propuestas interpretativas y las posibilidades de traducción de Is 35,8 (cap. 1). Seguidamente (cap. 2), profundiza en el significado de la forma mslwl (¿una senda?), ofrece un elenco de las opiniones de los comentaristas sobre el término mslwl, y comenta el sentido del vocablo mslh en el hebreo tardío. Acto seguido (cap. 3), se detiene en la frase whw’ lmw hlk drk; comienza esbozando el sentido que ofrecen las versiones modernas, después comenta la Masora, ahonda en las correcciones consonánticas, y, con intención de ofrecer pautas de traducción, analiza la forma lmw como consonante l, considerando la consonante m como enclítica, y también entendiendo la forma lmw como preposición l, más sufijo pronominal mn. El autor manifiesta una gran meticulosidad, finura de análisis, y sólida erudición por cuanto concierne al estudio de las formas y al análisis sintáctico; también es encomiable la cantidad de monografías  sobre el tema que refiere, tanto en el mismo texto de la obra como en las notas a pie de página.

    La segunda parte del estudio está dedicada al texto qumrámico de Is 35,8 (caps. 4-7). Comienza con el análisis del Rollo de 1QIsaª (cap. 4). A continuación, establece las diferencias entre el TM Is 35,8ª-b y 1QIsaª 35,8-b (cap. 5). Seguidamente, señala las diferencias entre el TM Is 35,8c y 1QIsaª 35,8c (cap. 6), Finalmente, marca las diferencias entre el TM Is 35,8d y 1QIsaª 35,8d (cap. 7). La tercera parte de la obra aborda las versiones de Is 35,8 (caps. 8-9). Inicia el estudio presentando la versión griega de los LXX de Is 35,8 (cap. 8). A continuación, aborda el análisis del Tárgum de Is 35,8 (cap. 9). Después, se centra en la Peshitta de Is 35,8  (cap. 10). Seguidamente, trata la traducción propuesta por la Vetus Latina para Is 35,8 (cap. 11), y la Vulgata de Is 35,8 (cap. 12). Como sucedía en el apartado anterior, el estudio revela una gran meticulosidad en el análisis gramatical y comparativo de textos y palabras; muy valiosa es la incorporación fotográfica de fragmentos de los códigos estudiados para precisar la grafía de los términos.

    A lo largo de la cuarta parte el autor delinea las conclusiones (cap. 13), y finaliza el estudio con la propuesta de nueva traducción para Is 35,8: “Será allí su nombre exaltado y en el camino santo le invocarán no lo atravesará el que es impuro, y los que recorran el camino, auque sean necios, no se perderán”. Las últimas páginas del libro contienen el elenco de siglas y abreviaturas, bibliografía, y varios anexos sobre las traducciones modernas de Is 35,8-9 e ilustraciones de los códices utilizados en el análisis de Is 35,8. Aunque breve, la conclusión y la propuesta de traducción manifiestan con rigor el contenido global del estudio; por lo que respecta a la traducción, objeto último del estudio, el autor reconoce que es novedosa, a la vez que sentencia que la traducción propuesta manifiesta la presencia de Dios, pero, como el mismo autor señala, no en el lugar que indicaban otros comentaristas, ni en el que el mismo autor había esperado que estuviera. La bibliografía citada por el autor es abundante, y útiles las referencias gráficas de los códices.

    A nuestro entender, la traducción que propone el autor, como colofón del estudio, es acertada y nacida de una dedicación académica ardua, meticulosa y precisa; pero también abre nuevas vías de interpretación para palpar la presencia divina en Is 35,8, a la vez que ofrece un horizonte de estudio a quienes busquen la precisión académica que siempre requieren los estudios textuales. Nos encontramos ante una obra de primera línea por cuanto concierne a la crítica textual de Is 35,8; sólidamente argumentada, densa y bien trabajada, puede constituir un punto de referencia para quienes se adentren en los estudios textuales, tanto de la profecía isaiana, como desde un perspectiva más amplia en el campo de la crítica textual del Antiguo Testamento.


Francesc Ramis Darder
c/Sant Bernat 1.
07004 Palma de Mallorca.
Illes Balears    


martes, 12 de junio de 2018

ORIGEN DE LOS SUMERIOS



                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibiayoriente.blogspot.com




El proceso cultural que fue gestándose durante los períodos de El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr, sin desdeñar las aportaciones de la  cultura de Samarra, generó la civilización sumeria en el sur de Mesopotamia. Con el paso del tiempo la civilización sumeria, ascendiendo por el curso del Éufrates y del Tigris, alcanzará toda Mesopotamia, adoptando variaciones locales, hasta llegar a las zonas colindantes (Siria), e inspirar fenómenos culturales en la meseta irania, como la escritura proto-elamita sobre tablillas y la elaboración de sellos y esculturas. Los mercaderes ampliaron las huellas de la civilización sumeria a través de las rutas comerciales; de ahí provienen seguramente los sellos, amuletos, cerámica, y tablillas encontrados en Anatolia, Siria septentrional, Fenicia o Palestina. La civilización sumeria también influyó sobre la egipcia durante el período pre-dinástico; influencia debida, probablemente, a la presencia de comerciantes sumerios en tierra del Nilo. Testigos del influjo sumerio en Egipto aparecen en el mango del “Puñal de Jebel El-Araq”, donde un varón separa dos leones que luchan entre sí; la “Paleta de Narmer”, con dibujos de animales entrelazados por el cuello; los sellos de Naqada; o los amuletos elaborados en Egipto que rememoran figuras sumerias.

     La originalidad de los sumerios, artífices de la primera civilización oriental y hablantes de una lengua sin parentesco fonético conocido, suscitó la pregunta por su origen, tema que conocen los investigadores como la “Cuestión Sumeria”. Respecto del origen de los sumerios, la historiografía destaca dos hipótesis. La primera sostiene que los sumerios conformaban un pueblo que penetró en Mesopotamia desde el noreste hasta establecerse en la zona meridional durante el período de Uruk. Sin duda, el cambio en el aspecto de la cerámica entre el período de El-Obeid y Uruk, como hemos observado, junto a la aparición escrita de la lengua sumeria durante la etapa de Jemdet Nasr, parecen alentar la propuesta, pues el cambio cerámico y la irrupción de una lengua sugieren la llegada de extranjeros a la región durante el período de Uruk. Ahora bien, como hemos expuesto, la arqueología atestigua una continuidad en el estilo y lugar donde se levantaron los templos, desde la etapa de El-Obeid hasta Jemdet Nasr. La perspectiva de la continuidad de los templos permite afinar la cuestión de la diversidad de la cerámica y la irrupción de la lengua. La sustitución de la cerámica de El-Obeid por la de Uruk no fue abrupta, sino muy lenta. De ahí que el pueblo asentado en la etapa de El-Obeid pudiera desarrollar pausadamente las técnicas que desembocaron en la cerámica de Uruk; por tanto la diferencia cerámica no expresa una ruptura cultural, sino una evolución cultural. También debemos distinguir entre lengua hablada y escrita; es cierto que las tablillas que reflejan la lengua sumeria aparecen, por primera vez en la etapa de Jemdet Nasr, pero eso no significa que la lengua no fuera hablada con anterioridad y que solo más tarde se pusiera por escrito.

    La segunda hipótesis afirma la presencia de la población que dará origen a los sumerios en Mesopotamia meridional desde antes del inicio del período de El-Obeid. La prueba esencial estriba en la continuidad cultural entre los períodos de El-Obeid, Uruk, y Jemdet Nasr, expresada, como también hemos expuesto, en la superposición de los templos edificados en el mismo lugar y con estilo parejo. Al decir de los estudiosos, las comunidades que se asentaron en Mesopotamia meridional y que más tarde engendraron la civilización sumeria llegaron desde el noreste, y absorbieron o se asimilaron a una población ya existente, llamada por los expertos “protoeufrática” (Lansberger) o “protoirania” (Kramer).

 Aunque continúe el debate sobre la “Cuestión Sumeria”, podemos inclinarnos por la segunda hipótesis; pues, considerando la superposición de los templos en el mismo lugar y con estructura pareja, cabe sugerir la llegada de una comunidad humana, procedente del noreste, a la región meridional de Mesopotamia que, tras desplazar o superponerse a otros pueblos, fue gestando el embrión definitivo de la civilización sumeria durante el arco temporal que media entre El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr. Dicho de otro modo; aunque sus ancestros remotos entraron en la región mesopotámica desde el noreste, la identidad de los sumerios se fraguó en la Baja Mesopotamia y se manifestó en las culturas de El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr.

miércoles, 6 de junio de 2018

PAPIROS EGIPCIOS DEL MUSEO BÍBLICO



                                             Francesc Ramis Darder
                                             bibliayoriente.blogspot.com



Como constatan los visitantes, la pieza más destacada del Museo Bíblico es el sarcófago con la momia de Ir-Ho-Thu. A su lado permanecen tres papiros egipcios, uno redactado con escritura jeroglífica, y otros dos con caracteres hieráticos. El que está escrito en jeroglífico consiste en un fragmento del capítulo 99a del Libro de los Muertos, concretamente, “la fórmula mágica para conseguir una barca para viajar al Más Allá”. Especialmente interesantes son los dos papiros con escritura hierática, descifrados por la Dra. Marina Escolano (2016), llamados “Papir Mallorca I-II”, y publicados en el Zeitschift für Ägyptische Sprache und Altertumkunde 144, sección 1 (2017).

    El primero constituye un fragmento de un texto filosófico egipcio relevante, nacido durante la XII Dinastía, “la disputa entre un hombre y su Ba”, obra anónima, también conocida como el “diálogo desesperado de la vida con su alma”. El conjunto de la obra expone cómo el hombre y su Ba (en lenguaje coloquial, su alma), argumentan sobre los aspectos positivos y negativos de la existencia humana sobre la Tierra. Como conclusión del diálogo, el hombre percibe que aún no le ha llegado la hora de la muerte, pero que cuando llegue espera poder encontrarse con su alma en la otra Orilla, metáfora del Más Allá. El “Papir Mallorca I” explicita el motivo que determina el inicio del diálogo, la grave enfermedad que amarga la existencia cotidiana del hombre sufriente.

   El “Papir Mallorca II” contiene, de manera muy fragmentaria, algunas líneas del relato conocido como el “Cuento del Pastor”, originado en los inicios de la XII Dinastía. La narración describe el encuentro entre un pastor y una diosa, en que la divinidad femenina intenta seducir al pastor para obtener de su bondad algún animal del rebaño. Las pocas líneas conservadas en el Museo remarcan el diálogo entre la diosa y el pastor. Cabe estar orgullosos del material histórico que nuestros antepasados supieron guardar en las vitrinas del Museo, signo de apertura cultural hacia las civilizaciones antiguas.                       

viernes, 1 de junio de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA EL PARAÍSO TERRENAL?


                                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                                    bibliayoriente.blogspot.com


La feracidad y riqueza de Mesopotamia suscitó el encomio de los autores clásicos. A modo de ejemplo, Diodoro Sículo recogió la descripción de Persia plasmada por Jerónimo de Cardia (IV a.C.) en la “Ciropedia”, y sentenció: “Tierra elevada, bendecida por el buen clima, llena de los mejores frutos en cada estación […] árboles y arboledas cultivadas en jardines […] corrientes de agua […] que invitan al descanso más placentero” (Diodoro, Historia, 19,21.2-4). Atentos a la percepción de los antiguos, no es extraño que los autores de la Escritura situaran la metáfora del “Paraíso Terrenal” en un ámbito geográfico que sugiriera, desde el horizonte alegórico, la región mesopotámica:

   “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver, y buenos para comer, así como el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde aquí se partía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón; es el que bordea la región de Evilá, donde hay oro; el oro de esta región es puro; y también hay allí resina olorosa y ónice. El segundo se llama Guijón; es el que bordea la región de Cus. El tercero se llama Tigris; es el que pasa al este de Asiria. El cuarto es el Eúfrates. Así que el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín en Edén para que lo cultivara y lo guardara.” (Gn 2,7-15).

     La Escritura abre sus páginas con un prólogo denso, “la Historia de los Orígenes” (Gn 1-11); su redacción definitiva fue tardía (siglo V a.C.), por eso constituye la caja de resonancia de buena parte del AT, y el eco de hondas reflexiones sapienciales y proféticas. El prólogo, entretejido por narraciones y listas genealógicas, presenta, entre otros relatos, el “Drama del Paraíso” (Gn 2,4ª-3,23). Entre las líneas del Drama, figura la “Descripción del Edén” (Gn 2,7-15); atentos al aspecto geográfico de Mesopotamia, ajustaremos el comentario sólo a los motivos metafóricos y teológicos de la “Descripción” para captar la relación entre la Escritura y la cultura oriental.

    La mención del Edén, tal como aparece en la Descripción,  permite dos traducciones complementarias. La primera, “Dios plantó un jardín de Edén”, describe que el jardín tenía un aspecto como “de Edén”, en lengua hebrea el término “Edén” alude a lo “excelente y delicioso” (2Sm 1,24; Jr 51,34; Sl 36,9); de ahí que identifiquemos “un jardín de Edén” con las mieles del Paraíso. La segunda, “Dios plantó un jardín en Edén”, señala el lugar donde Dios plantó el jardín, “en Edén”. En idioma acadio, la lengua franca más utilizada en Mesopotamia antigua, la palabra “Edén” alude al ámbito geográfico que dificulta la existencia humana, como pueden ser “el desierto o la estepa”. Conviene precisar también que Dios “plantó un jardín”. En lengua hebrea, el término “jardín” no solo evoca un huerto feraz o un lugar de sosiego, alude también al ámbito que Dios especialmente protege y defiende (Is 58,11ª; Jr 31,11). Aunando la doble significación del término “Edén” con el sentido de la palabra “jardín”, apreciamos que el texto relata como Dios transforma un lugar inhóspito en el ámbito excelso que también protege para que el hombre pueda habitarlo con los mayores gozos.

   ¿Acaso no evoca la descripción del Edén la evolución histórica de Mesopotamia? Como es obvio, Mesopotamia no era “un desierto o una estepa”, pero si era, al alba de los tiempos, un lugar “inhóspito” para la bienestar humano; pues, como hemos referido, el desbordamiento de los ríos y la inestabilidad del terreno requirieron del más ímprobo esfuerzo para convertir la región en un territorio próspero. Una de las etapas más florecientes de la civilización mesopotámica entendió, desde el prisma religioso, que la región era una especie de jardín protegido por los reyes, lugartenientes de los dioses, para propiciar la felicidad hombre. Así lo certificó Hammurabi, rey de Babilonia (siglo XVIII a.C.), en el Prólogo del Código que lleva su nombre: “Los dioses Anum y Enlil me eligieron […] para proclamar el derecho en el País […] y para que pudiera iluminar el País para asegurar el bienestar de la gente” (Código I,30-40). Ahora bien, la civilización del territorio no aconteció por arte de magia, sino que requirió, como hemos precisado, el desarrollo de la política hidráulica y la más firme defensa contra el enemigo que, a lo largo de la historia, quiso depredar la región. Por eso Diodoro Sículo, heredero de Jerónimo de Cardia, añadió otro matiz a la descripción: “Quienes pueblan esta región son los más belicosos de toda Persia, todos los varones son arqueros y honderos valerosos” (Diodoro, Historia, 19.21.2-4).

    Así pues, el relato bíblico evoca la esbeltez mesopotámica, tan celosamente defendida por sus reyes, embajadores de los dioses, para enmarcar la metáfora del jardín en Edén. Ahora bien, lo más importante acontece cuando “El Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra […] y puso en el jardín al hombre que había formado” (Gn 2,7-8). Como establece la Escritura, las características esenciales del ser humano son la vida y la libertad, ambas indisociables. No en vano, los israelitas reconocían a Dios como libertador de su pueblo “El Señor nos liberó de la esclavitud de Egipto con mano fuerte y brazo poderoso” (Dt 26,6; Js 24,1-13), y también como el Dios de la vida: “Yo (el Señor) doy la muerte y la vida” (Dt 32,28; Sl 104,29).

    De ahí que la poesía hebrea también palpe el hondón de la vida y la libertad humana entre los versos del relato del Paraíso.[1] Dice la Escritura: “el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra” (Gn 2,7), y más adelante afirma: “el Señor Dios formó de la tierra toda clase de animales del campo” (Gn 2,19). La lengua castellana utiliza la misma palabra para sentenciar que el Señor “formó” al hombre y a los animales. La lengua hebrea también se vale de la misma raíz, pero con un matiz muy sutil; pues, para expresar como el Señor formó al hombre emplea el término “wayyiser”, mientras que para referirse a los animales se sirve de la palabra “wayiser”; conviene precisar que la letra latina “y”, que aparece en ambos términos, translitera la letra hebrea “wau”. La palabra hebrea que refiere la “formación” del hombre incluye dos veces la letra “y”, mientras el término que describe la “formación” de los animales contiene sólo una vez la letra “y”. Al decir de la simbología hebrea, la letra “wau”, transliterada como “y”, alude al concepto de voluntad. Los animales sólo cuentan con la voluntad del instinto, y por eso el proceso de su “formación” aparece con la palabra “wayiser”, que contiene una sola “y”, alusión a su única voluntad, el instinto. A modo de contrapunto, el hombre, además del instinto, puede obrar el bien y el mal; tiene por tanto dos voluntades, expresadas en la duplicidad de la letra “y” presente en la palabra “wayyiser”; sin duda, la capacidad de elegir, nacida de la doble voluntad, constituye el mejor reflejo de la libertad humana. Prosiguiendo con la lectura, apreciamos como Dios infunde en el hombre el aliento de vida: “el Señor Dios […] sopló en su nariz (del hombre) un hálito de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gn 2,7). Observemos que el Señor no realiza esta acción con los animales (Gn 2,19), solo la emprende con el hombre. Como subraya el pensamiento antiguo, solo la persona humana es un ser plenamente vivo; los animales cuentan con una existencia subordinada al ser humano (Gn 2,19), mientras los vegetales son simples frutos de la tierra (Gn 1,11). En definitiva, el Señor forma al hombre, el ser vivo y libre por excelencia, y lo instala en el jardín en Edén; con toda obviedad, la descripción del jardín bíblico también trae a la memoria las palabras con que Diodoro describía la esplendidez mesopotámica: “había toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer” (Gn 2,9).

   Desde el embrujo de la sabiduría bíblica, la descripción del Edén continúa ahondando en la identidad del hombre, libre y henchido de vida. Seguramente por eso, enuncia: “el Señor Dios hizo brotar del suelo […] el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal” (Gn 2,9). El motivo teológico de los árboles pertenece también al acervo de la teología mesopotámica, que refería, como hacían las culturas antiguas, la presencia de un árbol como eje sustentante del mundo. Así lo señala, a modo de ejemplo, el poema de Gilgamesh, obra señera de la literatura mesopotámica; muestra que en la ciudad de Eridu, el centro del mundo, se yergue un árbol negro, el Kinsanu, alegoría de la presencia de la diosa Ea, la consejera del ser humano, que se paseaba en torno al árbol.[2]
  
 Aunque el autor de la Descripción del Edén haya podido tomar el motivo del árbol de la tradición mesopotámica, lo ha injertado en el tronco de la tradición bíblica.[3] Ahondando en la perspectiva poética, el texto alude a un primer árbol: “el árbol de la vida en medio del jardín”. El primer árbol constituye la alegoría de la actuación del Dios de la vida en la historia humana, pues ha plantado el jardín, y ha formado al hombre para convertirlo en un ser vivo. El Dios de Israel no es una divinidad lejana y extraña, sino el Dios que actúa en la historia, siempre que la libertad del hombre se lo permita, para procurar la felicidad del ser humano, su amigo (Is 41,4.8) De ese modo la narración, como hacía la teología mesopotámica, establece que Dios, representado por el árbol, está en el origen del cosmos y es el autor de la vida; como hiciera la diosa Ea, antes mencionada, el mismo Dios, como subraya más adelante la descripción, “paseaba por el jardín al fresco de la tarde” (Gn 3,8). Quizá ahondando en el perfil de Ea, el autor establece que Dios no se conforma con aconsejar, también protege al ser humano; pues aunque el hombre haya pecado, dirá más tarde el texto, “el Señor hizo para el hombre y su mujer unas túnicas y los vistió” (Gn 3,21).
   
    No en vano, la profecía de Jeremías describe al Dios de Israel bajo la veste de un árbol, un almendro, para enfatizar la delicadeza con que aconseja y protege al profeta (Jr 1,11-12). Cuando el Señor envió a Jeremías a predicar la palabra, la ciudad de Jerusalén estaba sumida en la idolatría. La perversión idolátrica aparece bajo la simbología del invierno, la estación en que los árboles carecen de hojas y frutos, metáfora de ausencia de justicia y misericordia entre los habitantes de Jerusalén (Jr 2,11). Sin embargo entre la adversidad idolátrica, Dios se revela al profeta bajo la figura del almendro (Jr 1,11). En lengua hebrea, el término “almendro” significa “el árbol que vela”; pues, mientras los árboles en invierno parece que duermen, sin hojas ni frutos, el almendro abre sus flores, blancas y rosadas, para velar el sueño de los otros árboles. Mientras Jeremías predique en Jerusalén, la urbe adormecida por la idolatría, Dios, oculto bajo la alegoría del almendro, velará por el profeta con la mayor delicadeza.
  
    La imagen de Dios palpita bajo la figura del árbol de la vida, plantado en medio del jardín; no obstante, la presencia de Dios bajo la simbología del árbol no es la única, pues, más adelante, el relato subraya la presencia de Dios con la alegoría del paseo divino durante la atardecida (Gn 3,8). Surge ahora una pregunta: ¿cómo aparece en la descripción del Edén la manera en que Dios aconseja y protege al ser humano que ha puesto en el jardín? La respuesta palpita en la mención del segundo árbol: “el árbol del conocimiento del bien y del mal”; veámoslo. La capacidad de aconsejar consiste en el empeño divino por inclinar al hombre hacia el bien; mientras la decisión de protegerlo determina el compromiso divino por defenderlo del mal y empujarlo hacia el bien. Como señaló la voz divina ante Moisés al entregarle los mandamientos en el Monte Sinaí, la Ley constituye la mediación más fehaciente con que Dios aconseja y protege al hombre para que huya del mal y goce del bien (Ex 20,1-17). Desde esta perspectiva, cuando Moisés acabó de instruir al pueblo que iba a penetrar en la tierra prometida, añadió, en nombre de Dios, una advertencia: “Grabad en vuestro corazón todas estas palabras […] y mandad a vuestros hijos que cumplan todas las cláusulas de esta ley […] pues estas palabras harán que se prolonguen vuestros días en la tierra que vais a tomar en posesión después de pasar el Jordán” (Dt 32,45-47). Desde este horizonte, podemos entender que la mención del segundo árbol del Edén, el árbol del conocimiento del bien y del mal, constituye una metáfora de la ley con que Dios encauza la existencia del hombre que ha formado y acomodado en el jardín.

    Con intención de corroborar la analogía entre el árbol y la ley, observemos la orden dada por Dios al hombre: “No comas del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque si comes de él morirás sin remedio” (Gn 2,17). La palabra “comer” adquiere, en este caso, el sentido de “destruir, o acabar con” (Dt 7,16);[4] es decir, si el hombre destruye la ley, simbolizada en la imagen del árbol, morirá. La advertencia divina en el Edén evoca el aviso de Moisés contra el pueblo, siempre tentado por la idolatría, cuando oteaba la tierra de promisión: “Si no pones en práctica cuidadosamente todas estas palabras de esta ley […] el Señor […] actuará contra ti, hasta exterminarte del todo” (Dt 28,58-61). El relato del Edén establece ante el hombre una disyuntiva, si destruye el árbol, símbolo de la ley, perecerá, pero si lo respeta podrá cuidar el jardín, alegoría de la existencia feliz (Gn 2,15-17). También Moisés presentó al pueblo una disyuntiva pareja: “Hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia […] si escuchas los mandamientos […] vivirás […] pero si no escuchas […] perecerás sin remedio” (Dt 30,15-19ª). El discurso de Moisés acaba con una exhortación a los oyentes: “¡Escoge la vida, y viviréis tú y tu descendencia!” (Dt 30,19b); desde este vértice, también la descripción del Edén constituye una invitación al ser humano para que, respetando el árbol del conocimiento, pueda cuidar el jardín, alegoría de la vida plena.

    El jardín alberga dos árboles, eco la presencia divina y el don de la ley, pero también contempla un río; como especifica el relato, “de Edén salía un río que regaba el jardín”. ¿A qué río puede referirse? La cosmología antigua suponía que bajo la superficie terrestre existía un gran depósito de agua que, conectado con el mar, alimentaba las fuentes y los ríos que calmaban la sed del campo y del hombre (Prov 8,28). A tenor de la explicación, el depósito subterráneo, que acabamos de citar, manaba en Éden en forma del río que regaba el jardín. Mientras el río surcaba en el Éden, es decir, “desde allí” (Gn 2,10), como señala el texto, se partía en cuatro brazos. El primero se llama Pisón que bordea la región de Evilá; los autores antiguos, atentos al sentido literal (Josefo, Antiq. I, 1,3), lo identificaron con el Indo, o con el Farsis que nace en el monte Ararat, en las montañas de Armenia, y desemboca en el Mar Negro; desde esta óptica, la región de Evilá equivaldría a las tierras armenias. El segundo se llama Guijón, bordea la región de Cus; la antigüedad lo identificó con el Nilo que cruza la tierra de Cus, la Etiopía antigua (Josefo, Antiq. I, 1,3); pero otros entendían que el topónimo Cus indicaba la tierra de los kussitas, denominación del territorio babilónico, durante la llamada Babilonia Casita. El tercero es el Tigris, río que pasa por el este de Asiria. El cuarto es el Eufrates que, como sabemos, atraviesa Mesopotamia. La mención del Eufrates y el Tigris, y en cierta medida también la cita del Pisón y el Guijón sitúan el Edén en el ámbito mesopotámico. Ahora bien, como sucedía con los dos árboles del Edén, la mención de los cuatro ríos desvela un carácter metafórico. Indican, desde el prisma alegórico, que el agua que mana del río en Edén se esparce hacia los cuatro puntos cardinales, representados por los cuatro ríos, para alcanzar todo el orbe. Preguntémonos, ahora, cuál es el significado teológico del Éden y del río que mana en el jardín para dividirse después en cuatro brazos e irrigar el mundo entero, entonces conocido.

    Cuando la profecía de Isaías anuncia la salvación que Dios regala a su pueblo, dice: “El Señor consuela a Sión y a sus ruinas, convertirá su desierto en un Edén, su estepa en jardín del Señor” (Is 51,3). Como señala la Escritura, muy a menudo, los términos “ruinas, desierto y estepa” representan la idolatría que aleja al hombre de la comunión con Dios (Is 41,18-20), mientras el Edén y el jardín del Señor, aluden, como hemos visto, al ámbito de la presencia divina (Gn 2,9). Notemos como la profecía la ciudad de Sión con el Edén, pues, como señala, el Señor consuela Sión cuando convierte la ciudad en ruinas, semejante al desierto y la estepa, en un Edén; es decir, el Señor consuela Sión cuando trasforma sus ruinas, eco de la idolatría, en la comunidad fiel al Señor, manifestada bajo la imagen fértil del Edén. Al trasluz de la alegoría isaiana, trasparece, bajo la imagen de Edén presente en el Génesis, la identidad de Sión, llamada también Jerusalén.

    Así pues, la metáfora del Edén, expuesta en el Génesis,   constituye una metáfora de Jerusalén, también llamada Sión; abordemos ahora la cuestión del río que mana en el jardín. Cuando la profecía de Ezequiel explicita el tesón de Dios para liberar al pueblo de la idolatría y devolverlo al regazo divino, pone en boca del profeta la más bella visión. “El Señor me llevó al umbral del templo. Vi que bajo el umbral del templo […] brotaba una corriente de agua […] por donde pasará […] todo ser viviente que en él se mueva, vivirá […] hasta las aguas del Mar Muerto quedaran saneadas cuando llegue” (Ez 47,1-10). Las aguas transforman una zona inhóspita en un vergel. Apreciemos como la corriente que mana del templo trasmuta una zona árida en una figura que recuerda el jardín en Edén, pues en ella “crecerán toda clase árboles frutales […] y sus frutos servirán de alimento (Ez 47,12; Gn 2,9). El río que vivifica la sequedad del Mar Muerto, símbolo también de la idolatría que carcome al ser humano, constituye otra metáfora de la ley, también llamada la palabra del Señor (Is 2,2-3). Muy a menudo, la ley está representada bajo la imagen del agua que vivifica la tierra: “Dice el Señor: Como la lluvia y la nieve caen del cielo, y sólo vuelven allí después de haber empapado la tierra […] para que dé simiente […] así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mi de vació […] sino que cumplirá mi encargo” (Is 55,10-12). El encargo de la ley estriba en convertir la aridez del mundo, eco de la idolatría, en tierra feraz, símbolo del conocimiento del Señor; por eso el río, alegoría de la ley, se parte en cuatro brazos para alcanzar el orbe entero para que todas las naciones puedan contemplar la gloria del Dios de Israel, único guía de la historia humana (Is 66,18-23).

   A modo de colofón. El autor de la “descripción del Edén” (Gn 2,7-15) se inspiró en la cultura mesopotámica para dibujar los trazos del Edén; pero no pretendió situar geográficamente el paraíso en Mesopotamia. Recogiendo motivos mesopotámicos, el autor plasmó el proyecto feliz que el Dios de Israel diseña para la humanidad entera. El Señor convirtió una zona yerma en un jardín en Edén, alegoría de Jerusalén, donde el mismo se revela bajo la imagen del árbol de la vida, y manifiesta su voluntad mediante el árbol del conocimiento del bien y del mal, eco de la ley; por si fuera poco, el Señor, a través del río que surge “desde allí”, alegoría del templo de Jerusalén, hace que la ley, representada esta vez por el agua del río, llegue a toda la humanidad, simbolizada por los cuatro brazos que surcan el orbe conocido. Solo así, como señala Isaías, Israel y las naciones podrán reunirse en Jerusalén, al final de los tiempos, para adorar al Señor, el único Dios (Is 66,18-23).



[1] . R. Le Déaut, Tárgum de Pentateuque, ed. Cerf, París 1978, p.85.
[2] . Importancia del árbol, centro del mundo, en la cultura mesopotámica; ver: F. Castel, Comienzos. Los once primeros capítulos del Génesis, ed. Verbo Divino, Estella (Navarra) 1987, p. 53-57.
[3] . J. Eisenberg – A. Abecassiis, A Bible ouverte, vo. II: Et Dieu créa Éve, ed. Albin Michel, Paris 1979, p. 24-28.
[4] . “Destruye (come), pues, a todos los pueblos que el Señor tu Dios va a entregarte; no tengas piedad de ellos, ni des culto a sus dioses, pues serían para ti una trampa” (Dt 7,16).