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sábado, 7 de noviembre de 2020

¿QUÉ ES LA EUCARISTÍA?

 

                                                                         Francesc Ramis Darder

                                                                         bibliayoriente.blogspot.com


¿Qué notas tenía el “culto del Señor” que caracterizaba a la Iglesia primigenia que lo hacía tan novedoso para los conversos?

La celebración de la Eucaristía. Una vez recibidos el Bautismo y la Imposición de manos (Hch 8,15-17), los cristianos participaban de la Eucaristía. En la Primera Carta a los Corintios, Pablo, queriendo avivar la celebración comunitaria, recuerda la centralidad de la Eucaristía: “porque yo recibí del Señor lo que os trasmití: que el mismo Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, dando gracias, lo partió y dijo: ‘Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros; hacer esto en memoria mía’. Asimismo tomó el cáliz después de cenar, diciendo: ‘Esta copa es la Nueva Alianza en  mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía’. Pues cada vez que comáis este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1Cor 11,23-26). Pablo escribió la carta desde Éfeso hacia el año 54; así pues, recoge una tradición muy antigua que, como él mismo sentencia, “recibió del Señor”, es decir, la recibió de la tradición inmediata de Jesús. Sin duda, la Eucaristía entronca con la misma vida y el ministerio de Jesús de Nazaret (cf. Mc 14,22-25).

    Los cultos paganos disponían de fiestas, romerías, y juegos en que el pueblo compartía el devenir de su historia; también los judíos contaban con solemnidades donde celebrar su fe; desde esta perspectiva, la Eucaristía deparaba también la ocasión para que la comunidad compartiera los avatares que trenzaban su vida. Ahora bien, entre los muchos aspectos que la caracterizan, Pablo alude por dos veces, en muy pocas líneas, a la expresión de Jesús “en memoria mía”, pronunciada respecto del pan y del vino. El término “memoria (anamnesis)” aparece siempre en contexto litúrgico (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25; Heb 10,3). El término griego “memoria (anamnesin)” constituye una traducción de la raíz hebrea “recordar (zkr)”; es decir, el empeño por hacer presente el pasado, el cual no puede seguir siendo jamás mero pasado, sino que se hace eficiente en el presente, como acontecía en el memorial de la Pascua (Ex 12,14; 13,3-8). De ese modo, el cristiano, abrazado a la teología del gozo, experimenta el auxilio de la presencia real de Dios y el gozo auténtico de la vida comunitaria.


sábado, 25 de mayo de 2019

¿CUÁNTAS GENEALOGÍAS HAY EN EL GÉNESIS?




                                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com



    ¿Por qué aparecen Diez genealogías en el Génesis? Ante la dificultad de la respuesta, ensayemos una propuesta. Como hemos expuesto, los sumerios contaban con las falanges de la mano; así veinticuatro falanges, el número de ambas manos, equivalían al número perfecto desde la perspectiva divina. La decisión de contar por falanges puede simplificarse con los dedos; los diez dedos de las manos aludirían también a un número perfecto. De ese modo, bajo la metáfora de las Diez generaciones, los autores bíblicos habrían expresado la intención de Dios de constituir una comunidad perfecta, Israel, para que diera testimonio de la bondad divina ante las naciones paganas (ver Is 49,1-7). La comunidad elegida dará testimonio de Dios mediante la observancia de los mandamientos, recibidos en el Sinaí (Ex 20,1-17). Los mandamientos también se denominan las “Diez palabras”; aguzando la metáfora, la comunidad israelita, gestada durante Diez genealogías, dará testimonio de Dios mientras observe las Diez palabras, eco de los mandamientos

lunes, 25 de febrero de 2019

AMOR A LOS ENEMIGOS




                                                           Francesc Ramis Darder
                                                           bibliayoriente.blogspot.com



Como explica la Sagrada Escritura, David entró al servicio del rey Saúl. Como general del ejército, David obtenía más éxitos militares y tenía más renombre entre el pueblo que el propio monarca. Entonces, la envidia ahogó el corazón de Saúl. El rey tan solo deseaba la muerte de su general; una vez, en público, intentó atravesarlo con una  lanza. Cansado de las amenazas del rey, David abandonó la corte para buscar refugio en tierra extranjera. Desde la perspectiva humana, David hubiera podido sentir un odio inmenso contra Saúl, pues el monarca había truncado su carrera política y lo había alejado de su familia.

    Ahora bien, como hemos escuchado en la primera lectura, la casualidad de las circunstancias ofrecía una ocasión para que David pudiera vengarse de Saúl. Pero, como hemos escuchado, David rehusó matarlo; y dio la razón: “No he querido hacer ningún mal contra el ungido del Señor. Cabe recordar que los reyes de Israel, en este caso Saúl, recibían el nombre de Ungidos del Señor.

    Desde la perspectiva teológica, el título, Ungido del Señor, quería decir que el rey era el representante de Dios en medio del pueblo; era el que intercedía ante el Señor por la necesidad del pueblo. David fue capaz de comprender que su enemigo, Saúl, era mucho más que un representante político, entendió que su enemigo era el ungido del Señor; por ello fue capaz de perdonarle la vida. Conviene precisar que si David hubiera matado a Saúl, se habría convertido en rey de Judá. En definitiva, David contempló al enemigo con los ojos del amor; renunció a la venganza, y renunció al trono, por respeto a la persona que Dios había elegido para ser su Ungido entre el pueblo.

    Como dice la Escritura que hemos escuchado, el amor de David por Saúl, su enemigo, lo convirtió en un hombre magnánimo y leal. La capacidad de perdonar nos hace personas magnánimas, y la decisión de amar nos convierte en personas leales a la ley de Dios. Sin duda, la actitud de David impresionó a la gente de su tiempo. El estudio atento del Antiguo Testamento nos hace descubrir que el nombre de David era el de Baaljanán; pero sucedió que la gente, observando la lealtad y la magnanimidad del monarca, empezó a llamarlo David. La palabra David quiere decir ‘el que es capaz de amar como Dios ama’.

    Con su lealtad para perdonar a Saúl, David dio testimonio de la magnanimidad de Dios, que tantas veces, como señalan los profetas, perdonó a su pueblo, y renovó la alianza con la nación que lo había traicionado. Solo damos testimonio de Dios cuando nuestra vida constituye un reflejo del amor de Dios por la humanidad entera.

   Jesús de Nazaret quería que sus discípulos diesen testimonio del amor de Dios Padre, por ello les decía: “Amad a los enemigos, haced el bien a los que no os aman, bendecid a los que os maldicen, orad por aquellos que os ofenden.” El propio Jesús fue el primero que dio ejemplo cuando desde la cruz exclamó ante quienes lo crucificaban: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.”

    La capacidad de perdonar que Jesús nos propone no se reduce al olvido de las ofensas que hayamos podido recibir. Implica la vivencia de la misericordia y la compasión; por eso decía Jesús: “Sed misericordiosos como lo es vuestro Padre. No juzguéis y Dios no os juzgará. No condenéis y Dios no os condenará. Absolved y Dios os absolverá.”

    En esta Eucaristía, pidamos a Dios que infunda en nuestra alma la gracia de vivir la misericordia y el perdón; así nos convertiremos en medio de nuestra sociedad, tan falta de ternura, en testigos de la magnanimidad y la bondad del Señor.

La Biblia de 2 en 2: Adán y Eva


jueves, 30 de agosto de 2018

EVOLUCIÓN Y BIBLIA



                                                       Francesc Ramis Darder
                                                       bibliayoriente.blogspot.com



    Al unísono con la explicación del cosmos, la ciencia ahondó en la comprensión de la materia. La ciencia mesopotámica entendía la realidad material como un todo continuo, sin fisuras. Sin embargo, lo griegos, Leucipo y Demócrito (siglo V a.C.), intuyeron, desde la perspectiva teórica, que la materia estaba constituida por átomos. Durante la edad media, la teoría atomística cayó en el olvido, hasta que fue recuperada por Boyle (1627-91) y Dalton (1766-1844). Desde entonces, los avances de la física y la química han ido despejando la intimidad de la materia: perspectiva atómica de Thomson y Rutherford; modelo estándar (Weinberg); mecánica cuántica (Heisenberg); teoría de la relatividad (Einstein); teoría de cuerdas y supersimetría (Witten); hipótesis del Big Bang (Lemaître, Hawking); antimateria (Dirac); teoría de la gran unificación (Salam); naturaleza de la materia y la energía oscura (Perlmutter).

    La sucesión de descubrimientos sugiere que los resultados de la ciencia no constituyen un “un espejo perfecto de la realidad natural”. La ciencia construye “modelos”, cada vez más precisos, pero siempre provisionales, para entender el funcionamiento de la naturaleza. A modo de ejemplo: Thomson (1903) supuso que el átomo estaba compuesto por una esfera cargada de electricidad positiva donde se incrustaban los electrones de carga negativa; poco después (1911), Rutherford sentenció que los electrones giraban alrededor del núcleo. Las hipótesis de Thomson y Rutherford, tan diversas, no constituían “un espejo de la realidad”, eran modelos, cada vez más precisos, propuestos por la física para intentar comprender la realidad atómica. Lo mismo había sucedido antaño con la ciencia mesopotámica, era un “modelo” trenzado por los científicos para comprender la naturaleza. La Biblia, asentada en el mundo oriental, tomó aquel modelo para describir la presencia de Dios en el origen del mundo y en el corazón humano. La verdad propuesta por la Biblia no estriba en la aceptación del modelo mesopotámico, tan provisional, sino en la percepción, gracias al don de la fe, de la presencia divina sobre el cosmos y en el hombre, descritos ambos por los modelos que propone la ciencia.
  
     La sucesiva complejidad de la materia dio lugar al origen de la Vida (Oparin, Miller, Urey), aparecida quizá en las profundidades marinas y manifestada en las columnas de estromatolitos (Margulis). La eclosión de la vida desencadenó el proceso evolutivo que dio lugar a procariotas, eucariotas, hongos, vegetales y animales. Aguzando la observación, tanto la Biblia como la ciencia antigua percibieron la creciente complejidad de los seres vivos. El Génesis percibe una gradación en la aparición de organismos vivos; después de la vegetación, despuntan los animales acuáticos y las aves, los cetáceos, ganados, reptiles, bestias salvajes, el hombre (Gn 1,1-28). Los científicos griegos también percibieron una gradación en la complejidad de los seres vivos (Heráclito, 536-470 a.C.); entre los modernos, fue creciendo la perspectiva evolucionista (Malillet, 1656-1738), hasta llegar al evolucionismo restringido de Buffon (1707-1788) y Linné (1707-1778).

    A pesar de la intuición, hubo que aguardar a Lamarck (1744-1829) para la confección de la primera teoría evolucionista con fundamento científico, la hipótesis de la herencia de los caracteres adquiridos. A modo de ejemplo; cuando una jirafa tiene que esforzarse por estirar el cuello para alimentarse con hojas de árboles, el cuello tiende a alargarse; y, sentencia Lamarck, los descendientes de la jirafa nacen con un cuello más largo, heredado del esfuerzo de sus progenitores. La hipótesis de Lamarck no era “un espejo de la naturaleza”, era un “modelo” para intentar comprender el proceso de la evolución.

     Y como acontece con todo modelo, cayó en el olvido al aparecer la teoría de Darwin (1809-1882), basada en la selección natural, expuesta en un libro relevante: “Origen de las especies mediante la selección natural o la conservación de las razas favorecida por la lucha por la vida”. Sigamos con el ejemplo anterior. Un grupo de jirafas se alimenta de hojas de árboles. Con el tiempo, las hojas escasean y solo pueden alcanzar las hojas los animales de cuello largo; al poder alimentarse, las de cuello largo sobreviven, mientras las de cuello corto mueren de hambre. Por tanto, concluiría Darwin, las jirafas de cuello corto, al sorber la muerte, carecen de descendencia, con lo cual desaparecen, mientras las de cuello largo engendran sucesores que heredan el cuello de sus progenitores. Como en cada generación van desapareciendo las jirafas de cuelo más corto, la especie se configura con animales de cuello largo. La teoría de Darwin adquirió la confirmación científica con el desarrollo de la paleontología (Waagen), la genética (Mendel), y la bioquímica del ADN (Watson-Crick), hasta desembocar en el Neodarwinismo, la descripción del genoma, y la Teoría sintética de la evolución (Dobzhansky, Huxley, Mayr, Simpson).

    La teoría evolutiva abraza también nuestra especie; el mismo Darwin quiso exponerla en su obra “La descendencia del hombre y la selección en relación al sexo”. Sin embargo, ha sido la paleontología quien he intentado deslindar los mojones de la evolución humana. Nuestro linaje se apartó de la línea de los chimpancés hacia entre 4,5-7 millones de años. A continuación, brotó el Ardipithecus ramidus; más tarde las diferentes especies de Australopithecus (bahrelghazali, afarensis, africanus, anamensis); después, amanecieron los géneros Paranthropus, y Homo (ergaster, habilis, rudolfensis, erectus, antecessor), hasta aparecer nuestra especie: Homo sapiens sapiens (Carbonell); nuestra especie convivió con otras del género Homo.

    Cuando Darwin publicó su autobiografía, sentenció: “Parece no haber más propósito en […] la acción de la selección natural que en la dirección en que sopla el viento”. De ese modo, sostenía que el proceso evolutivo no se dirige hacia un objetivo pre-establecido, como pudiera ser la aparición del Homo sapiens; sino que se desarrolla, como dirá más tarde Monod, al azar de la naturaleza y al empeño por subsistir que caracteriza a todo ser vivo. La extinción de los dinosaurios y la eclosión de los mamíferos parecen confirmar el azar por el que zigzaguea el proceso evolutivo; pues quizá si un meteorito, hace 65 millones de años, no hubiera impactado contra la Tierra y provocado la extinción de los dinosaurios, tal vez los mamíferos no hubieran evolucionado en la línea que originó el género Homo. Conviene precisar que el papel de la paleontología no estriba en determinar el “objetivo final” al que apunta la evolución, sino en establecer “modelos teóricos” para explicar el proceso evolutivo; aun así, los fósiles registran la complejidad creciente de los seres vivos: no es lo mismo una bacteria que un león, aunque las bioquímica de ambos respondan a procesos parejos.

    Un intento por dotar  a la teoría evolutiva de un “objetivo final” lo constituye la hipótesis del “Diseño inteligente”; supone que en los procesos atómicos o evolutivos actúan “fuerzas misteriosas”, “demiurgos”, “energías divinas” que dirigen, independientemente del modelo científico, la senda de la evolución. A nuestro entender, el Diseño inteligente introduce en la propuesta científica, basada básicamente en la selección natural, un componente ajeno a la ciencia, “fuerzas misteriosas”. El creyente estudia los “modelos evolutivos” que propone la ciencia, sin mezclarlos con cuestiones no científicas; pero, y eso es decisivo, a la luz de la Escritura emprende la lectura creyente de la propuesta científica para intuir, desde la fe, la actuación divina en el Cosmos y en el Hombre.
    
    La Biblia impele al creyente a profundizar en la comprensión del proceso evolutivo, propuesto por la ciencia, para interpretarlo desde la óptica de la fe. Como subraya la Escritura, el Señor es el creador de todo (Is 41,20; Rm 4,17); es decir, Dios está en el origen del Cosmos y en el hondón del ser humano. Pero también “el Señor determina desde sus orígenes el curso de la historia” (Is 41,4); o sea, el proceso evolutivo del mundo y del hombre reposan, desde el horizonte creyente, en el designio divino, hasta el día final en que advenga el “cielo nuevo y la tierra nueva” (Ap 21), metáfora de la humanidad que ha alcanzado la plenitud en Cristo resucitado (Col 1,15-20).

     Un pionero en la reflexión sobre la relación entre Escritura y Ciencia, Teilhard de Chardin, meditó en su obra, “El Medio Divino”, sobre el sentido de la evolución, contemplada desde la óptica bíblica. Al decir del autor, la evolución de la materia desembocó en la “biosfera”, conjunto de seres vivos que pueblan la Tierra; entre los seres vivos, el proceso evolutivo engendró la “noosfera”, alusiva al ser humano dotado de conciencia y libertad; la nooefera evoluciona hacia el “Punto Omega”, eco de la plenitud humana; para el creyente, el punto omega constituye la metáfora de Cristo, mientras el Cosmos es el “medio divino”, el ámbito de la revelación de Dios al ser humano.

viernes, 24 de agosto de 2018

ASTRONOMÍA Y BIBLIA



                                                         Francesc Ramis Darder
                                                         bibliayoriente.blogspot.com



El planteamiento cosmológico de la ciencia mesopotámica fue cuestionado por los astrónomos griegos. Eudoxo de Cnido (408-355 a.C.) elaboró la teoría de las “esferas homocéntricas”; consideró que la Tierra estaba suspendida en el centro del Cosmos, rodeada por un conjunto de esferas que sostenían los planetas y las estrellas fijas. Heráclides del Ponto (388-312 a.C.) sentenció que la Tierra giraba sobre su propio eje, sin moverse del centro del cosmos. Al  contraluz de Eudoxo, Aristarco de Samos (310-230 a.C.) estableció la “teoría heliocéntrica”; afirmó que el centro del cosmos estaba ocupado por el Sol al que circundaban la tierra, los demás planetas y las estrellas. Cuando parecía que iba a imponerse la interpretación heliocéntrica, entró en escena Claudio Ptolomeo (90-170). En su obra, conocida posteriormente como “Almagesto”, estableció la teoría geocéntrica; sentenció que la Tierra ocupaba el centro del universo, mientras el sol, la luna, los planetas y las estrellas la circundaban. La hipótesis de Ptolomeo parecía casar con el planteamiento bíblico, “donde el sol salía por el este y se ponía por el oeste”, por eso la autoridad del científico, corroborada por la Escritura, se impuso en el Occidente medieval.

    Sin embargo, la irrupción del método científico, basado en la experimentación, quebró la cosmología medieval, asentada en el planteamiento de Ptolomeo y la concepción bíblica, y engendró la perspectiva del Renacimiento. Copérnico (1473-1543) fundamentó de nuevo la teoría heliocéntrica. Kepler (1571-1630) la precisó, estableciendo que las órbitas planetarias eran elípticas. Mientras Galileo (1564-1642) afinaba el conocimiento del sistema solar; su obra, “Diálogo entre los dos sistemas del Mundo”, daba al traste con el sistema de Ptolomeo y consagraba el heliocentrismo de Copérnico. La astronomía del Renacimiento desterró la interpretación de Ptolomeo, a la vez que cuestionó la comprensión de la Biblia como autoridad científica. A modo de ejemplo, si el sol permanecía inmóvil en el centro del cosmos, como sostenía Copérnico, ¿cómo habría podido Josué detener su marcha por el firmamento, como expone la Escritura? (Jos 10,6-15). La comprensión literal de la Biblia provocó un choque entre las Iglesia cristianas, asentadas en la verdad de la Escritura, y la astronomía renacentista, fundamentada en el método científico. El desencuentro pudo crecer, -y aún se mantiene en ambientes fundamentalistas-, a medida que la astronomía progresaba con las leyes de Newton, el descubrimiento de otras galaxias (Messier), el origen del universo, (Big Bang), la expansión del cosmos o la sugerencia de universos múltiples (Lemaître, Einstein, Gamow, Hawking).

   ¿Cómo afrontar la disyunción entre la astronomía contemporánea y el planteamiento bíblico? Como dijimos, la Escritura recogió la explicación del cosmos propia de la ciencia mesopotámica, pero la interpretó desde la perspectiva creyente para sentenciar, mediante el término “creación”, que en el origen del Cosmos y del hombre latía la presencia de Dios (Gn 1,1.27). La verdad de la Escritura no consiste en aseverar las afirmaciones de la ciencia mesopotámica, sino en confesar, desde la perspectiva de la fe, la presencia de Dios en el origen del mundo y del hombre. Así pues, contemplando el planteamiento de la actual astrofísica podemos percibir, acordes con la lectura creyente de la Escritura, el latido de Dios en la grandeza del cosmos y del ser humano; así lo hicieron los autores bíblicos que, atentos a la ciencia de su tiempo, afirmaron la presencia divina en los avatares del mundo y en el origen del ser humano.

viernes, 18 de mayo de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA PENTECOSTÉS?



                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com




Durante el tiempo de Pascua hemos celebrado solemnemente la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. Hoy cincuenta días después del domingo de Pascua, el día de Pentecostés, acaba el tiempo pascual; hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en Jerusalén, y sobre todos los cristianos para que podamos dar testimonio de Jesús.

    Como explica el Antiguo Testamento, la fiesta más importante del pueblo judío, nuestros hermanos mayores en la fe, era la Pascua, donde celebraban la ocasión en que el Señor los había liberado de la esclavitud de Egipto. Cincuenta días después de la Pascua, celebraban otra fiesta, conocida como el Pentecostés del Antiguo Testamento, donde conmemoraban la ocasión en que el Señor había entregado los diez mandamientos a su pueblo para que, observándolos con constancia, pudiese dar testimonio de la bondad de Dios. Sin duda, el profeta Jeremías participaba en esta fiesta y participando en ella reflexionó sobre la importancia de los diez mandamientos; constataba que las fuerzas humanas no bastaban para cumplir los diez mandamientos, porque con demasiada frecuencia la fuerza del pecado derrota la buena intención de las personas. Luego preguntó al Señor donde había que encontrar la fuerza para poder observar los mandamientos. Y el Señor le respondió: “Mira, pondré mi ley en su interior, la escribiré en el corazón de cada persona. Después yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.” Más adelante, el Señor completó la respuesta y dijo al profeta Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo en vosotros; pondré mi Espíritu en vosotros y así podréis cumplir mis mandamientos.”

    ¿Quién es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo no es una fuerza; los cristianos no creemos en fuerzas ocultas ni en el destino que querría dominar nuestra existencia. El Espíritu Santo tampoco es una energía; los cristianos no creemos en energías extrañas como los adivinos que salen en televisión. Como prefiguraban Jeremías y Ezequiel, el Espíritu Santo es la presencia misma de Dios en el corazón de cada persona. El Espíritu Santo es la presencia misma de Dios que escribe la ley del amor en nuestro corazón. El Espíritu Santo es la misma presencia de Dios en nosotros que quiere cambiar nuestro corazón de piedra, metáfora de nuestro egoísmo, con el corazón de carne, signo de la ternura y misericordia que tiene que caracterizar a los cristianos. Como dice san Pablo en la Carta a los Gálatas, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros que nos hace contemplar a Dios con el rostro del buen padre que nos ama, y no como una divinidad lejana y despótica como creían los paganos. Como dice Jesús en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros que nos llena de valentía para anunciar el Evangelio por todo el mundo. La Sagrada Escritura ha descrito esta presencia divina en el corazón del hombre con metáforas que trasmiten la irrupción de la vida, como son las lenguas de fuego que se posaron sobre los apóstoles en Pentecostés, o el espíritu que planeaba sobre las aguas antes de la creación.

    El evangelio que hemos proclamado pone en boca de Jesús resucitado la manera de experimentar en nuestra vida la actuación del Espíritu Santo. Cuando sembramos la paz a nuestro alrededor, estamos dejando que el Espíritu actúe en nuestra vida. Cuando damos testimonio del Evangelio, como hacía Jesús mostrando las llagas de las manos y el costado, permitimos que el Espíritu se manifieste en nuestra vida. Cuando tenemos la valentía de confesarnos cristianos en un ambiente adverso, dejamos que el Espíritu ponga en nuestros labios palabras de misericordia. Cuando perdonamos de corazón a los hermanos, hacemos posible que el Espíritu teja el mundo con los hilos del amor. En esta Eucaristía abramos el alma al Espíritu y dejemos que nos llene de su amor y de su misericordia.                    

domingo, 22 de abril de 2018

¿QUIÉN ES EL BUEN PASTOR?



                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com



Durante el tiempo de Pascua celebramos solemnemente la presencia de Jesús resucitado entre nosotros; la presencia viva del Señor que guía nuestra vida con su ternura. Cada domingo del tiempo pascual, el evangelio contempla un aspecto de la manera en que Jesús resucitado acompaña nuestra vida. Hoy, el texto ha presentado a Jesús con el rostro del “Buen Pastor”, y a nosotros nos ha definido como las “ovejas” de su rebaño.

    En la época antigua, los reyes orientales se hacían llamar el “Buen Pastor” de su pueblo; a modo de ejemplo, una etapa de la historia de Egipto se conoce como el período de los “faraones pastores”. Los faraones eran “buenos pastores” en el sentido de que eran “buenos administradores” de su pueblo, trazaban caminos para favorecer el comercio, o equipaban un buen ejército. Ahora bien, lo que más interesaba a los “faraones pastores” era mantenerse en el trono, a costa de lo que fuese, por ello no dudaban en esclavizar al pueblo para aprovecharse de su trabajo. Como hacían los soberanos antiguos, Jesús asume el título de “Buen Pastor” de sus discípulos. Pero Jesús aplica al título “Buen Pastor” un sentido completamente distinto al de los monarcas antiguos; Jesús no es un pastor, de carácter administrador, que se aprovecha de sus ovejas, metáfora de los discípulos, sino que entrega la vida por ellas. Como dijo el Señor: “No he venido a ser servido, sino a servir y entregar la vida en rescate por muchos”. Jesús entrego su vida por amor para que nosotros aprendamos a amar con la profundidad que propone el evangelio.

    Si Jesús es el “Buen Pastor”, nosotros somos las ovejas de su rebaño. Hoy en día, llamar a una persona “oveja” es algo negativo, incluso parece un insulto; pero las cosas eran muy distintas en la época de Jesús. La población israelita comía carne pocas veces. Los rebaños de ovejas que pastaban por el campo no se dedicaban, mayoritariamente, al consumo humano; las ovejas eran, sobre todo, los animales sagrados que los judíos piadosos sacrificaban en el templo durante la plegaria. En la época de Cristo, la oveja era un animal de carácter religioso y sagrado, tan preciado que, como hemos dicho, era empleado para el culto del templo. Por tanto, cuando Jesús decía que sus discípulos eran sus ovejas, lejos de despreciarlos, hacía de ellos el mejor elogio, los contemplaba como a sagrados y dignos de estar al lado de Dios. Precisamente eso es un discípulo de Jesús, lo que debemos ser nosotros, las personas que Dios ha elegido para dar testimonio de la bondad divina en la sociedad en que vivimos.

    La relación de Jesús con sus ovejas, es decir con los discípulos, no es una relación anónima como la que tenían los faraones pastores con sus súbditos. Jesús establece una relación personal con todos nosotros, como dice el mismo Jesús: “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”. Y aún añade para reforzar la profundidad de la relación, “tal como el Padre me conoce y yo conozco al Padre, yo reconozco a mis ovejas”; es decir, la relación amorosa que Jesús establece con el Padre tiene la misma intensidad que la que establece con los discípulos, representados por las ovejas. Cuando decimos que Jesús tiene hacia nosotros un amor sin límites queremos decir precisamente eso, que el amor de Cristo por cada uno de los cristianos es tan intenso como el que el mismo Cristo siente por su Padre. Un último aspecto, esta relación amorosa que Jesús establece con nosotros es del todo gratuita; dicho de otra manera, Jesús no nos ama porque seamos buenos, sino que nos ama a fin de que podamos ser del todo buenos. Así nos lo recuerda el evangelio: “Sed perfectos como vuestro padre del cielo es perfecto”.

    En este domingo del Buen Pastor roguemos al Señor que suscite vocaciones, que suscite buenas ovejas que, en la vida laical o en la vida consagrada, den testimonio ante el mundo del amor sin límites que Jesús siembra en el corazón de cada persona.   

lunes, 26 de febrero de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA CATEQUESIS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


El primer anuncio del Evangelio atraía mucha gente a la comunidad cristiana, donde los nuevos discípulos celebraban la presencia del Salvador en la Eucaristía y vivían la comunión fraterna. No obstante, si los discípulos no ahondaban en el conocimiento de Jesús y en la meditación de la Escritura, su conversión podría reducirse a una cuestión sentimental o a una emoción pasajera. Por eso “todos ellos (alusión a la comunidad cristiana) perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), pues “los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima” (Hch 4,33). Como es obvio, la enseñanza de los apóstoles no se limitaba al aspecto teórico, pues “todos (eco de la comunidad cristiana) estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles” (Hch 2,43); de ese modo, los apóstoles instruían a la comunidad con la fuerza de la palabra de Dios y el testimonio de su conducta.

    Como hemos dicho, el primer anuncio cristiano recibe el nombre de “kerigma”, mientras la reflexión posterior para profundizar en el mensaje se denomina “catequesis”. Aunque la dimensión catequética aparece tras la mención de la “perseverancia en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), los Hechos explicitan diversas situaciones en que la comunidad profundiza en la reflexión. En el clima de la plegaria, Pedro y Juan catequizan a la asamblea mostrando que la vida de Jesús estaba desde siempre en manos de Dios (Hch 4,23-31). Ananías, cristiano de Damasco, debió instruir a Pablo después de su encuentro con el Señor (Hch 9,10-19). Pedro catequizó a la comunidad de Jerusalén sobre la necesidad, atestiguada por la voluntad divina, de bautizar a los paganos (Hch 11,1-18). El envío de discípulos eminentes para anunciar el decreto de la Asamblea de Jerusalén fue una ocasión catequética para las comunidades (Hch 15,22-30). El estilo catequético aparece de nuevo en el discurso de despedida que Pablo dirige a los responsables de la comunidad de Éfeso (Hch 20,17-38); y, sin duda, en las palabras que el apóstol dirigía a quienes le visitaban cuando estaba preso en Roma (Hch 28,30-31).


lunes, 18 de diciembre de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA NAVIDAD?



                                                                      Francesc Ramis Darder
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Como dice la Sagrada Escritura, en Navidad celebramos la encarnación del Hijo de Dios: “Al principio existía el que es la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios [...] Y el que es la Palabra se ha hecho hombre y ha habitado entre nosotros” (Jo 1,1-18).

    La celebración de Navidad no recae solo en el 25 de diciembre; sino que es un tiempo litúrgico más largo. Comienza con la Misa del Gallo, y acaba el 7 de enero, fiesta del Bautismo del Señor. El tiempo de Navidad presenta cuatro fiestas principales para contemplar que el Hijo de Dios se ha hecho hombre.

    El día de Navidad celebramos la Natividad del Señor; en este día, el evangelio explica que Jesús se revela a los pobres, representados por los pastores que acuden a adorarlo a la cueva de Belén (Lc 2,8-12). En el día primero del año, conmemoramos a Santa María, Madre de Dios; recordamos que Jesús, nacido de una mujer, es el Salvador del Mundo (Gal 4,4-7). La solemnidad de Epifanía revela que el Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret, se manifiesta a la Humanidad entera, simbolizada por los sabios que le ofrecen oro, incienso y mirra (Mt 2,1-12). En la fiesta del Bautismo del Señor contemplamos cómo Jesús se revela a los pecadores, representados por los hebreos que van al Jordán a recibir el bautismo de Juan (Mc 1,9-11).

    Durante el tiempo de Navidad, participemos en las celebraciones litúrgicas. En casa, meditemos los Evangelios de la Infancia (Mt 1-2; Lc 1-2). Vivamos la alegría cristiana. Estemos cerca de los pobres: colaboremos con Cáritas parroquial. Busquemos tiempo para la oración. Reforcemos las relaciones familiares y el contacto con los amigos. En toda ocasión, demos testimonio de Jesús, el Salvador de la Humanidad entera. ¡Feliz Navidad!


lunes, 23 de mayo de 2016

¿CÓMO ENTENDIÓ JESÚS EL SUFRIMIENTO?


                                                   Francesc Ramis Darder
                                                   bibliayoriente.blogspot.com


A lo largo del Evangelio, apreciamos en diversas ocasiones el sufrimiento de Jesús (ver: Lc 4,29-30); aún así, el padecimiento adquiere particular relevancia en el huerto de Getsemaní (Mc 14,32-42) y en la cruz del Calvario (Lc 23,44-49). En el huerto y entreviendo el dolor de la cruz, el penar de Jesús fue especialmente duro, pues dijo a sus discípulos: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mc 14,34); sin embargo, Jesús no se dejó abatir por la angustia, sino que exclamó: “Padre: tú lo puedes todo, aparta de mi este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). Como ers obvio, Jesús palpó el miedo ante la pasión inminente, pero no sucumbió a las zarpas del miedo, sino que puso toda la confianza en las manos del Padre. Más tarde, en la cruz, Jesús padeció sin media; pero, transido de dolor, exclamó: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46); sin duda, Jesús sintió el dolor de la cruz, pero no cedió al ajenjo del miedo, sino que depositó su confianza en las manos del Padre.

    Las páginas del evangelio definen a Jesús como Hijo de Dios (ver: Mc 16,16), a la vez que muestran como el mismo Jesús se dirige a Dios como su Padre (ver: Mt 10,32). Ahora bien y como hemos expuesto, es en el momento de mayor sufrimiento, en Getsemaní y en el Calvario, cuando Jesús vive con mayor hondura su comunión con el Padre. Constatando la experiencia de Jesús, podemos extraer una primera conclusión; adoptando una vez más una perspectiva catequética, percibimos como el sufrimiento ha sido la mediación que ha crisolado la comunión entre Jesús y el Padre.

    El compromiso en la pastoral sanitaria muestra que, a veces, cuando un enfermo está en estado grave, solicita la visita del capellán, o suplica el auxilio espiritual de un voluntario; también muestra que parte del personal sanitario, si no es creyente, a veces atribuye el deseo del enfermo al pánico que siente ante el dolor o la muerte. Desde la perspectiva cristiana, debemos entender que bajo la súplica del enfermo se esconde la ocasión que Dios le concede para que pueda encontrarse con él en un momento difícil de su vida. El dolor del enfermo y su solicitud de ayuda constituye la ocasión que Dios brinda al voluntario de la pastoral sanitaria para que pueda decir al enfermo las mismas palabras de Jesús: “¡No tenga miedo!”. Desde la perspectiva cristiana podemos afinar la conclusión; así como el penar de Jesús fue la “ocasión” que acrisoló su comunión con el Padre en Getsemaní y en el Calvario, el dolor del enfermo es la ocasión que Dios le ofrece para encontrarse con él en el lecho del dolor.

    Ahondando en la cuestión, el evangelio descubre aun otra perspectiva que permite intuir el valor teológico del sufrimiento de Jesús. El prólogo del evangelio de Juan abre sus versos con la mayor solemnidad: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1,1); más adelante, certifica: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Así, el poema sentencia que el Hijo de Dios se hizo carne en la persona de Jesús de Nazaret; conviene precisar que el término “carne” constituye un sinónimo del vocablo “hombre”, en cuanto ser caduco y mortal.

    Si después del Prólogo continuamos leyendo el evangelio de Juan, apreciaremos que Jesús recibe títulos de gran hondura teológica. Juan Bautista le llamará: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); los discípulos del Bautista le llamarán “Rabí” (Jn 1,38); Natanael le dirá “Hijo de Dios” y “Rey de Israel” (Jn 1,49); la Samaritana le llamará “Señor” (Jn 4,11); los apóstoles le dirán “Maestro” (Jn 4,31), etc. Sin embargo para encontrar un personaje que se dirija a Jesús llamándole “hombre”, alegoría del término “carne”, tenemos que aguardar a los relatos de la pasión. Encontramos el término “hombre” en las palabras que Caifás, sumo sacerdote, había dirigido al consejo judío para sugerir la condena de Jesús: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo” (Jn 18,14); como es lógico, el sustantivo “hombre” se refiere a Jesús de Nazaret. La narración de la pasión presenta otro personaje que apela al sustantivo “hombre” para dirigirse a Jesús; mientras el Sanedrín interrogaba a Jesús, una portera dijo al apóstol Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?” (Jn 18,17); de nuevo el vocablo “hombre” alude a la identidad de Jesús.

    En los relatos de la pasión, como acabamos de exponer, aparece el término “hombre” para definir la personalidad de Jesús. No obstante, la identificación más relevante de Jesús como hombre brota de labios de Pilato. Tras interrogar a Jesús, el gobernador lo mandó azotar (Jn 19,1-16). La flagelación era una tortura especialmente cruel. En primer lugar, el reo era flagelado con varas; el golpe de las varas reblandecía la carne y destejía la piel. A continuación, sufría el azote del látigo. La forma del látigo consistía en un palo del que colgaban tiras de cuero, en el extremo de cada tira había una bola de plomo o un huesecillo. Cada vez el látigo golpeaba al reo, le arrancaba un pequeño trozo de carne; sin duda, era un momento muy doloroso.

    Después de azotar a Jesús, los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; cuando las espinar atravesaban la piel de la cabeza, rasgaban el hueso del cráneo hasta producir un dolor paroxístico. Por si fuera poco, los soldados se acercaban a Jesús para decirle: “¡Salve rey de los judíos!”; y como recalca el evangelio “le daban bofetadas” (Jn 19,3). Sin duda, la flagelación, la coronación de espinas, los insultos y las bofetadas constituyen un momento especialmente doloroso; Jesús sufre el dolor físico y la humillación psicológica. Según la opinión de algunos comentaristas, el episodio de la flagelación refleja el momento más doloroso, físicamente hablando, de la pasión.

    Cuando acabó la flagelación y la burla, Pilato presentó a Jesús ante las turbas que, vociferando, exigían su muerte. Mostrando a Jesús azotado, coronado de espinas, y cubierto por el manto, dijo Pilato a la gente: “He aquí al hombre” (Jn 19,5; ver: Is 53). Notemos la hondura teológica de la expresión. A lo largo del Cuarto Evangelio, como hemos expuesto, Jesús ha sido reconocido con títulos solemnes, pero solo en uno de los momentos de mayor sufrimiento, durante la flagelación, ha sido reconocido como “hombre”, por boca de Pilato. De modo parejo, la tradición sinóptica pone en labios del centurión, apostado al pie de la cruz, la identificación de Jesús como “hombre”, pues, contemplando la muerte de Jesús, exclamará: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). La cuestión teológica relevante estriba en constatar que en los momentos de mayor sufrimiento, el evangelio desvela la naturaleza humana del Hijo de Dios (Jn 1,1.14; 19, 1-16).

     Adoptando de nuevo la óptica catequética, la teología esboza una pregunta: ¿de que le sirvió al Hijo de Dios el dolor del sufrimiento? La teología también delinea la respuesta: el sufrimiento fue, desde la perspectiva teológica, la ocasión que permitió al Hijo de Dios hacerse plenamente hombre. Aguazando el sentido teológico, el sufrimiento fue el molde en que el Hijo de Dios llevó a plenitud el proceso de la encarnación (ver: Flp 2,1-11). Repitámoslo; el sufrimiento fue la mediación que hizo posible que el Hijo de Dios se hiciera hombre plenamente; pues, si no hubiera sufrido no habría palpado con hondura la caducidad de la existencia humana.


lunes, 16 de mayo de 2016

¿POR QUÉ HAY SUFRIMIENTO?

                                                     Francesc Ramis Darder
                                                     bibliayoriente.blogspot.com


Cuando abrimos las páginas de los periódicos, nos sobrecoge el sufrimiento que agrieta el corazón de tantas personas y de tantos países; sin duda, el fragor de la guerra, el azote del hambre, o el dolor de la enfermedad desgarran el alma de la humanidad. No en vano, ahíto de palpar el sufrimiento, exclamó Job entre las páginas del AT: “El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de dolores” (Job 14,1).

    El sufrimiento nacido de la guerra no brota de la casualidad, ni del azar; tampoco procede del designio divino, como si Dios deseara enfrentar a unos pueblos con otros para disfrutar de la contienda. La guerra nace de la injusticia; pues brota del afán de poder de los países ricos sobre las naciones pobres. Ante la barbarie, el ser humano debe oponerse a la guerra con todas sus fuerzas, sembrar en el mundo el germen de la justicia, y paliar con el ejercicio de la solidaridad los desmanes de la violencia. La cornada del hambre que desteje la sociedad de tantos países del Tercer Mundo tampoco procede de la casualidad, ni se origina en el designio divino contra algunos pueblos; el origen hambre procede de la injusticia sobre la que se estructura la sociedad humana. De ahí nace la obligación moral de luchar contra la injusticia y el deber de paliar los estragos de las hambrunas, rostro de la injusticia social, con la práctica de la solidaridad.

    Las catástrofes naturales, como pueden ser terremotos o maremotos, no proceden del designio divino contra el ser humano; nacen de la misma estructura geológica del planeta Tierra. Ante una catástrofe ecológica, el ser humano tiene la obligación de alentar el desarrollo científico-técnico para prevenir o atemperar las adversidades naturales, a la vez que tiene el deber de aliviar, mediante el ejercicio de la solidaridad, el sufrimiento que origina cualquier desastre natural. Algo semejante podríamos decir del penar nacido de la enfermedad. Una enfermedad no brota del designio de Dios que la envía contra un paciente; la enfermedad nace del mismo carácter limitado de la naturaleza humana que, como tal, envejece y se deteriora. La actitud del ser humano ante la enfermedad abraza dos aspectos complementarios; por una parte, el hombre debe mitigar, mediante el compromiso en el desarrollo científico-técnico, el dolor causado por cualquier dolencia, a la vez que debe suavizar las consecuencias dolorosas de la enfermedad, mediante el acompañamiento de los enfermos y la solidaridad con quienes sufren.


    Desde la perspectiva puramente humana, la postura del hombre ante la enfermedad abraza los dos ámbitos que acabamos de mencionar; el ser humano debe colaborar, en la medida de sus posibilidades, en el desarrollo científico-técnico que propicia el avance de la medicina,  y adiestrarse en el ejercicio de la solidaridad hacia los enfermos. Desde la perspectiva humana, las cosas son como acabamos de decir; pero, desde la perspectiva creyente, ¿es posible una interpretación teológica de la enfermedad? El libro de Job, mencionado antes, insinúa que la enfermedad puede ser entendida desde la perspectiva creyente. Cuando la mujer de Job se hartó de ver el penar de su marido, le dijo: “Maldice a Dios y muérete” (Job 2,9); pero Job, aferrado a la fe, le contestó: “Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?” (Job 2,10). Desde la perspectiva cristiana, agucemos el sentido de la pregunta, ¿percibimos algo más profundo en la enfermedad cuando la contemplamos con los ojos de la fe cristiana? Con intención de ensayar una respuesta, esbozaremos brevemente la actitud de Jesús y la perspectiva del apóstol Pablo ante la dureza del sufrimiento; lo expondremos en los dos artículo siguientes.

domingo, 1 de mayo de 2016

¿POR QUÉ TENEMOS MIEDO?

                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Durante el siglo VIII a.C., la situación del Próximo Oriente Antiguo era convulsa. Asiria, la potencia dominante, había sometido a tributo a los pequeños reinos de Levante: Siria, Israel, Judá, Filistea y otros estados minúsculos. De pronto, la prepotencia asiria se vio memada, pues la rebelión de algunas ciudades y los ataques enemigos procedentes del norte y del este resquebrajaron la solidez del imperio. Aprovechando la coyuntura, los pequeños estados del Levante intentaron zafarse del dominio asirio. Siria e Israel encabezaron una coalición de pequeños reinos que intentaban sacudirse el flagelo asirio. Aun así, el pequeño estado de Judá se negó a participar en la conjura. Entonces, Siria e Israel atacaron Judá para derrocar al monarca legítimo, Ajaz, y entronizar a Tabeel, un arameo afín a los intereses de la coalición anti-asiria. Los historiadores denominan “guerra Siro-efrainita” a la guerra que Sria e Israel entablaron contra Judá.

    El libro de Isaías expone los avatares que trenzaron la guerra Siro-efrainita. Mientras Ajaz reinaba en Judá, Rasín, rey de Siria, y Pécaj, rey de Israel, subieron a atacar Jerusalén. Cuando el rey Ajaz y su corte conocieron el ataque “se agitó su corazón como se agitan los árboles del bosque” (Is 7,2). La locución “agitarse el corazón” define el miedo que embargó al rey y a los dirigentes de la ciudad. Al decir de la Escritura, el miedo no se reduce a un estado psicológico, sino que es la expresión externa de la falta de fe, pues quien tiene miedo desconfía de la protección que le brinda el Señor.

    Cuando el Señor entrevió el miedo de Ajaz, eco de su fe mermada, dijo al profeta Isaías: “Ve al encuentro de Ajaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la alberca de arriba” (Is 7,3). No es casual que el rey se encuentre en el canal de la alberca; pues, temiendo el ataque de Rasín y Pécaj, habría ido a comprobar si el suministro de agua podía permitir a la ciudad aguantar un asedio. Aunque el rey presiente el ataque, no deposita su confianza en Dios, se limita a constatar las defensas materiales de la urbe. Conocedor del miedo del rey, dice el Señor a Isaías: “dile a Ajaz: Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca […] aunque Siria y Efraín (Israel) tramen tu ruina […] pues así ha dicho el Señor: Ni ocurrirá ni se cumplirá” (Is 7,4-7); conviene precisar que, en tiempos antiguos, el Reino de Israel también se conocía con el nombre de Efraín. El Señor añade, por boca de Isaías, una sentencia lapidaria: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9). ¿Qué significa?

    Las palabras castellanas “creéis” y “subsistiréis” traducen, en diferentes conjugaciones, la misma raíz hebrea que significa “sostenerse (‘mn)”; en este caso concreto “sostenerse en Dios”, expresado poéticamente “sostenerse en las manos de Dios”. Aguzando el sentido catequético, el Señor dice al rey Ajaz y a la corte: “Si no os sostenéis en el Señor, nada os podrá sostener”; pues no serán las armas, ni el suministro de agua quienes salvarán Jerusalén, sino la confianza en el Señor, el libertador de su pueblo (Is 52,19). Sin embargo, Ajaz y su corte se dejaron vencer por el miedo. Ajaz, temeroso de perder la corona, solicitó el auxilio de Asiria. La Gran potencia, recuperada de su postración, acudió en ayuda de Ajaz. Teglarfalar III, emperador asirio, y sus sucesores, Salmanasar V y Sargón II, conquistaron Siria e Israel, y liberaron Judá del acoso extranjero (722 a.C.; ver: 2Re 17). No obstante, el auxilio asirio no fue gratuito, pues Ajaz tuvo que pagar un tributo exorbitado que sumió Judá en la miseria (2Re 16).

    Ajaz se había dejado vencer por el miedo, metáfora de la falta de fe, por eso el país no subsistió en libertad, sino que se vio sometido a la arbitrariedad asiria que sumió Judá en la pobreza. Como hemos señalado, “el miedo” (Is 7,4) no se reduce a una cuestión psicológica, atestigua la falta de fe; a modo de correlato, el sentido de “la calma” tampoco se agota en la perspectiva psicológica de la seguridad personal, constituye la expresión externa de vivencia de la fe.

    El contraluz de Ajaz, el rey miedoso, lo constituye su hijo, Ezequías, el soberano que, depositando la confianza en Dios, venció el miedo y obtuvo la salvación de Jerusalén. Después de la muerte de Ajaz, otro emperador asirio, Senaquerib, emprendió una campaña para subyugar a los pequeños estados del Levante y confutar la amenaza de Egipto, la potencia intrigante que pretendía desbancar el señorío asirio en Oriente (ca 701 a.C.). Senaquerib penetró en Judá; según narra la Escritura, tomó cuarenta y seis ciudades y asedió Jerusalén para rendirla por hambre (Is 36-38). Ezequías, aterido de miedo, pensó entregar la ciudad a las huestes asirias; pero el Señor, por boca de Isaías, le dijo: “Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David, mi siervo” (Is 37,35). Ezequías confió en la palabra del Señor, expresada por boca de Isaías; el rey no se rindió y Jerusalén se vio liberada de la amenaza asiria. La profecía relata la liberación con el lenguaje propio del AT: “Aquella misma noche, el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio […] Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive” (Is 37,36-37).

    La Escritura describe la actitud de ambos reyes para confrontar el miedo de Ajaz, símbolo de la falta de fe, con la confianza de Ezequías, alegoría del soberano creyente. El monarca miedoso, Ajaz, falto de fe, constató la penuria de Jerusalén; mientras Ezequías depositó la confianza en Dios, alegoría de la fe fuerte, y salvó Jerusalén. No es el miedo sino la fe la actitud que orienta la historia humana hacia la eclosión del Reino de Dios.

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE PACUA


                                                                        Francesc Ramis Darder
                                                                        bibliayoriente.blogspot.com



¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Jesús es el acontecimiento central de nuestra fe. Es un acontecimiento tan esencial que a lo largo de la Cuaresma la lectura del Evangelio ha orientado nuestra vida por la senda de la conversión para que podamos celebrar con hondura la Pascua. Al inicio de la Cuaresma leíamos el Evangelio de las tentaciones de Jesús. El Señor encauzaba nuestra vida por la senda de la conversión. Nos enseñaba que la actitud de servicio hacia nuestro prójimo, la decisión de compartir nuestros bienes con los necesitados, y empeño por la vida humilde, nos abriría la puerta del Reino de Dios; en definitiva, Jesús nos enseñaba que la vivencia de la misericordia, expresión más genuina del amor, abre la puerta al gozo de la Pascua.

La resurrección certifica el triunfo definitivo del Evangelio de Jesús. Certifica que la misericordia, insignia del Evangelio del Señor, derrota a las fuerzas del mal, representadas por la soberbia. La resurrección sentencia que la entrega servicial de Jesús, manifestada en su amor por los pobres, vence la arbitrariedad de los poderosos, centrados en la codicia. La resurrección del Señor manifiesta que la humildad, emblema de los seguidores del Evangelio, triunfa sobre la hipocresía humana, superficial y efímera. Hoy, domingo de Pascua, celebramos la Buena Nueva de Jesús colma de sentido la existencia humana.

En el Evangelio que hemos proclamado, aparecían tres personajes significativos: María la Magdalena, el discípulo que Jesús amaba, y el apóstol Pedro. El más relevante es el segundo; a quien el Evangelio llama “el otro discípulo” o “el discípulo que Jesús amaba”. Su relevancia estriba en que creyó plenamente en la resurrección del Señor. Repasemos el itinerario del discípulo que captó la profundidad de la resurrección.

Cuando escuchó las palabras de María la Magdalena, no se quedó en el cenáculo esperando acontecimientos, sino que, acompañando a Pedro, marchó corriendo al sepulcro. La decisión supone un acto de valentía, pues tras la muerte de Jesús, los discípulos sufrían la amenaza de la autoridad judía. Conviene observar que la conducta del discípulo destila misericordia; pues su capacidad para escuchar a la Magdalena, la decisión de acompañar a Pedro, el empeño por emprender el camino hacia el sepulcro, y la actitud valiente acreditan la actitud misericordiosa del discípulo.

Al llegar al sepulcro se inclinó, y, sin entrar, vio los lienzos de amortajar. La palabra “inclinarse” define la actitud religiosa del discípulo. El término “inclinarse” no significa simplemente “agacharse”, sino que indica la fe del discípulo que se inclina, “se postra”, ante la manifestación de la actuación de Dios (ver: 1Pe 1,12). Cuando Jesús predicaba, dijo a sus discípulos: “El Hijo del hombre […] será entregado a los gentiles y será escarnecido, insultado y escupido, y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará”; pero, como recalca el Evangelio, “los discípulos […] no entendieron […] y no comprendieron lo que les decía” (Lc 18,31-34).

Como sucedía con los otros discípulos, el discípulo que Jesús amaba tampoco entendía el asunto de la resurrección; pero, como veíamos antes, ha asimilado la conducta misericordiosa y al llegar al sepulcro es capaz de “inclinarse”, de reconocer la actuación de Dios en la tumba vacía. Como señala el Evangelio, “hasta entonces no había entendido […] que Jesús había de resucitar de entre los muertos”; pero cuando “se inclina” reconoce la resurrección del Señor, entonces “ve” que las promesas de Jesús se han cumplido, y “cree” que Jesús es el salvador definitivo. La vivencia de la misericordia orienta al discípulo hacia la contemplación de la resurrección del Señor.

El discípulo que Jesús amaba constituye la metáfora del ‘discípulo ideal’, el que ha llegado a la plena intimidad con el Señor en el Reino de Dios; mientras la figura de María Magdalena y la personalidad de Pedro esconden la identidad de los ‘discípulos que aún estamos en camino’ hacia el pleno encuentro con el Resucitado. La actitud de María Magdalena se agota en la sorpresa y la actitud de Pedro se acaba en la extrañeza, pero ninguno de los dos “se inclina” ante la tumba vacía, presencia del Resucitado. Surge ahora una pregunta; los cristianos que aún estamos en camino, ¿cómo podemos ‘inclinarnos’ ante la presencia de Jesús resucitado? El Evangelio sentencia que la vivencia de la misericordia es el tormo donde Jesús forja nuestra vida para que podamos encontrarnos plenamente con él y ser, en medio del mundo, testigos de la ternura de Dios.


Sin duda, podemos encontrarnos con el Resucitado en cualquier ámbito de la vida, pero la sabiduría del Evangelio subraya dos ámbitos privilegiados donde el encuentro con el Señor se conjuga con la vivencia de la misericordia: la celebración de la Eucaristía, explicada entre las líneas del relato de los Discípulos de Emaús, y la opción por los pobres, recogida en la parábola del Buen Samaritano. El tiempo pascual nos invita a “inclinarnos ante el Señor resucitado”, especialmente presente en la celebración de la Eucaristía y en el rostro de los pobres, mediante la vivencia confiada de la misericordia; solo así nos convertiremos en testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana.  

martes, 15 de marzo de 2016

DOMINGO DE RAMOS


                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


El relato de la pasión del Señor expresa, mejor que ningún otro, la delicadeza con que Jesús vierte su misericordia tanto en el corazón de sus discípulos como en el alma de quienes le condenan; pues, como señala el Evangelio, la misericordia modela el estilo de vida de Jesús. Por eso, la Iglesia nos invita durante la Semana Santa a meditar la pasión del Señor para que podamos forjar nuestra vida a imagen de Jesús, la presencia misericordiosa de Dios entre nosotros.

Sentado a la mesa, dice Jesús a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Así, Jesús certifica que estará siempre con nosotros, especialmente en la celebración de la Eucaristía; pues la Eucaristía no es un mero recuerdo del pasado, sino la presencia misericordiosa del Señor entre nosotros (ver: 1Cor 11,23-25). A continuación, Jesús explica a los discípulos la identidad del verdadero apóstol: “el que gobierna ha de actuar como el que sirve”; sin duda, el servicio al prójimo, expresión señera de la misericordia, constituye el emblema de la conducta cristiana.

    Jesús sabe que Pedro le negará tres veces antes de que el gallo cante; pero, aún así, le dice: “Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague”. Estas palabras esconden la confianza de Jesús, otra expresión de su misericordia, hacia el apóstol débil. Jesús no nos elige “a causa de que seamos buenos”, sino “a fin de que podamos ser buenos”; no será la entereza de Pedro, sino la misericordia de Jesús la que convertirá al hombre que le niega en el apóstol que predica el Evangelio en Pentecostés (ver: Hch 2,1-36).

    En Getsemaní, Jesús oraba con intensidad. Cuando oramos, dejamos que la misericordia de Dios penetre en nuestra vida hasta transformarnos en testigos del Evangelio. En Getsemaní, Jesús, angustiado ante la pasión inminente, se entrega a la voluntad del Padre: “Padre […] que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Cuando nos entregamos a la voluntad de Dios, renunciamos a que las ambiciones humanas orienten nuestra vida, y dejamos que la misericordia se convierta en la brújula de nuestra existencia. Abandonándose en las manos del Padre, Jesús llevará a plenitud el precepto del amor, pues verterá su misericordia sobre el alma de sus enemigos; así curará al criado del sumo sacerdote que, acompañado por la turba, había ido al huerto a prenderle.

    Más tarde, en casa del sumo sacerdote, Jesús echará una mirada a Pedro; entonces Pedro, recordando que ha negado tres veces al Señor, saldrá afuera para llorar amargamente su pecado. La mirada de Jesús no incrimina la conducta de Pedro. Bajo la mirada de Jesús, aflora la misericordia del Señor que se derrama en forma de perdón sobre el apóstol; y Pedro, sintiéndose perdonado, llorará su culpa anhelando el encuentro definitivo con el Señor (ver: Jn 20,18; 21,15-24).

    Sabiéndose en las manos del Padre, Jesús dará testimonio de valentía ante el Sanedrín; cuando le pregunten “¿tú eres Hijo de Dios?”, dirá sin miedo, “vosotros lo decís, yo lo soy”. La valentía de Jesús no debe confundirse con el arrojo o la temeridad; la valentía de Jesús nace de la seguridad que le confiere saberse sostenido en las manos misericordiosas del Padre. Como señala la Escritura, “ser valiente es ser fiel”; Jesús no manifiesta su valentía enfrentándose con el Sanedrín, sino manifestando ante sus acusadores la mayor fidelidad al proyecto que el Padre le ha confiado, pues subraya que él es el Hijo de Dios. Sin duda, la “valentía cristiana”, la decisión de dar testimonio del Evangelio, constituye la puesta en práctica de la misericordia, pues ofrecemos al prójimo lo mejor que tenemos: la presencia salvadora de Jesús.

    A raíz del juicio de Jesús, Pilato y Herodes, señala el Evangelio, se hicieron amigos. Notemos el detalle; incluso en silencio y soportando la adversidad, la vida de Jesús, expresión de la misericordia de Dios, propicia la reconciliación de dos adversarios para unirlos con los lazos de la amistad, la mayor riqueza del ser humano (Eclo 6,15). Camino del Calvario, Simón de Cirene ayudó a Jesús a llevar la cruz; tras el rostro del cirineo, aflora el rostro misericordioso del cristiano que compromete su vida para ayudar al prójimo en la adversidad que tan a menudo depara la vida.

    Sobre la cruz, Jesús perdona a sus adversarios: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El perdón, manifestación del amor a los enemigos, expresa la hondura de la misericordia de Jesús que, en lugar de llevar cuentas del mal, ofrece a sus adversarios la posibilidad de rehacer su vida. Sobre la cruz, la misericordia de Jesús abre al buen ladrón las puertas del cielo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Sobre la cruz, Jesús deposita su confianza en las manos del Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. La cruz es el ámbito donde Jesús vive la misericordia con mayor hondura; por eso el centurión, constatando la misericordia y la confianza de Jesús, dirá: “Realmente, este hombre era justo”; de ahí que, cuando vivimos la misericordia, damos testimonio del Evangelio ante nuestro prójimo.


    En esta Eucaristía, pidamos al Señor que la meditación de la pasión oriente nuestra vida hacia la vivencia de la misericordia y la ternura de Dios.