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martes, 3 de agosto de 2021

NOADÍA

 


                                                                Francesc Ramis Darder

                                                               bibliayoriente.blogspot.com

 

    El año veinte del rey Artajerjes, en el mes de Nisán, marzo-abril 445 a.C., Nehemías solicitó el permiso del soberano persa para ir a Jerusalén con intención de restaurar la ciudad. El rey no sólo aceptó la petición, sino que entregó cartas a Nehemías para que los gobernadores de Transeufratina le facilitaran el viaje, y para que Asaf, el responsable de los bosques del rey, le proporcionara madera de construcción para las puertas de la ciudad, la muralla y la casa donde pensaba instalarse (Neh 2,1-8ª). Con el propósito de certificar la solvencia del proyecto, el relato pone en labios de Nehemías una plegaria: “El rey me lo concedió, pues la mano bondadosa de Dios estaba conmigo” (Neh 2,8).

 

    Ahora bien, una vez esbozado el proyecto, comienza a sonar la trompeta de los adversarios. Cuando se enteró Sambalat, el jorita, y su siervo Tobías, el amonita, se disgustaron mucho por la llegada de Nehemías a Jerusalén (Neh 2,10). Sambalat era el gobernador de Samaría, mientras Tobías estaba a sus órdenes como gobernador de Amón. La suspicacia de ambos dignatarios nacía, seguramente, de intereses económicos; pues la reactivación de Jerusalén mermaría la expectativa comercial de Samaría y Amón.

 

    Al cobijo de la noche, Nehemías inspeccionó el estado ruinoso de las murallas; por la mañana, logó convencer a los dirigentes judíos de la urgencia de reparar los muros. Sin embargo, Sambalat y Tobías, junto con Guesen, jeque de las tribus árabes de Quedar, ridiculizaron el intento y acusaron a Nehemías de querer sustraerse a la autoridad persa (Neh 2,11-20).

 

    A pesar de la adversidad, los judíos, obedientes a la voz de Nehemías comenzaron a reparar la muralla; sólo un grupo reducido, los notables de Técoa, se mostraron displicente. Sambalat y Tobías, como cabía esperar, escarnecieron el tesón de la asamblea; aún así, la comunidad logró completar la muralla hasta media altura. Cuando Sambalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los asdodeos tuvieron noticia de la reparación de los muros, se conjuraron para atacar Jerusalén (Neh 4,1-2).

 

    La confidencia de algunos judíos, vecinos de los conjurados, previno del peligro a los constructores. Nehemías, atento al aviso, dispuso la defensa: “con una mano cuidaba cada uno su trabajo y con la otra empuñaba el arma” (Neh 4,11). Los enemigos tendieron una emboscada a Nehemías, pero el dirigente consiguió escapar. Sambalat acusó a Nehemías de sedición: “Se oye […] el rumor de que tú y los judíos  estáis pensando sublevaros; por eso reconstruyes la muralla y tratas de hacerte rey” (Neh 6,6).

 

    Ahora bien, los adversarios más duros procedían de las filas judías. Con engaño, Semaías, vendido a Sambalat y a Tobías, anunció una profecía para sugerir a Nehemías que buscara refugio en el templo. Si Nehemías hubiera penetrado en el santuario no sólo habría mostrado su debilidad, también habría cometido la falta que le desacreditaría ante sus hermanos; pues, siendo laico, no podía introducirse en los más recóndito del templo (Nm 18,7). Harto de dolores, Nehemías impetra la ira divina sobre sus adversarios: “¡Acuérdate, Dios mío, de esto que han hecho Tobías y Samabalat; acuérdate también de la profetisa Noadía y de los demás profetas que trataron de atemorizarme!” (Neh 6,14).

 

    Contra todo pronóstico, la muralla quedó terminada el día veinticinco de Elul, en cincuenta y dos días, a comienzos de octubre del 445 a.C. Aún así, los notables de Judá, en connivencia con Tobías, no cesaban de intrigar contra Nehemías. El dignatario, venciendo cualquier temor, confió el mando de Jerusalén a su hermano Jananí, e instaló a Jananías como jefe de la ciudadela; después repobló la ciudad y acogió a quienes regresaban de Babilonia (Neh 6,12-7,3).

 

    Como hemos visto, la Escritura enumera los adversarios de Nehemías que se opusieron a la reconstrucción de las murallas. En primer lugar, figuran los líderes extranjeros: Sambalat, el jorita, gobernador de Samaría; Tobías, el amonita, gobernador de Amón, a las órdenes de Sambalat; y Guesen, jeque árabe de Quedar; también despunta la saña de comunidades vecinas: árabes, amonitas y asdodeos.

 

    En segundo término, destaca la oposición de los nobles judíos: los notables de Técoa y los dirigentes de Judá que, aliados con Tobías, se confabularon contra Nehemías; Tobías contaba con muchos partidarios en Judá por ser yerno de Secanías, hijo de Araj, y por estar casado su hijo Juan con la hija de Mesulán, hijo de Berequías (Neh 6,17).

 

    Conviene notar que Mesulán, hijo de  Berequías, había destacado por su trabajo en la reconstrucción de las murallas (Neh 3,4.32), quizá Semaías, encargado de la restauración de la puerta Oriental, fuera hijo de Sacanías, hijo de Araj. De ahí podemos deducir que también estallaron disputas entre los judaítas que reparaban la muralla, alentadas por Tobías, contra la autoridad de Nehemías.

 

    En tercer lugar, sorprende la oposición de los profetas. El texto menciona a Semaías, hijo de Delaías, hijo de Mehetabel, quien, instigado por Tobías y Sambalat, buscó el descrédito de Nehemías. El texto censura la actitud de Noadía, la profetisa, y de los demás profetas que intentaron amedrentar a Nehemías (Neh 6,16). La lectura parece sugerir que la oposición de Noadía y los demás profetas embistió contra el empeño de Nehemías por edificar la muralla; sin negar la cuestión, permítanos el lector aventurar, desde el al horizonte de la conjetura, una explicación alternativa.

 

    Con la excepción de Noadía, toda la oposición contra Nehemías está en manos de varones y centrada en motivos políticos y económicos. Sambalat, Tobías y Guesen temen que la pujanza de Jerusalén vaya en detrimento del poder de Samaría. El parentesco de Tobías con los judíos y la felonía de Semaías no hacen sino reforzar la posición política y el interés económico de Sambalat y sus adláteres.

 

    ¿Qué papel juega una mujer, Noadía, en la pugna económica y política que el libro de Nehemías adscribe a la disputa entre varones? Siempre desde el prisma de la conjetura, surge otra pregunta: ¿Acaso la crítica de Noadía podría dirigirse contra intereses distintos a los perseguidos por varones, centrados, según subraya el libro de Nehemías, en el poder y en el control de la economía?

 

    El análisis del término “profeta” en los libros de Esdras y Nehemías señala su aspecto positivo: transmiten los mandamientos de Dios (Esd 9,11; Neh 9,30); fieles a la voluntad divina, sufren el martirio (Neh 9,26); soportan las mismas penalidades que el pueblo (Neh 9,32); por si fuera poco, en opinión de Guesen, favorecen la posición de Nehemías, por cuanto concierne a la construcción de la muralla (Neh 6,7). Entonces, si el término “profeta” adquiere una connotación positiva, cabe preguntarse ¿qué razón puede existir para que adopte un aspecto negativo cuando se refiere a Noadía?

 

    Conviene precisar que el término “profeta” no se aplica, en sentido propio a Semaías; el dignatario que tendió una celada a Nehemías. El texto sólo señala que “anunció una profecía”, en el sentido de que “pronunció un vaticinio”; pero insiste en decantarlo de la identidad propia de los profetas: “no había sido enviado por Dios, había anunciado la profecía porque Tobías y Sambalat lo habían comprado” (Neh 6,12). Aclarada la cuestión, volvamos de nuevo a la pregunta: si el libro de Nehemías recalca la percepción positiva de los profetas, ¿por qué arremete contra Noadía, la profetisa?

 

    Como sabemos, la misión de Nehemías y su compañero, Esdras, no se redujo a la construcción de la muralla. Ambas dignatarios emprendieron la reforma de la comunidad judía. Uno de los aspectos cruciales consistió en la conformación de la “raza santa” (Esd 9,2). La raza santa define la identidad de la asamblea judía reformada por Edras y Nehemías: la comunidad reunida al amparo del templo, fiel a la Ley, y claramente diferenciada del resto de la población de Judá (llamado Yehud en tiempos de Esdras y Nehemías).

 

    No obstante, la confección de una comunidad caracterizada, entre otros aspectos, por la uniformidad racial, requirió un sacrifico que recayó sobre las mujeres: todo judío casado con una mujer extranjera tuvo que divorciarse de ella. Esdras hizo jurar a los varones judíos que despedirían a las esposas que no fueran de estirpe judía. Los judíos “se comprometieron bajo juramento a despedir a sus mujeres extranjeras”, y, por si fuera poco “ofrecieron por su delito (haberse casado con mujeres no judías) un sacrificio de reparación” (Esd 10,1-18; Neh 9,1-2).

 

    El libro de Esdras ofrece la larga lista de judíos que despidieron a sus esposas extranjeras: “[…] de los hijos de Jasún: Matenay, Matatá, Zabad, Elifélet, Yeremay, Manasés, Semeí […] etc.” (Esd 10,33); el listado concluye con la mayor dureza: “Todos casados con mujeres extranjeras a las que despidieron junto con los hijos nacidos de ellas” (Esd 10,44).

 

    Por si fuera poco, el libro de Nehemías subraya el desprecio por dos pueblos vecinos: “El amonita y el moabita no entrarán jamás en la asamblea de Dios” (Neh 13,1); y certifica la exclusión de todo extranjero, los miembros de la asamblea: “decidieron excluir de Israel a todo extranjero” (Neh 10,3). Como recalca el relato, cuando Nehemías se enteró del matrimonio de algunos judíos con extranjeras los hizo azotar y mando que les arrancaran los cabellos (Neh 13,23-27).

 

    El repudio de las extranjeras confirió a Israel la unidad racial, pero arrojó a las mujeres extranjeras y a sus hijos en la más cruel marginación; la mendicidad, la prostitución y el desarraigo era la suerte que aguardaba a las mujeres despedidas. Contra tamaña injusticia, cometida en nombre de la Ley, se alzó la voz de los profetas. Como señalamos en su momento, el autor del libro de Jonás compuso un relato donde ensalzaba, contra la posición de Esdras y Nehemías, la misericordia del Dios de Israel hacia los extranjeros, representados por los habitantes de Nínive.

 

    Al unísono con el libro de Jonás, un autor anónimo, redactó el libro de Rut; obra hilvanada, entre otros motivos, para denunciar la intransigencia de Esdras y Nehemías  contra los matrimonios con extranjeras. La trama del libro de Rut es muy conocida.

 

   A causa del hambre, un hombre de Belén de Judá emigró a la campiña de Moab, con su mujer y sus dos hijos. El hombre se llamaba Elimélec; su mujer, Noemí, y sus dos hijos, Majlón y Quilión. Llegaron a la campiña de Moab y se establecieron allí. Cuando murió Elimélc, Noemí se quedó sola con sus dos hijos; ambos se casaron con moabitas, una se llamaba Orfá y la otra Rut. Al cabo de diez años, también murieron Majlón y Quilión, y Noemí se quedó sola y sin hijos.

 

    Cuando Noemí oyó que el Señor había visitado a su pueblo, decidió volver a Belén. Regresó en compañía de su nuera, Rut; ambas mujeres se establecieron en Belén. Después de muchas peripecias Rut, la moabita, contrajo matrimonio con Booz, pariente de Elimélc; fruto del matrimonio, nació un hijo, Obed, padre de Jesé, padre de David, rey de Israel (Rt 4,18-22).

 

    El libro constituye la más dura protesta contra la posición de Esdras y Nehemías por cuanto concierne a los matrimonios mixtos. Como hemos mencionado, el libro de Nehemías prohíbe los esponsales entre judíos y extranjeras, rechaza expresamente a moabitas y amonitas, a la vez que excluye a todo extranjero de la comunidad israelita.

 

    A modo de contrapunto, el libro de Rut no sólo encomia el matrimonio de Booz con Rut, una extranjera, sino que adscribe a David, el rey emblemático, una ascendencia moabita; al decir de Esdras y Nehemías, la raza más despreciable.

 

    El libro tiene como protagonistas principales a dos mujeres: Rut y Noemí. La historia de ambas constituye, desde el horizonte metafórico, la denuncia más feroz contra la arbitrariedad de Esdras y Nehemías. Desde la óptica poética del libro de Rut, volvamos la mirada hacia la identidad de Noadía.

 

    Así como Rut y Noemí encarnan literariamente la queja contra la intransigencia de Esdras y Nehemías; quizá Noadía, desde el ámbito de la conjetura, podría personificar el calado de la protesta que resonó en Judá contra la decisión de los dignatarios de prohibir los matrimonios mixtos. En una sociedad donde los varones, amparados por la Ley, repudian a las extranjeras, se alzaría la voz de Noadía que, ignorando la autoridad de Esdras y Nehemías, defendería el derecho de las mujeres arrojadas a la marginalidad por la pretendida pureza étnica alentada por varones.

 

      De ser cierta la conjetura, no resulta extraño que la profetisa consiguiera atemorizar a Nehemías, tan atento al sentir de los varones y tan despiadado con las mujeres extranjeras.

 

     El profeta es aquel que con lo que piensa, dice y hace muestra a sus coetáneos el verdadero rostro de Dios. De ahí que Noadía, a ejemplo de Rut y Noemí, alzara la voz contra quienes marginan a la mujer y desdeñan al extranjero. La “raza santa” no puede levantarse sobre la exclusión étnica, sólo se yergue sobre los pilares de la justicia, columnas de la sociedad libre y solidaria donde todos, especialmente los débiles, encuentra solidaridad, amor y cobijo. Tal vez nuestra percepción de la identidad de Noadía sea excesivamente conjetural, pero, desde el prisma de la metáfora, hemos roto una lanza a favor de la mujer valiente.


martes, 15 de junio de 2021

¿QUIÉNES SON LOS PROFETAS?

 


                                                     Frances Ramis Darder

                                                     bibliayoriente.blogspot.com



    La palabra castellana “profeta” proviene del término griego profetes. La voz profetes se halla constituida por el verbo femi que significa “decir”, y por la preposición pro cuyo significado es “en presencia de” o “delante de”. A partir de la etimología de la palabra profetes podemos afirmar que el profeta es quien anuncia ante los demás alguna cuestión concreta. Ahora bien, los profetas bíblicos han recibido la llamada divina (Is 6,1-13; Jr 1,4,10). De ese modo aunando la etimología de la palabra “profeta” con la el significado de la vocación, podemos afinar la definición del término profeta: El profeta anuncia ante los demás la voluntad de Dios.

 

    El habla coloquial confunde a menudo la función del profeta. Erróneamente le identifica con un astrólogo, un adivino, un harúspicide, un nigromante, o un mago. El profeta no se alinea con estos personajes. A veces se identifica al profeta con un visionario. Aunque los profetas tienen visiones (Ez 37), su función no es la visión. El profeta no es el hombre de la visión, sino el hombre de la Palabra (Is 2,1). El profeta es el receptor y el pregonero de la Palabra de Dios.

 

    El término castellano “palabra” corresponde a la traducción de la voz hebrea dabar. El sentido del término “palabra” no se circunscribe a la descripción de cosas o acontecimientos. La voz dabar explica la realidad profunda de cada cosa y de cada persona. Por esa razón la palabra proclamada por los profetas no se limita a describir superficialmente las situaciones de pobreza, gozo, injusticia, o esperanza; sino que entresaca las causas que provocan la pobreza, el gozo, la injusticia, y la esperanza. El profeta desea trasformar el alma del pueblo a imagen y semejanza de Dios, por eso su grito debe ser profundo y llegar al fondo del corazón humano.

 

    Detengámonos un momento para apreciar el significado del término “palabra” en el lenguaje de los profetas. La zona más sagrada del Templo de Jerusalén se llamaba “Debir”, conocido después como “Santo de los Santos”, era el sector reservado a Yahvé donde reposó el Arca de la Alianza. El término “Palabra” se pronuncia en hebreo “Dabar”. Notemos la semejanza entre las voces “Debir” y “Dabar” al tener idénticas consonantes, pues en hebreo el valor de las vocales es poco relevante. El término “Dabar” recoge, como la palabra “Debir”, la profundidad y santidad del pensamiento de Dios. El “Dabar” es la Palabra que nace de Dios, alcanza el interior de la persona y la renueva.

 

     La Palabra de Dios no es cualquier palabra, es la expresión de la fuerza y la voluntad divina que llega a lo más profundo del corazón y trastoca la persona de raíz. Por tanto cuando los profetas hablan no se limitan a comunicar información La palabra del profeta es la voz de Dios que transforma el corazón de la persona y el alma del mundo, siempre y cuando la libertad del hombre se lo permita; pues la Palabra de Dios no violenta nunca la libertad humana, ni suple en ningún momento la responsabilidad del hombre.

 

    El profeta transmite la Palabra de Dios porque el mismo ha sido forjado por la Palabra del Señor. El profeta es quien recibe de Dios una Palabra cualificada, y mediante su pensamiento, su forma de hablar y su manera de actuar, manifiesta la voluntad de Dios entre su pueblo, recordando siempre la fidelidad a la Alianza y el futuro cumplimiento de la promesa liberadora de Dios. La historia de cada profeta, es la historia del encuentro de un hombre con Dios, y la historia de la transmisión de la palabra divina al pueblo expectante.

 

     Los estudiosos, siguiendo un criterio pedagógico, dividen a los verdaderos profetas en dos categorías:

 

    * Profetas preclásicos. Aparecen preferentemente en el seno de los libros que denominamos históricos. En los siglos XI-X aC destacan: Ajías, Semayas, y Natán. Durante el siglo IX aC despuntan: Jananí, Elías, Eliseo, y Miqueas hijo de Yimlá.

 

    * Profetas clásicos. Corresponden a aquellos cuya predicación ha quedado consignada en  los libros bíblicos que llevan su nombre: Isaías, Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, y Malaquías.

 

    El profetismo hebreo constituye un fenómeno de connotaciones peculiares en la historia religiosa de la humanidad, y eso en un doble sentido. Por una parte el movimiento profético especificó la voluntad de Dios para con el pueblo hebreo. Por otra parte desde la perspectiva cristiana, además de representar la comunicación de Dios con su pueblo, preparó la revelación del Verbo de Dios. La lectura cristiana de los libros proféticos conduce nuestra vida hasta el encuentro personal con el profeta definitivo, con Jesús de Nazaret, la presencia encarnada de Dios entre nosotros (cf. Ju 1,14).

 

 

 

                                                                        

miércoles, 7 de abril de 2021

PRIMERAS COMUNIDADES CRISTIANAS

 


                                                        Francesc Ramis Darder

                                                       bibliayoriente.blogspot.com



¿Por qué eran tan atractivas las primeras comunidades cristianas?

Teología del testimonio cristiano

Para comprender el fenómeno de la expansión del cristianismo

El objetivo de esta reflexión es sondear una respuesta a una pregunta amplia y que se ha formulado en muchas ocasiones: ¿dónde radicaba el atractivo que las primeras comunidades cristianas ejercían sobre la sociedad de su tiempo? El cristianismo primigenio era muy plural, constituido por conversos del judaísmo y del paganismo, pertenecientes a culturas distintas y procedentes de países diversos. Así lo sugiere el libro de los Hechos de los Apóstoles cuando señala la identidad de quienes escuchaban a Pedro en Pentecostés (Hch 2,8-11).

ISBN: 
9788428836692
Fecha publicación: 
02/03/2021
Encuadernación:
Núm. páginas: 
184
Código interno: 
206411
17,00

sábado, 13 de marzo de 2021

¿QUIÉN ES EL PROFETA EZEQUIEL?

 


                                                    Francesc Ramis Darder

                                                    bibliyoriente.blogspot.com



EZEQUIEL: De la creencia rutinaria a la vivencia comprometida de la fe.

 

 

    Las advertencias de Jeremías se cumplieron; pues, aunque Dios permanezca junto a su pueblo no suple la responsabilidad humana. Israel desoyó la predicación de Jeremías y se enfrentó a Nabucodonosor. Las consecuencias fueron nefastas. El monarca conquistó Jerusalén y deportó parte de su población a Babilonia (587 a.C).

 

    El tiempo del exilio fue duro (587-538 aC). Pero la comunidad deportada alentó nuevas instituciones para vivir su fe durante la prueba del destierro. De ese modo el sufrimiento del exilio alumbró una nueva manera de expresar la fe en el Dios liberador.

 

    Los israelitas habían perdido su tierra, pues el reino de Judá se había convertido en una provincia del imperio babilónico. Al carecer de tierra buscaron un signo que les identificara como judíos. La circuncisión era un antiguo rito de iniciación, pero a partir del exilio devino el signo distintivo de todo judío varón.

 

    La comunidad deportada carecía de Templo, y entonces comenzó a reunirse en las casas para orar. Esas reuniones constituyen el embrión de la sinagoga. Tampoco podían celebrar sus fiestas religiosas, por eso valoraron el sábado como el día privilegiado en que adorar al Señor.

 

    Cuando vivían en Palestina, el sacerdocio se reducía a la función material de sacrificar animales en el Templo, o a la tarea de presentar ofrendas vegetales que ardían en honor del Señor. Durante el exilio, al no poder ofrecer sacrificios, los sacerdotes se consagraron a la instrucción del pueblo y a la plegaria, y se convirtieron en los guías de la comunidad.

 

    Un golpe para los deportados fue la caída de la institución monárquica, pues el rey representaba en Israel un papel importante: era el mediador entre Dios y su pueblo. Ante la falta de rey, Israel confió en que el Señor fuera el único rey de Israel (Is 43,14-15).

                                                                                                                               

    El Señor no abandonó a su pueblo en el exilio. Le sostuvo mediante el ministerio de Ezequiel. El profeta, cuyo nombre significa “Dios es mi fuerza”, era sacerdote hijo de Buzí (Ez 1,3), por eso conocía los entresijos del Templo y los ritos litúrgicos. Fue desterrado a Babilonia por el rey Nabucodonosor en el año 587 a.C.

 

    Ezequiel se estableció con los primeros exiliados junto al río Quebar, y allí recibió la llamada del Señor para confortar al pueblo abatido (Ez 1,1-5). Ezequiel pertenecía a una familia sacerdotal, pero al recibir la llamada del Señor cambió su manera de ejercer el ministerio, no se dedicaría a sacrificar animales sino que predicaría la exigencia y el consuelo del Señor entre los deportados.

 

   La misión de Ezequiel se desarrolló en dos fases. Durante la primera etapa, Ezequiel censura a los exiliados su mala conducta y su idolatría. Les recuerda sin cesar que su oprobio es la consecuencia de su pecado, y les exige la conversión (Ez 5,5-16). En el invierno del año 588 a.C. recibió la noticia del nuevo asedio de Jerusalén (Ez 24,1-2). Poco después murió su esposa, y el profeta enmudeció hasta la llegada de un fugitivo que le anunció la caída de la Ciudad Santa (Ez 24,27; 33,22). La pérdida de Jerusalén truncó la esperanza de los deportados y quebró su confianza en el Señor.

 

      La nueva situación hizo que Ezequiel cambiara el contenido de su mensaje. Tras haber censurado los pecados del pueblo; ahora, al verle postrado por el dolor del exilio, comienza la segunda fase de su predicación. Ezequiel proclama que no todo está perdido, anuncia que en el sufrimiento puede brotar una nueva relación con Dios, en definitiva el profeta barrunta el surgimiento del pueblo nuevo.

 

    Ezequiel no se limitó al uso de la palabra para proclamar el mensaje salvador; también utilizó gestos simbólicos (Ez 21,23-26), describió la experiencia de su vida (Ez 24,15-27) y explicó numerosas visiones (Ez 37,1-14). Su influencia fue crucial para los deportados y determinante en quienes regresaron. A los primeros les infundió coraje y a los segundos les dio clarividencia para reedificar Jerusalén, no como la capital del estado sino como una comunidad fraterna.

 

     El exilio fue la ocasión privilegiada para el encuentro personal entre Dios y su pueblo. Varios elementos transformaron la creencia rutinaria en la vivencia comprometida de la fe: la certeza de que sólo Dios es el Señor, el nacimiento de una comunidad guiada por sacerdotes comprometidos en el ministerio pastoral, la constancia en la plegaria, la formación en la sinagoga, la santificación del Sábado, la recuperación de la identidad religiosa, y, sobre todo, el descubrimiento de la necesidad de implicarse, en nombre de Dios, en la transformación de la sociedad.

 

    El ambiente social que vivimos hace que el cristianismo tienda a desenvolverse en condiciones análogas a las sufridas por Israel en el exilio. El pueblo desterrado no se amilanó ante la adversidad, supo crear, en medio de la prueba, las condiciones idóneas para el resurgir de la fe. Nuestra Iglesia también puede y debe hacerlo hoy para convertirse en la levadura que haga germinar el Reino de Dios en el seno de nuestro mundo.

 

 

 

                                                   

lunes, 11 de enero de 2021

MARÍA, HERMANA DE MOISÉS

 

                                                                          Francesc Ramis Darder

                                                                          bibliayoriente.blogspot.com


  

    La identidad de María puede entreverse a través de las listas genealógicas del AT. Como narra la historia cronista, un hijo de Leví, Queat, engendró a Amrán, de quien nacieron: Aarón, Moisés y María (1Cr 5,29). Conviene señalar que la lista genealógica de la tribu de Leví sólo refiere la identidad de una mujer: María (1Cr 5,27-6,38); el detalle pone de manifiesto la especial relevancia de María.

 

    El libro de los Números ahonda en la ascendencia de María: la mujer de Amrán se llamaba Yoquébed, hija de Leví, que le nació a Leví en Egipto, Amrán tuvo con ella a Aarón, a Moisés y María su hermana (Nm 26,59). El texto recalca la ascendencia levítica de María, hermana de Aarón y Moisés, y el lugar de nacimiento de su madre, Egipto.

 

    Las genealogías del libro del Éxodo acotan la descendencia de Amrán y Yoquébed a los hijos varones: Aarón y Moisés (Ex 6,20). Cuando el libro relata la ocasión en que la madre de Moisés escondió a su hijo en la cesta que puso entre los juncos del Río, subraya como la hermana del niño se apostó a lo lejos para ver en que paraba todo; ahora bien, a pesar de la mención de los hermanos, el texto omite sus nombres: Moisés y María (Ex 2,1-4).

 

    Según 1Cr 5,29 y Nm 25,59 la única hermana de Moisés es María, y a tenor de Ex 2,4 la hermana de Moisés tendría que ser mayor que él, de lo contrario ¿como podría apostarse junto al Río si fuera menor que el recién nacido? Así pues, cabe pensar que 1Cr 5,29 y Nm 25,59 no mencionan a María en tercer lugar, después de Aarón y Moisés, para indicar que fuera la hermana menor, sino que la colocarían en tercer lugar en razón del protocolo que situaba la condición femenina en el último escalón; como es evidente, el texto disimula la relevancia de María respecto de Moisés y Aarón.

 

    Como hemos señalado, el relato de la cesta de mimbre no menciona el nombre de la hermana de Moisés, María; y, por si fuera poco, el libro del Éxodo se refiera a María tan sólo como hermana de Aarón: “María la profetisa, hermana de Aarón” (Ex 15,20). La mención de la hermandad entre María y Moisés, asentada en Crónicas y Números, desaparece; pues a excepción de 1Cr 5,29 y Nm 25,29 ningún otro texto señala el parentesco entre Moisés y María.

 

   ¿A que se debe la decisión de relegar el papel de María? A nuestro entender, el desaire no es casual, sino deliberado. Con la intención de recalcar la grandeza de Moisés, los redactores de libro del Éxodo, varones insignes, mitigaron la relevancia de María. Sin embargo, al ahondar entre las líneas del libro, aún apreciamos la importancia de María, ensombrecida por la magnificencia de Moisés. Veámoslo

 

    Como narra el libro del Éxodo, el faraón, temeroso de los hebreos esclavizados en Egipto, proclamó un edicto: “A todo niño recién nacido (hebreo) arrojadlo al Río; pero a las niñas, dejadlas con vida” (Ex 1,22). En esta coyuntura, un hombre de la casa de Leví (Amrán) tomó por mujer una hija de Leví (Yoquébed). La mujer concibió y dio a luz un hijo (Moisés). La orden del faraón determinaba la muerte de la criatura; pero la madre, ansiosa por salvarlo, metió al niño en una cestilla que depositó entre los juncos del Río. La hermana del niño (María) se apostó a lo lejos para ver lo que pasaba.

 

    Cuando la hija del faraón bajó a bañarse en el Río, vio la cestilla. Al abrirla, exclamó: “Es un niño hebreo” (Ex 2,6). La princesa sabía que la muerte era el destino de los niños hebreos, pero se compadeció de la criatura. De pronto, la hermana del niño (María) se presentó ante la princesa con una propuesta sorprendente: “¿Quieres que vaya a buscarte una nodriza hebrea para que te críe este niño?” (Ez 2,7).

 

    La hija del faraón aceptó la oferta, y la hermana le presentó a la madre del niño (Yoquébed). La madre crió a su propio hijo (Moisés) y, cuando se hizo grandecito, se lo llevó a la hija del faraón, la cual lo adoptó y le dio el nombre de Moisés. Conviene notar que el relato omite el nombre de los protagonistas de la historia, con excepción del niño a quien la princesa llamará Moisés.

 

    La ingenuidad del relato trasparenta la importancia de María por cuanto concierne a la misión de Moisés. La madre del niño (Yoquébed), en connivencia con la hermana (María), burla la orden del faraón para salvar la vida de la criatura que debía morir ahogada. Aunque desconozcamos la legislación, cabe pensar que la desobediencia a la orden faraónica ponía en riesgo la vida del culpable; así pues, la hermana puso en jaque su propia vida para que Moisés conservara la suya.

 

    Cuando Moisés era mayor, constató los duros trabajos que soportaban los hebreos. Como narra la Escritura, auxilió a los de su raza: mató a un egipcio que maltrataba un hebreo e intentó calmar las rencillas entre los hombres de su pueblo. La actitud de Moisés suscitó el recelo del faraón que instó su ejecución. Moisés huyó al país de Madián, donde conoció a Reuel y contrajo matrimonio con Séfora, su hija.

 

    Ahora bien, mientras Moisés recibía una educación principesca, María soportaba, junto al resto de hebreos, la tiranía egipcia (Ex 2,23); Moisés pudo escapar de la persecución del faraón, pero María tuvo que permanecer bajo el despotismo egipcio.

 

    María, como el resto de su pueblo, imploró el auxilio divino, hasta que Dios escuchó su clamor e intervino (Ex 2,24-25). Como sabemos, el Señor se reveló a Moisés en el monte Horeb para enviarle a Egipto, en compañía de su hermano Aarón, para liberar a los hebreos sometidos a esclavitud. Moisés se convertirá en el libertador, pero será el clamor de los oprimidos, entre quienes se encuentra María, el que suscitará la intervención divina en bien de quienes sufren la esclavitud en Egipto.

 

    Moisés liberó al pueblo y lo condujo hasta el mar; las aguas se abrieron, el ejército egipcio sucumbió entre las olas, mientras los hebreos cruzaron las aguas a pie enjuto.    Cuando el pueblo liberado alcanzó la otra orilla, Moisés y todos los israelitas entonaron un cántico triunfal en honor del Señor (Ex 15,1-18). Concluido el cántico, el relato menciona la identidad de María, hermana de Moisés, por vez primera vez en el libro del Éxodo. María, la profetisa, hermana de Aarón, tomó en sus manos un pandero, y todas las mujeres la seguían con panderos, bailando; y María les respondía: “¡Cantad al Señor, por la gloria de su victoria; caballos y jinetes precipitó en el mar!” (Ex 15,21).

 

    El cántico triunfal, entonado por Moisés y la asamblea, sugiere sobre todo la experiencia de los libertadores; recordemos que Moisés, protagonista de la liberación y vocero del cántico, no había palpado en sus carnes el penar del esclavo. A modo de contrapunto, el testimonio de María, eco de la algazara de las mujeres, traspira el aire de quienes fueron esclavos, pues mientras Moisés crecía como un príncipe, María, voz del cantar femenino, sufría el oprobio junto al Nilo.

 

    María sabe del penar del esclavo, pero también ha desempeñado una tarea relevante en la liberación de su pueblo. Su intervención fue decisiva para la salvación de Moisés, el libertador elegido, mientras su plegaria, unida a la comunidad cautiva, suscitó la decisión divina de enviar a Moisés para salvar al pueblo doliente. La figura de María encarna el compromiso de los oprimidos que luchan por su liberación.

 

    El libro del Éxodo es parco en el uso del término ‘profeta’, sólo aparece dos veces. La primera denota la relación entre Aarón y Moisés; dijo Dios a Moisés: “Mira yo te hago un dios para el faraón y tu hermano Aarón será tu profeta; tú le dirás cuanto yo te mande; y Aarón, tu hermano, se lo dirá al faraón” (Ex 7,1-2). En definitiva, Dios habla a Moisés, Moisés se lo comunica a Aarón quien a su vez lo hace saber al faraón; es decir, Aarón es el profeta de Moisés porque habla por boca de Moisés para anunciar al rey de Egipto la voluntad divina.

 

    La segunda vez que aparece el término ‘profeta’ lo hace en femenino, ‘profetisa’, para caracterizar la función de María en el seno de la asamblea liberada. La profetisa refiere a las mujeres, por una parte, lo que Dios ha hecho en bien de su pueblo: “caballo y jinete precipitó en el mar”; y, por otra, invita a las mujeres a la alabanza divina: “¡Cantad al Señor, por la gloria de su victoria!”. Así como Aarón comunicaba al faraón la palabra de Moisés, calco de la voluntad divina, María hace saber a las mujeres la forma en que el Señor ha derrotado a los enemigos: Aarón es el profeta de Moisés, pero María es la profetisa de Dios que comunica el gozo de la salvación al pueblo liberado.

 

    María representa la voz de los oprimidos que luchan por la libertad. Bajo la mención de la plegaria de los esclavos, entre quienes se cuenta María, palpita la solidaridad comunitaria, y bajo la astucia de la hermana (María) ante la princesa late la lucha de los siervos por su propia liberación. Aún así, el ejemplo de María, modelo de combate por la libertad, queda ensombrecido por la prestancia de Moisés; pero, cabe pensar ¿qué hubiera sucedido con el libertador, si la hermana no hubiera vigilado la cesta de mimbre?

 

    Como hemos expuesto, libro del Éxodo pretende oscurecer, sin conseguirlo del todo, la personalidad de María para resaltar la grandeza de Moisés. Veremos ahora como el libro de los Números intenta ensalzar la identidad de Aarón a costa de la figura de María. El libro relata la disputa de María y Aarón con Moisés. María y Aarón murmuraron contra Moisés a causa de la mujer cusita que el libertador había tomado por esposa (Nm 12).

 

    Al decir de la Escritura, Moisés contrajo matrimonio con Seforá, hija de Raguel, sacerdote de Madián, Ahora bien, María y Aarón le recriminan el matrimonio con una cusita. ¿A que mujer se refieren? Según el sentido habitual, el país de Cus corresponde a Etiopía, pero en la profecía de Habacuc, la región de Cusán se identifica con Madián (Hab 3,7); desde esta perspectiva, Cusán, o Cus, podría ser la designación arcaica de Madián. Así pues, María y Aarón podrían estar censurando el matrimonio de Moisés con Seforá, la madianita. ¿Por qué motivo?

 

    Aunque Moisés fuera hebreo, descendiente de Leví, había recibido la educación de un príncipe egipcio, y su matrimonio con Seforá, hija de un sacerdote de Madián, le habría imbuido en la cultura y la religiosidad madianita. Aún siendo hebreo, Moisés tenía una formación extranjera, egipcia y madianita. Así pues, quizá cabe pensar que pudiera desempeñar la misión de guiar al pueblo desde parámetros un tanto ajenos a la mentalidad hebrea, egipcios y madianitas. Desde este ángulo, la protesta de Aarón y María no censuraría el matrimonio de Moisés como tal, sino los modales distantes de la idiosincrasia hebrea que caracterizarían la conducta del libertador.

 

    Así lo certifica la crítica de Aarón y María, cuando censuran la arrogancia de Moisés: “¿Acaso ha hablado el Señor sólo con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros?” (Nm 12,2). Ambos reivindican su papel como interlocutores de Dios y, por tanto, su función como guías de la comunidad peregrina. El mismo relato confirma la dignidad de Aarón y María para desempeñar un papel relevante, pues Dios también se dirigió a María y Aarón: “el Señor dijo a Moisés, a Aarón y a María […]” (Nm 12,4).

 

    Aarón y María desempeñaron un papel determinante en la liberación del pueblo. El empeño de María fue decisivo: su valentía posibilitó que Moisés, oculto en la cestilla, conservara la vida. La tarea de Aarón también fue esencial: su papel de intermediario entre Moisés y el faraón determinó, en buena medida, la salida de Egipto. Cuando Aarón y María reivindican ante Moisés su relevancia dirigente, están cargados de razón; sobre todo, si Moisés, deudo de su educación, rige la comunidad con acento extranjero, obviando, quizá, las costumbres hebreas.

 

    No obstante, el hilo del relato parece desoír la queja de María y Aarón mientras exalta la grandeza de Moisés. El libertador aparece como “el más humilde de los hombres”, el que habla con Dios boca a boca y contempla la imagen divina (Ex 12,3.6-7ª). A modo de contraluz, la narración pone en boca de Dios la severa censura contra la conducta de Aarón y María; pero, sorprendentemente, el furor divino descarga su ira tan sólo sobre María para herirla con el flagelo de la lepra: “María advirtió que estaba leprosa” (Ex 12,10).

 

    De inmediato, surge una pregunta: ¿Por qué el redactor del libro subraya que Dios se ceba con María y deja impune a Aarón? A decir de los comentaristas, el ascendente sacerdotal de Aarón determinó que el autor de la epopeya del Éxodo viera con malos ojos que el sacerdote por excelencia, Aarón, contrajera la lepra como castigo divino; por esa razón, habría suprimido la mención de la lepra que, según la tradición original, también habría recaído sobre el hermano de Moisés.

 

    Sin desdeñar la posición de los eruditos, cabe otra interpretación. El relato enfatiza que fue María quien incitó la disputa, el texto dice literalmente: “Habló María con Aarón contra Moisés” (Ex 12,1); tal vez por esa razón, el autor del relato descargue el  castigo divino sobre María y exima a Aarón de cualquier reproche. Ahora bien, la frase subraya, y eso es lo importante, que fue María quien suscitó la protesta contra Moisés. Aarón juega un papel subordinado, sólo tras escuchar a María toma parte en la queja contra Moisés. La posición de María determina la protesta contra las formas extranjeras con que Moisés dirige el destino de la comunidad liberada; quizá por eso el redactor del libro derrame el furor divino sobre María y deje indemne la complicidad de Aarón.  

     

    Atento al dolor de María, Aarón implora el perdón divino por el pecado que ambos han cometido: la crítica contra Moisés, el siervo de Dios. Entonces Moisés, el mediador divino, suplica la curación. Al decir del relato, Dios accede, pero señala un matiz: “Que permanezca siete días fuera del campamento, después será admitida de nuevo” (Nm 12,14). Como señala la narración, María quedó siete días fuera del campamento; pero el pueblo no partió hasta que ella pudo reintegrase en la asamblea peregrina.

 

    El pueblo obedece a Moisés y respeta a Aarón, pero sólo emprende la ruta cuando llega María. ¿Por qué motivo? Como expusimos, María compartió la vida de los esclavos, mientras Moisés crecía en palacio; y, también ella, como acabamos de ver, levantó la voz contra la arbitrariedad de Moisés. Sin duda, la dimensión profética de María radica en la decisión de convertirse en la voz de los que más han sufrido en Egipto y en el clamor de quienes son desdeñados por la autoridad israelita; por esa razón, el pueblo aguarda el regreso de su mejor valedor: María, la profetisa.

 

    Aunque los relatos dejen a María a la sombra de Moisés y Aarón, la Escritura compensa la afrenta concediéndole un título solemne: “la profetisa” (Ex 15,20). Si comenzamos a leer la Biblia por la primera página, constataremos que María es la tercera persona reconocida como profeta: el primero es Abrahán (Gn 20,7) y el segundo es Aarón (Ex 7,1).

 

   Apurando el análisis, el profetismo de María también evoca el de Abrahán. El Génesis adscribe el profetismo de Abrahán a su capacidad de interceder por el bien del rey de Guerar. Como subraya el relato, dijo Dios al monarca: “Este hombre (Abrahán) es un profeta, él rogará por ti para que vivas” (Gn 20,7). El profetismo de María también esconde, en buena medida, la función intercesora; pues, mediante la reivindicación y la crítica, intercede en favor del pueblo peregrino, a veces desdeñado por el talante autoritario de Moisés.

 

    El libro de los Números certifica que María murió en Cadés, y que allí fue sepultada (Nm 20,1). El Deuteronomio, recordando la lepra que contrajo María, advierte sobre la necesidad de observar las normas levíticas que previenen el contagio (Dt 24,9).

 

    Sin embargo será otro profeta, Miqueas, quien devolverá a María el papel que le corresponde en la liberación del pueblo sometido. Dice la profecía: “Yo (Dios) te saqué (a Israel) del país de Egipto, te rescaté de la esclavitud y mandé delante de ti a Moisés, Aarón y María” (Miq 6,4). La voz del profeta reconoce el papel de la profetisa. María, oculta bajo el manto de sus hermanos, salvó la vida de Moisés, imploró la salvación del pueblo esclavizado, reivindicó la dignidad de la comunidad peregrina y, sobre todo, fue la voz de quienes padecieron la humillación en Egipto y de quienes sufrieron menosprecio durante la ruta del desierto.

 

    Condicionados por el atavismo cultural, los autores bíblicos eclipsaron la grandeza de María bajo la magnificencia de Aarón y de Moisés; sin embargo, el susurro de la Escritura aún deja entreoír la nobleza de María: profetisa de Dios y profetisa del pueblo.        


sábado, 10 de octubre de 2020

MODELOS CATEQUÉTICOS


                                                             Francesc Ramis Darder

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El primer modelo vivencial es el mismo Jesús. El evangelio de Lucas se presenta como una catequesis para que el lector ahorme su vida en el modelo de Cristo; así dice el evangelista en el Prólogo: “para que conozcas las enseñanzas (kategein) que has recibido” (Lc 1,4).  

    María Magdalena representaba en la Iglesia primigenia un modelo privilegiado del discípulo fiel. Al decir de los estudiosos, el antropónimo “María”, procede del hebreo “Miriam”, enraizado con el egipcio “Ma’ra”, que significa “la elegida de Dios”; mientras el apodo “Magdalena” alude a la ciudad de Magdala, cerca del Mar de Galilea, pueblo María. Sin embargo, cabe una interpretación complementaria. El término “Magdalena” también engarza con el sustantivo hebreo “migdal” que significa “castillo, torre de defensa”. Desde este horizonte, María Magdalena aparecería como la “elegida de Dios” cuyo estilo de vida manifestaría, ante la comunidad cristiana, atenazada tantas veces por la duda o la persecución, “la fortaleza del castillo” capaz de sustentar el ánimo de la asamblea perseguida.

   María Magdalena se convirtió en el “castillo”, el modelo de vida cristiana, porque forjó su existencia en el amor de Jesús. ¡Amó a Jesús en todo momento!; lo amó vivo, cuando predicaba en Palestina (Lc 8,2); lo amó muerto, junto al sepulcro, cuando todos lo habían abandonado (Jn 21,11); y lo amó resucitado, antes de que se manifestara a los discípulos (Jn 21,16). María Magdalena es, sin duda, el modelo del amor cristiano por Jesús, el Salvador que colma de sentido la existencia humana (Rilke).

     La vida de Esteban puede ser un modelo martirial para los conversos procedentes del judaísmo, a la vez que un acicate para alentar la conversión de los hebreos (Hch 6,1-7,60). Cornelio, el centurión de la cohorte Itálica bautizado por Pedro, amanece como modelo del pagano que busca el sentido profundo de la vida; pues es un pagano que, después de hacerse temeroso de Dios, abraza el cristianismo a (Hch 10,1-2). El centurión que contempla la muerte de Jesús en la cruz exclama: “Verdaderamente, este hombre era hijo de Dios” (Mc 15,39); de ese modo, despunta como modelo del pagano que se asombra ante el misterio de Cristo. El Buen Ladrón, a quien Jesús crucificado promete el Paraíso, destaca como modelo del mundo marginal, los rechazados por la sociedad que encuentran la razón de vivir en el evangelio.

    En definitiva, la catequesis no se limitaba a suministrar información, sino que, enriquecida con la empatía entre el catequista y el catecúmeno, hacía presente al Resucitado y ofrecía modelos vivenciales que enhebraban la fe cristiana con él ámbito de la existencia cotidiana.


jueves, 3 de septiembre de 2020

¿QUIÉN ES JESÚS?

 


                                                               Francesc Ramis Darder

                                                               bibliayoriente.blogspot.com



JESÚS DE NAZARET

LA PRESENCIA ENCARNADA DE DIOS ENTRE NOSOTROS

 

 

 

 

                                                                      “Dar testimonio de Jesús

                                                                                                y tener espíritu profético es lo mismo”.

                                                                                                                 (Ap 19,10).

 

 

 

 

     La Carta a los Hebreos comienza con estas palabras: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas; ahora en este momento final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo” (Hb 1,1). El Señor que modela nuestra vida con amor apasionado habló a nuestros padres por boca de los profetas, pero hoy se dirige a nosotros por medio de su Hijo.

 

    El Dios de la vida exige la justicia (Amós) y habla con ternura (Oseas); guarda nuestra vida (Isaías) y la protege en los momentos más duros (Jeremías); nos regala su espíritu (Ezequiel) y nos transforma con su palabra (Segundo Isaías); y, finalmente, nos promete la victoria final (Daniel). Pero ¿cuál es el rostro de este Dios que ama apasionadamente? El Antiguo Testamento es el río que desemboca en el Nuevo Testamento. Jesús de Nazaret es el profeta definitivo, pues contemplando el rostro de Jesús vemos la mirada de Dios que transforma nuestra vida con amor apasionado.

 

    Leeremos el NT desde la perspectiva catequética. Es decir, contemplaremos la manera en que Jesús manifiesta a los discípulos su identidad más íntima, y cómo después de la resurrección se les revela como Señor.

 

 

 

1. Jesús de Nazaret: el Mesías esperado y sorprendente.

 

    “Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo y por el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? ...  Pedro le respondió: Tú eres el Mesías” (Mc 8,27-30). ¿Qué significa la palabra “Mesías”?

 

    El término hebreo “Mesías”, y su traducción griega “Cristo”, significa “ungido”. En el Antiguo Testamento los “ungidos” por excelencia; es decir, los “Mesías” eran los reyes de Israel.

 

    El rey de Israel gobernaba desde la perspectiva política, militar y legislativa, pero gozaba de una prerrogativa propia: era un rey ungido. Cuando el monarca hebreo era entronizado, un profeta derramaba sobre la cabeza del soberano aceite consagrado, de ese modo el profeta Samuel ungió a David (1Sam 16,13). La unción confería al rey atribuciones religiosas con las que devenía mediador entre Dios y los hombres; pero, sobre todo, le comprometía a gobernar con los criterios de Dios: eliminar la idolatría, defender a los pobres, servir al pueblo, y consolidar el Templo.

 

    Los reyes de Israel y Judá fueron numerosos, pero el AT sólo alaba especialmente el comportamiento de David (1Sam 16 - 2Sam 6), Ezequías (2Re 18,1-8), y Josías (2Re 23,24-27). Los demás monarcas, en general, son censurados, pues aunque desde la perspectiva humana ganaran batallas y edificaran palacios, se preocuparon poco de sembrar entre el pueblo la misericordia divina.

 

    Los abusos de la realeza llevaron a Israel al desastre (2Re 23,31 - 25,26). El año 587 aC Nabucodonosor destruyó Jerusalén y deportó parte de sus habitantes a Babilonia. Al volver del exilio (538 aC) el pueblo fue administrado por sacerdotes. El sumo sacerdote recibió la unción que antes pertenecía a los reyes (Lv 4,3.5.16), y de ese modo se hizo responsable de dirigir el pueblo con los criterios de Dios.

 

    Los profetas contemplaban el fracaso de reyes y sacerdotes para guiar al pueblo con las normas divinas. En los ambientes proféticos surgió el más intenso anhelo por la llegada de un auténtico ungido, de un verdadero “Mesías” que viviera y enseñara el plan de Dios (cf. Sal 2). El deseo del Mesías definitivo era tan intenso que algunos esperaban la llegada de dos Mesías: un “Mesías Sacerdote” para regir la esfera religiosa, y un “Mesías Rey” para los asuntos palaciegos (Ez 45,1-8; Zac 4,1-14).

 

    Las condiciones sociales eran duras en Palestina durante el siglo I. Todos suspiraban la llegada inminente del Mesías; pero, y eso es muy importante, el Mesías que la gente esperaba tenía unas características distintas al Mesías anunciado por el AT.

 

    Los profetas anunciaban el advenimiento del Mesías que traería el proyecto de Dios. En cambio, los hebreos del siglo I esperaban un Mesías con tres características. Deseaban un Mesías poderoso para desbancar militarmente a los romanos. Querían un Mesías económicamente fuerte para eliminar de un plumazo la pobreza. Y ansiaban un Mesías deslumbrante, ante quien no restara más alternativa que la adulación.

 

    Jesús es el Mesías anunciando por el AT, pero no es el Mesías poderoso, rico, y deslumbrante que la gente esperaba. Jesús es el Mesías, pero ejerce su ministerio actuando como el “Hijo del Hombre”. Aplicado a Jesús, el título “Hijo del Hombre” indica que Jesús no libera desde la fuerza del poder, la capacidad material de tener o la astucia de la apariencia; sino desde la humildad, la actitud de servicio, y la vida compartida.

 

    Jesús no redime con el poder sino desde la entrega y el servicio: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mt 20,28). Jesús no salva desde la riqueza, sino compartiendo la vida con todos: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres ... luego ven y sígueme” (Mt 19,21). Jesús no libera mediante la apariencia deslumbrante, sino desde el oprobio de la cruz: “... se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8).

 

    Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado en la Antigua Alianza, pero matiza su mesianismo con el título de “Hijo del Hombre”. Jesús es el Mesías que enseña a amar con los criterios de Dios: servicio, humildad, y experiencia de vida compartida.

 

 

 

2. Jesús: el Hijo del Hombre que actúa como Siervo de Yahvé.

 

    La expresión “Hijo del Hombre” designó, en sus orígenes, al hombre mismo contemplado desde su caducidad (Job 25,6), después adquirió un significado profundo. Veámoslo.

 

a. Durante el exilio de Babilonia (587-538 aC).

 

    El exilio fue un tiempo difícil y a la vez privilegiado para el pueblo hebreo. Lejos de su patria, el pueblo se sentía débil e imploraba la ayuda de Dios. El Señor suscitó entre los desterrados al profeta Ezequiel a quien llamaba “Hijo del hombre” (Ez 2,1.3). El título “Hijo del Hombre” no señala sólo la caducidad humana de Ezequiel, designa metafóricamente a Israel oprimido que súplica el auxilio divino para sobrevivir.

 

b. Durante la persecución de Antíoco IV Epífanes (175-163 aC).

 

    El rey Antíoco IV oprimió al pueblo judío y atacó con violencia su religión y sus costumbres. Durante la persecución, un autor anónimo, escribió el libro de Daniel para infundir esperanza en el pueblo desolado. La obra de Daniel, a través de la alegoría histórica, narra el sufrimiento de Israel y testimonia la resistencia del pueblo que confía en la ayuda del Señor.

 

    En el momento más cruel de la persecución (Dan 7), el libro describe a alguien semejante a un “Hijo del Hombre” presentándose ante el “Anciano” (Dan 7,13). El “Hijo del Hombre” simboliza a la comunidad fiel al Señor que no sucumbe a las insidias del opresor (Dan 7,18), y el “Anciano” representa a Dios que otorga a la comunidad fiel la victoria final (Dan 7,27).

 

    La voz “Hijo del Hombre”, durante la persecución de Antíoco IV, encarna a la comunidad oprimida y fiel al Señor, a la que la perseverancia y la fe otorgan el triunfo definitivo.

 

c. En la época de Jesús.

 

    Además del AT el pueblo hebreo redactó excelentes libros, entre ellos destaca “el Apocalipsis de Henoc”. Leído en perspectiva catequética, el libro presenta al Hijo del Hombre como un personaje misterioso que Dios guarda en el cielo para enviarlo a la tierra en los últimos tiempos. El Hijo del Hombre actuaría desde la humildad, el servicio y la vida compartida, y devendría juez, salvador y protector de los justos.

 

    Tres diferencias separan el concepto de “Hijo del Hombre” propio de la época de Daniel, de la connotación que tenía en la época de Jesús. El Hijo del Hombre no designa ya una comunidad sino a un individuo concreto. El Hijo del Hombre no vive en la Tierra, sino que permanece en el Cielo para intervenir al final de la Historia. El Hijo del Hombre no experimentará ningún dolor al actuar como salvador, juez y protector.

 

    La diferencia crucial es la tercera: el Hijo del Hombre no experimenta sufrimiento alguno cuando actúa con humildad, presta servicio a todos, y comparte la vida con los discípulos y los pobres.

 

d. El Hijo del Hombre en la comprensión de Jesús.

 

    Jesús explica a sus discípulos la manera en que Él es Hijo del Hombre: “... empezó a enseñarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían, y a los tres días resucitaría” (Mc 8,31), pero sus discípulos no entienden nada (Mc 8,32).

 

    Los apóstoles, igual que la gente de su tiempo, pensaban que el Hijo del Hombre sería capaz de amar sin que le supusiera ningún padecimiento; cuando lo cierto es que amar significa mucho esfuerzo y grandes renuncias. Servir implica arrodillarse para lavar los pies al hermano (Ju 13,1-20), y compartir implica entregarse gratuitamente para el bien del prójimo (Mt 7,7-12).

 

    Si Jesús se presentase como el Hijo del Hombre según la opinión de su época, los discípulos creerían que servir, compartir, y ser humilde no implica ningún esfuerzo. Jesús es el Hijo del Hombre, pero afirma que la opción por el amor supone la entrega y el sufrimiento para edificar el Reino de Dios (cf. Mc 8,31).

 

    El estilo en que Jesús vive como Hijo del Hombre se denomina en el lenguaje bíblico “Siervo de Yahvé”. Desde la óptica catequética, el Siervo de Yahvé es el Hijo del Hombre que trae la salvación viviendo la humildad, experimentado la vida compartida, sirviendo a todos, y percibiendo en todo eso el cumplimiento de la voluntad de Dios.

 

 

 

3. Jesús: el Siervo de Yahvé.

 

    El AT confiere el título de “Siervo” a los hombres elegidos por Dios para guiar a Israel. Sin embargo la connotación específica del término aparece en el Segundo Isaías. Recordemos que Is 40-55 afirma, básicamente, que Dios es Dios, no sólo porque sea eterno u omnisciente, sino porque interviene en la Historia humana.

 

     A lo largo de Is 40-55, Dios interviene en el la historia de Israel mediante las figuras de Ciro y el Siervo. Ciro es el mediador divino para la liberación del pueblo exiliado (Is 41,1-5; 45,1-8); mientras el Siervo, a través de su vida entregada por amor, consigue la pervivencia de la identidad israelita, simbolizada en la reconstrucción de Jerusalén (Is 54,1 - 55,5). Cuatro poemas denominados “Cánticos del Siervo” (Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-11; 52,13 - 53,12) describen su entrega amorosa en favor de Israel deportado.

 

     Jesús asume la misión del Siervo descrito en la obra de Isaías. Jesús es la luz del Mundo (Ju 8,12) y el liberador de los pobres (Lc 4,18-19). Como le sucedía al Siervo descrito en los Cánticos; Jesús es despreciado y considerado un malhechor (Lc 22,37), y entrega su vida hasta quedar desfigurado y morir en la cruz (Mt 26,28), pero a los tres días resucita (Mt 28,1-9). La semejanza entre el proceso de Jesús y el Siervo aparece bellamente expuesto en la Carta a los Filipenses: “Dios lo exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre ... para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,8-11).

 

    Intentemos sintetizar lo que hasta ahora hemos expuesto. Jesús es el Mesías anunciado por el AT que matiza su mesianismo desde la perspectiva del Hijo del Hombre: la actuación de Jesús manifiesta la humildad, el servicio y la vida compartida. Seguidamente, Jesús perfila su actuación como Hijo del Hombre desde la óptica del Siervo de Yahvé presentado por Isaías: Jesús entrega realmente su vida por amor, sufre para salvarnos, y padece practicando la humildad, el servicio y la vida compartida. Pero todavía falta lo más importante, Jesús mostrará a sus discípulos su intimidad con Dios.

 

 

 

4. Jesús de Nazaret: El Señor

 

    La transfiguración permitió a Pedro, Santiago y Juan, sondear la intimidad de Jesús con Dios (Lc 9,28-36); pero sólo la experiencia de la resurrección y la ascensión (Lc 24,36-53), junto al don del Espíritu Santo (Ac 2,1-13) permitirá a los apóstoles confesar que Jesús es el Señor. Después de recibir el Espíritu, Pedro dirige un discurso al pueblo que concluye con estas palabras: “Así pues, que todos los israelitas tengan la certeza de que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús que vosotros crucificasteis” (Ac 2,36). Ciertamente, “nadie puede decir: Jesús es Señor, sino está movido por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3).

 

    ¿De dónde procede el título “Señor” que la primera comunidad cristiana, impulsada por el Espíritu Santo, otorga a Jesús?

 

    La comunidad judía de Alejandría (Egipto) tradujo el AT hebreo al griego entre los siglos III y II aC. en la llamada “Traducción de los Setenta”. Cuando el traductor hallaba el término hebreo “Yahvé” que significa Dios, solía traducirlo con la palabra griega “Kurios” equivalente a la voz “Señor”. El texto del AT más utilizado por los cristianos no fue el hebreo, sino el griego; pues la Iglesia, al ser intrínsecamente misionera, necesitaba exponer la Palabra en una lengua comprendida por todos como era entonces el griego. Así como la Traducción de los Setenta denomina a Dios  “Señor”; el NT, redactado en griego, llama a Jesús “Señor”, apreciando en Jesús de Nazaret la plenitud de la actuación divina en la Historia iniciada ya en el AT.

 

    Yahvé, el “Señor” en la traducción griega del AT, modelaba a Israel mediante cinco etapas privilegiadas: Liberación (Ex 1-15), acompañamiento (Gen 12-50), creación (Gen 1,1 - 2,3; Is 43,1-7), perdón (Os 1-3), y vida para siempre (Sab 3,1-5). Jesús, el “Señor”, forja a la comunidad mediante las mismas cinco etapas, y a través de la Iglesia anuncia a la humanidad entera la paternidad de Dios y la certeza del Reino.

 

a. Jesús libera.

 

    Yahvé liberó a Israel de la esclavitud de Egipto (Ex 1-15); también Jesús ha venido “... a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18b-19). La liberación concedida por Jesús aparece principalmente en los milagros. ¿Qué es un milagro?

 

    Fijémonos en el texto de “Los Diez Leprosos” (Lc 17,11-19). Jesús encuentra diez leprosos y les dice “id a presentaros a los sacerdotes”. Los israelitas llamaban lepra a toda mancha de la piel (Lv 13). Los sacerdotes la diagnosticaban, y por eso Jesús los manda al sacerdote. Los leprosos vivían miserablemente en descampado (Lv 13,45), y esperaban al Mesías para que les curara de su dolencia (Lc 7,18-23).

 

     Mientras iban de camino quedaron purificados de la lepra, uno de ellos notando que estaba curado...”. Nueve han sido “purificados” pero sólo uno ha sido “curado”. La “purificación” indica el cambio externo por el que las manchas de la piel desaparecen. Los nueve “purificados” ven en Jesús sólo a alguien capaz de cambiarles exteriormente. En cambio, la “curación” denota una transformación interior que se manifiesta externamente. Las manchas desaparecen, como en los otros nueve, pero a través de la volatilización de las manchas el hombre curado percibe en Jesús la actuación divina: ese es el auténtico milagro.

 

    El verdadero milagro no consiste en el cese de la enfermedad, sino en descubrir a través de la curación presencia de Dios que cura. En el AT Dios es el que cura a Israel “Yo soy Yahvé el que te cura” (Ex 15,26). El hombre curado se prosterna ante la manifestación de la divinidad. Para el leproso curado acontece el milagro, mediante la eliminación de la lepra capta en Jesús la presencia de Dios que cura.

 

b. Jesús acompaña.

 

    Jesús atrae a las multitudes (Mc 3,7-11) y a los discípulos (Mc 2,23), entre quienes elige a los Doce (Mc 3,13-18), intima con Pedro, Santiago y Juan (Mc 9,2) mientras las mujeres le siguen desde Galilea hasta la cruz y la sepultura (Mc 15,40).

 

    Jesús habla a las multitudes mediante parábolas entresacadas del lenguaje popular: “Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto que las aves del cielo anidan en sus ramas” (Mt 13,31-32).

 

    La parábola compara dos entidades de magnitud muy diversa; en nuestro caso, la pequeñez del grano de mostaza, con el árbol que engendra. La parábola propone, desde la comparación, una opción y ofrece una enseñanza. La opción cristiana consiste en plantar el grano de mostaza, símbolo del Reino de Dios, para que brote en la tierra el Amor. La enseñanza muestra que de la tarea cristiana, a veces pequeña como el grano de mostaza, siempre germina el Reino de Dios.

 

    Jesús no se limitó a acompañar a las multitudes y a los discípulos en Palestina, sino que prometió su presencia permanente: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (Mt 28,20).

 

c. Jesús crea.

 

    El NT asume como el AT la noción según la que Dios es el creador de todo (Gen 1,1 -  2,3), pero añade que lo hizo todo por Cristo: “... para nosotros no hay más que un Dios:  el Padre de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por quien han sido creadas todas las cosas y por quien también nosotros existimos” (1Cor 8,6). La nueva creación empieza en Cristo: “Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura” (2Cor 5,17).

 

    La tierra era caótica y vacía (Gen 1,2), pero la Palabra de Dios la convirtió en un Cosmos ordenado (Gen 1,1 - 2,3). Sólo la relación con Cristo transforma la existencia humana. El encuentro de Jesús con la samaritana convierte a aquella mujer en criatura nueva (Ju 4,1-42). Detengámonos un momento en el diálogo entre Jesús y la samaritana.

 

    Judíos y samaritanos por razones religiosas y raciales se odiaban mutuamente. Para recalcar la importancia del encuentro entre Jesús y la mujer, el texto precisa el lugar y la hora: “cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José ... estaba el pozo de Jacob ... era cerca de mediodía” (Ju 4,5-6). Ambos tienen sed; por una parte la samaritana saca agua, y por otra Jesús le pide de beber.

 

    Junto al pozo se encuentran la sed de la mujer y la sed de Jesús. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. Junto al pozo brota en el corazón de la mujer la experiencia central de la vida: el encuentro personal con Jesús. Ella y los samaritanos afirman “... estamos convencidos de que Él (Jesús) es verdaderamente el salvador del Mundo” (Ju 4,42).

 

    El resultado del encuentro personal con Cristo implica conocer a Dios en Espíritu y en Verdad (Ju 4, 3-24). Adorar a Dios en Verdad supone ser discípulo de Jesús y servidor de los hermanos. Adorar al Padre en Espíritu significa saber que la paga del amor es conocer la paternidad de Dios (Rom 8,5; Gal 4,6), y disfrutar de los dones del Espíritu: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre, y dominio de sí mismo” (Gal 5,22-23).

 

    La mujer y los samaritanos han sido creados de nuevo porque Jesús ha dado a su existencia un sentido nuevo. Han transformado el ancestral odio entre judíos y samaritanos en el reconocimiento de Jesús, un judío, como verdadero salvador.

 

d. Jesús perdona.

 

    La narración de Zaqueo muestra la forma en que Jesús confiere el perdón (Lc 19, 1-10). Zaqueo era jefe de cobradores de impuestos y muy rico. El sistema impositivo era desorbitado y los recaudadores se enriquecían extorsionando al pueblo, por eso recibían el desprecio de las gentes y eran considerados pecadores. Zaqueo deseaba conocer a Jesús, pero el gentío y su baja estatura se lo impedían, pero es Jesús quien se adelanta a mirarle y le dirige la palabra.

 

    El verbo griego que traducimos con la palabra “mirar”, significa “mirar en lo más hondo del corazón”. Jesús no se limita a observar, su mirada transforma de raíz a la persona. Jesús no contempla sólo el mal que Zaqueo ha hecho sino el bien que todavía puede realizar. Jesús le dice: “Baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19,5).

 

    La mirada y la palabra de Jesús devuelven a Zaqueo la dignidad, pues “... se pone en pie ante el Señor ...” (Lc 19,8). Sólo el perdón, manifestado en la mirada y la voz de Jesús, devuelven a Zaqueo la dignidad perdida. Quien se sabe perdonado puede gritar con el salmista “mi refugio es el Señor y proclamaré sus maravillas” (Sal 73,28). Por eso Zaqueo llama a Jesús “Señor” (Lc 19,8), Jesús no es un personaje curioso que atraviesa la ciudad, sino el único en quien vale la pena depositar la vida.

 

    Zaqueo cuando ha experimentado el perdón deviene una persona convertida: “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más” (Lc 19,8). La conversión radica en cambiar de vida para proclamar las maravillas que Dios hace por nosotros (cf Sal 73,28). Zaqueo hace mucho más de lo mandado en el AT: “aquello que ha sido robado debe devolverse con el recargo de una quinta parte” (Lv 5, 21-25), pues quien recibe verdaderamente el perdón no pone límites al amor.

 

    La mirada y la palabra junto al deseo de alojarse en casa del cobrador, han otorgado el perdón a Zaqueo. El perdón le ha restituido la dignidad y le ha permitido ver en Jesús al único Señor de su vida. Una vez perdonado, Zaqueo se convierte y retorna al prójimo la misericordia recibida del Señor.

 

 

e. Jesús otorga la vida para siempre.

 

     El relato de la pasión que narra el evangelio de Lucas muestra la lucha interna de Jesús. El Señor sufre el dolor de la cruz sabiéndose en las manos del Padre que le otorgará la victoria final. “¡Ha resucitado!” es la Buena Nueva que anuncian los dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que acuden al sepulcro ( Lc 24,6).

 

     Jesús muestra una bondad que transforma a sus verdugos y a quienes lo condenan: Pilato lo proclama inocente tres veces (Lc 23,4.14.22), así como las mujeres y el pueblo (Lc 23,27-28), el buen ladrón (Lc 23,41), y el centurión (Lc 23,47).

 

    En la narración de la crucifixión aparece el episodio del “Buen Ladrón” (Lc 23,32-33.39-43) que describe la última acción de Jesús en favor de los débiles: el Señor vierte su misericordia, convertida en esperanza, en el corazón del ladrón a quien promete el Paraíso. Toda la vida de Jesús es la manifestación de la misericordia de Dios entre los hombres. El Buen Ladrón se dirige a Jesús con una plegaria caracterizada por la humildad, la gratuidad y el sufrimiento.

 

    El mismo reconoce que padece la cruz a causa de su propia culpa: “Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos” (Lc 23,41). La situación denota la humildad: la actitud de ser realista ante los avatares de la vida. No culpa de su situación a otra persona, él mismo asume la propia responsabilidad.

 

    Al verse tal como es, nace en su corazón la capacidad de comprender a Jesús, y dice: “éste no ha hecho nada malo” (Lc 23,41). Cuando la muchedumbre se burla de Cristo, sólo él, prototipo de hombre humilde, reconoce la bondad de Jesús. ¿Qué mal había hecho Jesús? Sólo “los ancianos del pueblo, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley” (Lc 22,66) presentan ante Pilato acusaciones contra él (Lc 23,1). Jesús no hizo nada malo. Su vida fue una denuncia contra todos los que, desde su condición de poder, obran mal;  y por eso, estos mismos, lo han condenado a muerte.

 

    Desde el sufrimiento en la cruz, la plegaria del ladrón llama a la puerta de la bondad de Cristo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey” (Lc 23,42). Jesús entrega su vida por todos los hombres en la cima del Calvario. Los dos ladrones padecen la cruz y, como los israelitas en Egipto, gritan su dolor; pero Jesús muere en la cruz por ellos y, sin que ellos lo sepan, inaugura el Reino de Dios, la nueva tierra prometida.

 

    Dios, en el AT, acogía en sus manos al justo que sufría la persecución de los impíos como dice el libro de la Sabiduría: “La vida de los justos está en las manos de Dios, y ningún tormento la alcanzará” (Sab 3,1). Igualmente, el buen ladrón redimido por Jesús, es acogido a una vida nueva para siempre con Él: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). El buen ladrón alcanza la vida para siempre en las buenas manos de Dios; la vida nueva, esa es la meta de todo cristiano.

 

 

 

5. Breve síntesis final.

 

    Dios a lo largo del AT interviene especialmente en la historia de su pueblo propiciando la liberación. Los profetas son los mediadores privilegiados para manifestar la voluntad del Señor, pues no se cansó de acompañar a su pueblo mediante su voz enardecida y exigente. Ellos recordaron a Israel el camino que conduce al encuentro con Dios: la exigencia de la justicia y la vivencia de la ternura; la seguridad de saberse en manos de Dios y la certeza de que el Señor no falla nunca; la confianza de que Dios vierte constantemente en la vida humana la fuerza de su palabra y el vigor de su espíritu; y, la convicción de que el Señor concede a la comunidad fiel la victoria final.

 

    El Señor que en tiempos antiguos habló por los profetas, se dirige hoy a nuestra vida desde la Buena Noticia del Evangelio. El rostro de Dios que tantas veces se halla escondido entre las páginas del AT, se manifiesta en la mirada de Jesús. Él es el Mesías prometido que ejerce su ministerio actuando como el Hijo del Hombre, y  entregándose por nosotros como el Siervo de Yahvé.

 

    Jesús no limita su mensaje a un modelo ético brillante, sino que nos quiere para sí. Tras la resurrección y el don del Espíritu Santo, los discípulos perciben plenamente la intimidad de Jesús. Él es la presencia encarnada de Dios entre nosotros que modela nuestra vida amándonos con un amor apasionado.

 

 

 

6. Lectio Divina: Lectura de la Biblia en grupo.

 

a. Damos comienzo al encuentro con una oración comunitaria. Rezamos el Salmo 1 pidiendo al Señor que conduzca nuestra vida por el camino de su Reino.

 

b. Leamos el texto de la Bienaventuranzas despacio (Mt 5,1-11). Fijémonos en el escenario en el que Jesús predica, y apreciemos el significado de cada bienaventuranza ayudándonos con las notas de la Biblia.

 

c. ¿Que me dice el texto?

    Preguntémonos en silencio: ¿quiénes son los destinatarios de las bienaventuranzas?, ¿qué significa en mi vida la opción por los pobres?, ¿qué representa Jesús en mi vida? Comentemos en grupo nuestras respuestas.

 

d. ¿Qué le respondo a la vida?

    Volvamos a leer el texto y meditémoslo después en silencio. Preguntémonos: ¿cómo puedo vivir la misericordia?, ¿de qué modo puedo comprometerme en favor de la paz y la justicia?; ¿de qué manera puedo ser más transparente? es decir ¿cómo puedo ser limpio de corazón?, ¿dónde he de manifestar mi solidaridad?

 

e. Concluyamos con una oración dando gracias al Señor por que es Él quien forja nuestra vida con ternura y misericordia. Recemos despacio la plegaria con la que concluye la Sagrada Escritura (Ap 22,20), y pidamos a Jesús que llene nuestra vida de sentido.