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domingo, 17 de enero de 2021

MESOPOTAMIA

 



                                                    Francesc Ramis Darder

                                                    bibliayoriente.blogspot.com

domingo, 23 de junio de 2019

MESOPOTAMIA




                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Mesopotamia y el Antiguo Testamento

Ramis Darder, Francesc

Mesopotamia y el Antiguo TestamentoFormato impreso
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Colección: El mundo de la Biblia
Subcolección: El mundo de la Biblia
ISBN:978-84-9073-490-2
Código EVD:0800049
Edición:1
Páginas:240
Tamaño:170 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada mate con barniz UVI brillo, con solapas
Precio sin IVA: 19,23 €
PVP: 20,00 €
Versión digitalVersión digital: Precio:9,49 €
El conocimiento de la historia y la literatura de Mesopotamia constituye el entramado necesario para la buena comprensión de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. La narración del Diluvio se entrelaza con la epopeya de Gilgamesh; el Código de Hammurabi asoma entre la legislación bíblica; el zigurat de Babilonia deja entrever su silueta en la mención de la Torre de Babel; mientras la leyenda de Sargón orienta la mirada hacia la figura de Moisés.

El lector inquieto por conocer la relación entre la Biblia y el mundo oriental encontrará en este libro una guía para escuchar el eco de Mesopotamia entre las líneas de la Sagrada Escritura.

viernes, 6 de julio de 2018

¿QUIÉN ES NARAN-SIN?


                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Naran-Sin (2254-2218 a.C.).

A la muerte de Manishtusu, accedió al trono su hijo Naran-Sin. El reinado de Sargón, “el rey auténtico”, había plasmado más bien el deseo, como hemos señalado, de dominar las “Cuatro Regiones”; pero el apelativo de Naran-Sin, “poderoso dios de Akkad”, desvelaba su pretensión por ejercer un dominio auténtico y universal. Comenzó imponiendo su autoridad sobre las ciudades sumerias, que se habían alzado a la muerte de su padre. Fiel al aura conquistadora, heroica y guerrera de Sargón, atacó Elam; aunque no pudiera conquistarlo, dominó la región de Susa, al este de Mesopotamia. Después, embistió contra Magán, en la península arábica, haciéndose con el control comercial del Golfo Pérsico. Seguidamente, sometió Subartu, al norte; dominó las regiones del río Harbur y el curso medio del Eúfrates, ricas en el aspecto agropecuario; exploró el túnel del Eúfrates; estableció guarniciones en Assur, Nínive y Tel-Brak para controlar la zona norteña y el acceso hacia Anatolia. Más tarde penetró en Siria, destruyó la ciudad de Ebla, gran emporio comercial, y alcanzó los Montes Amano y el Mediterráneo. Como atestigua la historia, los acadios adoptaron la escritura cuneiforme, inventada por los sumerios, para escribir la lengua acadia. Ahora bien, Naran-Sin estableció un tipo de escritura cuneiforme más clara que, inscrita sobre tablillas rectangulares en vez de las antiguas redondeadas, unificó los diversos estilos de escritura local; muy a menudo, las tablillas oficiales portaban el sello identificativo. Sin duda, la unificación de la escritura fue el embrión de reforma administrativa del imperio. Levantó fortalezas e hizo obras hidráulicas; reconstruyó templos, especialmente el Ekur, el santuario de Enllil en Nippur. Naran-Sin acariciaba el sueño de Sargón: era señor veraz de las “Cuatro Regiones”; así detentó el control del comercio que propició la riqueza del país.

    La prestancia del rey determinó que quisiera investirse de atributos divinos. Hizo inscribir una “estrella”, símbolo de la divinidad, ante su título de “Rey de las Cuatro Regiones”; exigió de sus artistas que le plasmaran con la tiara dotada de cuernos, símbolo de la divinidad; y determinó que sus siervos le llamaran “poderoso dios de Akkad”. Como hiciera su abuelo, nombró a su hija sacerdotisa principal del templo del dios Sin en la ciudad de Ur. Seguramente, el monumento que mejor representa la grandeza conquistadora y la pretensión divina del rey sea la “Estela de la Victoria”. Ensalza, por una parte, el triunfo de Naran-Sin sobre los lulubitas, invasores extranjeros; por otra, representa al rey ciñendo una corona con cuernos, símbolo de la divinidad; y finalmente, muestra al soberano ascendiendo por la montaña que conduce al cielo. Debido a su importancia simbólica, los elemitas, en el siglo XII a.C., robaron la estela y la instalaron en Susa. Mientras los reyes sumerios, como señala la “Lista Real Sumeria”, descendían del cielo a la tierra, la “Estela de la Victoria” enfatiza como la realeza acadia asciende de la tierra hacia el cielo.

   Sin embargo, su reinado no estuvo exento de problemas. La solidez del imperio dependía de la autoridad militar del monarca, sin estar fundada sobre la cohesión jurídica del territorio; por eso cuando aparecía una crisis palaciega, provocada por la ausencia del rey o la disensión entre los nobles, estallaban disturbios en las regiones. Además, los llamados “extraños”, quienes no pertenecían a los dominios de Naran-Sin, codiciaban las riquezas de Akkad a la vez que estaban dolidos por la depredación que les infligían los acadios; así los lulubitas, originarios del Luristán, al sur del actual Irán, y los Qutu, procedentes de los Montes Zagros comenzaron a penetrar en el imperio. Tanto el rey como las élites dominantes sufrieron la inquina del pueblo, pues la desposesión de las tierras, iniciada ya en época de Manishtusu, para entregarlas a la nobleza arrojaba a buena parte de la población a la servidumbre. Como hemos expuesto, Sargón se hizo llamar “Rey de Kish” antes de erigir la capital en Akkad; sin embargo, Naran-Sin desdeñó el título de “Rey de Kish”. Cuando Kish perdió los privilegios que tenía por ser ciudad coronada, brotó el descontento entre la población. El descontento de Kish unido al recelo de Sumer, convertido en antaño en provincia por Manishtusu, alentó la rebelión del Sur que fue reprimido con dureza por Nran-Sin.  Además, la destrucción de Ebla y la guerra con Elam eclipsaron el comercio, generaron pobreza y despoblación de los territorios. En definitiva, la caída del comercio, las invasiones extranjeras, la falta de cohesión jurídica, el descontento popular, y las sublevaciones internas agrietaron los dominios acadios en los últimos años de Naran-Sin.  

domingo, 18 de febrero de 2018

¿QUIÉN ES NABUCODONOSOR?



                                                    Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com


Después de la caída de Asiria, la coalición medo-caldea se repartió la zona conquistada. Además del dominio que detentaban  sobre territorio elamita, los medos tomaron posesión de la región de Harran, en Siria nororiental y fronteriza con Anatolia, quizá con la intención extenderse hacia la península anatolia. Los caldeos, a quienes desde ahora y apelando a la denominación política llamaremos babilonios, asumieron el control del territorio asirio en Mesopotamia; territorio asolado por la guerra, con las estructuras hidráulicas deterioradas, y la población empobrecida y diseminada.

    No obstante, los babilonios no ocuparon la totalidad del territorio asirio, sino solo las ciudades de importancia comercial que habían soslayado los desastres de la guerra; un ejemplo de asentamiento babilónico lo constituye la ciudad de Arba’ilu, en la zona septentrional, centro comercial y nudo de comunicaciones que había quedado relativamente indemne durante la guerra. El desinterés babilónico por alentar el desarrollo del antiguo territorio asirio constituye, en cierta medida, la réplica de Babilonia contra la política unidireccional de Asiria centrada, como expusimos, en depredar las naciones conquistadas para disfrute propio. Así como Asiria no había invertido en la mejora de los reinos conquistados, tampoco Babilonia invirtió demasiado en la regeneración de Asiria; sin duda, Babilonia no quería alentar el resurgimiento de Asiria, enemigo feroz, sino tan solo beneficiarse del despojo que restaba en el antiguo territorio asirio después de la guerra.

    Una vez establecida la subordinación de los asirios, el objetivo político de Babilonia estribaba en tres cuestiones primordiales. En primer lugar, los babilonios aspiraban a la recuperación del antiguo abolengo espiritual, legislativo, económico y cultural, propio de los tiempos de Hammurabi. En segundo término, la política babilónica suspiraba por convertir el nuevo reino en el imperio capaz de conducir el destino histórico de Oriente. Finalmente, y a modo de corolario del punto anterior, Babilonia deseaba retomar el poder sobre las zonas periféricas que habían dependido del extinto imperio asirio, sobre todo Elam y Siria-palestina, tan necesarias para el desarrollo comercial y el dominio de Oriente. La recuperación de la prestancia de la antigua Babilonia alcanzará su cenit, como veremos en el apartado siguiente, durante el reinado de Nabucodonosor II (604-562 a.C.); pero ahora centraremos el estudio en el dominio babilónico sobre las zonas periféricas y en la conformación del imperio.

    La periferia oriental, el territorio elamita, quedó repartido entre babilonios y medos. Los babilonios heredaron la extensa llanura, centrada en la ciudad de Susa, llamada posteriormente “Susiana”, importante por sus vías comerciales hacia Oriente. Los medos tomaron posesión de la región montañosa de Anshan, al norte de la Susiana; confiaron el control de la región a las tribus persas, sometidas a vasallaje medo, y establecidas en la zona. Conviene recordar que los persas, como los medos, pertenecen al tronco indoeuropeo. Como dijimos en su momento, medos y persas, entre 1200 y 1000 a.C., atravesaron el Caúcaso para asentarse en la vecindad del lago Urmiah. Hacia el 900 a.C., ambos grupos, aprovechando la decadencia elamita, detentaban el control de la región irania; el mismo Salmanasar III (858-824 a.C.) trabó contacto con medos y persas, mientras su sucesor, Shamshi-Adad V (823-811 a.C.), tuvo que enfrentarse con ellos. Más adelante, a finales del siglo VIII a.C. o inicios del VII a.C., los persas fueron descendiendo a lo largo de los Zagros hasta instalarse en la región de Shirâz, en el suroeste del territorio iranio. Así pues, aunque los persas fueran vasallos de los medos, iban conformándose como un pueblo relevante, fronterizo con el territorio babilónico.

    La periferia occidental, la región sirio-palestina, había estado sometida al vasallaje asirio. Sin embargo, la caída de Asiria no significó la independencia de la zona, sino la sumisión inmediata y momentánea  al dominio egipcio. Como dijimos, la coalición medo-babilónica derrotó al ejército egipcio-asirio en Harran; entonces, Asur-uballit II se batió en retirada (610 a.C.); como también señalamos, cuando al año siguiente Ashur-uballit intentó conquistar Harran, murió en el intento (609 a.C.). Ahora bien, mientras Ashur-uballit intentaba la conquista de Harran, en Egipto fallecía Psamético I, y subía al trono Necao II (609-594 a.C.). El nuevo faraón, seguramente fingiendo auxiliar a la moribunda asiria, envió un ejército para socorrer a Asur-uballit. No obstante, la intención del faraón radicaba en ocupar la zona sirio-palestina, casi desvinculada del dominio asirio, y amenazada por la autoridad babilónica. Mientras las tropas de Necao atravesaban y ocupaban Siria-palestina, el rey de Judá, Josías (640-609 a.C.), les presentó batalla en Meggido, importante nudo de comunicaciones. Josías pereció en la batalla (609 a.C.) y el faraón continuó su camino hacia Siria; entonces, los nobles de Jerusalén entronizaron a Joacaz como rey de Judá. En su avance hacia el norte, Necao conquistó la ciudad de Carquemish; situada en el noroeste de Siria, constituía un enclave comercial decisivo para el comercio entre Mesopotamia y el área siro-palestina, vital a su vez para las relaciones con el Egeo. La injerencia egipcia desencadenó, como es obvio, la respuesta babilónica, pues el dominio sobre Siria-Palestina determinaba, en buena medida, la magnificencia de Babilonia. Como señalamos, el babilonio Nabû-apla-asur había acabado con el asirio Ashur-uballit y se había enseñoreado de Asiria (609 a.C.); pero, entrado en años, encargó la recuperación de Carquemish y la zona siro-palestina a su hijo, Nabû-kudurri-usur, el futuro Nabucodonosor II (607 a.C.). En su decidido avance, el príncipe reconquistó Carquemish (605 a.C.), ocupó la región siro-palestina, y alcanzó la frontera egipcia en Pelusium. Cuando los egipcios se retiraban ante el empuje babilónico, Necao apresó al rey de Judá, Joacaz, y lo deportó a Egipto; en su lugar impuso como rey a Joaquín (605-597 a.C.). Mientras Nabucodonosor acampaba en Pelusium, recibió la noticia de la muerte de su padre; enseguida volvió a Babilonia donde fue coronado rey (605 a.C.).

    Nabucodonosor II (605-562 a.C.) emergía como emperador indiscutido; dominaba Mesopotamia, el occidente elamita, la región siro-palestina, y mantenía a raya las pretensiones egipcias. Aun así, pronto estallaron conflictos en la región siro-palestina. Por una parte, la caída de Asiria determinó el fin del tributo que arameos, fenicios, filisteos, y judaítas abonaban en Nínive, y que ahora eran renuentes a pagar en Babilonia. Por otra, el país del Nilo, dolido de su fracaso en Siria-palestina, instigaba a los reinos de la región contra la soberanía babilónica. Ambas cuestiones, propiciaron que Nabucodonosor emprendiera sucesivas campañas en Siria-palestina. En 604 a.C., destruyó la villa de Ascalón, en territorio filisteo, que había encabezado, con apoyo egipcio, una coalición contra el dominio babilónico en la región; el mismo año, exigió a Damasco, en territorio sirio, a Jerusalén, capital de Judá, y a Tiro y Sidón, ejes comerciales de Fenicia, el impuesto debido. Con intención de frenar la injerencia egipcia, combatió contra el País del Nilo; el resultado de la batalla, por demás sangrienta, acabó en tablas (601 a.C.). A continuación, luchó contra los arameos en Siria y saqueó los campamentos árabes en el desierto siro-arábigo (599 a.C.). Aunque el objetivo de esta contienda parezca incierto, parece deberse a la respuesta babilónica contra la campaña que Egipto desarrolló en Siria para azuzar a arameos y árabes contra Babilonia (600 a.C.). Sin duda, el apoyo egipcio instigó al rey de Judá, Joaquín, a rebelarse contra Babilonia (598 a.C.). Nabucodonosor sitió Jerusalén. Durante el asedio murió Joaquín, y subió al trono Jeconías. Nabucodonosor tomó la ciudad; deportó a Jeconías, junto con un contingente de población, a Babilonia, e impuso como rey a Sedecías (597-587 a.C.). Más tarde el faraón Apries (588-568 a.C.), sucesor de Psamético II, deseoso de controlar Siria-palestina, conquistó Gaza, ciudad filistea, y embistió contra Tiro y Sidón, emporios filisteos (588 a.C.). Por si fuera poco, el faraón alentó la rebelión de Sedecías, rey de Judá, contra la autoridad babilónica. Ante la asonada, Nabucodonosor acuarteló sus tropas en Ribla, el noroeste de Siria, cerca de Homs, e inició la reconquista de Siria-palestina. Conquistó Jerusalén y deportó a Sedecías, junto a otro contingente judaíta, a Babilonia, e impuso como gobernador a un noble del país, Godolías (587-582 a.C.). A los pocos años, estalló otra rebelión en territorio judaíta (582 a.C.). Godolías fue asesinado; a modo de represalia, las tropas babilónicas deportaron un tercer contingente judaíta a Babilonia. La consecuencia de la rebelión judaíta no pudo ser más dura, pues el reino de Judá desaparecía para formar parte del Imperio babilónico. El control babilónico de Siria-palestina, prosiguió con la rendición de Tiro, tras trece años de asedio, y culminó con la victoria babilónica sobre las tropas del faraón Amasis (568-526 a.C.), sucesor de Apries, (ca. 586 a.C.). La sumisión de Tiro, la conquista de Judá, y la victoria sobre Egipto aseguraban el dominio babilónico en Siria-palestina.

    La periferia septentrional constataba el continuo avance de los medos hacia el noroeste; primero se hicieron con la zona de Harran, en el noroeste de Siria (610 a.C.), después invadieron Urartu, en el norte, y penetraron en Capadocia, en territorio anatolio (ca. 590 a.C.). La llegada de los medos, capitaneados por Ciaxares (653-585 a.C.), a la región anatolia, determinó la confrontación con Aliattes, rey de Lidia. Ambos ejércitos se enfrentaron en la llamada “batalla del eclipse” (585 a.C.), de resultado incierto. Entonces Nabucodonosor, soberano indiscutido de Oriente, actuó de intermediario entre ambos pueblos; propició la paz, y estableció la frontera entre medos y lidios en el río Halis. Ahora bien, Nabucodonosor quiso resguardar la frontera septentrional de posibles invasiones; por eso tomó posesión de Cilicia, en Anatolia, ocupada por los medos, y, quizá resabiado de Ciaxares, fortificó las plazas fuertes que lindaban con el antiguo territorio de Urartu, ahora en manos de los medos. A lo largo de la primera parte de su reinado (604-585 a.C.), Nabucodonosor había encumbrado Babilonia al rango de mayor potencia oriental. Dominaba Mesopotamia, tanto la zona babilónica como el área asiria, controlaba la región siro-palestina, hacia occidente, y el territorio elamita, hacia oriente, y mantenía la soberanía sobre el norte gracias a la posesión de Cilicia, y la construcción de sólidas fortificaciones en la frontera con los medos.

domingo, 3 de diciembre de 2017

¿QUIÉN ERA SARGÓN II?



                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com


La ascensión al trono de Sargón II aconteció entre las intrigas cortesanas del palacio de Kahlu. Como hemos reiterado, quedaba aún pendiente la profunda reforma administrativa. Desde la etapa de Salmanasar III, la solidez del reino dependía de la férrea disciplina impuesta por la corte, instalada en Kahlu; en ese sentido era cada vez más importante, como señalamos, el papel de los parientes del rey, eco de los grandes dignatarios de Kahlu, que fiscalizaban la conducta de gobernadores y reyes vasallos. Quizá Salmanasar V intentara una reforma que impusiera a las ciudades de antigua raigambre asiria nuevas obligaciones; así parece indicarlo la rebelión de la ciudad de Asur, sometida a leva militar y al pago de tributos. Posiblemente, tanto las rebeliones de las ciudades asirias como las intrigas de la corte, favorecidas por los parientes del rey, alentaron el golpe de estado que descabalgó a Salmanasar V y encumbró a Sargón II. La rebelión de Asur y otras ciudades, determinó que Sargón II dedicara las primicias de su reinado a sofocar las rebeliones internas (722 a.C.); así liberó a Asur y a las urbes rebeldes de las imposiciones militares y tributarias para rehacer la paz del reino.

    Enfrascado en la pacificación del país, el rey sufrió la sedición de Babilonia. ¿Cómo sucedió? Durante la etapa de confusión que desgarró Mesopotamia (ca. 1077-911 a.C.), algunas tribus semitas consiguieron asentarse en la región. Los litaû, puqudû y gambulû se instalaron junto a la frontera elamita, en el curso inferior del Tigris, mientras otro contingente, los caldeos, alcanzaron el antiguo país de Sumer. Con el tiempo, los caldeos dominaron la región de Babilonia; como hemos expuesto, Nabû-nâsir (747-734 a.C.), acosado por los arameos, suplicó el auxilio de Taglat-Phalasar III quien, a la muerte del usurpador Ukîn-zêr (731 a.C.), se proclamará rey de Babilonia con el nombre de Pûl. Más tarde, aprovechando la confusión asiria que determinó la caída de Salamanasar V, un dirigente caldeo, Marduk-apla-iddina (721-710 a.C.), asentado en las riberas del Golfo Pérsico, aprovechó la adversidad interna que atravesaba Asiria al inicio del reinado de Sargón II para aliarse con el soberano elamita, Humban-nikash I (742-717 a.C.), y proclamarse rey de Babilonia. Cuando Sargón hubo tomado el control de Asiria, se enfrentó con la alianza caldeo-elamita en Dêr (720 a.C.), en la región del Tigris medio; aunque la propaganda asiria adjudicara la victoria a Sargón, venció Marduk-apla-iddina y pudo mantenerse en el trono babilónico.

    Aprovechando también la confusión asiria tras el golpe que destronó a Salmanasar V, el rey arameo de Hama, en Siria nororiental, Ilu-bi-di (720 a.C.), había abandonado el vasallaje asirio; como insinuamos, Taglat-Phalasar III sojuzgó Hama, después deportó parte de su población a los Zagros y la sustituyó por arameos del Alto Tigris (743 a.C.), de ahí la inquina de hamaita contra Asiria. La rebelión de Ilu-bi-di habría podido provocar, apoyada en la confusión asiria, la sedición de las provincias sirias y cercenar la influencia asiria en la zona palestina. Cabe pensar que tras la intentona de Hama latía el taimado aliento de Egipto para quebrar indirectamente la creciente prestancia asiria. Sin duda, la influencia egipcia aflora bajo la sublevación de Hamuna, rey de Gaza, en territorio filisteo, contra Asiria, por las mismas fechas que la revuelta de Hama (720 a.C.). La respuesta asiria contra la rebelión fue de lo más contundente. Tras asentar su autoridad en la corte de Kahlu, Sargón II derrotó a Ilu-bi-di en Qarqar (720 a.C.), junto al Orontes en Siria, incorporó Hama al territorio asirio, y deportó a los sedicentes a Asiria; a continuación, venció al ejército egipcio y acabó con la revuelta de Gaza (720 a.C.). A pesar de la derrota, Egipto continuó intrigando contra Asiria. El faraón Bocchoris, último soberano de la Dinastía XXIV, alentó la revuelta de Judá, Moab y Edom, encabezada por Iamâni, rey de Asdod, en la región filistea, contra Asiria (712 a.C.). La victoria de Sargón sobre los rebeldes también alteró seriamente la política egipcia; Bocchoris cayó bajo la presión del nubio Shabaka (716-701 a.C.) que acabó con la Dinastía XXIV, para instaurar el gobierno de la Dinastía XXV, inaugurada antaño por Pianki (751-716 a.C.).

    La injerencia elamita había propiciado la pérdida de Babilonia, mientras la hostilidad egipcia había comprometido el esfuerzo de Sargón en el control de la región sirio-palestina; por si fuera poco, Urartu también intrigaba contra Asiria desde el norte. Años atrás, como expusimos, Asiria y Urartu habían pugnado por la supremacía política y el dominio de las rutas comerciales del norte. Como es obvio, la expansión urartea hacia Siria y la meseta irania anunciaba su penetración en el área mesopotámica y la consiguiente desaparición de Asiria. Ante la amenaza uratea, Taglat-Phalasar III había diezmado Urartu, pues asedió la capital, Tushpa, junto al lago Van, sin llegar a conquistarla. Desde entonces, la debilidad militar impedía a los urateos enfrentarse directamente con Asiria, por eso, al estilo de egipcios y elamitas, instigaban las revueltas contra el dominio asirio en la zona septentrional de Mesopotamia. En este sentido, el reino arameo de Carquemish, auxiliado por Urartu, aprovechó la convulsión reinante en la corte de Kahlu tras la ascensión de Sargón, para romper el vasalla ente Asiria. Dolido de la afrenta, Sargón conquistó Carquemish y lo convirtió en provincia asiria (717 a.C.). Más adelante (714 a.C.), Urartu instigó la belicosidad contra Asiria entre los medos, manneos y zikirtu que poblaban las riberas del lago Urmia. La política de Rusa I, rey de Urartu, consiguió que los manneos abandonaran el vasallaje ante Asiria para aliarse con los urarteos. La respuesta asiria no se hizo esperar. Sargón II tomó la ciudad urartea de Musair, en el noreste (714 a.C.); la conquista conllevó el suicidio de Rusa I y el ocaso de las intrigas que Urartu, valiéndose de las tribus septentrionales, emprendía contra Asiria desde el norte. Desde la perspectiva teológica y propagandística, Sargón revistió la campaña contra Urartu con el manto religioso de una carta dirigida al dios Asur, destinada a ser leída en público, para poner la contienda bajo la advocación de la divinidad nacional; por eso, arrasada Musair, el rey rapiñó la imagen el dios Haldi, deidad principal de Urartu, y la llevó a Asiria para poner de manifiesto la sumisión urartea, representada por la deportación de su dios, ante la superioridad asiria, simbolizada por Asur. No obstante, Urartu, contando con el apoyo del Mitâ, soberano de Mushki, en la región frigia, temeroso también de la supremacía asiria, alentó la rebelión de los principados neo-hititas, asentados en el Tauro, contra Asiria. Atento a la revuelta, Sargón conquistó los principados neo-hititas de Quê en la región cilicia, y Gurgum, Milid, Kummuhu, y parte de reino de Tabal, sobre el Taurus, para convertirlos en provincias asirias (712 a.C.); la conquista determinó el ocaso del papel intrigante de Mitâ, aliado de Urartu, contra Asiria.

    Asentado su dominio sobre el centro y norte de Mesopotamia, Sargón emprendió la conquista de Babilonia. La región, vinculada antaño con Asiria, había conseguido la independencia, como dijimos, gracias a la confusión que envolvió la ascensión de Sargón y al auxilio elamita, sin que las tropas asirias pudieran someterla por las armas (721/720 a.C.). El rey de Babilonia, Marduk-apla-iddina, jefe de la tribu caldea de Bît-Iakîn, había reunido bajo su cetro a las tribus caldeas instaladas en el territorio del antiguo País de Sumer (721-710 a.C.). Cuando Sargón invadió Babilonia, Marduk-apla-iddina se refugió en la fortaleza de Dûr Iakîn, bastión de su propia tribu (712 a.C.). Más tarde (710 a.C.), buscó refugio en Elam, su aliado. Sargón entró en Babilonia (710 a.C.); con intención de certificar su autoridad “tomó la mano de Bêl”, dios tutelar de Babilonia, para manifestar la solidaridad del dios caldeo con su dominio sobre las tierras babilónicas. La conquista de Babilonia aterrorizó a los reinos circundantes que se apresuraron, temerosos de sucumbir ante Asiria, a rendir pleitesía ante Sargón. Así lo hizo Mitâ, antiguo aliado de Urartu durante las intrigas de los reinos neo-hititas contra Asiria; Upêri, rey de Dilmun, enclave comercial en el Mar Rojo, frente a la península de Qatar; y los monarcas de Iatmana, antiguo nombre de Chipre, intermediarios del comercio en el Egeo y productores de cobre.


    Durante los años que median entre la conquista de Carquemish,  la obtención del dominio sobre los principados neo-hititas y la sumisión de Babilonia, Sargón edificó una nueva residencia al noroeste de Nínive, Dûr Sarrukîn, literalmente “fortaleza de Sargón” (717-706 a.C.). La nueva residencia permitía al monarca distanciarse de la corte de Kahlu, ámbito de intrigas palaciegas, para poder gobernar, sin las ataduras de la antigua nobleza aun carente de reforma administrativa, sobre la inmensidad de Asiria. La emblemática Dûr Sarrukîn conformaba un cuadrado rodado por una muralla (1,5x1,5 km); al norte, una muralla interior circundaba la ciudadela que albergaba el palacio real, el templo de Nabû, y un solemne zigurat. La altura a que se alzaba la morada real junto a las esculturas de toros androcéfalos que guarnecían las puertas enfatizaban la autoridad de Sargón. Sin duda, Dûr Sarrukîn significaba la cumbre del segundo renacimiento asirio, pero también quería apuntalar la legitimidad del rey que había subido al trono en medio de las intrigas de la corte de Kahlu.