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martes, 13 de abril de 2021

PRINCIPADOS SUMERIOS

 


                                                        Francesc Ramis Darder

                                                        bibliayoriente.blogspot.com



El desarrollo de la Baja Mesopotamia determinó que las grandes ciudades fueran convirtiéndose en principados que, por razones económico-políticas, vivieron enfrentados entre sí. Mientras la Baja Mesopotamia experimentaba la conflictividad entre los principados, los semitas del norte, especialmente los asentados en la región de Kish, iniciaron un período expansivo (ca. 2900 a.C.), que culminará con el dominio de Sargón, monarca semita, sobre Sumer y Acad (2334 a.C.). Así pues, la historia política del Dinástico Arcaico pivota, por una parte, sobre la lucha entre los principados sumerios, y por otra, sobre la creciente influencia de los semitas del norte sobre el territorio de Sumer; sin descuidar por ello la conflictividad con los elamitas que, establecidos en la zona irania, depredaban el territorio mesopotámico.   

    Como hemos referido, hacia el 2900 a.C., los semitas asentados en la región de Kish, iniciaron una etapa expansiva. La ciudad sumeria de Kish, situada en el territorio de Acad, se alzaba en el cruce de caminos entre la Alta y la Baja Mesopotamia, por eso detentaba un papel relevante en el control del comercio. Hacia el 2700 a.C., el sumerio Enmebaragesi reinaba en la ciudad de Kish; debía ser un soberano poderoso, pues derrotó a los elamitas, originarios de la meseta irania, obteniendo un gran botín a su costa. Sin embargo, su hijo, Agga (ca. 2650 a. C.), fue derrotado por el rey de Uruk, Gilgamesh. Los conflictos mencionados certifican que las contiendas bélicas entre las ciudades eran frecuentes, a la vez que subrayan la permanente amenaza de los elamitas que, procedentes de territorio iranio, pretendían la riqueza mesopotámica.

    La ciudad de Kish pudo levantarse de la derrota ante Uruk, pues Uhug, gobernante de Kish (ca. 2580 a.C.), se hizo con la ciudad de Hamazi, capital de la región del mismo nombre, situada entre los ríos Diyala y pequeño Zab. Más adelante, Mesilim (2550 a.C.), soberano de Kish, adquirió relevancia en la Baja Mesopotamia. Edificó un templo en la ciudad de Girsu; como hemos reiterado, el templo era el centro neurálgico de la urbe, de ahí que la edificación del santuario sugiera la autoridad de Mesilim sobre Girsu y su principado. También actuó de mediador en los conflictos entre Lagash y Umma, ciudades sumerias relevantes, y con el tiempo, adquirió autoridad sobre los gobernantes de Lagash y Adab; ambos acontecimientos desvelan la prestancia de Mesilim en el territorio de Sumer.

    Mientras Kish aumentaba su autoridad, la ciudad de Ur, también en territorio de Sumer, atravesaba una época dorada, como atestiguan las tumbas de Meskalamdug y Akalamdug, antes mencionadas, en el cementerio real de Ur (ca. 2600 a.C.). Como Ur disponía de un puerto fluvial en el Eúfrates, su rey, Mesannepadda (ca. 2560-2525 a.C.), fundador de la I Dinastía de Ur, acrecentó el comercio hasta convertirla en una ciudad importante. Sucedía entonces que la vecina ciudad de Nippur, morada del dios Enlil, era el corazón espiritual del país de Sumer. Con intención de acrecentar su autoridad en tierra de Sumer, Mesannepadda colaboró en la construcción del templo de Enlil. Sin embargo, poco después advino la incursión de los elamitas procedentes del reino de Awan, en la región irania, que devastó el territorio de Kish. Mesannepadda aprovechó la ocasión para conquistar Kish y, reforzado por el aura religiosa que le dio la edificación del templo de Nippur, dominó la región meridional de Mesopotamia; su poderío también le permitió establecer relaciones comerciales con la ciudad de Mari, en Siria nororiental. Su sucesor A-annepadda (ca. 2525-2485 a.C.), atento a la responsabilidad de la realeza en el mantenimiento de los templos para poder contar con el auxilio divino y para ratificar su autoridad sobre la región, levantó el templo de Ninhursag, en El-Obeid. Su inmediato sucesor, Meskiagnunna (ca. 2485-2450 a.C.), siguiendo el mismo criterio,  entronizó a la diosa Nilil en el templo de Nippur. De ese modo, la I Dinastía de Ur no solo dominó el territorio, también alentó la paz y el desarrollo, pues la construcción de templos, eje espiritual y administrativo de la ciudad, certifica el auge de Ur y sus zonas de influencia.

    Un acontecimiento repentino turbó la bonanza que disfrutaba la ciudad de Ur. La región de Hamazi, antaño conquistada por Uhug, soberano de Kish, y ahora dependiente de Ur tras la conquista de Mesannepadda, se sublevó guiada por su caudillo, Hatanish, hasta hacerse con el control de Kish (ca. 2450 a.C.). Ahora bien, el soberano de Akshak, ciudad vecina, arrebató enseguida la ciudad de Kish al soberano de Hamazi. Muy poco después, Eannatum (ca. 2455-2.425 a.C,) asumió el trono de Lagash; tuvo que confutar un ataque elamita, y enfrentarse a los principados sumerios de Ur, Uruk, Akshak, y Kish, e incluso a las tropas de Mari, procedentes de Siria noroccidental. Sin embargo, Eannatum rechazó a los elamitas, conquistó Ur, Uruk y Kish, y derrotó al soberano de Akshak. Surgió entonces un problema fronterizo entre los territorios de Lagash y Umma. El soberano de Umma, Ush, se apoderó de la zona de Gu-edinna, colindante con Lagash. Dolido de la afrenta, Eannatum atacó Umma. La población de Umma se sublevó hasta matar a Ush, su rey, para protegerse de la represión de las tropas de Lagash. Su sucesor, Enakalle, estableció un tratado de paz con Eannatum, así el rey de Lagash recuperó la región que Umma le había usurpado. Con intención de solemnizar la victoria, Eannatum hizo levantar la “Estela de los Buitres”, conservada actualmente en el Louvre. El emblema constituye la interpretación religiosa de la victoria de Eannatum sobre Ush, pues muestra como Ninguirsu, divinidad tutelar de Lagash, se impone sobre Sahra, dios de Umma.

    Las conquistas permitieron a Eannatum apoderarse de la mayor parte del territorio de Sumer. Ahora bien, los conflictos entre Lagash y Umma continuaron; por eso, los sucesores de Eannatum, Ennantum I (ca. 2425 a.C.) y Entemena (ca. 2400 a.C.), incapaces de contener el ataque, establecieron un tratado de fraternidad, quizá de sumisión, con el soberano de Uruk, Lugal-Kinishe-Dudu (ca. 2400 a.C.). La debilidad de Lagash determinó una sucesión de soberanos (Ennantum II, En-Entarz, Lugalanda), hasta que asumió el trono Urukagina (ca. 2350 a.C.); el soberano, como constaremos más adelante, publicó un edicto de reforma administrativa para implantar la paz social en el territorio de Lagash. De pronto, apareció en escena Lugalzagesi (ca. 2340-2316 a.C.), soberano de Umma. Destruyó la ciudad de Girsu, y conquistó Lagash, Uruk y Ur, enseñoreándose de todo el territorio de Sumer. Lugalzagesi controló un amplio territorio que consolidó mediante la concesión de tierras a templos y palacios de las ciudades sometidas; así detentaba el gobierno central, mientras los territorios sometidos se convertían en vasallos. Las inscripciones extienden su dominio a lo largo del Tigris y el Éufrates, incluso desde el “Mar Inferior”, Golfo Pérsico, hasta el “Mar Superior”, el Mediterráneo; no debemos pensar que ejerció un verdadero dominio sobre tan vasta extensión, tan solo que algunas tropas o comerciantes alcanzaran el Mediterráneo y comerciaran desde los puertos del Golfo. Por grande que fuera, el poderío de Lugalzagesi cayó bajo la espada de Sargón de Acad (ca. 2334-2279 a.C.), el caudillo semita que había iniciado la expansión en la región de Kish. En definitiva, la historia del Dinástico Arcaico atestigua el desarrollo económico y la conflictividad entre los principados sumerios; certifica la constante amenaza extranjera representada por los elamitas; y sentencia la absorción final del territorio sumerio por el semita Sargón de Acad.


domingo, 17 de enero de 2021

MESOPOTAMIA

 



                                                    Francesc Ramis Darder

                                                    bibliayoriente.blogspot.com

lunes, 7 de septiembre de 2020

¿QUIÉN ES IBBI-SIN?

 


                                                               Francesc Ramis Darder

                                                               bibliayoriente.blogspot.com



Ibbi-Sin (2028-2004 a.C.) sucedió en el trono a su hermano Amar-Sin. Durante su reinado, los amorreos franquearon el muro, levantado por Shu-Sin, y penetraron en Sumer y Akkad. Entonces las adversidades arreciaron: el comerció decreció; las diferencias económicas entre las ciudades meridionales y septentrionales de Sumer, aumentaron; la salinización del campo, debida a la errónea política hidráulica, cercenó la producción; las ciudades quedaron desabastecidas por la improductividad del campo y la negativa de los siervos, recién emancipados, a enviar grano a las urbes; mientras los amorreos y los su diezmaban el territorio.

 La centralización política y administrativa, impuesta por los reyes, impidió que los gobernadores locales tomaran decisiones eficaces contra la invasión y el caos interno; por eso las ciudades devinieron, en la práctica, independientes de la corona, al tener que solucionar por ellas mismas los acuciantes problemas.

 Asustado Ibbi-Sin por la incursión amorrea y el desabastecimiento de Ur, capital del imperio, nombró a Ishbi-Erra, un cortesano relevante, gobernador de la ciudad de Isín para que protegiera la capital y enviara vituallas; pero el gobernador, a ejemplo de otras urbes, desoyó el encargo, se proclamó rey de Isín y conquistó otras ciudades próximas. Mientras tanto, la ciudad de Susa, conquistada antaño por Shulgi, recuperó la independencia; aunque más tarde (2025 a.C.), el rey elamita, Kindattu, apoyado por los su, enemigos de los sumerios, la incorporó a sus dominios; así el comercio hacia Oriente también cesó. 

La autoridad de  Ibbi-Sin se redujo a la capital y sus contornos; finalmente, los elamitas, respaldados por los su, arrasaron Ur (2004 a.C.), y deportaron al rey a Anshán, en territorio elemita, donde murió. El emperio de Ur y la Tercera Dinastía habían llegado al ocaso.     

lunes, 6 de julio de 2020

REYES SUMERIOS




                                                    Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com




Como la autoridad qutu sobre la Baja Mesopotamia era casi nominal, los monarcas sumerios, mantenidos antaño por los acadios en calidad de vasallos, recuperaron el control de las ciudades. Así la cultura sumeria, liberada del dominio acadio y del poderío qutu, pudo renacer. El renacimiento sumerio alboreó en la ciudad de Lagash, gobernada por Gudea (2144-2124 a.C.). El rey derrotó a los elamitas que intentaban penetrar en la región por el este; afianzó la administración; practicó la diplomacia con las ciudades vecinas; construyó templos, especialmente el de Ningirsu, en Girsu, población aledaña de Lagash; desarrolló el comercio; reformó el calendario; tabuló las pesas y medidas; y promulgó leyes para socorrer a los más desfavorecidos, de ese modo calmó las posibles revueltas sociales en la ciudad.

    Otra próspera ciudad sumeria, Uruk, levantada en armas por su soberano, Utu-Hengal (2120-2112 a.C.), venció a los qutu y a su jefe, Tiriqan. Tras la derrota, los qutu perdieron el poderío militar que, como población minoritaria, detentaban; entonces, acosados por las tropas sumerias, perdieron la autoridad, pues, o volvieron a sus tierras, el país de Qutium, o se disolvieron entre la población mesopotámica. La ciudad de Uruk controlaba la ciudad de Ur, gobernada por Ur-Nammu, seguramente un hijo o un pariente cercano de Utu-Hergal. Cuando Utu-Hergal derrotó a los qutu, quiso extender su autoridad sobre la Baja Mesopotamia; pero, mientras se afanaba en la tarea, el gobernador de Ur, Ur-Nammu, le arrebató la corona y se proclamó rey (2112-2095 a.C.).

     El nuevo monarca, asentado en Ur, inauguró una nueva dinastía, conocida por los estudiosos como “Tercera Dinastía de Ur”. Reinó sobre las ciudades sumerias del sur, y las acadias, abandonadas por los qutu, en el centro de la región mesopotámica. No obstante, las ciudades no eran autónomas, como sucedía en tiempos de los antiguos soberanos sumerios. Dependían de la autoridad Ur-Nammu que, entronizado en Ur, inauguró, como sentencian los historiadores, el “Imperio de Ur”, caracterizado por el centralismo político y económico ejercido desde la capital sobre las ciudades de Sumer y Akkad. Con el fin de reforzar su autoridad adoptó el título de “Rey de Sumer y Akkad”, como hiciera Sargón.

    La pretensión del monarca, que había eliminado la autonomía de las ciudades sumerias, provocó rebeliones; por eso tuvo que pacificar el país, especialmente la ciudad de Lagash, patria del añorado Gudea, y acrisolar la unidad administrativa y política del territorio bajo la firmeza de su cetro y la organización de la corte. De ahí que el territorio de la antigua Sumer quedara estructurado en provincias; los monarcas que antaño regían cada ciudad fueron sustituidos por gobernadores dependientes de Ur-Nammu que, a las órdenes de la capital, administraban el Imperio. También el territorio del antiguo Akkad quedó divido en provincias al mando de un gobernador dependiente de la corona.

     Con intención de favorecer el comercio y el cobro de impuestos, el rey unificó pesos y medidas, y estableció el catastro para alcanzar la eficiencia en el cobro de impuestos. Restauró templos, que también perdieron su autonomía, sometidos a la autoridad de rey. Construyó un santuario a la divinidad lunar, Nanna-Sin; y levantó en primer zigurat en Ur. Favoreció la política hidráulica, eje de la riqueza agrícola; la productividad aumentó, con el tiempo, gracias a la mejor parcelación de los campos.  Con el deseo de afianzar su autoridad, remozó la capital, sede del gobierno, por esa razón la amuralló y acreció su importancia comercial.

    A la muerte de Ur-Nammu, asumió el trono su hijo, Shulgi (2094-2047 a.C.). Interesado en las ciencias y las artes, creó escuelas de escribas en Nippur y Ur que plasmaron en tablillas las antiguas tradiciones sumerias; su reinado contempló la llamada “edad de oro” de la literatura sumeria. Emulando la figura de Sargón, se proclamó “Rey de las Cuatro Regiones”. Atento al aura de Naran-Sin, se invistió de atributos divinos, fue adorado como un dios, favoreció la construcción de templos en su honor, le dedicaron himnos litúrgicos, y se declaró pariente de Gilgamesh, el héroe que, según la tradición, estaba constituido en dos terceras partes como dios y en una como hombre.

     Establecida la solvencia política y religiosa de su corona, reforzó el ejército con que aseguró la solidez de imperio, y dominó Susa, en territorio elamita. Construyó fortificaciones en el norte para controlar los asentamientos hurritas y asegurar las rutas comerciales hacia Anatolia. Durante su reinado, comenzaron a penetrar desde Siria los martu, también llamados amorreos, a los que tuvo que enfrentarse. Impuso gobernadores sobre Assur y Nínive para asegurar la fidelidad de ambas ciudades.  Incentivó el comercio que, organizado desde los templos y el palacio real, era confiado a los mercaderes de los distintos ramos, tanto en el interior como hacia el exterior de Mesopotamia.

    A través de Mari, ciudad autónoma en territorio sirio, pudo comerciar, quizá, incluso con el Mediterráneo. Acreció el progreso, inaugurado por sus antecesores, y contempló un aumento considerable de la población. No obstante, las grietas sociales se hacían evidentes; pues la fuerza de trabajo descansaba sobre los siervos que, subyugados por la elite, recibían raciones mínimas en la distribución de los bienes. La necesidad de acrecer la prosperidad y trenzar las relaciones sociales determinó la codificación legal en el llamado “Código de Shulgi”; bajo su cetro, la dinastía de Ur alcanzó el cenit de su poderío.

    Cuando falleció Shulgi, ciñó la corona su hijo, Amar-Sin (2046-2038 a.C.). Entonces, estallaron los problemas que iban a hundir el imperio. En Sumer, crecieron las diferencias entre las ciudades; las ciudades sureñas vieron disminuir su riqueza a causa de la salinización del terreno con la consiguiente bajada de la producción agropecuaria, mientras las norteñas contemplaron el aumento de su riqueza, gracias a la eficiente política hidráulica.

     La región más norteña de Akkad padeció la creciente presión de los hurritas, controlada con dificultad por el rey desde la ciudad de Assur; y sufrió la infiltración de los martu, también llamados amorreos, tribus semitas que, procedentes de Siria, penetraban en Mesopotamia, aprovechando la situación caótica provoca por la destrucción de Ebla bajo la espada de Naran-Sin. La presión hurrita y la penetración amorrea provocaron la disminución del comercio hacia el norte, la caída de la actividad agropecuaria, y la crisis de las ciudades, causada por la disminución de recursos que el campo, devastado por los amorreos, aportaba a las urbes.

    A la muerte de Amar-Sin, ocupó el trono su hermano, Shu-Sin (2037-2029 a.C.). Con intención de frenar el avance amorreo, levantó un muro en el norte, el “muro de los martu”, entre el Eufrates y el Tigros, para guarnecer la región de Akkad y evitar que los amorreos penetraran hacia el centro y el sur de Mesopotamia. Con muchas dificultades, el rey mantuvo el comercio con Anatolia, a través de Assur y Mari, situadas fuera del muro, y con mayor dificultad, a través de Biblos, pudo comerciar con el Mediterráneo; la ruptura de las rutas comerciales dificultaba la importación de metales, necesarios para asentar el progreso y la fabricación de armas. Cansados de la opresión, los siervos se sublevaron contra la elite, que buscó refugio en las ciudades. Por si fuera poco, Shu-Sin batalló contra los Su, pueblo procedente de los Zagros, que, dolido por la constante rapiña de los soberanos de Ur y buscando mejores tierras, invadían Mesopotamia.

    Ibbi-Sin (2028-2004 a.C.) sucedió en el trono a su hermano Amar-Sin. Durante su reinado, los amorreos franquearon el muro, levantado por Shu-Sin, y penetraron en Sumer y Akkad. Entonces las adversidades arreciaron: el comerció decreció; las diferencias económicas entre las ciudades meridionales y septentrionales de Sumer, aumentaron; la salinización del campo, debida a la errónea política hidráulica, cercenó la producción; las ciudades quedaron desabastecidas por la improductividad del campo y la negativa de los siervos, recién emancipados, a enviar grano a las urbes; mientras los amorreos y los su diezmaban el territorio. La centralización política y administrativa, impuesta por los reyes, impidió que los gobernadores locales tomaran decisiones eficaces contra la invasión y el caos interno; por eso las ciudades devinieron, en la práctica, independientes de la corona, al tener que solucionar por ellas mismas los acuciantes problemas.

 Asustado Ibbi-Sin por la incursión amorrea y el desabastecimiento de Ur, capital del imperio, nombró a Ishbi-Erra, un cortesano relevante, gobernador de la ciudad de Isín para que protegiera la capital y enviara vituallas; pero el gobernador, a ejemplo de otras urbes, desoyó el encargo, se proclamó rey de Isín y conquistó otras ciudades próximas. Mientras tanto, la ciudad de Susa, conquistada antaño por Shulgi, recuperó la independencia; aunque más tarde (2025 a.C.), el rey elamita, Kindattu, apoyado por los su, enemigos de los sumerios, la incorporó a sus dominios; así el comercio hacia Oriente también cesó. La autoridad de  Ibbi-Sin se redujo a la capital y sus contornos; finalmente, los elamitas, respaldados por los su, arrasaron Ur (2004 a.C.), y deportaron al rey a Anshán, en territorio elemita, donde murió. El emperio de Ur y la Tercera Dinastía habían llegado al ocaso.     

domingo, 23 de junio de 2019

MESOPOTAMIA




                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Mesopotamia y el Antiguo Testamento

Ramis Darder, Francesc

Mesopotamia y el Antiguo TestamentoFormato impreso
Ver más Ficha informativa
Colección: El mundo de la Biblia
Subcolección: El mundo de la Biblia
ISBN:978-84-9073-490-2
Código EVD:0800049
Edición:1
Páginas:240
Tamaño:170 x 240 mm
Encuadernación:Rústica, cosida, tapa plastificada mate con barniz UVI brillo, con solapas
Precio sin IVA: 19,23 €
PVP: 20,00 €
Versión digitalVersión digital: Precio:9,49 €
El conocimiento de la historia y la literatura de Mesopotamia constituye el entramado necesario para la buena comprensión de la Biblia, especialmente del Antiguo Testamento. La narración del Diluvio se entrelaza con la epopeya de Gilgamesh; el Código de Hammurabi asoma entre la legislación bíblica; el zigurat de Babilonia deja entrever su silueta en la mención de la Torre de Babel; mientras la leyenda de Sargón orienta la mirada hacia la figura de Moisés.

El lector inquieto por conocer la relación entre la Biblia y el mundo oriental encontrará en este libro una guía para escuchar el eco de Mesopotamia entre las líneas de la Sagrada Escritura.

sábado, 16 de febrero de 2019

TERCERA DINASTÍA DE UR



                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                  bibliayoriente.blogspot.com




Como la autoridad qutu sobre la Baja Mesopotamia era casi nominal, los monarcas sumerios, mantenidos antaño por los acadios en calidad de vasallos, recuperaron el control de las ciudades. Así la cultura sumeria, liberada del dominio acadio y del poderío qutu, pudo renacer. El renacimiento sumerio alboreó en la ciudad de Lagash, gobernada por Gudea (2144-2124 a.C.). El rey derrotó a los elamitas que intentaban penetrar en la región por el este; afianzó la administración; practicó la diplomacia con las ciudades vecinas; construyó templos, especialmente el de Ningirsu, en Girsu, población aledaña de Lagash; desarrolló el comercio; reformó el calendario; tabuló las pesas y medidas; y promulgó leyes para socorrer a los más desfavorecidos, de ese modo calmó las posibles revueltas sociales en la ciudad.

    Otra próspera ciudad sumeria, Uruk, levantada en armas por su soberano, Utu-Hengal (2120-2112 a.C.), venció a los qutu y a su jefe, Tiriqan. Tras la derrota, los qutu perdieron el poderío militar que, como población minoritaria, detentaban; entonces, acosados por las tropas sumerias, perdieron la autoridad, pues, o volvieron a sus tierras, el país de Qutium, o se disolvieron entre la población mesopotámica. La ciudad de Uruk controlaba la ciudad de Ur, gobernada por Ur-Nammu, seguramente un hijo o un pariente cercano de Utu-Hergal. Cuando Utu-Hergal derrotó a los qutu, quiso extender su autoridad sobre la Baja Mesopotamia; pero, mientras se afanaba en la tarea, el gobernador de Ur, Ur-Nammu, le arrebató la corona y se proclamó rey (2112-2095 a.C.).

    El nuevo monarca, asentado en Ur, inauguró una nueva dinastía, conocida por los estudiosos como “Tercera Dinastía de Ur”. Reinó sobre las ciudades sumerias del sur, y las acadias, abandonadas por los qutu, en el centro de la región mesopotámica. No obstante, las ciudades no eran autónomas, como sucedía en tiempos de los antiguos soberanos sumerios. Dependían de la autoridad Ur-Nammu que, entronizado en Ur, inauguró, como sentencian los historiadores, el “Imperio de Ur”, caracterizado por el centralismo político y económico ejercido desde la capital sobre las ciudades de Sumer y Akkad. Con el fin de reforzar su autoridad adoptó el título de “Rey de Sumer y Akkad”, como hiciera Sargón.

    La pretensión del monarca, que había eliminado la autonomía de las ciudades sumerias, provocó rebeliones; por eso tuvo que pacificar el país, especialmente la ciudad de Lagash, patria del añorado Gudea, y acrisolar la unidad administrativa y política del territorio bajo la firmeza de su cetro y la organización de la corte. De ahí que el territorio de la antigua Sumer quedara estructurado en provincias; los monarcas que antaño regían cada ciudad fueron sustituidos por gobernadores dependientes de Ur-Nammu que, a las órdenes de la capital, administraban el Imperio.

    También el territorio del antiguo Akkad quedó divido en provincias al mando de un gobernador dependiente de la corona. Con intención de favorecer el comercio y el cobro de impuestos, el rey unificó pesos y medidas, y estableció el catastro para alcanzar la eficiencia en el cobro de impuestos. Restauró templos, que también perdieron su autonomía, sometidos a la autoridad de rey. Construyó un santuario a la divinidad lunar, Nanna-Sin; y levantó en primer zigurat en Ur. Favoreció la política hidráulica, eje de la riqueza agrícola; la productividad aumentó, con el tiempo, gracias a la mejor parcelación de los campos.  Con el deseo de afianzar su autoridad, remozó la capital, sede del gobierno, por esa razón la amuralló y acreció su importancia comercial.

    A la muerte de Ur-Nammu, asumió el trono su hijo, Shulgi (2094-2047 a.C.). Interesado en las ciencias y las artes, creó escuelas de escribas en Nippur y Ur que plasmaron en tablillas las antiguas tradiciones sumerias; su reinado contempló la llamada “edad de oro” de la literatura sumeria. Emulando la figura de Sargón, se proclamó “Rey de las Cuatro Regiones”. Atento al aura de Naran-Sin, se invistió de atributos divinos, fue adorado como un dios, favoreció la construcción de templos en su honor, le dedicaron himnos litúrgicos, y se declaró pariente de Gilgamesh, el héroe que, según la tradición, estaba constituido en dos terceras partes como dios y en una como hombre. Establecida la solvencia política y religiosa de su corona, reforzó el ejército con que aseguró la solidez de imperio, y dominó Susa, en territorio elamita. Construyó fortificaciones en el norte para controlar los asentamientos hurritas y asegurar las rutas comerciales hacia Anatolia.

    Durante su reinado, comenzaron a penetrar desde Siria los martu, también llamados amorreos, a los que tuvo que enfrentarse. Impuso gobernadores sobre Assur y Nínive para asegurar la fidelidad de ambas ciudades.  Incentivó el comercio que, organizado desde los templos y el palacio real, era confiado a los mercaderes de los distintos ramos, tanto en el interior como hacia el exterior de Mesopotamia. A través de Mari, ciudad autónoma en territorio sirio, pudo comerciar, quizá, incluso con el Mediterráneo. Acreció el progreso, inaugurado por sus antecesores, y contempló un aumento considerable de la población.

    No obstante, las grietas sociales se hacían evidentes; pues la fuerza de trabajo descansaba sobre los siervos que, subyugados por la élite, recibían raciones mínimas en la distribución de los bienes. La necesidad de acrecer la prosperidad y trenzar las relaciones sociales determinó la codificación legal en el llamado “Código de Shulgi”; bajo su cetro, la dinastía de Ur alcanzó el cenit de su poderío.

    Cuando falleció Shulgi, ciñó la corona su hijo, Amar-Sin (2046-2038 a.C.). Entonces, estallaron los problemas que iban a hundir el imperio. En Sumer, crecieron las diferencias entre las ciudades; las ciudades sureñas vieron disminuir su riqueza a causa de la salinización del terreno con la consiguiente bajada de la producción agropecuaria, mientras las norteñas contemplaron el aumento de su riqueza, gracias a la eficiente política hidráulica.

    La región más norteña de Akkad padeció la creciente presión de los hurritas, controlada con dificultad por el rey desde la ciudad de Assur; y sufrió la infiltración de los martu, también llamados amorreos, tribus semitas que, procedentes de Siria, penetraban en Mesopotamia, aprovechando la situación caótica provoca por la destrucción de Ebla bajo la espada de Naran-Sin. La presión hurrita y la penetración amorrea provocaron la disminución del comercio hacia el norte, la caída de la actividad agropecuaria, y la crisis de las ciudades, causada por la disminución de recursos que el campo, devastado por los amorreos, aportaba a las urbes.

    A la muerte de Amar-Sin, ocupó el trono su hermano, Shu-Sin (2037-2029 a.C.). Con intención de frenar el avance amorreo, levantó un muro en el norte, el “muro de los martu”, entre el Eufrates y el Tigros, para guarnecer la región de Akkad y evitar que los amorreos penetraran hacia el centro y el sur de Mesopotamia. Con muchas dificultades, el rey mantuvo el comercio con Anatolia, a través de Assur y Mari, situadas fuera del muro, y con mayor dificultad, a través de Biblos, pudo comerciar con el Mediterráneo; la ruptura de las rutas comerciales dificultaba la importación de metales, necesarios para asentar el progreso y la fabricación de armas. Cansados de la opresión, los siervos se sublevaron contra la elite, que buscó refugio en las ciudades. Por si fuera poco, Shu-Sin batalló contra los Su, pueblo procedente de los Zagros, que, dolido por la constante rapiña de los soberanos de Ur y buscando mejores tierras, invadían Mesopotamia.

    Ibbi-Sin (2028-2004 a.C.) sucedió en el trono a su hermano Amar-Sin. Durante su reinado, los amorreos franquearon el muro, levantado por Shu-Sin, y penetraron en Sumer y Akkad. Entonces las adversidades arreciaron: el comerció decreció; las diferencias económicas entre las ciudades meridionales y septentrionales de Sumer, aumentaron; la salinización del campo, debida a la errónea política hidráulica, cercenó la producción; las ciudades quedaron desabastecidas por la improductividad del campo y la negativa de los siervos, recién emancipados, a enviar grano a las urbes; mientras los amorreos y los su diezmaban el territorio.

    La centralización política y administrativa, impuesta por los reyes, impidió que los gobernadores locales tomaran decisiones eficaces contra la invasión y el caos interno; por eso las ciudades devinieron, en la práctica, independientes de la corona, al tener que solucionar por ellas mismas los acuciantes problemas. Asustado Ibbi-Sin por la incursión amorrea y el desabastecimiento de Ur, capital del imperio, nombró a Ishbi-Erra, un cortesano relevante, gobernador de la ciudad de Isín para que protegiera la capital y enviara vituallas; pero el gobernador, a ejemplo de otras urbes, desoyó el encargo, se proclamó rey de Isín y conquistó otras ciudades próximas.

    Mientras tanto, la ciudad de Susa, conquistada antaño por Shulgi, recuperó la independencia; aunque más tarde (2025 a.C.), el rey elamita, Kindattu, apoyado por los su, enemigos de los sumerios, la incorporó a sus dominios; así el comercio hacia Oriente también cesó. La autoridad de  Ibbi-Sin se redujo a la capital y sus contornos; finalmente, los elamitas, respaldados por los su, arrasaron Ur (2004 a.C.), y deportaron al rey a Anshán, en territorio elemita, donde murió. El emperio de Ur y la Tercera Dinastía habían llegado al ocaso.     


lunes, 10 de septiembre de 2018

BIBLIA Y CIENCIA



                                         Francesc Ramis Darder
                                         bibliayoriente.blogspot.com


A lo largo de la historia, la ciencia ha abordado tres cuestiones esenciales. Las ciencias físicas han escudriñado el inicio, funcionamiento y desarrollo del Universo. Las ciencias naturales han penetrado en el origen, dinámica, y evolución de la Vida. La antropología y las ciencias humanas han analizado la eclosión, organización, y desarrollo del ser humano. Los autores bíblicos asumieron el planteamiento de la ciencia antigua para describir la naturaleza del Cosmos, la Vida, y el Hombre. A la vez que emprendieron la lectura creyente de la evidencia científica, pues bajo el origen del Cosmos, la eclosión de la Vida, y la presencia del Hombre percibieron la intervención del Señor, que conduce la historia hacia el Reino de Dios, eco de la humanidad enhebrada en la fraternidad y embebida en el amor divino.

    Leer la Biblia significa imbuirse del texto para aprender a vivir  con humanidad y confianza en Dios.  A lo largo del estudio, contemplaremos el desarrollo de la Ciencia y la iluminación creyente que le confiere la Escritura.

1.La ciencia mesopotámica, trasfondo de la cultura bíblica

La Escritura ensalza la personalidad de Salomón como eminente científico, amante de la botánica y la zoología: “Trató sobre las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo; disertó también acerca de cuadrúpedos, aves, peces y reptiles”. Además, también le atribuye conocimientos musicales, literarios y filosóficos: “Compuso tres mil proverbios y su cancionero contenía mil cinco poemas” (1Re 5,9-14). La sabiduría de Salomón refleja el tesón académico de las escuelas de Jerusalén; el ámbito donde los estudiosos escudriñaban el movimiento de los astros, la naturaleza y, sobre todo, el sentido de la existencia humana. Ahora bien, los sabios de Judá, como acontecía en Oriente, participaban de la tradición nacida en Mesopotamia. ¿Cómo era la ciencia del País del Eúfrates?

    Como señala la historia, los sumerios  entendían el universo como un “cosmos encantado”; cualquier cosa, ya fuera la luz del sol o el movimiento de un azadón, manifestaba el latido de un dios que provocaba la luz solar o el cavar de la azada.

    La parte inferior del cosmos estaba constituida por la “Tierra”; el disco sólido, formado por montañas y valles, surcado por ríos, y acotado por mares y lagos, ámbito de la existencia humana. La parte superior conformaba el “Cielo”; el espacio en forma de  bóveda que contenía una enorme masa de agua dulce. Quizá la bóveda podría ser de estaño, pues los sumerios llamaban al estaño “metal del cielo”. La bóveda también disponía de compuertas que al abrirse, por orden divina, propiciaban la lluvia, la caída del agua almacenada en la bóveda de estaño. Los sumerios llamaban a la “Tierra” era “An” y al “Cielo” “Ki”, de ahí que el Cosmos se llamara “An-Ki”. Entre el “Cielo” y la “Tierra” estaba el “aire”, en sumerio “Lil”, equivalente de nuestra atmósfera. La denominación de cielo, tierra y aire constituyen también el nombre del dios que representan; no en vano, el mundo sumerio era, como hemos dicho, un cosmos encantado, identificado con los dioses y movido por ellos.

    Al decir de los sumerios, el sol, la luna y las estrellas estaban formadas por concentraciones de “aire” y dotadas de luminosidad. Las estrellas fijas permanecían ancladas en la parte inferior de la bóveda celeste, mientras los astros móviles (sol, luna, planetas) se desplazaban por las estrías de la bóveda. Además, existían los “mares superiores” que bañaban las costas. Bajo la superficie terrestre, había un gran depósito, el “Mundo subterráneo” que almacenaba las sombras de los difuntos después de la muerte. El conjunto del cosmos yacía suspendido en el seno de un “mar primigenio” que lo envolvía; constituía una amenaza, pues, por voluntad divina podía encabritarse y engullir el cosmos hasta destruirlo.

    Al decir de la ciencia sumeria, el “mar primigenio” existía desde siempre. El “mar primigenio” engendró la “Tierra (An)” y el “Cielo (Ki)”. Cuando “Cielo” y “Tierra” comenzaron a separarse, surgió entre ambos el “aire (Lil)”. Varias porciones de “aire” fueron concentrándose hasta conformar el sol, la luna, los planetas y las estrellas. Cuando los astros, emisores de luz y calor, quedaron anclados en la parte inferior de la bóveda celeste, apreció sobre la tierra, por obra de los dioses, el ser humano junto a los animales y vegetales.

     La Epopeya de Atra-Hasis describe el origen del hombre. Expone como los dioses, cansados del trabajo que realizan en la tierra, deciden crear al hombre para que haga su faena. Modelan al ser humano con arcilla amasada con la sangre de un dios degollado, Tiamat; así pues, el hombre nace de la mezcla de sangre divina y barro terrestre, y aparece esclavizado al capricho de los dioses como sustituto de su labor sobre la tierra. La ciencia mesopotámica entendía que el ser vivo en sentido pleno era el humano; los animales tenían un aspecto vital subordinado al servicio del hombre, mientras los vegetales carecían de vida propia, eran frutos de la tierra.
   
    En definitiva, la idea del cosmos, elaborada por la ciencia mesopotámica, mostraba una entidad encantada y amalgamada con los dioses que regían su funcionamiento. El cosmos era la entidad ordenada que permitía la existencia del  hombre, siervo de las divinidades; más allá del cosmos y en contraposición con él, rugía el caos, eco del el “mar primigenio”, el ámbito donde no era posible la vida humana ni el desarrollo social.

2.Interpretación bíblica de la ciencia mesopotámica

En consonancia con la ciencia oriental, anclada en la tradición sumeria, la Biblia percibe un Cosmos pequeño. La Tierra constituía una superficie plana. Conformaba un continente sostenido sobre columnas que al temblar provocaban terremotos (Sal 75,4; Job 9,6). Los pilares de la tierra se sostenían, a su vez, sobre el abismo de un mar situado bajo la superficie terrestre (Sal 24,2). Debajo de la tierra y entre las columnas que la sostenían, destacaba un habitáculo llamado “Sheol” (Gn 37,35); el ámbito donde descansaban las sombras de los difuntos. Bajo la superficie de la tierra destacaba un inmenso depósito de agua que alimentaba los mares, las fuentes, y los ríos (Prov 8,28). Los extremos de la superficie terrestre veían erguirse altas montañas, las columnas del cielo (Job 26,11), que sostenían una campana transparente: el firmamento (Gn 1,6-10). Sobre la superficie del firmamento reposaba una gran masa de agua, “las aguas de encima del firmamento” (Gn 1,7); y a lo largo del mismo existían las “compuertas del cielo” (Is 24,18) que, al abrirse por orden de Dios, desencadenaban la lluvia (Mal 3,10).

    El firmamento separaba las aguas de la superficie de la tierra (mares, lagos, ríos, fuentes) de las aguas situadas sobre el firmamento que ocasionaban la lluvia (Gn 1,6); y, además, sostenía el sol, la luna, y las estrellas (Gn 1,14-18). Como señala la Escritura, el sol y la luna, no son dioses; penden del firmamento “para separar el día de la noche, y servir de señales para distinguir las estaciones, los días y los años” (Gn 1,14); también desempeñan la tarea de “alumbrar la tierra” (Gn 1,15). El sol durante el día y la luna por la noche recorrían la campana del firmamento. Las aguas emplazadas sobre el firmamento estaban a su vez recubiertas por otra superficie sólida que envolvía todo el Cosmos (Gn 1,6). Más allá de esta segunda cubierta; o sea, más allá del Cosmos, despuntaba la morada divina, el trono del Señor, inaccesible para el ser humano (Ez 1,22.26; 10,1).

      La superficie terrestre veía crecer las plantas; pues, a la orden de Dios, y a tenor de la mentalidad antigua, “la tierra hizo brotar hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que dan fruto” (Gn 1,12). Después, el Señor determinó que bulleran las aguas de seres vivientes, y que los pájaros volaran sobre la tierra”; a continuación, creó los grandes cetáceos; acto seguido, dio origen a los animales terrestres, y finalmente, al ser humano (Gn 1,11-27).

    Cuando comparamos la visión bíblica del Cosmos con la representación mesopotámica, apreciamos la semejanza estructural; en ambas, el cosmos tiene tres partes (firmamento, tierra, sheol), y contemplan al hombre sobre la superficie terrestre, rodeado de animales y vegetales. Sin duda, cuando los autores bíblicos compusieron los relatos de creación, tenían presente la perspectiva con que la ciencia oriental entendía el Universo. Sin embargo, contemplaron la ciencia mesopotámica desde los parámetros de la fe israelita.
   
    Mientras la tradición mesopotámica es politeísta, la perspectiva bíblica señala la existencia de un solo Dios que crea el Cosmos entero (Gn 1,1-31). La Escritura aplica el término “crear” tan solo a la actuación divina; el hombre construye o fabrica, pero solo Dios crea. Cuando la Biblia sentencia que Dios es el creador de todo, certifica que en el hondón del universo y en el alma de cada persona no anida el vacío, sino la actuación divina que desea el bien del cosmos y del ser humano (Is 40,28; 41,20). Como hemos expuesto, los dioses mesopotámicos se identifican con las entidades cósmicas, Sol o Luna; en cambio el Dios bíblico, aunque haya creado el Cosmos, no se confunde con la realidad creada (Is 40,12-26; 44,6). Las divinidades orientales modelaban al hombre para someterlo a su capricho. En cambio, la Escritura enfatiza como Dios crea al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1,26) para que oriente, según el designio divino, el destino del Cosmos: “llenad la tierra y sometedla; dominad sobre […] todos los animales que se mueven en la tierra” (Gn 1,28). En último término, la tradición mesopotámica entendía que el Cosmos “se sostenía sobre el mar primigenio”, pero según la Escritura “está sostenido en las manos de Dios” (Sal 8); mediante esta metáfora, la Biblia desvela que bajo el aspecto del Cosmos “late el proyecto de Dios en favor del ser humano” (Rom 8,18-23).

    Así pues, los autores bíblicos recogieron las características que la ciencia mesopotámica confería al Universo y al ser humano; pero los contemplaron desde la óptica de la religión israelita,  percibieron que en el hondón del Cosmos y en el corazón del hombre palpita el proyecto divino en bien de la humanidad. El cosmos, la vida y el hombre brotaban del designio divino y adquirían un sentido, pues el hombre, creado a “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26), debía cuidar del cosmos (Gn 1,28) hasta el día final en que amaneciera “el cielo nuevo y la tierra nueva” (Ap 21,1), metáfora de la humanidad asentada en la plena comunión con Dios.

viernes, 13 de julio de 2018

LISTA REAL SUMERIA



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Corría el año 1921 cuando Weld-Blundell, mecenas del arte, compró un prisma (20 alto x 9 ancho cm.) que contenía en cada una de sus cuatro caras dos columnas, escritas en sumerio, con la lista de las dinastías de varias ciudades mesopotámicas y la duración del reinado de los monarcas; el elenco ha venido a llamarse “Lista Real sumeria”. El origen de la Lista hundía sus raíces en la tradición oral, hasta que fue puesta por escrito en tiempos de Utu-Hergal (2123-2113 a.C.); el prisma de Weld-Blundell constituye una copia elaborada en Larsa hacia el 1800 a.C. Como dijimos, Utu-Hergal había expulsado a los qutu y deseaba erguirse como único soberano sobre el territorio sumerio. El rey auspició la composición de la Lista, anclada en la tradición oral y enhebrada con la mitología, para establecer que tanto él como la ciudad de Uruk, sede de su corona, eran los herederos legítimos del lagado sumerio.

    El comienzo de la Lista sentencia: “Después que la realeza descendiera del cielo, se asentó en Eridu”; así establece el origen divino de la monarquía y señala la primera morada de los reyes en Eridu. A continuación, determina la identidad de los primeros monarcas de Eridu: Alulim (reinó 28800 años) y Alangar (36000 años). Cuando cayó Eridu, la realeza fue llevada a Bad-Tibira donde gobernaron tres reyes de duración fabulosa. Al hundirse Bad-Tibira la monarquía fue llevada a Larak, donde reinó En-sipa-zi-ana (28000 años). Cuando desapareció Larak, la casa real pasó a la ciudad de Sippar y después a Shurrupak; después gobernaron ocho reyes sobre cinco ciudades, el último fue Ziusudra. La duración fantástica de cada reinado es la metáfora con que los sumerios subrayan el origen divino de la monarquía; mientras el desplazamiento de la realeza por distintas ciudades refleja que el territorio sumerio estuvo sometido a la autoridad de la urbe más relevante.

    Como señala la Lista, un Diluvio se precipitó sobre la tierra y acabó con la civilización. Aunque la mención del Diluvio case bien con los continuos desbordamientos fluviales que arrasaban la región, constituye la metáfora de acontecimientos históricos que alteraron el dominio sumerio sobre las ciudades. Mesopotamia estuvo sufrió incontables invasiones y guerras civiles entre los principados que asolaron la región; la Lista esconde, bajo la metáfora del Diluvio, la devastación causada por las invasiones o los conflictos civiles.

    Como establece la Lista “cuando el Diluvio hubo terminado, la realeza descendió otra vez del cielo y se estableció en Kish”; es decir, cuando cesó la devastación, causada por invasiones o conflictos civiles, la monarquía, asentada en el cielo, floreció en Kish, ciudad que dominó Sumeria. Veintitrés reyes (Jushur […] Agga) gobernaron durante períodos fabulosos (entre 1200 y 140 años); matices en el prisma inclinan a los comentaristas a percibir veinticuatro reyes. Al decir de la Lista, “llegó un momento en que Kish fue derrotada y la realeza pasó a la ciudad de Uruk”; doce reyes gobernaron desde Uruk (Mesk-ki-ang-gasher […] Lugal-Kitun). Más adelente, “Uruk fue derrotado y la realeza pasó a Ur”; cuatro reyes gobernaron en Ur (Mesanepeda […] Balulu). Después “Ur fue derrotada y la realeza pasó a Awan”, donde gobernaron tres reyes. Entonces, prosigue la Lista, “Awan fue derrotada y la realeza pasó a Kish”, donde ciñeron la corona ocho reyes. Cuando “Kish fue derrotado, la realeza pasó a Hamazi, con un rey, Hadanisk. Prosigue la Lista, “Hamazi fue derrotada y la realeza pasó a Uruk”, tres reyes. Al ser vencida Hamazi, la realeza quedó trasferida a Uruk, tres reyes; de Urun pasó a Ur, tres reyes; de Ur pasó a Adad, tres reyes; de Adad a Mari, seis reyes; de Mari a Kisk, un rey. Como establece la Lista, “Kish fue derrotada y la realeza pasó a Akshak”; después volvió a Kish; a continuación, a Uruk, regida por Lugarzagesi; acto seguido, advino la etapa acadia (Sargón […] Shar-kali-sharri). Continua la Lista, “cuando Agadé fue derrotada, la realeza pasó a Uruk”; después, aconteció la etapa de los qutu, hasta que Utu-Hergal los expulsó e inauguró su dinastía. Ampliaciones posteriores de la Lista, mencionan los reyes de Ur e Isín.

    Acabada la descripción de la Lista, proceden varias observaciones. Aunque despunten reinados de duración fantástica, desde el sexto rey de Uruk figuran algunas cifras más razonables (entre treinta y seis, y seis años); el aura mitológica cede paso al ámbito histórico. Al principio, la realeza descendía del cielo, eco del aura divina de los reyes, pero más adelante pasa de Kish a Uruk, signo de la dimensión terrenal que adquiere la monarquía. Los reyes de Kish fueron veinticuatro (23) y los de Uruk doce. Los sumerios contaban en base doce, el número de falanges de la mano. El número veinticuatro señala las falanges de ambas manos, e indica, por eso, un gobierno perfecto, de aura divina, pues la realeza de Kish descendía del cielo. El número doce alude a la mitad de las falanges, señala una realeza plena desde la vertiente humana, pues los reyes de Uruk no procedían del cielo, se habían impuesto desde Kish.

viernes, 6 de julio de 2018

¿QUIÉN ES NARAN-SIN?


                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Naran-Sin (2254-2218 a.C.).

A la muerte de Manishtusu, accedió al trono su hijo Naran-Sin. El reinado de Sargón, “el rey auténtico”, había plasmado más bien el deseo, como hemos señalado, de dominar las “Cuatro Regiones”; pero el apelativo de Naran-Sin, “poderoso dios de Akkad”, desvelaba su pretensión por ejercer un dominio auténtico y universal. Comenzó imponiendo su autoridad sobre las ciudades sumerias, que se habían alzado a la muerte de su padre. Fiel al aura conquistadora, heroica y guerrera de Sargón, atacó Elam; aunque no pudiera conquistarlo, dominó la región de Susa, al este de Mesopotamia. Después, embistió contra Magán, en la península arábica, haciéndose con el control comercial del Golfo Pérsico. Seguidamente, sometió Subartu, al norte; dominó las regiones del río Harbur y el curso medio del Eúfrates, ricas en el aspecto agropecuario; exploró el túnel del Eúfrates; estableció guarniciones en Assur, Nínive y Tel-Brak para controlar la zona norteña y el acceso hacia Anatolia. Más tarde penetró en Siria, destruyó la ciudad de Ebla, gran emporio comercial, y alcanzó los Montes Amano y el Mediterráneo. Como atestigua la historia, los acadios adoptaron la escritura cuneiforme, inventada por los sumerios, para escribir la lengua acadia. Ahora bien, Naran-Sin estableció un tipo de escritura cuneiforme más clara que, inscrita sobre tablillas rectangulares en vez de las antiguas redondeadas, unificó los diversos estilos de escritura local; muy a menudo, las tablillas oficiales portaban el sello identificativo. Sin duda, la unificación de la escritura fue el embrión de reforma administrativa del imperio. Levantó fortalezas e hizo obras hidráulicas; reconstruyó templos, especialmente el Ekur, el santuario de Enllil en Nippur. Naran-Sin acariciaba el sueño de Sargón: era señor veraz de las “Cuatro Regiones”; así detentó el control del comercio que propició la riqueza del país.

    La prestancia del rey determinó que quisiera investirse de atributos divinos. Hizo inscribir una “estrella”, símbolo de la divinidad, ante su título de “Rey de las Cuatro Regiones”; exigió de sus artistas que le plasmaran con la tiara dotada de cuernos, símbolo de la divinidad; y determinó que sus siervos le llamaran “poderoso dios de Akkad”. Como hiciera su abuelo, nombró a su hija sacerdotisa principal del templo del dios Sin en la ciudad de Ur. Seguramente, el monumento que mejor representa la grandeza conquistadora y la pretensión divina del rey sea la “Estela de la Victoria”. Ensalza, por una parte, el triunfo de Naran-Sin sobre los lulubitas, invasores extranjeros; por otra, representa al rey ciñendo una corona con cuernos, símbolo de la divinidad; y finalmente, muestra al soberano ascendiendo por la montaña que conduce al cielo. Debido a su importancia simbólica, los elemitas, en el siglo XII a.C., robaron la estela y la instalaron en Susa. Mientras los reyes sumerios, como señala la “Lista Real Sumeria”, descendían del cielo a la tierra, la “Estela de la Victoria” enfatiza como la realeza acadia asciende de la tierra hacia el cielo.

   Sin embargo, su reinado no estuvo exento de problemas. La solidez del imperio dependía de la autoridad militar del monarca, sin estar fundada sobre la cohesión jurídica del territorio; por eso cuando aparecía una crisis palaciega, provocada por la ausencia del rey o la disensión entre los nobles, estallaban disturbios en las regiones. Además, los llamados “extraños”, quienes no pertenecían a los dominios de Naran-Sin, codiciaban las riquezas de Akkad a la vez que estaban dolidos por la depredación que les infligían los acadios; así los lulubitas, originarios del Luristán, al sur del actual Irán, y los Qutu, procedentes de los Montes Zagros comenzaron a penetrar en el imperio. Tanto el rey como las élites dominantes sufrieron la inquina del pueblo, pues la desposesión de las tierras, iniciada ya en época de Manishtusu, para entregarlas a la nobleza arrojaba a buena parte de la población a la servidumbre. Como hemos expuesto, Sargón se hizo llamar “Rey de Kish” antes de erigir la capital en Akkad; sin embargo, Naran-Sin desdeñó el título de “Rey de Kish”. Cuando Kish perdió los privilegios que tenía por ser ciudad coronada, brotó el descontento entre la población. El descontento de Kish unido al recelo de Sumer, convertido en antaño en provincia por Manishtusu, alentó la rebelión del Sur que fue reprimido con dureza por Nran-Sin.  Además, la destrucción de Ebla y la guerra con Elam eclipsaron el comercio, generaron pobreza y despoblación de los territorios. En definitiva, la caída del comercio, las invasiones extranjeras, la falta de cohesión jurídica, el descontento popular, y las sublevaciones internas agrietaron los dominios acadios en los últimos años de Naran-Sin.  

martes, 12 de junio de 2018

ORIGEN DE LOS SUMERIOS



                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibiayoriente.blogspot.com




El proceso cultural que fue gestándose durante los períodos de El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr, sin desdeñar las aportaciones de la  cultura de Samarra, generó la civilización sumeria en el sur de Mesopotamia. Con el paso del tiempo la civilización sumeria, ascendiendo por el curso del Éufrates y del Tigris, alcanzará toda Mesopotamia, adoptando variaciones locales, hasta llegar a las zonas colindantes (Siria), e inspirar fenómenos culturales en la meseta irania, como la escritura proto-elamita sobre tablillas y la elaboración de sellos y esculturas. Los mercaderes ampliaron las huellas de la civilización sumeria a través de las rutas comerciales; de ahí provienen seguramente los sellos, amuletos, cerámica, y tablillas encontrados en Anatolia, Siria septentrional, Fenicia o Palestina. La civilización sumeria también influyó sobre la egipcia durante el período pre-dinástico; influencia debida, probablemente, a la presencia de comerciantes sumerios en tierra del Nilo. Testigos del influjo sumerio en Egipto aparecen en el mango del “Puñal de Jebel El-Araq”, donde un varón separa dos leones que luchan entre sí; la “Paleta de Narmer”, con dibujos de animales entrelazados por el cuello; los sellos de Naqada; o los amuletos elaborados en Egipto que rememoran figuras sumerias.

     La originalidad de los sumerios, artífices de la primera civilización oriental y hablantes de una lengua sin parentesco fonético conocido, suscitó la pregunta por su origen, tema que conocen los investigadores como la “Cuestión Sumeria”. Respecto del origen de los sumerios, la historiografía destaca dos hipótesis. La primera sostiene que los sumerios conformaban un pueblo que penetró en Mesopotamia desde el noreste hasta establecerse en la zona meridional durante el período de Uruk. Sin duda, el cambio en el aspecto de la cerámica entre el período de El-Obeid y Uruk, como hemos observado, junto a la aparición escrita de la lengua sumeria durante la etapa de Jemdet Nasr, parecen alentar la propuesta, pues el cambio cerámico y la irrupción de una lengua sugieren la llegada de extranjeros a la región durante el período de Uruk. Ahora bien, como hemos expuesto, la arqueología atestigua una continuidad en el estilo y lugar donde se levantaron los templos, desde la etapa de El-Obeid hasta Jemdet Nasr. La perspectiva de la continuidad de los templos permite afinar la cuestión de la diversidad de la cerámica y la irrupción de la lengua. La sustitución de la cerámica de El-Obeid por la de Uruk no fue abrupta, sino muy lenta. De ahí que el pueblo asentado en la etapa de El-Obeid pudiera desarrollar pausadamente las técnicas que desembocaron en la cerámica de Uruk; por tanto la diferencia cerámica no expresa una ruptura cultural, sino una evolución cultural. También debemos distinguir entre lengua hablada y escrita; es cierto que las tablillas que reflejan la lengua sumeria aparecen, por primera vez en la etapa de Jemdet Nasr, pero eso no significa que la lengua no fuera hablada con anterioridad y que solo más tarde se pusiera por escrito.

    La segunda hipótesis afirma la presencia de la población que dará origen a los sumerios en Mesopotamia meridional desde antes del inicio del período de El-Obeid. La prueba esencial estriba en la continuidad cultural entre los períodos de El-Obeid, Uruk, y Jemdet Nasr, expresada, como también hemos expuesto, en la superposición de los templos edificados en el mismo lugar y con estilo parejo. Al decir de los estudiosos, las comunidades que se asentaron en Mesopotamia meridional y que más tarde engendraron la civilización sumeria llegaron desde el noreste, y absorbieron o se asimilaron a una población ya existente, llamada por los expertos “protoeufrática” (Lansberger) o “protoirania” (Kramer).

 Aunque continúe el debate sobre la “Cuestión Sumeria”, podemos inclinarnos por la segunda hipótesis; pues, considerando la superposición de los templos en el mismo lugar y con estructura pareja, cabe sugerir la llegada de una comunidad humana, procedente del noreste, a la región meridional de Mesopotamia que, tras desplazar o superponerse a otros pueblos, fue gestando el embrión definitivo de la civilización sumeria durante el arco temporal que media entre El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr. Dicho de otro modo; aunque sus ancestros remotos entraron en la región mesopotámica desde el noreste, la identidad de los sumerios se fraguó en la Baja Mesopotamia y se manifestó en las culturas de El-Obeid, Uruk y Jemdet Nasr.

sábado, 20 de enero de 2018

¿QUIÉN INVENTÓ LA ESCRITURA?



                                                  Francesc Ramis Darder
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A mediados del sexto milenio a.C., el Próximo Oriente disponía de un sistema contable constituido por “bolas de fango” (bullae), y “fichas” (tolkens), estas últimas representaban “cosas” o “cifras”. Expongamos el funcionamiento con un ejemplo. Un comerciante vende a un particular tres bueyes. Concluida la venta, expide una factura al comprador. ¿Cómo era la factura? El vendedor modelaba una “bola de fango” (bullae). Después, introducía en su interior una “ficha” (tolken) que representaba al buey, y a continuación añadía otras tres “fichas” de formas geométricas, una por cada buey vendido; finalmente, sellaba la “bola” para garantizar que nadie pudiera alterar el contenido. La factura indicaba la venta de tres bueyes. Cuando alguien deseaba “leer” la factura, rompía la “bola” para extraer la “ficha” que representaba al buey y las que señalaban el número de animales. Sin duda, la necesidad de romper la “bola” para poder conocer la factura era un método engorroso. La dificultad determinó que los “escribas” decidieran imprimir también en el exterior de la “bola” la imagen de las “fichas”, tanto del buey como de las cifras, insertadas dentro; así, quien quería conocer la factura no tenía necesidad de quebrar la “bola”, bastaba con “leer” la impresión exterior. No obstante, el método daba lugar a dos facturas a la vez: la primera, en el exterior de la “bola”, constituida por la impresión de las “fichas” del buey y las cifras, la segunda, en el interior, conformada por las “fichas” alusivas al buey y las cifras. Como no había necesidad de tener dos facturas, los “escribas” dejaron de introducir las “fichas” en el interior de la “bola” para conservar solo sus impresiones exteriores; la información era suficiente para conocer la venta. Aun así, la forma esférica de la “bola” era poco práctica para imprimir símbolos sobre la superficie, por eso los escribas sustituyeron la forma esférica por la rectangular para imprimir la información en la superficie; habían nacido las primeras tablillas de fango.


   La tablilla rectangular dio mucho juego en la evolución de la escritura. Las tablillas descubiertas en Uruk, niveles IV-II, y en Jemdet Nars (3300-2900 a.C.) contienen la primera escritura logo-gráfica de Oriente que, según los eruditos, expresa la lengua sumeria. Los signos de la escritura logo-gráfica representan sobre la tablilla cosas o ideas. Ahora bien, los escribas sumerios, a partir de la etapa de Uruk IV, no se limitaron a representar sobre tablillas rectangulares imágenes de cosas o ideas, supieron conjuntarlas para obtener un significado nuevo. Veamos un ejemplo. El concepto de “mujer” (GU) se representa mediante la imagen estilizada del pubis femenino; la noción de “montaña” (KUR), trasparece en el bosquejo de una cordillera; la reunión de ambos, el signo del pubis colocado encima del de la montaña, alude a la “esclava” (GÉME), pues las esclavas eran reclutadas entre las mujeres de las montañas. A pesar del avance cultural, la escritura logo-gráfica presentaba dos problemas. Acontecía, en primer lugar, que cada cosa o idea demandaba un símbolo para ser representada. A modo de ejemplo, la estilización de la cabeza representaba al ser humano, y la oveja aparecía tras la imagen del círculo con una cruz inscrita. La escritura logo-gráfica, llamada también “proto-cuneiforme”, llegó a requerir ochocientos signos; era, pues, poco práctica. En segundo lugar, las tablillas logo-gráficas no permitían establecer los tiempos verbales, ni conceptos abstractos; su lectura dependían, en buena medida, del sentido común del lector. Apelando de nuevo al ejemplo, existe una tablilla con seis signos que representan el templo, la oveja, dos veces la unidad, la divinidad, y la diosa Inana  (ca. 3000 a.C.; Uruk III); el sentido común entiende “dos ovejas para el templo de la diosa Inana”, pero también podría leerse “dos templos de la diosa Inana para la oveja”, entre otras posibilidades. Las dificultades mencionadas impulsaron a los escribas sumerios a transformar la escritura logo-gráfica en logo-fonética; es decir, en lugar de manejar símbolos  de cosas e ideas, utilizaron signos que representaban el sonido de las sílabas de cada palabra.


    Al principio, la escritura logo-fonética tenía un gran parecido con la logo-gráfica; pero con el tiempo, fue estilizándose hasta adoptar la “cuña” y el “gancho (Winkelhaken)” como elementos básicos. La escritura conformada por “cuñas y ganchos” se denomina “cuneiforme”. Los escribas tomaban una tablilla cuadrangular y un punzón; mientras el fango era blando iban inscribiendo, de arriba bajo, mediante cuñas y ganchos; cuando el escriba había llenado el verso de la tablilla, la volvía y escribía en el anverso. Seguramente por razones prácticas, los escribas dejaron de escribir de arriba abajo para hacerlo de izquierda a derecha; el testimonio más antiguo de la nueva orientación de la escritura es una inscripción del siglo XIV a.C. Valiéndose de “cuñas” y “ganchos”, la escritura cuneiforme había conformado, a mediados del tercer milenio, unos seiscientos signos, logogramas y fonogramas (tablillas de Abu Salabikh, ca. 2500 a.C.).



    Los signos más antiguos son los logogramas; gracias a la combinación de cuñas y ganchos, representan una o varias palabras. Los fonogramas recogen el sonido de las sílabas: consonante-vocal (ca), vocal-consonante (ac), consonante-vocal-consonante (cat). Cada logograma o fonograma, presenta varias posibilidades de lectura; por eso los escribas sumerios crearon, mediante cuñas y ganchos, los determinativos, signos dispuestos junto al logograma o al fonograma que, sin que tengan que leerse, indican la forma en que debe entender el logograma o fonograma contiguo. A modo de ejemplo; un mismo signo sumerio puede leerse “gar” que significa “poner”, o “inda” que alude al “pan”. Si los escribas deseaban indicar el verbo “poner” añadían, mediante signos cuneiformes, el determinativo “ar”, así el lector pronunciaba “gar (poner)”; si no aparecía el determinativo, el lector entendía “inda (pan)”. Con intención de perfilar el lenguaje, los escribas idearon los “marcadores semánticos”. Veamos un ejemplo; el término “Inana” es nombre femenino, pero si a su lado se inscribe, mediante una combinación de cuñas, el marcador semántico de la divinidad significa “diosa Inana”. Con el tiempo la escritura cuneiforme fue complicándose, pues tanto los logogramas como los fonogramas presentan polifonía, o sea, diversas lecturas y significados; por eso los escribas confeccionaron otros signos para indicar la pronunciación y el sentido de los múltiples signos ya existentes en sumerio.