Blog de Francesc Ramis Darder sobre literatura, teología, historia, arqueología del Oriente antiguo y su relación con la Biblia.
jueves, 27 de abril de 2023
miércoles, 6 de julio de 2022
martes, 3 de agosto de 2021
NOADÍA
Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com
El año veinte del rey Artajerjes, en el mes
de Nisán, marzo-abril 445 a.C., Nehemías solicitó el permiso del soberano persa
para ir a Jerusalén con intención de restaurar la ciudad. El rey no sólo aceptó
la petición, sino que entregó cartas a Nehemías para que los gobernadores de
Transeufratina le facilitaran el viaje, y para que Asaf, el responsable de los
bosques del rey, le proporcionara madera de construcción para las puertas de la
ciudad, la muralla y la casa donde pensaba instalarse (Neh 2,1-8ª). Con el
propósito de certificar la solvencia del proyecto, el relato pone en labios de
Nehemías una plegaria: “El rey me lo concedió, pues la mano bondadosa de Dios
estaba conmigo” (Neh 2,8).
Ahora bien, una vez esbozado el proyecto,
comienza a sonar la trompeta de los adversarios. Cuando se enteró Sambalat, el
jorita, y su siervo Tobías, el amonita, se disgustaron mucho por la llegada de
Nehemías a Jerusalén (Neh 2,10). Sambalat era el gobernador de Samaría,
mientras Tobías estaba a sus órdenes como gobernador de Amón. La suspicacia de
ambos dignatarios nacía, seguramente, de intereses económicos; pues la
reactivación de Jerusalén mermaría la expectativa comercial de Samaría y Amón.
Al cobijo de la noche, Nehemías inspeccionó
el estado ruinoso de las murallas; por la mañana, logó convencer a los
dirigentes judíos de la urgencia de reparar los muros. Sin embargo, Sambalat y
Tobías, junto con Guesen, jeque de las tribus árabes de Quedar, ridiculizaron
el intento y acusaron a Nehemías de querer sustraerse a la autoridad persa (Neh
2,11-20).
A pesar de la adversidad, los judíos,
obedientes a la voz de Nehemías comenzaron a reparar la muralla; sólo un grupo
reducido, los notables de Técoa, se mostraron displicente. Sambalat y Tobías,
como cabía esperar, escarnecieron el tesón de la asamblea; aún así, la
comunidad logró completar la muralla hasta media altura. Cuando Sambalat,
Tobías, los árabes, los amonitas y los asdodeos tuvieron noticia de la
reparación de los muros, se conjuraron para atacar Jerusalén (Neh 4,1-2).
La confidencia de algunos judíos, vecinos
de los conjurados, previno del peligro a los constructores. Nehemías, atento al
aviso, dispuso la defensa: “con una mano cuidaba cada uno su trabajo y con la
otra empuñaba el arma” (Neh 4,11). Los enemigos tendieron una emboscada a
Nehemías, pero el dirigente consiguió escapar. Sambalat acusó a Nehemías de
sedición: “Se oye […] el rumor de que tú y los judíos estáis pensando sublevaros; por eso reconstruyes
la muralla y tratas de hacerte rey” (Neh 6,6).
Ahora bien, los adversarios más duros
procedían de las filas judías. Con engaño, Semaías, vendido a Sambalat y a
Tobías, anunció una profecía para sugerir a Nehemías que buscara refugio en el
templo. Si Nehemías hubiera penetrado en el santuario no sólo habría mostrado
su debilidad, también habría cometido la falta que le desacreditaría ante sus
hermanos; pues, siendo laico, no podía introducirse en los más recóndito del
templo (Nm 18,7). Harto de dolores, Nehemías impetra la ira divina sobre sus
adversarios: “¡Acuérdate, Dios mío, de esto que han hecho Tobías y Samabalat;
acuérdate también de la profetisa Noadía y de los demás profetas que trataron
de atemorizarme!” (Neh 6,14).
Contra todo pronóstico, la muralla quedó
terminada el día veinticinco de Elul, en cincuenta y dos días, a comienzos de
octubre del 445 a.C. Aún así, los notables de Judá, en connivencia con Tobías,
no cesaban de intrigar contra Nehemías. El dignatario, venciendo cualquier
temor, confió el mando de Jerusalén a su hermano Jananí, e instaló a Jananías
como jefe de la ciudadela; después repobló la ciudad y acogió a quienes
regresaban de Babilonia (Neh 6,12-7,3).
Como hemos visto, la Escritura enumera los
adversarios de Nehemías que se opusieron a la reconstrucción de las murallas.
En primer lugar, figuran los líderes extranjeros: Sambalat, el jorita,
gobernador de Samaría; Tobías, el amonita, gobernador de Amón, a las órdenes de
Sambalat; y Guesen, jeque árabe de Quedar; también despunta la saña de
comunidades vecinas: árabes, amonitas y asdodeos.
En segundo término, destaca la oposición de
los nobles judíos: los notables de Técoa y los dirigentes de Judá que, aliados
con Tobías, se confabularon contra Nehemías; Tobías contaba con muchos
partidarios en Judá por ser yerno de Secanías, hijo de Araj, y por estar casado
su hijo Juan con la hija de Mesulán, hijo de Berequías (Neh 6,17).
Conviene notar que Mesulán, hijo de Berequías, había destacado por su trabajo en
la reconstrucción de las murallas (Neh 3,4.32), quizá Semaías, encargado de la
restauración de la puerta Oriental, fuera hijo de Sacanías, hijo de Araj. De
ahí podemos deducir que también estallaron disputas entre los judaítas que
reparaban la muralla, alentadas por Tobías, contra la autoridad de Nehemías.
En tercer lugar, sorprende la oposición de
los profetas. El texto menciona a Semaías, hijo de Delaías, hijo de Mehetabel,
quien, instigado por Tobías y Sambalat, buscó el descrédito de Nehemías. El
texto censura la actitud de Noadía, la profetisa, y de los demás profetas que
intentaron amedrentar a Nehemías (Neh 6,16). La lectura parece sugerir que la
oposición de Noadía y los demás profetas embistió contra el empeño de Nehemías
por edificar la muralla; sin negar la cuestión, permítanos el lector aventurar,
desde el al horizonte de la conjetura, una explicación alternativa.
Con la excepción de Noadía, toda la
oposición contra Nehemías está en manos de varones y centrada en motivos
políticos y económicos. Sambalat, Tobías y Guesen temen que la pujanza de
Jerusalén vaya en detrimento del poder de Samaría. El parentesco de Tobías con
los judíos y la felonía de Semaías no hacen sino reforzar la posición política
y el interés económico de Sambalat y sus adláteres.
¿Qué papel juega una mujer, Noadía, en la
pugna económica y política que el libro de Nehemías adscribe a la disputa entre
varones? Siempre desde el prisma de la conjetura, surge otra pregunta: ¿Acaso
la crítica de Noadía podría dirigirse contra intereses distintos a los
perseguidos por varones, centrados, según subraya el libro de Nehemías, en el
poder y en el control de la economía?
El análisis del término “profeta” en los
libros de Esdras y Nehemías señala su aspecto positivo: transmiten los
mandamientos de Dios (Esd 9,11; Neh 9,30); fieles a la voluntad divina, sufren
el martirio (Neh 9,26); soportan las mismas penalidades que el pueblo (Neh
9,32); por si fuera poco, en opinión de Guesen, favorecen la posición de
Nehemías, por cuanto concierne a la construcción de la muralla (Neh 6,7).
Entonces, si el término “profeta” adquiere una connotación positiva, cabe
preguntarse ¿qué razón puede existir para que adopte un aspecto negativo cuando
se refiere a Noadía?
Conviene precisar que el término “profeta”
no se aplica, en sentido propio a Semaías; el dignatario que tendió una celada
a Nehemías. El texto sólo señala que “anunció una profecía”, en el sentido de
que “pronunció un vaticinio”; pero insiste en decantarlo de la identidad propia
de los profetas: “no había sido enviado por Dios, había anunciado la profecía
porque Tobías y Sambalat lo habían comprado” (Neh 6,12). Aclarada la cuestión,
volvamos de nuevo a la pregunta: si el libro de Nehemías recalca la percepción
positiva de los profetas, ¿por qué arremete contra Noadía, la profetisa?
Como sabemos, la misión de Nehemías y su
compañero, Esdras, no se redujo a la construcción de la muralla. Ambas
dignatarios emprendieron la reforma de la comunidad judía. Uno de los aspectos
cruciales consistió en la conformación de la “raza santa” (Esd 9,2). La raza
santa define la identidad de la asamblea judía reformada por Edras y Nehemías:
la comunidad reunida al amparo del templo, fiel a la Ley, y claramente diferenciada
del resto de la población de Judá (llamado Yehud en tiempos de Esdras y
Nehemías).
No obstante, la confección de una comunidad
caracterizada, entre otros aspectos, por la uniformidad racial, requirió un
sacrifico que recayó sobre las mujeres: todo judío casado con una mujer
extranjera tuvo que divorciarse de ella. Esdras hizo jurar a los varones judíos
que despedirían a las esposas que no fueran de estirpe judía. Los judíos “se
comprometieron bajo juramento a despedir a sus mujeres extranjeras”, y, por si
fuera poco “ofrecieron por su delito (haberse casado con mujeres no judías) un
sacrificio de reparación” (Esd 10,1-18; Neh 9,1-2).
El libro de Esdras ofrece la larga lista de
judíos que despidieron a sus esposas extranjeras: “[…] de los hijos de Jasún:
Matenay, Matatá, Zabad, Elifélet, Yeremay, Manasés, Semeí […] etc.” (Esd
10,33); el listado concluye con la mayor dureza: “Todos casados con mujeres
extranjeras a las que despidieron junto con los hijos nacidos de ellas” (Esd
10,44).
Por si fuera poco, el libro de Nehemías
subraya el desprecio por dos pueblos vecinos: “El amonita y el moabita no
entrarán jamás en la asamblea de Dios” (Neh 13,1); y certifica la exclusión de
todo extranjero, los miembros de la asamblea: “decidieron excluir de Israel a
todo extranjero” (Neh 10,3). Como recalca el relato, cuando Nehemías se enteró
del matrimonio de algunos judíos con extranjeras los hizo azotar y mando que
les arrancaran los cabellos (Neh 13,23-27).
El repudio de las extranjeras confirió a Israel
la unidad racial, pero arrojó a las mujeres extranjeras y a sus hijos en la más
cruel marginación; la mendicidad, la prostitución y el desarraigo era la suerte
que aguardaba a las mujeres despedidas. Contra tamaña injusticia, cometida en
nombre de la Ley, se alzó la voz de los profetas. Como señalamos en su momento,
el autor del libro de Jonás compuso un relato donde ensalzaba, contra la
posición de Esdras y Nehemías, la misericordia del Dios de Israel hacia los
extranjeros, representados por los habitantes de Nínive.
Al unísono con el libro de Jonás, un autor
anónimo, redactó el libro de Rut; obra hilvanada, entre otros motivos, para
denunciar la intransigencia de Esdras y Nehemías contra los matrimonios con extranjeras. La
trama del libro de Rut es muy conocida.
A causa del hambre, un hombre de Belén de
Judá emigró a la campiña de Moab, con su mujer y sus dos hijos. El hombre se
llamaba Elimélec; su mujer, Noemí, y sus dos hijos, Majlón y Quilión. Llegaron
a la campiña de Moab y se establecieron allí. Cuando murió Elimélc, Noemí se
quedó sola con sus dos hijos; ambos se casaron con moabitas, una se llamaba
Orfá y la otra Rut. Al cabo de diez años, también murieron Majlón y Quilión, y
Noemí se quedó sola y sin hijos.
Cuando Noemí oyó que el Señor había
visitado a su pueblo, decidió volver a Belén. Regresó en compañía de su nuera,
Rut; ambas mujeres se establecieron en Belén. Después de muchas peripecias Rut,
la moabita, contrajo matrimonio con Booz, pariente de Elimélc; fruto del
matrimonio, nació un hijo, Obed, padre de Jesé, padre de David, rey de Israel
(Rt 4,18-22).
El libro constituye la más dura protesta
contra la posición de Esdras y Nehemías por cuanto concierne a los matrimonios
mixtos. Como hemos mencionado, el libro de Nehemías prohíbe los esponsales
entre judíos y extranjeras, rechaza expresamente a moabitas y amonitas, a la
vez que excluye a todo extranjero de la comunidad israelita.
A modo de contrapunto, el libro de Rut no
sólo encomia el matrimonio de Booz con Rut, una extranjera, sino que adscribe a
David, el rey emblemático, una ascendencia moabita; al decir de Esdras y
Nehemías, la raza más despreciable.
El libro tiene como protagonistas
principales a dos mujeres: Rut y Noemí. La historia de ambas constituye, desde
el horizonte metafórico, la denuncia más feroz contra la arbitrariedad de
Esdras y Nehemías. Desde la óptica poética del libro de Rut, volvamos la mirada
hacia la identidad de Noadía.
Así como Rut y Noemí encarnan
literariamente la queja contra la intransigencia de Esdras y Nehemías; quizá
Noadía, desde el ámbito de la conjetura, podría personificar el calado de la
protesta que resonó en Judá contra la decisión de los dignatarios de prohibir
los matrimonios mixtos. En una sociedad donde los varones, amparados por la
Ley, repudian a las extranjeras, se alzaría la voz de Noadía que, ignorando la
autoridad de Esdras y Nehemías, defendería el derecho de las mujeres arrojadas
a la marginalidad por la pretendida pureza étnica alentada por varones.
De
ser cierta la conjetura, no resulta extraño que la profetisa consiguiera
atemorizar a Nehemías, tan atento al sentir de los varones y tan despiadado con
las mujeres extranjeras.
El profeta es aquel que con lo que piensa,
dice y hace muestra a sus coetáneos el verdadero rostro de Dios. De ahí que
Noadía, a ejemplo de Rut y Noemí, alzara la voz contra quienes marginan a la
mujer y desdeñan al extranjero. La “raza santa” no puede levantarse sobre la
exclusión étnica, sólo se yergue sobre los pilares de la justicia, columnas de
la sociedad libre y solidaria donde todos, especialmente los débiles, encuentra
solidaridad, amor y cobijo. Tal vez nuestra percepción de la identidad de Noadía
sea excesivamente conjetural, pero, desde el prisma de la metáfora, hemos roto
una lanza a favor de la mujer valiente.
martes, 15 de junio de 2021
¿QUIÉNES SON LOS PROFETAS?
Frances Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com
La palabra castellana
“profeta” proviene del término griego profetes. La voz profetes
se halla constituida por el verbo femi que significa “decir”, y por la
preposición pro cuyo significado es “en presencia de” o “delante de”. A
partir de la etimología de la palabra profetes podemos afirmar que el
profeta es quien anuncia ante los demás alguna cuestión concreta. Ahora bien,
los profetas bíblicos han recibido la llamada divina (Is 6,1-13; Jr 1,4,10). De
ese modo aunando la etimología de la palabra “profeta” con la el significado de
la vocación, podemos afinar la definición del término profeta: El profeta
anuncia ante los demás la voluntad de Dios.
El habla coloquial
confunde a menudo la función del profeta. Erróneamente le identifica con un
astrólogo, un adivino, un harúspicide, un nigromante, o un mago. El profeta no
se alinea con estos personajes. A veces se identifica al profeta con un
visionario. Aunque los profetas tienen visiones (Ez 37), su función no es la
visión. El profeta no es el hombre de la visión, sino el hombre de la Palabra
(Is 2,1). El profeta es el receptor y el pregonero de la Palabra de Dios.
El término castellano
“palabra” corresponde a la traducción de la voz hebrea dabar. El sentido
del término “palabra” no se circunscribe a la descripción de cosas o
acontecimientos. La voz dabar explica la realidad profunda de cada cosa
y de cada persona. Por esa razón la palabra proclamada por los profetas no se
limita a describir superficialmente las situaciones de pobreza, gozo,
injusticia, o esperanza; sino que entresaca las causas que provocan la pobreza,
el gozo, la injusticia, y la esperanza. El profeta desea trasformar el alma del
pueblo a imagen y semejanza de Dios, por eso su grito debe ser profundo y
llegar al fondo del corazón humano.
Detengámonos un momento
para apreciar el significado del término “palabra” en el lenguaje de los
profetas. La zona más sagrada del Templo de Jerusalén se llamaba “Debir”,
conocido después como “Santo de los Santos”, era el sector reservado a Yahvé
donde reposó el Arca de la Alianza. El término “Palabra” se pronuncia en hebreo
“Dabar”. Notemos la semejanza entre las voces “Debir” y “Dabar”
al tener idénticas consonantes, pues en hebreo el valor de las vocales es poco
relevante. El término “Dabar” recoge, como la palabra “Debir”, la
profundidad y santidad del pensamiento de Dios. El “Dabar” es la Palabra
que nace de Dios, alcanza el interior de la persona y la renueva.
La Palabra de Dios no
es cualquier palabra, es la expresión de la fuerza y la voluntad divina que
llega a lo más profundo del corazón y trastoca la persona de raíz. Por tanto
cuando los profetas hablan no se limitan a comunicar información La palabra del
profeta es la voz de Dios que transforma el corazón de la persona y el alma del
mundo, siempre y cuando la libertad del hombre se lo permita; pues la Palabra
de Dios no violenta nunca la libertad humana, ni suple en ningún momento la
responsabilidad del hombre.
El profeta transmite la
Palabra de Dios porque el mismo ha sido forjado por la Palabra del Señor. El
profeta es quien recibe de Dios una Palabra cualificada, y mediante su
pensamiento, su forma de hablar y su manera de actuar, manifiesta la voluntad
de Dios entre su pueblo, recordando siempre la fidelidad a la Alianza y el
futuro cumplimiento de la promesa liberadora de Dios. La historia de cada
profeta, es la historia del encuentro de un hombre con Dios, y la historia de
la transmisión de la palabra divina al pueblo expectante.
Los estudiosos,
siguiendo un criterio pedagógico, dividen a los verdaderos profetas en dos
categorías:
* Profetas preclásicos.
Aparecen preferentemente en el seno de los libros que denominamos históricos.
En los siglos XI-X aC destacan: Ajías, Semayas, y Natán. Durante el siglo IX aC
despuntan: Jananí, Elías, Eliseo, y Miqueas hijo de Yimlá.
* Profetas clásicos.
Corresponden a aquellos cuya predicación ha quedado consignada en los libros bíblicos que llevan su nombre:
Isaías, Jeremías, Baruc, Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás,
Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, y Malaquías.
El profetismo hebreo
constituye un fenómeno de connotaciones peculiares en la historia religiosa de
la humanidad, y eso en un doble sentido. Por una parte el movimiento profético
especificó la voluntad de Dios para con el pueblo hebreo. Por otra parte desde
la perspectiva cristiana, además de representar la comunicación de Dios con su
pueblo, preparó la revelación del Verbo de Dios. La lectura cristiana de los
libros proféticos conduce nuestra vida hasta el encuentro personal con el
profeta definitivo, con Jesús de Nazaret, la presencia encarnada de Dios entre
nosotros (cf. Ju 1,14).
sábado, 13 de marzo de 2021
¿QUIÉN ES EL PROFETA EZEQUIEL?
Francesc Ramis Darder
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EZEQUIEL:
De la creencia rutinaria a la vivencia comprometida de la fe.
Las advertencias de Jeremías se cumplieron;
pues, aunque Dios permanezca junto a su pueblo no suple la responsabilidad
humana. Israel desoyó la predicación de Jeremías y se enfrentó a Nabucodonosor.
Las consecuencias fueron nefastas. El monarca conquistó Jerusalén y deportó
parte de su población a Babilonia (587 a.C).
El tiempo del exilio fue duro (587-538 aC).
Pero la comunidad deportada alentó nuevas instituciones para vivir su fe
durante la prueba del destierro. De ese modo el sufrimiento del exilio alumbró
una nueva manera de expresar la fe en el Dios liberador.
Los israelitas habían perdido su tierra,
pues el reino de Judá se había convertido en una provincia del imperio
babilónico. Al carecer de tierra buscaron un signo que les identificara como
judíos. La circuncisión era un antiguo rito de iniciación, pero a partir del
exilio devino el signo distintivo de todo judío varón.
La comunidad deportada carecía de Templo, y
entonces comenzó a reunirse en las casas para orar. Esas reuniones constituyen
el embrión de la sinagoga. Tampoco podían celebrar sus fiestas religiosas, por
eso valoraron el sábado como el día privilegiado en que adorar al Señor.
Cuando vivían en Palestina, el sacerdocio
se reducía a la función material de sacrificar animales en el Templo, o a la
tarea de presentar ofrendas vegetales que ardían en honor del Señor. Durante el
exilio, al no poder ofrecer sacrificios, los sacerdotes se consagraron a la
instrucción del pueblo y a la plegaria, y se convirtieron en los guías de la
comunidad.
Un golpe para los deportados fue la caída
de la institución monárquica, pues el rey representaba en Israel un papel
importante: era el mediador entre Dios y su pueblo. Ante la falta de rey,
Israel confió en que el Señor fuera el único rey de Israel (Is 43,14-15).
El Señor no abandonó a su pueblo en el
exilio. Le sostuvo mediante el ministerio de Ezequiel. El profeta, cuyo nombre
significa “Dios es mi fuerza”, era sacerdote hijo de Buzí (Ez 1,3), por eso
conocía los entresijos del Templo y los ritos litúrgicos. Fue desterrado a
Babilonia por el rey Nabucodonosor en el año 587 a.C.
Ezequiel se estableció con los primeros
exiliados junto al río Quebar, y allí recibió la llamada del Señor para
confortar al pueblo abatido (Ez 1,1-5). Ezequiel pertenecía a una familia
sacerdotal, pero al recibir la llamada del Señor cambió su manera de ejercer el
ministerio, no se dedicaría a sacrificar animales sino que predicaría la
exigencia y el consuelo del Señor entre los deportados.
La misión de Ezequiel se desarrolló en dos
fases. Durante la primera etapa, Ezequiel censura a los exiliados su mala
conducta y su idolatría. Les recuerda sin cesar que su oprobio es la
consecuencia de su pecado, y les exige la conversión (Ez 5,5-16). En el
invierno del año 588 a.C. recibió la noticia del nuevo asedio de Jerusalén (Ez
24,1-2). Poco después murió su esposa, y el profeta enmudeció hasta la llegada de
un fugitivo que le anunció la caída de la Ciudad Santa (Ez 24,27; 33,22). La
pérdida de Jerusalén truncó la esperanza de los deportados y quebró su
confianza en el Señor.
La nueva situación hizo que Ezequiel
cambiara el contenido de su mensaje. Tras haber censurado los pecados del
pueblo; ahora, al verle postrado por el dolor del exilio, comienza la segunda
fase de su predicación. Ezequiel proclama que no todo está perdido, anuncia que
en el sufrimiento puede brotar una nueva relación con Dios, en definitiva el
profeta barrunta el surgimiento del pueblo nuevo.
Ezequiel no se limitó al uso de la palabra
para proclamar el mensaje salvador; también utilizó gestos simbólicos (Ez
21,23-26), describió la experiencia de su vida (Ez 24,15-27) y explicó numerosas
visiones (Ez 37,1-14). Su influencia fue crucial para los deportados y
determinante en quienes regresaron. A los primeros les infundió coraje y a los
segundos les dio clarividencia para reedificar Jerusalén, no como la capital
del estado sino como una comunidad fraterna.
El exilio fue la ocasión privilegiada para
el encuentro personal entre Dios y su pueblo. Varios elementos transformaron la
creencia rutinaria en la vivencia comprometida de la fe: la certeza de que sólo
Dios es el Señor, el nacimiento de una comunidad guiada por sacerdotes
comprometidos en el ministerio pastoral, la constancia en la plegaria, la
formación en la sinagoga, la santificación del Sábado, la recuperación de la
identidad religiosa, y, sobre todo, el descubrimiento de la necesidad de
implicarse, en nombre de Dios, en la transformación de la sociedad.
El ambiente social que vivimos hace que el
cristianismo tienda a desenvolverse en condiciones análogas a las sufridas por
Israel en el exilio. El pueblo desterrado no se amilanó ante la adversidad,
supo crear, en medio de la prueba, las condiciones idóneas para el resurgir de
la fe. Nuestra Iglesia también puede y debe hacerlo hoy para convertirse en la
levadura que haga germinar el Reino de Dios en el seno de nuestro mundo.
lunes, 11 de mayo de 2020
JEREMÍAS: METÁFORA DEL ALMENDRO
Francesc Ramis Darder
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sábado, 20 de julio de 2019
¿QUIÉN ES DÉBORA?
Francesc Ramis Darder
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