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viernes, 25 de junio de 2021

¿QUÉ SIGNIFICA LA CREACIÓN?

 


                                                                   Francesc Ramis Darder

                                                                  bibliayoriente@gmail.com



EL PROYECTO DE DIOS EN FAVOR DE LA HUMANIDAD

    EL RELATO DE LA CREACIÓN: Gn 1,1-2,4a.

 

 

 

                                                                                              “Hagamos a los hombres

                                                                                           a nuestra imagen y semejanza”

                                                                                                                                           (Gen 1,26)

 

 

                                                                         Francesc Ramis Darder

 

 

    La Biblia comienza con el relato de la creación. La narración representaba para los antiguos la descripción del origen del Universo, pero implicaba mucho más que eso. El relato descubre ante la mirada humana la presencia divina en los recodos del mundo, y a la vez ofrece al hombre el proyecto divino para edificar la sociedad a imagen y semejanza de Dios. Veamos, pues, la propuesta del Señor a la humanidad para que el ser humano pueda transformarse y transformar el mundo a imagen y semejanza del creador.   

 

 

1. Situación y sentido del relato de la creación en el conjunto del la Biblia

 

    El relato de la creación encabeza la Sagrada Escritura, y ejerce una función semejante a la del prólogo de todo libro. Por eso es importante preguntarse ¿qué desea enseñarnos la narración de la creación?

 

    Nuestra respuesta recorrerá dos etapas. Comenzaremos mostrando que el texto de la creación no es sólo la descripción científica propia del pensamiento antiguo sobre el origen del Universo. El texto es, sobre todo, un relato religioso que contempla el sentido del Universo con los ojos de la fe. Después veremos cómo la primera página del Génesis no se limita a ser la contemplación religiosa del mundo, sino que es la propuesta de Dios al hombre para que edifique la sociedad según el proyecto divino.

 

 

a. Sentido religioso del relato de la creación: Gn 1,1-2,4a

 

    Los autores antiguos percibieron en el relato de la creación la descripción física, geológica y biológica del origen y desarrollo del Universo. No les faltaba razón, pues el relato sigue un itinerario lógico. Sin embargo los comentaristas antiguos no dejaban de hacerse preguntas acerca del proceso de la creación narrado en el Génesis.

 

    La Biblia dice: “La tierra era una soledad caótica y vacía y las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2). Pero ¿cómo puede ser que al principio no existiera nada, si ya existía el abismo? El Sol y la Luna establecen la existencia del día y de la noche: luego ¿cómo es posible que Dios estableciera el día y la noche (Gn 1,5) antes de crear el Sol y la Luna (Gn 1,14)?

 

    Éstas preguntas aluden sólo al contenido de la narración; sin embargo las ciencias naturales plantearon cuestiones más serias. La geología probó que el mundo no surgió en seis días (Lyell), mientras la narración de la creación parece afirmarlo sin ambages. ¿Quién tiene razón: la geología o la Biblia? La biología constata la evolución de los seres vivos (Darwin); pero el relato de la creación sostiene que cada grupo de seres vivientes surgió independientemente de los demás. ¿Acaso miente la Biblia al relatar la creación?

 

    El siglo XIX fue testigo de las disputas entre la verdad confesada por la Biblia y la evidencia de los descubrimientos científicos. Entonces los estudiosos de la Biblia comenzaron a abandonar la lectura literal del relato de la creación para adoptar una posición metafórica. Veamos un ejemplo.

 

    La geología afirma que la tierra se ha formado a lo largo de millones de años, mientras el Génesis narra el proceso de formación en seis días. Los estudiosos, para resolver el dilema, afirmaron que los días que aparecen en el relato de la creación tenían una duración mayor de veinticuatro horas, pudiendo alcanzar cada uno la duración de millones de años. Es decir, sostuvieron que los días de la creación eran muy largos.

 

    Pero pronto tuvieron que enfrentarse al problema biológico de la edad de los patriarcas: “Después de engendrar a Set, vivió Adán ochocientos años, tuvo hijos e hijas, y a la edad de novecientos treinta años murió [...] tenía Matusalén ciento ochenta años y siete años cuando engendró a Lámec; después de engendrar a Lámec, vivió setecientos ochenta y dos años, tuvo hijos e hijas, y a la edad de novecientos setenta años murió” (Gn 5,1-32).

 

     La edad de los patriarcas parecía contradecir el texto bíblico. Si los patriarcas hubieron vivido tanto tiempo, habrían sobrevivido al Diluvio, y continuarían viviendo en la época del rey del David; pero no aparecen tras el Diluvio ni figuran en la historia de David. Los estudiosos, para resolver el problema, supusieron que la duración de los años referidos a la edad de los patriarcas tenían menos de trescientos sesenta y cinco días. En definitiva, afirmaron que los años tenían una duración mucho más corta que los años actuales.

 

    Pero al leer conjuntamente el relato de la creación (Gn 1,1-2,4a) y las genealogías de los patriarcas (Gn 5,1-32), los eruditos llegaban a un dilema de imposible solución. ¿Como podía ser que los días duraran miles de años, mientras los años duraban menos de trescientos sesenta y cinco días?. En otras palabras: ¿cómo puede ser que alargando la duración de los días, se acorte la duración de los años?

 

    Ésta contradicción llevó a naturalistas y biblistas a comprender que el lenguaje de la Ciencia y el de la Biblia persiguen objetivos distintos. Las ciencias investigan el origen y la dinámica del Universo, mientras la Biblia sondea el sentido último del Universo y de la Historia. La Biblia busca el sentido de las cosas contemplando el Universo y la Historia con los ojos de la fe; y la ciencia descubre el funcionamiento de la naturaleza y la historia utilizando la metodología de los estudios históricos y científicos.

 

 

b. El relato de la creación ofrece el proyecto de Dios a la Humanidad

 

    La Biblia es un libro religioso que busca el sentido del Cosmos y de la Historia. El relato de la creación es una narración religiosa que indaga acerca del sentido del Universo y de la Historia. Pero ¿qué tipo de lenguaje religioso utiliza el relato de la creación?

 

    El lenguaje religioso adopta formas diversas: la homilía, la exhortación, la celebración del perdón, etc. El relato de la creación es una plegaria pensada para que descubramos la presencia divina en los entresijos del mundo, y utilicemos el proyecto de Dios para transformar la sociedad a su imagen y semejanza. Por eso al leer el relato de la creación como una plegaria conseguimos dos cosas. Por una parte percibimos las huellas de Dios en los recodos del mundo; y, por otra, pedimos al Señor que nos conceda su fuerza para construir una sociedad trenzada a su imagen y semejanza.

 

     Pero ¿podemos entender el relato de la creación como una plegaria? Veámoslo desde la perspectiva de nuestros hermanos hebreos. 

 

    La primera letra del alfabeto hebreo se denomina aleph y la segunda beth. A veces en la narración Dios comienza sus discursos más importantes con la primera letra del alfabeto: la  aleph. Los Diez Mandamientos son el discurso más importantes que Dios dirige a su pueblo a lo largo del AT. El Señor comienza su intervención diciendo: “Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto” (Ex 20,2). Más tarde, cuando Dios desea afirmar sus lazos de amor con Israel afirma: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Jr 30,22). Observemos que las dos citas empiezan con la palabra castellana “Yo”, término que comienza en hebreo con la primera letra del alfabeto: la aleph.

 

    El relato de la creación comienza con la locución: “Al principio” (Gn 1,1). La locución castellana “al principio” se pronuncia en hebreo mediante una sola palabra: bereshit, que comienza con la segunda letra del alfabeto hebreo: la letra beth (b).

 

    Demos, ahora, un salto hasta el comienzo del Salmo 4 donde un creyente implora la ayuda de Dios: “Respóndeme cuando te invoco, oh Dios mi salvador” (Sal 4,2). La palabra que encabeza la oración, “respóndeme”, comienza en hebreo con la letra beth. La referencia al Salmo 4 muestra como la oración del hombre bíblico comienza, en algunas ocasiones importantes, con la segunda letra del alfabeto. Y recalca, de ese modo, y hasta de manera gráfica, como la plegaria es la respuesta del hombre a Dios que le habla y le ama primero. Dios comienza su discurso con la primera letra, la aleph contenida en el “Yo”; y el hombre reza comenzando su plegaria con la segunda letra, la beth, que inicia al término “respóndeme”.

 

     El lector hebreo al leer la primera palabra del Génesis observaba el término bereshit: “Al principio” (Gn 1,1). Al ver que la palabra bereshit comenzaba con la letra beth, la segunda del alfabeto; comprendía el texto como una plegaria. El orante, al convertir en plegaria el relato de la creación percibía la huella de Dios en el mundo; y, a la vez, pedía la fuerza de Dios para edificar la sociedad a imagen y semejanza del creador.

 

    Pero, ¿cómo descubre el orante la presencia de Dios al utilizar el relato de la creación para su plegaria?

 

    Si leemos con atención la narración de la creación descubriremos que la palabra “Dios” aparece treinta y cinco veces. El significado de los números es importante para captar el sentido de la Sagrada Escritura. Saboreemos el significado del número treinta y cinco en el relato de la creación.

 

     El número treinta y cinco es el resultado de multiplicar cinco por siete. El número cinco evoca el Pentateuco que contiene los cinco libros que, para la tradición hebrea, constituyen el núcleo de la Biblia. El número siete indica la plenitud en el ámbito cultural judío. Por eso lo que alcanza la plenitud se relaciona con el número siete. El día sagrado de los judíos, el sábado, es el séptimo día de la semana; y el candelabro del Templo tenía siete brazos. Aunando el significado de los números siete y cinco percibimos el significado del número treinta y cinco: núcleo y plenitud. La palabra “Dios” aparece treinta y cinco veces, porque Dios palpita en el hondón de cada cosa y de cada persona para llevarlos a la plenitud.

 

     Los lectores hebreos convertían la primera página de la Biblia en la contemplación de la presencia de Dios en el corazón del mundo; y, a la vez, al leerla, adquirían el compromiso de construir la sociedad según el proyecto divino.

 

     La Biblia comienza con una plegaria: “el relato de la creación”. Y, desde la perspectiva cristiana, termina con la plegaria final del Apocalipsis: “¡Amén! ¡Ven Señor Jesús!” (Ap 22,20). Desde la perspectiva cristiana la Biblia puede entenderse como un libro de plegaria. Pues desde el comienzo (Gn 1,1-2,4a) hasta el final (Ap 22,20), contempla con los ojos de la fe las huellas de Dios en el Mundo, y exige al hombre que, con la ayuda divina, lleva a cabo el proyecto liberador de Dios.

 

    Ahora leeremos el relato de la creación como la plegaria que muestra la huella de Dios en el mundo, y a la vez compromete al hombre a construir la sociedad con los valores divinos..  

 

 

2. Lectura del texto: Gn 1,1-2,4a.

 

    COPIAR EL TEXTO DE BIBLIA CATALANA INTERCONFESSIONAL

 

 

3. Elementos del texto

 

    El rey Nabucodonosor en el año 587 aC conquistó Jerusalén y deportó parte de la población a Babilonia, la capital de su imperio. El exilio permitió a los hebreos familiarizarse con la ciencia babilónica. Los sabios babilónicos habían redactado la epopeya llamada Atra-Hasis, y el poema denominado Enuma Elish para explicar el origen del Universo y del hombre. Igualmente, habían compuesto la historia de Gilgamesh donde describían la dureza de la condición humana. El exilio terminó en el año 538 aC cuando el rey Ciro conquistó Babilonia. El rey convirtió el país de Israel en una provincia del Imperio Persa, y permitió a los hebreos exiliados regresar a Jerusalén (Esd 1,2-4).

 

     Los sacerdotes habían mantenido la cohesión del pueblo durante el exilio y continuaron rigiéndolo en Jerusalén. Asentados en la Ciudad Santa, los sacerdotes escribieron la historia que narraba los orígenes del pueblo. Ésta historia se denomina, literariamente, “Composición Sacerdotal” y comienza con el relato de la creación.

 

    La ciencia babilónica permitió a los hebreos dibujar el mapa científico del universo. La ciencia babilónica posibilitó que los deportados comprendieran el Universo desde la lógica científica. Por eso cuando los sacerdotes escribieron el relato de la creación tuvieron en cuenta el “mapamundi” aprendido en Babilonia. Pero no se limitaron a describir científicamente el mundo. Lo contemplaron con los ojos de la fe, y plasmaron en la narración de la creación el sentido del Universo y de la Historia. El Mundo y la Historia están sostenidos en las buenas manos de Dios; pero afirmaron también que el Señor exige al ser humano el compromiso de construir la sociedad según los criterios divinos. Veamos algunos elementos del texto para poder ahondar en la perspectiva que implica edificar la sociedad según los criterios de Dios.

 

a. “Al principio” (Gn 1,1)

 

    La elaboración del relato de la creación fue lenta; pero entre los años 400-350 aC constituía ya la primera página del Génesis. En esas fechas la provincia de Judá era una región marginal del imperio persa. Las grandes proezas de David yacían sepultadas en el baúl del olvido; y el magnificente Templo de Salomón había sido sustituido por un templo modesto (Esd 3,12).

 

     Al parangonar la pequeñez de Judá con el esplendor de los persas, los judíos experimentaban la sensación amarga de su fracaso. ¿Qué quedaba de la promesa de Dios a Abrahán?: “Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre” (Gn 12,2). Judá comenzaba a carecer de fundamentos para creer en la bondad de Dios. En lugar de un gran pueblo eran una región pequeña, y en vez de una nación bendita eran súbditos del rey persa.

 

    Pero mientras los fundamentos de la religión hebrea se disuelven, un grupo de sacerdotes escribe una plegaria para devolver al pueblo la esperanza (Gn 1,1-2,4a). Comienzan su oración con diciendo: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1,1).

 

    La palabra “principio” presenta en castellano dos acepciones principales. Por una parte indica el comienzo de alguna cosa: el lunes es el “principio de la semana”. Por otra parte indica que una persona o una cosa tiene fundamento. Por ejemplo, al ver a alguien que destaca por su rectitud ética decimos: “es una persona de principios”. Al decir eso no indicamos que la persona tenga un “comienzo”, sino que su vida está “fundamentada” en valores buenos. La locución “al principio” contenida en Gn 1,1 no significa “al inicio” o “al comienzo”, sino “en el fundamento”.

 

    Los sacerdotes saben que los habitantes de Jerusalén, al sentirse la región marginal de un imperio lejano, se preguntan: ¿la vida y el mundo tienen algún sentido; algún fundamento? La respuesta de los sacerdotes es una profesión de fe: ¡Sí, la vida y el mundo tienen sentido porque se fundamentan en Dios! En el fundamento de todo, “al principio”, late la presencia de Dios. Sociológicamente hablando, los sacerdotes podrían pensar que la religión hebrea daba sus últimos estertores. Pero desde la óptica de la plegaria, comprenden que las cosas no son así: en el fundamento de todo está la presencia de Dios. O, dicho en lenguaje poético, afirmarían: La vida y el mundo tienen sentido porque reposan en las buenas manos de Dios.

 

b. “ creó Dios el cielo y la tierra.” (Gn 1,1)

 

    Los sacerdotes afirman que el Universo tiene sentido al sostener que ha sido creado por Dios. El universo, el cielo tierra, reposa en las buenas manos de Dios porque Él lo ha creado. La palabra “crear” es peculiar en el AT, pues sólo se utiliza para indicar acciones realizadas por Dios. El hombre “hace” y “fabrica” pero sólo Dios “crea.”

 

    ¿Qué significa “crear”? El lenguaje actual explica que la acción de “crear” consiste en hacer surgir alguna cosa de la nada. Pero en tiempos antiguos el significado de la palabra “crear” era distinto. No implicaba hacer surgir algo de la nada, sino conferir sentido a lo existente.

 

     Veamos un ejemplo tomado de Isaías. El profeta recuerda la cautividad de los israelitas en Babilonia, y habla al pueblo en nombre de Dios: “Así dice el Señor, vuestro libertador, el Santo de Israel: Por amor a vosotros envié una expedición a Babilonia y arranqué los cerrojos de las puertas [...] Yo soy el Señor, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey.” (Is 43,14-15). Israel padecía el dolor de la deportación en Babilonia, pero el Señor lo liberó por mediación del rey Ciro (Is 41,1-5). El Señor dice a su pueblo: “soy el Creador de Israel” (Is 43,15), pero con eso no indica que haga surgir a Israel de la nada, pues cuando Israel padecía el exilio babilónico (597-538) llevaba siglos existiendo como pueblo.

 

     La locución “el Creador de Israel” (Is 43,14) es paralela a “vuestro libertador” (Is 43,15). El Señor crea a Israel cuando le libera de las garras de Babilonia. Por tanto, en Is 43,14-15, la voz “crear” debe entenderse como “liberar”. Afirmar que Dios crea a su pueblo significa declarar que lo libera. El Señor otorga un sentido nuevo a la vida de su pueblo: la nación deportada se convierte en un pueblo libre.

   

    La referencia a Isaías muestra que el sentido de la palabra “crear” no connota, en un primer momento, la acepción de hacer surgir alguna cosa de la nada. Implica la experiencia de la liberación y el descubrimiento del sentido de la vida. Y, precisamente, ese es el significado de la palabra “crear” en Gn 1,1. Cuando Dios crea el mundo, lo libera y le confiere sentido. Pero ¿de qué libera Dios al Cosmos y qué sentido le otorga? Veámoslo en el apartado siguiente.

 

c. “La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2)

 

    A primera vista las palabras “soledad”, “caótica” y “abismo” parecen la reseña geográfica de la Tierra (Gn 1,2). Sin embargo ésos términos no constituyen una descripción geográfica. Indican la percepción religiosa de los sacerdotes al contemplar la desazón del pueblo. Los habitantes de Jerusalén, alejados de Dios, yacen en la idolatría. Y el alejamiento de Dios, la idolatría, se expresa en el relato de la creación mediante las palabras “soledad caótica [...] abismo”. Veámoslo.

 

    La palabra “soledad” se pronuncia tohu en lengua hebrea. El libro de Samuel la asocia directamente a la idolatría: “No os apartéis del Señor, para seguir a los ídolos (tohu, soledad), que de nada sirven, porque son dioses vanos (tohu, soledad)” (1Sm 12,21). Isaías utiliza el término tohu para fustigar a los ídolos y a sus adoradores: “viento y vacío son sus estatuas (tohu, soledad)” (Is 41,29); “los que fabrican ídolos son inútiles (tohu, soledad)” (Is 44,9).

 

    El vocablo de Gn 1,2 “caótica” en hebreo se escribe bohu. Figura sólo tres veces en la Biblia y siempre asociado a la palabra “soledad” (tohu) (Gn 1,2; Is 34,11; Jr 4,23). ¿Cuál es el significado de la asociación de las palabras “soledad” y “caótica”; (tohu bohu)? Tal vez sea en la profecía de Jeremías donde aparezca su relación de forma más clara.

 

    Jeremías exige, en nombre de Dios, la conversión de Israel y Jerusalén (Jr 4,1.8.14). La situación del pueblo, insensato e incapaz de obrar el bien (Jr 4,22), se describe geográficamente. La tierra es caótica (bohu) y vacía (tohu, soledad) (Jr 4,23), el cielo carece de luz (Jr 4,23), el hombre no existe (Jr 4,25) y las aves del cielo han huido (Jr 4,25). El texto de Jr 4,23-25 muestra la situación de Jerusalén alejada de los caminos de Dios. Situación que Jeremías describe de forma semejante a la del Universo anterior a la creación. La tierra es caótica (bohu) y vacía (tohu, solitaria) (Gn 1,2), no hay luz (Gn 1,3), todavía no hay aves en el cielo (Gn 1,20.21) y el hombre no ha aparecido (Gn 1,27).

 

    En definitiva Jeremías detalla la situación del pueblo idólatra e incapaz de obrar el bien (Jr 4,22); y, para eso, lo describe en la situación anterior a la creación: “Miro a la tierra: un vacío (tohu, soledad), un caos (bohu, caótico)” (Jr 4,23).

 

    La lengua hebrea escribe el término “abismo” mediante la voz tehom. El abismo representa en el AT el gran depósito de agua situado bajo la superficie terrestre (Gn 33,13c; Pr 8,24). Pero, a la vez, esconde también el poder agresor capaz de asolar la tierra tal como describe la narración del Diluvio: “era el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes, cuando reventaron las fuentes del abismo (tehom) [...] y fueron aniquilados todos los seres que había sobre la faz de la tierra [...] tan sólo quedó Noé y los que estaban con él en el arca” (Gn 7,11-24).

 

    El Diluvio no aconteció por casualidad, fue la consecuencia de la idolatría. Fue la consecuencia del pecado humano: “Dios se fijó en la tierra y vio que estaba pervertida, porque la gente tenía una conducta perversa. Entonces dijo Dios a Noé: tengo decidido poner fin a todos los seres vivos, porque toda la tierra está llena de maldad a causa de los hombres.” (Gn 6,12-13). Sin embargo la aniquilación no fue absoluta, pues Noé y su familia escaparon de la catástrofe: “El Señor dijo a Noé: ‘Entra en el arca tú con toda tu familia, pues tú eres el único justo que he encontrado en esta generación” (Gn 7,1).

 

    El profeta Jeremías describía la idolatría de su pueblo (Jr 4,22) diciendo que la “tierra” era caótica (bohu) y vacía (tohu, soledad) (Jr 4,23). El autor de la narración del Diluvio mostraba cómo el poder del abismo (tehom) había aniquilado la tierra pervertida. Los sacerdotes redactores de la narración de la creación perciben la tierra sostenida en las malas manos de los ídolos: la soledad (tohu), el caos (bohu) y el abismo (tehom). Éstas tres palabras simbolizan los ídolos que a lo largo de la historia apartaron a Israel de la bondad de Dios: el afán de poder, el ansia de poseer y el deseo de aparentar. Si observamos nuestra vida constataremos cómo los ídolos que nos separar de Dios no están hechos de madera, sino de dinero, orgullo y falsedad.

 

    Si los sacerdotes contemplaran Jerusalén sólo desde la perspectiva humana no saldrían del desencanto. Jerusalén es una ciudad marginal del imperio persa, y sus habitantes abandonan la fe para medrar en la vida entregándose a los falsos dioses. Pero los sacerdotes además de percibir la realidad con la lucidez humana, la contemplan con los ojos de la fe. Perciben que su tierra está masacrada en las malas manos de los ídolos; pero creen firmemente que la salvación de Dios es más fuerte que el poder de los ídolos de muerte. Pero para captar cómo la misericordia de Dios puede más que el reto de los ídolos vayamos al siguiente apartado.

 

d. “mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.” (Gn 1,2)

 

    En tiempos de Noé la tierra estaba pervertida pero Dios salvó al patriarca y a su familia (Gn 7,1; Hb 11,7). Durante el exilio el pueblo hebreo se precipitaba a la extinción, y Dios por mediación de Ciro salvó a Israel (Is 41,1-5). Los sacerdotes contemplan la Ciudad Santa machacada por el puño idolátrico, pero creen firmemente que Dios no abandonará Jerusalén. Los sacerdotes manifiestan su convicción con estas palabras: “el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.” (Gn 1,2). Mientras la idolatría, representada en este caso por las aguas, deshace Jerusalén; el espíritu de Dios, símbolo del mismo Señor, protege a su pueblo.

 

    La palabra hebrea que traducimos por “aletear” aparece tres veces en la Biblia (Gn 1,2; Dt 32,11; Jr 23,9). El término “aletear” es sinónimo de “proteger” y “cuidar”. Moisés describe cómo Dios protegió y salvó a su pueblo mediante la alegoría del águila que aletea sobre a sus polluelos: “El Señor abrazó y cuidó a su pueblo, lo guardó como la niña de sus ojos: como el águila que incita a su nidada y aletea sobre sus polluelos (Dt 32,10-11). Cuando el águila aletea sobre sus crías es para protegerlas del enemigo y cuidarlas depositando comida en el nido. El águila simboliza a Dios, mientras los polluelos representan a los israelitas. Los ídolos son los enemigos del pueblo de Dios; pero, el Señor, como el águila, no abandona a sus hijos sino que los cuida y protege.

 

    Los sacerdotes muestran en su plegaria como el mundo, a pesar de su pecado, cuenta con el auxilio del Señor, pues el espíritu de Dios sigue aleteando sobre las aguas. Pero saben que la decisión de abandonar las manos perversas de los ídolos para permitir al Señor que nos sostenga en sus buenas manos, es una decisión que incumbe al ser humano. Dios es bueno y acompaña siempre al hombre pero no suple nunca la responsabilidad humana. ¿Cómo se pueden abandonar las manos de los ídolos para vivir en las manos de Dios?. En otras palabras qué metodología debe emplear el hombre para edificar la sociedad utilizando los criterios de Dios. Veámoslo.

 

e. El proceso de la creación (Gn 1,3-31)

 

    La oración compuesta por los sacerdotes incluye la metodología para huir de los ídolos y reposar en las buenas manos de Dios. Lo primero que Dios hizo fue la luz. Después estableció la bóveda del cielo. Luego reunió las aguas ubicadas bajo el firmamento en la región que denominó “mares”. Al congregarse las aguas emergió lo seco, que Dios llamó “tierra”. Acto seguido ordenó que la tierra produjera la vegetación. Seguidamente colocó en la bóveda celeste dos lumbreras grandes (Sol y Luna), y las estrellas. A continuación Dios ordenó que las aguas produjeran seres vivos capaces de nadar; y creó, más tarde, los cetáceos y las aves. Ordenó a la tierra que produjera ganados, reptiles, y bestias salvajes. Y, finalmente, Dios creó al ser humano otorgándole el señorío sobre la creación. Dios realizó su obra en seis días y el día séptimo descansó.

 

    Para describir el proceso de la creación, los sacerdotes se basaron en los grandes relatos aprendidos en Babilonia: Enuma Elish y Atra-Hasis. Sin embargo la intención sacerdotal no radica en la explicación geológica y biológica del mundo, sino en ofrecer al hombre una propuesta para construir la sociedad con los criterios de Dios. Los criterios exigidos por los sacerdotes para edificar la sociedad plenamente humanizada son dos.

 

* La alusión al cumplimiento de los Mandamientos.

 

    El relato de la creación muestra cómo Dios creó el mundo en seis días; por eso solemos pensar, erróneamente, que hizo una cosa cada día. Si leemos atentamente el relato veremos que Dios no creó el mundo mediante seis órdenes sino a través de diez: “Que exista la luz”; “que haya una bóveda”; “que las aguas [...] se reúnan”; “produzca la tierra vegetación”; “que haya lumbreras”; “que rebosen las aguas de seres vivos”; “creced y multiplicaos, referido a los animales”; “produzca la tierra seres vivientes”; “hagamos al hombre”; “creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”. Tras la ejecución de cada orden el Señor observa el resultado y dice “era bueno”; y al final contempla el universo y exclama “todo era muy bueno” (Gn 1,31).

 

    El universo fue creado mediante diez mandatos de Dios; o a través de “Diez Palabras” según dicen nuestros hermanos hebreos. En el Sinaí, el Señor prescribió otras “Diez Palabras”, los “Diez Mandamientos” (Ex 20,1-17), para que el pueblo practicara la justicia y, como consecuencia, viviera en paz. Los sacerdotes escribieron de forma premeditada la creación mediante diez mandatos divinos, para que el lector asociara las “Diez Palabras” con los “Diez Mandamientos”. De ese modo el lector aprendía una lección: “Dios, con Diez Palabras, creó un mundo muy bueno; ahora depende de mí que continúe siendo bueno, y la forma de conseguirlo estriba en vivir en plenitud los Diez Mandamientos.

 

* La exigencia del compromiso personal en el proceso de liberación humana y social.

 

    No basta conocer los Diez Mandamientos. Para construir la sociedad justa y pacífica hay que ponerlos en práctica. Los sacerdotes, al ofrecer el proyecto de Dios son incisivos en el compromiso personal. Oigamos el relato: “Entonces dijo Dios: Hagamos a los hombres a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). La palabra “hagamos” ha inquietado siempre a los intérpretes ¿Por qué habla Dios en plural? No sería más lógico que lo hiciera en singular: “Haré al hombre a mi imagen y semejanza”. Las interpretaciones del término “hagamos” son diversas pero centrémonos en las más importantes.

 

    La primera interpretación comprende la palabra “hagamos” en sentido mayestático. Antiguamente las personas importantes hablaban en plural. El Papa antiguamente hablaba en plural: no decía “Yo decido”, sino “Nos decidimos”. La palabra “Nos” utilizada por los papas constituye un plural mayestático para realzar la importancia de quien habla. La segunda interpretación caracterizó a muchos padres de la Iglesia Antigua, quienes tras el término “hagamos” percibían la presencia de la Santísima Trinidad.

 

    El relato de la creación constituye el proyecto de Dios a la humanidad para que construya una sociedad según los criterios divinos. Cuando Dios dice “hagamos a los hombres a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26); se dirige directamente a nosotros que estamos leyendo este libro. Dios nos hace una propuesta “hagamos a los hombres”. Es decir, el Señor afirma: Yo y vosotros construyamos una sociedad plenamente humanizada. El Señor nos ofrece su Ley y su ayuda, para comprometernos en la construcción de la sociedad pacífica y solidaria. Dicho en términos del NT, el Señor  nos compromete a edificar el Reino de Dios.

 

f. El compromiso específico del hombre (Gn 1,26-31)

 

    El relato destaca la importancia del ser humano describiendo su origen mediante la triple utilización del término “crear” (Gn 1,27). Dios no establece diferencias entre el hombre y la mujer: ambos tienen el mismo rango. La especificidad de la creación del hombre radica en un matiz crucial, dice el Señor: “a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gn 1,26.27).

 

     Los términos “imagen” y “semejanza” indican que el hombre es semejante a Dios, porque es el único ser de la creación capaz de entender lo que Dios manda y, además, cumplirlo. El hombre entiende la voz de Dios y por eso puede vivir según el proyecto divino, preguntándose si lo que hace sirve para que la sociedad y el mundo se conviertan en algo “muy bueno” (Gn 1,31).

 

    El Señor añade una característica a la condición humana: “para que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra” (Gn 1,26). El hombre es el vértice de la creación pues domina sobre la tierra y los animales. El verbo “dominar” no significa “oprimir” ni “aplastar”. La palabra “dominar” significa propiamente “cuidar”, procurar que la creación continúe siendo “muy buena” (Gn 1,31). La persona humana debe cuidar el mundo y mimar la historia para descubrir las huellas de Dios.

 

    Dios no deja solo al hombre, sino que se compromete con él para que lleve adelante el proyecto divino. Y el compromiso divino se llama bendición: “Dios los bendijo” (Gn 1,28). La bendición contiene la solidaridad de Dios con el hombre para que se sienta arropado por su ternura. Dios afina las características de su bendición: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra” (Gn 1,28).

 

    Destaquemos otro matiz de la bendición divina: “someter” El término “someter”, en el relato de la creación, no alude a la acción de “tiranizar” o “subyugar”, sino que se asemejan al término “velar”. El hombre debe velar para que la creación se desarrolle según el proyecto de Dios; y velar también para que los ídolos no le aparten a él del proyecto divino. Someter la tierra indica “estar por encima de la tierra”; es decir, velar para que las riquezas terrenales no aparten el corazón humano del plan de Dios.

 

   

4. Síntesis y reflexión final

 

    El relato de la creación es una plegaria ideada para que descubramos la presencia divina en los entresijos del mundo, y pongamos en práctica el proyecto de Dios para transformar la humanidad a su imagen y semejanza. Por eso al leer el relato como una plegaria conseguimos dos cosas. Por una parte percibimos las huellas de Dios en los recodos del mundo; y, por otra, pedimos al Señor que nos conceda su fuerza para construir una sociedad trenzada a su imagen y semejanza.

 

    La creación consiste en la acción de Dios por la que el Mundo deja de estar oprimido por el poder de los ídolos, para sostenerse en las buenas manos de Dios. El Señor es el autor de la creación, pero demanda del ser humano la colaboración para que el mundo sea una realidad “muy buena”. La colaboración humana estriba en el cumplimiento de los mandamientos, y en el compromiso personal en la humanización de la sociedad. Sin embargo Dios no permanece ajeno al compromiso humano. El Señor concede mediante su bendición al ser humano la gracia para cuidar y velar sobre la tierra convirtiéndola en imagen y semejanza del mismo creador.

 

    Finalizada la redacción del relato de la creación, el pensamiento hebreo se enriqueció con la aportación cultural griega. El pensamiento griego entendía la creación como el resultado de hacer surgir alguna cosa de la nada. La sabiduría griega quedó recogida en los últimos libros del AT. De ese modo la epopeya de los Macabeos relata la creación como el acto mediante el cual Dios hace surgir todas las cosas de la nada.

 

    La Historia Macabea cuenta como una madre sufre ante el martirio de sus siete hijos, y dice al último: “Te pido hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y del mismo modo fue creado el hombre” (2Mac 7,28). Ése detalle muestra que el pensamiento bíblico evoluciona y se perfecciona en el seno de la Sagrada Escritura, para llevarnos de la mano hacia el conocimiento de Dios: el amigo fiel que nos protege y nos cuida.

 

 


 

 


lunes, 11 de enero de 2021

MARÍA, HERMANA DE MOISÉS

 

                                                                          Francesc Ramis Darder

                                                                          bibliayoriente.blogspot.com


  

    La identidad de María puede entreverse a través de las listas genealógicas del AT. Como narra la historia cronista, un hijo de Leví, Queat, engendró a Amrán, de quien nacieron: Aarón, Moisés y María (1Cr 5,29). Conviene señalar que la lista genealógica de la tribu de Leví sólo refiere la identidad de una mujer: María (1Cr 5,27-6,38); el detalle pone de manifiesto la especial relevancia de María.

 

    El libro de los Números ahonda en la ascendencia de María: la mujer de Amrán se llamaba Yoquébed, hija de Leví, que le nació a Leví en Egipto, Amrán tuvo con ella a Aarón, a Moisés y María su hermana (Nm 26,59). El texto recalca la ascendencia levítica de María, hermana de Aarón y Moisés, y el lugar de nacimiento de su madre, Egipto.

 

    Las genealogías del libro del Éxodo acotan la descendencia de Amrán y Yoquébed a los hijos varones: Aarón y Moisés (Ex 6,20). Cuando el libro relata la ocasión en que la madre de Moisés escondió a su hijo en la cesta que puso entre los juncos del Río, subraya como la hermana del niño se apostó a lo lejos para ver en que paraba todo; ahora bien, a pesar de la mención de los hermanos, el texto omite sus nombres: Moisés y María (Ex 2,1-4).

 

    Según 1Cr 5,29 y Nm 25,59 la única hermana de Moisés es María, y a tenor de Ex 2,4 la hermana de Moisés tendría que ser mayor que él, de lo contrario ¿como podría apostarse junto al Río si fuera menor que el recién nacido? Así pues, cabe pensar que 1Cr 5,29 y Nm 25,59 no mencionan a María en tercer lugar, después de Aarón y Moisés, para indicar que fuera la hermana menor, sino que la colocarían en tercer lugar en razón del protocolo que situaba la condición femenina en el último escalón; como es evidente, el texto disimula la relevancia de María respecto de Moisés y Aarón.

 

    Como hemos señalado, el relato de la cesta de mimbre no menciona el nombre de la hermana de Moisés, María; y, por si fuera poco, el libro del Éxodo se refiera a María tan sólo como hermana de Aarón: “María la profetisa, hermana de Aarón” (Ex 15,20). La mención de la hermandad entre María y Moisés, asentada en Crónicas y Números, desaparece; pues a excepción de 1Cr 5,29 y Nm 25,29 ningún otro texto señala el parentesco entre Moisés y María.

 

   ¿A que se debe la decisión de relegar el papel de María? A nuestro entender, el desaire no es casual, sino deliberado. Con la intención de recalcar la grandeza de Moisés, los redactores de libro del Éxodo, varones insignes, mitigaron la relevancia de María. Sin embargo, al ahondar entre las líneas del libro, aún apreciamos la importancia de María, ensombrecida por la magnificencia de Moisés. Veámoslo

 

    Como narra el libro del Éxodo, el faraón, temeroso de los hebreos esclavizados en Egipto, proclamó un edicto: “A todo niño recién nacido (hebreo) arrojadlo al Río; pero a las niñas, dejadlas con vida” (Ex 1,22). En esta coyuntura, un hombre de la casa de Leví (Amrán) tomó por mujer una hija de Leví (Yoquébed). La mujer concibió y dio a luz un hijo (Moisés). La orden del faraón determinaba la muerte de la criatura; pero la madre, ansiosa por salvarlo, metió al niño en una cestilla que depositó entre los juncos del Río. La hermana del niño (María) se apostó a lo lejos para ver lo que pasaba.

 

    Cuando la hija del faraón bajó a bañarse en el Río, vio la cestilla. Al abrirla, exclamó: “Es un niño hebreo” (Ex 2,6). La princesa sabía que la muerte era el destino de los niños hebreos, pero se compadeció de la criatura. De pronto, la hermana del niño (María) se presentó ante la princesa con una propuesta sorprendente: “¿Quieres que vaya a buscarte una nodriza hebrea para que te críe este niño?” (Ez 2,7).

 

    La hija del faraón aceptó la oferta, y la hermana le presentó a la madre del niño (Yoquébed). La madre crió a su propio hijo (Moisés) y, cuando se hizo grandecito, se lo llevó a la hija del faraón, la cual lo adoptó y le dio el nombre de Moisés. Conviene notar que el relato omite el nombre de los protagonistas de la historia, con excepción del niño a quien la princesa llamará Moisés.

 

    La ingenuidad del relato trasparenta la importancia de María por cuanto concierne a la misión de Moisés. La madre del niño (Yoquébed), en connivencia con la hermana (María), burla la orden del faraón para salvar la vida de la criatura que debía morir ahogada. Aunque desconozcamos la legislación, cabe pensar que la desobediencia a la orden faraónica ponía en riesgo la vida del culpable; así pues, la hermana puso en jaque su propia vida para que Moisés conservara la suya.

 

    Cuando Moisés era mayor, constató los duros trabajos que soportaban los hebreos. Como narra la Escritura, auxilió a los de su raza: mató a un egipcio que maltrataba un hebreo e intentó calmar las rencillas entre los hombres de su pueblo. La actitud de Moisés suscitó el recelo del faraón que instó su ejecución. Moisés huyó al país de Madián, donde conoció a Reuel y contrajo matrimonio con Séfora, su hija.

 

    Ahora bien, mientras Moisés recibía una educación principesca, María soportaba, junto al resto de hebreos, la tiranía egipcia (Ex 2,23); Moisés pudo escapar de la persecución del faraón, pero María tuvo que permanecer bajo el despotismo egipcio.

 

    María, como el resto de su pueblo, imploró el auxilio divino, hasta que Dios escuchó su clamor e intervino (Ex 2,24-25). Como sabemos, el Señor se reveló a Moisés en el monte Horeb para enviarle a Egipto, en compañía de su hermano Aarón, para liberar a los hebreos sometidos a esclavitud. Moisés se convertirá en el libertador, pero será el clamor de los oprimidos, entre quienes se encuentra María, el que suscitará la intervención divina en bien de quienes sufren la esclavitud en Egipto.

 

    Moisés liberó al pueblo y lo condujo hasta el mar; las aguas se abrieron, el ejército egipcio sucumbió entre las olas, mientras los hebreos cruzaron las aguas a pie enjuto.    Cuando el pueblo liberado alcanzó la otra orilla, Moisés y todos los israelitas entonaron un cántico triunfal en honor del Señor (Ex 15,1-18). Concluido el cántico, el relato menciona la identidad de María, hermana de Moisés, por vez primera vez en el libro del Éxodo. María, la profetisa, hermana de Aarón, tomó en sus manos un pandero, y todas las mujeres la seguían con panderos, bailando; y María les respondía: “¡Cantad al Señor, por la gloria de su victoria; caballos y jinetes precipitó en el mar!” (Ex 15,21).

 

    El cántico triunfal, entonado por Moisés y la asamblea, sugiere sobre todo la experiencia de los libertadores; recordemos que Moisés, protagonista de la liberación y vocero del cántico, no había palpado en sus carnes el penar del esclavo. A modo de contrapunto, el testimonio de María, eco de la algazara de las mujeres, traspira el aire de quienes fueron esclavos, pues mientras Moisés crecía como un príncipe, María, voz del cantar femenino, sufría el oprobio junto al Nilo.

 

    María sabe del penar del esclavo, pero también ha desempeñado una tarea relevante en la liberación de su pueblo. Su intervención fue decisiva para la salvación de Moisés, el libertador elegido, mientras su plegaria, unida a la comunidad cautiva, suscitó la decisión divina de enviar a Moisés para salvar al pueblo doliente. La figura de María encarna el compromiso de los oprimidos que luchan por su liberación.

 

    El libro del Éxodo es parco en el uso del término ‘profeta’, sólo aparece dos veces. La primera denota la relación entre Aarón y Moisés; dijo Dios a Moisés: “Mira yo te hago un dios para el faraón y tu hermano Aarón será tu profeta; tú le dirás cuanto yo te mande; y Aarón, tu hermano, se lo dirá al faraón” (Ex 7,1-2). En definitiva, Dios habla a Moisés, Moisés se lo comunica a Aarón quien a su vez lo hace saber al faraón; es decir, Aarón es el profeta de Moisés porque habla por boca de Moisés para anunciar al rey de Egipto la voluntad divina.

 

    La segunda vez que aparece el término ‘profeta’ lo hace en femenino, ‘profetisa’, para caracterizar la función de María en el seno de la asamblea liberada. La profetisa refiere a las mujeres, por una parte, lo que Dios ha hecho en bien de su pueblo: “caballo y jinete precipitó en el mar”; y, por otra, invita a las mujeres a la alabanza divina: “¡Cantad al Señor, por la gloria de su victoria!”. Así como Aarón comunicaba al faraón la palabra de Moisés, calco de la voluntad divina, María hace saber a las mujeres la forma en que el Señor ha derrotado a los enemigos: Aarón es el profeta de Moisés, pero María es la profetisa de Dios que comunica el gozo de la salvación al pueblo liberado.

 

    María representa la voz de los oprimidos que luchan por la libertad. Bajo la mención de la plegaria de los esclavos, entre quienes se cuenta María, palpita la solidaridad comunitaria, y bajo la astucia de la hermana (María) ante la princesa late la lucha de los siervos por su propia liberación. Aún así, el ejemplo de María, modelo de combate por la libertad, queda ensombrecido por la prestancia de Moisés; pero, cabe pensar ¿qué hubiera sucedido con el libertador, si la hermana no hubiera vigilado la cesta de mimbre?

 

    Como hemos expuesto, libro del Éxodo pretende oscurecer, sin conseguirlo del todo, la personalidad de María para resaltar la grandeza de Moisés. Veremos ahora como el libro de los Números intenta ensalzar la identidad de Aarón a costa de la figura de María. El libro relata la disputa de María y Aarón con Moisés. María y Aarón murmuraron contra Moisés a causa de la mujer cusita que el libertador había tomado por esposa (Nm 12).

 

    Al decir de la Escritura, Moisés contrajo matrimonio con Seforá, hija de Raguel, sacerdote de Madián, Ahora bien, María y Aarón le recriminan el matrimonio con una cusita. ¿A que mujer se refieren? Según el sentido habitual, el país de Cus corresponde a Etiopía, pero en la profecía de Habacuc, la región de Cusán se identifica con Madián (Hab 3,7); desde esta perspectiva, Cusán, o Cus, podría ser la designación arcaica de Madián. Así pues, María y Aarón podrían estar censurando el matrimonio de Moisés con Seforá, la madianita. ¿Por qué motivo?

 

    Aunque Moisés fuera hebreo, descendiente de Leví, había recibido la educación de un príncipe egipcio, y su matrimonio con Seforá, hija de un sacerdote de Madián, le habría imbuido en la cultura y la religiosidad madianita. Aún siendo hebreo, Moisés tenía una formación extranjera, egipcia y madianita. Así pues, quizá cabe pensar que pudiera desempeñar la misión de guiar al pueblo desde parámetros un tanto ajenos a la mentalidad hebrea, egipcios y madianitas. Desde este ángulo, la protesta de Aarón y María no censuraría el matrimonio de Moisés como tal, sino los modales distantes de la idiosincrasia hebrea que caracterizarían la conducta del libertador.

 

    Así lo certifica la crítica de Aarón y María, cuando censuran la arrogancia de Moisés: “¿Acaso ha hablado el Señor sólo con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros?” (Nm 12,2). Ambos reivindican su papel como interlocutores de Dios y, por tanto, su función como guías de la comunidad peregrina. El mismo relato confirma la dignidad de Aarón y María para desempeñar un papel relevante, pues Dios también se dirigió a María y Aarón: “el Señor dijo a Moisés, a Aarón y a María […]” (Nm 12,4).

 

    Aarón y María desempeñaron un papel determinante en la liberación del pueblo. El empeño de María fue decisivo: su valentía posibilitó que Moisés, oculto en la cestilla, conservara la vida. La tarea de Aarón también fue esencial: su papel de intermediario entre Moisés y el faraón determinó, en buena medida, la salida de Egipto. Cuando Aarón y María reivindican ante Moisés su relevancia dirigente, están cargados de razón; sobre todo, si Moisés, deudo de su educación, rige la comunidad con acento extranjero, obviando, quizá, las costumbres hebreas.

 

    No obstante, el hilo del relato parece desoír la queja de María y Aarón mientras exalta la grandeza de Moisés. El libertador aparece como “el más humilde de los hombres”, el que habla con Dios boca a boca y contempla la imagen divina (Ex 12,3.6-7ª). A modo de contraluz, la narración pone en boca de Dios la severa censura contra la conducta de Aarón y María; pero, sorprendentemente, el furor divino descarga su ira tan sólo sobre María para herirla con el flagelo de la lepra: “María advirtió que estaba leprosa” (Ex 12,10).

 

    De inmediato, surge una pregunta: ¿Por qué el redactor del libro subraya que Dios se ceba con María y deja impune a Aarón? A decir de los comentaristas, el ascendente sacerdotal de Aarón determinó que el autor de la epopeya del Éxodo viera con malos ojos que el sacerdote por excelencia, Aarón, contrajera la lepra como castigo divino; por esa razón, habría suprimido la mención de la lepra que, según la tradición original, también habría recaído sobre el hermano de Moisés.

 

    Sin desdeñar la posición de los eruditos, cabe otra interpretación. El relato enfatiza que fue María quien incitó la disputa, el texto dice literalmente: “Habló María con Aarón contra Moisés” (Ex 12,1); tal vez por esa razón, el autor del relato descargue el  castigo divino sobre María y exima a Aarón de cualquier reproche. Ahora bien, la frase subraya, y eso es lo importante, que fue María quien suscitó la protesta contra Moisés. Aarón juega un papel subordinado, sólo tras escuchar a María toma parte en la queja contra Moisés. La posición de María determina la protesta contra las formas extranjeras con que Moisés dirige el destino de la comunidad liberada; quizá por eso el redactor del libro derrame el furor divino sobre María y deje indemne la complicidad de Aarón.  

     

    Atento al dolor de María, Aarón implora el perdón divino por el pecado que ambos han cometido: la crítica contra Moisés, el siervo de Dios. Entonces Moisés, el mediador divino, suplica la curación. Al decir del relato, Dios accede, pero señala un matiz: “Que permanezca siete días fuera del campamento, después será admitida de nuevo” (Nm 12,14). Como señala la narración, María quedó siete días fuera del campamento; pero el pueblo no partió hasta que ella pudo reintegrase en la asamblea peregrina.

 

    El pueblo obedece a Moisés y respeta a Aarón, pero sólo emprende la ruta cuando llega María. ¿Por qué motivo? Como expusimos, María compartió la vida de los esclavos, mientras Moisés crecía en palacio; y, también ella, como acabamos de ver, levantó la voz contra la arbitrariedad de Moisés. Sin duda, la dimensión profética de María radica en la decisión de convertirse en la voz de los que más han sufrido en Egipto y en el clamor de quienes son desdeñados por la autoridad israelita; por esa razón, el pueblo aguarda el regreso de su mejor valedor: María, la profetisa.

 

    Aunque los relatos dejen a María a la sombra de Moisés y Aarón, la Escritura compensa la afrenta concediéndole un título solemne: “la profetisa” (Ex 15,20). Si comenzamos a leer la Biblia por la primera página, constataremos que María es la tercera persona reconocida como profeta: el primero es Abrahán (Gn 20,7) y el segundo es Aarón (Ex 7,1).

 

   Apurando el análisis, el profetismo de María también evoca el de Abrahán. El Génesis adscribe el profetismo de Abrahán a su capacidad de interceder por el bien del rey de Guerar. Como subraya el relato, dijo Dios al monarca: “Este hombre (Abrahán) es un profeta, él rogará por ti para que vivas” (Gn 20,7). El profetismo de María también esconde, en buena medida, la función intercesora; pues, mediante la reivindicación y la crítica, intercede en favor del pueblo peregrino, a veces desdeñado por el talante autoritario de Moisés.

 

    El libro de los Números certifica que María murió en Cadés, y que allí fue sepultada (Nm 20,1). El Deuteronomio, recordando la lepra que contrajo María, advierte sobre la necesidad de observar las normas levíticas que previenen el contagio (Dt 24,9).

 

    Sin embargo será otro profeta, Miqueas, quien devolverá a María el papel que le corresponde en la liberación del pueblo sometido. Dice la profecía: “Yo (Dios) te saqué (a Israel) del país de Egipto, te rescaté de la esclavitud y mandé delante de ti a Moisés, Aarón y María” (Miq 6,4). La voz del profeta reconoce el papel de la profetisa. María, oculta bajo el manto de sus hermanos, salvó la vida de Moisés, imploró la salvación del pueblo esclavizado, reivindicó la dignidad de la comunidad peregrina y, sobre todo, fue la voz de quienes padecieron la humillación en Egipto y de quienes sufrieron menosprecio durante la ruta del desierto.

 

    Condicionados por el atavismo cultural, los autores bíblicos eclipsaron la grandeza de María bajo la magnificencia de Aarón y de Moisés; sin embargo, el susurro de la Escritura aún deja entreoír la nobleza de María: profetisa de Dios y profetisa del pueblo.