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martes, 3 de agosto de 2021

NOADÍA

 


                                                                Francesc Ramis Darder

                                                               bibliayoriente.blogspot.com

 

    El año veinte del rey Artajerjes, en el mes de Nisán, marzo-abril 445 a.C., Nehemías solicitó el permiso del soberano persa para ir a Jerusalén con intención de restaurar la ciudad. El rey no sólo aceptó la petición, sino que entregó cartas a Nehemías para que los gobernadores de Transeufratina le facilitaran el viaje, y para que Asaf, el responsable de los bosques del rey, le proporcionara madera de construcción para las puertas de la ciudad, la muralla y la casa donde pensaba instalarse (Neh 2,1-8ª). Con el propósito de certificar la solvencia del proyecto, el relato pone en labios de Nehemías una plegaria: “El rey me lo concedió, pues la mano bondadosa de Dios estaba conmigo” (Neh 2,8).

 

    Ahora bien, una vez esbozado el proyecto, comienza a sonar la trompeta de los adversarios. Cuando se enteró Sambalat, el jorita, y su siervo Tobías, el amonita, se disgustaron mucho por la llegada de Nehemías a Jerusalén (Neh 2,10). Sambalat era el gobernador de Samaría, mientras Tobías estaba a sus órdenes como gobernador de Amón. La suspicacia de ambos dignatarios nacía, seguramente, de intereses económicos; pues la reactivación de Jerusalén mermaría la expectativa comercial de Samaría y Amón.

 

    Al cobijo de la noche, Nehemías inspeccionó el estado ruinoso de las murallas; por la mañana, logó convencer a los dirigentes judíos de la urgencia de reparar los muros. Sin embargo, Sambalat y Tobías, junto con Guesen, jeque de las tribus árabes de Quedar, ridiculizaron el intento y acusaron a Nehemías de querer sustraerse a la autoridad persa (Neh 2,11-20).

 

    A pesar de la adversidad, los judíos, obedientes a la voz de Nehemías comenzaron a reparar la muralla; sólo un grupo reducido, los notables de Técoa, se mostraron displicente. Sambalat y Tobías, como cabía esperar, escarnecieron el tesón de la asamblea; aún así, la comunidad logró completar la muralla hasta media altura. Cuando Sambalat, Tobías, los árabes, los amonitas y los asdodeos tuvieron noticia de la reparación de los muros, se conjuraron para atacar Jerusalén (Neh 4,1-2).

 

    La confidencia de algunos judíos, vecinos de los conjurados, previno del peligro a los constructores. Nehemías, atento al aviso, dispuso la defensa: “con una mano cuidaba cada uno su trabajo y con la otra empuñaba el arma” (Neh 4,11). Los enemigos tendieron una emboscada a Nehemías, pero el dirigente consiguió escapar. Sambalat acusó a Nehemías de sedición: “Se oye […] el rumor de que tú y los judíos  estáis pensando sublevaros; por eso reconstruyes la muralla y tratas de hacerte rey” (Neh 6,6).

 

    Ahora bien, los adversarios más duros procedían de las filas judías. Con engaño, Semaías, vendido a Sambalat y a Tobías, anunció una profecía para sugerir a Nehemías que buscara refugio en el templo. Si Nehemías hubiera penetrado en el santuario no sólo habría mostrado su debilidad, también habría cometido la falta que le desacreditaría ante sus hermanos; pues, siendo laico, no podía introducirse en los más recóndito del templo (Nm 18,7). Harto de dolores, Nehemías impetra la ira divina sobre sus adversarios: “¡Acuérdate, Dios mío, de esto que han hecho Tobías y Samabalat; acuérdate también de la profetisa Noadía y de los demás profetas que trataron de atemorizarme!” (Neh 6,14).

 

    Contra todo pronóstico, la muralla quedó terminada el día veinticinco de Elul, en cincuenta y dos días, a comienzos de octubre del 445 a.C. Aún así, los notables de Judá, en connivencia con Tobías, no cesaban de intrigar contra Nehemías. El dignatario, venciendo cualquier temor, confió el mando de Jerusalén a su hermano Jananí, e instaló a Jananías como jefe de la ciudadela; después repobló la ciudad y acogió a quienes regresaban de Babilonia (Neh 6,12-7,3).

 

    Como hemos visto, la Escritura enumera los adversarios de Nehemías que se opusieron a la reconstrucción de las murallas. En primer lugar, figuran los líderes extranjeros: Sambalat, el jorita, gobernador de Samaría; Tobías, el amonita, gobernador de Amón, a las órdenes de Sambalat; y Guesen, jeque árabe de Quedar; también despunta la saña de comunidades vecinas: árabes, amonitas y asdodeos.

 

    En segundo término, destaca la oposición de los nobles judíos: los notables de Técoa y los dirigentes de Judá que, aliados con Tobías, se confabularon contra Nehemías; Tobías contaba con muchos partidarios en Judá por ser yerno de Secanías, hijo de Araj, y por estar casado su hijo Juan con la hija de Mesulán, hijo de Berequías (Neh 6,17).

 

    Conviene notar que Mesulán, hijo de  Berequías, había destacado por su trabajo en la reconstrucción de las murallas (Neh 3,4.32), quizá Semaías, encargado de la restauración de la puerta Oriental, fuera hijo de Sacanías, hijo de Araj. De ahí podemos deducir que también estallaron disputas entre los judaítas que reparaban la muralla, alentadas por Tobías, contra la autoridad de Nehemías.

 

    En tercer lugar, sorprende la oposición de los profetas. El texto menciona a Semaías, hijo de Delaías, hijo de Mehetabel, quien, instigado por Tobías y Sambalat, buscó el descrédito de Nehemías. El texto censura la actitud de Noadía, la profetisa, y de los demás profetas que intentaron amedrentar a Nehemías (Neh 6,16). La lectura parece sugerir que la oposición de Noadía y los demás profetas embistió contra el empeño de Nehemías por edificar la muralla; sin negar la cuestión, permítanos el lector aventurar, desde el al horizonte de la conjetura, una explicación alternativa.

 

    Con la excepción de Noadía, toda la oposición contra Nehemías está en manos de varones y centrada en motivos políticos y económicos. Sambalat, Tobías y Guesen temen que la pujanza de Jerusalén vaya en detrimento del poder de Samaría. El parentesco de Tobías con los judíos y la felonía de Semaías no hacen sino reforzar la posición política y el interés económico de Sambalat y sus adláteres.

 

    ¿Qué papel juega una mujer, Noadía, en la pugna económica y política que el libro de Nehemías adscribe a la disputa entre varones? Siempre desde el prisma de la conjetura, surge otra pregunta: ¿Acaso la crítica de Noadía podría dirigirse contra intereses distintos a los perseguidos por varones, centrados, según subraya el libro de Nehemías, en el poder y en el control de la economía?

 

    El análisis del término “profeta” en los libros de Esdras y Nehemías señala su aspecto positivo: transmiten los mandamientos de Dios (Esd 9,11; Neh 9,30); fieles a la voluntad divina, sufren el martirio (Neh 9,26); soportan las mismas penalidades que el pueblo (Neh 9,32); por si fuera poco, en opinión de Guesen, favorecen la posición de Nehemías, por cuanto concierne a la construcción de la muralla (Neh 6,7). Entonces, si el término “profeta” adquiere una connotación positiva, cabe preguntarse ¿qué razón puede existir para que adopte un aspecto negativo cuando se refiere a Noadía?

 

    Conviene precisar que el término “profeta” no se aplica, en sentido propio a Semaías; el dignatario que tendió una celada a Nehemías. El texto sólo señala que “anunció una profecía”, en el sentido de que “pronunció un vaticinio”; pero insiste en decantarlo de la identidad propia de los profetas: “no había sido enviado por Dios, había anunciado la profecía porque Tobías y Sambalat lo habían comprado” (Neh 6,12). Aclarada la cuestión, volvamos de nuevo a la pregunta: si el libro de Nehemías recalca la percepción positiva de los profetas, ¿por qué arremete contra Noadía, la profetisa?

 

    Como sabemos, la misión de Nehemías y su compañero, Esdras, no se redujo a la construcción de la muralla. Ambas dignatarios emprendieron la reforma de la comunidad judía. Uno de los aspectos cruciales consistió en la conformación de la “raza santa” (Esd 9,2). La raza santa define la identidad de la asamblea judía reformada por Edras y Nehemías: la comunidad reunida al amparo del templo, fiel a la Ley, y claramente diferenciada del resto de la población de Judá (llamado Yehud en tiempos de Esdras y Nehemías).

 

    No obstante, la confección de una comunidad caracterizada, entre otros aspectos, por la uniformidad racial, requirió un sacrifico que recayó sobre las mujeres: todo judío casado con una mujer extranjera tuvo que divorciarse de ella. Esdras hizo jurar a los varones judíos que despedirían a las esposas que no fueran de estirpe judía. Los judíos “se comprometieron bajo juramento a despedir a sus mujeres extranjeras”, y, por si fuera poco “ofrecieron por su delito (haberse casado con mujeres no judías) un sacrificio de reparación” (Esd 10,1-18; Neh 9,1-2).

 

    El libro de Esdras ofrece la larga lista de judíos que despidieron a sus esposas extranjeras: “[…] de los hijos de Jasún: Matenay, Matatá, Zabad, Elifélet, Yeremay, Manasés, Semeí […] etc.” (Esd 10,33); el listado concluye con la mayor dureza: “Todos casados con mujeres extranjeras a las que despidieron junto con los hijos nacidos de ellas” (Esd 10,44).

 

    Por si fuera poco, el libro de Nehemías subraya el desprecio por dos pueblos vecinos: “El amonita y el moabita no entrarán jamás en la asamblea de Dios” (Neh 13,1); y certifica la exclusión de todo extranjero, los miembros de la asamblea: “decidieron excluir de Israel a todo extranjero” (Neh 10,3). Como recalca el relato, cuando Nehemías se enteró del matrimonio de algunos judíos con extranjeras los hizo azotar y mando que les arrancaran los cabellos (Neh 13,23-27).

 

    El repudio de las extranjeras confirió a Israel la unidad racial, pero arrojó a las mujeres extranjeras y a sus hijos en la más cruel marginación; la mendicidad, la prostitución y el desarraigo era la suerte que aguardaba a las mujeres despedidas. Contra tamaña injusticia, cometida en nombre de la Ley, se alzó la voz de los profetas. Como señalamos en su momento, el autor del libro de Jonás compuso un relato donde ensalzaba, contra la posición de Esdras y Nehemías, la misericordia del Dios de Israel hacia los extranjeros, representados por los habitantes de Nínive.

 

    Al unísono con el libro de Jonás, un autor anónimo, redactó el libro de Rut; obra hilvanada, entre otros motivos, para denunciar la intransigencia de Esdras y Nehemías  contra los matrimonios con extranjeras. La trama del libro de Rut es muy conocida.

 

   A causa del hambre, un hombre de Belén de Judá emigró a la campiña de Moab, con su mujer y sus dos hijos. El hombre se llamaba Elimélec; su mujer, Noemí, y sus dos hijos, Majlón y Quilión. Llegaron a la campiña de Moab y se establecieron allí. Cuando murió Elimélc, Noemí se quedó sola con sus dos hijos; ambos se casaron con moabitas, una se llamaba Orfá y la otra Rut. Al cabo de diez años, también murieron Majlón y Quilión, y Noemí se quedó sola y sin hijos.

 

    Cuando Noemí oyó que el Señor había visitado a su pueblo, decidió volver a Belén. Regresó en compañía de su nuera, Rut; ambas mujeres se establecieron en Belén. Después de muchas peripecias Rut, la moabita, contrajo matrimonio con Booz, pariente de Elimélc; fruto del matrimonio, nació un hijo, Obed, padre de Jesé, padre de David, rey de Israel (Rt 4,18-22).

 

    El libro constituye la más dura protesta contra la posición de Esdras y Nehemías por cuanto concierne a los matrimonios mixtos. Como hemos mencionado, el libro de Nehemías prohíbe los esponsales entre judíos y extranjeras, rechaza expresamente a moabitas y amonitas, a la vez que excluye a todo extranjero de la comunidad israelita.

 

    A modo de contrapunto, el libro de Rut no sólo encomia el matrimonio de Booz con Rut, una extranjera, sino que adscribe a David, el rey emblemático, una ascendencia moabita; al decir de Esdras y Nehemías, la raza más despreciable.

 

    El libro tiene como protagonistas principales a dos mujeres: Rut y Noemí. La historia de ambas constituye, desde el horizonte metafórico, la denuncia más feroz contra la arbitrariedad de Esdras y Nehemías. Desde la óptica poética del libro de Rut, volvamos la mirada hacia la identidad de Noadía.

 

    Así como Rut y Noemí encarnan literariamente la queja contra la intransigencia de Esdras y Nehemías; quizá Noadía, desde el ámbito de la conjetura, podría personificar el calado de la protesta que resonó en Judá contra la decisión de los dignatarios de prohibir los matrimonios mixtos. En una sociedad donde los varones, amparados por la Ley, repudian a las extranjeras, se alzaría la voz de Noadía que, ignorando la autoridad de Esdras y Nehemías, defendería el derecho de las mujeres arrojadas a la marginalidad por la pretendida pureza étnica alentada por varones.

 

      De ser cierta la conjetura, no resulta extraño que la profetisa consiguiera atemorizar a Nehemías, tan atento al sentir de los varones y tan despiadado con las mujeres extranjeras.

 

     El profeta es aquel que con lo que piensa, dice y hace muestra a sus coetáneos el verdadero rostro de Dios. De ahí que Noadía, a ejemplo de Rut y Noemí, alzara la voz contra quienes marginan a la mujer y desdeñan al extranjero. La “raza santa” no puede levantarse sobre la exclusión étnica, sólo se yergue sobre los pilares de la justicia, columnas de la sociedad libre y solidaria donde todos, especialmente los débiles, encuentra solidaridad, amor y cobijo. Tal vez nuestra percepción de la identidad de Noadía sea excesivamente conjetural, pero, desde el prisma de la metáfora, hemos roto una lanza a favor de la mujer valiente.


viernes, 25 de junio de 2021

¿QUÉ SIGNIFICA LA CREACIÓN?

 


                                                                   Francesc Ramis Darder

                                                                  bibliayoriente@gmail.com



EL PROYECTO DE DIOS EN FAVOR DE LA HUMANIDAD

    EL RELATO DE LA CREACIÓN: Gn 1,1-2,4a.

 

 

 

                                                                                              “Hagamos a los hombres

                                                                                           a nuestra imagen y semejanza”

                                                                                                                                           (Gen 1,26)

 

 

                                                                         Francesc Ramis Darder

 

 

    La Biblia comienza con el relato de la creación. La narración representaba para los antiguos la descripción del origen del Universo, pero implicaba mucho más que eso. El relato descubre ante la mirada humana la presencia divina en los recodos del mundo, y a la vez ofrece al hombre el proyecto divino para edificar la sociedad a imagen y semejanza de Dios. Veamos, pues, la propuesta del Señor a la humanidad para que el ser humano pueda transformarse y transformar el mundo a imagen y semejanza del creador.   

 

 

1. Situación y sentido del relato de la creación en el conjunto del la Biblia

 

    El relato de la creación encabeza la Sagrada Escritura, y ejerce una función semejante a la del prólogo de todo libro. Por eso es importante preguntarse ¿qué desea enseñarnos la narración de la creación?

 

    Nuestra respuesta recorrerá dos etapas. Comenzaremos mostrando que el texto de la creación no es sólo la descripción científica propia del pensamiento antiguo sobre el origen del Universo. El texto es, sobre todo, un relato religioso que contempla el sentido del Universo con los ojos de la fe. Después veremos cómo la primera página del Génesis no se limita a ser la contemplación religiosa del mundo, sino que es la propuesta de Dios al hombre para que edifique la sociedad según el proyecto divino.

 

 

a. Sentido religioso del relato de la creación: Gn 1,1-2,4a

 

    Los autores antiguos percibieron en el relato de la creación la descripción física, geológica y biológica del origen y desarrollo del Universo. No les faltaba razón, pues el relato sigue un itinerario lógico. Sin embargo los comentaristas antiguos no dejaban de hacerse preguntas acerca del proceso de la creación narrado en el Génesis.

 

    La Biblia dice: “La tierra era una soledad caótica y vacía y las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2). Pero ¿cómo puede ser que al principio no existiera nada, si ya existía el abismo? El Sol y la Luna establecen la existencia del día y de la noche: luego ¿cómo es posible que Dios estableciera el día y la noche (Gn 1,5) antes de crear el Sol y la Luna (Gn 1,14)?

 

    Éstas preguntas aluden sólo al contenido de la narración; sin embargo las ciencias naturales plantearon cuestiones más serias. La geología probó que el mundo no surgió en seis días (Lyell), mientras la narración de la creación parece afirmarlo sin ambages. ¿Quién tiene razón: la geología o la Biblia? La biología constata la evolución de los seres vivos (Darwin); pero el relato de la creación sostiene que cada grupo de seres vivientes surgió independientemente de los demás. ¿Acaso miente la Biblia al relatar la creación?

 

    El siglo XIX fue testigo de las disputas entre la verdad confesada por la Biblia y la evidencia de los descubrimientos científicos. Entonces los estudiosos de la Biblia comenzaron a abandonar la lectura literal del relato de la creación para adoptar una posición metafórica. Veamos un ejemplo.

 

    La geología afirma que la tierra se ha formado a lo largo de millones de años, mientras el Génesis narra el proceso de formación en seis días. Los estudiosos, para resolver el dilema, afirmaron que los días que aparecen en el relato de la creación tenían una duración mayor de veinticuatro horas, pudiendo alcanzar cada uno la duración de millones de años. Es decir, sostuvieron que los días de la creación eran muy largos.

 

    Pero pronto tuvieron que enfrentarse al problema biológico de la edad de los patriarcas: “Después de engendrar a Set, vivió Adán ochocientos años, tuvo hijos e hijas, y a la edad de novecientos treinta años murió [...] tenía Matusalén ciento ochenta años y siete años cuando engendró a Lámec; después de engendrar a Lámec, vivió setecientos ochenta y dos años, tuvo hijos e hijas, y a la edad de novecientos setenta años murió” (Gn 5,1-32).

 

     La edad de los patriarcas parecía contradecir el texto bíblico. Si los patriarcas hubieron vivido tanto tiempo, habrían sobrevivido al Diluvio, y continuarían viviendo en la época del rey del David; pero no aparecen tras el Diluvio ni figuran en la historia de David. Los estudiosos, para resolver el problema, supusieron que la duración de los años referidos a la edad de los patriarcas tenían menos de trescientos sesenta y cinco días. En definitiva, afirmaron que los años tenían una duración mucho más corta que los años actuales.

 

    Pero al leer conjuntamente el relato de la creación (Gn 1,1-2,4a) y las genealogías de los patriarcas (Gn 5,1-32), los eruditos llegaban a un dilema de imposible solución. ¿Como podía ser que los días duraran miles de años, mientras los años duraban menos de trescientos sesenta y cinco días?. En otras palabras: ¿cómo puede ser que alargando la duración de los días, se acorte la duración de los años?

 

    Ésta contradicción llevó a naturalistas y biblistas a comprender que el lenguaje de la Ciencia y el de la Biblia persiguen objetivos distintos. Las ciencias investigan el origen y la dinámica del Universo, mientras la Biblia sondea el sentido último del Universo y de la Historia. La Biblia busca el sentido de las cosas contemplando el Universo y la Historia con los ojos de la fe; y la ciencia descubre el funcionamiento de la naturaleza y la historia utilizando la metodología de los estudios históricos y científicos.

 

 

b. El relato de la creación ofrece el proyecto de Dios a la Humanidad

 

    La Biblia es un libro religioso que busca el sentido del Cosmos y de la Historia. El relato de la creación es una narración religiosa que indaga acerca del sentido del Universo y de la Historia. Pero ¿qué tipo de lenguaje religioso utiliza el relato de la creación?

 

    El lenguaje religioso adopta formas diversas: la homilía, la exhortación, la celebración del perdón, etc. El relato de la creación es una plegaria pensada para que descubramos la presencia divina en los entresijos del mundo, y utilicemos el proyecto de Dios para transformar la sociedad a su imagen y semejanza. Por eso al leer el relato de la creación como una plegaria conseguimos dos cosas. Por una parte percibimos las huellas de Dios en los recodos del mundo; y, por otra, pedimos al Señor que nos conceda su fuerza para construir una sociedad trenzada a su imagen y semejanza.

 

     Pero ¿podemos entender el relato de la creación como una plegaria? Veámoslo desde la perspectiva de nuestros hermanos hebreos. 

 

    La primera letra del alfabeto hebreo se denomina aleph y la segunda beth. A veces en la narración Dios comienza sus discursos más importantes con la primera letra del alfabeto: la  aleph. Los Diez Mandamientos son el discurso más importantes que Dios dirige a su pueblo a lo largo del AT. El Señor comienza su intervención diciendo: “Yo soy el Señor, tu Dios, el que te sacó de Egipto” (Ex 20,2). Más tarde, cuando Dios desea afirmar sus lazos de amor con Israel afirma: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Jr 30,22). Observemos que las dos citas empiezan con la palabra castellana “Yo”, término que comienza en hebreo con la primera letra del alfabeto: la aleph.

 

    El relato de la creación comienza con la locución: “Al principio” (Gn 1,1). La locución castellana “al principio” se pronuncia en hebreo mediante una sola palabra: bereshit, que comienza con la segunda letra del alfabeto hebreo: la letra beth (b).

 

    Demos, ahora, un salto hasta el comienzo del Salmo 4 donde un creyente implora la ayuda de Dios: “Respóndeme cuando te invoco, oh Dios mi salvador” (Sal 4,2). La palabra que encabeza la oración, “respóndeme”, comienza en hebreo con la letra beth. La referencia al Salmo 4 muestra como la oración del hombre bíblico comienza, en algunas ocasiones importantes, con la segunda letra del alfabeto. Y recalca, de ese modo, y hasta de manera gráfica, como la plegaria es la respuesta del hombre a Dios que le habla y le ama primero. Dios comienza su discurso con la primera letra, la aleph contenida en el “Yo”; y el hombre reza comenzando su plegaria con la segunda letra, la beth, que inicia al término “respóndeme”.

 

     El lector hebreo al leer la primera palabra del Génesis observaba el término bereshit: “Al principio” (Gn 1,1). Al ver que la palabra bereshit comenzaba con la letra beth, la segunda del alfabeto; comprendía el texto como una plegaria. El orante, al convertir en plegaria el relato de la creación percibía la huella de Dios en el mundo; y, a la vez, pedía la fuerza de Dios para edificar la sociedad a imagen y semejanza del creador.

 

    Pero, ¿cómo descubre el orante la presencia de Dios al utilizar el relato de la creación para su plegaria?

 

    Si leemos con atención la narración de la creación descubriremos que la palabra “Dios” aparece treinta y cinco veces. El significado de los números es importante para captar el sentido de la Sagrada Escritura. Saboreemos el significado del número treinta y cinco en el relato de la creación.

 

     El número treinta y cinco es el resultado de multiplicar cinco por siete. El número cinco evoca el Pentateuco que contiene los cinco libros que, para la tradición hebrea, constituyen el núcleo de la Biblia. El número siete indica la plenitud en el ámbito cultural judío. Por eso lo que alcanza la plenitud se relaciona con el número siete. El día sagrado de los judíos, el sábado, es el séptimo día de la semana; y el candelabro del Templo tenía siete brazos. Aunando el significado de los números siete y cinco percibimos el significado del número treinta y cinco: núcleo y plenitud. La palabra “Dios” aparece treinta y cinco veces, porque Dios palpita en el hondón de cada cosa y de cada persona para llevarlos a la plenitud.

 

     Los lectores hebreos convertían la primera página de la Biblia en la contemplación de la presencia de Dios en el corazón del mundo; y, a la vez, al leerla, adquirían el compromiso de construir la sociedad según el proyecto divino.

 

     La Biblia comienza con una plegaria: “el relato de la creación”. Y, desde la perspectiva cristiana, termina con la plegaria final del Apocalipsis: “¡Amén! ¡Ven Señor Jesús!” (Ap 22,20). Desde la perspectiva cristiana la Biblia puede entenderse como un libro de plegaria. Pues desde el comienzo (Gn 1,1-2,4a) hasta el final (Ap 22,20), contempla con los ojos de la fe las huellas de Dios en el Mundo, y exige al hombre que, con la ayuda divina, lleva a cabo el proyecto liberador de Dios.

 

    Ahora leeremos el relato de la creación como la plegaria que muestra la huella de Dios en el mundo, y a la vez compromete al hombre a construir la sociedad con los valores divinos..  

 

 

2. Lectura del texto: Gn 1,1-2,4a.

 

    COPIAR EL TEXTO DE BIBLIA CATALANA INTERCONFESSIONAL

 

 

3. Elementos del texto

 

    El rey Nabucodonosor en el año 587 aC conquistó Jerusalén y deportó parte de la población a Babilonia, la capital de su imperio. El exilio permitió a los hebreos familiarizarse con la ciencia babilónica. Los sabios babilónicos habían redactado la epopeya llamada Atra-Hasis, y el poema denominado Enuma Elish para explicar el origen del Universo y del hombre. Igualmente, habían compuesto la historia de Gilgamesh donde describían la dureza de la condición humana. El exilio terminó en el año 538 aC cuando el rey Ciro conquistó Babilonia. El rey convirtió el país de Israel en una provincia del Imperio Persa, y permitió a los hebreos exiliados regresar a Jerusalén (Esd 1,2-4).

 

     Los sacerdotes habían mantenido la cohesión del pueblo durante el exilio y continuaron rigiéndolo en Jerusalén. Asentados en la Ciudad Santa, los sacerdotes escribieron la historia que narraba los orígenes del pueblo. Ésta historia se denomina, literariamente, “Composición Sacerdotal” y comienza con el relato de la creación.

 

    La ciencia babilónica permitió a los hebreos dibujar el mapa científico del universo. La ciencia babilónica posibilitó que los deportados comprendieran el Universo desde la lógica científica. Por eso cuando los sacerdotes escribieron el relato de la creación tuvieron en cuenta el “mapamundi” aprendido en Babilonia. Pero no se limitaron a describir científicamente el mundo. Lo contemplaron con los ojos de la fe, y plasmaron en la narración de la creación el sentido del Universo y de la Historia. El Mundo y la Historia están sostenidos en las buenas manos de Dios; pero afirmaron también que el Señor exige al ser humano el compromiso de construir la sociedad según los criterios divinos. Veamos algunos elementos del texto para poder ahondar en la perspectiva que implica edificar la sociedad según los criterios de Dios.

 

a. “Al principio” (Gn 1,1)

 

    La elaboración del relato de la creación fue lenta; pero entre los años 400-350 aC constituía ya la primera página del Génesis. En esas fechas la provincia de Judá era una región marginal del imperio persa. Las grandes proezas de David yacían sepultadas en el baúl del olvido; y el magnificente Templo de Salomón había sido sustituido por un templo modesto (Esd 3,12).

 

     Al parangonar la pequeñez de Judá con el esplendor de los persas, los judíos experimentaban la sensación amarga de su fracaso. ¿Qué quedaba de la promesa de Dios a Abrahán?: “Yo haré de ti un gran pueblo, te bendeciré y haré famoso tu nombre” (Gn 12,2). Judá comenzaba a carecer de fundamentos para creer en la bondad de Dios. En lugar de un gran pueblo eran una región pequeña, y en vez de una nación bendita eran súbditos del rey persa.

 

    Pero mientras los fundamentos de la religión hebrea se disuelven, un grupo de sacerdotes escribe una plegaria para devolver al pueblo la esperanza (Gn 1,1-2,4a). Comienzan su oración con diciendo: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1,1).

 

    La palabra “principio” presenta en castellano dos acepciones principales. Por una parte indica el comienzo de alguna cosa: el lunes es el “principio de la semana”. Por otra parte indica que una persona o una cosa tiene fundamento. Por ejemplo, al ver a alguien que destaca por su rectitud ética decimos: “es una persona de principios”. Al decir eso no indicamos que la persona tenga un “comienzo”, sino que su vida está “fundamentada” en valores buenos. La locución “al principio” contenida en Gn 1,1 no significa “al inicio” o “al comienzo”, sino “en el fundamento”.

 

    Los sacerdotes saben que los habitantes de Jerusalén, al sentirse la región marginal de un imperio lejano, se preguntan: ¿la vida y el mundo tienen algún sentido; algún fundamento? La respuesta de los sacerdotes es una profesión de fe: ¡Sí, la vida y el mundo tienen sentido porque se fundamentan en Dios! En el fundamento de todo, “al principio”, late la presencia de Dios. Sociológicamente hablando, los sacerdotes podrían pensar que la religión hebrea daba sus últimos estertores. Pero desde la óptica de la plegaria, comprenden que las cosas no son así: en el fundamento de todo está la presencia de Dios. O, dicho en lenguaje poético, afirmarían: La vida y el mundo tienen sentido porque reposan en las buenas manos de Dios.

 

b. “ creó Dios el cielo y la tierra.” (Gn 1,1)

 

    Los sacerdotes afirman que el Universo tiene sentido al sostener que ha sido creado por Dios. El universo, el cielo tierra, reposa en las buenas manos de Dios porque Él lo ha creado. La palabra “crear” es peculiar en el AT, pues sólo se utiliza para indicar acciones realizadas por Dios. El hombre “hace” y “fabrica” pero sólo Dios “crea.”

 

    ¿Qué significa “crear”? El lenguaje actual explica que la acción de “crear” consiste en hacer surgir alguna cosa de la nada. Pero en tiempos antiguos el significado de la palabra “crear” era distinto. No implicaba hacer surgir algo de la nada, sino conferir sentido a lo existente.

 

     Veamos un ejemplo tomado de Isaías. El profeta recuerda la cautividad de los israelitas en Babilonia, y habla al pueblo en nombre de Dios: “Así dice el Señor, vuestro libertador, el Santo de Israel: Por amor a vosotros envié una expedición a Babilonia y arranqué los cerrojos de las puertas [...] Yo soy el Señor, vuestro Santo, el Creador de Israel, vuestro Rey.” (Is 43,14-15). Israel padecía el dolor de la deportación en Babilonia, pero el Señor lo liberó por mediación del rey Ciro (Is 41,1-5). El Señor dice a su pueblo: “soy el Creador de Israel” (Is 43,15), pero con eso no indica que haga surgir a Israel de la nada, pues cuando Israel padecía el exilio babilónico (597-538) llevaba siglos existiendo como pueblo.

 

     La locución “el Creador de Israel” (Is 43,14) es paralela a “vuestro libertador” (Is 43,15). El Señor crea a Israel cuando le libera de las garras de Babilonia. Por tanto, en Is 43,14-15, la voz “crear” debe entenderse como “liberar”. Afirmar que Dios crea a su pueblo significa declarar que lo libera. El Señor otorga un sentido nuevo a la vida de su pueblo: la nación deportada se convierte en un pueblo libre.

   

    La referencia a Isaías muestra que el sentido de la palabra “crear” no connota, en un primer momento, la acepción de hacer surgir alguna cosa de la nada. Implica la experiencia de la liberación y el descubrimiento del sentido de la vida. Y, precisamente, ese es el significado de la palabra “crear” en Gn 1,1. Cuando Dios crea el mundo, lo libera y le confiere sentido. Pero ¿de qué libera Dios al Cosmos y qué sentido le otorga? Veámoslo en el apartado siguiente.

 

c. “La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2)

 

    A primera vista las palabras “soledad”, “caótica” y “abismo” parecen la reseña geográfica de la Tierra (Gn 1,2). Sin embargo ésos términos no constituyen una descripción geográfica. Indican la percepción religiosa de los sacerdotes al contemplar la desazón del pueblo. Los habitantes de Jerusalén, alejados de Dios, yacen en la idolatría. Y el alejamiento de Dios, la idolatría, se expresa en el relato de la creación mediante las palabras “soledad caótica [...] abismo”. Veámoslo.

 

    La palabra “soledad” se pronuncia tohu en lengua hebrea. El libro de Samuel la asocia directamente a la idolatría: “No os apartéis del Señor, para seguir a los ídolos (tohu, soledad), que de nada sirven, porque son dioses vanos (tohu, soledad)” (1Sm 12,21). Isaías utiliza el término tohu para fustigar a los ídolos y a sus adoradores: “viento y vacío son sus estatuas (tohu, soledad)” (Is 41,29); “los que fabrican ídolos son inútiles (tohu, soledad)” (Is 44,9).

 

    El vocablo de Gn 1,2 “caótica” en hebreo se escribe bohu. Figura sólo tres veces en la Biblia y siempre asociado a la palabra “soledad” (tohu) (Gn 1,2; Is 34,11; Jr 4,23). ¿Cuál es el significado de la asociación de las palabras “soledad” y “caótica”; (tohu bohu)? Tal vez sea en la profecía de Jeremías donde aparezca su relación de forma más clara.

 

    Jeremías exige, en nombre de Dios, la conversión de Israel y Jerusalén (Jr 4,1.8.14). La situación del pueblo, insensato e incapaz de obrar el bien (Jr 4,22), se describe geográficamente. La tierra es caótica (bohu) y vacía (tohu, soledad) (Jr 4,23), el cielo carece de luz (Jr 4,23), el hombre no existe (Jr 4,25) y las aves del cielo han huido (Jr 4,25). El texto de Jr 4,23-25 muestra la situación de Jerusalén alejada de los caminos de Dios. Situación que Jeremías describe de forma semejante a la del Universo anterior a la creación. La tierra es caótica (bohu) y vacía (tohu, solitaria) (Gn 1,2), no hay luz (Gn 1,3), todavía no hay aves en el cielo (Gn 1,20.21) y el hombre no ha aparecido (Gn 1,27).

 

    En definitiva Jeremías detalla la situación del pueblo idólatra e incapaz de obrar el bien (Jr 4,22); y, para eso, lo describe en la situación anterior a la creación: “Miro a la tierra: un vacío (tohu, soledad), un caos (bohu, caótico)” (Jr 4,23).

 

    La lengua hebrea escribe el término “abismo” mediante la voz tehom. El abismo representa en el AT el gran depósito de agua situado bajo la superficie terrestre (Gn 33,13c; Pr 8,24). Pero, a la vez, esconde también el poder agresor capaz de asolar la tierra tal como describe la narración del Diluvio: “era el año seiscientos de la vida de Noé, el día diecisiete del segundo mes, cuando reventaron las fuentes del abismo (tehom) [...] y fueron aniquilados todos los seres que había sobre la faz de la tierra [...] tan sólo quedó Noé y los que estaban con él en el arca” (Gn 7,11-24).

 

    El Diluvio no aconteció por casualidad, fue la consecuencia de la idolatría. Fue la consecuencia del pecado humano: “Dios se fijó en la tierra y vio que estaba pervertida, porque la gente tenía una conducta perversa. Entonces dijo Dios a Noé: tengo decidido poner fin a todos los seres vivos, porque toda la tierra está llena de maldad a causa de los hombres.” (Gn 6,12-13). Sin embargo la aniquilación no fue absoluta, pues Noé y su familia escaparon de la catástrofe: “El Señor dijo a Noé: ‘Entra en el arca tú con toda tu familia, pues tú eres el único justo que he encontrado en esta generación” (Gn 7,1).

 

    El profeta Jeremías describía la idolatría de su pueblo (Jr 4,22) diciendo que la “tierra” era caótica (bohu) y vacía (tohu, soledad) (Jr 4,23). El autor de la narración del Diluvio mostraba cómo el poder del abismo (tehom) había aniquilado la tierra pervertida. Los sacerdotes redactores de la narración de la creación perciben la tierra sostenida en las malas manos de los ídolos: la soledad (tohu), el caos (bohu) y el abismo (tehom). Éstas tres palabras simbolizan los ídolos que a lo largo de la historia apartaron a Israel de la bondad de Dios: el afán de poder, el ansia de poseer y el deseo de aparentar. Si observamos nuestra vida constataremos cómo los ídolos que nos separar de Dios no están hechos de madera, sino de dinero, orgullo y falsedad.

 

    Si los sacerdotes contemplaran Jerusalén sólo desde la perspectiva humana no saldrían del desencanto. Jerusalén es una ciudad marginal del imperio persa, y sus habitantes abandonan la fe para medrar en la vida entregándose a los falsos dioses. Pero los sacerdotes además de percibir la realidad con la lucidez humana, la contemplan con los ojos de la fe. Perciben que su tierra está masacrada en las malas manos de los ídolos; pero creen firmemente que la salvación de Dios es más fuerte que el poder de los ídolos de muerte. Pero para captar cómo la misericordia de Dios puede más que el reto de los ídolos vayamos al siguiente apartado.

 

d. “mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.” (Gn 1,2)

 

    En tiempos de Noé la tierra estaba pervertida pero Dios salvó al patriarca y a su familia (Gn 7,1; Hb 11,7). Durante el exilio el pueblo hebreo se precipitaba a la extinción, y Dios por mediación de Ciro salvó a Israel (Is 41,1-5). Los sacerdotes contemplan la Ciudad Santa machacada por el puño idolátrico, pero creen firmemente que Dios no abandonará Jerusalén. Los sacerdotes manifiestan su convicción con estas palabras: “el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.” (Gn 1,2). Mientras la idolatría, representada en este caso por las aguas, deshace Jerusalén; el espíritu de Dios, símbolo del mismo Señor, protege a su pueblo.

 

    La palabra hebrea que traducimos por “aletear” aparece tres veces en la Biblia (Gn 1,2; Dt 32,11; Jr 23,9). El término “aletear” es sinónimo de “proteger” y “cuidar”. Moisés describe cómo Dios protegió y salvó a su pueblo mediante la alegoría del águila que aletea sobre a sus polluelos: “El Señor abrazó y cuidó a su pueblo, lo guardó como la niña de sus ojos: como el águila que incita a su nidada y aletea sobre sus polluelos (Dt 32,10-11). Cuando el águila aletea sobre sus crías es para protegerlas del enemigo y cuidarlas depositando comida en el nido. El águila simboliza a Dios, mientras los polluelos representan a los israelitas. Los ídolos son los enemigos del pueblo de Dios; pero, el Señor, como el águila, no abandona a sus hijos sino que los cuida y protege.

 

    Los sacerdotes muestran en su plegaria como el mundo, a pesar de su pecado, cuenta con el auxilio del Señor, pues el espíritu de Dios sigue aleteando sobre las aguas. Pero saben que la decisión de abandonar las manos perversas de los ídolos para permitir al Señor que nos sostenga en sus buenas manos, es una decisión que incumbe al ser humano. Dios es bueno y acompaña siempre al hombre pero no suple nunca la responsabilidad humana. ¿Cómo se pueden abandonar las manos de los ídolos para vivir en las manos de Dios?. En otras palabras qué metodología debe emplear el hombre para edificar la sociedad utilizando los criterios de Dios. Veámoslo.

 

e. El proceso de la creación (Gn 1,3-31)

 

    La oración compuesta por los sacerdotes incluye la metodología para huir de los ídolos y reposar en las buenas manos de Dios. Lo primero que Dios hizo fue la luz. Después estableció la bóveda del cielo. Luego reunió las aguas ubicadas bajo el firmamento en la región que denominó “mares”. Al congregarse las aguas emergió lo seco, que Dios llamó “tierra”. Acto seguido ordenó que la tierra produjera la vegetación. Seguidamente colocó en la bóveda celeste dos lumbreras grandes (Sol y Luna), y las estrellas. A continuación Dios ordenó que las aguas produjeran seres vivos capaces de nadar; y creó, más tarde, los cetáceos y las aves. Ordenó a la tierra que produjera ganados, reptiles, y bestias salvajes. Y, finalmente, Dios creó al ser humano otorgándole el señorío sobre la creación. Dios realizó su obra en seis días y el día séptimo descansó.

 

    Para describir el proceso de la creación, los sacerdotes se basaron en los grandes relatos aprendidos en Babilonia: Enuma Elish y Atra-Hasis. Sin embargo la intención sacerdotal no radica en la explicación geológica y biológica del mundo, sino en ofrecer al hombre una propuesta para construir la sociedad con los criterios de Dios. Los criterios exigidos por los sacerdotes para edificar la sociedad plenamente humanizada son dos.

 

* La alusión al cumplimiento de los Mandamientos.

 

    El relato de la creación muestra cómo Dios creó el mundo en seis días; por eso solemos pensar, erróneamente, que hizo una cosa cada día. Si leemos atentamente el relato veremos que Dios no creó el mundo mediante seis órdenes sino a través de diez: “Que exista la luz”; “que haya una bóveda”; “que las aguas [...] se reúnan”; “produzca la tierra vegetación”; “que haya lumbreras”; “que rebosen las aguas de seres vivos”; “creced y multiplicaos, referido a los animales”; “produzca la tierra seres vivientes”; “hagamos al hombre”; “creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla”. Tras la ejecución de cada orden el Señor observa el resultado y dice “era bueno”; y al final contempla el universo y exclama “todo era muy bueno” (Gn 1,31).

 

    El universo fue creado mediante diez mandatos de Dios; o a través de “Diez Palabras” según dicen nuestros hermanos hebreos. En el Sinaí, el Señor prescribió otras “Diez Palabras”, los “Diez Mandamientos” (Ex 20,1-17), para que el pueblo practicara la justicia y, como consecuencia, viviera en paz. Los sacerdotes escribieron de forma premeditada la creación mediante diez mandatos divinos, para que el lector asociara las “Diez Palabras” con los “Diez Mandamientos”. De ese modo el lector aprendía una lección: “Dios, con Diez Palabras, creó un mundo muy bueno; ahora depende de mí que continúe siendo bueno, y la forma de conseguirlo estriba en vivir en plenitud los Diez Mandamientos.

 

* La exigencia del compromiso personal en el proceso de liberación humana y social.

 

    No basta conocer los Diez Mandamientos. Para construir la sociedad justa y pacífica hay que ponerlos en práctica. Los sacerdotes, al ofrecer el proyecto de Dios son incisivos en el compromiso personal. Oigamos el relato: “Entonces dijo Dios: Hagamos a los hombres a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). La palabra “hagamos” ha inquietado siempre a los intérpretes ¿Por qué habla Dios en plural? No sería más lógico que lo hiciera en singular: “Haré al hombre a mi imagen y semejanza”. Las interpretaciones del término “hagamos” son diversas pero centrémonos en las más importantes.

 

    La primera interpretación comprende la palabra “hagamos” en sentido mayestático. Antiguamente las personas importantes hablaban en plural. El Papa antiguamente hablaba en plural: no decía “Yo decido”, sino “Nos decidimos”. La palabra “Nos” utilizada por los papas constituye un plural mayestático para realzar la importancia de quien habla. La segunda interpretación caracterizó a muchos padres de la Iglesia Antigua, quienes tras el término “hagamos” percibían la presencia de la Santísima Trinidad.

 

    El relato de la creación constituye el proyecto de Dios a la humanidad para que construya una sociedad según los criterios divinos. Cuando Dios dice “hagamos a los hombres a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26); se dirige directamente a nosotros que estamos leyendo este libro. Dios nos hace una propuesta “hagamos a los hombres”. Es decir, el Señor afirma: Yo y vosotros construyamos una sociedad plenamente humanizada. El Señor nos ofrece su Ley y su ayuda, para comprometernos en la construcción de la sociedad pacífica y solidaria. Dicho en términos del NT, el Señor  nos compromete a edificar el Reino de Dios.

 

f. El compromiso específico del hombre (Gn 1,26-31)

 

    El relato destaca la importancia del ser humano describiendo su origen mediante la triple utilización del término “crear” (Gn 1,27). Dios no establece diferencias entre el hombre y la mujer: ambos tienen el mismo rango. La especificidad de la creación del hombre radica en un matiz crucial, dice el Señor: “a nuestra imagen, según nuestra semejanza” (Gn 1,26.27).

 

     Los términos “imagen” y “semejanza” indican que el hombre es semejante a Dios, porque es el único ser de la creación capaz de entender lo que Dios manda y, además, cumplirlo. El hombre entiende la voz de Dios y por eso puede vivir según el proyecto divino, preguntándose si lo que hace sirve para que la sociedad y el mundo se conviertan en algo “muy bueno” (Gn 1,31).

 

    El Señor añade una característica a la condición humana: “para que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra” (Gn 1,26). El hombre es el vértice de la creación pues domina sobre la tierra y los animales. El verbo “dominar” no significa “oprimir” ni “aplastar”. La palabra “dominar” significa propiamente “cuidar”, procurar que la creación continúe siendo “muy buena” (Gn 1,31). La persona humana debe cuidar el mundo y mimar la historia para descubrir las huellas de Dios.

 

    Dios no deja solo al hombre, sino que se compromete con él para que lleve adelante el proyecto divino. Y el compromiso divino se llama bendición: “Dios los bendijo” (Gn 1,28). La bendición contiene la solidaridad de Dios con el hombre para que se sienta arropado por su ternura. Dios afina las características de su bendición: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra” (Gn 1,28).

 

    Destaquemos otro matiz de la bendición divina: “someter” El término “someter”, en el relato de la creación, no alude a la acción de “tiranizar” o “subyugar”, sino que se asemejan al término “velar”. El hombre debe velar para que la creación se desarrolle según el proyecto de Dios; y velar también para que los ídolos no le aparten a él del proyecto divino. Someter la tierra indica “estar por encima de la tierra”; es decir, velar para que las riquezas terrenales no aparten el corazón humano del plan de Dios.

 

   

4. Síntesis y reflexión final

 

    El relato de la creación es una plegaria ideada para que descubramos la presencia divina en los entresijos del mundo, y pongamos en práctica el proyecto de Dios para transformar la humanidad a su imagen y semejanza. Por eso al leer el relato como una plegaria conseguimos dos cosas. Por una parte percibimos las huellas de Dios en los recodos del mundo; y, por otra, pedimos al Señor que nos conceda su fuerza para construir una sociedad trenzada a su imagen y semejanza.

 

    La creación consiste en la acción de Dios por la que el Mundo deja de estar oprimido por el poder de los ídolos, para sostenerse en las buenas manos de Dios. El Señor es el autor de la creación, pero demanda del ser humano la colaboración para que el mundo sea una realidad “muy buena”. La colaboración humana estriba en el cumplimiento de los mandamientos, y en el compromiso personal en la humanización de la sociedad. Sin embargo Dios no permanece ajeno al compromiso humano. El Señor concede mediante su bendición al ser humano la gracia para cuidar y velar sobre la tierra convirtiéndola en imagen y semejanza del mismo creador.

 

    Finalizada la redacción del relato de la creación, el pensamiento hebreo se enriqueció con la aportación cultural griega. El pensamiento griego entendía la creación como el resultado de hacer surgir alguna cosa de la nada. La sabiduría griega quedó recogida en los últimos libros del AT. De ese modo la epopeya de los Macabeos relata la creación como el acto mediante el cual Dios hace surgir todas las cosas de la nada.

 

    La Historia Macabea cuenta como una madre sufre ante el martirio de sus siete hijos, y dice al último: “Te pido hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y del mismo modo fue creado el hombre” (2Mac 7,28). Ése detalle muestra que el pensamiento bíblico evoluciona y se perfecciona en el seno de la Sagrada Escritura, para llevarnos de la mano hacia el conocimiento de Dios: el amigo fiel que nos protege y nos cuida.