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domingo, 17 de enero de 2021

MESOPOTAMIA

 



                                                    Francesc Ramis Darder

                                                    bibliayoriente.blogspot.com

lunes, 6 de julio de 2020

REYES SUMERIOS




                                                    Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com




Como la autoridad qutu sobre la Baja Mesopotamia era casi nominal, los monarcas sumerios, mantenidos antaño por los acadios en calidad de vasallos, recuperaron el control de las ciudades. Así la cultura sumeria, liberada del dominio acadio y del poderío qutu, pudo renacer. El renacimiento sumerio alboreó en la ciudad de Lagash, gobernada por Gudea (2144-2124 a.C.). El rey derrotó a los elamitas que intentaban penetrar en la región por el este; afianzó la administración; practicó la diplomacia con las ciudades vecinas; construyó templos, especialmente el de Ningirsu, en Girsu, población aledaña de Lagash; desarrolló el comercio; reformó el calendario; tabuló las pesas y medidas; y promulgó leyes para socorrer a los más desfavorecidos, de ese modo calmó las posibles revueltas sociales en la ciudad.

    Otra próspera ciudad sumeria, Uruk, levantada en armas por su soberano, Utu-Hengal (2120-2112 a.C.), venció a los qutu y a su jefe, Tiriqan. Tras la derrota, los qutu perdieron el poderío militar que, como población minoritaria, detentaban; entonces, acosados por las tropas sumerias, perdieron la autoridad, pues, o volvieron a sus tierras, el país de Qutium, o se disolvieron entre la población mesopotámica. La ciudad de Uruk controlaba la ciudad de Ur, gobernada por Ur-Nammu, seguramente un hijo o un pariente cercano de Utu-Hergal. Cuando Utu-Hergal derrotó a los qutu, quiso extender su autoridad sobre la Baja Mesopotamia; pero, mientras se afanaba en la tarea, el gobernador de Ur, Ur-Nammu, le arrebató la corona y se proclamó rey (2112-2095 a.C.).

     El nuevo monarca, asentado en Ur, inauguró una nueva dinastía, conocida por los estudiosos como “Tercera Dinastía de Ur”. Reinó sobre las ciudades sumerias del sur, y las acadias, abandonadas por los qutu, en el centro de la región mesopotámica. No obstante, las ciudades no eran autónomas, como sucedía en tiempos de los antiguos soberanos sumerios. Dependían de la autoridad Ur-Nammu que, entronizado en Ur, inauguró, como sentencian los historiadores, el “Imperio de Ur”, caracterizado por el centralismo político y económico ejercido desde la capital sobre las ciudades de Sumer y Akkad. Con el fin de reforzar su autoridad adoptó el título de “Rey de Sumer y Akkad”, como hiciera Sargón.

    La pretensión del monarca, que había eliminado la autonomía de las ciudades sumerias, provocó rebeliones; por eso tuvo que pacificar el país, especialmente la ciudad de Lagash, patria del añorado Gudea, y acrisolar la unidad administrativa y política del territorio bajo la firmeza de su cetro y la organización de la corte. De ahí que el territorio de la antigua Sumer quedara estructurado en provincias; los monarcas que antaño regían cada ciudad fueron sustituidos por gobernadores dependientes de Ur-Nammu que, a las órdenes de la capital, administraban el Imperio. También el territorio del antiguo Akkad quedó divido en provincias al mando de un gobernador dependiente de la corona.

     Con intención de favorecer el comercio y el cobro de impuestos, el rey unificó pesos y medidas, y estableció el catastro para alcanzar la eficiencia en el cobro de impuestos. Restauró templos, que también perdieron su autonomía, sometidos a la autoridad de rey. Construyó un santuario a la divinidad lunar, Nanna-Sin; y levantó en primer zigurat en Ur. Favoreció la política hidráulica, eje de la riqueza agrícola; la productividad aumentó, con el tiempo, gracias a la mejor parcelación de los campos.  Con el deseo de afianzar su autoridad, remozó la capital, sede del gobierno, por esa razón la amuralló y acreció su importancia comercial.

    A la muerte de Ur-Nammu, asumió el trono su hijo, Shulgi (2094-2047 a.C.). Interesado en las ciencias y las artes, creó escuelas de escribas en Nippur y Ur que plasmaron en tablillas las antiguas tradiciones sumerias; su reinado contempló la llamada “edad de oro” de la literatura sumeria. Emulando la figura de Sargón, se proclamó “Rey de las Cuatro Regiones”. Atento al aura de Naran-Sin, se invistió de atributos divinos, fue adorado como un dios, favoreció la construcción de templos en su honor, le dedicaron himnos litúrgicos, y se declaró pariente de Gilgamesh, el héroe que, según la tradición, estaba constituido en dos terceras partes como dios y en una como hombre.

     Establecida la solvencia política y religiosa de su corona, reforzó el ejército con que aseguró la solidez de imperio, y dominó Susa, en territorio elamita. Construyó fortificaciones en el norte para controlar los asentamientos hurritas y asegurar las rutas comerciales hacia Anatolia. Durante su reinado, comenzaron a penetrar desde Siria los martu, también llamados amorreos, a los que tuvo que enfrentarse. Impuso gobernadores sobre Assur y Nínive para asegurar la fidelidad de ambas ciudades.  Incentivó el comercio que, organizado desde los templos y el palacio real, era confiado a los mercaderes de los distintos ramos, tanto en el interior como hacia el exterior de Mesopotamia.

    A través de Mari, ciudad autónoma en territorio sirio, pudo comerciar, quizá, incluso con el Mediterráneo. Acreció el progreso, inaugurado por sus antecesores, y contempló un aumento considerable de la población. No obstante, las grietas sociales se hacían evidentes; pues la fuerza de trabajo descansaba sobre los siervos que, subyugados por la elite, recibían raciones mínimas en la distribución de los bienes. La necesidad de acrecer la prosperidad y trenzar las relaciones sociales determinó la codificación legal en el llamado “Código de Shulgi”; bajo su cetro, la dinastía de Ur alcanzó el cenit de su poderío.

    Cuando falleció Shulgi, ciñó la corona su hijo, Amar-Sin (2046-2038 a.C.). Entonces, estallaron los problemas que iban a hundir el imperio. En Sumer, crecieron las diferencias entre las ciudades; las ciudades sureñas vieron disminuir su riqueza a causa de la salinización del terreno con la consiguiente bajada de la producción agropecuaria, mientras las norteñas contemplaron el aumento de su riqueza, gracias a la eficiente política hidráulica.

     La región más norteña de Akkad padeció la creciente presión de los hurritas, controlada con dificultad por el rey desde la ciudad de Assur; y sufrió la infiltración de los martu, también llamados amorreos, tribus semitas que, procedentes de Siria, penetraban en Mesopotamia, aprovechando la situación caótica provoca por la destrucción de Ebla bajo la espada de Naran-Sin. La presión hurrita y la penetración amorrea provocaron la disminución del comercio hacia el norte, la caída de la actividad agropecuaria, y la crisis de las ciudades, causada por la disminución de recursos que el campo, devastado por los amorreos, aportaba a las urbes.

    A la muerte de Amar-Sin, ocupó el trono su hermano, Shu-Sin (2037-2029 a.C.). Con intención de frenar el avance amorreo, levantó un muro en el norte, el “muro de los martu”, entre el Eufrates y el Tigros, para guarnecer la región de Akkad y evitar que los amorreos penetraran hacia el centro y el sur de Mesopotamia. Con muchas dificultades, el rey mantuvo el comercio con Anatolia, a través de Assur y Mari, situadas fuera del muro, y con mayor dificultad, a través de Biblos, pudo comerciar con el Mediterráneo; la ruptura de las rutas comerciales dificultaba la importación de metales, necesarios para asentar el progreso y la fabricación de armas. Cansados de la opresión, los siervos se sublevaron contra la elite, que buscó refugio en las ciudades. Por si fuera poco, Shu-Sin batalló contra los Su, pueblo procedente de los Zagros, que, dolido por la constante rapiña de los soberanos de Ur y buscando mejores tierras, invadían Mesopotamia.

    Ibbi-Sin (2028-2004 a.C.) sucedió en el trono a su hermano Amar-Sin. Durante su reinado, los amorreos franquearon el muro, levantado por Shu-Sin, y penetraron en Sumer y Akkad. Entonces las adversidades arreciaron: el comerció decreció; las diferencias económicas entre las ciudades meridionales y septentrionales de Sumer, aumentaron; la salinización del campo, debida a la errónea política hidráulica, cercenó la producción; las ciudades quedaron desabastecidas por la improductividad del campo y la negativa de los siervos, recién emancipados, a enviar grano a las urbes; mientras los amorreos y los su diezmaban el territorio. La centralización política y administrativa, impuesta por los reyes, impidió que los gobernadores locales tomaran decisiones eficaces contra la invasión y el caos interno; por eso las ciudades devinieron, en la práctica, independientes de la corona, al tener que solucionar por ellas mismas los acuciantes problemas.

 Asustado Ibbi-Sin por la incursión amorrea y el desabastecimiento de Ur, capital del imperio, nombró a Ishbi-Erra, un cortesano relevante, gobernador de la ciudad de Isín para que protegiera la capital y enviara vituallas; pero el gobernador, a ejemplo de otras urbes, desoyó el encargo, se proclamó rey de Isín y conquistó otras ciudades próximas. Mientras tanto, la ciudad de Susa, conquistada antaño por Shulgi, recuperó la independencia; aunque más tarde (2025 a.C.), el rey elamita, Kindattu, apoyado por los su, enemigos de los sumerios, la incorporó a sus dominios; así el comercio hacia Oriente también cesó. La autoridad de  Ibbi-Sin se redujo a la capital y sus contornos; finalmente, los elamitas, respaldados por los su, arrasaron Ur (2004 a.C.), y deportaron al rey a Anshán, en territorio elemita, donde murió. El emperio de Ur y la Tercera Dinastía habían llegado al ocaso.     

sábado, 16 de febrero de 2019

TERCERA DINASTÍA DE UR



                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                  bibliayoriente.blogspot.com




Como la autoridad qutu sobre la Baja Mesopotamia era casi nominal, los monarcas sumerios, mantenidos antaño por los acadios en calidad de vasallos, recuperaron el control de las ciudades. Así la cultura sumeria, liberada del dominio acadio y del poderío qutu, pudo renacer. El renacimiento sumerio alboreó en la ciudad de Lagash, gobernada por Gudea (2144-2124 a.C.). El rey derrotó a los elamitas que intentaban penetrar en la región por el este; afianzó la administración; practicó la diplomacia con las ciudades vecinas; construyó templos, especialmente el de Ningirsu, en Girsu, población aledaña de Lagash; desarrolló el comercio; reformó el calendario; tabuló las pesas y medidas; y promulgó leyes para socorrer a los más desfavorecidos, de ese modo calmó las posibles revueltas sociales en la ciudad.

    Otra próspera ciudad sumeria, Uruk, levantada en armas por su soberano, Utu-Hengal (2120-2112 a.C.), venció a los qutu y a su jefe, Tiriqan. Tras la derrota, los qutu perdieron el poderío militar que, como población minoritaria, detentaban; entonces, acosados por las tropas sumerias, perdieron la autoridad, pues, o volvieron a sus tierras, el país de Qutium, o se disolvieron entre la población mesopotámica. La ciudad de Uruk controlaba la ciudad de Ur, gobernada por Ur-Nammu, seguramente un hijo o un pariente cercano de Utu-Hergal. Cuando Utu-Hergal derrotó a los qutu, quiso extender su autoridad sobre la Baja Mesopotamia; pero, mientras se afanaba en la tarea, el gobernador de Ur, Ur-Nammu, le arrebató la corona y se proclamó rey (2112-2095 a.C.).

    El nuevo monarca, asentado en Ur, inauguró una nueva dinastía, conocida por los estudiosos como “Tercera Dinastía de Ur”. Reinó sobre las ciudades sumerias del sur, y las acadias, abandonadas por los qutu, en el centro de la región mesopotámica. No obstante, las ciudades no eran autónomas, como sucedía en tiempos de los antiguos soberanos sumerios. Dependían de la autoridad Ur-Nammu que, entronizado en Ur, inauguró, como sentencian los historiadores, el “Imperio de Ur”, caracterizado por el centralismo político y económico ejercido desde la capital sobre las ciudades de Sumer y Akkad. Con el fin de reforzar su autoridad adoptó el título de “Rey de Sumer y Akkad”, como hiciera Sargón.

    La pretensión del monarca, que había eliminado la autonomía de las ciudades sumerias, provocó rebeliones; por eso tuvo que pacificar el país, especialmente la ciudad de Lagash, patria del añorado Gudea, y acrisolar la unidad administrativa y política del territorio bajo la firmeza de su cetro y la organización de la corte. De ahí que el territorio de la antigua Sumer quedara estructurado en provincias; los monarcas que antaño regían cada ciudad fueron sustituidos por gobernadores dependientes de Ur-Nammu que, a las órdenes de la capital, administraban el Imperio.

    También el territorio del antiguo Akkad quedó divido en provincias al mando de un gobernador dependiente de la corona. Con intención de favorecer el comercio y el cobro de impuestos, el rey unificó pesos y medidas, y estableció el catastro para alcanzar la eficiencia en el cobro de impuestos. Restauró templos, que también perdieron su autonomía, sometidos a la autoridad de rey. Construyó un santuario a la divinidad lunar, Nanna-Sin; y levantó en primer zigurat en Ur. Favoreció la política hidráulica, eje de la riqueza agrícola; la productividad aumentó, con el tiempo, gracias a la mejor parcelación de los campos.  Con el deseo de afianzar su autoridad, remozó la capital, sede del gobierno, por esa razón la amuralló y acreció su importancia comercial.

    A la muerte de Ur-Nammu, asumió el trono su hijo, Shulgi (2094-2047 a.C.). Interesado en las ciencias y las artes, creó escuelas de escribas en Nippur y Ur que plasmaron en tablillas las antiguas tradiciones sumerias; su reinado contempló la llamada “edad de oro” de la literatura sumeria. Emulando la figura de Sargón, se proclamó “Rey de las Cuatro Regiones”. Atento al aura de Naran-Sin, se invistió de atributos divinos, fue adorado como un dios, favoreció la construcción de templos en su honor, le dedicaron himnos litúrgicos, y se declaró pariente de Gilgamesh, el héroe que, según la tradición, estaba constituido en dos terceras partes como dios y en una como hombre. Establecida la solvencia política y religiosa de su corona, reforzó el ejército con que aseguró la solidez de imperio, y dominó Susa, en territorio elamita. Construyó fortificaciones en el norte para controlar los asentamientos hurritas y asegurar las rutas comerciales hacia Anatolia.

    Durante su reinado, comenzaron a penetrar desde Siria los martu, también llamados amorreos, a los que tuvo que enfrentarse. Impuso gobernadores sobre Assur y Nínive para asegurar la fidelidad de ambas ciudades.  Incentivó el comercio que, organizado desde los templos y el palacio real, era confiado a los mercaderes de los distintos ramos, tanto en el interior como hacia el exterior de Mesopotamia. A través de Mari, ciudad autónoma en territorio sirio, pudo comerciar, quizá, incluso con el Mediterráneo. Acreció el progreso, inaugurado por sus antecesores, y contempló un aumento considerable de la población.

    No obstante, las grietas sociales se hacían evidentes; pues la fuerza de trabajo descansaba sobre los siervos que, subyugados por la élite, recibían raciones mínimas en la distribución de los bienes. La necesidad de acrecer la prosperidad y trenzar las relaciones sociales determinó la codificación legal en el llamado “Código de Shulgi”; bajo su cetro, la dinastía de Ur alcanzó el cenit de su poderío.

    Cuando falleció Shulgi, ciñó la corona su hijo, Amar-Sin (2046-2038 a.C.). Entonces, estallaron los problemas que iban a hundir el imperio. En Sumer, crecieron las diferencias entre las ciudades; las ciudades sureñas vieron disminuir su riqueza a causa de la salinización del terreno con la consiguiente bajada de la producción agropecuaria, mientras las norteñas contemplaron el aumento de su riqueza, gracias a la eficiente política hidráulica.

    La región más norteña de Akkad padeció la creciente presión de los hurritas, controlada con dificultad por el rey desde la ciudad de Assur; y sufrió la infiltración de los martu, también llamados amorreos, tribus semitas que, procedentes de Siria, penetraban en Mesopotamia, aprovechando la situación caótica provoca por la destrucción de Ebla bajo la espada de Naran-Sin. La presión hurrita y la penetración amorrea provocaron la disminución del comercio hacia el norte, la caída de la actividad agropecuaria, y la crisis de las ciudades, causada por la disminución de recursos que el campo, devastado por los amorreos, aportaba a las urbes.

    A la muerte de Amar-Sin, ocupó el trono su hermano, Shu-Sin (2037-2029 a.C.). Con intención de frenar el avance amorreo, levantó un muro en el norte, el “muro de los martu”, entre el Eufrates y el Tigros, para guarnecer la región de Akkad y evitar que los amorreos penetraran hacia el centro y el sur de Mesopotamia. Con muchas dificultades, el rey mantuvo el comercio con Anatolia, a través de Assur y Mari, situadas fuera del muro, y con mayor dificultad, a través de Biblos, pudo comerciar con el Mediterráneo; la ruptura de las rutas comerciales dificultaba la importación de metales, necesarios para asentar el progreso y la fabricación de armas. Cansados de la opresión, los siervos se sublevaron contra la elite, que buscó refugio en las ciudades. Por si fuera poco, Shu-Sin batalló contra los Su, pueblo procedente de los Zagros, que, dolido por la constante rapiña de los soberanos de Ur y buscando mejores tierras, invadían Mesopotamia.

    Ibbi-Sin (2028-2004 a.C.) sucedió en el trono a su hermano Amar-Sin. Durante su reinado, los amorreos franquearon el muro, levantado por Shu-Sin, y penetraron en Sumer y Akkad. Entonces las adversidades arreciaron: el comerció decreció; las diferencias económicas entre las ciudades meridionales y septentrionales de Sumer, aumentaron; la salinización del campo, debida a la errónea política hidráulica, cercenó la producción; las ciudades quedaron desabastecidas por la improductividad del campo y la negativa de los siervos, recién emancipados, a enviar grano a las urbes; mientras los amorreos y los su diezmaban el territorio.

    La centralización política y administrativa, impuesta por los reyes, impidió que los gobernadores locales tomaran decisiones eficaces contra la invasión y el caos interno; por eso las ciudades devinieron, en la práctica, independientes de la corona, al tener que solucionar por ellas mismas los acuciantes problemas. Asustado Ibbi-Sin por la incursión amorrea y el desabastecimiento de Ur, capital del imperio, nombró a Ishbi-Erra, un cortesano relevante, gobernador de la ciudad de Isín para que protegiera la capital y enviara vituallas; pero el gobernador, a ejemplo de otras urbes, desoyó el encargo, se proclamó rey de Isín y conquistó otras ciudades próximas.

    Mientras tanto, la ciudad de Susa, conquistada antaño por Shulgi, recuperó la independencia; aunque más tarde (2025 a.C.), el rey elamita, Kindattu, apoyado por los su, enemigos de los sumerios, la incorporó a sus dominios; así el comercio hacia Oriente también cesó. La autoridad de  Ibbi-Sin se redujo a la capital y sus contornos; finalmente, los elamitas, respaldados por los su, arrasaron Ur (2004 a.C.), y deportaron al rey a Anshán, en territorio elemita, donde murió. El emperio de Ur y la Tercera Dinastía habían llegado al ocaso.     


sábado, 12 de enero de 2019

TORRE DE BABEL



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Como hemos comentado, la ciudad de Babilonia veía erguirse, detrás del Palacio Real, un gran zigurat, llamado Etemenanki, “enlace entre el cielo y la tierra”. Tenía siete pisos, con una base cuadrangular (91m), y una altura estimada de 100 metros; según algunos arqueólogos no llegó a terminarse del todo. Los siete pisos corresponden a los siete cielos planetarios; estaban pintados con colores adecuados a cada planeta. La edificación era de adobe en el interior y de ladrillo en el exterior. Disponía de escaleras adosadas en la zona exterior y una escalinata perpendicular para ascender hasta el segundo piso; después, subiendo por las escaleras laterales podía alcanzarse el séptimo piso donde se alzaba el santuario, ámbito de sacrificios, y lugar de hierogamia, la relación íntima entre un dios, representado por un sacerdote, y una mujer (Herodoto, Historia, 1,181). La tradición babilónica atribuye al zigurat la simbología de la escala que quiere tocar el cielo; el zigurat simbolizaba el descenso de los dioses sobre la tierra y la ascensión del hombre hacia el cielo.

    El relato de la “Torre de Babel” (Gn 11,19), situada al final de la “Historia Primera” (Gn 1-11), evoca, desde la óptica metafórica, el Etemenanki, que contemplaron los desterrados. Seguramente, el recuerdo del gran zigurat de Babilonia influyó en la composición de la narración de la Torre, cuando fue escrita en Jerusalén, después del exilio. El recuerdo babilonio de la construcción de los zigurats aflora el relato de la Torre. El Enuma Elis expone la técnica para edificar un zigurat: “los dioses (annunanki) moldearon ladrillos” (VI, 60-62); técnica que recoge la Escritura: “dijeron los hombres: Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego” (Gn 11,3). El Poema subraya el motivo para la erección de zigurat: “Alzaron la cabeza de Esagila para igualar a Apsu […] habiendo edificado un zigurat tan alto como Apsu” (VI, 63); la Escritura parece indicar un motivo parejo en la intención de los hombres: “Vamos a edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo” (Gn 11,4).

    Los redactores bíblicos conocían la técnica constructiva babilónica, pero al componer el relato de la Torre aludieron al zigurat para resaltar un motivo teológico: el fracaso de la idolatría.

    Los versos del Segundo Isaías censuran y ridiculizan la idolatría con el mayor empeño (Is 40,18-21; 41,6-7; 44,9-20). Arremeten también contra la idolatría representada por Babilonia (Is 46-47). Desde la perspectiva teológica, la profecía entiende que Babilonia intentó parangonar su poderío con la exclusiva divinidad del Dios de Israel sobre la historia humana. Decía la Gran Potencia: “Yo y solo yo” (Is 47,8.10); de ese modo, quería enfatizar que era la divinidad que conducía el curso de la historia.

    A modo de contrapunto, la profecía pone en boca del Dios de Israel su propia identidad: “Yo soy el Señor, y no hay otro” (Is 45,3.6); a la vez que establece su exclusivo señorío sobre el cosmos y el devenir humano: “Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella […] yo he hecho surgir a Ciro para libraros, y voy a allanar sus caminos” (Is 45,12-13).

    La idolatría de Babilonia estriba en su pretensión de asimilarse con el Dios de Israel, el único Dios. Notemos, en ese sentido, como la Escritura asimila la identidad de Babilonia, “Yo y solo yo” (Is 47,8), con la identidad de Dios, “Yo soy el Señor” (Is 45,6), eco de la revelación divina en la zarza que arde sin consumirse, “Yo soy el que soy […] Yo soy” (Ex 3,14; cf. Is 43,25). Al decir de la Escritura, intentar investirse de la autoridad del Señor, el único Dios, constituye el hondón de la idolatría. Como sucede con cualquier ídolo, Babilonia se desvanece entre los dedos del Señor. Así, la profecía proclama la sentencia divina contra el imperio idólatra: “Baja a sentarte en el suelo, joven Babilonia; siéntate en tierra, sin trono, capital caldea […] te sobrevendrá una desgracia que no podrás conjurar” (Is 47,1.10).

    El escenario del relato de Torre se sitúa en la región de Senaar, en un lugar llamado Babel; el topónimo alude a la ciudad de “Babilonia (Babilu)”, significa “Puerta de Dios”. Unos emigrantes de Oriente alcanzan el territorio y se proponer “edificar una ciudad y una torre cuya cúspide llegue has el cielo; dicen: así nos haremos famosos” (Gn 11,4). La tarea evoca la decisión de Babilonia expuesta por la profecía: “subiré a la cima de las nubes, seré igual al Altísimo” (Is 14,14; cf. 47,7).

     Afinando la cuestión, observamos también como quienes levantan la torre utilizan la forma plural para describir su trabajo: “vamos a hacer ladrillos […] nos haremos famosos” (Gn 11,3.4). Desde la óptica simbólica, la forma plural sugiere la manera en que Dios decidió crear al ser humano: “Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Así, la paralaje insinúa que la pretensión de los recién llegados, como sucedía con Babilonia, intenta equiparar su tarea con la del Señor, el único Dios; por eso constituye, como acontecía con Babilonia, el eco de la idolatría.

    Como toda tentación idolátrica, la soberbia por alzar la torre, se desvanece ante la intervención del Señor. Dijo Dios: “Voy a bajar a confundir su idioma para que no se entiendan” (Gn 11,7); algo semejante obró Dios contra Babilonia: “Voy a vengarme (de tu idolatría) y seré implacable” (Is 47,3).

     El Señor dispersó a los constructores de la torre; y añade, “por eso se llamó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de todos” (Gn 11,9). La raíz “confundir (bll) presenta relación con la idolatría. Así lo sentencia Oseas: “Efraín se mezcló (bll) con los pueblos” (Os 7,8), pues mezclase con otros pueblos significa confundir la religión israelita con el culto extranjero, culto idolátrico; dicho de otro modo, Efraín se ahogó en la idolatría (cf. Is 44,19-20). Desde el horizonte metafórico, también Babilonia quedó en la confusión después la intervención divina; pues la urbe que se proclamaba “soberana de reinos” (Is 47,5), tuvo que atenerse, como las esclavas, a “tomar el molino y moler el trigo” (Is 47,2).

    Quienes se asentaron en Jerusalén, después del destierro, recordaban el terror babilónico que devastó Judá (2Re 23,28-25,26). Quizá por eso colorearon Babilonia con el aura del gran ídolo que había pretendido usurpar la exclusiva autoridad del Señor sobre la historia humana (Is 14; 46-47). Recogiendo un mito oriental que atribuía la multiplicidad de idiomas a la decisión divina de dividir la única lengua hablada por la humanidad primigenia, y haciendo memoria del gran zigurat, compusieron el relato de la Torre de Babel para establecer la banalidad de la idolatría y enfatizar, a modo de contraluz, el exclusivo señorío del Dios de Israel sobre la historia humana.           

lunes, 10 de septiembre de 2018

BIBLIA Y CIENCIA



                                         Francesc Ramis Darder
                                         bibliayoriente.blogspot.com


A lo largo de la historia, la ciencia ha abordado tres cuestiones esenciales. Las ciencias físicas han escudriñado el inicio, funcionamiento y desarrollo del Universo. Las ciencias naturales han penetrado en el origen, dinámica, y evolución de la Vida. La antropología y las ciencias humanas han analizado la eclosión, organización, y desarrollo del ser humano. Los autores bíblicos asumieron el planteamiento de la ciencia antigua para describir la naturaleza del Cosmos, la Vida, y el Hombre. A la vez que emprendieron la lectura creyente de la evidencia científica, pues bajo el origen del Cosmos, la eclosión de la Vida, y la presencia del Hombre percibieron la intervención del Señor, que conduce la historia hacia el Reino de Dios, eco de la humanidad enhebrada en la fraternidad y embebida en el amor divino.

    Leer la Biblia significa imbuirse del texto para aprender a vivir  con humanidad y confianza en Dios.  A lo largo del estudio, contemplaremos el desarrollo de la Ciencia y la iluminación creyente que le confiere la Escritura.

1.La ciencia mesopotámica, trasfondo de la cultura bíblica

La Escritura ensalza la personalidad de Salomón como eminente científico, amante de la botánica y la zoología: “Trató sobre las plantas, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo; disertó también acerca de cuadrúpedos, aves, peces y reptiles”. Además, también le atribuye conocimientos musicales, literarios y filosóficos: “Compuso tres mil proverbios y su cancionero contenía mil cinco poemas” (1Re 5,9-14). La sabiduría de Salomón refleja el tesón académico de las escuelas de Jerusalén; el ámbito donde los estudiosos escudriñaban el movimiento de los astros, la naturaleza y, sobre todo, el sentido de la existencia humana. Ahora bien, los sabios de Judá, como acontecía en Oriente, participaban de la tradición nacida en Mesopotamia. ¿Cómo era la ciencia del País del Eúfrates?

    Como señala la historia, los sumerios  entendían el universo como un “cosmos encantado”; cualquier cosa, ya fuera la luz del sol o el movimiento de un azadón, manifestaba el latido de un dios que provocaba la luz solar o el cavar de la azada.

    La parte inferior del cosmos estaba constituida por la “Tierra”; el disco sólido, formado por montañas y valles, surcado por ríos, y acotado por mares y lagos, ámbito de la existencia humana. La parte superior conformaba el “Cielo”; el espacio en forma de  bóveda que contenía una enorme masa de agua dulce. Quizá la bóveda podría ser de estaño, pues los sumerios llamaban al estaño “metal del cielo”. La bóveda también disponía de compuertas que al abrirse, por orden divina, propiciaban la lluvia, la caída del agua almacenada en la bóveda de estaño. Los sumerios llamaban a la “Tierra” era “An” y al “Cielo” “Ki”, de ahí que el Cosmos se llamara “An-Ki”. Entre el “Cielo” y la “Tierra” estaba el “aire”, en sumerio “Lil”, equivalente de nuestra atmósfera. La denominación de cielo, tierra y aire constituyen también el nombre del dios que representan; no en vano, el mundo sumerio era, como hemos dicho, un cosmos encantado, identificado con los dioses y movido por ellos.

    Al decir de los sumerios, el sol, la luna y las estrellas estaban formadas por concentraciones de “aire” y dotadas de luminosidad. Las estrellas fijas permanecían ancladas en la parte inferior de la bóveda celeste, mientras los astros móviles (sol, luna, planetas) se desplazaban por las estrías de la bóveda. Además, existían los “mares superiores” que bañaban las costas. Bajo la superficie terrestre, había un gran depósito, el “Mundo subterráneo” que almacenaba las sombras de los difuntos después de la muerte. El conjunto del cosmos yacía suspendido en el seno de un “mar primigenio” que lo envolvía; constituía una amenaza, pues, por voluntad divina podía encabritarse y engullir el cosmos hasta destruirlo.

    Al decir de la ciencia sumeria, el “mar primigenio” existía desde siempre. El “mar primigenio” engendró la “Tierra (An)” y el “Cielo (Ki)”. Cuando “Cielo” y “Tierra” comenzaron a separarse, surgió entre ambos el “aire (Lil)”. Varias porciones de “aire” fueron concentrándose hasta conformar el sol, la luna, los planetas y las estrellas. Cuando los astros, emisores de luz y calor, quedaron anclados en la parte inferior de la bóveda celeste, apreció sobre la tierra, por obra de los dioses, el ser humano junto a los animales y vegetales.

     La Epopeya de Atra-Hasis describe el origen del hombre. Expone como los dioses, cansados del trabajo que realizan en la tierra, deciden crear al hombre para que haga su faena. Modelan al ser humano con arcilla amasada con la sangre de un dios degollado, Tiamat; así pues, el hombre nace de la mezcla de sangre divina y barro terrestre, y aparece esclavizado al capricho de los dioses como sustituto de su labor sobre la tierra. La ciencia mesopotámica entendía que el ser vivo en sentido pleno era el humano; los animales tenían un aspecto vital subordinado al servicio del hombre, mientras los vegetales carecían de vida propia, eran frutos de la tierra.
   
    En definitiva, la idea del cosmos, elaborada por la ciencia mesopotámica, mostraba una entidad encantada y amalgamada con los dioses que regían su funcionamiento. El cosmos era la entidad ordenada que permitía la existencia del  hombre, siervo de las divinidades; más allá del cosmos y en contraposición con él, rugía el caos, eco del el “mar primigenio”, el ámbito donde no era posible la vida humana ni el desarrollo social.

2.Interpretación bíblica de la ciencia mesopotámica

En consonancia con la ciencia oriental, anclada en la tradición sumeria, la Biblia percibe un Cosmos pequeño. La Tierra constituía una superficie plana. Conformaba un continente sostenido sobre columnas que al temblar provocaban terremotos (Sal 75,4; Job 9,6). Los pilares de la tierra se sostenían, a su vez, sobre el abismo de un mar situado bajo la superficie terrestre (Sal 24,2). Debajo de la tierra y entre las columnas que la sostenían, destacaba un habitáculo llamado “Sheol” (Gn 37,35); el ámbito donde descansaban las sombras de los difuntos. Bajo la superficie de la tierra destacaba un inmenso depósito de agua que alimentaba los mares, las fuentes, y los ríos (Prov 8,28). Los extremos de la superficie terrestre veían erguirse altas montañas, las columnas del cielo (Job 26,11), que sostenían una campana transparente: el firmamento (Gn 1,6-10). Sobre la superficie del firmamento reposaba una gran masa de agua, “las aguas de encima del firmamento” (Gn 1,7); y a lo largo del mismo existían las “compuertas del cielo” (Is 24,18) que, al abrirse por orden de Dios, desencadenaban la lluvia (Mal 3,10).

    El firmamento separaba las aguas de la superficie de la tierra (mares, lagos, ríos, fuentes) de las aguas situadas sobre el firmamento que ocasionaban la lluvia (Gn 1,6); y, además, sostenía el sol, la luna, y las estrellas (Gn 1,14-18). Como señala la Escritura, el sol y la luna, no son dioses; penden del firmamento “para separar el día de la noche, y servir de señales para distinguir las estaciones, los días y los años” (Gn 1,14); también desempeñan la tarea de “alumbrar la tierra” (Gn 1,15). El sol durante el día y la luna por la noche recorrían la campana del firmamento. Las aguas emplazadas sobre el firmamento estaban a su vez recubiertas por otra superficie sólida que envolvía todo el Cosmos (Gn 1,6). Más allá de esta segunda cubierta; o sea, más allá del Cosmos, despuntaba la morada divina, el trono del Señor, inaccesible para el ser humano (Ez 1,22.26; 10,1).

      La superficie terrestre veía crecer las plantas; pues, a la orden de Dios, y a tenor de la mentalidad antigua, “la tierra hizo brotar hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que dan fruto” (Gn 1,12). Después, el Señor determinó que bulleran las aguas de seres vivientes, y que los pájaros volaran sobre la tierra”; a continuación, creó los grandes cetáceos; acto seguido, dio origen a los animales terrestres, y finalmente, al ser humano (Gn 1,11-27).

    Cuando comparamos la visión bíblica del Cosmos con la representación mesopotámica, apreciamos la semejanza estructural; en ambas, el cosmos tiene tres partes (firmamento, tierra, sheol), y contemplan al hombre sobre la superficie terrestre, rodeado de animales y vegetales. Sin duda, cuando los autores bíblicos compusieron los relatos de creación, tenían presente la perspectiva con que la ciencia oriental entendía el Universo. Sin embargo, contemplaron la ciencia mesopotámica desde los parámetros de la fe israelita.
   
    Mientras la tradición mesopotámica es politeísta, la perspectiva bíblica señala la existencia de un solo Dios que crea el Cosmos entero (Gn 1,1-31). La Escritura aplica el término “crear” tan solo a la actuación divina; el hombre construye o fabrica, pero solo Dios crea. Cuando la Biblia sentencia que Dios es el creador de todo, certifica que en el hondón del universo y en el alma de cada persona no anida el vacío, sino la actuación divina que desea el bien del cosmos y del ser humano (Is 40,28; 41,20). Como hemos expuesto, los dioses mesopotámicos se identifican con las entidades cósmicas, Sol o Luna; en cambio el Dios bíblico, aunque haya creado el Cosmos, no se confunde con la realidad creada (Is 40,12-26; 44,6). Las divinidades orientales modelaban al hombre para someterlo a su capricho. En cambio, la Escritura enfatiza como Dios crea al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1,26) para que oriente, según el designio divino, el destino del Cosmos: “llenad la tierra y sometedla; dominad sobre […] todos los animales que se mueven en la tierra” (Gn 1,28). En último término, la tradición mesopotámica entendía que el Cosmos “se sostenía sobre el mar primigenio”, pero según la Escritura “está sostenido en las manos de Dios” (Sal 8); mediante esta metáfora, la Biblia desvela que bajo el aspecto del Cosmos “late el proyecto de Dios en favor del ser humano” (Rom 8,18-23).

    Así pues, los autores bíblicos recogieron las características que la ciencia mesopotámica confería al Universo y al ser humano; pero los contemplaron desde la óptica de la religión israelita,  percibieron que en el hondón del Cosmos y en el corazón del hombre palpita el proyecto divino en bien de la humanidad. El cosmos, la vida y el hombre brotaban del designio divino y adquirían un sentido, pues el hombre, creado a “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1,26), debía cuidar del cosmos (Gn 1,28) hasta el día final en que amaneciera “el cielo nuevo y la tierra nueva” (Ap 21,1), metáfora de la humanidad asentada en la plena comunión con Dios.

jueves, 16 de agosto de 2018

¿QUIÉNES SON CAÍN Y ABEL?


                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



A lo largo de los apartados anteriores, hemos apreciado el desarrollo de la cultura mesopotámica hasta los albores de la civilización sumeria. Ahora apuntaremos como la Escritura también esboza la evolución de la sociedad, y recoge aspectos culturales anclados en la tradición mesopotámica; centrados en la “Historia de los Orígenes (Gn 1-11), analizaremos el relato de “Caín y Abel” (Gn 4,1-26). Aunque la narración recoja tradiciones antiguas, adquirió el aspecto final en Jerusalén en una etapa tardía (ca. siglos V-IV a.C.). El relato de “Caín y Abel” no constituye la interpretación bíblica de la evolución cultural que desembocó en la civilización sumeria; pues quienes vivían en Jerusalén cuando nació el relato desconocían el proceso histórico establecido por los arqueólogos durante los siglos XIX y XX. No obstante, desde la perspectiva del sentido común y la apreciación histórica de la antigüedad señala, entre otros temas, el proceso evolutivo de la sociedad humana. Comienza con la mención de agricultores (Caín) y ganaderos (Abel), después señala el origen de las ciudades (Enoc) y la presencia de los pastores que merodeaban en su entorno (Yabel), a continuación sugiere el desarrollo cultural de las urbes (Yubal), para terminar refiriendo el evolución técnica que culmina en la forja del bronce y el hierro (Tubalcaín). El episodio de “Caín y Abel” ha sido objeto de innumerables estudios; por eso solo indicaremos el aspecto de la evolución social que percibe la Escritura, y el papel que juega Dios, según la perspectiva bíblica, en el devenir humano.

    Como atestigua la Escritura, una vez fuera del Edén y establecido al oriente del jardín (Gn 2,24), Adán se unió a su  mujer, Eva, que le dio un hijo, Caín (Gn 4,1). Los estudiosos han conferido al apelativo “Caín” distintos sentidos. Su relación con la figura de Tubalcaín, forjador de herramientas de bronce y de hierro (Gn 4,22), parece indicar que significa “forjador”. Con más certeza, puede relacionarse con la raíz hebrea “adquirir”; así, indicaría al “que adquiere”, afinado la cuestión “el que adquiere el suelo”, es decir, el agricultor, pues “Caín era agricultor” (Gn 4,2). Apelando a su conducta moral, asesino de Abel (Gn 4,8), la tradición entendió el nombre como “el envidioso”; es decir, el envidioso de Abel, su hermano. El Tárgum de Jonatan, obra insigne de la tradición judía, ahonda en la perversidad de Caín. La Escritura sentencia: “Adán se unió a su mujer, Eva; ella concibió y dio a luz a Caín” (Gn 4,1); pero el Tárgum entiende: “Cuando Adán conoció a su mujer, Eva, llevaba ya en su seno un hijo de Sammael”. Al decir de la tradición, Sammael era el ángel venenoso, capaz de transmutarte en serpiente; desde esta óptica, sugiere el Tárgum, Caín, el hijo que porta Eva en el seno, es hijo del ángel camuflado tras la serpiente del paraíso; como hijo de Sammael, la vileza de Caín no puede ser mayor. Entre las etimologías propuestas, la más obvia es la que apunta “al que adquiere el suelo”, o sea, el agricultor. Establecida la identidad de Caín, el relato apunta hacia Abel: “después Eva tuvo a Abel, hermano de Caín. Abel se hizo pastor” (Gn 4,2). El apelativo “Abel” significa literalmente “soplo”, y con más carga poética, “aquel que es menos que nada”; nombre, como veremos, de gran hondura teológica.

    Desde la perspectiva sociológica, el relato ha expuesto bajo la metáfora de Caín y Abel el origen de agricultores y ganaderos. Acto seguido, la narración amparada en el asesinato de Abel por mano de Caín dibuja el pertinaz conflicto entre agricultores, “poseedores de tierras de cultivo”, y los pastores, dedicados a la trashumancia, que tantas veces ensangrentó la historia mesopotámica. Tras matar a su hermano, Caín huye al país de Nod, un país de carácter simbólico, situado al este del Edén (Gn 4,16). Apurando la metáfora, el apelativo “Nod” significa: “el país donde habita quien deambula errante por el mundo”. Afinando la cuestión, la ubicación en el “este”, el horizonte donde emerge la primera luz del día, permitiría interpretarlo, desde la óptica poética, como “el país de la esperanza” o “el país donde esperan un nuevo comienzo quienes van errantes por el mundo”. Como hemos descrito en anteriores apartados, varios pueblos incógnitos, tras deambular por las fronteras orientales, penetraron en Mesopotamia, la tierra de la esperanza, feraz por sus ríos, donde forjaron con esfuerzo culturas propias. Cuando Caín alcanzó el país de Nod, prosigue el relato, se unió a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc (Gn 4,17).

 Notemos una cuestión relevante: además del Edén, la Escritura concibe la existencia de otros territorios habitados por el hombre. La constatación corrobora la teología expuesta en la “Descripción del Edén” (Gn 2,7-14). Como dijimos, la Descripción esboza el proyecto salvador de Dios para la humanidad entera; desde esta perspectiva, la población que vive fuera del Edén aparece ya insinuada por la mención de los cuatro ríos que portan el agua, alegoría de la ley, por todo en mundo entonces conocido.

    La decisión de fundar una familia certifica el asentamiento de Caín en tierra de Nod. El antropónimo “Enoc” significa “el que da comienzo”; puliendo la cuestión: “el que da comienzo a una cultura nueva”. Establecido en el país, Caín edificó una ciudad a la que dio el nombre de su hijo, Enoc. Como hemos señalado, las sucesivas culturas que fueron instalándose en Mesopotamia amalgamándose con la población autóctona, aludida por la esposa de Caín originaria del país de Nod, engendraron ciudades que dieron inicio a nuevas culturas. Desde este prisma, la Escritura asimila la evolución cultural del ser humano, pues muestra como el hombre, asociado en comunidades dispersas, va reuniéndose en ciudades. Una vez afincado en la ciudad, Enoc engendró descendencia: Irad, Meviael, Matusael, Lámec. El cuarto descendiente, Lámec tuvo dos mujeres: Adá y Selá. La unión entre Lámec y Adá engendró a Yabel, el antepasado de los pastores nómadas; su hermano Yubal, fue el ancestro de quienes tocan la cítara y la flauta. El matrimonio con Selá contempló el nacimiento de Tubalcaín, el forjador de herramientas de bronce y hierro, y de su hermana Noemá (Gn 4,17-22). Apreciamos así el calado social de las ciudades, caracterizadas por la presencia de artistas (Yubal), talleres metalúrgicos (Tubalcaín), y visitada por pastores nómadas (Yabel), a veces enfrentados con la urbe.

    Al observar la genealogía desde Adán hasta Lámec, detectamos la sucesión de siete personajes; el número “siete” constituye el símbolo de la plenitud, por eso la ciudad que alcanza el apogeo  durante la séptima generación (Lámec) conforma el vértice de la civilización humana. Algunos nombres de la genealogía destilan el aura de la teología babilónica: Maviael y Matusael aluden “al hombre de los infiernos”, eco de las deidades mesopotámicas que habitaban el mundo subterráneo; mientras Lámec rememora el término “lunga”, título de Ea, diosa babilónica tutelar del canto y la música.

    El nombre de los hijos de Lámec, Yabel y Yubal, tiene su origen en la raíz hebrea que significa “conducir, orientar”, en sentido poético “enseñar”. De ahí que Yabel aluda “al que enseñó el oficio a los pastores nómadas”, y Yubal sugiera “al que enseñó el arte de la música”. Al parecer, el apelativo “Tubal” procede de la misma raíz “conducir”, mientras el término “Caín”, como hemos comentado, apunta al “que adquiere”; anudando ambos sentidos con la explicación de la Escritura, aludiría “al que adquiere y enseña el arte de la foreja”. Lámec también tiene una hija, Noemá; nombre emparentado con “Noemí” (Rt 1,2), que denota, entre otras posibilidades, a “quien es capaz de dar seguridad”, o “a quien ofrece consuelo”.[1] La intelección poética de “Noemá” y su posición al final del texto que describe la evolución social podría indicar, quizá, la “seguridad” o el “consuelo” que las ciudades ofrecían a al ser humano, tan avezado a los conflictos tribales. No obstante, la seguridad que podría ofrecer la ciudad contrasta con el alma vengativa de Lámec: “Si a Caín se le venga siete veces, a Lámec, setenta y siete” (Gn 4,24).

    La contraposición del término Noemá con la actitud de Lámec apunta, desde el vértice simbólico, al aspecto que adquirió la ciudad; por una parte, hogar de la civilización (Noemá), y, por otra, crisol de conflictos políticos por el control de la urbe (Lámec). A tenor de lo expuesto, el autor bíblico consideró la tradición mesopotámica y aplicó el sentido histórico, propio de la antigüedad, para componer un relato que esbozara, entre otros temas, la evolución social que alcanza el cenit con las ciudades. Ahora bien, el autor no se limitó a dibujar la evolución social, sino que delineándola explicitó también la identidad profunda del Dios de Israel. Veámoslo.

    Como señala el relato, Caín, después de matar a su hermano, obtuvo descendencia y fundó una ciudad, Enoc. Desde la perspectiva social, Caín aparece como el triunfador, “el forjador”, el fundador de la urbe, mientras Abel encarna a la víctima, el que “es menos que nada” y muere sin descendencia. La mitología antigua encomiaba al vencedor. Así lo establece, por ejemplo, la historia de Rómulo y Remo; después del sacrifico de su hermano Remo, Rómulo, auspiciado por los dioses, fundó la ciudad de Roma. A modo de contrapunto, el relato bíblico no emplaza al Señor junto al triunfador a cualquier precio, Caín, sino que sitúa a Dios junto a la víctima, Abel.

 El Dios de Israel está siempre al lado de la víctima, del pequeño, del pobre; esta metáfora tapiza la Escritura. Abrahán tuvo un hijo con Agar, Ismael, el mayor, y otro con Sara, Isaac, el menor; pero la alianza prosiguió con Isaac: “Dice el Señor: En cuanto a Ismael […] lo bendigo […] pero mi alianza la estableceré con Isaac” (Gn 1720-21). Isaac tuvo dos hijos, el mayor Esaú, y el menor Jacob; aun así, el pacto divino recayó sobre el menor: “La tierra que yo di a Abrahán y a Isaac, te la doy a ti (Jacob)” (Gn 35,12). Contra la costumbre antigua que privilegia al mayor, la Escritura enfoca la preferencia divina hacia el menor. Algo idéntico ocurre con la elección de David, el monarca emblemático. Cuando Samuel, enviado por Dios, se presentó en casa de Jesé para ungir al rey de Judá, creyó que había encontrado al candidato en la persona de Eliab, el hijo mayor de Jesé; entonces le dijo el Señor: “Yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor escruta el corazón” (1Sm 16,7). Aconsejado por Dios, Samuel preguntó a Jesé por el hijo más pequeño, David; entonces Dios le dijo: “Levántate y úngelo (a David), porque es este (el rey)" (1Sm 16,12). Quizá lo más sorprendente, sea el discurso que Moisés, en nombre de Dios, dirige a los israelitas: “El Señor se fijó en vosotros y os eligió, no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos, pues sois el más pequeño de todos, sino por el amor que os tiene” (Dt 7,7-8).

    Como apreciamos, pues, el Dios de la Escritura está con las víctimas, Abel, con el menor, Isaac y Jacob, con el pequeño, David, y con la comunidad más sencilla, Israel.

   El Dios de Israel no se conforma con estar junto a la víctima, siente el ultraje contra ellas como violencia ejercida contra él mismo. Cuando Caín hubo matado a Abel, Dios le dijo: “La sangre de tu hermano me grita a mí desde la tierra” (Gn 4,10).  La locución “me grita a mí”, traducida literalmente, señala el sufrimiento de Dios por el penar de la víctima. La espiritualidad bíblica constata el dolor de Dios ante el sufrimiento de los oprimidos, “Tú (Señor) ves la pena y la aflicción y la tomas en tus manos” (Sl 10,14), y la vez que advierte contra la injusticia: “No despojes al pobre […] ni oprimas al desvalido” (Pr 22,22).

   El Señor está con la víctima, Abel, pero no abandona al asesino, Caín, pues “Dios no desea la muerte del pecador, sino que se   convierta y viva” (Ez 18,32). Asustado por las consecuencias del crimen, Caín suplicó el auxilio divino. Entonces el Señor “puso una marca en Caín, para que no lo matara quien lo encontrase” (Gn 4,15); después, como hemos dicho, Caín se fue al país de Nod, para comenzar una nueva vida. La marca indica la entereza con que Dios protegerá a Caín en la vida nueva que inicia. La protección es tan cierta que la tradición hebrea, anclada en el Tárgum, alcanza el hondón de la interpretación: “El Señor plasmó en el rostro de Caín una letra del nombre divino”. Como sabemos, el nombre divino será revelada a Moisés, durante el prodigio de la zarza: “Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: Yo soy me envía a vosotros” (Ex 3,14).

     Según la tradición bíblica, la protección divina sobre Caín se perpetuó sobre su descendencia. La Escritura certifica que Caleb, el quenita, alegoría del cainita descendiente de Caín, era “adorador del Señor” (Nm 32,12); igualmente, Otoniel, su hermano (Jc 1,5), experimentó como “el espíritu del Señor” se posaba en él (Jc 3,10); ambos hermanos participaron en la conquista de la tierra prometida (Jc 1,12-13; 3,7-11). Cuando el texto establece que Caleb y Otoniel, de estirpe quenita, eran servidores del Señor, atestigua, desde el prisma simbólico, que la protección divina sobre Caín, ancestro simbólico de los quenitas, se perpetuó sobre su descendencia. Tampoco abandonó el Señor a Adán y Eva que, tras la muerte de Abel y la partida de Caín, habían quedado solos; permitió que engendraran un hijo, Set. El cariz poético invita a interpretar el nombre como “aquel con quien de nuevo comienza la historia”, pues de Set nacerá Enós, ancestro de Abrán.

    En síntesis, el autor bíblico ha plasmado, desde el sentido común y la perspectiva antigua, la evolución de la sociedad; pero, plasmándola, ha subrayado como el Dios de Israel está siempre del lado de las víctimas y protege siempre al ser humano.
                


[1] . F. Ramis Darder, Rut, ed. Cetem 1992, p. 64-65.

viernes, 13 de julio de 2018

LISTA REAL SUMERIA



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com


Corría el año 1921 cuando Weld-Blundell, mecenas del arte, compró un prisma (20 alto x 9 ancho cm.) que contenía en cada una de sus cuatro caras dos columnas, escritas en sumerio, con la lista de las dinastías de varias ciudades mesopotámicas y la duración del reinado de los monarcas; el elenco ha venido a llamarse “Lista Real sumeria”. El origen de la Lista hundía sus raíces en la tradición oral, hasta que fue puesta por escrito en tiempos de Utu-Hergal (2123-2113 a.C.); el prisma de Weld-Blundell constituye una copia elaborada en Larsa hacia el 1800 a.C. Como dijimos, Utu-Hergal había expulsado a los qutu y deseaba erguirse como único soberano sobre el territorio sumerio. El rey auspició la composición de la Lista, anclada en la tradición oral y enhebrada con la mitología, para establecer que tanto él como la ciudad de Uruk, sede de su corona, eran los herederos legítimos del lagado sumerio.

    El comienzo de la Lista sentencia: “Después que la realeza descendiera del cielo, se asentó en Eridu”; así establece el origen divino de la monarquía y señala la primera morada de los reyes en Eridu. A continuación, determina la identidad de los primeros monarcas de Eridu: Alulim (reinó 28800 años) y Alangar (36000 años). Cuando cayó Eridu, la realeza fue llevada a Bad-Tibira donde gobernaron tres reyes de duración fabulosa. Al hundirse Bad-Tibira la monarquía fue llevada a Larak, donde reinó En-sipa-zi-ana (28000 años). Cuando desapareció Larak, la casa real pasó a la ciudad de Sippar y después a Shurrupak; después gobernaron ocho reyes sobre cinco ciudades, el último fue Ziusudra. La duración fantástica de cada reinado es la metáfora con que los sumerios subrayan el origen divino de la monarquía; mientras el desplazamiento de la realeza por distintas ciudades refleja que el territorio sumerio estuvo sometido a la autoridad de la urbe más relevante.

    Como señala la Lista, un Diluvio se precipitó sobre la tierra y acabó con la civilización. Aunque la mención del Diluvio case bien con los continuos desbordamientos fluviales que arrasaban la región, constituye la metáfora de acontecimientos históricos que alteraron el dominio sumerio sobre las ciudades. Mesopotamia estuvo sufrió incontables invasiones y guerras civiles entre los principados que asolaron la región; la Lista esconde, bajo la metáfora del Diluvio, la devastación causada por las invasiones o los conflictos civiles.

    Como establece la Lista “cuando el Diluvio hubo terminado, la realeza descendió otra vez del cielo y se estableció en Kish”; es decir, cuando cesó la devastación, causada por invasiones o conflictos civiles, la monarquía, asentada en el cielo, floreció en Kish, ciudad que dominó Sumeria. Veintitrés reyes (Jushur […] Agga) gobernaron durante períodos fabulosos (entre 1200 y 140 años); matices en el prisma inclinan a los comentaristas a percibir veinticuatro reyes. Al decir de la Lista, “llegó un momento en que Kish fue derrotada y la realeza pasó a la ciudad de Uruk”; doce reyes gobernaron desde Uruk (Mesk-ki-ang-gasher […] Lugal-Kitun). Más adelente, “Uruk fue derrotado y la realeza pasó a Ur”; cuatro reyes gobernaron en Ur (Mesanepeda […] Balulu). Después “Ur fue derrotada y la realeza pasó a Awan”, donde gobernaron tres reyes. Entonces, prosigue la Lista, “Awan fue derrotada y la realeza pasó a Kish”, donde ciñeron la corona ocho reyes. Cuando “Kish fue derrotado, la realeza pasó a Hamazi, con un rey, Hadanisk. Prosigue la Lista, “Hamazi fue derrotada y la realeza pasó a Uruk”, tres reyes. Al ser vencida Hamazi, la realeza quedó trasferida a Uruk, tres reyes; de Urun pasó a Ur, tres reyes; de Ur pasó a Adad, tres reyes; de Adad a Mari, seis reyes; de Mari a Kisk, un rey. Como establece la Lista, “Kish fue derrotada y la realeza pasó a Akshak”; después volvió a Kish; a continuación, a Uruk, regida por Lugarzagesi; acto seguido, advino la etapa acadia (Sargón […] Shar-kali-sharri). Continua la Lista, “cuando Agadé fue derrotada, la realeza pasó a Uruk”; después, aconteció la etapa de los qutu, hasta que Utu-Hergal los expulsó e inauguró su dinastía. Ampliaciones posteriores de la Lista, mencionan los reyes de Ur e Isín.

    Acabada la descripción de la Lista, proceden varias observaciones. Aunque despunten reinados de duración fantástica, desde el sexto rey de Uruk figuran algunas cifras más razonables (entre treinta y seis, y seis años); el aura mitológica cede paso al ámbito histórico. Al principio, la realeza descendía del cielo, eco del aura divina de los reyes, pero más adelante pasa de Kish a Uruk, signo de la dimensión terrenal que adquiere la monarquía. Los reyes de Kish fueron veinticuatro (23) y los de Uruk doce. Los sumerios contaban en base doce, el número de falanges de la mano. El número veinticuatro señala las falanges de ambas manos, e indica, por eso, un gobierno perfecto, de aura divina, pues la realeza de Kish descendía del cielo. El número doce alude a la mitad de las falanges, señala una realeza plena desde la vertiente humana, pues los reyes de Uruk no procedían del cielo, se habían impuesto desde Kish.

viernes, 6 de julio de 2018

¿QUIÉN ES NARAN-SIN?


                                                                           Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Naran-Sin (2254-2218 a.C.).

A la muerte de Manishtusu, accedió al trono su hijo Naran-Sin. El reinado de Sargón, “el rey auténtico”, había plasmado más bien el deseo, como hemos señalado, de dominar las “Cuatro Regiones”; pero el apelativo de Naran-Sin, “poderoso dios de Akkad”, desvelaba su pretensión por ejercer un dominio auténtico y universal. Comenzó imponiendo su autoridad sobre las ciudades sumerias, que se habían alzado a la muerte de su padre. Fiel al aura conquistadora, heroica y guerrera de Sargón, atacó Elam; aunque no pudiera conquistarlo, dominó la región de Susa, al este de Mesopotamia. Después, embistió contra Magán, en la península arábica, haciéndose con el control comercial del Golfo Pérsico. Seguidamente, sometió Subartu, al norte; dominó las regiones del río Harbur y el curso medio del Eúfrates, ricas en el aspecto agropecuario; exploró el túnel del Eúfrates; estableció guarniciones en Assur, Nínive y Tel-Brak para controlar la zona norteña y el acceso hacia Anatolia. Más tarde penetró en Siria, destruyó la ciudad de Ebla, gran emporio comercial, y alcanzó los Montes Amano y el Mediterráneo. Como atestigua la historia, los acadios adoptaron la escritura cuneiforme, inventada por los sumerios, para escribir la lengua acadia. Ahora bien, Naran-Sin estableció un tipo de escritura cuneiforme más clara que, inscrita sobre tablillas rectangulares en vez de las antiguas redondeadas, unificó los diversos estilos de escritura local; muy a menudo, las tablillas oficiales portaban el sello identificativo. Sin duda, la unificación de la escritura fue el embrión de reforma administrativa del imperio. Levantó fortalezas e hizo obras hidráulicas; reconstruyó templos, especialmente el Ekur, el santuario de Enllil en Nippur. Naran-Sin acariciaba el sueño de Sargón: era señor veraz de las “Cuatro Regiones”; así detentó el control del comercio que propició la riqueza del país.

    La prestancia del rey determinó que quisiera investirse de atributos divinos. Hizo inscribir una “estrella”, símbolo de la divinidad, ante su título de “Rey de las Cuatro Regiones”; exigió de sus artistas que le plasmaran con la tiara dotada de cuernos, símbolo de la divinidad; y determinó que sus siervos le llamaran “poderoso dios de Akkad”. Como hiciera su abuelo, nombró a su hija sacerdotisa principal del templo del dios Sin en la ciudad de Ur. Seguramente, el monumento que mejor representa la grandeza conquistadora y la pretensión divina del rey sea la “Estela de la Victoria”. Ensalza, por una parte, el triunfo de Naran-Sin sobre los lulubitas, invasores extranjeros; por otra, representa al rey ciñendo una corona con cuernos, símbolo de la divinidad; y finalmente, muestra al soberano ascendiendo por la montaña que conduce al cielo. Debido a su importancia simbólica, los elemitas, en el siglo XII a.C., robaron la estela y la instalaron en Susa. Mientras los reyes sumerios, como señala la “Lista Real Sumeria”, descendían del cielo a la tierra, la “Estela de la Victoria” enfatiza como la realeza acadia asciende de la tierra hacia el cielo.

   Sin embargo, su reinado no estuvo exento de problemas. La solidez del imperio dependía de la autoridad militar del monarca, sin estar fundada sobre la cohesión jurídica del territorio; por eso cuando aparecía una crisis palaciega, provocada por la ausencia del rey o la disensión entre los nobles, estallaban disturbios en las regiones. Además, los llamados “extraños”, quienes no pertenecían a los dominios de Naran-Sin, codiciaban las riquezas de Akkad a la vez que estaban dolidos por la depredación que les infligían los acadios; así los lulubitas, originarios del Luristán, al sur del actual Irán, y los Qutu, procedentes de los Montes Zagros comenzaron a penetrar en el imperio. Tanto el rey como las élites dominantes sufrieron la inquina del pueblo, pues la desposesión de las tierras, iniciada ya en época de Manishtusu, para entregarlas a la nobleza arrojaba a buena parte de la población a la servidumbre. Como hemos expuesto, Sargón se hizo llamar “Rey de Kish” antes de erigir la capital en Akkad; sin embargo, Naran-Sin desdeñó el título de “Rey de Kish”. Cuando Kish perdió los privilegios que tenía por ser ciudad coronada, brotó el descontento entre la población. El descontento de Kish unido al recelo de Sumer, convertido en antaño en provincia por Manishtusu, alentó la rebelión del Sur que fue reprimido con dureza por Nran-Sin.  Además, la destrucción de Ebla y la guerra con Elam eclipsaron el comercio, generaron pobreza y despoblación de los territorios. En definitiva, la caída del comercio, las invasiones extranjeras, la falta de cohesión jurídica, el descontento popular, y las sublevaciones internas agrietaron los dominios acadios en los últimos años de Naran-Sin.