Mostrando entradas con la etiqueta MANUSCRITOS BÍBLICOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MANUSCRITOS BÍBLICOS. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de junio de 2018

CAMINO SANTO Is 35,8



                                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                                    bibliayoriente.blogspot.com






Salvador F. David Llácer, wdrk hqdash El “Camino Santo” (Is 35,8). (68 Asociación Bíblica Española Institución San Jerónimo. Tesis. Verbo Divino 2017) 319 pp.

Como sabemos, el conocimiento del texto bíblico constituye la base académica de toda aproximación a la Escritura. La obra reseñada constituye un estudio de crítica textual de Is 35.8. Entre las páginas de la Introducción, el autor presenta la versión castellana de Is 35 y reseña las dificultades de traducción que presenta el capítulo, y en especial Is 35,8; con intención poner de manifiesto las dificultades, el autor comenta traducciones italianas, castellanas, inglesas y francesas. Descritas las dificultades de traducción propias de Is 35, establece el horizonte de la investigación: el estudio de Is 35,8, su literalidad, para averiguar qué es lo que dice exactamente (sin profundizar en lo que narra el pasaje o en la verdad de lo narrado).

    La primera parte del estudio (caps. 1-3) se centra en el análisis del Texto Masorético de Is 35,8. Después de constatar que Is 35,8 ha constituido una “cruz interpretum” para los traductores, describe, en el versículo Is 35,8, la repetición de la locución wdrk (y camino), comenta el género del término drk, analiza el aspecto sintáctico, describe las propuestas interpretativas y las posibilidades de traducción de Is 35,8 (cap. 1). Seguidamente (cap. 2), profundiza en el significado de la forma mslwl (¿una senda?), ofrece un elenco de las opiniones de los comentaristas sobre el término mslwl, y comenta el sentido del vocablo mslh en el hebreo tardío. Acto seguido (cap. 3), se detiene en la frase whw’ lmw hlk drk; comienza esbozando el sentido que ofrecen las versiones modernas, después comenta la Masora, ahonda en las correcciones consonánticas, y, con intención de ofrecer pautas de traducción, analiza la forma lmw como consonante l, considerando la consonante m como enclítica, y también entendiendo la forma lmw como preposición l, más sufijo pronominal mn. El autor manifiesta una gran meticulosidad, finura de análisis, y sólida erudición por cuanto concierne al estudio de las formas y al análisis sintáctico; también es encomiable la cantidad de monografías  sobre el tema que refiere, tanto en el mismo texto de la obra como en las notas a pie de página.

    La segunda parte del estudio está dedicada al texto qumrámico de Is 35,8 (caps. 4-7). Comienza con el análisis del Rollo de 1QIsaª (cap. 4). A continuación, establece las diferencias entre el TM Is 35,8ª-b y 1QIsaª 35,8-b (cap. 5). Seguidamente, señala las diferencias entre el TM Is 35,8c y 1QIsaª 35,8c (cap. 6), Finalmente, marca las diferencias entre el TM Is 35,8d y 1QIsaª 35,8d (cap. 7). La tercera parte de la obra aborda las versiones de Is 35,8 (caps. 8-9). Inicia el estudio presentando la versión griega de los LXX de Is 35,8 (cap. 8). A continuación, aborda el análisis del Tárgum de Is 35,8 (cap. 9). Después, se centra en la Peshitta de Is 35,8  (cap. 10). Seguidamente, trata la traducción propuesta por la Vetus Latina para Is 35,8 (cap. 11), y la Vulgata de Is 35,8 (cap. 12). Como sucedía en el apartado anterior, el estudio revela una gran meticulosidad en el análisis gramatical y comparativo de textos y palabras; muy valiosa es la incorporación fotográfica de fragmentos de los códigos estudiados para precisar la grafía de los términos.

    A lo largo de la cuarta parte el autor delinea las conclusiones (cap. 13), y finaliza el estudio con la propuesta de nueva traducción para Is 35,8: “Será allí su nombre exaltado y en el camino santo le invocarán no lo atravesará el que es impuro, y los que recorran el camino, auque sean necios, no se perderán”. Las últimas páginas del libro contienen el elenco de siglas y abreviaturas, bibliografía, y varios anexos sobre las traducciones modernas de Is 35,8-9 e ilustraciones de los códices utilizados en el análisis de Is 35,8. Aunque breve, la conclusión y la propuesta de traducción manifiestan con rigor el contenido global del estudio; por lo que respecta a la traducción, objeto último del estudio, el autor reconoce que es novedosa, a la vez que sentencia que la traducción propuesta manifiesta la presencia de Dios, pero, como el mismo autor señala, no en el lugar que indicaban otros comentaristas, ni en el que el mismo autor había esperado que estuviera. La bibliografía citada por el autor es abundante, y útiles las referencias gráficas de los códices.

    A nuestro entender, la traducción que propone el autor, como colofón del estudio, es acertada y nacida de una dedicación académica ardua, meticulosa y precisa; pero también abre nuevas vías de interpretación para palpar la presencia divina en Is 35,8, a la vez que ofrece un horizonte de estudio a quienes busquen la precisión académica que siempre requieren los estudios textuales. Nos encontramos ante una obra de primera línea por cuanto concierne a la crítica textual de Is 35,8; sólidamente argumentada, densa y bien trabajada, puede constituir un punto de referencia para quienes se adentren en los estudios textuales, tanto de la profecía isaiana, como desde un perspectiva más amplia en el campo de la crítica textual del Antiguo Testamento.


Francesc Ramis Darder
c/Sant Bernat 1.
07004 Palma de Mallorca.
Illes Balears    


martes, 13 de enero de 2015

EL TEXTO HEBREO DEL LIBRO DE ISAÍAS Y LAS TRADUCCIONES ANTIGUAS


                                                                                        Francesc Ramis Darder


 El texto hebreo del libro de Isaías figura en la Biblia Hebraica Stuttgartensia (BHS) que reproduce el “Códice de Leningrado”, texto editado por D. W. Thomas (1968). El proyecto denominado “Hebrew University Bible Project” ha publicado el texto isainao, editado por M. H. Goshen-Gottstein (1995), basado en el “Códice de Alepo”.

    Las dificultades presentadas por el texto hebreo de Isaías (TM) han podido abordarse con mayor solidez desde los descubrimientos de Qumrán (1948). Junto a los Salmos y el Deuteronomio, el texto isaiano es el mejor representado entre los textos de la biblioteca esenia. El rollo completo de Isaías hallado en la primera cueva (1QIsª) contiene 54 columnas y tiene 7,34 m de longitud; fue copiado, quizá, por dos escribas, entre los años 150-120 a.C. El segundo rollo descubierto (1QIsb) se halla en un estado de conservación precario. Fue copiado durante el período Herodiano, y conserva unos cuarenta y seis capítulos completos y algunos otros de manera fragmentaria: El texto que nos ha llegado comienza en Is 7,22. Han aparecido, además, dieciocho manuscritos hallados en otras cuevas de Qumrán; son especialmente importantes los hallazgos de la Cueva 4 (4QIsa; 4QIsb). Igualmente, los arqueólogos han descubierto el fragmento de una copia en el Wadi Mubarat. Los dieciocho fragmentos y el manuscrito de Wadi Mubarat han sido datados en el arco temporal que abarca desde la primera mitad del siglo I a.C., hasta la segunda mitad del siglo I d.C.

    Entre las versiones antiguas la más importante es la Septuaginta; fechada, generalmente, en torno a la mitad del siglo II a.C. La versión griega procede con libertad respecto del TM; contiene numerosas paráfrasis, y añade interpretaciones de contenido teológico. Es el resultado de la adaptación del texto bíblico a las necesidades teológicas y culturales de los judíos de Alejandría. Por ejemplo, las alusiones a la creación, presentes en Is 40-55, según la opinión de algunos comentaristas, se hallan en la línea del pensamiento Helenístico, y específicamente estoico, al utilizar el verbo deiknimi para traducir la voz hebrea bara “crear”. Desde esta perspectiva, la traducción griega refleja las constantes relecturas y adaptaciones del texto bíblico a las nuevas situaciones que debían afrontar los judíos de la diáspora en tierras empapadas por la cultura helenística.

    El Tárgum del Pseudo-Jonatan  (132-135 a.C.) enfatiza el contenido mesiánico del texto isaiano. El Tárgum muestra un texto próximo el TM. La Peshitta, la traducción del texto a la lengua siríaca, realiza algunas adiciones textuales en virtud de las necesidades teológicas de las comunidades a las que se dirige, los cristianos de lengua siria (Is 7,14; 9,5; 25,6-8). La Vetus Latina constituye la interpretación latina del texto de la LXX. Jerónimo utilizó la Vetus Latina en la traducción llamada Vulgata, pero interpretó algunos pasajes en sentido mesiánico. A modo de ejemplo, suele citarse la traducción del término hebreo almah mediante la voz latina virgo; dicha traducción alude expresamente a la naturaleza virginal de María: ecce virgo concepiet et pariet filium (Is 7,14).

    La primera traducción a la lengua árabe fue realizada por el filósofo y exegeta Saadia Gaón (882-942), quien llevó a cabo una versión libre y popular del texto. Otras traducciones griegas, Aquila, Simmaco, Teodosion, junto a las traducciones etiópicas y armenias han tenido menos importancia en el estudio de la obra de Isaías. Sin embargo, como toda versión antigua, constituyen un buen testimonio de la historia del texto, y permiten perfilar el significado de los términos y los conceptos presentes en el Texto Masorético (TM).

viernes, 18 de julio de 2014

¿CÓMO Y POR QUÉ SE ESCRIBIÓ EL LIBRO DE ISAÍAS?

                                                                                      Francesc Ramis Darder


El proceso de redacción del libro de Isaías fue largo y complejo; ahora bien, a nuestro entender vio la luz definitiva entre las manos de un grupo erudito, a mediados de la primera parte del período helenístico, en Jerusalén (siglo III a.C.). La profecía hunde sus raíces en la vida y en la predicación del mismo profeta. El texto isaiano sitúa cronológica y geográficamente el marco del ministerio de Isaías en Judá y Jerusalén (Is 1,1; 2,1), durante el reinado de Ozías, Jotán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá (Is 1,1); en definitiva, la predicación de profeta, aconteció en el Reino del sur durante la segunda mitad del siglo VIII a.C.

     Las palabras proclamadas por Isaías fueron recogidas, transmitidas y ampliadas por sus discípulos para aplicarlas a las nuevas situaciones con que debían enfrentarse los judaítas tras la muerte del profeta. Los discípulos aplicaron, tal vez crípticamente, las invectivas del Vocero de Dios para denunciar la corrupción política y religiosa que ensombreció Judá durante el reinado de Manasés y Amón (2Re 21) (687-640 a.C.). No cabe duda de que el círculo profético, evocando la memoria de  Isaías, interpretó los avatares de la reforma de Josías (640-609 a.C.); y, con toda certeza, analizó teológicamente los sucesos luctuosos que tiñeron de sangre Judá y Jerusalén durante la agresión babilónica y las deportaciones sucesivas (597.587.582 a.C.).

    Hacia la mitad del destierro babilónico (561/0 a.C.), resonó entre los deportados la voz de un personaje anónimo, el Profeta del Consuelo. El hombre de Dios, buen conocedor del mensaje de Isaías trasmitido por sus discípulos, proclamó palabras de esperanza entre los judaítas sometidos a la cierna del exilio. La predicación del Profeta del Consuelo, amplia y profunda, reposa sobre dos cuestiones capitales. Por una parte, desde la perspectiva teológica, el profeta supo discernir en el hondón de los acontecimientos que propiciaron la ascensión de Ciro y la caída de Babilonia, la actuación liberadora de Dios a favor de su pueblo; según la opinión del profeta, ambos sucesos no proceden de la casualidad, nacen del designio de Yahvé, el exclusivo señor de la Historia (Is 41,21-29; 43,11; 48,12-15). Por otra, el heraldo divino (o sus discípulos) acuñó un vocablo teológico decisivo, la palabra “creación (br’)”. Los discípulos recogerán la predicación del Maestro y comenzarán a redactar, en Jerusalén y tras el regreso del exilio, el denominado “Segundo Isaías” (Is 40-55).

    La teología de Is 40-55, eco postrero de la voz del Profeta del Consuelo, entiende el proceso de la creación (br’) como la relación nueva que Dios establece con su criatura, gracias a la cual la criatura percibe su identidad de un modo distinto, pues la contempla desde la relación nueva que el Creador ha establecido con ella; es decir, el pueblo hebreo, deja de concebir su historia como si fuera fruto del azar o del capricho de los ídolos, para entenderla desde la grandeza de Dios, exclusivo señor de la Historia, que elije a su pueblo durante el oprobio del exilio. Durante los últimos años del destierro se fue conformando, lentamente, una pequeña comunidad convocada por la palabra del Profeta del Consuelo. Como relata la Escritura, cuando Ciro el Grande conquistó Babilonia (539 a.C.), proclamó un decreto por el que los judíos deportados podían volver a Sión (Esd 1,1-4); aún así, conviene precisar que a tenor de los datos históricos, el retorno de los judíos sólo tuvo lugar de forma significativa durante los primeros años del reinado de Darío I (521-486 a.C.). Zorobabel, pretendiente legítimo del trono de David, y Josué, sumo sacerdote, regresaron a Jerusalén en compañía de un conjunto significativo de judíos.

    La entereza de los deportados que volvieron a pisar los umbrales de Jerusalén, ilusionados por la reconstrucción del antiguo reino sobre los parámetros teológicos elaborados en el exilio, se precipitó en el abismo del sinsentido tras la muerte de Zorobabel, el monarca legítimo que debía sentarse en el trono de Sión. La muerte de Zorobabel determinó la desaparición de la dinastía de David. A partir de entonces los persas asumieron plenamente el control de la región, sólo concedieron a los judíos cierta jurisdicción sobre las cuestiones inherentes a la celebración del culto en el recinto del templo y sobre la interpretación de las cuestiones más específicas de la religión judía; Josué y sus sucesores asumieron, bajo la aquiescencia aquemémida, el control de la cuestión religiosa. Los persas convirtieron el territorio del extinto reino de Judá en la provincia de Yehud, integrada en la satrapía de Transeufratina. Sin embargo, la desgracia no consiguió mermar la entereza de quienes habían vuelto del destierro; quienes habían regresado de Babilonia, unidos a quienes habían permanecido en Judá y habían abandonado la senda errada de la idolatría, conformaron una comunidad religiosa reunida al abrigo del templo de Sión.

    A lo largo del período persa (538.522-331 a.C.), los discípulos del Profeta del Consuelo fueron dando forma literaria a la predicación del Maestro del exilio; ahora bien, también fueron aplicando el contenido de la reflexión a la condición social y a la situación teológica por la discurría la vida de la comunidad creyente reunida al amparo del templo. La reflexión de los discípulos del Profeta del Consuelo fue conformando, en relación con la asamblea convocada junto al templo, el entramado del Segundo Isaías (Is 40-55); cabe pensar que el texto alcanzara su forma, casi definitiva, entre los últimos lustros del período persa y los primeros del helenístico, entre los muros de Sión.

    Adoptando una perspectiva pedagógica, podríamos afirmar que durante la segunda mitad del período persa y la primera del helenístico (398-198 a.C.), la teología isaiana había adquirido un desarrollo amplio y complejo. La predicación del profeta Isaías (siglo VIII a.C.) fue desarrollada y aplicada por sus herederos a la situación social y religiosa de Judá. Más tarde, durante el exilio, el Profeta del Consuelo, reinterpretó y adaptó el mensaje isainao a las condiciones adversas del destierro (siglo VI a.C.); una vez en Jerusalén, los discípulos del Vocero de Dios adaptaron el mensaje de su mentor a las nuevas condiciones en que se encontraba la comunidad, asentada en Yehud.

   La segunda etapa del período persa y la primera del helenístico contemplaron como la comunidad asentada en Jerusalén continuaba desarrollando la teología isaiana; a medida que el helenismo ganaba terreno, la comunidad judía vio como emergía desde su propio seno otra corriente teológica relevante, la apocalíptica. Sin duda, el alba de la apocalíptica (250-225 a.C.) empujó quienes estaban imbuidos por la espiritualidad isaiana, a reflexionar sobre la situación social y teológica de Yehud (Is 24-27); después, aún afloraron meditaciones y glosas que enriquecieron al patrimonio del la comunidad leal, asociada al espíritu isainano.

    Podríamos decir que los herederos de la profecía isaiana, fueron confeccionando un proyecto teológico que aspiraba a conseguir tres objetivos complementarios. En primer lugar, deseaban ahondar, desde la óptica teológica, en el corazón de la identidad judía; en segundo término, aspiraban a confeccionar un proyecto de conversión con que poder insertar a los judíos, sojuzgados por las zarpas idolátricas, en el regazo de la comunidad reunida al amparo del templo de Sión; y, en último término, se planteaban la forma de atraer a las naciones a la adoración de Yahvé, el único Señor de la historia, en la cima del Monte Santo.

    A mediados del siglo III a.C., durante la primera mitad de la etapa helenística (331-198 a.C.), algún autor, miembro erudito de quienes estaban adheridos a la espiritualidad isaiana, emprendió en Jerusalén la tarea de componer de forma definitiva el libro, magno y denso, de Isaías (Is 1-66). El redactor releyó y retocó en profundidad la reflexión iniciada por los discípulos del Gran Isaías (siglo VIII a.C.). Sin duda, también matizó y reinterpretó algunos aspectos teológicos de la obra entretejida por los discípulos del Profeta del Consuelo; y, evidentemente, consideró la reflexión, plural y honda, de los herederos del Maestro que moraban en Sión, durante el ecuador de la primera etapa del período helenista. Debemos recordar, a pesar de la evidencia, que la redacción del libro de Isaías tuvo lugar en relación intertextual con los demás libros del Antiguo Testamento hebreo.

    El redactor no se limitó a aunar los textos que había reunido y trabajado; una vez reelaborados en profundidad, les confirió el sentido argumental y les dotó del arte literario que destila la obra isaiana. El libro de Isaías, como hemos insinuado, ofrece un  proyecto de conversión dirigido al pueblo idólatra para que encauce su vida por la acequia de la alianza, es decir, para que pueda insertarse en la asamblea constituida por la comunidad fiel al Señor, reunida al cobijo del templo, a la vez que invita a las naciones, admiradas por la fidelidad religiosa de la comunidad remida, a dirigirse a Jerusalén para adorar a Yahvé, el único señor de la Historia, sobre la cima del Monte Santo.
 
    El planteamiento global del libro de Isaías presenta un proceso teológico profundo: muestra cómo el pueblo hebreo, caracterizado al principio por un culto que Dios no soporta (Is 1,10-20), llega a convertirse, con el auxilio divino (Is 43,1-7), en el pueblo transformado que revela ante las naciones paganas la gloria de Dios (Is 66,7-14) para atraerlas a la cumbre del Monte Santo, metáfora del santuario de Sión, para postrarse ante Yahvé, el único dueño de la Historia (Is 66,18-23). A través de la profecía isaiana, la comunidad fiel al Señor, invita a todos los israelitas a introducirse en la senda de la conversión; les incita a insertarse de nuevo en la alianza eterna que el Señor trabó con su pueblo para que pudiera gozar de la bendición divina y fuera capaz de reunir a todas las naciones en Sión para la alabanza de Yahvé.

viernes, 13 de diciembre de 2013

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA BIBLIA?

                                                                                                 Francesc Ramis Darder


    La palabra “Biblia” procede de la lengua griega y significa propiamente biblioteca. La Biblia no es un único libro, sino una colección de 73 volúmenes: 46 integran el Antiguo Testamento y 27 el Nuevo Testamento.

    La Biblia narra la revelación de Dios al pueblo de Israel y posteriormente a la Iglesia, con la consiguiente respuesta humana al proyecto de Dios. ¿Qué significa esta definición?

    Dios nos habla de muchas maneras; una puesta de sol, la muerte de un ser querido, el amor de los esposos, el sufrimiento humano, el gozo de compartir la vida. Todo lo que acontece en la existencia, contemplado con los ojos de la fe, es una Palabra del Señor que penetra nuestra vida transformándola.

    El pueblo de Israel vivió profundas experiencias: la salida de Egipto, la conquista de la Tierra Prometida, el fracaso de la monarquía, el dolor del exilio, y la ilusión de reconstruir Jerusalén. Pero, y eso es lo importante, contempló los avatares de su Historia con los ojos de Dios; y, más tarde, lo puso por escrito en el Antiguo Testamento. Por eso, el AT no es un libro de geografía o historia antigua: cuenta cómo el pueblo hebreo percibió su existencia entretejida por las manos de Dios.

    Los discípulos de Jesús tuvieron hondas vivencias: gozaron de la llamada de Cristo, escucharon sus parábolas y vieron sus milagros, se durmieron en el huerto de los Olivos, Pedro le negó; pero, al final contemplaron la presencia del Señor resucitado. S. Pablo, gran perseguidor de la Iglesia se convirtió, y fundó comunidades cristianas de las que recibió alegrías y disgustos.

     Los apóstoles no se limitaron a observar a Jesús como a un buen maestro de ética novedosa, sino que le contemplaron con la mirada de la fe y vieron en Él al Señor, al Mesías prometido en  la Antigua Alianza. Más tarde, en el seno de la Iglesia fue escribiéndose el Nuevo Testamento. El Evangelio es la Buena Noticia de Jesús recogida por la Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, para alentar a todos los cristianos a sentirse amparados por la presencia del Resucitado, y alentados a sembrar en el mundo la semilla del Reino de Dios.

    La Biblia es la Palabra de Dios a la Humanidad, pero escrita con letras humanas por quienes han contemplado la historia de Israel, el mensaje de Jesús, y la vida de la Iglesia, con los ojos de la fe. La Biblia es un texto revelado no porque contenga un saber arcano, sino porque al leerla con fe percibimos la voz de Dios que libera y la ternura de Cristo, la presencia de Dios entre nosotros, que otorga pleno sentido a la vida del ser humano.



viernes, 26 de julio de 2013

¿CUÁL ES EL LIBRO MÁS ANTIGUO DEL NUEVO TESTAMENTO?

                                                                                                         Francesc Ramis Darder


El escrito más antiguo del cristianismo primitivo que ha llegado hasta nosotros es la Primera Carta de S.Pablo a los Tesalonicenses. La ciudad de Tesalónica fue fundada por Casandro, general de Alejando Magno, en 315 aC. Situada en la vía Ignacia, que unía Roma con Bizancio, era la capital de la provincia de Macedonia. Pablo llegó a Tesalónica en el segundo viaje misional en el año 49, desde la ciudad de Filipos (1, Tes 2, 2). Tesalónica fue, después de Filipos, la segunda fundación paulina de una comunidad en suelo europeo. Cuando Pablo abandonó Tesalónica, dejó una comunidad considerable y activa (Tes 1, 2; 2, 13), a la que amaba y donde esperaba volver  (Tes 2, 17). Al no poder cumplir este deseo, envió primero a Timoteo y después la carta (Tes 3, 1-10).

    La intención de la carta estiba en la renovación del contacto de Pablo con la comunidad. Las noticias afectan a la actitud ejemplar de la comunidad (Tes 1, 2-10; 2, 13-16; 3, 6-10), y aclaran el destino de los cristianos difuntos.

    La comunidad se hallaba inquieta por la muerte de algunos cristianos; pues esperaban la pronta llegada de Cristo y no contaban con que la muerte podría acontecer antes de que Cristo volviera. Creían que por el fallecimiento los difuntos quedaban excluidos de la salvación. Pablo desarrolla ante la comunidad la idea de la resurrección de los cristianos, tema que no había tratado en su predicación misionera: los creyentes difuntos no están excluidos de la salvación; serán resucitados en el día final, para después, juntamente con los fieles aún vivos,  encontrarse con el Señor (Tes 4, 14.17; 5, 10).

    Durante la redacción de la carta se encuentran con Pablo, Silvano y Timoteo (Tes 1, 1). El apóstol arroja una mirada retrospectiva a los considerables éxitos misionales en Acaya (Tes 1, 7). Dado que la predicación de Pablo no tuvo éxito en Atenas; la redacción de la carta debería fijarse en la época de actuación de Pablo en Corinto hacia el año 50/51.

jueves, 18 de julio de 2013

¿CUÁNTOS LIBROS TIENE EL ANTIGUO TESTAMENTO?

   
                                                                                            Francesc Ramis Darder


El Antiguo Testamento está escrito en tres lenguas. El arameo consta en algunos fragmentos (Gn 31, 47; Jr 10, 11; Esd 4, 8 - 6, 18; 7, 12-26; Dn 2, 4a - 7, 28). En griego figuran ocho libros (Judit, Tobías, 1-2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y Carta de Jeremías), y fragmentos de Daniel y Ester. Los demás libros del AT están escritos en hebreo.

    Los judíos, en el sínodo celebrado en la ciudad de Jammia, admitieron como Sagrada Escritura sólo los libros escritos en hebreo y arameo. Los cristianos aceptaron los libros escritos en hebreo y arameo, pero también admitieron los redactados en griego como parte de la Biblia. S.Jerónimo, en el siglo IV, habitó en Palestina y notó que el número de libros acatados por cristianos y judíos era distinto. S.Agustín argumentó el reconocimiento de los libros escritos en griego como revelados mediante tres argumentos: Son libros que abren el pensamiento semita a la universalidad cultural griega, insisten en la necesidad de vivir la fe en el compromiso cotidiano, y fueron considerados desde el inicio por los cristianos como Palabra de Dios. 

    En el siglo XVI estalló la reforma protestante. Uno de los problemas más arduos fue establecer cuantos libros contiene el AT. Los protestantes admitieron sólo los libros escritos en hebreo y arameo. Los católicos, juntamente con los cristianos de la Iglesia Oriental, consideraron revelados los libros escritos en hebreo y arameo, y también en griego. Por eso la Biblia que manejan los católicos contiene ocho libros y dos fragmentos más que la Biblia de un hermano protestante.
                                                                                                      

jueves, 18 de abril de 2013

¿CUÁLES SON LOS PAPIROS MÁS ANTIGUOS DEL NUEVO TESTAMENTO?

                                                                         Francesc Ramis Darder



Los primeros textos cristianos se redactaron sobre papiros. Un papiro es un “papel” que se fabrica mediante una planta originaria de Egipto “Cyperus papyrus”. El papiro más antiguo que contiene texto del NT se denomina “Papyrus Rylands 3.457” y se encuentra actualmente en la “John Rylands Library” en Manchester. En una cara contiene (Ju 18, 31-33) y en otra (Ju 18, 37-38). Procede de Egipto y fue escrito allá por el año 125, el dato es muy significativo en un doble sentido.

    Por una parte el evangelio de S. Juan se escribió entre (92-100), el texto de nuestro papiro no es el original de S. Juan, pero es una de las copias más antiguas del evangelio; y lo más importante, el texto del “Papyrus Rylands” coincide con los manuscritos posteriores del evangelio de Juan. Prueba de la fidelidad de la transmisión del texto evangélico en cuanto al contenido general. Por otra parte el papiro se encontró en Egipto, a mil kilómetros del lugar donde se redactó el evangelio de Juan; lo cual testimonia la rapidez en que la predicación cristiana llegó a Egipto.

    Por su antigüedad hay otros papiros importantes. El papiro llamado P32, redactado sobre el año 200 contiene Tit 1,11-15 en el anverso y Tit 2,3-8 en el reverso. El “Papiro Barcelona” consta de dos fragmentos; el primero mide 1,85 x 1,2 cm y el segundo 5,5 x 5 cm; presentan Mt 3,9.15; 5,20-22.25-28).  Entre los papiros del siglo III destaca el“Papyrus Oxyrrinchus” (POxy 12) con Mt 1, 1-9.12.14-20 y el PAmh. I 3b donde figura Heb 1,1.

    Respecto a la cantidad de texto evangélico son muy importantes dos colecciones. La colección “Chester Beatty” abarca textos escritos desde el siglo II hasta finales del III: fragmentos de Mateo, Lucas, Juan, Hechos, cartas de Pablo y Apocalipsis. La “Colección Bodmer” presenta fragmentos de Juan (siglo II), la Carta de Judas y las dos de Pedro (siglos III-IV), fragmentos de Lucas (siglo III) y Hechos de los Apóstoles (siglo VII).  

    La Segunda Carta a los Corintios es el escrito neotestamentario del que mayor cantidad se ha conservado en papiros; la carta contiene 256 versículos de los que 254 han llegado en papiro. El evangelio según S. Mateo es del que menos disponemos en papiro, de 1.071 versículos sólo 197 en papiro.

    En definitiva y a tenor de los estudios papirológicos, podemos tener la certeza de que los escritos del Nuevo Testamento son los textos que, nacidos en la antigüedad, se han transmitido con el mayor rigor y la fidelidad más genuina.

lunes, 28 de mayo de 2012

¿DESDE CUÁNDO LA BIBLIA SE DIVIDE EN CAPÍTULOS Y VERSÍCULOS?

                                                                                            Francesc Ramis Darder


    En los primeros siglos muchos cristianos aprendían la Biblia de memoria. Por eso cuando era necesario referirse a algún pasaje de la Escritura,  era suficiente recordar alguna palabra o citar un texto de memoria en voz alta. Pero ese sistema tendía a ser poco práctico y generaba, a veces, cierta confusión.

    Para poder encontrar fácilmente las citas de la Biblia, Esteban Langton tuvo la idea de dividir cada libro en capítulos numerados; así se hizo ya en 1226. Más adelante el impresor Robert Estienne, durante un viaje en diligencia de Lyon a París en 1551, puso número a cada una de las frases de esos capítulos: es la división en versículos.

    Esta distribución en capítulos y versículos no siempre corresponde al sentido del texto; pero resulta práctica y por eso la han adoptado todas las Biblias. Para designar un pasaje de la Biblia, basta con dar la referencia; o  sea indicar el libro, el capítulo y el versículo. Por ejemplo Gn 2,4-7 significa: libro del Génesis, capítulo segundo, desde el versículo cuarto hasta el versículo séptimo. Al inicio o al final de nuestra Biblia podemos encontrar un índice con las abreviaturas de todos los libros bíblicos. Cada capítulo se indica con un número impreso en caracteres bien visibles, mientras que los versículos aparecen mediante números más pequeños.

martes, 22 de mayo de 2012

¿CUÁLES SON LOS DOCUMENTOS MÁS ANTIGUOS DEL NUEVO TESTAMENTO?

Francesc Ramis Darder


    Los primeros textos cristianos se redactaron sobre papiros. Un papiro es un “papel” que se fabrica mediante una planta originaria de Egipto “Cyperus papyrus”. El papiro más antiguo que contiene texto del NT se denomina “Papyrus Rylands 3.457” y se encuentra actualmente en la “John Rylands Library” en Manchester. En una cara contiene el texto de Ju 18, 31-33 y en la otra aparece Ju 18, 37-38. Fue encontrado en Egipto donde fue escrito por el año 125; el dato es muy significativo en un doble sentido.

    Por una parte el evangelio de S. Juan quedó escrito entre los años 95-110. Así, el texto de nuestro papiro no es el original de S. Juan, pero es una de las copias más antiguas del evangelio; y lo más importante, el texto del “Papyrus Rylands” coincide con los manuscritos posteriores del evangelio de Juan. Eso prueba la fidelidad con que la Iglesia transmitió el contenido del evangelio. Por otra parte el papiro se encontró en Egipto, a mil kilómetros del lugar donde se redactó el evangelio de Juan; lo cual testimonia la rapidez con que la predicación cristiana llegó a Egipto.

    Por su antigüedad hay otros papiros importantes. El papiro llamado P32, redactado sobre el año 200 contiene Tit 1,11-15 en el anverso y Tit 2,3-8 en el reverso. El “Papiro Barcelona” consta de dos fragmentos; el primero mide 1,85 x 1,2 cm y el segundo 5,5 x 5 cm; presentan Mt 3,9.15; 5,20-22.25-28. El “Papyrus Magdalen” data del año 200 y contiene 19 versículos de Mateo. Entre los papiros del siglo III: “Papyrus Oxyrrinchus” (POxy 12) con Mt 1, 1-9.12.14-20 y el PAmh. I 3b donde figura Heb 1,1.

    Respecto a la cantidad de texto evangélico que presentan los papiros son muy importantes dos colecciones. La colección “Chester Beatty” abarca textos escritos desde el siglo II hasta finales del III: fragmentos de Mateo, Lucas, Juan, Hechos, cartas de Pablo y Apocalipsis. La “Colección Bodmer” presenta fragmentos de Juan (siglo II), la Carta de Judas y las dos de Pedro (III-IV) , fragmentos de Lucas (III) y Hechos de los Apóstoles (VII).  

    La Segunda Carta a los Corintios es el escrito neotestamentario del que mayor cantidad se ha conservado en papiros; la carta contiene 256 versículos de los que 254 han llegado en papiro. El evangelio según S. Mateo es del que menos disponemos en papiro, de 1.071 versículos sólo 197 aparecen en papiro.

sábado, 21 de abril de 2012

¿QUÉ ES LA TRADUCCIÓN DE LOS SETENTA, O SEPTUAGINTA (LXX)?

                                                                                  Francesc Ramis Darder

    Una porción del pueblo hebreo emigró a Egipto estableciéndose en la ciudad de Alejandría. La metrópoli disponía en la embocadura de su puerto de un faro considerado una de las maravillas del mundo; y también contaba con una biblioteca que era, a su modo, otro faro que irradiaba en Oriente la sabiduría de la antigüedad clásica. Los hebreos vivían en un ambiente cosmopolita donde se hablaba el griego, y a través del puerto y de la biblioteca abrieron su corazón a la cultura universal.

    Los judíos se reunían cada sábado para meditar la Sagrada Escritura redactada en hebreo. Pero muy pronto se percataron de un detalle: si querían anunciar su fe a los ciudadanos de Alejandría y deseaban, a la vez, que el AT fuera patrimonio cultural de la humanidad, no les quedaba más alternativa que traducir la Palabra escrita en hebreo al idioma griego; pues el hebreo solo lo comprendía la pequeña comunidad israelita.

    Notemos como los motivos que impulsaron al pueblo elegido a traducir el AT fueron dos: el deseo de compartir su cultura con el resto del Mundo, y, sobre todo, y eso es lo crucial, la pasión por anunciar la fe contenida en el AT. Esta traducción del AT del hebreo al griego, realizada en la ciudad de Alejandría durante los siglos III-I aC, se denomina “Traducción de los Setenta” o “Septuaginta” (LXX).

    Cuando nació la Iglesia cristiana surgió una pregunta: ¿Qué Antiguo Testamento debemos tomar, el original escrito en hebreo, o la traducción griega de los Setenta? Y la comunidad cristiana eligió, sobre todo, la traducción griega.

    La Iglesia no sentía aversión alguna por la lengua hebrea, pues los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe; sino porque la Iglesia es misionera en su misma naturaleza. Si la Iglesia hubiera adoptado sólo el AT hebreo, quizá hubiera quedado reducida a un grupúsculo en el seno del judaísmo. Pero al adoptar la Septuaginta y escribir el NT en griego, adquirió la posibilidad de difundir el cristianismo con gran rapidez en el mundo antiguo para sembrar la semilla del Reino de Dios.

    La motivación de cualquier tarea de la Iglesia debe sustentarse siempre en el deseo de anunciar a Cristo resucitado, iluminando con la luz del evangelio en las estructuras del Mundo y el corazón de la Humanidad.

martes, 27 de diciembre de 2011

¿EN QUÉ LENGUAS ESTÁ ESCRITA LA BIBLIA?

    El Nuevo Testamento está escrito en griego; pero no con los parámetros de la lengua clásica de Platón y Aristóteles (siglo V a.C.), sino en la forma popular del griego hablado en el siglo I. Esta modalidad del griego se denomina koiné, o lengua habitual. Éste detalle es muy importante. El NT no se redactó en un estilo que sólo pudieran comprender los intelectuales, se escribió elegantemente en el habla normal del pueblo para que pudiera entenderlo cualquier persona.

    El Antiguo Testamento está escrito en tres lenguas: Hebreo, Arameo y Griego. El texto arameo se reduce a unos pocos pasajes (Dn 2,4 - 7,28; Esd 4,8-6,18; 7,12-26), y varias palabras desperdigadas entre los diversos libros. Algunos libros aparecen en griego: Judit, Tobías, Macabeos I-II, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, Carta de Jeremías, y algunos fragmentos de Daniel y Ester. El resto de los libros está redactado en hebreo.

    Las conquistas de Alejandro Magno (336-323 a.C.) extendieron por Oriente el uso del griego. En la ciudad de Alejandría (Egipto), entre los siglos III-I a.C., el texto hebreo del AT fue traducido por los judíos a la lengua griega. Esta traducción se denomina ‘Traducción de los Setenta’ o Septuaginta. Las primeras comunidades cristianas, cuando leían el AT, no leían habitualmente el  texto hebreo, leían la Traducción de los Setenta. El Imperio Romano difundió en Occidente la lengua latina. Los cristianos se apresuraron a traducir la Biblia griega al latín; la traducción del griego al latín, se conoce como Vetus Latina, fue utilizada por los padres latinos, entre ellos s. Agustín (354-430).

    Por encargo del Papa Dámaso, S. Jerónimo (342-420) emprendió la traducción de la Biblia al latín partiendo de las lenguas originales. Esta traducción a la lengua latina desde el hebreo, arameo y griego se denomina Vulgata. El Concilio de Trento adoptó oficialmente el texto de la Vulgata, y los Papas Sixto V y Clemente VIII la editaron con esmero (1592).

    Hasta la celebración del Concilio Vaticano II, el texto de la Vulgata se utilizaba oficialmente en la liturgia. Como sabemos, el Concilio promovió la celebración de la liturgia en lengua vernácula y alentó la traducción de la Biblia desde las lenguas originales (hebreo, arameo, griego); por esa razón, las ediciones bíblicas que leemos son traducciones de los textos originales. Estamos, pues, en la mejor situación para leer la Escritura y meditar la Palabra de Dios.
                                                        
 Francesc Ramis Darder