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martes, 9 de febrero de 2021

TERNURA

 

                                                       Francesc Ramis Darder

                                                       bibliayoriente.blogspot.com

 

El Señor envió al profeta Jeremías al taller del alfarero para que viera la delicadeza del artesano para modelar vasijas. De pronto, un cuenco se rajó en el torno, pero el alfarero no lo desechó, recomenzó la obra con el mismo fango. Entonces, dijo el Señor: “Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel” (Jr 18,6). La metáfora sugiere la espiritualidad del Antiguo Testamento: Dios, el alfarero, tiene nombre propio, el Señor; la bondad y la misericordia evocan las manos de Dios que, como buen artesano, modela a su pueblo; la arcilla simboliza la identidad de Israel, el pueblo de Dios; mientras el torno insinúa la historia humana, el escenario donde el Señor cincela su comunidad.

 

    Ahora bien, ¿qué aspecto desea conferir a su pueblo? El libro de Isaías ofrece la respuesta: “Así dice el Señor […] el que te formó, Israel […] que creé para mi gloria” (Is 43,1-7). Cuando el Señor, eco del alfarero, modela Israel no forma una comunidad cualquiera, sino al pueblo que refleja la gloria de Dios en la sociedad humana.

 

    Las manos con que Dios configura Israel son espirituales; así lo subraya el libro del Éxodo: “Dios clemente y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Ex 34,6). En hebreo, la palabra “misericordia” señala “el seno materno”; y en sentido metafórico, alude al sentimiento amoroso que vincula a las personas por lazos de sangre o de corazón, como la madre y el padre con sus hijos, o a un hermano con otro.

 

    Aunque el Señor quiere modelar a su pueblo, Israel es reacio a la misericordia divina. Así lo lamentó el Señor ante Moisés: “¿Hasta cuándo este pueblo se negará a creerme después de todos los prodigios que he realizado en su presencia?” (Nm 14,11). Sin embargo, Moisés intercedió ante el Señor: “Perdona el pecado de este pueblo por tu gran misericordia”; y Dios respondió: “Le voy a perdonar como tú dices” (Nm 14,19-20). La clemencia representa la constancia de Dios por modelar al pueblo que rechaza su caricia, manifiesta la “paciencia” de Dios por tornear Israel a su imagen y semejanza.

 

    Ahondando en la cuestión, el Señor también es “fiel” y “lleno de amor”. Como sabemos, la decisión de amar a alguien entraña el compromiso de buscar su bien. Así lo manifestó Dios a su pueblo en el desierto: “El Señor  […] os eligió […] no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos […] sino por el amor que os tiene” (Dt 7,7-8). Cuando la Escritura sentencia que Dios ama con fidelidad, certifica que es posible fiarse siempre de su bondad. Misericordia y clemencia, amor y fidelidad son las manos con que Dios modela a su pueblo para convertirlo en testigo de la bondad divina en la sociedad humana.

 

    No obstante, tanto el alfarero como el Señor topaban con el mismo problema: si el fango no está húmedo, se desgarra y se rompe. ¿Qué simboliza la sequedad del fango? La sequedad ilustra la desgracia del hombre seducido por los falsos dioses (Is 1,28).

 

    Cuando queremos saber quienes son los falsos dioses, escuchamos el  Deuteronomio: “Cuando el  Señor, tu Dios, te introduzca en esa tierra buena [...] no te olvides del Señor tu Dios [...] cuando se multiplique tu ganado, tu plata, tu oro, y todos tus bienes, que no se engría tu corazón y te olvides del Señor […] Y no digas: ‘Con mis propias fuerzas he conseguido todo esto’. Acuérdate del Señor; él es quien te ha dado la fuerza” (Dt 8,7-18). Los falsos dioses son tres, a saber, el afán de poder: “con mis propias fuerzas he conseguido todo esto”; el ansia por acaparar bienes sin medida: “cuando se multiplique tu ganado”; y el engreimiento por aparentar lo que no somos: “Y no digas”.

 

    La idolatría consiste en huir de las manos de Dios para entregarse al poder, el tener y la apariencia; por eso la idolatría es pecado, pues aleja al hombre del regazo divino para destruirlo entre las garras de los falsos dioses. La idolatría acarrea la infelicidad, pues por mucho que medremos, siempre hay alguien más poderoso, más pudiente y con más prestancia que nosotros; esta infelicidad se denomina en la Biblia “sequedad”, la consecuencia del pecado que deshace el alma de cualquier persona.

   

    Ahora bien, la huella del pecado y la impronta de la misericordia divina no pesan igual en el aspecto del ser humano, lo crucial es el reflejo del amor de Dios y no las heridas del  pecado. Cuando el fango reseco se rompía, el alfarero no lo desechaba, volvía a transformarlo en un vaso mejor (Jr 18,1-10). Cuando Israel huía de Dios para abrazarse a los ídolos, quedaba seco; pero el Señor no lo abandonaba, le perdonaba para devolverle la vida. Al parangonar la historia de Israel con nuestra vida, podemos mirar los golpes del pecado desde la perspectiva divina, pues a los ojos de Dios incluso las marcas del pecado son el contraluz del perdón que nos ha concedido.

 

    La ternura y la misericordia de Dios modelaron la historia de Israel y cincelan la vida cristiana. Quien opta por el amor vivirá siempre en las manos del Señor, el Alfarero de la Vida: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón no descansará hasta que repose en ti” (s. Agustín).


lunes, 26 de febrero de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA CATEQUESIS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


El primer anuncio del Evangelio atraía mucha gente a la comunidad cristiana, donde los nuevos discípulos celebraban la presencia del Salvador en la Eucaristía y vivían la comunión fraterna. No obstante, si los discípulos no ahondaban en el conocimiento de Jesús y en la meditación de la Escritura, su conversión podría reducirse a una cuestión sentimental o a una emoción pasajera. Por eso “todos ellos (alusión a la comunidad cristiana) perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), pues “los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima” (Hch 4,33). Como es obvio, la enseñanza de los apóstoles no se limitaba al aspecto teórico, pues “todos (eco de la comunidad cristiana) estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles” (Hch 2,43); de ese modo, los apóstoles instruían a la comunidad con la fuerza de la palabra de Dios y el testimonio de su conducta.

    Como hemos dicho, el primer anuncio cristiano recibe el nombre de “kerigma”, mientras la reflexión posterior para profundizar en el mensaje se denomina “catequesis”. Aunque la dimensión catequética aparece tras la mención de la “perseverancia en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), los Hechos explicitan diversas situaciones en que la comunidad profundiza en la reflexión. En el clima de la plegaria, Pedro y Juan catequizan a la asamblea mostrando que la vida de Jesús estaba desde siempre en manos de Dios (Hch 4,23-31). Ananías, cristiano de Damasco, debió instruir a Pablo después de su encuentro con el Señor (Hch 9,10-19). Pedro catequizó a la comunidad de Jerusalén sobre la necesidad, atestiguada por la voluntad divina, de bautizar a los paganos (Hch 11,1-18). El envío de discípulos eminentes para anunciar el decreto de la Asamblea de Jerusalén fue una ocasión catequética para las comunidades (Hch 15,22-30). El estilo catequético aparece de nuevo en el discurso de despedida que Pablo dirige a los responsables de la comunidad de Éfeso (Hch 20,17-38); y, sin duda, en las palabras que el apóstol dirigía a quienes le visitaban cuando estaba preso en Roma (Hch 28,30-31).


domingo, 4 de febrero de 2018

LIBRO DE LOS PROVERBIOS



                                                                               Francesc Ramis Darder
                                                                               bibliayoriente.blogspot.com




  
            “El principio de la Sabiduría es la confianza en el Señor”.
                                                                                                                            (Prov 1,7).                       



1. Introducción general al Libro de los Proverbios.

    El título del libro aparece al inicio: “Proverbios de Salomón” (Pr 1,1). Los proverbios proceden de los refranes y en las sentencias populares surgidas de la vida cotidiana. Los sabios tomaron las sentencias y refranes pulieron el estilo y afinaron el significado. Los sabios confirieron a cada sentencia concisión y claridad; pero, sobre todo, supieron darle la aplicación precisa para cada circunstancia de la vida. Por tanto un proverbio es más que un simple refrán: Es una sentencia popular pulida por los sabios para que pueda aplicarse a las diversas situaciones de la existencia.

    El comienzo del libro afirma que su autor es Salomón (Pr 1,1), referencia que aparece de nuevo en Pr 25,1 con un matiz aclaratorio: “Más proverbios de Salomón, que copiaron los hombres de Ezequías, rey de Judá”. Algunos pasajes denotan otros autores: “Las palabras de los sabios”  (Pr 22,17), “sentencias de los sabios” (Pr 24,23), “palabras de Agur” (Pr 30,1), “palabras de Lemuel” (Pr 31,1). A lo largo del libro aparecen repeticiones (Pr 18,8 y 26,22; 19,24 y 26,15); y secciones diversas en cuanto al estilo literario: Pr 1-9 trata temas concretos, mientras Pr 10-29 anota un proverbio tras otro sin demasiada continuidad.

    Los proverbios muestran intenciones distintas: algunos instruyen (Pr 1,8-19), otros son proverbios numéricos (Pr 6,16-19) o alfabéticos (Pr 31,10-31), y alguno constituye un relato autobiográfico (Pr 24,30-34). Aparece también alguna semejanza con la sabiduría egipcia, concretamente entre Pr 22,17-23,14 y la Instrucción de Amenepomene.

    A partir de esos datos, los estudiosos extraen tres conclusiones:

    a. El libro de los Proverbios no ha nacido de la pluma de un solo autor, sino que es el resultado del trabajo de muchos maestros. Los jóvenes israelitas que se preparaban para desempeñar tareas importantes recibían una educación esmerada. Los maestros les transmitían conocimientos prácticos para resolver situaciones concretas. Durante generaciones los sabios fueron enseñando proverbios a sus alumnos, hasta que entre los siglos IV y III aC los pusieron por escrito en el libro de los Proverbios que nos ha llegado.

   b. Los autores del libro de los Proverbios deseaban que sus discípulos tuvieran una formación amplia. Por eso no dudaron en incluir proverbios de otras culturas: el fragmento Pr 22,17-23,14 procede de Egipto, mientras los palabras de Agur (Pr 30,1-9) y Lemuel (Pr 31,1-9) se originan en Masá.

    c. El rey Salomón ha pasado a la historia como prototipo de sabio. Así lo muestra el famoso juicio de Salomón (1Re 3,16-28) y la visita de la reina de Saba (1Re 10,1-13). Seguramente fomentó el cultivo de la sabiduría, pero Salomón no es el autor del libro de los Proverbios. La manera de entender la vida que emerge de los Proverbios pertenece a la mentalidad de los siglos IV-III aC., pero no corresponde a la forma de pensar propia de la época salomónica, el siglo X aC.

     Los sabios atribuyeron el libro a Salomón (Pr 1,1; 25,1) para realzar la importancia de la obra y fomentar su lectura. Esa forma de actuar es extraña para nuestra mentalidad, sin embargo los antiguos no deseaban engañar al lector. Creían que la obra era interesante y por eso la asignaban a Salomón, con lo cual conseguían más difusión y un interés mayor por parte de los lectores.


2. ¿Qué tipo de Sabiduría aparece en el libro de los Proverbios?

    La lectura atenta del libro dibuja cuatro aspectos de la Sabiduría. Veamos un pequeño retazo de cada una.


    * La Sabiduría como armonía del Universo.

       El libro de los Proverbios se nutre parcialmente de la sabiduría egipcia. Los habitantes del país del Nilo poseían una noción de la sabiduría amplia y rica. Detengámonos en el aspecto que ellos denominaban Maat. ¿Qué es la Maat?

     Utilizando un lenguaje catequético, diríamos que los egipcios comprendían el universo como si estuviera envuelto en un pañuelo. Este pañuelo no atenazaba el Mundo sino que le daba una configuración estable y precisa. Pongamos un ejemplo. Imaginemos que cogemos un puñado de arroz, lo dejamos caer en el centro de un pañuelo y después lo levantamos cogiéndolo por sus cuatro extremos. Nuestra mano sostendrá el pañuelo con los granos de arroz, y el pañuelo levantado con el arroz dentro adquirirá una forma abombada. Los egipcios comprendían el universo de una manera análoga, creían que el mundo estaba envuelto en un pañuelo. Y a ese pañuelo que otorgaba al mundo una forma concreta le llamaban Maat.

    Ahora bien, para los egipcios la Maat no era un simple pañuelo, sino una divinidad hija de un dios importante, el dios Ra. La Maat, el pañuelo envolvente, otorgaba al universo un orden, una estabilidad, en definitiva le confería armonía: el Sol salía cada día por el mismo sitio y el Nilo seguía siempre el mismo curso. Continuando con el vocabulario catequético, los egipcios creían que el dios Atón sostenía con su mano las cuatro puntas del pañuelo; es decir, sostenía a la diosa Maat que envolvía el Mundo dándole estabilidad y sentido. Los egipcios procuraban mantener un estilo de vida que siguiera las pautas, extremadamente ordenadas, que la diosa Maat confería al Universo.

    Los egipcios creían que llevando una vida armónica con los principios rectores del Universo serían felices; y pensaban que el desorden de la vida les acarrearía toda clase de calamidades.

    Los israelitas se inspiraron en la sabiduría egipcia. Pensaron que el universo estaba envuelto por una especie de pañuelo que le otorgaba consistencia. Pero establecieron una diferencia crucial. Los israelitas nunca pensaron que el pañuelo fuera la diosa Maat, ni siquiera creyeron que fuera otro dios. Israel percibió que el Universo se desenvuelve con un orden: tras la noche clarea el día y tras el invierno florece la primavera. Y afirmaron que ese orden no es ningún dios sino una criatura llamada Sabiduría (Pr 8,22). Creían que el Señor creó al principio la Sabiduría para envolver simbólicamente el Mundo, como un pañuelo, confiriéndole armonía (Pr 8,22).

    El sabio israelita se esforzaba para que su vida transcurriera en consonancia con la Sabiduría que ordenaba el Universo. El necio impedía que su vida se desarrollara siguiendo las pautas de la armonía universal. Por eso afirma de ambos el proverbio: “Los labios del justo guían a muchos, los necios mueren por falta de seso” (Pr 10,21).


* La Sabiduría práctica enriquece al hombre y a la sociedad.

    La observación de la naturaleza y de la vida cotidiana llevó a los sabios a preocuparse por adquirir la sabiduría útil que enseñaban a sus discípulos. Advertían contra la arrogancia (Pr 9,7-12), invitaban a la disciplina (Pr 13,1), sugerían la amabilidad (Pr 15,1), incitaban al esfuerzo (Pr 14,23), evitaban la discordia (Pr 17,1), prevenían sobre los excesos del vino (Pr 20,1), adiestraban a escuchar (Pr 22,17), reclamaban la necesidad de vivir el presente (Pr 27,1).

    Todos esos esfuerzos pretendían conseguir un orden social humano. Una sociedad en la que cada persona pudiera desarrollar sus cualidades humanas. El sabio respeta a sus padre (Pr 1,8), atiende al prójimo (Pr 3,28), previene contra los falsarios (Pr 6,12), exige la justicia (Pr 10,2), defiende al inocente (Pr 18,5), y protege al pobre (Pr 22,22).

     En definitiva, los Proverbios enseñan a todos a ser humana humanizando la sociedad. Por eso los sabios no escatiman esfuerzos para adquirir sabiduría. No dudan en gastar su fortuna a cambio de enseñanza (Pr 4,5), aceptan la instrucción paterna (Pr 4,1) y se esfuerzan en aprender (Pr 4,13).


* La Sabiduría como vivencia del Temor de Dios.

    Los sabios percibieron que la Sabiduría no se agotaba en un cúmulo de conocimientos prácticos y eficaces. Los sabios entendieron que la auténtica sabiduría nacía del temor de Dios: “El principio de la Sabiduría es el temor del Señor” (Pr 1,7).

     El temor del Señor no consiste en un sentimiento de pánico ante la divinidad. El temor de Dios conlleva dos cosas. Por una parte implica confiar en el Señor en toda circunstancia; y, por otra, tomarse a Dios en serio. Teme al Señor quien sabe que Dios es a la vez generoso y exigente. Generoso porque perdona y acompaña siempre, y exigente porque impulsa nuestra nuestra vida a crecer en humanidad y solidaridad.

     El sabio no se limita a conseguir una vida armónica según el orden del mundo. El verdadero sabio desea que su corazón palpite al mismo ritmo que el corazón de Dios; y el corazón de Dios, metafóricamente, late al ritmo de la bondad y la misericordia. No hay auténtica sabiduría sin apertura a la trascendencia. Nada humano es ajeno al sabio, porque a Dios nada humano le es extraño.

    Quien teme al Señor alarga la vida (Pr 10,27) no sólo en el tiempo sino en profundidad y plenitud. El temor de Dios da seguridad (Pr 14,26), otorga la Sabiduría (Pr 15,33), evita el mal (Pr 16,6) y llena la vida de sentido (Pr 19,23). Por eso la Sabiduría no se adquiere sólo con la instrucción, sino que debemos pedirla al Señor que la concede en abundancia: “El Señor concede la Sabiduría y de su boca brotan saber y prudencia” (Pr 2,6). Contemplado desde la perspectiva del temor de Dios, el libro de los Proverbios deviene un libro de plegaria. La petición serena de que Dios colme con su Sabiduría los azares de nuestra vida.


* La Sabiduría Personificada.

   Los israelitas entendieron la Sabiduría, metafóricamente, como el pañuelo que envolvía el Mundo dándole sentido. Seguidamente percibieron que perseverar en el camino de la Sabiduría les enriquecía en humanidad y solidaridad. Después comprendieron qué sólo el temor del Señor podía regalarles la Sabiduría. Con el transcurso del tiempo intuyeron que la Sabiduría podría ser algo más que una enseñanza profunda, y llegaron a personificarla.

    La Sabiduría no era ya un concepto, sino una mujer, una dama a la que podríamos llamar “Doña Sabiduría”. Tomaba de la mano a quien se dejaba seducir y le conducía por la senda del temor del Señor. Le aleccionaba en humanidad y solidaridad, le enseñaba a contemplar la armonía del Universo, y le confería el saber práctico con que desenvolverse (Pr 8,22-31). De ese modo “Doña Sabiduría” otorga la madurez y el sentido común (Pr 1,22), enseña la prudencia (Pr 8,5), habla con sinceridad (Pr 8,8), concede experiencia (Pr 8,6). Como si fuera un profeta, fustiga el comportamiento de quienes la rechazan (Pr 1,20-33), y alegra a quienes la eligen (Pr 8,17-21; 9,4-6).

    Al personificar la Sabiduría, los maestros israelitas extremaron su prudencia. Advirtieron cómo la gente tendía a divinizar la Sabiduría convirtiéndola en una diosa semejante a la Maat egipcia. Los sabios entendieron que la existencia de un solo Dios es incompatible con la presencia de una diosa; y enseñaron que la Sabiduría no era una divinidad sino una criatura. Por eso “Doña Sabiduría” se presenta así: “El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas” (Pr 8,22). Para entender este verso agucemos la imaginación con un ejemplo catequético.

     Supongamos que el Universo consiste en la página escrita de un cuaderno. Pues bien, antes de crear el Universo, antes de redactar el texto, el Señor quiso trazar las líneas de la página para que las frases escritas aparecieran rectas. Las líneas de la página representan la Sabiduría, y el texto que el Señor redacta sobre las líneas simboliza el Universo. El Señor crea primero las líneas, la Sabiduría; y sobre ellas escribe el texto, el Cosmos.  Por eso al contemplar la naturaleza con los ojos de la fe percibimos la presencia de Dios que la trasciende; la armonía del universo contemplado desde la fe delata las “líneas” trazadas por Dios.

    Los capítulos 1-9 presentan a “Doña Sabiduría” guiando a quien se deja fascinar por ella. En contraposición a “Doña Sabiduría”, los mismos capítulos personifican la necedad. Lo hacen mediante la figura de otra dama: “Doña Necedad” (Pr 9,13-17). “Doña Necedad” es atrevida y frívola (Pr 9,13), y llama a los que pasan junto a ella (Pr 9,15) para precipitarlos en el abismo de los muertos (Pr 9,18).

    Notemos la sagacidad del libro de los Proverbios. No sólo nos alienta a dejarnos seducir por “Doña Sabiduría”, sino que nos advierte de las garras de “Doña Necedad”. Leeremos y comentaremos un texto que nos anime a dejarnos conducir por “Doña Sabiduría” (Pr 3,1-12), y otro que nos advierta de los peligros de “Doña Necedad” (Pr 9,13-18).


3.  “Doña Sabiduría” nos conduce por el camino de la Vida (Pr 3,1-12).

a. Lectura del texto: Pr 3,1-12.

    Hijo mío, no olvides mi enseñanza,
            guarda mis preceptos en tu corazón;
    pues te traerán días sin cuento,
            años de vida y paz.
    No dejes que te abandonen el amor y la fidelidad;
            átalas a tu cuello, grábalas en tu corazón;
    así tendrás aceptación y éxito
            ante Dios y ante los hombres.
    Confía en el Señor con todo tu corazón
            y no te fíes de tu inteligencia.
    Tenle en cuenta en todos tus caminos,
            y él enderezará tus sendas.
     No te las des de sabio,
            teme al Señor y evita el mal;
     será salud para tu carne
            y medicina para tus huesos.
     Honra al Señor con tu riqueza,
            con las primicias de tus ganancias;
      así tus graneros se colmarán de grano
            y tus lagares rebosarán de vino.
      Hijo mío, no rechaces la instrucción del Señor
            ni te enfades por su reprensión;
      pues el Señor reprende a quien ama,
            como un padre a su hijo predilecto.


b. Comentario: Pr 3,1-12.

     “Doña Sabiduría” desvela el sentido de la vida con delicadeza, por eso refiere a nosotros diciendo “Hijo mío” (Pr 3,1.11) y afirma: “no olvides mi enseñanza, guarda mis preceptos en tu corazón” (Pr 3,1). El Señor, por mediación de Moisés, tomó de la mano al pueblo hebreo, le liberó de la esclavitud de Egipto y le condujo hasta la Tierra Prometida. Cuando los israelitas estaban a punto de penetrar en Palestina, Moisés les habló de modo parecido al de Doña Sabiduría: “Guardad en vuestro corazón ... estas palabras ... y estos preceptos ...” (Dt 11,18-21).

     De la misma manera que el Señor eligió a Moisés para conducir a Israel hacia la tierra de promisión; escoge a la Sabiduría para orientar nuestra existencia hacia la vida plena representada por los “días sin cuento” (Pr 3,2). La profundidad de la vida no radica sólo en la duración sino en la intensidad con que se vive; por eso el texto añade “años de vida y paz”.

    Doña Sabiduría insiste en que guardemos sus preceptos y sus enseñanzas (Pr 3,1). El Señor, también, en el monte Sinaí, señaló preceptos y enseñanzas a su pueblo (Ex 20,1-Nm 10,11) que resumimos en esta frase: “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). La santidad no consiste en el espiritualismo cándido; sino en la grandeza de permitir a la Sabiduría guiarnos hacia la plenitud humana y social. Los años de la vida son santos cuando implican el crecimiento humano y solidario de los hombres, y son de paz si propician la armonía para afrontar la existencia.

    Los sabios son maestros de vida y paz, de humanidad y solidaridad. Dicen: “Se voz del que no sabe hablar, y abogado de los abandonados; abre tu boca para dar sentencias justas, para defender al pobre y al desvalido” (Pr 31,9). Vivir en paz no supone sólo la ausencia de conflictos; necesita la justicia social y requiere la armonía en el interior de cada persona. La vida plena y la paz se conquistan con las armas que ofrece “Doña Sabiduría”. ¿Cómo son esas armas?

    Cuando Moisés terminó sus exhortaciones, los israelitas iniciaron la conquista de Palestina por la fuerza de las armas (Jos-Jue). Sin embargo, “Doña Sabiduría” cuando propone conquistar la vida llenándola de sentido, requiere algo más que armas de combate. La Sabiduría exige el amor y la fidelidad (Pr 3,3).

    En el libro de los Proverbios el término “amor” designa la bondad, la magnanimidad, la disponibilidad humana para atender a los demás. El amor denota a la mujer de valía (Pr 31,26), al hombre misericordioso (Pr 11,17), a la persona leal (Pr 14,22; 19,22), al que busca la justicia (Pr 21,21), y al rey que procura el buen gobierno (Pr 20,28). Ama quien crea en su entorno las condiciones que propician el desarrollo humano y social.

     La fidelidad indica la constancia en el amor. La fidelidad señala a quien no se cansa de sembrar la justicia (Pr 11,18), al que permanece veraz (Pr 12,19;14,25), al hombre que se alegra con la verdad (Pr 8,7; 22,22; 23,23), y al rey que juzga con justicia a los pobres (Pr 29,14). La fidelidad no se contenta con la constancia, sino que exige la valentía para edificar una sociedad humana y solidaria. Sólo es valiente quien es fiel al amor; y ama quien crece y hace crecer a los demás humana y socialmente.

    Quien se deja seducir por “Doña Sabiduría” adquiere el amor y la fidelidad para construir un mundo más humano. El hombre fascinado por la Sabiduría vive la vida con intensidad (Pr 11,17). Aprende a sentir el gozo (Pr 14,22); acepta sus límites o, con otro vocabulario, expía sus pecados (Pr 16,6), y se sabe guardado por Dios (Pr 20,28).

    El que se hace sabio: “... tendrá aceptación y éxito ante Dios y ante los hombres” (Pr 3,4). El término “éxito” en nuestra sociedad da lugar a equívocos, pues con facilidad se asimila al prestigio efímero. Lo que el libro de los Proverbios anuncia es que el sabio “... encontrará la gracia y el buen sentido ante Dios y los hombres” (Pr 3,4). Encontrar el “buen sentido” indica poseer sentido común; y encontrar la gracia significa lograr qué nuestro corazón lata al mismo ritmo que el corazón de Dios. Ama quien contagia el deseo vivir en plenitud. Ama quien humaniza.

    “Doña Sabiduría” no se cansa de desvelar el sentido de la vida. Sólo humaniza la sociedad quien la ama, y únicamente ama de verdad quien se sabe amado. Por eso la verdadera Sabiduría remite al amor de Dios: “Confía en el Señor ... tenle en cuenta ... teme al Señor” (Pr 3,5-7).

     Confiar en Dios requiere creer que la vida reposa en sus buenas manos: “No digas: ‘Devolveré el mal’; confía en el Señor que él te salvará” (Pr 20,22). Tener a Dios en cuanta implica confiar en su compañía: “Del hombre son los proyectos, su consecución viene del Señor” (Pr 16,1). Temer al Señor significa tomar a Dios en serio. Requiere dejar de considerarlo un ser bonachón; y contemplarlo como el Dios generoso en el perdón y la misericordia, pero exigente en la vivencia de la caridad y la ternura: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Pr 25,21). Y, recordemos, una vez más qué a quien más favorece la vivencia de la Sabiduría es a la persona que la practica: “... será salud para tu carne y medicina para tus huesos” (Pr 3,8).

    Confiar en el Señor, tenerle en cuenta y temerle es el arte que brota de la escucha cordial del prójimo y de la atención al devenir de Mundo. Los hebreos se reunían en familia y por clanes donde narraban historias. En esos encuentros aprendían la prudencia en las relaciones sociales (Pr 3,27-35), el autodominio (Pr 22,22-29), la conducta justa (Pr 4,10-19).

     El sabio no es un erudito aislado del Mundo. Los Proverbios previenen contra el engaño del autoaislamiento: “... no te fíes de tu propia inteligencia ... no te las des de sabio” (Pr 3,5.7) El maestro afina el sentido de la vida pero también dialoga con los extraños, sabe que fuera de Israel crecen semillas de verdad. El Libro aduce como palabra de Dios una recomendación de la sabiduría egipcia (Pr 22,17-23,14), y dos poemas procedentes del país de Masá (Pr 30,1-9; 31,1-9).

    La reflexión personal, la capacidad de escucha, el ingenio para la relación comunitaria y la disposición al dialogo, constituyen el cincel con que la Sabiduría modela a quienes la buscan. “Feliz el hombre que me escucha ... y quien me encuentra, encuentra la vida” (Pr 8,34). Encuentra la vida quien se toma tiempo para pensar, aquel sabe escuchar, quien cuida los detalles de la relación humana y quien cree que el dialogo es la herramienta que resuelve los conflictos por la senda de la justicia. Pero Doña Sabiduría es exigente. No se contenta con demandar actitudes, desea realidades concretas. Requiere que honremos a Dios y nos dejemos instruir por Él.

    Por una parte dice: “Honra al Señor con tu riqueza” (Pr 3,9). La frase “honrar al Señor” evoca los sacrificios ofrecidos en el Templo de Jerusalén (Lv 1-7). En el trasfondo de cada sacrificio palpitaba el agradecimiento de Israel al Señor que lo había liberado de la esclavitud de Egipto. Pero el Libro de los Proverbios, además de la acción de gracias, impele, necesariamente, hacia la vivencia de la solidaridad: “El que oprime al pobre ultraja a su Hacedor, lo honra quien se apiada del indigente” (Pr 14,31). Honrar el Señor significa alabarle en el culto pero, sobre todo, servirle en el pobre.

    Por otra parte afirma: “Hijo mío, no rechaces la instrucción del Señor ... pues el Señor reprende a quien ama” (Pr 3,10-12). Debemos entender el término “reprender” en el sentido de exigir y corregir con acierto: “reprende al inteligente y aumentará su saber”, “anillo de oro ... es una sabia reprensión a oído dócil” (Pr 19,25; 25,12). Dios ama; pero no mima hasta bloquear el crecimiento humano y social de la persona; por eso, además de generoso, es exigente. Es exigente porque nos regala la libertad. La libertad denota la capacidad de elegir entre el bien y el mal; pero la libertad cristiana va más lejos: implica elegir el “bien” para convertirlo en “mejor”.

     Por eso el Señor impele al sabio hacia la cultura del esfuerzo: “Ordena tus faenas de fuera, aplícate a tus campos, y luego vete a edificar tu casa” (Pr 24,27). Reclama la justicia (Pr 16,12). Rechaza la pereza: “el camino del perezoso está flanqueado de espinos” (Pr 16,19). Advierte contra los chismes: “Todo esfuerzo tiene su recompensa, pero la charlatanería lleva a la miseria” (Pr 14,23). El Señor ama porque exige y exige porque ama.


4. La ruta tortuosa de “Doña Necedad” (Pr 9,13-18).

a. Lectura del texto: Pr 9,13-18.

    La necedad es atrevida;
         es frívola y nada le importa.
    Se sienta a la puerta de su casa,
         pone su asiento en lo más alto de la ciudad,
    para llamar a los que pasan,
         a los que van derechos por su camino:
    “El que sea inexperto, venga acá”.
         Y al hombre sin seso le dice:
     “El agua robada es dulce;
          el pan a escondidas, sabroso”.
     Pero no saben que allí viven los muertos
          y sus huéspedes en lo profundo del abismo.


b. Comentario: Pr 9,13-18.

    El libro de los Proverbios está escrito en hebreo; y define, literalmente, la necedad como “la esposa de la estupidez” (Pr 9,13). De ese  modo personifica a la necedad a la que podemos llamar, en contraposición a “Doña Sabiduría”, “Doña Necedad”. Es atrevida, frívola y pasa de todo (Pr 9,13). El necio se convierte en la tristeza de su madre (Pr 10,1) y la desgracia de su padre (Pr 19,13), difunde calumnias (Pr 10,18), se divierte con la infamia (Pr 10,23), se burla del pecado (Pr 14,19), prodiga sandeces (Pr 15,2), habla sin pensar (Pr 29,20), deviene insolente (Pr 1,22), es un pagado de sí mismo (Pr 14,16) y despilfarra lo que tiene (Pr 21,20).

    El sabio se deja guiar por “Doña Sabiduría” mientras el necio se deja “cazar” por “Doña Necedad”. Ambas se dirigen al mismo ser humano. Dice la Sabiduría: “El que sea inexperto, venga acá” (Pr 9,4). Replica la Necedad: “El que sea inexperto, venga acá” (Pr 9,16). Sin embargo las palabras de seductoras de cada una son muy diversas.

    “Doña Sabiduría” insiste en la necesidad de guardar los preceptos, en la práctica del amor y la fidelidad, en el temor de Dios y en la valentía de dejarse corregir por el Señor (Pr 3,1-12). La Sabiduría es generosa y exigente: Venid a comer mi pan, bebed el vino que he mezclado. Dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia” (Pr 9,5-6). Quien deviene sabio “encuentra la vida y alcanza el favor del Señor” (Pr 8,35).

    Sin embargo “Doña Necedad”, como la mujer de Pr 5,1-14; 7,6-23; “caza” con palabras tortuosas a quien pasa por su lado. Dice: “El agua robada es dulce; el pan a escondidas es sabroso” (Pr 9,17). El agua robada y el pan a escondidas denotan las artimañas del necio: la intriga, la envidia, la media verdad, el lenguaje torticero, la zancadilla discreta o la falsa piedad. La aventura por los parajes de la necedad puede procurar un éxito efímero pero, a la larga, es “es una flecha que atraviesa el hígado” (Pr 7,23). Y, cuando ya no hay nada que hacer, el necio clama desesperado: “¿Por qué rechazaría la disciplina y mi corazón despreciaría la corrección? (Pr 5,12).

    El necio se niega a vivir plenamente. Rechaza el cuidado de sí mismo con lo que nunca deviene plenamente humano, y rehusa el compromiso por lo que se hace insolidario. El hondón de la necedad es la deshumanización y la insolidaridad. Y cuando falta solidaridad y calidad humana se esfuma el sentimiento de transcendencia. Por eso el necio no sabe que vive con los muertos, y es ya en vida huésped del abismo profundo (Pr 9,18).   

     
5. ¿Cuáles son los límites de la Sabiduría que aparece en Libro de los Proverbios?

    Una de las características del sabio es la humildad (Pr 15,33). Los sabios reconocían que su saber era insuficiente para abarcar el universo: “Hay tres cosas que me sobrepasan, y cuatro que no logro entender: El camino del águila en el cielo; el camino de la serpiente sobre la roca,; el camino del barco en alta mar; el camino del hombre por la doncella” (Pr 30,18-19). Del mismo modo percibían situaciones que el intelecto humano no captada plenamente: “La altura del cielo, la profundidad de la tierra y el corazón de los reyes son insondables” (Pr 25,1).

    Sin embargo los “puntos débiles” de la Sabiduría del libro de los Proverbios no consistían en la humildad de los sabios, ni en la complejidad del universo. Los puntos débiles de la sabiduría de los Proverbios son dos. Por una parte la enseñanza de los maestros es, a veces, como veremos, era excesivamente práctica. Por otra parte está influenciada por una corriente de pensamiento llamada “teología de la retribución”, que también comentaremos.


a. Cuando la sabiduría deviene “excesivamente” práctica.

    La Sabiduría enseñada por los maestros era eminentemente práctica; lo cual es muy bueno, pues cualifica al alumno para superar los avatares de la vida. Pero, algunas veces, la instrucción de los sabios se excedía en la concepción práctica de la vida.

     Dice un proverbio: “El soborno es un talismán para quien lo da, en cualquier circunstancia tendrá éxito” (Pr 17,8). Éste proverbio parece afirmar qué el fin justifica los medios, o que el soborno eficaz es la clave del triunfo. Tanto si indica una cosa como la otra no tiene en cuenta el temor de Dios, ni el deseo de crecer en humanidad y solidaridad.

     Otro proverbio: “Hijo mío, si has salido fiador de tu prójimo ... escapa como gacela” (Pr 6,1-5). Convendremos en afirmar que la solidaridad y la fidelidad quedan lejos de la enseñanza de este proverbio. Ambos proverbios y algunos otros dan la impresión de una sabiduría que persigue el éxito humano, sin reparar en los medios utilizados.


b. La Teología de la Retribución. 

    La limitación más notable del libro de los Proverbios radica en la llamada Teología de la Retribución. Volvamos al pensamiento egipcio para captar el contenido de este pensamiento. Los egipcios creían que el Universo estaba envuelto en una especie de pañuelo: la diosa Maat que confería orden y armonía al Mundo. El objetivo de los egipcios consistía en llevar una vida acorde con el orden que la diosa disponía para el Cosmos. Pensaban que al realizar una obra buena, la diosa les premiaba con multitud de bienes; en cambio, al cometer una fechoría les envía un castigo.

    Los israelitas recogieron el pensamiento del país del Nilo, pero realizaron un cambio básico. Creían que el Universo estaba envuelto, simbólicamente, en un pañuelo al que llamaron Sabiduría. La Sabiduría no era ninguna diosa, sino la criatura que enfundaba el Mundo otorgándole armonía y sentido. Sin embargo los israelitas conservaron un rescoldo del pensamiento egipcio. Seguían creyendo que una acción buena conlleva un resultado feliz, mientras una obra mala producía un fruto amargo: “ ... cada cual recibe según sus acciones” (Pr 12,14).

     Pero la vida cotidiana contradice el principio de la Teología de la Retribución. No es cierto que, humanamente hablando, cada cual reciba lo que corresponde a sus acciones.

     Dice un proverbio: “El justo nunca tropezará, los malvados no habitarán la tierra” (Pr 10,30). ¿Sucede eso realmente? En la vida de cada día vemos, a menudo, lo contrario. Justos que tropiezan por las zancadillas de los malvados, y malvados que dominan la tierra a costa de la explotación de los humildes. Otro ejemplo: “Los rectos habitarán la tierra ... y los canallas serán arrancados de ella” (Pr 2,21-22). A menudo percibimos lo contrario: los hombres honestos son ridiculizados, mientras los intrigantes alcanzan el éxito.

    El libro de los Proverbios, al estar coloreado por las ideas de la Teología de la Retribución, no percibe la certeza de una vida personal junto a Dios después de la muerte. La Teología de la Retribución se lo juega todo en la vida terrenal: el justo “debe” recibir bienes y el malo “debe” recibir males. Pero el problema está en que la vida ordinaria muestra que las cosas no son así; sino que el justo, a menudo, soporta males mientras el mafioso disfruta de la vida.

     La Teología de la Retribución no concibe la vida personal del justo con Dios después de la muerte. Para eso habrá que aguardar a la aparición del Libro de la Sabiduría. El autor del Libro de la Sabiduría dirá sin ambages: “las almas de los justos están en manos de Dios ... y su esperanza estaba llena de inmortalidad” (Sab 3,1.5). Los libros Sapienciales conducirán a Israel por la senda de la humanización y desde la humanización abrirán la puerta de la trascendencia al ser humano.

lunes, 17 de agosto de 2015

¿QUÉ DICE EL LIBRO DEL ECLESIÁSTICO?

                         Francesc Ramis Darder

El Antiguo Testamento dispone de un libro especialmente interesante para vivir la existencia cotidiana desde la perspectiva de Dios. El libro aparece en la Biblia bajo tres nombres: Eclesiástico, Sirácida o Ben Sirá. Quizás el nombre más emblemático sea el de Eclesiástico, debido al gran uso que hacía la Iglesia Antigua de las provechosas enseñanzas de la obra.

Si ojeamos sus páginas, aunque sea de corrido, apreciaremos cómo abarca todos los ámbitos de nuestra vida: Habla del autocontrol y la sinceridad, insiste en la práctica de la humildad, previene contra el orgullo, protege contra la crítica, enfatiza la relación familiar, instruye sobre los viajes, asesora sobre los sueños ... y así un largo etc. Pero lo que caracteriza el libro es la tenacidad de su insistencia para que vivamos nuestra existencia según los criterios de Dios: la justicia, la ternura, la bondad y la misericordia.

Nuestras librerías tienden a llenarse de libros de autoayuda, y eso es bueno; pero como cristianos no podemos olvidar que uno de los mejores libros de autoayuda está en la Biblia: el libro del Eclesiástico. Igualmente, los anuncios por palabras que aparecen cada día en la prensa nos remiten a magos, videntes y tarotistas que pretenden aconsejarnos y diseñar nuestro futuro. Sin embargo es el libro del Eclesiástico quien mejor nos instruye acerca de la elección de un buen consejero: “Acude a menudo a una persona fiel, de quien sepas que guarda los mandamientos, que comparte tus anhelos, y que, si tropiezas en la vida, compartirá contigo tus penares ...” (Eclo 37,12).





domingo, 9 de agosto de 2015

¿CUÁL ES EL SENTIDO DE LA VIDA?

                                             Francesc Ramis Darder.

    Zenón de Elea (ca.460) sostenía ante sus discípulos que el veloz Aquiles jamás podría alcanzar a una lenta tortuga que hubiera comenzado a andar antes que él.

     Zenón esgrimía el siguiente argumento: “Supongamos que la tortuga ha avanzado cien metros en el momento en que Aquiles comienza a correr; cuando Aquiles alcanza la posición en que se hallaba la tortuga cuando él inició la carrera ésta ha avanzado ya un poco más, y para alcanzar la nueva posición del animal, Aquiles debe reemprender la marcha, pero al llegar a la siguiente posición de la tortuga ésta ha recorrido unos pasos, y el veloz corredor debe ponerse de nuevo en camino para alcanzar la posición del animal ... y así sucesivamente; por eso Aquiles nunca podrá alcanzar a la tortuga, pues al conseguir la posición anterior, la tortuga ha recorrido otra breve distancia”.

    Zenón exigía a sus discípulos una respuesta lógica a la contradicción que les presentaba; pues aunque mentalmente parezca imposible que Aquiles adelante al animal, la experiencia muestra que todo corredor sobrepasa la marcha lenta de la tortuga. Los discípulos respondían al maestro con dificultades, pues desconocían que tras el enigma no se escondía un problema lógico, sino que afloraba la naturaleza íntima del sentido de la vida.

    El sentido de la vida no radica en hacer “carreras” con nadie ni contra nadie, como sucedía entre Aquiles y la tortuga, sino en disponer de un “centro” o una “diana” hacia la que dirigir nuestra existencia. El sentido cristiano de la vida no se logra al recorrerla como una carrera batida a codazos contra el prójimo, sino disponiendo de un “centro”, Jesús de Nazaret, y de una “diana”, el Reino de Dios. 

sábado, 4 de julio de 2015

¿QUÉ SIGNIFICA EL QUINTO MANDAMIENTO?

                                                                  Francesc Ramis Darder


El Antiguo Testamento presenta, entre otros, dos tipos de preceptos legales importantes: las leyes casuísticas y las leyes apodícticas.

En una ley casuística aparecen siempre excepciones y condicones que determinan la aplicación concreta de la ley. Veamos un ejemplo: “Si el buey de uno mata a cornadas al buey de otro, venderán al buey vivo y se repartirán el importe y el buey muerto, pero si se sabía que el buey ya embestía antes, y su amo no tomó precauciones, entonces pagará entregando un buey vivo y se quedará con el muerto” (Ex 21,35-36).

Sin embargo las leyes apodícticas no admiten excepción alguna. El quinto mandamiento constituye una ley apodíctica: “No matarás” (Ex 20,13). No se puede matar a nadie, la ley de Dios lo prohibe expresamente. Debemos notar que este mandamiento constituye por si mismo un versículo completo de la Biblia, el versículo más breve de todos, pues solo consta de dos palabras que comprenden seis letras. Con lo cual el redactor del Decálogo pretendía que dicha ley quedara fuertemente grabada en el corazón y en la mente de cada israelita.

Los medios de comunicación han transmitido, de nuevo, la triste noticia: el denominado estado islámico ha vuelto a cometer macabros asesinatos. Una vez más hay que recordar que el quinto mandamiento es una ley divina que no admite excepciones, y volver a gritar con las mismas palabras que utilizaba Mn. Oscar Romero contra los terroristas del Salvador: ¡Dejad de matar!

lunes, 22 de junio de 2015

¿QUÉ ES LA SUPERFICIALIDAD?

                                                                  Francesc Ramis Darder


El verano es para muchos un tiempo de ocio, descanso y vacaciones; y conviene que también sea un período donde podamos acrecentar la calidad de nuestra vida en todos los aspectos humanos y cristianos.

    Por un instante, dirijamos la atención a uno de los “típicos” turistas que visitan nuestras tierras. Llegan hasta nosotros con la intención de ver muchas cosas, cuantas más mejor, pero sin profundizar en ellas. Visitan los lugares emblemáticos, rápidamente, sin detenerse a palpar el latido de la historia que palpita en cada rincón. Obtienen de cada lugar numerosas fotografías y, sin embargo, carecen de tiempo para inhalar el espíritu de cada recodo. Ciertamente, esa es la caricatura de un turista “típico”, pero en lugar de despreciarla extraigamos una lección útil para nuestra vida cristiana.

    ¿Acaso no somos demasiadas veces turistas de la Palabra de Dios? A menudo, no prestamos atención al Evangelio que se lee en la Eucaristía, conocemos sólo algunos pasajes aislados de la Biblia; quizá nos hemos detenido en algunas páginas realizando, como los turistas, “numerosas fotografías”, sin detenernos a saborear la Palabra de Dios para que cale en el hondón de nuestra alma y la transforme de raíz.

    Los católicos no podemos permitirnos el lujo de ser turistas del Evangelio, sino que debemos leerlo, orarlo y vivirlo con profundidad. Sólo así experimentaremos lo que anuncia la Sagrada Escrituara: “tu palabra Señor mantiene a los que creen en ti” (Sb 16,26); y viviendo de esa manera plantaremos la semilla de Reino de Dios en el corazón de cada persona.


                                                                                


domingo, 14 de junio de 2015

¿QUÉ ES LA AUTOESTIMA PERSONAL?

                                                       Francesc Ramis Darder


Jesús se define a sí mismo, en el evangelio de Juan, con la expresión peculiar “Yo Soy”. Tras el encuentro con la samaritana dice Jesús a la mujer: “Yo soy, el que está hablando contigo” (Ju 4,26). Las palabras de Jesús están calcadas de las locuciones de Yahvé que entretejen el Antiguo Testamento. Citemos un ejemplo; mediante la voz cálida y apasionada de Isaías el Señor comunica a su pueblo la pronta liberación del destierro de Babilonia, y tras anunciarle esta certeza, afirma: “Yo; yo soy el Señor” (Is 43,11).

    Jesús en el Nuevo Testamento, igual que Yahvé en la Antigua Alianza, cuando se define a sí mismo no se contenta con describir lo que tiene, ni apela a aquello que representa; si no que habla desde lo que “es”, desde su Yo más íntimo: “Yo soy”.

    A. Schopenhauer (1788-1860), parafraseando la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, sostenía que podemos contemplar nuestra vida desde una triple perspectiva: desde lo que “somos”, a partir de lo que “tenemos” y desde aquello que “representamos” en el escalafón social. Ciertamente lo más importante radica en aquello que “somos”, pues lo que “tenemos” suele ceñirse a bienes efímeros y fugaces, y lo que “representamos” depende del incesante vaivén de la opinión social. 

    Para los cristianos aquello que “somos” radica en la convicción de ser Hijos de Dios. ¡Ese es nuestro tesoro! Pero necesitamos cuidar nuestra vida interior para no olvidar nunca nuestra certeza más íntima. Tanto la plegaria como la vivencia de la misericordia constituyen las mediaciones privilegiadas para penetrar hasta el fondo de nuestra alma y gozar de la dicha de sentirnos Hijos de Dios Padre.


jueves, 14 de mayo de 2015

DIOS ES AMOR

                                         
                                                                              Francesc Ramis Darder

Nos encontramos en el sexto domingo del tiempo pascual; el tiempo solemne en que celebramos la resurrección de Jesús. Durante el tiempo de Pascua, la Escritura presenta la naturaleza de Dios en su máxima profundidad. La primera carta de Juan, que hoy hemos leído, ha revelado que “Dios es amor”; y, además, ha manifestado que el Dios del amor, nuestro Dios, nos ha amado antes de que nosotros lo conociéramos; como dice Juan: “Dios nos ha amado primero”.

 ¿Qué quiere decir Juan cuando afirma que Dios es amor? Con frecuencia pensamos que el amor se reduce a un sentimiento; el amor no se agota en el sentimentalismo, a menudo tan voluble. Amar no es solo el sentimiento que una persona tiene hacia otra; amar es la actuación que una persona realiza en bien de otra persona. Una persona que ama a otra se esfuerza para que la persona amada pueda desarrollar sus cualidades humanas y sus virtudes cristianas. Cuando Juan dice que “Dios es amor”, no se limita a declarar que Dios tiene un sentimiento favorable hacia la humanidad. Cuando Juan dice que “Dios es amor” afirma que Dios actúa a favor nuestro para que lleguemos a ser personas en plenitud y, por tanto, cristianos que demos testimonio de la bondad divina en nuestro mundo.

 Como señala el prólogo del evangelio de Juan, Jesús es la presencia de Dios hecho hombre entre nosotros. Cuando recorremos las páginas del evangelio descubrimos cómo amaba Jesús. El amor de Jesús no se limitaba a un sentimiento romántico hacia la gente de su tiempo. Jesús amaba a toda persona liberándola de la enfermedad; así liberó de la lepra a muchos enfermos, y liberó de la oscuridad al ciego de nacimiento. Jesús amaba a los suyos acompañándolos en las dificultades que comporta la vida; por ello aconsejó a los apóstoles e instruyó a las multitudes. Jesús amaba ofreciendo el perdón, una de las formas más preciadas del amor; perdonó a la mujer adultera, y perdonó al apóstol Pedro, que lo había negado en la pasión. Jesús amó a los suyos ofreciéndoles la vida; así retornó a la vida a su amigo Lázaro. Como vemos, el amor de Jesús no era un simple sentimiento; cuando Jesús amaba, liberaba, acompañaba, perdonaba, abría las puertas de la vida; sin duda, la existencia de Jesús es la manifestación del amor de Dios hacia la humanidad entera.

 Aún tenemos otro hecho capital. En las religiones antiguas, el hombre sentía pánico ante la divinidad; sentía tan lejos la presencia de Dios que, para obtener alguna gracia, ofrecía complicados sacrificios de animales para obtener el favor divino. A modo de contrapunto, nos dice Juan: “El amor es esto: no somos nosotros quienes hemos amado a Dios primero; él ha sido el primero en amarnos”. La grandeza del cristianismo radica en que Dios se ha adelantado a amar al hombre, antes de que el mismo hombre implorase el amor de Dios, Dios nos ha amado el primero. En las religiones antiguas, Dios era algo distante del hombre, pero Jesús recuerda que Dios no es un ser distante, es el Padre que nos ama.

 Dios es amor porque se ha adelantado a amarnos con amor paternal; el amor que busca el bien de sus hijos; el amor que libera, acompaña, perdona y lleva a la vida. El cristiano es aquel que sintiéndose amado por el Padre, llega a ser testigo del amor de Dios en la historia humana. En esta Eucaristía, celebración de la presencia del Resucitado, pidamos a Dios que el amor que ha derramado en nuestro corazón nos convierta en sembradores fieles del Evangelio en el corazón de la humanidad, tan sedienta de ternura y misericordia.