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martes, 9 de febrero de 2021

TERNURA

 

                                                       Francesc Ramis Darder

                                                       bibliayoriente.blogspot.com

 

El Señor envió al profeta Jeremías al taller del alfarero para que viera la delicadeza del artesano para modelar vasijas. De pronto, un cuenco se rajó en el torno, pero el alfarero no lo desechó, recomenzó la obra con el mismo fango. Entonces, dijo el Señor: “Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel” (Jr 18,6). La metáfora sugiere la espiritualidad del Antiguo Testamento: Dios, el alfarero, tiene nombre propio, el Señor; la bondad y la misericordia evocan las manos de Dios que, como buen artesano, modela a su pueblo; la arcilla simboliza la identidad de Israel, el pueblo de Dios; mientras el torno insinúa la historia humana, el escenario donde el Señor cincela su comunidad.

 

    Ahora bien, ¿qué aspecto desea conferir a su pueblo? El libro de Isaías ofrece la respuesta: “Así dice el Señor […] el que te formó, Israel […] que creé para mi gloria” (Is 43,1-7). Cuando el Señor, eco del alfarero, modela Israel no forma una comunidad cualquiera, sino al pueblo que refleja la gloria de Dios en la sociedad humana.

 

    Las manos con que Dios configura Israel son espirituales; así lo subraya el libro del Éxodo: Dios clemente y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Ex 34,6). En hebreo, la palabra “misericordia” señala “el seno materno”; y en sentido metafórico, alude al sentimiento amoroso que vincula a las personas por lazos de sangre o de corazón, como la madre y el padre con sus hijos, o a un hermano con otro.

 

    Aunque el Señor quiere modelar a su pueblo, Israel es reacio a la misericordia divina. Así lo lamentó el Señor ante Moisés: “¿Hasta cuándo este pueblo se negará a creerme después de todos los prodigios que he realizado en su presencia?” (Nm 14,11). Sin embargo, Moisés intercedió ante el Señor: “Perdona el pecado de este pueblo por tu gran misericordia”; y Dios respondió: “Le voy a perdonar como tú dices” (Nm 14,19-20). La clemencia representa la constancia de Dios por modelar al pueblo que rechaza su caricia, manifiesta la “paciencia” de Dios por tornear Israel a su imagen y semejanza.

 

    Ahondando en la cuestión, el Señor también es “fiel” y “lleno de amor”. Como sabemos, la decisión de amar a alguien entraña el compromiso de buscar su bien. Así lo manifestó Dios a su pueblo en el desierto: “El Señor  […] os eligió […] no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos […] sino por el amor que os tiene” (Dt 7,7-8). Cuando la Escritura sentencia que Dios ama con fidelidad, certifica que es posible fiarse siempre de su bondad. Misericordia y clemencia, amor y fidelidad son las manos con que Dios modela a su pueblo para convertirlo en testigo de la bondad divina en la sociedad humana.

 

    No obstante, tanto el alfarero como el Señor topaban con el mismo problema: si el fango no está húmedo, se desgarra y se rompe. ¿Qué simboliza la sequedad del fango? La sequedad ilustra la desgracia del hombre seducido por los falsos dioses (Is 1,28).

 

    Cuando queremos saber quienes son los falsos dioses, escuchamos el  Deuteronomio: “Cuando el  Señor, tu Dios, te introduzca en esa tierra buena [...] no te olvides del Señor tu Dios [...] cuando se multiplique tu ganado, tu plata, tu oro, y todos tus bienes, que no se engría tu corazón y te olvides del Señor […] Y no digas: ‘Con mis propias fuerzas he conseguido todo esto’. Acuérdate del Señor; él es quien te ha dado la fuerza” (Dt 8,7-18). Los falsos dioses son tres, a saber, el afán de poder: “con mis propias fuerzas he conseguido todo esto”; el ansia por acaparar bienes sin medida: “cuando se multiplique tu ganado”; y el engreimiento por aparentar lo que no somos: “Y no digas”.

 

    La idolatría consiste en huir de las manos de Dios para entregarse al poder, el tener y la apariencia; por eso la idolatría es pecado, pues aleja al hombre del regazo divino para destruirlo entre las garras de los falsos dioses. La idolatría acarrea la infelicidad, pues por mucho que medremos, siempre hay alguien más poderoso, más pudiente y con más prestancia que nosotros; esta infelicidad se denomina en la Biblia “sequedad”, la consecuencia del pecado que deshace el alma de cualquier persona.

   

    Ahora bien, la huella del pecado y la impronta de la misericordia divina no pesan igual en el aspecto del ser humano, lo crucial es el reflejo del amor de Dios y no las heridas del  pecado. Cuando el fango reseco se rompía, el alfarero no lo desechaba, volvía a transformarlo en un vaso mejor (Jr 18,1-10). Cuando Israel huía de Dios para abrazarse a los ídolos, quedaba seco; pero el Señor no lo abandonaba, le perdonaba para devolverle la vida. Al parangonar la historia de Israel con nuestra vida, podemos mirar los golpes del pecado desde la perspectiva divina, pues a los ojos de Dios incluso las marcas del pecado son el contraluz del perdón que nos ha concedido.

 

    La ternura y la misericordia de Dios modelaron la historia de Israel y cincelan la vida cristiana. Quien opta por el amor vivirá siempre en las manos del Señor, el Alfarero de la Vida: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón no descansará hasta que repose en ti” (s. Agustín).


lunes, 11 de mayo de 2020

JEREMÍAS: METÁFORA DEL ALMENDRO

 

                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com





El Señor nunca nos abandona. Incluso cuando nuestra vida toma el rumbo del sinsentido, Dios permanece fiel junto a nosotros, esperando el momento en que volvamos a su regazo.

    Jeremías no fue un profeta triunfante. Nadie escuchó su mensaje. Al final de su vida, tuvo que abandonar Jerusalén para emigrar a Egipto. Antaño, el Señor había liberado a los israelitas de la esclavitud impuesta por el faraón (Ex 14-15); ahora, Israel inmerso en su fracaso regresa a la tierra de sus lamentos.

    ¿Cómo pudo Jeremías ser testigo de la fidelidad de Dios en tiempos de tiniebla? La primera visión del profeta ofrece la respuesta mediante una bella metáfora (Jr 1,11-12). El profeta cumplió su misión porque supo que en todo momento el Señor le protegía bajo la sombra de su ternura. Recreémonos en la visión.

    Jeremías ha escuchado la llamada de Dios, ha comprendido la dificultad de la misión y ha sentido el escalofrío del miedo. Se preguntaría en su corazón ¿cómo cumpliré la voluntad de Dios? Entonces, el Señor le ordena salir al campo. Supongamos que estamos en invierno, cuando todos los árboles están sin hojas ni frutos esperando la primavera. Entre aquellos árboles que duermen el sueño invernal, Jeremías observa un árbol cuyas flores blancas velan el sueño de los otros árboles.

    Los almendros florecen en invierno, y con sus flores abiertas parece que guardan a los demás árboles hasta que despierten en primavera. No en vano la lengua hebrea conoce al almendro como “el árbol que vela, el árbol que sabe escuchar”. El Señor revela a Jeremías: ‘Yo soy un almendro. Te ha correspondido ser mi profeta durante el invierno de la historia de mi pueblo. Yo te envío para que recuerdes a los israelitas que estoy siempre a su lado. Pocos te escucharán; pero, en el desánimo, recuerda que junto a ti está el Señor que como un almendro vela por tu vida y la de su pueblo, hasta que llegue la primavera en la que Israel florezca de nuevo”.

    La labor de Jeremías fue dura e incomprendida, pero a él nunca le faltó la certeza de que Dios le acompañaba, y que como un almendro velaba por su vida durante el invierno de la historia israelita.

    La existencia de Israel reposaba en la capacidad de escuchar la voz cálida y exigente de Dios que habla desde el hondón del alma. Recordemos el gran precepto dirigido por Dios a su pueblo: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Dt 6,4-9).

    Israel había perdido durante la época de Jeremías la capacidad de escuchar, la pasión por amar y la actitud de guardar en el corazón las palabras de la vida. El pueblo elegido comenzaba a atravesar el largo invierno de su historia.

   En este momento, Israel levantó los ojos y contempló Palestina. Era invierno, los árboles no tenían flores e, igual que Israel, parecía que también habían perdido el deseo de vivir. Pero desplegando la vista hacia la magnitud del horizonte, Israel descubrió un árbol en flor. Un árbol que en el frío del invierno era capaz de hacer germinar una flor blanca. Un árbol rodeado por la grisalla del invierno que aún tenía fuerzas para alumbrar una flor. Con esta flor abierta escuchaba a los otros árboles, sus hermanos, y les anunciaba que aquel crudo invierno no duraría para siempre. La flor blanca y abierta pregonaba la primavera por llegar y daba testimonio de que, al final, siempre triunfa la vida.

    Israel sumido en el invierno de su historia quedó impresionado por árbol que velaba a los otros y con su flor abierta los sabía escuchar. Y puso nombre a aquel árbol, le llamó almendro, que en lengua hebrea significa “el árbol que vela” o “el árbol que sabe escuchar”.

    Mediante la metáfora del almendro, Israel descubrió que “saber escuchar a Dios y al prójimo” requiere silencio y paciencia pero, sobre todo, exige amar apasionadamente la vida, amar profundamente el corazón de los otros, creer que la humanidad será capaz algún día de hacer brotar sus flores en primavera y dar los mejores frutos de su ternura.


martes, 20 de marzo de 2018

ICONOGRAFÍA DE JEREMÍAS



                                                                      Francesc Ramis Darder
                                                                     bibliayoriente.blogspot.com


La historia del Arte contempla múltiples representaciones del profeta Jeremías. La abadía de Moissac (Francia) fue levantada en 1063 sobre las ruinas de otro templo destruido por los musulmanes tras la batalla de Poitiers. Las esculturas del claustro y el pórtico constituyen una de las cimas del románico. La figura del profeta Jeremías, esculpida en el pórtico aparece con bigote y portando una cinta con frases del libro. El profeta Jeremías figura con frecuencia en el arte medieval; entre los ejemplos más citados: San Ambrosio de Milán, San Vital de Ravena, la Biblia de Roda, Catedral de Cahors, Catedral de Cremona, en los mosaicos de Santa Maria del Trastevere (Roma); en el siglo XIII figura esculpido en la Catedral de Chartres y en la portada central de la Catedral de Amiens.

    Diego de la Cruz creó el “Cristo de la Piedad entre los profetas David y Jeremías” (Museo del Prado, 1495-1500, 60,2 x 93,6, técnica mixta, tabla, Museo del Prado). El artista representó varias veces el tema del Cristo de la piedad; quizá la más elaborada, le representa junto a David y Jeremías. En el centro, aparece Cristo como Varón de dolores; a su derecha figura David y a su izquierda Jeremías. Cristo figura coronado de espinas, con los ojos abiertos, vestido con el perizonium y con la capa sobre los hombros, muestra las llagas de la Crucifixión. Cristo invita a los fieles a contemplar su dolor; pues el sacrificio de Cristo en la cruz redime el pecado del mundo. La figura de Jeremías está envuelta por una cinta que recoge el mensaje de su libro que alude, desde la perspectiva cristiana, al dolor de Jesús en la pasión. El profeta señala con su mano izquierda la figura de Cristo para indicar que en el Mesías entregado a la pasión se cumplen las promesas de la Antigua Alianza, esbozadas en el libro de Jeremías.

    Desde la perspectiva del Gótico Hispanoflamenco, Miguel Jiménez y Martí Bernat plasmaron a “Jeremías, Joel y Miqueas” en el Retablo de Santa Cruz (Iglesia de Blesa: Teruel, 1481-1487); Jeremías, incrustado en un medallón, está envuelto en la parte inferior por una cinta que recoge el mensaje de la profecía.

   El Pórtico de la Gloria, Catedral de Santiago de Compostela, ofrece representaciones, en las columnas de la puerta central y en las puertas laterales, imágenes de profetas, apóstoles y otras figuras simbólicas. En la columna de la izquierda, y comenzando por la que mira al Apóstol, destaca la figura de Moisés con las tablas de la ley; Isaías con el bastón; Daniel y Jeremías con barba; todos sujetan una cinta que lleva su nombre. Igualmente, la Catedral de Mallorca, entre las figuras de cinco profetas y cinco patriarcas, sobre el Tímpano del Portal del Mirador, donde intervinieron Jean de Valenciennes y Enric l’Alemany (siglo XIV), aparece la figura de Jeremías, pensativo y con barba.
    
    El cincel de Donatello plasmó en mármol al profeta Jeremías (1423-26). El artista eligió como modelo a un amigo florentino, Francesco Soderini; atento a la perspectiva de su tiempo, el profeta aparece vestido de toga y con aire pensativo. Al decir de los críticos, con la escultura de Jeremías y la de Habacuc, Donatello acrisola las bases de la escultura renacentista. El escultor diseñó las imágenes para decorar el Campanile de la Catedral de Florencia, pero hoy se encuentran en el Museo dell’Opera del Duomo (Florencia).

    Miguel Ángel plasmó la figura de Jeremías en los frescos de la Capilla Sixtina (1511). Jeremías fue el último profeta pintado por Miguel Ángel en la Sixtina. Intuyendo la destrucción de Jerusalén, el profeta se muestra pensativo. El trono sobre el que se sienta resulta pequeño comparado con la imagen del profeta; el artista quiso plasmar la superioridad de Jeremías sobre los dignatarios de su tiempo, quizá los reyes, representados por el trono. El tono meditativo, acendrado en la figura femenina que aparece en el fondo, expresa la tensión y la angustia que tranzaron su vida. La gran  volumetría de la figura quiebra el espacio plano donde está pintado, proyectando las piernas hacia el espectador; podríamos decir que a la figura no le basta el marco del dibujo, metáfora del AT, sino que necesita vislumbrar un espacio más amplio, alegoría del NT hacia el que apunta, desde la perspectiva cristiana, la predicación de los profetas. El vestido del personaje presenta una intensa armonía cromática, muy bella, que establece un contraste con el claroscuro de la parte inferior; simboliza el contraste entre la fuerza de Dios que le protege, representa por la fuerza del color, y la persecución de sus convecinos, expresada por los trazos del claroscuro.
  
   El arte de Rembradt se plasma en la obra “Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén” (Museo Rijksmuseum, 1630, 58,3 x 46,6, óleo sobre tabla). Jeremías aparece contemplando la destrucción de Jerusalén por las armas de Nabucodonosor II (587 a.C.). Está sentado sobre unas rocas a las afueras de la ciudad, apoyando su rostro, triste y melancólico, sobre el brazo izquierdo. A su lado destacan las piezas de un tesoro, quizá lo que pudo rescatar entre las ruinas del templo devastado. Detrás del profeta figura una columna, metáfora de la entereza con que quiso sostener la fidelidad de su pueblo a los preceptos divinos. Al fondo, despunta el resplandor de la ciudad en llamas, incendiada por los babilonios. La luz de las hogueras ilumina la figura del anciano profeta que, con gesto de tristeza, constata la destrucción de la urbe. Las zonas donde no llega la luz se mantienen en la sombra; pues solo el profeta constituye un rayo de luz, alegoría de fidelidad al Señor, en las sombras que envuelven Sión, símbolo de la idolatría. El juego de luz y sombra lleva a los comentaristas a percibir en el cuadro la influencia de Caravaggio. El naturalismo que dibuja al personaje en la senectud (frente arrugada, cabello largo y fino, manos y pies de piel fláccida) determina que los críticos entienden que el artista eligió a su padre, Harmen van Rijn, como modelo.

   Marc Chagall (1887-1985), pintor francés de origen bieloruso, ha dejado una pintura sobre Jeremías (1968). El profeta aparece en su senectud portando un volumen, alegoría del libro que lleva su nombre. El aspecto pensativo y meditabundo de la figura, recuerda la introversión del profeta, acongojado por la inminente destrucción de Jerusalén, nacida del desprecio del pueblo hacia los mandamientos. Sobre la imagen del profeta y como colocada en otra dimensión aparece una figura celestial; representa la protección y el consuelo con que Dios fortaleció a Jeremías mientras predicaba en Jerusalén, desdeñado por la nación, como expone el relato de vocación (1,4-14).

    A modo de síntesis, apreciamos que la iconografía ha tendido a dibujar a Jeremías en su edad madura, y no con el semblante adolescente del relato de la vocación; quizá su vejez prematura refleje las cicatrices de la persecución. Su carácter pensativo evoca el presagio de la destrucción de Jerusalén y el exilio, mientras la presencia del libro refleja la obra que lleva su nombre. Ahora bien, el llanto de Jeremías no brota del penar desesperado, pues el profeta sabe que a su lado, sea cual sea la adversidad, le protege la mano del Señor, representado por el almendro, el árbol que vela por el profeta durante el invierno de la historia.      

martes, 14 de noviembre de 2017

JEREMÍAS EN JERUSALÉN

                                                                                          Francesc Ramis Darder
                                                                                          bibliayoriente.blogspot.com


Los babilonios apresaron a Jeremías y lo llevaron a Ramá, pero Nabuzardán, general babilónico, atento a las órdenes de Nabucodonosor, liberó a Jeremías y lo confió a Godolías; de ese modo, pudo compartir la suerte de quienes permanecían aún en el país. Godolías era el gobernador impuesto por los babilonios sobre el extinto reino de Judá; de familia noble, su padre, Ajicán, había salvado a Jeremías de la ira de las turbas, mientras su abuelo, Safán, había sido ministro de Josías (Jr 26,24; 2R 22,3). Godolías instaló su cuartel en Mispá. Jeremías supo granjearse el beneplácito caldeo para permanecer al lado del pueblo. Los babilonios le consideraban adicto, pues, como sabemos, había aconsejado la rendición de los judaítas; pero, como hemos subrayado, el consejo del profeta no respondía a la exigencia babilónica, sino al interés por salvaguardar la vida del pueblo en Judá.  

    Cuando Godolías asumió la jefatura, los guerrilleros judaítas fueron a Mispá. Godolías les advirtió: “Quedaos en el país y someteos al rey de Babilonia y todo os irá bien” (Jr 40,7-10). Entre la voz de Godolías resuena el sentir de Jeremías; pues a los moradores de Judá, les había dicho: “Someteos al rey de Babilonia si queréis seguir con vida” (Jr 27,17). Sólo evitando la ira babilónica podía el pueblo subsistir. Los hebreos refugiados en las regiones limítrofes, animados por la disposición de Godolías, regresaron a Judá. Jeremías era la llama que aún alumbraba el recuerdo de la reforma.

    Sin embargo, el gozo pronto terminó. Ismael, judaíta de estirpe regia, asesinó a Godolías por instigación de Baalís, rey de Amón. El traidor también segó la vida de los oficiales del gobernador, acabó con la guarnición caldea acuartelada en Mispá, y mató a un grupo de peregrinos que iban a Sión. Ismael tomó como rehenes a las hijas del rey y a quienes aún quedaban en Mispá y huyó hacia la corte de Baalís. De pronto, otro caudillo, Juan, arrebató los cautivos de Ismael y los llevó al refugio de Quinhán, cerca de Belén. Con la intención de salvar al pueblo, Jeremías aconsejó a Juan que permaneciera en Judá. El buen hacer del profeta podría conseguir la indulgencia babilónica, pues el grupo de Juan era ajeno a la muerte de Godolías (Jr 40,1-42,22). Jeremías luchaba por salvar la identidad del pueblo y mantener el ascua de la reforma. No obstante, Juan, temeroso de la represión babilónica, condujo la comunidad a Egipto; la tierra donde antaño fuera deportado Joacaz.

    Jeremías, en tierra del Nilo, arengaba la comunidad para que conservara su identidad; pero los juidaítas volvieron a la religiosidad previa a la reforma y se dejaron seducir por las modas egipcias. Jeremías, acompañado de Baruc, sentenció el destino del pueblo: “los de Judá que residen en territorio egipcio morirán […] solo unos pocos […] podrán regresar […] a territorio de Judá” (Jr 44,27-28). Jeremías murió en Egipto, tras alentar a la comunidad a perseverar en su fe. Los babilonios castigaron la afrenta judaíta. Nabuzardán, jefe de la guardia, deportó un tercer contingente de población a Babilonia (582 a.C.). La provincia de Judá fue disuelta y su territorio incorporado a la provincia de Samaría. La situación del pueblo judaíta no podía ser más dramática. Quienes pisaron Egipto, aguardaban la extinción, sólo algunos, muy pocos, volverían a Judá. Los que restaban en tierra judaíta conformaban las clases humildes, dedicadas al cultivo de los campos. El rey padecía la cárcel en Babilonia, mientras la nobleza, el clero de alcurnia, y los artesanos sufrían el destierro en el País de los Canales. Como relata la perspectiva teológica de la profecía, el fututo de Judá dependía de los “higos buenos”, alegoría de la comunidad fiel que el Señor forjaría entre las brasas del exilio babilónico (Jr 24,1-10).



lunes, 9 de octubre de 2017

JEREMÍAS EN JERUSALÉN


                                                                                Francesc Ramis Darder
                                                                                bibliayoriente.blogspot.com



Cuando Nabucodonosor cercó Jerusalén, Jeconías salió a su encuentro con la familia real y su corte para rendirle pleitesía; pero Nabucodonosor los deportó a Babilonia, junto con los pudientes, cerrajeros, artesanos y guerreros, llevándose también el tesoro del templo y del palacio. Impuso como rey a Matanías, tío de Josías, a quien dio el nombre de Sedecías (597-587 a.C.). La situación de Judá era compleja: Sedecías, títere de Babilonia, estaba en manos de la nobleza (38,5.19); muchos judaítas, especialmente los deportados, reconocían la realeza de Jeconías y desdeñaban la autoridad de Sedecías (Ez 1,2); por si fuera poco, algunos nobles habían tomado posesión de las tierras de los desterrados y, con la intención de afianzar la propiedad, depositaban la legitimidad dinástica en Sedecías (Ez 11,14-15; 33,24).

    Tales desavenencias, pensaba Jeremías, atraerían la vara babilónica que golpearía la nación hasta extinguirla; por eso la tarea del profeta se orientó hacia los deportados y hacia quienes permanecían en Judá. El profeta remitió a los desterrados una carta lúcida: “Construid casas y habitadlas […] engendrad hijos […] buscad la prosperidad del país (Babilonia) […] porque su prosperidad será la vuestra” (29,4-7). A pesar de la advertencia, los deportados se dejaban seducir por la voz de Ajab, hijo de Colayas, y Sedecías, hijo Maasías, profetas de la corte, llevados a Babilonia. El mismo Semayas envió una misiva a Jerusalén para quejarse ante el sacerdote Sofonías de la conducta de Jeremías. El curso de la historia determinó la sublevación de los deportados. Cuando una conjura del ejército y la nobleza babilónica agitó la corte de Nabucodonosor (595-594 a.C.), parte de la nobleza judaíta exiliada participó en la conspiración. No obstante, la impostura fracasó: Nabucodonosor afianzó la corona, asó a los profetas rebeldes (Colayas, Sedecías), metió en la cárcel a Jeconías y apretó la correa a los desterrados. La comunidad deportada comenzó a percibir en las palabras de Jeremías la clave para conservar la vida: “Construid casas y habitadlas” (29,4-9).

    Aprovechando la sublevación de la corte babilónica, los estados de Siria-palestina, apoyados por el faraón Psamético II (594-589 a.C.), intentaron sacudirse el yugo de Nabucodonosor. Los embajadores de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón se reunieron en Jerusalén, al amparo de Sedecías, para tramar la asonada (594 a.C.). Los profetas de la corte, especialmente Jananías, alentaban la revuelta y auguraban el regreso de los deportados al cabo de dos años. La sagacidad de Jeremías desautorizó la vanidad de la corte y definió la única postura sensata: “Someteos al rey de Babilonia si queréis seguir con vida” (27,17). La historia confirmó el dictamen. Cuando Nabucodonosor recuperó el poder, la coalición se deshizo; y Sedecías renovó la pleitesía ante el emperador (29,3; 51,59).

     La pugna entre Egipto y Babilonia continuó. Tanto el faraón Psamético II como su hijo Jofra (589-570 a.C.) perseguían el control de Siria-palestina; a modo de contrapunto, Nabucodonosor fiscalizaba Siria-palestina para vigilar cualquier intentona egipcia. Al decir de Jeremías, el futuro de Judá dependía de la cohesión interna del país, asentada sobre la justicia, y del empeño por servir a Babilonia, opción triste pero necesaria para poder sobrevivir (22,15; 27,17). Psamético II y su hijo Jofra emprendieron la ofensiva contra Babilonia (598 a.C.); Judá, empujado por Tiro y Amón, se adhirió a la revuelta. Nabucodonosor invadió Judá y sitió Jerusalén (588 a.C). Con intención de confutar la revuelta, la corte ordenó la manumisión de los esclavos para que participaran en la defensa de la ciudad.

    Sin embargo, el avance egipcio determinó que los babilonios aflojaran el cerco de Sión; entonces los amos volvieron a subyugar a los esclavos. Jeremías denunció la injusticia y anunció la caída de la ciudad; pues el cautiverio de los siervos mermaba las fuerzas defensivas y propiciaba que colaboraran con el invasor (34,8-27). Aprovechando la tregua, Jeremías visitó Anatot para asistir a un reparto familiar (37,12; 32,1-44). Entonces Jirías, hijo de Jananías, profeta hostil, le acusó de pasarse a los caldeos (37,13); después lo entregó a los jefes que le enceraron en casa del escriba Jonatán (20,7-18).

    Sedecías hizo llevar a Jeremías a palacio para consultarle sobre la situación. El profeta denunció la mendacidad de los consejeros y sentenció que el monarca caería en manos del rey de Babilonia (37,19). Sedecías hizo custodiar al profeta en el patio de la guardia; desde allí, Jeremías arengaba al pueblo: “el que se entregue a los caldeos seguirá con vida” (38,2). La proclama encendía la ira de la nobleza (38,4). Los cortesanos arrojaron a Jeremías en la cisterna del patio de la guardia; pero Ebedmélec, el etíope, descubrió la traición y, a instancias de Sedecías, liberó al profeta de la muerte.


     Cuando el rey vuelve a consultarle, la respuesta es dura: “Si te rindes a los generales del rey de Babilonia, salvarás tu vida […] pero si no […] esta ciudad caerá en manos de los caldeos […] y tú no escaparás” (38,17). Sedecías desoyó el consejo. Cuando las tropas babilónicas asaltaron Sión, Sedecías y sus oficiales huyeron. Los caldeos les detuvieron cerca de Jericó y los llevaron a Riblá. El emperador degolló a los príncipes y a la aristocracia de Jerusalén, cegó al monarca y lo llevó a Babilonia, donde murió. Los caldeos incendiaron el templo, el palacio y las casas nobles. Abrieron brechas en las murallas de Jerusalén. Nabuzardán, jefe de la guardia, deportó a Babilonia a los supervivientes y a los que se habían pasado al ejército caldeo. Sólo dejó en Judá gente sencilla entre la que repartió viñas y campos.

martes, 19 de septiembre de 2017

¿ESTUVO JEREMÍAS EN BABILONIA?


                               Francesc Ramis Darder
                               bibliayoriente.blogspot.com


Cuando la coalición medo-babilónica conquistó Nínive (612 a.C.), obligó al rey asirio, Asut-ubal-lit II, a refugiarse en Jarán. Entonces, Necao II (610-594 a.C.), deseoso de frenar el auge babilónico, marchó a Carquemis para auxiliar al rey de Asiria. Cerca de Meguido, Josías trabó combate con el farón; Necao venció al ejército judaíta y acabó con la vida de Josías (609 a.C.). Enterrado el monarca en Sión, el pueblo ungió a Joacaz, hijo de Josías (2Re 23,30). Necao fracasó en el empeño de salvar Asiria, pero acantonó sus tropas en Carquemis y dominó la región Siro-palestina; Judá quedó sometido a la vara faraónica. Cuando Joacaz llevaba tres meses en el trono (609 a.C.), Necao le hizo comparecer en Riblá, le destronó e impuso al país una indemnización; después nombró rey a Eliaquín, hijo de Josías, cambiando su nombre por el de Joaquín (609-598 a.C.).

     El cambio de nombre certificaba el vasallaje de Judá ante Egipto. El faraón llevó a  Joacaz a Egipto, donde murió. Joaquín entregó el tributo al faraón; pero, para reunir el montante, impuso un gravamen al país (2Re 23,31-35). Cuando el tributo recayó sobre las espaldas del pueblo, la miseria inundó Judá (17,11). El rey se edificó un palacio (22,13-19), y se rodeó de cortesanos adictos (14,14-18).  Jeremías recriminó la liturgia pomposa, ciega ante la injusticia: “explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda” (7,6). Conocedor del trágico final del santuario de Siló, anunció la ruina del templo de Sion. Denunció el desdén del rey hacia los profetas que antaño alentaron la reforma de Josías, fustigó la mendacidad de los escribas, y embistió contra la idolatría (8,1-11,23). Alertó sobre la hipocresía de los judaítas provocada por el miedo ante los egipcios (9,7). Jeremías propuso como modelo de conducta el estilo de los recabitas: los herederos de Jonadab, hijo de Recab, que vivían en tiendas, signo de equidad social (35,1-19).

    La saña con que embistió contra los desmanes de Joaquín, desencadenó el furor de la corte; así Pasjur, mayordomo del templo, mandó azotar al profeta y lo metió en la cárcel (20,1). Jeremías, fiel a su vocación, lamentó la desgracia de Joacaz y exigió la decencia de Joaquín: “Tu padre (Josías) […] practicó el derecho y la justicia” (22,15). La respuesta de los sacerdotes, los profetas y la turba fue cruel: “Eres reo de muerte” (26,8). Ante el tribunal, Jeremías desoyó la amenaza: “haced de mí lo que os parezca”, y exigió la coherencia ética: “enmendad vuestra conducta” (26,13.14). Algunos ancianos solicitaron el indulto, y Ajicán, hijo de Safán, impidió que la turba acabara con su vida (26,24).

    Las tropas babilónicas vencieron a los egipcios en Carquemis (605 a.C.). Tras la muerte de Nabopalasar (626-602 a.C.), Nabucodonosor II subió al trono babilónico (605-562 a.C.). Cuando el nuevo rey subyugó Filistea (604 a.C.), Joaquín rompió el vasallaje egipcio para someterse a Babilonia. Jeremías, alarmado por la decisión, dictó un discurso a Baruc, su secretario, para que lo leyera ante quienes iban al templo. El discurso recogía, por una parte, la  reflexión del profeta sobre la situación del país; y, por otra, proclamaba la exigencia ética: “A ver si […] abandona cada cual su mala conducta” (36,7). Atónitos por la proclama, algunos nobles conminaron a Jeremías y Baruc a buscar refugio ante la amenaza de la corte. No obstante, informaron al monarca del contenido del escrito; el escriba Jehudí lo leyóen la sala del trono. A medida que Joaquín escuchaba el escrito, arrancaba las páginas y las arrojaba al fuego. Tras la lectura, Joaquín ordenó la detención de Jeremías y Baruc, pero no pudo encontrarlos.


    La obsesión de Joaquín por conservar el cetro ponía en jaque el futuro de Judá. La historia confirmó el presagio de Jeremías. Nabucodonosor fracasó en la conquista de Egipto (601 a.C.); entonces Joaquín, después de tres años de sumisión babilónica (604-601 a.C.), hincó la rodilla ante el faraón. El emperador, dolido de la afrenta, desplegó bandas de salteadores contra Judá. A finales de 598 a.C., Nabucodonosor embistió contra Judá; en el fragor de la confusión, murió Joaquín y Jeconías ciñó la corona (22,18; 36,30).

sábado, 2 de septiembre de 2017

¿DÓNDE NACIÓ JEREMÍAS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


La vida de Jeremías transcurrió entre el ocaso de Asiria y el triunfo de Babilonia como potencia indiscutida. Jeremías convivió con la reforma del rey Josías (622 a.C.), vivió la caída de Jerusalén 
bajo la espada de Nabucodonosor, contempló la deportación a Babilonia (597.587.582 a.C.), y sufrió el exilio en Egipto, donde murió.


2.1. Jeremías y la reforma de Josías.

El dominio asirio sobre Judá determinó que Josías solo pudiera emprender verdaderamente la reforma cuando murió Asurbanipal, y el imperio entró en la crisis final (627 a.C.). La reforma contó con la ayuda de la profetisa Juldá (2Re 22-23). La Escritura sitúa la promulgación de la reforma y la celebración de la Pascua en el año dieciocho de Josías (622 a.C.). Antes de que Josías promulgara la reforma y celebrara la Pascua, entra en liza Jeremías; así lo certifica el encabezamiento del libro: “vino la palabra del Señor sobre él (Jeremías) en tiempos de Josías […] el año decimotercero de su reinado” (1,1); así Jeremías deja oír su voz en el año 627 a.C., cuando fallece Asurbanipal y Josías puede entreabrir la puerta de la reforma.

    Si Jeremías comenzó su ministerio en el año 627 a.C., debió nacer, según la opinión de los comentaristas, hacia el año 650 a.C. No obstante, la profecía pone en labios del Señor una vinculación entre la vocación de Jeremías y su nacimiento: “Antes de formarte en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te constituí profeta de las naciones” (1,5; ver: 15,10; 20,14-18); desde esta perspectiva, el nacimiento del profeta habría tenido lugar en el año mismo de su vocación: 627 a.C. Considerando la perspectiva pedagógica, propia de un Manual, entenderemos que el año 627 a.C. constituye la fecha en que Jeremías pudo iniciar el ministerio profético; así, su nacimiento habría tenido lugar por el año 650 a.C.[1]  El significado del término “Jeremías” es objeto de debate, puede significar: “el Señor puso el fundamento”, o “el Señor exalta”, quizá “el Señor ha liberado el seno”; sea cual sea el significado, el nombre subraya la actuación de Dios en la vida del profeta.

    Jeremías nació en Anatot (1,1). ¿Qué importancia tiene el lugar de nacimiento? La ancianidad de David contempló como dos príncipes se disputaban el trono: Adonías, hijo de Jaguit, y Salomón, hijo de Betsabé. Adonías contaba con el apoyo de Joab, jefe del ejército, y del sacerdote Abiatar; mientras Salomón, requirió la ayuda del sacerdote Sadoc, de Benaías, y del profeta Natán. La astucia de Natán determinó que David designara rey a Salomón. El nuevo rey asesinó a Adonías por la espada de Benaías y desterró a Abiatar y su séquito a Anatot; Sadoc asumió la jefatura sacerdotal en lugar de Abiatar (1Re 1-2). Abiatar pertenecía a una saga sacerdotal relevante: era hijo de Ajimélec, hijo de Ajitub, descendiente de Elí, cabeza del santuario de Siló. Su linaje había sufrido la persecución, pues cuando el templo de Siló fue destruido, los sacerdotes se refugiaron en el santuario de Nob; más tarde, Saúl mató a los sacerdotes de Nob, sólo escapó Abiatar que encontró cobijo junto a David (1Sam 4,12-17; 22-23). Los ancestros de Jeremías habían acompañado a Abiatar al exilio de Anatot; así pues, el profeta conocía el antiguo sacerdocio de alcurnia (Abiatar), sabía del dolor de la opresión (Siló) y del destierro (Anatot). El destierro en Anatot marcó la mentalidad de Jeremías; por eso, cuando hablaba de la injusticia y del exilio, lo hacía desde la experiencia personal que había tronchado la historia de su familia.

    La Escritura narra, desde el prisma teológico, la vocación de Jeremías; la vocación sembró en su corazón el ansia por la justicia y el reconocimiento de la dignidad de los débiles (1,4-19). Cuando Jeremías inició su ministerio, su afiliación a la saga de Abitar debió suscitar recelos entre los sacerdotes de Jerusalén, descendientes de Sadoc, y con la corte, vinculada a Josías, descendiente de Salomón, asesino de Adonías. La distancia entre Jeremías y los dignatarios de Josías quizá determinó que los criterios del profeta fueran poco apreciados durante el tiempo en que Josías inauguraba la reforma (1,6).

    Sin embargo, Jeremías apoyó la tarea de Josías; en palabras del profeta, el monarca “practicó la justicia y el derecho; por eso todo le iba bien; defendió a pobres y desvalidos” (22,15-16). Jeremías no define al soberano por la magnificencia de su palacio, sino por su empeño por la justicia; así recoge el testigo de los profetas antiguos (Amós, Oseas). Ahora bien, el apego de Jeremías a la reforma suscitó el recelo entre sus paisanos de Anatot (11,21-23); pues la reforma había eliminado los santuarios locales para centrar el culto en Sión. Seguramente, los descendientes de Abiatar oficiaban en Anatot, por eso la supresión del santuario encendió su furia contra Josías, ira que debió alcanzar a su paisano Jeremías.
 
    Josías proclamó solemnemente los principios de la reforma, el “libro de la Alianza” (2Re 23,1-3). La reforma implicaba la recuperación de la identidad nacional, la purificación religiosa (2Re 23,14), la lucha por la justicia y la defensa de los pobres (22,15-16). Josías también planeó implantar la reforma en el territorio del antiguo Israel, eliminó los santuarios idolátricos y veneró la memoria del hombre de Dios y el profeta de Samaría (2Re 23,15-20). No obstante, la sagacidad de Jeremías intuyó las grietas del auge innovador, a saber, el malestar entre los sacerdotes de los altozanos que Josías trasladó a Jerusalén, la guerra entre el país del Nilo y los imperios del Eúfrates, y la actitud acomodaticia de algunos profetas. Por eso, alertó de la amenaza babilónica y egipcia, censuró la conducta mendaz de sacerdotes, profetas y cortesanos, y fustigó la injusticia enmascarada por el culto pomposo (2,1-6,30).





[1] . Sobre el nacimiento de Jeremías: J. M. ÁBREGO DE LACY, “Jeremías” en  LA CASA DE LA BIBLIA, Comentario al Antiguo Testamento vol.II (Madrid: Atenas, PPC, Sígueme, Verbo Divino, 1997) 111-112.

lunes, 24 de julio de 2017

VOCACIÓN DE JEREMÍAS Jr 1,1-9







  
                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


La sección comienza con el “Epígrafe” para señalar cuatro cuestiones (1,1-4). En primer lugar, adscribe a Jeremías el contenido del mensaje profético, pues la profecía comienza mencionando las “palabras de Jeremías” (1,1), mientras la penúltima sección concluye cerrándolas: “hasta aquí las palabras de Jeremías” (51,64). En segundo término, recalca que la predicación no procede de la iniciativa de Jeremías, sino de la determinación de Dios que le constituye como profeta; por eso, el calado de las “palabras de Jeremías” debe interpretarse desde “la palabra del Señor que vino sobre él (Jeremías)”; Jeremías es el profeta elegido por Dios para proclamar el mensaje divino en la sociedad de su tiempo.

    En tercer lugar, el “Epígrafe” adscribe la ascendencia de Jeremías, “hijo de Jilcias, uno de los sacerdotes de Anatot”. Así recuerda el oprobio de sus ancestros desterrados a Anatot; Jeremías está forjado desde sus orígenes en el sufrimiento, de ahí su confianza en Dios y su solidaridad con quienes padecen. En cuarto lugar, sitúa el misión de Jeremías en el entramado histórico: “el año decimotercero de su reinado (de Josías) […] hasta la deportación de Jerusalén en el quinto mes”; y en el ámbito geográfico: Anatot y Judá. Más adelante, e libro también señalará su relación con los deportados (c. 29) y su penar en Egipto (40,1-45,5); en definitiva, las palabras de Jeremías plasman la voluntad divina en una época adversa de la historia de Judá.

    A continuación, figura el relato de la “vocación de Jeremías” (1,4-19). Aunque el profeta narre el suceso, la triple rúbrica, “oráculo del Señor” (1,8.15.19), subraya la iniciativa divina en la vocación. El episodio se enmarca en el diálogo entre Dios y el profeta, acompañado de dos visones que sugieren la misión de Jeremías; la presencia de prosa y poesía preludia la textura poética y narrativa del libro. Cuando el Señor elige a Jeremías antes de que se formara en el seno materno, subraya que la vocación brota de la iniciativa divina; y cuando lo consagra y constituye profeta de las naciones, establece que su ministerio trascenderá el ámbito judío para llegar al mundo pagano. Al escuchar la llamada, el profeta tiembla; como Moisés, no sabe hablar, y como Samuel, es un niño (Éx 4,10; 1Sam 3,19). Sin duda, las fuerzas humanas son insuficientes para coronar el proyecto divino; por eso el Señor sentencia: “yo estoy contigo para librarte”; el auxilio divino sostendrá al profeta, por eso irá donde el Señor le envíe para proclamar la palabra (1,2).

    Después, el Señor extiende su mano, alegoría de su poder, para tocar la boca del profeta y poner sus palabras en su boca; pues los profetas son la “boca de Dios” entre su pueblo (ver Is 40,5). El don de la palabra expresa la autoridad que Dios le concede sobre pueblos y naciones para “arrancar y arrasar […] reedificar y plantar”; por eso Jeremías arremeterá, en nombre de Dios, contra la idolatría para arrancarla con intención de plantar la justicia. La tarea será ardua; por esa razón el Señor, valiéndose de la visión del almendro, promete su auxilio. El término “almendro” significa en hebreo “el árbol que vela”; durante el invierno, los árboles sin flores ni frutos parece que duermen, pero el almendro, con sus flores abiertas, vela el sueño de los otros árboles. Jeremías hablará al pueblo anclado en el invierno de la fe, carente de justicia como los árboles sin frutos. Aterido en el invierno de la idolatría, el pueblo desdeñará al profeta, pero no lo abatirán porque el Señor, metáfora del almendro, velará por Jeremías.


    A continuación, Dios muestra al profeta la olla hirviendo que se derrama desde el norte; la metáfora augura la fiereza babilónica contra Judá. El profeta debe prepararse ante el envite, “ceñir sus lomos”, para soportar la adversidad cuando proclame que el ataque es el castigo divino contra la malandanza del pueblo (c. 29). El Señor ha elegido y consagrado al profeta, pero se nuestra exigente: Jeremías, protegido por Dios, no debe temer, pero si sucumbiera y dejara de predicar, el Señor arremetería contra él. Cuando el Señor le convierte en plaza fuerte, columna de hierro y muralla de bronce, le hace testigo de su voluntad entre reyes, príncipes, sacerdotes y pueblo, ajenos a Dios y adeptos de los ídolos. Aunque el Señor augura un ministerio difícil, asegura la victoria del profeta: “no te podrán porque yo estoy contigo para librarte” (1,19; Gén 39,3).