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martes, 9 de febrero de 2021

TERNURA

 

                                                       Francesc Ramis Darder

                                                       bibliayoriente.blogspot.com

 

El Señor envió al profeta Jeremías al taller del alfarero para que viera la delicadeza del artesano para modelar vasijas. De pronto, un cuenco se rajó en el torno, pero el alfarero no lo desechó, recomenzó la obra con el mismo fango. Entonces, dijo el Señor: “Como está la arcilla en manos del alfarero, así estáis vosotros en mis manos, pueblo de Israel” (Jr 18,6). La metáfora sugiere la espiritualidad del Antiguo Testamento: Dios, el alfarero, tiene nombre propio, el Señor; la bondad y la misericordia evocan las manos de Dios que, como buen artesano, modela a su pueblo; la arcilla simboliza la identidad de Israel, el pueblo de Dios; mientras el torno insinúa la historia humana, el escenario donde el Señor cincela su comunidad.

 

    Ahora bien, ¿qué aspecto desea conferir a su pueblo? El libro de Isaías ofrece la respuesta: “Así dice el Señor […] el que te formó, Israel […] que creé para mi gloria” (Is 43,1-7). Cuando el Señor, eco del alfarero, modela Israel no forma una comunidad cualquiera, sino al pueblo que refleja la gloria de Dios en la sociedad humana.

 

    Las manos con que Dios configura Israel son espirituales; así lo subraya el libro del Éxodo: Dios clemente y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Ex 34,6). En hebreo, la palabra “misericordia” señala “el seno materno”; y en sentido metafórico, alude al sentimiento amoroso que vincula a las personas por lazos de sangre o de corazón, como la madre y el padre con sus hijos, o a un hermano con otro.

 

    Aunque el Señor quiere modelar a su pueblo, Israel es reacio a la misericordia divina. Así lo lamentó el Señor ante Moisés: “¿Hasta cuándo este pueblo se negará a creerme después de todos los prodigios que he realizado en su presencia?” (Nm 14,11). Sin embargo, Moisés intercedió ante el Señor: “Perdona el pecado de este pueblo por tu gran misericordia”; y Dios respondió: “Le voy a perdonar como tú dices” (Nm 14,19-20). La clemencia representa la constancia de Dios por modelar al pueblo que rechaza su caricia, manifiesta la “paciencia” de Dios por tornear Israel a su imagen y semejanza.

 

    Ahondando en la cuestión, el Señor también es “fiel” y “lleno de amor”. Como sabemos, la decisión de amar a alguien entraña el compromiso de buscar su bien. Así lo manifestó Dios a su pueblo en el desierto: “El Señor  […] os eligió […] no porque fuerais más numerosos que los demás pueblos […] sino por el amor que os tiene” (Dt 7,7-8). Cuando la Escritura sentencia que Dios ama con fidelidad, certifica que es posible fiarse siempre de su bondad. Misericordia y clemencia, amor y fidelidad son las manos con que Dios modela a su pueblo para convertirlo en testigo de la bondad divina en la sociedad humana.

 

    No obstante, tanto el alfarero como el Señor topaban con el mismo problema: si el fango no está húmedo, se desgarra y se rompe. ¿Qué simboliza la sequedad del fango? La sequedad ilustra la desgracia del hombre seducido por los falsos dioses (Is 1,28).

 

    Cuando queremos saber quienes son los falsos dioses, escuchamos el  Deuteronomio: “Cuando el  Señor, tu Dios, te introduzca en esa tierra buena [...] no te olvides del Señor tu Dios [...] cuando se multiplique tu ganado, tu plata, tu oro, y todos tus bienes, que no se engría tu corazón y te olvides del Señor […] Y no digas: ‘Con mis propias fuerzas he conseguido todo esto’. Acuérdate del Señor; él es quien te ha dado la fuerza” (Dt 8,7-18). Los falsos dioses son tres, a saber, el afán de poder: “con mis propias fuerzas he conseguido todo esto”; el ansia por acaparar bienes sin medida: “cuando se multiplique tu ganado”; y el engreimiento por aparentar lo que no somos: “Y no digas”.

 

    La idolatría consiste en huir de las manos de Dios para entregarse al poder, el tener y la apariencia; por eso la idolatría es pecado, pues aleja al hombre del regazo divino para destruirlo entre las garras de los falsos dioses. La idolatría acarrea la infelicidad, pues por mucho que medremos, siempre hay alguien más poderoso, más pudiente y con más prestancia que nosotros; esta infelicidad se denomina en la Biblia “sequedad”, la consecuencia del pecado que deshace el alma de cualquier persona.

   

    Ahora bien, la huella del pecado y la impronta de la misericordia divina no pesan igual en el aspecto del ser humano, lo crucial es el reflejo del amor de Dios y no las heridas del  pecado. Cuando el fango reseco se rompía, el alfarero no lo desechaba, volvía a transformarlo en un vaso mejor (Jr 18,1-10). Cuando Israel huía de Dios para abrazarse a los ídolos, quedaba seco; pero el Señor no lo abandonaba, le perdonaba para devolverle la vida. Al parangonar la historia de Israel con nuestra vida, podemos mirar los golpes del pecado desde la perspectiva divina, pues a los ojos de Dios incluso las marcas del pecado son el contraluz del perdón que nos ha concedido.

 

    La ternura y la misericordia de Dios modelaron la historia de Israel y cincelan la vida cristiana. Quien opta por el amor vivirá siempre en las manos del Señor, el Alfarero de la Vida: “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón no descansará hasta que repose en ti” (s. Agustín).


martes, 5 de enero de 2021

¿QUÉ SIGNIFICA PENSAR?

 

                                                                             Francesc Ramis Darder

                                                                             bibliayoriente.blogspot.com

 

Como sugiere la Escritura, la capacidad de pensar implica el esfuerzo por adoptar el estilo de vida propio del profeta y del sabio. Veámoslo.

 

    En el ámbito cultural mesopotámico, las leyes asirias llamaban la atención por su crueldad, la aplicación feroz de la pena de muerte y la presencia de los castigos vicarios; este último aspecto es curioso, prevé que un inocente cumpla la pena del culpable. El pueblo hebreo inspiró su legislación en las leyes mesopotámica, pero cambió la raíz del planteamiento. El AT reduce la pena de muerte al mínimo, pues la pena capital, habitual en la antigüedad, está muy mitigada. Además, dulcificó la dureza del castigo; impidió que el inocente cumpliera la condena del culpable y prohibió los sacrificios humanos.

 

   La dureza de la legislación asiria parecía querer eliminar la vida. En cambio, las leyes israelitas favorecía la vida en todos los aspectos; por eso los profetas exigían que la ley fomentara el bienestar y la vida comunitaria. Amós advierte que la riqueza de unos pocos arroja al pueblo en la miseria, por eso demanda la justicia para obtener una existencia digna para todos (Am 8,4-14); de modo análogo, cuando Oseas percibe la insolidaridad social, reclama la misericordia (Os 1-3). En definitiva, los profetas exigen la promoción social y humana del pueblo; así siembran la vida, pues promueven la justicia, la misericordia, el perdón y la esperanza.

 

    En contraposición a la cultura mesopotámica, el mundo de las leyes; Egipto aparece  como el país de los sabios. Todo egipcio quería poseer una elocuencia deslumbrante para convencer a hombres y dioses de cualquier idea. La obra literaria más conocida es el “Libro de los Muertos”. Los hebreos aprendieron la sabiduría egipcia, pero recalcaron un aspecto decisivo. La sabiduría no solo consistía en la “elocuencia deslumbrante”, debía desarrollar la “responsabilidad” ante la vida. La sabiduría bíblica implica el esfuerzo del hombre por acrecer sus virtudes y atemperar sus defectos para alcanzar la madurez personal y la armonía social; así la sabiduría se convierte en el arte de ser profundamente humano (Ecl 3,1-8).

 

    Saber pensar implica adoptar el estilo de vida del sabio y del profeta. A la luz de los sabios, significa actuar con responsabilidad ante la vida, desarrollando las virtudes y corrigiendo las carencias personales y sociales. A tenor de los profetas, requiere el compromiso en la promoción de la vida, sembrando la justicia, la fe y la misericordia.

 


domingo, 13 de septiembre de 2020

¿QUIÉN ES EL HOMBRE NUEVO?

 


                                                                                 Francesc Ramis Darder

                                                                                 bibliayoriente.blogspot.com



.¿Qué significa la locución “hombre nuevo”?

Ahora bien, ¿en qué consistía la identidad del hombre nuevo? Con intención de responder, debemos sondear el AT por cuanto concierne al concepto de “creación (br’)”. El AT refiere la raíz “crear (br’)” exclusivamente a la actuación divina; el hombre “hace” y “fabrica” (Is 44,9-20), pero solo Dios “crea (br’)” (Gn 1,1).

    Adoptando un aspecto de la teología de la creación, la profecía de Isaías refiere el estado del pueblo que, sumido en la idolatría, estaba abocado a la extinción. En plena indigencia, el Señor dice a su pueblo: “No temas”; luego increpa a los ídolos, ocultos bajo la mención de los puntos cardinales: “Diré al Norte […] y al Sur […] Haz venir a mis hijos desde lejos, y a mis hijas del extremo de la tierra, a todos los que llevan mi nombre, a los que creé (br’) para mi gloria, a los que he hecho (hyh) y formado (ytsr)” (Is 43,1-7). Conviene recalcar que el término “formado (ytsr)” perfila también la manera en que una madre modela al hijo en su seno (cf. Is 44,2); de ese modo, la profecía certifica que Dios no crea a golpes a su pueblo, lo modela con la ternura de una madre. En definitiva, el texto isaianao muestra como el Señor crea, hace, y forma a su pueblo, con amor maternal.

     Una vez que el Señor ha creado, hecho y formado a su pueblo, continúa reseñando la profecía, la asamblea deja de ser un enjambre sordo y ciego, eco de la opresión idolátrica (Is 42,15-25), para convertirse en la comunidad que da testimonio de la bondad divina ante las naciones; así dice el Señor respecto de la comunidad que ha creado: “Vosotros sois mis testigos” (Is 43,8-15).

      De ese modo, la profecía entiende el proceso de “creación (br’)” como la “relación nueva” que Dios establece con su pueblo, gracias a la cual el pueblo percibe su identidad desde la relación gratuita y amorosa que Dios ha establecido con la comunidad. Volvamos al ejemplo anterior. La comunidad hebrea estaba sumida en el abatimiento porque fundaba su identidad en la relación que mantenía con los ídolos, aludidos tras la mención del Norte y del Sur; entonces, el Señor lo arranca de la relación que mantiene con los fetiches para establecer con la asamblea una relación nueva con la que el pueblo deja de ser un enjambre que deambula en el sinsentido para convertirse en la comunidad que proclama la gloria de Dios entre las naciones. En síntesis, Israel deja de ser un “pueblo idólatra” para convertirse en un “pueblo nuevo” gracias a la relación, entendida como “creación”, que Dios ha establecido con él.

     Como señala el NT, ápice de la Antigua Alianza, la Iglesia constituye el Israel de Dios (Gal 6,16), acrisolado en el AT. Así pues, cuando alguien, judío o pagano, se adhería a la Iglesia, depositaria de la autoridad (exousia) de Jesús (Mt 28,18-19), nacía como “hombre nuevo (kaine)” (Ef 4,24). Así, tanto judíos como paganos, adheridos a Jesús, alma de la Iglesia, pueden confesar: “Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos” (Ef 2,10); de modo más abreviado: “revestíos del hombre nuevo, creado según Dios” (Ef 4,24b).

     Desde este horizonte, la mención del hombre nuevo no alude a un simple amejoramiento personal, implica una “creación nueva” del ser humano (Gal 6,15). Recogiendo el significado del término creación, el NT certifica: “el que está en Cristo es una creación nueva; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2Cor 5,17). En este mismo sentido, proclama el apóstol Pablo: “para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21). Sin duda, después de la conversión, el sentido de la vida de Pablo ya no reposaba en la espera de un Mesías futuro ni en la acérrima defensa del judaísmo, sino en “Aquel […] que le ha revelado a su Hijo para que lo anuncie entre los gentiles” (Gal 1,15-16). Desde esta óptica, Pablo es un “hombre nuevo”, pues su vida reposa en Cristo y se orienta hacia la proclamación de Cristo. ¡Esa era la identidad del “hombre nuevo” modelado a imagen de Jesús en el torno de la Iglesia!

 

                                          

sábado, 11 de abril de 2020

DIOS Y CORONAVIRUS




                                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                                   bibliayoriente.blogspot.com



Homilía pronunciada por P. Rainiero Cantalamessa OFMc en la Basílica Vaticana durante la celebración litúrgica del Viernes Santo



"Dios participa en nuestro dolor para vencerlo", y en medio de tanto sufrimiento causado por esta pandemia, "es aliado nuestro, no del virus". Son las palabras del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. El fraile capuchino lanzó un mensaje contundente: "No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Construyamos una vida más fraterna, más humana y más cristiana". Compartimos la homilía completa.
Ciudad del Vaticano
La tarde del 10 de abril, Viernes Santo, día en el que la Iglesia recuerda la crucifixión y la muerte de Jesús, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en una solemne Basílica de San Pedro vacía, sin la presencia física de los fieles a causa de la pandemia del coronavirus que ha forzado el aislamiento de millones de personas en todo el mundo.
El encargado de pronunciar la homilía fue el padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia. A continuación, compartimos el texto integral.
San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen1. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da. 
Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos. Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5)

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí. ¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.
Y no sólo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo». Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano.
¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia». Ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!
Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.
Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. 
Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus! «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?
¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios "sufre", como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».
¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita. Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios». 
El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio» 5. Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado  el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.
De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).
Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario,  pero más rico en humanidad.
La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).
¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido 6. Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).
Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.
"Después de tres días resucitaré", predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!

viernes, 11 de mayo de 2018

MARÍA DE NAZARET



                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                   bibliayoriente.blogspot.com














domingo, 22 de abril de 2018

¿QUIÉN ES EL BUEN PASTOR?



                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspot.com



Durante el tiempo de Pascua celebramos solemnemente la presencia de Jesús resucitado entre nosotros; la presencia viva del Señor que guía nuestra vida con su ternura. Cada domingo del tiempo pascual, el evangelio contempla un aspecto de la manera en que Jesús resucitado acompaña nuestra vida. Hoy, el texto ha presentado a Jesús con el rostro del “Buen Pastor”, y a nosotros nos ha definido como las “ovejas” de su rebaño.

    En la época antigua, los reyes orientales se hacían llamar el “Buen Pastor” de su pueblo; a modo de ejemplo, una etapa de la historia de Egipto se conoce como el período de los “faraones pastores”. Los faraones eran “buenos pastores” en el sentido de que eran “buenos administradores” de su pueblo, trazaban caminos para favorecer el comercio, o equipaban un buen ejército. Ahora bien, lo que más interesaba a los “faraones pastores” era mantenerse en el trono, a costa de lo que fuese, por ello no dudaban en esclavizar al pueblo para aprovecharse de su trabajo. Como hacían los soberanos antiguos, Jesús asume el título de “Buen Pastor” de sus discípulos. Pero Jesús aplica al título “Buen Pastor” un sentido completamente distinto al de los monarcas antiguos; Jesús no es un pastor, de carácter administrador, que se aprovecha de sus ovejas, metáfora de los discípulos, sino que entrega la vida por ellas. Como dijo el Señor: “No he venido a ser servido, sino a servir y entregar la vida en rescate por muchos”. Jesús entrego su vida por amor para que nosotros aprendamos a amar con la profundidad que propone el evangelio.

    Si Jesús es el “Buen Pastor”, nosotros somos las ovejas de su rebaño. Hoy en día, llamar a una persona “oveja” es algo negativo, incluso parece un insulto; pero las cosas eran muy distintas en la época de Jesús. La población israelita comía carne pocas veces. Los rebaños de ovejas que pastaban por el campo no se dedicaban, mayoritariamente, al consumo humano; las ovejas eran, sobre todo, los animales sagrados que los judíos piadosos sacrificaban en el templo durante la plegaria. En la época de Cristo, la oveja era un animal de carácter religioso y sagrado, tan preciado que, como hemos dicho, era empleado para el culto del templo. Por tanto, cuando Jesús decía que sus discípulos eran sus ovejas, lejos de despreciarlos, hacía de ellos el mejor elogio, los contemplaba como a sagrados y dignos de estar al lado de Dios. Precisamente eso es un discípulo de Jesús, lo que debemos ser nosotros, las personas que Dios ha elegido para dar testimonio de la bondad divina en la sociedad en que vivimos.

    La relación de Jesús con sus ovejas, es decir con los discípulos, no es una relación anónima como la que tenían los faraones pastores con sus súbditos. Jesús establece una relación personal con todos nosotros, como dice el mismo Jesús: “Yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí”. Y aún añade para reforzar la profundidad de la relación, “tal como el Padre me conoce y yo conozco al Padre, yo reconozco a mis ovejas”; es decir, la relación amorosa que Jesús establece con el Padre tiene la misma intensidad que la que establece con los discípulos, representados por las ovejas. Cuando decimos que Jesús tiene hacia nosotros un amor sin límites queremos decir precisamente eso, que el amor de Cristo por cada uno de los cristianos es tan intenso como el que el mismo Cristo siente por su Padre. Un último aspecto, esta relación amorosa que Jesús establece con nosotros es del todo gratuita; dicho de otra manera, Jesús no nos ama porque seamos buenos, sino que nos ama a fin de que podamos ser del todo buenos. Así nos lo recuerda el evangelio: “Sed perfectos como vuestro padre del cielo es perfecto”.

    En este domingo del Buen Pastor roguemos al Señor que suscite vocaciones, que suscite buenas ovejas que, en la vida laical o en la vida consagrada, den testimonio ante el mundo del amor sin límites que Jesús siembra en el corazón de cada persona.   

lunes, 5 de marzo de 2018

¿CÓMO VIVÍAN LOS PRIMEROS CRISTIANOS?



                                                            Francesc Ramis Darder
                                                            bibliayoriente.blogspot.com


Como hemos señalado, el libro de los Hechos, continuación de Evangelio, expone como la Iglesia, morada de los discípulos de Jesús, compromete su existencia en la predicación del Evangelio por todo el mundo. Con este planteamiento, leemos el libro de los Hechos aunando dos perspectivas complementarias. Por una parte, los Hechos relatan como la Iglesia, animada por el Espíritu, va forjando su identidad como comunidad de los discípulos de Jesús; y por otra, el libro describe como la asamblea de discípulos va comprometiendo su existencia, impulsada también por el Espíritu, en el anuncio del Evangelio entre las naciones. Así pues, a medida que los cristianos van forjándose como discípulos de Jesús se fraguan como misioneros del Evangelio. Analicemos ambos procesos que, como hemos señalado, acontecen simultáneamente.

    Cuando leemos el conjunto del libro de los Hechos y observamos, con  especial atención, los episodios alusivos a primera comunidad cristiana (Hch 2,42-47; 4,32-35; 5,12-16), apreciamos que la Iglesia, sostenida por el Espíritu, emerge sobre cuatro pilares: celebración de la fe, comunión fraterna, misión evangelizadora, y tarea catequética.

a.Celebración de fe.

Durante la última cena, Jesús tonó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio a los apóstoles diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de la cena, hizo lo mismo con la copa diciendo: Esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros” (Lc 22,19-20). La actuación de Jesús no fue un gesto aislado, pues, como hemos leído, dijo a los apóstoles: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Por eso los apóstoles, como revela el libro de los Hechos, reiteraban entre los discípulos del Resucitado, adheridos a la comunidad, el acontecimiento de la Cena del Señor: “Todos (referencia a la comunidad cristiana) […] perseveraban en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). La locución “fracción del pan” alude, desde la perspectiva cristiana, a la celebración de la Eucaristía (ver: 1Cor 10,16; 11,24). La Eucaristía no se celebraba en el Templo de Jerusalén, sino en la casa particular de algún cristiano y, como sugieren los Hechos, estaba vinculada a la comida festiva: “partían el pan en las casas y compartían los alimentos con sencillez de corazón” (Hch 2,46; ver 1Cor 20-34).

    Junto a la celebración eucarística, los discípulos, en unión con los apóstoles, no dejaban de entonar oraciones (Hch 2,42.47). La tarea esencial de los Doce radicaba en la oración y el ministerio de la palabra (Hch 6,4); por eso enseñaban el arte de la plegaria a los discípulos que se adherían a la comunidad (Hch 4,24-30). Sin duda, la celebración de la Eucaristía, acendrada en la plegaria, asentaba en los cristianos la convicción de que eran discípulos de Jesús; es decir, les acrisolaba en la certeza de que el Resucitado estaba presente en el seno de la comunidad, a la vez que les alentaba a llevar una vida acorde con las pautas del Evangelio.

b.Comunión fraterna

La presencia del Resucitado, celebrada en la Eucaristía y palpada en la oración, determinaba la comunión fraterna entre los cristianos (Hch 2,42). Como sentencia el relato, “todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hch 2,44-45). El relato añade que no había entre ellos necesitados, quienes tenían hacienda la vendían y entregaban el montante a los apóstoles para que lo repartieran entre los desamparados; a modo de ejemplo, José, llamado también Bernabé, vendió un campo y puso el dinero a los pies de los apóstoles (Hch 4,36-37). Conviene precisar que la decisión de compartir los bienes no era fácil; pues, como atestigua el caso de Ananías y Safira, provocó también disensiones que el apóstol Pedro tuvo que afrontar (Hch 5,21-11). Ahora bien, a pesar de las dificultades, los cristianos aspiraron siempre a vivir en el ámbito de la comunión fraterna.

    Durante el siglo I, tanto judíos como griegos fundaban asociaciones cívicas para propiciar la solidaridad entre sus miembros. No obstante, los cristianos no se consideraban una simple asociación, sino una comunión fraterna (Hch 2,42); o sea, además de compartir los bienes, “el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo” (Hch 4,32). ¿De dónde nacía entre los cristianos tan gran empeño por “tenerlo todo en común”? Cuando el judío o el pagano abrazaban el cristianismo, descubrían en Jesús al único salvador que confería sentido a sus vidas (Hch 4,12), y como discípulos del Resucitado, experimentaban en la comunidad cristiana los parabienes del Evangelio (Hch 4,32.34); por eso quienes lo habían recibido “todo” de Jesús, no dudaban en ponerlo “todo” al servicio de la comunidad cristiana, presencia viva del Señor.

c.Misión evangelizadora

El fervor de la Eucaristía y la comunión fraterna cincelaban la identidad de los cristianos que, animados por el Espíritu, se lanzaban al anuncio del Evangelio. Los misioneros predicaban el hondón del cristianismo; oigámoslo, a modo de ejemplo, en palabras del apóstol Pablo: “Dios, según su promesa, suscitó en Israel un Salvador, Jesús […] pero los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús y […] sin haber hallado en él ningún delito […] pidieron a Pilato que lo matase […] pero Dios lo resucitó de entre los muertos […] sabed, pues, hermanos, que por él se os anuncia el perdón de los pecados. La salvación que no habéis podido alcanzar con la Ley de Moisés, la alcanza a través de él todo el que cree” (Hch 13,23-39). En definitiva, los discípulos proclamaban que la presencia de Jesús resucitado llenaba de sentido la existencia humana, a la vez que la vivencia del Evangelio hermanaba la comunidad con lazos de fraternidad. El primer anuncio que los discípulos dirigían a judíos o paganos para proponerles la verdad de Jesucristo recibe el nombre de “kerigma”; el término, anclado en la lengua griega, subraya la valentía y la convicción de los misioneros para proclamar la fuerza transformadora del Evangelio.

     Los apóstoles, “dedicados a la oración y al ministerio de la palabra” (Hch 6,1), priorizaban la tarea evangelizadora, pues “realizaban muchos  signos y prodigios en medio del pueblo” (Hch 5,12); los apóstoles también iban al Templo a predicar (Hch 5,21). A imitación de los apóstoles, los discípulos acudían al Templo de Jerusalén (Hch 2,46), pues, como antiguos judíos, tenían costumbre de ir el santuario: “Todos los creyentes se reunían en el Pórtico de Salomón” (Hch 5,12). El “Pórtico de Salomón” estaba en el patio mayor del Templo. Ahora bien, para los discípulos evocaba la presencia de Jesús, pues “Jesús (cuando predicaba) se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón” (Jn 10,23); así, la presencia de los discípulos en el Pórtico constituía la manera de dar testimonio de Jesús. Aunque nadie se atrevía a juntarse con ellos en público, “el pueblo, sin embargo, los tenía en gran estima” (Hch 5,13; 2,47); y, como el testimonio veraz siempre produce frutos (ver: Is 55,10-11), “una multitud de hombres y mujeres se incorporó el número de los que creían en Jesús” (Hch 5,14).

    Los discípulos se sabían mediadores de la actuación salvadora de Jesús por eso no atribuían a sus propios méritos el crecimiento de la comunidad, sino que lo adjudicaban a la voluntad del Resucitado: “El Señor agregaba cada día a los que se iban salvando al grupo de los creyentes” (Hch 2,47). El mismo Jesús había confiado a los apóstoles la evangelización del mundo: “Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Desde esta perspectiva, el libro de los Hechos expone como los discípulos, atentos el mandato de Jesús y alentados por el Espíritu, esparcen la semilla del Evangelio desde Jerusalén hasta Roma y desde allí hacia el mundo entero.

d.Tarea catequética

El primer anuncio del Evangelio atraía mucha gente a la comunidad cristiana, donde los nuevos discípulos celebraban la presencia del Salvador en la Eucaristía y vivían la comunión fraterna. No obstante, si los discípulos no ahondaban en el conocimiento de Jesús y en la meditación de la Escritura, su conversión podría reducirse a una cuestión sentimental o a una emoción pasajera. Por eso “todos ellos (alusión a la comunidad cristiana) perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), pues “los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima” (Hch 4,33). Como es obvio, la enseñanza de los apóstoles no se limitaba al aspecto teórico, pues “todos (eco de la comunidad cristiana) estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles” (Hch 2,43); de ese modo, los apóstoles instruían a la comunidad con la fuerza de la palabra de Dios y el testimonio de su conducta evangélica.

    Como hemos dicho, el primer anuncio cristiano recibe el nombre de “kerigma”, mientras la reflexión posterior para profundizar en el mensaje recibido se denomina “catequesis”. Aunque la dimensión catequética aparece tras la mención de la “perseverancia en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), los Hechos explicitan diversas situaciones en que la comunidad profundiza mediante la catequesis en el conocimiento del Evangelio. En el clima de la plegaria, Pedro y Juan catequizan a la asamblea mostrando que la vida de Jesús estaba desde siempre en manos de Dios (Hch 4,23-31). Ananías, cristiano de Damasco, debió instruir a Pablo después de su encuentro con el Señor en el camino (Hch 9,10-19). Pedro catequizó a la comunidad de Jerusalén sobre la necesidad, atestiguada por la voluntad divina, de bautizar a los paganos (Hch 11,1-18). El envío de discípulos eminentes para anunciar el decreto de la Asamblea de Jerusalén fue una ocasión de instrucción catequética para las comunidades (Hch 15,22-30). El estilo catequético aparece de nuevo en el discurso de despedida que Pablo dirige a los responsables de la comunidad de Éfeso (Hch 20,17-38); y, sin duda, en las palabras que el apóstol dirigía a quienes le visitaban cuando estaba preso en Roma (Hch 28,30-31).

lunes, 26 de febrero de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA CATEQUESIS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


El primer anuncio del Evangelio atraía mucha gente a la comunidad cristiana, donde los nuevos discípulos celebraban la presencia del Salvador en la Eucaristía y vivían la comunión fraterna. No obstante, si los discípulos no ahondaban en el conocimiento de Jesús y en la meditación de la Escritura, su conversión podría reducirse a una cuestión sentimental o a una emoción pasajera. Por eso “todos ellos (alusión a la comunidad cristiana) perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), pues “los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima” (Hch 4,33). Como es obvio, la enseñanza de los apóstoles no se limitaba al aspecto teórico, pues “todos (eco de la comunidad cristiana) estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles” (Hch 2,43); de ese modo, los apóstoles instruían a la comunidad con la fuerza de la palabra de Dios y el testimonio de su conducta.

    Como hemos dicho, el primer anuncio cristiano recibe el nombre de “kerigma”, mientras la reflexión posterior para profundizar en el mensaje se denomina “catequesis”. Aunque la dimensión catequética aparece tras la mención de la “perseverancia en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), los Hechos explicitan diversas situaciones en que la comunidad profundiza en la reflexión. En el clima de la plegaria, Pedro y Juan catequizan a la asamblea mostrando que la vida de Jesús estaba desde siempre en manos de Dios (Hch 4,23-31). Ananías, cristiano de Damasco, debió instruir a Pablo después de su encuentro con el Señor (Hch 9,10-19). Pedro catequizó a la comunidad de Jerusalén sobre la necesidad, atestiguada por la voluntad divina, de bautizar a los paganos (Hch 11,1-18). El envío de discípulos eminentes para anunciar el decreto de la Asamblea de Jerusalén fue una ocasión catequética para las comunidades (Hch 15,22-30). El estilo catequético aparece de nuevo en el discurso de despedida que Pablo dirige a los responsables de la comunidad de Éfeso (Hch 20,17-38); y, sin duda, en las palabras que el apóstol dirigía a quienes le visitaban cuando estaba preso en Roma (Hch 28,30-31).


domingo, 4 de febrero de 2018

LIBRO DE LOS PROVERBIOS



                                                                               Francesc Ramis Darder
                                                                               bibliayoriente.blogspot.com




  
            “El principio de la Sabiduría es la confianza en el Señor”.
                                                                                                                            (Prov 1,7).                       



1. Introducción general al Libro de los Proverbios.

    El título del libro aparece al inicio: “Proverbios de Salomón” (Pr 1,1). Los proverbios proceden de los refranes y en las sentencias populares surgidas de la vida cotidiana. Los sabios tomaron las sentencias y refranes pulieron el estilo y afinaron el significado. Los sabios confirieron a cada sentencia concisión y claridad; pero, sobre todo, supieron darle la aplicación precisa para cada circunstancia de la vida. Por tanto un proverbio es más que un simple refrán: Es una sentencia popular pulida por los sabios para que pueda aplicarse a las diversas situaciones de la existencia.

    El comienzo del libro afirma que su autor es Salomón (Pr 1,1), referencia que aparece de nuevo en Pr 25,1 con un matiz aclaratorio: “Más proverbios de Salomón, que copiaron los hombres de Ezequías, rey de Judá”. Algunos pasajes denotan otros autores: “Las palabras de los sabios”  (Pr 22,17), “sentencias de los sabios” (Pr 24,23), “palabras de Agur” (Pr 30,1), “palabras de Lemuel” (Pr 31,1). A lo largo del libro aparecen repeticiones (Pr 18,8 y 26,22; 19,24 y 26,15); y secciones diversas en cuanto al estilo literario: Pr 1-9 trata temas concretos, mientras Pr 10-29 anota un proverbio tras otro sin demasiada continuidad.

    Los proverbios muestran intenciones distintas: algunos instruyen (Pr 1,8-19), otros son proverbios numéricos (Pr 6,16-19) o alfabéticos (Pr 31,10-31), y alguno constituye un relato autobiográfico (Pr 24,30-34). Aparece también alguna semejanza con la sabiduría egipcia, concretamente entre Pr 22,17-23,14 y la Instrucción de Amenepomene.

    A partir de esos datos, los estudiosos extraen tres conclusiones:

    a. El libro de los Proverbios no ha nacido de la pluma de un solo autor, sino que es el resultado del trabajo de muchos maestros. Los jóvenes israelitas que se preparaban para desempeñar tareas importantes recibían una educación esmerada. Los maestros les transmitían conocimientos prácticos para resolver situaciones concretas. Durante generaciones los sabios fueron enseñando proverbios a sus alumnos, hasta que entre los siglos IV y III aC los pusieron por escrito en el libro de los Proverbios que nos ha llegado.

   b. Los autores del libro de los Proverbios deseaban que sus discípulos tuvieran una formación amplia. Por eso no dudaron en incluir proverbios de otras culturas: el fragmento Pr 22,17-23,14 procede de Egipto, mientras los palabras de Agur (Pr 30,1-9) y Lemuel (Pr 31,1-9) se originan en Masá.

    c. El rey Salomón ha pasado a la historia como prototipo de sabio. Así lo muestra el famoso juicio de Salomón (1Re 3,16-28) y la visita de la reina de Saba (1Re 10,1-13). Seguramente fomentó el cultivo de la sabiduría, pero Salomón no es el autor del libro de los Proverbios. La manera de entender la vida que emerge de los Proverbios pertenece a la mentalidad de los siglos IV-III aC., pero no corresponde a la forma de pensar propia de la época salomónica, el siglo X aC.

     Los sabios atribuyeron el libro a Salomón (Pr 1,1; 25,1) para realzar la importancia de la obra y fomentar su lectura. Esa forma de actuar es extraña para nuestra mentalidad, sin embargo los antiguos no deseaban engañar al lector. Creían que la obra era interesante y por eso la asignaban a Salomón, con lo cual conseguían más difusión y un interés mayor por parte de los lectores.


2. ¿Qué tipo de Sabiduría aparece en el libro de los Proverbios?

    La lectura atenta del libro dibuja cuatro aspectos de la Sabiduría. Veamos un pequeño retazo de cada una.


    * La Sabiduría como armonía del Universo.

       El libro de los Proverbios se nutre parcialmente de la sabiduría egipcia. Los habitantes del país del Nilo poseían una noción de la sabiduría amplia y rica. Detengámonos en el aspecto que ellos denominaban Maat. ¿Qué es la Maat?

     Utilizando un lenguaje catequético, diríamos que los egipcios comprendían el universo como si estuviera envuelto en un pañuelo. Este pañuelo no atenazaba el Mundo sino que le daba una configuración estable y precisa. Pongamos un ejemplo. Imaginemos que cogemos un puñado de arroz, lo dejamos caer en el centro de un pañuelo y después lo levantamos cogiéndolo por sus cuatro extremos. Nuestra mano sostendrá el pañuelo con los granos de arroz, y el pañuelo levantado con el arroz dentro adquirirá una forma abombada. Los egipcios comprendían el universo de una manera análoga, creían que el mundo estaba envuelto en un pañuelo. Y a ese pañuelo que otorgaba al mundo una forma concreta le llamaban Maat.

    Ahora bien, para los egipcios la Maat no era un simple pañuelo, sino una divinidad hija de un dios importante, el dios Ra. La Maat, el pañuelo envolvente, otorgaba al universo un orden, una estabilidad, en definitiva le confería armonía: el Sol salía cada día por el mismo sitio y el Nilo seguía siempre el mismo curso. Continuando con el vocabulario catequético, los egipcios creían que el dios Atón sostenía con su mano las cuatro puntas del pañuelo; es decir, sostenía a la diosa Maat que envolvía el Mundo dándole estabilidad y sentido. Los egipcios procuraban mantener un estilo de vida que siguiera las pautas, extremadamente ordenadas, que la diosa Maat confería al Universo.

    Los egipcios creían que llevando una vida armónica con los principios rectores del Universo serían felices; y pensaban que el desorden de la vida les acarrearía toda clase de calamidades.

    Los israelitas se inspiraron en la sabiduría egipcia. Pensaron que el universo estaba envuelto por una especie de pañuelo que le otorgaba consistencia. Pero establecieron una diferencia crucial. Los israelitas nunca pensaron que el pañuelo fuera la diosa Maat, ni siquiera creyeron que fuera otro dios. Israel percibió que el Universo se desenvuelve con un orden: tras la noche clarea el día y tras el invierno florece la primavera. Y afirmaron que ese orden no es ningún dios sino una criatura llamada Sabiduría (Pr 8,22). Creían que el Señor creó al principio la Sabiduría para envolver simbólicamente el Mundo, como un pañuelo, confiriéndole armonía (Pr 8,22).

    El sabio israelita se esforzaba para que su vida transcurriera en consonancia con la Sabiduría que ordenaba el Universo. El necio impedía que su vida se desarrollara siguiendo las pautas de la armonía universal. Por eso afirma de ambos el proverbio: “Los labios del justo guían a muchos, los necios mueren por falta de seso” (Pr 10,21).


* La Sabiduría práctica enriquece al hombre y a la sociedad.

    La observación de la naturaleza y de la vida cotidiana llevó a los sabios a preocuparse por adquirir la sabiduría útil que enseñaban a sus discípulos. Advertían contra la arrogancia (Pr 9,7-12), invitaban a la disciplina (Pr 13,1), sugerían la amabilidad (Pr 15,1), incitaban al esfuerzo (Pr 14,23), evitaban la discordia (Pr 17,1), prevenían sobre los excesos del vino (Pr 20,1), adiestraban a escuchar (Pr 22,17), reclamaban la necesidad de vivir el presente (Pr 27,1).

    Todos esos esfuerzos pretendían conseguir un orden social humano. Una sociedad en la que cada persona pudiera desarrollar sus cualidades humanas. El sabio respeta a sus padre (Pr 1,8), atiende al prójimo (Pr 3,28), previene contra los falsarios (Pr 6,12), exige la justicia (Pr 10,2), defiende al inocente (Pr 18,5), y protege al pobre (Pr 22,22).

     En definitiva, los Proverbios enseñan a todos a ser humana humanizando la sociedad. Por eso los sabios no escatiman esfuerzos para adquirir sabiduría. No dudan en gastar su fortuna a cambio de enseñanza (Pr 4,5), aceptan la instrucción paterna (Pr 4,1) y se esfuerzan en aprender (Pr 4,13).


* La Sabiduría como vivencia del Temor de Dios.

    Los sabios percibieron que la Sabiduría no se agotaba en un cúmulo de conocimientos prácticos y eficaces. Los sabios entendieron que la auténtica sabiduría nacía del temor de Dios: “El principio de la Sabiduría es el temor del Señor” (Pr 1,7).

     El temor del Señor no consiste en un sentimiento de pánico ante la divinidad. El temor de Dios conlleva dos cosas. Por una parte implica confiar en el Señor en toda circunstancia; y, por otra, tomarse a Dios en serio. Teme al Señor quien sabe que Dios es a la vez generoso y exigente. Generoso porque perdona y acompaña siempre, y exigente porque impulsa nuestra nuestra vida a crecer en humanidad y solidaridad.

     El sabio no se limita a conseguir una vida armónica según el orden del mundo. El verdadero sabio desea que su corazón palpite al mismo ritmo que el corazón de Dios; y el corazón de Dios, metafóricamente, late al ritmo de la bondad y la misericordia. No hay auténtica sabiduría sin apertura a la trascendencia. Nada humano es ajeno al sabio, porque a Dios nada humano le es extraño.

    Quien teme al Señor alarga la vida (Pr 10,27) no sólo en el tiempo sino en profundidad y plenitud. El temor de Dios da seguridad (Pr 14,26), otorga la Sabiduría (Pr 15,33), evita el mal (Pr 16,6) y llena la vida de sentido (Pr 19,23). Por eso la Sabiduría no se adquiere sólo con la instrucción, sino que debemos pedirla al Señor que la concede en abundancia: “El Señor concede la Sabiduría y de su boca brotan saber y prudencia” (Pr 2,6). Contemplado desde la perspectiva del temor de Dios, el libro de los Proverbios deviene un libro de plegaria. La petición serena de que Dios colme con su Sabiduría los azares de nuestra vida.


* La Sabiduría Personificada.

   Los israelitas entendieron la Sabiduría, metafóricamente, como el pañuelo que envolvía el Mundo dándole sentido. Seguidamente percibieron que perseverar en el camino de la Sabiduría les enriquecía en humanidad y solidaridad. Después comprendieron qué sólo el temor del Señor podía regalarles la Sabiduría. Con el transcurso del tiempo intuyeron que la Sabiduría podría ser algo más que una enseñanza profunda, y llegaron a personificarla.

    La Sabiduría no era ya un concepto, sino una mujer, una dama a la que podríamos llamar “Doña Sabiduría”. Tomaba de la mano a quien se dejaba seducir y le conducía por la senda del temor del Señor. Le aleccionaba en humanidad y solidaridad, le enseñaba a contemplar la armonía del Universo, y le confería el saber práctico con que desenvolverse (Pr 8,22-31). De ese modo “Doña Sabiduría” otorga la madurez y el sentido común (Pr 1,22), enseña la prudencia (Pr 8,5), habla con sinceridad (Pr 8,8), concede experiencia (Pr 8,6). Como si fuera un profeta, fustiga el comportamiento de quienes la rechazan (Pr 1,20-33), y alegra a quienes la eligen (Pr 8,17-21; 9,4-6).

    Al personificar la Sabiduría, los maestros israelitas extremaron su prudencia. Advirtieron cómo la gente tendía a divinizar la Sabiduría convirtiéndola en una diosa semejante a la Maat egipcia. Los sabios entendieron que la existencia de un solo Dios es incompatible con la presencia de una diosa; y enseñaron que la Sabiduría no era una divinidad sino una criatura. Por eso “Doña Sabiduría” se presenta así: “El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas” (Pr 8,22). Para entender este verso agucemos la imaginación con un ejemplo catequético.

     Supongamos que el Universo consiste en la página escrita de un cuaderno. Pues bien, antes de crear el Universo, antes de redactar el texto, el Señor quiso trazar las líneas de la página para que las frases escritas aparecieran rectas. Las líneas de la página representan la Sabiduría, y el texto que el Señor redacta sobre las líneas simboliza el Universo. El Señor crea primero las líneas, la Sabiduría; y sobre ellas escribe el texto, el Cosmos.  Por eso al contemplar la naturaleza con los ojos de la fe percibimos la presencia de Dios que la trasciende; la armonía del universo contemplado desde la fe delata las “líneas” trazadas por Dios.

    Los capítulos 1-9 presentan a “Doña Sabiduría” guiando a quien se deja fascinar por ella. En contraposición a “Doña Sabiduría”, los mismos capítulos personifican la necedad. Lo hacen mediante la figura de otra dama: “Doña Necedad” (Pr 9,13-17). “Doña Necedad” es atrevida y frívola (Pr 9,13), y llama a los que pasan junto a ella (Pr 9,15) para precipitarlos en el abismo de los muertos (Pr 9,18).

    Notemos la sagacidad del libro de los Proverbios. No sólo nos alienta a dejarnos seducir por “Doña Sabiduría”, sino que nos advierte de las garras de “Doña Necedad”. Leeremos y comentaremos un texto que nos anime a dejarnos conducir por “Doña Sabiduría” (Pr 3,1-12), y otro que nos advierta de los peligros de “Doña Necedad” (Pr 9,13-18).


3.  “Doña Sabiduría” nos conduce por el camino de la Vida (Pr 3,1-12).

a. Lectura del texto: Pr 3,1-12.

    Hijo mío, no olvides mi enseñanza,
            guarda mis preceptos en tu corazón;
    pues te traerán días sin cuento,
            años de vida y paz.
    No dejes que te abandonen el amor y la fidelidad;
            átalas a tu cuello, grábalas en tu corazón;
    así tendrás aceptación y éxito
            ante Dios y ante los hombres.
    Confía en el Señor con todo tu corazón
            y no te fíes de tu inteligencia.
    Tenle en cuenta en todos tus caminos,
            y él enderezará tus sendas.
     No te las des de sabio,
            teme al Señor y evita el mal;
     será salud para tu carne
            y medicina para tus huesos.
     Honra al Señor con tu riqueza,
            con las primicias de tus ganancias;
      así tus graneros se colmarán de grano
            y tus lagares rebosarán de vino.
      Hijo mío, no rechaces la instrucción del Señor
            ni te enfades por su reprensión;
      pues el Señor reprende a quien ama,
            como un padre a su hijo predilecto.


b. Comentario: Pr 3,1-12.

     “Doña Sabiduría” desvela el sentido de la vida con delicadeza, por eso refiere a nosotros diciendo “Hijo mío” (Pr 3,1.11) y afirma: “no olvides mi enseñanza, guarda mis preceptos en tu corazón” (Pr 3,1). El Señor, por mediación de Moisés, tomó de la mano al pueblo hebreo, le liberó de la esclavitud de Egipto y le condujo hasta la Tierra Prometida. Cuando los israelitas estaban a punto de penetrar en Palestina, Moisés les habló de modo parecido al de Doña Sabiduría: “Guardad en vuestro corazón ... estas palabras ... y estos preceptos ...” (Dt 11,18-21).

     De la misma manera que el Señor eligió a Moisés para conducir a Israel hacia la tierra de promisión; escoge a la Sabiduría para orientar nuestra existencia hacia la vida plena representada por los “días sin cuento” (Pr 3,2). La profundidad de la vida no radica sólo en la duración sino en la intensidad con que se vive; por eso el texto añade “años de vida y paz”.

    Doña Sabiduría insiste en que guardemos sus preceptos y sus enseñanzas (Pr 3,1). El Señor, también, en el monte Sinaí, señaló preceptos y enseñanzas a su pueblo (Ex 20,1-Nm 10,11) que resumimos en esta frase: “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2). La santidad no consiste en el espiritualismo cándido; sino en la grandeza de permitir a la Sabiduría guiarnos hacia la plenitud humana y social. Los años de la vida son santos cuando implican el crecimiento humano y solidario de los hombres, y son de paz si propician la armonía para afrontar la existencia.

    Los sabios son maestros de vida y paz, de humanidad y solidaridad. Dicen: “Se voz del que no sabe hablar, y abogado de los abandonados; abre tu boca para dar sentencias justas, para defender al pobre y al desvalido” (Pr 31,9). Vivir en paz no supone sólo la ausencia de conflictos; necesita la justicia social y requiere la armonía en el interior de cada persona. La vida plena y la paz se conquistan con las armas que ofrece “Doña Sabiduría”. ¿Cómo son esas armas?

    Cuando Moisés terminó sus exhortaciones, los israelitas iniciaron la conquista de Palestina por la fuerza de las armas (Jos-Jue). Sin embargo, “Doña Sabiduría” cuando propone conquistar la vida llenándola de sentido, requiere algo más que armas de combate. La Sabiduría exige el amor y la fidelidad (Pr 3,3).

    En el libro de los Proverbios el término “amor” designa la bondad, la magnanimidad, la disponibilidad humana para atender a los demás. El amor denota a la mujer de valía (Pr 31,26), al hombre misericordioso (Pr 11,17), a la persona leal (Pr 14,22; 19,22), al que busca la justicia (Pr 21,21), y al rey que procura el buen gobierno (Pr 20,28). Ama quien crea en su entorno las condiciones que propician el desarrollo humano y social.

     La fidelidad indica la constancia en el amor. La fidelidad señala a quien no se cansa de sembrar la justicia (Pr 11,18), al que permanece veraz (Pr 12,19;14,25), al hombre que se alegra con la verdad (Pr 8,7; 22,22; 23,23), y al rey que juzga con justicia a los pobres (Pr 29,14). La fidelidad no se contenta con la constancia, sino que exige la valentía para edificar una sociedad humana y solidaria. Sólo es valiente quien es fiel al amor; y ama quien crece y hace crecer a los demás humana y socialmente.

    Quien se deja seducir por “Doña Sabiduría” adquiere el amor y la fidelidad para construir un mundo más humano. El hombre fascinado por la Sabiduría vive la vida con intensidad (Pr 11,17). Aprende a sentir el gozo (Pr 14,22); acepta sus límites o, con otro vocabulario, expía sus pecados (Pr 16,6), y se sabe guardado por Dios (Pr 20,28).

    El que se hace sabio: “... tendrá aceptación y éxito ante Dios y ante los hombres” (Pr 3,4). El término “éxito” en nuestra sociedad da lugar a equívocos, pues con facilidad se asimila al prestigio efímero. Lo que el libro de los Proverbios anuncia es que el sabio “... encontrará la gracia y el buen sentido ante Dios y los hombres” (Pr 3,4). Encontrar el “buen sentido” indica poseer sentido común; y encontrar la gracia significa lograr qué nuestro corazón lata al mismo ritmo que el corazón de Dios. Ama quien contagia el deseo vivir en plenitud. Ama quien humaniza.

    “Doña Sabiduría” no se cansa de desvelar el sentido de la vida. Sólo humaniza la sociedad quien la ama, y únicamente ama de verdad quien se sabe amado. Por eso la verdadera Sabiduría remite al amor de Dios: “Confía en el Señor ... tenle en cuenta ... teme al Señor” (Pr 3,5-7).

     Confiar en Dios requiere creer que la vida reposa en sus buenas manos: “No digas: ‘Devolveré el mal’; confía en el Señor que él te salvará” (Pr 20,22). Tener a Dios en cuanta implica confiar en su compañía: “Del hombre son los proyectos, su consecución viene del Señor” (Pr 16,1). Temer al Señor significa tomar a Dios en serio. Requiere dejar de considerarlo un ser bonachón; y contemplarlo como el Dios generoso en el perdón y la misericordia, pero exigente en la vivencia de la caridad y la ternura: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Pr 25,21). Y, recordemos, una vez más qué a quien más favorece la vivencia de la Sabiduría es a la persona que la practica: “... será salud para tu carne y medicina para tus huesos” (Pr 3,8).

    Confiar en el Señor, tenerle en cuenta y temerle es el arte que brota de la escucha cordial del prójimo y de la atención al devenir de Mundo. Los hebreos se reunían en familia y por clanes donde narraban historias. En esos encuentros aprendían la prudencia en las relaciones sociales (Pr 3,27-35), el autodominio (Pr 22,22-29), la conducta justa (Pr 4,10-19).

     El sabio no es un erudito aislado del Mundo. Los Proverbios previenen contra el engaño del autoaislamiento: “... no te fíes de tu propia inteligencia ... no te las des de sabio” (Pr 3,5.7) El maestro afina el sentido de la vida pero también dialoga con los extraños, sabe que fuera de Israel crecen semillas de verdad. El Libro aduce como palabra de Dios una recomendación de la sabiduría egipcia (Pr 22,17-23,14), y dos poemas procedentes del país de Masá (Pr 30,1-9; 31,1-9).

    La reflexión personal, la capacidad de escucha, el ingenio para la relación comunitaria y la disposición al dialogo, constituyen el cincel con que la Sabiduría modela a quienes la buscan. “Feliz el hombre que me escucha ... y quien me encuentra, encuentra la vida” (Pr 8,34). Encuentra la vida quien se toma tiempo para pensar, aquel sabe escuchar, quien cuida los detalles de la relación humana y quien cree que el dialogo es la herramienta que resuelve los conflictos por la senda de la justicia. Pero Doña Sabiduría es exigente. No se contenta con demandar actitudes, desea realidades concretas. Requiere que honremos a Dios y nos dejemos instruir por Él.

    Por una parte dice: “Honra al Señor con tu riqueza” (Pr 3,9). La frase “honrar al Señor” evoca los sacrificios ofrecidos en el Templo de Jerusalén (Lv 1-7). En el trasfondo de cada sacrificio palpitaba el agradecimiento de Israel al Señor que lo había liberado de la esclavitud de Egipto. Pero el Libro de los Proverbios, además de la acción de gracias, impele, necesariamente, hacia la vivencia de la solidaridad: “El que oprime al pobre ultraja a su Hacedor, lo honra quien se apiada del indigente” (Pr 14,31). Honrar el Señor significa alabarle en el culto pero, sobre todo, servirle en el pobre.

    Por otra parte afirma: “Hijo mío, no rechaces la instrucción del Señor ... pues el Señor reprende a quien ama” (Pr 3,10-12). Debemos entender el término “reprender” en el sentido de exigir y corregir con acierto: “reprende al inteligente y aumentará su saber”, “anillo de oro ... es una sabia reprensión a oído dócil” (Pr 19,25; 25,12). Dios ama; pero no mima hasta bloquear el crecimiento humano y social de la persona; por eso, además de generoso, es exigente. Es exigente porque nos regala la libertad. La libertad denota la capacidad de elegir entre el bien y el mal; pero la libertad cristiana va más lejos: implica elegir el “bien” para convertirlo en “mejor”.

     Por eso el Señor impele al sabio hacia la cultura del esfuerzo: “Ordena tus faenas de fuera, aplícate a tus campos, y luego vete a edificar tu casa” (Pr 24,27). Reclama la justicia (Pr 16,12). Rechaza la pereza: “el camino del perezoso está flanqueado de espinos” (Pr 16,19). Advierte contra los chismes: “Todo esfuerzo tiene su recompensa, pero la charlatanería lleva a la miseria” (Pr 14,23). El Señor ama porque exige y exige porque ama.


4. La ruta tortuosa de “Doña Necedad” (Pr 9,13-18).

a. Lectura del texto: Pr 9,13-18.

    La necedad es atrevida;
         es frívola y nada le importa.
    Se sienta a la puerta de su casa,
         pone su asiento en lo más alto de la ciudad,
    para llamar a los que pasan,
         a los que van derechos por su camino:
    “El que sea inexperto, venga acá”.
         Y al hombre sin seso le dice:
     “El agua robada es dulce;
          el pan a escondidas, sabroso”.
     Pero no saben que allí viven los muertos
          y sus huéspedes en lo profundo del abismo.


b. Comentario: Pr 9,13-18.

    El libro de los Proverbios está escrito en hebreo; y define, literalmente, la necedad como “la esposa de la estupidez” (Pr 9,13). De ese  modo personifica a la necedad a la que podemos llamar, en contraposición a “Doña Sabiduría”, “Doña Necedad”. Es atrevida, frívola y pasa de todo (Pr 9,13). El necio se convierte en la tristeza de su madre (Pr 10,1) y la desgracia de su padre (Pr 19,13), difunde calumnias (Pr 10,18), se divierte con la infamia (Pr 10,23), se burla del pecado (Pr 14,19), prodiga sandeces (Pr 15,2), habla sin pensar (Pr 29,20), deviene insolente (Pr 1,22), es un pagado de sí mismo (Pr 14,16) y despilfarra lo que tiene (Pr 21,20).

    El sabio se deja guiar por “Doña Sabiduría” mientras el necio se deja “cazar” por “Doña Necedad”. Ambas se dirigen al mismo ser humano. Dice la Sabiduría: “El que sea inexperto, venga acá” (Pr 9,4). Replica la Necedad: “El que sea inexperto, venga acá” (Pr 9,16). Sin embargo las palabras de seductoras de cada una son muy diversas.

    “Doña Sabiduría” insiste en la necesidad de guardar los preceptos, en la práctica del amor y la fidelidad, en el temor de Dios y en la valentía de dejarse corregir por el Señor (Pr 3,1-12). La Sabiduría es generosa y exigente: Venid a comer mi pan, bebed el vino que he mezclado. Dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia” (Pr 9,5-6). Quien deviene sabio “encuentra la vida y alcanza el favor del Señor” (Pr 8,35).

    Sin embargo “Doña Necedad”, como la mujer de Pr 5,1-14; 7,6-23; “caza” con palabras tortuosas a quien pasa por su lado. Dice: “El agua robada es dulce; el pan a escondidas es sabroso” (Pr 9,17). El agua robada y el pan a escondidas denotan las artimañas del necio: la intriga, la envidia, la media verdad, el lenguaje torticero, la zancadilla discreta o la falsa piedad. La aventura por los parajes de la necedad puede procurar un éxito efímero pero, a la larga, es “es una flecha que atraviesa el hígado” (Pr 7,23). Y, cuando ya no hay nada que hacer, el necio clama desesperado: “¿Por qué rechazaría la disciplina y mi corazón despreciaría la corrección? (Pr 5,12).

    El necio se niega a vivir plenamente. Rechaza el cuidado de sí mismo con lo que nunca deviene plenamente humano, y rehusa el compromiso por lo que se hace insolidario. El hondón de la necedad es la deshumanización y la insolidaridad. Y cuando falta solidaridad y calidad humana se esfuma el sentimiento de transcendencia. Por eso el necio no sabe que vive con los muertos, y es ya en vida huésped del abismo profundo (Pr 9,18).   

     
5. ¿Cuáles son los límites de la Sabiduría que aparece en Libro de los Proverbios?

    Una de las características del sabio es la humildad (Pr 15,33). Los sabios reconocían que su saber era insuficiente para abarcar el universo: “Hay tres cosas que me sobrepasan, y cuatro que no logro entender: El camino del águila en el cielo; el camino de la serpiente sobre la roca,; el camino del barco en alta mar; el camino del hombre por la doncella” (Pr 30,18-19). Del mismo modo percibían situaciones que el intelecto humano no captada plenamente: “La altura del cielo, la profundidad de la tierra y el corazón de los reyes son insondables” (Pr 25,1).

    Sin embargo los “puntos débiles” de la Sabiduría del libro de los Proverbios no consistían en la humildad de los sabios, ni en la complejidad del universo. Los puntos débiles de la sabiduría de los Proverbios son dos. Por una parte la enseñanza de los maestros es, a veces, como veremos, era excesivamente práctica. Por otra parte está influenciada por una corriente de pensamiento llamada “teología de la retribución”, que también comentaremos.


a. Cuando la sabiduría deviene “excesivamente” práctica.

    La Sabiduría enseñada por los maestros era eminentemente práctica; lo cual es muy bueno, pues cualifica al alumno para superar los avatares de la vida. Pero, algunas veces, la instrucción de los sabios se excedía en la concepción práctica de la vida.

     Dice un proverbio: “El soborno es un talismán para quien lo da, en cualquier circunstancia tendrá éxito” (Pr 17,8). Éste proverbio parece afirmar qué el fin justifica los medios, o que el soborno eficaz es la clave del triunfo. Tanto si indica una cosa como la otra no tiene en cuenta el temor de Dios, ni el deseo de crecer en humanidad y solidaridad.

     Otro proverbio: “Hijo mío, si has salido fiador de tu prójimo ... escapa como gacela” (Pr 6,1-5). Convendremos en afirmar que la solidaridad y la fidelidad quedan lejos de la enseñanza de este proverbio. Ambos proverbios y algunos otros dan la impresión de una sabiduría que persigue el éxito humano, sin reparar en los medios utilizados.


b. La Teología de la Retribución. 

    La limitación más notable del libro de los Proverbios radica en la llamada Teología de la Retribución. Volvamos al pensamiento egipcio para captar el contenido de este pensamiento. Los egipcios creían que el Universo estaba envuelto en una especie de pañuelo: la diosa Maat que confería orden y armonía al Mundo. El objetivo de los egipcios consistía en llevar una vida acorde con el orden que la diosa disponía para el Cosmos. Pensaban que al realizar una obra buena, la diosa les premiaba con multitud de bienes; en cambio, al cometer una fechoría les envía un castigo.

    Los israelitas recogieron el pensamiento del país del Nilo, pero realizaron un cambio básico. Creían que el Universo estaba envuelto, simbólicamente, en un pañuelo al que llamaron Sabiduría. La Sabiduría no era ninguna diosa, sino la criatura que enfundaba el Mundo otorgándole armonía y sentido. Sin embargo los israelitas conservaron un rescoldo del pensamiento egipcio. Seguían creyendo que una acción buena conlleva un resultado feliz, mientras una obra mala producía un fruto amargo: “ ... cada cual recibe según sus acciones” (Pr 12,14).

     Pero la vida cotidiana contradice el principio de la Teología de la Retribución. No es cierto que, humanamente hablando, cada cual reciba lo que corresponde a sus acciones.

     Dice un proverbio: “El justo nunca tropezará, los malvados no habitarán la tierra” (Pr 10,30). ¿Sucede eso realmente? En la vida de cada día vemos, a menudo, lo contrario. Justos que tropiezan por las zancadillas de los malvados, y malvados que dominan la tierra a costa de la explotación de los humildes. Otro ejemplo: “Los rectos habitarán la tierra ... y los canallas serán arrancados de ella” (Pr 2,21-22). A menudo percibimos lo contrario: los hombres honestos son ridiculizados, mientras los intrigantes alcanzan el éxito.

    El libro de los Proverbios, al estar coloreado por las ideas de la Teología de la Retribución, no percibe la certeza de una vida personal junto a Dios después de la muerte. La Teología de la Retribución se lo juega todo en la vida terrenal: el justo “debe” recibir bienes y el malo “debe” recibir males. Pero el problema está en que la vida ordinaria muestra que las cosas no son así; sino que el justo, a menudo, soporta males mientras el mafioso disfruta de la vida.

     La Teología de la Retribución no concibe la vida personal del justo con Dios después de la muerte. Para eso habrá que aguardar a la aparición del Libro de la Sabiduría. El autor del Libro de la Sabiduría dirá sin ambages: “las almas de los justos están en manos de Dios ... y su esperanza estaba llena de inmortalidad” (Sab 3,1.5). Los libros Sapienciales conducirán a Israel por la senda de la humanización y desde la humanización abrirán la puerta de la trascendencia al ser humano.