miércoles, 11 de abril de 2018

ICONOGRAFÍA DEL PROFETA BARUC


                                                                                     Francesc Ramis Darder
                                                                                     bibliayoriente.blogspot.com





Pomponio Amalteo (1568) pintó al profeta Baruc, sobre tabla, Iglesia de San Giovanni di Gemona del Friuli (Venecia); aparece con barba y potando un libro, imagen de los escritos que copió como secretario de Jeremías. Antonio F. Lisboa, esculpió en piedra la imagen de Baruc (1800-5) en el Santuario del Bom Jesús de Matosinhos (Congonhas, Sao Paulo); figura sin barba, lleva en la mano derecha un pergamino, y en la izquierda una pluma, representa al profeta escribiendo las palabras de Jeremías y lo que redactó de cosecha propia (ver: Jr 36,32).

viernes, 6 de abril de 2018

ICONOGRAFÍA DE ISAÍAS



                                            Francesc Ramis Darder
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Cuando Guillem Sagrera (1420) dispuso la tercera arquivolta del Portal del Mirador de la Catedral de Mallorca, esculpió la figura de Isaías con el aspecto de un anciano con barba y túnica larga, sosteniendo un pergamino, alegoría del libro que lleva su nombre. Imagen semejante aparece en la fachada principal de la catedral de Tarragona; en el bajorrelieve de la puerta de la iglesia de Souillac (1130-1140), y en el conjunto, “El pozo de Moisés”, de la cartuja de Champmol (Dijon: 1395-1405). A modo de contrapunto, Miguel Ángel lo pintó en la Capilla Sixtina sin barba y con la mayor energía, sosteniendo un libro entreabierto, alegoría del libro profético, y escuchando la voz de un ángel que, apuntando al cielo, le desvela el contenido de la profecía (Roma 1508-1512). A tono con Miguel Ángel, Fra Bartolommeo lo pintó con vestidos renacentistas, joven y sin barba, sosteniendo un escrito y señalando a Jesús como su salvador (1514-16; Galería de la Academia de Florencia); del mismo estilo es la obra de Rafael Sanzio (Roma: 1513). En el altar de la Anunciación de Aix (ca. 1445), aparece a la izquierda el profeta Isaías y a la derecha Jeremías, entre ambos figuran libros acompañados de naturalezas muertas; en los libros y en las cintas figuran los pasajes que anuncian el nacimiento de Jesús de las entrañas virginales de María: “Ecce virgo conciepit et pariet filum” (7,14), “filius datis est nobis” (9,6), y “egreditur virga de  radice Iesse et flos de radice eius ascendet” (11,1).

    Matthias Grünewald representa en el Retablo de Isenheim, el pasaje de la Anunciación (1505-1516). Delante de María figura la Biblia con el anuncio mesiánico (7,14), al lado aparece Isaías con el libro abierto en la misma cita (7,14), el profeta está de pie sobre una raíz que alude a la profecía mesiánica de la raíz de Jesé (11,1). Desde el siglo XI, el árbol de Jesé tapiza la iconografía. El Salterio de Ingerborg (ca. 1200) presenta a Jesé, padre de David, durmiendo; sobre la figura de Jesé, se alza el árbol genealógico hasta llegar a Jesucristo, representado como Pantocrator. Rodean a Jesús siete palomas, alegoría de los siete dones del Espíritu (11,2-3ª; según Septuaginta y Vulgata). Sobre la imagen de Jesé, despunta David, Salomón, María, Isaías, Daniel, Ezequiel y la Sibila de Cumas que, según la tradición cristiana anunció, desde el horizonte del mundo pagano, el nacimiento de Jesús (Virgilio; Égloga IV).[1] Representaciones relevantes del árbol de Jesé figuran en Santo Domingo de Silos (1158) y en el Parteluz del Pórtico de la Gloria (1188; Santiago de Compostela).

    El Salterio de Scherenberg (ca. 1260) presenta a Jesé descansando; a partir de la figura de Jesé sale una raíz que contiene el oráculo mesiánico (11,1). Sobre el centro de la raíz, está sentada María con el Niño, rodeada de profetas que llevan cintas con leyendas; la de Isaías especifica: “ecce virgo conciepit” (7,14). En el Mural de los ancestros de Jesús, en la catedral de Limburgo (ca 1650), aparece Isaías con una cinta que proclama: “egreditur virga de radice Iesse” (11,1). Los siete dones del Espíritu (11,2-3ª) están representados por siete palomas que el profeta sostiene en una bandeja en el Portail Peint (1230-1235) de la catedral de Lausana.

    Según los estudiosos, en la catacumba de Priscila (Roma: siglo III) aparece la figura de Isaías indicando la presencia de María con el Niño; pero, según otros críticos, el personaje sugiere la identidad de Balaán que señala una estrella naciente, alegoría del Mesías (Núm 24,17). La visión del trono (6,1) tapiza el ábside de la basílica de S. Clemente (Roma: siglo XII); la cinta que sostiene Isaías dice: “Vidi dominum sedemtem sup. solium” (6,1); de ese modo, fundamenta en la profecía isaiana la autoridad del Pantocrator que corona el ábside (66,1-2). El comentario a Isaías de Bamberg (ca. 1000) representa el trono divino y la purificación del profeta (c. 6); la magnificencia del Señor sugiere la incapacidad del templo para albergar la plenitud de la gloria divina (66,1-2).

     La obra de Bruegel el Viejo y Hendrick van Balen (ca. 1609) recoge, en el fondo del cuadro, la Tregua de los Doce Años para destacar la figura de Isaías que anuncia la trasformación de las armas en herramientas de paz: “gladios suos in vomeres et lanceas suas in falces” (2,4); lema que reaparece en la escultura del edificio de la ONU en Nueva York.  La figura de Isaías suele aparecer rodeado de otros profetas; así en la Boston Public Library (J. Singer Sergant: 1856-1925); generalmente Isaías está enfrente de Jeremías. La menorá, erigida junto al Knéset en Jerusalén, obra de B. Elkan, muestra en el brazo izquierdo la escena isaiana de la paz (11,1-10), mientras el derecho explicita como Jeremías llora la desgracia de Jerusalén (Jer 36-44).

    Como señala la tradición, Isaías fue martirizado, cortado con una sierra, en época de Manasés. Más tarde, el desarrollo de la tradición afirmó que Isaías, huyendo de sus perseguidores, se escondió en un árbol; pero los enemigos, en extremo aviesos, cortaron el árbol con Isaías dentro. Los pintores tendieron a modificar la tradición; en lugar de representar a Isaías dentro del árbol, lo dibujaron colgado y en oración, mientras los malvados lo cortaban con una sierra. Lentamente, desapareció el árbol y los pintores mostraron a Isaías atado y sufriendo el martirio (Ilustración de Flandes: siglo XV). Con el tiempo la sierra, herramienta del martirio, se convirtió en el emblema de Isaías; así la Biblia Ilustrada (P. Weigel: 1695), y el Theatrum biblicum (J. Piscator: 1650). El prodigio de la curación de Ezequías aparece en la obra de L. Henfflin (1447); sobre la placa de una corona imperial, destaca Ezequías acompañado por Isaías que porta una cinta con la curación al monarca enfermo: “Ecce adiciam super dies tuos xv annos” (2Re 20,1-11; Is 38). En síntesis; la iconografía representa a Isaías portando el libro, los siete dones, y la sierra; aparece como el profeta de la concepción virginal de Jesús, el heraldo de la paz, el profeta de la grandeza divina, el ejemplo de la conversión y el testigo de la intervención salvadora de Dios en la historia.[2]      



[1] . Anuncio de la Sibila: “Vuelve la Virgen ya, vuelve el reinado/primero de Saturno, al final desciende/linaje nuevo desde las alturas del cielo”.
[2] . Información detallada, ver: U. Berges, Isaías. El profeta y el libro, (Estella, Navarra: Verbo Divino, 2011) 175-200.

viernes, 30 de marzo de 2018

JESUS WASHING THE FEET OF HIS DISCIPLES



                                                   Francesc Ramis Darder
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JUEVES SANTO DIA DEL AMOR FRATERNO



Francesc Ramis Darder
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martes, 20 de marzo de 2018

ICONOGRAFÍA DE JEREMÍAS



                                                                      Francesc Ramis Darder
                                                                     bibliayoriente.blogspot.com


La historia del Arte contempla múltiples representaciones del profeta Jeremías. La abadía de Moissac (Francia) fue levantada en 1063 sobre las ruinas de otro templo destruido por los musulmanes tras la batalla de Poitiers. Las esculturas del claustro y el pórtico constituyen una de las cimas del románico. La figura del profeta Jeremías, esculpida en el pórtico aparece con bigote y portando una cinta con frases del libro. El profeta Jeremías figura con frecuencia en el arte medieval; entre los ejemplos más citados: San Ambrosio de Milán, San Vital de Ravena, la Biblia de Roda, Catedral de Cahors, Catedral de Cremona, en los mosaicos de Santa Maria del Trastevere (Roma); en el siglo XIII figura esculpido en la Catedral de Chartres y en la portada central de la Catedral de Amiens.

    Diego de la Cruz creó el “Cristo de la Piedad entre los profetas David y Jeremías” (Museo del Prado, 1495-1500, 60,2 x 93,6, técnica mixta, tabla, Museo del Prado). El artista representó varias veces el tema del Cristo de la piedad; quizá la más elaborada, le representa junto a David y Jeremías. En el centro, aparece Cristo como Varón de dolores; a su derecha figura David y a su izquierda Jeremías. Cristo figura coronado de espinas, con los ojos abiertos, vestido con el perizonium y con la capa sobre los hombros, muestra las llagas de la Crucifixión. Cristo invita a los fieles a contemplar su dolor; pues el sacrificio de Cristo en la cruz redime el pecado del mundo. La figura de Jeremías está envuelta por una cinta que recoge el mensaje de su libro que alude, desde la perspectiva cristiana, al dolor de Jesús en la pasión. El profeta señala con su mano izquierda la figura de Cristo para indicar que en el Mesías entregado a la pasión se cumplen las promesas de la Antigua Alianza, esbozadas en el libro de Jeremías.

    Desde la perspectiva del Gótico Hispanoflamenco, Miguel Jiménez y Martí Bernat plasmaron a “Jeremías, Joel y Miqueas” en el Retablo de Santa Cruz (Iglesia de Blesa: Teruel, 1481-1487); Jeremías, incrustado en un medallón, está envuelto en la parte inferior por una cinta que recoge el mensaje de la profecía.

   El Pórtico de la Gloria, Catedral de Santiago de Compostela, ofrece representaciones, en las columnas de la puerta central y en las puertas laterales, imágenes de profetas, apóstoles y otras figuras simbólicas. En la columna de la izquierda, y comenzando por la que mira al Apóstol, destaca la figura de Moisés con las tablas de la ley; Isaías con el bastón; Daniel y Jeremías con barba; todos sujetan una cinta que lleva su nombre. Igualmente, la Catedral de Mallorca, entre las figuras de cinco profetas y cinco patriarcas, sobre el Tímpano del Portal del Mirador, donde intervinieron Jean de Valenciennes y Enric l’Alemany (siglo XIV), aparece la figura de Jeremías, pensativo y con barba.
    
    El cincel de Donatello plasmó en mármol al profeta Jeremías (1423-26). El artista eligió como modelo a un amigo florentino, Francesco Soderini; atento a la perspectiva de su tiempo, el profeta aparece vestido de toga y con aire pensativo. Al decir de los críticos, con la escultura de Jeremías y la de Habacuc, Donatello acrisola las bases de la escultura renacentista. El escultor diseñó las imágenes para decorar el Campanile de la Catedral de Florencia, pero hoy se encuentran en el Museo dell’Opera del Duomo (Florencia).

    Miguel Ángel plasmó la figura de Jeremías en los frescos de la Capilla Sixtina (1511). Jeremías fue el último profeta pintado por Miguel Ángel en la Sixtina. Intuyendo la destrucción de Jerusalén, el profeta se muestra pensativo. El trono sobre el que se sienta resulta pequeño comparado con la imagen del profeta; el artista quiso plasmar la superioridad de Jeremías sobre los dignatarios de su tiempo, quizá los reyes, representados por el trono. El tono meditativo, acendrado en la figura femenina que aparece en el fondo, expresa la tensión y la angustia que tranzaron su vida. La gran  volumetría de la figura quiebra el espacio plano donde está pintado, proyectando las piernas hacia el espectador; podríamos decir que a la figura no le basta el marco del dibujo, metáfora del AT, sino que necesita vislumbrar un espacio más amplio, alegoría del NT hacia el que apunta, desde la perspectiva cristiana, la predicación de los profetas. El vestido del personaje presenta una intensa armonía cromática, muy bella, que establece un contraste con el claroscuro de la parte inferior; simboliza el contraste entre la fuerza de Dios que le protege, representa por la fuerza del color, y la persecución de sus convecinos, expresada por los trazos del claroscuro.
  
   El arte de Rembradt se plasma en la obra “Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén” (Museo Rijksmuseum, 1630, 58,3 x 46,6, óleo sobre tabla). Jeremías aparece contemplando la destrucción de Jerusalén por las armas de Nabucodonosor II (587 a.C.). Está sentado sobre unas rocas a las afueras de la ciudad, apoyando su rostro, triste y melancólico, sobre el brazo izquierdo. A su lado destacan las piezas de un tesoro, quizá lo que pudo rescatar entre las ruinas del templo devastado. Detrás del profeta figura una columna, metáfora de la entereza con que quiso sostener la fidelidad de su pueblo a los preceptos divinos. Al fondo, despunta el resplandor de la ciudad en llamas, incendiada por los babilonios. La luz de las hogueras ilumina la figura del anciano profeta que, con gesto de tristeza, constata la destrucción de la urbe. Las zonas donde no llega la luz se mantienen en la sombra; pues solo el profeta constituye un rayo de luz, alegoría de fidelidad al Señor, en las sombras que envuelven Sión, símbolo de la idolatría. El juego de luz y sombra lleva a los comentaristas a percibir en el cuadro la influencia de Caravaggio. El naturalismo que dibuja al personaje en la senectud (frente arrugada, cabello largo y fino, manos y pies de piel fláccida) determina que los críticos entienden que el artista eligió a su padre, Harmen van Rijn, como modelo.

   Marc Chagall (1887-1985), pintor francés de origen bieloruso, ha dejado una pintura sobre Jeremías (1968). El profeta aparece en su senectud portando un volumen, alegoría del libro que lleva su nombre. El aspecto pensativo y meditabundo de la figura, recuerda la introversión del profeta, acongojado por la inminente destrucción de Jerusalén, nacida del desprecio del pueblo hacia los mandamientos. Sobre la imagen del profeta y como colocada en otra dimensión aparece una figura celestial; representa la protección y el consuelo con que Dios fortaleció a Jeremías mientras predicaba en Jerusalén, desdeñado por la nación, como expone el relato de vocación (1,4-14).

    A modo de síntesis, apreciamos que la iconografía ha tendido a dibujar a Jeremías en su edad madura, y no con el semblante adolescente del relato de la vocación; quizá su vejez prematura refleje las cicatrices de la persecución. Su carácter pensativo evoca el presagio de la destrucción de Jerusalén y el exilio, mientras la presencia del libro refleja la obra que lleva su nombre. Ahora bien, el llanto de Jeremías no brota del penar desesperado, pues el profeta sabe que a su lado, sea cual sea la adversidad, le protege la mano del Señor, representado por el almendro, el árbol que vela por el profeta durante el invierno de la historia.      

sábado, 10 de marzo de 2018

¿CÓMO ERA LA IGLESIA DE JERUSALÉN?




                                                                         Francesc Ramis Darder
                                                                         bibliayoriente.blogspot.com



A lo largo de varias etapas, el libro de los Hechos expone como los discípulos forjan su identidad entorno a la presencia del Resucitado, a la vez que, impulsados por el Espíritu, proclaman el Evangelio “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

1.Introducción (Hch 1,1-11)

Valiéndose de un breve prólogo, Lucas vincula el libro de los Hechos con el Evangelio (Hch 1,1-2). A continuación sitúa, en el ámbito de un discurso de despedida, el advenimiento del Espíritu y el mandato de Jesús a los apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén […] y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,3-8). Finalmente, el relato de la Ascensión impulsa a los apóstoles, mediante una pregunta retórica: ¿Por qué seguís mirando al cielo”? a emprender la tarea evangelizadora, al mismo tiempo que colma su vida de esperanza: “Este Jesús que acaba de subir […] vendrá como lo habéis visto marcharse” (Hch 9,11).

2.La Iglesia de Jerusalén (Hch 1,12-5,42)

Conformaban la primigenia Iglesia de Jerusalén “unos ciento veinte” hermanos; por entonces la comunidad, alentada por el Espíritu y después de escuchar la propuesta de Pedro, eligió a Matías para formar parte de los apóstoles en sustitución de Judas (Hch 1,12-26). El día de Pentecostés el Espíritu Santo se derramó sobre los apóstoles (Hch 2,1-12); enseguida, Pedro pronunció un discurso para anunciar el Evangelio a los vecinos de Jerusalén, y “se agregaron a la comunidad unas tres mil personas” (Hch 2,14-41).

     La comunidad crecía y se fortalecía (Hch 2,42-47). En aquellos días, Pedro y Juan fueron al Templo a orar; al pasar junto a la Puerta Hermosa vieron a un mendigo tullido, y Pedro, en nombre de Jesús, lo curó (Hch 3,1-11). A continuación, Pedro dirigió un discurso a los circunstantes para proclamar el mensaje de Jesús; fruto del sermón, “el número de hombres que formaban la comunidad llegó a cinco mil” (Hch 3,12-32). Alarmados por la curación y preocupados por el discurso, las autoridades judías detuvieron a Pedro y Juan, pero tuvieron que soltarlos (Hch 4,1-22). Una vez liberados, contaron el suceso a la comunidad de Jerusalén que, animada por el Espíritu, no cesaba de anunciar la palabra de Dios (Hch 4,23-31). Mientras la comunidad seguía fortaleciéndose (Hch 4,32-35), José, levita natural de Chipre, conocido como Bernabé, puso a disposición de los apóstoles el montante de la venta de un campo (Hch 4,36-37).

    A pesar de la bonanza, estallaban conflictos; Ananías y Safira traicionaron la confianza comunitaria, y Pedro tuvo que corregir la disensión (Hch 5,1-11). Ahora bien, tal era el prestigio de los apóstoles que muchas personas, procedentes de aldeas cercanas de Jerusalén, traían a los enfermos para que, al cubrirlos la sombra de Pedro cuando pasaba a su lado, se curaran (Hch 5,12-17); conviene notar, que la misión cristiana trasciende Jerusalén y alcanza los pueblos vecinos. Alterados por el triunfo de la predicación, los dignatarios judíos persiguieron a los apóstoles, pero ellos “no cesaban de anunciar y enseñar que Jesús es el Mesías” (Hch 5,17-42).

3.Expansión de la Iglesia: desde Jerusalén hasta Antioquía (Hch 6,1-12,25)

El número de discípulos era muy grande. Entonces los apóstoles, deseosos de “dedicarse a la oración y al ministerio de la palabra” (Hch 6,4), eligieron siete diáconos para dedicarlos al servicio de las mesas (Hch 6,1-7); uno de ellos, Nicanor, era “prosélito de Antioquia”, es decir, un pagano que se hizo judío y después cristiano, sería pues el primer cristiano cuyo origen remoto estaría el paganismo. La valentía misionera de otro diácono, Esteban, propició su condena por parte de la autoridad judía (Hch 6,8-15). Antes de morir lapidado, entonó un discurso para anunciar la Buena Nueva ante los judíos (Hch 7,1-53); mientras tanto, Saulo contemplaba la ejecución (Hch 7,54-8,1ª). Aquel día se desencadenó una persecución contra la Iglesia de Jerusalén; y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría; Saulo, por su parte, se ensañaba contra la Iglesia (Hch 8,1b-3).

    Entre quienes se habían dispersado por la persecución, el diácono Felipe llegó a Samaría para proclamar el Evangelio (Hch 8,4-8); así la misión trasciende la frontera de Judea para adentrase en Samaría. La predicación logró la conversión de Simón, el mago (Hch 8,9-13). Cuando los apóstoles de Jerusalén tuvieron noticia de la conversión de muchos samaritanos, enviaron a Pedro y Juan para que les impusieran las manos y recibieran el Espíritu Santo (Hch 9,14-17). Sin embargo, Simón, admirado de la potestad apostólica, quiso adquirirla con dinero; pero los apóstoles, dolidos de la afrenta, le conminaron al arrepentimiento (Hch 9,18-24). Antes de regresar a Jerusalén, Pedro y Juan anunciaron el evangelio en muchas ciudades samaritanas (Hch 8,25). Mientras tanto, Felipe bautizó a un ministro de la reina de Etiopía, que volvía de Jerusalén (Hch 8,27-39); acto seguido, alcanzó Asdod y fue predicando la Buena Nueva por todas las ciudades hasta llegar a Cesarea (Hch 8,40).

    Entre tanto, Saulo perseguía a los cristianos, pero, camino de Damasco, se encontró con el Señor (Hch 9,1-7); una vez en Damasco, el discípulo Ananías lo bautizó (Hch 9,10-18). Pasados unos días, comenzó a predicar en las sinagogas hasta alcanzar Jerusalén, donde los judíos decidieron matarlo, pero los hermanos, atentos a la conjura, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso (Hch 9,19-29). Por entonces, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría, con fuerza se extendía impulsada por el Espíritu Santo (Hch 9,31).

    Pedro, por su parte, visitó Lidia donde curó a Eneas; al ver el signo, los habitantes de Lidia y la región de Sarón se convirtieron al Señor (Hch 9,32-35). Después se desplazó a Jafa para devolver la vida a Tabita; los vecinos de Jafa contemplaron el prodigio y muchos creyeron en el Señor (Hch 9,36-43). Ambos signos evocan los milagros de Jesús (ver: Lc 5,18-26; 7,15); así pues, la tarea de Pedro manifiesta la fuerza salvadora del Evangelio. Mientras Pedro estaba en Jafa, un centurión romano, pagano, y temeroso de Dios, llamado Cornelio, recibió el aviso del ángel de Dios para que llamara a Pedro a su casa (Hch 10,1-5). Cuando los enviados iban a buscar a Pedro, el apóstol tuvo una visió en que Dios le decía: “Lo que Dios ha hecho puro, no lo consideres tú impuro” (Hch 10,9-15). Cuando llegó a casa de Cornelio, Pedro proclamó el primer anuncio cristiano; mientras hablaba, el Espíritu se derramó sobre los paganos; y el apóstol, atónito ante el prodigio, mandó que los bautizaran (Hch 10,17-48). Más adelante, Pedro comunicó el suceso a los apóstoles y hermanos de Judea, que lo recibieron con gran alegría: “¡Así que también Dios ha concedido a los paganos la conversión que lleva a la vida!” (Hch 11,1-18). El acontecimiento es fundamental, pues supuso la primera incorporación de los paganos a la comunidad cristiana.

    Los que se habían dispersado a causa de la persecución, tras la muerte de Esteban, llegaron a Fenicia, Chipre y Antioquia, pero no predicaban más que a los judíos. Sin embargo, algunos chipriotas y cirenenses anunciaban el evangelio también a los paganos de Antioquia; muchos paganos se convirtieron. Entonces, la Iglesia de Jerusalén envió a Bernabé a comprobar la cuestión; el enviado pudo constar la multitud de paganos que se habían adherido al Señor. Después, fue a Tarso a buscar a Pablo, con quien instruyó a muchos en la fe; “en Antioquia fue donde se empezó a llamar a los discípulos cristianos” (Hch 11,19-26). Por entonces, bajaron algunos profetas de Jerusalén a Antioquia; uno de ellos, Agabo, pronosticó el advenimiento de una gran carestía; por eso los discípulos determinaron enviar socorro a los hermanos de Judea por medio de Bernabé y Saulo (Hch 11,27-30). Por entonces, Herodes, mandó ejecutar a Santiago, hermano de Juan, y encarceló a Pedro, pero el Señor, por mediación de un ángel, liberó al apóstol del cautiverio (Hch 12,1-11). Una vez liberado, fue a casa de María, donde estaban reunidos en oración muchos discípulos de Jerusalén; Pedro les narró el suceso y mandó que lo contaran a Santiago y a los hermanos (Hch 12,12-17). 

   Cuando Herodes abandonó Jerusalén para residir en Cesarea, el ángel del Señor acabó con la vida del monarca (Hch 12,18-22). Mientras la palabra de Dios crecía y se multiplicaba, Bernabé y Saulo regresaron a Antioquía después de haber entregado, en nombre de la comunidad antioquena, el socorro a los hermanos de Jerusalén (Hch 12,24-25).

lunes, 5 de marzo de 2018

¿CÓMO VIVÍAN LOS PRIMEROS CRISTIANOS?



                                                            Francesc Ramis Darder
                                                            bibliayoriente.blogspot.com


Como hemos señalado, el libro de los Hechos, continuación de Evangelio, expone como la Iglesia, morada de los discípulos de Jesús, compromete su existencia en la predicación del Evangelio por todo el mundo. Con este planteamiento, leemos el libro de los Hechos aunando dos perspectivas complementarias. Por una parte, los Hechos relatan como la Iglesia, animada por el Espíritu, va forjando su identidad como comunidad de los discípulos de Jesús; y por otra, el libro describe como la asamblea de discípulos va comprometiendo su existencia, impulsada también por el Espíritu, en el anuncio del Evangelio entre las naciones. Así pues, a medida que los cristianos van forjándose como discípulos de Jesús se fraguan como misioneros del Evangelio. Analicemos ambos procesos que, como hemos señalado, acontecen simultáneamente.

    Cuando leemos el conjunto del libro de los Hechos y observamos, con  especial atención, los episodios alusivos a primera comunidad cristiana (Hch 2,42-47; 4,32-35; 5,12-16), apreciamos que la Iglesia, sostenida por el Espíritu, emerge sobre cuatro pilares: celebración de la fe, comunión fraterna, misión evangelizadora, y tarea catequética.

a.Celebración de fe.

Durante la última cena, Jesús tonó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio a los apóstoles diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de la cena, hizo lo mismo con la copa diciendo: Esta es la copa de la nueva alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros” (Lc 22,19-20). La actuación de Jesús no fue un gesto aislado, pues, como hemos leído, dijo a los apóstoles: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Por eso los apóstoles, como revela el libro de los Hechos, reiteraban entre los discípulos del Resucitado, adheridos a la comunidad, el acontecimiento de la Cena del Señor: “Todos (referencia a la comunidad cristiana) […] perseveraban en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). La locución “fracción del pan” alude, desde la perspectiva cristiana, a la celebración de la Eucaristía (ver: 1Cor 10,16; 11,24). La Eucaristía no se celebraba en el Templo de Jerusalén, sino en la casa particular de algún cristiano y, como sugieren los Hechos, estaba vinculada a la comida festiva: “partían el pan en las casas y compartían los alimentos con sencillez de corazón” (Hch 2,46; ver 1Cor 20-34).

    Junto a la celebración eucarística, los discípulos, en unión con los apóstoles, no dejaban de entonar oraciones (Hch 2,42.47). La tarea esencial de los Doce radicaba en la oración y el ministerio de la palabra (Hch 6,4); por eso enseñaban el arte de la plegaria a los discípulos que se adherían a la comunidad (Hch 4,24-30). Sin duda, la celebración de la Eucaristía, acendrada en la plegaria, asentaba en los cristianos la convicción de que eran discípulos de Jesús; es decir, les acrisolaba en la certeza de que el Resucitado estaba presente en el seno de la comunidad, a la vez que les alentaba a llevar una vida acorde con las pautas del Evangelio.

b.Comunión fraterna

La presencia del Resucitado, celebrada en la Eucaristía y palpada en la oración, determinaba la comunión fraterna entre los cristianos (Hch 2,42). Como sentencia el relato, “todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hch 2,44-45). El relato añade que no había entre ellos necesitados, quienes tenían hacienda la vendían y entregaban el montante a los apóstoles para que lo repartieran entre los desamparados; a modo de ejemplo, José, llamado también Bernabé, vendió un campo y puso el dinero a los pies de los apóstoles (Hch 4,36-37). Conviene precisar que la decisión de compartir los bienes no era fácil; pues, como atestigua el caso de Ananías y Safira, provocó también disensiones que el apóstol Pedro tuvo que afrontar (Hch 5,21-11). Ahora bien, a pesar de las dificultades, los cristianos aspiraron siempre a vivir en el ámbito de la comunión fraterna.

    Durante el siglo I, tanto judíos como griegos fundaban asociaciones cívicas para propiciar la solidaridad entre sus miembros. No obstante, los cristianos no se consideraban una simple asociación, sino una comunión fraterna (Hch 2,42); o sea, además de compartir los bienes, “el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo” (Hch 4,32). ¿De dónde nacía entre los cristianos tan gran empeño por “tenerlo todo en común”? Cuando el judío o el pagano abrazaban el cristianismo, descubrían en Jesús al único salvador que confería sentido a sus vidas (Hch 4,12), y como discípulos del Resucitado, experimentaban en la comunidad cristiana los parabienes del Evangelio (Hch 4,32.34); por eso quienes lo habían recibido “todo” de Jesús, no dudaban en ponerlo “todo” al servicio de la comunidad cristiana, presencia viva del Señor.

c.Misión evangelizadora

El fervor de la Eucaristía y la comunión fraterna cincelaban la identidad de los cristianos que, animados por el Espíritu, se lanzaban al anuncio del Evangelio. Los misioneros predicaban el hondón del cristianismo; oigámoslo, a modo de ejemplo, en palabras del apóstol Pablo: “Dios, según su promesa, suscitó en Israel un Salvador, Jesús […] pero los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús y […] sin haber hallado en él ningún delito […] pidieron a Pilato que lo matase […] pero Dios lo resucitó de entre los muertos […] sabed, pues, hermanos, que por él se os anuncia el perdón de los pecados. La salvación que no habéis podido alcanzar con la Ley de Moisés, la alcanza a través de él todo el que cree” (Hch 13,23-39). En definitiva, los discípulos proclamaban que la presencia de Jesús resucitado llenaba de sentido la existencia humana, a la vez que la vivencia del Evangelio hermanaba la comunidad con lazos de fraternidad. El primer anuncio que los discípulos dirigían a judíos o paganos para proponerles la verdad de Jesucristo recibe el nombre de “kerigma”; el término, anclado en la lengua griega, subraya la valentía y la convicción de los misioneros para proclamar la fuerza transformadora del Evangelio.

     Los apóstoles, “dedicados a la oración y al ministerio de la palabra” (Hch 6,1), priorizaban la tarea evangelizadora, pues “realizaban muchos  signos y prodigios en medio del pueblo” (Hch 5,12); los apóstoles también iban al Templo a predicar (Hch 5,21). A imitación de los apóstoles, los discípulos acudían al Templo de Jerusalén (Hch 2,46), pues, como antiguos judíos, tenían costumbre de ir el santuario: “Todos los creyentes se reunían en el Pórtico de Salomón” (Hch 5,12). El “Pórtico de Salomón” estaba en el patio mayor del Templo. Ahora bien, para los discípulos evocaba la presencia de Jesús, pues “Jesús (cuando predicaba) se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón” (Jn 10,23); así, la presencia de los discípulos en el Pórtico constituía la manera de dar testimonio de Jesús. Aunque nadie se atrevía a juntarse con ellos en público, “el pueblo, sin embargo, los tenía en gran estima” (Hch 5,13; 2,47); y, como el testimonio veraz siempre produce frutos (ver: Is 55,10-11), “una multitud de hombres y mujeres se incorporó el número de los que creían en Jesús” (Hch 5,14).

    Los discípulos se sabían mediadores de la actuación salvadora de Jesús por eso no atribuían a sus propios méritos el crecimiento de la comunidad, sino que lo adjudicaban a la voluntad del Resucitado: “El Señor agregaba cada día a los que se iban salvando al grupo de los creyentes” (Hch 2,47). El mismo Jesús había confiado a los apóstoles la evangelización del mundo: “Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Desde esta perspectiva, el libro de los Hechos expone como los discípulos, atentos el mandato de Jesús y alentados por el Espíritu, esparcen la semilla del Evangelio desde Jerusalén hasta Roma y desde allí hacia el mundo entero.

d.Tarea catequética

El primer anuncio del Evangelio atraía mucha gente a la comunidad cristiana, donde los nuevos discípulos celebraban la presencia del Salvador en la Eucaristía y vivían la comunión fraterna. No obstante, si los discípulos no ahondaban en el conocimiento de Jesús y en la meditación de la Escritura, su conversión podría reducirse a una cuestión sentimental o a una emoción pasajera. Por eso “todos ellos (alusión a la comunidad cristiana) perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), pues “los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima” (Hch 4,33). Como es obvio, la enseñanza de los apóstoles no se limitaba al aspecto teórico, pues “todos (eco de la comunidad cristiana) estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles” (Hch 2,43); de ese modo, los apóstoles instruían a la comunidad con la fuerza de la palabra de Dios y el testimonio de su conducta evangélica.

    Como hemos dicho, el primer anuncio cristiano recibe el nombre de “kerigma”, mientras la reflexión posterior para profundizar en el mensaje recibido se denomina “catequesis”. Aunque la dimensión catequética aparece tras la mención de la “perseverancia en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), los Hechos explicitan diversas situaciones en que la comunidad profundiza mediante la catequesis en el conocimiento del Evangelio. En el clima de la plegaria, Pedro y Juan catequizan a la asamblea mostrando que la vida de Jesús estaba desde siempre en manos de Dios (Hch 4,23-31). Ananías, cristiano de Damasco, debió instruir a Pablo después de su encuentro con el Señor en el camino (Hch 9,10-19). Pedro catequizó a la comunidad de Jerusalén sobre la necesidad, atestiguada por la voluntad divina, de bautizar a los paganos (Hch 11,1-18). El envío de discípulos eminentes para anunciar el decreto de la Asamblea de Jerusalén fue una ocasión de instrucción catequética para las comunidades (Hch 15,22-30). El estilo catequético aparece de nuevo en el discurso de despedida que Pablo dirige a los responsables de la comunidad de Éfeso (Hch 20,17-38); y, sin duda, en las palabras que el apóstol dirigía a quienes le visitaban cuando estaba preso en Roma (Hch 28,30-31).

viernes, 2 de marzo de 2018

HECHOS DE LOS APÓSTOLES



                                                         Francesc Ramis Darder
                                                         bibliayoriente.blogspot.com



El empeño misionero empujó al apóstol Pablo a sembrar la Buena Nueva de Jesús resucitado entre los habitantes de la provincia de Acaya, en Grecia. Las comunidades fundadas por Pablo florecieron, pues los cristianos, fortalecidos como discípulos de Jesús, desarrollaron la tarea misionera entre sus conciudadanos.

    A finales del siglo I, surgió entre las comunidades cristianas de Acaya el evangelista Lucas. Cristiano culto y comprometido, compuso en primer lugar el “Evangelio de Lucas” y después, a modo de continuación, los “Hechos de los Apóstoles”; escribió ambos libros en lengua griega. El Evangelio expone el ministerio de Jesús de Nazaret, mientras los Hechos describen como la Iglesia primigenia, hogar de los discípulos del Resucitado, empeñó su existencia, impulsada por el Espíritu, en la misión evangelizadora.
 
    A lo largo del Evangelio y los Hechos, Lucas se refiere a Jesús muy a menudo con el título “Señor”. ¿Qué significa? A partir del siglo III a.C., los judíos establecidos en la ciudad de Alejandría en Egipto tradujeron el AT, redactado en hebreo y arameo, al idioma griego; los estudiosos conocen la versión como “Traducción de los LXX” o “Septuaginta”. Con frecuencia, el término hebreo “Yahvé” aparece traducido en la Septuaginta con la palabra griega “kurios” que en castellano significa “Señor”. Cuando Lucas, conocedor del AT griego, escribía el Evangelio y los Hechos también denominaba a Jesús de Nazaret, con cierta frecuencia, con el término “Señor” (Lc 2,11; Hch 1,21); es decir, percibía en la actuación y en las palabras de Jesús el latido de la presencia salvadora de Dios entre nosotros.

    El término “Señor” adquiría también otro significado importante. La región de Acaya había sido relevante en tiempos antiguos, había contemplado la presencia de los grandes filósofos (Platón o Aristóteles) y los mejores artistas (Fidias o Praxíteles). Sin embargo, en época de Lucas era una provincia perdida en el vasto imperio romano. Los habitantes de Acaya, sumidos en la irrelevancia, consumían la vida sirviendo a pequeños “señores” para conferir algún sentido a su vida. Unos se entregaban al  capricho de los pequeños “señores” que administraban las minúsculas aldeas y las pobres ciudades de Acaya. Otros agotaban sus años buscado las prebendas del emperador romano, a quien también llamaban “señor”. Muchos consumían su existencia sirviendo a los “señores” que tantas veces agostan nuestra vida, a saber, el ansía de poseer bienes sin medida, el afán de poder, o el deseo de la falsa apariencia. Entre las páginas del Evangelio y los Hechos, Lucas recuerda que el único “Señor” capaz de colmar el sentido de la existencia humana es Jesús, el “Señor” con letra mayúscula, mientras los otros “señores”, con letra minúscula, son ídolos que devoran la existencia de quien les adora.

    Con la mayor sutileza, Lucas colorea la actuación de Jesús y los apóstoles con los pinceles de la misericordia; no en vano, Dante Alighieri sentenciaba que Lucas era el “evangelista de la misericordia de Cristo”. A modo de ejemplo, entre las líneas del Evangelio despunta el relato de “la resurrección de la hija de Jairo” (Lc 8,40-56); mientras todos lloraban y se lamentaban, Jesús tomó a la niña de la mano para decirle “Niña, levántate”, ella se recuperó y se levantó. La misericordia de Jesús hacia la niña trasparece en la actitud de Pedro y Juan hacia el tullido, apostado junto a la Puerta Hermosa para pedir limosna (Hch 3,1-10). Cuando ambos apóstoles se encaminaban al Templo, Pedro dijo al lisiado: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina”; entonces el mendigo, dando un salto, se puso en pie y comenzó a caminar. Así pues, la actitud misericordiosa de los discípulos, expuesta en los Hechos, refleja la misericordia de Jesús que detalla el Evangelio.

    Antes de su ascensión, Jesús dijo a sus discípulos: “el Mesías debía morir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión  para el perdón de los pecados” (Lc 24,46-47). De ese modo, Jesús encargaba a los discípulos la predicación del evangelio por todo el mundo. Sin embargo, no les dejó solos en la tarea; como señalan los Hechos, les aseguró: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). El libro de los Hechos, continuación de la propuesta del Evangelio, certifica como los discípulos, impulsados por el Espíritu, acrisolaron su comunión con el Resucitado, para proclamar por el mundo entero el gozo del Evangelio.

lunes, 26 de febrero de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA CATEQUESIS?



                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayoriente.blogspot.com


El primer anuncio del Evangelio atraía mucha gente a la comunidad cristiana, donde los nuevos discípulos celebraban la presencia del Salvador en la Eucaristía y vivían la comunión fraterna. No obstante, si los discípulos no ahondaban en el conocimiento de Jesús y en la meditación de la Escritura, su conversión podría reducirse a una cuestión sentimental o a una emoción pasajera. Por eso “todos ellos (alusión a la comunidad cristiana) perseveraban en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), pues “los apóstoles daban testimonio con gran energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y todos gozaban de gran estima” (Hch 4,33). Como es obvio, la enseñanza de los apóstoles no se limitaba al aspecto teórico, pues “todos (eco de la comunidad cristiana) estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles” (Hch 2,43); de ese modo, los apóstoles instruían a la comunidad con la fuerza de la palabra de Dios y el testimonio de su conducta.

    Como hemos dicho, el primer anuncio cristiano recibe el nombre de “kerigma”, mientras la reflexión posterior para profundizar en el mensaje se denomina “catequesis”. Aunque la dimensión catequética aparece tras la mención de la “perseverancia en la enseñanza de los apóstoles” (Hch 2,42), los Hechos explicitan diversas situaciones en que la comunidad profundiza en la reflexión. En el clima de la plegaria, Pedro y Juan catequizan a la asamblea mostrando que la vida de Jesús estaba desde siempre en manos de Dios (Hch 4,23-31). Ananías, cristiano de Damasco, debió instruir a Pablo después de su encuentro con el Señor (Hch 9,10-19). Pedro catequizó a la comunidad de Jerusalén sobre la necesidad, atestiguada por la voluntad divina, de bautizar a los paganos (Hch 11,1-18). El envío de discípulos eminentes para anunciar el decreto de la Asamblea de Jerusalén fue una ocasión catequética para las comunidades (Hch 15,22-30). El estilo catequético aparece de nuevo en el discurso de despedida que Pablo dirige a los responsables de la comunidad de Éfeso (Hch 20,17-38); y, sin duda, en las palabras que el apóstol dirigía a quienes le visitaban cuando estaba preso en Roma (Hch 28,30-31).


domingo, 18 de febrero de 2018

¿QUIÉN ES NABUCODONOSOR?



                                                    Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com


Después de la caída de Asiria, la coalición medo-caldea se repartió la zona conquistada. Además del dominio que detentaban  sobre territorio elamita, los medos tomaron posesión de la región de Harran, en Siria nororiental y fronteriza con Anatolia, quizá con la intención extenderse hacia la península anatolia. Los caldeos, a quienes desde ahora y apelando a la denominación política llamaremos babilonios, asumieron el control del territorio asirio en Mesopotamia; territorio asolado por la guerra, con las estructuras hidráulicas deterioradas, y la población empobrecida y diseminada.

    No obstante, los babilonios no ocuparon la totalidad del territorio asirio, sino solo las ciudades de importancia comercial que habían soslayado los desastres de la guerra; un ejemplo de asentamiento babilónico lo constituye la ciudad de Arba’ilu, en la zona septentrional, centro comercial y nudo de comunicaciones que había quedado relativamente indemne durante la guerra. El desinterés babilónico por alentar el desarrollo del antiguo territorio asirio constituye, en cierta medida, la réplica de Babilonia contra la política unidireccional de Asiria centrada, como expusimos, en depredar las naciones conquistadas para disfrute propio. Así como Asiria no había invertido en la mejora de los reinos conquistados, tampoco Babilonia invirtió demasiado en la regeneración de Asiria; sin duda, Babilonia no quería alentar el resurgimiento de Asiria, enemigo feroz, sino tan solo beneficiarse del despojo que restaba en el antiguo territorio asirio después de la guerra.

    Una vez establecida la subordinación de los asirios, el objetivo político de Babilonia estribaba en tres cuestiones primordiales. En primer lugar, los babilonios aspiraban a la recuperación del antiguo abolengo espiritual, legislativo, económico y cultural, propio de los tiempos de Hammurabi. En segundo término, la política babilónica suspiraba por convertir el nuevo reino en el imperio capaz de conducir el destino histórico de Oriente. Finalmente, y a modo de corolario del punto anterior, Babilonia deseaba retomar el poder sobre las zonas periféricas que habían dependido del extinto imperio asirio, sobre todo Elam y Siria-palestina, tan necesarias para el desarrollo comercial y el dominio de Oriente. La recuperación de la prestancia de la antigua Babilonia alcanzará su cenit, como veremos en el apartado siguiente, durante el reinado de Nabucodonosor II (604-562 a.C.); pero ahora centraremos el estudio en el dominio babilónico sobre las zonas periféricas y en la conformación del imperio.

    La periferia oriental, el territorio elamita, quedó repartido entre babilonios y medos. Los babilonios heredaron la extensa llanura, centrada en la ciudad de Susa, llamada posteriormente “Susiana”, importante por sus vías comerciales hacia Oriente. Los medos tomaron posesión de la región montañosa de Anshan, al norte de la Susiana; confiaron el control de la región a las tribus persas, sometidas a vasallaje medo, y establecidas en la zona. Conviene recordar que los persas, como los medos, pertenecen al tronco indoeuropeo. Como dijimos en su momento, medos y persas, entre 1200 y 1000 a.C., atravesaron el Caúcaso para asentarse en la vecindad del lago Urmiah. Hacia el 900 a.C., ambos grupos, aprovechando la decadencia elamita, detentaban el control de la región irania; el mismo Salmanasar III (858-824 a.C.) trabó contacto con medos y persas, mientras su sucesor, Shamshi-Adad V (823-811 a.C.), tuvo que enfrentarse con ellos. Más adelante, a finales del siglo VIII a.C. o inicios del VII a.C., los persas fueron descendiendo a lo largo de los Zagros hasta instalarse en la región de Shirâz, en el suroeste del territorio iranio. Así pues, aunque los persas fueran vasallos de los medos, iban conformándose como un pueblo relevante, fronterizo con el territorio babilónico.

    La periferia occidental, la región sirio-palestina, había estado sometida al vasallaje asirio. Sin embargo, la caída de Asiria no significó la independencia de la zona, sino la sumisión inmediata y momentánea  al dominio egipcio. Como dijimos, la coalición medo-babilónica derrotó al ejército egipcio-asirio en Harran; entonces, Asur-uballit II se batió en retirada (610 a.C.); como también señalamos, cuando al año siguiente Ashur-uballit intentó conquistar Harran, murió en el intento (609 a.C.). Ahora bien, mientras Ashur-uballit intentaba la conquista de Harran, en Egipto fallecía Psamético I, y subía al trono Necao II (609-594 a.C.). El nuevo faraón, seguramente fingiendo auxiliar a la moribunda asiria, envió un ejército para socorrer a Asur-uballit. No obstante, la intención del faraón radicaba en ocupar la zona sirio-palestina, casi desvinculada del dominio asirio, y amenazada por la autoridad babilónica. Mientras las tropas de Necao atravesaban y ocupaban Siria-palestina, el rey de Judá, Josías (640-609 a.C.), les presentó batalla en Meggido, importante nudo de comunicaciones. Josías pereció en la batalla (609 a.C.) y el faraón continuó su camino hacia Siria; entonces, los nobles de Jerusalén entronizaron a Joacaz como rey de Judá. En su avance hacia el norte, Necao conquistó la ciudad de Carquemish; situada en el noroeste de Siria, constituía un enclave comercial decisivo para el comercio entre Mesopotamia y el área siro-palestina, vital a su vez para las relaciones con el Egeo. La injerencia egipcia desencadenó, como es obvio, la respuesta babilónica, pues el dominio sobre Siria-Palestina determinaba, en buena medida, la magnificencia de Babilonia. Como señalamos, el babilonio Nabû-apla-asur había acabado con el asirio Ashur-uballit y se había enseñoreado de Asiria (609 a.C.); pero, entrado en años, encargó la recuperación de Carquemish y la zona siro-palestina a su hijo, Nabû-kudurri-usur, el futuro Nabucodonosor II (607 a.C.). En su decidido avance, el príncipe reconquistó Carquemish (605 a.C.), ocupó la región siro-palestina, y alcanzó la frontera egipcia en Pelusium. Cuando los egipcios se retiraban ante el empuje babilónico, Necao apresó al rey de Judá, Joacaz, y lo deportó a Egipto; en su lugar impuso como rey a Joaquín (605-597 a.C.). Mientras Nabucodonosor acampaba en Pelusium, recibió la noticia de la muerte de su padre; enseguida volvió a Babilonia donde fue coronado rey (605 a.C.).

    Nabucodonosor II (605-562 a.C.) emergía como emperador indiscutido; dominaba Mesopotamia, el occidente elamita, la región siro-palestina, y mantenía a raya las pretensiones egipcias. Aun así, pronto estallaron conflictos en la región siro-palestina. Por una parte, la caída de Asiria determinó el fin del tributo que arameos, fenicios, filisteos, y judaítas abonaban en Nínive, y que ahora eran renuentes a pagar en Babilonia. Por otra, el país del Nilo, dolido de su fracaso en Siria-palestina, instigaba a los reinos de la región contra la soberanía babilónica. Ambas cuestiones, propiciaron que Nabucodonosor emprendiera sucesivas campañas en Siria-palestina. En 604 a.C., destruyó la villa de Ascalón, en territorio filisteo, que había encabezado, con apoyo egipcio, una coalición contra el dominio babilónico en la región; el mismo año, exigió a Damasco, en territorio sirio, a Jerusalén, capital de Judá, y a Tiro y Sidón, ejes comerciales de Fenicia, el impuesto debido. Con intención de frenar la injerencia egipcia, combatió contra el País del Nilo; el resultado de la batalla, por demás sangrienta, acabó en tablas (601 a.C.). A continuación, luchó contra los arameos en Siria y saqueó los campamentos árabes en el desierto siro-arábigo (599 a.C.). Aunque el objetivo de esta contienda parezca incierto, parece deberse a la respuesta babilónica contra la campaña que Egipto desarrolló en Siria para azuzar a arameos y árabes contra Babilonia (600 a.C.). Sin duda, el apoyo egipcio instigó al rey de Judá, Joaquín, a rebelarse contra Babilonia (598 a.C.). Nabucodonosor sitió Jerusalén. Durante el asedio murió Joaquín, y subió al trono Jeconías. Nabucodonosor tomó la ciudad; deportó a Jeconías, junto con un contingente de población, a Babilonia, e impuso como rey a Sedecías (597-587 a.C.). Más tarde el faraón Apries (588-568 a.C.), sucesor de Psamético II, deseoso de controlar Siria-palestina, conquistó Gaza, ciudad filistea, y embistió contra Tiro y Sidón, emporios filisteos (588 a.C.). Por si fuera poco, el faraón alentó la rebelión de Sedecías, rey de Judá, contra la autoridad babilónica. Ante la asonada, Nabucodonosor acuarteló sus tropas en Ribla, el noroeste de Siria, cerca de Homs, e inició la reconquista de Siria-palestina. Conquistó Jerusalén y deportó a Sedecías, junto a otro contingente judaíta, a Babilonia, e impuso como gobernador a un noble del país, Godolías (587-582 a.C.). A los pocos años, estalló otra rebelión en territorio judaíta (582 a.C.). Godolías fue asesinado; a modo de represalia, las tropas babilónicas deportaron un tercer contingente judaíta a Babilonia. La consecuencia de la rebelión judaíta no pudo ser más dura, pues el reino de Judá desaparecía para formar parte del Imperio babilónico. El control babilónico de Siria-palestina, prosiguió con la rendición de Tiro, tras trece años de asedio, y culminó con la victoria babilónica sobre las tropas del faraón Amasis (568-526 a.C.), sucesor de Apries, (ca. 586 a.C.). La sumisión de Tiro, la conquista de Judá, y la victoria sobre Egipto aseguraban el dominio babilónico en Siria-palestina.

    La periferia septentrional constataba el continuo avance de los medos hacia el noroeste; primero se hicieron con la zona de Harran, en el noroeste de Siria (610 a.C.), después invadieron Urartu, en el norte, y penetraron en Capadocia, en territorio anatolio (ca. 590 a.C.). La llegada de los medos, capitaneados por Ciaxares (653-585 a.C.), a la región anatolia, determinó la confrontación con Aliattes, rey de Lidia. Ambos ejércitos se enfrentaron en la llamada “batalla del eclipse” (585 a.C.), de resultado incierto. Entonces Nabucodonosor, soberano indiscutido de Oriente, actuó de intermediario entre ambos pueblos; propició la paz, y estableció la frontera entre medos y lidios en el río Halis. Ahora bien, Nabucodonosor quiso resguardar la frontera septentrional de posibles invasiones; por eso tomó posesión de Cilicia, en Anatolia, ocupada por los medos, y, quizá resabiado de Ciaxares, fortificó las plazas fuertes que lindaban con el antiguo territorio de Urartu, ahora en manos de los medos. A lo largo de la primera parte de su reinado (604-585 a.C.), Nabucodonosor había encumbrado Babilonia al rango de mayor potencia oriental. Dominaba Mesopotamia, tanto la zona babilónica como el área asiria, controlaba la región siro-palestina, hacia occidente, y el territorio elamita, hacia oriente, y mantenía la soberanía sobre el norte gracias a la posesión de Cilicia, y la construcción de sólidas fortificaciones en la frontera con los medos.

jueves, 8 de febrero de 2018

PAPA FRANCISCO. CUARESMA 2018






                                                                            Francesc Ramis Darder
                                                                            bibliayoriente.blogspot.com





Mensaje del Santo Padre

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)


Queridos hermanos y hermanas:

            Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,[1] que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

            Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

            Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.


Los falsos profetas

            Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?
            Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

            Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre.

 Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.


Un corazón frío

            Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;[2] su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

            Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.[3] Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

            También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

            El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.[4]


¿Qué podemos hacer?

            Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

            El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos,[5] para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

            El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10).

     Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]

            El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

            Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.


El fuego de la Pascua

            Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

            Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

            En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,[7] para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

            Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
Vaticano, 1 de noviembre de 2017   
Solemnidad de Todos los Santos

FRANCISCO
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[1] Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta.      
[2] «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (Infierno XXXIV, 28-29). 
[3] «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).
[4] Núms. 76-109.               
[5] Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33.    
[6] Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III.           
[7] Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.