lunes, 21 de noviembre de 2016

¿QUÉ ES LA PLEGARIA?


                                                 Francesc Ramis Darder
                                                 bibliayoriente.blogspot.com



Como acabamos de escuchar en el Evangelio, Jesús explicó una parábola para “enseñar que hay que orar siempre, sin perder nunca la esperanza”. La oración no es un adorno, ni un complemento de la vida cristiana. La oración teje nuestra amistad con Jesús, y nos impulsa a practicar la misericordia con el prójimo en una sociedad tan falta de ternura.

    La oración presenta muchos aspectos, pero uno de los más relevantes es el de la acción de gracias. Muy a menudo pensamos que lo más importante en la vida cristiana es lo que nosotros podemos hacer por Dios, pero cuando escuchamos la Biblia y contemplamos nuestra vida, descubrimos que lo más importante no es lo que nosotros podemos hacer por Dios, descubrimos que lo más importante es lo que Dios, con frecuencia escondido tras el rostro de los hermanos, ha hecho por nosotros. Cuando nos hacemos conscientes de lo que Dios ha hecho por nosotros, la oración se convierte en acción de gracias al Señor.

    Como le pasó a Josué, que hemos escuchado en la primera lectura, descubrimos que nuestros triunfos son obra del Señor que actúa en nuestro mundo a través de nuestras manos. Cuando la oración llega a ser acción de gracias, descubrimos que la adversidad, como recalca con tanta intensidad el libro de Job, puede ser la ocasión que Dios nos da para madurar como personas. Cuando la oración se convierte en acción de gracias, entendemos, como decía el profeta Eliseo, que en la vida sencilla late la presencia de Dios que nos guía. La oración agradecida nos recuerda que nuestra vida reposa en las buenas manos de Dios, y que ninguna adversidad, por dura que sea, nos podrá separar del amor del Señor.

    Aunque el agradecimiento sea el núcleo de la oración, el evangelio de hoy subraya que debemos insistir en la oración para pedir al Señor lo que necesitamos para la vida cristiana. Notemos este detalle, no insistimos en la oración para pedir a Dios lo que nos conviene para una vida mundana, como pueden ser el dinero y el poder, o el prestigio social. En la oración, pedimos lo que Dios nos puede y quiere dar; es decir, pedimos a Dios que nos dé la fuerza para vivir las bienaventuranzas del evangelio: solidaridad, humildad, misericordia, deseo de justicia, sinceridad, lucha por la paz.

    Surge aquí una pregunta; si Dios ya sabe qué necesitamos, por ejemplo, la misericordia para vivir la vida cristiana; ¿por qué no nos la da directamente?, ¿por qué quiere que se la pidamos con tanta insistencia, como hacía la viuda del evangelio ante el juez? La Sagrada Escritura nos ofrece la respuesta. Dios quiere que le pidamos, por ejemplo, la capacidad de ser misericordiosos, para que cuando la pedimos nos preparemos humanamente para recibir la gracia de Dios que nos permitirá vivir la misericordia con nuestro prójimo. La oración de petición prepara nuestras capacidades humanas para poder recibir con provecho los dones que Dios nos ofrece; cuando insistimos en la oración pidiendo a Dios que nos haga luchadores por la justicia, estamos disponiendo nuestras cualidades humanas para recibir el don de Dios que nos hará testigos del evangelio en el mundo.


    La oración constante y agradecida forja la fe verdadera, la fe que Jesús querría encontrar en la tierra. Como dice san Pablo a los gálatas, la fe verdadera no se reduce a la creencia en una mano poderosa; la fe verdadera es aquella que toma el aspecto de la caridad. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos dé la fe que trasluce el amor para poder sembrar la esperanza en el corazón de la humanidad, tan necesitada de ternura y de misericordia.               

miércoles, 16 de noviembre de 2016

ORACIÓN BÍBLICA DE ADVIENTO


                               Francesc Ramis Darder
                               bibliayoriente.blogspot.com


1. Comencemos haciendo unos momentos de silencio para serenar nuestro espíritu.
2. Después observemos nuestra vida; aquello que no alegra o angustia.
3. Leamos la Sagrada Escritura; en estas hojas tenemos un conjunto de citas bíblicas. Elijamos una cada día del Adviento; fijémonos en alguna palabra o en alguna frase.
4. Vayamos repitiendo lentamente esta palabra o esta frase en nuestro interior.
5. Apliquemos esta palabra o esta frase a la situación de nuestra vida que antes hemos contemplado. Pidamos después a Dios que nuestra vida vaya en consonancia con las palabras de la Escritura que hemos repetido en nuestro interior.

27. Noviembre. Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os llama es fiel, y él lo realizará (1Tes 5,23-24).

28.Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que todo el mundo os conozca como personas de buen trato. El Señor está cerca (Flp 5,4-5).

29.Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo (Flp 3,20).

30.Esperamos la manifestación de Jesucristo, nuestro Señor. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Dios es fiel (1Cor 1,7-9).

1. Diciembre. Hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra, esperando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y tardía. Esperad con paciencia también vosotros, y fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca (Sant 5,7-9).

2.El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión (2Pe 3,8-9).

3.Ya es hora de despertarnos del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz (Rom 13,11-12).

4.Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor (Is 2,3).

5.Mirad que llegan días –dice el Señor- en que daré a David un descendiente legítimo: reinará como monarca prudente, con justicia y derecho en la tierra (Jr 23,5).

6.No juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece (1Cor 4,5).

7.Cielos destilad desde lo alto la justicia, las nubes la derramen, se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia (Is 45,8).

8.Dice el Señor: Sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de aflicción, daros un porvenir y una esperanza. Me invocaréis e iréis a suplicarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis (Jr 29,11-13).

9.Brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él reposará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor (Is 12,1-3).

10.En cuanto a vosotros, que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios nuestro Padre santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús (1Tes 312-13).

11.El Señor se apiadará de Jacob, volverá a escoger a Israel y lo restablecerá en su tierra. Los extranjeros se unirán a ellos y se incorporarán a la casa de Jacob (Is 14,1).

12.En sus días se salvará Judá, Israel habitará seguro; y le pondrán este nombre: “El-Señor-nuestra-justicia” (Jr 23,6).

13.Mirad: la Virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrán por nombre Enmanuel. Comerá requesón con miel, para que aprenda a rechazar el mal y escoger el bien (Is 7,14-15).

14.Escucha, Señor; perdona y atiende Señor; actúa sin tardanza, Señor mío, por tu honor, pues tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo (Dan 9,19).

15.Mayor será la gloria de este segundo templo que la del primero, dice el Señor del Universo. Derramaré paz y prosperidad en este lugar, dice el Señor (Ag 2,7.9).

16.Y tú, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, de ti voy a sacar al que ha de gobernar Israel (Miq 5,1).

17.El Señor es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él es mi salvación (Is 12,2).

18.Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado (Sal 51,1).

19.Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos (Sal 90,17).

20.El Señor es mi pastor, nada me falta (Sal 23,1).

21.Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto. (Lc 1,7).

22.¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! (Is 60,1).

23.Quien de vosotros teme en el Señor y escucha la voz de su siervo, aunque camine en tinieblas, sin ninguna claridad, que confíe en el nombre del Señor, que se apoye en su Dios". (Is 50,10).

24.María, Dios te ha concedido su favor; vas a concebir y dar a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David, su antepasado. (Lc 1,30-32).


viernes, 11 de noviembre de 2016

ESPIRITUALIDAD DEL ADVIENTO ADVIENTO 2016



                                               Francesc Ramis Darder
                                               Bibliayoriente.blogspot.com


Durante el Adviento preparamos nuestra vida para recibir al Señor que viene a nosotros, no sólo el día de Navidad, sino sobre todo al final de los tiempos cuando nos encontremos con Dios cara a cara. La espiritualidad del Adviento se caracteriza por  cinco aspectos:


1. Tiempo de Plegaria.
   Propongámonos durante el Adviento intensificar nuestra relación con el Señor. Leamos y meditemos la Sagrada Escritura, estemos a la escucha de la Voz de Dios que nos habla; vivamos la Eucaristía con atención, recogimiento y participación.


2. Tiempo de Esperanza.
   En nuestras relaciones personales procuremos ser positivos y constructivos. Aportemos la luz de Cristo en los diversos ámbitos de nuestra vida personal y social, a fin de que quienes nos conocen perciban en nuestro comportamiento la auténtica vivencia cristiana.


3. Tiempo de Reconciliación.
   Preparar la llegada de Jesús implica la conversión de nuestra vida. Convertirse significa cambiar el estilo de vida y pedir perdón a quien hemos ofendido, dejarnos perdonar por nuestro prójimo, y  saber aceptarnos a nosotros mismos. Celebremos el sacramento de la Reconciliación; en él recibimos el perdón de Dios, la gracia y la fuerza del Señor para edificar su Reino en nuestro Mundo.


4. Tiempo de Solidaridad.
   La auténtica conversión implica siempre la solidaridad con el prójimo y la opción por los pobres. Participemos en las campañas de Caritas que organicen los grupos de Acción Social de nuestras parroquias. Estemos disponibles con quien necesita nuestra ayuda. Seamos especialmente generosos en la colecta en favor de Caritas que se realiza en Adviento o en Navidad en todas las Iglesias, es una magnífica ocasión para hacer real y eficaz nuestra solidaridad con quienes sufren.


5. Tiempo de María.

   La Virgen María es el modelo cristiano del Adviento. Ella esperó con inefable amor de madre al Salvador del Mundo. Acerquémonos a María, y percibamos en ella a nuestra madre que supo acompañar a Jesús desde su mismo seno hasta el pie de la cruz, para participar después de la gloria de su resurrección.

jueves, 3 de noviembre de 2016

¿CÓMO ERA MESOPOTAMIA?


                                         Francesc Ramis Darder
                                        bibliayoriente.blogspot.com



Como señalan los investigadores, los rigores climáticos de la última glaciación (ca. 10.000) fueron menos intensos en Mesopotamia que en otras regiones del planeta. Además, las variedades vegetales que posteriormente fueron el eje de la agricultura, la cebada y el trigo, brotaban espontáneamente en tierras mesopotámicas. Algo análogo ocurría con los animales que después fueron la base de la ganadería; allí abundaban en estado salvaje ovejas, cabras, vacas, cerdos y camellos. Como hemos señalado, el cauce del Eúfrates y el Tigris junto a sus respectivos afluentes confería al territorio una gran feracidad; mientras las montañas y desiertos que rodeaban la región parecían protegerla de adversarios exteriores. La bonanza climática, la abundancia de especies, la fertilidad del terreno y la protección de las montañas y desiertos parecían favorecer espontáneamente el nacimiento de la civilización humana en la región; de ahí nacía, entre otros motivos, el aspecto paradisíaco que los antiguos conferían a la tierra entre ríos. Sin embargo, la benignidad de la zona presentaba, a modo de contraste, varias adversidades que el ser humano debió controlar con esfuerzo para sembrar y acrecer la semilla de la civilización.

    El caudal del Eúfrates y el Tigris fertilizaba las tierras adyacentes. Ahora bien, ambos ríos surcaban un largo recorrido, a lo largo del cual iban depositando sobre el terreno las sales minerales que trasportaban desde los Montes de Armenia. Las sales disminuían la fertilidad del suelo; por eso, muy a menudo, el agricultor debía drenar los suelos y el cauce de los ríos para posibilitar la fertilidad del suelo. El terreno llano por donde fluían los dos grandes ríos en el último tramo favorecía la frecuente alteración del cauce fluvial; acontecía, con relativa frecuencia, que el desplazamiento de un cauce destruyera extensas zonas de cultivo, y convirtiera en estéril el trabajo de una aldea durante muchas generaciones. Por si fuera poco, los ríos tendían a desbordarse en algunos tramos, anegaban en exceso el terreno y arruinaban las cosechas. La frecuencia de las inundaciones provocadas por el desbordamiento de los ríos alentó el nacimiento de leyendas sobre grandes diluvios, que recogió la literatura mesopotámica y más tarde asimiló la Biblia. Con intención sacar rédito al caudal fluvial, las culturas mesopotámicas desarrollaron una intensa política hidráulica para aprovechar el valor ecológico de la región; así la región se pobló de presas, acueductos, embalses y canales de agua. Sin duda, el pretendido “paraíso natural” requirió del gran esfuerzo de sus habitantes para convertirse en cuna de la civilización humana.

    Como hemos mencionado, el Eúfrates y el Tigris en tiempos antiguos desembocaban separados en el Golfo Pérsico, actualmente lo hacen juntos; según algunos comentaristas, el cambio obedece a motivos geológicos. Mesopotamia reposa sobre una placa tectónica que se alza lentamente por la zona sur del territorio. El levantamiento provoca, en la región del Golfo, el desplazamiento hacia el sureste de la línea de costa; mientras origina terremotos en los Montes de Armenia y la cordillera de los Zagros, al norte y al este. El alejamiento de la línea de costa, acrecentado por el sedimento dejado por los ríos, provocaba que las ciudades portuarias, levantadas junto al mar, tuvieran que abandonarse al ir quedando lejos del litoral. Los seísmos que arrasaban zonas de Armenia y los Zagros destruían aldeas, alteraban el curso de los ríos, y perturbaban las vías de comunicación. Utilizando el lenguaje bíblico, el aparente “paraíso”, eco de la feracidad del terreno, muchas veces se convertía en tierra de “espinas y abrojos”, símbolo de los desastres naturales que diezmaban la región (Gn 3……..).

    Las montañas y desiertos que circundaban la zona entre ríos parecían guarnecerla; semejaban la muralla que defendía la zona fértil del peligro extranjero. Sin embargo, las áreas montañosas también constituían la mejor plataforma para que los enemigos pudieran otear la región y saquear sus riquezas. Las invasiones que sufrió Mesopotamia llegaron desde el Taurus después de atravesar Anatolia y Siria, en el noroeste; también lo hicieron a través de los Montes de Armenia, en el norte; y por el este cruzando los Zagros, desde la tierra de Elam, el nombre antiguo de la actual meseta irania. Con intención de salvaguardar su integridad, las sucesivas culturas mesopotámicas auspiciaron la política militar para protegerse o intentar dominar al enemigo extranjero; por eso las regiones norteñas testimonian la presencia de extensos muros para contener las invasiones, mientras las ciudades importantes sobresalen por la solidez de sus murallas y baluartes.

    Aunque existieran plantas silvestres y animales salvajes que propiciaron el nacimiento de la agricultura y la ganadería, su domesticación constituyó una ardua tarea para el ser humano. Los sucesivos cruces entre especies para obtener vegetales rentables o animales eficientes, supuso una tarea de milenios, no exenta de dificultades. Como hemos señalado, la carencia de minerales metálicos y piedra para la construcción implicó la necesidad de abrir caminos hacia el exterior; de ahí nacieron rutas caravaneras que bordeaban el desierto y cruzaban las montañas, o los astilleros para construir navíos que zarparan del Golfo, o pequeñas embarcaciones para navegar por los ríos en ambas  direcciones.


    La región mesopotámica requirió un ímprobo esfuerzo humano para convertirse en un foco de la civilización; pero fue precisamente la intensidad y necesidad de tal esfuerzo el agente que engendró la civilización humana. Los sumerios, acadios, asirios y babilonios constituyeron las sucesivas culturas que guiaron la civilización Mesopotamia. Cada cultura fundamentó su liderazgo, con diversos matices, sobre cuatro pilares: la política hidráulica que mantuvo el valor ecológico de la zona, el empeño en la defensa militar del territorio, el trazado de vías de comunicación para favorecer el indispensable comercio exterior, y el establecimiento de caminos interiores para propiciar el intercambio cultural entre quienes poblaban Mesopotamia.

miércoles, 26 de octubre de 2016

¿DÓNDE ESTÁ MESOPOTAMIA?


                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                  bibliayoriente.blogspot.com


El topónimo “Mesopotamia” procede del griego y significa “entre ríos”, o apurando la etimología, “tierra entre ríos”; pues propiamente conforma la llanura entre dos grandes cursos fluviales: Eúfrates y Tigris. El Eúfrates nace en las montañas de Armenia como resultado de la confluencia de otros dos ríos, el Kara-Su, que se origina en el valle de Ezqurum, y el Murat, cerca del lago Van; recorre unos 2.800 km en dirección sureste, y cuenta con dos afluentes relevantes por el Este: Balikh y Harbur. El Tigris también brota en las montañas de Armenia, junto a Elazig, recorre unos 1.900 km; dispone de cuatro afluentes importantes por el Este: Diyala, Adhem, Pequeño Zab y Gran Zab. A grandes rasgos, el Tigris y el Eúfrates discurren en paralelo hasta desembocar juntos en Shat-el-Arab, en el Golfo Pérsico. Ahora bien, en la antigüedad desembocaban separados, pero tanto los aluviones del estuario como la alteración geológica de la zona han provocado el alejamiento de la línea de costa, por eso actualmente desembocan juntos.

    El cauce del Tigris y del Eúfrates estructuraba el territorio en dos regiones principales: Baja y Alta Mesopotamia. Situada en el último tramo del cauce fluvial y abrazando la zona costera, la Baja Mesopotamia disponía de una pluviosidad escasa e irregular, en otoño e invierno; la primavera y el comienzo del verano contemplaba el crecimiento del cauce fluvial, a menudo virulento; el verano era seco. La región contaba con cañaverales, palmeras datileras, cereales, especialmente cebada, cabras, cerdos, bueyes, gallinas originarias de la India, rebaños de ovejas cuya lana propiciaba la industria textil, aceite de sésamo, nafta y betún, arcilla de calidad para la producción cerámica; en la costa y en los ríos abundaba la pesca; bueyes de labor, asnos, caballos a partir del segundo milenio, y dromedarios domesticados desde al siglo XII.

     La Alta Mesopotamia comprendía el cauce central y superior de ambos ríos, a la vez que lindaba al Norte con las montañas de Armenia, y al Este con la cordillera de los Zagros. Disponía de múltiples valles irrigados por riachuelos; era proverbial la feracidad de las tierras comprendidas en algunos valles entre los montes de Armenia, también en la zona que mediaba entre el Gran Zab y el Tigris, o en la intersección entre el Harbur y el Eúfrates. Además de la riqueza agrícola y ganadera, despuntaba la presencia de plátanos, tamariscos, moreras y encinas; discurrían por la región grandes rebaños de ovejas, los bosques gozaban de abundante caza y los ríos de pesca generosa; en las más zonas norteñas, en tierras armenias, afloraban la piedra para la construcción y algunos metales. Entre la Alta y la Baja Mesopotamia existían buenas comunicaciones; las rutas terrestres favorecían el tráfico de caravanas, mientras los tramos navegables del Tigris y el Eúfrtes alentaban el comercio y la relación cultural.

    La región feraz entre el Eúfrates y el Tigris estaba rodeada por accidentes geográficos que enmarcaban la región. El Oeste veía extenderse el desierto Siro-Arábigo, inhóspito y desolado, cuyos escasos pozos y torrenteras proveían de agua a hombres y animales. El desierto convergía hacía el noroeste con los Montes Amano, una pequeña cordillera de la cadena del Taurus en Anatolia. La zona norte vería erguirse los Montes de Armenia con el mítico Ararat (5.000 m); sobre los montes armenios despuntaban tres lagos principales: Van, Sevan y Urmia. La región Este contemplaba los Montes Zagros, con tres regiones sucesivas, de norte a sur: Kurdistán, Luristán y Kuzistán, esta última conformaba, en cierta manera, una elongación de la región mesopotámica, surcada por los ríos Karen y Kerkah.

     La Baja y la Alta Mesopotamia destacaban por su potencial agrícola, ganadero y piscícola, pero tanto los buenos materiales de  construcción como los metales había que adquirirlos en las zonas colindantes. La región Siro-palestina, al Oeste, aportaba la madera de los cedros del Líbano y los montes Amano, también púrpura y cobre. La península Anatolia, al Noroeste, ofrecía cobre, oro, hierro, plata, obsidiana, basalto, mármol, alabastro y jade. Arnenia, al Norte, contaba con hierro y piedra de construcción. Irán, el Este, destacaba por la abundancia de plata, oro, estaño, hierro, turquesa y basalto. Así pues, la zona del Tigris y el Eúfrates exportaba, sobre todo, productos agropecuarios e importaba de las regiones limítrofes, principalmente, metales y materiales de construcción.

    Mesopotamia constituía una región integrada en el Próximo Oriente. Zarpando del Golfo Pérsico, los navíos intercambiaban mercancías en el puerto de Dilmun, actual Barhein; cruzando el estrecho de Ormuz, alcanzaban el país de Punt en la costa africana; y a través de un largo cabotaje atracaban en la India. Las caravanas, evitando el desierto, cruzaban el Eúfrates por el norte, en territorio sirio, y tras reposar en Alepo y Palmira, alcanzaban la región Palestina, puerta hacia Chipre, la zona del Egeo, y Egipto. Hacia el Este las caravanas penetraban en la meseta irania, y hacia el Norte cruzaban los montes armenios y bordeaban los lagos para propiciar el comercio y el intercambio cultural.


    La integración de Mesopotamia en Oriente determinó que J. H. Breasted, investigador eminente, acuñara la locución “Creciente Fértil”. ¿A qué se refería? Cuando observamos un mapa del Próximo Oriente apreciamos, a primera vista, dos regiones fértiles: la primera, Mesopotamia, en torno al Tigris y el Eúfrates; la segunda, en Palestina en los alrededores del lago de Gennesaret y el curso del Jordán. A modo de contrapunto, desde el centro de ambas regiones, despunta una extensa zona árida conformada por el desierto Siro-Arábigo y el pequeño desierto de Judá, su prolongación occidental en tierra palestina. Si con un lápiz coloreamos las dos zonas fértiles, aparecerá, desde el prisma de la metáfora, una media luna verde en cuarto creciente, de ahí el nombre “Creciente Fértil” con que también se conoce la región feraz de Palestina y las tierras mesopotámicas; aun así, la imaginación poética empuja a prolongar la media luna verde hacia el cauce del Nilo, cuyas aguas volvían fértiles las riberas colindantes. 

jueves, 20 de octubre de 2016

¿QUÉ SIGNIFICA YO SOY EL QUE SOY?

                                        Francesc Ramis Darder
                                        bibliayoriente.blogspot.com


Como señala la Biblia, Moisés pastoreaba el rebaño de Jetró, su suegro. Buscando una oveja, vio una zarza ardiendo sin consumirse. Acercándose para observarla, Dios le habló: “He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto [...] voy a bajar para liberarlo […] yo te envío al faraón para que saques de Egipto a mi pueblo”. Moisés aceptó el reto: “Me presentaré a los israelitas y les diré: El Dios de vuestros antepasados me envía a vosotros”. A continuación, preguntó: “si ellos me preguntan cuál es su nombre, ¿qué les  responderé?”. Dios le contestó: “Yo soy el que soy. Explícaselo así a los israelitas: ‘Yo soy’ me envía a vosotros” (Ex 3,1-14). De ese modo, desvela Dios su identidad: “Yo soy” o “Yo soy el que soy”; la locución adquiere dos significados principales.

    En tiempos antiguos, la expresión “Yo soy” mostraba el sentido causativo; es decir, Dios aparecía como “el que hace ser” a su pueblo, dicho de otro modo, el Señor “es la causa” de la existencia de su comunidad. Notemos la semejanza con la metáfora del alfarero: El artesano coge barro y modelándolo lo “hace ser” una vasija; Dios elige unos esclavos en Egipto y los “hace ser” su pueblo, Israel. Otro aspecto de la vocación de Moisés muestra como Dios convierte (hace ser) a los israelitas en el pueblo de su propiedad: “Dios dijo a Moisés: Yo soy el Señor, y os arrancaré de la opresión de los egipcios […] os libraré de su esclavitud […] os tomaré para que seáis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios […] os llevaré a la tierra que juré dar a Abrahán, a Isaac y a Jacob, y os la daré” (Ex 6,2-9). Así, la locución “Yo soy” señala la intimidad del Señor, “el que hace ser a su pueblo” para convertirlo en su propiedad personal.

    Conviene matizar una cuestión. La expresión castellana “el Señor” traduce la palabra hebrea “Yahvé”, uno de los nombres relevantes del Dios de Israel. Con intención de precisar el significado de los términos hebreos, los estudiosos suelen compararlos con el árabe, idioma hermano. El árabe dispone de un verbo semejante al término “Yahvé”, que significa “amar apasionadamente”. Cuando unimos el sentido de la expresión “el que hace ser” con el halo del amor apasionado, intuimos la intimidad de Dios: el Señor es quien modela a su pueblo con amor apasionado para convertirlo en imagen y semejanza suya entre la humanidad entera (Gn 1,26).

    Ahora bien, cuando los israelitas alcanzaron Palestina, se convirtieron en un pueblo sedentario. El cambio de vida supuso la variación del leguaje; por eso la comprensión de la locución “Yo soy”, entendida como “el que hace ser”, fue convirtiéndose en “Yo soy”. ¿Qué significa este cambio? Al establecerse en Palestina, los israelitas establecieron relaciones con los cananeos, pobladores del país. La religión cananea contaba con muchos dioses, adorados en numerosas imágenes. Atraídos por la exhuberancia del culto cananeo, los israelitas olvidaron al Señor y adoraron a los dioses cananeos, los ídolos.

     Dolidos del abandono, los profetas recordaron al pueblo que solo el Señor es Dios, y censuraron la falsedad de los ídolos. La profecía de Isaías dibuja los ídolos como “los que no son”, “nada” o “nulidad” (Is 41,24.29; 45,14), a la vez que alaba al Señor, “el que es”, como el único Dios: “Yo soy el Señor y no hay otro; no hay dios fuera de mí” (Is 45,5). Como enseña Isaías, la salvación brota del Señor y no del falso poder de los ídolos. El Señor, “el que es”, es el autor de la creación, y dirige la historia para propiciar la liberación de Israel (Is 40,26; 41,1-5); en contraposición, los ídolos son incapaces de emprender cualquier tarea, pues “no son” dioses y es absurdo adorarlos (Is 41,23-24).

    A modo de síntesis, la doble acepción de la locución “Yo soy el que soy” dibuja la intimidad del Señor. Desde la perspectiva del “que hace ser”, el Señor aparece como quien modela a su pueblo con amor apasionado para convertirlo en testigo de su bondad en la historia humana; y al contraluz de los ídolos, “los que no son”, el Señor es “el único que es”, el único capaz de actuar en la historia a favor del ser humano.

lunes, 10 de octubre de 2016

LA COMUNIDAD HEBREA DURANTE EL PERÍODO PERSA


                                      Francesc Ramis Darder
                                      bibliayoriente.blogspot.com


Darío I convirtió el territorio del extinto reino de Judá en la región de Yehud, integrada en la satrapía de Transeufratina. La vida de quienes moraban en Yehud estuvo enturbiada por los litigios con las regiones vecinas: Idumea, Asdod y Ascalon, Dor y Joppe, Tiro, Galilea, Samaría, Moab y Amón. La progresiva sustitución de la escritura hebrea por el alefato arameo denota la influencia persa en el territorio de Yehud. La comunidad judaíta que permaneció en Babilonia acendró su participación en la sociedad; el archivo comercial de Murasu (445-403 a.C.), en la ciudad de Nippur, atestigua la integración social de los judíos y certifica su solvencia económica. Los hebreos que permanecieron en Babilonia engendraron personajes notables que destacaron en la corte persa y auxiliaron a la comunidad jerosolimitana, entre ellos y al decir de la Escritura, descuellan Esdras y Nehemías.

    Darío I estableció, del modo más férreo, la estructura administrativa de Yehud (522-486 a.C.). La combinación de los datos bíblicos, junto a la información de los sellos de Yehud, los papiros de Elefantina y la información numismática, permiten establecer una lista aproximada de los gobernadores: Sesbassar (ca 538 a.C.), Zorobabel (ca. 520 a.C.), Hananah (hermano de Zorobabel), Elnatán, esposo de Shelomit (ca. 500 a.C.), ¿Ouryaw?, Yehoezer, Ahzay, Nehemías (ca. 445-433 a.C.), Bagoas (410-407 a.C.) y Yehezqiyah (ca. 350-332 a.C.); como señala la onomástica, con la excepción de Bagoas, los gobernadores eran de estirpe hebrea, sometidos a la autoridad persa.

    La apreciación de los textos bíblicos, el contenido de los papiros de Elefantina y de Wadi Dâliyeh, los escritos de Flavio Josefo y la información numismática permiten determinar, con cierta probabilidad, la sucesión de quienes ocuparon el cargo de Sumo Sacerdote: Josadaq (Exilio: 1Cr 5,40), Josué (ca. 520-515 a.C.), Joaquín (comienzos de siglo V), Elyiasib I (ca. 445 a.C.), Yoyadá (ca. 430 a.C.), Yehohanán I (ca. 410-408 a.C.), Yadua I (inicios del siglo IV), Yehohanán II (ca. 350 a.C.), Yadua II (ca. 332 a.C.). El gobierno de Yehud estaba en manos del gobernador, sometido a la autoridad persa. El sumo sacerdote ejercía su autoridad sobre la administración y el culto del Templo. Aun así, el constante debilitamiento del poderío persa redundaba en la mayor autoridad del sumo sacerdote.

    Durante el período persa, la extensión de Yehud abarcaría un radio de veinticinco kilómetros alrededor de Jerusalén, con exclusión del sur de Judea (Lakis y Hebrón) y el Negueb (Arad, Beershebá). Hacia el este alcanzaría Jericó, por el sur llegaría a Belén y Neftoah, hacia el norte comprendería Ay y Betel, y hacia el oeste abrazaría, seguramente, Lodd, Hadid y Ono.[1] La región era menor que el antiguo reino de Judá. Relativamente accidentada y en parte desértica, contaba con la agricultura que era posible establecer en las colinas (viña, olivar), y con la presencia de ganado menor. La economía giraba en torno al Templo de Jerusalén donde acudían, al parecer, mercaderes tirios (Neh 13,16); la región acuñó moneda que portaba la inscripción: Yehud. [2]
    
    Mientras el siglo V a.C. constituyó una época de paz en Palestina, el siglo IV a.C. fue testigo de convulsiones sociales. Durante el invierno del 350-351 a.C., Artajerjes III fracasa en el intento de conquistar Egipto. Las ciudades fenicias, guiadas por Tennes, rey de Sidón, se sublevan; las revueltas concluyen con la destrucción de Sidón (345 a.C.), la sustitución del rey de Tiro y el nombramiento de Mazdaï/Mazaios como sátrapa de Transufratina y Cilicia. Súbitamente, aparece en Oriente Alejandro Magno que se enseñorea de Palestina (331 a.C.). La conquista de Alejandro mantuvo la organización administrativa de Yehud implantada por el Imperio persa, heredero del Imperio babilónico, continuador, a su vez, de la administración asiria.

     El influjo de la cultura griega alcanzó Palestina antes de la conquista macedónica. Los contactos con la región egea se hicieron frecuentes en el siglo séptimo y se multiplicaron durante los siglos cuarto y quinto, cuando Persia y Grecia entablaron relaciones hostiles (Guerras Médicas) o amistosas (comercio). La región de Yehud constató como la mentalidad griega comenzaba a impregnar el corazón hebreo. Cuando Alejando conquistó Palestina, Yehud y Samaría pasaron del dominio persa a la autoridad griega (Josefo, Ant. XI, 304-347). Como hemos dicho, después de la conquista de Alejando, Yehud conservó la administración de la etapa persa; formó parte de la provincia de Siria. Sin embargo, el destino de Samaría fue distinto. Cuando murió Sambalat III, los samaritanos se sublevaron y quemaron vivo a Andrómaco (331 a.C.), gobernador de Celesiria. Alejando vengó la traición: destruyó la ciudad y reemplazó a sus habitantes por colonos macedonios que fundaron la villa helenista de Samaría/Sebaste (Josefo, Ant.  XIII, 255-256).
   
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    La segunda etapa del período persa (458-331 a.C.) contempló el progresivo debilitamiento del señorío aqueménida sobre Yehud, mientras comenzaba a despuntar la influencia griega. Aunque la debilidad persa favoreciera la autoridad del sumo sacerdote del Templo de Jerusalén, la abigarrada población de Yehud tendía a erosionar la identidad social y religiosa del Resto de Israel, reunido al cobijo del Santuario. 
         




[1] . Según Neh 3 una extensión más limitada: ausencia de Betel, Kiriat-Yearim, Kephirah, Béerot, Lod, Hadid y Ono; inclusión de Zanoah, Teqoa, Queilat, Bath-Zour; Mizpá, quizá residencia del gobernador.
[2] . Yehud o Yerushalem también en vasijas, quizá utilizadas para la recaudación de tributos.

domingo, 2 de octubre de 2016

EL REGRESO DEL EXILIO EN BABILONIA


                                                        Francesc Ramis Darder
                                                       bibliayoriente@gmail.com



Como señala la Escritura, Sesbassar, príncipe de Judá (Esd 1,8.11), encabezó el primer retorno. El nombre “Sesbassar” es de origen babilónico y delata el grado de asimilación social que alcanzaron los deportados; debieron ser pocos los que regresaron con Sesbassar, pues muchos habían prosperado y se habían asentado en Babilonia. Sesbassar recibió el título de gobernador (pehaj) (Esd 5,14). Las competencias del cargo son inciertas; lo más probable es que recibiera el encargo de dirigir el regreso y remozar el templo; pues, como sucedía con los templos antiguos, el santuario no sólo detentaba un papel cultual, sino también financiero.

    Ahora bien, los judaítas que no habían marchado al exilio, el Pueblo de la tierra, se tenían por auténticos propietarios de los campos (Ez 33,24); por esa razón debieron mostrarse reticentes ante los recién llegados, quienes, con toda probabilidad, pretenderían recobrar las propiedades que Nabuzardán había arrebatado a sus antepasados para repartirlas entre los más pobres del país (2Re 25,8-12; Neh 5,1-13). Los resultados alcanzados por Sesbassar fueron escasos, según Esd 5,16 sólo pudo poner los cimientos del nuevo Templo; el silencio de la Escritura sugiere su pronta desaparición.

Los avatares políticos posteriores a la muerte de Cambises y a la ascensión de Darío I posibilitaron el regreso del otro contingente de exiliados (522-520 a.C.), encabezados por Zorobabel y Josué (Esd 2-6). La autoridad persa confirió a Zorobabel el título de gobernador de Judá (Ag 1,1.14; 2,2.21). Zorobabel aparece como hijo de Sealtiel (Esd 3,2; 5,2); según 1Cr 3,17 Sealtiel es el hijo mayor de Jeconías, el rey de Judá deportado a Babilonia (2Re 24,15). Como señala la Escritura, la figura de Josué entronca con el linaje sacerdotal de Sadoc (1 Cr 5,27-41); Josué, hijo de Josadac, es hijo de Josadac, el sacerdote que marchó al exilio (1Cr 5,41). Así pues, cabe suponer que en el ánimo de quienes volvían anidara el deseo de recuperar, bajo el cetro de Zorobabel y la tiara de Josué, la identidad nacional perdida tras la conquista babilónica.

    La profecía de Ageo y de Zacarías señala la esperanza en la restauración de la dinastía davídica. La visión de Zacarías (Zac 4,1-6ª.10-14) presenta a Josué y Zorobabel como personajes ungidos. Josué ejerce la función sacerdotal, mientras Zorobabel es el príncipe. Los oráculos dirigidos a Zorobabel (Zac 4,6b-10ª), exponentes de la ideología real, encomiendan al príncipe, como primera función, la reedificación del Templo. La profecía de Ageo muestra cómo Yahvé se dirige a Zorobabel bajo los apelativos de “mi servidor” y “mi elegido”. Zorobabel se convierte en “el sello y el anillo de Yahvé”, el representante de Dios en medio de su pueblo (Ag 2,20-23). La predicación de Ageo y la voz de Zacarías percibían en la figura de Zorobabel al heredero legítimo de David, llamado a restaurar la identidad nacional bajo la corona de los dávidas.

    No obstante y como señala la Escritura, la presencia de Zorobabel se extingue. La razón permanece oscura, pero podemos intuir dos motivos. Por una parte, quizá los persas pudieran ver con malos ojos el renacimiento de la dinastía davídica y prefirieran una región más armonizada con la estructura del imperio, por esa razón podrían haber decidido desembarazarse de Zorobabel. Por otra, pudiera haber ocurrido una confrontación entre quienes habían permanecido en Judá durante el exilio, el Pueblo de la tierra, y los que habían regresado del destierro. Al filo de la confrontación quizá habría estallado un conflicto en el cual habría muerto Zorobabel, así se habría extinguido por sí misma la esperanza de la restauración dinástica. Sea lo que fuere, quienes volvieron del exilio tuvieron que renunciar a la restauración dinástica y comenzaron a volcar sus esperanzas en la figura del sacerdote Josué (Zac 4,8-10; 6,11-14). A pesar de que los persas reconocieran la solvencia del sacerdocio, rigieron los destinos de la región mediante la autoridad de los gobernadores, la prestancia de Josué y sus sucesores se circunscribió al culto del templo, mientras el destino de la región reposaban en la decisión de autoridad persa.

Quienes volvieron del exilio centraron su esperanza en la consagración y reedificación del Santuario; tarea que culminó en el año 515 a.C., cuando el Templo fue dedicado con gran solemnidad (Esd 6,13-18). El trono de David no fue restablecido; los gobernadores persas regían el destino de Yehud, mientras el sacerdote Josué y sus sucesores orientaban la conducta religiosa de la comunidad (cf. Neh 5,14). Las dificultades de quienes volvieron del exilio aumentaban mientras se multiplicaban los conflictos con las regiones vecinas. Los funcionarios de la administración de Samaría denunciaron ante la autoridad persa la reedificación de las murallas de Jerusalén, pues la fortificación de la Ciudad Santa y la centralidad del Templo mermaban la prestancia de Samaría. La revuelta del sátrapa de Transeufratina, Megabyzus, a mediados del siglo V a.C., mermó la seguridad del Imperio persa en la zona occidental; seguramente por eso y por la protesta de los samaritanos, los persas ordenaron detener la reconstrucción de las murallas de Sión. Como veremos en el capítulo VII, la situación incierta de Yehud induce a pensar que la autoridad aqueménida decidiera enviar a Esdras y Nehemías para inspeccionar la región (ca. 458-398 a.C.).
 
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    El escaso éxito de Sesbassar, la turbulencia política entre la muerte de Cambises y la ascensión de Darío I, la animadversión de quienes no fueron al exilio contra los recién llegados y la desaparición de Zorobabel, dificultaron la instalación de quienes volvían del destierro; con el tiempo, el asentamiento se configuró entorno al Templo, regido por Josué y encomiado por la predicación de Ageo y Zacarías.



lunes, 19 de septiembre de 2016

¿QUIÉN ES EL PROFETA DEL CONSUELO?


                                                                          Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com


El profeta Jeremías había alentado el ánimo de los judaítas deportados para que procuraran asentarse en Babilonia, mientras Ezequiel, después de la caída de Sión (587 a.C.), quiso avivar el corazón abatido de los desterrados. No obstante, el encarcelamiento del rey judaíta Jeconías (594 a.C.) y el control babilónico anublaron la esperanza en la inmediata redención del exilio.

   No obstante, brilló una luz entre las tinieblas del exilio: Ciro II, rey de medos y persas, inició con la mayor ventura la conquista del Próximo Oriente. Entonces, el emperador babilónico, Amel-Marduk tembló ante el auge de Ciro. Aterido de miedo, liberó de la mazmorra a Jeconías para asegurarse la lealtad de los judaítas desterrados (ca. 561 a.C.); un hálito de vida comenzó a soplar sobre la  comunidad judaíta exiliada.

    Ahora bien, mientras la mayoría de exiliados interpretaba el ascenso de Ciro y el declive babilónico como dos acontecimientos más entre los azares que entretejen la Historia, surgió un profeta que emprendió la lectura teológica de los sucesos: el Profeta del Consuelo. Intuyó que, bajo los estertores de Babilonia y el renacimiento Persa, palpitaba la actuación de Dios en la Historia humana. Desde esta perspectiva, comprendió que era Dios quien aniquilaba la prepotencia babilónica y alumbraba la gloria de los persas. Ahondó todavía más en la cuestión, llegó a discernir, con los ojos de la fe, que la derrota de Babilonia y la victoria de Ciro era la fragua donde Dios forjaba la llave con que iba a liberar al pueblo de la cárcel del exilio.

   ¿Quién era el Profeta del Consuelo?  Dos observaciones pueden insinuar la respuesta. 

    Por una parte, la Escritura señala los estamentos a los que pertenecían los deportados: el clero, la nobleza y los artesanos. Por otra y a nuestro entender, el texto del Segundo Isaías (Is 40-55), redactado en Jerusalén, todavía recoge, entre otros temas, el eco lejano de la predicación del Profeta del Consuelo en tierras babilónicas. Así podemos perfilar la pregunta: ¿en cuál de los tres estamentos (clero, nobleza, artesanos) encajaría mejor la predicación del Profeta del Consuelo?

    El texto del Segundo Isaías omite, casi por completo (Is 43,22-28), las referencias cultuales, propias del estamento clerical. Tampoco aplica el título de rey a ningún  personaje humano, ni alude a los tejemanejes de la nobleza. El Segundo Isaías sólo reconoce a Yahvé como rey de Israel (Is 43,15); incluso Ciro, tan relevante en el poema isaiano, no recibe el título de rey, sino de Mesías (Is 44,28; 45,1). De ese modo, cabe pensar que si la voz del Profeta del Consuelo no recoge el talante de la clerecía ni respira el aire de la nobleza, pudiera ser un miembro de la comunidad artesana, distante de la corte de Jeconías y distinta del sentir del clero.

    Además, el texto del Segundo Isaías, eco de la predicación del Profeta del Consuelo en Babilonia, presenta notables diferencias con los últimos profetas anteriores al fin del exilio (Jeremías y Ezequiel) y con los que predicaron en los primeros años del regreso a Jerusalén (Ageo y Zacarías). Jeremías y Ezequiel muestran gran preocupación por el templo y por la monarquía judaíta; también Ageo y Zacarías mencionan las cuestiones inherentes al Templo y constatan la relevancia de la realeza. En cambio, el Segundo Isaías no menciona la situación cultual del Templo, ni comenta la política de los reyes de Judá. Desde esta perspectiva, se distancia del interés político y de la preocupación cultual que pudieran abrigar la nobleza o el sacerdocio del exilio, una razón más para encuadrarlo en el estamento de los artesanos     

    Por si fuera poco, al adentrarnos en los pasajes del Segundo Isaías que ridiculizan la idolatría, apreciamos la descripción del proceso de fabricación de los fetiches. El texto especifica las herramientas (martillo, yunque, lápiz, compás, fragua, gubia, balanza), el proceso técnico (talar, forjar, diseñar, fundir, recubrir, pulir, batir, soldar, clavar, modelar, medir, pesar), los materiales (oro, plata, cedro, roble, encina, madera incorruptible, metal), la función de los artesanos (escultor, forjador, tallista, fundidor, orfebre, artista), y el tipo de imagen (estatua, ofrenda de pobre, ídolo estable, dios, figura varonil, figura humana) (Is 40,19-20; 41,6-7; 44,9-20; 45,6-7).

    Ningún otro pasaje de la Escritura describe el ambiente artesanal con tanta precisión. Aunque nacidos en Jerusalén a finales de la etapa persa, los pasajes citados encajan muy bien en el ambiente artesano. No cabe duda de que estos textos, ajenos al horizonte de la corte y al interés de la clerecía, sugieren que la predicación del Profeta del Consuelo, respira el aire del medio artesano. Dicho de otro modo; así como Is 1-39 reflejan, en cierta medida, el ambiente del palacio y el templo, el contenido de Is 40-55 evoca, en cierta manera, el medio artesano, ajeno a la nobleza y al sacerdocio.      

    Así pues, el Profeta del Consuelo sería un varón vinculado al gremio de los artesanos que predicó entre los judaítas exiliados. Comprendió que bajo la caída de Babilonia y el triunfo de Persia palpitaba la intervención de Yahvé en la historia para liberar a la comunidad judaíta exiliada en Babilonia. A través del Profeta del Consuelo, Yahvé, el Dios liberador, anunció la liberación de su pueblo, Israel. Sin duda, el amor del Señor engendra siempre la vida y acrece la esperanza.    

lunes, 12 de septiembre de 2016

¿CÓMO VIVÍAN LOS HEBREOS EN BABILONIA?

                                   
 Francesc Ramis Darder
                                                                             bibliayoriente.blogspot.com 




    Cuando murió Nabucodonosor II (562 a.C.), comenzó el declive de Babilonia; su hijo y sucesor, Amel-Marduk (562-560 a.C.), denominado por la Escritura Evil-Merodak, liberó de la prisión a Jeconías (2Re 25,27-30; Jr 52,31-34). Amel-Marduk fue destronado por Nergalsérer (560-556 a.C.), quien murió en combate al cabo de cuatro años (556 a.C.) dejando en el trono a un hijo menor de edad, Labasi-Marduk, el cual fue destronado a su vez por Nabónides (556-539 a.C.). Cuando Nabónides elevó al dios Sin al rango supremo del panteón babilónico, se granjeó la animadversión del clero de Marduk; más tarde, trasladó la corte al oasis de Teima con lo que alteró los ánimos de la nobleza. El desorden social coincidió con el renacimiento persa, dirigido por Ciro II (559-530 a.C.). Nabónides, temeroso de la pujanza de Ciro, formó con el faraón Amasis y con Creso, rey de Lidia, una alianza contra Persia. Ciro reaccionó y conquistó Sardes (547/6 a.C.) incorporando el territorio lidio a su imperio.

    La conquista de Babilonia se produjo con gran facilidad. Nabónides había perdido la Alta Mesopotamia, al igual que la provincia de Elam, cuyo gobernador, Gobrias, se había pasado a las tropas de Ciro. El ejército de Nabónides fue derrotado en Opis, y Ciro entró triunfante en Babilonia siendo aclamado como libertador (539 a.C.). Ni la capital, ni ninguna otra ciudad circundante fueron destruidas. Ciro restauró el culto del dios Marduk, desterrado antaño por Nabónides. Incluso proclamó que gobernaba por decisión de Marduk. Instaló a su hijo Cambises como su representante personal en la capital, Babilonia. Hacia el año 539 a.C. todo el oeste de Asia, hasta la frontera con Egipto, estaba bajo el cetro de Ciro II. La política de Ciro se caracterizó por la magnanimidad con que trató a los pueblos conquistados.
        
     ¿Qué repercusión tuvo la convulsión babilónico-persa en la vida de los deportados? Cuando los desterrados llegaron al país de los Canales (597.587.582 a.C.), pudieron acogerse a la política que acomodaba en grupos homogéneos a los exiliados procedentes de países sometidos. Así pudieron asentarse como grupo étnico en las poblaciones situadas junto a la ciudad de Nippur; Tel-Abib, Tel Harsa, Tel Melaj, Qerub Adón, Imer, Casifías y Sud (Ez 3,15; Esd 2,59; Ne 7,61; Esd 8,17; Bar 1,4). Jeconías, encarcelado por Nabucodonodor, quizá en el año 594 a.C., año de la rebelión de la nobleza babilónica, fue puesto en libertad en el año 561 a.C. por Amel-Marduk (562-560 a.C.), cuando llevaba treinta y siete años en la cárcel del exilio (2Re 25,27-30; Jr 52,31-34). La liberación de Jeconías acontece cuando empiezan a tambalearse los fundamentos del Imperio babilónico, zarandeado por el empuje persa. 

   A pesar de sufrir la cárcel, Jeconías conservó el título de rey de Judá (2Re 25,27). El progresivo deterioro babilónico desencadenó en sus dirigentes la necesidad de contar con la ayuda de los reyes deportados para asegurarse la fidelidad de los reinos sometidos; seguramente por eso Amel-Marduk liberó de la cárcel a Jeconías (561 a.C.). Los babilonios concedieron a Jeconías una corte de ocho hombres, le otorgaron una asignación pecuniaria, y le sentaron en el “Consejo de los Grandes de Akkad”; la asamblea constituida por los gobernadores babilónicos y por los reyes exiliados que auxiliaba a la autoridad imperial en las tareas de gobierno. Si los babilonios no desposeyeron a Jeconías del título de rey, con mayor razón debió de ser considerado como el monarca legítimo por parte de los judaítas. A tenor del sistema legislativo, los babilonios entendían que Jeconías era rey de Judá, pero, con toda certeza, le atribuirían pocas prerrogativas de gobierno sobre los deportados; pues, escarmentados por la revuelta de 594 a.C., habrían limitado la autoridad del rey.

     Sin embargo, el resquebrajamiento de la monarquía babilónica, propiciaba que la corte de Jeconías en el exilio adquiriera cada vez mayor pujanza. Los nobles deportados aprovecharon la coyuntura para desarrollar el sistema ideológico que ensalzara la autoridad del soberano sobre el territorio de Judá; así, la coyuntura histórica que determina la agonía babilónica y el encumbramiento persa, conlleva el renacimiento social de los deportados. A pesar de las componendas babilónicas, la prestancia de Ciro II iluminaba la cultura mesopotámica con una luz desconocida hasta entonces. Medos y persas formaban parte de pueblos indoeuropeos, cuyo talante cultural y religioso difería del carácter agresivo de la mayoría de las potencias mesopotámicas. La cultura medo-persa, nacida en las mesetas iranias, era de costumbres sobrias y poseía un sentido de la ética más desarrollado que el acostumbrado en las regiones del Tigres y del Eúfrates.


    La predicación de Spitama, el nombre con que se conocía a Zoroastro, recogida más tarde en los Gâtâs y el Avesta, enfatizó el triunfo definitivo del bien y se opuso a los sacrificios cruentos. Influyó de forma decisiva en el carácter humanista que asumió la religiosidad persa, hablaba del amor y de la alegría de vivir y anunciaba la esperanza que trascendía la inmanencia de la vida cotidiana. Enfatizaba la obligación del rey por implantar en sus estados el “orden justo”, conforme a los designios de Dios (Rtam). El ideal zoroastriano fue el espíritu con que se invistió Ciro para emprender sus conquistas. Aplicó en los territorios conquistados las consecuencias de la doctrina de Zoroastro; de ahí, el trato humano que dispensó a los babilonios tras conquistar el Imperio del Eúfrates, y la decisión de permitir a las comunidades deportadas el regreso a sus países de origen. Sin duda, la civilización persa, acrecida por los triunfos de Ciro, engendró en el alma de los judaítas desterrados la esperanza en la pronta redención del cautiverio.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

ISAÍAS 40-66 FRANCESC RAMIS DARDER




                                                               Francesc Ramis Darder
                                                               bibliayorienter.blogspot.com



Isaías (40-66)Ver más grande
«Consolad, consolad a mi pueblo» (Is 40,1)
Comentarios que parten de un serio estudio del texto y sus variantes, de los sentidos de las palabras, del contexto histórico y religioso, de las concepciones antropológicas y teológicas de fondo. A partir de ahí, cada comentario trata de mostrar al lector, con un lenguaje sencillo, el significado y permanente valor del texto para alimentar la vida de fe

Isaías (40-66)

 Ramis Darder. Francesc
 CPB019
 Comprender la Palabra
 480
 1-1 (2016)
 978-84-220-1888-9
 Sagrada Escritura
98 artículos