miércoles, 18 de diciembre de 2019

LA PASCUA



 Francesc Ramis Darder
                                                                         bibliayoriente.blogspot.com

viernes, 13 de diciembre de 2019

¿CUÁNDO ACABARÁ EL MAL?




                                                                     Francesc Ramis Darder
                                                                     bibliayoriente.blogspot.com



El ocaso del mal

Acostumbrados a la persecución, los discípulos de Jesús desconfiaban del advenimiento del día en que la humanidad viviría hermanada en la fraternidad. Con intención de devolverles la esperanza, el Señor les dijo: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas […] pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas” (Lc 21,25-28). Jesús toma un ejemplo de la naturaleza, los astros del cielo, para explicar el ocaso definitivo del mal.

    La mentalidad oriental percibía bajo la imagen del sol la metáfora de quienes consumen su vida tras el afán de poder. Contemplaba bajo la figura de la luna, el rostro del hipócrita que se deshace por las apariencias. Entendía tras las incontables estrellas la identidad de quien acapara bienes sin medida. Como sentencia Jesús, al final de los tiempos morirá la idolatría, oculta bajo la mención de los astros, y brotará el mundo “muy bueno” que Dios previó al origen de los tiempos (Gn 1,31).

    No obstante, el cosmos “muy bueno” no emergerá por arte de magia. Nacerá de la semilla, símbolo de la fuerza transformadora del evangelio, que los discípulos siembren en el corazón de la humanidad (Ju 15,16-17).

miércoles, 4 de diciembre de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA X



                                                                         Francesc Ramis Darder
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El Jardín del Edén

Como señala la Escritura, el Señor formó al hombre, Adán, con el polvo de tierra; después, tomó una de sus costillas para conformar a la mujer, Eva (Gn 2,4-25). La pareja constituye la metáfora de la humanidad entera. El Señor los alojó en un jardín, lleno de árboles feraces y rodeados de animales. Adán y Eva, el jardín, los animales y los árboles frondosos simbolizan la armonía entre la naturaleza y la sociedad humana.

    La armonía subsistirá mientras la humanidad, eco de Adán y Eva, no coma del “árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2,9). El árbol representa la ley de Dios, y el hecho de comer refiere el empeño por destruir la ley divina. El mundo feliz subsistirá mientras la humanidad “respete la justicia, ame la fidelidad, y se conduzca humildemente ante Dios” (Miq 6,8).

    Sin embargo, Adán y Eva comieron del árbol con la misma vanidad que la sociedad humana sucumbió a las zarpas de la injusticia. La tierra dejó de ser un jardín para llenarse de espinas y abrojos, mientras la paz humana se destejía entre la guerra y la injusticia (Gn 3,18; Is 3). Surge una pregunta: ¿no será nunca posible trenzar una sociedad feliz y un mundo armónico?

lunes, 25 de noviembre de 2019

EL BECERRO DE ORO


 Francesc Ramis Darder
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miércoles, 20 de noviembre de 2019

EL MONTE SINAÍ


 Francesc Ramis Darder
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viernes, 8 de noviembre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: EL MAR ROJO


  Francesc Ramis Darder

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martes, 5 de noviembre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: LAS PLAGAS DE EGIPTO



  Francesc Ramis Darder
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viernes, 25 de octubre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: MOISÉS




Francesc Ramis Darder


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miércoles, 23 de octubre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: JOSÉ



Francesc Ramis Darder

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miércoles, 16 de octubre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: JACOB


Francesc Ramis Darder

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lunes, 14 de octubre de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA X




                                                                       Francesc Ramis Darder
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El Jardín del Edén

Como señala la Escritura, el Señor formó al hombre, Adán, con el polvo de tierra; después, tomó una de sus costillas para conformar a la mujer, Eva (Gn 2,4-25). La pareja constituye la metáfora de la humanidad entera. El Señor los alojó en un jardín, lleno de árboles feraces y rodeados de animales. Adán y Eva, el jardín, los animales y los árboles frondosos simbolizan la armonía entre la naturaleza y la sociedad humana.

    La armonía subsistirá mientras la humanidad, eco de Adán y Eva, no coma del “árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gn 2,9). El árbol representa la ley de Dios, y el hecho de comer refiere el empeño por destruir la ley divina. El mundo feliz subsistirá mientras la humanidad “respete la justicia, ame la fidelidad, y se conduzca humildemente ante Dios” (Miq 6,8).

    Sin embargo, Adán y Eva comieron del árbol con la misma vanidad que la sociedad humana sucumbió a las zarpas de la injusticia. La tierra dejó de ser un jardín para llenarse de espinas y abrojos, mientras la paz humana se destejía entre la guerra y la injusticia (Gn 3,18; Is 3). Surge una pregunta: ¿no será nunca posible trenzar una sociedad feliz y un mundo armónico?


viernes, 4 de octubre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: ESAÚ Y JACOB



 Francesc Ramis Darder

                                                                                  bibliayoriente.blogspot.com

miércoles, 2 de octubre de 2019

DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS APERUIT ILLIS




                                                                          Francesc Ramis Darder
                                                                          bibliayoriente.blogspot.com





Carta apostólica en forma de Motu Proprio del Santo Padre Francisco Aperuit Illis con la que se instituye el Domingo de la Palabra de Dios, 30.09.2019

Carta Apostólica
en forma de Motu Proprio
del Santo Padre
FranciscoAperuit illiscon la que se instituye el
Domingo de la Palabra de Dios

1.         «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). Es uno de los últimos gestos realizados por el Señor resucitado, antes de su Ascensión. Se les aparece a los discípulos mientras están reunidos, parte el pan con ellos y abre sus mentes para comprender la Sagrada Escritura. A aquellos hombres asustados y decepcionados les revela el sentido del misterio pascual: que según el plan eterno del Padre, Jesús tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos para conceder la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lc 24,26.46-47); y promete el Espíritu Santo que les dará la fuerza para ser testigos de este misterio de salvación (cf. Lc 24,49).

            La relación entre el Resucitado, la comunidad de creyentes y la Sagrada Escritura es intensamente vital para nuestra identidad. Si el Señor no nos introduce es imposible comprender en profundidad la Sagrada Escritura, pero lo contrario también es cierto: sin la Sagrada Escritura, los acontecimientos de la misión de Jesús y de su Iglesia en el mundo permanecen indescifrables. San Jerónimo escribió con verdad: «La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo» (In Is., Prólogo: PL 24,17).

2.         Tras la conclusión del Jubileo extraordinario de la misericordia, pedí que se pensara en «un domingo completamente dedicado a la Palabra de Dios, para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo» (Carta ap. Misericordia et misera, 7).

 Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable. En este sentido, me vienen a la memoria las enseñanzas de san Efrén: «¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrar su reflexión» (Comentarios sobre el Diatésaron, 1,18).

            Por tanto, con esta Carta tengo la intención de responder a las numerosas peticiones que me han llegado del pueblo de Dios, para que en toda la Iglesia se pueda celebrar con un mismo propósito el Domingo de la Palabra de Dios. Ahora se ha convertido en una práctica común vivir momentos en los que la comunidad cristiana se centra en el gran valor que la Palabra de Dios ocupa en su existencia cotidiana. En las diferentes Iglesias locales hay una gran cantidad de iniciativas que hacen cada vez más accesible la Sagrada Escritura a los creyentes, para que se sientan agradecidos por un don tan grande, con el compromiso de vivirlo cada día y la responsabilidad de testimoniarlo con coherencia.

            El Concilio Ecuménico Vaticano II dio un gran impulso al redescubrimiento de la Palabra de Dios con la Constitución dogmática Dei Verbum. En aquellas páginas, que siempre merecen ser meditadas y vividas, emerge claramente la naturaleza de la Sagrada Escritura, su transmisión de generación en generación (cap. II), su inspiración divina (cap. III) que abarca el Antiguo y el Nuevo Testamento (capítulos IV y V) y su importancia para la vida de la Iglesia (cap. VI). Para aumentar esa enseñanza, Benedicto XVI convocó en el año 2008 una Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia”, publicando a continuación la Exhortación apostólica Verbum Domini, que constituye una enseñanza fundamental para nuestras comunidades.[1] En este Documento en particular se profundiza el carácter performativo de la Palabra de Dios, especialmente cuando su carácter específicamente sacramental emerge en la acción litúrgica.[2]

Por tanto, es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe.

3.         Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este Domingo de la Palabra de Dios se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad.

Las comunidades encontrarán el modo de vivir este Domingo como un día solemne. En cualquier caso, será importante que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios. En este domingo, de manera especial, será útil destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor. En este domingo, los obispos podrán celebrar el rito del Lectorado o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia. En efecto, es fundamental que no falte ningún esfuerzo para que algunos fieles se preparen con una formación adecuada a ser verdaderos anunciadores de la Palabra, como sucede de manera ya habitual para los acólitos o los ministros extraordinarios de la Comunión. Asimismo, los párrocos podrán encontrar el modo de entregar la Biblia, o uno de sus libros, a toda la asamblea, para resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura, la profundización y la oración con la Sagrada Escritura, con una particular consideración a la lectio divina.

4. El regreso del pueblo de Israel a su patria, después del exilio en Babilonia, estuvo marcado de manera significativa por la lectura del libro de la Ley. La Biblia nos ofrece una descripción conmovedora de ese momento en el libro de Nehemías. El pueblo estaba reunido en Jerusalén en la plaza de la Puerta del Agua, escuchando la Ley. Aquel pueblo había sido dispersado con la deportación, pero ahora se encuentra reunido alrededor de la Sagrada Escritura como si fuera «un solo hombre» (Ne 8,1). Cuando se leía el libro sagrado, el pueblo «escuchaba con atención» (Ne 8,3), sabiendo que podían encontrar en aquellas palabras el significado de los acontecimientos vividos. La reacción al anuncio de aquellas palabras fue la emoción y las lágrimas: «[Los levitas] leyeron el libro de la ley de Dios con claridad y explicando su sentido, de modo que entendieran la lectura. Entonces el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que instruían al pueblo dijeron a toda la asamblea: “Este día está consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis” (y es que todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley). […] “¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!”» (Ne 8,8-10).

Estas palabras contienen una gran enseñanza. La Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra. A menudo se dan tendencias que intentan monopolizar el texto sagrado relegándolo a ciertos círculos o grupos escogidos. No puede ser así. La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo.

5.         En esta unidad, generada con la escucha, los Pastores son los primeros que tienen la gran responsabilidad de explicar y permitir que todos entiendan la Sagrada Escritura. Puesto que es el libro del pueblo, los que tienen la vocación de ser ministros de la Palabra deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad.

La homilía, en particular, tiene una función muy peculiar, porque posee «un carácter cuasi sacramental» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 142). Ayudar a profundizar en la Palabra de Dios, con un lenguaje sencillo y adecuado para el que escucha, le permite al sacerdote mostrar también la «belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (ibíd.). Esta es una oportunidad pastoral que hay que aprovechar.
De hecho, para muchos de nuestros fieles esta es la única oportunidad que tienen para captar la belleza de la Palabra de Dios y verla relacionada con su vida cotidiana. Por lo tanto, es necesario dedicar el tiempo apropiado para la preparación de la homilía. No se puede improvisar el comentario de las lecturas sagradas. A los predicadores se nos pide más bien el esfuerzo de no alargarnos desmedidamente con homilías pedantes o temas extraños. Cuando uno se detiene a meditar y rezar sobre el texto sagrado, entonces se puede hablar con el corazón para alcanzar los corazones de las personas que escuchan, expresando lo esencial con vistas a que se comprenda y dé fruto. Que nunca nos cansemos de dedicar tiempo y oración a la Sagrada Escritura, para que sea acogida «no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como Palabra de Dios» (1 Ts 2,13).

Es bueno que también los catequistas, por el ministerio que realizan de ayudar a crecer en la fe, sientan la urgencia de renovarse a través de la familiaridad y el estudio de la Sagrada Escritura, para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios.

6.         Antes de reunirse con los discípulos, que estaban encerrados en casa, y de abrirles el entendimiento para comprender las Escrituras (cf. Lc 24,44-45), el Resucitado se aparece a dos de ellos en el camino que lleva de Jerusalén a Emaús (cf. Lc 24,13-35). La narración del evangelista Lucas indica que es el mismo día de la Resurrección, es decir el domingo. Aquellos dos discípulos discuten sobre los últimos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Su camino está marcado por la tristeza y la desilusión a causa del trágico final de Jesús. Esperaban que Él fuera el Mesías libertador, y se encuentran ante el escándalo del Crucificado. Con discreción, el mismo Resucitado se acerca y camina con los discípulos, pero ellos no lo reconocen (cf. v. 16). A lo largo del camino, el Señor los interroga, dándose cuenta de que no han comprendido el sentido de su pasión y su muerte; los llama «necios y torpes» (v. 25) y «comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras» (v. 27). Cristo es el primer exegeta. No sólo las Escrituras antiguas anticiparon lo que Él iba a realizar, sino que Él mismo quiso ser fiel a esa Palabra para evidenciar la única historia de salvación que alcanza su plenitud en Cristo.

7.         La Biblia, por tanto, en cuanto Sagrada Escritura, habla de Cristo y lo anuncia como el que debe soportar los sufrimientos para entrar en la gloria (cf. v. 26). No sólo una parte, sino toda la Escritura habla de Él. Su muerte y resurrección son indescifrables sin ella. Por esto una de las confesiones de fe más antiguas pone de relieve que Cristo «murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas» (1 Co 15,3-5). Puesto que las Escrituras hablan de Cristo, nos ayudan a creer que su muerte y resurrección no pertenecen a la mitología, sino a la historia y se encuentran en el centro de la fe de sus discípulos.

Es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal.

8.         El “viaje” del Resucitado con los discípulos de Emaús concluye con la cena. El misterioso Viandante acepta la insistente petición que le dirigen aquellos dos: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» (Lc 24,29). Se sientan a la mesa, Jesús toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo ofrece a ellos. En ese momento sus ojos se abren y lo reconocen (cf. v. 31).

Esta escena nos hace comprender el inseparable vínculo entre la Sagrada Escritura y la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos enseña: «la Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Const. dogm. Dei Verbum, 21).

El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen. Como cristianos somos un solo pueblo que camina en la historia, fortalecido por la presencia del Señor en medio de nosotros que nos habla y nos nutre. El día dedicado a la Biblia no ha de ser “una vez al año”, sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes. Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera.

La Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora. Es necesario, en este contexto, no olvidar la enseñanza del libro del Apocalipsis, cuando dice que el Señor está a la puerta y llama. Si alguno escucha su voz y le abre, Él entra para cenar juntos (cf. 3,20). Jesucristo llama a nuestra puerta a través de la Sagrada Escritura; si escuchamos y abrimos la puerta de la mente y del corazón, entonces entra en nuestra vida y se queda con nosotros.

9.         En la Segunda Carta a Timoteo, que constituye de algún modo su testamento espiritual, san Pablo recomienda a su fiel colaborador que lea constantemente la Sagrada Escritura. El Apóstol está convencido de que «toda Escritura es inspirada por Dios es también útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar» (3,16). Esta recomendación de Pablo a Timoteo constituye una base sobre la que la Constitución conciliar Dei Verbum trata el gran tema de la inspiración de la Sagrada Escritura, un fundamento del que emergen en particular la finalidad salvífica, la dimensión espiritual y el principio de la encarnación de la Sagrada Escritura.

Al evocar sobre todo la recomendación de Pablo a Timoteo, la Dei Verbum subraya que «los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación» (n. 11). Puesto que las mismas instruyen en vista a la salvación por la fe en Cristo (cf. 2 Tm 3,15), las verdades contenidas en ellas sirven para nuestra salvación. La Biblia no es una colección de libros de historia, ni de crónicas, sino que está totalmente dirigida a la salvación integral de la persona. El innegable fundamento histórico de los libros contenidos en el texto sagrado no debe hacernos olvidar esta finalidad primordial: nuestra salvación. Todo está dirigido a esta finalidad inscrita en la naturaleza misma de la Biblia, que está compuesta como historia de salvación en la que Dios habla y actúa para ir al encuentro de todos los hombres y salvarlos del mal y de la muerte.
Para alcanzar esa finalidad salvífica, la Sagrada Escritura bajo la acción del Espíritu Santo transforma en Palabra de Dios la palabra de los hombres escrita de manera humana (cf. Const. dogm. Dei Verbum, 12). El papel del Espíritu Santo en la Sagrada Escritura es fundamental. Sin su acción, el riesgo de permanecer encerrados en el mero texto escrito estaría siempre presente, facilitando una interpretación fundamentalista, de la que es necesario alejarse para no traicionar el carácter inspirado, dinámico y espiritual que el texto sagrado posee. Como recuerda el Apóstol: «La letra mata, mientras que el Espíritu da vida» (2 Co 3,6). El Espíritu Santo, por tanto, transforma la Sagrada Escritura en Palabra viva de Dios, vivida y transmitida en la fe de su pueblo santo.

10.       La acción del Espíritu Santo no se refiere sólo a la formación de la Sagrada Escritura, sino que actúa también en aquellos que se ponen a la escucha de la Palabra de Dios. Es importante la afirmación de los Padres conciliares, según la cual la Sagrada Escritura «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (Const. dogm. Dei Verbum, 12). Con Jesucristo la revelación de Dios alcanza su culminación y su plenitud; aun así, el Espíritu Santo continúa su acción. De hecho, sería reductivo limitar la acción del Espíritu Santo sólo a la naturaleza divinamente inspirada de la Sagrada Escritura y a sus distintos autores. Por tanto, es necesario tener fe en la acción del Espíritu Santo que sigue realizando una peculiar forma de inspiración cuando la Iglesia enseña la Sagrada Escritura, cuando el Magisterio la interpreta auténticamente (cf. ibíd., 10) y cuando cada creyente hace de ella su propia norma espiritual. En este sentido podemos comprender las palabras de Jesús cuando, a los discípulos que le confirman haber entendido el significado de sus parábolas, les dice: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52).

11.       La Dei Verbum afirma, además, que «la Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (n. 13). Es como decir que la Encarnación del Verbo de Dios da forma y sentido a la relación entre la Palabra de Dios y el lenguaje humano, con sus condiciones históricas y culturales. En este acontecimiento toma forma la Tradición, que también es Palabra de Dios (cf. ibíd., 9). A menudo se corre el riesgo de separar la Sagrada Escritura de la Tradición, sin comprender que juntas forman la única fuente de la Revelación. El carácter escrito de la primera no le quita nada a su ser plenamente palabra viva; así como la Tradición viva de la Iglesia, que la transmite constantemente de generación en generación a lo largo de los siglos, tiene el libro sagrado como «regla suprema de la fe» (ibíd., 21). Por otra parte, antes de convertirse en texto escrito, la Sagrada Escritura se transmitió oralmente y se mantuvo viva por la fe de un pueblo que la reconocía como su historia y su principio de identidad en medio de muchos otros pueblos. Por consiguiente, la fe bíblica se basa en la Palabra viva, no en un libro.

12.       Cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira. Todo el texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro, sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra. Jesús mismo lo afirma claramente al comienzo de su ministerio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra; no tiene tentación de caer en nostalgias estériles por el pasado, ni en utopías desencarnadas hacia el futuro.

La Sagrada Escritura realiza su acción profética sobre todo en quien la escucha. Causa dulzura y amargura. Vienen a la mente las palabras del profeta Ezequiel cuando, invitado por el Señor a comerse el libro, manifiesta: «Me supo en la boca dulce como la miel» (3,3). También el evangelista Juan en la isla de Patmos evoca la misma experiencia de Ezequiel de comer el libro, pero agrega algo más específico: «En mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor» (Ap 10,10).

La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene (cf. 1 P 3,15-16). Por su parte, la amargura se percibe frecuentemente cuando comprobamos cuán difícil es para nosotros vivirla de manera coherente, o cuando experimentamos su rechazo porque no se considera válida para dar sentido a la vida. Por tanto, es necesario no acostumbrarse nunca a la Palabra de Dios, sino nutrirse de ella para descubrir y vivir en profundidad nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos.

13.       Otra interpelación que procede de la Sagrada Escritura se refiere a la caridad. La Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad. La vida de Jesús es la expresión plena y perfecta de este amor divino que no se queda con nada para sí mismo, sino que se ofrece a todos incondicionalmente. En la parábola del pobre Lázaro encontramos una indicación valiosa. Cuando Lázaro y el rico mueren, este último, al ver al pobre en el seno de Abrahán, pide ser enviado a sus hermanos para aconsejarles que vivan el amor al prójimo, para evitar que ellos también sufran sus propios tormentos. La respuesta de Abrahán es aguda: «Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen» (Lc 16,29). Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas. La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad.

14.       Uno de los episodios más significativos de la relación entre Jesús y los discípulos es el relato de la Transfiguración. Jesús sube a la montaña para rezar con Pedro, Santiago y Juan. Los evangelistas recuerdan que, mientras el rostro y la ropa de Jesús resplandecían, dos hombres conversaban con Él: Moisés y Elías, que encarnan la Ley y los Profetas, es decir, la Sagrada Escritura. La reacción de Pedro ante esa visión está llena de un asombro gozoso: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Lc 9,33). En aquel momento una nube los cubrió con su sombra y los discípulos se llenaron de temor.

La Transfiguración hace referencia a la fiesta de las Tiendas, cuando Esdras y Nehemías leían el texto sagrado al pueblo, después de su regreso del exilio. Al mismo tiempo, anticipa la gloria de Jesús en preparación para el escándalo de la pasión, gloria divina que es aludida por la nube que envuelve a los discípulos, símbolo de la presencia del Señor. Esta Transfiguración es similar a la de la Sagrada Escritura, que se trasciende a sí misma cuando alimenta la vida de los creyentes. Como recuerda la Verbum Domini: «Para restablecer la articulación entre los diferentes sentidos escriturísticos es decisivo comprender el paso de la letra al espíritu. No se trata de un paso automático y espontáneo; se necesita más bien trascender la letra» (n. 38).

15.       En el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho (cf. Lc 1,45). La bienaventuranza de María precede a todas las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús para los pobres, los afligidos, los mansos, los pacificadores y los perseguidos, porque es la condición necesaria para cualquier otra bienaventuranza. Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Lo recuerda un gran discípulo y maestro de la Sagrada Escritura, san Agustín: «Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: “Feliz el vientre que te llevó”; y Él: “Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios”. Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3).

Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas» (Dt 30,14).

Dado en Roma, en San Juan de Letrán, el 30 de septiembre de 2019.      
            Memoria litúrgica de San Jerónimo en el inicio del 1600 aniversario de la muerte.

FRANCISCO

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[1] Cf. AAS 102 (2010), 692-787.
[2] «La sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino consagrados. Al acercarnos al altar y participar en el banquete eucarístico, realmente comulgamos el cuerpo y la sangre de Cristo. La proclamación de la Palabra de Dios en la celebración comporta reconocer que es Cristo mismo quien está presente y se dirige a nosotros para ser recibido» (Exhort. ap. Verbum Domini, 56).

viernes, 27 de septiembre de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA IX




                                                                                               Francesc Ramis Darder
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Los cielos proclaman la gloria de Dios

Con demasiada frecuencia los hebreos deambulaban por el bosque de la idolatría, metáfora de la injusticia, representada por el desierto y el páramo (Is 34,6-7). Entonces, el salmista les invitaba a levantar la vista para percibir que “los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19,2-5).

    El movimiento armónico del sol y la luna, junto a la estabilidad de las estrellas despertaban la reflexión: “La ley del Señor es perfecta; es descanso para el hombre” (Sal 19,8). La armonía de los cielos, ‘ecología’ que el hombre no podía alterar, recordaba la entidad del cosmos “muy bueno” que Dios creó, pero el hombre trocó en caos y confusión (Gn 1,31; Jr 4,23).
 
    La reflexión abría la puerta de la plegaria; decía la asamblea: “Purifícame, Señor […] guárdame del orgullo ¡que jamás me domine!” (Sal 19,13-14). Bajo la mención del orgullo trasparece la injustica que desteje la concordia social. Contemplando la ‘armonía celeste’, la comunidad comprometía la existencia en la construcción de la ‘ecología terrestre’, anclada en la solidaridad y la justicia, blasones de la humanidad feliz.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: ISAAC Y REBECA



Francesc Ramis Darder
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jueves, 19 de septiembre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: ABRAHÁN Y SARA



Francesc Ramis Darder
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domingo, 15 de septiembre de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA VIII



                                                                        Francesc Ramis Darder
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Desierto y Vergel

Bajo la metáfora de la tierra ajada por la degradación ecológica, la Escritura denuncia las zarpas de la injusticia que devastan la sociedad. Cuando Adán y Eva, símbolo de la humanidad, devoraron el fruto del árbol, perdieron el paraíso, alegoría de la comunidad feliz, para malvivir en tierra de “espinas y cardos”, eco de la sociedad enfrentada por el odio (Gn 3,14-19).

    Demasiadas veces Israel, asentado en la injusticia, aparece bajo la mención del “desierto, la estepa, y el páramo” (Is 34,6-7); tras el símbolo de la tierra yerma, aflora la identidad del pueblo idólatra, incapaz de conducirse por la senda “muy buena” (Gn 1,13), planeada por Dios al comienzo del tiempo.

    No obstante, el Señor no consiente la esterilidad de su pueblo; por eso proclama: “Haré brotar ríos […] y fuentes […] para transformar el desierto en estanque, y la estepa en manantiales de agua” (Is 41,18). Los ríos y las fuentes constituyen la metáfora de quienes comprometen su vida en irrigar la tierra estéril, esbozo de la sociedad injusta, con el agua, alegoría de la solidaridad, con que el desierto alumbrará el vergel, metáfora de la humanidad hermanada en la fraternidad.


viernes, 6 de septiembre de 2019

LA BIBLIA DE 2 EN 2: LA INTERCESIÓN DE ABRAHÁN




Francesc Ramis Darder

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miércoles, 4 de septiembre de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA VII




                                                                            Francesc Ramis Darder
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Lealtad, Justicia, Derecho

Cuando Dios comenzó a crear, “la tierra era caos y confusión” (Gn 1,2). Los términos “caos y confusión” describen la identidad de los ídolos que atenazan al hombre: el afán de poder, el ansía de poseer, la pasión por dominar, y la superficialidad en las relaciones humanas. Dios decidió crear el cosmos para convertirlo en la “casa común del hombre y los demás vivientes”. El ámbito donde gozar del sábado, eco de harmonía y fraternidad. El Señor descansó de su tarea cuando confió al hombre la custodia del mundo creado (Gn 1,29-30).

   Sin embargo la idolatría, alegoría de la injusticia, anidó en el alma humana hasta poner en peligro el mundo que Dios había tejido con amor. Cuando el profeta Jeremías veía la impiedad de Jerusalén decía: “La tierra es caos y confusión, los cielos han perdido su luz” (Jr 4,23-26); pues la injusticia enfangaba al hombre en la oscuridad previa a la creación.

    Jeremías no limitó a llorar por la sociedad deshecha. En nombre de Dios, mostró al ser humano, culpable del desastre, los sillares para edificar un mundo feliz: “Quien quiera construir que ponga en práctica la lealtad, la justicia y el derecho” (Jr 9,23); solo así el cosmos, nacido de las manos de Dios, podrá reflejar la gloria del Señor.

viernes, 30 de agosto de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA VI




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Y el séptimo día descansó

Como señala la Escritura: “Cuando llegó el séptimo día Dios había terminado su obra, y descansó el día séptimo de todo lo que había hecho” (Gn 2,2). Desde el embrujo poético, la locución “descansó el séptimo día” enfatiza que Dios “experimentó la felicidad del sábado” al contemplar la armonía del cosmos nacido de sus manos. La comunidad hebrea entendía que la “felicidad del sábado” era el mayor gozo posible; por eso, cuando el Génesis subraya que Dios experimentó el máximo gozo, sentencia que saboreó la “felicidad del sábado”.

    El gozo de Dios nace, sin duda, de la alegría que comporta la contemplación de la armonía del cosmos. Ahora bien, el descanso divino también reposa en la confianza que deposita en el ser humano para que pula la creación como espejo de la bondad de Dios. El Señor ha creado al hombre a su imagen y semejanza para convertirlo en custodio de la creación que debe destilar concordia y fraternidad. Surge una cuestión: ¿Será capaz el ser humano de tal encomienda?


jueves, 22 de agosto de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA V


                                                                                Francesc Ramis Darder
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Todo era muy bueno

La primera página del Génesis constituye la más profunda metáfora para describir el origen del cosmos, de los vivientes, y del ser humano. Al atardecer de los cinco primeros días de la creación, la Escritura señala la meditación divina: “Y vio Dios que era bueno” (Gn 1,18). No obstante, el sexto día, cuando Dios ha culminado su obra, la reflexión es más honda: “Vio Dios todo lo que había hecho, todo era muy bueno” (Gn 1,31).

    El cosmos, la “casa común del hombre y los demás vivientes”, es muy bueno porque constituye el reflejo de la bondad divina. La Biblia contiene un lenguaje preciso. Si contamos las veces que aparece la palabra Dios en el relato de la Creación, veremos que son 35. El número 35 es el producto de 5 por 7. Desde la óptica metafórica, el 5 alude al Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia donde figuran los Mandamientos; mientras el 7 constituye una referencia a la totalidad de la creación. Así pues, todo el cosmos (7) creado por Dios reposa por entero en la armonía que confiere la fidelidad a los mandamientos divinos (5). La tarea del ser humano consiste en conducir el cosmos por la senda de la armonía para que la creación pueda reflejar la bondad del Señor.  

   




viernes, 16 de agosto de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA IV




                                                               Francesc Ramis Darder
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Hombre/Mujer

Las primeras páginas del Génesis certifican la creación del ser humano: “Creó Dios al hombre a su imagen y semejanza; a imagen de Dios lo creó” (Gn 1,27a). A continuación, figura un matiz decisivo: “Varón y hembra los creó; y los bendijo” (Gn 1,27b). Así establece la igualdad entre hombre y mujer; a la vez que les encarga la tarea de conducir la creación por la senda propuesta por Dios, señalada en los mandamientos (Ex 20,1-21).

    El hombre y la mujer no trenzarán la “casa común de la humanidad y los demás vivientes” con los mimbres de los falsos dioses. La tejerán con las hebras propuestas por el Señor. Forjarán su existencia desde la capacidad de compartir, la sinceridad mutua, el respeto por el medio ambiente, junto al empeño por ahondar en la fraternidad y la felicidad humana.

    Valiéndonos de la metáfora, podemos decir Dios determina un cambio en la ecología relacional entre el hombre y la mujer. La sociedad del Oriente antiguo establecía la relación hombre/mujer sobre el parámetro del dominio masculino y la sumisión femenina (Pr 31); pero la igualdad hombre/mujer, propuesta por el Génesis, alienta las relaciones sanas, respetuosas, e igualitarias, senda de la ternura y el crecimiento interior del ser humano.


martes, 6 de agosto de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA III




                                                                        Francesc Ramis Darder
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Misión del ser humano


Como señala el Génesis, la intervención de Dios originó la luz, la bóveda para separar las aguas, la vegetación, las lumbreras del cielo, los animales marinos, las aves, los animales terrestres y, finalmente, el hombre. Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1,26). Después, especificó la misión del ser humano: “habitad y someted la tierra” (Gn 1,28). Desde la perspectiva bíblica, la locución no indica en modo alguno la autoridad arbitraria del hombre sobre el resto de la creación. Señala la obligación impuesta por Dios al ser humano para que conduzca el curso de la creación por la senda de los mandamientos divinos (Ex 20,1-21).

    El hombre no puede someter la creación al dominio de los falsos dioses que él mismo engendra. No puede subyugar la naturaleza, la “casa común de los seres vivos”, al afán de poder, ni al deseo de aparentar, ni a la explotación, ni tampoco a la superficialidad que implica el menosprecio hacia las creaturas. La misión del ser humano radica en construir la sociedad que, en harmonía con la naturaleza, transparente el amor de Dios por el mundo entero.

sábado, 3 de agosto de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA II



                                                                                              Francesc Ramis Darder
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Caos y Confusión


     Los ídolos capaces de acabar con la tierra, la “casa común del hombre y los demás seres vivos”, son cuatro: el afán de poder, la ambición de acaparar bienes sin medida, el afán por la falsa apariencia, y la superficialidad en el conocimiento personal y la relación social.

    Cuando Dios “creó el cielo y la tierra”, estableció que el ámbito ecológico, la “casa común de la humanidad y los vivientes”, dejaría de estar sometida a la superficialidad, el poder, la ambición, o la apariencia, para estar sostenida en el designio divino.

    Al leer el relato de la Creación (Gn 1,1-2,4), apreciamos que la locución “dijo Dios” aparece diez veces. Según la simbología bíblica, las diez menciones constituyen la metáfora de las “Diez palabras”, eco de los diez mandamientos proclamados por Dios en el Sinaí (Ex 20,1-21). La Biblia certifica, de ese modo, que la harmonía del cosmos reposa en la vivencia de los mandamientos


viernes, 2 de agosto de 2019

ECOLOGÍA BÍBLICA




                                                      Francesc Ramis Darder
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En el principio.

La palabra “ecología” brota de la adición de dos términos griegos. El primero, “eco”, rememora la calidez de una “casa familiar”; desde la perspectiva metafórica alude a la “casa común”, es decir, la tierra, el ámbito donde conviven el hombre y los demás seres vivos. El segundo, “logia”, alude a la explicación de cómo es y cómo se desenvuelve la casa común, la tierra, donde cohabita el ser humano con el resto de vivientes. Así, la “ecología” constituye la descripción de la relación que mantienen los seres vivos entre sí y con la tierra que les cobija.
 
    La Escritura abre sus páginas con palabras solemnes: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1,1). La palabra hebrea traducida por el término “crear” adquiere un significado profundo. Entre otras cuestiones, expresa la buena relación que Dios establece con “el cielo y la tierra”. Certifica la buena relación que Dios anuda con la “casa común del hombre y los seres vivos” para que el ser humano pueda habitar en una sociedad feliz. Dios crea el cielo y la tierra con intención de forjar un mundo ecológico, es decir, hermando en la fraternidad.