lunes, 30 de mayo de 2016

¿CÓMO ENTENDIÓ SAN PABLO EL SUFRIMIENTO?


                                               Francesc Ramis Darder
                                              bibliayoriente.blogspot.com


Al contraluz de Jesús, descuella la figura del apóstol Pablo. Como revela la Escritura, Pablo destacó, en los albores de su vida adulta, por su furia contra los cristianos; pero un día, como el mismo relata, vivió un proceso de conversión: “Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara a los gentiles” (Gál 1,15). Seducido por el Resucitado, buscó un tiempo de reflexión en Arabia y Damasco. Al cabo de tres años, subió a Jerusalén para conocer a Cefas (Pedro); establecida la comunión con Pedro, viajó a Siria y Cilicia para predicar el evangelio. El testimonio de su predicación era tan intenso que pudo afirmar: “(la gente) glorifica a Dios por causa mía” (Gál 1,13-24); es decir, viendo el testimonio cristiano que destilaba la vida de Pablo, la gente glorificaba al Señor que le había elegido para proclamar el evangelio.

    Como sabemos, Pablo tuvo que vencer muchas contrariedades para perseverar en la tarea misionera. Quizá uno de los mayores adversarios que encontró en su camino fueron los grupos judaizantes. Definir la identidad teológica de los cristianos judaizantes en pocas palabras es una tarea difícil, pues conformaban comunidades diversas. La característica más esencial de los cristianos judaizantes consistía en que se creían investidos de un carácter especial; pensaban, erróneamente, que lo más importante de la vida cristiana estribaba en observar las prácticas cultuales del judaísmo, como pudiera ser la observancia del sábado o la prohibición de comer ciertos alimentos. Muy a menudo, Pablo les recordará que la esencia del cristianismo radica en el encuentro con el Señor Resucitado, encuentro que encauza la vida del cristiano por el cauce del amor a Dios y al prójimo (Rom 1,16-17; Mt 22,37-39).

    Aduciendo una vez más la perspectiva catequética, imaginemos un encuentro entre Pablo y los cristianos judaizantes. Los judaizantes se vanagloriaran de su empeño por extender el mensaje cristiano y menospreciaban la ingente tarea de Pablo a favor de la Buena Nueva. Ante el desprecio de los judaizantes, Pablo habría podido argumentar su pasión a favor del evangelio enumerando, por ejemplo, las Cartas que había escrito (Romanos, Corintios, Gálatas, etc.), o citando las numerosas comunidades cristianas que había fundado. Sin duda, Pablo tenía argumentos solventes para acreditar su afán misionero; pero cuando los judaizantes le preguntaron sobre lo que había hecho por el evangelio, dio una respuesta sorprendente: “nos acreditamos ante todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer” (2Cor 6,4-5). Cuando los judaizantes preguntan a Pablo sobre lo que ha hecho por el evangelio, el apóstol enumera el sufrimiento que ha padecido por su fidelidad a Jesús y por su tesón para sembrar la Buena Noticia.

    Además del sufrimiento por extender el evangelio, Pablo enumera otra causa de aflicción: “para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea para que no me engría” (2Cor 12,7). Añade el apóstol: “Tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mi y me ha respondido: ‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mi la fuerza de Cristo” (2Cor 12,8-9). Mucho se ha discutido sobre la naturaleza de la espina que tanto amargó la existencia del apóstol; algunos comentaristas entienden que era una dolencia moral, mientras otros se inclinan por una dolencia física. Sea lo fuere y al decir de los comentaristas, parece que Pablo tenía una saluda endeble. Sin embargo, conocedor de su debilidad, certificó ante los judaizantes: “vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10).

    ¿Qué significa la declaración de Pablo? Cuando el apóstol se gloría de su debilidad, no declara que se alegre o busque el sufrimiento por sí mismo, eso sería una actitud masoquista carente de sentido. Señala que la persecución que padece a causa de su fidelidad al evangelio le hace sentirse como Jesús cuando, fiel al designio del Padre, entregaba la vida en la cruz para la salvación de la humanidad entera. En definitiva, el sufrimiento es la ocasión que le permite a Pablo sentirse como Jesús cuando entregaba su vida por amor. Los discípulos del apóstol ahondarán en la confidencia de su maestro  y pondrán en labios de Pablo palabras certeras dirigidas a los cristianos de Colosas: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). Como es obvio, la interpretación de la sentencia es discutida; pero el hondón de la reflexión pende de lo que acabamos de mentar, a saber, el sufrimiento a causa del evangelio propicia que Pablo pueda sentirse como Jesús cuando, fiel al mandato del Padre, entregaba su vida por amor.

    Aguzando el sentido catequético, hemos expuesto como el sufrimiento constituye la ocasión privilegiada que permite al Hijo de Dios hacerse plenamente hombre, a la vez que permite al hombre que vive el evangelio, Pablo, sentirse como Jesús cuando entregaba su vida por amor a la humanidad; por eso decimos que el sufrimiento es un misterio. Actualmente la palabra “misterio” designa aquello que es complicado, obtuso, difícil de entender, pero en la antigüedad el término “misterio” adquiría un significado distinto. Un “misterio” era el ámbito, la ocasión o el tiempo propicio en que el hombre podía encontrarse personalmente con Dios; como hemos observado, el sufrimiento fue la ocasión privilegiada, el “misterio”, en que Pablo pudo encontrarse íntimamente con Jesús, su salvador.


    Cuando en nuestra tarea pastoral nos encontramos con un enfermo, no solo tenemos delante un ser que sufre, sino sobre todo, a una persona que vive un tiempo de “misterio”, una ocasión privilegiada para encontrase personalmente con Dios. La enfermedad es el tiempo oportuno para repetir ante el enfermo, con nuestra voz y con el testimonio de nuestra vida, las palabras de Jesús a los apóstoles: “¡No temas!” (ver: Mc 4,35-39). Como hemos señalado, la locución “¡no temas!” no alude solo a la tranquilidad psicológica que la presencia del voluntario confiere al enfermo, es, sobre todo, una invitación a la fe, una invitación a depositar el cauce de la vida en las buenas manos de Dios, el Señor de la vida.

lunes, 23 de mayo de 2016

¿CÓMO ENTENDIÓ JESÚS EL SUFRIMIENTO?


                                                   Francesc Ramis Darder
                                                   bibliayoriente.blogspot.com


A lo largo del Evangelio, apreciamos en diversas ocasiones el sufrimiento de Jesús (ver: Lc 4,29-30); aún así, el padecimiento adquiere particular relevancia en el huerto de Getsemaní (Mc 14,32-42) y en la cruz del Calvario (Lc 23,44-49). En el huerto y entreviendo el dolor de la cruz, el penar de Jesús fue especialmente duro, pues dijo a sus discípulos: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mc 14,34); sin embargo, Jesús no se dejó abatir por la angustia, sino que exclamó: “Padre: tú lo puedes todo, aparta de mi este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). Como ers obvio, Jesús palpó el miedo ante la pasión inminente, pero no sucumbió a las zarpas del miedo, sino que puso toda la confianza en las manos del Padre. Más tarde, en la cruz, Jesús padeció sin media; pero, transido de dolor, exclamó: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46); sin duda, Jesús sintió el dolor de la cruz, pero no cedió al ajenjo del miedo, sino que depositó su confianza en las manos del Padre.

    Las páginas del evangelio definen a Jesús como Hijo de Dios (ver: Mc 16,16), a la vez que muestran como el mismo Jesús se dirige a Dios como su Padre (ver: Mt 10,32). Ahora bien y como hemos expuesto, es en el momento de mayor sufrimiento, en Getsemaní y en el Calvario, cuando Jesús vive con mayor hondura su comunión con el Padre. Constatando la experiencia de Jesús, podemos extraer una primera conclusión; adoptando una vez más una perspectiva catequética, percibimos como el sufrimiento ha sido la mediación que ha crisolado la comunión entre Jesús y el Padre.

    El compromiso en la pastoral sanitaria muestra que, a veces, cuando un enfermo está en estado grave, solicita la visita del capellán, o suplica el auxilio espiritual de un voluntario; también muestra que parte del personal sanitario, si no es creyente, a veces atribuye el deseo del enfermo al pánico que siente ante el dolor o la muerte. Desde la perspectiva cristiana, debemos entender que bajo la súplica del enfermo se esconde la ocasión que Dios le concede para que pueda encontrarse con él en un momento difícil de su vida. El dolor del enfermo y su solicitud de ayuda constituye la ocasión que Dios brinda al voluntario de la pastoral sanitaria para que pueda decir al enfermo las mismas palabras de Jesús: “¡No tenga miedo!”. Desde la perspectiva cristiana podemos afinar la conclusión; así como el penar de Jesús fue la “ocasión” que acrisoló su comunión con el Padre en Getsemaní y en el Calvario, el dolor del enfermo es la ocasión que Dios le ofrece para encontrarse con él en el lecho del dolor.

    Ahondando en la cuestión, el evangelio descubre aun otra perspectiva que permite intuir el valor teológico del sufrimiento de Jesús. El prólogo del evangelio de Juan abre sus versos con la mayor solemnidad: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1,1); más adelante, certifica: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Así, el poema sentencia que el Hijo de Dios se hizo carne en la persona de Jesús de Nazaret; conviene precisar que el término “carne” constituye un sinónimo del vocablo “hombre”, en cuanto ser caduco y mortal.

    Si después del Prólogo continuamos leyendo el evangelio de Juan, apreciaremos que Jesús recibe títulos de gran hondura teológica. Juan Bautista le llamará: “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); los discípulos del Bautista le llamarán “Rabí” (Jn 1,38); Natanael le dirá “Hijo de Dios” y “Rey de Israel” (Jn 1,49); la Samaritana le llamará “Señor” (Jn 4,11); los apóstoles le dirán “Maestro” (Jn 4,31), etc. Sin embargo para encontrar un personaje que se dirija a Jesús llamándole “hombre”, alegoría del término “carne”, tenemos que aguardar a los relatos de la pasión. Encontramos el término “hombre” en las palabras que Caifás, sumo sacerdote, había dirigido al consejo judío para sugerir la condena de Jesús: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo” (Jn 18,14); como es lógico, el sustantivo “hombre” se refiere a Jesús de Nazaret. La narración de la pasión presenta otro personaje que apela al sustantivo “hombre” para dirigirse a Jesús; mientras el Sanedrín interrogaba a Jesús, una portera dijo al apóstol Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?” (Jn 18,17); de nuevo el vocablo “hombre” alude a la identidad de Jesús.

    En los relatos de la pasión, como acabamos de exponer, aparece el término “hombre” para definir la personalidad de Jesús. No obstante, la identificación más relevante de Jesús como hombre brota de labios de Pilato. Tras interrogar a Jesús, el gobernador lo mandó azotar (Jn 19,1-16). La flagelación era una tortura especialmente cruel. En primer lugar, el reo era flagelado con varas; el golpe de las varas reblandecía la carne y destejía la piel. A continuación, sufría el azote del látigo. La forma del látigo consistía en un palo del que colgaban tiras de cuero, en el extremo de cada tira había una bola de plomo o un huesecillo. Cada vez el látigo golpeaba al reo, le arrancaba un pequeño trozo de carne; sin duda, era un momento muy doloroso.

    Después de azotar a Jesús, los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; cuando las espinar atravesaban la piel de la cabeza, rasgaban el hueso del cráneo hasta producir un dolor paroxístico. Por si fuera poco, los soldados se acercaban a Jesús para decirle: “¡Salve rey de los judíos!”; y como recalca el evangelio “le daban bofetadas” (Jn 19,3). Sin duda, la flagelación, la coronación de espinas, los insultos y las bofetadas constituyen un momento especialmente doloroso; Jesús sufre el dolor físico y la humillación psicológica. Según la opinión de algunos comentaristas, el episodio de la flagelación refleja el momento más doloroso, físicamente hablando, de la pasión.

    Cuando acabó la flagelación y la burla, Pilato presentó a Jesús ante las turbas que, vociferando, exigían su muerte. Mostrando a Jesús azotado, coronado de espinas, y cubierto por el manto, dijo Pilato a la gente: “He aquí al hombre” (Jn 19,5; ver: Is 53). Notemos la hondura teológica de la expresión. A lo largo del Cuarto Evangelio, como hemos expuesto, Jesús ha sido reconocido con títulos solemnes, pero solo en uno de los momentos de mayor sufrimiento, durante la flagelación, ha sido reconocido como “hombre”, por boca de Pilato. De modo parejo, la tradición sinóptica pone en labios del centurión, apostado al pie de la cruz, la identificación de Jesús como “hombre”, pues, contemplando la muerte de Jesús, exclamará: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). La cuestión teológica relevante estriba en constatar que en los momentos de mayor sufrimiento, el evangelio desvela la naturaleza humana del Hijo de Dios (Jn 1,1.14; 19, 1-16).

     Adoptando de nuevo la óptica catequética, la teología esboza una pregunta: ¿de que le sirvió al Hijo de Dios el dolor del sufrimiento? La teología también delinea la respuesta: el sufrimiento fue, desde la perspectiva teológica, la ocasión que permitió al Hijo de Dios hacerse plenamente hombre. Aguazando el sentido teológico, el sufrimiento fue el molde en que el Hijo de Dios llevó a plenitud el proceso de la encarnación (ver: Flp 2,1-11). Repitámoslo; el sufrimiento fue la mediación que hizo posible que el Hijo de Dios se hiciera hombre plenamente; pues, si no hubiera sufrido no habría palpado con hondura la caducidad de la existencia humana.


lunes, 16 de mayo de 2016

¿POR QUÉ HAY SUFRIMIENTO?

                                                     Francesc Ramis Darder
                                                     bibliayoriente.blogspot.com


Cuando abrimos las páginas de los periódicos, nos sobrecoge el sufrimiento que agrieta el corazón de tantas personas y de tantos países; sin duda, el fragor de la guerra, el azote del hambre, o el dolor de la enfermedad desgarran el alma de la humanidad. No en vano, ahíto de palpar el sufrimiento, exclamó Job entre las páginas del AT: “El hombre, nacido de mujer, corto de días y harto de dolores” (Job 14,1).

    El sufrimiento nacido de la guerra no brota de la casualidad, ni del azar; tampoco procede del designio divino, como si Dios deseara enfrentar a unos pueblos con otros para disfrutar de la contienda. La guerra nace de la injusticia; pues brota del afán de poder de los países ricos sobre las naciones pobres. Ante la barbarie, el ser humano debe oponerse a la guerra con todas sus fuerzas, sembrar en el mundo el germen de la justicia, y paliar con el ejercicio de la solidaridad los desmanes de la violencia. La cornada del hambre que desteje la sociedad de tantos países del Tercer Mundo tampoco procede de la casualidad, ni se origina en el designio divino contra algunos pueblos; el origen hambre procede de la injusticia sobre la que se estructura la sociedad humana. De ahí nace la obligación moral de luchar contra la injusticia y el deber de paliar los estragos de las hambrunas, rostro de la injusticia social, con la práctica de la solidaridad.

    Las catástrofes naturales, como pueden ser terremotos o maremotos, no proceden del designio divino contra el ser humano; nacen de la misma estructura geológica del planeta Tierra. Ante una catástrofe ecológica, el ser humano tiene la obligación de alentar el desarrollo científico-técnico para prevenir o atemperar las adversidades naturales, a la vez que tiene el deber de aliviar, mediante el ejercicio de la solidaridad, el sufrimiento que origina cualquier desastre natural. Algo semejante podríamos decir del penar nacido de la enfermedad. Una enfermedad no brota del designio de Dios que la envía contra un paciente; la enfermedad nace del mismo carácter limitado de la naturaleza humana que, como tal, envejece y se deteriora. La actitud del ser humano ante la enfermedad abraza dos aspectos complementarios; por una parte, el hombre debe mitigar, mediante el compromiso en el desarrollo científico-técnico, el dolor causado por cualquier dolencia, a la vez que debe suavizar las consecuencias dolorosas de la enfermedad, mediante el acompañamiento de los enfermos y la solidaridad con quienes sufren.


    Desde la perspectiva puramente humana, la postura del hombre ante la enfermedad abraza los dos ámbitos que acabamos de mencionar; el ser humano debe colaborar, en la medida de sus posibilidades, en el desarrollo científico-técnico que propicia el avance de la medicina,  y adiestrarse en el ejercicio de la solidaridad hacia los enfermos. Desde la perspectiva humana, las cosas son como acabamos de decir; pero, desde la perspectiva creyente, ¿es posible una interpretación teológica de la enfermedad? El libro de Job, mencionado antes, insinúa que la enfermedad puede ser entendida desde la perspectiva creyente. Cuando la mujer de Job se hartó de ver el penar de su marido, le dijo: “Maldice a Dios y muérete” (Job 2,9); pero Job, aferrado a la fe, le contestó: “Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?” (Job 2,10). Desde la perspectiva cristiana, agucemos el sentido de la pregunta, ¿percibimos algo más profundo en la enfermedad cuando la contemplamos con los ojos de la fe cristiana? Con intención de ensayar una respuesta, esbozaremos brevemente la actitud de Jesús y la perspectiva del apóstol Pablo ante la dureza del sufrimiento; lo expondremos en los dos artículo siguientes.

lunes, 9 de mayo de 2016

¿CÓMO VENCEMOS EL MIEDO?

                                                              Francesc Ramis Darder
                                                             bibliayoriente.blogspot.com


La perspectiva liberadora del Antiguo Testamento halla su plenitud entre las páginas del Nuevo Testamento. Jesús había anunciado la Buena Nueva a la gente apostada en la ribera occidental del lago de Genesaret; entonces, ávido por predicar la palabra a las poblaciones del litoral oriental, dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla” (Mc 4,35). Todos embarcaron para cruzar el lago de Genesaret desde occidente hacia oriente. El lago está situado en la región de Galilea, al norte de Israel; también se le llamaba lago de Tiberíades y Mar de Galilea.

    Ente las peculiaridades del lago, una es especialmente relevante. El lago es generalmente de aguas tranquilas, pero, a menudo, se encrespa hasta provocar tempestades que amenazan con hundir las barcas que surcan las aguas. Hoy sabemos que la tempestad tiene su origen en las condiciones meteorológicas de la región, pues el cambio en la dirección del viento y la alteración de la temperatura provocan las galernas. Sin embargo, en tiempos de Jesús, la gente daba una explicación religiosa al acontecimiento; suponían que bajo las aguas, en el fondo del lago, habitaban los demonios que agitaban el agua y ponían las naves en peligro de zozobra.

    Cuando Jesús y sus discípulos hubieron emprendido la travesía, se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Mientras tanto, Jesús en popa, estaba dormido sobre un cabezal. Entonces, lo despertaron diciéndole: “Maestro ¿no te importa que perezcamos?” (Mc 4,38). Jesús se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: “¡Silencio, enmudece!” (Mc 4,39). Enseguida, el viento cesó y vino una gran calma. Con sus palabras, Jesús declara su soberanía sobre las fuerzas diabólicas que, ocultas bajo las aguas y entre el soplo del viento, agitan la barca (ver: Mc 1,23-17); pues Jesús, presencia encarnada de Dios entre nosotros (Ju 1,21.14), es Señor del Cosmos entero (ver: Sal 89,10; 93,3).

    Calmadas las aguas, Jesús dijo a sus discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4,40). Apreciamos, de nuevo, la contraposición entre la seguridad que confiere la fe y la ansiedad que provoca el miedo, eco de la carencia de fe. Vemos, pues, que la fe, la confianza en Jesús, provoca en el ser humano la certeza de sentirse seguro en las buenas manos de Dios, mientras el miedo, la ausencia de fe, siembra en el hombre la angustia ante cualquier adversidad.

    Al decir del AT, la angustia ante el futuro que depara la vida constituye la característica de quienes viven apegados a la idolatría. Como sabemos, la idolatría no se reduce a la pasión por adorar imágenes de fetiches; la idolatría consiste en confiar la vida al poder del dinero, al ansia de dominio sobre los demás, y al empeño por la hipocresía, la pasión por aparentar ante los otros aquello que no somos. En contraposición a la idolatría, la calma define la identidad de quien tiene fe, la actitud de quien deposita el curso de la existencia en las manos de Dios, el señor de la vida y el guía de la historia humana (Is 45,20-25).

    Quizá por eso brota tan a menudo de labios de Jesús la expresión “¡No temas!”, dirigida a los discípulos y a quienes le siguen (Mt 14,26.27; 17,6-7; 28,10). Adoptando una perspectiva catequética, cuando Jesús exclama “¡no temas!”, está invitando a quien le escucha a depositar la confianza en él, el único salvador, a la vez que le invita a desdeñar el falso poder de los ídolos. Aguzando el ingenio catequético, podríamos decir que la expresión de Jesús “¡no temas!” equivale a la sentencia “¡ten fe!”. Cuando Jesús entró en casa de Jairo, el jefe de la sinagoga, para curar a su hija, le dijo: “No temas; basta que tengas fe, y tu hija se salvará” (Lc 8,50); y, en otro momento, dijo a Marta, hermana de Lázaro: “el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26). La fe en Jesús no solo aleja el miedo, metáfora de la idolatría, sino que planta en el corazón humano la certeza de la vida para siempre en las buenas manos de Dios.

    Un aspecto relevante de la pastoral sanitaria consiste en repetir a oídos del enfermo las palabras de Jesús, “¡no temas!”, o, dicho de otro modo, “¡confía en el Señor! En el compromiso pastoral por los enfermos, pronunciamos las palabras de Jesús no solo con nuestros labios, sino sobre todo con el testimonio de nuestro acompañamiento. Sin duda, la veracidad de la palabra y el testimonio del acompañamiento conforman la llave que ha abierto el corazón de tantos enfermos al encuentro con Jesús, el Salvador del mundo.

    Desde la perspectiva bíblica, el tiempo de enfermedad es una ocasión privilegiada para el encuentro entre el hombre y Dios; es una ocasión privilegiada para que quienes colaboramos en la pastoral sanitaria podamos plantar o acrecer la semilla del evangelio en el alma del enfermo. Por eso, entre las líneas del siguiente apartado esbozaremos, desde la perspectiva de la Escritura, el calado religioso de la enfermad como ámbito privilegiado para el encuentro entre Dios y el hombre. De ese modo, apreciaremos que el tiempo de dolor es un tiempo privilegiado para anunciar al enfermo las palabras de Jesús, “¡no temas!”, sinónimo de la expresión salvadora “¡confía en el Señor!”

domingo, 1 de mayo de 2016

¿POR QUÉ TENEMOS MIEDO?

                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com



Durante el siglo VIII a.C., la situación del Próximo Oriente Antiguo era convulsa. Asiria, la potencia dominante, había sometido a tributo a los pequeños reinos de Levante: Siria, Israel, Judá, Filistea y otros estados minúsculos. De pronto, la prepotencia asiria se vio memada, pues la rebelión de algunas ciudades y los ataques enemigos procedentes del norte y del este resquebrajaron la solidez del imperio. Aprovechando la coyuntura, los pequeños estados del Levante intentaron zafarse del dominio asirio. Siria e Israel encabezaron una coalición de pequeños reinos que intentaban sacudirse el flagelo asirio. Aun así, el pequeño estado de Judá se negó a participar en la conjura. Entonces, Siria e Israel atacaron Judá para derrocar al monarca legítimo, Ajaz, y entronizar a Tabeel, un arameo afín a los intereses de la coalición anti-asiria. Los historiadores denominan “guerra Siro-efrainita” a la guerra que Sria e Israel entablaron contra Judá.

    El libro de Isaías expone los avatares que trenzaron la guerra Siro-efrainita. Mientras Ajaz reinaba en Judá, Rasín, rey de Siria, y Pécaj, rey de Israel, subieron a atacar Jerusalén. Cuando el rey Ajaz y su corte conocieron el ataque “se agitó su corazón como se agitan los árboles del bosque” (Is 7,2). La locución “agitarse el corazón” define el miedo que embargó al rey y a los dirigentes de la ciudad. Al decir de la Escritura, el miedo no se reduce a un estado psicológico, sino que es la expresión externa de la falta de fe, pues quien tiene miedo desconfía de la protección que le brinda el Señor.

    Cuando el Señor entrevió el miedo de Ajaz, eco de su fe mermada, dijo al profeta Isaías: “Ve al encuentro de Ajaz, con tu hijo Sear Yasub, hacia el extremo del canal de la alberca de arriba” (Is 7,3). No es casual que el rey se encuentre en el canal de la alberca; pues, temiendo el ataque de Rasín y Pécaj, habría ido a comprobar si el suministro de agua podía permitir a la ciudad aguantar un asedio. Aunque el rey presiente el ataque, no deposita su confianza en Dios, se limita a constatar las defensas materiales de la urbe. Conocedor del miedo del rey, dice el Señor a Isaías: “dile a Ajaz: Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca […] aunque Siria y Efraín (Israel) tramen tu ruina […] pues así ha dicho el Señor: Ni ocurrirá ni se cumplirá” (Is 7,4-7); conviene precisar que, en tiempos antiguos, el Reino de Israel también se conocía con el nombre de Efraín. El Señor añade, por boca de Isaías, una sentencia lapidaria: “Si no creéis, no subsistiréis” (Is 7,9). ¿Qué significa?

    Las palabras castellanas “creéis” y “subsistiréis” traducen, en diferentes conjugaciones, la misma raíz hebrea que significa “sostenerse (‘mn)”; en este caso concreto “sostenerse en Dios”, expresado poéticamente “sostenerse en las manos de Dios”. Aguzando el sentido catequético, el Señor dice al rey Ajaz y a la corte: “Si no os sostenéis en el Señor, nada os podrá sostener”; pues no serán las armas, ni el suministro de agua quienes salvarán Jerusalén, sino la confianza en el Señor, el libertador de su pueblo (Is 52,19). Sin embargo, Ajaz y su corte se dejaron vencer por el miedo. Ajaz, temeroso de perder la corona, solicitó el auxilio de Asiria. La Gran potencia, recuperada de su postración, acudió en ayuda de Ajaz. Teglarfalar III, emperador asirio, y sus sucesores, Salmanasar V y Sargón II, conquistaron Siria e Israel, y liberaron Judá del acoso extranjero (722 a.C.; ver: 2Re 17). No obstante, el auxilio asirio no fue gratuito, pues Ajaz tuvo que pagar un tributo exorbitado que sumió Judá en la miseria (2Re 16).

    Ajaz se había dejado vencer por el miedo, metáfora de la falta de fe, por eso el país no subsistió en libertad, sino que se vio sometido a la arbitrariedad asiria que sumió Judá en la pobreza. Como hemos señalado, “el miedo” (Is 7,4) no se reduce a una cuestión psicológica, atestigua la falta de fe; a modo de correlato, el sentido de “la calma” tampoco se agota en la perspectiva psicológica de la seguridad personal, constituye la expresión externa de vivencia de la fe.

    El contraluz de Ajaz, el rey miedoso, lo constituye su hijo, Ezequías, el soberano que, depositando la confianza en Dios, venció el miedo y obtuvo la salvación de Jerusalén. Después de la muerte de Ajaz, otro emperador asirio, Senaquerib, emprendió una campaña para subyugar a los pequeños estados del Levante y confutar la amenaza de Egipto, la potencia intrigante que pretendía desbancar el señorío asirio en Oriente (ca 701 a.C.). Senaquerib penetró en Judá; según narra la Escritura, tomó cuarenta y seis ciudades y asedió Jerusalén para rendirla por hambre (Is 36-38). Ezequías, aterido de miedo, pensó entregar la ciudad a las huestes asirias; pero el Señor, por boca de Isaías, le dijo: “Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David, mi siervo” (Is 37,35). Ezequías confió en la palabra del Señor, expresada por boca de Isaías; el rey no se rindió y Jerusalén se vio liberada de la amenaza asiria. La profecía relata la liberación con el lenguaje propio del AT: “Aquella misma noche, el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio […] Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive” (Is 37,36-37).

    La Escritura describe la actitud de ambos reyes para confrontar el miedo de Ajaz, símbolo de la falta de fe, con la confianza de Ezequías, alegoría del soberano creyente. El monarca miedoso, Ajaz, falto de fe, constató la penuria de Jerusalén; mientras Ezequías depositó la confianza en Dios, alegoría de la fe fuerte, y salvó Jerusalén. No es el miedo sino la fe la actitud que orienta la historia humana hacia la eclosión del Reino de Dios.

lunes, 25 de abril de 2016

JESÚS Y SUS DISCÍPULOS

                                      Francesc Ramis Darder
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Después de recibir el bautismo de Juan y superar las tenciones del diablo en el desierto (Mc 1,1-13), Jesús fue a predicar a Galilea, decía: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,14-15). Pasando junto al lago de Galilea, llamó a los primeros discípulos: Simón, Andrés, Santiago y Juan (Mc 1,16-20). Cuando llegó con los discípulos a Cafarnaún, en la ribera del lado, realizó las primeras curaciones; después de orar y acompañado por los discípulos “se fue a predicar en las sinagogas por toda Galilea, expulsando demonios” (Mc 1,39). Curó enfermos y perdonó pecados; vio a Leví, hijo de Alfeo, al que hizo seguidor suyo (Mc 2,1-3,6); con sus palabras y gestos, Jesús alentaba que “le siguiera una gran muchedumbre” (Mc 3,7).

    Constatando la multitud de seguidores, Jesús designó doce a los que llamó apóstoles: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro; Santiago, el hijo de Zebedeo, y su hermano Juan, a quienes llamó Boanerges, es decir, hijos del trueno; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Canaeo y Judas Iscariote, el que lo entregó. Jesús eligió a los doce por tres razones: “para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar el evangelio con poder de expulsar demonios” (Mc 3,13-19). Conviene precisar que la primera razón radica en que los discípulos ‘estén con Jesús’; y a consecuencia de la amistad con Jesús nace el compromiso por ‘predicar el evangelio’ y el ‘empeño por expulsar demonios’, alegoría de la existencia comprometida en la edificación del Reino de Dios. Un grupo de mujeres también seguía los pasos de Jesús: María, su madre, María la Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, Salomé, y, como señala el evangelio “otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15,40-41).

   La predicación y los milagros de Jesús acreditaban la irrupción del Reino de Dios en la sociedad de su tiempo; así lo proclama ante los fariseos: “Si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12,28). La hondura de la plegaria, anclada en el Padrenuesto (Mt 6,9-13), y la vivencia de la Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) acendraban la espiritualidad de los seguidores de Jesús, llenaban de consuelo el alma del pueblo y el corazón de los pobres, pero atraían, cada vez, las insidias de los poderosos. La predicación de Jesús adquiría el tono catequético de las parábolas (Mc 4,1-34), y sus milagros provocaban la admiración de la gente (Mc 4,35-6,5). Alentados por Jesús, los discípulos recorrían de dos en dos las aldeas para predicar la conversión y expulsar demonios (Mc 6,6-13). Por aquel tiempo,    Herodes Antipas hizo decapitar a Juan Bautista (Mc 6,14-29); sin duda, el acontecimiento causó un impacto profundo en el alma de Jesús.

    Como señala el evangelio, Jesús multiplicó los panes, caminó sobre las aguas, hizo muchas curaciones (Mc 6,30-57); y, como no podía ser otro modo, embistió contra la falsa religiosidad de los fariseos (Mc 7,1-16). Instruyó a los discípulos, ayudó a la mujer pagana, curó un sordomudo, multiplicó por segunda vez los panes, y devolvió la vista a un ciego (Mc 7,16-8,26). Al norte de Galilea, en Cesarea de Filipo, el apóstol Pedro reconoció la identidad profunda de Jesús; le dijo: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,27-30). Dándose cuenta de la animadversión de los opulentos, Jesús anunció a los discípulos su pasión y resurrección (Mc 8,31-33). Más adelante, Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan; mientras una voz del cielo, metáfora de la identidad del Padre, desvelaba la identidad de Jesús: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (Mc 9,7).

    Conocedor de la inquina que provocaba entre los poderosos, Jesús, después en curar a un epiléptico, volvió a revelar a los discípulos su pronta pasión y resurrección (Mc 9,14-32). Ya de camino hacia Jerusalén, instruyó a los discípulos, les advirtió contra el escándalo, comentó con ellos las costumbres de su tiempo, les advirtió contra el peligro de la riqueza, volvió a anunciarles su muerte y resurrección, y curó al ciego Bartimeo (Mc 9,33-10,52).

    A medida que Jesús radicaliza su mensaje, los falsos admiradores, que oían su palabra sin practicarla, comienzan a abandonarle (Jn 6,66), mientras los fariseos, saduceos y partidarios de Herodes planean matarle (Mc 3,6). Sin embargo, Jesús no se arredra; entra en Jerusalén donde critica el boato del templo y la hipocresía farisea (Mc 11). Valiéndose de la parábola de los labradores homicidas, denuncia la falsía de los dirigentes (Mc 12,1-12); arremete contra el tributo exigido por los romanos (Mc 12,13-17); anuncia la resurrección de los muertos (Mc 12,18-27); y, evocando la Escritura, recuerda el mandamiento esencial: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas […] y […] amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-31). A continuación, denuncia el egoísmo fariseo y encomia la humildad de una viuda (Mc 12,38-44); después, anunciando el fin de los tiempos, alienta la fidelidad de los discípulos (Mc 13).

    Cuando faltaban dos días para la fiesta de la pascua y los panes sin levadura, los dirigentes judíos determinaron matar a Jesús (Mc 14,1-2). Mientras una mujer ungía a Jesús, Judas Iscariote acordaba con los dirigentes su entrega, a cambio de dinero (Mc 14,5-11). El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero pascual, Jesús dispuso la celebración de la cena con sus discípulos (Mc 14,12-16). Durante la cena, anunció la traición de Judas, instituyó la Eucaristía, lavó los pies a los discípulos y les instruyó en la vivencia del Evangelio (Mc 14,17-25; Jn 13-17).

    Acabada la cena y tras cantar los himnos, Jesús y sus discípulos salieron hacia el monte de los Olivos; de camino, anunció las negaciones de Pedro (Mc 14,26-31). Llegados al monte, Jesús se retiró a un lugar llamado Getsemaní para orar; fue un momento de angustia en que puso su vida en manos del Padre: “¡Abba, Padre! […] no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14,36). Ahora bien, los discípulos en vez acompañarle en la angustia, se durmieron entre las rocas; sin duda, el desinterés de los íntimos hizo mella en Jesús (Mc 14,32-42). De ponto, apareció Judas con guardia armada, detuvieron a Jesús y lo llevaron al Sanedrín que lo declaró reo de muerte; mientras Jesús comparecía ante el sanedrín, Pedro renegaba de él (Mc 14,43-72).

    El Sanedrín necesitaba la aquiescencia romana para sentenciar la pena de muerte, por eso condujo a Jesús ante Poncio Pilato. El gobernador no encontró delito en Jesús; por eso intentó canjear su vida por la de Barrabás, un asesino, e incluso recabó la opinión de Herodes Antipas (Mc 15,1-20; Lc 23,8-12). Sin embargo, el miedo y la presión de la autoridad judía quebraron la entereza de Pilato. Asustado y lavándose las manos, entregó a Jesús al suplicio de la cruz. Según la costumbre romana, Jesús fue azotado y después crucificado, entre dos ladrones. Camino del calvario, Simón de Cirene ayudó a llevar la cruz de Jesús. Antes de morir, Jesús exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Cuando murió, el centurión que custodiaba el patíbulo dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39); algunas mujeres, metáfora del discípulo fiel, contemplaban su muerte (Mc 15,40).


    Muerto Jesús, José de Arimatea se presentó ante Pilato para recoger el cadáver. Lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro; María Magdalena y María la madre de José observaban dónde lo ponía (Mc 15,42-47). Pasado el sábado, el primer día de la semana, muy de madrugada, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús. Cuando llegaron, la piedra que cerraba la tumba había sido retirada; entraron en el sepulcro, y un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, les dijo: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí” (Mc 16,6). Después de resucitar, Jesús se apareció a María Magdalena, a dos discípulos que iban hacia la aldea de Emaús, y, por último, se apareció a los once diciéndoles: “Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Mc 16,9-18). Después de hablarles, el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios; los discípulos, por su parte, salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16,19-20).             

martes, 5 de abril de 2016

¿QUÉ ES EL REINO DE DIOS?


                                                Francesc Ramis Darder
                                                 bibliayoriente.blogspopt.com


Observando leyes complejas, los fariseos imploraban la intervención divina que instaurara el Reino de Dios; mientras los saduceos, recostados en la opulencia, suspiraban por la riqueza terrenal. Jesús también anunciaba el advenimiento del Reino Dios, pero de uno modo distinto. Como expuso en el Sermón de la Montaña, el Reino de Dios brota cuando la comunidad humana, abierta al amor divino, vive hermanada en la fraternidad (Mt 5,1-12). El Reino de Dios, plantado en la tierra por quienes viven según las pautas de Jesús, alcanzará la plenitud al final de los tiempos, cuando irrumpan “los cielos nuevos y la tierra nueva”, metáfora del triunfo del proyecto divino en bien de la humanidad entera (Ap 21,1-8). Conviene precisar que la expresión “Reino de Dios” corre pareja a “Reino de los cielos”, pues son dos formas de expresar la misma realidad. El Reino de Dios proclamado por Jesús presenta dos características esenciales. 

    En primer lugar, el Reino de Dios que propone Jesús no es algo “que tenga que venir” por la escrupulosidad en la observancia de ley, ni pueda adquirirse a cambio de riqueza; es algo que se manifiesta con la misma presencia de Jesús en la sociedad humana. Oigamos la voz el Evangelio. Cuando Jesús entró el sábado en la sinagoga de Cafarnaún, vio un hombre con la mano atrofiada, le dijo: “Extiende la mano”, la extendió y quedó curada (Mc 3,1-6). Cuando Jesús atravesaba con sus discípulos el Mar de Galilea, las aguas se encresparon; entonces increpó al viento y sobrevino una gran bonanza (Mc 4,35-41).

    Desde la perspectiva catequética, el hombre de la mano atrofiada simboliza la  sociedad humana paralizada por la idolatría; la palabra de Jesús devuelve la movilidad a la mano, símbolo de la sociedad que, atenta al evangelio, recupera el gozo de vivir. Desde el prisma simbólico, el mar encrespado evoca el mundo convulso que amenaza la existencia humana; pero la presencia de Jesús transforma el mar agitado en las aguas calmas, metáfora de la humanidad reconciliada en el amor. Tanto el hombre de la mano curada como el mar tranquilo constituyen la metáfora del Reino de Dios que adviene con la misma presencia de Jesús.

    En segundo término, el Reino de Dios nace cuando el cristiano pone en práctica la enseñanza evangélica; dice Jesús: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Como enfatiza el evangelio, quien da de comer al hambriento, da de beber al sediento, acoge al emigrante, viste al desnudo, cuida al enfermo, o visita al preso siembra en su entorno la semilla del Reino de Dios (Mt 25,31-46). El testimonio cristiano conforma la presencia de Jesús en la sociedad humana; por eso cuando el cristiano ahorma su vida con las pautas del evangelio engendra, como hacía Jesús, el Reino de Dios.

    Cuando Jesús anunciaba el Reino de Dios, proponía el estilo de vida que llena de sentido la existencia humana; pues la conversión, la plegaria y la vivencia de las Bienaventuranzas encauzan la vida por la senda del Reino de Dios.

sábado, 2 de abril de 2016

CATEDRAL DE MALLORCA MIQUEL BARCELÓ

                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


La capilla del Santísimo ocupa el ábside de la nave de l’Almoina, la vertiente sur de la Catedral; el ábside es de traza gótica y pertenece al núcleo más antiguo de la fábrica catedralicia (siglo XIV). Antaño, el ábside estaba presidido por el retablo neoclásico, dedicado a San Pedro (1839); así que para alzar la nueva capilla hubo que desmontarlo y ubicarlo en otro lugar del templo. La Capilla del Santísimo, obra de Miguel Barceló (2001-2006), situada en el ábside de la nave, presenta tres aspectos íntimamente relacionados entre sí. La pared de cerámica policromada, de unos trescientos metros cuadrados, que cubre casi completamente los muros del ábside; cinco vitrales de doce metros de altura con tonalidades de grisalla; y el mobiliario litúrgico compuesto por altar, ambón, sede, y dos bancos para el coro ferial.

    La capilla recrea la iconografía bíblica del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,1-15) y el signo de las bodas de Caná (Jn 2,1-12), alusivos a la celebración y el gozo de la Eucaristía. La simbología evangélica envuelve la imagen de Cristo Resucitado, situado sobre el sagrario y detrás del altar, para destacar la presencia viva del Señor en la Eucaristía. La iluminación grisácea de los vitrales acrece la atmósfera marina de la catedral mediterránea y acentúa la función de la capilla, destinada a la celebración de la Eucaristía y a la reserva y adoración del Santísimo Sacramento. Adentrémonos en la capilla para contemplarla desde la perspectiva poética y espiritual.

    El relato de la multiplicación de los panes y los peces comienza exponiendo como Jesús emprendió un viaje para alcanzar el lugar donde acontecería el prodigio: “Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea” (Jn 6,1). La Escritura, fruto de la reflexión de un pueblo nómada habituado al desierto, interpretaba el mar como un lugar inhóspito (Ap 13,1). A menudo, la vida humana transcurre en un ámbito adverso, alegoría del mar. La grisalla de los vitrales, decorados con esbozos de algas, raíces, palmas, olas, bloques de arcilla que suben hacia arriba, junto a las grietas blancas que insinúan la luz del cielo, sugieren la vida del ser humano que parece sucumbir entre las profundidades del mar. El esbozo de las olas, plasmadas en lo alto del panel cerámico, junto a la imagen del fondo marino carente de vida, delineado en la parte inferior izquierda, acrecen la angustia del hombre que bracea entre las olas sin encontrar el puerto seguro que colme su existencia de sentido. Por si fuera poco, abajo en el centro, aparece el bosquejo de un bosque de calaveras que evocan el destino fatal que aguarda al hombre perdido entre la furia del mar bravío.

    Sin embargo, entre el chapoteo incierto entre las aguas y el pánico ante la muerte, el ser humano atisba un faro de esperanza: la luz dorada que refulge de la puerta del sagrario, arca del Señor entre nosotros. La puerta está modelada con improntas de manos humanas. Sin duda, entre la turbulencia de la vida, representada por el mar, el sagrario, presencia de Jesús entre nosotros, es el noray donde las manos humanas, representadas por las improntas, abrazan la existencia para salvarse del peligro y atisbar el sentido de la vida.

    Asentado en el seno de la vida, el creyente puede levantar los ojos para contemplar sobre el sagrario la presencia del Resucitado, blanco y de silueta insinuada, que certifica el triunfo del proyecto de Dios sobre las insidias del mal, representado por la turbulencia de las aguas. El Resucitado lleva en su cuerpo, pintadas en rojo, las llagas de la pasión. Como hemos señalado, la entrega de Jesús en el Calvario, representada por las llagas, lleva a plenitud la profecía de Isaías: “sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5); por eso dice Pablo “por la obediencia de uno solo (Jesús), todos serán constituidos justos” (Rm 5,19). El ser humano navega sin rumbo por las aguas agitadas de la historia, pero no es el hombre quien con su esfuerzo se gana el favor divino; es Dios, el amigo del hombre, quien se adelanta a abrazarle para devolverle el sentido de la vida; así lo atestigua Juan: “no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Así pues, es el Resucitado, presente en el sagrario, quien sale por amor al encuentro del hombre que bracea sin rumbo (ver Dt 7,7-8).

    A la derecha del Resucitado se yergue un gran pez; símbolo en las culturas antiguas de vida y fecundidad, alegoría de la vida nueva con que el Resucitado bendice al cristiano. El pez también es el alimento que comió Jesús en compañía de los discípulos en el cenáculo después de la resurrección (Lc 24,42-43); los comentaristas han palpado en el pasaje una metáfora de la Última Cena, de ahí que el pez evoque la Eucaristía, el alimento del cristiano para surcar el mar de la existencia. La Eucaristía compromete al cristiano en la ruta del evangelio; desde esta óptica, el gran pez, sugiere el cetáceo que engulló a Jonás para conducirlo a Nínive, la ciudad donde el Señor destinó al profeta para predicar la Palabra (Jon 2). La palabra griega “ikhthys”, “pez”, es un ideograma, cuyas cinco letras griegas son las iniciales de otros cinco términos: “Iesous, Khristos, Theou, Uios, Soler” que significan: “Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador”; por eso, en la antigüedad, el dibujo del pez constituía el distintivo externo de los cristianos. En definitiva, la figura del pez certifica que la Eucaristía forja la identidad del cristiano asimilando su vida a la perspectiva del evangelio.

    A la izquierda del Resucitado, destaca la figura de una palmera. La palma, el ramo, la rama verde aparecen como símbolos de victoria, de ascensión, de regeneración y de inmortalidad; desde la perspectiva cristiana, las palmas del Domingo de Ramos prefiguran la resurrección del Señor el Domingo de Pascua. La palmera despunta como metáfora de la resurrección del Señor; resurrección a la que Jesús convoca, mediante la celebración de la Eucaristía, al cristiano que navega entre la adversidad de la vida, representada por el mar. La palmera también es alegoría de la protección que Dios dispensa a sus fieles. Cuando la sagrada familia viajaba a Egipto para huir de las zarpas de Herodes, una palmera combó sus ramas para ofrecer sombra y alimento a María, mientras de sus raíces brotaba el agua para henchir los odres que portaba José (PseudoEvangelio de Mateo 20,2). La palmera, testigo de la resurrección, enfatiza la protección que el Señor brinda a los cristianos.

    No obstante, ¿dónde podemos encontrar al Resucitado que protege nuestra vida? Entre la cerámica del panel, encontramos la respuesta. La teología ha interpretado el relato de la multiplicación de los panes y los peces como una metáfora de la Eucaristía (Jn 6,1-15). Jesús tomó cinco panes y dos peces, “dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado” (Jn 6,11; ver: Lc 24,42-43); aquella multitud hambrienta, tan perdida como el hombre que chapotea en el mar, quedó saciada, alegoría del sentido de la vida que Jesús les ha devuelto. La exhuberancia de animales acuáticos que tapizan el panel constituye la metáfora de la plenitud vital que la celebración eucarística confiere a los cristianos.

    Ahora bien, la Eucaristía, como todo sacramento, es un acto gozoso, celebra la muerte y la resurrección del Señor, fuente de la salvación del mundo. Por eso, el milagro de los panes y los peces aparece vinculado al signo de las Bodas de Caná, acontecimiento festivo (Jn 2,1-12). Cuando en aquella boda faltó el vino, signo de la alegría (Sal 104,15) y eco de la Eucaristía (Mc 10,24-25), Jesús, atento a la súplica de María, su madre, convirtió el agua de las tinajas en vino de gozo (Jn 2,9). Aunando las notas del simbolismo, la Capilla del Santísimo enfatiza que la Eucaristía, presencia del Señor entre nosotros, nutre y forja la identidad cristiana para surcar la existencia hasta el día final en que nos encontremos con Dios en el gozo de su Reino.


A modo de sumario.


Las capillas que coronan las naves de la Catedral de Mallorca constituyen un tríptico eucarístico. El retablo del Corpus Christi, obra de Jaume Blanquer (1641), el Baldaquín, delineado por Antonio Gaudí (1912), y la Capilla del Santísimo, plasmada por Miguel Barceló (2001-2006), certifican que la Eucaristía, ápice de la liturgia, es el alimento y la forja de la vida cristiana. De ese modo, el tríptico eucarístico constituye la mejor invitación, espiritual y catequética, para profundizar en el misterio de la Eucaristía, ámbito donde el Señor se hace pan y vino para convertir al cristiano en testigo fehaciente de la actuación salvadora de Dios en la historia humana.

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE PACUA


                                                                        Francesc Ramis Darder
                                                                        bibliayoriente.blogspot.com



¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Jesús es el acontecimiento central de nuestra fe. Es un acontecimiento tan esencial que a lo largo de la Cuaresma la lectura del Evangelio ha orientado nuestra vida por la senda de la conversión para que podamos celebrar con hondura la Pascua. Al inicio de la Cuaresma leíamos el Evangelio de las tentaciones de Jesús. El Señor encauzaba nuestra vida por la senda de la conversión. Nos enseñaba que la actitud de servicio hacia nuestro prójimo, la decisión de compartir nuestros bienes con los necesitados, y empeño por la vida humilde, nos abriría la puerta del Reino de Dios; en definitiva, Jesús nos enseñaba que la vivencia de la misericordia, expresión más genuina del amor, abre la puerta al gozo de la Pascua.

La resurrección certifica el triunfo definitivo del Evangelio de Jesús. Certifica que la misericordia, insignia del Evangelio del Señor, derrota a las fuerzas del mal, representadas por la soberbia. La resurrección sentencia que la entrega servicial de Jesús, manifestada en su amor por los pobres, vence la arbitrariedad de los poderosos, centrados en la codicia. La resurrección del Señor manifiesta que la humildad, emblema de los seguidores del Evangelio, triunfa sobre la hipocresía humana, superficial y efímera. Hoy, domingo de Pascua, celebramos la Buena Nueva de Jesús colma de sentido la existencia humana.

En el Evangelio que hemos proclamado, aparecían tres personajes significativos: María la Magdalena, el discípulo que Jesús amaba, y el apóstol Pedro. El más relevante es el segundo; a quien el Evangelio llama “el otro discípulo” o “el discípulo que Jesús amaba”. Su relevancia estriba en que creyó plenamente en la resurrección del Señor. Repasemos el itinerario del discípulo que captó la profundidad de la resurrección.

Cuando escuchó las palabras de María la Magdalena, no se quedó en el cenáculo esperando acontecimientos, sino que, acompañando a Pedro, marchó corriendo al sepulcro. La decisión supone un acto de valentía, pues tras la muerte de Jesús, los discípulos sufrían la amenaza de la autoridad judía. Conviene observar que la conducta del discípulo destila misericordia; pues su capacidad para escuchar a la Magdalena, la decisión de acompañar a Pedro, el empeño por emprender el camino hacia el sepulcro, y la actitud valiente acreditan la actitud misericordiosa del discípulo.

Al llegar al sepulcro se inclinó, y, sin entrar, vio los lienzos de amortajar. La palabra “inclinarse” define la actitud religiosa del discípulo. El término “inclinarse” no significa simplemente “agacharse”, sino que indica la fe del discípulo que se inclina, “se postra”, ante la manifestación de la actuación de Dios (ver: 1Pe 1,12). Cuando Jesús predicaba, dijo a sus discípulos: “El Hijo del hombre […] será entregado a los gentiles y será escarnecido, insultado y escupido, y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará”; pero, como recalca el Evangelio, “los discípulos […] no entendieron […] y no comprendieron lo que les decía” (Lc 18,31-34).

Como sucedía con los otros discípulos, el discípulo que Jesús amaba tampoco entendía el asunto de la resurrección; pero, como veíamos antes, ha asimilado la conducta misericordiosa y al llegar al sepulcro es capaz de “inclinarse”, de reconocer la actuación de Dios en la tumba vacía. Como señala el Evangelio, “hasta entonces no había entendido […] que Jesús había de resucitar de entre los muertos”; pero cuando “se inclina” reconoce la resurrección del Señor, entonces “ve” que las promesas de Jesús se han cumplido, y “cree” que Jesús es el salvador definitivo. La vivencia de la misericordia orienta al discípulo hacia la contemplación de la resurrección del Señor.

El discípulo que Jesús amaba constituye la metáfora del ‘discípulo ideal’, el que ha llegado a la plena intimidad con el Señor en el Reino de Dios; mientras la figura de María Magdalena y la personalidad de Pedro esconden la identidad de los ‘discípulos que aún estamos en camino’ hacia el pleno encuentro con el Resucitado. La actitud de María Magdalena se agota en la sorpresa y la actitud de Pedro se acaba en la extrañeza, pero ninguno de los dos “se inclina” ante la tumba vacía, presencia del Resucitado. Surge ahora una pregunta; los cristianos que aún estamos en camino, ¿cómo podemos ‘inclinarnos’ ante la presencia de Jesús resucitado? El Evangelio sentencia que la vivencia de la misericordia es el tormo donde Jesús forja nuestra vida para que podamos encontrarnos plenamente con él y ser, en medio del mundo, testigos de la ternura de Dios.


Sin duda, podemos encontrarnos con el Resucitado en cualquier ámbito de la vida, pero la sabiduría del Evangelio subraya dos ámbitos privilegiados donde el encuentro con el Señor se conjuga con la vivencia de la misericordia: la celebración de la Eucaristía, explicada entre las líneas del relato de los Discípulos de Emaús, y la opción por los pobres, recogida en la parábola del Buen Samaritano. El tiempo pascual nos invita a “inclinarnos ante el Señor resucitado”, especialmente presente en la celebración de la Eucaristía y en el rostro de los pobres, mediante la vivencia confiada de la misericordia; solo así nos convertiremos en testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana.  

martes, 15 de marzo de 2016

DOMINGO DE RAMOS


                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


El relato de la pasión del Señor expresa, mejor que ningún otro, la delicadeza con que Jesús vierte su misericordia tanto en el corazón de sus discípulos como en el alma de quienes le condenan; pues, como señala el Evangelio, la misericordia modela el estilo de vida de Jesús. Por eso, la Iglesia nos invita durante la Semana Santa a meditar la pasión del Señor para que podamos forjar nuestra vida a imagen de Jesús, la presencia misericordiosa de Dios entre nosotros.

Sentado a la mesa, dice Jesús a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Así, Jesús certifica que estará siempre con nosotros, especialmente en la celebración de la Eucaristía; pues la Eucaristía no es un mero recuerdo del pasado, sino la presencia misericordiosa del Señor entre nosotros (ver: 1Cor 11,23-25). A continuación, Jesús explica a los discípulos la identidad del verdadero apóstol: “el que gobierna ha de actuar como el que sirve”; sin duda, el servicio al prójimo, expresión señera de la misericordia, constituye el emblema de la conducta cristiana.

    Jesús sabe que Pedro le negará tres veces antes de que el gallo cante; pero, aún así, le dice: “Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague”. Estas palabras esconden la confianza de Jesús, otra expresión de su misericordia, hacia el apóstol débil. Jesús no nos elige “a causa de que seamos buenos”, sino “a fin de que podamos ser buenos”; no será la entereza de Pedro, sino la misericordia de Jesús la que convertirá al hombre que le niega en el apóstol que predica el Evangelio en Pentecostés (ver: Hch 2,1-36).

    En Getsemaní, Jesús oraba con intensidad. Cuando oramos, dejamos que la misericordia de Dios penetre en nuestra vida hasta transformarnos en testigos del Evangelio. En Getsemaní, Jesús, angustiado ante la pasión inminente, se entrega a la voluntad del Padre: “Padre […] que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Cuando nos entregamos a la voluntad de Dios, renunciamos a que las ambiciones humanas orienten nuestra vida, y dejamos que la misericordia se convierta en la brújula de nuestra existencia. Abandonándose en las manos del Padre, Jesús llevará a plenitud el precepto del amor, pues verterá su misericordia sobre el alma de sus enemigos; así curará al criado del sumo sacerdote que, acompañado por la turba, había ido al huerto a prenderle.

    Más tarde, en casa del sumo sacerdote, Jesús echará una mirada a Pedro; entonces Pedro, recordando que ha negado tres veces al Señor, saldrá afuera para llorar amargamente su pecado. La mirada de Jesús no incrimina la conducta de Pedro. Bajo la mirada de Jesús, aflora la misericordia del Señor que se derrama en forma de perdón sobre el apóstol; y Pedro, sintiéndose perdonado, llorará su culpa anhelando el encuentro definitivo con el Señor (ver: Jn 20,18; 21,15-24).

    Sabiéndose en las manos del Padre, Jesús dará testimonio de valentía ante el Sanedrín; cuando le pregunten “¿tú eres Hijo de Dios?”, dirá sin miedo, “vosotros lo decís, yo lo soy”. La valentía de Jesús no debe confundirse con el arrojo o la temeridad; la valentía de Jesús nace de la seguridad que le confiere saberse sostenido en las manos misericordiosas del Padre. Como señala la Escritura, “ser valiente es ser fiel”; Jesús no manifiesta su valentía enfrentándose con el Sanedrín, sino manifestando ante sus acusadores la mayor fidelidad al proyecto que el Padre le ha confiado, pues subraya que él es el Hijo de Dios. Sin duda, la “valentía cristiana”, la decisión de dar testimonio del Evangelio, constituye la puesta en práctica de la misericordia, pues ofrecemos al prójimo lo mejor que tenemos: la presencia salvadora de Jesús.

    A raíz del juicio de Jesús, Pilato y Herodes, señala el Evangelio, se hicieron amigos. Notemos el detalle; incluso en silencio y soportando la adversidad, la vida de Jesús, expresión de la misericordia de Dios, propicia la reconciliación de dos adversarios para unirlos con los lazos de la amistad, la mayor riqueza del ser humano (Eclo 6,15). Camino del Calvario, Simón de Cirene ayudó a Jesús a llevar la cruz; tras el rostro del cirineo, aflora el rostro misericordioso del cristiano que compromete su vida para ayudar al prójimo en la adversidad que tan a menudo depara la vida.

    Sobre la cruz, Jesús perdona a sus adversarios: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El perdón, manifestación del amor a los enemigos, expresa la hondura de la misericordia de Jesús que, en lugar de llevar cuentas del mal, ofrece a sus adversarios la posibilidad de rehacer su vida. Sobre la cruz, la misericordia de Jesús abre al buen ladrón las puertas del cielo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Sobre la cruz, Jesús deposita su confianza en las manos del Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. La cruz es el ámbito donde Jesús vive la misericordia con mayor hondura; por eso el centurión, constatando la misericordia y la confianza de Jesús, dirá: “Realmente, este hombre era justo”; de ahí que, cuando vivimos la misericordia, damos testimonio del Evangelio ante nuestro prójimo.


    En esta Eucaristía, pidamos al Señor que la meditación de la pasión oriente nuestra vida hacia la vivencia de la misericordia y la ternura de Dios.

martes, 8 de marzo de 2016

LA MUJER PERDONADA POR JESÚS

           
                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com


La liturgia cuaresmal ahonda en la senda de la conversión para que podamos celebrar con gozo la resurrección del Señor durante el tiempo pascual. A menudo, pensamos que el empeño por la conversión se agota en el esfuerzo personal para mejorar nuestra conducta y perfeccionar el estilo de nuestra vida. Sin duda, la conversión implica el esfuerzo personal por mejorar nuestra manera de ser y el empeño por ayudar a quienes están a nuestro lado; aún así, desde la perspectiva bíblica, la conversión adquiere una perspectiva más profunda. Convertirse significa dejar que la misericordia de Dios empape nuestra existencia hasta transformarnos en testigos del Evangelio en la sociedad donde vivimos; pues, un cristiano está llamado a ser testigo de la bondad de Dios en la sociedad de su tiempo. El relato de ‘la mujer adúltera’, que hoy hemos proclamado, constituye un buen ejemplo para apreciar como la misericordia de Jesús abre a una mujer rota la puerta de una vida según las pautas del Evangelio.

  
La primera línea del Evangelio señala que Jesús se retiró al monte de los Olivos; una colina situada frente a la explanada del templo de Jerusalén. Como señala el Evangelio, antes de comenzar su tarea, Jesús solía retirarse al monte de los Olivos para orar; por eso, antes de presentarse en el templo para enseñar a la gente, pasó la noche en el monte. La actitud de Jesús entraña una enseñanza significativa. Explicita que la oración no es un adorno o un complemento de la vida cristiana, la plegaria es el alimento que nutre al cristiano para que pueda ser testigo de Jesús en la sociedad humana; durante la plegaria recibimos la misericordia de Dios para poder después compartirla con el prójimo.

    Mientras Jesús enseñaba, los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio. Atentos a la ley de Moisés, recuerdan a Jesús que la mujer debe morir apedreada por los mismos que la han descubierto cometiendo adulterio (ver: Dt 17,7; Ez 16,38-40). Conviene notar que los escribas y fariseos, tan decididos para aplicar la ley sin misericordia contra una mujer, omiten presentarse a Jesús con el varón adúltero, tan culpable como la mujer del adulterio cometido. La fiereza de los poderosos, escribas y fariseos, se ceba contra la debilidad de los débiles; no en vano, Jesús dirá de ellos: “¡Ay de vosotros, que sois tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!” (Lc 11,44). A modo de contraluz, la misericordia de Jesús constituye el consuelo de los débiles, así dirá: “Misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13).

    Los escribas y fariseos querían ver como Jesús, el profeta de la misericordia, se veía obligado a aplicar la dureza de la ley contra la mujer adúltera. Jesús no responde enseguida; buscando un tiempo de reflexión, trazó unas líneas en el suelo. Los fariseos conocían una ley escrita, la de Moisés, que mandaba apedrear a la mujer; pero Jesús, escribiendo en el suelo, sugiere la redacción de una nueva ley, la de la misericordia convertida en perdón. Como insistían en preguntarle, Jesús se incorporó y les dijo: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Jesús no denuncia abiertamente la perversidad de escribas y fariseos; sino que, como buen maestro, adopta una actitud más sagaz: deja que la mala conciencia de los acusadores descubra la vileza de su conducta. Los acusadores se conocían entre sí. Sin duda conocían la ignominia de sus pecados, por eso, oída la invectiva de Jesús, comenzaron a retirarse, comenzando por los más viejos; es decir, comienzan a retirarse por los que con mayor hipocresía cubrían la vergüenza de su pecado.

    Cuando Jesús quedó a solas con la mujer, pudo dialogar con ella. Un aspecto decisivo de la práctica de la misericordia radica en la capacidad de entablar el diálogo con el prójimo; pues, solo cuando conocemos la necesidad del hermano podemos ayudarle con eficacia. Mientras la lapidación de los fariseos quería acabar con la vida de la mujer, el diálogo con Jesús la devuelve al cauce de la vida.

    Cuando la mujer constató que los acusadores habían desaparecido, sin condenarla, Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.    Conviene apreciar el significado de las palabras del Señor. Jesús evita condenar a la mujer, pero después le dice: “Anda, y no peques más”. La palabra “anda” no significa simplemente “vete” o “márchate”, significa “recupera tu dignidad como persona humana”. Así pues, dialogando con la mujer, Jesús ha derramado sobre ella la fuerza de su misericordia y le ha devuelto la dignidad humana que la adversidad de la vida le había arrebatado.

    A ejemplo de Jesús, la vivencia de la misericordia estriba en devolver a nuestro prójimo la dignidad humana que quizá las contrariedades de la vida le arrebataron. Una vez recuperada la dignidad, Jesús dice a la mujer: “en adelante, no peques más”; expresado de manera positiva, le diría “a partir de ahora recorre la vida haciendo el bien, viviendo la misericordia”. Todos nosotros hemos sido perdonados; como dijo a la mujer, Jesús también nos dice: “recupera tu dignidad humana y recorre la vida haciendo el bien”. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos convierta en testigos veraces de su misericordia en el seno de la sociedad tan necesitada de solidaridad y de ternura.


miércoles, 2 de marzo de 2016

PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO



                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                    bibliayoriente.blogspot.com


La Cuaresma es el tiempo litúrgico en que recorremos la senda de la conversión para poder celebrar con hondura la resurrección del Señor, la Pascua. Por eso, la espiritualidad del tiempo cuaresmal transcurre entre dos líneas imbricadas entre sí: a la vez que enfatiza el empeño por la conversión insinúa la luz resucitada del día de Pascua. Desde esta perspectiva, el Evangelio del domingo pasado, ‘la parábola de la higuera estéril’, insistía en el aspecto de la conversión, mientras el Evangelio que proclamaremos hoy, ‘la parábola del hijo pródigo’, insinúa, sobre todo, el gozo de la resurrección, manifestada en la misericordia que el padre derrama sobre el hijo que vuelve al hogar. Entre los domingos del tiempo de Cuaresma, el Cuarto domingo, el que hoy celebramos, orienta la senda de la conversión hacia el gozo del domingo de Pascua; no en vano, la antífona que abre la celebración dice: “Festejad a Jerusalén, todos los que la amáis” (Is 66,10); sin duda, la luz pascual ilumina la senda de la conversión.

La conversión cristiana no constituye un esfuerzo de ascesis personal para alcanzar la perfección humana; perfección, por lo demás, tan a menudo imposible. La conversión cristiana estriba en dejar que el Dios de la misericordia penetre en nuestra vida hasta convertirnos, a pesar de nuestras imperfecciones, en testigos de la bondad de Dios en la sociedad humana. Sin duda, ‘la parábola del Hijo pródigo’ constituye uno de los relatos más bellos para expresar como la misericordia divina trasforma el corazón humano.

    Adoptando el tono insolente, el hijo menor dijo a su padre: “¡Dame la parte que me toca de la fortuna!”. Sin replicar, el padre repartió los bienes entre los dos hermanos. El hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano donde derrochó la fortuna. Cuando agotó el dinero, sintió hambre. Entonces, se vio en la necesidad de contratarse con uno de los ciudadanos del país que le mandó a guardar cerdos. El joven era judío; los judíos sienten animadversión por los cerdos, pues, según decían, en el interior de los cerdos habitaban demonios (ver: Mc 5,13). Por si fuera poco, el joven deseaba alimentarse con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Notemos la postración del joven. El muchacho que antaño se insolentó contra su padre, tiene que someterse a la autoridad de un extranjero; el joven que recibió la mitad de la herencia, no puede siquiera comer las algarrobas de los puercos; el joven que vivía al calor de una familia, se encuentra abandonado en un país extranjero.

    La miseria alentó en el joven una reflexión: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”; la reflexión provoca la decisión: “Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre”. Observemos que el joven no decide volver con su padre por amor, ni por deseo de rehacer la vida familiar; decide volver porque se muere de hambre, no tiene donde caerse muerto. Comienza caminar inventándose una mentira para suscitar la compasión paterna: “le diré […] trátame como a uno de tus jornaleros”. Si el padre se atuviera a la leyes, debería rechazar al hijo, antaño insolente y ahora fracasado. Sin embargo, el padre no aplica la dureza de la ley, sino el bálsamo de la misericordia; el único medio de regenerar al ser humano.

    Mediante la hondura de la metáfora, la parábola subraya tres aspectos en que la misericordia del padre convierte al porquerizo en el hijo recuperado. Cuando el padre vio al hijo, dice el texto, “se le conmovieron las entrañas”. Literalmente, la expresión “conmoverse las entrañas” describe la situación de una madre cuando da a luz un hijo; como es obvio, la expresión solo puede aplicarse a una mujer, no a un varón. Por eso, cuando la parábola aplica la expresión al padre, le confiere un sentido metafórico. Quiere decir que el padre acoge al hijo que regresa con el mismo amor de una madre; un amor capaz de volver gestar al porquerizo hambriento hasta convertirlo de nuevo en hijo amado. El padre vierte sobre su hijo la misericordia convertida en amor maternal.

    El beso era la manera en que dos amigos se saludaban. Cuando la parábola explicita que el padre besó a su hijo, certifica que derramó sobre el joven la misericordia convertida en el amor amical, al amor del mejor amigo. Finalmente, el padre ordenó a los criados que vistieran al hijo y le pusieran un anillo en la mano. El anillo portado por un varón no constituía un adorno; era un sello que capacitaba al portador para firmar documentos oficiales como administrador de una hacienda. Como hacán los padres en la antigüedad, cuando el padre de la parábola pone un anillo en el dedo del hijo que vuelve, le concede autoridad para administrar la finca; de ese modo, vierte la misericordia convertida en amor paternal sobre el hijo que regresa.

    El padre sabe que su hijo no ha vuelto por amor, ha vuelto por hambre; pero no se lo recrimina, solo le interesa el regreso de su hijo. Una vez que ha vuelto, no le reprende, sino que lo rehace con las manos de la misericordia; misericordia que adquiere la forma de la ternura maternal, el amor del padre y la fidelidad del amigo. El hijo mayor no acaba de entender la acogida del menor; pero el padre, manifestando de nuevo su misericordia, le dice: “Hijo, tu estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”.


    Entre las líneas de la parábola, la figura del padre representa la identidad de Dios, y bajo la figura de los hijos se esconde la mirada de cada uno de nosotros. La Cuaresma es tiempo de conversión; la ocasión de emprender el regreso hacia el Padre, como hizo el hijo menor, o la ocasión de gozar de la presencia del Señor, como hizo el hijo mayor, que vivía siempre en casa de su padre. Sin duda, el encuentro con la misericordia divina transformará nuestra vida y nos abrirá las puertas el domingo de Pascua.