lunes, 25 de abril de 2016

JESÚS Y SUS DISCÍPULOS

                                      Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com



Después de recibir el bautismo de Juan y superar las tenciones del diablo en el desierto (Mc 1,1-13), Jesús fue a predicar a Galilea, decía: “Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,14-15). Pasando junto al lago de Galilea, llamó a los primeros discípulos: Simón, Andrés, Santiago y Juan (Mc 1,16-20). Cuando llegó con los discípulos a Cafarnaún, en la ribera del lado, realizó las primeras curaciones; después de orar y acompañado por los discípulos “se fue a predicar en las sinagogas por toda Galilea, expulsando demonios” (Mc 1,39). Curó enfermos y perdonó pecados; vio a Leví, hijo de Alfeo, al que hizo seguidor suyo (Mc 2,1-3,6); con sus palabras y gestos, Jesús alentaba que “le siguiera una gran muchedumbre” (Mc 3,7).

    Constatando la multitud de seguidores, Jesús designó doce a los que llamó apóstoles: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro; Santiago, el hijo de Zebedeo, y su hermano Juan, a quienes llamó Boanerges, es decir, hijos del trueno; Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el Canaeo y Judas Iscariote, el que lo entregó. Jesús eligió a los doce por tres razones: “para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar el evangelio con poder de expulsar demonios” (Mc 3,13-19). Conviene precisar que la primera razón radica en que los discípulos ‘estén con Jesús’; y a consecuencia de la amistad con Jesús nace el compromiso por ‘predicar el evangelio’ y el ‘empeño por expulsar demonios’, alegoría de la existencia comprometida en la edificación del Reino de Dios. Un grupo de mujeres también seguía los pasos de Jesús: María, su madre, María la Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de José, Salomé, y, como señala el evangelio “otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15,40-41).

   La predicación y los milagros de Jesús acreditaban la irrupción del Reino de Dios en la sociedad de su tiempo; así lo proclama ante los fariseos: “Si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12,28). La hondura de la plegaria, anclada en el Padrenuesto (Mt 6,9-13), y la vivencia de la Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) acendraban la espiritualidad de los seguidores de Jesús, llenaban de consuelo el alma del pueblo y el corazón de los pobres, pero atraían, cada vez, las insidias de los poderosos. La predicación de Jesús adquiría el tono catequético de las parábolas (Mc 4,1-34), y sus milagros provocaban la admiración de la gente (Mc 4,35-6,5). Alentados por Jesús, los discípulos recorrían de dos en dos las aldeas para predicar la conversión y expulsar demonios (Mc 6,6-13). Por aquel tiempo,    Herodes Antipas hizo decapitar a Juan Bautista (Mc 6,14-29); sin duda, el acontecimiento causó un impacto profundo en el alma de Jesús.

    Como señala el evangelio, Jesús multiplicó los panes, caminó sobre las aguas, hizo muchas curaciones (Mc 6,30-57); y, como no podía ser otro modo, embistió contra la falsa religiosidad de los fariseos (Mc 7,1-16). Instruyó a los discípulos, ayudó a la mujer pagana, curó un sordomudo, multiplicó por segunda vez los panes, y devolvió la vista a un ciego (Mc 7,16-8,26). Al norte de Galilea, en Cesarea de Filipo, el apóstol Pedro reconoció la identidad profunda de Jesús; le dijo: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,27-30). Dándose cuenta de la animadversión de los opulentos, Jesús anunció a los discípulos su pasión y resurrección (Mc 8,31-33). Más adelante, Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan; mientras una voz del cielo, metáfora de la identidad del Padre, desvelaba la identidad de Jesús: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo” (Mc 9,7).

    Conocedor de la inquina que provocaba entre los poderosos, Jesús, después en curar a un epiléptico, volvió a revelar a los discípulos su pronta pasión y resurrección (Mc 9,14-32). Ya de camino hacia Jerusalén, instruyó a los discípulos, les advirtió contra el escándalo, comentó con ellos las costumbres de su tiempo, les advirtió contra el peligro de la riqueza, volvió a anunciarles su muerte y resurrección, y curó al ciego Bartimeo (Mc 9,33-10,52).

    A medida que Jesús radicaliza su mensaje, los falsos admiradores, que oían su palabra sin practicarla, comienzan a abandonarle (Jn 6,66), mientras los fariseos, saduceos y partidarios de Herodes planean matarle (Mc 3,6). Sin embargo, Jesús no se arredra; entra en Jerusalén donde critica el boato del templo y la hipocresía farisea (Mc 11). Valiéndose de la parábola de los labradores homicidas, denuncia la falsía de los dirigentes (Mc 12,1-12); arremete contra el tributo exigido por los romanos (Mc 12,13-17); anuncia la resurrección de los muertos (Mc 12,18-27); y, evocando la Escritura, recuerda el mandamiento esencial: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas […] y […] amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,30-31). A continuación, denuncia el egoísmo fariseo y encomia la humildad de una viuda (Mc 12,38-44); después, anunciando el fin de los tiempos, alienta la fidelidad de los discípulos (Mc 13).

    Cuando faltaban dos días para la fiesta de la pascua y los panes sin levadura, los dirigentes judíos determinaron matar a Jesús (Mc 14,1-2). Mientras una mujer ungía a Jesús, Judas Iscariote acordaba con los dirigentes su entrega, a cambio de dinero (Mc 14,5-11). El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero pascual, Jesús dispuso la celebración de la cena con sus discípulos (Mc 14,12-16). Durante la cena, anunció la traición de Judas, instituyó la Eucaristía, lavó los pies a los discípulos y les instruyó en la vivencia del Evangelio (Mc 14,17-25; Jn 13-17).

    Acabada la cena y tras cantar los himnos, Jesús y sus discípulos salieron hacia el monte de los Olivos; de camino, anunció las negaciones de Pedro (Mc 14,26-31). Llegados al monte, Jesús se retiró a un lugar llamado Getsemaní para orar; fue un momento de angustia en que puso su vida en manos del Padre: “¡Abba, Padre! […] no se haga como yo quiero, sino como quieres tú” (Mc 14,36). Ahora bien, los discípulos en vez acompañarle en la angustia, se durmieron entre las rocas; sin duda, el desinterés de los íntimos hizo mella en Jesús (Mc 14,32-42). De ponto, apareció Judas con guardia armada, detuvieron a Jesús y lo llevaron al Sanedrín que lo declaró reo de muerte; mientras Jesús comparecía ante el sanedrín, Pedro renegaba de él (Mc 14,43-72).

    El Sanedrín necesitaba la aquiescencia romana para sentenciar la pena de muerte, por eso condujo a Jesús ante Poncio Pilato. El gobernador no encontró delito en Jesús; por eso intentó canjear su vida por la de Barrabás, un asesino, e incluso recabó la opinión de Herodes Antipas (Mc 15,1-20; Lc 23,8-12). Sin embargo, el miedo y la presión de la autoridad judía quebraron la entereza de Pilato. Asustado y lavándose las manos, entregó a Jesús al suplicio de la cruz. Según la costumbre romana, Jesús fue azotado y después crucificado, entre dos ladrones. Camino del calvario, Simón de Cirene ayudó a llevar la cruz de Jesús. Antes de morir, Jesús exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Cuando murió, el centurión que custodiaba el patíbulo dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39); algunas mujeres, metáfora del discípulo fiel, contemplaban su muerte (Mc 15,40).


    Muerto Jesús, José de Arimatea se presentó ante Pilato para recoger el cadáver. Lo envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro; María Magdalena y María la madre de José observaban dónde lo ponía (Mc 15,42-47). Pasado el sábado, el primer día de la semana, muy de madrugada, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé fueron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús. Cuando llegaron, la piedra que cerraba la tumba había sido retirada; entraron en el sepulcro, y un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, les dijo: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí” (Mc 16,6). Después de resucitar, Jesús se apareció a María Magdalena, a dos discípulos que iban hacia la aldea de Emaús, y, por último, se apareció a los once diciéndoles: “Id por todo el mundo y proclamad el evangelio” (Mc 16,9-18). Después de hablarles, el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la diestra de Dios; los discípulos, por su parte, salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con los signos que la acompañaban (Mc 16,19-20).             

martes, 5 de abril de 2016

¿QUÉ ES EL REINO DE DIOS?


                                                Francesc Ramis Darder
                                                 bibliayoriente.blogspopt.com


Observando leyes complejas, los fariseos imploraban la intervención divina que instaurara el Reino de Dios; mientras los saduceos, recostados en la opulencia, suspiraban por la riqueza terrenal. Jesús también anunciaba el advenimiento del Reino Dios, pero de uno modo distinto. Como expuso en el Sermón de la Montaña, el Reino de Dios brota cuando la comunidad humana, abierta al amor divino, vive hermanada en la fraternidad (Mt 5,1-12). El Reino de Dios, plantado en la tierra por quienes viven según las pautas de Jesús, alcanzará la plenitud al final de los tiempos, cuando irrumpan “los cielos nuevos y la tierra nueva”, metáfora del triunfo del proyecto divino en bien de la humanidad entera (Ap 21,1-8). Conviene precisar que la expresión “Reino de Dios” corre pareja a “Reino de los cielos”, pues son dos formas de expresar la misma realidad. El Reino de Dios proclamado por Jesús presenta dos características esenciales. 

    En primer lugar, el Reino de Dios que propone Jesús no es algo “que tenga que venir” por la escrupulosidad en la observancia de ley, ni pueda adquirirse a cambio de riqueza; es algo que se manifiesta con la misma presencia de Jesús en la sociedad humana. Oigamos la voz el Evangelio. Cuando Jesús entró el sábado en la sinagoga de Cafarnaún, vio un hombre con la mano atrofiada, le dijo: “Extiende la mano”, la extendió y quedó curada (Mc 3,1-6). Cuando Jesús atravesaba con sus discípulos el Mar de Galilea, las aguas se encresparon; entonces increpó al viento y sobrevino una gran bonanza (Mc 4,35-41).

    Desde la perspectiva catequética, el hombre de la mano atrofiada simboliza la  sociedad humana paralizada por la idolatría; la palabra de Jesús devuelve la movilidad a la mano, símbolo de la sociedad que, atenta al evangelio, recupera el gozo de vivir. Desde el prisma simbólico, el mar encrespado evoca el mundo convulso que amenaza la existencia humana; pero la presencia de Jesús transforma el mar agitado en las aguas calmas, metáfora de la humanidad reconciliada en el amor. Tanto el hombre de la mano curada como el mar tranquilo constituyen la metáfora del Reino de Dios que adviene con la misma presencia de Jesús.

    En segundo término, el Reino de Dios nace cuando el cristiano pone en práctica la enseñanza evangélica; dice Jesús: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21). Como enfatiza el evangelio, quien da de comer al hambriento, da de beber al sediento, acoge al emigrante, viste al desnudo, cuida al enfermo, o visita al preso siembra en su entorno la semilla del Reino de Dios (Mt 25,31-46). El testimonio cristiano conforma la presencia de Jesús en la sociedad humana; por eso cuando el cristiano ahorma su vida con las pautas del evangelio engendra, como hacía Jesús, el Reino de Dios.

    Cuando Jesús anunciaba el Reino de Dios, proponía el estilo de vida que llena de sentido la existencia humana; pues la conversión, la plegaria y la vivencia de las Bienaventuranzas encauzan la vida por la senda del Reino de Dios.

sábado, 2 de abril de 2016

CATEDRAL DE MALLORCA MIQUEL BARCELÓ

                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


La capilla del Santísimo ocupa el ábside de la nave de l’Almoina, la vertiente sur de la Catedral; el ábside es de traza gótica y pertenece al núcleo más antiguo de la fábrica catedralicia (siglo XIV). Antaño, el ábside estaba presidido por el retablo neoclásico, dedicado a San Pedro (1839); así que para alzar la nueva capilla hubo que desmontarlo y ubicarlo en otro lugar del templo. La Capilla del Santísimo, obra de Miguel Barceló (2001-2006), situada en el ábside de la nave, presenta tres aspectos íntimamente relacionados entre sí. La pared de cerámica policromada, de unos trescientos metros cuadrados, que cubre casi completamente los muros del ábside; cinco vitrales de doce metros de altura con tonalidades de grisalla; y el mobiliario litúrgico compuesto por altar, ambón, sede, y dos bancos para el coro ferial.

    La capilla recrea la iconografía bíblica del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,1-15) y el signo de las bodas de Caná (Jn 2,1-12), alusivos a la celebración y el gozo de la Eucaristía. La simbología evangélica envuelve la imagen de Cristo Resucitado, situado sobre el sagrario y detrás del altar, para destacar la presencia viva del Señor en la Eucaristía. La iluminación grisácea de los vitrales acrece la atmósfera marina de la catedral mediterránea y acentúa la función de la capilla, destinada a la celebración de la Eucaristía y a la reserva y adoración del Santísimo Sacramento. Adentrémonos en la capilla para contemplarla desde la perspectiva poética y espiritual.

    El relato de la multiplicación de los panes y los peces comienza exponiendo como Jesús emprendió un viaje para alcanzar el lugar donde acontecería el prodigio: “Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea” (Jn 6,1). La Escritura, fruto de la reflexión de un pueblo nómada habituado al desierto, interpretaba el mar como un lugar inhóspito (Ap 13,1). A menudo, la vida humana transcurre en un ámbito adverso, alegoría del mar. La grisalla de los vitrales, decorados con esbozos de algas, raíces, palmas, olas, bloques de arcilla que suben hacia arriba, junto a las grietas blancas que insinúan la luz del cielo, sugieren la vida del ser humano que parece sucumbir entre las profundidades del mar. El esbozo de las olas, plasmadas en lo alto del panel cerámico, junto a la imagen del fondo marino carente de vida, delineado en la parte inferior izquierda, acrecen la angustia del hombre que bracea entre las olas sin encontrar el puerto seguro que colme su existencia de sentido. Por si fuera poco, abajo en el centro, aparece el bosquejo de un bosque de calaveras que evocan el destino fatal que aguarda al hombre perdido entre la furia del mar bravío.

    Sin embargo, entre el chapoteo incierto entre las aguas y el pánico ante la muerte, el ser humano atisba un faro de esperanza: la luz dorada que refulge de la puerta del sagrario, arca del Señor entre nosotros. La puerta está modelada con improntas de manos humanas. Sin duda, entre la turbulencia de la vida, representada por el mar, el sagrario, presencia de Jesús entre nosotros, es el noray donde las manos humanas, representadas por las improntas, abrazan la existencia para salvarse del peligro y atisbar el sentido de la vida.

    Asentado en el seno de la vida, el creyente puede levantar los ojos para contemplar sobre el sagrario la presencia del Resucitado, blanco y de silueta insinuada, que certifica el triunfo del proyecto de Dios sobre las insidias del mal, representado por la turbulencia de las aguas. El Resucitado lleva en su cuerpo, pintadas en rojo, las llagas de la pasión. Como hemos señalado, la entrega de Jesús en el Calvario, representada por las llagas, lleva a plenitud la profecía de Isaías: “sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5); por eso dice Pablo “por la obediencia de uno solo (Jesús), todos serán constituidos justos” (Rm 5,19). El ser humano navega sin rumbo por las aguas agitadas de la historia, pero no es el hombre quien con su esfuerzo se gana el favor divino; es Dios, el amigo del hombre, quien se adelanta a abrazarle para devolverle el sentido de la vida; así lo atestigua Juan: “no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). Así pues, es el Resucitado, presente en el sagrario, quien sale por amor al encuentro del hombre que bracea sin rumbo (ver Dt 7,7-8).

    A la derecha del Resucitado se yergue un gran pez; símbolo en las culturas antiguas de vida y fecundidad, alegoría de la vida nueva con que el Resucitado bendice al cristiano. El pez también es el alimento que comió Jesús en compañía de los discípulos en el cenáculo después de la resurrección (Lc 24,42-43); los comentaristas han palpado en el pasaje una metáfora de la Última Cena, de ahí que el pez evoque la Eucaristía, el alimento del cristiano para surcar el mar de la existencia. La Eucaristía compromete al cristiano en la ruta del evangelio; desde esta óptica, el gran pez, sugiere el cetáceo que engulló a Jonás para conducirlo a Nínive, la ciudad donde el Señor destinó al profeta para predicar la Palabra (Jon 2). La palabra griega “ikhthys”, “pez”, es un ideograma, cuyas cinco letras griegas son las iniciales de otros cinco términos: “Iesous, Khristos, Theou, Uios, Soler” que significan: “Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador”; por eso, en la antigüedad, el dibujo del pez constituía el distintivo externo de los cristianos. En definitiva, la figura del pez certifica que la Eucaristía forja la identidad del cristiano asimilando su vida a la perspectiva del evangelio.

    A la izquierda del Resucitado, destaca la figura de una palmera. La palma, el ramo, la rama verde aparecen como símbolos de victoria, de ascensión, de regeneración y de inmortalidad; desde la perspectiva cristiana, las palmas del Domingo de Ramos prefiguran la resurrección del Señor el Domingo de Pascua. La palmera despunta como metáfora de la resurrección del Señor; resurrección a la que Jesús convoca, mediante la celebración de la Eucaristía, al cristiano que navega entre la adversidad de la vida, representada por el mar. La palmera también es alegoría de la protección que Dios dispensa a sus fieles. Cuando la sagrada familia viajaba a Egipto para huir de las zarpas de Herodes, una palmera combó sus ramas para ofrecer sombra y alimento a María, mientras de sus raíces brotaba el agua para henchir los odres que portaba José (PseudoEvangelio de Mateo 20,2). La palmera, testigo de la resurrección, enfatiza la protección que el Señor brinda a los cristianos.

    No obstante, ¿dónde podemos encontrar al Resucitado que protege nuestra vida? Entre la cerámica del panel, encontramos la respuesta. La teología ha interpretado el relato de la multiplicación de los panes y los peces como una metáfora de la Eucaristía (Jn 6,1-15). Jesús tomó cinco panes y dos peces, “dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado” (Jn 6,11; ver: Lc 24,42-43); aquella multitud hambrienta, tan perdida como el hombre que chapotea en el mar, quedó saciada, alegoría del sentido de la vida que Jesús les ha devuelto. La exhuberancia de animales acuáticos que tapizan el panel constituye la metáfora de la plenitud vital que la celebración eucarística confiere a los cristianos.

    Ahora bien, la Eucaristía, como todo sacramento, es un acto gozoso, celebra la muerte y la resurrección del Señor, fuente de la salvación del mundo. Por eso, el milagro de los panes y los peces aparece vinculado al signo de las Bodas de Caná, acontecimiento festivo (Jn 2,1-12). Cuando en aquella boda faltó el vino, signo de la alegría (Sal 104,15) y eco de la Eucaristía (Mc 10,24-25), Jesús, atento a la súplica de María, su madre, convirtió el agua de las tinajas en vino de gozo (Jn 2,9). Aunando las notas del simbolismo, la Capilla del Santísimo enfatiza que la Eucaristía, presencia del Señor entre nosotros, nutre y forja la identidad cristiana para surcar la existencia hasta el día final en que nos encontremos con Dios en el gozo de su Reino.


A modo de sumario.


Las capillas que coronan las naves de la Catedral de Mallorca constituyen un tríptico eucarístico. El retablo del Corpus Christi, obra de Jaume Blanquer (1641), el Baldaquín, delineado por Antonio Gaudí (1912), y la Capilla del Santísimo, plasmada por Miguel Barceló (2001-2006), certifican que la Eucaristía, ápice de la liturgia, es el alimento y la forja de la vida cristiana. De ese modo, el tríptico eucarístico constituye la mejor invitación, espiritual y catequética, para profundizar en el misterio de la Eucaristía, ámbito donde el Señor se hace pan y vino para convertir al cristiano en testigo fehaciente de la actuación salvadora de Dios en la historia humana.

domingo, 27 de marzo de 2016

DOMINGO DE PACUA


                                                                        Francesc Ramis Darder
                                                                        bibliayoriente.blogspot.com



¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Jesús es el acontecimiento central de nuestra fe. Es un acontecimiento tan esencial que a lo largo de la Cuaresma la lectura del Evangelio ha orientado nuestra vida por la senda de la conversión para que podamos celebrar con hondura la Pascua. Al inicio de la Cuaresma leíamos el Evangelio de las tentaciones de Jesús. El Señor encauzaba nuestra vida por la senda de la conversión. Nos enseñaba que la actitud de servicio hacia nuestro prójimo, la decisión de compartir nuestros bienes con los necesitados, y empeño por la vida humilde, nos abriría la puerta del Reino de Dios; en definitiva, Jesús nos enseñaba que la vivencia de la misericordia, expresión más genuina del amor, abre la puerta al gozo de la Pascua.

La resurrección certifica el triunfo definitivo del Evangelio de Jesús. Certifica que la misericordia, insignia del Evangelio del Señor, derrota a las fuerzas del mal, representadas por la soberbia. La resurrección sentencia que la entrega servicial de Jesús, manifestada en su amor por los pobres, vence la arbitrariedad de los poderosos, centrados en la codicia. La resurrección del Señor manifiesta que la humildad, emblema de los seguidores del Evangelio, triunfa sobre la hipocresía humana, superficial y efímera. Hoy, domingo de Pascua, celebramos la Buena Nueva de Jesús colma de sentido la existencia humana.

En el Evangelio que hemos proclamado, aparecían tres personajes significativos: María la Magdalena, el discípulo que Jesús amaba, y el apóstol Pedro. El más relevante es el segundo; a quien el Evangelio llama “el otro discípulo” o “el discípulo que Jesús amaba”. Su relevancia estriba en que creyó plenamente en la resurrección del Señor. Repasemos el itinerario del discípulo que captó la profundidad de la resurrección.

Cuando escuchó las palabras de María la Magdalena, no se quedó en el cenáculo esperando acontecimientos, sino que, acompañando a Pedro, marchó corriendo al sepulcro. La decisión supone un acto de valentía, pues tras la muerte de Jesús, los discípulos sufrían la amenaza de la autoridad judía. Conviene observar que la conducta del discípulo destila misericordia; pues su capacidad para escuchar a la Magdalena, la decisión de acompañar a Pedro, el empeño por emprender el camino hacia el sepulcro, y la actitud valiente acreditan la actitud misericordiosa del discípulo.

Al llegar al sepulcro se inclinó, y, sin entrar, vio los lienzos de amortajar. La palabra “inclinarse” define la actitud religiosa del discípulo. El término “inclinarse” no significa simplemente “agacharse”, sino que indica la fe del discípulo que se inclina, “se postra”, ante la manifestación de la actuación de Dios (ver: 1Pe 1,12). Cuando Jesús predicaba, dijo a sus discípulos: “El Hijo del hombre […] será entregado a los gentiles y será escarnecido, insultado y escupido, y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará”; pero, como recalca el Evangelio, “los discípulos […] no entendieron […] y no comprendieron lo que les decía” (Lc 18,31-34).

Como sucedía con los otros discípulos, el discípulo que Jesús amaba tampoco entendía el asunto de la resurrección; pero, como veíamos antes, ha asimilado la conducta misericordiosa y al llegar al sepulcro es capaz de “inclinarse”, de reconocer la actuación de Dios en la tumba vacía. Como señala el Evangelio, “hasta entonces no había entendido […] que Jesús había de resucitar de entre los muertos”; pero cuando “se inclina” reconoce la resurrección del Señor, entonces “ve” que las promesas de Jesús se han cumplido, y “cree” que Jesús es el salvador definitivo. La vivencia de la misericordia orienta al discípulo hacia la contemplación de la resurrección del Señor.

El discípulo que Jesús amaba constituye la metáfora del ‘discípulo ideal’, el que ha llegado a la plena intimidad con el Señor en el Reino de Dios; mientras la figura de María Magdalena y la personalidad de Pedro esconden la identidad de los ‘discípulos que aún estamos en camino’ hacia el pleno encuentro con el Resucitado. La actitud de María Magdalena se agota en la sorpresa y la actitud de Pedro se acaba en la extrañeza, pero ninguno de los dos “se inclina” ante la tumba vacía, presencia del Resucitado. Surge ahora una pregunta; los cristianos que aún estamos en camino, ¿cómo podemos ‘inclinarnos’ ante la presencia de Jesús resucitado? El Evangelio sentencia que la vivencia de la misericordia es el tormo donde Jesús forja nuestra vida para que podamos encontrarnos plenamente con él y ser, en medio del mundo, testigos de la ternura de Dios.


Sin duda, podemos encontrarnos con el Resucitado en cualquier ámbito de la vida, pero la sabiduría del Evangelio subraya dos ámbitos privilegiados donde el encuentro con el Señor se conjuga con la vivencia de la misericordia: la celebración de la Eucaristía, explicada entre las líneas del relato de los Discípulos de Emaús, y la opción por los pobres, recogida en la parábola del Buen Samaritano. El tiempo pascual nos invita a “inclinarnos ante el Señor resucitado”, especialmente presente en la celebración de la Eucaristía y en el rostro de los pobres, mediante la vivencia confiada de la misericordia; solo así nos convertiremos en testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana.  

martes, 15 de marzo de 2016

DOMINGO DE RAMOS


                                                        Francesc Ramis Darder
                                                        bibliayoriente.blogspot.com


El relato de la pasión del Señor expresa, mejor que ningún otro, la delicadeza con que Jesús vierte su misericordia tanto en el corazón de sus discípulos como en el alma de quienes le condenan; pues, como señala el Evangelio, la misericordia modela el estilo de vida de Jesús. Por eso, la Iglesia nos invita durante la Semana Santa a meditar la pasión del Señor para que podamos forjar nuestra vida a imagen de Jesús, la presencia misericordiosa de Dios entre nosotros.

Sentado a la mesa, dice Jesús a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”. Así, Jesús certifica que estará siempre con nosotros, especialmente en la celebración de la Eucaristía; pues la Eucaristía no es un mero recuerdo del pasado, sino la presencia misericordiosa del Señor entre nosotros (ver: 1Cor 11,23-25). A continuación, Jesús explica a los discípulos la identidad del verdadero apóstol: “el que gobierna ha de actuar como el que sirve”; sin duda, el servicio al prójimo, expresión señera de la misericordia, constituye el emblema de la conducta cristiana.

    Jesús sabe que Pedro le negará tres veces antes de que el gallo cante; pero, aún así, le dice: “Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague”. Estas palabras esconden la confianza de Jesús, otra expresión de su misericordia, hacia el apóstol débil. Jesús no nos elige “a causa de que seamos buenos”, sino “a fin de que podamos ser buenos”; no será la entereza de Pedro, sino la misericordia de Jesús la que convertirá al hombre que le niega en el apóstol que predica el Evangelio en Pentecostés (ver: Hch 2,1-36).

    En Getsemaní, Jesús oraba con intensidad. Cuando oramos, dejamos que la misericordia de Dios penetre en nuestra vida hasta transformarnos en testigos del Evangelio. En Getsemaní, Jesús, angustiado ante la pasión inminente, se entrega a la voluntad del Padre: “Padre […] que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Cuando nos entregamos a la voluntad de Dios, renunciamos a que las ambiciones humanas orienten nuestra vida, y dejamos que la misericordia se convierta en la brújula de nuestra existencia. Abandonándose en las manos del Padre, Jesús llevará a plenitud el precepto del amor, pues verterá su misericordia sobre el alma de sus enemigos; así curará al criado del sumo sacerdote que, acompañado por la turba, había ido al huerto a prenderle.

    Más tarde, en casa del sumo sacerdote, Jesús echará una mirada a Pedro; entonces Pedro, recordando que ha negado tres veces al Señor, saldrá afuera para llorar amargamente su pecado. La mirada de Jesús no incrimina la conducta de Pedro. Bajo la mirada de Jesús, aflora la misericordia del Señor que se derrama en forma de perdón sobre el apóstol; y Pedro, sintiéndose perdonado, llorará su culpa anhelando el encuentro definitivo con el Señor (ver: Jn 20,18; 21,15-24).

    Sabiéndose en las manos del Padre, Jesús dará testimonio de valentía ante el Sanedrín; cuando le pregunten “¿tú eres Hijo de Dios?”, dirá sin miedo, “vosotros lo decís, yo lo soy”. La valentía de Jesús no debe confundirse con el arrojo o la temeridad; la valentía de Jesús nace de la seguridad que le confiere saberse sostenido en las manos misericordiosas del Padre. Como señala la Escritura, “ser valiente es ser fiel”; Jesús no manifiesta su valentía enfrentándose con el Sanedrín, sino manifestando ante sus acusadores la mayor fidelidad al proyecto que el Padre le ha confiado, pues subraya que él es el Hijo de Dios. Sin duda, la “valentía cristiana”, la decisión de dar testimonio del Evangelio, constituye la puesta en práctica de la misericordia, pues ofrecemos al prójimo lo mejor que tenemos: la presencia salvadora de Jesús.

    A raíz del juicio de Jesús, Pilato y Herodes, señala el Evangelio, se hicieron amigos. Notemos el detalle; incluso en silencio y soportando la adversidad, la vida de Jesús, expresión de la misericordia de Dios, propicia la reconciliación de dos adversarios para unirlos con los lazos de la amistad, la mayor riqueza del ser humano (Eclo 6,15). Camino del Calvario, Simón de Cirene ayudó a Jesús a llevar la cruz; tras el rostro del cirineo, aflora el rostro misericordioso del cristiano que compromete su vida para ayudar al prójimo en la adversidad que tan a menudo depara la vida.

    Sobre la cruz, Jesús perdona a sus adversarios: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El perdón, manifestación del amor a los enemigos, expresa la hondura de la misericordia de Jesús que, en lugar de llevar cuentas del mal, ofrece a sus adversarios la posibilidad de rehacer su vida. Sobre la cruz, la misericordia de Jesús abre al buen ladrón las puertas del cielo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Sobre la cruz, Jesús deposita su confianza en las manos del Padre: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. La cruz es el ámbito donde Jesús vive la misericordia con mayor hondura; por eso el centurión, constatando la misericordia y la confianza de Jesús, dirá: “Realmente, este hombre era justo”; de ahí que, cuando vivimos la misericordia, damos testimonio del Evangelio ante nuestro prójimo.


    En esta Eucaristía, pidamos al Señor que la meditación de la pasión oriente nuestra vida hacia la vivencia de la misericordia y la ternura de Dios.

martes, 8 de marzo de 2016

LA MUJER PERDONADA POR JESÚS

           
                                                          Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com


La liturgia cuaresmal ahonda en la senda de la conversión para que podamos celebrar con gozo la resurrección del Señor durante el tiempo pascual. A menudo, pensamos que el empeño por la conversión se agota en el esfuerzo personal para mejorar nuestra conducta y perfeccionar el estilo de nuestra vida. Sin duda, la conversión implica el esfuerzo personal por mejorar nuestra manera de ser y el empeño por ayudar a quienes están a nuestro lado; aún así, desde la perspectiva bíblica, la conversión adquiere una perspectiva más profunda. Convertirse significa dejar que la misericordia de Dios empape nuestra existencia hasta transformarnos en testigos del Evangelio en la sociedad donde vivimos; pues, un cristiano está llamado a ser testigo de la bondad de Dios en la sociedad de su tiempo. El relato de ‘la mujer adúltera’, que hoy hemos proclamado, constituye un buen ejemplo para apreciar como la misericordia de Jesús abre a una mujer rota la puerta de una vida según las pautas del Evangelio.

  
La primera línea del Evangelio señala que Jesús se retiró al monte de los Olivos; una colina situada frente a la explanada del templo de Jerusalén. Como señala el Evangelio, antes de comenzar su tarea, Jesús solía retirarse al monte de los Olivos para orar; por eso, antes de presentarse en el templo para enseñar a la gente, pasó la noche en el monte. La actitud de Jesús entraña una enseñanza significativa. Explicita que la oración no es un adorno o un complemento de la vida cristiana, la plegaria es el alimento que nutre al cristiano para que pueda ser testigo de Jesús en la sociedad humana; durante la plegaria recibimos la misericordia de Dios para poder después compartirla con el prójimo.

    Mientras Jesús enseñaba, los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio. Atentos a la ley de Moisés, recuerdan a Jesús que la mujer debe morir apedreada por los mismos que la han descubierto cometiendo adulterio (ver: Dt 17,7; Ez 16,38-40). Conviene notar que los escribas y fariseos, tan decididos para aplicar la ley sin misericordia contra una mujer, omiten presentarse a Jesús con el varón adúltero, tan culpable como la mujer del adulterio cometido. La fiereza de los poderosos, escribas y fariseos, se ceba contra la debilidad de los débiles; no en vano, Jesús dirá de ellos: “¡Ay de vosotros, que sois tumbas no señaladas, que la gente pisa sin saberlo!” (Lc 11,44). A modo de contraluz, la misericordia de Jesús constituye el consuelo de los débiles, así dirá: “Misericordia quiero y no sacrificios: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13).

    Los escribas y fariseos querían ver como Jesús, el profeta de la misericordia, se veía obligado a aplicar la dureza de la ley contra la mujer adúltera. Jesús no responde enseguida; buscando un tiempo de reflexión, trazó unas líneas en el suelo. Los fariseos conocían una ley escrita, la de Moisés, que mandaba apedrear a la mujer; pero Jesús, escribiendo en el suelo, sugiere la redacción de una nueva ley, la de la misericordia convertida en perdón. Como insistían en preguntarle, Jesús se incorporó y les dijo: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Jesús no denuncia abiertamente la perversidad de escribas y fariseos; sino que, como buen maestro, adopta una actitud más sagaz: deja que la mala conciencia de los acusadores descubra la vileza de su conducta. Los acusadores se conocían entre sí. Sin duda conocían la ignominia de sus pecados, por eso, oída la invectiva de Jesús, comenzaron a retirarse, comenzando por los más viejos; es decir, comienzan a retirarse por los que con mayor hipocresía cubrían la vergüenza de su pecado.

    Cuando Jesús quedó a solas con la mujer, pudo dialogar con ella. Un aspecto decisivo de la práctica de la misericordia radica en la capacidad de entablar el diálogo con el prójimo; pues, solo cuando conocemos la necesidad del hermano podemos ayudarle con eficacia. Mientras la lapidación de los fariseos quería acabar con la vida de la mujer, el diálogo con Jesús la devuelve al cauce de la vida.

    Cuando la mujer constató que los acusadores habían desaparecido, sin condenarla, Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.    Conviene apreciar el significado de las palabras del Señor. Jesús evita condenar a la mujer, pero después le dice: “Anda, y no peques más”. La palabra “anda” no significa simplemente “vete” o “márchate”, significa “recupera tu dignidad como persona humana”. Así pues, dialogando con la mujer, Jesús ha derramado sobre ella la fuerza de su misericordia y le ha devuelto la dignidad humana que la adversidad de la vida le había arrebatado.

    A ejemplo de Jesús, la vivencia de la misericordia estriba en devolver a nuestro prójimo la dignidad humana que quizá las contrariedades de la vida le arrebataron. Una vez recuperada la dignidad, Jesús dice a la mujer: “en adelante, no peques más”; expresado de manera positiva, le diría “a partir de ahora recorre la vida haciendo el bien, viviendo la misericordia”. Todos nosotros hemos sido perdonados; como dijo a la mujer, Jesús también nos dice: “recupera tu dignidad humana y recorre la vida haciendo el bien”. En esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos convierta en testigos veraces de su misericordia en el seno de la sociedad tan necesitada de solidaridad y de ternura.


miércoles, 2 de marzo de 2016

PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO



                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                    bibliayoriente.blogspot.com


La Cuaresma es el tiempo litúrgico en que recorremos la senda de la conversión para poder celebrar con hondura la resurrección del Señor, la Pascua. Por eso, la espiritualidad del tiempo cuaresmal transcurre entre dos líneas imbricadas entre sí: a la vez que enfatiza el empeño por la conversión insinúa la luz resucitada del día de Pascua. Desde esta perspectiva, el Evangelio del domingo pasado, ‘la parábola de la higuera estéril’, insistía en el aspecto de la conversión, mientras el Evangelio que proclamaremos hoy, ‘la parábola del hijo pródigo’, insinúa, sobre todo, el gozo de la resurrección, manifestada en la misericordia que el padre derrama sobre el hijo que vuelve al hogar. Entre los domingos del tiempo de Cuaresma, el Cuarto domingo, el que hoy celebramos, orienta la senda de la conversión hacia el gozo del domingo de Pascua; no en vano, la antífona que abre la celebración dice: “Festejad a Jerusalén, todos los que la amáis” (Is 66,10); sin duda, la luz pascual ilumina la senda de la conversión.

La conversión cristiana no constituye un esfuerzo de ascesis personal para alcanzar la perfección humana; perfección, por lo demás, tan a menudo imposible. La conversión cristiana estriba en dejar que el Dios de la misericordia penetre en nuestra vida hasta convertirnos, a pesar de nuestras imperfecciones, en testigos de la bondad de Dios en la sociedad humana. Sin duda, ‘la parábola del Hijo pródigo’ constituye uno de los relatos más bellos para expresar como la misericordia divina trasforma el corazón humano.

    Adoptando el tono insolente, el hijo menor dijo a su padre: “¡Dame la parte que me toca de la fortuna!”. Sin replicar, el padre repartió los bienes entre los dos hermanos. El hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano donde derrochó la fortuna. Cuando agotó el dinero, sintió hambre. Entonces, se vio en la necesidad de contratarse con uno de los ciudadanos del país que le mandó a guardar cerdos. El joven era judío; los judíos sienten animadversión por los cerdos, pues, según decían, en el interior de los cerdos habitaban demonios (ver: Mc 5,13). Por si fuera poco, el joven deseaba alimentarse con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Notemos la postración del joven. El muchacho que antaño se insolentó contra su padre, tiene que someterse a la autoridad de un extranjero; el joven que recibió la mitad de la herencia, no puede siquiera comer las algarrobas de los puercos; el joven que vivía al calor de una familia, se encuentra abandonado en un país extranjero.

    La miseria alentó en el joven una reflexión: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”; la reflexión provoca la decisión: “Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre”. Observemos que el joven no decide volver con su padre por amor, ni por deseo de rehacer la vida familiar; decide volver porque se muere de hambre, no tiene donde caerse muerto. Comienza caminar inventándose una mentira para suscitar la compasión paterna: “le diré […] trátame como a uno de tus jornaleros”. Si el padre se atuviera a la leyes, debería rechazar al hijo, antaño insolente y ahora fracasado. Sin embargo, el padre no aplica la dureza de la ley, sino el bálsamo de la misericordia; el único medio de regenerar al ser humano.

    Mediante la hondura de la metáfora, la parábola subraya tres aspectos en que la misericordia del padre convierte al porquerizo en el hijo recuperado. Cuando el padre vio al hijo, dice el texto, “se le conmovieron las entrañas”. Literalmente, la expresión “conmoverse las entrañas” describe la situación de una madre cuando da a luz un hijo; como es obvio, la expresión solo puede aplicarse a una mujer, no a un varón. Por eso, cuando la parábola aplica la expresión al padre, le confiere un sentido metafórico. Quiere decir que el padre acoge al hijo que regresa con el mismo amor de una madre; un amor capaz de volver gestar al porquerizo hambriento hasta convertirlo de nuevo en hijo amado. El padre vierte sobre su hijo la misericordia convertida en amor maternal.

    El beso era la manera en que dos amigos se saludaban. Cuando la parábola explicita que el padre besó a su hijo, certifica que derramó sobre el joven la misericordia convertida en el amor amical, al amor del mejor amigo. Finalmente, el padre ordenó a los criados que vistieran al hijo y le pusieran un anillo en la mano. El anillo portado por un varón no constituía un adorno; era un sello que capacitaba al portador para firmar documentos oficiales como administrador de una hacienda. Como hacán los padres en la antigüedad, cuando el padre de la parábola pone un anillo en el dedo del hijo que vuelve, le concede autoridad para administrar la finca; de ese modo, vierte la misericordia convertida en amor paternal sobre el hijo que regresa.

    El padre sabe que su hijo no ha vuelto por amor, ha vuelto por hambre; pero no se lo recrimina, solo le interesa el regreso de su hijo. Una vez que ha vuelto, no le reprende, sino que lo rehace con las manos de la misericordia; misericordia que adquiere la forma de la ternura maternal, el amor del padre y la fidelidad del amigo. El hijo mayor no acaba de entender la acogida del menor; pero el padre, manifestando de nuevo su misericordia, le dice: “Hijo, tu estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”.


    Entre las líneas de la parábola, la figura del padre representa la identidad de Dios, y bajo la figura de los hijos se esconde la mirada de cada uno de nosotros. La Cuaresma es tiempo de conversión; la ocasión de emprender el regreso hacia el Padre, como hizo el hijo menor, o la ocasión de gozar de la presencia del Señor, como hizo el hijo mayor, que vivía siempre en casa de su padre. Sin duda, el encuentro con la misericordia divina transformará nuestra vida y nos abrirá las puertas el domingo de Pascua.

jueves, 25 de febrero de 2016

PARÁBOLA DE LA HIGUERA ESTÉRIL


                                                             Francesc Ramis Darder
                                                            bibliayoriente.blogspot.com


La Cuaresma es el tiempo litúrgico en que recorremos la senda de la conversión para poder celebrar con hondura la resurrección del Señor, la Pascua. Por eso la celebración eucarística recoge los dos aspectos de la liturgia cuaresmal; por una parte, insiste en la importancia de la conversión, y, por otra, dirige nuestra mirada hacia la gloria del domingo de Pascua. El domingo pasado leíamos el evangelio de la transfiguración del Señor que orientaba nuestros ojos hacia la gloria de la resurrección; a modo de contraluz, el evangelio de hoy, la ‘parábola de la higuera estéril’, devuelve nuestra atención hacia el compromiso de la conversión; hacia el compromiso de la vivencia de la misericordia.

Cuando Jesús predicaba, algunos le contaron la crueldad de Pilato contra los galileos. Al decir de la historia, Poncio Pilato fue un gobernador romano muy cruel. Cuando los habitantes de Galilea, situada al norte de Israel, protestaron contra la arbitrariedad romana, Pilato los reprimió con dureza. Como insinúa el Evangelio, Pilato se presentó en Galilea mientras los judíos estaban ofreciendo sacrificios; entonces detuvo a varios, los hizo ejecutar, y mezcló su sangre con la de los sacrificios que estaban ofreciendo.

    Quienes relataron el suceso a Jesús, pensaban que la muerte de los galileos constituía, en último término, el castigo divino contra la maldad de aquellos hombres; interiormente pensarían que si aquellos galileos se hubieran convertido, no les habría alcanzado el castigo divino que los arrojó a la muerte. Quienes dialogan con Jesús suponen que la propuesta de conversión no va con ellos, que quizá se consideran buenos, va para los otros, los galileos, que deberían ser malvados, por eso murieron. Conviene precisar que los judíos ortodoxos despreciaban a los judíos galileos, pues, según decían, practicaban la religión con cierta ligereza. Indignado de la actitud soberbia, Jesús dice a sus interlocutores: “si no os convertís, todos pereceréis igual”; es decir, Jesús declara que propuesta de conversión se dirige a todos por igual.

    Ahondando en la cuestión, Jesús expone el luctuoso suceso de la torre de Siloé; cuando su derrumbe acabó con dieciocho personas. Al decir de Jesús, la muerte no procede del castigo divino contra la supuesta maldad de aquellos hombres; como si los difuntos hubieren purgado sus pecados con la muerte, mientras los supervivientes debieran la vida a su buena conducta. Valiéndose del ejemplo, Jesús reitera que la propuesta de conversión se dirige a todos sin distinción; sentencia: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.      

   La palabra “conversión” significa literalmente “girar la dirección de nuestra mirada”; es decir, señala la decisión de abandonar la seducción del pecado para recorrer la senda de los mandamientos. Ahora bien, la conversión no es solo un ejercicio psicológico, ni las fuerzas humanas bastan para alcanzarla; pues la conversión, el empeño por vivir según el Evangelio, solo se consigue con la fuerza que Dios mismo nos ofrece. La conversión consiste en permitir que la misericordia de Dios empape nuestra vida hasta trasformarnos en testigos veraces del Evangelio; ahí entra en juego el significado de la parábola que hemos leído, ‘la higuera estéril’.

    La higuera sin fruto constituye una metáfora de nuestra vida; a menudo cargada de hojas, alegoría de falsas apariencias, pero carente de frutos, símbolo de la práctica de la misericordia. Así como la higuera sin frutos destruye el terreno, como señala el Evangelio, la aparente vida cristiana sin frutos, metáfora de una vida sin misericordia, constituye un escándalo para la sociedad humana. La imagen del viñador simboliza la identidad de Jesús; mientras la disposición del viñador para entrecavar y abonar la higuera refleja la actitud misericordiosa de Jesús hacia nosotros, representados por la higuera sin frutos. Aún sabiendo que somos un árbol sin frutos, Jesús vierte sobre nosotros su misericordia, oculta tras la decisión de cavar y abonar la higuera, con la confianza en que lleguemos a dar frutos de misericordia.

    Surge ahora una pregunta: ¿cómo podemos abrir el corazón al Señor para que vierta su misericordia en nuestra vida y nos abra la puerta de la conversión? El Evangelio de Lucas, llamado ‘Evangelio de la misericordia de Dios’, propone dos actitudes que deben darse conjuntamente. La primera es la oración confiada. Como decía Teresa de Jesús, “orar es hablar de amor con quien sabemos que nos ama”; parafraseando la frase, podríamos decir: “orar es implorar la misericordia de manos del Dios de la misericordia”. La segunda es la opción por los pobres. No en vano, el Evangelio de Lucas sitúa el Padrenuestro (Lc 11,1-4), la oración por excelencia, después de subrayar la actitud servicial de María, la hermana de Lázaro (Lc 10,38-42); pues la actitud servicial hacia el prójimo, eco de la vivencia de la misericordia, confiere autenticidad a nuestra plegaria.

    La conversión no se reduce a un ejercicio ascético; consiste en dejar que la misericordia de Jesús empape nuestra vida hasta trasformarnos en testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana. Seguramente, los fariseos que hablaban con Jesús hacían un esfuerzo notable para alcanzar la perfección, pero les faltaba lo esencia: dejarse abrazar por la misericordia de Dios. En esta Eucaristía pidamos al Señor que nos convierta en testigos de su misericordia para que el mundo descubra, a través de nuestra conducta, el rostro misericordioso de Dios.



martes, 16 de febrero de 2016

¿QUÉ SIGNIFICA LA TRASFIGURACIÓN DE JESÚS?


                                                      Francesc Ramis Darder
                                                     bibliayoriente.blogspot,com


La Cuaresma es el tiempo litúrgico en que disponemos nuestra vida para celebrar la Pascua, la presencia resucitada del Señor entre nosotros, por eso asume dos aspectos complementarios. Por una parte, la Cuaresma adquiere el tono de la conversión; el empeño por trasformar nuestra vida, con la ayuda de Dios, en testimonio veraz del Evangelio. Por otra, la Cuaresma acrece en nosotros el anhelo por contemplar a Cristo resucitado, el día de Pascua. La liturgia cuaresmal aúna ambos aspectos. El domingo pasado, leyendo las tentaciones de Jesús, ahondamos en el aspecto de la conversión; y este domingo, proclamando la transfiguración del Señor, intuimos, bajo el aspecto resplandeciente del Señor, el rostro del Resucitado el día de Pascua.

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, los amigos más allegados, y subió a lo alto de un monte. Al decir de la Escritura, la amistad no se reduce a la mera relación circunstancial, es una de las formas más valiosas de la vivencia de la misericordia. Como hemos reiterado, la misericordia estriba en entregar algo nuestro, o aún mejor, entregarnos a nosotros mismos para enriquecer la vida de nuestro prójimo. Sin duda, la amistad es una forma privilegiada de la misericordia, pues siembra en nuestra vida la semilla de las mejores actitudes y nos alienta a cuidar al amigo para que construya su vida con los sillares de los grandes valores: la justicia, la bondad, la madurez, etc. No en vano, dice Jesús a los apóstoles: “A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15); la amistad de Jesús con sus discípulos es la manifestación de su misericordia, pues les ofrece lo mejor que tiene, su propia vida y el don del Evangelio.

    Acompañado de tres discípulos, Jesús subió a lo alto del monte para orar. La tradición ha identificado este monte con el monte Tabor, al sudeste del lago de Galilea, un lugar donde los maestros judíos acudían para tener un día de reflexión con sus discípulos. Los antiguos opinaban que la cima de un monte era el lugar más idóneo para encontrarse con Dios. En primer lugar, la cima se encuentra simbólicamente más cerca del cielo, la casa de Dios; y, en segundo término, es un ámbito silencioso, el medio idóneo para dialogar con Dios en la plegaria. Por eso Jesús sube al monte con tres discípulos para orar.

    Mientras Jesús oraba, le sucedió algo importante: “el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor”. ¿Qué significa? Entre otros matices, la oración constituye el tiempo que ofrecemos a Dios para que penetre en nuestra vida y la transforme. Desde esta perspectiva, el Evangelio describe la irrupción de la presencia de Dios en la vida de Jesús mediante la metáfora del rostro y los vestidos que refulgen. Como dice la Escritura, Dios es rico en misericordia (Ef 2,4), es decir, Dios quiere entregarse por amor para colmar de sentido la vida del hombre; así pues, cuando oramos abrimos la puerta del alma para que Dios vierta su misericordia sobre nosotros y nos transforme en testigos veraces del Evangelio.

    Mientras Jesús oraba, Moisés y Elías comienzan a conversar con él: hablaban del éxodo que Jesús iba a consumar en Jerusalén. Bajo la mención del “éxodo que Jesús iba a consumar en Jerusalén” palpita la alusión a la muerte y resurrección de Jesús. Ahora bien, ¿por qué habla Jesús con Moisés y Elías? Como expone la Escritura, Dios eligió a Moisés para liberar al pueblo esclavizado en Egipto (Ex 1-12), y anunció el envío del profeta Elías para propiciar la concordia entre la humanidad entera (Mal 3,24). En tiempos de Jesús, los judíos pensaban que Moisés y Elías habían sido los mediadores más importantes que Dios había elegido para salvar a su pueblo; pues, como hemos dicho, Moisés lo había liberado de Egipto y Elías le había anunciado la concordia. Sin embargo, la muerte y la resurrección de Jesús superan la tarea de Moisés y Elías, pues bajo el rostro de Jesús papita la entrega del mismo Dios en bien de la humanidad entera. Jesús, rostro de la misericordia de Dios, entregará su vida por amor para enseñarnos que la práctica de la misericordia llena de sentido la existencia humana.

    El ámbito de la plegaria colma de dicha el corazón humano, por eso exclama Pedro: “¡Que bien se está aquí!”. No obstante, la oración no puede ser la excusa que nos aleje de la vivencia de la misericordia en la vida cotidiana; por eso, señala el Evangelio: “llegó una nube que los cubrió con su sombra”. Como subraya la Escritura, la nube evoca la presencia exigente de Dios, mientras la sombra simboliza la protección que Dios dispensa a sus fieles. Entonces, la voz de Dios que exige fidelidad y augura protección, dice a los apóstoles: “Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadle”. Dicho de otro modo, la voz divina señala que el camino cristiano radica en el seguimiento de Jesús, presencia de la misericordia de Dios entre nosotros.

    En esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos concede una vida de plegaria que desemboque en la vivencia de la misericordia entre nuestros hermanos.


domingo, 14 de febrero de 2016

DECLARACIÓN CONJUNTA DEL PAPA FRANCISCO Y DEL PATRIARCA KIRIL DE MOSCÚ Y TODA RUSIA


                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                    bibliayoriente.blogspot.com






“Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo estén con todos vosotros” (2 Corintios 13,13).
1. Por la voluntad de Dios Padre, de quien procede todo don, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, con la ayuda del Espíritu Santo Consolador, nosotros, Francisco, Papa y Obispo de Roma, y Kiril, Patriarca de Moscú y Toda Rusia, reunimos hoy en La Habana. Damos gracias a Dios, glorificado en la Santísima Trinidad, por este encuentro, el primero en la historia.
Con alegría, nos reunimos como hermanos en la fe cristiana que se encontraron para “hablar… personalmente” (2 Juan, 12), de corazón a corazón, y discutir las relaciones mutuas entre las Iglesias, los problemas palpitantes de nuestro rebaño y las perspectivas del desarrollo de la civilización humana.
2. Nuestro encuentro fraterno se llevó a cabo en Cuba, en la encrucijada entre el Norte y el Sur, el Este y el Oeste. Desde esta isla, un símbolo de esperanza del Nuevo Mundo y de los dramáticos acontecimientos de la historia del siglo XX, dirigimos nuestras palabras a todas las naciones de América Latina y de otros continentes.
Nos alegra el hecho de que hoy en día aquí la fe cristiana evoluciona dinámicamente. El potencial religioso de gran alcance en América Latina, sus tradiciones cristianas multiseculares, manifestadas en la experiencia personal de millones de personas, son clave para un gran futuro de esta región.
3. Al reunirnos a distancia de las antiguas disputas del Viejo Mundo, sentimos muy fuertemente la necesidad de colaboración entre los católicos y los ortodoxos, que deben estar siempre preparados para responder a cualquiera que les pida razón de la esperanza (1 Pedro 3, 15).
4. Damos gracias a Dios por los dones que hemos recibido a través de la venida al mundo de su Hijo Unigénito. Compartimos la Tradición espiritual común del primer milenio del cristianismo. Los testigos de esta Tradición son la Santísima Madre de Dios, la Virgen María, y los santos a quienes veneramos. Entre ellos están innumerables mártires que mostraron su fidelidad a Cristo y se convirtieron en “la semilla de cristianos”.
5. A pesar de tener la Tradición común de diez primeros siglos, los católicos y los ortodoxos, durante casi mil años, están privados de comunicación en la Eucaristía. Permanecimos divididos dado a las heridas causadas por los conflictos del pasado lejano y reciente, por las diferencias heredadas de nuestros antepasados, en la comprensión y la explicación de nuestra fe en Dios, un ser único que existe como tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lamentamos la pérdida de la unidad, que era una consecuencia de la debilidad y la pecaminosidad humana, que se produjo a despecho de la oración del Primer Sacerdote, Cristo Salvador: “Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17, 21).
6. Conscientes de muchos obstáculos que hay que superar, esperamos que nuestro encuentro contribuya a la obtención de la unidad mandada por Dios, por la que Cristo había rezado. Que nuestro encuentro inspire a los cristianos de todo el mundo para invocar con el nuevo fervor al Señor, orando sobre la plena unidad de todos sus discípulos. Que ésta, en el mundo que espera de nosotros no sólo palabras, sino acciones, sea un signo de esperanza para todas las personas de buena voluntad.
7. Teniendo firmeza en hacer todo lo necesario para superar las diferencias históricas heredadas por nosotros, queremos reunir nuestros esfuerzos a fin de dar testimonio del Evangelio de Cristo y del patrimonio común de la Iglesia del primer milenio, respondiendo conjuntamente a los desafíos del mundo moderno. Los ortodoxos y los católicos deben aprender a llevar el testimonio común de la verdad en aquellas áreas, en las que es posible y necesario. La civilización humana ha entrado en un período de cambios epocales. La conciencia cristiana y la responsabilidad pastoral no nos permiten que permanezcamos indiferentes ante los desafíos que requieren una respuesta conjunta.
8. Nuestra atención está dirigida principalmente hacia aquellas regiones del mundo donde los cristianos están sometidos a persecución. En muchos países de Oriente Medio y África del Norte, se exterminan familias completas de nuestros hermanos y hermanas en Cristo, pueblos y ciudades enteros habitados por ellos. Sus templos están sometidos a la destrucción bárbara y a los saqueos, los santuarios – a la profanación, los monumentos – a la demolición. En Siria, Irak y otros países de Oriente Medio observamos con dolor el éxodo masivo de cristianos de la tierra donde nuestra fe comenzó a extenderse, y donde ellos vivían a partir de los tiempos apostólicos, junto con otras comunidades religiosas.
9. Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional a tomar medidas inmediatas para evitar un mayor desplazamiento de los cristianos de Oriente Medio. Levantando nuestras voces en defensa de los cristianos perseguidos, también solidarizamos con sufrimientos de seguidores de otras tradiciones religiosas, que se han convertido en víctimas de la guerra civil, el caos y la violencia terrorista.
10. En Siria e Irak esta violencia ha cobrado miles de vidas, dejando sin hogares y medios de vida a unos millones de personas. Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional a unirse para poner fin a la violencia y al terrorismo y al mismo tiempo, a través del diálogo, a contribuir a la pronta obtención de la paz civil. Se requiere una ayuda humanitaria de gran escala para el pueblo que sufre, y para muchos refugiados en los países vecinos.
Solicitamos a todos los que pueden, influir en el destino de todos los secuestrados, incluyendo a los Metropolitas de Alepo, Pablo y Juan Ibrahim, capturados en abril de 2013, para hacer todo lo necesario a fin de su pronta liberación.
11. Enviamos oraciones a Cristo, Salvador del mundo, sobre el establecimiento en suelo de Oriente Medio de la paz, que es producto de la justicia (Isaías 32, 17), sobre el fortalecimiento de la convivencia fraterna entre diversos pueblos, Iglesias y religiones situados en esta tierra, sobre el regreso de los refugiados a sus casas, sobre la curación de los heridos y el reposo de almas de las víctimas inocentes.
Dirigimos a todas las partes que puedan estar involucradas en los conflictos, un ferviente llamamiento para manifestar buena voluntad y llegar a la mesa de negociación. Al mismo tiempo, es necesario que la comunidad internacional haga todos los esfuerzos posibles para poner fin al terrorismo mediante acciones comunes, conjuntas y sincronizadas. Hacemos un llamamiento a todos los países involucrados en la lucha contra el terrorismo, a las acciones responsables y prudentes. Hacemos un llamado a todos los cristianos y a todos los creyentes en Dios para rezar al Señor Creador y Providente que cuida el mundo, que guarde su creación de la destrucción y no permita una nueva guerra mundial. Para que la paz sea duradera y fiable, se requieren esfuerzos especiales destinadas al regreso a los valores comunes, que nos unen, basados en el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
12. Admiramos la valentía de aquellos que entregan sus vidas por haber dado testimonio de la verdad del Evangelio, prefiriendo la muerte ante la abjuración de Cristo. Creemos que los mártires de nuestros tiempos, procedentes de diferentes Iglesias, pero unidos por un sufrimiento común, son la clave para la unidad de los cristianos. A vosotros, los que sufren por Cristo, dirige su palabra el Apóstol del Señor: “Queridos hermanos,… alegraos de tener parte en los sufrimientos de Cristo, para que también os llenéis de alegría cuando su gloria se manifieste” (1 Pedro 4, 12-13).
13. En esta época turbadora se necesita el diálogo interreligioso. Las diferencias en comprensión de las verdades religiosas no deben impedir que las personas de diversas religiones vivan en paz y armonía. En las circunstancias actuales, los líderes religiosos tienen una responsabilidad especial por la educación de su rebaño en el espíritu de respeto por las creencias de aquellos que pertenecen a otras tradiciones religiosas. Los intentos de justificar actos criminales por consignas religiosas son absolutamente inaceptables. Ningún crimen puede ser cometido en el nombre de Dios, “porque Dios es Dios de paz y no de confusión” (1 Corintios 14, 33).
14. Atestiguando el alto valor de la libertad religiosa, damos gracias a Dios por el renacimiento sin precedentes de la fe cristiana que ahora se lleva a cabo en Rusia y muchos países de Europa del Este, donde por décadas han gobernado regímenes ateos. Hoy en día, las cadenas del ateísmo militante cayeron, y en muchos lugares los cristianos son libres de profesar su fe. Durante un cuarto de siglo, aquí se erigieron decenas de miles de nuevos templos, se abrieron cientos de monasterios y escuelas teológicas. Las comunidades cristianas realizan amplias actividades caritativas y sociales, prestando diversa asistencia a los necesitados. Los ortodoxos y los católicos a menudo trabajan hombro con hombro. Ellos defienden la base espiritual común de la sociedad humana, dando testimonio de los valores evangélicos.
15. Al mismo tiempo, nos preocupa la situación que tiene lugar en tantos países, donde los cristianos enfrentan cada vez más la restricción de la libertad religiosa y del derecho a dar testimonio sobre sus creencias y a vivir de acuerdo con ellas. En particular, vemos que la transformación de algunos países en las sociedades secularizadas, ajenas de cualquier memoria de Dios y su verdad, implica una grave amenaza para la libertad religiosa. Estamos preocupados por la limitación de los derechos de los cristianos, por no hablar de la discriminación contra ellos, cuando algunas fuerzas políticas, guiadas por la ideología del secularismo que en numerosos casos se vuelve agresivo, tienden a empujarles a los márgenes de la vida pública.
16. El proceso de la integración europea, que comenzó después de siglos de conflictos sangrientos, fue acogido por muchas personas con esperanza, como prenda de paz y seguridad. Al mismo tiempo, advertimos en contra de aquella clase de integración que no respeta la identidad religiosa. Respetamos la contribución de otras religiones a nuestra civilización, pero estamos convencidos de que Europa debe mantener la fidelidad a sus raíces cristianos. Hacemos un llamamiento a los cristianos en Europa Occidental y Europa Oriental a unirse a fin de dar testimonio conjunto sobre Cristo y el Evangelio, para que Europa mantenga su alma formada por dos mil años de la tradición cristiana.
17. Nuestra atención está destinada a las personas que se encuentran en una situación desesperada, viven en la pobreza extrema en el momento en que la riqueza de la humanidad está creciendo. No podemos permanecer indiferentes al destino de millones de migrantes y refugiados que tocan a las puertas de los países ricos. El consumo incontrolado, típico para algunos estados más desarrollados, agota rápidamente los recursos de nuestro planeta. La creciente desigualdad en la distribución de bienes terrenales, aumenta el sentido de la injusticia del sistema de las relaciones internacionales que se está implantando.
18. Las Iglesias cristianas están llamadas a defender exigencias de la justicia, del respeto a las tradiciones nacionales y de la solidaridad efectiva con todos los que sufren. Nosotros, los cristianos, no debemos olvidar que “para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes ha escogido a los que el mundo tiene por débiles. Dios ha escogido a la gente despreciada y sin importancia de este mundo, es decir, a los que no son nada, para anular a los que son algo. Así nadie podrá presumir delante de Dios” (1 Corintios 1, 27-29).
19. La familia es el centro natural de la vida de un ser humano y de la sociedad. Estamos preocupados por la crisis de la familia en muchos países. Los ortodoxos y los católicos, compartiendo la misma visión de la familia, están llamados a testificar acerca de la familia como de un camino hacia la santidad, que se manifiesta en la fidelidad mutua de los cónyuges, su disponibilidad para dar a luz a los niños y formarles, en la solidaridad entre las generaciones y el respeto hacia los enfermizos.
20. La familia es fundada sobre el matrimonio que es un acto libre y fiel de amor entre un hombre y una mujer. El amor fortalece su unión, les enseña a aceptar uno a otros como a un don. El matrimonio es la escuela del amor y de la fidelidad. Lamentamos que otras formas de convivencia se equiparan ahora con esta unión, y la visión de la paternidad y la maternidad como de especial vocación del hombre y de la mujer en el matrimonio, santificada por la tradición bíblica, se expulsa de la conciencia pública.
21. Hacemos un llamamiento a todos para respetar el derecho inalienable a la vida. Unos millones de bebés están privados de la propia posibilidad de aparecer a la luz. La sangre de los niños no nacidos pide a gritos a Dios que haga justicia. (Génesis 4, 10).
La divulgación de la así llamada eutanasia conduce al hecho de que los ancianos y enfermos comienzan a sentirse carga excesiva para su familia y la sociedad en conjunto.
Expresamos nuestra preocupación por el uso cada vez más extendido de las tecnologías biomédicas de reproducción, porque la manipulación de la vida humana es un ataque contra los fundamentos del ser de la persona creada a imagen de Dios. Consideramos que nuestro deber es hacer acordarse sobre la inmutabilidad de los principios morales cristianos, basados en el respeto por la dignidad de la persona que está destinada a la vida de acuerdo con el plan de su Creador.
22. Queremos hoy dirigir unas palabras especiales a la juventud cristiana. Vosotros, los jóvenes, no debéis esconder dinero en la tierra (Mateo 25, 25), sino usar todas las dotes dadas por Dios, para afirmar la verdad de Cristo en el mundo, realizar los mandamientos evangélicos del amor a Dios y al prójimo. No tengáis miedo de ir contra la corriente, defendiendo la verdad de Dios, con la que no siempre se ajustan las normas seculares modernas.
23. Dios os ama y espera de cada uno de vosotros que seáis sus discípulos y apóstoles. Sed la luz de este mundo, para que otros, viendo el bien que hacéis, alaben todos a vuestro Padre que está en el cielo (Mateo 5, 14-16). Educad a los niños en la fe cristiana para entregarles la perla preciosa de la fe (Mateo 13, 46) que recibisteis de vuestros padres y antepasados. No olvidéis que “Dios os ha comprado por un precio” (1 Corintios 6, 20), el precio de la muerte en la cruz de Dios Hombre, Jesucristo.
24. Los ortodoxos y los católicos están unidos no sólo por la Tradición común de la Iglesia del primer milenio, sino también por la misión de predicar el Evangelio de Cristo en el mundo contemporáneo. Esta misión requiere respeto mutuo entre los miembros de las comunidades cristianas, excluye cualquier forma del proselitismo.
No somos competidores, sino hermanos: debemos arrancar de este concepto ejecutando todas actividades relacionadas con nuestros lazos y contactos con el mundo exterior. Instamos a los católicos y a los ortodoxos de todo el mundo para aprender a vivir juntos en paz, amor y armonía unos con otros (Romanos 15, 5). Es inaceptable el uso de medios incorrectos para obligar a los fieles a pasar de una Iglesia a otra, dejando de lado su libertad religiosa y sus propias tradiciones. Estamos llamados a poner en práctica el mandamiento de San Pablo Apóstol y “anunciar el evangelio donde nunca antes se había oído hablar de Cristo, para no construir sobre cimientos puestos por otros” (Romanos 15, 20).
25. Esperamos que nuestro encuentro contribuya a la reconciliación donde hay tensiones entre los greco-católicos y los ortodoxos. Hoy en día es obvio que el método de “la unión” de los siglos pasados que implica la unidad de una comunidad con la otra a costa de la separación de su Iglesia, no es la manera de restaurar la unidad. Al mismo tiempo, las comunidades eclesiásticas que han aparecido como resultado de circunstancias históricas tienen derecho a existir y hacer todo lo necesario para satisfacer menesteres espirituales de sus fieles, buscando la paz con sus vecinos. Los ortodoxos y los greco-católicos necesitan la reconciliación y la búsqueda de formas de convivencia mutuamente aceptables.
26. Lamentamos el enfrentamiento en Ucrania que ya cobró muchas vidas, causó sufrimientos innumerables a los civiles, hundió la sociedad en una profunda crisis económica y humanitaria. Hacemos un llamamiento a todas las partes del conflicto a tener prudencia, mostrar la solidaridad social y trabajar activamente para el establecimiento de la paz. Instamos a nuestras Iglesias en Ucrania a trabajar para lograr la armonía social, abstenerse de participar en la confrontación y de apoyar el desarrollo del conflicto.
27. Esperamos que la división entre los creyentes ortodoxos en Ucrania sea vencida sobre la base de las normas canónicas existentes, que todos los cristianos ortodoxos de Ucrania vivan en paz y armonía, y que las comunidades católicas del país contribuyan a ello, para que nuestra hermandad cristiana sea aún más evidente.
28. En el mundo de hoy, multifacético y al mismo tiempo unido por el destino común, los católicos y los ortodoxos están llamados a colaborar fraternamente para anunciar el Evangelio de la salvación, dar testimonio común de la dignidad moral y la auténtica libertad humana, “para que el mundo crea” (Juan 17, 21). Este mundo, en el que se están socavando rápidamente los fundamentos morales de la existencia humana, espera de nosotros el fuerte testimonio cristiano en todos los ámbitos de la vida personal y social. ¿Podremos en la época crucial dar testimonio conjunto del Espíritu de la verdad? De esto depende, en gran medida, el futuro de la humanidad.
29. Que Jesucristo, Dios Hombre, Nuestro Señor y Salvador, nos ayude en el anuncio valiente de la verdad de Dios y de la Buena Noticia de salvación. El Señor nos fortalece espiritualmente con su promesa infalible: “No tengáis miedo, pequeño rebaño, que el Padre, en su bondad, ha decidido daros el reino” (Lucas 12, 32).
Cristo es una fuente de alegría y de esperanza. La fe en él transfigura la vida del ser humano, la llena de significado. Lo han vivido por su propia experiencia todos aquellos de los que se puede decir con las palabras de San Pedro Apóstol: “Antes, ni siquiera erais pueblo, pero ahora sois pueblo de Dios; antes Dios no os tenía compasión, pero ahora tiene compasión de vosotros” (1 Pedro 2, 10).
30. Llenos de gratitud por el don de comprensión mutua que se manifestó en nuestra reunión, nos dirigimos con esperanza a la Santísima Madre de Dios, haciendo solicitud con las palabras de la antigua oración: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”. Que la Santísima Virgen María con su amparo fortalezca la hermandad de todos que la veneran, para que ellos, en un momento determinado por Dios, se junten, en paz y concordia, en el único pueblo de Dios, ¡sea glorificado el nombre de la Trinidad Consustancial e Inseparable!
Francisco
Obispo de Roma,
Papa de la Iglesia Católica
Kiril
Patriarca de Moscú
y Toda Rusia
12 de febrero de 2016, La Habana (Cuba)
[00259-ES.01] [Texto original: Italiano - Ruso]

martes, 9 de febrero de 2016

¿QUÉ ES LA CUARESMA?

                                                           Francesc Ramis Darder
                                                           bibliayoriente.blogspot.com

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en que preparamos nuestra vida para poder celebrar con gozo la Pascua del Señor. Desde la perspectiva cristiana, la palabra “preparación” debe entenderse como “conversión”; por eso, cuando decimos que la Cuaresma es “el tiempo de preparación para la Pascua”, debemos entender que la Cuaresma es “el tiempo de conversión para poder celebrar la Pascua”; así la Cuaresma es el tiempo de conversión que nos dispone a celebrar con alegría el tiempo pascual.

    Ahora bien, ¿qué significa la palabra “conversión”? El término “conversión” significa, literalmente, “volver la mirada”; es decir, convertirse implica “dejar de mirar en dirección al pecado” para “volver la mirada hacia el Señor” que guía nuestra vida. Convertirse significa empeñarse, con la ayuda de Dios, en “dejar de confiar en la falsedad de los ídolos” para “volver la mirada hacia los mandamientos de Dios”. Como señala la Escritura, los ídolos que nos alejan de Dios son tres: el afán de poder, el ansía de poseer bienes sin medida, y la astucia por aparentar lo que no somos, es decir, la vanidad. El Evangelio que hemos proclamando constituye la mejor catequesis para adentrarnos en la senda de conversión cuaresmal; pues muestra como Jesús, nuestro Maestro, venció la embestida de los tres ídolos para depositar su confianza en las manos del Padre.

    El diablo dijo a Jesús: “di a esta piedra que se convierta en pan”. Durante la época de Jesús, si alguien amasaba una fortuna ilegítima en muy poco tiempo, le gente decía “este es capaz de convertir las piedras en pan”. Cuando el diablo le dice “di a estas piedras que se conviertan en pan”, está tentado a Jesús con el ansia de acaparar bienes sin medida; le está diciendo: “aprovecha tu autoridad para amasar un tesoro”. Jesús no cae en la tentación del dinero, responde: “no solo de pan vive el hombre”, es decir, “no solo de dinero vive el hombre”. A continuación, el diablo le tienta con el afán de poder: “Te daré el poder […] si te arrodillas delante de mí”; dicho de otro modo, “serás un hombre poderosos si halagas a los poderosos de la tierra”. Jesús rechaza la propuesta: “Solo al Señor, tu Dios, adorarás”; expresado de otra manera, Jesús diría: “dedicar la vida al capricho de los poderosos la vacía de sentido, pero entregarla al servicio del Evangelio la llena de gozo”. Finalmente, le increpa el diablo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí  abajo”; o sea, “utiliza tu poder como Hijo de Dios para hacer gestos tan espectaculares como inútiles que solo sirven para acrecer la vanidad”. Jesús no sucumbe a la vanidad, responde: “No tentarás al Señor, tu Dios”; dicho de otro modo, “el sentido de la vida no se basa en la opinión que los otros tengan de mí, sino en la hondura de mi vivencia del Evangelio”.

    Cuando a ejemplo de Jesús ahondamos en la senda de la conversión, brota en nuestra vida la virtud de la misericordia. Recordemos que la palabra “misericordia” procede de la lengua latina, y proviene de la adición de dos palabras: “miser” que significa “pobre”, y “corda” que significa “corazón”. Aunando ambas palabras y adoptando un tono poético, es misericordioso quien entrega alguna de sus cosas, o aún mejor, se entrega a sí mismo, para calmar la pobreza del corazón de su hermano. Si abandonamos el afán de poder, nacerá en nosotros la misericordia convertida en actitud servicial hacia nuestro prójimo. Cuando desdeñamos al ansia de poseer sin media, aflorará en nosotros la decisión de compartir la vida con los hermanos. Si renunciamos a la vanidad, brotará nuestra fidelidad al Evangelio. Sin duda, la vivencia de la misericordia es el arma con que vencemos la tentación de los ídolos, como decía san Pablo: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal a fuerza del bien”.

    Lentamente, se introduce en nuestra vida un cuarto ídolo que en tiempos de Jesús era extraño: “la falta de tiempo para lo verdaderamente importante”, actitud que desemboca en la superficialidad. A menudo, tenemos tiempo para todo menos para lo esencial: tiempo para estar con Dios, tiempo para convivir con los hermanos, tiempo para nosotros mismos. La vivencia de la misericordia comienza aplicándose cada uno a sí mismo las pautas de la misericordia. Durante la Cuaresma seamos misericordiosos con nosotros mismos, busquemos la profundidad de vida; solo así podremos ser testigos de la misericordia de Dios en la sociedad humana.