viernes, 17 de abril de 2020

CURSO BÍBLICO: LECCIÓN SEGUNDA



Curso bíblico impartido por D. Carlos Foz, diácono de la Diócesis de Mallorca (España).


                                                               Francesc Ramis Darder
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sábado, 11 de abril de 2020

DIOS Y CORONAVIRUS




                                                                                   Francesc Ramis Darder
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Homilía pronunciada por P. Rainiero Cantalamessa OFMc en la Basílica Vaticana durante la celebración litúrgica del Viernes Santo



"Dios participa en nuestro dolor para vencerlo", y en medio de tanto sufrimiento causado por esta pandemia, "es aliado nuestro, no del virus". Son las palabras del Padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la Pasión del Señor, presidida por el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. El fraile capuchino lanzó un mensaje contundente: "No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Construyamos una vida más fraterna, más humana y más cristiana". Compartimos la homilía completa.
Ciudad del Vaticano
La tarde del 10 de abril, Viernes Santo, día en el que la Iglesia recuerda la crucifixión y la muerte de Jesús, el Papa Francisco presidió la celebración de la Pasión del Señor en una solemne Basílica de San Pedro vacía, sin la presencia física de los fieles a causa de la pandemia del coronavirus que ha forzado el aislamiento de millones de personas en todo el mundo.
El encargado de pronunciar la homilía fue el padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia. A continuación, compartimos el texto integral.
San Gregorio Magno decía que la Escritura cum legentibus crescit, crece con quienes la leen1. Expresa significados siempre nuevos en función de las preguntas que el hombre lleva en su corazón al leerla. Y nosotros este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta —más aún, con un grito— en el corazón que se eleva por toda la tierra. Debemos tratar de captar la respuesta que la palabra de Dios le da. 
Lo que acabamos de escuchar es el relato del mal objetivamente más grande jamás cometido en la tierra. Podemos mirarlo desde dos perspectivas diferentes: o de frente o por detrás, es decir, o por sus causas o por sus efectos. Si nos detenemos en las causas históricas de la muerte de Cristo nos confundimos y cada uno estará tentado de decir como Pilato: «Yo soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos que por sus causas. Y ¿cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo? ¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna! (cf. Rom 5, 1-5)

Pero hay un efecto que la situación en acto nos ayuda a captar en particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento humano. De todo sufrimiento, físico y moral. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí. ¿Cuál es la prueba más segura de que la bebida que alguien te ofrece no está envenenada? Es si él bebe delante de ti de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces. Así ha mostrado que éste no está envenenado, sino que hay una perla en el fondo de él.
Y no sólo el dolor de quien tiene la fe, sino de todo dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —había dicho—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! «Sufrir —escribía san Juan Pablo II desde su cama de hospital después del atentado— significa hacerse particularmente receptivos, especialmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios ofrecidas a la humanidad en Cristo». Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido también, a su manera, en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano.
¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad? También aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No sólo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que sólo una observación más atenta nos ayuda a captar. La pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Tenemos la ocasión —ha escrito un conocido Rabino judío— de celebrar este año un especial éxodo pascual, salir «del exilio de la conciencia». Ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice un salmo de la Biblia—, es como los animales que perecen» (Sal 49,21). ¡Qué verdad es!
Mientras pintaba al fresco la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en un cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente, horrorizado, comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo dos veces, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo.
Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad, para salvarnos del abismo que no vemos. 
Pero atentos a no engañarnos. No es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus! «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo en la Biblia (Jer 29,11). Si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?
¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios "sufre", como cada padre y cada madre. Cuando nos enteremos un día, nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo. «Dios —escribe san Agustín—, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».
¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, simplemente ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo, sin embargo, que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Él no los suscita. Él ha dado también de la naturaleza una especie de libertad, cualitativamente diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre, pero siempre una forma de libertad. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado el mundo como un reloj programado con antelación en cualquier mínimo movimiento suyo. Es lo que algunos llaman la casualidad, y que la Biblia, en cambio, llama «sabiduría de Dios». 
El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nunca como ahora hemos percibido la verdad del grito de un nuestro poeta: «¡Hombres, paz! Sobre la tierra postrada demasiado es el misterio» 5. Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado  el Santo Padre no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios haya sido en vano. Esta es la «recesión» que más debemos temer.
De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra (Is 2,4).
Es el momento de realizar algo de esta profecía de Isaías cuyo cumplimiento espera desde siempre la humanidad. Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego. Destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado. Dejemos a la generación que venga un mundo más pobre de cosas y de dinero, si es necesario,  pero más rico en humanidad.
La Palabra de Dios nos dice qué es lo primero que debemos hacer en momentos como estos: gritar a Dios. Es él mismo quien pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, a veces incluso palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).
¿Acaso a Dios le gusta que se le rece para conceder sus beneficios? ¿Acaso nuestra oración puede hacer cambiar sus planes a Dios? No, pero hay cosas que Dios ha decidido concedernos como fruto conjunto de su gracia y de nuestra oración, casi para compartir con sus criaturas el mérito del beneficio recibido 6. Es él quien nos impulsa a hacerlo: «Pedid y recibiréis, ha dicho Jesús, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).
Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. Jesús se ha apropiado de este símbolo. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto —le dijo a Nicodemo— así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,14-15). También nosotros, en este momento, somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos a Aquel que fue «levantado» por nosotros en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna.
"Después de tres días resucitaré", predijo Jesús (cf. Mt 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de las tumbas de nuestros hogares. No para volver a la vida anterior como Lázaro, sino a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!

miércoles, 8 de abril de 2020

CURSO BÍBLICO Lección primera




                                                                             Francesc Ramis Darder
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Curso bíblico impartido por D. Carloz Foz, diácono de la diócesis de Mallorca, España.

miércoles, 25 de marzo de 2020

RESURRECCIÓN




                                                                  Francesc Ramis Darder
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"Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá, vivirá" (Jn 11,3-45).

¿Doy testimonio del Dios Vivo que me llama a ser solidario y misericordioso con el prójimo?

viernes, 20 de marzo de 2020

LA ALIANZA DE SIQUÉM


Francesc Ramis Darder
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sábado, 14 de marzo de 2020

AGUA




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"El que bebe de esta agua no vuelve a tener sed" (Jn 4,5-42)

El agua es la presencia de Jesús en nuestra vida.

¿Dónde y cuando descubro la presencia del Señor?

lunes, 9 de marzo de 2020

LA CONQUISTA DE JERICÓ



    Francesc Ramis Darder
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viernes, 6 de marzo de 2020

VOLUNTAD DE DIOS





                                                                        Francesc Ramis Darder
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"Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que yo te mostraré" (Gn 12,1-4)



¿Qué actitudes debo abandonar para cumplir la voluntad de Dios? 

viernes, 28 de febrero de 2020

EL PASO DEL JORDÁN


Francesc Ramis Darder
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viernes, 21 de febrero de 2020

ORAR POR LOS ENEMIGOS




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"Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre celestial" (Mt 5,38-48).


¿Me esfuerzo para que haya justicia social para todos?

DE MOISÉS A JOSUÉ


Francesc Ramis Darder
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lunes, 17 de febrero de 2020

MOISÉS ANUNCIA A JESUCRISTO



Francesc Ramis Darder
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viernes, 14 de febrero de 2020

PERDONAR




                                                                                       Francesc Ramis Darder
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"Si te acuerdas que tu hermano tiene quejas contra ti, ve a reconciliarte con tu hermano " (Mt 5,17-37)

¿Cuál mi capacidad de reconciliarme?

sábado, 8 de febrero de 2020

LUZ DEL MUNDO




                                                                          Francesc Ramis Darder
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"Vosotros sois la luz del mundo" Mt 5,13-16

Ser luz del mundo significa hacer de nuestra vida cristiana un espejo del evangelio.

¿Cuál es mi testimonio cristiano en el mundo?

lunes, 27 de enero de 2020

EUCARISTÍA



                                                                      Francesc Ramis Darder
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El paganismo disponía de fiestas, romerías, y juegos donde el pueblo podía reunirse; también los judíos contaban con solemnidades donde celebrar su fe; desde esta perspectiva, la Eucaristía deparaba la ocasión para que la comunidad compartiera los avatares de la vida.

     Nos obstante, la Iglesia contemplaba la Eucaristía con la mayor la radicalidad espiritual. En la primera carta a los corintios, Pablo, deseando avivar la vivencia comunitaria, recuerda la centralidad de la Eucaristía. Escribe: “Por lo que a mí toca, del Señor recibí la tradición que os he transmitido, a saber, que Jesús, el Señor, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo ‘Esto es mi cuerpo entregado por vosotros; haced esto en memoria mía’. Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo: ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuantas veces bebáis de él, hacedlo en memoria mía’. Así pues, siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga” (1Cor 11,23-26).
    Como señalan los estudiosos, Pablo escribió la carta desde la ciudad de Éfeso un poco antes del año 57. Con certeza, recoge una tradición muy antigua que, como él mismo sentencia, “recibí del Señor”, o sea, de la comunidad que compartió el ministerio de Jesús; pues, la Eucaristía entronca con la vida del Señor (Mc 14,22-25). Entre otros muchos matices, centrémonos en dos aspectos del texto paulino que constituían, sin duda, el gran atractivo de la Eucaristía. Veámoslo.

    En primer lugar, Pablo cita dos veces la expresión de Jesús, “haced esto en memoria mía”, referida primero al pan y después al vino. El NT presenta la palabra “memoria” en contextos litúrgicos; rememora el mandato de Jesús en el cenáculo: “haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). El término castellano “memoria” traduce un vocablo griego, el idioma del NT, que a su vez alude a una palabra aramea, el lenguaje de Jesús, cuyo significado podría ser: “hacer presente a Dios en nuestra vida para poder ahondar en la existencia cristiana”. Apreciemos el significado de la locución mediante un ejemplo del AT.

     La comunidad hebrea celebraba cada año la Pascua. Durante la cena pascual, hacía memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto para recibir de Dios el don de la tierra prometida. Así lo ordenó el Señor por boca de Moisés: “Este será un día de memoria para vosotros y lo celebraréis como fiesta del Señor (Ex 12,14; 13,3-8). Los hebreos no solo ‘recordaban’ la antigua liberación de la servidumbre, sino que, como dice el relato, ‘hacían memoria’ del acontecimiento.

 ¿Qué diferencia hay entre recordar y hacer memoria del Éxodo? Desde la vertiente religiosa, ‘recordar la salida del Egipto” implica valorar la importancia de un acontecimiento relevante para el pueblo hebreo. En cambio, ‘hacer memoria’ implica, además de recordar el pasado, creer por la fe que el Dios que liberó al pueblo esclavizado continúa vivificándolo para que dé testimonio, con el ejemplo de su vida, de la actuación liberadora del Señor en la sociedad humana. Recogiendo la experiencia del AT, cuando los cristianos “hacían memoria” de Jesús, no solo recordaban su mensaje, también confesaban por la fe que el Resucitado continuaba actuando en el seno de la Iglesia para convertirla en testigo del evangelio en el mundo.

    En segundo lugar, el apóstol cita otra vez palabras de Jesús: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. Como dijimos, la “nueva alianza” constituye la relación nueva que Cristo hilvana con el ser humano para arrancarlo de las garras de la idolatría y encauzarlo por la senda del evangelio; en definitiva, la Eucaristía es la forja de la alianza nueva que transforma al cristiano en hombre nuevo. Como vimos, cuando Jesús curó al paralítico, trenzó con el tullido una relación nueva que le trasformó en hombre nuevo, capaz de caminar por la senda de la verdad (cf. Mc 2,1-12).

    De modo análogo, la Eucaristía es el ámbito privilegiado donde Cristo transforma, sin cesar, al cristiano en hombre nuevo. Así lo certifica Pablo: “siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga”; o sea, cuando el cristiano celebra la Eucaristía, abre su alma al Señor para que continúe transformándolo en el hombre nuevo que da testimonio del amor divino en la historia humana.

viernes, 24 de enero de 2020

EXPLORACIÓN DE CANAÁN



Francesc Ramis Darder
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viernes, 17 de enero de 2020

EL AGUA DE LA ROCA


Francesc Ramis Darder

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viernes, 10 de enero de 2020

SERPIENTE DE BRONCE



Francesc Ramis Darder

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jueves, 2 de enero de 2020

CIELO NUEVO Y TIERRA NUEVA




                                                       Francesc Ramis Darder
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Como narra el Génesis, Dios creó el cosmos y confió al hombre la responsabilidad de conducirlo por la buena senda; así la “casa común del hombre y los vivientes” podría ser la comunidad “muy buena” deseada por Dios. No obstante, el ser humano, abrazado a la idolatría, convirtió el proyecto de Dios en un yermo de “vacío y caos” (Jr 4,23).

    Cuando la primitiva Iglesia palpó la persecución, sintió la lejanía del triunfo del plan divino (Ap 3,1422; 9,13-21). Juan, testigo del Señor, quiso devolverle la esperanza; dijo a la asamblea: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Habían desaparecido el antiguo cielo y la antigua tierra” (Ap 21,1).

    El antiguo cielo alude a la sociedad dominada por los astros, metáfora de la idolatría que carcome el corazón humano (Lc 21,25). La antigua tierra refiere la sociedad aherrojada en la injusticia (Am 2,6-16). Cuando ambos desaparezcan, alboreará el cielo nuevo, eco de la sociedad que refleja la gloria de Dios (Sal 19), y la tierra nueva, alegoría del mundo que trasluce la bondad divina (Gn 1, 21). Ahora bien, la transformación no advendrá por azar, sino por el testimonio cristiano, pues “dar testimonio de Jesús y tener espíritu profético es una misma cosa” (Ap 19,10).