lunes, 17 de septiembre de 2018

¿CÓMO PREDICABA JESÚS?



                                     Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com
                                     


Como explicita el evangelio, Jesús de Nazaret anunció el advenimiento del Reinado de Dios (Lc 17,21) y proclamó que Dios es el Padre bueno (abba) que ama sin medida a todo ser humano (Lc 10,21). No se contentó con predicar un mensaje con la radicalidad del entusiasmo y la pedagogía de las parábolas (Lc 10,1-16; Mt 13,1-52); lo puso en práctica mediante signos y prodigios (Mt 8,1-9,38), y lo conjugó con la relación personal con su Padre en la intimidad de la plegaria (Mc 14,36).

     Quien se adhería a la persona y a la Buena Nueva de Jesús se adentraba por la senda de la conversión (Mc 1,15); la senda que abría la puerta a la experiencia de salvación manifestada en la vivencia de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) y la espiritualidad del Padrenuestro (Mt 6,715). La radicalidad de la misión de Jesús determinó su muerte en la cruz (Mt 27,45-56), pero, como había anunciado (Mt 17,22-23), la bondad del Padre le abrió las puertas de la resurrección (Mt 28,1-8; Hch 2,22-36). Como decía Jesús a sus discípulos, también ellos sorberían el acíbar de la persecución (Mc 13,5-13), pero, a imagen del Maestro, palparían el gozo de la vida con Dios para siempre (Lc 23,39-43).

     Como señala el libro de los Hechos de los Apóstoles, Jesús, después de resucitar, se apareció a los apóstoles y les dijo: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta el confín de la tierra” (Hch 1,8). Los apóstoles, metáfora de la Iglesia, llenos del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2,1-11), sembraron la semilla del evangelio desde Jerusalén hasta Roma, eco de la Buena Nueva que germina en los surcos del mundo entero.

    Acabamos de sintetizar, en pocas líneas, el mensaje y la vida de Jesús, junto al eco de los albores de la Iglesia. Ahora bien, a nuestro entender, si tuviéramos que elegir dos términos teológicos que subrayaran el atractivo de la vida y la predicación de Jesús en la sociedad de su tiempo, escogeríamos los vocablos “autoridad (exousia)” y “novedad (kaine).

      La palabra “autoridad (exousia)” subraya el contraste entre la enseñanza de Jesús y la docencia de los legistas. A modo de ejemplo, cuando Jesús predicó en la sinagoga de Cafarnaún, “la gente quedó admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad (exousia), y no como los maestros de la ley” (Mc 1,22). En la misma sinagoga, Jesús curó a un enfermo poseído por un espíritu inmundo; entonces, la gente clamó estupefacta: “¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva (kaine), expuesta con autoridad (exousia)! Manda a los espíritus y le obedecen” (Mc 1,27). Mediante el término “autoridad (exousia)”, el planteamiento teológico del evangelio recalca que la actuación de Jesús brotó de la certeza de saberse sostenido por Dios tanto en su estilo de vida como en su mensaje; en definitiva, con el término “autoridad (exousia)” los evangelios certifican que la enseñanza de Jesús está imbuida en la certeza de contener la verdad salvadora (Mt 28,18).

     Por su parte, el término “nueva (kaine)” sentencia que la enseñanza y la actuación de Jesús son nuevas en el sentido de que no se conocía nada igual en Israel hasta entonces (Mc 1,27). Por eso podía decir Jesús a sus oyentes: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente; pero yo os digo: no resistáis al mal, antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5,38; cf. Ex 21,24); de ese modo, se atrevía a matizar la enseñanza de la ley.

    Como señala el evangelio, Jesús entregó la “autoridad (exousia)” a sus discípulos, pues “llamando a los Doce, les dio autoridad “exousia” sobre los espíritus inmundos para que pudieran expulsarlos, y también para curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 1,10). Y, apelando a su propia autoridad, les envió a proclamar la Buena Nueva: “Me ha sido concedida toda autoridad (exousia) en el cielo y en la tierra; id, pues, y haced discípulos entre todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28,18-19).

     La “autoridad” (exousia) de los apóstoles, recibida de Jesús, también rezumaba “novedad” (kaine); así parece indicarlo le pregunta que los filósofos dirigen a Pablo en el Areópago: “¿podemos saber cuál es esa doctrina nueva (kaine) que expones?” (Hch 17,19).  Los escritos paulinos remiten, sin cesar, a la “novedad cristiana”. Señalan la invitación a imbuirse en la “vida nueva (kaine)” (Rm 6,4), la “novedad del espíritu (kaine)” (Rm 7,6), la mención  de la “nueva alianza (kaine)” (2Cor 3,6), la existencia cristiana como “nueva creación (kaine)” (Gal 6,15).

    En analogía con el Maestro, la comunidad cristiana primigenia se entendió a sí misma desde el horizonte de la novedad. No en vano, el adjetivo “nuevo” califica la identidad de la Iglesia naciente: la “nueva Jerusalén (kaine)” (Ap 3,12; 21,2) o la comunidad de la “nueva alianza (kaine)” (Hb 8,8), los cristianos se identificaron desde el prisma del “hombre nuevo (kaine)” (Ef 4,24). Así, la “doctrina nueva llena de autoridad (exousia)” (Mc 1,27) convirtió a los seguidores de Jesús en “hombres nuevos (kaine)” (Ef 4,24).

     En definitiva, la entraña del cristianismo, posee la “novedad (kaine)” y la “autoridad (exousia)” capaz de ofrecer una “forma de vida” que colma el “sentido de la existencia” a todo ser humano. A tenor de lo expuesto, el atractivo de la primitiva comunidad cristiana, y de la Iglesia de todos los tiempos, radica en el empeño por vivir y proclamar el evangelio con la “novedad (kaine)” y la “autoridad (exousia)” con que Jesús causaba asombro entre la gente de su tiempo.

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