martes, 4 de septiembre de 2012

OSEAS (II): EL SIGNIFICADO DEL MATRIMONIO DE OSEAS Y GOMER

                                                                                                            Francesc Ramis Darder

La narración de los avatares del matrimonio entre Oseas y Gomer constituye la metáfora que explica la relación de Dios con Israel. Detengámonos en la trascendencia de la metáfora: Oseas representa al Señor y Gomer a Israel.

    El Señor eligió a Israel e hizo una alianza con él en el Sinaí (Ex 19-24); de forma similar, Oseas eligió a Gomer y estableció con ella la alianza matrimonial (Os 1,3). Dios podría haber elegido a un pueblo importante como Egipto o Asiria; en cambio, eligió a un pueblo pequeño condenado a la esclavitud y al exterminio por el faraón (Ex 1-15). También Oseas podría haberse casado con una mujer importante; pero se desposó con una mujer marginal y sometida a la esclavitud de la prostitución (Os 1,3).

    El Señor liberó a Israel de la esclavitud para que la vida del pueblo expresara ante las naciones la gloria Dios (cf Is 43,1-7); de manera análoga Oseas liberó a Gomer de la prostitución para fundar con ella una familia (Os 1-3) en la que brotara la vida y el amor.

    El pueblo israelita debería estar agradecido al Señor porque le eligió entre otras naciones más fuertes y poderosas, estableció con él una alianza y le regaló la Tierra Prometida. Igualmente Gomer podría estar agradecida a Oseas porque la sacó de la prostitución, se casó con ella y la introdujo en su casa. Sin embargo el comportamiento de Israel, igual que el de Gomer, está plagado de traiciones y engaños.

    Los nombres de los hijos que Gomer concibe simbolizan la ingratitud de Israel con Dios. La Biblia narra los frutos amargos con que Israel pagó la liberación que el Señor le había otorgado: Infidelidades (Jue 6,1-10), pecados (1Sm 15,1-35), crímenes (2Sm 11,1-27), e intrigas (1Re 1,1-53). Demasiadas veces Israel dirá al Señor “tú no eres de los míos” o “a ti no te quiero”; y, lo que es peor, teñirá la historia de sangre tal como hiciera Jehú  en el valle de Jezrael, enloquecido de soberbia.

    Israel ahondó en la senda de su pecado y cayó en la idolatría. Abandonó al Dios de la vida para entregarse a los ídolos de muerte (2Re 21,1-17). Gomer, similarmente, huyó de Oseas para malbaratar su vida en la cruz de la prostitución. La idolatría llevó consigo la destrucción de Israel (2Re 17,5-23), mientras Judá experimentó el amargo trago del exilio en Babilonia (2Re 24,1 - 25,26). Gomer, como Israel y Judá, sintió igualmente el desconsuelo del hambre y el desamparo.

    Pero la capacidad de perdón y ternura que anida en las entrañas de Dios es más fuerte que la traición de Israel, simbolizada en la fuga de Gomer. Cuando Gomer regresa al hogar por necesidad; Oseas no le inflinge ningún castigo sino que le otorga la gracia del perdón, y la acoge con la ternura del esposo. El amor y el perdón que Oseas confiere a Gomer rehace la vida matrimonial, simbolizada en los nuevos nombres de los hijos, “especialmente querida” y “especialmente mío”, y en la trasformación del apelativo despectivo Jezrael que pasa a significar “semilla de Dios”.

    Detengámonos para observar el perdón de Oseas a Gomer, metáfora del perdón que el Señor ofrece a Israel. Cuando ofendemos a alguien solemos razonar de la siguiente manera: “he denigrado a mi hermano, me siento culpable, intentaré convertirme portándome bien a ver si consigo ganarme su favor y me perdona”. La lógica humana sigue este camino: primero es el pecado, después el esfuerzo por convertirnos; y, finalmente, la obtención del perdón.

     La lógica del perdón divino discurre de otra manera. Gomer peca, al regresar a casa Oseas la perdona, y con el perdón que le ha concedido se convierte en esposa, y ambos rehacen la vida conyugal. Desde la perspectiva de Dios, primero está el perdón, mediante la gracia del perdón alcanzamos la conversión, y una vez convertidos podemos plantar en nuestra tierra la semilla del Reino de Dios.

    La sociedad en que vivimos está hambrienta de ternura y misericordia; y, por eso, brota la injusticia, la competitividad y la soberbia. Más que nunca se nos pide a los cristianos que seamos testigos de la ternura y el perdón de Dios en la época en que triunfa el amor virtual y efímero. Sólo la vida cristiana que transparente las entrañas misericordiosas de Dios, podrá plantar en nuestra mundo la auténtica justicia, la que tiene como opción preferencial a los pobres de la tierra.


viernes, 24 de agosto de 2012

HISTORIA Y ADMINISTRACIÓN DE PALESTINA DURANTE LA ÉPOCA PERSA

                                                                                                 Francesc Ramis Darder 

    No conocemos casi ningún dato concreto respecto de los cambios que supuso en Palestina la transición desde el dominio babilónico al señorío persa. La conquista de Babilonia por parte de Ciro implica el paso casi automático del Imperio babilónico al dominio persa; los territorios pertenecientes a Babilonia se constituyeron en una especie de reino asociado, dirigido por el gobernador Gobrias. Durante el reinado de Darío I, Ushtanu/Hystanes (516 a.C.), auxiliado por Tattenay en el gobierno de Transeufratina, y Hutanna (486 a.C.), aparecen como gobernadores de Babilonia y Ebîr Nari. Seguramente durante el reinado de Jerjes, tras el fracaso de la rebelión babilónica dirigida por Bêlshîmanni y Shamasherîba (482 a.C.), la región de Transeufratina fue separada de la administración babilónica.

     Herodoto relata, a mediados del siglo V a.C., que el quinto “nomos”, la quinta satrapía incluía las regiones de Fenicia, Siria (llamada Palestina), y Chipre. El sátrapa de Transeufratina era Megabyzus, quien aplastó las rebeliones de Egipto y Chipre; entre los años 407-401 a.C. el sátrapa gobernante era Belshunu/Bélésys.

    El siglo V a.C. constituyó una época de paz en Palestina, mientras el siglo IV a.C. se reveló conflictivo debido a la revuelta egipcia (404/398-343 a.C.); pues tuvieron lugar diversas campañas militares en Palestina además de estallar la rebelión de Sidón. La agitación social dio lugar, a lo largo de la primera mitad del siglo IV a.C., a una reorganización administrativa del sur de Palestina. En esa época aparecen diversas monedas locales palestinas, mientras el Pseudo-Scylax, a mediados del siglo IV a.C. refleja la situación de la costa siro-palestina.

    Durante el invierno del 350-351 a.C., Artajerjes III Ocos fracasa en el intento de conquistar Egipto. Las ciudades fenicias, guiadas por Tennes rey de Sidón, se sublevan; las revueltas concluyen con la destrucción de Sidón (345 a.C.), la sustitución del rey de Tiro, y el nombramiento de Mazdaï/Mazaios como sátrapa de Transufratina y Cilicia.

    En el año 343 a.C. las tropas de Artajerjes III Ocos, dirigidas por el general Bagoas, reconquistan Egipto, pero el territorio egipcio se mantuvo pocos años bajo la soberanía persa.

    Súbitamente, aparece en Oriente Alejandro Magno que conquista Tiro y Gaza (332 a.C.). La conquista de Alejandro mantuvo la organización administrativa de Palestina implantada por el Imperio persa heredero, en ese sentido del Imperio babilónico, heredero, a su vez, de la administración asiria.

    Durante el imperio persa, Palestina estaba divida en provincias dirigidas por un gobernador nombrado por los persas; existían, también, reinos vasallos regidos por monarquías propias dotadas de notable autonomía, aunque sometidas al control persa.


    La provincia de Judea (Yehud) existía desde el inicio del Imperio persa. La combinación de los datos bíblicos, junto la información de los sellos de Yehud, los papiros de Elefantina y la información numismática, permiten establecer una lista aproximada de los gobernadores: Sesbassar (ca 538 a.C.), Zorobabel (ca 515 a.C.), Anaya; Enlatan, esposo de Shelomit (ca 500 a.C.), Ouryaw, Yehoezer, Ahzay, Nehemías (ca 445-407 a.C.), Yehezqiyah (ca 350-332 a.C.).

    La apreciación de los textos bíblicos, y el contenido de los papiros de Elefantina y de Wadi Dâliyeh, junto a la información de Flavio Josefo y la información propiciada por las monedas permiten establecer, con cierta probabilidad, la sucesión de quienes ocuparon el cargo de Sumo Sacerdote: Josadaq (ca. 550), Josué (ca. 520-515), Joaquín (comienzos de siglo V), Elyiasib I (ca 445), Yoyadá (ca 430), Yehohanán I (ca. 410-408), Yadua I (inicios del siglo IV), Yehohanán II (ca 350), Yadua II (ca 332).

    La extensión de la provincia de Yehud resta imprecisa: abarcaría un radio de treinta kilómetros alrededor de Jerusalén, con exclusión del sur de Judea (Lakis y Hebrón) y el Negueb (Arad, Beershebá). En dirección este abarcaba hasta Jericó, al sur hasta Belén y Neftoah, hacia el norte comprendía Ay y Betel, y al oeste alcanzaba, seguramente, hasta Lodd, Hadid y Ono. La lista de judíos que tomaron parte en la reconstrucción de las murallas podría indicar una extensión más limitada representada por la ausencia de Ay y Betel al norte, y Kiriat-Yearim, Kephirah, Béerot, Lod, Hadid y Ono al oeste; dichas ausencias estarían compensadas por la inclusión de algunos pueblos del sur: Zanoah, Teqoa, Queilat, Bath-Zour. Seguramente Mizpá constituía una residencia del sátrapa que se remontaba al gobierno de Godolías, a comienzos del dominio babilónico.

    En definitiva la provincia de Yehud era más pequeña que el antiguo reino de Judá. El territorio compredía un área alrededor de Jerusalén. Hacia el sur incluía Tecoa y Betsur y seguramente En-Gadi; pero quedaban excluidas Hebrón, Mareas y Lakís.. Hacia el este alcanzaba el Jordán y el mar Muerto incluyendo Jericó. Al norte abarcaba Mizpa y Betel; hacia el oeste, Zanoah representaba el último pueblo antes de penetrar en territorio asdodita.

    La provincia era relativamente accidentada y en parte desértica. Contaba con la agricultura que era posible establecer en las colinas (viña, olivar), y con la presencia de ganado menor. Pero la economía giraba en torno del Templo de Jerusalén. Acudían a Jerusalén mercaderes tirios (Neh 13,16).

    La población de Yehud comprendía dos grupos. En primer lugar la “gente del país”, los descendientes de los judíos que permanecieron en Jerusalén tras la toma de la ciudad por parte de Nabucodonosor; se dedicaban a la agricultura y al pastoreo de ganado menor (2Re 25,12). En segundo lugar estaban los repatriados, habían vuelto del exilio babilónico en varias oleadas; eran los descendientes de los deportados, dotados, generalmente, de una buena formación intelectual, comercial y técnica (2Re 24,12-16); en el exilio habían aprendido el arameo imperial y estaban cualificados para la función dirigente. Las tensiones entre ambos grupos estallaron rápidamente (Esd 4,4; 10,2.11; Neh 10,31.32).

   
    Los árabes contaban con centros comerciales en la costa y fueron aliados de los persas; ayudaron a Cambisses en la conquista de Egipto y entregaban cada año a los persas un tributo de mil talentos de incienso. La ventana de los árabes sobre el Mediterráneo se extendía a lo largo de veinte kilómetros entre Gaza a Ienysos (identificada quizás con Tell er-Ruqueish). Controlaban casi la totalidad de la península del Sinaí, el Negeb, la Arabá, y parte de Transjordania incluyendo el golfo de Aqaba. Gracias a la posesión de parte de la costa comerciaban con fenicios y griegos. Uno de sus reyes, Gesem rey de Quedar, fue adversario de Nehemías (Neh 2,29; 6,1.2,6). A tenor de la información arqueológica podemos proponer una lista de reyes quedaritas coetáneos al período persa: Mahlai (finales de VI); Iyas (comienzos de V); Sahru (segunda parte de V); Gesem (ca. 445-433); Qaïnu, hijo de Gesem (finales del siglo V o comienzos del IV). La presencia de los árabes parece excluir, durante la época persa, la existencia de una provincia Idumea.

    El período comprendido entre el final del siglo V y el final del IV contempló como los árabes se convertían en Nabateos; pierden Gaza y se contituye la provincia de Idumea. La razón de los cambios se debe, seguramente, a una reorganización del Imperio persa que tuvo lugar entre 405 a.C.-343 a.C. para hacer frente a la amenaza egipcia. Los árabes habían apoyado la revuelta egipcia en 387 a.C., tras la reconquista persa del territorio, Gaza devino la sede de una guarnición persa que se mantenía todavía en la época de Alejandro, y la creación de una provincia persa que comprendía el sur de Judea y el Negug: Idumea. La reorganización alcanzó la desaparición del reino de Quedar y el establecimiento del dominio nabateo.

    La existencia de una provincia neoasiria de Asdod hace pausible la existencia de una provincia semejante durante el período neobabilónico y persa; la referencia a los cuatro enemigos de Nehemias confirma esa suposición (Neh 4,1). Estaba limitada al norte por la provincia de Dor, al este por la provincia de Yehud,, al sur y al sureste por el reino árabe de Quedar y, más tarde, por la provincia de Idumea. Según Neh 13,24 hablaban asdodita: un nuevo estado de la lengua cananea hablada en Filistea durante el Hierro-II, la modalidad lingüística era próxima al hebreo y al fenicio; pero, en cuanto el territorio formaba parte del Imperio persa, la lengua administrativa era el arameo imperial. La relación de la ciudad de Ascalón con la provincia de Asdod es difícil de precisar, pero los testimonios arqueológicos y literarios adscriben una cultura fenicia a los moradores de Ascalon durante el período persa y helenístico. La acuñación monetaria refleja, en el siglo IV, la independencia de Ascalon respecto de Asdod, la ciudad estaba teñida por el carácter fenicio y textura tiria durante la época persa, según revela el Pseudo-Scylax.

    La existencia de la provincia neoasiria de Dor hace plausible la existencia de la misma provincia durante el período neobabilónico y persa. Sin embargo, la situación de la provincia durante la época persa sufrió una modificación según narra la inscripción funeraria de Esmunazor, rey de Sidón. La incripción relata que el rey de los persas entregó al rey de Sidón el territorio de Dor y Joppe y los trigales de la llanura de Sarón, en recompensa de los servicios prestados a los persas. Seguramente, la donación fue la recompensa otorgada por los persas al rey de Sidón en pago por su ayuda comtra los griegos o contra los egipcios, quizá a finales del siglo VI o a mediados del V. Es difícil creer que el dominio de Sidón sobre la llanura de Sarón se prolongara hasta el final del Imperio persa; pues los persas arremetieron contra Sarón para reprimir la revulta de los sidonios encabezada por su rey, Tennes, hacia 350 a.C.-345 a.C. Además cuando llegó Alejandro, Sidón sólo controlaba, prácticamente, el contorno de la ciudad. Aunque el trigo podía cultivarse en algunas zonas, el conjunto de la región era inhóspito para la actividad agropecuaria. La población era de carácter fenicio y abierta al comercio internacional (Neh 3,15: Joppe es el lugar donde llegó la madera del Líbano para la reconstrucción del templo de Jerusalén hacia los años 520-515).

    Durante la primera mitad del primer milenio la costa septentrional de Palestina formó parte del reino de Tiro, y esa situación se mantuvo durante el Imperio persa. El reino de Tiro alcanzaba, por el sur, hasta el monte Carmelo. Hacia el norte limitaba con el de Sidón. El territorio preciso que pertenecía a ambas ciudades dependía del grado de opulencia que disfrutara cada una: a mediados del siglo IV, época de expansión sidonia, la frontera se situó en el Nahar el-Qasimiyeh (Litani); en los últimos años del Imperio persa, época de dominio tirio, la frontera se situó más al norte, junto al Nahar ez-Zahrani. La arqueología a sacado a la luz cinco sellos que confirman la pujanza económica del reino de Tiro durante la segunda mitad del siglo IV a.C. La población parece haber sido esencialmente fenicia, aunque aparecen también mercaderes de origen griego.

    La creación de la provincia neoasiria de Meguido se remonta, seguramente, a Teglat-Phalasar III (734-732 a.C.). Seguramente la provincia se mantuvo durante el período neobabilónico y la época persa, pues en el período tolemáico aparece la mención, en los pap iros de Zenón, de una provincia de Galilea. Sin embargo carecemos de un testimonio directo que confirme la existencia de esa provincia, y recalque la capitalidad de Meguido. Los estudios arqueológicos revelan una cultura y un sustrato económico sometido a la influencia fenicia.

    La existencia de la provincia de Samaría aparece confirmada durante la época neoasiria, a partir del año 722 aC. Durante el período persa se denominó Samarina (Esd 4,7-10). La capital era la ciudad fortificada de Samaría. La economía residía sobre la agricultura y , en especial, sobre la producción de aceite y vino. La población estimada era de cuarenta mil personas: más rica y poblada que Judea. La información bíblica, la documentación aportada por Flavio Josefo, el contenido de los papiros de Elefantina y de Wady Daliyeh, y la información numismática, permiten astablecer la lista de gobernadores: Sambalat (445-407 a. C.); Delayah (ca. 407 a. C.); Sinuballit; Yeshua o Yaddua; Anaya (ca 354 a. C.); Sinubalit III (ca 332 a. C.). Algunos gobernadores ejercieron también la función sacerdotal. Algunos nombres atestiguan la religión yahvista: nada señala la separación religiosa entre judíos y samaritanos. Los judíos de Elefantina recurren tanto a Jerusalén como a Samaría. El hecho de que la Torá, adscrita a la misión de Nehemías, haya sido aceptada por judíos y samaritanos confirma que el cisma samaritano es posterior a la época persa. Junto a los nombres de raíz yahvista aparecen nombres de etimológica acadia o pertenecientes al semitico occidental: Kamosh, Baal, Nabu, Sahar. Las diversas etimológias de los nombres delatan una población muy mezcalada. El origen diverso de la población aparece tras la diversificación de la acuñación monetaria.

    La existencia de un reino vasallo de Moab hasta el 582 a. C. después la existencia de una heparquía moabita, moabitide, durante la época helenística, poblada por nabateos, hace que sea plausible suponer la existencia de una provincia de Moab durante el peíodo persa. En dicha provincia continuaba el culto a Kamosh. Las referencias del libro de Esdras junto a las aportaciones arqueológicas (mención de Moab en la lista de hieródulos de Ma’in, a mediados del siglo IV) ratifican la existencia de la provincia de Moab, cuya extensión sería pareja a la del reino de Moab durante el siglo VI a. C.

    La existencia de la provincia de Amón puede deducirse de la existencia del reino vasallo de Amón hasta el 582 a.C.; y también de la mención de la Ammannitide durante el período helenista, y de la mención de Amón en la lista de hieródulos de Ma’in. Un alto funcionario llamado “Tobías” aparece en la obra de Nehemías, asociado a Sambalat y a Geshem, el árabe. La magnitud de la provincia correspondía a la extensión del reino amonita de los siglos VII a. C. y a comienzos del VI a. C.. Durante el período persa la población estaba constituida por una mezcla de población árabe y población amonita, junto a una minoría de israelitas en la región próxima al Jordán.

    En la medida en que admitamos la existencia de una provincia neoasiria de Galaad podemos admitir la exitencia de la provincia homónima durante el período persa.

    La existencia de una provincia neoasiria de Qarnén/Basán parece afirmada por la mención de un gobernador de Qarnén.

martes, 14 de agosto de 2012

ESTUDIOS SOBRE LOS LIBROS HISTÓRICOS

                                                                                                Francesc Ramis Darder

 La investigación sobre los libros históricos ha experimentado un enorme desarrollo. Quedan muy lejanos los tiempos en que el contenido de los libros históricos se debía entender literalmente; tan solo los planteamientos fundamentalistas continúan aferrados hoy en día a la interpretación literal historicista.

 Los estudiosos que emprenden el método histórico-crítico u otros métodos para aproximarse al contenido de la Escritura disciernen cuatro tipo de tradiciones históricas: Historia Deuteronomista (Js; Jue; I-II Sam; I-II Re), Historia Cronista (I-II Cr; aunque no todos los comentaristas están de acuerdo, podemos añadir: Esd y Ne), Epopeya Macabea (I-II Ma, cuya canonicidad no es aceptada por todos los cristianos), Historias Ejemplares (Tb, Jdt, Est, Rt; no todas las Iglesias cristianas aceptan el cariz revelado de: Tb, Jd, y los fragmentos griegos de Ester), Cinco Visiones Histórico-apocalípticas de Daniel (Dn 2.7.8.9.10-12).

 Las tradiciones históricas han sido objeto de numerosos estudios y comentarios cuidadosos.[1] A raíz de lo que acabamos de exponer, conviene apreciar algunos matices respecto de la percepción de las diversas tradiciones.

 El mundo protestante no admite la canonicidad ni de la epopeya macabea ni de los libros de Tobías y Judit ni tampoco de los fragmentos griegos de Ester. Las ediciones ecuménicas de la Biblia han resuelto la dificultad publicando generalmente los libros deuterocanónicos al final del AT. Conviene precisar que tanto la epopeya macabea como los libros de Tobías, Judit y los fragmentos griegos de Ester aparecen en la Septuaginta (LXX), evidentemente en griego. La cuestión sugiere que nos adentremos por un instante en el horizonte actual de los estudios sobre los LXX. El auténtico valor teológico y literario de la Septuaginta quedó un poco eclipsado en tiempos pasados por los estudios que tan solo se centraban en el valor de su naturaleza inspirada. Los estudios de P. Benoit (La Septante, est-elle inspirée?) decantaron las investigaciones hacia el aspecto literario y teológico, hasta que la obra de D. Barthélemy (L’Ancien Testament a mûri à Alexandrie?) mostró la madurez literaria y teológica que consiguió la Septuagintao dentro del marco de la diáspora alejandrina. Las investigaciones de P. Benoit, P. Grelot, D. Barthélemy y R. Le Déaut han subrayado el verdadero proceso doctrinal emprendido por la Septuaginta, recogido después en el NT, cuyas referencias al AT proceden, en gran medida, del texto griego nacido en Alejandría.

 La investigación actual profundiza sobre el origen y la conformación de la Septuaginta y analiza con mucho cuidado el contenido de la Carta de Aristeas.[2] Los estudios sobre la versión de los LXX se basaban, en buena medida, en la edición crítica de Rahlfs;[3] hay que notar el progreso que va alcanzando la edición de Göttingen con la intención de establecer, en opinión de los comentaristas, el texto griego de forma más precisa.[4] Presenta el texto griego, acompañado de los textos de las diferentes familias o grupos textuales, y de forma ecléctica aspira a reconstruir el texto más próximo al que fuera el original primigenio. No podemos dejar de mencionar el curso de la traducción francesa de la Septuaginta conocida como Bible d’Alexandrie, ni dejar tampoco de citar el progreso de la traducción española.[5] Últimamente se está investigando más a fondo la aportación de la Vetus latina[6] y de la Peshitta,[7] que contienen lecciones a menudo anteriores a las que figuran en los LXX.

 En relación con la historia deuteronomista (Js; Jue; I-II Sam; I-II Re), hay que decir que tanto el decurso de su redacción como su contenido teológico son objeto de un vivo debate. La postura clásica elaborada por M. Noth sostenía que antes del exilio no existían de manera independiente ninguno de los libros de la historia deuteronomista, ni tampoco documentos al estilo de los que integraban, según la opinión de Wellhausen, el Pentateuco (J; E; JE, D, P), que hablasen de los acontecimientos que empezaron en la época de los Jueces y acabasen con la narración de los últimos momentos de la monarquía judaita (Js 1,1- 2Re 25,30). En opinión de Noth, tan solo existían pequeños fragmentos que un autor exílico utilizó para componer la historia deuteronomista.

 En definitiva, M. Noth aseguraba que la historia deuteronomista era el fruto del trabajo de un solo autor, que redactó su obra en tiempo del exilio en la provincia de Samaria, cerca de Mispá y Betel, y no en Babilonia como pensaban otros comentaristas. La magna obra histórica empezaba con una gran introducción, el libro del Deuteronomio, que ofrecía la interpretación y valoración de la historia: la fe en un solo Dios y la aceptación de un único lugar de culto. Más adelante, el Deuteronomio quedó separado del conjunto Josué-Reyes, sin embargo, según recalcó Noht, su función originaria no era cerrar los cuatro primeros libros de la Biblia (Gn-Nm), sino abrir teológicamente el contenido de la historia deuteronomista. Desde la perspectiva del exilio, cuando Judá lo había perdido todo (tierra, templo, rey y libertad), la pluma del autor de la historia deuteronomista pasó a ser taxativa: la desgracia era la consecuencia del pecado del pueblo y tan solo había que esperar la dureza del castigo divino.[8]

 A partir de M. Noth, los estudiosos han profundizado en el análisis de la historia deuteronomista desde dos perspectivas: el conocimiento de los fragmentos previos que utilizó el autor para componer la historia, y la unidad de la obra y su finalidad. Muchos comentaristas siguen hablando de los fragmentos que el autor de la historia deuteronomista pudo utilizar para redactar su trabajo; ahora bien, algunos otros comentaristas hablan de fragmentos en lugar de documentos. Con respecto a la unidad y finalidad de la obra, hay que destacar tres posiciones en la investigación. En primer lugar, Cross y sus discípulos admiten dos redacciones: una anterior al destierro, durante el reinado de Josías (640-609 aC), y la otra durante el exilio de Babilonia.[9] W. Dietrich, A. Jepsen, R. Smend y T. Veijola, con varios matices uno respecto del otro, defienden tres ediciones de la obra que deben ser exílicas o postexílicas.[10]

 Según opinaba M. Noth, el objetivo de la historia deuteronomista estribaba en el hecho de mostrar el justo juicio de Dios, que castiga los continuos pecados de su pueblo. Rápidamente, varios autores empezaron a criticar esta posición. Según G. von Rad, la palabra de Dios no solo actúa sobre el pueblo desde la perspectiva del castigo, como sostenía M. Noth, sino desde un doble horizonte: por una parte, la voz divina actúa desde la Ley, juzgando y aniquilando, por otra parte también interviene en forma de la buena nueva que salva y confiere el perdón al pueblo pecador. Afirmó von Rad que el hilo conductor de la historia deuteronomista era positivo, positividad expresada en 2Re 25,27-30, donde aparece la rehabilitación del rey Jeconías, en el exilio babilónico.[11]

 Entre los investigadores posteriores, cabe mencionar dos especialmente relevantes: H. W. Wolf y F. M. Cross. Según sostiene Wolf, el objetivo último de la historia deuteronomista no estriba en el hecho de infundir esperanza en el pueblo o en el interés por destruirlo (Rad, Noht), sino en la llamada a la conversión para que la vida del pueblo elegido vuelva a discurrir por los caminos de Dios.[12] Cross discierne dos ediciones de la historia deuteronomista. La primera, propia de la época preexílica, profundiza en temas que podemos sintetizar mediante dos frases significativas: “Este fue el pecado del linaje de Jeroboan. Por eso fue destruido y exterminado sobre la tierra” (1Re 13,34); “concederé una tribu a tu hijo, por consideración a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que yo he escogido” (1Re 11,13).

 Como podemos ver, la primera cita, correspondiente a la primera edición, rezuma la alusión a la amenaza, formulada tras el castigo contra la dinastía de Jeroboan, al mismo tiempo que delata la veracidad del permanente socorro del Señor a su pueblo, expresado tras la promesa a la casa de David. La segunda referencia, fruto de la segunda redacción elaborada durante el exilio, está henchida de esperanza. De esta manera, según la opinión de Cross, la historia deuteronomista presenta un trasfondo marcado por la esperanza, que será teñida después por el desencanto durante la época del exilio.[13]

 Actualmente, como sucede con el resto del AT, la posición de los investigadores con respecto a la historia deuteronomista está muy lejos de alcanzar un consenso. Los estudios continúan desarrollándose con la intención de determinar las diferentes etapas de la redacción y el objetivo último de la obra. Las luces y las sombras de los estudios aparecen recogidas, entre otras síntesis, por la elaboración T. Römer.[14] La posición de R. Albertz[15] sostiene la redacción definitiva de la historia dentro del territorio de Yehud después del exilio babilónico. La intención de la historia deuteronomista, según la opinión de Albertz, estriba en el deseo de conferir ánimo al pueblo en la época del desencanto que siguió a la euforia determinada por el retorno del exilio, al mismo tiempo que propone a la comunidad la senda que lleva hacia la conversión definitiva. Como comprenderá el lector, hay aún un largo camino por recorrer para alcanzar un consenso.




[1] Citamos tan solo los que puedan estar más al alcance del lector. A. González Lamadrid, Las tradiciones históricas de Israel (Estella 1993). J. M. Sánchez Caro (ed.), Historia, Narrativa, Apocalíptica (Estella 2000). J. Vílchez, Rut y Ester (Estella 1998). J. Vílchez, Tobías y Judit (Estella 2000). J. L. Sicre, Josué (Estella 2002).
[2] Presentación, traducción y comentario: N. Fernández Marcos, “Carta de Aristeas” en A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento (Madrid 1982), 11-66.
[3] A. Rahlfs, Septuaginta (Stuttgart 1935), I-II.
[4] Septuaginta: Vetus Testamentum graece auctoritate Societatis Göttingensis editum (Göttingen desde 1931) I-XVI. Hasta el momento han aparecido catorce volúmenes: Genesis, Exodus, Leviticus, Numeri, Deuteronomium, Esdras liber I, Esdras liber II, Esther, Judit, Tobit, Maccabeorum liber I, Maccabeorum liber II, Maccabeorum liber III, Psalmi cum odiis, Iob, Sapientia Salomonis, Duodecim prophetae, Isaias, Jeremias, Baruch, Treni, Epistula Jeremiae, Ezechiel, Susana, Daniel, Bel et Draco.
[5] Las antologías bibliográficas sobre la Septuaginta son diversas, presentamos una especialmente significativa: N. Fernández Marcos, Introducción a las versiones griegas de la Biblia (Madrid 1979). N. Fernández Marcos, Septuaginta. La Biblia Griega de Judíos y Cristianos (Salamanca 2008). N. Fernández Marcos, La Biblia Griega Septuaginta. I.Pentateuco (Salamanca 2008).
[6] Vetus latina: Die Reste der altlateinischen Bibel nach Petrus Sabatier neu gesammelt und herausgegeben von der erzabtei Beuron (Freiburg i.B. desde 1949). Hasta el momento han sido publicados 27 volúmenes: Gn Sap, part del Sir, Is, Rm, 1Cor, Ef, Fil, Col, 1-2 Ts, 1-2 Tm, Tt, Flm, 1-2 Pt, 1-3 Gv, Ap. Elenco bibliográfico: P.-M. Bogaert, “Bulletin de la Bible latine. VII. Première série. Deuxième série. Troisième série”, Rben 105 (1995) 200-238; 196 (1996) 386-412; 108 (1998) 359-386.
[7] The Peshitta Institute (ed.), The Old Testament in Syriac According to the Peshitta Version (Leiden desde1972).
[8] Síntesis pedagógica de la evolución de las investigaciones sobre la historia deuteronomista: J. L. Sicre, Introducción al Antiguo Testamento (Estella 2011). Obras especializadas: M. A. O’Brien, The Deuteronomistic History Hipótesis: A Reassement, OBO 92 (Göttingen 1989), 3-23. T. RÖMER, The Future of the Deuteronomistic History (Leyden 2000).
[9] Aunque F. M. Cross sea el maestro, la posición aparece expuesta con más claridad, a nuestro parecer, en la obra de dos discípulos: R. D. Nelson, The Double Redaction of the Deuteronomistic History, JSOT Suppl. Ser. 18 (Sheffield 1981); R. E. Friedmann, The Exile and Biblical Narrative. The Formation of the Deuteronomistc and Priestly Works, HSM 22 (Chico 1981).

[10] Aludimos a una sola de las obras: T. Veijola, Das Königtum in der Beurteilung der deuteronomischen Historiographie. Eine redaktionsgeschichtliche Untersuchung, AASF B/19 (Helsinki 1997).
[11] G. von Rad, Estudios sobre el Antiguo Testamento (Salamanca 1975), 177-189. W. Brueggermann, Teología del Antiguo Testamento. Un juicio a Yahvé (Salamanca 2007).
[12] H. W. Wolf, “Das Kerygma des deuteronomistischen geschichtswerk”, ZAW 73 (1961) 171-186.
[13] Síntesis, J. L. Sicre, Introducción al Antiguo Testamento (Estella 2011).
[14] T. Römer (ed.), The Future of the Deuteronomistic History (Leuven 2000).
[15] R. Albertz, Israel in Exile: The History and Literature of the Sixth Century B.C.E. (Atlanta 2003), 271-344.

martes, 7 de agosto de 2012

PABLO DE TARSO: LA PROCLAMACIÓN DE LA BUENA NUEVA

                                                                                                                    Francesc Ramis Darder

Cuando Pablo y Bernabé llegaron a Antioquía de Pisidia, entraron el sábado en la sinagoga y se sentaron. Concluida la lectura de la Ley, los dirigentes de la sinagoga les invitaron a comentar la Palabra. Pablo se levantó y anunció la Buena Nueva a los presentes, les dijo: “Hermanos […] los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las palabras de los profetas que se leen todos los sábados. Sin haber hallado ningún delito que mereciera la muerte, pidieron a Pilato que lo matase. Y después de cumplir todo lo que acerca de él estaba escrito, lo bajaron de la cruz y lo sepultaron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días se apareció a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén, los cuales son ahora testigos ante el pueblo. Y nosotros os anunciamos la Buena Noticia: que la promesa hecha a nuestros antepasados, Dios nos la ha cumplido a nosotros resucitando a Jesús de entre los muertos” (Hch 13,26-33).

    El fragmento que acabamos de citar constituye lo que ha venido a llamase el “kerigma” cristiano. La palabra “kerigma” tiene su origen en el verbo griego “kerusso”, que significa, literalmente: “proclamar en voz alta”. De ahí podemos deducir que el kerigma cristiano constituye: “un breve discurso que anuncia en voz alta el contenido esencial de la fe cristiana”. Proclama que Cristo con su vida, muerte y resurrección nos ha salvado, es decir anuncia que Cristo Resucitado confiere el más pleno sentido a la vida de quines creen en él, tanto ahora como para toda la eternidad.

     Cuando Pablo acabó su discurso, muchos judíos y paganos admiradores del judaísmo siguieron al apóstol, quien en compañía de Bernabé les a permanecer fieles a la gracia de Dios.

Ejercicio: lee la Segunda Carta a los Corintios.

viernes, 3 de agosto de 2012

FRANCESC RAMIS DARDER: HECHOS DE LOS APÓSTOLES

título del libro                                   FRANCESC RAMIS DARDER
                                                             HECHOS DE LOS APÓSTOLES
                                                            
                                                             Ed. Verbo Divino
                                                             Col. Guías de lectura del Nuevo Testamento
                                                             432 pág.
                                                             ISBN 978-84-8169-933-3
                                                             2009

miércoles, 1 de agosto de 2012

¿QUIÉN ES EL PROFETA ODED? ODED. UNA OPCIÓN DIFÍCIL: EL AMOR A LOS ENEMIGOS

                                                                                        Francesc Ramis Darder

    El rey David y su hijo Salomón gobernaron sobre dos estados: Judá e Israel. Cuando murió Salomón, Judá e Israel, se convirtieron de nuevo en reinos independientes. El reino de Judá, regido por Roboam, mantuvo la capital en Jerusalén. El reino de Israel, cuyo primer monarca fue Jeroboam I, estableció, tras algunos titubeos, la capital en Samaría. Tras la escisión de ambos reinos, la hostilidad entre Judá e Israel fue incesante, y los sucesivos desencuentros tiñeron de sangre las tierras palestinas.

    El conflicto armado más doloroso que se produjo entre ambos países fue la llamada guerra Siro-efrainita. Los motivos que iniciaron el conflicto y el posterior desarrollo de la contienda constituyen un motivo de discusión entre los historiadores. La Sagrada Escritura describe algunos avatares de la guerra en 2Re 15,27-16,19; Is 7-8 y 2Cro 28. La Biblia no se limita a constatar datos históricos. Reflexiona sobre la actuación de los personajes y el desarrollo de los acontecimientos, con la intención de ofrecer al lector una enseñanza religiosa.

    Durante la guerra Siro-efrainita, el rey de Israel atacó Judá. El ejército de Israel derrotó a las tropas de Judá y capturó doscientos mil prisioneros, que llevó cautivos a Samaría. El destino de un prisionero de guerra era triste, pues habitualmente era vendido como esclavo y trasladado a regiones muy distantes de su patria, con lo que perdía todo vínculo familiar, social y religioso.

    Cuando los presos iban custodiados a Samaría, un profeta del Señor, Oded, salió al encuentro de la comitiva. El profeta, en nombre de Dios, censuró la crueldad que ejercían los soldados israelitas sobre los prisioneros judaítas; y, desautorizó la decisión de condenar a esclavitud a los vencidos. La actitud de Oded es sorprendente. Oded es un profeta israelita, que se opone a la opresión que sus compatriotas ejercen contra los enemigos vencidos.

     La predicación de Oded va todavía más lejos. Exige que los prisioneros sean liberados. Los soldados israelitas escuchan el mensaje de Oded, y libertan a los prisioneros devolviéndoles, además, el botín que habían tomado cuando invadieron Judá.

     Oded persiste en anunciar a los soldados vencedores la voluntad de Dios. Y los israelitas no sólo libertan a los cautivos, sino que se preocupan de vestir a quienes estaban desnudos y calzar a quines iban descalzos. También reparten entre los prisioneros ya liberados, comida y bebida; les curan las heridas con aceite, y montan a quienes estaban heridos en sus propios caballos para trasladarlos a Jericó donde recibirían mejor asistencia (2Cr 28).

     El relato referente a Oded es breve, pero destaca una virtud inaudita en el mundo antiguo, y rara en el Antiguo Testamento: el amor a los enemigos. Oded fue capaz de ver en el rostro de los judaítas vencidos algo más que un botín de guerra. Percibió en los enemigos de su pueblo que habían sido derrotados, a sus hermanos (2Cro 28,8). Y por eso fue capaz de predicar y vivir el amor que se concreta en la práctica de la misericordia.

    Percibir en el rostro de cada semejante la mirada del hermano es difícil, pero es el primer paso para poder amar al prójimo. Si no somos capaces de ver en el corazón de nuestros semejantes el alma de nuestro hermano, quizá podamos ayudarlos, seguramente sepamos asistirlos, y tal vez llegaremos a entenderlos; pero difícilmente podremos amarlos. Oded vio en los enemigos vencidos el rostro de sus hermanos, y porque amó con tesón, pudo convencer a sus compatriotas de que practicaran la misericordia con sus rivales.

    Las profecías del AT alcanzan su plenitud en el mensaje del NT. Jesús de Nazaret, con el testimonio de su vida y la fuerza de su palabra, llevó a su plenitud la tarea profética de Oded. En el Sermón de la Montaña exigió el amor a los enemigos (Mt 5,43-48), y en la Cruz perdonó a sus verdugos (Lc 23,34). ¡Sólo el amor hace las cosas nuevas!


jueves, 26 de julio de 2012

LOS CÓDIGOS ACADIOS Y LA BIBLIA

                                                                                           Francesc Ramis Darder

    Las Leyes de Esnunna regían el destino de la ciudad de Esnunna. Seguramente fue el rey Dadusa (1728-1686 a.C.) quien las publicó. Como sucede con la Escritura, distinguen entre la gravedad del robo cometido de día o de noche. Señala Esnunna: El que haya sido sorprendido en el domicilio de un campesino en pleno día, pagará diez siclos de plata; el que haya sido sorprendido de noche, tendrá que morir (Art. 13). Enfatiza la Escritura: Si un ladrón es sorprendido de noche robando y lo matan de un golpe, no se culpará a nadie de su muerte; pero si el sol había salido, se pedirán cuentas al responsable de su muerte (Ex 22,1-3). Ambos códigos recogen el mismo supuesto, pero mientras la legislación de Esnunna especifica el castigo del ladrón, la Escritura apela además a la responsabilidad del propietario. La noche dificulta la presencia de testigos, e impide al propietario encontrar ayuda contra el ladrón. Si es de día, puede haber testigos y puede encontrar auxilio. Si el ladrón muere de día, el tribunal puede indagar si había testigos y si el propietario, antes de matar al ladrón, solicitó ayuda; pues, si había testigos y posible socorro, quizá no tenía por qué acabar con el ladrón    

    Entre los textos legales más importantes, destaca el Código de Hammurabi; publicado por Hammurabi, rey de Babilonia (1792-1750 a.C.). Está grabado sobre una piedra de diorita negra de 2,25 metros de altura. De los doscientos ochenta y dos artículos que tendría se conservan doscientos sesenta, aproximadamente. El estilo jurídico adopta, en general, el aspecto casuístico. Observemos un ejemplo: Si un ciudadano rapta y vende como esclavo a un miembro de la familia de otro, será condenado a muerte” (Art.14). La ley sugiere un supuesto: Si un ciudadano rapta y vende […], y después establece la pena:[…] será condenado a muerte.

   La parte superior de la estela corona el Código con un motivo teológico para destacar como Hammurabi recibe la ley de manos del dios Shamas. Así los legistas señalaron el aura religiosa del conjunto legal. Entre las líneas del Prólogo, Hammurabi adscribe el poder sobre Babilonia al dios Marduk, y subraya que ha  recibido la realeza de manos de los dioses Anu y Enlil para propiciar el bienestar de su pueblo.

    La legislación de Hammurabi presenta analogías con la Escritura. Señala Hammurabi: Si uno ha robado un buey […] restituirá treinta veces; si es un hombre del pueblo, restituirá diez veces; si el ladrón no tiene con qué restituir, será condenado a muerte (Art. 8). Refiere la Escritura: Si un ladrón roba un buey o una oveja, y los mata o vende, restituirá cinco bueyes por el buey, y cuatro ovejas por la oveja (Ex 21,37). Ambos códigos contemplan un supuesto análogo. Sin embargo, Hammurabi es más severo, por cuanto concierne a la cuantía de la restitución y por cuanto compete a la sentencia de muerte.

  Otro ejemplo. Sentencia Hammurabi: Si uno oculta en su casa un esclavo fugitivo […] y no lo entrega […] será ejecutado (Art. 16). Afirma la Escritura: No entregarás a su amo al esclavo fugitivo […] se quedará contigo, entre los tuyos […] (Dt 23,16-17). El Código, atento al interés del dueño, persigue con la muerte a quien oculte un esclavo; mientas la Escritura, solícita con la necesidad del huido, requiere la defensa y cuidado del huido. La Escritura procura la defensa de los débiles.

    Muy significativa es la Ley del Talión. Dice el Código: Si un señor ha reventado el ojo de otro señor, se le reventará un ojo (Art. 195-196). Señala la Escritura: si alguien causa una lesión a su prójimo, se le hará lo mismo que hizo él: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente (Lv 24,17-20; Ex 21,23-24; Dt 19,21). Hoy nos parece una costumbre bárbara; pero en el mundo antiguo servía para atemperar los excesos de la venganza. Cuando un miembro de un clan mataba a alguien de otro clan, el clan ofendido se vengaba matando a cuantos miembros del clan ofensor pudiera. La Ley del Talión acota la venganza, pues el clan ofendido solo podía matar a un miembro del clan ofensor. La dureza de la ley fue perdiendo fuerza con el tiempo; pues la Escritura contempla el perdón (Lv 19,17), y mitiga la Ley: la pena del ‘ojo por ojo’ no tiene por qué significar ‘un ojo a cambio de otro ojo’, sino la obligación de entregar una compensación al tuerto por el ojo perdido.    

    El Epílogo ensalza la grandeza del Código, y amenaza con las peores maldiciones a quien no respete la legislación o intente abolirla. La solera del Código determinó que otras culturas se inspiraran en sus leyes para componer sus sistemas legales. Los israelitas también contemplaron los supuestos de la legislación de Hammurabi, pero cuando establecieron las penas, salvaguardaron la equidad de la sentencia, evitaron el ensañamiento con el reo y propiciaron la defensa del acusado.

    Las Leyes Asirias fueron recopiladas durante el reinado de Teglatfalasar I (1114-1076 a.C.). El encabezado ensalza la pericia militar y política de Teglatfalasar; a continuación figura el cuerpo legal. El derecho penal asirio es el más cruel de cuantos han llegado hasta nosotros; parece como si la dureza hubiera sustituido la piedad y la misericordia.

   Como es obvio, presentan analogías con la Escritura. Dice la Ley: Si un ciudadano quiere divorciarse de su mujer, puede darle algo o puede no darle nada (Art. 37). Sentencia la Escritura: Si un hombre se casa […] y después descubre en la mujer algo que le desagrada […] le escribirá un acta de divorcio […] y la despedirá (Dt 24,1). La Escritura entiende que la mujer es sujeto de derecho, por eso recibe un acta de divorcio. A modo de contrapunto, la mujer asiria carecía de personalidad jurídica; ni siquiera era súbita de su marido, sino una porción del varón, por eso abandonaba la casa sin acta de divorcio, todo lo más con una limosna del esposo.

    De modo sorprendente, la Leyes Asirias contemplan el castigo vicario. Vemos un supuesto: Si un ciudadano maltrata físicamente a la esposa de otro hasta que tiene un aborto, entonces el marido de ésta maltratará físicamente a la esposa del acusado hasta que tenga un aborto. El acusado compensará a la víctima dando a la familia de ésta un hijo de su propia familia (Art. 50). La Escritura no contempla los castigos vicarios. Se atiene a la compensación: Si en el curso de una riña, alguien golpea a una mujer encinta, provocándole el aborto […] el culpable deberá indemnizar con lo que le pida el marido y determinen los jueces (Ex 21,22). La Escritura castiga al culpable, pero no a su esposa. Además valora la actuación de los jueces, sin dejar la compensación al arbitrio del marido. Como señala la Biblia, cada persona es responsable de sus acciones, sin poder descargar la culpa sobre sus parientes o antepasados (Ez 18).

   

sábado, 21 de julio de 2012

PABLO DE TARSO: FUNDACIÓN DE LAS IGLESIAS DE ASIA MENOR

                                                                                                                         Francesc Ramis Darder

    La comunidad de Antioquía de Siria llegó a ser importante. La Iglesia de Jerusalén envió al profeta Agabo en demanda de ayuda económica. La Iglesia de Antioquía realizó una colecta y encargó a Bernabé y a Saulo que llevaran el montante a Jerusalén. Cuando Benarbé y Saulo regresaron, llevaron consigo a Juan, llamado Marcos, un cristiano de la comunidad de Sión, regida entonces por el apóstol Santiago (Hch 12,12.17.25).

    Mientras Bernabé y Saulo estaban alabando al Señor con los hermanos de Antioquía de Siria, el Espíritu Santo se manifestó y dijo: “Separadme a Bernabé y a Saulo para la misión que les he encomendado”; la comunidad, después de ayunar y orar, les impuso las manos y les envió, en nombre de Dios, a la tarea evangelizadora (Hch 13,2-3).

    Bajaron a Seleucia, y de allí embarcaron rumbo a Chipre. Llegados a Salamina, anunciaban el Evangelio en las sinagogas de los judíos. Llevaban como compañero a Juan, llamado Marcos. Atravesaron toda la isla hasta llegar a Pafos. Conviene reseñar que en ese momento el libro de los Hechos comienza a llamar al apóstol con el nombre de “Pablo”. Zarparon de Pafos y llegaron a Derbe de Panfilia y desde allí alcanzaron la ciudad de Antiquía de Pisidia.

    Desde Antioquía partieron hacia Iconio para alcanzar después Listra y Derbe, ciudades de Licaonia. Después de anunciar la Buena Noticia en Derbe, volvieron a Listra, Iconio y Antioquía de Pisidia. Luego atravesaron Pisidia, predicaron en Pergue y llegaron a Atalía, desde donde zarparon hacia Antioquía de Siria (Hch 13,1-14,28).

Ejercicio: En las últimas páginas de la Biblia suele haber algunos mapas de Oriente, localiza las ciudades que visitaron Bernabé y Pablo.

martes, 17 de julio de 2012

QUÉ SE SABE DE... LOS PROFETAS

        

Qué se sabe de... Los profetas
Francesc Ramis

Editorial Verbo Divino, 2010


INDICE:
Prólogo
I. PREGUNTAS PRIMERAS
II. CONTEXTO
III. LA PREGUNTA NO ES NEUTRAL
IV. ¿POR QUÉ BUSCAR EL SENTIDO DE LA VIDA?
V. LA BÚSQUEDA DE IDENTIDAD PERSONAL Y LA CUESTIÓN RELIGIOSA
VI. OFERTAS DIVERSAS DE SABIDURÍA
VII. QUÉ OFRECE LA FE CRISTIANA
VIII. ¿ES POSIBLE CONOCER A DIOS?
IX. ¿ES QUE DIOS INTERVIENE?
X. DIOS, ¿PARA QUÉ?
XI. CUESTIONES QUE PLANTEA LA BIBLIA
XII. CREER EN JESÚS DE NAZARET
XIII. RAZONAR Y CREER
XIV. POR QUÉ SOY CRISTIANO
XV. EL MODELO CRISTIANO DE SER PERSONA
XVI. PRESUPUESTOS PARA SER CRISTIANOS
XVII. SOBRE LA ORACIÓN
XVIII. EL ESCÁNDALO DEL SUFRIMIENTO
XIX. SOBRE EL PECADO
XX. POR QUÉ Y PARA QUÉ LA IGLESIA
XXI. EL CRISTIANISMO Y LAS OTRAS RELIGIONES
XXII. ¿HAY UN “MÁS ALLÁ”?
Epílogo. ¿Cómo creer si no sabemos cómo?

viernes, 13 de julio de 2012

NAHUM. UN PROFETA DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

                                                                                                                   Francesc Ramis Darder          

    El profeta Nahum nació en Elcós, una aldea situada, probablemente, en territorio de Judá, y desarrolló su ministerio durante el reinado de Manasés (698-643 a.C.). La Escritura describe, con amargura, el desastre que supuso para los habitantes de Judá y Jerusalén la tiranía de Manasés. El rey erigió altares a los falsos dioses, practicó la magia y la hechicería, profanó el Templo del Señor, y derramó ríos de sangre inocente en Jerusalén (2R 21,1-18).

    El despotismo ejercido por Manasés se sustentaba en la protección que recibía de Asiria, la potencia entonces imperante. El emperador que rigió el destino de Asiria, mientras Manasés reinaba en Jerusalén, fue Asurbanilpal III (669-630 aC.). La capital de Asiria se hallaba en Nínive, desde donde el emperador oprimía a los pequeños estados del Próximo Oriente, entre ellos el exiguo reino de Judá. Asurbanipal, con la intención de extender las fronteras del imperio, atacó Egipto y conquistó su capital Tebas (668 aC.). La violencia y crueldad con que Asurbanipal tomó Tebas impresionó profundamente el ánimo de los pueblos antiguos.

    A pesar de la tiranía de Manasés, continuaba viviendo en Jerusalén una comunidad judía que permanecía fiel a los preceptos del Señor. El grupo leal seguramente se preguntaría: ¿Qué puede hacer un creyente para combatir, en nombre de Dios, el totalitarismo asisrio?; y de manera más concreta inquiriría: ¿Qué podemos hacer, como judíos leales, para desbancar el despotismo de Manasés? Emprender una acción contra el imperialismo asirio o contra el despotismo de Manasés no era fácil; pues la policía abortaba cualquier intento de rebelión, y ejecutaba a quien se atrevía a criticar al rey de Judá.

    Sin embargo, la Sagrada Escritura reitera hasta la saciedad que Dios no abandona a su pueblo, ni se desentiende de quienes confían en Él. La comunidad fiel creía, firmemente, que así cómo Yahvé liberó al pueblo esclavizado en Egipto (cf. Ex 1-15), también salvaría a la comunidad que sufría la opresión asiria y soportaba el absolutismo de Manasés.

    El Señor suscitó en el seno de la comunidad leal un profeta: Nahum. La palabra “Nahum” significa “el que ha recibido el consuelo de Dios”; por eso Nahum, habiendo recibido el consuelo divino, dedicó su vida a consolar al pueblo abatido. La predicación de Nahum condenó la opresión de Asiria y la tiranía de Mansasés, a la vez que recordó que el Señor nunca abandona a su pueblo.

     Nahum, para evitar la represión gubernamental, ideó una forma sutil de predicar. El profeta describía los avatares de la conquista de Tebas; y, por eso, su predicación no era censurada por la policía pro-asiria de Manasés. Pero bajo la descripción de la caída de Tebas, el profeta aludía la destrucción de Nínive; y evocando la devastación de Nínive, Nahum sugería la necesidad de acabar con la tiranía de Manasés.

     La predicación inteligente de Nahum fue eficaz. La comunidad de israelitas fieles, gracias a la voz del profeta, se hizo fuerte. Cuando Mansasés murió le sucedió su hijo Amón (643-640 aC.); pero la comunidad leal se había consolidado y en el año 640 aC. propició un golpe de estado. Amón fue derrocado, y la comunidad entronizó al rey Josías. El nuevo rey, educado en la fidelidad al Señor, gobernó Judá con justicia; el reino prosperó y atravesó una etapa de prosperidad. Cómo decíamos antes, la predicación de Nahum, enfatizando la destrucción de Tebas, preludiaba la caída de Nínive; y, efectivamente, Nínive sucumbió el año 612 aC. ante el envite de medos y babilonios.

    La profecía de Nahum anunciaba el fracaso del mal, simbolizado en la opresión ejercida por Asurbanipal y Manasés. Pero, el profeta también supo consolar a su pueblo. Habló a la nación acerca de la bondad de Dios, recalcó la necesidad de buscar cobijo en el regazo divino (Nah 1,7), y no cesó de exigir al pueblo la obediencia a los mandamientos de Dios (Nah 2,1).

    Nahum fue un profeta sencillo, su libro tiene sólo tres capítulos. Pero, confiando en el auxilio divino, denunció el totalitarismo y combatió la tiranía. Nahum no fue un profeta complaciente con el poder, ni apocado ante la adversidad. En nombre de Dios afirmó algo que a menudo olvidamos: la historia humana esta entretejida, como el trigo y la cizaña, por las insidias del mal y la ternura del bien, pero al final de la historia sólo el proyecto de Dios alcanzará la victoria, mientras las fuerzas del mal sucumbirán ante el envite de los justos. ¡Luchar por un mundo mejor siempre tiene sentido!


domingo, 8 de julio de 2012

EL SENTIDO DE LA PAZ EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

                                                                                                               Francesc Ramis Darder

         El término “paz” (sh.lm) designa todo lo que forma parte de una vida sana, armónica, unida al pleno desarrollo de la vitalidad de un espíritu sano. La alusión a la paz define la prosperidad individual y comunitaria; en definitiva el vocablo “paz” refiere la totalidad plena del bienestar personal tanto en aspecto objetivo, cuando la situación en que la persona se desenvuelve va bien, como desde el aspecto subjetivo, cuando el ser humano se siente bien consigo mismo. Desde la perspectiva histórica y desde el ámbito social, la paz trae a la memoria las épocas caracterizadas por la ausencia de guerra (Jos 10,1.4; 1Sm 7,14; cf. Lc 14,32; Ap 6,4; Ecl 3,8), y evoca la tranquilidad que nace del cumplimiento de los acuerdos aceptados y trabados entre los miembros de una comunidad, o entre miembros de diversas comunidades, en definitiva la “paz” es un indicador de la prosperidad tanto personal como comunitaria (Sal 122,6-9).

     La teología del AT trasciende la noción sociológica de “paz” para abarcar también el aspecto religioso; de ahí la presentación de alianza vinculada a los sacerdotes (Nm 25,12-13; Ml 2,4-6). La reflexión del AT también asocia la paz, el bienestar y la armonía personal y comunitaria, con la bendición que Dios derrama sobre cada hombre y sobre el pueblo entero para que fructifique plenamente la vida personal y comunitaria en todos sus ámbitos. El hecho que unifica todos los aspectos que atañan  a la paz consiste en la comprensión de la paz como el don que Dios regala al ser humano y a la comunidad leal (Lv 26,6; 1Re 2,33; Sal 29,11; Is 26,12). El AT señala que el deseo de paz forma parte del contenido de las fórmulas de saludo o despedida que se manifiestan los israelitas entre sí (Ex 4,18; Jue 6,23; 2Sm 15,9; Esd 5,7). La mención de la paz en el contenido de las fórmulas de salutación adquiere un contenido teológico: el Señor vierte la paz sobre cada israelita y sobre la comunidad entera y, de modo análogo, cada israelita regala a su prójimo el don más importante que ha recibido de Dios: la paz, metáfora del bienestar y de la prosperidad.

    El concepto bíblico de “paz”, desde la perspectiva individual, además de la serenidad y la armonía, engloba también el ámbito de la salud corporal y de la felicidad familiar. Esa paz procede de la bendición divina (Sal 128,1-3); desde esa óptica la voz profética recalca el gozo de la paz que disfrutan los justos y subraya la desarmonía que agita a los malvados (Is 57,18-21).

   La noción de paz supera el recinto personal para adentrarse en el espacio social. El bienestar comunitario implica la ausencia de guerra y de todo peligro inminente (Is 54,17), condiciones que resultan selladas mediante la alianza (Is 55,3). Pero, desde la perspectiva profética, la paz y el bienestar (sh.lm) no nacen sólo de un pacto, proceden, esencialmente, de la vivencia de la justicia (tsdq) (Is 11,5-9). Precisamente es en el ámbito de la lucha por la justicia donde la profecía hace el mayor hincapié con la intención de que el pueblo alcance la paz. La vivencia de la justicia es la fuente de la que brota la paz (Is 32,17; Sal 72,4-5; 85,11; cf. Is 60,17).