miércoles, 3 de febrero de 2016

ORACIÓN CUARESMA Y SEMANA SANTA 2016.



                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (S. Agustín).

Metodología para la oración:

1.Comencemos haciendo unos momentos de silencio; Sintámonos bien con nosotros mismos, en paz.

2.Observemos nuestra vida. Aquellas situaciones que nos alegran, y también aquellas que nos provocan angustia y dolor.

3.Leamos algún texto de la Sagrada Escritura (en estas hojas tenemos un conjunto de citas tomadas de la Biblia). Elijamos una cada día de la Cuaresma y de la Semana Santa. Leámoslo despacio. Fijémonos en alguna palabra o en alguna frase que pueda iluminar nuestra vida.

4.En nuestro interior vayamos repitiendo lentamente esta palabra o esta frase.

5.Apliquemos esta palabra o esta frase a la situación de nuestra vida que antes hemos contemplado. Pidamos a Dios que nuestro actuar vaya en consonancia con estas palabrasra que hemos repetido en nuestro interior.


 



FEBRERO

Día 10. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca
              de Dios” (Mt 4, 4).

11. “El Reino de Dios no tiene que ver con lo que uno come o bebe; camina en la
       justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (Rm 14, 17).

12. “Hermanos: Habéis sido llamados a la libertad, pero no os aprovechéis con
        egoísmo, sino al contrario: por el amor servios unos a otros” (Gal 5, 13).

13. “Aspirad a las cosas grandes ... sintonizad con las cosas de más arriba,
        no con las  de la tierra” (Col 3, 1-2).

14. “En verdad os digo: el comportamiento que habéis tenido con cualquiera de mis
      hermanos más pequeños, lo habéis tenido conmigo” (Mt 25, 40).

15. “No te avergüences nunca de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo”
      (2 Tm 1, 8).

16. “Dios es Espíritu, por eso aquellos que le adoran deben hacerlo en espíritu y en
      verdad” (Jn 4, 24).

17. “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad: en la oración, nosotros no
      sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona
      intercede por nosotros con gemidos”  (Rm 8, 26).

18. “Si alguno de vosotros quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su
      cruz y que me siga” (Lc 9, 23).

19. “Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” (Mt 6, 8).

20. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por
      añadidura” (Mt 6, 33).

21. “Si os mantenéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos, tendréis
      experiencia de la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

22. “¡ Cuántas gracias le doy a Dios por Jesús, Mesías, Señor nuestro !” (Rm 7, 25).

23. “El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo
       que  nos ha dado”  (Rm 5, 5).

24. “Seguidme y os haré pescadores de hombres”  (Mc 1, 17).

25. “No habéis recibido espíritu de esclavos para tener miedo, sino un espíritu de
        hijos, que nos hace clamar con fuerza: Abba, Padre” (Rm 8, 15).

26. “Dejad de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las
        echan a perder y donde los ladrones abren boquetes y roban”  (Mt 6, 20).

27. “Cuando hagas limosna, que tu mano izquierda no se de cuenta de que lo hace
        tu derecha” (Mt 6, 3).

28.“Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, paciencia, humanidad,
        bondad,   fidelidad, mansedumbre, control de uno mismo” (Gal 5, 22).

29. “Pues si perdonáis las culpas a los demás, también vuestro Padre del Cielo os
        perdonará a vosotros” (Mt 6, 14).


MARZO.

1. “Pienso que todos los sufrimientos de este mundo no tienen comparación con
        la felicidad que se ha de revelar en nosotros” (Rm 8, 18).

2. “Aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
       nosotros,  ¿ cómo es posible que con El no los lo regale todo ?” (Rm 32).

3. “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los
        cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el
        hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo ...”
        (Is 58, 6-7).

4. “El Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad”
        (2 Cor 3, 17).

5. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”
       (Mt 5, 3).

6. “Amad a vuestros enemigos y rezad por aquellos que os persiguen; así os
        asemejaréis a vuestro Padre del Cielo, que hace salir el Sol sobre buenos y
        malos y envía la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 44-45).

7. “Aquello que viene de fuera no puede ensuciar al hombre ... lo que le ensucia
        es   aquello que le sale de dentro” (Mc 7, 18.21).

8. “Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os
        tengo, y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos” (Jn 15, 9).

9. “A los ricos de este mundo insísteles en que no sean soberbios ni pongan su
        confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios que nos procura todo en
        abundancia para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17).

10. “Estad siempre alegres, orad constantemente, dad gracias en toda circunstancia
        porque esto quiere Dios de vosotros como cristianos” (1 Tes 5, 17).

11. “Si yendo a presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas allí que tu hermano
        tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte
        con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23).

12. “Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la
        viga que tienes en el tuyo” (Mt 7, 3).

13. “No basta decir  <Señor, Señor> para entrar en el Reino de los Cielos; no, hay
        que poner por obra el designio de mi Padre del Cielo” (Mt 7, 21).

14. “Acercaos a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré
        respiro” (Mt 11, 28).

15. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he
        amado, amaos también entre vosotros. En eso conocerán que sois discípulos
        míos: en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35).

16. No estéis agitados; fiaos de Dios y fiaos de Mí” (Jn 14, 1).

17. “No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os eleg a vosotros y os destiné a
      que os pongáis en camino y deis fruto” (Jn 15, 16).

18. “Os he dicho estas cosas para que gracias a Mí tengáis paz. En el mundo
      tendréis  apreturas, pero, ánimo, que yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

19.  “Por consiguiente acogeos mutuamente como el Mesías os acogió para honra
       de Dios” (Rm 15, 7).

20. “A nadie le quedéis debiendo nada más que el amor mutuo, pues el que ama a
      otro tiene cumplida la Ley” (Rm 13, 8).

21. “Esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común”
     (Rm 14, 19).

22. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
        (Mt 5,7).  

23. “Así que esto queda: fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa
      es el amor” (1 Cor 13, 13).

24. “Por consiguiente, queridos hermanos, estad firmes e inconmovibles, trabajando
      cada vez más por el Señor, sabiendo que vuestras fatigas como cristianos no
      son inútiles” (1 Cor 15, 58).

25. “El favor del Señor Jesús Mesías y el amor de Dios y la solidaridad del Espíritu
      Santo, estén con todos vosotros” (2 Cor 13, 13).

26. José de Arimatea descolgó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso
     en un sepulcro que estaba excavado en la roca; luego, hizo rodar una piedra
     sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban
    donde era puesto (Mc 15,46-47).

27. Jesús de Nazaret, el Crucificado, ¡HA RESUCITADO!  (Mc 16,6).


lunes, 1 de febrero de 2016

CATEDRAL DE MALLORCA: ANTONI GAUDÍ

                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                   bibliayoriente.blogspot.com
                                                           


La nave central desemboca en el ábside mayor, la Capilla Real, también llamada Mayor, elevada cuatro peldaños sobre el piso del templo del que la separa una baranda barroca, obra de Gaudí. La reforma arquitectónica emprendida por el obispo Pere J. Campins, pilotada por Antoni Gaudí, devolvió la Capilla Real al marco más pleno de la celebración eucarística, ápice de la liturgia (1903-1915). Como acontece con tantas catedrales, la presencia del coro en el centro de la nave principal dificultaba la participación de los fieles en la celebración. Gaudí, atento al designio de Campins, desmontó la sillería del coro, culminada en los albores del Renacimiento por el cincel de Joan de Salas (1526-1529), y la depositó en los espacios laterales de la Capilla Real. Igualmente trasladó los dos púlpitos renacentistas que guarnecían el coro, también obra de Joan de Salas, y los colocó a ambos lados de la Capilla Real.

    Durante la Edad media, el altar mayor estaba situado bajo la última bóveda de la Capilla. Con intención de acercarlo al pueblo, Gaudí la trasladó bajo la primera y lo emplazó entre cuatro columnas tetralobuladas, de jaspe, coronadas por cuatro ángeles músicos. La metáfora de los ángeles expresa el gozo del cielo, cuando la presencia divina, mediada por el pan y el vino, se hace presente entre los fieles sobre el altar. Dedicado a la Virgen Madre de Dios, el altar constituye una pieza de alabastro sostenido por ocho columnas talladas de estilo cisterciense (siglo XIII), y una columna, seguramente, de origen bizantino (siglo VI). La presencia de la columna bizantina rememora la antigüedad del cristianismo en Mallorca, a la vez que establece, desde la perspectiva simbólica, el vínculo entre los antiguos cristianos y los del tiempo presente; vínculo trenzado sobre el telar de la Eucaristía, celebrada en el altar. De ese modo, la centralidad del altar, consagrado al menos cuatro veces (1269; 1346; 1746; 1905), atestigua la centralidad de la Eucaristía en la liturgia cristiana y en la celebración catedralicia.

    Sobre el altar, pende el baldaquín, obra de Gaudí (1912). Aunque la función del baldaquín sirviera para facilitar la iluminación del altar, su esencia resalta el aspecto más sagrado de la liturgia. Como dice la Escritura, cuando el pueblo hebreo, liberado de la esclavitud de Egipto, atravesaba el desierto, “Moisés levantó la tienda […] y la llamó Tienda del Encuentro” (Ex 33,7-9); y, como reitera la Escritura, el Arca del Señor estaba custodiada en una tienda (2Sm 7,2). Como es obvio, un baldaquín no es una tienda, pero emula su sentido. Así como bajo una tienda el Señor hablaba con Moisés, y el pueblo hebreo guardaba el Arca, el más preciado de sus tesoros; bajo una tienda, eco del baldaquín, el Señor se hace presente entre nosotros a través del pan y del vino, y bajo la misma tienda, alegoría del baldaquín, los cristianos compartimos el hondón de nuestra fe, la muerte y resurrección del Señor, celebrada en la Eucaristía.

    El primer cuerpo del baldaquín, la cobertura, está formado por un repostero de brocado antiguo, de tema eucarístico; así el brocado refleja, por arriba y a modo de espejo, la hondura de la celebración que acontece abajo en el altar. Sin duda, la liturgia del altar es la metáfora de la liturgia del cielo, pues el Señor se manifiesta ante los cristianos sobre el altar, velado bajo el pan y el vino, con la misma entereza que se desvela en toda su gloria en el cielo acompañado de los santos, hermanos nuestros.

    El segundo cuerpo está conformado por la corona, que recuerda, en cierta medida, la corona de la catedral de Hildesheim. La corona constituye un heptámero. Como sabemos, la Escritura confiere al número siete el sentido metafórico de totalidad y plenitud; a modo de ejemplo, los siete días de la Creación (Gn 1,1-2,4ª), o la institución de los siete diáconos (Hch 6,1-7). Los siete lados de la corona aluden a los siete dones del Espíritu Santo (Is 11,1-2); y, desde esta vertiente, constituyen la metáfora de las dádivas con que la Eucaristía esculpe con el cincel del Espíritu la vida del cristiano. No en vano, la corona está adornada con una profusión de espigas, pámpanos y racimos, alegoría del pan y del vino de la Eucaristía. La corona está rematada por un Calvario. Al pie del Crucificado, clavado sobre una cruz abizantinada, destaca la presencia de María y del apóstol Juan, en el momento supremo en que Jesús les dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo […] (y al discípulo) ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). La presencia del Calvario remite a un aspecto teológico de la Eucaristía, especialmente considerado en la época de Gaudí. La Eucaristía entendida como la reiteración sobre el altar del sacrificio de Cristo sobre la cruz en el Calvario; sacrificio que, como presagia la profecía de Isaías, derrama el perdón de los pecados sobre la humanidad entera (Is 53,5).

    El tercer cuerpo del baldaquín está constituido por el lampadario. Del heptámero de la corona penden treinta y cinco lámparas que la tradición popular acota en treinta y tres, alegoría de los años de vida mortal de Jesús.

    Aunando el sentido metafórico de los tres cuerpos, apreciamos el calado teológico del baldaquín. El lampadario evoca la luz con que la Eucaristía ilumina la vida cristiana; pero, aludiendo al número de lámparas (35, eco de 33), certifica que la vida solo es cristiana cuando intenta amoldarse al estilo de vida de Jesús. Atento al simbolismo modernista, quizá Gaudí dispuso treinta y cinco lámparas y no treinta y tres para señalar que la vida cristiana constituye un intento imperfecto de asemejarse a Jesús, eco de las treinta y cinco, que solo alcanzará su plenitud en el cielo, las treinta y tres, alegoría de la vida del Señor. La corona certifica la centralidad de la Eucaristía, a la vez que invita al cristiano a recorrer el camino de Jesús que desemboca en el  Calvario; sin embargo, como señala el brocado, la meta del cristiano no es el Calvario, sino el cielo, representado por el tapiz, eco de la Eucaristía celestial, la gloria del los santos.

    Aunque Gaudí proyectó un baldaquín magnificente, se construyó en plan experimental para apreciar las posibilidades de la obra definitiva; por eso, se elaboró con materiales de escaso valor: papel de colores, cartón, purpurina, corcho, etc. Quizá sea casual, pero la pobreza material certifica que lo esencial en la Iglesia no son los adornos, sino la fidelidad a Jesús, vivida en la celebración de la Eucaristía; toda catedral, por bella que sea, solo es la metáfora de la catedral definitiva, el cielo, alegoría de la plenitud del Reino de Dios. 

lunes, 25 de enero de 2016

CATEDRAL DE MALLORCA: Jaume Blanquer: el Retablo del Corpus Christi.

                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                   bibliayoriente.blogspot.com



El retablo barroco es de madera dorada y policromada. El nicho central representa la Cena del Señor, con la mesa y los comensales dispuestos en plano inclinado para facilitar la percepción del espectador. Antes de la reforma litúrgica impulsada por el Concilio Vaticano II, el sacerdote celebraba la Misa de espaldas al pueblo, y la comunidad no veía el momento culminante de la consagración del pan y del vino; por eso, la representación de la Santa Cena permitía que los fieles pudieran asociar la celebración de Misa, sobre el altar de la capilla, con la cena del Señor, representada en el retablo y celebrada en el cenáculo. El retablo dispone sobre la mesa del cenáculo el vino y el pan junto al cordero pascual. La disposición del vino y el pan evocan las palabras de Jesús a los apóstoles durante la última cena: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo […] Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,26-28).

    La presencia del cordero sugiere las palabras que Juan Bautista pronunció acerca de Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); de ese modo, el retablo invita al cristiano a conducirse según el estilo de vida propuesto por el Evangelio. Aún así, la figura del cordero refiere, sobre todo, la personalidad íntima de Jesús. El libro de Isaías habla de un personaje misterioso, el Siervo del Señor, que entregará su vida para devolver a la humanidad, atenazada por la idolatría, al regazo de la alianza divina (Is 52,13-53,12). La profecía describe la entrega del Siervo con los trazos del Cordero sacrificado: “Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron […] como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador” (Is 53,5.7). Desde esta perspectiva, situado bajo el nicho de la santa cena, aparece Jesús, vestido con la clámide, ante el Consejo de ancianos reunido en casa de Caifás, y ante Pilato en el Pretorio. La escenificación de la condena de Jesús por parte de los judíos, Caifás, y de los paganos, Pilato, ratifica la identidad de Jesús como Siervo del Señor, el Cordero que entrega su vida para redimir el pecado de la comunidad judía y de la asamblea gentil.

    El AT preludia la entrega redentora de Jesús; por eso, el altar de la capilla, sobre el que se levanta al retablo, representa escenas de la vida de Abrahán que esbozan la entrega del patriarca a la exigencia divina: Ofrenda de Melquisedec, rey de Salén (Gn 14,18-19), Abrahán y los ángeles peregrinos (Gn 18,1-5), el Sacrificio de Isaac (Gn 22). La representación está enmarcada por una orla de tema eucarístico con San Pedro y San Bruno en las esquinas superiores.    

    Cuando los cristianos asistían a Misa, veían el cordero sacrificado, metáfora de la entrega de Jesús, dispuesto sobre la mesa del retablo; entonces entendían que la Eucaristía, memorial del sacrifico de Cristo, actualizaba la celebración del cenáculo (Mt 26,28). La representación de la Santa Cena expresa como la Eucaristía transforma la identidad del cristiano, pues le impulsa a seguir el Evangelio y le recuerda que la entrega de Cristo derrama sobre su vida el perdón divino.

    Ahondando en la temática, el segundo cuerpo del retablo plasma la “presentación del Niño Jesús en el templo”. Recogiendo la tradición del AT (Lv 12,2-4), el NT aplica a Jesús las cláusulas de la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor” (Lc 23). Como es obvio, el retablo representa a María y José que llevan a Jesús al templo de Sión; pero, bajo las figuras del retablo, palpita la hondura con que la celebración de la Eucaristía rehace la identidad del cristiano. Durante la Antigua Alianza, los hebreos acudían al templo de Jerusalén para consagrase al Señor (Lv 12), pero en la Nueva Alianza, plenitud de la Antigua, los cristianos acuden a la Iglesia, casa de la Eucaristía, presencia viva de Dios entre nosotros, para consagrarse plenamente al Señor. A tenor del retablo, la celebración de la Eucaristía constituye el momento privilegiado en que el cristiano acude al templo para acrecer la consagración al Señor que recibió en el Bautismo.

    Las figuras de las virtudes teologales, las tallas de los santos, y la representación de “las tentaciones de San Antonio Abad” que tachonan el retablo aducen los frutos con que la Eucaristía acrece la solidez del cristiano. Sobre el yunque de la Eucaristía, el cristiano acrece la fe, la esperanza y la caridad; injerta su vida en el tronco de la santidad (Lv 19,2) y aprende a vencer las insidias del mal. El conjunto de ángeles músicos, turiferarios y ceroferarios certifican, como acontece en la estética barroca, que la Eucaristía abre las puertas del cielo, meta de la vida cristiana.


martes, 19 de enero de 2016

CATEDRAL DE MALLORCA



                                           Francesc Ramis Darder
                                           bibliayoriente.blogspot.com

Cuando el Mediterráneo bañaba las murallas de Palma, la Catedral de Mallorca se reflejaba en las aguas del mar; sin embargo, hacía siglos que la historia había comenzado a trenzar sus mimbres sobre la cadencia del tiempo. La intuición histórica sugiere que antes de la época romana (123 a.C.), el promontorio de la Catedral veía erguirse un santuario talayótico, recinto cultual de quienes poblaban la ciudad. La conquista romana convirtió el santuario en un templo pagano, hasta que la creciente influencia cristiana trocó sus muros en las capillas de una Iglesia. La invasión musulmana transformó la Iglesia en mezquita (903 a.C.). Al cabo de tres siglos, Jaume I devolvió Mallorca al abrazo de la cristiandad (29, diciembre, 1229).

    Según la tradición piadosa, cuando Jaume I avistaba Mallorca, una galerna amenazó con hundir la flota; entonces el rey, arrodillado en popa de la nave capitana, suplicó al Señor, por mediación de Santa María, la salvación del ejército. Escuchada la plegaria y salvadas las naves, el rey prometió la construcción de un templo bajo la advocación de Santa María. Aunque el relato pertenezca al acervo tradicional, la historia sentencia que Jaume I estableció la construcción de la Catedral y organizó el culto en la antigua mezquita, antaño templo cristiano. Desde las disposiciones del rey (1230) hasta el día de hoy, la Catedral no ha dejado de creer hasta convertirse, como dice la Escritura, en “monumento perpetuo imperecedero” (Is 55,13) de la fe, enhebrada entre los lazos de la cultura, de los cristianos de Mallorca y del mundo entero.

    La Catedral dispone de tres naves. La de la izquierda, al norte, llamada “de l’Almoina”, está proyectada hacia la capilla del Corpus Christi, presidida por el retablo de la Cena del Señor, obra de Jaume Blanquer (acabado en 1641). La nave central, camino de la Capilla Real, sede del presbiterio, coronada con el baldaquín, poema sobre la Eucaristía, levantado por Antoni Gaudí (8, diciembre, 1912). La nave de la derecha, al sur, conocida como “nave del Mirador”, desemboca en la capilla del Santísimo; obra de Miguel Barceló, evoca la multiplicación de los panes y los peces para aludir a la grandeza de la Eucaristía (acabada en 2006).

    Las tres capillas, vértices de las naves, certifican que la Catedral es un organismo vivo. Recogiendo detalles medievales, el retablo barroco de Blanquer ensalzó el don de la Eucaristía con los pinceles de la Reforma católica. Navegando con las velas de la renovación litúrgica, el Modernismo de Gaudí supo enhebrar el baldaquín con alegorías eucarísticas. Evocando los relatos evangélicos (Mt 14,13-22; 15,32-39), las manos de Barceló modelaron la capilla del Santísimo. Ahora bien, la Catedral no solo es un organismo vivo porque durante la historia haya visto crecer sus muros, sino porque a lo largo de los siglos ha engendrado a muchas personas en el seno de la vida cristiana. La celebración de la Eucaristía, plasmada en las capillas que coronan las naves, lleva a plenitud las palabras de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). La Catedral no es un museo, sino la expresión teológica, tejida sobre el telar de la belleza, que manifiesta como la Eucaristía entreteje la identidad de la Iglesia y como la Iglesia hilvana la Eucaristía, celebración privilegiada de la presencia de Dios entre nosotros.

viernes, 15 de enero de 2016

¿POR QUÉ SE BAUTIZÓ JESÚS?


                                                       Francesc Ramis Darder
                                                      bibliayoriente.blogspopt.com

La fiesta del Bautismo del Señor, que hoy celebramos, concluye el ciclo de Navidad y Epifanía que hemos vivido con gozo. Durante el tiempo de Navidad hemos celebrado un acontecimiento central de la fe. Dios por amor se ha hecho hombre entre nosotros para enseñarnos a amar; así lo hemos repetido en el evangelio de Juan: “El que es la Palabra se ha hecho hombre y ha plantado entre nosotros su tabernáculo” (Jn 1,14). El tiempo de Navidad empezó con la misa de la noche. El evangelio que leímos explicaba cómo los pastores iban al pesebre para adorar al Señor. En tiempos de Jesús, el oficio de pastor lo ejercían los pobres y la gente marginal. Así pues, el día de Navidad celebrábamos que Dios se ha hecho hombre, pero también veíamos cómo este Dios hecho hombre se revelaba, en primer lugar, a los pobres, representados por los pastores. El día de Epifanía, la segunda gran fiesta de Navidad, contemplábamos cómo el Dios hecho hombre se revelaba a todas las naciones, representadas por los sabios de Oriente. Hoy, fiesta del Bautismo del Señor, broche del tiempo navideño, contemplamos cómo el Dios hecho hombre, Jesucristo, se revela a los pecadores, es decir, a todos nosotros, representados por los hebreos que acudían al Jordán para recibir el bautismo de Juan.

 Cuando Juan Bautista predicaba, el país de los judíos sufría una época adversa; tan adversa que la gente suspiraba por la llegada del Mesías. Preocupado por la angustia de su pueblo, Juan se estableció en el desierto de Judea donde predicaba el bautismo de conversión a fin de que el pueblo preparase su vida para recibir al Mesías esperado. Todos los que se sentían pecadores iban al Jordán y recibían el bautismo para obtener el perdón de los pecados.

 La primera actuación de Jesús, ya como persona adulta, fue ir a recibir el bautismo de Juan. Ahora bien, Jesús no era un pecador; así lo recalca la carta a los cristianos hebreos: “Jesús es en todo igual a nosotros, exceptuando el pecado” (Hb 4,15). Pues, si Jesús no tenía pecado, ¿por qué se puso en la fila de los pecadores para recibir el bautismo de conversión? La respuesta la da el mismo Jesús en el evangelio: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17). Jesús viene a proclamar a los cautivos la libertad, a los ciegos el retorno de la luz, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año de gracia del Señor; por ello Jesús se pone en la fila de los pecadores, para manifestar que su opción radica en estar junto a los que más necesitan la ayuda de Dios para rehacer su vida. Recordemos que Dios no nos ama porque seamos buenos, sino a fin de que podamos ser del todo buenos.

 En las religiones antiguas, los dioses parecían tener en cuenta solo a los triunfadores; así las divinidades griegas intimaban con los poderosos, ya fuesen Aquiles o Héctor. En cambio, Jesús, la presencia encarnada de Dios entre nosotros, se une a la miseria humana, representada por nuestro pecado, para transformarnos en testigos de la misericordia divina en el mundo. Como dice el evangelio, la decisión de Jesús abrió el cielo a los pecadores; es decir, nos abrió el cielo a todos nosotros. Del cielo bajó el Espíritu Santo con la suavidad con que lo haría una paloma y se oyó la voz del Padre que decía de Jesús: “Eres mi Hijo, mi amado; en ti me he complacido” (Lc 3,22).


 En el bautismo del Señor se manifiesta la trinidad entera; el Hijo que recibe el bautismo de Juan; el Espíritu que baja del cielo; y el Padre que habla desde las alturas. Subrayando el énfasis de la manifestación divina, el evangelio remarca la profundidad del amor de Dios hacia la humanidad entera. En esta Eucaristía, acerquémonos al Señor; Él está a nuestro lado para revelarnos su amor y manifestarnos su misericordia. 

jueves, 7 de enero de 2016

¿POR QUÉ JESÚS ES EL SEÑOR?



                                    Francesc Ramis Darder
                                    bibliayoriente.blogspot.com


Los habitantes de la provincia de Acaya buscaban la salvación en el servilismo dirigido a los pequeños "señores" que gobernaban aquel pobre y perdido territorio del sur de Grecia. Cada vez aumentaba su desesperanza y su certeza en la imposibilidad de salir del creciente desaliento. Lucas les dirá que Cristo es el verdadero "Señor". El único en quien vale la pena creer, el único que salva; el único que en la situación desesperada de sus vidas puede dotar de sentido a su existencia.


   Jesús es el Señor que salva y libera. Aparece aquí un segundo aspecto de Jesús: El es el Salvador. En todo el evangelio se observa la salvación que Jesús ha venido a otorgarnos. Jesús es el Señor que salva. Pero su salvación no se realiza desde el poder ni desde el tener, ni tampoco desde la apariencia deslumbrante. Jesús es el Señor que salva actuando desde la misericordia y la ternura con los pobres y los débiles.


   El tema del Cristo misericordioso ha sido considerado como el tema fundamental en este tercer evangelio. Basta echar una rápida ojeada a las parábolas de la misericordia (Lc 15) y a todas las escenas de perdón. Pero nuestro vocabulario cotidiano confunde, habitualmente, el significado de dos palabras: Misericordia y lástima. Ambas voces adquieren un significado muy distinto. Convendría distinguirlas antes de proseguir nuestro estudio.


    La palabra "misericordia" se origina en la lengua latina y es el resultado de la suma de dos términos distintos: "Miser" que significa "pobre", y "corda" que traducimos por "corazón". La "misericordia" es la capacidad de entregar algo de mí mismo a la pobreza del corazón de mi hermano. Así actúa siempre Jesús: Al corazón pobre de la pecadora Jesús le entrega el perdón; a la mirada deshecha de Pedro en las negaciones Jesús la llena con el consuelo; el sufrimiento desesperado del buen ladrón en la cruz lo colma el Señor con la certeza de Reino. La misericordia pasa siempre por el esfuerzo de arrancar algo de mi, para que sirva al crecimiento humano del otro.


    ¡ Que distintas son la lástima y la misericordia ! La lástima implica darse cuenta de la pobreza del otro y sentir; por qué no, remordimiento ante el dolor del hermano. Pero la lástima acaba siempre por pasar de largo ante el sufrimiento del prójimo y tolerar que el estado de opresión se mantenga de manera permanente. La "misericordia", recordémoslo, es algo muy distinto: Entregar algo de mi mismo a la pobreza del corazón de mi hermano para que este crezca en humanidad. La  misericordia es una gran virtud, la lástima no pasa de ser un triste defecto.


    Cristo, el Señor que libera desde la misericordia, se caracteriza -especialmente en este evangelio-, por una actitud constante de plegaria: El contacto permanente y fiel con el Padre. En los momentos cruciales de su vida el texto nuestra a Jesús en actitud de profunda oración: (3, 21) en el bautismo; (5, 16) durante la predicación; (6, 12) al elegir a los Doce; (9, 18) antes de exigir a los discípulos una opción radical; (9, 28-29) durante la transfiguración; (11, 1) la relación filial de Jesús; (22, 39-46) Getsemaní; etc. A la vez que es ejemplo de actitud orante, Jesús recomienda la oración a todos sus seguidores (11, 5-8; 18, 1-8).



   Así como Jesús es el gran protagonista del Evangelio, el Espíritu Santo lo es del libro de los Hechos. Pero también en el evangelio se halla presente la acción del Espíritu. Destaca la relación del Espíritu  con la persona de Jesús (4, 1.14.18; 10, 21); y también con la comunidad creyente  (1, 15.41.67; 2, 25 - 27; 3, 16; 11, 13).

lunes, 4 de enero de 2016

ISAÍAS 1-39 FRANCESC RAMIS DARDER


       
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Isaías (1-39)
AUTOR: Ramis Darder, Francesc
COLECCIÓN: Comprender la Palabra (CPA019)
ED-IMP.: 1-1 (2015)
PÁGINAS: 480
MATERIA: Sagrada Escritura
ISBN: 978-84-220-1847-6
DISPONIBILIDAD: Total
PRECIO: 19,23€ (sin IVA)

La serie "Comprender la Palabra" trata de explicar, comentar y acercar a los fieles el texto bíblico que escuchan en la liturgia y leen personalmente o en grupo. Su finalidad es a la par profundamente pastoral y científica. Es decir, se trata de comentarios que parten de un serio estudio del texto y sus variantes, de los sentidos de las palabras, del contexto histórico y religioso, de las concepciones antropológicas y teológicas de fondo. A partir de ahí, cada comentario particular trata de mostrar al fiel cristiano con un lenguaje sencillo el significado del texto y su permanente valor para alimentar la vida de fe.

Francesc Ramis Darder, sacerdote diocesano de Mallorca, es licenciado en Biología (Universitat de les Illes Balears) y en Teologia (Pontificio Instituto Biblico), así como doctor en Teología (Facultat de Teologia de Catalunya). En la actualidad es profesor de Sagrada Escritura en el Centre d’Estudis Teològics y en el Institut Superior de Ciències Religioses, ambos de Mallorca, y profesor de Historia del Antiguo Oriente en la Universitat de les Illes Balears. Igualmente es director del Mueso Bíblico del Seminario de Mallorca y miembro de la Asociación Bíblica Española y de la Associació Bíblica de Catalunya.

Véase Plan general de la obra en: PDF Complemento

martes, 22 de diciembre de 2015

¿QUÉ SIGNIFICA LA NAVIDAD?


                                                           Francesc Ramis Darder
                                                          bibliayoriente.blogspot.com

Cuando hojeamos la historia del mundo oriental antiguo, observamos que el hombre percibía a Dios como un ser lejano y ajeno a los problemas de la existencia humana. Cuando el hombre necesitaba el auxilio divino, ofrecía sacrificios complicados, a veces muy cruentos, para implorare la atención divina. El ser humano creía que debía ganarse con la espectacularidad de los sacrificios, a veces el sacrifico de un hijo propio, el beneplácito del Dios distante. En el mundo antiguo, el hombre parecía huérfano del auxilio divino; parecía andar a tiendas entre la adversidad de la vida, sin encontrar la luz de un Dios bueno que guiara su camino.

    Sin embargo, entre las páginas del Antiguo Testamento apreciamos como la relación entre Dios y el hombre comenzó a cambiar. Como sabemos, el pueblo hebreo sufría la esclavitud en Egipto; pero, y eso es decisivo, antes de que el pueblo ofreciera sacrificios para implorar la ayuda divina, el Señor se adelantó a liberarles de la esclavitud. Antes de que la comunidad implorara ayuda, el Señor envió a Moisés que, atento al mandato divino, liberó al pueblo y lo condujo a la Tierra Prometida. Ya no era el hombre quien con el esfuerzo de los sacrificios obtenía la ayuda de Dios; sino que era Dios quien, atento al penar del pueblo, liberaba a la comunidad esclavizada.

    Cuando el pueblo hubo salido de Egipto, quiso saber el motivo por el que Dios les había salvado; en su interior, preguntaron al Señor: “¿por qué razón nos sacaste de Egipto con brazo fuerte y mano extendida?”. Tras escuchar la pregunta, Dios entonó la respuesta: “Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás pueblos, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros os eligió” (Dt 7,7-8). Dios no eligió a su pueblo porque fuera una asamblea poderosa, o porque quedara prendado de los sacrificios que le ofrecía; Dios eligió a su pueblo por amor, porque el amor es la forma de ser de Dios; dice san Juan: “Dios es amor” (1Jn 4,8).

    Ahora bien, el amor de Dios no se reduce a un buen sentimiento, toma la forma de la misericordia. Como hemos reiterado durante el Adviento, es misericordioso quien entrega alguna de sus cosas, o aún mejor, se entrega a sí mismo para calmar la pobreza del corazón de su hermano. Dolido de la pobreza de Israel, el Señor envió un libertador, Moisés, que sacó al pueblo del País del Nilo. A lo largo del Antiguo Testamento, Dios, por amor, auxilió a su pueblo enviándole reyes, profetas y consejeros.

    Aún así, Dios no se conformó con enviar mensajeros que actuaran en su nombre; sino que, por amor, quiso llevar a plenitud su misericordia hacia Israel y la humanidad entera; por eso se entregó a sí mismo: “se hizo carne y habitó entre nosotros”. Durante la Navidad, contemplamos en el rostro de Jesús de Nazaret, nacido en el pesebre de Belén, la presencia de Dios hecho hombre, contemplamos el rostro del amor divino hecho persona en medio de sociedad humana.

    Como decíamos al comenzar la reflexión, el hombre de la antigüedad ofrecía a Dios enormes sacrificios para obtener el beneplácito divino. A modo de contraluz, en Navidad celebramos que Dios se hace hombre, con todo lo que conlleva de debilidad y limitación, para que podamos contemplar en la mirada de Jesús la manifestación de la gloria de Dios. El hombre antiguo ofrecía sacrificios para implorar la ayuda divina, pero en Navidad Dios se hace hombre por amor, o como podríamos decir “se hace sacrificio” por amor, para que el ser humano reciba la salvación de Dios antes de tener que implorarla con rituales complejos.

    La hondura de las palabras de san Juan resplandecen durante la Navidad: “En esto consiste el amor de Dios: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo” (1Jn 4,10). La presencia de Jesús de Nazaret, presencia encarnada de Dios entre nosotros, es la luz que colma de sentido nuestra vida y el faro que orienta nuestra existencia hacia el Reino de Dios.

    Navidad es el tiempo más genuino para la acción de gracias. Un tiempo precioso para dar gracias al Dios de la misericordia que, conocedor de nuestra debilidad, se ha hecho hombre para salvarnos. El tiempo idóneo para agradecer a tantas personas que a lo largo de nuestra vida han plantado en nuestra alma la semilla del amor de Dios; recordamos con gratitud el testimonio de nuestros padres, amigos, maestros […] que nos hablaron de Jesús. La Navidad es tiempo del testimonio cristiano; ocasión privilegiada para ofrecer al prójimo la misericordia de Dios mediante la práctica de la justicia y la vivencia de la solidaridad con todos. Demos gracias a Dios por el amor con que nos bendice, y pidámosle que nos convierta en testigos de la misericordia divina en medio de la sociedad humana.


jueves, 17 de diciembre de 2015

¿CUÁL ES LA MISIÓN DE LA VIRGEN MARÍA?

                                                                       Francesc Ramis Darder
                                                                       bibliayoriente.blogspot.com


El Adviento es el tiempo en que preparamos nuestra vida para encontrarnos con el Señor, por eso es el tiempo de la esperanza; pues Jesús que nacerá entre nosotros en Navidad volverá al final de la historia para instaurar plenamente el Reino de Dios.

    Entre las páginas del Antiguo Testamento, que leemos durante el Adviento, aparecen personajes que anuncian la llegada de Jesús, el Mesías salvador. Decía el profeta Miqueas, en nombre de Dios, a la gente de su tiempo: “Belén Efratá […] de ti saldrá el que ha de gobernar Israel, Él será la paz”; con sus palabras, el profeta anunciaba el advenimiento de Jesús, el salvador que trae la paz, la justicia, el perdón y la misericordia. Juan el Bautista también anunció la presencia de Jesús, el Mesías salvador, entre los judíos de su tiempo. Les decía: “El que viene detrás de mi […] os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16); expresado en lenguaje más coloquial, Juan anunciaba a los judíos que Jesús les abriría las puertas del encuentro personal con Dios, encuentro anhelado por la comunidad hebrea y por todo ser humano.

    Los profetas y Juan el Bautista esperaron con entusiasmo el advenimiento de Jesús. Ahora bien, quien más lo esperó, incluso materialmente hablando, fue la virgen María; pues ella, con inefable amor de madre, llevó a Jesús en sus entrañas hasta el día gozoso en que lo entregó al mundo en el pesebre de Belén, como había anunciado el profeta Miqueas. María es el modelo cristiano de la esperanza del Adviento. Observando como María vivió durante el tiempo en que esperó a Jesús, podemos entrever las actitudes que debemos adoptar para esperar la llegada salvadora de Jesús a nuestra vida.

    Después de recibir el anuncio del ángel Gabriel en Nazaret, María quedó encinta de Jesús. Ahora bien y como relata el evangelio, “en aquellos mismos días” María se puso en camino hacia una aldea de Judá donde vivía su prima Isabel. El objetivo de la visita estribaba en ayudar a Isabel que, entrada en años, había concebido un hijo, el futuro Juan Bautista. La entrega de María desvela su actitud misericordiosa. Estando embarazada, María emprendió un viaje de varios días, por caminos inciertos y peligrosos, desde Nazaret de Galilea hasta la aldea de Ain Karem, en Judea, para auxiliar a Isabel. Como dice el Evangelio, María estuvo con Isabel “unos tres meses”. El tiempo de servicio que pasó en casa de Isabel no debió ser fácil, pues Zacarías, esposo de Isabel, había quedado mudo, lo que dificultaba la administración de la hacienda.

    La decisión de María para auxiliar a su prima Isabel atestigua la vivencia de la misericordia que la caracterizó durante toda su vida. Recodemos que la misericordia no se reduce a un sentimiento de buena voluntad, implica la decisión de entregarnos a nosotros mismos para ayudar a nuestro prójimo en aquello que necesite. María, sin dudarlo un instante, viajó a Judea para auxiliar a su prima Isabel; ahí late el primer aspecto de la actitud misericordiosa de María, la decisión de servir a su prima.

    No obstante, el evangelio destaca un segundo aspecto de la vivencia misericordiosa de la Virgen. Cuando María saludó a Isabel, la criatura que su prima portaba en el seno, Juan Bautista, saltó de alegría en las entrañas de su madre. Entonces Isabel, llena de Espíritu Santo, dijo a María: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”!, y añadió: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Bajo la palabra “Señor” aflora la identidad de Jesús, escondido en las entrañas de María; y tras la figura de Isabel y el hijo que lleva en su seno, Juan Bautista, despunta la identidad del pueblo judío que tanto esperaba la llegada del Mesías. Cuando María acude a casa de Isabel para servirla, introduce en aquel hogar la presencia de Jesús, el Señor.

     La misericordia consiste en la decisión de entregarnos al servicio de nuestro prójimo, pero también supone el empeño por entregar a nuestros hermanos lo mejor que tenemos. Lo mejor que María tiene es la persona de Jesús, escondido en sus entrañas, por eso lo entrega a Isabel y Juan Bautista para que sientan el gozo del advenimiento del Mesías esperado. Como hizo María, la mejor vivencia de la misericordia que los cristianos podemos ofrecer a nuestro mundo es presentarle a Jesús, tanto con la valentía de nuestra palabra como con el testimonio fehaciente de nuestras obras.

    A quien más beneficia la vivencia de la misericordia es a quien la práctica con fidelidad; por eso dice Isabel a María: “Feliz tu que has creído”. A menudo buscamos la felicidad en momentos efímeros y en cosas caducas, cuando la felicidad brota de la vivencia de la misericordia; no en vano decía Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hch 20,35). La práctica de la misericordia es el cincel que esculpe nuestra vida a imagen de Jesús hasta convertirnos en testigos de la misericordia divina en la sociedad humana. En la Eucaristía que celebramos pidamos al Señor que nos transforme, como a María, en testigos felices de su ternura y de su misericordia.



miércoles, 9 de diciembre de 2015

¿QUÉ ES LA ALEGRÍA?


                                                                            Francesc Ramis Darder
                                                                            bibliayoriente.blogspot.com

La espiritualidad del Adviento se caracteriza por la alegría; por eso, la antífona que abre la celebración eucarística, entresacada de la Carta a los Filipenses, constituye una invitación a la alegría: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos”. Ahora bien, la alegría cristiana no consiste en la superficialidad del simple “estar contento”, ni del optimismo ciego ante la adversidad de la vida. Como sabemos y la Escritura reitera, la vida nunca es fácil; así lo sentencia el libro de Job: “El hombre […] corto de días y harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin parar” (Job 14,1).

     La alegría cristiana no reposa en un estado psicológico, más o menos placentero. La alegría cristiana brota de la convicción que confiere la fe; nace de la seguridad que supone creer, como dice san Pablo, que “el Señor está cerca” (Flp 4,5). Como certifica el lenguaje bíblico, la locución “el Señor está cerca” significa que Dios nos ama, sea cual sea la situación de nuestra vida. Significa que el Señor confía en nosotros, sean cuales sean nuestras limitaciones, para plantar la semilla del Reino de Dios. Significa que Dios no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas; es decir, no permitirá que la adversidad, por dura que sea, quiebre del todo nuestra vida. La alegría cristiana nace de la convicción de que nuestra vida reposa en las buenas manos de Dios, y en la certeza de que ninguna contrariedad podrá abatir nuestra existencia; por eso decía san Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13).

    Cuando Juan Bautista, el precursor de Jesús, predicaba en Judea, anunciaba al pueblo la alegría que nace de la fe. Como dice la lectura de hoy: “anunciaba al pueblo el Evangelio”; pues la vivencia del Evangelio engendra la alegría cristiana. ¿Qué significa la palabra “Evangelio”? La palabra “Evangelio” procede de la lengua griega y significa  “Buena Noticia”. No se refiere a una buena noticia cualquiera; es la Buena Noticia que tiene la fuerza para mejorar radicalmente la existencia de quien la escucha. Quizá con un ejemplo podamos entenderlo mejor. Los habitantes de la ciudad de Pirenne, situada en Asia Menor, decidieron erigir un monumento al emperador romano Augusto, que tanto les había ayudado. Al pie del monumento, colocaron la siguiente inscripción: “El día de la coronación del emperador Augusto ha sido una Buena Noticia para nuestra ciudad”. La coronación de Augusto no fue tan solo buena noticia porque fuera un acontecimiento solemne; sino porque la coronación del emperador supuso un gran progreso para la ciudad, pues Augusto emprendió obras públicas que mejoraron la ciudad y la vida de sus habitantes.

    Así pues, cuando Juan predicaba el Evangelio a los judíos, les anunciaba la Buena Noticia que tiene fuerza suficiente para trasformar la vida de quien la escucha. Y ¿cuál es la Buena Noticia que Juan anunciaba? Juan proclamaba la llegada de Jesús y preludiaba el contenido de su mensaje salvador. Juan dibujaba a Jesús como el Mesías esperado por el pueblo judío. Como sabemos, los judíos, agobiados por tantos problemas, imploraban la llegada del Mesías; suplicaban la llegada del salvador que devolviera la paz al país y la calma al corazón humano. Juan decía a los judíos: “(Jesús) es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), y reiteraba: “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16); explicado con lenguaje más sencillo, Juan decía a la gente: ‘el Mesías que esperáis, el Salvador que deseáis que llegue, es Jesús de Nazaret’.

    Juan proclamaba el advenimiento de Jesús, a la vez que anunciaba el mensaje salvador. Como hacía Jesús, Juan predicaba la misericordia. Como sabemos, la misericordia difiere de la lástima. ¿Qué significa sentir lástima? Pongamos un ejemplo; veo alguien que sufre, mi corazón se agita ante el penar, incluso me cae una lágrima, pero paso de largo sin ayudar a quien padece. ¿Qué implica la misericordia? Reiteremos el ejemplo; veo a quien sufre, el corazón se conmueve, tal me salte una lágrima, pero, además de eso, me acerco para auxiliar a quien padece. La misericordia no es solo un sentimiento, es la actitud que dispone mi vida para ayudar a los demás, con los medios y las posibilidades que tengo.

    La misericordia no solo debe practicarse para paliar las grandes catástrofes, como puedan ser terremotos o inundaciones, debe vivirse en los acontecimientos de la vida cotidiana. Juan Bautista daba consejos sencillos: quien tenga dos túnicas, que comparta una; quien tenga comida suficiente que la comparta; los funcionarios que hagan bien su trabajo; quienes sean soldados que se conformen con su sueldo, sin extorsionar a nadie. La práctica de la misericordia en los acontecimientos de la vida cotidiana nos convertirá en testigos de la misericordia de Dios entre nuestros hermanos.

    En la Eucaristía que celebramos, presencia de Dios entre nosotros, pidamos al Señor que nos convierta en cristianos alegres; personas que con su forma de vida y la convicción de su palabra, transmiten en el mundo el gozo el Evangelio.


miércoles, 2 de diciembre de 2015

¿QUÉ ES LA CONVERSIÓN?


                                                                    Francesc Ramis Darder
                                                                    bibliayoriente.blogspot.com

El Adviento es el tiempo litúrgico en que preparamos nuestra vida para recibir al Señor, primero en Navidad, y después al final de los tiempos, cuando el Reino de Dios irrumpa en la historia humana. La Escritura denomina “conversión” al tesón que ponemos en cambiar nuestra vida para poder recibir al Señor, pues solo la presencia de Dios en nuestro corazón abre las puertas de la felicidad. La palabra “conversión” es muy profunda. Literalmente, significa el empeño por cambiar la dirección de nuestra mirada; dicho de otro modo, “convertirse” significa “girar la mirada”, o sea, “dejar de mirar en dirección al pecado” para “volver la mirada en la voluntad de Dios”.

    Como señala la Escritura, las fuerzas humanas no bastan para recorrer la senda de la conversión; pues la conversión no es solo un ejercicio de disciplina, es, sobre todo, la decisión personal de permitir que la voluntad de Dios, expresada en los mandamientos, guíe el curso de nuestra vida. Por eso decía el profeta Jeremías en su plegaria: “Hazme volver y volveré, pues tú eres mi Dios, Señor” (Jer 31,18); cambiando un poco la frase, podríamos traducir: “Señor, conviérteme y quedaré convertido, pues tú eres mi Dios”. Convertirse implica la decisión de permitir al Señor que entre en nuestra vida para que la fuerza de su Palabra vaya transformándonos hasta hacernos testigos de la bondad divina en la sociedad humana.

    Cuando pedimos al Señor que aliente nuestra conversión, descubrimos que se manifiesta en nuestra vida con el rostro de la misericordia. Como dijimos el domingo pasado, el término castellano “misericordia” procede de la adición de dos palabras latinas: “miser” que significa “pobre”, y “corda” que significa “corazón”. Aunando ambos términos, apreciamos el significado del término “misericordia”; es misericordioso quien entrega alguna de sus cosas, o aún mejor, se entrega a sí mismo, para calmar la pobreza del corazón de su hermano. Jesús es la manifestación de la misericordia divina, pues entregó su vida para descubrirnos la intimidad de Dios, “Dios es amor” (1Jn 4,8), y para enseñarnos que la plenitud de la vida radica en “caminar según los mandamientos” (2Jn 6).

    En los albores del siglo I, la comunidad hebrea, como toda nación, estaba necesitada de conversión; pues la idolatría, disfraz de la injusticia, carcomía el corazón del pueblo. No obstante, Dios, rico en bondad, no abandonó a su comunidad, sino que le manifestó su misericordia a través del ministerio de Juan el Bautista. Hijo de Zacarías, Juan se estableció en el desierto; desde allí, recorría la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

    Imaginemos la escena. Juan se colocaba de pie en el cauce del Jordán, río de escasa profundidad y de cauce tranquilo en sus últimos tramos; desde allí arengaba a los hebreos exigiéndoles el abandono de la idolatría y el apego a los mandamientos. Como señala el Evangelio, el discurso de Juan reproducía las palabras del profeta Isaías. Juan decía: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”; es decir, requería de los hebreos que empaparan su vida con la exigencia de los mandamientos de Dios.

    Luego añadía; cuando dejéis que la ley de Dios os guíe “los valles serán rellenados, los montes y colinas rebajados, lo torcido enderezado, y lo escabroso se convertirá en llano”. La frase de Juan constituye una metáfora. La palabra “valle” simboliza la violencia; los “montes y las colinas” representan la idolatría; lo “torcido” constituye un eco de la mentira; y lo “escabroso” una referencia a la injusticia. Cuando la Palabra de Dios es la brújula de nuestra vida, comenzamos a recorrer la senda de la conversión, pues la maldad deja paso a la existencia que testimonia la misericordia de Dios. Desués de escuchar a Juan, quien deseaba convertirse penetraba en el río. Juan lo sumergía en el agua; después, cuando lo sacaba, le ofrecía una reflexión. Escuchando la tradición, le diría: “el agua ha lavado tu pecado, ahora pon la mirada en la voluntad de Dios para cumplir los mandamientos y convertirte en ejemplo de persona justa y honesta”.

    La época de Juan Bautista era un tiempo difícil para “comenzar a convertirse”; quizá, podrían pensar los hebreos que sería mejor esperar una situación más tranquila para iniciar la senda de la conversión. ¡Cuidado! Esta es la tentación que bloquea la conversión; solemos pensar que un “tiempo más tranquilo” podríamos pensar en convertirnos. No, la situación siempre será difícil; solo “ahora es el tiempo de la conversión, el tiempo de la misericordia”.

    En esta Eucaristía, pidamos la gracia de la conversión para que podamos vivir una Navidad auténticamente cristiana, y podamos encontrarnos con el Señor de la misericordia al final de los tiempos, en el Reino de Dios.