Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com
Cuando Jesús predicaba en
los territorios de Palestina, anunciaba siempre el Reino de Dios; decía: “Convertíos
que el Reino de Dios está cerca”. ¿Qué es el Reino de Dios? El Reino de Dios no
es un país, ni una nación, es una manera de vivir. En nuestra vida, llega el Reino
de Dios cuando empezamos a vivir amando. Cuando amamos a otra persona hacemos
que el Reino de Dios empape nuestra vida; cuando vivimos la bondad y la misericordia,
hacemos que el Reino de Dios nazca a nuestro alrededor. Ahora bien, como ya hemos
insinuado, desde la perspectiva bíblica, el hecho de amar no se reduce a un
simple sentimiento, siempre pasajero, amar es una acción, es una forma de vivir.
Cuando desde la perspectiva cristiana queremos
aprender a amar, debemos observar la manera en que Jesús amaba. Leyendo el evangelio,
discernimos cómo Cristo desplegaba su capacidad de amar de cinco maneras
complementarias. Jesús amaba a los demás liberándolos de las enfermedades que los
torturaban; el evangelio está lleno de milagros en que Jesús devolvía la salud
a los enfermos. Cristo amaba acompañando a sus discípulos, no solo en el momento
en que las cosas iban bien, sino también en las ocasiones adversas; recordemos,
en este sentido, la ocasión en que Jesús, sabiendo que el apóstol Pedro iba a
traicionarle, siguió rezando por él; Jesús fue capaz de establecer lazos de amistad,
así lo decía a sus discípulos: “Vosotros sois mis amigos”.
Jesús amaba cuando hacía
posible que las personas que estaban a su alrededor recuperasen la alegría de
vivir; a modo de ejemplo, podemos citar a Nicodemo, el hombre que estaba en tinieblas,
símbolo de la falta de sentido profundo por donde discurría su vida, pero, cuando
se encontró con Jesús, se convirtió en un hombre nuevo. Jesús amaba cuando
perdonaba, esa virtud a menudo tan difícil de poner en práctica; la capacidad
de perdón que tenía Jesús era tan intensa que, incluso clavado en la cruz, derramó
su perdón sobre el corazón de los que lo escarnecían al pie de la cruz. Jesús amó
a la gente que lo rodeaba, abriéndole las puertas de la vida eterna; así lo
dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
La primera carta de san Joan remarca: “En esto
consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos
ha amado primero y nos ha enviado a su Hijo Jesucristo. Dios, en la persona de
Jesús, nos ha amado primero, incluso antes de que lo conociéramos. Nuestra
capacidad de amar comienza cuando nos damos cuenta de todas las cosas que Dios
ha hecho por nosotros. Pensemos un instante en nuestra vida. En aquellas
ocasiones en que Jesús, por medio de algunos de nuestros hermanos nos ha
liberado de la angustia; nos ha acompañado en los momentos de dolor o de alegría;
nos ha permitido volver a nacer, en el sentido de recuperar el sentido de nuestra
vida; o cuando Dios nos ha concedido el perdón, o cuando nos ha retornado la esperanza
de una vida que no muere. Cuando queremos amar, lo primero que debemos hacer es
darnos cuenta de lo que Dios ha hecho por nosotros, darnos cuenta de las personas
de las que Dios se ha servido para regalarnos su amor.
Sin duda, cuando apreciamos el amor que Dios
ha derramado en nuestra vida, entonces aprendemos a amar desde la perspectiva
cristiana. Y amar desde el horizonte cristiano no es otra cosa que repartir
entre nuestros hermanos el amor que Dios, con creces, se ha adelantado a
regalarnos. Por eso el amor cristiano es el eco del amor de Cristo. Un amor que
libera, que crea lazos de amistad, que modela personas nuevas, capaz de
perdonar y que tiene siempre abiertas las puertas de la esperanza. En esta
Eucaristía, pidamos al Señor la capacidad de amar como Él nos ha amado, ahí está
nuestra felicidad y la del mundo entero.
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