sábado, 28 de marzo de 2015

REFLEXIÓN SOBRE LA SEMANA SANTA

                                                                                 Francesc Ramis Darder
                                                                                 bibliayoriente.blogspot.com


Como certifica la historia de la cultura, el número siete simboliza la totalidad y la perfección tanto de la persona como de los acontecimientos. Perfección y totalidad que no son estáticos, se proyectan hacia el infinito. Atento al entorno cultural del mundo oriental, el Antiguo Testamento recoge la riqueza metafórica del número siete. Habla del candelabro de los siete brazos o de los siete días de la creación. El día séptimo, el sábado, se consagra al Señor; mientras el séptimo año, el año sabático, se convierte en el tiempo especialmente dedicado a contemplar la bondad de Dios, a cultivar la amistad y a desarrollar en el mundo el trabajo por la justicia.

 El Nuevo Testamento, heredero del valor metafórico del Antiguo Testamento, sigue sumergiéndose en el valor simbólico del número siete. Tal vez sean los escritos de san Juan donde el siete alcanza su mayor profundidad. El Apocalipsis habla de siete estrellas, siete sellos o de los siete espíritus de Dios, entre otros temas. Valiéndose de siete imágenes, el evangelio de san Juan expresa la intimidad más preciada de Cristo. Así dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy el pan de vida; la luz del mundo; la puerta; el buen pastor; la resurrección y la vida; el camino y la verdad y la vida; la vid verdadera. Desde la mística del número siete, los escritos de san Juan contemplan la plenitud de Cristo, la presencia entre nosotros del Dios hecho hombre, el Salvador del Mundo (Jn 1,1.14).

 Anclada en el cañamazo de la Biblia, la tradición cristiana ha recogido el valor espiritual del número siete para alabar al Señor y meditar el Evangelio. De esta tradición nace el sermón de las “Siete Palabras”, dedicado, como sabemos, a contemplar la Pasión durante la Semana Santa. El comentario de las Siete Palabras ayuda a los cristianos, y a toda persona de buena voluntad, a sembrar en el mundo el amor entrañable de Dios hacia la humanidad entera.

 En la cruz, Jesús rogó: “Padre, perdónales, que no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Los soldados se repartieron sus vestidos y los presentes le escarnecían; pero Jesús perdona, sin condiciones. Así se hace cierta una frase que más adelante dirá san Pablo: “No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien” (Rm 12,21).

 Al lado del Señor, crucificaron a dos ladrones. Cuando uno de ellos imploró ayuda, Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). Mientras la multitud maldecía al ladrón, Jesús derramó en su corazón la misericordia revestida de esperanza. Ser misericordioso radica en darse a sí mismo para aminorar la pobreza del prójimo. Lo enseña Jesús: “No amontonéis tesoros aquí en la tierra [...], reunid tesoros en el cielo” (Mt 6,19-21).

 Junto a la cruz, estaban María, la madre de Jesús, y Juan, el discípulo amado. Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). María, madre de Jesús, también es metáfora de la Iglesia, el ámbito privilegiado de la presencia de Jesús resucitado; la comunidad cristiana es un refugio donde late la presencia del Señor. Desde el corazón, Jesús oró: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). A primera vista, parece una frase desesperada; conviene notar, sin embargo, que es el título del Salmo 22. Cuando los escritores antiguos indicaban que alguien rezaba un salmo entero, se limitaban a reseñar su título; de ahí hay que concluir que Jesús no se limitó a la primera frase, sino que, como hacían los hebreos a la hora de la muerte, rezó entero el Salmo 22, una plegaria en que el orante pone su confianza en Dios en los últimos instantes de su vida.

 Jesús exclamó: “Tengo sed” (Jo 19,28). Al punto un soldado le dio una esponja empapada en vinagre. La sed expresa la angustia; pero, desde el ángulo bíblico, denota la “sed de Dios” que envolvía la vida de los profetas (Is 41). Jesús es el profeta “más grande” anunciado por Moisés, durante el camino del Éxodo (Dt 18). Probado el vinagre, Jesús dijo: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,30); bajo la palabra “todo” late la entrega de Jesús por la humanidad para enseñar que el único camino que lleva a la victoria es la ruta del amor y la ternura. Acabando su vida, Jesús gritó con todas sus fuerzas: “Padre, a tus manos confío mi espíritu” (Lc 23,46). La frase forma parte del Salmo 31; el salmo recuerda que Dios ampara siempre a los que se refugian en Él, especialmente a los débiles y oprimidos. Cristo, que ha enseñado el amor, muere en las buenas manos del Padre.


 Las palabras de Jesús en la pasión sintetizan su mensaje. La confianza en Dios Padre y la certeza de que solo el amor es capaz de dar sentido a la vida. Dios no es algo abstracto o lejano, es el buen padre que nos acompaña y acaricia con sus manos. El amor cristiano no es un sentimiento pasajero, es el compromiso con la vida para que en el mundo broten la hermandad y la justicia. Quien lucha por la justicia sufre persecución, pero es en el luto de la cruz donde nace la luz resucitada del domingo de Pascua.

viernes, 20 de marzo de 2015

¿QUÉ SIGNIFICA PERDONAR?

                                                                                         Francesc Ramis Darder

¿Es posible que en nuestro mundo brote la cultura del perdón?

    Sí; pero sólo en base a un perdón muy característico que implica perdonarse a uno mismo, perdonar a los demás, y descubrir que existe un tipo de perdón del que no podemos prescindir, y es el perdón de Dios.
    El perdón es una de las formas más radicales del amor.
    Sólo desde la capacidad de perdón y del compromiso por la justicia nacerá una sociedad totalmente nueva.
    Únicamente desde el perdón puede brotar una humanidad nueva nacida del amor.
    ¿Cuántas cosas hay en nuestra vida de las que somos incapaces de perdonarnos y bloquean nuestro desarrollo personal?, ¿a cuantas personas no perdonamos o no nos dejamos perdonar por ellas y eso cierra nuestro crecimiento social?
     Perdonarse a uno mismo implica adquirir el corazón nuevo del que habla Ezequiel: “Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; os arrancaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36,26).
     Dejarnos perdonar por el prójimo supone repetir el gesto de Jesús en la Última Cena cuando lavó los pies a sus discípulos (Ju 13,1-15); cuando nos dejamos perdonar también damos ocasión a nuestro prójimo para que nos lave los pies.
     Perdonar a los demás implica dejarles comenzar una vida nueva como hizo Jesús con Zaqueo (Lc 19,1-10) o con la mujer adúltera (Ju 8,1-2). Y dejarse perdonar por Dios supone nacer de nuevo como Nicodemo (Ju 3,1-21), y comenzar a gozar plenamente de su misericordia como aconteció con el Buen Ladrón (Lc 23,42-43). ¡Sólo el amor hace las cosas nuevas!


martes, 10 de marzo de 2015

¿QUÉ SIGNIFICA LA LA LIBERTAD? RECUPEREMOS LA LIBERTAD

                                                                         Francesc Ramis Darder


George Steiner, pensador de ascendencia judía comprometido con las avatares de nuestra época, afirma sin ambages: “ ... el clima psicológico y social en que discurre nuestro tiempo es el más infectado por la superstición y el irracionalismo de todo tipo desde el declinar de la Edad Media y, quizás, incluso desde la crisis del helenismo”.

    Efectivamente nuestra sociedad está saturada de literatura astrológica, vive con pasión la aparición de los ovnis, intenta descubrir las auras magnéticas; y aparecen por doquier incontables quiromantes, echadores de Tarot, adivinos, y un largo etc.

     El punto débil de las llamadas ciencias esotéricas radica en que exigen a la persona que renuncie a su libertad para entregarla a la posición variable de los astros o la fijeza de las rayas de la palma de la mano. La Sagrada Escritura llama a todo eso idolatría y lo fustiga con dureza. También el AT confirma la frase de Chesterton: “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada, sino que creen en cualquier cosa”. 

    El profeta Isaías proclama que Dios actúa en el Cosmos (Is 40,12-31) y en la Historia humana (Is 41,1 - 42,13), para propiciar la Liberación de Israel su pueblo (Is 42,14 - 44,23). La Escritura recuerda que “para que seamos libres nos ha liberado Cristo” (Gal 5,1). Aprovechemos nuestra libertad para construir un mundo acorde con el sentir de las Bienaventuranzas, y no para propiciar una sociedad atenazada bajo el poder ficticio de los ídolos.



martes, 3 de marzo de 2015

¿QUÉ SIMBOLIZA "MARÍA MAGDALENA"?

                                                                 Francesc Ramis Darder

    Paul Tillich en 1968 publicaba “El Coraje de Existir”, tal vez uno de los textos humanistas más sólidos escritos desde la óptica creyente durante el siglo XX. La obra constituye una llamada a vivir desde la fe los grandes cambios de la historia.

    Ése texto siempre me ha evocado un personaje entrañable del Evangelio: María Magdalena. Sabemos que el sobrenombre “Magdalena” aplicado a María, significa “la mujer de la ciudad de Magdala”. Durante el siglo I la ciudad de Magdala era importante por la industria de salazón y a la fabricación de anclas.

      Pero el topónimo “Magdalena” además de indicar el lugar de origen de María, puede adquirir también otro significado. La palabra “Magdalena” se origina en el término hebreo “migdol” que significa “fortaleza, castillo”; no en vano la ciudad de Magdala contaba con una plaza fuerte donde residía una guarnición militar.

    El segundo significado de la voz “Magdalena” supera la mera identificación geográfica para destacar la naturaleza íntima de María Magdalena: ella es la mujer fuerte, la mujer capaz de persistir en la fidelidad a Cristo en los momentos difíciles. Ella es el paradigma del amor desinteresado por Jesús, pues le amó vivo (Lc 8,2), le amó muerto junto al sepulcro (Ju 20,1) y le amó resucitado (Ju 20,11-18). María Magdalena es el modelo de fe fuerte, de la fe que se mantiene; en definitiva, es el prototipo de la fe y la existencia que exige siempre la vivencia del Evangelio.


sábado, 28 de febrero de 2015

EL SACRIFICIO DE ISAAC

    Francesc Ramis Darder

El relato del sacrificio de Isaac ha sido sometido, como pocos, a la disección literaria y a la interpretación exegética (Gn 22,1-14.19). La mayoría de apreciaciones abarcan sin agotarlo algún aspecto del sentido último del pasaje. Pongamos tres ejemplos, entre otros muchos, de las explicaciones más conocidas. Muchos autores sitúan el quicio de la narración en la obediencia absoluta de Abrahán a la exigencia del Señor, pues el patriarca no desdeña el sacrificio de su único hijo para obedecer la orden de Dios. De ese modo y al decir de muchos comentaristas, cuando los israelitas escuchaban el relato comprendían que su vida dependía de la misericordia de Dios, y de ahí intuían la necesidad de guardar los mandamientos para complacer al Señor, como lo hiciera Abrahán. Aunque la exigencia de Dios fuera incomprensible para el intelecto humano, el hombre debía obedecer el mandato divino, pues Dios, señor de la Historia, tenía planes que permanecían ocultos a la perspicacia del ser humano.
     Otros exegetas descubren en la crónica la expresión literaria del repudio de los sacrificios humanos en el culto israelita; la posición difícilmente se sostiene, pues el ofrecimiento de víctimas humanas nunca formó parte de ningún ritual israelita. Algunos comentaristas detectan en el fondo de la narración el eco del antiguo relato etiológico de la fundación de un santuario donde se ofrecerían sacrificios animales; la costumbre del santuario israelita diferiría del ritual de los templos cananeos en los que se inmolaban víctimas humanas, desde esa perspectiva la función del relato estribaría en deslindar la naturalaza del culto hebreo de la praxis cananea, enmarcada en el ámbito idolátrico.
    Aunque la historia de la redacción de Gn 22,1-14.19 es larga y compleja, es posible extraer el hilo conductor del relato. Dios exige a Abrahán que tome a su hijo Isaac. Le ordena que lo lleve a la región de Moria y que allí lo ofrezca en holocausto sobre el monte que el mismo Señor le indicará. Abrahán, tras preparar la leña del holocausto, partió con Isaac hacia el lugar señalado. Abrahán dispuso el sacrificio de su hijo, pero, cuando estaba a punto de matarlo, el ángel del Señor impidió el degüello. Después, Abrahán tomó un carnero y lo ofreció en lugar de su hijo. El patriarca, finalmente, puso el lugar del sacrificio bajo advocación divina: “el monte del Señor provee” (Gn 22,14).
    El relato contiene todos los elementos propios del ritual de los holocaustos: leña, fuego, cuchillo, altar, víctima (Isaac, carnero), oferente (Abrahán) y referencia a Dios (subiremos para adorar al Señor); conviene recalcar que la disposición del sacrificio es la misma para Isaac que para el carnero. La técnica sacrifical es idónea para el holocausto. Abrahán toma los enseres y sube con la víctima (Isaac) al lugar del sacrificio. Abrahán erige el altar, prepara la leña y después ata a su hijo poniéndolo sobre el ara, encima de la leña. En ese punto irrumpe en el relato la intervención imprevista de Dios. El Señor, por medio de su ángel, veta el sacrificio y reconoce la obediencia del patriarca a la orden divina. Abrahán sin alterar los preparativos del sacrificio toma un carnero y lo ofrece en el altar; y, como sucedía en la fundación de un templo, pone el lugar sagrado bajo la advocación divina.
   La hondura teológica del relato demanda la precisión de algunos términos. El Monte Moria fue localizado por el Cronista en el Monte del Templo (2Cr 3,1), recogiendo, en torno al siglo IVa.C., una tradición anterior; de ese modo, lo que el Génesis denomina región de Moria (Gn 22,2) se convierte para el autor cronista en el Monte Moria y se identifica con el Monte del Templo de Jerusalén. La indicación espacial: “hacia el lugar (mqwm) que Dios le había indicado” (Gn 22,3), referida al “lugar” donde ha de ser sacrificado Isaac, alude al emplazamiento del templo, el “lugar” que el Señor ha elegido para los sacrificios que su pueblo debe ofrecerle (Dt 12,13.14.18; 16,2; Neh 1,9).
    Volvamos ahora por un instante la mirada hacia el relato concerniente a la vocación de Abrahán (Gn 12,1-3). La narración subraya la promesa que el Señor hizo solemnemente a Abrán: “Haré de ti un gran pueblo […] por ti serán benditas las naciones de la tierra” (Gn 12,1-3). El libro del Génesis subraya que Isaac es el único depositario del juramento divino, pues dijo el Señor al patriarca: “la descendencia que llevará tu nombre será la de Isaac” (Gn 15,4; 21,12). Podemos decir, en ese sentido, que la figura de Isaac representa la identidad del pueblo, pues del tronco de Isaac nace Jacob de quien surgen las tribus de Israel, símbolo de la globalidad del pueblo; por esa razón, la imperiosa muerte de Isaac sobre el altar del sacrificio simboliza la inminente desaparición de la comunidad hebrea.
    El carnero es un animal utilizado en el culto sacrificial (cf. Lv 8,22; Nm 7,15; Ez 46,4), pero también constituye, entre otros indicios, una metáfora del rey y los príncipes. Así lo expone la profecía de Ezequiel en varios pasajes: el relato concerniente a la derrota de Gog, identifica a los guerreros valientes y a los príncipes con los carneros (Ez 39,18); en el seno de alegoría del cedro (Ez 31), la mención del carnero alude a Nabucodonosor a quien llama: “carnero de las naciones” (Ez 31,11); en el ámbito de la alegoría sobre el faraón, la alusión al carnero remite a los héroes valientes (Ez 32,21); en el cañamazo de la alegoría del águila, la presencia del carnero remite a los grandes del país, refiriéndose al rey y a los príncipes, la corte de Jeconías que marchó al exilio (Ez 17,12-18). La visión de Daniel concerniente al carnero y al macho cabrío (Dn 8) asocia el carnero con los reyes de Macedonia y Persia (Dn 8,6-7; 8,20). El Canto triunfal de Moisés equipara a los príncipes de Edom y los fuertes de Moab con carneros desfallecidos (Ex 15,15). Finalmente, aunque exista un problema de crítica textual, el contenido de 2Re 24,15 menciona a los carneros para mentar a los nobles del país que acompañaron a la familia real al exilio babilónico.
    El análisis terminológico ha sugerido la simbología del relato. Zorobael y su corte acompañado de Josué y la estirpe sacerdotal cruzan los umbrales de Sión. Entonces el rey, Zorobael, desaparece de la escena política para dar paso a la prestancia sacerdotal de Josué. Cómo decíamos antes, el ocaso de la corona y el alba del altar se debió a razones políticas, pero provocó una densa pregunta teológica: ¿Por qué el Señor ha quebrado la promesa que hizo a David y la ha traspasado, en cierto modo, al sacerdote? La tiniebla del quebranto suscita las cuestiones más profundas, como si las preguntas no fueran otra cosa que la mejor forma de oración que nos ha sido concedida. Quienes vivían en Judá no podían responder a la pregunta, sólo podían escarbar en el sentido religioso de los hechos; y precisamente de ahí, del anhelo de encontrar el sentido del suceso, compusieron, recogiendo tradiciones antiguas, el relato del sacrificio de Isaac.
    Abrahán, en el relato sacrificial, desempeña el papel del sacerdote, evoca, en ese sentido, la identidad de Josué. Isaac constituye la metáfora del pueblo. El carnero es la viva imagen del rey, Zorobabel. El monte, el lugar donde Abrahán sacrifica, alude al monte del Templo de Jerusalén, la región de Moria. El altar es el símbolo del ara del Santuario de Sión. Debemos recalcar que el protagonista decisivo es el Señor, él es quien exige a Abrahán la ofrenda y quien detiene, por medio del ángel, la mano del patriarca. El quicio simbólico del relato estriba en que Abrahán, metáfora del sacerdote Josué, por indicación de Dios, salva la integridad del pueblo, representado por Isaac, propiciando la desaparición del rey, Zorobabel, oculto tras la simbología del carnero. De ese modo, Abrahán, metáfora del sacerdocio de Josué, sacrifica el carnero, símbolo de la autoridad dinástica de Zorobabel, para que pueda sobrevivir el pueblo, representado tras el rostro de Isaac; todo eso sucede durante los primeros avatares que trenzaron la simbiosis entre quienes volvieron del exilio y quienes habían permanecido en Judá.
    A tenor del planteamiento de la reflexión teológica, quienes alcanzaron volvieron del exilio percibieron, desde la óptica teológica, que tras la muerte de Zorobabel y la ascensión de Josué latía la intervención de Dios en la historia para salvar a su pueblo de la extinción que quizá le aguardaba en el territorio de Yehud. Con toda certeza, la llegada de los exiliados encendió el conflicto entre las ruinas de Jerusalén. La enconada contienda enfrentó, sin duda, a quienes habían permanecido en Judá con quienes habían vuelto del exilio. La acritud de las disputas alentaba la intervención de los persas para acallar la revuelta. La subsistencia del pueblo estaba en peligro. Entonces quienes habían vuelto del exilio percibieron que la desaparición de la monarquía a favor del sacerdocio era la única forma de salvaguardar la subsistencia del pueblo en la tierra judaíta, pues sólo de ese modo las autoridades persas dejarían de temer cualquier explosión nacionalista que pudiera ensombrecer su poderío.
     El relato del sacrificio de Isaac narra, desde la perspectiva metafórica, la experiencia creyente que acabamos de explicar. Quienes habían vuelto del exilio entendieron, desde la perspectiva teológica, que tras los avatares políticos de la desaparición de Zorobabel y de la ascensión de Josué palpitaba la intervención de Dios en la historia: el Señor había propiciado la desaparición de la corona a favor de la pujanza del ephot cómo forma de perpetuar la identidad del pueblo hebreo en la tierra recién recobrada tras las penurias del exilio.

sábado, 21 de febrero de 2015

¿QUÉ SIGNIFICA CONVERTIRSE?

                                                                                  Francesc Ramis Darder

Cuando Jesús predicaba por las comarcas de Palestina proclamaba que Dios es el padre que nos ama y anunciaba la llegada del Reino de Dios.

Dios no es alguien que esté alejado de nosotros; es el buen padre que nos ama y que nos acompaña en el camino de la vida. Los israelitas en tiempos de Jesús estaban tan asustados de la presencia divina que, incluso, evitaban pronunciar el nombre de Dios. Tan solo el sacerdote más importante de Israel pronunciaba el nombre de Dios una vez al año en la sala más recóndita del templo de Jerusalén. En contraposición al miedo de los israelitas, Jesús no solo pronunciaba el nombre de Dios, sino que lo llamaba “mi Padre”. Dios no es alguien distante o que tengamos que temer. Dios, como un buen padre, nos habla en el silencio de nuestra conciencia y nos invita a descubrir su presencia en el rostro de los hermanos que encontremos cada día.

Jesús también anunciaba la llegada del Reino de Dios. El Reino de Dios no se refería a la creación de un estado o una nación. Como decía Jesús, el Reino de Dios comienza cuando las personas decidimos vivir amándonos los unos a los otros. Cuando en lugar de competir, empezamos a compartir, llega el Reino de Dios. Cuando en lugar de vivir en la desconfianza, empezamos a buscar la verdad, brota el Reino de Dios. Cuando en lugar del egoísmo, optamos por la generosidad, nace el Reino de Dios. Cada vez que ponemos en práctica la misericordia, el Reino de Dios se hace presente entre nosotros.

Ahora bien, para experimentar que Dios es un buen padre y construir el Reino de Dios, es necesario que nos convirtamos. Lo decía Jesús en el evangelio: “Convertíos y creed en la Buena Nueva.” ¿Qué significa convertirse? La palabra convertirse quiere decir “volver la vista hacia la buena dirección”. Quiere decir dejar de contemplar la vida desde la “mala perspectiva” del “egoísmo personal”, para contemplarla en la “buena dirección” de la “generosidad con los demás”. La conversión nos hace sentir mucho mejor, incluso, a nosotros mismos; como dice la Escritura, “hay más alegría en dar que en recibir”. Cuando hacemos el esfuerzo de convertirnos, de mejorar nuestra calidad humana, ciertamente nos sentimos mejor; por ello, Jesús equipara la conversión con la alegría de la Buena Nueva. Jesús decía: “Convertíos y creed en la Buena Nueva”; dicho con otras palabras, haced el esfuerzo de ser mejores personas y os sentiréis humanamente mucho mejor.

Pero la conversión no es un hecho que se dé espontáneamente. Cuando Jesús llamó a Simón y Andrés para que fuesen con Él, dejaron las redes para seguir a Jesús. Cuando llamó a Santiago y Juan, dejaron a su padre y a los jornaleros para poder convertirse en discípulos del Señor.

Convertirse implica dejar las cosas que nos impiden profundizar en el camino del amor. Los cuatro primeros apóstoles dejaron la barca y las redes; y nosotros, ¿qué estamos dispuestos a dejar para poder recorrer la ruta del Evangelio?


En esta Eucaristía, pongámonos ante Dios, el buen padre que nos ama, y pidámosle que nos ayude a dejar las cosas que nos impiden caminar por la ruta de la Buena Nueva. Pidámosle la gracia de la conversión para poder contemplarlo como el padre que nos ama y para aprender a sembrar en el mundo la buena semilla del Reino de Dios.

martes, 10 de febrero de 2015

ORACIÓN BÍBLICA PARA LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA

                                                                 Francesc Ramis Darder


La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (S. Agustín).

Metodología para la oración:

1. Comencemos haciendo unos momentos de silencio. Pacifiquémonos. Sintámonos bien con nosotros mismos, en silencio, en paz.

2. Observemos nuestra vida. Aquellas situaciones que nos alegran, y también aquellas que nos provocan angustia y dolor.

3. Leamos algún texto de la Sagrada Escritura (en estas hojas tenemos un conjunto de citas tomadas de la Biblia). Elijamos una cada día de la Cuaresma y de la Semana Santa. Leámoslo despacio. Fijémonos en alguna palabra o en alguna frase que pueda iluminar nuestra vida.

4. En nuestro interior vayamos repitiendo lentamente esta palabra o esta frase.

5. Apliquemos esta palabra o esta frase a la situación de nuestra vida que antes hemos contemplado. Pidamos a Dios que nuestro actuar vaya en consonancia con estas palabras de la Escritura que hemos repetido en nuestro interior.


CITAS BÍBLICAS PARA LA ORACIÓN DURANTE LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA



FEBRERO.

Día 18. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca
              de Dios” (Mt 4, 4).

19. “El Reino de Dios no tiene que ver con lo que uno come o bebe; camina en la
       justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (Rm 14, 17).

20. “Hermanos: Habéis sido llamados a la libertad, pero no os aprovechéis con
        egoísmo, sino al contrario: por el amor servios unos a otros” (Gal 5, 13).

21. “Aspirad a las cosas grandes ... sintonizad con las cosas de más arriba,
        no con las  de la tierra” (Col 3, 1-2).

22. “En verdad os digo: el comportamiento que habéis tenido con cualquiera de mis
      hermanos más pequeños, lo habéis tenido conmigo” (Mt 25, 40).

23. “No te avergüences nunca de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo”
      (2 Tm 1, 8).

24. “Dios es Espíritu, por eso aquellos que le adoran deben hacerlo en espíritu y en
      verdad” (Jn 4, 24).

25. “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad: en la oración, nosotros no
      sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona
      intercede por nosotros con gemidos”  (Rm 8, 26).

26. “Si alguno de vosotros quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su
      cruz y que me siga” (Lc 9, 23).

27. “Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” (Mt 6, 8).

28. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por
      añadidura” (Mt 6, 33).


MATZO.


1. “Si os mantenéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos, tendréis
      experiencia de la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

2. “¡ Cuántas gracias le doy a Dios por Jesús, Mesías, Señor nuestro !” (Rm 7, 25).

3. “El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo
       que  nos ha dado”  (Rm 5, 5).

4. “Seguidme y os haré pescadores de hombres”  (Mc 1, 17).

5. “No habéis recibido espíritu de esclavos para tener miedo, sino un espíritu de
        hijos, que nos hace clamar con fuerza: Abba, Padre” (Rm 8, 15).

6. “Dejad de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las
        echan a perder y donde los ladrones abren boquetes y roban”  (Mt 6, 20).

7. “Cuando hagas limosna, que tu mano izquierda no se de cuenta de que lo hace
        tu derecha” (Mt 6, 3).

8. “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, paciencia, humanidad,
        bondad,   fidelidad, mansedumbre, control de uno mismo” (Gal 5, 22).

9. “Pues si perdonáis las culpas a los demás, también vuestro Padre del Cielo os
        perdonará a vosotros” (Mt 6, 14).

10. “Pienso que todos los sufrimientos de este mundo no tienen comparación con
        la felicidad que se ha de revelar en nosotros” (Rm 8, 18).

11. “Aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
       nosotros,  ¿ cómo es posible que con El no los lo regale todo ?” (Rm 32).


12. “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los
        cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el
        hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo ...”
        (Is 58, 6-7).

13. “El Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad”
        (2 Cor 3, 17).

14. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”
       (Mt 5, 3).

15. “Amad a vuestros enemigos y rezad por aquellos que os persiguen; así os
        asemejaréis a vuestro Padre del Cielo, que hace salir el Sol sobre buenos y
        malos y envía la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 44-45).

16. “Aquello que viene de fuera no puede ensuciar al hombre ... lo que le ensucia
        es   aquello que le sale de dentro” (Mc 7, 18.21).


17. “Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os
        tengo, y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos” (Jn 15, 9).

18. “A los ricos de este mundo insísteles en que no sean soberbios ni pongan su
        confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios que nos procura todo en
        abundancia para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17).

19. “Estad siempre alegres, orad constantemente, dad gracias en toda circunstancia
        porque esto quiere Dios de vosotros como cristianos” (1 Tes 5, 17).

20. “Si yendo a presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas allí que tu hermano
        tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte
        con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23).

21. “Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la
        viga que tienes en el tuyo” (Mt 7, 3).

22. “No basta decir  <Señor, Señor> para entrar en el Reino de los Cielos; no, hay
        que poner por obra el designio de mi Padre del Cielo” (Mt 7, 21).

23. “Acercaos a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré
        respiro” (Mt 11, 28).

24. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he
        amado, amaos también entre vosotros. En eso conocerán que sois discípulos
        míos: en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35).

25.  “No estéis agitados; fiaos de Dios y fiaos de Mí” (Jn 14, 1).

26. “No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os eleg a vosotros y os destiné a
      que os pongáis en camino y deis fruto” (Jn 15, 16).

27. “Os he dicho estas cosas para que gracias a Mí tengáis paz. En el mundo
      tendréis  apreturas, pero, ánimo, que yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

28.  “Por consiguiente acogeos mutuamente como el Mesías os acogió para honra
       de Dios” (Rm 15, 7).

29. “A nadie le quedéis debiendo nada más que el amor mutuo, pues el que ama a
      otro tiene cumplida la Ley(Rm 13, 8).

30. “Esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común”
     (Rm 14, 19).

31. “Así que esto queda: fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa
      es el amor” (1 Cor 13, 13).

ABRIL.

1. “Por consiguiente, queridos hermanos, estad firmes e inconmovibles, trabajando
      cada vez más por el Señor, sabiendo que vuestras fatigas como cristianos no
      son inútiles” (1 Cor 15, 58).

2. “El favor del Señor Jesús Mesías y el amor de Dios y la solidaridad del Espíritu
      Santo, estén con todos vosotros” (2 Cor 13, 13).

3. Viernes Santo. José de Arimatea descolgó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que estaba excavado en la roca; luego, hizo rodar una piedra sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban  donde era puesto (Mc 15,46-47).

4. Sábado Santo: “Sé valiente … ten ánimo … confía en el Señor” (Sal 37,1-5).

5. Domingo de Pascua: Jesús de Nazaret, el Crucificado, ¡HA RESUCITADO!  (Mc 16,6).


domingo, 8 de febrero de 2015

ESPIRITUALIDAD DE LA CUARESMA 2015

    Francesc Ramis Darder


Cuando las mujeres entraron en el sepulcro vieron a un joven vestido de blanco que les dijo: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado: ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6).

La resurrección del Señor es el hecho capital de la fe; como decía el apóstol Pablo, si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es ilusoria (1Cor 15,17). La centralidad de la resurrección provoca que la Cuaresma sea tiempo de disponer la vida para celebrar con profundidad la Pascua.

 Los cuarenta días de la Cuaresma evocan los cuarenta años en que Israel peregrinó por el desierto hacia la tierra prometida o los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto antes de iniciar la predicación del Reino de Dios (Nm 14,34; Mt 4,1-11); desde este ángulo, la Cuaresma es tiempo de preparación para el suceso que transforma la vida: el encuentro personal con el Resucitado.

La preparación para el acontecimiento esencial requiere esfuerzo, y este esfuerzo se llama camino de conversión. Como hizo María Magdalena, convertirse significa volver la mirada hacia Jesús para descubrirle como el maestro amado que nos acompaña (Jn 20,16). La Escritura ofrece tres consejos para volver la vista hacia Jesús: la oración, la caridad y el ayuno (Mt 6,1-18).

A menudo pensamos que lo más importante es lo que nosotros hacemos, pero la oración desvela que lo más importante es lo que Dios hace por nosotros; orar es experimentar que el Señor nos ha amado antes de que le conociéramos. ¡Dios nos ha amado primero! (1Jo 4,10).

La caridad no se agota en la limosna ocasional. Implica ver en el corazón del prójimo el latido del Señor. Así lo enseña Jesús: “Venid a mí [...], porque tenía hambre, y me distéis de comer; tenía sed, y me distéis de beber (Mt 25,35-36). El ayuno es un signo para recordar que estamos en tiempo de conversión, pero, como proclama Isaías, también sacude nuestra vida; “el ayuno que yo quiero, dice el Señor, es este: libera a los que están presos, comparte tu pan con el hambriento, acoge en tu casa a los pobres” (Is 58,5-7).

A veces creemos que la vida cristiana se vive solo con las fuerzas humanas, cuando es el mismo Dios quien nos introduce por el camino de la conversión; de ahí la importancia del sacramento de la Reconciliación, tan oportuno en la Cuaresma. Cuando lo celebramos recibimos el perdón de Dios, pero también la gracia, la presencia de Dios en nuestra vida que nos hace testigos del amor por los senderos de la vida hasta el día bienaventurado en que irrumpa la Pascua eterna. 


    Continúa en:
http://bibliayoriente.blogspot.com.es/2014/02/oracion-biblica-para-la-cuaresma-y-la.html

viernes, 30 de enero de 2015

¿QUÉ SIMBOLIZA JERUSALÉN?


                                                                    Francesc Ramis Darder



Jacques Vermeilen, “Jérusalem centre du monde. Dévelopements et contestations d’une tradition biblique”, Cerf, Lectio Divina (Paris 2007) 402.

    El autor comienza su exposición señalando que el simbolismo cósmico de Jerusalén aparece de forma trasversal a lo largo de toda la Escritura. Desde la perspectiva bíblica, Jerusalén es el centro del Mundo. En ese sentido, la centralidad de Sión forma parte del acervo común de los sistemas teológicos propios del Próximo Oriente Antiguo, pues también entendían éstos que la ciudad donde se encontraba el templo del dios principal constituía el centro del Universo. La razón teológica por la que el pueblo de la Biblia certifica la centralidad de Jerusalén estriba en la certeza de que en el Templo de Sión habita el Señor, Dios del Cosmos y de la Historia.

    A continuación, Vermeylen analiza, ateniéndose a los parámetros cronológicos, algunos textos proféticos concernientes a la centralidad de Jerusalén. Los textos más antiguos (VII a.C; Isaías, Salmos, quizá Miqueas), haciéndose eco del ataque de Senaquerib, señalan la multitud de pueblos que se reúnen para devastar Sión despreciando, de ese modo, el exclusivo señorío de Yahvé. Los textos relacionados con la reforma de Josías (622 a.C.) muestran cómo multitud de pueblos emprenden el camino a Sión para acogerse a la Ley y firmar la paz entre ellos (Is 2,2-4; Miq 4,1-3). La literatura de la época persa describe dos aspectos concomitantes: por una parte señala la peregrinación de los pueblos a Sión, y por otra subraya la centralidad del templo como lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo (Is 60: primera redacción;  Zac 1-8: segunda redacción). En el marco del conflicto entre ptolomeos y seléucidas, ensamblado con el tema teológico de la reunión de todos los judíos, los textos de la época helenista relatan la peregrinación de las naciones a Jerusalén.

     En definitiva, el autor destaca cómo la temática del viaje de todos los pueblos a Jerusalén, ya sea en forma de ataque militar o bajo el aspecto de la peregrinación, aparece en todo el ámbito de la literatura profética, y en menor medida también en el Salterio. Hasta aquí no cabe duda de que el imaginario teológico de Israel es similar al de los demás pueblos orientales: Jerusalén es el centro del mundo, la sede desde la que Dios ejerce su autoridad sobre el Cosmos y la Historia, por esa razón todas las naciones se dirigen a Sión, donde aportan sus riquezas (Is 60; Ag 2) seducidas por el poder de la ciudad protegida por la grandeza divina.

    Ahora bien, según afirma Vermeylen, la Escritura enfatiza la presencia crítica de los profetas contra la centralidad de Sión, entendida según los parámetros de la teología  del Próximo Oriente. Tal como señala el autor, el clamor de Amós, Jeremías y Ezequiel muestra cómo el Señor, ofendido por la opresión que los poderosos ejercen contra los débiles, no garantiza la centralidad de Jerusalén ni del Templo; lo mismo cabe afirmar respecto de los teólogos deuteronomistas. Como sigue señalando el autor, después de la reconstrucción del Santuario, la comunidad de Yehud se organizó en torno al culto, pero aparece de inmediato una corriente de pensamiento, presente en textos que parecen remontarse a la época de Nehemías, muy crítica con la centralidad del templo y que pone el énfasis en la imprescindible solidaridad con los pobres. Dicha corriente se adentra en el NT donde la actitud requerida para adorar al Señor radica en el compromiso por la liberación de los oprimidos, pues como señala expresamente Juan, Dios no se ha encarnado en un templo sino en la persona de Jesús que vivió y predicó entre los pobres y marginados.

     En definitiva el planteamiento de los profetas al igual que el de la escuela deuteronomista y el de los autores del NT es subversivo frente al pensamiento tradicional que establece en Jerusalén el centro del Mundo, a la vez que enfatiza que el Templo es la expresión privilegiada de la presencia de Dios.

    A tenor de lo dicho, señala el autor, podemos apreciar cómo la Escritura presenta dos aspectos contrapuestos por lo que concierne a la centralidad de Jerusalén; por una parte la ciudad y el templo representan el centro del mundo hacia la que acuden todas las naciones, y por otra el templo y la ciudad son el objeto de la más dura crítica profética, pues los profetas y el NT ponen el énfasis de su predicación en la obligación de luchar en favor de los pobres.

    Ante esa doble perspectiva, el autor toma posición atendiendo a su propio criterio hermenéutico. Vermeylen se atiene al canon cristiano de la Escritura. Desde esa perspectiva entiende los textos referentes a la centralidad de Jerusalén como lugar de peregrinación de todos los pueblos como el punto de partida de toda reflexión teológica, pero sostiene, con la mayor entereza, que la centralidad de Sión debe adentrarse de forma plena y definitiva en el pensamiento que subraya la centralidad del Decálogo en lugar de los muros del Templo como centro de la vida de quienes confían en Dios. Cuando la Ley de Dios ocupa la centralidad de la fe, la religiosidad judía comprende la actuación liberadora de Dios en la Historia, comprensión que desemboca necesariamente en la vivencia de la fraternidad entre los hombres.

    El autor no se detiene en los parámetros del estudio meramente erudito, entresaca las consecuencias eclesiológicas y éticas que se derivan de su monografía. A tenor de la exposición del autor, la Iglesia debe abandonar el centralismo del templo para dirigir su tarea, según el criterio del Evangelio, hacia la liberación de los pobres. Evidentemente la Biblia y especialmente el Evangelio exigen al cristiano la denuncia de cualquier totalitarismo a la vez que le impelen a la lucha a favor de la igualdad entre todos los hombres; pues, tal como concluye Vermeylen, Dios no se alía con los poderosos sino con los humildes y desamparados.

    La obra contiene, como corresponde a una obra de investigación y en este caso dotada de una perspectiva ética, con el índice de citas bíblicas y las siglas y abreviaturas de los libros y revistas citadas; pero destaca, sobre todo, la extensa bibliografía que aduce el autor (pp. 345-378).

    En nuestra opinión, el estudio de Vermeylen constituye una obra muy interesante. La meticulosidad de la investigación, la claridad de la exposición, el criterio hermenéutico y las conclusiones éticas, convierten el escrito en una exposición sobre la auténtica centralidad de lo que debe ser la vida cristiana: el compromiso decidido a favor de la liberación de quienes sufren la marginalidad y la crueldad del despotismo.

lunes, 26 de enero de 2015

CANAÁN, NÚM. 84 DE LA REVISTA RESEÑA BÍBLICA


Se ha publicado el número 84 de la revista Reseña Bíblica, dedicado a Canaán, que ha sido coordinado por Francesc Ramis Darder. 

Canaán
Reseña Bíblica 84

Ramis Darder, Francesc

Canaan

Colección: Reseña Bíblica

Como el buen entendimiento de la Escritura requiere la familiaridad con el marco geográfico, histórico, social y teológico del escenario donde acontecen los relatos bíblicos, este número de Reseña Bíblica se centra en Canaán, la tierra que albergó a la comunidad israelita, contempló la presencia de jueces y reyes, y sufrió sumisión al dominio extranjero, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia y Roma.
EDITORIAL

SECCIÓN MONOGRÁFICA
El mundo de los cananeos: textos y creencias
Andrés PIQUER

Visión panorámica de mitología cananea: el ciclo de Ba’lu/Anatu
Francesc RAMIS

Israel, ante los cultos locales y familiares de Canáan
Francisco VARO

Los cananeos en la historia de la salvación
Pedro FRAILE

Las mujeres de Canaán y la construcción de la identidad israelítica
Carmen YEBRA


SECCIÓN ABIERTA
El salmo 29 y la teología cananea
Felipe SEN

SECCIÓN DIDÁCTICA
Una tierra para comérsela
José Luis ALBARES


SECCIÓN INFORMATIVA
Boletín bibliográfico
Noticias





lunes, 19 de enero de 2015

CARTA A LOS ROMANOS: LA NUEVA VIDA EN CRISTO, Rom 12,9-21.

                                                                                  Francesc Ramis Darder 


     Adentrémonos en un episodio significativo de la Carta a los Romanos que explica, con la mayor claridad, el contenido de la sabiduría cristiana. Comenzaremos leyendo el texto y después nos introduciremos en el contenido espiritual y teológico.

A. Lectura de Rom 12,9-21.

    Que vuestro amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno. Amaos de verdad unos a otros como hermanos y rivalizad en la mutua estima. No seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes y prontos para el servicio del Señor. Vivid alegres por la esperanza, sed pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración. Compartid las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Vivid en armonía unos con otros y no seáis altivos, antes bien poneos al nivel de los sencillos. Y no seáis autosuficientes.

    A nadie devolváis mal por mal; procurad hacer el bien ante todos los hombres. Haced todo lo posible, en cuanto de vosotros dependa, por vivir en paz con todos. No os toméis la justicia por vuestra mano, queridos míos, sino dejad que Dios castigue, pues dice la Escritura: “A mí me corresponde hacer justicia; yo daré su merecido a cada uno”. Eso es lo que dice el Señor. Por tanto, “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que enrojezca de vergüenza.

    No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal a fuerza de bien.


B. Comentario.

    La segunda parte de la carta a los Romanos (Rom 1,16-11,36) insiste en la necesidad de centrar la vida cristiana en la fe en Jesús Resucitado y no en despeñar la vida hacia la servidumbre a las normas de la ley. Ahora bien, Pablo no presenta la fe como un conjunto teórico ajeno al deambular de la existencia humana. En la tercera parte de la carta (Rom 15,14-16,27), insiste en la necesidad de expresar la fe mediante la vivencia del amor. El contenido de Rom 12,9-21 desvela las normas de conducta que hacen posible que la fe se concrete en la experiencia del amor cristiano.

    Los consejos de Rom 12,9-21 confieren la sabiduría de Dios a quien los practica de forma convencida (1Cor 1,23-24). Como expone la teología del  AT, el sabio desarrolla seis actitudes que posibilitan su crecimiento humano y su compromiso social: la conciencia de ser alguien limitado; el sentimiento de la responsabilidad; la capacidad de pensar, de rezar y amar; la conciencia de pertenecer a una comunidad concreta; el deseo de encauzar su vida en el proyecto de Dios; y la intuición y después la certeza de que el destino de final de la vida reposa en las buenas manos de Dios para toda la eternidad. Veamos sucintamente las referencias con que Rom 12,9-21 alude a la sabiduría latente en la Sagrada Escritura.

    El apóstol afirma la necesidad de hacer el bien a todos “procurad hacer el bien ante todos los hombres” (Rom 12,17). Ahora bien, Pablo se muestra muy realista y percibe la limitación humana en la práctica de la bondad, sabe que no siempre podemos contentar a todos y por eso dice: “haced lo posible, en cuanto de vosotros dependa, por vivir en paz con todos” (Rom 12,18).

    La responsabilidad implica dos cosas. Por una parte, supone un estilo de vida semejante al de los profetas, es decir, la decisión de sembrar el amor por la vida y el afán por la práctica de la justicia en nuestro entorno; Pablo ahonda en ése aspecto: “Que vuestro amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a o bueno” (Rom 12,9). Por otra parte, la responsabilidad implica la decisión de querer vivir como un sabio, saber observar en la naturaleza y en la sociedad el latido del proyecto de Dios, y como consecuencia de la observación, adquirir el compromiso de sembrar la semilla del Reino; por eso afirma el apóstol: “No seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes en el espíritu y prontos para el servicio del Señor” (Rom 12,11).

    El ser humano es espiritual por excelencia (Rom 2,14-16). Vivir espiritualmente implica desarrollar la capacidad de pensar, rezar y amar. La capacidad de pensar se desarrolla desde dos perspectivas.

     Por un lado, supone la decisión de adquirir un notable sentido crítico, una notoria capacidad de discernir; ahora bien, sólo discierne las situaciones personales y sociales quien sabe tomar distancia y posee la humildad suficiente para pedir consejo a quien con solvencia pueda dárselo. Por eso Pablo comenta la necesidad de distanciarse del mundo y adquirir un pensamiento propio: “No te dejes vencer por el mal; antes vence bien, vence el mal a fuerza de bien” (Rom 12,21).

     Por otro lado, la capacidad de pensar requiere sosiego, paciencia y reflexión: “Sed pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración” (Rom 12,12).

    La vivencia del amor es el rasgo sobresaliente de Rom 12,9-21. El amor debe manifestarse en el seno de la comunidad cristiana: “Compartid las necesidades de los creyentes, practicad la hospitalidad” (Rom 12,13). Sin embargo, el texto recalca el aspecto más difícil del amor y por eso el más comprometido, el amor a los enemigos: “Por tanto, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed dale de beber” (Rom 12,20). El apóstol recoge las sentencias que expone en su escrito del fértil campo que constituye el libro de los Proverbios (Prov 25,21).

    Pablo recuerda a la comunidad la fuerza esencial que confiere la plegaria. El apóstol insiste en la oración: “Sed perseverantes en la oración [...] bendecid a los que os persiguen” (Rom 12,12.14).

    Las normas prácticas sobre la vivencia del amor no se limitan al interés privado de cada cristiano, sino que deben vivirse en el seno de la comunidad y en el entorno social. El episodio contenido en Rom 12,9-21 refiere la vivencia del amor en el seno comunitario; y el episodio siguiente, Rom 13,1-14, extrapola la práctica del amor al ámbito social donde la comunidad cristiana debe dar testimonio de Cristo.

    El apóstol sabe que la vida cristiana debe encauzarse en el proyecto de Dios; por eso dice: “no os toméis la justicia por vuestra mano, sino dejad que Dios castigue, pues dice la Escritura: a mí me corresponde hacer justicia; yo daré su merecido a cada uno. Esto es lo que dice el Señor” (Rom 12,19). [En lugar del término “castigue” podríamos valernos de la palabra “actúe”; en el sentido de “dejar que Dios actúe para poner cada cosa en su sitio”]. Nuestra misión no estriba en tomarnos la justicia por nuestra mano, sino en el compromiso de estar atentos a nuestra propia conducta (Rom 14,12), y comprometernos en la transformación cristiana del mundo (Rom 13,8-14).

    La vida cristiana no persigue el éxito efímero sino la victoria final. El hombre fiel está llamado a vivir en las manos de Dios, en ese sentido la carta está henchida de miradas hacia la trascendencia y remite constantemente a la vida en plenitud: “Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección [...] Dios ofrece como don la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 6, 5.23).

    Desde la óptica cristiana el Antiguo Testamento desemboca en el Nuevo Testamento. Pablo sintetiza en Rom 12,9-21 la sabiduría de la Antigua Ley, pero centrándola en Cristo. La sabiduría no se alcanza solamente contemplando el palpitar del mundo como imagen del latido de Dios, sino, sobre todo, contemplando a Jesús muerto y resucitado, el único que llena de sentido y colma de sabiduría la vida humana.

martes, 13 de enero de 2015

EL TEXTO HEBREO DEL LIBRO DE ISAÍAS Y LAS TRADUCCIONES ANTIGUAS


                                                                                        Francesc Ramis Darder


 El texto hebreo del libro de Isaías figura en la Biblia Hebraica Stuttgartensia (BHS) que reproduce el “Códice de Leningrado”, texto editado por D. W. Thomas (1968). El proyecto denominado “Hebrew University Bible Project” ha publicado el texto isainao, editado por M. H. Goshen-Gottstein (1995), basado en el “Códice de Alepo”.

    Las dificultades presentadas por el texto hebreo de Isaías (TM) han podido abordarse con mayor solidez desde los descubrimientos de Qumrán (1948). Junto a los Salmos y el Deuteronomio, el texto isaiano es el mejor representado entre los textos de la biblioteca esenia. El rollo completo de Isaías hallado en la primera cueva (1QIsª) contiene 54 columnas y tiene 7,34 m de longitud; fue copiado, quizá, por dos escribas, entre los años 150-120 a.C. El segundo rollo descubierto (1QIsb) se halla en un estado de conservación precario. Fue copiado durante el período Herodiano, y conserva unos cuarenta y seis capítulos completos y algunos otros de manera fragmentaria: El texto que nos ha llegado comienza en Is 7,22. Han aparecido, además, dieciocho manuscritos hallados en otras cuevas de Qumrán; son especialmente importantes los hallazgos de la Cueva 4 (4QIsa; 4QIsb). Igualmente, los arqueólogos han descubierto el fragmento de una copia en el Wadi Mubarat. Los dieciocho fragmentos y el manuscrito de Wadi Mubarat han sido datados en el arco temporal que abarca desde la primera mitad del siglo I a.C., hasta la segunda mitad del siglo I d.C.

    Entre las versiones antiguas la más importante es la Septuaginta; fechada, generalmente, en torno a la mitad del siglo II a.C. La versión griega procede con libertad respecto del TM; contiene numerosas paráfrasis, y añade interpretaciones de contenido teológico. Es el resultado de la adaptación del texto bíblico a las necesidades teológicas y culturales de los judíos de Alejandría. Por ejemplo, las alusiones a la creación, presentes en Is 40-55, según la opinión de algunos comentaristas, se hallan en la línea del pensamiento Helenístico, y específicamente estoico, al utilizar el verbo deiknimi para traducir la voz hebrea bara “crear”. Desde esta perspectiva, la traducción griega refleja las constantes relecturas y adaptaciones del texto bíblico a las nuevas situaciones que debían afrontar los judíos de la diáspora en tierras empapadas por la cultura helenística.

    El Tárgum del Pseudo-Jonatan  (132-135 a.C.) enfatiza el contenido mesiánico del texto isaiano. El Tárgum muestra un texto próximo el TM. La Peshitta, la traducción del texto a la lengua siríaca, realiza algunas adiciones textuales en virtud de las necesidades teológicas de las comunidades a las que se dirige, los cristianos de lengua siria (Is 7,14; 9,5; 25,6-8). La Vetus Latina constituye la interpretación latina del texto de la LXX. Jerónimo utilizó la Vetus Latina en la traducción llamada Vulgata, pero interpretó algunos pasajes en sentido mesiánico. A modo de ejemplo, suele citarse la traducción del término hebreo almah mediante la voz latina virgo; dicha traducción alude expresamente a la naturaleza virginal de María: ecce virgo concepiet et pariet filium (Is 7,14).

    La primera traducción a la lengua árabe fue realizada por el filósofo y exegeta Saadia Gaón (882-942), quien llevó a cabo una versión libre y popular del texto. Otras traducciones griegas, Aquila, Simmaco, Teodosion, junto a las traducciones etiópicas y armenias han tenido menos importancia en el estudio de la obra de Isaías. Sin embargo, como toda versión antigua, constituyen un buen testimonio de la historia del texto, y permiten perfilar el significado de los términos y los conceptos presentes en el Texto Masorético (TM).