jueves, 31 de julio de 2014

BIBLIOGRAFIA: ALGUNOS ARTÍCULOS MÍOS

Por si son de su interés:

Artículos de libro:

La introducció al llibre d'Ezequiel: síntesis de l'experiència mística del profeta (Ez 1,1-3)
Bíblia i mística / coord. por Armand Puig i Tàrrech, 2011, ISBN 978-84-9883-366-9,págs. 55-72

El llibre de Rut: realitat i simbologia de la presentació dels immigrants i emigrants
La Bíblia i els immigrants / coord. por Armand Puig i Tàrrech, 2005, ISBN 84-8415-677-X, págs. 121-142

Perdó i reconciliació en la tradició jueva / coord. por Armand Puig i Tàrrech, 2002,ISBN 84-8415-402-5, págs. 145-174

La Biblia en el arte y en la literatura : V Simposio Bíblico Español, Vol. 1, 1999, ISBN84-95269-05-8, págs. 419-434

Artículos de revistas:

Quaderns de pastoral, ISSN 0210-2048, Nº 211-2, 2008, pág. 30

Comunicació, ISSN 9946-6686, Nº. 124, 2010, págs. 75-96



El gozo de la conversión: sentido metafórico de los motivos exodales en Is 43, 16-21
Estudios bíblicos, ISSN 0014-1437, Vol. 64, Cuaderno 3-4, 2006, págs. 429-446

Reseña bíblica: Revista trimestral de la Asociación Bíblica Española, ISSN 1134-5233, Nº. 25, 2000 (Ejemplar dedicado a: la profecía de isaías), págs. 15-24

Comunicació, ISSN 9946-6686, Nº. 122, 2009, págs. 17-30

Comunicació, ISSN 9946-6686, Nº. 119-121, 2007-2008, págs. 95-104

Tobit i Sara: la capacitat d'escoltar el consell dels savis

Comunicació, ISSN 9946-6686, Nº. 125-126, 2011, págs. 131-146


El futuro de Israel: "El día de Yahvé"
Reseña bíblica: Revista trimestral de la Asociación Bíblica Española, ISSN 1134-5233, Nº. 48, 2005 (Ejemplar dedicado a: El profeta Amós), págs. 45-53

Ramis Darder, Francesc

Ramis Darder, Francesc

La bondat i la misericòrdia: metàfora de les mans de Déu
Ramis Darder, Francesc

El Paradís terrenal: metàfora del Regne de Déu
Ramis Darder, Francesc

Ramis Darder, Francesc

El libro de Judit: introducción general



Comunicació, ISSN 9946-6686, Nº. 129, 2013, págs. 97-114


sábado, 26 de julio de 2014

LA MUJER EN EL NUEVO TESTAMENTO

                                                                          Francesc Ramis Darder


E. Estévez López, Mediadoras de sanación, encuentros entre Jesús y las mujeres, Madrid: Comillas- S. Pablo 2008, 375 p.

    Elisa Estévez López es profesora titular del Departamento de Sagrada Escritura e Historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia Comillas (Madrid). El libro que reseñamos está enmarcado en la línea que caracteriza la obra investigadora de la autora: el deseo de emprender una reconstrucción de los orígenes del cristianismo que recoja el papel relevante que desempeñaron las mujeres, sin descuidar por eso el interés por recuperar el sentido original de los textos bíblicos tratando de situar su significado en el horizonte de creencias, valores y comportamientos que caracterizaron el entramado social del Mediterráneo antiguo.

    El interés teológico hacia las peculiaridades de la condición femenina entronca con la investigación actual (Schüssler Fiorenza, Wainwright) y el análisis sociológico de las culturas mediterráneas del siglo I puede situarse en el marco investigativo propuesto por B. Malina, entre otros autores. Desde ambos horizontes hermenéuticos, Estévez presenta un estudio, erudito y profundo, sobre el papel de cuatro mujeres que fueron curadas por Jesús, como relatan los evangelios sinópticos. No obstante, la autora no se limita a un simple comentario de los textos evangélicos, sino que los aborda desde una perspectiva muy novedosa y que, a nuestro entender, supone una aportación significativa a los estudios bíblicos sobre la relevancia teológica de la mujer en el cristianismo primitivo.

    A menudo, como señala la autora, la exégesis de los milagros inherentes a la sanación  de mujeres se limita a la consideración de la mujer desde el simple papel de “sujeto doliente” que, de una manera pasiva, recibe y acepta el don de la curación. Los comentaristas, en general, subraya la autora, no conceden a la mujer ningún papel en el proceso que culmina con la curación y desdeñan, en líneas generales, la influencia que el papel de la mujer curada pudo significar en el talante de la predicación de Jesús y en la perspectiva teológica de la comunidad cristiana primitiva. El objetivo de la monografía que ofrece Estevez radica en recuperar la función de las mujeres curadas por Jesús no sólo como sujetos dolientes, sino que buscando a través de las palabras y gestos de las mujeres, tal como los presenta la tradición sinóptica, la autora discierne cuál ha sido la contribución personal de la mujer que ha desembocado en la recuperación de la salud, a la vez que destaca cómo el encuentro sanador con Jesús capacita a la mujer para desempeñar, a su vez, el papel de sanadora, muestra como la intervención de Jesús confiere a la mujer una misión esencial en la comunidad cristiana y en el advenimiento del Reino de Dios.

   Con la intención de alcanzar su objetivo, la autora dedica los tres primeros capítulos a la conformación de un modelo teórico que permita la comprensión teológica y en clave de género de la sanación de la mujer, tal como figura en la tradición sinóptica. La autora no constriñe la investigación al uso de un solo método, sino que valiéndose de distintos enfoques (retórico, simbólico, contextual) penetra, como señala ella misma, entre las “rendijas” del texto. De ese modo, discierne a través de los relatos, la impronta teológica de la mujer curada, tantas veces oculta por la pluma de los varones que redactaron los evangelios y por los intereses de la comunidad focalizados, aunque fuera oblicuamente, hacia la relevancia del varón.

    A la vez que conforma un modelo teórico, también se adentra en el marco social desde el que la medicina antigua interpretaba la naturaleza del cuerpo de la mujer; la referencia a numerosos autores clásicos (Plutarco, Josefo, Cicerón, Aristóteles, Séneca, Aristófanes, Filón, Jenofonte, Hipócrates) y a la tradición bíblica, permiten que la autora pueda situar el horizonte interpretativo del cuerpo de la mujer y su identidad femenina en las categorías antropológicas del siglo I.

    Asentado el modelo interpretativo, la monografía se adentra en el análisis de cuatro perícopas. La primera, “el poder de una mujer creyente (Mc 5,24b-34)”, refiere la sanación de la mujer que padece flujo de sangre; en lugar de ceñirse, como hace habitualmente la exégesis, al papel pasivo y temeroso de la mujer, la autora recalca la confianza que la mujer curada deposita en Jesús hasta convertirse, de este modo, en paradigma teológico de la comunidad marcana, la comunidad que encuentra su fundamento en la vinculación existencial con el Dios del que procede toda vida. La segunda, “de sanada a discípula: la suegra de Pedro (Mt 8,14-15)” está enmarcada en el conjunto de milagros-relatos de vocación (Mt 8-9); la mujer que se puso a servir (diakoneo), subraya, especialmente en la tradición mateana (Pedro), el servicio de la mujer como expresión de su asentimiento a la vocación recibida y a la tarea ministerial asumida.

    La tercera, “el derecho a participar de los frutos de la basileia: la cananea (Mt 15,21-28)”, recalca el papel precursor de la mujer en la misión a los gentiles, a la vez que enfatiza el papel de la mujer durante el ministerio de Jesús, pues, superando el horizonte de las “ovejas perdidas de la Casa de Israel”, el mensaje salvador resuena entre los paganos. La cuarta, “de encorvada a vivirse erguida (Lc 13,10-17)”, analiza un pasaje hasta ahora poco estudiado; la mujer, sostiene la autora, no circunscribe su presencia a la de un sujeto pasivo en el seno de una discusión sobre la importancia del sábado, sino que muestra su papel central al convertirse en el personaje encargado de proclamar la “gloria de Dios”; de ese modo, la mujer sanada, se convierte en paradigma de buen discípulo y en modelo de conducta para la comunidad cristiana.

   A lo largo del ensayo, la autora se detiene en el análisis teológico, médico y semántico de numerosos términos (splagnitzomai, tzerapeio, nosos); alude, brevemente, a la historia de la investigación de las cuatro perícopas comentadas, a la vez que valora, sucintamente, la bibliografía disponible sobre cada una de las perícopas. La obra concluye con el índice de siglas y un elenco bibliográfico amplio.


    A nuestro entender, el ensayo constituye una aportación muy significativa sobre el estudio del papel de la mujer en el cristianismo primitivo. El método investigativo permite ahondar en aspectos hasta ahora descuidados por la exégesis, pues subraya el papel activo de la mujer curada por Jesús desde tres perspectivas: en primer lugar destaca la influencia de la mujer curada en la misma predicación de Jesús; en segundo lugar, recalca, el papel decisivo de la mujer por cuanto concierne a la extensión del Reino de Dios; en tercer término, enfatiza el papel esencial de la mujer en el desarrollo del cristianismo primitivo. El ensayo constituye, como hemos dicho, una aportación importante y muy bien escrita, al estudio del papel de la mujer en los albores de la Iglesia.

viernes, 18 de julio de 2014

¿CÓMO Y POR QUÉ SE ESCRIBIÓ EL LIBRO DE ISAÍAS?

                                                                                      Francesc Ramis Darder


El proceso de redacción del libro de Isaías fue largo y complejo; ahora bien, a nuestro entender vio la luz definitiva entre las manos de un grupo erudito, a mediados de la primera parte del período helenístico, en Jerusalén (siglo III a.C.). La profecía hunde sus raíces en la vida y en la predicación del mismo profeta. El texto isaiano sitúa cronológica y geográficamente el marco del ministerio de Isaías en Judá y Jerusalén (Is 1,1; 2,1), durante el reinado de Ozías, Jotán, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá (Is 1,1); en definitiva, la predicación de profeta, aconteció en el Reino del sur durante la segunda mitad del siglo VIII a.C.

     Las palabras proclamadas por Isaías fueron recogidas, transmitidas y ampliadas por sus discípulos para aplicarlas a las nuevas situaciones con que debían enfrentarse los judaítas tras la muerte del profeta. Los discípulos aplicaron, tal vez crípticamente, las invectivas del Vocero de Dios para denunciar la corrupción política y religiosa que ensombreció Judá durante el reinado de Manasés y Amón (2Re 21) (687-640 a.C.). No cabe duda de que el círculo profético, evocando la memoria de  Isaías, interpretó los avatares de la reforma de Josías (640-609 a.C.); y, con toda certeza, analizó teológicamente los sucesos luctuosos que tiñeron de sangre Judá y Jerusalén durante la agresión babilónica y las deportaciones sucesivas (597.587.582 a.C.).

    Hacia la mitad del destierro babilónico (561/0 a.C.), resonó entre los deportados la voz de un personaje anónimo, el Profeta del Consuelo. El hombre de Dios, buen conocedor del mensaje de Isaías trasmitido por sus discípulos, proclamó palabras de esperanza entre los judaítas sometidos a la cierna del exilio. La predicación del Profeta del Consuelo, amplia y profunda, reposa sobre dos cuestiones capitales. Por una parte, desde la perspectiva teológica, el profeta supo discernir en el hondón de los acontecimientos que propiciaron la ascensión de Ciro y la caída de Babilonia, la actuación liberadora de Dios a favor de su pueblo; según la opinión del profeta, ambos sucesos no proceden de la casualidad, nacen del designio de Yahvé, el exclusivo señor de la Historia (Is 41,21-29; 43,11; 48,12-15). Por otra, el heraldo divino (o sus discípulos) acuñó un vocablo teológico decisivo, la palabra “creación (br’)”. Los discípulos recogerán la predicación del Maestro y comenzarán a redactar, en Jerusalén y tras el regreso del exilio, el denominado “Segundo Isaías” (Is 40-55).

    La teología de Is 40-55, eco postrero de la voz del Profeta del Consuelo, entiende el proceso de la creación (br’) como la relación nueva que Dios establece con su criatura, gracias a la cual la criatura percibe su identidad de un modo distinto, pues la contempla desde la relación nueva que el Creador ha establecido con ella; es decir, el pueblo hebreo, deja de concebir su historia como si fuera fruto del azar o del capricho de los ídolos, para entenderla desde la grandeza de Dios, exclusivo señor de la Historia, que elije a su pueblo durante el oprobio del exilio. Durante los últimos años del destierro se fue conformando, lentamente, una pequeña comunidad convocada por la palabra del Profeta del Consuelo. Como relata la Escritura, cuando Ciro el Grande conquistó Babilonia (539 a.C.), proclamó un decreto por el que los judíos deportados podían volver a Sión (Esd 1,1-4); aún así, conviene precisar que a tenor de los datos históricos, el retorno de los judíos sólo tuvo lugar de forma significativa durante los primeros años del reinado de Darío I (521-486 a.C.). Zorobabel, pretendiente legítimo del trono de David, y Josué, sumo sacerdote, regresaron a Jerusalén en compañía de un conjunto significativo de judíos.

    La entereza de los deportados que volvieron a pisar los umbrales de Jerusalén, ilusionados por la reconstrucción del antiguo reino sobre los parámetros teológicos elaborados en el exilio, se precipitó en el abismo del sinsentido tras la muerte de Zorobabel, el monarca legítimo que debía sentarse en el trono de Sión. La muerte de Zorobabel determinó la desaparición de la dinastía de David. A partir de entonces los persas asumieron plenamente el control de la región, sólo concedieron a los judíos cierta jurisdicción sobre las cuestiones inherentes a la celebración del culto en el recinto del templo y sobre la interpretación de las cuestiones más específicas de la religión judía; Josué y sus sucesores asumieron, bajo la aquiescencia aquemémida, el control de la cuestión religiosa. Los persas convirtieron el territorio del extinto reino de Judá en la provincia de Yehud, integrada en la satrapía de Transeufratina. Sin embargo, la desgracia no consiguió mermar la entereza de quienes habían vuelto del destierro; quienes habían regresado de Babilonia, unidos a quienes habían permanecido en Judá y habían abandonado la senda errada de la idolatría, conformaron una comunidad religiosa reunida al abrigo del templo de Sión.

    A lo largo del período persa (538.522-331 a.C.), los discípulos del Profeta del Consuelo fueron dando forma literaria a la predicación del Maestro del exilio; ahora bien, también fueron aplicando el contenido de la reflexión a la condición social y a la situación teológica por la discurría la vida de la comunidad creyente reunida al amparo del templo. La reflexión de los discípulos del Profeta del Consuelo fue conformando, en relación con la asamblea convocada junto al templo, el entramado del Segundo Isaías (Is 40-55); cabe pensar que el texto alcanzara su forma, casi definitiva, entre los últimos lustros del período persa y los primeros del helenístico, entre los muros de Sión.

    Adoptando una perspectiva pedagógica, podríamos afirmar que durante la segunda mitad del período persa y la primera del helenístico (398-198 a.C.), la teología isaiana había adquirido un desarrollo amplio y complejo. La predicación del profeta Isaías (siglo VIII a.C.) fue desarrollada y aplicada por sus herederos a la situación social y religiosa de Judá. Más tarde, durante el exilio, el Profeta del Consuelo, reinterpretó y adaptó el mensaje isainao a las condiciones adversas del destierro (siglo VI a.C.); una vez en Jerusalén, los discípulos del Vocero de Dios adaptaron el mensaje de su mentor a las nuevas condiciones en que se encontraba la comunidad, asentada en Yehud.

   La segunda etapa del período persa y la primera del helenístico contemplaron como la comunidad asentada en Jerusalén continuaba desarrollando la teología isaiana; a medida que el helenismo ganaba terreno, la comunidad judía vio como emergía desde su propio seno otra corriente teológica relevante, la apocalíptica. Sin duda, el alba de la apocalíptica (250-225 a.C.) empujó quienes estaban imbuidos por la espiritualidad isaiana, a reflexionar sobre la situación social y teológica de Yehud (Is 24-27); después, aún afloraron meditaciones y glosas que enriquecieron al patrimonio del la comunidad leal, asociada al espíritu isainano.

    Podríamos decir que los herederos de la profecía isaiana, fueron confeccionando un proyecto teológico que aspiraba a conseguir tres objetivos complementarios. En primer lugar, deseaban ahondar, desde la óptica teológica, en el corazón de la identidad judía; en segundo término, aspiraban a confeccionar un proyecto de conversión con que poder insertar a los judíos, sojuzgados por las zarpas idolátricas, en el regazo de la comunidad reunida al amparo del templo de Sión; y, en último término, se planteaban la forma de atraer a las naciones a la adoración de Yahvé, el único Señor de la historia, en la cima del Monte Santo.

    A mediados del siglo III a.C., durante la primera mitad de la etapa helenística (331-198 a.C.), algún autor, miembro erudito de quienes estaban adheridos a la espiritualidad isaiana, emprendió en Jerusalén la tarea de componer de forma definitiva el libro, magno y denso, de Isaías (Is 1-66). El redactor releyó y retocó en profundidad la reflexión iniciada por los discípulos del Gran Isaías (siglo VIII a.C.). Sin duda, también matizó y reinterpretó algunos aspectos teológicos de la obra entretejida por los discípulos del Profeta del Consuelo; y, evidentemente, consideró la reflexión, plural y honda, de los herederos del Maestro que moraban en Sión, durante el ecuador de la primera etapa del período helenista. Debemos recordar, a pesar de la evidencia, que la redacción del libro de Isaías tuvo lugar en relación intertextual con los demás libros del Antiguo Testamento hebreo.

    El redactor no se limitó a aunar los textos que había reunido y trabajado; una vez reelaborados en profundidad, les confirió el sentido argumental y les dotó del arte literario que destila la obra isaiana. El libro de Isaías, como hemos insinuado, ofrece un  proyecto de conversión dirigido al pueblo idólatra para que encauce su vida por la acequia de la alianza, es decir, para que pueda insertarse en la asamblea constituida por la comunidad fiel al Señor, reunida al cobijo del templo, a la vez que invita a las naciones, admiradas por la fidelidad religiosa de la comunidad remida, a dirigirse a Jerusalén para adorar a Yahvé, el único señor de la Historia, sobre la cima del Monte Santo.
 
    El planteamiento global del libro de Isaías presenta un proceso teológico profundo: muestra cómo el pueblo hebreo, caracterizado al principio por un culto que Dios no soporta (Is 1,10-20), llega a convertirse, con el auxilio divino (Is 43,1-7), en el pueblo transformado que revela ante las naciones paganas la gloria de Dios (Is 66,7-14) para atraerlas a la cumbre del Monte Santo, metáfora del santuario de Sión, para postrarse ante Yahvé, el único dueño de la Historia (Is 66,18-23). A través de la profecía isaiana, la comunidad fiel al Señor, invita a todos los israelitas a introducirse en la senda de la conversión; les incita a insertarse de nuevo en la alianza eterna que el Señor trabó con su pueblo para que pudiera gozar de la bendición divina y fuera capaz de reunir a todas las naciones en Sión para la alabanza de Yahvé.

sábado, 12 de julio de 2014

INTERPRETACIÓN DE LA SAGRADA ESCRITURA

EL HORIZONTE DE LOS ESTUDIOS BÍBLICOS.
DE “LA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA EN LA IGLESIA” (1993) AL “SÍNODO DE LA PALABRA” (2008)

 Francesc Ramis Darder


 La descripción y el análisis de la situación en la que se encuentran actualmente los estudios bíblicos es una tarea difícil; hay que mencionar, sin embargo, que la investigación ha alcanzado una amplitud y una profusión como no se habían visto nunca dentro de la Iglesia. El objetivo de nuestro estudio consiste en ofrecer una panorámica de la situación de las investigaciones bíblicas en el marco temporal marcado por dos hitos señeros: la publicación del documento de la Pontificia Comisión Bíblica “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993), y la convocatoria del “Sínodo de la Palabra” por parte de Benedicto XVI (2008). Como es obvio, el alcance de nuestro estudio es limitado y sin duda parcial, pero quiere presentar el horizonte actual de los estudios bíblicos, prestando atención, en la medida de lo posible, a la situación de la investigación y difusión de la Palabra de Dios.

1. El punto de partida. El documento de la Pontificia Comisión Bíblica: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993)

 Tal como recalca la constitución dogmática Dei Verbum, el estudio de la Sagrada Escritura es el alma de todo el quehacer de la teología (DV 24). Recogiendo el anhelo de la Iglesia, la Pontificia Comisión Bíblica publicó un documento muy significativo orientado hacia la comprensión de la naturaleza y hondura de los estudios bíblicos: “La Interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993).[1]

 El mencionado documento empieza aludiendo a los grandes hitos con que el Magisterio ha contemplado los estudios bíblicos a lo largo de los últimos tiempos: Providentissimus Deus (León XIII, 1893), Divino Afflante Spiritu (Pío XII, 1943), Santa Mater Eclessia (1964), pero sobre todo hace referencia a la Constitución Dogmática Dei Verbum, emanada de los trabajos del Concilio Vaticano II (18 noviembre 1965). El objetivo del documento consiste en ponderar seriamente los diferentes aspectos de la situación actual en referencia a la interpretación bíblica; desea prestar atención a las críticas y aspiraciones que laten en el corazón de los investigadores; pretende valorar las posibilidades ofrecidas por los nuevos métodos de investigación. En definitiva, se propone precisar las orientaciones que mejor respondan a la misión de la exégesis en el ámbito de la Iglesia Católica.

 El documento alcanza el objetivo mencionado desarrollando cuatro aspectos básicos. Empieza describiendo los diferentes métodos y acercamientos que los investigadores actuales adoptan para adentrarse por los caminos de la Escritura, al mismo tiempo que hace una valoración de las ventajas y limitaciones que presentan.[2] Seguidamente profundiza en algunas cuestiones hermenéuticas propias de la interpretación de los textos bíblicos.[3] Después se detiene en la reflexión sobre las dimensiones características de la interpretación católica de la Biblia, y sobre su relación con otras disciplinas teológicas.[4] Finalmente considera, de la manera más cuidadosa, los aspectos más significativos por los que se debe distinguir la interpretación de la Biblia en la vida de la Iglesia.[5]

 El horizonte de comprensión que alcanza el documento es amplio y profundo; por nuestra parte solo querríamos destacar dos aspectos complementarios que hacen referencia a la situación actual y al desarrollo en que se hallan los estudios bíblicos.

 En primer lugar, deja patente que el uso del método histórico-crítico es indispensable para el estudio científico del sentido de los textos antiguos, estudio que se concreta, como señala el documento, en las investigaciones bíblicas. El documento enfatiza que la Sagrada Escritura, “la Palabra de Dios escrita en lenguaje humano”, ha sido redactada por autores humanos en todas sus partes y en todas sus fuentes, por eso concluye expresando de forma apodíctica que la justa comprensión de la Escritura no solo admite como legítimo el uso del método histórico-crítico, sino que la utilización del mencionado método pasa a ser indispensable para el estudio científico de la Escritura.

 En segundo término, el texto de la Pontificia Comisión Bíblica desautoriza de forma contundente la lectura fundamentalista de la Biblia.[6] La lectura fundamentalista se basa en el principio de que la Biblia debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles. Bajo la mención de “interpretación literal”, la aproximación fundamentalista alude a la interpretación primaria y literalista. Excluye cualquier esfuerzo dirigido a la comprensión de la Biblia que tenga en cuenta el trasfondo histórico de donde brotaron los textos, igualmente desconoce y rehúsa el desarrollo que experimentó el talante literario y teológico del contenido de la Escritura. En definitiva, según señala el documento, la perspectiva fundamentalista se opone al uso del método histórico-crítico y a la opción por cualquier otro método científico orientado hacia la comprensión de la Escritura.

 Los dos aspectos que acabamos de mencionar sitúan cuidadosamente la gloria que alcanza la Iglesia cuando profundiza con rigor en el estudio de la Sagrada Escritura, pero también advierten contra el peligro y la confusión a que se expone la comunidad cristiana cuando se precipita por el abismo fundamentalista.[7] 


[1] Pontificia Comisión Bíblica, La Interpretación de la Biblia en la Iglesia, PPC (Madrid 1994).
[2] Método histórico-crítico. Métodos propios del análisis literario (análisis retórico, narrativo, semiótica). Aproximaciones basadas en los datos de la Tradición (aproximación canónica, referencia a las tradiciones judías de interpretación, historia de los efectos del texto). Aproximación desde las ciencias humanas (aproximación sociológica, antropología cultural, perspectiva psicológica y psicoanalítica). Aproximaciones contextuales (perspectiva propia de la teología de la liberación, óptica propia del feminismo). Lecturas fundamentalistas.
[3] Hermenéuticas filosóficas. Sentidos de la Escritura Inspirada (sentido literal, espiritual, pleno).
[4] La interpretación en el seno de la Tradición Bíblica (Relecturas, relaciones entre el AT y el NT). La interpretación en el seno de la Tradición de la Iglesia (Formación del Canon, exégesis patrística, papel de los diferentes momentos de la Iglesia por lo que respecta a la interpretación de la Escritura). La tarea del exegeta (Orientaciones principales, investigación, enseñanza, publicaciones). Relaciones con las demás disciplinas teológicas (Teología y precomprensión de los textos bíblicos, exégesis y teología dogmática, exégesis y teología moral, puntos de vista diversos e interacción necesaria).
[5] La necesaria actualización (principios, métodos, límites). Inculturación. Diversos ámbitos de lectura de la Biblia (liturgia, lectio divina, el ministerio pastoral, movimiento ecuménico).
[6] Sobre el fundamentalismo bíblico: F. Fernández Ramos, Fundamentalismo bíblico (Bilbao 2008).
[7] Síntesis sencilla referida a la situación de los estudios bíblicos: J.-L. Arín, “Som aquí … o així m’ho sembla”, Butlletí de l’Associació Bíblica de Catalunya 72 (2001), 59-65.

sábado, 5 de julio de 2014

¿CUÁL ES EL GÉNERO LITERARIO DEL LIBRO DE JUDIT?

                                                              Francesc Ramis Darder


La textura del libro insinúa la naturaleza de un relato de cariz histórico, pero al ahondar en la cuestión apreciamos numerosas incoherencias. A pesar del empeño de la arqueología, sigue sin conocerse la localización de Betulia (Jdt 8,3-8). La historia no conoce ningún personaje llamado Arfaxad que reinara en Ecbátana (Jdt 1,1), tampoco ningún Holofernes, general de Nabucodonosor (Jdt 2,4). Aunque el texto afirme que Nabucodonosor reinó sobre los asirios desde la ciudad de Nínive (Jdt 1,1), tanto los estudios históricos como la Escritura certifican que gobernó sobre los babilonios desde la capital de su imperio, Babilonia (605-562 aC.) (cf, 2Re 24,1). Si siguiéramos ahondando, apreciaríamos otras dificultades: la incerteza sobre la existencia de Betomestáin (Jdt 4,6), o la desmesurada rapidez con que se desplaza el ejército asirio hacia el país de los judíos (Jdt 8,5).

    A tenor de las apreciaciones anteriores, el horizonte del relato no pivota sobre la solvencia de acontecimientos históricos o lugares geográficos; sin duda, los judíos que leían el libro ya conocían la inexactitud de algunas informaciones. Entonces, si el relato carece de fuste histórico, ¿a qué género literario pertenece?

    El libro constituye un relato metafórico de cariz edificante que, entretejido con alusiones históricas y menciones geográficas, acrece la piedad, la identidad y la fe del pueblo judío. Por una parte, ensalza la entereza con que Dios concede la victoria a su pueblo ante el envite enemigo. Por otra y a modo de correlato, subraya que los paganos, representados por Ajior, atentos a las proezas de Dios a favor de su pueblo, pueden encontrar el sentido de su vida adhiriéndose al Dios de Israel. Aún así, conviene precisar otros tres aspectos teológicos del relato.

    Primero: ¿Por qué el libro presenta errores históricos y geográficos? A nuestro entender, el autor insertó los errores de forma deliberada. El motivo político estriba en la necesidad del camuflar el contenido del relato. Si en vez de mencionar a Holofernes aludiera a Antíoco IV suscitaría la fiereza seléucida contra el autor y los lectores, si es que el imperio recuperaba el control sobre Palestina.

    No obstante, los errores deliberados apelan también a motivos teológicos. La lectura espiritual del libro insta a la comunidad a protegerse de la opresión idolátrica, entre otros temas. Como hemos señalado, bajo la mención de Nabucodonosor y Holofernes palpita la saña idolátrica de los paganos. Ahora bien, existen pasajes idolátricos caracterizados por el estilo confuso con que el autor los redactó (cf. Is 40,19-20; 44,9-20); así el autor de los textos señala, incluso literariamente, la confusión que la idolatría provoca en quienes adoran fetiches.

    Si analizamos el relato, observaremos que la primera parte (Jdt 1-7), dedicada a los preparativos asirios, presenta gran confusión histórica y geográfica, eco de la idolatría propia de la potencia despótica. Aunque la segunda parte presente menos confusiones (Jdt 8-16), también las evidencia, de ahí la imposibilidad de localizar Betulia. Los habitantes de Betulia tiemblan de miedo ante el invasor (cf. Jdt 8,9-19); y como señala la Escritura, el miedo constituye la expresión psicológica de la desconfianza en Dios, es decir, la expresión de la idolatría (cf. Is 7.1-9). Así la confusión deliberada del relato sugiere, por un lado, la entidad idolátrica del envite asirio; y, por otro, enfatiza el miedo de los moradores de Betulia, eco de la desconfianza en Dios que embarga su alma ante el ataque asirio.

    Segundo: Cuando el texto confronta la magnitud del ejército asirio con la reducida fuerza judía, sorprende al lector. El coraje de una sola persona, Judit, provoca la derrota de un ejército de ciento veinte mil infantes y una gran cantidad de caballos con doce mil jinetes (Jdt 2,4). La desproporción evoca la naturaleza de los relatos apocalípticos que tapizan la Escritura (cf. Ez 38-39). Entre otros temas, la apocalíptica subraya como Dios otorgará la victoria a Israel sobre todos sus enemigos, al final de los tiempos. Así pues, cuando el libro de Judit recalca la victoria judía sobre el vasto ejército asirio, también enfatiza la solvencia de Dios que otorgará a su pueblo la victoria definitiva sobre las potencias del mal, al final de los tiempos. De ese modo, el relato insufla esperanza en la asamblea judía; pues, a pesar de cualquier oprobio, Dios coronará a su pueblo con la corona de la gloria, al final de la Historia.

    Tercero. Aunque viuda, Judit no es en absoluto modelo de debilidad. Su larga genealogía indica su raigambre social en Betulia (Jdt 8,1-3), su piedad refleja la entereza de la fe (Jdt 8,4-6), su riqueza encomia su solvencia social (Jdt 8,7b-8), su belleza desvela su atractivo (Jdt 8,7ª). La astucia de Judit con Holofernes evoca, sin duda, la pericia de David contra Goliat, la entereza de Yael contra Sísara o el coraje de Débora contra las tropas de Yabín (cf. 1Sm 17,1-54; Jc 4,1-22).

    Sin embargo, fijémonos en un detalle: una sola persona, Judit, fiel al Señor, alienta la destrucción de los enemigos y encauza a la comunidad por la senda dispuesta por Dios (Jdt 15,8-16,20). El suceso recuerda un verso relevante de la tradición judía: “el Señor ha tomado la decisión de salvar a su pueblo; pero para eso no necesita un grupo numeroso, sino aquellas personas que busquen la santidad (AntBi 27,14). La figura de Judit forja la imagen del judío fiel que busca la santidad, el halito de Dios que conduce la historia hacia el horizonte de los cielos nuevos y la tierra nueva inscritos por Dios en el corazón de cada persona (Is 66,22; Jr 31,31-34; Ap 21,1-8).

sábado, 28 de junio de 2014

¿CUÁNDO Y POR QUÉ SE ESCRIBIÓ EL LIBRO DE JUDIT?


                                                                             Francesc Ramis Darder


Cuando el historiador lee al libro de Judit, le vienen a la memoria los acontecimientos que trenzaron la etapa Macabea. A partir del año 198 a.C., Palestina formó parte del Imperio Seléucida. Un imperio que se extendía desde la frontera de Egipto hasta abarcar Mesopotamia. Aunque agrupaba numerosos pueblos, la ideología helenista empapaba las líneas de gobierno y el tejido social. El helenismo teñía con el pensamiento griego las costumbres de los pueblos orientales; de ese modo, los seléucidas iban imponiendo la moda y la religión griega en detrimento de la lengua y la religión propia de los pueblos orientales.

    El rey Antíoco IV Epífanes (175-164 a.C.) decidió unificar la estructura del imperio seléucida. Por esa razón estableció la unidad lingüística, cultural y religiosa de sus estados; es decir, tendía a sustituir la religión y la cultura propia de cada pueblo por el culto y el pensamiento helenístico. El pueblo judío sufrió el acoso de Antíoco. El soberano entronizó la estatua de Zeus Olímpico en el Templo Jerusalén; así, reemplazaba el culto hebreo por la religión de corte helenístico. Entre otras cuestiones, prohibió la circuncisión, penalizó la observancia del sábado y dificultó la práctica de las costumbres hebreas; de esa manera cercenaba la cultura y la idiosincrasia judía (1Mac 1,29-40).

    Los hebreos no permanecieron de brazos cruzados ante el despotismo de Antíoco. Encabezados por los hermanos macabeos (1Mac 2,1-14), muchos judíos se sublevaron contra las insidias de Antíoco. Lograron vencer a Antíoco IV y a sus sucesores, hasta proclamar la independencia del país del dominio seléucida. Gracias a la victoria macabea, el pueblo judío conservó su religión y su cultura. Si la comunidad hubiera claudicado ante los golpes de Antíoco, quizá hubiera sucumbido, como aconteció con otros pueblos orientales.

    Los acontecimientos que acabamos de mentar, sugieren el entramado del libro de Judit. El totalitarismo de Nabucodonosor y Holofernes contra los judíos evoca el despotismo de Antíoco IV contra la comunidad hebrea. El miedo de los dignatarios de Betulia (Ozías, Jabrís y Jarmís) sugiere el pánico que embargó a los judíos, temerosos del ocaso de la religión y la cultura judía bajo los puños de Antíoco IV. La valentía de Judit alude al coraje de los hermanos macabeos que, enamorados de Dios y de su pueblo, batieron a los seléucidas. La muerte de Holofernes por mano de Judit y la derrota del ejército asirio denotan el fin del dominio seléucida sobre la patria judía.

    Así pues, el libro de Judit constituye, entre otros temas, el reflejo teológico de los acontecimientos que trenzaron la victoria judía sobre la tiranía seléucida. A nuestro entender, fue escrito en hebreo o arameo a finales de la etapa macabea (150-140 a.C.), una vez asentada la independencia judía, para ofrecer a la comunidad una pauta de reflexión sobre los sucesos pasados. De esa manera, la comunidad ahondaba sobre dos cuestiones principales: reconocía el auxilio permanente con que Dios protege a su pueblo, a la vez que empeñaba la vida en defenderse, con el auxilio divino, del envite de cualquier enemigo.


    Vencida la opresión seléucida, los lectores ahondaron en el calado espiritual del libro. La violencia de Antíoco IV, oculta tras la furia de Nabucodonosor y Holofernes, había pasado; pero la comunidad continuaba sufriendo el acoso de la idolatría, la mayor amenaza contra la fe hebrea. No olvidemos que el Antiguo Testamento suele asociar la tiranía de las grandes potencias sobre la tierra israelita con la seducción idolátrica que cercena la fe judía (cf. Is 10,5-19; 47). Muchos hebreos, deslumbrados por la parafernalia helenista, descuidaban su religión y se asimilaban a la moda griega hasta abandonar la fe para adherirse a las creencias helenas. De ese modo, la fidelidad de Judit instaba a la comunidad hebrea, acosada por la idolatría, a luchar para defender la integridad de la fe, a pesar de las insidias idolátricas, ocultas bajo el lienzo de la invasión asiria.


Pueden consultar también el siguiente artículo:
El libro de Judit: introducción general
Francesc Ramis Darder

sábado, 21 de junio de 2014

SABIDURÍA BABILÓNICA Y BÍBLICA

                                                                                         Francesc Ramis Darder


El Doliente y su Amigo constituye una meditación sobre la miseria humana. Comenzó a entretejerse en Babilonia (XI a.C.), pero las copias más antiguas proceden de la biblioteca de Asurbanipal. Las primeras letras de cada verso constituyen el acróstico que delata la identidad del compilador: Yo soy Saggil-kinam-ubbib, sacerdote, cantor, siervo de la asamblea divina y del gran rey. El poema constituye el diálogo entre un hombre hastiado de la vida, y su amigo que discute con él.

    Recuerda la disputa de Job con sus amigos. Job, harto de dolores, pregunta a sus compañeros la razón de su penar. Los amigos le hablan de la bondad de Dios con los justos, pero Job les pregunta: ¿Por qué siguen vivos los malvados, que envejecen y acrecen su poder? (Job 21,7; Jr 12,1; Ecl 8,14). La respuesta es pareja a la del Doliente a su amigo: "Quienes se olvidan de sus dioses prosperan […] los pecadores triunfan, mientras yo he fracasado" (Lin. 66-67).

    El Eclesiastés subyaga la identidad del hombre que no encuentra sentido a la vida. Proclama con hastío: A lo largo de la vida, he observado que en el puesto de la Ley está el delito; en el puesto de la justicia, la injusticia (Ecl 3,16). De modo análogo, clama el Doliente: He buscado orden en el mundo, pero todo está al revés (Lin 243-253). El Eclesiastés suplica el auxilio divino: Respóndeme, Señor, pues tu amor es bondadoso; por tu inmensa ternura vuélvete hacia mí (Ecl 69,17). De modo parejo, exclama el Doliente: Que la asamblea divina, que me abandonó, tenga misericordia de mí (Lin 287-297). Ahora bien, el Doliente, apegado al politeísmo, requiere el auxilio de la pluralidad de dioses, alejados del ser humano. Mientras el Eclesiastés demanda la bondad de Dios, capaz de colmar la vida de sentido; pues sentencia: Confía en Dios y guarda sus mandamientos, porque en esto consiste ser hombre (Ecl 12,13).

    Como sucede con el Diálogo, la Lamentación constituye un género literario común a la Escritura y al pensamiento mesopotámico. La Lamentación por la Ciudad de Ur aparece en una colección de tablillas descubiertas en Nippur.

    La Lamentación gime por la caída de la ciudad de Ur bajo la espada de Kindattu, rey de Elam (2004 a.C.). Señala con tristeza como hasta los mejores monarcas y las urbes esplendentes, tarde o temprano, sucumben. No obstante, una ciudad devastada puede levantarse de nuevo. Como sabemos, el eje de toda ciudad recaía en el templo, por eso quienes rehicieron Ur comenzaron reconstruyendo el santuario. Cuando lo alzaban, recitaban la Lamentación para recordar a los dioses, como sucedía entre los antiguos, que los constructores eran ajenos a quienes lo habían devastado.

    El libro de las Lamentaciones describe la destrucción de Jerusalén por la espada de Nabucodonosor: Ha hundido en tierra sus puertas […] el rey y sus príncipes están entre paganos (Lam 2,9). De modo análogo, señala la Lamentación por Ur: el dios Enlil ha huido de Nippur (urbe vecina de Ur) el viento pasa por la puerta de la ciudad (LUr 1,37). Ambos poemas lloran la caída de una urbe. No obstante, la debacle de Ur, lamenta la huída del dios Enlil, mientras la Lamentación gime por la huída del rey y los príncipes. Los moradores de Nippur, apegados al politeísmo, pensaban que cada ciudad estaba regida por un dios que pugnaba con los otros para mantener su prebenda; por eso, cuando caía la villa, la divinidad huía para que la poseyera otro dios, enemigo del anterior. Ahora bien, la Escritura afirma la unicidad de Yahvé; por eso, aunque Jerusalén haya caído, Dios continúa velando por ella (Is 54,8), mientras los nobles, culpables del desastre, abandonan la ciudad con el acíbar de la derrota (Jr 52).

    La Escritura recoge el calado de Diálogos y Lamentaciones, habituales en la cultura mesopotámica. Aún así, les confiere un valor teológico más hondo. Asentada en el monoteísmo, la Escritura no aboca al ser humano hacia la desesperación, le ofrece el horizonte hacia el que orientar la vida: la observancia de los mandamientos (Ecl 12,13), y el consuelo divino (Job 42,1-6).

     Para ampliar información, pueden consultar mi libro "Los sabios, testigos del Dios de la vida":
http://bibliayoriente.blogspot.com.es/2013/01/los-sabios-testigos-del-dios-de-la-vida.html

lunes, 16 de junio de 2014

MOISÉS Y LA LEYENDA DE SARGÓN DE AKKAD



                                                                                  Francesc Ramis Darder


A principios del siglo XX, los arqueólogos desenterraron las tablillas concernientes a la Leyenda de Sargón I (ca. 2371-2316 a.C.), soberano del Imperio de Acad. Como sucedía en las cortes orientales, los escribas palaciegos envolvieron el origen del monarca en las telas del misterio. Al decir de la leyenda, Sargón era hijo de una sacerdotisa y un peregrino. Su madre no deseaba que la gente conociera el nacimiento de su hijo, por eso tejió una cesta donde puso la criatura. Después la depositó en las aguas del Eúfrates para que la llevaran hasta los dominios de Aqqi, jardinero real. Aqqi salvó al niño de la turbulencia de las aguas y lo adoptó como hijo. Con el auxilio de la diosa Istar, el niño creció hasta convertirse en Sargón I.

   La leyenda evoca el relato del nacimiento de Moisés. Su madre, Yoquébed, perteneciente a la tribu de Leví, estaba casada con Amrán, también de la tribu de Leví (Ex 2,1; 6,20). Los levitas conformaban la tribu sacerdotal de Israel, pero solo los varones ejercían el oficio cultual. Aunque Yoquébed no sea sacerdotisa, pertenecía a la tribu sacerdotal y estaba casada con un sacerdote, Amrán. En analogía con Yoquébed, también la madre de Sargón pertenecía al estamento clerical, pues era sacerdotisa.

    Ambas madres temían por sus hijos. La de Sargón no quería que nadie supiera de la criatura, mientras la de Moisés quería salvar a su hijo de las garras del faraón, que había prescrito la muerte de los niños hebreos (Ex 1,16). La sacerdotisa salvó a Sargón de la ignominia depositándolo en una cesta entre los juncos del Eúfrates, hasta que lo encontró Aqqi. Yoquébeb, la esposa de Amrán, salvó la vida de Moisés poniéndolo en una cesta a orillas del Río hasta que lo encontró la hija del faraón. Así como Aqqi adoptó a Sargón como hijo, la princesa adoptó a Moisés. Ambas criaturas poseyeron la mayor grandeza. Sargón alcanzó la cima del Imperio de Acad, mientras Moisés liberó a los israelitas esclavizados en Egipto y los condujo hacia la Tierra Prometida (Ex 2,1-10).


    Aunque ambos relatos presenten analogías, existe una diferencia. El objetivo de la Leyenda de Sargón estriba en magnificar la grandeza del monarca. Mientras el relato de Moisés sugiere la magnificencia de Yahvé; el Dios atento al penar de su pueblo que dirigió la vida de Moisés para encargarle la misión de liberar a la comunidad subyugada. Cuando los relatos de la Escritura encumbran a los personajes, lo hacen para resaltar la grandeza de Yahvé y su empeño por auxiliar al pueblo hebreo (1Sm 3,1-4,1). ¡Esa es la grandeza de la Escritura!

jueves, 12 de junio de 2014

¿QUÉ ES LA LEY DE SANTIDAD: Lv 17-26?

                                                                  Francesc Ramis Darder


La teología sacerdotal afirma que Dios es el único santo, mientras el ser humano alcanza la santidad sólo por analogía con la santidad de Dios._ La teología contenida en la ley de Santidad desea acercar al hombre a la santidad mediante el cumplimiento de los preceptos divinos. Los sacerdotes que emitían las leyes legislaban en los santuarios, pero su legislación no se ceñía sólo al entorno civil, sino que abarcaba principalmente el ámbito cultual. La recopilación de las leyes promulgadas por los sacerdotes y contenidas en Lv 17-26 constituyen la ley de Santidad.

    La redacción de la Ley atravesó un proceso complejo._ A tenor de la opinión de los comentaristas, al principio habría un conjunto de leyes antiguas nacidas en los santuarios y promulgadas por los sacerdotes que fueron agrupándose temáticamente. Más tarde, durante el exilio de Babilonia (587-538 aC), los círculos sacerdotales de Jerusalén recopilaron las leyes situándolas en el marco de la promulgación sacral: Dios proclamaba las leyes y Moisés las trasmitía al pueblo._ Los sacerdotes intercalaron en el cuerpo legal algunas exhortaciones (Lv 18,24-30; 20,22-24; 2,18), un conjunto de bendiciones y maldiciones (Lv 26,3-38) y la referencia a la alianza de Dios con su pueblo (Lv 26,39-46).

    Ley de Santidad (Lv 17-26) gira alrededor de un principio teológico crucial: “Sed santos, porque yo el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2)._ La repetición del fundamento teológico desea acercar el ser humano a la santidad divina mediante el cumplimiento de los mandamientos; por eso la ley recorre los diversos ámbitos sociales y cultuales._

     La ley enfatiza el cumplimiento de los mandamientos afirmando que la fidelidad a los preceptos engendra la vida plena del hombre: “Observaréis, pues, mis mandamientos y mis leyes, que dan vida a quien los cumple” (Lv 18,5). Y advierte también que el incumplimiento de los preceptos  provoca la destrucción de la sociedad: “Guardad todas mis leyes ... para que no os vomite la tierra a la que os voy a conducir para que habitéis en ella” (Lv 20,22). Por tanto, el objetivo de la ley estriba en proporcionar al ser humano la capacidad de vivir en plenitud, y prevenirle de las consecuencias nefastas que conlleva descuidar el cumplimiento de los mandamientos.

  

martes, 3 de junio de 2014

¿QUIÉN ES EL SIERVO DE YAHVÉ?


                                                                                Francesc Ramis Darder


El AT llama “Siervo de Yahvé” al hombre elegido por Dios para conducir a Israel según los preceptos divinos: Moisés (Ex 14, 31), David (2 Sam 7, 8), Josué (Jos 24, 29), etc. Pero la connotación específica aparece en cuatro “Cánticos del Siervo” contenidos en el libro de Isaías.

    Los capítulos 40-55 de la obra de Isaías afirman, básicamente, que Dios es Dios, no porque sea eterno u omnisciente, sino porque interviene en la Historia humana. En contraposición a Dios, los ídolos carecen de divinidad no sólo por haber sido elaborados por artesanos, sino porque son incapaces de actuar en la Historia.

    A lo largo de Is 40-55, Dios interviene en la historia de Israel mediante dos personajes: Ciro y el Siervo. Ciro es el mediador divino en la liberación del pueblo deportado en Babilonia (Is 41, 1-5; 45, 1-8). El Siervo es un personaje que entrega su vida por amor y fidelidad a los designios divinos para la supervivencia de Israel, simbolizada en la reconstrucción de Jerusalén (54, 1 - 55, 5).

    Los cuatro “Cánticos del Siervo” (Is 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-11; 52, 13 - 53, 12)  describen la entrega amorosa del Siervo en favor de su pueblo. El Siervo presenta cinco cualidades. 1ª Deviene luz de las naciones y libera a los oprimidos (42, 7; 49, 6).  2ª Entrega su vida hasta quedar desfigurado (52, 14-15). 3ª Los hombres desprecian la entrega del Siervo (53, 2b-3). 4ª Más tarde, quienes le despreciaban descubren que su sacrificio no ha sido vano, sino que gracias al Siervo reciben el perdón y triunfan los planes del Señor (53, 4-10).  5ª Dios valora la entrega del Siervo (52, 13; 53, 1-2a) y le concede un puesto de honor pues “cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores” (53, 11-12).

    Jesús asume plenamente la misión del Siervo descrito en la obra de Isaías. Jesús es la luz del Mundo (Ju 8, 12) y el liberador de los pobres (Lc 4, 18-19), estando entre sus discípulos como servidor (Lc 22, 27). Los hombres desprecian su compromiso radical y lo consideran un malhechor (Lc 22, 37). Entrega su vida hasta quedar desfigurado y morir en la cruz (Mt 26, 28), pero a los tres días resucita (Mt 28, 1-9). Por todo eso “Dios lo exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre ... para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 8-11).

    Jesús es el Mesías anunciado por el AT que matiza su mesianismo desde la perspectiva del Hijo del Hombre: su actuación manifiesta la humildad, el servicio y la vida compartida. Seguidamente, Jesús perfila su actuación como Hijo del Hombre desde la óptica del Siervo de Yahvé presentado por Isaías: entrega realmente su vida por amor, sufre para salvarnos, y padece practicando la humildad, el servicio y la vida compartida. En la persona de Jesús resplandece la identidad del Siervo de Yahvé, anunciada en el Antiguo Testamento.