lunes, 31 de agosto de 2020

CATEDRAL DE MALLORCA ARTE Y EUCARISTÍA

 


                                                           Francesc Ramis Darder

                                                           bibliayoriente.blogspot.com



Cuando el Mediterráneo bañaba las murallas de Palma, la Catedral se reflejaba en las aguas del mar. La intuición histórica sugiere que antes de la época romana (123 a.C.), el promontorio de la Catedral veía erguirse un santuario talayótico, recinto cultual de quienes poblaban la ciudad. La conquista romana convirtió el santuario en templo pagano, hasta que la influencia cristiana trocó sus muros en una Iglesia. La invasión musulmana transformó la Iglesia en mezquita (903 a.C.); pero, al cabo de tres siglos, Jaume I devolvió Mallorca al abrazo de la cristiandad (29 diciembre 1229).

 

    Según la tradición piadosa, cuando Jaume I avistaba Mallorca, una galerna amenazó la flota; entonces el rey, arrodillado en popa de la nave capitana, suplicó al Señor, por mediación de Santa María, la salvación de la escuadra. Escuchada la plegaria y salvadas las naves, el rey prometió la construcción de un templo bajo la advocación de Santa María. Aunque el relato pertenezca al acervo tradicional, la historia sentencia que Jaume I estableció la construcción de la Catedral y organizó el culto en la antigua mezquita, antaño templo cristiano. Desde las disposiciones del rey (1230) hasta el día de hoy, la Catedral no ha dejado de creer hasta convertirse, como dice la Escritura, en “monumento perpetuo imperecedero” (Is 55,13) de la fe, enhebrada entre los lazos de la cultura, de los cristianos de Mallorca.

 

    La Catedral dispone de tres naves. La izquierda, al norte, llamada “de l’Almoina”, está proyectada hacia la capilla del Corpus Christi, presidida por el retablo de la Cena del Señor, obra de Jaume Blanquer (acabado en 1641). La nave central, sede del presbiterio, está coronada con el baldaquín, poema sobre la Eucaristía, levantado por Antoni Gaudí (8, diciembre, 1912). La nave de la derecha, al sur, conocida como “nave del Mirador”, desemboca en la capilla del Santísimo; decorada por Miguel Barceló, evoca la multiplicación de los panes y los peces para aludir a la grandeza de la Eucaristía (acabada en 2006).

 

    Las tres capillas certifican que la Catedral es un organismo vivo. Recogiendo detalles medievales, el retablo barroco de Blanquer ensalza el don de la Eucaristía con los pinceles de la Reforma católica. Al compás de la renovación litúrgica, el Modernismo de Gaudí trenzó el baldaquín con alegorías eucarísticas. Evocando los relatos evangélicos (Mt 14,13-22; 15,32-39), las manos de Barceló modelaron la capilla del Santísimo. Ahora bien, la Catedral no solo es un organismo vivo porque durante la historia haya visto crecer sus muros, sino porque ha engendrado a muchas personas en la vida cristiana. La celebración de la Eucaristía, plasmada en las capillas que coronan las naves, lleva a plenitud las palabras de Jesús: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). La Catedral no es un museo, es la expresión teológica, tejida sobre el telar de la belleza, que manifiesta como la Eucaristía entreteje la identidad de la Iglesia y como la Iglesia hilvana la Eucaristía,  celebración privilegiada de la presencia de Jesús resucitado.

 

1.Jaume Blanquer: el Retablo del Corpus Christi.

 

El retablo barroco esta construido en madera dorada y policromada. El nicho central representa la Cena del Señor, con la mesa y los comensales dispuestos en plano inclinado para facilitar la percepción del espectador. Antes de la reforma del Vaticano II, el sacerdote celebraba la Misa de espaldas al pueblo, y la comunidad no veía el momento de la consagración; por eso la representación de la Santa Cena permitía que los fieles pudieran asociar la celebración de Misa, sobre el altar de la capilla, con la cena del Señor, representada en el retablo y celebrada en el cenáculo. El retablo dispone sobre la mesa del cenáculo el vino y el pan junto al cordero pascual. La disposición del vino y el pan evocan las palabras de Jesús a los apóstoles durante la última cena: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo […] Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados” (Mt 26,26-28).

 

    Entre otros aspectos, la presencia del cordero sugiere las palabras que Juan Bautista pronunció acerca de Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Así la figura del cordero refiere, sobre todo, la personalidad íntima de Jesús. El libro de Isaías habla de un personaje misterioso, el Siervo del Señor, que entregará su vida para devolver a la humanidad, atenazada por la idolatría, al regazo de la alianza divina (Is 52,13-53,12). La profecía describe la entrega del Siervo con los trazos del Cordero sacrificado: “Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron […] como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador” (Is 53,5-7). Desde esta perspectiva y situado bajo el nicho de la santa cena, aparece Jesús, vestido con la clámide, ante el Consejo de ancianos reunido en casa de Caifás, y en el pretorio, ante Pilato. La escenificación de la condena de Jesús por parte de los judíos, Caifás, y de los paganos, Pilato, ratifica su identidad como Siervo del Señor, el Cordero que entrega su vida para redimir el pecado de la comunidad hebrea y de la asamblea gentil.

 

    El AT preludia la entrega redentora de Jesús; por eso, el altar de la capilla, sobre el que se levanta al retablo, representa escenas de la vida de Abrahán que esbozan la entrega del patriarca a la exigencia divina: Ofrenda de Melquisedec, rey de Salén (Gn 14,18-19), Abrahán y los ángeles peregrinos (Gn 18,1-5), el Sacrificio de Isaac (Gn 22). La representación está enmarcada por una orla de tema eucarístico con San Pedro y San Bruno en las esquinas superiores.

 

    Cuando los cristianos asistían a Misa, veían el cordero sacrificado, metáfora de la entrega de Jesús, dispuesto sobre la mesa del retablo; entonces entendían que la Eucaristía, memorial del sacrifico de Cristo, actualizaba la celebración del cenáculo (Mt 26,28). La representación de la Santa Cena expresa como la Eucaristía transforma la identidad del cristiano, pues le impulsa a seguir el Evangelio y le recuerda que la entrega de Cristo en la cruz derrama sobre su vida el perdón divino.

 

    Ahondando en la temática, el segundo cuerpo del retablo plasma la “presentación del Niño Jesús en el templo”. Recogiendo la tradición del AT (Lv 12,2-4), el NT aplica a Jesús las cláusulas de la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor” (Lc 23). El retablo representa a María y José que llevan a Jesús al templo de Sión; pero, bajo las figuras del retablo, palpita la hondura con que la celebración de la Eucaristía rehace la identidad del cristiano. Durante la Antigua Alianza, los hebreos acudían al templo de Jerusalén para consagrase al Señor (Lv 12), pero en la Nueva Alianza, plenitud de la Antigua, los cristianos acuden a la Iglesia, casa de la Eucaristía, presencia viva de Dios entre nosotros, para consagrarse también al Señor. A tenor del retablo, la celebración de la Eucaristía constituye el momento privilegiado en que el cristiano acude al templo para confirmar la consagración al Señor que adquirió en el Bautismo.

 

    Las figuras de las virtudes teologales, las tallas de los santos, y la representación de “las tentaciones de San Antonio Abad” que tachonan el retablo aducen los frutos con que la Eucaristía multiplica la solidez del cristiano. Sobre el yunque de la Eucaristía, el cristiano acrece la fe, la esperanza y la caridad; injerta su vida en el tronco de la santidad (Lv 19,2), y aprende a vencer las insidias del mal. El coro de ángeles músicos, turiferarios y ceroferarios certifica, como refleja la estética barroca, que la celebración de la Eucaristía abre las puertas del cielo, horizonte de la vida cristiana.

 

2.Antoni Gaudí: el Baldaquín de la Capilla Real.

 

La nave central desemboca en el ábside mayor, la Capilla Real, también llamada Mayor, elevada cuatro peldaños sobre el piso del templo del que la separa una baranda barroca, obra de Gaudí. La reforma arquitectónica emprendida por el obispo Pere J. Campins, pilotada por Antoni Gaudí, devolvió la Capilla Real al marco más pleno de la celebración eucarística (1903-1915). Antiguamente el coro erigido en el centro de la nave central de la Catedral, dificultaba la participación de los fieles en la celebración. Gaudí, atento al designio de Campins, desmontó la sillería del coro, culminada en el Renacimiento por el cincel de Joan de Salas (1526-1529), y la depositó en los espacios laterales de la Capilla Real. Igualmente trasladó los dos púlpitos renacentistas que guarnecían el coro, también obra de Joan de Salas, y los colocó a ambos lados de la Capilla Real.

 

    El altar mayor estaba situado bajo la última bóveda de la Capilla. Con intención de acercarlo al pueblo, Gaudí lo dispuso bajo la primera bóveda y lo emplazó entre cuatro columnas tetralobuladas, coronadas por cuatro ángeles músicos. La metáfora de los ángeles expresa el gozo del cielo, cuando la presencia divina, mediada por el pan y el vino, se hace presente entre los fieles sobre el altar. Dedicado a la Virgen Madre de Dios, el altar constituye una pieza de alabastro sostenido por ocho columnas de estilo cisterciense (siglo XIII), y una columna, seguramente, de origen bizantino (siglo VI), y testigo aun de la primitiva Iglesia. La presencia de la columna bizantina rememora la antigüedad del cristianismo en Mallorca, a la vez que establece el vínculo entre los antiguos cristianos y los del tiempo presente. Así, la centralidad del altar, consagrado al menos cuatro veces (1269; 1346; 1746; 1905), atestigua la centralidad de la Eucaristía en la liturgia y en la celebración catedralicia.

 

    Sobre el altar, pende el baldaquín, obra de Gaudí (1912). Aunque la función del baldaquín consista en facilitar la iluminación del altar, su esencia resalta el aspecto más sagrado de la liturgia. Como dice la Escritura, cuando el pueblo hebreo, liberado de la esclavitud de Egipto, atravesaba el desierto, “Moisés levantó la tienda […] y la llamó Tienda del Encuentro” (Ex 33,7-9); y, como reitera la Escritura, “el Arca del Señor estaba custodiada en una tienda” (2Sm 7,2). Un baldaquín no es una tienda, pero evoca su sentido. Así como bajo una tienda el Señor hablaba con Moisés y bajo una tienda el pueblo hebreo guardaba el Arca, también bajo una tienda, eco del baldaquín, el Señor se hace presente entre nosotros a través del pan y del vino; y bajo la misma tienda, alegoría del baldaquín, los cristianos compartimos el hondón de nuestra fe, la muerte y resurrección del Señor, celebrada en la Eucaristía.

 

    El primer cuerpo del baldaquín, la cobertura, está formado por un repostero de brocado antiguo, de tema eucarístico; así el brocado refleja, hacia arriba y a modo de espejo, la hondura de la celebración que acontece abajo en el altar. La liturgia del altar es la metáfora de la liturgia del cielo, pues el Señor se manifiesta ante los cristianos sobre el altar, velado bajo el pan y el vino, con la misma entereza que se desvela en toda su gloria en el cielo acompañado de los santos, hermanos nuestros.

 

    El segundo cuerpo está formado por la corona de siete lados. La Escritura confiere al número siete el sentido metafórico de totalidad y plenitud; a modo de ejemplo, los siete días de la Creación (Gn 1,1-2,4ª), o la institución de los siete diáconos (Hch 6,1-7). El número “siete” es el producto de “cuatro” por “tres”; el número “cuatro” alude a los cuatro puntos cardinales, metáfora de la humanidad entera, mientras el “tres” evoca la plenitud divina: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Desde esta perspectiva, los siete lados de la corona aluden a los siete dones del Espíritu Santo (Is 11,1-2), símbolo, a su vez, del empeño de Dios, representado por el “tres”, para convertir la humanidad, escondida tras el “cuatro”, en su “imagen y semejanza (Gn 1,26-27). Con intención de resaltar la actuación del Espíritu Santo, en el centró de los lados de la corona despunta la abreviatura de la inscripción “Spiritum Sanctum”.

 

    Entre los cables que sostiene el baldaquín pende la figura del Espíritu Santo que, con la suavidad de una paloma (Mt 3,16), se posó sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego el día de Pentecostés (Hch 2,1-13). La identidad de los doce apóstoles figura tras la metáfora de los doce faroles iluminados que penden también entre los cables.  

 

     La corona está adornada con una profusión de espigas, pámpanos y racimos, alegoría del pan y el vino de la Eucaristía. La corona está rematada por un Calvario. Al pie del Crucificado, destaca la presencia de María y del apóstol Juan, cuando Jesús les dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo […] (y al discípulo) ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). La presencia del Calvario remite a un aspecto teológico de la Eucaristía, especialmente relevante durante la época de Gaudí. La Eucaristía entendida como la reiteración sobre el altar del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario; sacrificio que, como presagia la profecía de Isaías, derrama el perdón de los pecados sobre la humanidad entera (Is 53,5). Así la corona de siete lados, alzada sobre el altar, constituye la metáfora de los dones con que la Eucaristía esculpe con el cincel del Espíritu la vida del cristiano para que trasforme la humanidad en imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27).

 

    El tercer cuerpo del baldaquín está constituido por el lampadario; de los siete lados de la corona penden treinta y cinco lámparas que la tradición popular acota en treinta y tres, alegoría de los años de vida terrenal de Jesús.

 

    Aunando el sentido metafórico de los tres cuerpos, apreciamos el calado teológico del baldaquín. El lampadario evoca la luz con que la Eucaristía ilumina la vida cristiana; pero, aludiendo al número de lámparas (35, eco de 33), certifica que la existencia humana solo trascurre por la senda cristiana cuando intenta amoldarse al estilo de vida de Jesús. La corona certifica la centralidad de la Eucaristía, a la vez que invita al cristiano a recorrer el camino de Jesús que desemboca en el Calvario; pero como señala el brocado superior, la meta del cristiano no es el Calvario, sino el Reino de Dios, representado por el tapiz bajo la imagen del cielo, eco de la Eucaristía celestial, la gloria del los santos.

 

    Aunque Gaudí proyectó un baldaquín magnificente, se construyó en plan experimental para apreciar las posibilidades de la obra definitiva; por eso, se elaboró con materiales de escaso valor: cartón, purpurina, etc. Quizá sea casual, pero la pobreza material certifica que lo esencial en la Iglesia no son los adornos, sino la fidelidad a Jesús, vivida en la celebración de la Eucaristía. Toda catedral, por bella que sea, solo alcanza a ser una metáfora de la catedral definitiva, el cielo, alegoría de la plenitud del Reino de Dios.

 

3.Miquel Barceló: Capilla del Santísimo.

 

La capilla del Santísimo ocupa el ábside de la nave de l’Almoina, la vertiente sur de la Catedral; el ábside es de traza gótica y pertenece al núcleo más antiguo de la fábrica catedralicia (siglo XIV). La Capilla del Santísimo, obra de Miguel Barceló (2001-2006), situada en el ábside de la nave, presenta tres aspectos íntimamente relacionados. La pared de cerámica policromada, de unos trescientos metros cuadrados, que cubre casi completamente los muros del ábside; cinco vitrales de doce metros de altura con tonalidades de grisalla; y el mobiliario litúrgico, altar, ambón, sede, y dos bancos para el coro ferial.

 

    La capilla recrea la iconografía bíblica del milagro de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6,1-15) y el signo de las bodas de Caná (Jn 2,1-12), alusivos a la celebración gozosa de la Eucaristía. La simbología evangélica envuelve la imagen de Cristo Resucitado, situado detrás del altar, para destacar la presencia viva del Señor en la Eucaristía, reservada en el sagrario. La iluminación grisácea de los vitrales acentúa la función de la capilla para la celebración de la Eucaristía y a la reserva del Santísimo.

 

    El relato de la multiplicación de los panes y los peces comienza exponiendo como Jesús emprendió un viaje para alcanzar el lugar donde acontecería el prodigio: “Jesús se marchó a la otra parte del mar de Galilea” (Jn 6,1). La Escritura, fruto de la reflexión de un pueblo nómada habituado al desierto, interpretaba el mar como un lugar inhóspito (Ap 13,1). A menudo, la vida humana transcurre en un ámbito adverso, alegoría del mar encrespado. La grisalla de los vitrales, decorados con esbozos de algas, raíces, palmas, olas, bloques de arcilla que suben hacia arriba, junto a las grietas blancas que insinúan la luz del cielo, sugieren la vida del ser humano que parece sucumbir en las profundidades del mar.

 

    El esbozo de las olas, plasmadas en lo alto del panel cerámico, junto a la imagen del fondo marino carente de vida, delineado en la parte inferior izquierda, acrecen la angustia del hombre que bracea entre las olas sin encontrar el puerto que colme su existencia de sentido. Por si fuera poco, abajo en el centro, aparece el bosquejo de un bosque de calaveras que evocan el destino fatal que aguarda al hombre perdido entre la furia del mar bravío.

 

    Entre el chapoteo en las aguas, el ser humano atisba un faro de esperanza: la luz dorada que refulge de la puerta del sagrario, arca del Señor entre nosotros. La puerta está modelada con improntas de manos humanas. Entre la turbulencia de la vida, representada por el mar, el sagrario, arca de Jesús, es el noray donde las manos humanas, representadas por las improntas, abrazan el valor de la vida para salvarse del peligro y atisbar el sentido de la existencia.

 

    Asentado en el seno de la vida, el creyente puede levantar los ojos para contemplar sobre el sagrario la presencia del Resucitado, blanco y de silueta insinuada, que certifica el triunfo del proyecto de Dios sobre las insidias del mal, representadas por la turbulencia de las aguas. El Resucitado lleva en su cuerpo las llagas de la pasión. Como hemos señalado, la entrega de Jesús en el Calvario, representada por las llagas, lleva a plenitud la profecía de Isaías: “sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5); por eso, dice Pablo “por la obediencia de uno solo (Jesús), todos serán constituidos justos” (Rm 5,19). El ser humano navega sin rumbo por las aguas agitadas de la historia, pero no es el hombre quien con su esfuerzo se gana el favor divino; es Dios, el amigo del hombre (Is 41,8), quien se adelanta a abrazarle para devolverle el sentido de la vida. Así lo atestigua s. Juan: “no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10). El Resucitado, presente en el sagrario, sale, por amor, al encuentro del hombre que busca el sentido de la vida.

 

    A la derecha del Resucitado se yergue un gran pez; símbolo en las culturas antiguas de vida y fecundidad, alegoría de la vida nueva con que el Resucitado bendice al cristiano. El pez también evoca el alimento que comió Jesús en compañía de los discípulos después de la resurrección (Lc 24,42-43); los comentaristas han palpado en el pasaje una metáfora de la Última Cena, de ahí que el pez evoque también la Eucaristía, el alimento del cristiano para surcar el mar de la existencia. La Eucaristía compromete al cristiano en la ruta del evangelio; desde esta óptica, el gran pez, sugiere el cetáceo que engulló a Jonás para conducirlo a Nínive, la ciudad donde el Señor destinó al profeta para predicar la Palabra (Jon 2).

 

    La palabra griega “ikhthys”, “pez”, es un ideograma, cuyas cinco letras griegas son las iniciales de otros cinco términos griegos: “Iesous, Khristos, Theou, Uios, Soler”. Los términos significan: “Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador”; por eso, en la antigüedad, el dibujo del pez constituía el distintivo de los cristianos. Así pues, la figura del pez certifica que la Eucaristía forja la identidad del cristiano asimilando su vida a la perspectiva del evangelio.

 

    A la izquierda del Resucitado, descuella la figura de una palmera. La palma, el ramo, la rama verde constituyen símbolos de victoria, ascensión, regeneración e inmortalidad; desde la óptica cristiana, las palmas del Domingo de Ramos prefiguran la resurrección del Señor el Domingo de Pascua (Mt 21,1-17). La palmera despunta como metáfora de la resurrección del Señor; resurrección a la que Jesús convoca, mediante la celebración de la Eucaristía, al cristiano que navega por la vida.

 

    La palmera también es alegoría de la protección que Dios dispensa a sus fieles. Cuando la sagrada familia viajaba a Egipto para huir de Herodes, una palmera combó sus ramas para ofrecer sombra y alimento a María, mientras de sus raíces brotaba el agua para henchir los odres que portaba José (PseudoEvangelio de Mateo 20,2). La palmera, testigo de la resurrección, enfatiza la protección que el Señor brinda a sus fieles.

 

    No obstante, ¿dónde podemos encontrar al Resucitado que protege nuestra vida? Entre la cerámica del panel, encontramos la respuesta. La teología ha interpretado el relato de la multiplicación de los panes y los peces como una metáfora de la Eucaristía (Jn 6,1-15). Jesús tomó cinco panes y dos peces, “pronunció la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado” (Jn 6,11; ver: (Lc 24,42-43). Aquella multitud hambrienta, tan perdida como el hombre que bracea en el mar, quedó saciada, alegoría del sentido de la vida que Jesús les ha devuelto. La exhuberancia de animales acuáticos que tapizan el panel constituye la metáfora de la plenitud vital que la celebración eucarística confiere a los cristianos.

 

    Ahora bien, la Eucaristía es una celebración gozosa, conmemora la muerte y la resurrección del Señor, fuente de la salvación para el mundo. Por eso, el milagro de los panes y los peces aparece vinculado al signo de las Bodas de Caná, acontecimiento festivo (Jn 2,1-12). Cuando faltó el vino, signo de alegría (Sal 104,15) y eco de la Eucaristía (Mc 10,24-25), Jesús, atento a la súplica de María, su madre, convirtió el agua en vino festivo (Jn 2,9). Aunando las notas del simbolismo, la Capilla del Santísimo enfatiza que la Eucaristía, presencia del Señor entre nosotros, nutre y forja la identidad del cristiano para que pueda recorrer la vida hasta el día final en que nos encontremos con Dios en el gozo de su Reino.

 

Síntesis.

 

Las capillas que coronan las naves de la Catedral de Mallorca constituyen un tríptico eucarístico. El retablo del Corpus Christi, obra de Jaume Blanquer (1641), el Baldaquín, delineado por Antonio Gaudí (1912), y la Capilla del Santísimo, plasmada por Miguel Barceló (2001-2006), certifican que la Eucaristía, ápice de la liturgia, es el alimento y la forja de la vida cristiana. De ese modo, el tríptico eucarístico constituye la invitación, espiritual y catequética, para profundizar en el misterio de la Eucaristía, ámbito donde el Señor se hace pan y vino para convertir al cristiano en testigo fehaciente de la actuación salvadora de Dios en la historia humana.


jueves, 27 de agosto de 2020

FRASES BÍBLICAS

 


                                                                 Francesc Ramis Darder

                                                                 bibliayoriente.blogspot.com



SETEMBRE:


Domingo XXIII  6 Septiembre

“Ama a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor” (Rom 12,8-10). Vivencia del amor cristiano: Mt 5,1-13.

 

Domingo XXIV 13 Septiembre

“Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor” (Rom 14,7-9). ¿Reposa mi vida en Dios?

 

Domingo XXV 20 Septiembre

“Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan con sinceridad” (Sal 145,18).  ¿Me siento siempre en manos de Dios?

 

Domingo XXVI  27 Septiembre

“Quien recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá” (Ez 18,28). ¿Cuál es mi proceso de conversión? 

viernes, 31 de julio de 2020

CITAS BÍBLICAS




                                                      Francesc Ramis Darder
                                                      biobliayoriente.bñogspot.com



Domingo XVIII 2 Agosto


“Jesús les contestó: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed jamás” (Jn 6,35) ¿Qué significa para mí la Eucaristía?


Domingo XIX 9 Agosto


“Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra” (Sal 130,5). ¿Qué significa para mí la lectura constante de la Biblia?


15 Agosto: Solemnidad de la Asunción de María


“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46-47).


Domingo XX 16 Agosto


“Esto dice el Señor: Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar y mi justicia se va a manifestar” (Is 56,1). ¿Actúo con justicia?


Domingo XXI 23 Agosto


“Pedro le contestó: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios Vivo” (Mt 16,16). ¿Cuándo he experimentado la presencia de Jesús Resucitado?


Domingo XXII 30 Agosto


“No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios” (Rm 12,2). ¿Cuál es la voluntad de Dios?   

lunes, 20 de julio de 2020

CURSO BÍBLICO: Lección séptima



                                                      bibliayoriente.blogspot.com


Curso bíblico impartido por D. Carles Foz, diácono de la diócesis de Mallorca (España)


lunes, 6 de julio de 2020

REYES SUMERIOS




                                                    Francesc Ramis Darder
                                                    bibliayoriente.blogspot.com




Como la autoridad qutu sobre la Baja Mesopotamia era casi nominal, los monarcas sumerios, mantenidos antaño por los acadios en calidad de vasallos, recuperaron el control de las ciudades. Así la cultura sumeria, liberada del dominio acadio y del poderío qutu, pudo renacer. El renacimiento sumerio alboreó en la ciudad de Lagash, gobernada por Gudea (2144-2124 a.C.). El rey derrotó a los elamitas que intentaban penetrar en la región por el este; afianzó la administración; practicó la diplomacia con las ciudades vecinas; construyó templos, especialmente el de Ningirsu, en Girsu, población aledaña de Lagash; desarrolló el comercio; reformó el calendario; tabuló las pesas y medidas; y promulgó leyes para socorrer a los más desfavorecidos, de ese modo calmó las posibles revueltas sociales en la ciudad.

    Otra próspera ciudad sumeria, Uruk, levantada en armas por su soberano, Utu-Hengal (2120-2112 a.C.), venció a los qutu y a su jefe, Tiriqan. Tras la derrota, los qutu perdieron el poderío militar que, como población minoritaria, detentaban; entonces, acosados por las tropas sumerias, perdieron la autoridad, pues, o volvieron a sus tierras, el país de Qutium, o se disolvieron entre la población mesopotámica. La ciudad de Uruk controlaba la ciudad de Ur, gobernada por Ur-Nammu, seguramente un hijo o un pariente cercano de Utu-Hergal. Cuando Utu-Hergal derrotó a los qutu, quiso extender su autoridad sobre la Baja Mesopotamia; pero, mientras se afanaba en la tarea, el gobernador de Ur, Ur-Nammu, le arrebató la corona y se proclamó rey (2112-2095 a.C.).

     El nuevo monarca, asentado en Ur, inauguró una nueva dinastía, conocida por los estudiosos como “Tercera Dinastía de Ur”. Reinó sobre las ciudades sumerias del sur, y las acadias, abandonadas por los qutu, en el centro de la región mesopotámica. No obstante, las ciudades no eran autónomas, como sucedía en tiempos de los antiguos soberanos sumerios. Dependían de la autoridad Ur-Nammu que, entronizado en Ur, inauguró, como sentencian los historiadores, el “Imperio de Ur”, caracterizado por el centralismo político y económico ejercido desde la capital sobre las ciudades de Sumer y Akkad. Con el fin de reforzar su autoridad adoptó el título de “Rey de Sumer y Akkad”, como hiciera Sargón.

    La pretensión del monarca, que había eliminado la autonomía de las ciudades sumerias, provocó rebeliones; por eso tuvo que pacificar el país, especialmente la ciudad de Lagash, patria del añorado Gudea, y acrisolar la unidad administrativa y política del territorio bajo la firmeza de su cetro y la organización de la corte. De ahí que el territorio de la antigua Sumer quedara estructurado en provincias; los monarcas que antaño regían cada ciudad fueron sustituidos por gobernadores dependientes de Ur-Nammu que, a las órdenes de la capital, administraban el Imperio. También el territorio del antiguo Akkad quedó divido en provincias al mando de un gobernador dependiente de la corona.

     Con intención de favorecer el comercio y el cobro de impuestos, el rey unificó pesos y medidas, y estableció el catastro para alcanzar la eficiencia en el cobro de impuestos. Restauró templos, que también perdieron su autonomía, sometidos a la autoridad de rey. Construyó un santuario a la divinidad lunar, Nanna-Sin; y levantó en primer zigurat en Ur. Favoreció la política hidráulica, eje de la riqueza agrícola; la productividad aumentó, con el tiempo, gracias a la mejor parcelación de los campos.  Con el deseo de afianzar su autoridad, remozó la capital, sede del gobierno, por esa razón la amuralló y acreció su importancia comercial.

    A la muerte de Ur-Nammu, asumió el trono su hijo, Shulgi (2094-2047 a.C.). Interesado en las ciencias y las artes, creó escuelas de escribas en Nippur y Ur que plasmaron en tablillas las antiguas tradiciones sumerias; su reinado contempló la llamada “edad de oro” de la literatura sumeria. Emulando la figura de Sargón, se proclamó “Rey de las Cuatro Regiones”. Atento al aura de Naran-Sin, se invistió de atributos divinos, fue adorado como un dios, favoreció la construcción de templos en su honor, le dedicaron himnos litúrgicos, y se declaró pariente de Gilgamesh, el héroe que, según la tradición, estaba constituido en dos terceras partes como dios y en una como hombre.

     Establecida la solvencia política y religiosa de su corona, reforzó el ejército con que aseguró la solidez de imperio, y dominó Susa, en territorio elamita. Construyó fortificaciones en el norte para controlar los asentamientos hurritas y asegurar las rutas comerciales hacia Anatolia. Durante su reinado, comenzaron a penetrar desde Siria los martu, también llamados amorreos, a los que tuvo que enfrentarse. Impuso gobernadores sobre Assur y Nínive para asegurar la fidelidad de ambas ciudades.  Incentivó el comercio que, organizado desde los templos y el palacio real, era confiado a los mercaderes de los distintos ramos, tanto en el interior como hacia el exterior de Mesopotamia.

    A través de Mari, ciudad autónoma en territorio sirio, pudo comerciar, quizá, incluso con el Mediterráneo. Acreció el progreso, inaugurado por sus antecesores, y contempló un aumento considerable de la población. No obstante, las grietas sociales se hacían evidentes; pues la fuerza de trabajo descansaba sobre los siervos que, subyugados por la elite, recibían raciones mínimas en la distribución de los bienes. La necesidad de acrecer la prosperidad y trenzar las relaciones sociales determinó la codificación legal en el llamado “Código de Shulgi”; bajo su cetro, la dinastía de Ur alcanzó el cenit de su poderío.

    Cuando falleció Shulgi, ciñó la corona su hijo, Amar-Sin (2046-2038 a.C.). Entonces, estallaron los problemas que iban a hundir el imperio. En Sumer, crecieron las diferencias entre las ciudades; las ciudades sureñas vieron disminuir su riqueza a causa de la salinización del terreno con la consiguiente bajada de la producción agropecuaria, mientras las norteñas contemplaron el aumento de su riqueza, gracias a la eficiente política hidráulica.

     La región más norteña de Akkad padeció la creciente presión de los hurritas, controlada con dificultad por el rey desde la ciudad de Assur; y sufrió la infiltración de los martu, también llamados amorreos, tribus semitas que, procedentes de Siria, penetraban en Mesopotamia, aprovechando la situación caótica provoca por la destrucción de Ebla bajo la espada de Naran-Sin. La presión hurrita y la penetración amorrea provocaron la disminución del comercio hacia el norte, la caída de la actividad agropecuaria, y la crisis de las ciudades, causada por la disminución de recursos que el campo, devastado por los amorreos, aportaba a las urbes.

    A la muerte de Amar-Sin, ocupó el trono su hermano, Shu-Sin (2037-2029 a.C.). Con intención de frenar el avance amorreo, levantó un muro en el norte, el “muro de los martu”, entre el Eufrates y el Tigros, para guarnecer la región de Akkad y evitar que los amorreos penetraran hacia el centro y el sur de Mesopotamia. Con muchas dificultades, el rey mantuvo el comercio con Anatolia, a través de Assur y Mari, situadas fuera del muro, y con mayor dificultad, a través de Biblos, pudo comerciar con el Mediterráneo; la ruptura de las rutas comerciales dificultaba la importación de metales, necesarios para asentar el progreso y la fabricación de armas. Cansados de la opresión, los siervos se sublevaron contra la elite, que buscó refugio en las ciudades. Por si fuera poco, Shu-Sin batalló contra los Su, pueblo procedente de los Zagros, que, dolido por la constante rapiña de los soberanos de Ur y buscando mejores tierras, invadían Mesopotamia.

    Ibbi-Sin (2028-2004 a.C.) sucedió en el trono a su hermano Amar-Sin. Durante su reinado, los amorreos franquearon el muro, levantado por Shu-Sin, y penetraron en Sumer y Akkad. Entonces las adversidades arreciaron: el comerció decreció; las diferencias económicas entre las ciudades meridionales y septentrionales de Sumer, aumentaron; la salinización del campo, debida a la errónea política hidráulica, cercenó la producción; las ciudades quedaron desabastecidas por la improductividad del campo y la negativa de los siervos, recién emancipados, a enviar grano a las urbes; mientras los amorreos y los su diezmaban el territorio. La centralización política y administrativa, impuesta por los reyes, impidió que los gobernadores locales tomaran decisiones eficaces contra la invasión y el caos interno; por eso las ciudades devinieron, en la práctica, independientes de la corona, al tener que solucionar por ellas mismas los acuciantes problemas.

 Asustado Ibbi-Sin por la incursión amorrea y el desabastecimiento de Ur, capital del imperio, nombró a Ishbi-Erra, un cortesano relevante, gobernador de la ciudad de Isín para que protegiera la capital y enviara vituallas; pero el gobernador, a ejemplo de otras urbes, desoyó el encargo, se proclamó rey de Isín y conquistó otras ciudades próximas. Mientras tanto, la ciudad de Susa, conquistada antaño por Shulgi, recuperó la independencia; aunque más tarde (2025 a.C.), el rey elamita, Kindattu, apoyado por los su, enemigos de los sumerios, la incorporó a sus dominios; así el comercio hacia Oriente también cesó. La autoridad de  Ibbi-Sin se redujo a la capital y sus contornos; finalmente, los elamitas, respaldados por los su, arrasaron Ur (2004 a.C.), y deportaron al rey a Anshán, en territorio elemita, donde murió. El emperio de Ur y la Tercera Dinastía habían llegado al ocaso.     

jueves, 2 de julio de 2020

DAS SCHÖNSTE ALLER LIEDER





 „Mein Geliebter ist mein, und ich bin sein”
 (Lied der Lieder 2,16)

 von Francesc Ramis Darder
bibliayoriente.blogspot.com



Jedes Mal, wenn wir das Hohelied lesen, erleben wir, wie die Leidenschaft zwischen zwei Liebenden im Frühling entbrennt. Die Rabbiner hatten Recht, als sie sagten: „Wenn Gott Israel nicht das Gesetz gegeben hätte, hätte das Hohelied genügt, um das Universum zu beherrschen". Und das ist wahr, denn der wahre Fortschritt der Menschheitsgeschichte liegt in unserer Liebesfähigkeit. Obwohl das Wort „Gott“ nicht ausdrücklich im Hohelied erwähnt wird, ist es dennoch auf jeder Seite vorhanden, denn wie die Heilige Schrift sagt: „Gott ist Liebe“ (1 Johannes 4,8).

1. Einleitende Bemerkungen

Die Überschrift des Buches gibt den Titel an, der auf Hebräisch „Das Schönste aller Lieder" bedeutet sowie den Namen der Figur, der nach der Tradition die Urheberschaft zugeschrieben wird, nämlich „Salomon", König von Israel. Das Buch wurde in hebräischer Sprache verfasst und gilt als eines der fünf Megillot: Rut, Hohelied, Klagelieder, Kohelet und Ester. Schon sehr bald begann das Volk, es mit Freude zu rezitieren und am Passahfest zu verkünden. Die alten Versionen der Bibel, die griechische Septuaginta (zweites Jahrhundert v. Chr.), die lateinische Vulgate (viertes Jahrhundert) und die syrische Peshitta (drittes Jahrhundert) haben, wann immer möglich, die hebräischen Wörter mit größter poetischer Finesse übersetzt, um die Tiefe der Liebe auszudrücken.

Salomon wird im Titel (Lied der Lieder 1,1), in zahlreichen Versen des Gedichtes (3,9; 3,11; 8,11) sowie in Hinweisen auf den König (1,4; 1,12; 7,6) genannt. Die Erwähnung Salomons bedeutete, dass das Gedicht sowohl in der hebräischen als auch der christlichen Tradition dem weisesten aller Könige zugeschrieben wurde. Die in der Heiligen Schrift so gerühmte Weisheit des Monarchen führte dazu, dass ihm auch die Bücher der Sprüche, des Kohelet, der Weisheit und einige Psalmen attribuiert wurden (1 Offb 5,12). Nun muss man jedoch nach Meinung moderner Forscher den Ausdruck „von Salomon" im Sinne von „zu Ehren Salomos" verstehen. Aus literarischer Sicht ist der Ausdruck „von Salomon" ein Pseudonym, d.h. der Verfasser des Gedichtes war ein Bewunderer des Königs Salomon, weshalb er das Werk dem verehrten Monarchen widmete und „von Salomon" schrieb, was, wie bereits erwähnt, als „zu Ehren Salomos" zu verstehen ist.

Wie moderne Forscher festgestellt haben, trug der jüdische Weise, der das Hohelied verfasste, mündlich überlieferte Liebesgedichte aus verschiedenen Epochen zusammen. Einige waren sehr alt, wie jenes, das sich auf die Stadt Tirsá (6,4), die alte Hauptstadt des nördlichen Königreichs Israel (10. Jahrhundert v. Chr.) bezieht, während andere aus der Zeit nach der Rückkehr aus der babylonischen Gefangenschaft (6. Jahrhundert v. Chr.) stammen, wie die Verwendung aramäischer, griechischer oder persischer Begriffe belegen (5,13). Die hebräische Gemeinde rezitierte seit jeher Gedichte, die den Aspekt der Leidenschaft menschlicher Liebe betonten. Etwa um das 3. Jahrhundert v. Chr. sammelte ein anonymer Autor und Anhänger Salomos die Gedichte, schrieb neue und verfasste in der Stadt Jerusalem mit Kunst und Können „das schönste aller Lieder" zu Ehren des weisesten aller Monarchen.

Als die jüdischen Rabbiner um das Jahr 70 in der Synode von Jabne zusammenkamen, um die Bücher der Heiligen Schrift festzulegen, hatten sie Zweifel, ob sie das Hohelied aufgrund seiner sinnlichen Natur aufnehmen sollten. Dann ließ sich die ernste Stimme des Rabbi Akiva vernehmen. Der jüdische Weise erinnerte die unschlüssige Versammlung daran, dass niemand in Israel jemals bezweifelt hatte, dass das Hohelied ein Buch sei, „das die Hände verunreinigt"; der Ausdruck „die Hände verunreinigen“ bedeutet in der hebräischen Tradition, dass das Buch heilig ist und infolgedessen von Gott inspiriert. Die christliche Kirche, Erbin der in der Synode von Jabne getroffenen Entscheidung, zögerte nicht, das Buch in die Heilige Schrift aufzunehmen.

2. Die Schönheit sinnlicher Liebe

Unter der Intensität der Dialoge, Monologe und Selbstgespräche pulsiert die Persönlichkeit der beiden Liebenden: die der Geliebten, „Sulamith" (7,1) und ihres Geliebten, „Solomon" (3,9). Beide offenbaren ihre Leidenschaft und den Wunsch, ihre Liebe zu vollziehen. Es gibt auch eine dritte Figur, den Chor der „Töchter Jerusalems", der die heftige Leidenschaft der Liebenden anfacht. Das Hohelied enthält 49 Wörter, die an keiner anderen Stelle des hebräischen Alten Testaments auftauchen. Neben zahlreichen Aramaismen gibt es eine überraschend große Anzahl von Lehnwörtern aus dem Persischen wie „Obstgarten oder Paradies“ (4,13) und aus dem Sanskrit stammende Wörter wie „Purpur“ (3,10). Zweifellos, wie die Mehrsprachigkeit des Gedichtes belegt, schließt der Liebesrausch die gesamte Menschheit ein.

Das Liebesvokabular unterstreicht die Leidenschaft und Zärtlichkeit des Gedichts. Die Sprache zeigt, wie die Augen der Liebenden den Körper des anderen abtasten und die Nase (7,5), den Nabel (7,3), die Locken (7,6), die Füße (7,6), die Wangen (1,10), die Lippen (4,11), das Gesicht (2,14), die Eingeweide (5,14), die Augen (1,15), die Hände (2,6), den Hals (1,10), die Brüste (7,8), die Zähne (4,2) oder die Beine (5,15) betrachten. Die Sprache beschränkt sich nicht auf die beschreibende Ebene, sondern beschwört das größte Verlangen eines Liebenden nach dem anderen. Die Bewunderung ihrer Körper entfacht die Leidenschaft der Liebenden, „bring mich in deine Gemächer“ (1,4), sie begehren sich, „mein Geliebter streckt seine Hand durch den Türspalt" (5,4), sie umarmen sich, „mit der Rechten umarmt er mich"(2,6), sie lieben sich, „du hast mir mein Herz gestohlen"(4,9), sie küssen sich, „lass ihn mich mit Küssen überschütten, mit seinen Küssen!"(1,2), sie sprudeln über vor „Liebesfieber" (2,5), sie bewundern sich gegenseitig „wie schön und faszinierend du bist, meine Freundin, wie bezaubernd!" (7,7), sie verzehren sich vor Liebe, „ich gehöre meinem Geliebten und er begehrt mich” (7,11).

Dieser Rahmen der Liebesleidenschaft ist angefüllt mit üppiger Flora; Holz aus dem Libanon (3,9), Zedern und Sadebäume (1,17), ein Apfelbaum (2,3), ein Feigenbaum (2,13), Weinberge (7,13), Lilien (4,5 und 2,1) oder Alraunen (7,14). Auch die Vielfalt der Tiere überrascht. Gazellen und Hirschkühe (2,7), eine Turteltaube (2,12), eine Taube (2,14) oder Löwen und Panther (4,8). Zweifellos beschwört die Szene der Liebe das „sehr gute" Aussehen des irdischen Paradieses herauf (Gen 1,31); den Garten, in dem sich die erste Liebesleidenschaft, von der die Bibel erzählt, vollzieht, die Geschichte von Adam und Eva. Die Erwähnung der Flora und Fauna beschränkt sich nicht auf die Beschreibung der Umgebung, in der die Liebe genossen wird, sondern verstärkt den sinnlichen Aspekt der Liebesleidenschaft, welche die beiden Liebenden so stark fesselt.

Das Buch unterstreicht die Bedeutung der körperlichen Sinne. Der Geruchssinn bedeutet, Düfte wie „Myrrhe und Weihrauch“ (3,6) oder „Safran und Zimt“ (4,14) genießen zu können, die der Dichter in jedem Vers des Hoheliedes heraufbeschwört. Der Geschmackssinn wird in der Metapher des Honigs (4,11) oder des aromatischen Weins (7,3) präsent; die Süße des Weins und des Honigs verführt die Liebenden zum Essen und Trinken, Symbole der Umarmung der Liebe. Der Tastsinn schleicht sich unter dem Deckmantel der Zärtlichkeit des Kusses (1,2) und der leidenschaftlichen Liebe in den Gemächern des Königs ein (3,4). Der Gehörsinn kommt durch den respektvollen und leidenschaftlichen Austausch der Liebenden zum Ausdruck: „deine Stimme ist süß“ (2,14) „öffne mir […], mein Haupt ist feucht vom Tau und mein Haar vom Nachttau”(5,2).

Der Sehsinn erfreut sich an der Zärtlichkeit und Leidenschaft, mit der jeder der Liebenden den Körper des anderen betrachtet. Die Geliebte wird verglichen mit einem üppigen Garten voller Früchte und Aromen, „einem Garten der Granatapfelbäume […] und balsamischer Gerüche“ (4,13). Inmitten des Gartens der Geliebten sprudelt eine „Quelle […] lebendigen Wassers“ (4,15), während der Geliebte den Garten betritt, um dessen Früchte zu sammeln und sich mit seiner Geliebten „an der Liebe zu berauschen" (5,1).

Als Kontrapunkt zur Leidenschaft scheint das Gedicht einige vorsorgliche Maßnahmen gegen den Wahnsinn der Liebe zu unterbreiten. So erscheint Sulamith als ein „eingezäunter Garten" (4,12), „ein versiegelter Brunnen" (4,12), „eine Mauer“ oder „eine Tür" (8,9), während sich der König, das Echo des Geliebten, hinter „unserer Mauer" (2,9) steht. Die Hindernisse sind eine Metapher für die Macht, mit der leidenschaftliche Liebe die menschliche Einsicht verblendet (5,8); vor allem aber bezeugen sie, und das ist das Wesentlichste, dass keine Widrigkeit die „göttliche Flamme" der Leidenschaft verhindern kann, da, wie das Gedicht besagt: „Liebe so mächtig ist wie der Tod" (8,6).

Das Alte Testament zeigt Frauen oft in einer unterwürfigen Rolle, die typisch für die patriarchalische und Stammesgesellschaft des alten Orients war (Sprüche 31). Wie anders ist jedoch die Frau, die das Hohelied beschreibt. Sulamith pulsiert mit leidenschaftlicher Liebe; sie sagt furchtlos, dass sie „krank vor Liebe" ist (5,8). Das Gedicht beschreibt sie als frei in ihrer Wahl des Geliebten, frei in ihrer Entscheidung, frei, die Initiative zu Lieben zu ergreifen und frei zu sein für die Liebe. Das Hohelied verherrlicht die Sinnlichkeit des Körpers und die Lebendigkeit der Schönheit; die Liebenden schwimmen ungehemmt in den transparenten Wassern leidenschaftlicher Liebe.

Die Tiefgründigkeit der großen Werke der Weltliteratur liegt nicht nur in der Genauigkeit, mit der sie Ereignisse beschreiben oder persönliche Ansätze kommentieren, sondern in ihrer Fähigkeit, den Leser in die Geschichte, die sie erzählen, einzubeziehen. Als Urgedicht liegt die Größe des Hohelieds nicht nur in der Schönheit, mit der es die Leidenschaft der Liebe beschreibt, sondern auch in der Einladung, die es an die heutigen Liebenden richtet, eine gesunde Liebe voller Zärtlichkeit, Gleichheit, gegenseitigem Respekt und Leidenschaft zu genießen.

3. Die Syntax der Liebe

Im Gegensatz zur mittelalterlichen Dichtung basiert die hebräische Dichtung nicht auf Reimen, sondern auf dem, was von den Gelehrten als "Parallelismus" bezeichnet wird. Dies bedeutet, dass ein Vers eine Idee vorträgt, zum Beispiel „sein Kopf ist reinstes Gold“ und der nächste Vers wiederholt diese Idee mit anderen Worten, „seine Zöpfe, Palmwedel“ (5,11); so drücken beide Verse „parallel“ das gleiche Konzept aus, in diesem Fall die Schönheit des Gesichts des Geliebten. So kann ein Vers auch ein bestimmtes Konzept unterstreichen: „deine Zähne sind wie eine Herde Mutterschafe … jeder hat seinen Zwilling“ während der folgende Vers das Gegenteil ausdrückt, „nicht einer, der alleinstehend ist“ (6,6). Indem parallel mit den Begriffen „Zwilling“ und dessen Gegenteil „alleinstehend“ gespielt wird, betont das Gedicht die Perfektion der Zähne der Geliebten.

Der Reichtum des hebräischen Parallelismus wird durch die Verwendung von Alliteration, der Wiederholung des Anfangsklanges jedes Wortes in einem Vers und durch Assonanz, der Wiederholung von Vokalen in den aufeinanderfolgenden Worten des gleichen Verses verstärkt. Obwohl beide Konzepte in einer Übersetzung nicht einfach zu erkennen sind, können wir sie intuitiv erfassen. Etwa das Echo der Alliteration in „Komm aus dem Libanon … komm aus dem Libanon“ (4,8), während die Assonanz in dem Vers entsteht, in dem die Wiederholung des hebräischen „î“ ermöglicht, die Liebesschreie zu hören: „Ich komme in meinen Garten, …Braut; Ich pflücke meine Myrrhe und meinen Balsam; esse meine Wabe samt dem Honig“(5,1).

Die Sinnlichkeit, mit der der Dichter die Körper der Liebenden beschreibt, ist wunderschön. Im Falle des Geliebten verwendet das Hohelied Begriffe aus der Botanik: ein „Beutel mit Myrrhe" (1,13), „Hennablütentraube" (1,14), „Apfelbaum unter Waldbäumen“ (2,3), Zöpfe wie „Palmwedel“ (5,11). Der Geliebte ist zweifellos „erlesen wie Zedern“, eine Metapher für seine Galanterie (5,15). Der Dichter beschreibt auch die Schlankheit des Geliebten anhand tierischer Analogien wie „junger Hirsch“ (2,9) oder verliebten Hirten: „Mein Geliebter ging in seinen Garten…, um in den Gartengründen zu weiden“ (6,2).

Besonders ausdrucksstark ist der Dichter, wenn er den Körper der Geliebten beschreibt: Ihr Haar gleicht „einer Herde Ziegen" (4,1), ihre Schläfen „dem Riss eines Granatapfels" (4,3) und ihre „Wangen sind wie Balsambeete“(5,13), ihre Augen „sind zwei Tauben" (1,15) und die „Teiche zu Heschbon" (7,5), ihre Lippen sind „Lilien" (5,13) und „rote Bänder" (4,3), ihr Atem „Apfelduft" (7,9), ihr Hals „ein Elfenbeinturm" (7,5), ihre Brüste „wie zwei Kitzlein" (7,4), „Trauben" (7,8) oder „Türme“ (8,10), ihr Wuchs ist dem einer „Palme" (7,8) gleich, ihr Schoss ein „rundes Becken" (7,3). Kurz gesagt, die Silhouette der Geliebten „ist wie ein Geschmeide, gefertigt von Künstlerhand" (7,2), sie ist wie „eine Blume auf den Wiesen des Scharon, eine Lilie der Täler" (2,1).

Wenn der Dichter die Körper der Liebenden beschreibt, abstrahiert er die schönsten und edelsten Aspekte der Natur, damit der Leser die Musik leidenschaftlicher Liebe hört.

Wie bereits erwähnt, sammelte ein Meister hebräischer Dichtung eine Anthologie von Liebesgedichten, um das Hohelied zu verfassen. Der Dichter sammelte jedoch nicht einfach unzusammenhängende Geschichten. Vielmehr verknüpfte er volkstümliche Gedichte und verfasste neue Verse, um auf dem Amboss der Kunst ein Gedicht zu schmieden, das die Leidenschaft der Liebe verkündete, wie sie in den Versen des Hohelieds offenbart wird.

Der Meisterdichter schuf den Titel des Buches: „Das Lied der Lieder, von Salomon“ (1,1). Dann entwarf er den „Portico“, wo sich die Geliebte nach ihrem Geliebten sehnt (1,2-4). Danach verfasste er das „Lob der Liebe“, in dem die beiden Liebenden die Kunst des Liebens ersinnen (1,5-2,7). Sofort folgt „Das Verlangen“ der Liebenden, die nicht aufhören, einander zu lieben (2,8-3,5). Nachdem sie ihr Verlangen offenbart haben, preist der Dichter „Die Wonne" der Protagonisten, die auf den Augenblick der Leidenschaft warten (3,6-5,1). Zweifellos inspiriert die Lust die „Suche“ der Liebenden nach einander (5,2-6,3) bis die liebende „Inbesitznahme“ stattfindet (6,4-8,6). Das Buch endet mit einem „Anhang“ voller Überlegungen zur Liebe (8,7-13), um mit dem Ausruf der Geliebten zu enden: „Fort, fort, mein Geliebter, der Gazelle gleich, dem jungen Hirsch, auf den Balsambergen.“(8,14).

4. Interpretation des Hoheliedes

Die alte jüdische und christliche Tradition interpretierte das Hohelied als Allegorie. Die jüdische Gemeinde sah Salomon als Repräsentation Jahwes, des Königs von Israel (Jesaja 44,6) und hinter dem Blick der Sulamith das Antlitz Israels, der geliebten Gemeinde des Herrn (Jesaja 62, 5). Der jüdische Weise Isaac Abrabanel (16. Jahrhundert) identifizierte Sulamith als die Figur der „Dame Weisheit“, wie sie im Buch der Sprüche (Sprüche 8, 9,1-6) erscheint und den König, den sie verführt, als Metapher für Israel.

 Die christliche Tradition sah seit dem Heiligen Hippolytus von Rom (3. Jahrhundert) und dem Heiligen Gregor von Nyssa (4. Jahrhundert) die Figur des Königs als Metapher für Gott oder Christus, während sie in den Augen der Geliebten die Kirche sahen. Im dritten Jahrhundert erkannte Origenes von Alexandria hinter der Größe des Königs die Hoheit Jesu und hinter der Leidenschaft der Geliebten sah er das Abbild der menschlichen Seele, die sich nach der Begegnung mit dem Herrn sehnt, dem wahren Geliebten. Diese Allegorie weiter vertiefend, sahen der heilige Ambrosius von Mailand (4. Jahrhundert) und Richard von Saint Victor (12. Jahrhundert) Maria, eine Metapher für die Kirche, hinter den Worten, die Sulamith an den Herrscher richtet, den sie als Symbol des Herrn, des Gatten der Kirche interpretierten (Offb 21,9). Bernhard von Clairvaux schrieb sechsundachtzig Predigten über das Hohelied, das er als Dialog zwischen Christus und der christlichen Seele interpretierte. Die Mystiker, die heilige Teresa von Ávila, der heilige Johannes vom Kreuz und die heilige Thérèse von Lisieux kommentierten das Lied der Lieder in ihren spirituellen Schriften.

Verschiedene Religionswissenschaftler haben das Hohelied mit den babylonischen Erzählungen der Liturgie des Adonis-Tammuz verglichen. Der für die Neujahrsfeiern typische Mythos, präsentiert den Gott Tammuz, ein Synonym für die kanaanitische Gottheit Baal und die Göttin Istar, Echo der kanaanitischen Göttin Anat, begleitet von wunderbar harmonischen Chorgesängen. Nach dem Tod von Adonis steigt Istar in die Hölle hinab, um ihn zu retten. Der Tod des Gottes und der Abstieg der Göttin in die Unterwelt öffnen die Tore für Herbst und Winter, jene Zeit, in der die Natur welkt. Wenn Istar Adonis in die irdische Welt zurückbringt, feiern die beiden Gottheiten ihr Verlöbnis, während die Natur im Frühling betrachtet, wie das Leben auf den Feldern erneut erblüht. Andere Kommentatoren haben das Hohelied als kompaktes und gut strukturiertes Drama gesehen, in dem Solomon und Sulamith ihre Leidenschaft miteinander teilen.

Unter Berücksichtigung früherer Interpretationen sehen heutige Gelehrte das Hohelied als ein Gedicht, das die leidenschaftliche Liebe eines menschlichen Paares preist. Diese Interpretation wurde schon in der Antike vertreten. Die Schriften des Rabbi Akiva (1. Jahrhundert) erwähnen das sinnliche Verständnis des Hoheliedes, das die jüdische Gemeinde hatte. Der christliche Theologe Theodor von Mopsuestia (4.-5. Jahrhundert) sah im Hohelied die leidenschaftliche Liebe der Liebenden, eine Interpretation, die der sogenannte „anonyme Jude" in seinem Kommentar (12. Jahrhundert) übernahm und die Pater Luis de León in seinen Schriften (16. Jahrhundert) weiterentwickelte. Heutzutage bildet sie zusammen mit der allegorischen Perspektive die häufigste und poetischste Interpretation des Hoheliedes, denn nur leidenschaftliche Liebe kann das menschliche Dasein verändern und beleben!


Schlussfolgerung

Die ersten Worte, welche die Bibel dem Menschen in den Mund legt, sind eine Liebeserklärung. Als Adam Eva zum ersten Mal erblickte, rief er aus: „Das ist nun Bein von meinem Bein und Fleisch von meinem Fleisch!"; und die Heilige Schrift fügt noch hinzu: „Darum verlässt der Mann Vater und Mutter und bindet sich an seine Frau und sie werden ein Fleisch." (Gen 2,23-24). Auch die fast letzten Worte der Bibel sind ein Liebeslied: „Der Heilige Geist und die Braut sagen: „Komm!" (Offb 22,17). Wenn man die Metapher weiter ausschöpft, ist die Bibel, jenes Buch, das die Geschichte der Liebe zwischen Gott und der Menschheit erzählt, eingerahmt von zwei Liebesgeschichten: der von Adam und Eva und der des Heiligen Geistes und der Kirche. Auf den Seiten der Bibel tritt das Hohelied den Beweis dafür an, dass nur leidenschaftliche Liebe Neues erschaffen kann!


viernes, 26 de junio de 2020

JUNÍPERO SERRA




                                                           Francesc Ramis Darder
                                                           bibliayoriente.blogspot.com



La verdad de Fray Junípero Serra: la historia desmonta las mentiras sobre el fraile

ABC conversa con distintos expertos del período hispánico sobre la figura del santo español, cuyo nombre ha eliminado de su campus la Universidad de Stanford esta semana


MADRID Actualizado:GUARDAR

A su fallecimiento en Monterrey (Alta California), una región a la que había dedicado su salud y sus esfuerzos, no constaba en ninguna parte que Fray Junípero Serra hubiera contribuido a la muerte de ningún ser humano y, sin embargo, sí que las nueve misiones franciscanas que había fundado salvaron a miles del hambre, la marginación y de los colonos más depredadores. Creador de las primeras vías de comunicación y de asentamientos estables en la región de California, su estatua representa tradicionalmente a este estado en el Capitolio de Washington. Un reconocimiento a la importancia de las misiones para vertebrar lo que hoy es un territorio de EE.UU. y para dar un futuro a los indígenas en un mundo que nunca más sería tan compasivo con ellos.
Ahora, de golpe, este mismo estado parece haberse olvidado de su fraile fundacional como quien apaga un interruptor. La veda se abrió en 2015. Durante su canonización por el Papa Francisco, fueron ya muchas las voces que desde el indigenismo radical calificaron al mallorquín de genocida y afirmaron que las misiones eran en sí campos de concentración. Su estatua en la ciudad de Los Ángeles amaneció poco después de esa fecha con pintura roja y las palabras «Santo del genocidio».

Campaña de acoso y derribo

Dos años después, fue su efigie en la Antigua Misión de Santa Bárbara la que apareció decapitada y pintada de color sangre. La Junta Directiva de la Universidad de Stanford recogió esta misma semana el testigo de esta campaña de acoso y derribo al anunciar que eliminará al santo de las calles y edificios del campus, porque ver su nombre causa «trauma y daño emocional» a muchos estudiantes.
«Es como si hoy un soriano se pusiera a culpar a los romanos de todos sus males cada vez que pasa delante de un monumento clásico. Es decir, como si la historia se hubiera detenido para siempre cuando Escipión destruyó Numancia», compara con humor Fernando García de Cortázar, que vive con indignación el revisionismo que sufre el santo español. El asunto es especialmente cruel, puesto que Junípero Serra dedicó toda su vida a la protección y evangelización de los indios de California. Se preocupó por su bienestar, porque cultivaran la tierra y se convirtieran en personas integradas en la nueva sociedad. «Fue un hombre de su tiempo, un religioso que fundó misiones que representaron islas de cultura y piedad en la California del siglo XVIII y que más tarde se convirtieron en grandes ciudades. Sin duda, culparle a él y a los franciscanos de crueldad es una auténtica barbaridad», señala el autor vasco.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el franciscano acometió la fundación de nueve misiones (ocho en California) con el objeto de poblar el norte de esta región. Con una salud quebradiza y una edad avanzada, Junípero Serra ofició la conversión de 4.646 nativos y sentó las bases de un inmenso éxito en la urbanización hispánica. «Fundar misiones era una tarea en la que se buscaban fines múltiples: evangelizar, poblar, organizar... Para que vivieran “de manera civilizada”, se buscaba que los propios habitantes colaborasen en la construcción de las poblaciones en las que iban a vivir», asegura María Saavedra, autora del libro «La forja del Nuevo Mundo».
No obstante, los representantes indígenas califican hoy las misiones de «campos de exterminio» donde sus ancestros eran obligados a vivir en condiciones insalubres. Y, ciertamente, hubo algunos abusos y castigos físicos, pero la población nativa de California se mantuvo en niveles estables durante la presencia española y luego mexicana en este territorio. Pudieron salvaguardar la mayoría de sus costumbres. «Algunos conquistadores intentaron aprovecharse de los indios más desarrollados, pero en el caso de estos indios no pudieron acabar con ninguna cultura porque ni siquiera conocían la agricultura y no se entendían entre ellos. Eran tribus nómadas y recolectoras», expone Enriqueta Vila, perteneciente a la Real Academia de la Historia.
Fue, no en vano, con la fiebre del oro cuando la llegada de miles de mineros estadounidenses desde el este dio lugar a lo que algunos han calificado de «hecatombe» demográfica. «Las misiones lo que hacían era preservar a los indígenas que se fueron extinguiendo con su secularización. El genocidio llegó por el oro», comenta Vila.
Aún hoy se pueden apreciar los beneficios que dejaron los franciscanos. Las grandes ciudades de este estado -San Francisco, San Diego y Los Ángeles- conservan el nombre original de las misiones. Asimismo, la historiadora especializada en la conquista de América María del Carmen Martín Rubio pudo comprobar durante un reciente viaje a la Alta California que se siguen sembrando algunos de los cultivos introducidos por el fraile desde sus tierras mallorquinas. «En San Carlos Borromeo, donde se encuentra la misión tal cual era en tiempos de su fundación y se halla enterrado, Fray Junípero es totalmente admirado, y también lo es en los pueblecitos», explica Martín Rubio, que achaca la campaña a una «manipulación política» y no basada en la realidad.

Contra el mundo hispánico

El mallorquín incluso se llegó a ganar la enemistad del gobernador y de muchos de sus compatriotas, más ávidos de codicia, por su excesivo celo a la hora de proteger a los indígenas. Después de un ataque indio a la misión de San Diego, en 1776, consta que el religioso pidió al primer comandante general de las Provincias Internas, Teodoro de Croix, que no se ejerciera la violencia contra los culpables.
«Junípero solo es el chivo expiatorio; el ataque es contra el mundo hispano en su totalidad, cuyas relaciones con los indígenas eran más fluidas, respetuosas y benignas de las que tuvieron los que vinieron después», apunta María Elvira Roca Barea, autora de «Imperiofobia y leyenda negra», sobre el origen de los ataques. Para esta autora, el indigenismo cuenta en la actualidad con manga ancha en las universidades de EE.UU. porque «a los auténticos responsables de la desaparición de la población nativa les interesa eximir su responsabilidad».

El resultado es una polémica alejada de la realidad que perjudica, sobre todo, a los hispanos, que suponen quince millones de almas en California, según estimaciones de 2015. «Los hispanos no se dan por aludidos y eso forma parte de la erosión cultural constante que los deja en una posición de aculturación y de debilidad», afirma la que fuera profesora en la Universidad de Harvard. Lejos suena ya 2003, cuando, a petición de intelectuales mexicanos, las Misiones Franciscanas de Sierra Gorda fueron declaradas Patrimonio Mundial de la Unesco.