martes, 26 de julio de 2016

¿QUIÉN ES EL UNGIDO DEL SEÑOR? Is 61,1-9


                                                            Francesc Ramis Darder
                                                            bibliayoriente.blogspot.com



    El poema del Vástago de Jesé mencionaba el “Espíritu de Yahvé” (Is 11,2), el Cántico del Siervo aludía a “mí Espíritu (de Yahvé)” (Is 42,1), mientras los versos del Ungido refieren el “Espíritu del Señor Yahvé (rwh. ‘dny yhwh ´ly)” (Is 61,1). El contenido de Is 61,1-9 aparece en la sección que destaca la figura de Jerusalén como espejo de la intervención salvadora de Dios (60,1-62,12); así, culminado el proceso de conversión (56,9-59,21), la profecía delinea el esplendor de Sión reedificada tras la alianza con Yahvé (60,1-62,12). La temática de 60,1-62,12 ofrece tres apartados que exponen la magnificencia de la Ciudad Santa. El primero muestra cómo la gloria de la urbe atrae las naciones a Sión (60,1-22). El segundo presenta la figura del Ungido del Señor (61,1-9; 10-11: acción de gracias); la entrega y el testimonio del personaje, investido del Espíritu de Señor Yahvé, refleja la presencia Dios en el seno de la Ciudad Santa a la vez que la capacita para atraer las naciones a la cima del Monte Santo. El último apartado vuelve a acentuar la grandeza de Jerusalén transformada por la intervención redentora de Yahvé (62,1-9); concluye con el poema que invita al pueblo y a la humanidad a gozar plenamente de presencia de Yahvé (62,10-12). De ese modo, la figura del Ungido del Señor despunta entre los versos que describen la redención de Jerusalén hasta convertirla en la urbe capaz de atraer a las naciones hacia los atrios del Monte Santo (cf. Is 66,5-23).[1]

 

  A nuestro entender, Is 61,1-9 presenta una estructura sencilla. Comienza certificando como el Ungido de Yahvé posee el Espíritu del Señor Yahvé (Is 61,1ª). A continuación, pone en labios del Ungido la tarea que Yahvé le señala a favor de los oprimidos y contra quienes les afrentan (Is 61,1b-3ª). Seguidamente, subraya el triunfo de los débiles (Is 61,3b). Después especifica las consecuencias del triunfo de los míseros; pues, por una parte, reconstruirán las heredades devastadas (Is 61,4), y por otra, recibirán el reconocimiento de las naciones (Is 61,5-6). Finalmente, el poema subraya de nuevo la victoria de los débiles desde dos perspectivas concomitantes; por un lado, sentencia que el Señor trenzará una alianza eterna con ellos (bryt `wlm), y, por otro, enfatiza como las naciones reconocerán en el rostro de los redimidos el aspecto de la raza bendita de Yahvé (Is 61,7-9).

 

    El poema especifica la identidad de los destinatarios de la misión del Ungido del Señor: los pobres, quienes tienen el corazón roto, los cautivos, los presos, los que lloran, quienes llevan luto, y los abatidos; a modo de contrapunto, el Ungido pregonará el año de venganza contra los causantes del dolor que aflige la asamblea (Is 61,1-3). ¿Quiénes son los oprimidos y quiénes son los opresores? A tenor de la intertextualidad y el planteamiento metafórico del conjunto isaiano (Is 1-66), la mención de los débiles alude, entre otros temas teológicos, a la comunidad hebrea diezmada por la idolatría, trampa de los paganos hacia el pueblo de Dios (Is 61,1b.2b-3ª; cf. 41,17-20; 42,18-25), mientras los opresores ocultan el rostro de las grandes potencias o los pequeños tiranos que, bajo el aspecto de pomposos ídolos o imágenes ridículas, apartan a la comunidad de los caminos del Señor (Is 37; 41,21-29; 42,18-25; 47).[2]

 

    El texto también especifica las peculiaridades de la actuación del Ungido: anunciará la buena nueva, vendará los corazones rotos, pregonará la libertad a los cautivos, proclamará el año de gracia, consolará a los tristes, confortará a quienes están de luto y devolverá al ánimo a los abatidos; a modo de contraluz, pregonará la venganza de Dios contra los opresores. Con la excepción de la derrota de los adversarios,[3] la tarea del Ungido, valiéndose de otro vocabulario y adoptando el lenguaje metafórico, corre pareja a la misión del Siervo; pues, el Siervo no quebrará la caña cascada ni apagará el pabilo humeante, símbolo de quines sufren la opresión o están atrapados por los ídolos (Is 42,1-8).

 

    Entre las tareas a las que el Espíritu empuja al Ungido, perfilaremos las dos, a nuestro entender, más esenciales: “buena nueva” y “año de gracia” (Is 61,1.2). La raíz “buena nueva (bsr)” aparece en labios del mensajero que anuncia la salvación de Sión (Is 40,9), refleja la salvación que Ciro lleva a Jerusalén (Is 41,27), caracteriza al mensajero de Sión (Is 52,7), y confirma la alabanza de las naciones, atónitas ante la grandeza de Yahvé que ha salvado Jerusalén (Is 60,6); en definitiva, la raíz subraya la irrupción de la salvación entre los muros de Sión, metáfora del pueblo redimido. En labios del Ungido, la “buena nueva” significa la llegada de la salvación con que Dios redime a su pueblo de la opresión y de la idolatría que le apartan del regazo divino. Sin embargo, el contenido de Is 61,1-3 no se limita al aspecto descriptivo, también abraza, en nuestra opinión, el sentido performativo; es decir, realiza lo que proclama, pues al mismo tiempo en que el Ungido anuncia la buena nueva, venda los corazones, pregona la libertad […] y consuela a los que lloran.[4] La locución “año de gracia de Yahvé (s.nt-rtswn lyhwh)” alude a la actuación decisiva de Dios, en este caso por medio del Ungido, para salvar a su pueblo y abatir a los malvados. Conviene notar que tanto el aura del Ungido como del Siervo de Yahvé aparecen bajo el aura de la raíz “complacer (rtsh)”: Dios se complace (rtsh) en el Siervo (Is 42,1), mientras el Ungido proclama el “año de gracia (rtswn, raíz: rtsh)”; de ese modo, la poesía isaiana relaciona, desde el vértice teológico, la naturaleza de ambos personajes.        

 

    Anudando la información. Entendemos que el Ungido de Yahvé, poseedor del Espíritu de Adonai Yahvé, constituye la mediación de Dios para regenerar a su pueblo y propiciar que las naciones reconozcan a la comunidad renacida como la raza bendita de Yahvé. La misión mediadora del Ungido de Yahvé corre pareja, en cierta medida, a la del Siervo de Yahvé y, desde los matices que hemos constatado (1.1), también a la del Vástago de Jesé. Así pues, el Ungido, poseedor del Espíritu del Señor Yahvé, constituye el mediador divino que emprende dos tareas imbricadas entre sí; por una parte, el empeño del Ungido media en la salvación que Dios concede a su pueblo, a la vez que propicia la admiración de las naciones ante el triunfo de la raza bendita (duplex ordo).[5]

 

   ¿Cuál es la peculiaridad del Ungido de Yahvé en el libro de Isaías? Como sabemos, la unción expresa propiamente la consagración del rey (1Sam 9,16) o del sacerdote (Lv 4,3). Al decir de la Escritura, la expresión “Ungido de Yahvé” señala la estrecha relación entre Yahvé y el monarca (2Sm 1,14.14; 19,22), a la vez que remarca la familiaridad del soberano con el Espíritu de Yahvé (1Sm 16,13). El libro de Isaías subraya la solvencia de dos personajes distintos mediante el uso específico de la raíz “ungir (ms.h.)”: Ciro (Is 45,1-7; cf. 41,1-5.25; 44,28) y el Ungido de Yahvé (Is 61,1).[6]

 

   Cuando ahondamos en la identidad teológica de Ciro, tal como la presenta el texto isaiano, apreciamos tres cuestiones principales. Primera: Ciro es el personaje ‘suscitado (`wr)’ por Dios para someter las naciones con la intención de que reconozcan el exclusivo señorío de Yahvé sobre la Historia (Is 41,1-5.25; 48,12-15) Segunda: bajo el título de ‘pastor (r`y)’, Ciro, atento al deseo divino, ordenará la reconstrucción de Jerusalén y rehará la dignidad del Templo (Is 44,28).[7] Tercera: Yahvé confiará a Ciro, su ‘Ungido (ms.yh.)’, dos cuestiones concomitantes. Por una parte, será el instrumento divino para someter las naciones para que tanto él como las paganos reconozcan en la identidad de Yahvé, el Dios de Israel, al único Dios; por otra parte y a modo de correlato, Dios toma de la mano a Ciro, su Ungido, para bien de su pueblo, Jacob e Israel (Is 45,1-7).[8] Así pues, la tarea de Ciro (suscitado, pastor y Ungido) corre pareja, en cierta medida, a la del Vástago de Jesé, el Siervo de Yahvé y el Ungido de Yahvé; pues su intervención en el ahistoria, alentada por Dios, también actúa a favor del pueblo y de las naciones. No obstante, cuando comparamos la naturaleza del Vástago, el Siervo y el Ungido con la identidad de Ciro, apreciamos una diferencia capital: mientras los tres personajes están investidos del Espíritu de Yahvé, Ciro no lo posee. Así pues, el “Espíritu de Yahvé” constituye el don que Dios regala solo a su pueblo; en nuestro estudio a los tres personajes eminentes que lo han recibido; es el Espíritu del Señor Yahvé, derramado sobre el Ungido, quien le capacita para mediar en la salvación del pueblo y propiciar la admiración de las naciones.

 

    En definitiva, el Ungido del Señor constituye un personaje relevante, investido del Espíritu de Yahvé, como también lo son el Vástago y el Siervo, destinado por Dios a propiciar el retorno de la comunidad, alejada del Señor por el peso de la idolatría, al regazo divino.

 

    Como expusimos en las primeras líneas del estudio, esbozaremos ahora brevemente la figura del personaje Incógnito, poseedor también del Espíritu de Yahvé. Aunque la presencia de Is 48,16b haya suscitado dificultades textuales, nos atenemos al Texto Masorético.[9] Señala la profecía: “Ahora, Adonai Yahvé me envía con su espíritu (‘dny yhwh shlh.ny wrwh.)” (Is 48,16b). ¿A quién envía Adonai Yahvé? A lo largo de Is 40-66, el binomio “Adonai Yahvé” adquiere dos matices relevantes. Por un lado, la locución “Adonai-Yahvé” despunta en los oráculos que enfatizan la intervención de Dios en bien de su pueblo y que suscita, a modo de correlato, la admiración de las naciones (Is 56,8; 40,10; 49,22; 52,4; 61,11; 65,13.15).[10] Por otro, Is 40-66 utiliza la locución “Adonai-Yahvé” en los textos que aluden a personajes relevantes: el Siervo de Yahvé (Is 50,4.5.7.9) y el Ungido de Yahvé (Is 61,1). Así pues, el personaje incógnito alude a una figura eminente que, de alguna manera, actúa de mediador en la intervención de Dios en la Historia en bien de su pueblo.[11] A nuestro entender, el personaje Incógnito alude a la identidad del Siervo de Yahvé y a la naturaleza del Ungido del Señor.

 

    El primer Cántico especifica la elección y la misión del Siervo: “Mi siervo […] mi elegido […] he puesto en él mi espíritu […] para ser alianza del pueblo y luz de las naciones” (Is 42,1-8). El Cántico alude al espíritu en primera persona, “mi espíritu”; sin duda, el pronombre “mi” oculta la identidad de Yahvé. El contenido de Is 48,16b apela a la tercera persona: “su espíritu”; el pronombre “su” también alude a la identidad de divina. De ese modo, tanto el Siervo como en el personaje Incógnito están investidos por el mismo Espíritu de Yahvé. Un a vez que el primer Cántico ha definido la identidad y la misión del Siervo, los otros tres concretan los diferentes aspectos de la misión del Siervo (Is 49,1-7; 50,4-11; 52,13-53,12). El Segundo Cántico, literariamente distante del primero, comienza a delinear los trazos de la misión del Siervo (Is 49,1-7); quizá por eso, el autor haya colocado en Is 48,16b la locución “su espíritu”, en alusión al Siervo (Is 42,1), seguida de un oráculo profético (Is 48,17-19), para recoger el contenido del primer Cántico y preparar al lector para la comprensión de su misión a partir del segundo.

 

    No obstante, el binomio “Adonai Yahvé”, presente en Is 48,16b, asocia el personaje Incógnito con el Ungido del Señor, poseedor también del espíritu de “Adonai Yahvé” (Is 61,1; cf. 61,11). Como hemos expuesto en párrafos anteriores, la misión del Ungido insinúa también la misión del Siervo. Desde esta perspectiva, podríamos entender que el personaje Incógnito no solo prepara al lector para la comprensión de la misión del Siervo, sino que también le predispone para comprender la tarea del Ungido, poseedor del Espíritu de Adonai Yahvé, asociada, como hemos visto, al empeño del Siervo.[12]

 

 

 



[1] . B. S. Childs, Isaiah, Louisville: KY 2001, 526-547.
[2] . E. Farfán, El Desierto Transformado, Roma 1992, 49-63; F. Ramis Darder, El Triunfo de Yahvé sobre los Ídolos (Is 40,12-44,23), Barcelona 2002, 120-130. R. Rendtorff, The Book of Isaiah: A Complex Unity. Synchronic and Diachronic Reading, en E. F. Melugin & M. A. Sweeney (eds.), New Visions of Isaiah, Sheffield 1996, 32-49.
[3] . F. Ramis Darder, Els vertaders i els falsos profetes, ScriptaB 10 (2010) 83-106.
[4] . O. Schilling, bsr, ThWAT I, 861-865.
[5] . M. Howell, A Light to the Nations, TBT 40 (2002) 205-210.
[6]. D. Scaiola, Creazione e alleanza, PdV 52 (2, 2007) 16-21; H. Spieckermann, God’s Steadfast Love. Towards a New Conception of Old Testament Theology, Bib 81 (2000) 305-327.
[7] . 2Cr 36,22-23; Esd 1,1-6; 6,3-5; mencionan la reconstrucción del Templo sin citar la reconstrucción de Jerusalén
[8] . F. Ramis Darder, Is 41,1-5: el Primer Oracle de Cir. Model de l’actuació divina a traves dels signes dels temps, ScriptaB 4 (2002) 145-173;
[9] . AC: dl cf. GK. Apelando a manuscritos griegos relevantes y al copto, el Aparato Crítico propone prescindir del binomio “Adonai Yahvé”; por nuestra parte no percibimos ninguna razón para eliminarlo. Algunos autores consideran Is 48,16b como una interpolación o una glosa y prescinden del texto, por nuestra parte no vemos motivo para obviar el texto: cf. B. S. Childs, Isaiah, Louisville: KY, 377-278.
[10] . Is 56,1-8: Dios reúne a los dispersos de Israel y suscita la adhesión de los paganos (Is 56,8). Is 40,10: alusión al pueblo redimido, admiración de las naciones (Is 40,8.10). Is 49,22: exige de los paganos la devolución de los israelitas dispersos. Is 52,4: Dios reivindica la liberación de su pueblo, oprimido antaño por Egipto y Asiria.
[11] . F. Ramis darder, Yahvé: el Déu que actua dins la Història, Comun 98 (2000) 19-32.
[12] . R. J. Clifford, Prophetic Leader, TBT 39 (2001) 69-74; G. J. Polan, Portraits of Second Isaiah’s Servant, TBT 39 (2001) 88-93; C. Story, Another Look at the Fourth Servant Song of Second Isaiah, HBT (2009) 100-110

lunes, 18 de julio de 2016

UGARIT Y LA BIBLIA


                                                     Francesc Ramis Darder
                                                     bibliayoriente.blogspot.com


EL COMBATE ENTRE BA’LU Y MôTU.

3.1.Síntesis.

Cuando Ba’lu hubo vencido a Yammu, volvió a proclamarse rey de los dioses; pero la derrota de Yammu determinó también la caída de Môtu, el dios de la muerte y la esterilidad. Dolido de la derrota, Môtu entona un lamento por su desgracia; entonces la asamblea de los dioses, encabezados por Gapnu y Ugaro, comunican a Ba’lu el mensaje de Môtu: “Venga, desciende tú a las fauces del divino Môtu”; el hecho de descender a las fauces de Môtu, sugiere la sumisión de Ba’lu a Môtu, sumisión consentida por la autoridad de Ilu, el dios supremo. Los dioses comunicaron a Môtu la sumisión de Ba’lu; dicen las deidades a Môtu en nombre de Ba’lu: “¡Salve, divino Môtu, siervo tuyo soy para siempre!”.

    Atento a la autoridad de Ilu, Ba’lu desciende al abismo para sorber la muerte. Encerrado en el abismo, los dioses certifican su muerte: “¡Muerto está Ba’lu, el Victorioso, pereció el Príncipe, Señor de la tierra!”. Entonces, Ilu, el Bondadoso, exclamó preocupado: “¡Ba’lu está muerto! ¿Qué será del pueblo?”. También Anatu, hija de Ilu, cubierta con la túnica ritual, metáfora del luto, clamó con dolor: “¡Ba’lu está muerto! ¿Qué será de este pueblo?”. Ahíta de llanto, pidió a la Luminaria de los dioses, Sapsu, que llevara a Ba’lu hasta la cumbre de Sapanu, la montaña sagrada; allí ofició un gran sacrificio fúnebre para llorar y sepultar a Ba’lu en la caverna de los dioses de la tierra.

    Aunque Ilu había lamentado el ocaso de Ba’lu con las mismas palabras que Anatu, ésta duda de la sinceridad de Ilu; pues Anatu, presentándose en la morada de Ilu, denuncia la alegría de Atiratu, esposa de Ilu, y sus hijos por la muerte de Ba’lu. La desaparición de Ba’lu obliga a buscar otro dios para convertirlo en rey de los dioses, por eso Ilu solicita de Atiratu, la Gran Dama, la entrega de uno de sus hijos para convertirlo en rey. Tras un breve diálogo, responde la Gran Dama, Atiratu, diciendo: “¡Hagamos rey  a Attaru, el Terrible!”. Sin embargo, cuando Attaru, el dios del desierto, subió a las cumbres del Sapanu y se sentó en el trono de Ba’lu, se vio incapaz de emprender la tarea.

    Entonces Anatu decide emprender la búsqueda de Ba’lu para restituirlo como rey. Anatu exige a Môtu que le devuelva a Ba’lu, su hermano; Môtu le responde: “Encontré a Ba’lu, el Victorioso, yo mismo le puse como cordero en mi boca, quedó triturado”. Anatu partió con un cuchillo a Môtu; lo trituró en el campo para que los pájaros devoraran su carne. La muerte de Môtu supone la resurrección de Ba’lu.

    Ahora bien, es necesario buscar a Ba’lu y encontrarlo para que pueda ceñir la corona; por eso Ilu ordena a Sapsu, la Luminaria de los dioses, que auxilie a Anatu, la Virgen, en el proceso de búsqueda. Las deidades encuentran a Ba’lu, pero antes de empuñar el cetro debe derrotar a Môtu. El combate es muy violento: “Môtu era fuerte, Ba’lu era fuerte; se arrastraron como alazanes”. De pronto, Sapsu advierte a Môtu, diciéndole: “¿Cómo puedes pelearte con Ba’lu? […] Ilu […] de seguro […] romperá tu cetro de mando”. Entonces Môtu, temeroso de las invectivas de Ilu, se humilló ante Ba’lu que fue entronizado de nuevo como rey, rodeado de dioses y de hombres.

    El colofón del poema sella el trabajo del escriba: “El escriba fue Ilimilku, subbaní, discípulo de Attanu-Purlianni, Sumo Sacerdote, Pastor Máximo, Inspector de Niqmaddu, Rey de Ugarit, Señor Formidable, Provisor de nuestro sustento”.


3.2.Comentario.

El episodio es estrictamente mítico; los hombres no desempeñan papel alguno, solo figuran en las últimas líneas como redactores y espectadores de la lucha entre los dioses. No aborda la cuestión del orden del cosmos, expuesta en el “combate entre Ba’lu y Yammu”, sino la cuestión existencial de la vida y la muerte. Recoge el aspecto agrícola de la civilización cananea; bajo la mirada de Ba’lu afloraría la estación fértil, mientras la figura de Môtu ocultaría la época de la esterilidad del campo. Sin embargo, el objetivo del mito no se constriñe a la explicación de la fertilidad o esterilidad de la tierra; pues recogiendo el trasfondo de la cultura agrícola, certifica el triunfo de la vida sobre la las garras de la muerte. Así Môtu, el dios del abismo, símbolo de la muerte, representa cualquier fuerza que aniquile la vida, mientras Ba’lu, el dios de la lluvia y sobre todo del cielo, personifica toda fuerza que alumbra y fortifica la vida. Así el mito ensalza el tesón de Ilu, el dios supremo, en favor de la vida, contra la pretensión de un dios secundario, Môtu, empeñado en la victoria de la muerte; la opción de Ilu, el dios principal, estriba en favorecer la vida mediante la victoria de Ba’lu sobre las zarpas de la muerte, representada por Môtu. Cabe destacar tres aspectos que insinúan el pálpito del mito entre las páginas de la Escritura.

    Primero: La cosmología hebrea, heredera de la cananea, situaba bajo la tierra un gran habitáculo, el Sheol; cuando alguien moría, su ‘espíritu’ descendía al Sheol para llevar una vida umbrátil (Sal 16,10). Como ocurrió con Môtu que trituró a Ba’lu, el AT desvela que el Sheol “ha ensanchado sus fauces, abre la boca sin medida; allí bajan los nobles y la gente (en este caso metáfora de los injustos)” (Is 5,14); en el Sheol se consumen los idólatras, representados por el rey de Babilonia (Is 14,3-23).

    Segundo: A pesar de la dureza del Sheol, el AT ensalza el triunfo de la vida sobre la intriga de la muerte, como hace la teología cananea. Por eso dice el Señor a sus fieles: “Revivirán tus muertos, los cadáveres se levantarán; se despertarán jubilosos los habitantes del polvo, pues rocío de luz es tu rocío, y los muertos resurgirán de la tierra” (Is 26,19). El AT recoge la pasión del Dios Ilu por el triunfo de la vida, pero no la vincula a un combate entre dioses, como la lucha entre Ba’lu y Yammu. Adscribe al triunfo de la vida a la opción del Señor, el único de Dios, a favor del ser humano, imagen y semejanza divina entre la armonía del cosmos (Gn 1,26).

    Tercero: La resurrección de Jesús constituye el paradigma del triunfo definitivo de la vida sobre la muerte. Desde esta perspectiva, sentencia el libro de los Hechos: “Dios, sin embargo, lo resucitó (a Jesús), rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder” (Hch 2,24); y Pablo, atento a la resurrección del Señor enfatiza la derrota definitiva de la muerte: “La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1Cor 15,54). Ahora bien, el triunfo de la vida no brota del combate entre dioses, como señala la mitología cananea, ni se reduce a certificar la autoridad divina sobre el poder de la muerte. La resurrección del Señor, paradigma de la victoria de la vida sobre la muerte, modela la conducta cristiana, como señala Pablo: “Tened los sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús. El cual […] se hizo obediente hasta la muerte […] por eso Dios lo exaltó […] por encima de todo nombre” (Flp 2,5-11).



lunes, 11 de julio de 2016

¿QUÉ ENCONTRAMOS EN UGARIT? EL MITO DEL PALACIO DE BA'LU


                                            Francesc Ramis Darder
                                            bibliayoriente.blogspot.com 


EL MITO DEL PALACIO DE BA’LU.

2.1.Síntesis.

Ba’lu celebra un banquete en las cumbres de Sapanu, la montaña divina, mientras tanto Anatu, la diosa Virgen hija de Ilu, se ha alzado victoriosa en un combate. Entonces Ba’lu envía mensajeros a Anatu para que venga al Sapanu donde le comunicará su intención de elaborar las insignias básicas de la realeza, el rayo y el trueno. Cuando oteó la embajada enviada por Ba’lu, presidida por los dioses Gapnu y Ugaro, la diosa Anatu exclamó con angustia: “¿Qué enemigo le ha salido a Ba’lu?”. Cuando los mensajeros divinos consiguen tranquilizar a Anatu, diciéndole que Ba’lu no tiene ningún adversario, la diosa emprende la ruta hacia la montaña divina, el Sapanu. Tras ser agasajada, la diosa descubrió que Ba’lu no tenía palacio, institución decisiva para poder afirmarse como rey.

    La edificación de un palacio requiere del consentimiento de Ilu, por eso la diosa decide recabar el consentimiento del dios supremo; sentencia: “Me atenderá el Toro, Ilu, mi padre; pues le puedo arrastrar como un cordero por tierra”. Anatu se presentó en la gruta de Ilu y sollozando presentó la súplica. Anatu comienza recordando a Ilu la realeza de Ba’lu: “Nuestro rey es Ba’lu, el Victorioso, nuestro juez, al que no hay quien supere”; pues Ba’lu era rey porque había derrotado a Yammu en combate singular. Conocedores de la situación, Atiratu, esposa del dios Ilu, y sus hijos dijeron al dios supremo: “Pero, claro, no tiene palacio Ba’lu como tienen los dioses”; la disposición de un palacio, al sentir de los dioses, era imprescindible para ejercer la realeza. Con intención de remediar la adversidad, los mensajeros divinos se dirigen al encuentro de Kôtaru, el artesano de los dioses, para que se ponga a disposición de Ba’lu y construya el palacio.

    Emprender la edificación del palacio es una tarea difícil; pues los mensajeros deben obtener la aquiescencia de Atiratu, la esposa del dios supremo, que convencerá a Ilu para que autorice la construcción del palacio donde Ba’lu establezca su realeza. El artesano divino, Kôtaru, elabora preciosos obsequios para poder conquistar la benevolencia de Atiratu. Más tarde, Anatu y Ba’lu recogen los presentes para ir al encuentro de Atiratu. Al encontrarse, Atiratu muestra displacer: “¿Cómo es que llega Ba’lu […] y Atiratu? Son los destructores del clan de mis parientes”. No obstante, seducida por el brillo de la plata y el oro que reflejan los obsequios, acalla la displicencia de su hijo, Yammu, y muestra las más cálida acogida hacia Ba’lu y Anatu. Segura de su influencia, Atiratu decide acompañar a Ba’lu y Anatu hasta la morada de Ilu para lisonjearlo y obtener el don del palacio.

    Cuando Atiratu, acompañada de Ba’lu y Anatu, se encuentra con Ilu, le expone la situación: “Nuestro rey es Ba’lu, el Victorioso […] pero, claro, no tiene palacio Ba’lu como los dioses”. Conmovido, responde Ilu: “Constrúyase un palacio a Ba’lu como el de los dioses”. Entonces la Gran Dama, Atiratu del Mar, agradece la magnanimidad divina: “Grande eres, Ilu, en verdad eres sabio, la canicie de tu barba de veras te instruye”. A la orden de Atiratu, Anatu transmite a Ba’lu la decisión de Ilu; sin perder un instante, Ba’lu encarga a Kôtaru, el artesano de los dioses, la edificación del palacio con la mayor rapidez.

    Discutiendo sobre la construcción, dijo Kôtaru: “Voy a poner una claraboya en el palacio”; pero respondió Ba’lu con furor: “¡No pongas claraboyas en el palacio!”, y dio la razón: “no sea que se alce el amado de Ilu, Yammu, y se apreste a resistirme y escupirme”; en definitiva, Ba’lu rechaza la claraboya para evitar que otros dioses puedan introducirse por la apertura y alteren con sus intrigas la forma de gobierno. Sin embargo, Kôtaru aplaza la discusión para más adelante, diciéndole: “Ya atenderás Ba’lu a mis palabras”.

    Valiéndose de la solidez de los cedros del Líbano, se alza un palacio magnífico. La inauguración es solemne. Un ritual sacrifical reúne a todos los dioses. Admirado de la belleza del palacio, Ba’lu exclama: “Mi casa de plata he construido, mi palacio de oro”. Con intención de afirmar su realeza, certificada con la construcción del palacio, Ba’lu emprende una victoriosa campaña militar. Con la emoción del triunfo y al contraluz del anterior diálogo con Kôtaru, proclama Ba’lu: “Voy a hacer que Kôtaru hoy mismo […] abra una ventana en la casa, una claraboya en el palacio, que abra incluso una aspillera en las nubes”. A lo que le responde Kôtaru: “¿No te lo dije, oh Ba’lu, el Victorioso, que ya atenderías, Ba’lu, mi consejo?”. El objetivo de la apertura de la claraboya radica en el deseo de hacer oír a todos, dioses y hombres, la firmeza de su voz, representada por el trueno, metáfora de su autoridad, y la fiereza de su fuerza, simbolizada por el rayo, alegoría de sus armas.

    Obediente, Kôtaru construyó la claraboya. Cuando la voz de Ba’lu salió por la claraboya, los montes se asustaron, metáfora de los habitantes de la tierra, y se conmovieron los mares, símbolos de los navegantes; de ese modo, quedó asentado el señorío de Ba’lu sobre sus posibles enemigos. Seguro de su realeza, envía a sus mensajeros, Gapnu y Ugaru, a la profundidad del abismo, para advertir a Môtu contra cualquier disidencia: “Yo soy el único que reinará sobre los dioses […] el que saciará a las multitudes de la tierra”; de ese modo y entronizado en palacio, Ba’lu asume el cetro sobre los dioses, siempre sujeto al dominio supremo de Ilu.

    El poema concluye con firma del escriba: “El escriba fue Ilimilku, Inspector de Niqmaddu, Rey de Ugarit”.


2.2.Comentario.

    Después de su victoria sobre las pretensiones de Yammu, Ba’alu queda entronizado con la aquiescencia de Ilu como rey de los dioses. El relato sobre la construcción del palacio de Ba’lu aparece como un mito de “afirmación”; certifica que sobre el Sapanu, la montaña sagrada, Ba’lu ejerce la realeza como señor del trueno, el rayo y la lluvia. La claraboya del palacio que aparece como un peligro, se conforma después como el altavoz por el que Ba’lu proclama su realeza en el Mundo. Analicemos tres aspectos del aura del mito en la Escritura.

    Primero. El empeño por construir un templo/palacio a la divinidad también palpita en el AT. Entronizado en Jerusalén, David pensó edificar un templo al Señor; pero Dios dijo Dios a David por boca de Natán: “¿Pedí yo acaso a uno solo de los jueces de Israel […] que me edificara una casa de cedro?” (2Sm 7,7). El Señor subordina el templo a la instauración de la dinastía de David; así dice Natán: “El Señor te anuncia que te dará una dinastía […] El (Salomón) edificará una casa en mi honor y yo (Dios) mantendré para siempre su trono real” (2Sm 7,13). Pero la gloria de la dinastía no depende del esplendor del templo, sino de la buena conducta del monarca; así lo sugiere la oración de Salomón en el templo: “Señor […] mantén la promesa que hiciste a mi padre David, tu siervo […] No faltará nunca en mi presencia un descendiente que se siente en el trono de Israel a condición de que tus hijos se comporten rectamente en mi presencia (de Dios)” (1Re 8,25). Desde la perspectiva bíblica, lo esencial no es el culto del templo, sino la pureza ética de los fieles.

    Segundo. El Señor no necesita un templo para “afirmar” su realeza, como aconteciera con Ba’lu, pues ha creado el Universo (Gn 1,1-2,4ª) y “tiene su trono sobre la bóveda celeste” (Is 40,22). Cuando Dios crea el mundo, dice al ser humano: “llenad la tierra y sometedla” (Gn 1,28); desde la perspectiva bíblica, Dios encomienda al hombre el cuidado del cosmos. Aguzando la hondura poética, el hombre asume el papel de “la claraboya del palacio” a través de la cual Dios sigue gobernando la historia hacia el horizonte “muy bueno” (Gn 1,31), metáfora del Reino de Dios, inscrito en el corazón de cada persona. La importancia de Israel no estriba en la magnificencia del templo, sino en el empeño de los fieles para dar testimonio de la misericordia de Dios (Is 43,10).

    Tercero. Según el NT, el definitivo templo de Dios es Jesucristo (Jn 2,21), la presencia encarnada de Dios entre los hombres (Jn 1,1-18). Por eso los cristianos están llamados a ser “piedras vivas” de la Iglesia (1Re 2,4), la comunidad que conforma el Cuerpo de Cristo (Ef 1,22-23), el sacramento universal de la presencia de Dios en la historia humana.               


miércoles, 6 de julio de 2016

¿QUIÉN ES EL VÁSTAGO DE JESÉ?

                                          Francesc Ramis Darder
                                          bibliayoriente.blogspot.com


    La mención del Vástago de Jesé figura entre las páginas del libro del Emmanuel (Is 6-12); la temática de la sección alterna las invectivas contra Judá con el halito de esperanza que Dios derrama sobre el pueblo mendaz. En el seno del libro del Emmanuel, la presencia del Espíritu de Yahvé aflora en Is 11,1-9. A nuestro entender, el poema presenta una estructura sencilla: La voz profética subraya que del tronco de Jesé brotará un Vástago (Is 11,1); después, señala que el Espíritu de Yahvé reposará sobre él (Is 11,2); a continuación, precisa las características de la actuación del Vástago de Jesé, poseedor del Espíritu de Yahvé (Is 11,3-5); acto seguido, destaca el estado paradisíaco que engendrará el empeño del Vástago (Is 11,6-8); finalmente, enfatiza el bienestar que reinará en el Monte Santo, metáfora de Jerusalén y su Templo, pues, como señala el poema: “la tierra estará llena del conocimiento de Yahvé, como las aguas colman el mar” (Is 11,9; cf. Ha 2,14). Así el Vástago de Jesé, henchido por el Espíritu de Yahvé, restaurará entre el pueblo la situación paradisíaca, pues la ‘tierra’ estará colmada por el conocimiento (d`h) de Yahvé. En el siguiente apartado, al hablar del Siervo de Yahvé (1.2), ahondaremos en el significado del vocablo “tierra” (Is 11,9) para perfilar aún más el calado de la misión a la que Espíritu de Yahvé destina al Vástago de Jesé.

    Insinuada la estructura y el contenido del poema, ¿cuál es el papel del Espíritu de Yahvé en la tarea del Vástago de Jesé? Oigamos la voz profética: “Reposará sobre él (el Vástago de Yahvé) el espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Dios” (Is 11,2). De ésta manera, la naturaleza del Espíritu de Yahvé queda calificada con tres pares de notas: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, conocimiento y temor de Dios.

    El binomio “sabiduría e inteligencia (h.kmh - bynh)” aparece en Is 11,1; Dn 1,20 y Pr 23,23; mientras la vecindad de ambos vocablos figura en Pr 4,5 y 2Cr 2,12. La profecía de Daniel sitúa el binomio en el ámbito de la corte. Cuando el rey de Babilonia consulta a Daniel y sus compañeros sobre asuntos de “sabiduría e inteligencia”, los encuentra diez veces más competentes que los magos de palacio (Dn 1,20). De modo parejo, 2Cr 2,12 utiliza ambos vocablos para certificar la competencia de Jiram, rey de Tiro. Los Proverbios insertan el binomio (Pr 23,23) en el entramado de los consejos del sabio al aprendiz para instruirlo el temor de Dios y la veneración del monarca (Pr 22,12-24,22). En el seno del consejo paterno, Pr 4,5 inquiere del hijo la adquisición de sabiduría e inteligencia; y, evocando las insignias de la corte, certifica la victoria del sabio e inteligente que lucirá la diadema y ceñirá la corona (Pr 4,9). Ahondando en el ambiente palaciego, debemos recordar que el título de los Proverbios adscribe el libro a Salomón (Pr 1,1). Ateniéndonos al sentido de las recurrencias anteriores, cabe decir que el espíritu de Yahvé reposa sobre el Vástago de Jesé para colmarle de la “sabiduría e inteligencia” (Is 11,2ª) que le cualifican para su misión entre las bambalinas palaciegas; es decir, le confiere las mejores cualidades para la actuación política.

    El par “consejo y fortaleza (`tsh – gbwrh)” figura en el relato del ataque de Senaquerib contra Jerusalén (Is 36,1-22). Acampado en Lakis, Senaquerib envió al copero mayor para exigir de Ezequías la rendición de Sión. Ante los dignatarios de Ezequías, proclamó el lacayo: “Piensas que meras palabras son ‘consejo y fortaleza’ para la guerra” (Is 36,5). Las “meras palabras” pueden referirse, en primera instancia, a la vana confianza que depositó el rey judaíta en el auxilio egipcio (Is 36,6.9); en ese sentido, acertó el mensajero, pues Senaquerib derrotó a Tirhacá, rey de Cus (Is 37,8-9). Ahora bien, en sentido propio, las “meras palabras” aluden a la confianza que Ezequías deposita en Yahvé para salvar Jerusalén del asedio asirio (Is 36,7.14.18). A pesar de la ironía del emisario asirio (Is 36,10), las “meras palabras” fueron “consejo y fortaleza”, pues Yahvé, por su propio honor (Is 37,35; cf. Dt 78), abatió a los asirios y Jerusalén conservó la libertad (Is 37,36-38). Así pues, el binomio “consejo y la fortaleza” expresa el poder con que Dios cercenó el orgullo asirio a favor de su pueblo, representado por Ezequías y la ciudad de Sión. A tenor de ésta explicación, el espíritu de Yahvé que reposa sobre el Vástago de Jesé (Is 11,2b), bajo el aspecto de “consejo y fortaleza”, le capacita en nombre de Dios para defender, desde la perspectiva política y militar, la independencia de la comunidad hebrea.

    El binomio “conocimiento y temor de Yahvé (d`t – yr’t yhwh)” (Is 11,2), constituye un hapax; precisemos el valor teológico de cada término. En el libro de Isaías, cuando el término “conocimiento (d`h)” carece de relación sintáctica con la locución “temor de Yahvé (yr’t yhwh)”, refiere el desconocimiento (d`h) de Yahvé, caracterizado por la idolatría (Is 44,19: fetiches; 47,10: Babilonia) y la injusticia (Is 5,13: Israel); pero también certifica la victoria del Siervo que por su conocimiento (d`h) justificará a muchos (Is 53,11). Cuando la locución “temor de Yahvé” es ajena desde la perspectiva sintáctica a la voz “conocimiento”, sentencia que el temor de Yahvé estriba en escuchar la voz del Siervo (Is 50,10). Así, cuando el texto señala que el Vástago de Jesé se inspirará en el temor de Yahvé (Is 11,3), sugiere que el Vástago coloreará su tarea con el aura del Siervo de Yahvé. De esta manera, tanto el ‘conocimiento’ como el ‘temor de Yahvé’ suponen la decisión de abandonar la idolatría para aparejarse a la tarea del Siervo, catalizador de la alianza (cf. Is 42,6; 49,6).

    Ahora bien, Is 33,6 asocia literariamente el ‘conocimiento’ y el ‘temor de Yahvé’: “Tus días transcurrirán en paz, sabiduría y conocimiento (h.km - d`h) te salvarán, el temor de Yahvé (yr’t yhwh) será tu tesoro” (Is 33,6). Así establece un paralelismo entre la “sabiduría y el conocimiento” y el “temor de Yahvé” que desemboca en el aspecto de la comunidad salvada por Dios (Is 33,6) del flagelo la injusticia y de la contaminación extranjera (Is 28,1-32,14). A modo de recapitulación, la asociación del ‘conocimiento’ y del ‘temor de Yahvé’ a la naturaleza del Espíritu de Yahvé, derramado sobre el Vástago de Jesé (Is 11,2), desvela que el Espíritu de Yahvé empeña al Vástago de Jesé en la tarea del Siervo de Yahvé, mediador de la alianza.

    Aunando el sentido teológico de los tres binomios que hemos comentado, el Espíritu de Yahvé capacita al Vástago de Jesé para que, desde la perspectiva política que entraña la “sabiduría y la inteligencia” junto al “consejo y la fortaleza”, adopte, bajo el aura del “conocimiento y el temor de Dios”, el aspecto del Siervo que devuelve el pueblo marchito al redil de la alianza. Como sabemos, la mención del Vástago de Jesé alude a la dinastía de David, el monarca Ungido (1Sam 16,1-13); así el Vástago de Jesé es el personaje de estirpe regia a quien el Espíritu de Yahvé inviste de cualidades políticas para que, a imagen del Siervo, inserte a la comunidad hebrea en el tronco de la alianza (cf. Is 42,6; 49,6).


 

lunes, 27 de junio de 2016

¿QUÉ ES UGARIT? UGARIT Y EL ANTIGUO TESTAMENTO


                                                                   Francesc Ramis Darder
                                                                   bibliayoriente.blogspot.com



1.EL COMBATE ENTRE BA’LU Y YAMMU.

1.1.Síntesis.

Mientras Ilu, el dios supremo, vive acomodado en su palacio, Yammnu, la divinidad del mar, debe contentarse con desperdicios fangosos, símbolo de su desgracia; el texto interpreta la desgracia como la oposición de Ilu contra su hijo Yammu. Conmovido del lamento, Ilu, el Bondadoso, proclama a su hijo, Yammu, señor de lo dioses, llamándole “Amado de Ilu”. Sin embargo, la decisión Ilu no gratuita. Por una parte, Ba’lu, el actual rey de los dioses, ofendió con su altivez la grandeza de Ilu, su padre; por eso Ilu, dolido de la afrenta, entrega el cetro a Yammu. Por otra, Yammu debe enfrentarse con Ba’lu, el Victorioso, y derrotarlo para tomar posesión de la realeza, no basta con la simple concesión de Ilu.

    Ilu convoca a los demás dioses a un banquete en su palacio para comunicarles su decisión. Seguramente hubo un diálogo entre los dioses, pero el texto recoge la conversación con Kôtaru, el dios artesano, y con Anatu, hija de Ilu, la Pretendida de los pueblos. Cuando Kôtaru llegó a la asamblea, se postró a los pies de Ilu, Padre de años; entonces el Rey de los dioses le ordenó construir deprisa el palacio de Yammu, pues la edificación de un palacio era prenda de realeza. Sin embargo, Attaru, el dios del desierto, conoció la decisión de Ilu, y también quiso pujar por convertirse en rey de los dioses; pero Sapsu, la Lámpara de los dioses, apelando a la autoridad de Ilu, le disuadió de tal pretensión.

    Calmada la furia de Attaru por las palabras de Sapsu, Ilu, apelando a la conducta altiva de Ba’lu, le destituyó como rey de los dioses. No obstante, Ba’lu no se resigna a perder el trono, arremete contra la autoridad de Ilu y Ba’lu. Entonces Yammu, recordando la decisión de Ilu, envía mensajeros a los demás dioses para que le sea entregado Ba’lu. Cuando los mensajeros entran en la asamblea, los dioses inclinan sus cabezas sobre sus rodillas, desconcertados ante la exigencia de sumisión de Ba’lu a Yammu; pues Ilu sentencia: “Siervo tuyo es Ba’lu, ¡Oh Yammu!; el te aportará un tributo como los demás dioses”. Ba’lu no se dejó amedrentar ni por el pánico de los dioses, ni por la insistencia de los mensajeros de Yammu, ni por la autoridad de Ilu; tomó un cuchillo y un machete, y dijo entre la asamblea divina: “Yo voy a contestar a Yammu, vuestro señor”.

    La animadversión entre Yammu y Ba’lu desemboca en un combate singular entre ambas divinidades. El combate favorece a Yammu, pero cuando Ba’lu está a punto de sucumbir aparece Kôtaru, el dios artesano, que le proporciona armas para batir a su adversario y poseer el reino para siempre. Armado con la maza doble, fabricada por Kôtaru, Ba’lu golpeó los hombros y la cabeza del príncipe Yammu que cayó desplomado. Aún así, cuando Ba’lu hubo acabado con Yammu, Attaru, el que fuera pretendiente al trono, se enzarzó con Ba’lu quizá por la ayuda recibida con traición por parte de Kôtaru: “Avergüénzate, ¡oh Ba’lu, el Victorioso!”. Al oír el improperio, Ba’lu se avergonzó, pero aseveró sin titubeo su victoria: “Yammu está sin duda muerto, Ba’lu se convirtió en rey”.


1.2.Comentario.

Asentado en la perspectiva mítica, el relato otorga el protagonismo a los dioses, excluyendo cualquier intervención humana. Desde la perspectiva de la mitología oriental, el mito expresa el conflicto entre el cosmos organizado y fértil, representado por Ba’lu, y caos acuoso y estéril, simbolizado por Yammu. Los habitantes de Ugarit centraban su futuro en la fertilidad de la tierra e intuían la desgracia en la esterilidad del terreno, de ahí el empeño por subrayar la victoria de Ba’lu sobre Yammu. Ahora bien, no es un mito de fertilidad; sino que, apoyándose en la terminología de la fertilidad, representada por Ba’lu, y el vocabulario de la esterilidad, simbolizado por Yammu, establece que el orden del cosmos radica en la soberanía de Ba’lu, sometido a la autoridad de Ilu, el dios supremo.

    Desde esta perspectiva, conforma un mito “primordial” y de “separación”. Constituye un mito “primordial” porque fundamenta el orden cósmico en el triunfo definitivo de Ba’lu, a la vez que sentencia la derrota concluyente del caos mediante el ocaso de la pretensión de Yammu. Conforma un mito de “separación” porque establece una “distinción/separación” entre la esfera del orden, aludida bajo el manto de Ba’lu, y el ámbito del desorden, mencionado tras la máscara de Yammu. En síntesis; la victoria de Ba’lu adscribe el orden cósmico a la victoria de Ba’lu, y establece la incapacidad del desorden, representado por Yammu, para hacerse con el control del universo.

    Entre otros aspectos decisivos, la teología del Antiguo Testamento crece confrontándose con motivos de la mitología cananea. Así, el relato de la Creación asume y rechaza matices del “Combate entre Ba’lu y Yammu” (Gn 1,1-2,4ª). Como señala el Génesis, “la tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2). Bajo la locución “soledad caótica” y los términos “tinieblas” y “abismo” asoma el rostro de Yammu, la divinidad marina, dueño del caos; y tras la decisión de Dios para crear “el cielo y la tierra”, símbolo del orden cósmico, resuena la voz de Ba’lu, sometido a la autoridad suprema de Ilu. Aunque el trasfondo del relato de la Creación trasluzca aspectos mitológicos del combate entre Ba’lu y Yammu, desvela aspectos propios del Antiguo Testamento.

    Primero: El poema de la Creación constituye, como el mito cananeo, un texto “primordial”, establece la victoria del orden, representada por la creación, sobre la furia del desorden, aludida bajo la mención del caos, las tinieblas y el abismo. No obstante, el advenimiento del orden no procede del combate victorioso de Dios sobre el abismo, sino que brota de la iniciativa de Dios, el único de Dios, que con su palabra crea el Cosmos ordenado y armónico.

     Segundo: El relato de la Creación también constituye un texto de “separación”, pues dijo Dios: “Que haya una bóveda entre las aguas para separar unas aguas de otras” (Gn 1,6); sin embargo, la “separación” no nace del conflicto entre los dioses, sino de la autoridad de Dios, el único Dios, que “separa” las aguas para conferir armonía al cosmos que habitará el ser humano.

    Tercero: Como hemos señalado, la locución “soledad caótica” y las voces “tinieblas” y “abismo” sugieren el rostro de Yammu, pero en el AT también definen la naturaleza de la idolatría (Is 41,29). La idolatría no se reduce a la adoración de ídolos, implica servir lo que presentan, a saber, el afán de poder, el ansia de poseer y el deseo de aparentar con falsía; la idolatría es el disfraz de la injusticia (Jr 7-9). Aunque el relato de la Creación tome prestados elementos cananeos, no se limita a describir el estado armónico del cosmos. Ofrece también un mensaje ético; declara que ante la irrupción de Dios, mediada por su palabra, eco de la ley divina, fenece el poder de la idolatría, oculta tras la mención de las tinieblas, el abismo y la soledad caótica.     

lunes, 20 de junio de 2016

SÍMBOLOS DE JEREMÍAS


                                                Francesc Ramis Darder
                                                bibliayoriente.blogspot.com


Lorenzo Gasparro, La Parola, el Gesto e il Segno. Le azioni simboliche di Geremia e dei profeti (EDB: Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2015) 144 pp. ISBN: 978-88-10-41024-0 pp. Eu 16,50.


Lorenzo Gasparro, redentorista, doctorado en ciencias bíblicas por l’École Biblique et Archeologique Française di Jerusalem, es profesor de Sagrada Escritura en la Universidad Católica de Madagascar; partiendo del mensaje de Jeremías, ofrece un estudio sobre el valor de los símbolos en el lenguaje profético. El estudio abre sus páginas con una introducción, después desarrolla la temática a lo largo de cuatro capítulos, y finalmente delinea un elenco bibliográfico sobre la cuestión analizada.

    A lo largo de la Introducción (9-12), el autor alude a la obra pionera de G. Fohrer (Die Symbolichen Handlugen der Propheten (Zwingli Verlag, Zurich 1968) sobre la materia para destacar la escasez de estudios que hayan puesto los ojos en la simbología profética. Constatada la parvedad de trabajos, el autor explicita la hipótesis que regirá su estudio; sin duda, sostiene el autor, los gestos simbólicos no constituyen, como muchos intérpretes aseveran, un aspecto ilustrativo o periférico de la profecía, sino que conforman el corazón mismo del ministerio y del mensaje de los profetas.

    Asentada la hipótesis, el autor desarrolla en el capítulo primero (Profezia, Parola es Gesti Simbolici; 13-50) el entramado teórico que le permitirá calibrar la simbología profética. Comienza analizando el aspecto teórico del valor del símbolo y del simbolismo. Después ofrece una panorámica, bien elegida y estructurada, de los gestos simbólicos que figuran en el AT. Acto seguido, valiéndose del análisis de los términos “’ot, signo” y “mopet, presagio”, analiza la simbología de los gestos proféticos; de ahí infiere que el objetivo de los gestos simbólicos estriba en trasmitir un significado que trasciende aquello que es inmediatamente y materialmente visible a los espectadores. Seguidamente, ofrece una panorámica de la simbología profética; a continuación clasifica los gestos proféticos y reitera, como había señalado en la Introducción, la centralidad de los gestos en el ministerio profético.

    Esbozado el entramado teórico, el autor centra el segundo capítulo (Gli atti simbolici di Ger 16,1-9; 51-98) sobre el valor simbólico de Jr 16,1-9. Comienza situando la perícopa en el conjunto de Jr 16; dicho capítulo puede ser entendido, el decir del autor, como una reflexión sobre los acontecimientos luctuosos que envolvieron la destrucción de Jerusalén y determinaron la cruz del exilio. Desde esta perspectiva, Jr 16,-9, texto que alude al celibato de Jeremías, constituye la explicación sintética del capítulo, a la vez que expresa, mediante el celibato del profeta, la quiebra de la alianza entre Dios y su pueblo. A continuación, el autor procede a la delimitación literaria y la traducción de Jr 16,1-9; después delinea la estructura del texto para ahondar de inmediato en la exégesis. La conclusión exegética no puede ser más clara: como sabemos, la cultura semita otorgaba un valor sin medida a la familia y la descendencia, de ahí que el celibato constituya el gesto más contundente con que el profeta, atento al designio divino, manifieste la ruptura de la alianza entre el Señor y su pueblo, ruptura manifestada, desde la perspectiva histórica, en el yermo del exilio.

    Establecida la contundencia del gesto profético, el autor aborda el capítulo tercero (Azioni simboliche e ministero profético; 99-124) para ahondar en el valor del celibato de Jeremías como expresión de la ruptura de la alianza. Comienza describiendo el conjunto de gestos que aparecen en Jr 16,1-9; después comenta la radicalidad del celibato de Jeremías confrontándolo con el valor, social y teológico, que el AT confiere al matrimonio, la fecundidad, la descendencia, y el luto ante la adversidad. A continuación, remarca, como ya había insinuado, el valor simbólico del gesto jeremiano; pues el celibato del profeta no solo ilustra, como podrían percibir una lectura superficial, sino que expresa el dolor ante la quiebra de la alianza. Ahora bien y como recalca el autor, la ruptura de la alianza, manifestada en el celibato, no constituye el final de la relación entre Dios y su pueblo, sino un acicate para alentar el retorno del pueblo hacia el Dios que nunca le abandonará (ver Jr 16,5).

    Analizado el gesto profético, el capítulo cuarto (Il profeta in quanto simbolo; 125-138) constituye una reflexión sobre el ministerio profético. El profeta aparece como el hombre de la Palabra; pero el valor de la Palabra no se agota en la perspectiva oral, pues toda la existencia profética constituye la revelación del mensaje divino. Desde esta perspectiva, la vida de Jeremías también revela la voluntad divina; por eso los gestos del profeta no se agotan en ilustrar el mensaje predicado, sino que constituyen el hondón de su mensaje. Profundizando en la reflexión, el autor parangona la vida de Jeremías, el profeta del sufrimiento, con la vida de Cristo para ensalzar la solvencia del celibato profético y de la castidad por el Reino como símbolos de la esperanza en el triunfo del proyecto divino a favor de la humanidad entera. El estudio concluye con el elenco bibliográfico (139-142) y el índice final (143-144).


    Tras la monografía de Fohrer, los estudios sobre la simbología de los gestos proféticos no ha sido abundante; de ahí la novedad del estudio de Gasparro que vuelve a plantear el tema de la centralidad de los gestos en el ministerio y mensaje de los profetas. Además de la novedad del planteamiento, conviene encomiar el esfuerzo del autor por desarrollar el entramado teórico sobre el sentido del símbolo. El análisis teórico es esencial para el desarrollo del estudio; aun así conviene recalcar que la hondura del planteamiento que le confiere el autor lo convierte en una herramienta muy útil para el investigador que desee penetrar en el simbolismo profético. Como sabemos y señala el autor, la perícopa de Jeremías concerniente al celibato (Jr 16,1-9) no ha sido objeto de muchos estudios en los últimos tiempos; por eso la determinación por centrarse en el análisis de Jr 16,1-9 constituye otro aspecto novedoso del estudio. Conviene apreciar la finura con que el autor emprende al análisis literario y exegético del texto, y valorar la erudición con que las numerosas notas a pie de página perfilan el análisis. En definitiva, no queda más que felicitar al autor por su excelente estudio y animar al estudioso a leer el trabajo, eco de brevedad literaria y hondura bíblica. 

domingo, 5 de junio de 2016

¿QUÉ ES LA PIEDAD?


                                      Francesc Ramis Darder
                                     bibliayoriente.blogspot.com

La figura de María adquiere una especial relevancia en el evangelio. Ella es la doncella que, venciendo el miedo, dice al ángel: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); es la madre, apostada al pie de la cruz, que oyó las palabras de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26). Recogiendo el calor del evangelio, la historia del arte ha contemplado como los artistas plasmaban las múltiples facetas de la identidad de María: Anunciación, Visitación, Dolorosa, Piedad, etc.; entre las diversas imágenes, contemplaremos el rostro de María tras la imagen de la Piedad.

    Casi de inmediato, viene a nuestra memoria la imagen de la Virgen de la Piedad, esculpida por Miguel Ángel, y venerada en la primera capilla lateral de la basílica de san Pedro, en Roma. Miguel Ángel cinceló en mármol la figura de María que sostiene entre sus brazos el cuerpo yacente de Jesús. La fuerza de María radica sobre todo en la entereza de su mirada; una mirada que refleja el valor de una gran virtud: la piedad.

    ¿En que consiste la virtud de la piedad? Tal vez el primer ejemplo nazca de la pluma de un poeta pagano, Virgilio, entre los versos de la Eneida. Como cuenta el poema, cuando los aqueos hubieron conquistado Troya, el troyano Eneas, hijo de Anquises, cogió a su padre en brazos y lo llevó a las naves. Los comentaristas medievales, apreciando la actitud de Eneas hacia su padre, le definieron como prototipo de hombre piadoso; pues entendieron que el amor de Eneas por su padre, Anquises, era tan intenso que ni siquiera el poder de la muerte lo podía romper. Entre dos personas, existe piedad cuando el amor que existe entre ellas es tan intenso que ni siquiera las zarpas de la muerte lo pueden quebrar.

    Como decíamos, la figura de María, cincelada en la imagen de la Piedad, se caracteriza, sobre todo, por la mirada; una mirada que destila piedad. La mirada que María dirige a Jesús, su hijo, desvela la hondura de la piedad porque certifica que el amor de María por su hijo es tan hondo que ni tan siquiera el poder de la muerte ha podido romperlo. Cuando María contempla a su hijo muerto, su mirada destila piedad porque su ojos reflejan la esperanza cierta de la resurrección del Señor; la certeza de que el amor de la madre por su hijo no ha quedado roto por las tinieblas de la muerte. La virtud de la piedad, entre otras muchas, convierte a María en el icono de la confianza y del acompañamiento. Ella venció el miedo y confió en Jesús durante toda su vida; por eso le acompañó siempre: antes de nacer le tuvo en su seno; mientras predicaba le acompañó en Palestina; cuando había muerto, según desvela la escultura de Miquel Ángel, le sostuvo en sus brazos; y, como narran los evangelios apócrifos, salió gozosa a su encuentro cuando había resucitado.

    El compromiso en la pastoral sanitaria nos impele a convertirnos en testigos de la piedad. Como hemos expuesto, la piedad no se asocia a un enjambre de beaterías sin valor; la piedad cosiste en creer firmemente que la relación que Dios ha trenzado con nosotros por amor es tan sólida que ni siquiera las garras de la muerte podrán anularla (ver: Dt 7,7-8). Cuando nos acercamos al enfermo, nos encontramos con un “misterio”, con una persona que se encuentra, al decir de la Escritura, en un momento privilegiado para entablar una relación personal con Dios. Entonces, ante el enfermo debemos ser testigos de la piedad. Debemos ser cristianos valientes, sin miedo, para comunicar a quien sufre que la relación amorosa que Dios ha trenzado con él es más fuerte que el dolor y la muerte. ¡Solo el amor hace las cosas nuevas!


lunes, 30 de mayo de 2016

¿CÓMO ENTENDIÓ SAN PABLO EL SUFRIMIENTO?


                                               Francesc Ramis Darder
                                              bibliayoriente.blogspot.com


Al contraluz de Jesús, descuella la figura del apóstol Pablo. Como revela la Escritura, Pablo destacó, en los albores de su vida adulta, por su furia contra los cristianos; pero un día, como el mismo relata, vivió un proceso de conversión: “Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara a los gentiles” (Gál 1,15). Seducido por el Resucitado, buscó un tiempo de reflexión en Arabia y Damasco. Al cabo de tres años, subió a Jerusalén para conocer a Cefas (Pedro); establecida la comunión con Pedro, viajó a Siria y Cilicia para predicar el evangelio. El testimonio de su predicación era tan intenso que pudo afirmar: “(la gente) glorifica a Dios por causa mía” (Gál 1,13-24); es decir, viendo el testimonio cristiano que destilaba la vida de Pablo, la gente glorificaba al Señor que le había elegido para proclamar el evangelio.

    Como sabemos, Pablo tuvo que vencer muchas contrariedades para perseverar en la tarea misionera. Quizá uno de los mayores adversarios que encontró en su camino fueron los grupos judaizantes. Definir la identidad teológica de los cristianos judaizantes en pocas palabras es una tarea difícil, pues conformaban comunidades diversas. La característica más esencial de los cristianos judaizantes consistía en que se creían investidos de un carácter especial; pensaban, erróneamente, que lo más importante de la vida cristiana estribaba en observar las prácticas cultuales del judaísmo, como pudiera ser la observancia del sábado o la prohibición de comer ciertos alimentos. Muy a menudo, Pablo les recordará que la esencia del cristianismo radica en el encuentro con el Señor Resucitado, encuentro que encauza la vida del cristiano por el cauce del amor a Dios y al prójimo (Rom 1,16-17; Mt 22,37-39).

    Aduciendo una vez más la perspectiva catequética, imaginemos un encuentro entre Pablo y los cristianos judaizantes. Los judaizantes se vanagloriaran de su empeño por extender el mensaje cristiano y menospreciaban la ingente tarea de Pablo a favor de la Buena Nueva. Ante el desprecio de los judaizantes, Pablo habría podido argumentar su pasión a favor del evangelio enumerando, por ejemplo, las Cartas que había escrito (Romanos, Corintios, Gálatas, etc.), o citando las numerosas comunidades cristianas que había fundado. Sin duda, Pablo tenía argumentos solventes para acreditar su afán misionero; pero cuando los judaizantes le preguntaron sobre lo que había hecho por el evangelio, dio una respuesta sorprendente: “nos acreditamos ante todo como ministros de Dios con mucha paciencia en tribulaciones, infortunios, apuros; en golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer” (2Cor 6,4-5). Cuando los judaizantes preguntan a Pablo sobre lo que ha hecho por el evangelio, el apóstol enumera el sufrimiento que ha padecido por su fidelidad a Jesús y por su tesón para sembrar la Buena Noticia.

    Además del sufrimiento por extender el evangelio, Pablo enumera otra causa de aflicción: “para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea para que no me engría” (2Cor 12,7). Añade el apóstol: “Tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mi y me ha respondido: ‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mi la fuerza de Cristo” (2Cor 12,8-9). Mucho se ha discutido sobre la naturaleza de la espina que tanto amargó la existencia del apóstol; algunos comentaristas entienden que era una dolencia moral, mientras otros se inclinan por una dolencia física. Sea lo fuere y al decir de los comentaristas, parece que Pablo tenía una saluda endeble. Sin embargo, conocedor de su debilidad, certificó ante los judaizantes: “vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2Cor 12,10).

    ¿Qué significa la declaración de Pablo? Cuando el apóstol se gloría de su debilidad, no declara que se alegre o busque el sufrimiento por sí mismo, eso sería una actitud masoquista carente de sentido. Señala que la persecución que padece a causa de su fidelidad al evangelio le hace sentirse como Jesús cuando, fiel al designio del Padre, entregaba la vida en la cruz para la salvación de la humanidad entera. En definitiva, el sufrimiento es la ocasión que le permite a Pablo sentirse como Jesús cuando entregaba su vida por amor. Los discípulos del apóstol ahondarán en la confidencia de su maestro  y pondrán en labios de Pablo palabras certeras dirigidas a los cristianos de Colosas: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1,24). Como es obvio, la interpretación de la sentencia es discutida; pero el hondón de la reflexión pende de lo que acabamos de mentar, a saber, el sufrimiento a causa del evangelio propicia que Pablo pueda sentirse como Jesús cuando, fiel al mandato del Padre, entregaba su vida por amor.

    Aguzando el sentido catequético, hemos expuesto como el sufrimiento constituye la ocasión privilegiada que permite al Hijo de Dios hacerse plenamente hombre, a la vez que permite al hombre que vive el evangelio, Pablo, sentirse como Jesús cuando entregaba su vida por amor a la humanidad; por eso decimos que el sufrimiento es un misterio. Actualmente la palabra “misterio” designa aquello que es complicado, obtuso, difícil de entender, pero en la antigüedad el término “misterio” adquiría un significado distinto. Un “misterio” era el ámbito, la ocasión o el tiempo propicio en que el hombre podía encontrarse personalmente con Dios; como hemos observado, el sufrimiento fue la ocasión privilegiada, el “misterio”, en que Pablo pudo encontrarse íntimamente con Jesús, su salvador.


    Cuando en nuestra tarea pastoral nos encontramos con un enfermo, no solo tenemos delante un ser que sufre, sino sobre todo, a una persona que vive un tiempo de “misterio”, una ocasión privilegiada para encontrase personalmente con Dios. La enfermedad es el tiempo oportuno para repetir ante el enfermo, con nuestra voz y con el testimonio de nuestra vida, las palabras de Jesús a los apóstoles: “¡No temas!” (ver: Mc 4,35-39). Como hemos señalado, la locución “¡no temas!” no alude solo a la tranquilidad psicológica que la presencia del voluntario confiere al enfermo, es, sobre todo, una invitación a la fe, una invitación a depositar el cauce de la vida en las buenas manos de Dios, el Señor de la vida.