lunes, 12 de marzo de 2012

JEREMÍAS (I): LA FUERZA DEL SENTIDO COMÚN

    El profeta Jeremías nació en Anatot (Jr 1,1), una pequeña villa situada al noreste de Jerusalén hacia el año 650 aC, y murió después del 582 aC, seguramente en Egipto.     La vida de Jeremías transcurrió en el marco de una situación internacional agitada. Asiria inicaba su declive, mientras Babilonia iniciaba su ascenso. Egipto era todavía un imperio importante pero estancado y aferrado a las glorias del pasado.

     Jeremías comenzó a recibir la palabra de Dios en el año decimotercero del reinado de Josías (Jr 1,2). Como vocero de Dios exigió la conversión de todo el pueblo, e insinuó la amenaza babilónica que se cernía sin tregua sobre Jerusalén (Jr 1,13-16).

     Atemorizados por la muerte del rey Josías, los habitantes de Jerusalén desconfiaban de la bondad de Yahvé y se refugiaban en la falsedad de los ídolos (Jr 30-32), y en la fingida piedad del Templo (Jr 7,1-15). El rey Joaquín, sucesor de Josías, cayó en el despotismo y el lujo desmedido (Jr 22,13-19). Jeremías denunció el pecado del rey (Jr 22,1-19) y arremetió contra la hipocresía del Templo (Jr 25,1-4). El profeta percibió la ascensión de Babilonia y conminó a Joaquín para que no entablara combate con la gran potencia; pues, sólo evitando la confrontación bélica podría subsistir Judá.

   La desolación de Judá no era fruto de la casualidad sino consecuencia de su pecado, por eso Jeremías exigía la conversión al pueblo, al templo y al rey. ¿Qué significaba convertirse en el contexto social de Jeremías? Convertirse implicaba abandonar el sendero espinoso del orgullo; concretamente, dejar de creer que una pequeña nación podía derrotar militarmente a la primera potencia mundial. Convertirse implicaba dejar de creer que la fe en Dios supliría la irresponsabilidad humana.

    Sobre la cima de Jerusalén se erguían el Templo de Dios y el Palacio Real. Los ciudadanos creían que la presencia divina en el Templo y la residencia del rey en Palacio, hacían de Jerusalén una ciudad inexpugnable. Sin embargo la fe nunca suple la responsabilidad humana. El orgullo de la Ciudad Santa enturbió su entendimiento y le hizo pensar que, por voluntad de Dios, su pequeño ejército derrotaría a Babilonia. Recordémoslo de nuevo: la fe no suple nunca la falta de responsabilidad humana.

    A menudo convertirse equivale a utilizar el sentido común. Por eso Jeremías advertía a sus conciudadanos que el ejército judaíta era demasiado endeble contra el poderío babilónico; alentaba al pueblo a vivir su fe en medio de la prueba, e insistía en evitar cualquier guerra que acabarían pagando, como siempre, los débiles. Pero el orgullo del rey pudo más que la sensatez del profeta. Jeremías fue encarcelado (Jr 19,1-20), y el rey Joaquín se enfrentó a Nabucodonosor. El monarca babilónico conquistó la ciudad (597 aC) y deportó parte de la población a la capital del imperio.

    Consumada la deportación, Nabucodonosor entronizó en Jerusalén a Sedecías. El pueblo entrevió que Jeremías tenía razón: todos admitían que el orgullo era la raíz de sus males, pero surgió un dificultad curiosa. Los deportados pensaban que los orgullosos eran quienes habían permanecido en Jerusalén, mientras los que permanecieron en la Ciudad Santa opinaban que los orgullosos eran los deportados.

    La conversión no se detiene en el reconocimiento del pecado, sino que implica establecer las mediaciones para atajarlo. Por una parte, Jeremías escribe una carta a los deportados donde les recomienda la integración en la sociedad babilónica, les anima a vivir su fe en tierra extranjera, y les advierte contra los falsos profetas que les incitan a rebelarse (Jr 29). Por otra parte, exhorta a Sedecías y los habitantes de Jerusalén a no enfrentarse con Nabucodonosos, y a vivir la fe en medio de la prueba (Jr 21,1-7).

    Nadie hizo caso a las palabras de Jeremías. El rey Sedecías desafió a Nabucodonosor, el cual conquistó Jerusalén (598 aC), destruyó el Templo, y deportó otro contingente de población. Nabucodonosor impuso como gobernador a Godolías.

    Jeremías optó por quedarse en Judá y compartir su vida con los campesinos del lugar, a quienes animaba a depositar la confianza en la bondad de Dios (Jr 40,1-6). Pero ni siquiera la exigua población de Judá escuchó la voz del profeta. Un cabecilla de la región, Ismael, se rebeló contra Babilonia y asesinó a Godolías. La comunidad judía, temiendo la represalia babilónica, se refugió en Belén. Jeremías suplicó al pueblo que permaneciera en su tierra; pero, la comunidad asustada huyó a Egipto llevándose consigo al profeta. Jeremías, seguramente, acabó sus días en Egipto exigiendo a sus compatriotas la coherencia con su fe, y advirtiéndoles del peligro de la idolatría (Jr 40,7 - 44,30).

    Jeremías tuvo una misión difícil, fue la voz cálida y exigente de Dios que acompañó a Israel durante el invierno de su historia. ¿De dónde obtuvo Jeremías la fuerza para llevar a término una tarea tan ardua? El relato de su vocación y misión (Jr 1,4-12) ofrece la respuesta. La seguridad de que el Señor estaba a su lado mantuvo la esperanza del profeta, y le permitió acompañar a su pueblo en el dolor del fracaso. Pero ¿cómo permanecía Dios junto a Jeremías?
  
                                                                                                     
                                                                                     Francesc Ramis Darder

viernes, 9 de marzo de 2012

PABLO DE TARSO: LA CONVERSIÓN

Quienes apedreaban a Esteban depositaron sus mantos a los pies de un joven llamado “Saulo” (Hch 7,58). Saulo aprobaba la muerte de Esteban (Hch 8,1). Enseguida se desencadenó una persecución contra los cristianos, en la que Saulo jugó un papel muy relevante. Hacía estragos en la Iglesia: entraba en las casas, apresaba a los cristianos y los metía en la cárcel (Hch 8,3). Un día pidió al sumo sacerdote que le diera autorización para dirigirse a Damasco con el fin de llevar encadenados a Jerusalén a cuantos seguidores del Camino encontrara, es decir a cuantos cristianos encontrara (Hch 9,1-2).

    Cuando estaba cerca de Damasco, de repente lo envolvió un resplandor del cielo, cayó a tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Saulo preguntó: ¿Quién eres Señor? La voz respondió: Yo soy Jesús a quien tú persigues; levántate, entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer (Hch 9,3-6).

    Notemos algo decisivo. Saulo perseguía a la Iglesia, pero Jesús le hace saber que le está persiguiendo a él. Jesús resucitado se identifica con la Iglesia que Saulo persigue. Ciertamente, la Iglesia es el lugar privilegiado donde el ser humano puede palpar la presencia del Resucitado que le llama a vivir el Evangelio. Un cristiano que vivía en Damasco, Ananías, acogió a Saulo en su casa. El Señor reveló a Ananías cuál iba a ser la tarea de Saulo en la Iglesia, le dijo: Pablo es un instrumento elegido para llevar mi Nombre a todas las naciones (Hch 9,15). Ananías bautizó a Pablo y quedó incorporado a la Iglesia para siempre.

Ejercicio: lee la segunda Carta de Pablo a Timoteo.

                                                                 Francesc Ramis Darder.

¿QUIÉN ES JACOB? JACOB

La historia de Jacob aparece en el libro del Génesis (Gn 25,19-50,21).

    Abrahán y Sara tuvieron un hijo: Isaac. Cuando Isaac tenía cuarenta años se casó con Rebeca con la que tuvo dos hijos: Esaú y Jacob. Según narra la Escritura, los dos hermanos, estando aún en el seno materno, comenzaron a pelearse: el primero en nacer fue Esaú, y el segundo, Jacob; pero Jacob, nació agarrando con fuerza el talón de su hermano Esaú (Gn 25,19-26). La descripción de la lucha de los dos niños en el seno materno, simboliza, en el lenguaje bíblico, los conflictos que surcarían la vida de los dos hermanos.

    El mayor, Esaú, gozaba del derecho de primogenitura; es decir, era el heredero legítimo de todos los bienes familiares. Sin embargo, un día, Esaú llegó a casa famélico y vendió su primogenitura a Jacob, a cambio de un plato de lentejas (Gn 25,27-34). Más tarde, cuando Isaac era mayor decidió entregar los bienes de la familia a Esaú, por ser el hijo mayor; pues Isaac ignoraba que Esaú había vendido la primogenitura a Jacob.

    Rebeca, madre de Esaú y Jacob, disfrazó a Jacob y urdió la intriga para que el hijo menor recibiera la bendición paterna y, con ello, heredara el patrimonio familiar. De ese modo, Jacob recibió la bendición que correspondía a Esaú, y se hizo con todos los bienes de la familia (Gn 27).

    Esaú, indignado, quiso matar a Jacob; y Jacob, para salvar la vida tuvo que huir a casa de su tío Labán. De camino hacia casa de Labán, Jacob pernoctó en Betel. Allí tuvo un sueño: vio un escalera por la que subían y bajaban ángeles (Gn 28). El sueño de Jacob indica, en el lenguaje del AT, que, a pesar del pecado de Jacob, la usurpación de la primogenitura de Esaú, el Señor no abandonó al patriarca, sino que continuó acompañándolo.

    Llegado a casa de Labán se casó con sus dos hijas: Lía y Raquel. Y siguiendo las costumbres antiguas también se unió a las criadas de sus esposas: Zilpá y Balá. Con esas cuatro mujeres tuvo doce hijos y una hija. Cada uno de los hijos es el ancestro de cada una de las tribus de Israel (Gn 29-30).

    Cuenta la Escritura que Jacob se cansó de trabajar como pastor para su tío Labán, quien le había explotado y engañado sobremanera, y decidió abandonarlo. Cuando se fue de casa de Labán, utilizando un procedimiento ingenioso pero fraudulento, Jacob se llevó gran parte de los rebaños de su tío, en restitución de la opresión que había sifrido por parte de Labán (Gn 31).

      Jacob emprendió el regreso hacia Palestina, pero, durante la noche, después de atravesar el río Yarboc, se quedó solo. Junto  a los vados del Yarboc, luchó toda la noche con un ángel. El ángel le hirió en el muslo y, acto seguido le cambió el nombre. Le dijo “en lugar de llamarte Jacob, te llamarás Israel” (Gn 32). El combate con el ángel tiene un significado profundo; es el modo que tiene el AT para explicar cómo Jacob pidió perdón al Señor por todos sus pecados; y como signo de su conversión, el Señor cambió el nombre al patriarca.

     Antes de llegar a casa, Jacob se reconcilió con su hermano Esaú, y para obtener el perdón, colmó a su hermano de riquezas (Gn 33).

    Uno de los hijos de Jacob, José, fue vendido por sus hermanos y se estableció en Egipto, donde llegó a ser primer ministro. Más tarde, el hambre azotó Palestina y, después de muchas peripecias, Jacob y sus hijos fueron a vivir a Egipto, acogidos por José.

     Jacob vivió en Egipto, y ordenó a su hijos que cuando hubiera muerto le enterraran en Palestina (Gn 35-50).

   
    La vida de Jacob refleja una contradicción. Por un lado fue el hombre que supo encontrarse con Dios; y por otro su vida estuvo teñida por la trampa: usurpó la primogenitura de Esaú, y se apropió de los rebaños de Labán. Sin embargo fue capaz de pedir perdón al hermano que había ofendido; y, no puede negarse, que trabajo mucho a favor de su tío Labán.

     Las contradicciones de la vida de Jacob se reflejan en el significado de su nombre.  El nombre del patriarca adquiere un significado doble. Por una parte, la palabra “Jacob” significa, seguramente, “Dios siempre protege”, y, ciertamente el patriarca gozó de la protección divina durante toda su vida. Por otra parte, el término Jacob oculta una raíz hebrea que significa “el tramposo”; evidentemente algunos pasajes de la vida de Jacob le presentan como un tramposo.

     La vida de Jacob es el reflejo de toda vida humana, una mezcla de pecado y gracia; pero lo grandeza de Jacob estriba en su capacidad de pedir perdón al hermano que había ofendido. 

                                                                     Francesc Ramis Darder

domingo, 4 de marzo de 2012

PABLO DE TARSO: PRIMEROS PASOS

Pablo nació en Tarso de Cilica (Turquía Occidental) en torno al año 8 de nuestra era, y fue circuncidado a los ocho días (Hch 21,39; Flp 3,5-6). Como judío de la diáspora, pertenecía a la tribu de Benjamín (Rm 11,1). Recibió el nombre hebreo de Saúl (Saulo) y el nombre romano de Pablo (Paulus) (Hch 13,9). Como “fariseo, hijo fariseos”, fue educado en la más estricta religiosidad judía en la escuela de Gamaliel, el Viejo (Hch 22,3; Gal 1,14). Gozaba de la ciudadanía romana (Hch 16,37), prueba fehaciente de su pertenencia a una familia distinguida. Aprendió el oficio de fabricantes de tiendas, profesión que siguió ejerciendo incluso después de ser apóstol (Hch 18,3; 1Tes 2,9). Su salud fue siempre delicada, pues sufrió una enfermedad crónica que le afectaba el rostro (Gal 4,13; 2Cor 17,7).

    Como judío, conocía muy bien los entresijos del Antiguo Testamento. El nacimiento en Tarso le familiarizó con la filosofía griega y romana, a la vez que le permitió conocer el calado de la religiosidad y la cultura popular. La descripción del magisterio de Pablo es muy amplia, pero podemos destacar cinco momentos fundamentales:

a.La conversión en el Camino de Damasco (Hch 9,1-19; Gal 1,12-17).
b.El Concilio de Jerusalén (Hch 15,1-35).
c.El Discurso en el Areópago de Atenas (Hch 17,22-34).
d.Los viajes misioneros.
e.La redacción de las Cartas.

Ejercicio: lee la Primera Carta a Timoteo.

                                                                Francesc Ramis Darder

sábado, 3 de marzo de 2012

MIQUEAS: ¡EL MESÍAS LLEGARÁ!

    El profeta Miqueas era originario de la alquería de Moreset situada en el territorio de Judá, al oeste de Hebrón. Ejerció el ministerio en Judá e Israel, durante el reinado de Ajaz y Ezequías, entre los años 722-701 aC. Fue contemporáneo de los profetas Oseas e Isaías. Miqueas, como Amós, era un campesino que sentía aversión por las grandes ciudades. Subió a Jerusalén para protestar por el despotismo que el rey ejercía en las míseras aldeas. En su predicación utilizaba imágenes propias de la agricultura, y se valía a menudo de los juegos de palabras. El mensaje de Miqueas es profundo, pero podemos entresacar dos temas: la exigencia de la conversión y el anuncio de la llegada del Mesías.

    El Señor, a través de la voz apasionada de Miqueas, arremete contra la mala conducta del pueblo. La voz del profeta rememora la ocasión en que el Señor liberó al pueblo esclavizado en Egipto, y cómo protegió a la nación liberada durante la travesía del desierto (Miq 6,1-5).

     El pueblo, conmovido por la predicación, decide convertirse. Pero la comunidad se pregunta acerca de qué podría entregar al Señor a cambio del perdón. Los israelitas creen que la mejor forma de obtener el perdón consiste en aplacar al Señor mediante la ofrenda de holocaustos. El holocausto era un sacrificio de especial resonancia, consistía en sacrificar animales en el altar del templo de Jerusalén para quemarlos después íntegramente en honor de Yahvé. Sin embargo, a la comunidad le parece un sacrificio banal la realización de unos pocos holocaustos, y decide sacrificar ante el Señor miles de carneros (Miq 6,6-7ª).

    El sacrificio de miles de carneros es espectacular pero todavía sabe a poco a los israelitas pecadores, por eso deciden ofrecer al Señor miríadas de ríos de aceite para obtener el perdón. Los israelitas sienten que su pecado es demasiado grave para que el sacrificio de carneros y la ofrenda de aceite pueda obtener el perdón; y por eso optan por sacrificar a sus hijos primogénitos (Miq 6,7b). Los sacrificios que planean los israelitas son impresionantes pero externos; implican mucho boato pero no propician la conversión del corazón.

    Miqueas percibe la falsa parafernalia de los ritos externos y exige, en nombre de Dios, la conversión del alma y el cambio de vida en cada israelita. Dios no demanda de nadie la representación de espectáculos fastuosos. Dios exige del hombre que sea humilde, que practique la justicia, y que vive de manera acorde a los mandamientos (Miq 6,8).

     El Señor exige un cambio de vida y no se conforma con el cambio de vestuario. Sólo la fidelidad a los preceptos divinos que implica la lucha por la justicia y la vivencia de la humildad, permite la conversión de corazón y posibilita el encuentro personal con el Señor.

    El profeta no se limitó a exigir la conversión, anunció también la llegada del Mesías.

    El Señor había trabado una alianza con el rey David. Yahvé prometió a David que su dinastía se mantendría para siempre; mientras los reyes de Judá se comprometían a gobernar el reino según los criterios de Dios (2Sam 7). Los reyes desobedecieron el mandato divino y rigieron el país de forma arbitraria. El pueblo no veía la ocasión en que pudiera establecerse un reino donde imperara la justicia y la paz.

    Miqueas devuelve la esperanza al pueblo. El profeta anuncia que un día, en la aldea de Belén de Efrata, el lugar de nacimiento de David, nacerá el Mesías (Miq 5,1-3).

     El AT constituye la narración de la larga espera del Mesías. El AT halla su plenitud en el NT. Jesús de Nazaret es el Mesías prometido por Miqueas. Jesús nace en Belén como había prometido Miqueas (Mt 2,1; cf. Miq 5,1-3), y con su presencia inaugura el Reino de Dios anunciado por los profetas.


                                                                                                               Francesc Ramis Darder     

viernes, 24 de febrero de 2012

¿QUÉ ES LA LEY DEL TALIÓN? ¿POR QUÉ UN TEXTO TAN DURO? : Ex 21, 24.

El libro del Éxodo describe la naturaleza y la bondad del Señor: “Dios de amor y de gracia, rico en ternura y en fidelidad” (Ex 34, 6). Si Dios es amor y ternura ¿por qué aparecen en el AT textos tan alejados de la misericordia?: “Si resultare daño, darás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Ex 21,24).

    Cuando deseamos comprender un texto bíblico, la primera tarea consiste en situarlo en el ambiente histórico donde se escribió. Mesopotamia era la región del Próximo Oriente donde mejor se compilaron las leyes. Han llegado hasta nosotros algunos de sus códigos legales; el más famoso es el “Código de Hamurabi” (1728-1686 a.C.). Las leyes asirias eran duras y crueles. Como señala una sentencia, un juez ordenó que un a ladrón le  cortaran cinco manos. El verdugo comenzó por cortarle ambas manos, y para completar las tres que aún quedaban, amputó las dos manos a su esposa y una a su hijo.

    Aunque las leyes del AT se inspiran en la legislación de Mesopotamia, presentan una diferencia importante. Israel confía en el amor de Dios, por eso al aplicar las leyes lo hace desde el horizonte de la misericordia. Cuando alguien, en una discusión, ha amputado la mano a su vecino, el AT sentencia que al agresor también le amputen una, pero no cinco como estipulaban las leyes asirias. Sin duda, el texto del AT sigue siendo duro (Ex 21,24), pero situado en su contexto y comparado con la fiereza de las leyes antiguas, aparece como una norma dotada de comprensión y equidad.

   Con el paso del tiempo, el pueblo hebreo fue adoptando una  interpretación más humana de las leyes. La sentencia del “ojo por ojo” dejó de entenderse desde el aspecto físico. Cuando alguien, en una disputa, arrancaba un ojo a otro, la sentencia no estipulaba que le sacaran otro a él, sino que el agresor compensara con su patrimonio a la persona herida.

    Aún así, Jesús transforma de raíz la idea anterior, pues afirma: “Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra […] amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen” (Mt 6, 39.44). Jesús, sufriendo injustamente la cruz, gritó: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). El NT está escrito con la letra del amor y de la gracia, por eso invita a vencer el mal practicando intensamente el bien, la única actitud que tiene futuro (Rom 12, 21).

                                                                                 Francesc Ramis Darder

domingo, 19 de febrero de 2012

CUARESMA 2012. DURANTE LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA RECEMOS CON LA BIBLIA.

La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de El (S. Agustín).


Metodología para la oración:


1. Comencemos haciendo unos momentos de silencio. Pacifiquémonos. Sintámonos bien con nosotros mismos, en silencio, en paz.

2. Observemos nuestra vida. Aquellas situaciones que nos alegran, y también aquellas que nos provocan angustia y dolor.

3. Leamos algún texto de la Sagrada Escritura (en estas hojas tenemos un conjunto de citas tomadas de la Biblia). Elijamos una cada día de la Cuaresma y de la Semana Santa. Leámoslo despacio. Fijémonos en alguna palabra o en alguna frase que pueda iluminar nuestra vida.

4. En nuestro interior vayamos repitiendo lentamente esta palabra o esta frase de la Biblia.

5. Apliquemos esta palabra o esta frase a la situación de nuestra vida que antes hemos contemplado. Pidamos a Dios que nuestra vida vaya en consonancia con estas palabras de la Escritura que hemos repetido en nuestro interior.




CITAS BÍBLICAS PARA LA ORACIÓN DIARIA DURANTE LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA



FEBRERO


Día  22. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que brota de la boca
              de Dios” (Mt 4, 4).

23. “El Reino de Dios no tiene que ver con lo que uno come o bebe; camina en la
       justicia, la paz y el gozo del Espíritu Santo” (Rm 14, 17).

24. “Hermanos: Habéis sido llamados a la libertad, pero no os aprovechéis con
        egoísmo, sino al contrario: por el amor servios unos a otros” (Gal 5, 13).

25. “Aspirad a las cosas grandes ... sintonizad con las cosas de más arriba,
        no con las  de la tierra” (Col 3, 1-2).

26. “En verdad os digo: el comportamiento que habéis tenido con cualquiera de mis
      hermanos más pequeños, lo habéis tenido conmigo” (Mt 25, 40).

27. “No te avergüences nunca de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo”
      (2 Tm 1, 8).

28. “Dios es Espíritu, por eso aquellos que le adoran deben hacerlo en espíritu y en
      verdad” (Jn 4, 24).

29. “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad: en la oración, nosotros no
      sabemos a ciencia cierta lo que debemos pedir, pero el Espíritu en persona
      intercede por nosotros con gemidos”  (Rm 8, 26).

MARZO

1. “Si alguno de vosotros quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que tome su
      cruz y que me siga” (Lc 9, 23).

2. “Vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis” (Mt 6, 8).

3. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por
      añadidura” (Mt 6, 33).

5. “Si os mantenéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos, tendréis
      experiencia de la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32).

6. “¡ Cuántas gracias le doy a Dios por Jesús, Mesías, Señor nuestro !” (Rm 7, 25).

7. “El amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo
       que  nos ha dado”  (Rm 5, 5).

8. “Seguidme y os haré pescadores de hombres”  (Mc 1, 17).

9. “No habéis recibido espíritu de esclavos para tener miedo, sino un espíritu de
        hijos, que nos hace clamar con fuerza: Abba, Padre” (Rm 8, 15).

10. “Dejad de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las
        echan a perder y donde los ladrones abren boquetes y roban”  (Mt 6, 20).

11. “Cuando hagas limosna, que tu mano izquierda no se de cuenta de que lo hace
        tu derecha” (Mt 6, 3).

12. “Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, paciencia, humanidad,
        bondad,   fidelidad, mansedumbre, control de uno mismo” (Gal 5, 22).

13. “Pues si perdonáis las culpas a los demás, también vuestro Padre del Cielo os
        perdonará a vosotros” (Mt 6, 14).

14. “Pienso que todos los sufrimientos de este mundo no tienen comparación con
        la felicidad que se ha de revelar en nosotros” (Rm 8, 18).

15. “Aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos
       nosotros,  ¿ cómo es posible que con El no los lo regale todo ?” (Rm 32).

16. “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los
        cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el
        hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo ...”
        (Is 58, 6-7).

17. “El Señor es Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor hay libertad”
        (2 Cor 3, 17).

18. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos”
       (Mt 5, 3).

19. “Amad a vuestros enemigos y rezad por aquellos que os persiguen; así os
        asemejaréis a vuestro Padre del Cielo, que hace salir el Sol sobre buenos y
        malos y envía la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 44-45).

20. “Aquello que viene de fuera no puede ensuciar al hombre ... lo que le ensucia
        es   aquello que le sale de dentro” (Mc 7, 18.21).

21. “Igual que mi Padre me amó os he amado yo. Manteneos en ese amor que os
        tengo, y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos” (Jn 15, 9).

22. “A los ricos de este mundo insísteles en que no sean soberbios ni pongan su
        confianza en riqueza tan incierta, sino en Dios que nos procura todo en
        abundancia para que lo disfrutemos” (1 Tm 6, 17).

23. “Estad siempre alegres, orad constantemente, dad gracias en toda circunstancia
        porque esto quiere Dios de vosotros como cristianos” (1 Tes 5, 17).

24. “Si yendo a presentar tu ofrenda ante el altar, te acuerdas allí que tu hermano
        tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, y ve primero a reconciliarte
        con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23).

25. “Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la
        viga que tienes en el tuyo” (Mt 7, 3).

26. “No basta decir  <Señor, Señor> para entrar en el Reino de los Cielos; no, hay
        que poner por obra el designio de mi Padre del Cielo” (Mt 7, 21).

27. “Acercaos a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os daré
        respiro” (Mt 11, 28).

28. “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he
        amado, amaos también entre vosotros. En eso conocerán que sois discípulos
        míos: en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34-35).

29.  No estéis agitados; fiaos de Dios y fiaos de Mí” (Jn 14, 1).

30. “No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí a vosotros y os destiné a
      que os pongáis en camino y deis fruto” (Jn 15, 16).

31. “Os he dicho estas cosas para que gracias a Mí tengáis paz. En el mundo
      tendréis  apreturas, pero, ánimo, que yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).


ABRIL

1.  “Por consiguiente acogeos mutuamente como el Mesías os acogió para honra
       de Dios” (Rm 15, 7).

2. “A nadie le quedéis debiendo nada más que el amor mutuo, pues el que ama a
      otro tiene cumplida la Ley” (Rm 13, 8).

3. “Esmerémonos en lo que favorece la paz y construye la vida común”
     (Rm 14, 19).

4. “Así que esto queda: fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa
      es el amor” (1 Cor 13, 13).

5. “Por consiguiente, queridos hermanos, estad firmes e inconmovibles, trabajando
      cada vez más por el Señor, sabiendo que vuestras fatigas como cristianos no
      son inútiles” (1 Cor 15, 58).

6. “El favor del Señor Jesús Mesías y el amor de Dios y la solidaridad del Espíritu
      Santo, estén con todos vosotros” (2 Cor 13, 13).

7. José de Arimatea descolgó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso
     en un sepulcro que estaba excavado en la roca; luego, hizo rodar una piedra
     sobre la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de Joset se fijaban
    donde era puesto (Mc 15,46-47).

8. Jesús de Nazaret, el Crucificado, ¡HA RESUCITADO!  (Mc 16,6).



                                                                                                    Francesc Ramis Darder  

EL CÓDIGO DA VINCI: FICCIÓN O REALIDAD

Todo comenzó en marzo de 2003 cundo se publicó en los Estados Unidos “The Davinci Code”, novela fantástica escrita por Dan Brown. Antes de que el libro fuera publicado en inglés, la editorial Umbriel compró los derechos de edición en lengua castellana. La editorial Umbriel, dedicada, sobre todo, a la publicación de libros de medicina alternativa y manuales de autoayuda, imprimió 150.000 ejemplares para la primera edición castellana del Código da Vinci que llegó a las librerías en octubre de 2003.

    La difusión del Código da Vinci ha sido enorme. La novela ha sido traducida a más de cuarenta idiomas, y cabe suponer que el impacto de la película también será colosal. Sólo en lengua inglesa han aparecido ocho libros para rebatir las falsedades históricas contenidas en el Código. En castellano se han editado nueve obras que también refutan los errores que figuran en la trama literaria de la novela de Dan Brown.

    Debemos recordar que el Código da Vinci no es un libro de historia. Ni siquiera puede adscribirse a lo que la crítica literaria denomina novela histórica. El Código da Vinci es una novela que podemos encuadrar en género de la literatura fantástica. Sus características argumentales conforman una novela dotada de la agilidad del lenguaje cinematográfico.

    El lector medio, conocedor de la historia occidental y del contenido del Nuevo Testamento, descubre que la trama de la novela carece de fundamento histórico. El género fantástico de la novela posibilita que su autor altere el contenido de algunos documentos antiguos y de ciertos sucesos históricos.

    Desde la libertad que ofrece la literatura fantástica, Dan Brown puede citar como hechos históricos acontecimientos del todo falsos. El autor afirma expresamente en la primera página del libro: “Todas las descripciones de obras de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son absolutamente precisos”. La lectura de la novela certifica, ante la perspicacia del lector, la falsedad de ésta afirmación; pues la novela sostiene, por ejemplo, que Mitterrant inundó París de documentos egipcios, o que La Gioconda y la Venus de las Rocas se hallan expuestas en la misma sala del museo del Louvre. Desde la perspectiva de la novela fantástica, el autor afirma que el Priorato de Sión es “una sociedad europea fundada en 1099”, cuando en realidad el Priorato de Sión fue fundado en Francia, en el siglo XIX, por un grupo conservador, enfrentado con el gobierno progresista de entonces.

    Las claves literarias que han catapultado al estrellato el Código da Vinci son diversas; quizá la más significativa sea la referencia a los “saberes ocultos” a los que la novela alude constantemente. Hace 25 años la enseña del saber no se buscaba en lo “oculto” sino, sobre todo, en lo racional, científico, y sistemático.

    Algunos fenómenos mediáticos como la edición del Código da Vinci, o los reportajes sobre el denominado Evangelio de Judas contienen un aspecto positivo, pues posibilitan que el tema religioso penetre, de alguna manera, en el debate social. La irrupción de la cuestión religiosa en la escena social debería suscitar en los cristianos un mayor interés por el conocimiento de su propia fe; en especial debería alentar el deseo de comprender mejor la Sagrada Escritura y en la decisión de ahondar en el conocimiento del Evangelio.


                                                                                     Francesc Ramis Darder.              

jueves, 16 de febrero de 2012

¿QUIÉN ES EL PROFETA?

    Habitualmente tenemos una idea errónea del profeta y pensamos que se dedica a adivinar el futuro. Un profeta no es eso. Los que intentan predecir el futuro son los adivinos, severamente censurados por la Biblia. La palabra castellana “profeta” se origina en el término griego “prophetes” que significa “hablar en nombre de otro”. La voz griega “prophetes” traduce, en muchas ocasiones, la palabra hebrea del Antiguo Testamento “nabí”, que, en líneas generales, quiere decir “el que ha sido llamado por Dios”.

    Aunando el sentido griego con el hebreo obtenemos el significado del término ‘profeta’. El Profeta es aquel que habiendo sido “llamado por Dios” habla a al pueblo “en nombre de Dios”, para hacerle conocer el designo del Señor sobre los acontecimientos que acontecen en el ámbito de la sociedad.

    Un profeta no se dedica a adivinar el futuro, sino a interpretar el presente desde los ojos de Dios.  Profeta es aquel que con lo que piensa, dice y hace, muestra a sus contemporáneos el empeño de Dios a favor de los oprimidos. La Biblia distingue entre los verdaderos y los falsos profetas. Veamos un ejemplo.

    Durante el siglo VIII a.C. el reino de Judá atravesaba una etapa calamitosa. El profeta Miqueas subió a Jerusalén para afirmar que la miseria del país no era fruto de la casualidad, sino resultado de la injusticia de los poderosos que provocaban la guerra y esparcían la injusticia. Miqueas no se dedica a entonar adivinanzas, como hacen los falsos profetas. Anuncia un principio moral que sienta muy mal a los opresores, pero que es la voz de Dios: “Hombre, ya te he explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la justicia, y que seas humilde ante tu Dios” (Miq 6, 8).

    En la misma época había en Jerusalén falsos profetas que en lugar de comunicar a los dirigentes los designios de Dios, anunciaban a los poderosos el mensaje que éstos deseaban oír para no turbarse ante la miseria del pueblo. El libro de Miqueas condena duramente a los falsos profetas “... a los profetas que extravían a mi pueblo, pues cuando tienen prebendas de los ricos anuncian paz, pero declaran la guerra a quien no les llena la boca con dinero” (Miq 3, 5). Sólo el verdadero profeta, atento a la voz de Dios, puede orientar la historia hacia el horizonte feliz de paz y justicia.           

                                                          Francesc Ramis Darder                

domingo, 12 de febrero de 2012

EL TRABAJO HUMANO: LA FUERZA DEL CRECIMIENTO PERSONAL

                                                                         Confía en el Señor y persevera en tu tarea”.
                                                                                                                                                     (Eclo 11,21).
  
    La epopeya de Atra-Hasis, nacida en el crisol de la cultura mesopotámica (XVI a.C.), desvela el triste horizonte desde el que los habitantes de la tierra del Eúfrates entendían el trabajo humano: la sima lúgubre y sombría donde los dioses habían arrojado al hombre para siempre. Según narra el mito, las deidades, cansadas de sus arduos trabajos, decidieron crear al ser humano para que, como esclavo resabiado, llevara a término las penosas tareas que ellos, vencidos por el tedio, desdeñaban emprender.

    En algunas páginas de la Escritura, todavía reverbera el eco de la mentalidad mesopotámica. Recordemos, en ése sentido, la dureza con que Yahvé-Dios fustiga el pecado de Adán: “Con fatigas comerás los frutos de la tierra […] hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste formado” (Gn 3,17-19); no son menos crueles las palabras despiadadas con que Job entierra el sinsentido de la vida: “El hombre […] corto de días y harto de dolores, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin parase” (Jb 14,1-2).

    El relato del Génesis constituye la expresión simbólica del origen del hombre y la mención metafórica de los primeros pasos de su peregrinar sobre el polvo de la tierra; mientras el grito que atruena en los labios de Job es el verso quebrado que declama, en el seno de un drama teatral, el aspecto luctuoso de la existencia humana. La cita del Génesis y los versos de Job son el tejido hilvanado en el telar de un poeta que contempla la vida con ojos cansinos, quizá bajo el candil de la lumbre amustiada que resplandece entre las aguas del Tigris.

     Ahora bien, el libro del Génesis es una narración simbólica y el poema de Job se entreteje en el seno de una obra teatral, densa y profunda. No cabe duda de su grandeza literaria ni de su calado teológico, pero tanto el apunte del Génesis como el quejido de Job parecen contemplar la existencia humana y el trabajo del hombre al trasluz de la mentalidad mesopotámica, como carentes de sentido e inútiles para el crecimiento personal. Si el pensamiento israelita se hubiera dejado ensordecer por el griterío de la voz mesopotámica, habría contemplado la vida y el trabajo humano como cuestiones humillantes y hueras para el crecimiento personal.

    Surge ahora una pregunta, ¿qué sucedió para que los hebreos desdeñaran la idea inherente a la futilidad del trabajo y su irrelevancia para el desarrollo personal y social  del ser humano?

    Antes responder a la cuestión, debemos precisar la doble percepción de la historia que latía en las diversas culturas de la región del Eúfrates. Los babilonios entendían que la historia humana había comenzado “en el cielo”, es decir en “el marco simbólico” de los dioses; como veíamos al mencionar la epopeya de Atra-Hasis, el devenir humano comenzó cuando las deidades, aburridas tras las cortinas del firmamento, decidieron modelar al ser humano. A modo de contrapartida, los asirios aducían que la historia de la humanidad principiaba “en la tierra”, en “el marco real” de las relaciones humanas; así lo atestiguan la Lista real asiria cuando sitúa el comienzo de las dinastías en la figura de un monarca carnal y no en un mito celeste.

    Israel se decantó por la perspectiva asiria. Cuando optó por contemplar la existencia humana como algo que había comenzado “en la tierra”, comenzó a entender el trabajo como una “responsabilidad personal” capaz de alentar el crecimiento personal y social del ser humano.

     La mitología babilónica sitúa el origen de las ciudades en la decisión de los dioses, mientras la percepción israelita, análoga en cierta medida a la óptica asiria, lo ubica en la tierra. En las postrimerías del siglo V a.C., Jerusalén era una villa pequeña, carente de defensas y expuesta al envite de cualquier enemigo. Los judíos, alentados por Nehemías, emprendieron la reconstrucción de la ciudad. El relato bíblico describe la situación ruinosa de la villa, especifica las grietas de las murallas, menciona cada una de las puertas por su nombre, especifica con el mayor detalle la identidad de los trabajadores y el rango de los capataces (Neh 3,1-4,17). La reedificación de los muros de Sión no nace de la decisión de un dios incógnito, oculto en el cielo, sino del compromiso judío por defender la integridad de la Ciudad Santa.

     A medida que levantan el lienzo de los muros, los judíos, hasta entonces dispersos y hastiados, van adquiriendo el aspecto de en una comunidad solidaria: “el Resto fiel”. A partir de entonces, el “Resto fiel” se convertirá en la asamblea, casi siempre reducida y pocas veces numerosa, que mantendrá la identidad cultural y el espíritu religioso de la comunidad hebrea.

     Acabamos de insinuar la forma en que el trabajo del pueblo judío, a la zaga del talante asirio, se convierte en la fuerza humanizadora que alienta el crecimiento personal y comunitario de la asamblea de Sión: el análisis de las causas que han precipitado Jerusalén a la ruina; la percepción de las funestas consecuencias que se derivan del estado maltrecho de la villa; el diagnóstico claro del origen del desgobierno: el hastío y la dispersión de los judíos; la decisión de emprender una tarea concreta y eficaz: la  reconstrucción de las murallas; y, como no podía ser de otro modo, la serena certeza de que el tesón acrece la asamblea desabrida hasta convertirla en la comunidad compacta, capaz de aguardar con esperanza los avatares del futuro.

    Ahora bien, si los israelitas se hubieran acomodado al planteamiento asirio, se hubieran convertido en un pueblo anodino y sin rastro en la historia, como acontece con tantos pueblos del Oriente Antiguo. Los hebreos se decantaron del aspecto más siniestro de la mentalidad asiria: la crueldad vesánica. Acometieron la reparación de los muros y las puertas de Sión sin valerse del trabajo esclavo, tan común en Asiria; cabe decir, a tenor del contenido de la Escritura, que la esclavitud de los israelitas es algo extraño a la mentalidad bíblica.

     Aunque la supresión del trabajo esclavo humanizara el esfuerzo, la humanización del trabajo y su influjo en el crecimiento personal alcanzó cotas inusitadas hasta entonces entre los clanes semitas. El relato de Nehemías menciona por su “nombre personal” a cada una de las familias e individuos que participaron en las obras (Janún, los habitantes de Zanoaj, etc.), cita la “especificidad” de la tarea de cada cuadrilla de obreros (Puerta de los Peces, muralla del Ofel, etc.), “valora” con cariño el trabajo realizado con esfuerzo y en condiciones adversas (el pueblo se había entregado con gran empeño), ensalza la “solidaridad” (luchad por vuestros hermanos) y aprecia el “tesón” comunitario (trabajábamos desde que despuntaba el alba hasta que salían las estrellas) (Neh 3,1-4,17).

    No cabe duda de que el ímpetu judío humanizó el esfuerzo humano. Aún así, si la comunidad hebrea se hubiera detenido en la humanización superficial del trabajo quizá habría asimilado su tarea a la de los ciudadanos romanos: serenos en el estadio ante la muerte de los gladiadores; o a la de los sesudos griegos: hábiles pensadores, pero ciegos ante el sufrimiento de la plebe. La comunidad del “Resto fiel”, la asamblea que mantuvo encendida la llama de la fe, continuó ahondando en el sentido profundo del trabajo como fuerza humanizadora, pues “para quien confía en Dios, nada humano le es ajeno”.

    De nuevo, brota una cuestión importante: ¿cuál fue el detonante principal que posibilitó que el “Resto fiel” percibiera la naturaleza del trabajo desde la perspectiva creyente? Sin duda, la espoleta más significativa procede de la nueva interpretación con que “la comunidad leal” contempló el pensamiento babilónico. Como decíamos antes, los babilonios suponían que los dioses habitaban “en el cielo” y que, indolentes y tediosos, habían condenado al ser humano al trabajo carente de sentido e inútil para el crecimiento personal y social; en definitiva, los dioses babilónicos eran deidades “desencarnadas” que condenaban al ser humano a la deshumanización sin sentido.

    No obstante, como también hemos podido constatar, la experiencia del pueblo judío, en contraposición a la perspectiva babilónica, palpaba en el hondón del trabajo la fuerza humanizadora que engendraba el crecimiento de cada persona y del pueblo entero. Efectivamente, habían dejado de pensar que el trabajo fuera una maldición de los dioses, “cautivos en el cielo”, para entenderlo como una responsabilidad personal de los hombres que viven “en la tierra”. Habían desterrado las formas crueles que empapaban de llanto esclavo el trabajo del hombre hasta convertir el tesón humano en el principio básico de humanización y cohesión social. Desde éstas premisas, el “Resto fiel” comenzó a intuir que la divinidad no podía ser alguien caprichoso y remoto, sino imbricado, de alguna manera, en las entretelas de la historia humana.    

     Aún así, le faltaba al “Resto fiel” engarzar el penúltimo eslabón de la cadena: la valentía de “encarnar” entre los avatares humanos la identidad “bondadosa” de Dios que los babilonios, teniéndola por aviesa y tortuosa, habían enclaustrado en lo más recóndito del cielo. En éste sentido, Nehemías pronuncia un discurso solemne ante los obreros que reparan las almenas de Sión: recita la historia israelita percibiendo en cada recodo la actuación salvadora de Dios (Neh 9,5b-37). La divinidad ha perdido el ceño colérico para convertirse en el Dios de la ternura que ayuda al ser humano (Neh 6,7), le auxilia en cualquier adversidad (Neh 4,8.15), y corona su esfuerzo (Neh 2,20).

    Cuando contempla el progresivo grosor de los muros, metáfora de crecimiento personal y social de la comunidad, Nehemías entona la oración más sincera: “¡Dios mío, acuérdate para mí bien de todo lo que he hecho por este pueblo!” (Neh 5,19; 13,31).

    La palabra hebrea que traducimos con el verbo “acordarse” no alude sólo a la intención de traer a la memoria acontecimientos del pasado. Apurando la reflexión filológica, podríamos perfilar el sentido semita del verbo “acordarse (zkr)”, denota el empeño por recordar un acontecimiento importante con la intención de mantenerlo vivo y operante tanto en el presente como en el futuro. Veámoslo.

    Valiéndose del vocablo “acordarse”, Nehemías subraya que la edificación de las murallas, empresa que él ha dirigido, ha sido decisiva para su crecimiento personal: tiene la certeza de que ha servido “para su bien”, y enfatiza también que ha sido esencial para la humanización de la comunidad hebrea: “por este pueblo”. Sin embargo, utiliza el verbo en imperativo para suplicar la intervención de Dios: “¡Dios mío, acuérdate!”. El escriba ha reconocido la presencia callada con que Dios se ha enhebrado con la comunidad constructora, pero ahora implora del Señor que aliente a la asamblea para que no cese de avivar el proceso de humanización y crecimiento social, iniciado con la reconstrucción de los baluartes de Jerusalén.

     En definitiva, Nehemías impetra del Señor que la valoración del trabajo que humaniza y cohesiona perviva como la fuerza trasformadora de las generaciones futuras que morarán al abrigo de los torreones de Sión. La oración de Nehemías alcanza el último peldaño por lo que concierne a la reflexión creyente. La reedificación de las murallas fue la experiencia que humanizó y cohesionó a la comunidad hebrea del siglo V a.C.; pero, tal como apunta Nehemías, la referencia permanente a dicha experiencia será siempre el detonante que encauzará a la asamblea de Sión por la senda que conduce al crecimiento personal y comunitario, hasta el momento en que, como susurra el Evangelio, irrumpa el Reino de Dios entre los hombres (cf. Mt 13,1-52).

    A lo largo de estas líneas, hemos surcado las aguas por las que Israel atracó en el puerto seguro donde encontró el sentido veraz del trabajo humano. La comunidad hebrea, a diferencia de los babilonios, entendió el trabajo bajo el epígrafe de la “responsabilidad personal”; decantándose de la perspectiva de los asirios, lo revistió de “humanidad”; ahondando en la reflexión teológica, detectó el “pálpito de Dios” en el hondón del esfuerzo; y, levantando “la vista al cielo”, comprendió que cualquier tarea que humaniza y acrece al ser humano es la fragua donde se forja la sociedad como esbozo del Reino de Dios.

    El camino zigzagueante del pueblo hebreo constituye la metáfora de la senda que debe recorrer el militante cristiano, hasta que, como sucediera con el “Resto fiel”, se convierta en embajador y testigo de la presencia liberadora de Dios en la historia humana.


                                                                                   Francesc Ramis Darder