miércoles, 10 de junio de 2020

CANTAR DE LOS CANTARES




                                                                      Francesc Ramis Darder
                                                                      bibliayoriente.blogspot.com




 “Mi amado es para mí y yo soy para mi amado”
 (Cant 2,16)

 por Francesc Ramis Darder


Cada vez que leemos el Cantar contemplamos cómo el amor apasionado entre el enamorado y la enamorada estalla en primavera. Con certeza comentaban los rabinos: “Si Dios no hubiera dado la Ley a Israel, el Cantar habría bastado para gobernar el Universo”. Y es verdad; porque el verdadero progreso de la historia humana radica en la capacidad de amar. Aunque la palabra “Dios” no figure de manera explícita en el Cantar, late en cada página, pues, como señala la Escritura, “Dios es amor” (1Jn 4,8).

1. Cuestiones introductorias

El encabezamiento del libro especifica el título: “El más bello de los cantares”, y el nombre del personaje al que la tradición ha adjudicado la autoría, “de Salomón”, rey de Israel. El libro fue escrito en lengua hebrea, y dispuesto entre los cinco Megillot: Rut, Cantar, Lamentaciones, Cohélet y Ester. Muy pronto, el pueblo empezó a recitarlo con gozo y a proclamarlo durante la Pascua. Las versiones antiguas, la Septuaginta (siglo II aC), en lengua griega, la Vulgata (siglo IV), en latín, y la Peshitta (siglo III), en idioma siriaco, han traducido las palabras hebreas buscando, siempre que ha sido posible, la mayor finura poética para expresar la profundidad del amor.

La mención de Salomón figura en el título (Cant 1,1) y entre los versículos del poema (3,9.11; 8,11), como también en la referencia al rey (1,4.12; 7,6). La alusión a Salomón determinó que la tradición, hebrea y cristiana, atribuyese el poema a la pluma del rey más sabio. La sabiduría del monarca, tan celebrada por la Escritura, propició que también le fuesen adjudicados los libros de los Proverbios, el Cohélet, la Sabiduría, y algunos Salmos (1Re 5,12). Ahora bien, como afirman los investigadores modernos, hay que entender la locución “de Salomón” en el sentido “en honor de Salomón”. Desde la vertiente literaria, la expresión “de Salomón” constituye una pseudonimia; es decir, el escritor que compuso el poema era un admirador del rey Salomón, por esta razón dedicó y atribuyó la obra al monarca venerado, y escribió “de Salomón”, que hay que entender “en honor de Salomón”, como hemos mencionado.

 Como establecen los investigadores modernos, el sabio hebreo que conformó el Cantar recopiló un conjunto de poemas amorosos de diversas épocas, transmitidos de manera oral. Algunos muy antiguos, como el que nombra la ciudad de Tirsá (6,4), la antigua capital de Israel, en el Reino del Norte (siglo X aC), mientras que otros son posteriores al retorno del exilio babilónico (siglo VI aC), así lo manifiesta el uso de términos arameos, griegos o persas (5,13). En definitiva, la comunidad hebrea recitaba, desde la etapa más antigua, poemas que realzaban el aspecto pasional del amor humano. Hacia el siglo III aC, un autor anónimo, devoto de Salomón, recogió los poemas, redactó nuevos, y compuso en la ciudad de Jerusalén, con arte y genio, “el más bello de los Cantares” en honor del más sabio de los monarcas.

 Cuando hacia el año 70, los rabinos judíos se reunieron en el sínodo de Yamnia para establecer de forma definitiva los libros que conformaban la Sagrada Escritura, dudaron de la conveniencia de introducir en ella el Cantar, por su matiz sensual. Entonces se dejó oír la voz solemne de Rabí Akiba. El sabio judío recordó a la dubitante asamblea que jamás en Israel había dudado nadie de que el Cantar fuese un libro que “mancha las manos”; la expresión “manchar las manos” significa, en el seno de la tradición hebrea, que el libro es santo y, por tanto, inspirado por el Señor. La Iglesia, heredera de la decisión del sínodo celebrado en Yamnia, no dudó en admitir el libro en la Escritura sagrada.

2. La belleza de la pasión enamorada

Bajo la profundidad de los diálogos, monólogos y soliloquios, supura la personalidad de los dos amantes, la amada, la “Sulamita” (7,1), y el amado “Salomón” (3,9), ambos manifiestan la pasión y el anhelo de consumar el amor enamorado; aparece también un tercer personaje, el coro de las “hijas de Jerusalén”, que alienta la encendida pasión de los amantes. El Cantar presenta 49 palabras que no aparecen en otro lugar del Antiguo Testamento hebreo. Además de los numerosos arameísmos, sorprenden los préstamos del persa, “vergel o paraíso” (4,13), y los de raíz sánscrita, “púrpura” (3,10); sin duda, la locura del amor, como insinúa el plurilingüismo del poema, abarca la humanidad entera.

 El vocabulario amoroso destaca la pasión y la ternura. Muestra cómo los ojos de cada amante recorren el cuerpo del otro; contemplan la nariz (7,5), el ombligo (7,3), los rizos (7,6), los pies (7,6), las mejillas (1,10), los labios (4,11), la cara (2,14), las entrañas (5,14), los ojos (1,15), las manos (2,6), el cuello (1,10), los pechos (7,8), los dientes (4,2), o las piernas (5,15). El lenguaje no se limita al plano descriptivo, sino que provoca el máximo deseo de un amante por el otro. Admirando el cuerpo, los amantes se apasionan, “éntrame en tu alcoba” (1,4), se desean, “mi amado pasa la mano por la rendija de la puerta” (5,4), se abrazan, “con la derecha me abraza” (2,6), se aman, “tú me has robado el corazón” (4,9), se besan, “que me llene de besos, ¡de sus besos!” (1,2), rezuman de locura, “fiebre de amor” (2,5), se admiran el uno del otro, “¡qué bella eres y fascinante, amiga mía, y encantadora!” (7,7), se consumen de amor, “yo soy de mi amado y me busca con pasión” (7,11).

 El marco de la pasión del amor está henchido de flora ufana; madera del Líbano (3,9), cedros y sabinas (1,17), manzano (2,3), higuera (2,13), viñas (7,13), lirios (4,5), azucena (2,1), o mandrágora (7,14). También sorprende la diversidad de los animales; gacelas y ciervas (2,7), tórtola (2,12), paloma (2,14), o leones y panteras (4,8). Sin duda, el escenario del amor evoca  el aspecto “muy bueno” del paraíso terrenal (Gn 1,31); el jardín donde tuvo lugar la primera pasión amorosa que relata la Biblia, la historia de Adán y Eva. La mención de la flora y la fauna no se limita al papel descriptivo del ámbito en que se goza del amor, sino que refuerza el aspecto sensual de la pasión amorosa que envuelve con tanta fuerza a los dos amantes.

 El libro destaca la importancia de los sentidos corporales. El olfato puede gozar de los perfumes, “incienso y mirra” (3,6) o “azafrán y canela” (4,14), que el poeta derrama en cada estrofa del Cantar. La figura del gusto aflora bajo la metáfora de la miel (4,11) o del vino aromático (7,3); la dulzura del vino y de la miel invita a los amantes a comer y beber, símbolos del abrazo del amor. El tacto se desliza bajo la ternura del beso (1,2) y la pasión amorosa en la alcoba (3,4). La manifestación del oído se concreta en el diálogo respetuoso, “tu voz es dulce” (2,14), y apasionado de los amantes, “ábreme..., que llevo la cabeza húmeda de rocío y las trenzas de relente” (5,2).

 La vista se recrea con la ternura y la pasión con que cada uno de los amantes contempla el cuerpo del otro. La amada se compara con un jardín abundante de frutos y de aromas, “vergel de granados ... y esencias balsámicas” (4,13). En medio del jardín de la amada, despunta la “fuente ... de aguas vivas” (4,15), mientras el amado ha de entrar en el jardín a recoger sus frutos para “emborracharse de amor” con su amada (5,1).

 Como contrapunto de la pasión enamorada, el poema parece poner alguna prevención hacia la locura del amor. Así la Sulamita aparece como “jardín cerrado” (4,12), “fuente sin usos” (4,12), “una muralla o una puerta” (8,9), mientras el rey, eco del amado, se asoma tras “nuestro muro” (2,9). Los obstáculos son la metáfora de la fuerza con que el amor apasionado ciega el entendimiento humano (5,8); pero sobre todo testimonian, y eso es lo más esencial, que ninguna contrariedad puede parar la “llama divina” de una pasión enamorada, ya que, sentencia el poema, “como la Muerte, es poderoso el Amor” (8,6).

 El Antiguo Testamento construye, muy a menudo, el aspecto de la mujer con los rasgos de la sumisión, tan propia de la sociedad tribal y patriarcal del Oriente arcaico (Prov 31). ¡Qué distinta es la mujer que presenta el Cantar! La Sulamita late por el amor apasionado; dirá sin miedo: “enfermo de amor” (5,8). El poema la describe libre en su elección amorosa, libre en su decisión, libre para tomar la iniciativa de amar, libre para el abrazo del amor. El Cantar enaltece la sensualidad del cuerpo y la viveza de la hermosura; los amantes nadan sin inhibiciones en el agua transparente del amor apasionado.

 La profundidad de las obras capitales de la literatura universal no radica solo en la precisión con que describen acontecimientos o comentan psicologías personales, sino en la capacidad de implicar al lector en la historia que exponen. Como poema primordial, la grandeza del Cantar no solo radica en la belleza con que describe la pasión del amor, sino en la invitación que dirige  a los amantes de hoy para que gocen del amor sano, cargado de ternura, igualitario, respetuoso y apasionado.

3. La sintaxis del amor

A diferencia de la poesía románica, la hebrea no se basa en la rima, sino en el llamado por los estudiosos “paralelismo”. Es decir, un versículo expone una idea, “su cabeza es oro puro”, y el siguiente la repite con otras palabras, “sus trenzas, violas de palmera” (5,11); así, ambos versículos expresan “paralelamente” el mismo concepto: la belleza del rostro del amado. También puede suceder que un versículo destaque un concepto, “tus dientes, un rebaño de ovejas, todas ellas con crías mellizas”, mientras el siguiente expresa “ninguna ha perdido a su cría” (6,6), así el poema realza el primor de los dientes de la amada (dentadura simétrica y completa).

 La riqueza del paralelismo hebreo se refuerza con el uso de la aliteración: la repetición de un sonido al inicio de cada palabra del versículo; y también con la asonancia: la repetición de las vocales en las sucesivas palabras de un mismo versículo. Aunque ambos conceptos no resulten fácilmente perceptibles en una traducción, podemos intuirlos. He aquí el eco de la aliteración: “ven del Líbano ... ven del Líbano” (4,8), mientras la asonancia aflora en el versículo en el que la repetición de la “î” hebrea deja escuchar el gemido del amor: “Entro en mi jardín ... esposa. Recoge mi mirra y mi bálsamo, come la miel y mi panal” (5,1).

 Encanta la sensualidad del poeta para describir el cuerpo de los amantes. En el caso del enamorado, el Cantar recorre a la botánica, “bolsita de mirra” (1,13), “racimo de argeña” (1,14), “manzano en el bosque” (2,3), trenzas como “ramos de palmera” (5,11), sin duda, el amante es “elegido entre los cedros”, metáfora de su gallardía (5,15). También describe la esbeltez del amante bajo el aspecto zoológico del “cervatillo” (2,9), o como el pastor enamorado, “mi amado bajó a su jardín ... para pastorear” (6,2).

 Especialmente expresivo se muestra el poeta cuando describe el cuerpo de la enamorada: sus cabellos son “un rebaño de cabras” (4,1), sus mejillas, “mitades de granada” (4,3) y “bancal de bálsamo” (5,13), sus ojos “son palomas” (1,15) y “estanques de Jezbón” (7,5), sus labios son “lirios” (5,13) y “cinta de grana” (7,5), su aliento “perfume de manzanas” (7,9), su cuello “es como torre de marfil” (7,5), sus pechos “como dos cervatillos” (7,3), “racimos” (7,8), o “las torres de la muralla” (8,10), su altura parece digna de “la palmera” (7,8), su ombligo “es como una copa torneada” (7,3). En síntesis, los perfiles de la amada “son como joyas, salidas de manos de orfebre” (7,2), es como “una azucena de Sarón, un lirio de los valles” (2,1).

 Cuando el poeta describe el cuerpo de los amantes, abstrae los aspectos más bellos y nobles de la naturaleza para hacer escuchar al lector la música del amor apasionado.

 Como hemos dicho antes, un maestro de la poesía hebrea recogió un florilegio de poemas amorosos para componer el Cantar. Ahora bien, no se limitó a espigar historias dispersas; enlazó la poesía popular y compuso nuevas estrofas para forjarlas sobre el yunque del arte hasta que proclamó el latido de la pasión amorosa que traslucen los versículos del Cantar.

 El maestro de poetas bordó el título del libro: “El más bello de los Cantares, de Salomón” (1,1). Después trazó el “Pórtico”, donde la amada suspira por su amado (1,2-4). A continuación, compuso la “Loa del amor", donde los dos amantes tejen el arte de amar (1,5-2,7). Seguidamente, entró en el “El deseo” de los enamorados que no dejan de amarse (2,8-3,5). Expuesto el deseo, el poeta enalteció “El gozo” de los protagonistas que esperan el momento de la pasión enamorada (3,6-5,1). Sin duda, el gozo enciende “La búsqueda” de los enamorados  el uno por el otro (5,2-6,3) hasta que sucede “La posesión” amorosa (6,4-8,6). El libro finaliza con un “Apéndice”, repleto de reflexiones sobre el amor (8,7-13), para concluir con el clamor de la amada: “Corre, amado, como un cervatillo, por las cimas del bálsamo” (8,14).

4. Interpretación del Cantar

La tradición antigua, judía y cristiana, interpretó el Cantar desde la perspectiva alegórica. La comunidad judía percibió bajo la corona del rey, la identidad de Yahvé, el Rey de Israel (Is 44,6), y tras la mirada de la Sulamita, contempló el rostro de Israel, la comunidad amada del Señor (Is 62,5). El sabio judío Isaac Abrabanel (siglo XVI) identificó la figura de la «Dama Sabiduría», presente en el libro de los Proverbios (Pr 8; 9,1-6), con la Sulamita que seduce al rey, metáfora de Israel.

 La tradición cristiana, a partir de san Hipólito de Roma (siglo III) y san Gregorio de Nisa  (siglo IV), contempló la figura del rey como metáfora de Dios o de Cristo, mientras intuyó en los ojos de la amada la identidad de la Iglesia. En el siglo III, Orígenes percibió bajo la grandeza del rey, la majestad de Jesús, y tras la pasión de la enamorada, descubrió la imagen del alma humana que anhela el encuentro con el Señor, el verdadero amado. Profundizando en la alegoría, san Ambrosio de Milán (siglo IV) y Ricardo de San Víctor (siglo XII) oyeron el latido de María, metáfora de la Iglesia, bajo las palabras que la Sulamita dirigió al soberano, símbolo del Señor, el esposo de la Iglesia (Ap 21,9). Ochenta y seis sermones escribió san Bernardo de Claraval (siglo XIII) sobre el Cantar, que interpretó como el diálogo entre Cristo y el alma del cristiano. Los místicos más profundos, santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz, o santa Teresa de Lisieux, comentaron el Cantar en sus escritos espirituales.

 Algunos estudiosos de las religiones han comparado el Cantar con los relatos babilónicos de la liturgia de Adonis[Langfeldt17] -Tammuz. El mito, propio de la celebración de año nuevo, presenta al dios Tamuz, sinónimo del cananeo Baal, y la diosa Istar, eco de la cananea Anat, acompañados del más harmonioso de los cantos corales. A la muerte de Adonis[Langfeldt18] , Istar baja a los infiernos para rescatarlo. La muerte del dios y el descenso de la diosa al mundo subterráneo abren la puerta del otoño y del invierno, la etapa en que la naturaleza se marchita. Cuando Istar devuelve a Adonis[Langfeldt19]  vivo al mundo terrenal, ambas divinidades celebran sus esponsales, mientras la naturaleza en primavera contempla cómo la vida vuelve a florecer en los campos. Otros comentaristas han percibido el Cantar como un drama teatral, compacto y bien estructurado, en que Salomón y la Sulamita comparten su amor apasionado.

 Valorando las interpretaciones anteriores, los estudiosos actuales perciben el Cantar como el poema que celebra el amor apasionado de la pareja humana. La interpretación ya nació en la época antigua. Los escritos de Rabí Akiba (siglo I) refieren la comprensión sensual que la comunidad judía tenía del Cantar. El teólogo cristiano Teodoro de Mopsuestia (siglo IV-V) contempló en el Cantar el amor apasionado de los enamorados, interpretación que adoptó el llamado “judío anónimo” en su comentario (siglo XII), y llevó a plenitud fray Luis de León en sus escritos (siglo XVI). En nuestros días constituye, junto a la perspectiva alegórica, la interpretación más habitual y poética del Cantar; ¡pues solo el amor apasionado es capaz de transformar y dar vida a la existencia humana!



Conclusión

Las primeras palabras que la Escritura pone en boca del hombre constituyen una declaración amorosa. Cuando Adán vio a Eva, exclamó: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”; y aún añade el relato: “El hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer y, desde ese momento, forman una sola cosa” (Gn 2,23-24). Casi las últimas palabras de la Biblia también constituyen un canto de amor: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!” (Ap 22,17). Apurando la metáfora, la Biblia, el libro que relata la historia de amor entre Dios y la Humanidad, está enmarcado entre dos historias de amor, la de Adán y Eva y la del Espíritu y la Iglesia. ¡Entre las páginas bíblicas, el Cantar pone de manifiesto que solo el amor apasionado crea las cosas nuevas!


lunes, 8 de junio de 2020

CÀNTIC DELS CÀNTICS



                                                                  Francesc Ramis Darder
                                                                  bibliayoriente.blogspot.com






 “L’estimat és tot meu
 I jo som seva”
 (Cant 2,16)

 per Francesc Ramis Darder

Cada vegada que llegim el Càntic contemplam com l’amor apassionat entre l’enamorat i l’enamorada esclata a la primavera. Amb certesa comentaven els rabins: “Si Déu no hagués donat la Llei a Israel, el Càntic hauria bastat per governar l’Univers”. I és veritat; perquè el vertader progrés de la història humana rau en la capacitat d’estimar. Dons encara que la paraula “Déu” no figuri de manera explícita en el Càntic, hi batega en cada pàgina, puix, com assenyala l’Escriptura, “Déu és amor” (1 Jo 4,8).

1. Qüestions introductòries

L’encapçalament del llibre especifica el títol “El més bell dels càntics”, i també el nom del personatge al qual la tradició ha adjudicat l’autoria, “de Salomó”, rei de Judà. El llibre fou escrit en llengua hebrea i disposat entre els cinc Megillot, amb l’ordre següent: Rut, Càntic, Lamentacions, Cohèlet i Ester. Molt aviat, el poble jueu començà a recitar-lo amb goig i proclamar-lo durant la Pasqua. Les versions antigues, la Septuaginta (segle II aC), en llegua grega, la Vulgata (segle IV), en llatí, juntament amb la Peshitta (segle III), en idioma siríac, han traduït els mots hebreus cercant, sempre que ha estat possible, la major finor poètica per expressar la fondària de l’amor.

 La menció de Salomó figura en el títol (Cant 1,1) i també entre els versets del poema (3,9.11; 8,11), com també ho fa la mateixa referència al rei (1,4.12; 7,6). L’al·lusió a Salomó determinà que la tradició, hebrea i cristiana, atribuís el poema a la ploma del rei més savi. La saviesa del monarca, tan celebrada per l’Escriptura, propicià que també li fossin adjudicats els llibres dels Proverbis, el Cohèlet, la Saviesa, i alguns Salms (1Re 5,12). Ara bé, com afirmen els investigadors moderns, cal entendre la locució “de Salomó” en el sentit honorífic, “en honor de Salomó”. Des del caire literari, l’expressió “de Salomó” constitueix una pseudonímia; és a dir, l’escriba que va editar el poema era un admirador del rei Salomó, per aquesta raó va dedicar i atribuir l’obra al monarca venerat, i escrigué “de Salomó”, que cal entendre “en honor de Salomó”, com hem esmentat.

 Com estableixen els investigadors moderns, el savi hebreu que conformà el Càntic recopilà un conjunt de poemes amorosos de diverses èpoques, tramesos de manera oral. Alguns de molt antics, com el que anomena la ciutat de Tirsà (7,4), l’antiga capital d’Israel, en el Regne del Nord (segle X aC), mentre d’altres són posteriors al retorn dels hebreus del l’exili babilònic (segle VI aC), així ho palesa l’ús de termes arameus, grecs o perses (5,13). En definitiva, la comunitat hebrea recitava, des de l’etapa més antiga, poemes que emfasitzaven l’aspecte passional de l’amor humà. Vers el segle III aC, un autor anònim, devot de Salomó, recollí els poemes, en redactà de nous, i compongué a la ciutat de Jerusalem, amb art i geni, “el més bell dels Càntics” en honor del més savi dels monarques.

 Quan vers l’any 70, els rabins jueus és reuniren en el sínode de Jamnia per establir de forma definitiva els llibres que conformaven la Sagrada Escriptura hebrea, dubtaren de la conveniència d’introduir-hi el Càntic, pel seu caire sensual. Llavors es deixà sentir la veu solemne de Rabí Akiba. El savi jueu recordà a l’assemblea tremolosa que mai dins Israel no havia dubtat ningú que el Càntic fos un llibre que “taca les mans”; l’expressió “tacar les mans” significa, en el si de la tradició hebrea, que el llibre és sant i, per tant, inspirat pel Senyor. L’Església, coneixadora de la decisió del sínode celebrat a Jamnia, no dubtà a admetre el llibre dins l’Escriptura sagrada dels cristians.

2.La bellesa de la passió enamorada

Sota la fondària dels diàlegs, monòlegs i soliloquis, traspua la personalitat dels dos amants, l’estimada, la “Sulamita” (7,1), i l’estimat “Salomó” (3,9); ambdós manifesten la passió i l’anhel de consumar l’amor enamorat. Hi apareix també un tercer personatge, el cor de les “filles de Jerusalem”, que encoratja l’encesa passió dels amants. Com a nota característica, el Càntic presenta 49 paraules que no apareixen en altre indret de l’Antic Testament hebreu, A més dels nombrosos aramaismes, sorprenen els préstecs del persa, “verger o paradís” (4,13), i els d’arrel sànscrita, “porpra” (3,10); sens dubta, la follia de l’amor, com insinua el plurilingüisme del poema, abasta la humanitat sencera.

 El vocabulari amorós va destacar la passió i la tendresa. Mostra com els ulls de cada amant recorren el cos de l’altre; contemplen el nas (7,5), el llombrígol (7,3), els rínxols (7,6), els peus (7,6), les galtes (1,10), els llavis (4,11), la cara (2,14), les entranyes (5,14), els ulls (1,15), les mans (2,6), el coll (1,10), els pits (7,8), les dents (4,2), o les cames (5,15). El llenguatge no es limita al pla descriptiu, sinó que provoca el màxim desig d’un amant per l’altre. Admirant el cos, els amants s’apassionen, “entra’m dins la teva alcova” (1,4); es desitgen, “el meu estimat passa la mà per la fenella de la porta” (5,4); s’abracen, “amb la dreta m’abraça” (2,6); s’estimen, “tu m’has robat el cor” (4,9); es besen, “que m’ompli de besades, de les seves!” (1,2); vesen de follia, “malalteig d’amor” (2,5); s’admiren l’un de l’altre, “que ho ets de bella i fascinant, amiga meva, i encisadora!” (7,7); es consumeixen d’amor, “jo som de l’estimat i em cerca amb passió” (7,11).

 El marc de la passió de l’amor està farcit de flora esponerosa: fustam del Líban (3,9), cedres i savines (1,17), pomera (2,3), figuera (2,13), vinyes (7,13), lliris (4,5), assutzena (2,1), o mandràgores (7,14). També sorprèn la diversitat dels animals: gatzeles i cérvoles (2,7), tórtora (2,12), coloma (2,14), o lleons i panteres (4,8). Sens dubte, l’escenari de l’amor evoca  l’aspecte “molt bo” del paradís terrenal (Gn 1,31); el jardí on tingué lloc la primera passió amorosa que relata la Bíblia, la història d’Adam i Eva. La menció de la flora i la fauna no es limita al paper descriptiu de l’àmbit on es gaudeix de l’amor, sinó que reforça l’aspecte sensual de la passió amorosa que tan fort embolcalla els dos amants.

 El llibre destaca la importància dels sentits corporals. L’olfacte pot gaudir dels perfums, “encens i mirra” (3,6) o “safrà i canyella” (4,13), que el poeta escampa per cada estrofa del Càntic. La figura del gust aflora sota la metàfora de la mel (4,11) o del vi aromàtic (7,3); la dolçor del vi i de la mel convida els amants a menjar i beure, símbols de l’abraçada de l’amor. El tacte repta sota la tendresa de la besada (1,2) i la passió amorosa dins l’alcova (3,4). La manifestació de l’oïda es concreta en el diàleg respectuós, “la teva veu és dolça” (2,14), i a la vegada apassionat dels amants, “obri’m [...] que duc el cap humit de rou i els rínxols de serena” (5,2).

 La vista es recrea amb la tendresa i la passió amb què cada un dels amants contempla el cos de l’altre. L’estimada es comparada amb un jardí abundós de fruits i d’aromes, “verger de magraners [...] i essències balsàmiques” (4,13). Enmig del jardí de l’estimada, despunta la “font [...] d’aigües vives” (4,12), mentre l’estimat ha d’entrar dins el jardí a recollir els fruits per “engatar-se d’amor” amb la seva estimada (5,1).

 Com a contrapunt de la passió enamorada, el poema sembla posar alguna prevenció vers la follia de l’amor. Així la Sulamita apareix com a “jardí tancat” (4,12), “font sense emprius” (4,12), “una murada o una porta” (8,9); mentre el rei, eco de l’estimat, guaita darrere “el nostre mur” (2,9). Els entrebancs són la metàfora de la força amb què l’amor apassionat encega l’enteniment humà (5,8); però sobretot testimonien, i això és el més essencial, que cap contrarietat no pot aturar la “flama divina” d’una passió enamorada, ja que, sentencia el poema, “com la Mort, és poderós l’Amor” (8,6).

 L’Antic Testament basteix, molt sovint, l’aspecte de la dona amb els trets de la submissió, tan pròpia de la societat tribal i patriarcal de l’Orient arcaic (Prov 31). Que distinta és la dona que presenta el Càntic! La Sulamita batega per l’amor apassionat; dirà sense por: “malalteig d’amor” (5,8). El poema la descriu lliure en la seva elecció amorosa, lliure en la seva decisió, lliure per prendre l’iniciativa d’estimar, lliure per a l’abraçada de l’amor. El Càntic enalteix la sensualitat del cos i la vivor de la bellesa; els amants neden sense inhibicions dins l’aigua transparent de l’amor apassionat.

 La fondària de las obres cabdals de la literatura universal no rau sols en la precisió amb què descriuen esdeveniments o comenten psicologies personals, sinó en la capacitat d’implicar el lector en la història que exposen. Com a poema primordial, la grandesa del Càntic no sols rau en la bellesa amb què descriu la passió de l’amor, sinó en la convidada que adreça als amants d’avui perquè gaudeixin de l’amor sa, carregat de tendresa, harmoniós, igualitari, respectuós i apassionat.

3. La sintaxi de l’amor

A diferència de la poesia romànica, l’hebrea no es basa en la rima, sinó en l’anomenat pels estudiosos “paral·lelisme”. Es a dir, un verset exposa una idea, “el seu cap és or pur”, i el següent la repeteix amb altres paraules, “els seus rínxols, violes de palmera” (5,11). Així, ambdós versets expressen “paral·lelament” el mateix concepte: la bellesa del rostre de l’estimat. També pot succeir que un verset destaqui un concepte, “les teves dents, una guarda d’ovelles [...] besseres”, mentre el següent expressa el contrari, “cap n’hi ha de baciva” (6,6); jugant paral·lelament amb el terme “besseres” i el seu antònim “baciva”, el poema realça el primor de les dents de l’estimada.

 La riquesa del paral·lelisme hebreu es reforça amb l’ús de l’al·literació: la repetició d’un so a l’inici de cada paraula del verset; i també amb l’assonància: la repetició de les vocals en els successius mots d’un mateix verset. Encara que ambdós conceptes no siguin bons de percebre en una traducció, podem intuir-los. Vet aquí l’eco de l’al·literació: “vine del Líban [...] vine del Líban” (4,8); mentre l’assonància aflora en el verset on la repetició de la “î” hebrea deixa escoltar el gemec de l’amor: “Entr en el meu jardí [...] esposa. Recull la meva mirra i el meu bàlsam, menj la mel i la meva bresca” (5,1).

 Encisa la sensualitat del poeta per descriure el cos dels amants. En el cas de l’enamorat, el Càntic recorre a la botànica, “saquet de mirra” (1,13), “raïm d’henna” (1,14), “pomera en el boscatge” (2,3), rínxols com “violes de palmera” (5,11), sens dubte, l’amant és “escollit entre els cedres”, metàfora de la seva gallardia (5,15). També descriu l’esveltesa de l’amant sota l’aspecte zoològic del “gatzell o un cérvol jove” (2,9), o com el pastor enamorat, “l’estimat meu davallà al seu jardí [...] per pasturar” (6,2).

 Especialment expressiu es mostra el poeta quan descriu el cos de l’enamorada: els seus cabells, són “una guarda de cabres” (4,1), les galtes, “esberles de magrana” (4,3) i “erol de bàlsam” (5,13), els ulls “són coloms” (1,15) i “estanys d’Heixbon” (6,5), els llavis són “lliris” (5,13) i “fil de color porpra” (4,3), l’alè “perfum de pomes” (7,9), el coll “és talment torre d’ivori” (7,5), els pits “com dos gatzells” (7,3), “raïms” (7,8), o “les torres” de la murada” (8,10), l`alçada sembla digna de “la palmera” (7,8), el llombrígol “és com una copa tornejada” (7,3), les cames “columnes d’alabastre” (5,15). En síntesi, el perfils de l’estimada “són com joiells, sortits de mans d’orfebre” (7,2), és com “una assutzena de Saron, un lliri de les valls” (2,1).

 Quan el poeta descriu el cos dels amants, abstreu els aspectes més bells i nobles de la natura per fer escoltar al lector la música de l’amor apassionat.

 Com hem dit abans, un mestre de la poesia hebrea va recollir un floret de poemes amorosos per compondre el Càntic. Ara bé, no es limità a espigolar contarelles disperses; entrunyellà la poesia popular i compongué noves estrofes per forjar-les sobre l’enclusa de l’art fins que proclamà el batec de la passió amorosa que traspuen els versets del Càntic.

 El mestre de poetes brodà el títol del llibre: “El més bell dels Càntics, de Salomó” (1,1). Després confegí el “Pòrtic”, on l’estimada sospira pel seu estimat (1,2-4). A continuació, compongué la “Lloança” de l’amor", on els dos amants teixeixen l’art d’estimar (1,5-2,7). Seguidament, entrà en el “El desig” dels enamorats que no deixen d’estimar-se (2,8-3,5). Esposat el desig, el poeta enaltí “El goig” dels protagonistes que esperen el moment de la passió enamorada (3,6-5,1). Sens dubte, el goig encén “La recerca” dels enamorats l’un per l’altre (5,2-6,3) fins que esdevé “La possessió” amorosa (6,4-8,6). El llibre finalitza amb un “Apèndix”, mesell de reflexions sobre l’amor (8,7-13), per concloure amb el crit de l’estimada: “Corre, estimat, com un gatzell o un cérvol jove, per les cimes del bàlsam” (8,14).

4. Interpretació del Càntic

La tradició antiga, jueva i cristiana, interpretà el Càntic des de la perspectiva al·legòrica. La comunitat jueva percebé sota la corona del rei, la identitat de Jahvé, el Rei d’Israel (Is 44,6), i rere la mirada de la Sulamita, contemplà el rostre d’Israel, la comunitat estimada del Senyor (Is 62,5). El savi jueu, Isaac Abrabanel (segle XVI), identificà la figura de «Dama Saviesa», present al llibre del Proverbis (Pr 8; 9,1-6), amb la Sulamita que sedueix el rei, metàfora d’Israel.

 La tradició cristiana, a partir de sant Hipòlit de Roma (segle III) i sant Gregori de Niça  (segle IV), contemplà la figura del rei com a metàfora de Déu o de Crist, mentre intuí en els ulls de l’estimada la identitat de l’Església. Al segle III, Orígens percebé sota la grandesa del rei, la majestat de Jesús, i rere la passió de l’enamorada, descobrí la imatge de l’ànima humana que es deleix per l’encontre amb el Senyor, el vertader estimat. Aprofundint en l’al·legoria, sant Ambròs de Milà (segle III) i Ricard de Sant Víctor (segle XII) sentiren el batec de Maria, metàfora de l’Església, sota les paraules que la Sulamita adreça al sobirà, símbol del Senyor, l’espòs de l’Església (Ap 21,9). Vuitanta-sis sermons escrigué sant Bernat de Claravall (segle XIII) sobre el Càntic que interpretà com el diàleg entre Crist i l’ànima del cristià. Els místics més profunds, santa Teresa d’Àvila, sant Joan de la Creu, o santa Teresa de Lisieux comentaren el Càntic en els seus escrits espirituals.

 Alguns estudiosos de les religions han comparat el Càntic amb els relats babilònics de la litúrgia d’Adonis-Tammuz. El mite, propi de la celebració de cap d’any, presenta el déu Tamuz, sinònim del cananeu Baal, i la deessa Istar, eco de la cananea Anat, acompanyats del més harmoniós dels cants corals. A la mort d’Adonis, Istar davalla als inferns per rescatar-lo. La mort del déu i la baixada de la deessa al mon subterrani obren la porta de la tardor i de l’hivern, l’etapa en què la naturalesa es marceix. Quan Istar retorna viu Adonis al món terrenal, ambdues divinitats celebren les esposalles, mentre la natura a la primavera contempla con la vida torna a florir enmig dels camps. Altres comentaristes han copsat el Càntic com un drama teatral, compacte i ben estructurat, on Salomò i la Sulamita comparteixen l’amor apassionat.

 Valorant les interpretacions anteriors, els estudiosos actuals perceben el Càntic com el poema que celebra, sobre tot, l’amor apassionat de la parella humana. La interpretació ja nasqué a l’època antiga. El escrits de Rabí Akiba (segle I) refereixen la comprensió sensual que la comunitat jueva tenia del Càntic. El teòleg cristià Teodor de Mopsuèstia (segle IV-V) contemplà en el Càntic l’amor apassionat dels enamorats, interpretació que adoptà l’anomenat “jueu anònim” en el seu comentari (segle XII), i dugué a plenitud fra Lluís de Lleó en els seus escrits (segle XVI). Als nostres dies constitueix, juntament amb la perspectiva al·legòrica, la interpretació més habitual i poètica del Càntic; car sols l’amor apassionat es capaç de transformar i donar vida a l’existència humana!

Conclusió

Les primeres paraules que l’Escriptura posa en boca de l’home constitueixen una declaració amorosa. Quan Adam veié Eva, exclamà: “Aquesta sí que és os dels meus ossos i carn de la meva carn!”; i encara afegeix el relat: “l’home deixa son pare i sa mare per unir-se a la seva dona, i, des d’aquest moment, formen una sola cosa” (Gn 2,23-24). Quasi les últimes paraules de la Bíblia també constitueixen un cant d’amor: “L’Esperit i l’esposa diuen: Vine!” (Ap 22,17). Apurant la metàfora, la Bíblia, el llibre que relata la historia d’amor entre Déu i la Humanitat, està emmarcat entre dues històries d’amor, la d’Adam i Eva i la de l’Esperit i l’Església. Entre les pàgines bíbliques, el Càntic palesa que sols l’amor apassionat obre l’horitzó cap al futur i crea les coses noves!

Bibliografia.
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lunes, 1 de junio de 2020

¿QUIÉN ES JESÚS?




                                                           Francesc Ramis Darder
                                                           bibliayoriente.blogspot.com




JESÚS DE NAZARET
LA PRESENCIA ENCARNADA DE DIOS ENTRE NOSOTROS




                                                                      “Dar testimonio de Jesús
                                                                                                y tener espíritu profético es lo mismo”.
                                                                                                                 (Ap 19,10).




     La Carta a los Hebreos comienza con estas palabras: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas; ahora en este momento final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo” (Hb 1,1). El Señor que modela nuestra vida con amor apasionado habló a nuestros padres por boca de los profetas, pero hoy se dirige a nosotros por medio de su Hijo.

    El Dios de la vida exige la justicia (Amós) y habla con ternura (Oseas); guarda nuestra vida (Isaías) y la protege en los momentos más duros (Jeremías); nos regala su espíritu (Ezequiel) y nos transforma con su palabra (Segundo Isaías); y, finalmente, nos promete la victoria final (Daniel). Pero ¿cuál es el rostro de este Dios que ama apasionadamente? El Antiguo Testamento es el río que desemboca en el Nuevo Testamento. Jesús de Nazaret es el profeta definitivo, pues contemplando el rostro de Jesús vemos la mirada de Dios que transforma nuestra vida con amor apasionado.

    Leeremos el NT desde la perspectiva catequética. Es decir, contemplaremos la manera en que Jesús manifiesta a los discípulos su identidad más íntima, y cómo después de la resurrección se les revela como Señor.



1. Jesús de Nazaret: el Mesías esperado y sorprendente.

    “Jesús salió con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo y por el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? ...  Pedro le respondió: Tú eres el Mesías” (Mc 8,27-30). ¿Qué significa la palabra “Mesías”?

    El término hebreo “Mesías”, y su traducción griega “Cristo”, significa “ungido”. En el Antiguo Testamento los “ungidos” por excelencia; es decir, los “Mesías” eran los reyes de Israel.

    El rey de Israel gobernaba desde la perspectiva política, militar y legislativa, pero gozaba de una prerrogativa propia: era un rey ungido. Cuando el monarca hebreo era entronizado, un profeta derramaba sobre la cabeza del soberano aceite consagrado, de ese modo el profeta Samuel ungió a David (1Sam 16,13). La unción confería al rey atribuciones religiosas con las que devenía mediador entre Dios y los hombres; pero, sobre todo, le comprometía a gobernar con los criterios de Dios: eliminar la idolatría, defender a los pobres, servir al pueblo, y consolidar el Templo.

    Los reyes de Israel y Judá fueron numerosos, pero el AT sólo alaba especialmente el comportamiento de David (1Sam 16 - 2Sam 6), Ezequías (2Re 18,1-8), y Josías (2Re 23,24-27). Los demás monarcas, en general, son censurados, pues aunque desde la perspectiva humana ganaran batallas y edificaran palacios, se preocuparon poco de sembrar entre el pueblo la misericordia divina.

    Los abusos de la realeza llevaron a Israel al desastre (2Re 23,31 - 25,26). El año 587 aC Nabucodonosor destruyó Jerusalén y deportó parte de sus habitantes a Babilonia. Al volver del exilio (538 aC) el pueblo fue administrado por sacerdotes. El sumo sacerdote recibió la unción que antes pertenecía a los reyes (Lv 4,3.5.16), y de ese modo se hizo responsable de dirigir el pueblo con los criterios de Dios.

    Los profetas contemplaban el fracaso de reyes y sacerdotes para guiar al pueblo con las normas divinas. En los ambientes proféticos surgió el más intenso anhelo por la llegada de un auténtico ungido, de un verdadero “Mesías” que viviera y enseñara el plan de Dios (cf. Sal 2). El deseo del Mesías definitivo era tan intenso que algunos esperaban la llegada de dos Mesías: un “Mesías Sacerdote” para regir la esfera religiosa, y un “Mesías Rey” para los asuntos palaciegos (Ez 45,1-8; Zac 4,1-14).

    Las condiciones sociales eran duras en Palestina durante el siglo I. Todos suspiraban la llegada inminente del Mesías; pero, y eso es muy importante, el Mesías que la gente esperaba tenía unas características distintas al Mesías anunciado por el AT.

    Los profetas anunciaban el advenimiento del Mesías que traería el proyecto de Dios. En cambio, los hebreos del siglo I esperaban un Mesías con tres características. Deseaban un Mesías poderoso para desbancar militarmente a los romanos. Querían un Mesías económicamente fuerte para eliminar de un plumazo la pobreza. Y ansiaban un Mesías deslumbrante, ante quien no restara más alternativa que la adulación.

    Jesús es el Mesías anunciando por el AT, pero no es el Mesías poderoso, rico, y deslumbrante que la gente esperaba. Jesús es el Mesías, pero ejerce su ministerio actuando como el “Hijo del Hombre”. Aplicado a Jesús, el título “Hijo del Hombre” indica que Jesús no libera desde la fuerza del poder, la capacidad material de tener o la astucia de la apariencia; sino desde la humildad, la actitud de servicio, y la vida compartida.

    Jesús no redime con el poder sino desde la entrega y el servicio: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos” (Mt 20,28). Jesús no salva desde la riqueza, sino compartiendo la vida con todos: “Si quieres ser perfecto, ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres ... luego ven y sígueme” (Mt 19,21). Jesús no libera mediante la apariencia deslumbrante, sino desde el oprobio de la cruz: “... se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8).

    Jesús de Nazaret es el Mesías anunciado en la Antigua Alianza, pero matiza su mesianismo con el título de “Hijo del Hombre”. Jesús es el Mesías que enseña a amar con los criterios de Dios: servicio, humildad, y experiencia de vida compartida.



2. Jesús: el Hijo del Hombre que actúa como Siervo de Yahvé.

    La expresión “Hijo del Hombre” designó, en sus orígenes, al hombre mismo contemplado desde su caducidad (Job 25,6), después adquirió un significado profundo. Veámoslo.

a. Durante el exilio de Babilonia (587-538 aC).

    El exilio fue un tiempo difícil y a la vez privilegiado para el pueblo hebreo. Lejos de su patria, el pueblo se sentía débil e imploraba la ayuda de Dios. El Señor suscitó entre los desterrados al profeta Ezequiel a quien llamaba “Hijo del hombre” (Ez 2,1.3). El título “Hijo del Hombre” no señala sólo la caducidad humana de Ezequiel, designa metafóricamente a Israel oprimido que súplica el auxilio divino para sobrevivir.

b. Durante la persecución de Antíoco IV Epífanes (175-163 aC).

    El rey Antíoco IV oprimió al pueblo judío y atacó con violencia su religión y sus costumbres. Durante la persecución, un autor anónimo, escribió el libro de Daniel para infundir esperanza en el pueblo desolado. La obra de Daniel, a través de la alegoría histórica, narra el sufrimiento de Israel y testimonia la resistencia del pueblo que confía en la ayuda del Señor.

    En el momento más cruel de la persecución (Dan 7), el libro describe a alguien semejante a un “Hijo del Hombre” presentándose ante el “Anciano” (Dan 7,13). El “Hijo del Hombre” simboliza a la comunidad fiel al Señor que no sucumbe a las insidias del opresor (Dan 7,18), y el “Anciano” representa a Dios que otorga a la comunidad fiel la victoria final (Dan 7,27).

    La voz “Hijo del Hombre”, durante la persecución de Antíoco IV, encarna a la comunidad oprimida y fiel al Señor, a la que la perseverancia y la fe otorgan el triunfo definitivo.

c. En la época de Jesús.

    Además del AT el pueblo hebreo redactó excelentes libros, entre ellos destaca “el Apocalipsis de Henoc”. Leído en perspectiva catequética, el libro presenta al Hijo del Hombre como un personaje misterioso que Dios guarda en el cielo para enviarlo a la tierra en los últimos tiempos. El Hijo del Hombre actuaría desde la humildad, el servicio y la vida compartida, y devendría juez, salvador y protector de los justos.

    Tres diferencias separan el concepto de “Hijo del Hombre” propio de la época de Daniel, de la connotación que tenía en la época de Jesús. El Hijo del Hombre no designa ya una comunidad sino a un individuo concreto. El Hijo del Hombre no vive en la Tierra, sino que permanece en el Cielo para intervenir al final de la Historia. El Hijo del Hombre no experimentará ningún dolor al actuar como salvador, juez y protector.

    La diferencia crucial es la tercera: el Hijo del Hombre no experimenta sufrimiento alguno cuando actúa con humildad, presta servicio a todos, y comparte la vida con los discípulos y los pobres.

d. El Hijo del Hombre en la comprensión de Jesús.

    Jesús explica a sus discípulos la manera en que Él es Hijo del Hombre: “... empezó a enseñarles que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley; que lo matarían, y a los tres días resucitaría” (Mc 8,31), pero sus discípulos no entienden nada (Mc 8,32).

    Los apóstoles, igual que la gente de su tiempo, pensaban que el Hijo del Hombre sería capaz de amar sin que le supusiera ningún padecimiento; cuando lo cierto es que amar significa mucho esfuerzo y grandes renuncias. Servir implica arrodillarse para lavar los pies al hermano (Ju 13,1-20), y compartir implica entregarse gratuitamente para el bien del prójimo (Mt 7,7-12).

    Si Jesús se presentase como el Hijo del Hombre según la opinión de su época, los discípulos creerían que servir, compartir, y ser humilde no implica ningún esfuerzo. Jesús es el Hijo del Hombre, pero afirma que la opción por el amor supone la entrega y el sufrimiento para edificar el Reino de Dios (cf. Mc 8,31).

    El estilo en que Jesús vive como Hijo del Hombre se denomina en el lenguaje bíblico “Siervo de Yahvé”. Desde la óptica catequética, el Siervo de Yahvé es el Hijo del Hombre que trae la salvación viviendo la humildad, experimentado la vida compartida, sirviendo a todos, y percibiendo en todo eso el cumplimiento de la voluntad de Dios.



3. Jesús: el Siervo de Yahvé.

    El AT confiere el título de “Siervo” a los hombres elegidos por Dios para guiar a Israel. Sin embargo la connotación específica del término aparece en el Segundo Isaías. Recordemos que Is 40-55 afirma, básicamente, que Dios es Dios, no sólo porque sea eterno u omnisciente, sino porque interviene en la Historia humana.

     A lo largo de Is 40-55, Dios interviene en el la historia de Israel mediante las figuras de Ciro y el Siervo. Ciro es el mediador divino para la liberación del pueblo exiliado (Is 41,1-5; 45,1-8); mientras el Siervo, a través de su vida entregada por amor, consigue la pervivencia de la identidad israelita, simbolizada en la reconstrucción de Jerusalén (Is 54,1 - 55,5). Cuatro poemas denominados “Cánticos del Siervo” (Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-11; 52,13 - 53,12) describen su entrega amorosa en favor de Israel deportado.

     Jesús asume la misión del Siervo descrito en la obra de Isaías. Jesús es la luz del Mundo (Ju 8,12) y el liberador de los pobres (Lc 4,18-19). Como le sucedía al Siervo descrito en los Cánticos; Jesús es despreciado y considerado un malhechor (Lc 22,37), y entrega su vida hasta quedar desfigurado y morir en la cruz (Mt 26,28), pero a los tres días resucita (Mt 28,1-9). La semejanza entre el proceso de Jesús y el Siervo aparece bellamente expuesto en la Carta a los Filipenses: “Dios lo exaltó y le dio el nombre que está sobre todo nombre ... para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,8-11).

    Intentemos sintetizar lo que hasta ahora hemos expuesto. Jesús es el Mesías anunciado por el AT que matiza su mesianismo desde la perspectiva del Hijo del Hombre: la actuación de Jesús manifiesta la humildad, el servicio y la vida compartida. Seguidamente, Jesús perfila su actuación como Hijo del Hombre desde la óptica del Siervo de Yahvé presentado por Isaías: Jesús entrega realmente su vida por amor, sufre para salvarnos, y padece practicando la humildad, el servicio y la vida compartida. Pero todavía falta lo más importante, Jesús mostrará a sus discípulos su intimidad con Dios.

 

4. Jesús de Nazaret: El Señor

    La transfiguración permitió a Pedro, Santiago y Juan, sondear la intimidad de Jesús con Dios (Lc 9,28-36); pero sólo la experiencia de la resurrección y la ascensión (Lc 24,36-53), junto al don del Espíritu Santo (Ac 2,1-13) permitirá a los apóstoles confesar que Jesús es el Señor. Después de recibir el Espíritu, Pedro dirige un discurso al pueblo que concluye con estas palabras: “Así pues, que todos los israelitas tengan la certeza de que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús que vosotros crucificasteis” (Ac 2,36). Ciertamente, “nadie puede decir: Jesús es Señor, sino está movido por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3).

    ¿De dónde procede el título “Señor” que la primera comunidad cristiana, impulsada por el Espíritu Santo, otorga a Jesús?

    La comunidad judía de Alejandría (Egipto) tradujo el AT hebreo al griego entre los siglos III y II aC. en la llamada “Traducción de los Setenta”. Cuando el traductor hallaba el término hebreo “Yahvé” que significa Dios, solía traducirlo con la palabra griega “Kurios” equivalente a la voz “Señor”. El texto del AT más utilizado por los cristianos no fue el hebreo, sino el griego; pues la Iglesia, al ser intrínsecamente misionera, necesitaba exponer la Palabra en una lengua comprendida por todos como era entonces el griego. Así como la Traducción de los Setenta denomina a Dios  “Señor”; el NT, redactado en griego, llama a Jesús “Señor”, apreciando en Jesús de Nazaret la plenitud de la actuación divina en la Historia iniciada ya en el AT.

    Yahvé, el “Señor” en la traducción griega del AT, modelaba a Israel mediante cinco etapas privilegiadas: Liberación (Ex 1-15), acompañamiento (Gen 12-50), creación (Gen 1,1 - 2,3; Is 43,1-7), perdón (Os 1-3), y vida para siempre (Sab 3,1-5). Jesús, el “Señor”, forja a la comunidad mediante las mismas cinco etapas, y a través de la Iglesia anuncia a la humanidad entera la paternidad de Dios y la certeza del Reino.

a. Jesús libera.

    Yahvé liberó a Israel de la esclavitud de Egipto (Ex 1-15); también Jesús ha venido “... a proclamar la liberación a los cautivos y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18b-19). La liberación concedida por Jesús aparece principalmente en los milagros. ¿Qué es un milagro?

    Fijémonos en el texto de “Los Diez Leprosos” (Lc 17,11-19). Jesús encuentra diez leprosos y les dice “id a presentaros a los sacerdotes”. Los israelitas llamaban lepra a toda mancha de la piel (Lv 13). Los sacerdotes la diagnosticaban, y por eso Jesús los manda al sacerdote. Los leprosos vivían miserablemente en descampado (Lv 13,45), y esperaban al Mesías para que les curara de su dolencia (Lc 7,18-23).

     “Mientras iban de camino quedaron purificados de la lepra, uno de ellos notando que estaba curado...”. Nueve han sido “purificados” pero sólo uno ha sido “curado”. La “purificación” indica el cambio externo por el que las manchas de la piel desaparecen. Los nueve “purificados” ven en Jesús sólo a alguien capaz de cambiarles exteriormente. En cambio, la “curación” denota una transformación interior que se manifiesta externamente. Las manchas desaparecen, como en los otros nueve, pero a través de la volatilización de las manchas el hombre curado percibe en Jesús la actuación divina: ese es el auténtico milagro.

    El verdadero milagro no consiste en el cese de la enfermedad, sino en descubrir a través de la curación presencia de Dios que cura. En el AT Dios es el que cura a Israel “Yo soy Yahvé el que te cura” (Ex 15,26). El hombre curado se prosterna ante la manifestación de la divinidad. Para el leproso curado acontece el milagro, mediante la eliminación de la lepra capta en Jesús la presencia de Dios que cura.

b. Jesús acompaña.

    Jesús atrae a las multitudes (Mc 3,7-11) y a los discípulos (Mc 2,23), entre quienes elige a los Doce (Mc 3,13-18), intima con Pedro, Santiago y Juan (Mc 9,2) mientras las mujeres le siguen desde Galilea hasta la cruz y la sepultura (Mc 15,40).

    Jesús habla a las multitudes mediante parábolas entresacadas del lenguaje popular: “Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto que las aves del cielo anidan en sus ramas” (Mt 13,31-32).

    La parábola compara dos entidades de magnitud muy diversa; en nuestro caso, la pequeñez del grano de mostaza, con el árbol que engendra. La parábola propone, desde la comparación, una opción y ofrece una enseñanza. La opción cristiana consiste en plantar el grano de mostaza, símbolo del Reino de Dios, para que brote en la tierra el Amor. La enseñanza muestra que de la tarea cristiana, a veces pequeña como el grano de mostaza, siempre germina el Reino de Dios.

    Jesús no se limitó a acompañar a las multitudes y a los discípulos en Palestina, sino que prometió su presencia permanente: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo” (Mt 28,20).

c. Jesús crea.

    El NT asume como el AT la noción según la que Dios es el creador de todo (Gen 1,1 -  2,3), pero añade que lo hizo todo por Cristo: “... para nosotros no hay más que un Dios:  el Padre de quien proceden todas las cosas y para quien nosotros existimos; y un Señor, Jesucristo, por quien han sido creadas todas las cosas y por quien también nosotros existimos” (1Cor 8,6). La nueva creación empieza en Cristo: “Si alguien vive en Cristo, es una nueva criatura” (2Cor 5,17).

    La tierra era caótica y vacía (Gen 1,2), pero la Palabra de Dios la convirtió en un Cosmos ordenado (Gen 1,1 - 2,3). Sólo la relación con Cristo transforma la existencia humana. El encuentro de Jesús con la samaritana convierte a aquella mujer en criatura nueva (Ju 4,1-42). Detengámonos un momento en el diálogo entre Jesús y la samaritana.

    Judíos y samaritanos por razones religiosas y raciales se odiaban mutuamente. Para recalcar la importancia del encuentro entre Jesús y la mujer, el texto precisa el lugar y la hora: “cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José ... estaba el pozo de Jacob ... era cerca de mediodía” (Ju 4,5-6). Ambos tienen sed; por una parte la samaritana saca agua, y por otra Jesús le pide de beber.

    Junto al pozo se encuentran la sed de la mujer y la sed de Jesús. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él. Junto al pozo brota en el corazón de la mujer la experiencia central de la vida: el encuentro personal con Jesús. Ella y los samaritanos afirman “... estamos convencidos de que Él (Jesús) es verdaderamente el salvador del Mundo” (Ju 4,42).

    El resultado del encuentro personal con Cristo implica conocer a Dios en Espíritu y en Verdad (Ju 4, 3-24). Adorar a Dios en Verdad supone ser discípulo de Jesús y servidor de los hermanos. Adorar al Padre en Espíritu significa saber que la paga del amor es conocer la paternidad de Dios (Rom 8,5; Gal 4,6), y disfrutar de los dones del Espíritu: “amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre, y dominio de sí mismo” (Gal 5,22-23).

    La mujer y los samaritanos han sido creados de nuevo porque Jesús ha dado a su existencia un sentido nuevo. Han transformado el ancestral odio entre judíos y samaritanos en el reconocimiento de Jesús, un judío, como verdadero salvador.

d. Jesús perdona.

    La narración de Zaqueo muestra la forma en que Jesús confiere el perdón (Lc 19, 1-10). Zaqueo era jefe de cobradores de impuestos y muy rico. El sistema impositivo era desorbitado y los recaudadores se enriquecían extorsionando al pueblo, por eso recibían el desprecio de las gentes y eran considerados pecadores. Zaqueo deseaba conocer a Jesús, pero el gentío y su baja estatura se lo impedían, pero es Jesús quien se adelanta a mirarle y le dirige la palabra.

    El verbo griego que traducimos con la palabra “mirar”, significa “mirar en lo más hondo del corazón”. Jesús no se limita a observar, su mirada transforma de raíz a la persona. Jesús no contempla sólo el mal que Zaqueo ha hecho sino el bien que todavía puede realizar. Jesús le dice: “Baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lc 19,5).

    La mirada y la palabra de Jesús devuelven a Zaqueo la dignidad, pues “... se pone en pie ante el Señor ...” (Lc 19,8). Sólo el perdón, manifestado en la mirada y la voz de Jesús, devuelven a Zaqueo la dignidad perdida. Quien se sabe perdonado puede gritar con el salmista “mi refugio es el Señor y proclamaré sus maravillas” (Sal 73,28). Por eso Zaqueo llama a Jesús “Señor” (Lc 19,8), Jesús no es un personaje curioso que atraviesa la ciudad, sino el único en quien vale la pena depositar la vida.

    Zaqueo cuando ha experimentado el perdón deviene una persona convertida: “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañé a alguno, le devolveré cuatro veces más” (Lc 19,8). La conversión radica en cambiar de vida para proclamar las maravillas que Dios hace por nosotros (cf Sal 73,28). Zaqueo hace mucho más de lo mandado en el AT: “aquello que ha sido robado debe devolverse con el recargo de una quinta parte” (Lv 5, 21-25), pues quien recibe verdaderamente el perdón no pone límites al amor.

    La mirada y la palabra junto al deseo de alojarse en casa del cobrador, han otorgado el perdón a Zaqueo. El perdón le ha restituido la dignidad y le ha permitido ver en Jesús al único Señor de su vida. Una vez perdonado, Zaqueo se convierte y retorna al prójimo la misericordia recibida del Señor.


e. Jesús otorga la vida para siempre.

     El relato de la pasión que narra el evangelio de Lucas muestra la lucha interna de Jesús. El Señor sufre el dolor de la cruz sabiéndose en las manos del Padre que le otorgará la victoria final. “¡Ha resucitado!” es la Buena Nueva que anuncian los dos hombres con vestidos refulgentes a las mujeres que acuden al sepulcro ( Lc 24,6).

     Jesús muestra una bondad que transforma a sus verdugos y a quienes lo condenan: Pilato lo proclama inocente tres veces (Lc 23,4.14.22), así como las mujeres y el pueblo (Lc 23,27-28), el buen ladrón (Lc 23,41), y el centurión (Lc 23,47).

    En la narración de la crucifixión aparece el episodio del “Buen Ladrón” (Lc 23,32-33.39-43) que describe la última acción de Jesús en favor de los débiles: el Señor vierte su misericordia, convertida en esperanza, en el corazón del ladrón a quien promete el Paraíso. Toda la vida de Jesús es la manifestación de la misericordia de Dios entre los hombres. El Buen Ladrón se dirige a Jesús con una plegaria caracterizada por la humildad, la gratuidad y el sufrimiento.

    El mismo reconoce que padece la cruz a causa de su propia culpa: “Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos” (Lc 23,41). La situación denota la humildad: la actitud de ser realista ante los avatares de la vida. No culpa de su situación a otra persona, él mismo asume la propia responsabilidad.

    Al verse tal como es, nace en su corazón la capacidad de comprender a Jesús, y dice: “éste no ha hecho nada malo” (Lc 23,41). Cuando la muchedumbre se burla de Cristo, sólo él, prototipo de hombre humilde, reconoce la bondad de Jesús. ¿Qué mal había hecho Jesús? Sólo “los ancianos del pueblo, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley” (Lc 22,66) presentan ante Pilato acusaciones contra él (Lc 23,1). Jesús no hizo nada malo. Su vida fue una denuncia contra todos los que, desde su condición de poder, obran mal;  y por eso, estos mismos, lo han condenado a muerte.

    Desde el sufrimiento en la cruz, la plegaria del ladrón llama a la puerta de la bondad de Cristo: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas como rey” (Lc 23,42). Jesús entrega su vida por todos los hombres en la cima del Calvario. Los dos ladrones padecen la cruz y, como los israelitas en Egipto, gritan su dolor; pero Jesús muere en la cruz por ellos y, sin que ellos lo sepan, inaugura el Reino de Dios, la nueva tierra prometida.

    Dios, en el AT, acogía en sus manos al justo que sufría la persecución de los impíos como dice el libro de la Sabiduría: “La vida de los justos está en las manos de Dios, y ningún tormento la alcanzará” (Sab 3,1). Igualmente, el buen ladrón redimido por Jesús, es acogido a una vida nueva para siempre con Él: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43). El buen ladrón alcanza la vida para siempre en las buenas manos de Dios; la vida nueva, esa es la meta de todo cristiano.



5. Breve síntesis final.

    Dios a lo largo del AT interviene especialmente en la historia de su pueblo propiciando la liberación. Los profetas son los mediadores privilegiados para manifestar la voluntad del Señor, pues no se cansó de acompañar a su pueblo mediante su voz enardecida y exigente. Ellos recordaron a Israel el camino que conduce al encuentro con Dios: la exigencia de la justicia y la vivencia de la ternura; la seguridad de saberse en manos de Dios y la certeza de que el Señor no falla nunca; la confianza de que Dios vierte constantemente en la vida humana la fuerza de su palabra y el vigor de su espíritu; y, la convicción de que el Señor concede a la comunidad fiel la victoria final.

    El Señor que en tiempos antiguos habló por los profetas, se dirige hoy a nuestra vida desde la Buena Noticia del Evangelio. El rostro de Dios que tantas veces se halla escondido entre las páginas del AT, se manifiesta en la mirada de Jesús. Él es el Mesías prometido que ejerce su ministerio actuando como el Hijo del Hombre, y  entregándose por nosotros como el Siervo de Yahvé.

    Jesús no limita su mensaje a un modelo ético brillante, sino que nos quiere para sí. Tras la resurrección y el don del Espíritu Santo, los discípulos perciben plenamente la intimidad de Jesús. Él es la presencia encarnada de Dios entre nosotros que modela nuestra vida amándonos con un amor apasionado.



6. Lectio Divina: Lectura de la Biblia en grupo.

a. Damos comienzo al encuentro con una oración comunitaria. Rezamos el Salmo 1 pidiendo al Señor que conduzca nuestra vida por el camino de su Reino.

b. Leamos el texto de la Bienaventuranzas despacio (Mt 5,1-11). Fijémonos en el escenario en el que Jesús predica, y apreciemos el significado de cada bienaventuranza ayudándonos con las notas de la Biblia.

c. ¿Que me dice el texto?
    Preguntémonos en silencio: ¿quiénes son los destinatarios de las bienaventuranzas?, ¿qué significa en mi vida la opción por los pobres?, ¿qué representa Jesús en mi vida? Comentemos en grupo nuestras respuestas.

d. ¿Qué le respondo a la vida?
    Volvamos a leer el texto y meditémoslo después en silencio. Preguntémonos: ¿cómo puedo vivir la misericordia?, ¿de qué modo puedo comprometerme en favor de la paz y la justicia?; ¿de qué manera puedo ser más transparente? es decir ¿cómo puedo ser limpio de corazón?, ¿dónde he de manifestar mi solidaridad?

e. Concluyamos con una oración dando gracias al Señor por que es Él quien forja nuestra vida con ternura y misericordia. Recemos despacio la plegaria con la que concluye la Sagrada Escritura (Ap 22,20), y pidamos a Jesús que llene nuestra vida de sentido.