lunes, 23 de septiembre de 2013

LA COMUNIDAD JUDÍA DE ALEJANDRÍA VI. LIBRO DE LA SABIDURÍA

                    
                                                                                                 Francesc Ramis Darder


Constituye la sexta entrega de la seria "La Comunidad Judía de Alejendría".


4.3.Elogio de la Sabiduría: Sab 6,22-9,18.

    Asentada la importancia de la Sabiduría, el autor del libro pone en labios de Salomón tanto su encomio (Sab 6,22-8,21) como la oración para impetrarla, pues constituye el don más valioso que Dios concede al ser humano (Sab 9,1-18).

    Salomón encomia la Sabiduría, el más preciado de los bienes y forja segura de la amistad con Dios. La Sabiduría, prosigue el monarca, le ha conferido la capacidad de hablar con cordura; sólo ella destila un “espíritu inteligente, único múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, benefactor, filántropo […] que […] penetra en todos los espíritus, los puros, los más sutiles” (Sab 7,22-24). El autor delinea la Sabiduría con su mejor caligrafía: “Es un soplo del poder de Dios […] un espejo inmaculado de la actividad de Dios […] una imagen de su bondad” (Sab 7,25-27b). Define su función con la mejor teología: “hace amigos de Dios y profetas” (Sab 7,27c); y establece su naturaleza con la mayor precisión: “es el artífice de cuanto existe” (Sab 8,6). La Sabiduría, continúa Salomón, voz oculta del autor, lega la inmortalidad y la autoridad para regir pueblos y naciones (Sab 8,13-14). La conclusión no puede ser más certera: “la inmortalidad reside en emparentar con la Sabiduría” (Sab 8,17). 

    Como expusimos en otro ámbito,[1] la misión que Dios confía al ser humano (cf. Gn 1,28), metáfora del pueblo hebreo fiel a la Ley, consiste en “someter y cuidar” el Cosmos para que sea la realidad “muy buena” (cf. Gn 1,31), deseada por Dios. ¿Acaso la Sabiduría no ejerce el mismo papel, cuando se revela como “artífice de cuanto existe”? El ansia de Salomón para “gobernar pueblos y naciones, ¿no oculta la intención de la comunidad hebrea, fiel a la Ley, que atrae las naciones a la cima del Monte Santo para adorar a Yahvé? La Sabiduría es prenda de inmortalidad (Sab 8,13). Desde esta perspectiva, la aseveración de Salomón: “la inmortalidad reside en emparentar con la Sabiduría” (Sab 8,17), ¿acaso no revela la invitación que la comunidad hebrea, fiel a la Ley, dirige a la asamblea judeoalejandrina para que se integre plenamente en la comunidad observante, la comunidad llamada a la inmortalidad? Así el fulgor de la Sabiduría ilumina el rostro de la comunidad hebrea, fiel a la Ley, para que desempeñe el encargo divino de guiar a los judíos apegados a la idolatría helenista hacia la puerta de la alianza.

    Salomón, eco de la comunidad hebrea observante en Alejandría, implora de la bondad de Dios, creador de todas las cosas y señor de la Historia (Sab 9,1-3; cf. Gn 1,28; Eclo 42,15), el don de la Sabiduría. Aunque débil e incapaz para conocer el calado de las leyes y el valor de la justicia, reconoce la prodigalidad con que Dios le ha bendecido, pues le ha elegido rey y le ha mandado edificar un templo y levantar un altar. Como proclama el rey, la Sabiduría está junto a Dios y estaba junto al Altísimo cuando creaba el Mundo. El soberano suplica la dádiva divina: “Envíala […] para que me acompañe en mis tareas […] así mis obras serán aceptadas, juzgaré a tu pueblo con justicia […] ¿Quién puede conocer tu voluntad, si tú no le das Sabiduría?” (Sab 9,10-17).

    Como hemos reseñado, bajo la voz de Salomón palpita la comunidad judeoalejendrina fiel a la Ley. La comunidad entiende que el encargo divino no puede llevarse a cabo sólo con las fuerzas humanas. Sólo el auxilio divino, representado por el don de la Sabiduría, concederá a la comunidad la entereza para llevar a término la obra de Dios. Así como la Sabiduría estaba junto a Dios “cuando el Señor hacía el Mundo” (Sab 9,9), también estará “junto a la comunidad leal” cuando emprenda la tarea de trasformar a los judíos, atenazados por la idolatría, en la asamblea que refleja la gloria de Dios y atrae a las naciones a Sión para postrarse ante el Dios de Israel. Del mismo modo que la Sabiduría es la mediación de Dios para crear el Mundo, la comunidad fiel es la mediación de la que Dios se vale para conformar al pueblo hebreo en el molde de la alianza y para llevar a las naciones hasta la cima del Monte Santo.




[1] . Ramis: 2012, 109-112.

sábado, 14 de septiembre de 2013

LIBRO DE LA SABIDURÍA. COMUNIDAD JUDÍA DE ALEJANDRÍA V


El artículo constituye la quinta entrega de la serie sobre la "Comunidad judía de Alejendría"



                                                                 Francesc Ramis Darder


4.2. La Sabiduría, senda de la inmortalidad: Sab 1,16-6,21.

    Con la intención de ensalzar la inmortalidad que aguarda a quienes practican la  justicia, el autor confronta la mala vida del impío con la existencia veraz del hombre justo (Sab 1,16-2,24). Los impíos entienden que la muerte es el destino del hombre, se lanzan al desenfreno y ponen trampas al justo. El poema, esbozando la artería de los impíos contra los fieles, describe la distinta naturaleza de justos e injustos. La vida de los impíos carece de sentido, todo es azar y rastro de nube, no respetan las canas y tergiversan la justicia, desconocen la voluntad de Dios e ignoran el premio de una vida intachable; en definitiva, los impíos son los amantes de la muerte  (Sab 1,16). A modo de contrapunto, los justos denuncian la injusticia, conocen a Dios, celebran el triunfo de la honestidad, tienen a Dios por padre, se saben hijos de Dios y confían en la protección indefectible del Señor. A modo de contraluz con el destino de los impíos, los justos están destinados a la inmortalidad (Sab 2,23).

    La crueldad de los impíos contra el justo adquiere tintes luctuosos: “Lo someteremos a humillaciones y torturas para conocer su temple […] lo condenaremos a una muerte humillante, pues, según dice, Dios lo socorrerá” (Sab 2,19-20). Sin duda, el texto evoca, en buena medida, la riqueza teológica del Cuarto Cántico del Siervo de Yahvé (Is 52,13-53,12); el justo, como el Siervo, sufre el oprobio (Sab 2,12; Is 53,7), pero, así como el Siervo verá la luz, el justo perseguido alcanzará la gloria de la inmortalidad (Sab 2,23, Is 53,10.12). La conclusión no puede ser más certera: los impíos sorben el acíbar de la muerte, mientras los justos ciñen la corona de la inmortalidad.

    A continuación, el autor contrasta aún más el destino contrapuesto de justos e injustos (Sab 3,1-4,20). Primer contraste: Aunque los insensatos piensen que el justo fenece, está destinado a la inmortalidad, en cambio la vida del impío sucumbe en el castigo (Sab 3,1-12). Segundo contraste: Aunque la esterilidad pudiera ser motivo de afrenta, más vale carecer de hijos y tener virtud, pues el recuerdo de la virtud es inmortal, mientras la prole del impío es inútil (Sab 3,13-4,6). Tercer contraste: A pesar de que el justo pueda morir de forma prematura, habrá completado una larga vida, mientras la vida del impío, aunque sea larga en años, acabará entre los muertos para siempre (Sab 4,7-20). La advertencia a la comunidad judeoalejandrina no puede ser más certera: sólo la vida justa abre la puerta de la inmortalidad; el autor sentencia de forma definitiva el destino de justos e injustos: mientras los justos vivirán para siempre entre los hijos de Dios, los impíos desaparecerán en el olvido (Sab 5,1-23).

     A modo de inclusión (Sab 1,1; 6,1), el autor vuelve a dirigirse a los gobernantes de la Tierra. Aunque evidentemente quepan otras interpretaciones, bajo la mención de los “gobernantes”, la pluma se dirige a la comunidad judeoalejandria que, habiendo recibido el poder del Señor y la soberanía del Altísimo (Sab 6,3), está llamada, como hemos expuesto (Sab 1,1-15; cf. Gn 1,27-31; Is 66,13-23), a regir, desde la óptica teológica, el destino del Cosmos. Después de amonestar a la comunidad judeoalejandria sobre la responsabilidad que le compete (Sab 6,4-11), el autor describe el itinerario que conduce a la Sabiduría y el fruto que reporta su vivencia: el comienzo de la Sabiduría radica en el afán de instrucción, el afán de instrucción consiste en amar la Sabiduría, el amor consiste en la observancia de las leyes, la atención a las leyes es garantía de inmortalidad; en definitiva, como sentencia el autor, el afán de Sabiduría conduce al Reino (Sab 6,12-21). De ese modo, el autor recalca que el único modo de adquirir Sabiduría consiste en el cumplimiento de los preceptos; sólo así el pueblo hebreo puede aspirar a desempeñar la tarea que el Señor le ha encomendado, la misión de convertirse en fedatario, ante las naciones, del exclusivo señorío de Dios sobre la Historia.


viernes, 6 de septiembre de 2013

¿QUIÉN ES JUDIT? EL LIBRO DE JUDIT: SINOPSIS

                                                                           Francesc Ramis Darder


    El rey Arfaxad, soberano de los medos, amuralló la ciudad de Ecbátana. Nabucodonosor exigió el auxilio de otros monarcas para doblegar a Arfaxad, pero los reyes de Occidente desdeñaron la llamada. Después de conquistar Ecbátana, Nabucodonosor eligió a Holofernes para que acabara con los occidentales rebeldes. Tras abatir numerosas naciones, Holofernes oteó el país de los judíos. El sumo sacerdote Joaquín, asustado del envite, ordenó a los habitantes de Betulia que frenaran el avance enemigo, pues de su empeño dependía la subsistencia de Jerusalén.

    Sorprendido por el arrojo, Holofernes requirió informes sobre el pueblo judío. Ajior, jefe amonita enrolado con los asirios, informó al general. Cuando concluyó el relato, Ajior advirtió a Holofernes del riesgo del ataque, pues si los judíos no habían cometido pecado, Dios lucharía a su lado y abatiría las huestes asirias. Dolido de la advertencia, Holofernes entregó a Ajior a los habitantes de Betulia para que pereciera con los judíos  durante la conquista de la ciudad. Recluido en la villa, Ajior desveló los planes de Holofernes a los jefes de Betulia.

    Los asirios ocuparon las fuentes para rendir la ciudad por sed. Cuando el agua se acababa, los judíos se inquietaron. Entonces Ozías, un jefe de la ciudad, conminó al pueblo a resistir cinco días; si al cabo del tiempo Dios no salvaba Betulia, Ozías la entregaría a Holofernes. Conocedora de la respuesta, Judit, una viuda judía, increpó a Jarmís y Jabrís, jefes de la ciudad: “Saldré con mi sierva y antes de cinco días vendrá el Señor en defensa de Israel a través de la empresa que voy a realizar” (Jdt 8,33). Tras implorar el auxilio divino, se vistió de gala y junto a su criada se dirigió al campamento asirio. Al verla, los soldados la condujeron a presencia de Holofernes. Ante el general, la viuda auguró el inminente pecado del pueblo, pues, como sentenciara Ajior, sería el pecado la causa que precipitaría la caída de Betulia. Acogida en el campamento, Judit no comía alimentos impuros, cada noche se retiraba al raso a orar y purificaba su cuerpo con agua de la fuente.

    Cuando al cuarto día Holofernes banqueteaba con sus oficiales, hizo llamar a Judit. Los dignatarios dejaron solos en la tienda a Judit y Holofernes. Cuando el asirio se durmió ahíto de vino, Judit, implorando el auxilio divino, tomó su cimitarra y le cortó la cabeza. Después huyó con su sierva hasta Betulia, llevando consigo la cabeza de Holofernes. Al entrar en la ciudad, los judíos la agasajaron, contentos de ver como el Señor había salvado la ciudad por mano de mujer. Judit mostró a Ajior la cabeza del asirio; atónito ante el prodigio, Ajior se adhirió a la fe judía; después, colocaron la cabeza en la muralla.

    Al amanecer, los israelitas atacaron el campamento enemigo. Cuando los asirios los vieron, corrieron a llamar a Holofernes; pero al encontrarlo muerto fueron presa del pánico. Los israelitas los batieron. El sumo sacerdote Joaquín, gozoso por la victoria y la salvación de Jerusalén, acudió a Betulia para contemplar la gesta y bendecir a Judit. La viuda se llenó de gozo y entonó un himno de alabanza; junto al pueblo acudió a Jerusalén para agradecer al Señor la victoria. Tras volver de Sión, Judit concedió la libertad a su sierva y distribuyó su hacienda entre los pobres; vivió hasta los ciento cinco años, admirada por todos.

   En este blog pueden leer también la entrada "Cua´ndo y por qué se escribió el libro de Judit?
http://bibliayoriente.blogspot.com.es/2014/06/cuando-y-por-que-se-escribio-el-libro.html
    Pueden consultar también el siguiente artículo:
El libro de Juditintroducción general
Francesc Ramis Darder

miércoles, 28 de agosto de 2013

LIBRO DE LA SABIDURÍA. COMUNIDAD JUDÍA DE ALEJANDRÍA IV



El artículo constituye la cuarta etapa de una serie sobre la Comunidad judía de Alejendría.



                                                                                 Francesc Ramis Darder



4. Planteamiento global del libro de la Sabiduría.

    El libro de la Sabiduría nace entre las más manos de un sabio, miembro insigne de la comunidad judeoalejandrina, que oculta su identidad bajo el semblante erudito de Salomón (Sab 9,7; cf. 1Re 3,7; 1Cr 28,5-6). Apelando a diferentes fuentes y aunando distintos géneros literarios, un autor judío de lengua y cultura griega hilvana el libro de la Sabiduría; una obra unitaria, redactada en Alejandría durante la época de Augusto (30 a.C. – 14 d.C.), dirigida principalmente a los judíos, pero también a los paganos.

    A nuestro entender, el libro de la Sabiduría ofrece un proyecto de conversión a la comunidad judía para que pueda conformar su vida según las cláusulas de la Ley, y para que a la vez sea capaz de suscitar entre los paganos la admiración por la grandeza del Dios de Israel. Invita a los judíos, seducidos por el hechizo helenista, a la vivencia de la justicia, signo eximio de fidelidad a la Ley, para que puedan ceñir la corona de la inmortalidad, y puedan así provocar la admiración de los paganos hacia el Dios de Israel. En definitiva, el libro de la Sabiduría conforma un proyecto de conversión que acrisole la alianza del pueblo para que el testimonio de la comunidad redimida suscite la postración de los gentiles ante la magnificencia de Yahvé, exclusivo señor del Cosmos (cf. Is 42, 6; 49,6;  66,18-23). En nuestra opinión, el proyecto que entreteje el libro puede estructurarse en tres secciones mayores, precedidas por el prólogo y cerradas por el epílogo.

Prólogo: Sab 1,1-15.
La Sabiduría, senda de inmortalidad: Sab 1,16-6,21.
Elogio de la Sabiduría: Sab 6,22-9,18.
El pálpito de la Sabiduría en la Historia humana: Sab 10,1-19,21.
Epílogo: Sab 19,22.


4.1.Prólogo: Sab 1,1-15.

    Como expusimos en otro lugar,[1] bajo la mención del “ser humano”, creado solemnemente por Dios en el alba de la historia (Gn 1,27.27.27), se esconde la identidad del pueblo hebreo, bendecido y llamado por Dios para convertirse en custodio de la  creación (Gn 1,28); sólo así, el Cosmos podrá mantenerse como la realidad “muy buena” (Gn 1,31) forjada por Dios a favor de la Humanidad. Como también hemos explicado,[2] el libro de Isaías, describe, desde una óptica complementaria, el papel de la comunidad judía respecto de las demás naciones: Dios llama al pueblo hebreo a la gracia de la conversión para que pueda atraer a todas las naciones hacia el Monte Santo para adorar a Yahvé, en compañía del pueblo redimido (cf. Is 66,16-23). Desde esta doble perspectiva, podemos subrayar la grandeza de la misión que Dios confiere al pueblo hebreo. El Señor le constituye en custodio del Cosmos y testimonio privilegiado ante las naciones de la actuación divina en la Historia. El pueblo judío recibe el encargo de conservar la bondad que destilan los entresijos del Mundo y la tarea de propiciar que las naciones peregrinen a Sión para postrarse ante la grandeza de Yahvé, en la cima del Monte Santo. Desde la óptica, podemos entender que la comunidad hebrea, fiel al Señor, constituye la mediación por la que Dios rige el destino del Mundo, hasta que la Historia alcance la meta de la realidad “muy buena” que anida en el corazón del Señor.

    Adentrémonos en el primer verso del libro: “Amad la justicia los que gobernáis la tierra” (Sab 1,1ª LXX; Sal 44,8; 1Cr 29,17). A tenor de la explicación anterior (cf. Gn 1,27.31; Is 66,13-23), bajo el rostro de quienes “gobiernan la tierra” palpita la identidad del pueblo judío; pues, desde el horizonte teológico que acabamos de exponer, quienes “gobiernan la tierra” no son, desde la perspectiva teológica, los monarcas paganos (Egipto, Asiria, etc.), sino la comunidad judía, testigo de la actuación de Dios en la Historia. Desde esta concepción, el libro de la Sabiduría constituye el proyecto de conversión que los hebreos fieles a la Ley ofrecen a la comunidad judeoalejandrina para que asiente su identidad en la certeza de que Dios la ha elegido para regir los destinos del Mundo. Propone a la comunidad judeoalejandrina que se constituya en testimonio fehaciente de Yahvé para que todas las naciones reconozcan al Dios de Israel como el exclusivo señor de la Historia; sólo así el Cosmos podrá convertirse en la realidad “muy buena” que Dios, señor del Cosmos, desea para la humanidad entera.

    El proyecto de conversión, expuesto en el libro de la Sabiduría, enfatiza la conducta de la comunidad hebrea que ha de regir, por designio divino, los destinos del Mundo; así proclama el poeta: “Amad la justicia” (Sab 1,1). La vivencia de la justicia es el yunque donde Dios forja la asamblea elegida para confiarle, desde la perspectiva teológica, el gobierno de la Tierra. Sin duda, la práctica de la justicia requiere la recta comprensión de la identidad de Dios y el deseo de buscarle con un corazón sincero; la invitación trae a la memoria la voz de Amós: “¡Buscadme a mí y viviréis! ¡No me busquéis en Betel ni vayáis a Guilgal!” (Am 5,4-5); o sea, la práctica de la justicia requiere la búsqueda de Dios, y la búsqueda de Dios implica el rechazo de la idolatría, manto cultual de la injusticia. Así, el libro fustiga con dureza la conducta idolátrica; el idólatra es insensato, vacuo, artero, impío, perverso y calumniador (Sab 1,3-5.8-12). El poema señala como la idolatría acarrea la muerte del ser humano (Sab 1,13-14), pero también subraya con énfasis la inmortalidad de la justicia (Sab 1,15); así dice: “No os busquéis la ruina con las obras de vuestras manos (ídolos), porque Dios no hizo la muerte […] la justicia es inmortal” (Sab 1,13-15).

    Como podemos observar, tanto las primeras palabras del Prólogo como las últimas mencionan la justicia: “Amad la justicia […] porque la justicia es inmortal” (Sab 1,1.15). En definitiva, el Prólogo propone a la comunidad judeoalejandrina el amor a la justicia porque la justicia es inmortal. Maticemos el significado de la expresión. Por una parte, la justicia es inmortal porque la maldad humana no puede quebrar el proyecto que Dios diseñó para el Cosmos: “Él (Dios) lo creó todo para que subsistiera […] no hay en ellas (las criaturas) veneno de muerte” (Sab 1,14). Por otra, la práctica de la justicia es la senda que introduce a la comunidad hebrea en el proyecto “muy bueno” (Sab 1,1.15; cf. Gn 1,31) que Dios inscribe en las entretelas del Cosmos. El proyecto de Dios a favor de la Humanidad es inmortal porque no hay fuerza humana capaz de anularlo, por eso quien se adentra en la vivencia de la justicia se introduce en la senda de la inmortalidad.

    Así pues, el Prólogo esboza el proyecto del libro. El libro de la Sabiduría es el proyecto de conversión que la comunidad hebrea, fiel a la Ley, propone a la asamblea judeoalejandrina para que, mediante la vivencia de la justicia, se injerte plenamente en el árbol de la alianza hasta convertirse en la asamblea que rige el destino del Mundo hacia de la inmortalidad. A continuación, vamos a adentrarnos en el contenido del libro para percibir el proceso de conversión que propone


miércoles, 21 de agosto de 2013

LA COMUNIDAD JUDÍA DE ALEJANDRÍA III

                                                                                                               Francesc Ramis Darder


 El artículo constituye la tercera parte de la serie sobre la Comunidad judía de Alejandría.


3.Relevancia cultural de la comunidad judía alejandrina.

    Las conquistas de Alejandro Magno impregnaron Oriente del espíritu griego; la mentalidad griega amalgamado con el alma oriental engendró la cultura helenística. El Helenismo abraza un entramado conceptual amplio: comprende la filosofía, la religión, la ética y el aspecto cultural que tiñó el mundo antiguo desde la muerte de Alejandro hasta la entronización de Augusto (323-30 a.C.). Ahora bien, el Helenismo adquirió un semblante distinto según la cultura sobre la que se asentara. La helenización del pueblo judío se caracterizó, sobre todo, por dos cuestiones. Por una parte, los judíos, en general, supieron adaptarse a la mentalidad helenística, fueron capaces de expresar las convicciones del alma hebrea en los moldes culturales del helenismo; pues adoptaron, entre otros ejemplos, la estilística propia de la literatura griega. Por otra, la comunidad judío no cayó, generalmente, en la tentación de la apostasía; cabe pensar que fueran pocos los judíos que abandonaron la fe de sus padres para lanzarse en brazos de la Hélade. Los judíos recogieron lo más precisado de la mentalidad helenística sin renegar de la fe de sus mayores.

    Los aires de libertad que soplaban en Alejandría propiciaron que la comunicad judía entablara un diálogo fecundo con la cultura helenista. La cultura judeoalejandrina adquirió, con relación a los griegos, el aspecto apologético y propagandístico, y con relación a los judíos, el semblante catequético e instructivo. La ciudad de Alejandría descollaba por su talante académico y cultural. Ptolomeo I fundó el Museo, la residencia de los sabios, y, aconsejado por Demetrio Falerón, erigió la Biblioteca. Ambas instituciones se convirtieron en el centro filosófico del Helenismo. La literatura judía floreció a la sombra de la erudición alejandrina; la traducción de los Setenta (LXX) y la Carta de Aristeas constituyen los mojones señeros.

    La traducción de los LXX nació de las necesidades religiosas, litúrgicas y catequéticas, de la comunidad judía de Alejandría; sin duda, rindió un servicio eficaz para la difusión del judaísmo y alentó el intercambio cultural y religioso con los paganos. La tarea de traducción fue lenta y contó con la participación de muchos doctores. La Carta de Aristeas, pseudonimia epistolar de contenido ficticio, se dirige tanto a los judíos como a los griegos; probablemente fue compuesta entre los años 127-118 a.C.

    Creemos entender que la intención del redactor, judío egipcio, abrazaba dos horizontes complementarios. Por una parte, el autor enfatiza, con intención catequética, la sacralidad de la Ley ante la mirada de los judíos helenistas que, tentados por el paganismo triunfante, sintieran la tentación de abandonar la fe de sus ancestros. Por otra, el autor encomia ante el espíritu humanista de los griegos la mejor joya de la espiritualidad judeoalejandriana: la Septuaginta. La carta alienta la convivencia entre los judíos y paganos de Alejandría. La literatura judeoalejandrina, entre la que descuella el libro de la Sabiduría, desvela la identidad de eximios escritores: Demetrio, Atrápalo, Jasón de Cirene (cf. 2Mac 2,23), el autor de 3 Macabeos, Aristóbulo, los Oráculos Sibilinos y Filón de Alejandría, entre otros.


martes, 13 de agosto de 2013

LA COMUNIDAD JUDÍA DE ALEJANDRÍA II



                                                                                 Francesc Ramis Darder


Corresponde al segundo artículo de la serie "La Comunidad judía de Alejendría"

1.Los judíos de Alejandría.

    La ciudad de Alejandría, fundada por Alejandro Magno, se levantaba sobre una franja costera entre el Mediterráneo y el lago Mareotis. La isla de Faro, situada frente a la ciudad, estaba unida a la costa mediante un dique (Eptastadio) que cobijaba dos puertos: el “Puerto Grande”, hacia el este, y el “Eunosto”, hacia el oeste. La muralla tenía un perímetro de 15Km y albergaba cinco barrios, conocidos por las primeras cinco letras del alfabeto. El barrio cuarto, “Delta”, albergaba a los judíos; con el tiempo, los judíos fueron estableciéndose en otros puntos de la ciudad, pero conservaron siempre los lazos con su barrio original. El número de judíos que había en Egipto era alto y su influencia relevante. Aunque estaban integrados en la vida ciudadana, no participaban del culto pagano, pues se mantenían, en general, fieles a su idiosincrasia religiosa.

    La ciudad de Alejandría albergaba una población abigarrada, conformaba por los nativos egipcios y una multitud ingente de inmigrantes. Los griegos detentaban el mayor rango en la escala social. El segundo estamento integraba un conjunto de comunidades con entidad propia, entre ellas estaba el contingente judío. La tercera grada recogía la gran masa de nativos egipcios. Los esclavos pertenecían a la última porción social; sólo los griegos detentaban la ciudadanía, los demás, aunque hubieran nacido en la urbe, no tenían el rango de ciudadanos.

    Los inmigrantes de Alejandría se asociaron en la unidad llamada politéuma: una corporación de extranjeros, reconocida y formalmente constituida, que disfrutaba del derecho de domicilio en la ciudad y formaba una corporación cívica separada, es decir, una ciudad dentro de la ciudad. Tenía su propia constitución y administraba sus asuntos como una unidad étnica mediante funcionarios independientes de la ciudad huésped. La posibilidad de constituirse en politéumata sólo se daba en las ciudades; en las zonas rurales no había diferencia jurídica entre griegos y no griegos. Como hemos insinuado, el politéuma de mayor rango lo conformaban los griegos, pues, sentados en la asamblea de la ciudad, decidían sobre los asuntos de la urbe y, de modo especial, alentaban el culto a los dioses protectores. El Gimnasio, ideado para formar deportistas, se convirtió con rapidez en la institución que forjaba la identidad social, cultural y religiosa del politéuma griego; regido por el gimnasiarca, se erigía bajo la advocación de una divinidad tutelar (Hermes, Hércules, Apolo, etc.).

    El politéuma judío de Alejandía gozaba, como los demás, de caracteres propios; pero dos cuestiones impedían a los judíos compartir la esencia del politéuma griego: el culto a los dioses de la ciudad y la educación en el gimnasio, marcada, como hemos dicho, por el culto a las falsas divinidades. La comunidad judía conformó un politéuma especial por lo que concierne al aspecto religioso, pues el aspecto político estaba en manos de las autoridades de la ciudad. Con el tiempo, los judíos requirieron aún otros privilegios para poder practicar su fe y sus costumbres: la exención del servicio militar, incompatible con el reposo sabático; la construcción de lugares de culto; el envío de dinero a Jerusalén; la erección de tribunales para dirimir según las cláusulas de la Ley judía los litigios comunitarios; la educación de los jóvenes, acorde con la Ley; entre otros. El politéuma judío, sometido al control de la gerusía, la asamblea de ancianos, fue regido después por el etnarca, el juez elegido por la comunidad y reconocido por el rey, que se ocupaba de las cuestiones administrativas.

    Cuando Augusto convirtió Egipto en provincia imperial romana, la estructura social de Alejandría sufrió un cambio profundo. Augusto instituyó en Egipto un impuesto personal que gravaba sobre los nativos y sobre los judíos. Cuando los judíos se vieron equiparados a los nativos, la categoría social más baja, a excepción de los esclavos, comenzaron a clamar por la recuperación de sus privilegios. La persecución desencadenada contra los judíos adquirió tintes luctuosos en tiempo de Calígula (37-41 a.C.), oprobio que acabará  con las ordenanzas de Claudio (41 a.Carta a los alejandrinos); las ordenanzas de Claudio acabaron con la persecución de los judíos, pero también cercenaron la pretensión judía de obtener la ciudadanía alejandrina.



miércoles, 7 de agosto de 2013

LA COMUNIDAD JUDÍA DE ALEJANDRÍA I

                                                                                        Francesc Ramis Darder


Constituye el primer artículo de una serie sobre la Comunidad Judía de Alejendría.


Desde antiguo existían colonias judías en Egipto, el mejor ejemplo lo constituye la comunidad de Elefantina, en el Alto Egipto, fundada durante el reinado de Psamético II (594-589 a.C.). Como destaca la Escritura, tras la conquista de Jerusalén por las huestes de Nabucodonosor II (587 a.C.), un grupo judaíta, capitaneado por Juan, hijo de Carea, huyó a Egipto; el profeta Jeremías lo acompañó (2Re 25,25-26; Jr 43,7; 52). Los fugitivos se establecieron varias ciudades: Migdol, Tafne, Menfis y en la tierra de Patrós (Jr 44,1); cabe pensar que encontraran cobijo entre las familias judaítas que, fruto de anteriores emigraciones, estuvieran establecidas en estas ciudades.

    No obstante, la emigración judía a la tierra del Nilo comenzó de forma significativa durante el reinado de Ptolomeo I (323-283 a.C.). Tras la conquista de Palestina, el monarca trasladó a Egipto un buen número de judíos; quienes eran útiles para la milicia fueron destinados a la custodia de las fortalezas, los demás fueron esclavizados. La entronización de Ptolomeo II Filadelfo (283-246 a.C.) significó la redención de los judíos, sometidos a servidumbre; con el tiempo, la solvencia de la comunidad judía fue consolidándose sobre todo en Alejandría.

    El reinado de Ptolomeo VI Filómetor (180-145 a.C.) determinó la ascendencia social de los judíos; pues la comunidad hebrea no dudó en manifestar su apoyo al monarca durante la guerra con el seléucida Antíoco IV (175-164 a.C.), y en mostrarle su lealtad en el conflicto que le enfrentó con su hermano, el futuro Ptolomeo VIII Fiscón (145-116 a.C.). Ptolomeo VI, agradecido por el auxilio judío, acogió al sumo sacerdote Onías IV, y le permitió edificar en Leontópolis, guarnición militar judía, un templo al Dios de Israel. Cuando murió Ptolomeo VI, su esposa y hermana, Cleopatra, se casó con Ptolomeo VIII; entonces acabó la guerra civil que diezmaba Egipto. El apoyo prestado por los judíos a Ptolomeo VI presagiaba la represión de Ptolomeo VIII; sin embargo, la amnistía general alcanzó a los judíos, pues habían sido files a Cleopatra, viuda de Ptolomeo VI y esposa de Ptolomeo VIII.   Muerto Ptolomeo VIII, los judíos apoyaron la causa de Cleopatra, mientas los griegos se inclinaron por su hijo, Ptolomeo Soter II Latiro (116-108.88-80 a.C.); conviene precisar que el ejército ptolomeo estuvo constituido, casi siempre, por tropas griegas y no por fuerzas nativas. La victoria de Ptolomeo Soter II supuso el oprobio de la comunidad judía, asentada en Egipto y de forma significativa en Alejandría.

    Cuando Pompeyo conquistó Jerusalén (63 a.C.), instaló a Hircano II en el sumo sacerdocio y confió el gobierno de Judea al legado romano en Siria; si bien, Antipatro, padre del futuro rey Herodes el Grande ejercía el control de Judea, en connivencia con la autoridad romana. Pompeyo, atento a las permanentes disputas entre los ptolomeos por el trono de Egipto, envió a Gabino (55 a.C.), procónsul en Siria, para sentar en el trono a Ptolomeo XII Auletes (80-51 a.C.).

     Entonces Antipatro, fiel a los intereses de Roma, incitó a los judíos de Alejandría para que apoyaran las pretensiones romanas; de ese modo, los romanos, con el auxilio judío, asumieron el control de Alejandría. Más tarde, cuando César batió a Pompeyo en Farsalia (48 a.C.), tanto Antipatro como los judíos de Alejandría tomaron partido a favor de César. Pompeyo huyó a Egipto donde fue asesinado por Ptolomeo XIII (51-48 a.C.), enfrentado en aquel momento con Cleopatra VII. Cuando César pisó Alejandría (48 a.C.), persiguiendo a Pompeyo, al que creía vivo, encontró la oposición de Ptolomeo XIII, topó con la animadversión de los secuaces de Pompeyo y la hostilidad de los paganos de Alejandría. Aún así, la inestimable ayuda de los judíos posibilitó que César se enseñoreara de la ciudad; Cleopatra asumió el trono y los judíos vieron recompensada su fidelidad.

    Tras el asesinato de César y la derrota de Marco Antonio, Augusto (30 a.C.-14 d.C.) convirtió Egipto en provincia imperial romana (30 a.C.). Conciliador con los pueblos conquistados, confirmó las prerrogativas de los judíos para que pudieron organizarse como una comunidad peculiar en Alejandría y gobernarse según las prescripciones de la Ley.

    Sin embargo, el curso de la historia dio un giro inesperado. Tiberio (14-37 d.C.) expulsó a los judíos de Roma y les privó de sus privilegios, sin embargo, a la muerte de Seyano, ministro de la corte, volvió a restituírselos. Cuando Calígula asumió la corona (37-41 d.C.), demandó que se le tributaran los honores que se deben sólo a los dioses. Los judíos fieles se negaron a acatar la orden, y el soberano desencadenó la persecución. La represión fue intensa en Alejandría durante la prefectura de Avilio Flaco y Vitrasio Polio. La comunidad alejandrina envió dos delegaciones a Roma para que el Emperador, enterado de la situación, pusiera fin a los desmanes: Filón encabezó la legación judía, Apión la de los paganos. El emperador Calígula desoyó la voz de las embajadas, pero su sucesor, Claudio (41-54 d.C.), calmó el tumulto y restituyó los privilegios de los judíos alejandrinos.

jueves, 1 de agosto de 2013

Artículo de Francesc Ramis "TRES PERSONAJES EMBLEMÁTICOS DEL LIBRO DE ISAÍAS..."


En el número 22 (año 2011) de la revista Fortunatae, editada por la Universidad de La Laguna, se ha publicado mi artículo “Tres personajes emblemáticos del libro de Isaías: el Vástago de Jesé, el Siervo de Yahvé y Ungido del Señor” (pág. 225-238)

Accesible en:

 

miércoles, 31 de julio de 2013

EL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO

                                                                                         Francesc Ramis Darder

    La Biblia es importante por el mensaje que comunica y por la forma en que lo presenta. Por eso es necesario conocer el género literario y la estructura de cada libro.

    El Evangelio según s.Mateo revela el contenido central de nuestra fe. ¡Jesús, el Señor, ha resucitado!; así dice el relato: “.Jesús el crucificado; no está aquí, ha resucitado” (Mt 28, 6). Además, la estructura del Evangelio, “la forma en que está escrito”, evidencia dos enseñanzas: 1ª El Antiguo Testamento halla la plenitud el Nuevo Testamento. 2ª El cristianismo no es una teoría, sino la vivencia del mensaje de Jesús. Veámoslo.

    La mentalidad hebrea consideraba los cinco libros del Pentateuco como la parte más importante de la Biblia; los libros son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Los judíos denominaban al Pentateuco “la Ley”. El evangelio según s. Mateo está dividido en cinco discursos de Jesús: Sermón de la Montaña (5-7), Discurso de Misión (10), Sermón de las Parábolas (13), Discurso Eclesial (18), y Sermón del Final de los Tiempos (24-25). Así como el Pentateuco, dividido en cinco libros, constituía “la antigua  Ley” del pueblo judío; el Evangelio, estructurado en cinco discursos de Jesús, conforma “la Nueva Ley” del cristiano.

    El espacio que queda entre cada dos discursos de Jesús, describe una actividad del Señor o de los apóstoles: los milagros (8-9), predicación de la Palabra y rechazo por parte de los oyentes (11-12), esfuerzo por compartir la vida y los bienes (14-17), acogida de los débiles y decisión para llegar a Jerusalén (19-23). Notemos la alternancia; Jesús proclama el Sermón de la Montaña (5-7), y después lo pone por obra curando enfermos (8-9). De ese modo, Jesús explica primero la “teoría” e inmediatamente la pone en “práctica”. O sea que el mensaje evangélico que se predica debe vivirse en la realidad cotidiana.

    Jesús lleva a plenitud las esperanzas del Antiguo Testamento. El Evangelio no se lee sólo para conocer a Jesús mejor, sino para seguirlo mejor; pues sólo la decisión de seguir a Jesús engendra en nuestra vida la verdadera amistad con el Señor.

viernes, 26 de julio de 2013

¿CUÁL ES EL LIBRO MÁS ANTIGUO DEL NUEVO TESTAMENTO?

                                                                                                         Francesc Ramis Darder


El escrito más antiguo del cristianismo primitivo que ha llegado hasta nosotros es la Primera Carta de S.Pablo a los Tesalonicenses. La ciudad de Tesalónica fue fundada por Casandro, general de Alejando Magno, en 315 aC. Situada en la vía Ignacia, que unía Roma con Bizancio, era la capital de la provincia de Macedonia. Pablo llegó a Tesalónica en el segundo viaje misional en el año 49, desde la ciudad de Filipos (1, Tes 2, 2). Tesalónica fue, después de Filipos, la segunda fundación paulina de una comunidad en suelo europeo. Cuando Pablo abandonó Tesalónica, dejó una comunidad considerable y activa (Tes 1, 2; 2, 13), a la que amaba y donde esperaba volver  (Tes 2, 17). Al no poder cumplir este deseo, envió primero a Timoteo y después la carta (Tes 3, 1-10).

    La intención de la carta estiba en la renovación del contacto de Pablo con la comunidad. Las noticias afectan a la actitud ejemplar de la comunidad (Tes 1, 2-10; 2, 13-16; 3, 6-10), y aclaran el destino de los cristianos difuntos.

    La comunidad se hallaba inquieta por la muerte de algunos cristianos; pues esperaban la pronta llegada de Cristo y no contaban con que la muerte podría acontecer antes de que Cristo volviera. Creían que por el fallecimiento los difuntos quedaban excluidos de la salvación. Pablo desarrolla ante la comunidad la idea de la resurrección de los cristianos, tema que no había tratado en su predicación misionera: los creyentes difuntos no están excluidos de la salvación; serán resucitados en el día final, para después, juntamente con los fieles aún vivos,  encontrarse con el Señor (Tes 4, 14.17; 5, 10).

    Durante la redacción de la carta se encuentran con Pablo, Silvano y Timoteo (Tes 1, 1). El apóstol arroja una mirada retrospectiva a los considerables éxitos misionales en Acaya (Tes 1, 7). Dado que la predicación de Pablo no tuvo éxito en Atenas; la redacción de la carta debería fijarse en la época de actuación de Pablo en Corinto hacia el año 50/51.

jueves, 18 de julio de 2013

¿CUÁNTOS LIBROS TIENE EL ANTIGUO TESTAMENTO?

   
                                                                                            Francesc Ramis Darder


El Antiguo Testamento está escrito en tres lenguas. El arameo consta en algunos fragmentos (Gn 31, 47; Jr 10, 11; Esd 4, 8 - 6, 18; 7, 12-26; Dn 2, 4a - 7, 28). En griego figuran ocho libros (Judit, Tobías, 1-2 Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y Carta de Jeremías), y fragmentos de Daniel y Ester. Los demás libros del AT están escritos en hebreo.

    Los judíos, en el sínodo celebrado en la ciudad de Jammia, admitieron como Sagrada Escritura sólo los libros escritos en hebreo y arameo. Los cristianos aceptaron los libros escritos en hebreo y arameo, pero también admitieron los redactados en griego como parte de la Biblia. S.Jerónimo, en el siglo IV, habitó en Palestina y notó que el número de libros acatados por cristianos y judíos era distinto. S.Agustín argumentó el reconocimiento de los libros escritos en griego como revelados mediante tres argumentos: Son libros que abren el pensamiento semita a la universalidad cultural griega, insisten en la necesidad de vivir la fe en el compromiso cotidiano, y fueron considerados desde el inicio por los cristianos como Palabra de Dios. 

    En el siglo XVI estalló la reforma protestante. Uno de los problemas más arduos fue establecer cuantos libros contiene el AT. Los protestantes admitieron sólo los libros escritos en hebreo y arameo. Los católicos, juntamente con los cristianos de la Iglesia Oriental, consideraron revelados los libros escritos en hebreo y arameo, y también en griego. Por eso la Biblia que manejan los católicos contiene ocho libros y dos fragmentos más que la Biblia de un hermano protestante.
                                                                                                      

miércoles, 10 de julio de 2013

LA RIQUEZA LITERARIA Y ESPIRITUAL DE LOS SALMOS

Francesc Ramis Darder



    Analicemos un ejemplo: Sal 121,1.

    El Salmo 121,1-2 dice: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde vendrá mi auxilio? Mi auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”. Ahondemos en la espiritualidad del salmista analizando dos de los diversos sentidos de la palabra “montes”.

1ª El AT habla a menudo de los “lugares altos” (2Re 17,9). Los cananeos habitaban Palestina antes de que los israelitas la conquistaran. Edificaban santuarios a sus dioses sobre las colinas, a esos santuarios se les llamaba “lugares altos”. Israel, asentado ya en la Tierra Prometida, demasiadas veces olvidó a Yahvé y adoró a los dioses cananeos en los lugares altos. Incluso el rey Manasés reconstruyó los altozanos para fomentar entre los israelitas el culto a los falsos dioses (2Re 21,3).

    Situémonos ahora en la intimidad del salmista que inquiere la ayuda divina. Como el resto del pueblo levanta sus ojos a los montes; es decir, dirige su mirada hacia los “lugares altos” buscando el consuelo de los ídolos, pero rápidamente percibe que no recibirá ayuda de los “lugares altos”, símbolo de los falsos dioses. Entonces, con renovado tesón, despliega el horizonte de su mirada desde la tierra hasta el cielo, y al discernir que son obra de Dios descubre que sólo el Señor que los creó puede ayudarle; por eso, confiadamente, devuelve su mirada al regazo del Dios verdadero, el que hizo el cielo y la tierra.

2ª La palabra hebrea que traducimos con el término “montes” constituye quizá un plural especial que podría entenderse como “Monte”. Pongamos un ejemplo. Antiguamente, cuando el Papa hablaba, lo hacía en plural, decía: “Nos decimos …”, apócope de “Nosotros decimos ….” que realmente significaba “Yo digo …”. En el ámbito del lenguaje clásico, la palabra “Nos” es un plural especial, el Papa podría escribir “Yo digo …”, pero escribía “Nos” para dar relevancia a a figura del Obispo de Roma. Algo semejante puede suceder con la palabra hebrea “montes”. La voz “montes” no sólo indica que pueda haber varios montes, sino que aparece en plural para otorgar importancia a un Monte especial: el Monte Sión, que representaba el Templo y por extensión denotaba la ciudad de Jerusalén (Am 6,1).

    Penetremos nuevamente en la oración del salmista. El orante se siente temeroso, pero no se deja vencer por el miedo, sino que vuelve sus ojos al Monte, al Monte Sión, donde se levanta el Templo, lugar privilegiado de la presencia de Dios,  donde se yergue la Ciudad Santa, morada especial del pueblo elegido. Sin duda, la riqueza del Salterio es inagotable.
   

miércoles, 3 de julio de 2013

PABLO DE TARSO: LA PERSECUCIÓN A CAUSA DEL EVANGELIO

                                                                                                                 Francesc Ramis Darder


I

Como fiel servidor de la Buena Nueva, Pablo padeció muy a menudo la persecución y el rechazo. El libro de los Hechos de los Apóstoles refiere varias situaciones en las que Pablo sorbió el acíbar del oprobio. Veamos algunas.

    Después de su conversión, Pablo comenzó a predicar el Evangelio en Damasco. Sobresaltados por la audacia del apóstol, los judíos acordaron en el consejo acabar con él. Saulo se enteró de la conjuración y, aunque vigilaban día y noche las puertas de la ciudad para darle muerte, sus discípulos lo descolgaron de noche por el muro, metido en una espuerta (Hch 9,23-25). Cuando llegó a Jerusalén, hablaba y disputaba con los judíos de procedencia helenística, pero éstos decidieron darle muerte. Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y de allí lo enviaron hacia Tarso (Hch 9,26-30).

    Los judíos de Antioquía de Pisidia sublevaron a las mujeres distinguidas y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio (Hch 13,49-52). Los judíos y los paganos de Iconio tramaron un plan para matar a Pablo y Bernabé, pero ellos se dieron cuenta y escaparon a Listra y Derbe (Hch 14,1-6). Los judíos de Listra apedrearon a Pablo y, pensando que estaba muerto, lo arrastraron fuera de la ciudad (Hch 14,19-20). Pablo, en compañía de Silas, curó a una sierva que tenía espíritu de adivinación y proporcionaba pingues beneficios a sus amos; sus dueños, al ver mermadas sus ganancias, acusaron al apóstol y a su ayudante de alborotadores y los llevaron ante los tribunales. El juez los condenó a la flagelación y los hizo encarcelar (Hch 16,16-24).

    El ministerio de Pablo constituye un fehaciente testimonio de la vivencia de las Bienaventuranzas: “Dichosos seréis cuando os injurien y os persigan, y digan contra vosotros toda clase de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,11-12).

Ejercicio. Lectura: Mt 5,1-12; 1Cor 2,1-5; 2Cor 11,16-33.

                          II                                        
 
    Pablo y Silas predicaron la Buena Noticia en la sinagoga de Tesalónica. Algunos judíos y muchos paganos se convirtieron. Sin embargo, varios judíos, movidos por la envidia, reclutaron alborotadores que promovieron tumultos y perturbaron la ciudad. Inmediatamente, los hermanos enviaron a Pablo y Silas de noche a Berea. Cuando los judíos de Tesalónica supieron que predicaban en Berea, fueron allá para soliviantar a la gente; los hermanos, preocupados por la vida de Pablo, lo llevaron a Atenas (Hch 17,1-14).

    Más adelante, Pablo llegó a Corinto y comenzó a proclamar el evangelio, los judíos se oponían y no dejaban de insultarle (Hch 18,1-6). Los orfebres de Éfeso se enfurecieron contra los cristianos; casi acabaron con la vida de Gayo y Aristarco. Lentamente se apaciguó el tumulto, Pablo llamó a los discípulos para darles ánimos, se despidió de ellos y partió para Macedonia (Hch 19,21-39).

    Cuando el apóstol llegó a Jerusalén, los judíos de la provincia de Asia, al verlo en el templo, sublevaron a la gente y le echaron mano. Con la mayor alevosía, le acusaron falsamente: “Éste hombre (Pablo) ha introducido paganos en el templo, y profanado el este lugar santo” (Hch 21,28). La ley judía prohibía la entrada de los paganos en el reciento sacro del templo. Quienes no eran judíos sólo podían adentrarse hasta el primer patio, llamado “Patio de los Gentiles”, pero, en modo alguno, les estaba permitido penetrar en las estancias reservadas a los judíos. El quebranto de la norma estaba castigado con la pena de muerte.

    La falsa denuncia supuso para Pablo un auténtico calvario. Tuvo que comparecer ante el tribunal del Sanedín (Hch 22,30-23,11), ante la justicia de los gobernadores romanos, Félix (Hch 21,1-23) y Porcio Festo (Hch 25,1-12), y en audiencia ante Agripa y Berenice (Hch 25,23-26,32), hasta que apeló, como ciudadano romano, al tribunal del César, en Roma (Hch 25,10-12).

     Ejercicio. Podrías leer los textos citados en este artículo.

                                                             


miércoles, 26 de junio de 2013

COLABORACIÓN DE FRANCESC RAMIS EN EL LIBRO "L'ESPERIT SANT EN LA BÍBLIA"

Francesc Ramis es el autor del estudio "El Espíritu de Yahvé: corona del Vástago, del Siervo y del Ungido del Señor, en el Libro de Isaías".

Este volumen trata de la noción del Espíritu Santo, que se sitúa de manera divesa según los contextos textuales en que se encuentra. En el Antiguo Testamento la presencia del Espíritu, personal o colectiva, cósmica o antropológica, profética o sapiencial, es plural y pluriforme. Las coordenadas interpretativas son muy oscilantes y se constata una gran diversidad en la acción del Espíritu, aquél que es capaz de crear y de renovar lo creado. Un denominador común es que el Espíritu queda vinculado fundamentalmente con la vida en los diversos niveles de lo creado, en el ámbito de lo humano y del mundo. 

L' ESPERIT SANT EN LA BÍBLIA
Edició a cura d'Armand Puig i Tarrech
Publicacions Abadía Montserrat, S.A.
Colección: Scripta biblica, 13
1ª edición  ()
440 páginas; 23x15 cm
Colección: Scripta biblica, 13

viernes, 21 de junio de 2013

¿CÓMO LEER LA BIBLIA? LA LECTURA CONSTANTE DE LA BIBLIA


                                                                  Francesc Ramis Darder


    S. Agustín afirmaba “El desconocimiento de las Escrituras es el desconocimiento de Cristo” (PL 38, 966). El Concilio Vaticano II insistió mediante la Constitución Dogmática Dei Verbum en la lectura constante de la Biblia. Dice el Concilio: “En la lectura de la Sagrada Escritura la oración debe acompañar a la lectura, para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos la Sagrada Escritura” (LG 25). Daremos unas sencillas pautas para leer la Palabra.

1º. Disponer de una buena traducción de la Biblia y comprometerse a leer al menos un capítulo cada día. Lo mejor es empezar por el Nuevo Testamento. Tal vez lo más conveniente sea comenzar por S.Lucas y luego los Hechos, para luego leer los otros tres evangelios, las Cartas y el Apocalipsis. Otro método consiste en leer cada día el evangelio que será proclamado en la Misa diaria; podemos saber cual es consultando el calendario litúrgico, o adquiriendo algún libro que comente el evangelio diario.

2º. Llegar con antelación a la celebración de la Eucaristía; antes que la liturgia  comience leer en la Biblia las lecturas que van a proclamarse. Los lectores deben ensayar las lecturas antes de proclamarlas ante la asamblea. Debemos prestar especial atención a la proclamación de la Palabra de Dios y especialmente a la del Evangelio.

3º. Intentar constituir en nuestras parroquias algún grupo bíblico donde de manera sencilla podamos conocer y compartir la Palabra de Dios.

4º. Para el conocimiento de la Biblia pueden ayudarnos los “Cuadernos Bíblicos” publicados por la editorial Verbo Divino; son folletos breves y sencillos que tratan los libros y los temas de la Biblia con profundidad. Es muy interesante la revista “Reseña Bíblica”, editada por Verbo Divino, tanto para el estudio como para la catequesis bíblica. Hallaremos ambas publicaciones en librerías religiosas.    

miércoles, 12 de junio de 2013

EL SEÑOR, DIOS DE LA VIDA. ¿QUÉ ES EL SHEOL?

                                           
                                                                       Francesc Ramis Darder

           
    Israel sabía que Dios libera, acompaña, crea y perdona. Entonces brotó en el pueblo una pregunta: ¿por qué hace Dios con nosotros un proceso tan delicado? La respuesta no podía ser otra: Dios nos modela con delicadeza porque desea que vivamos para siempre con Él.

    Sin embargo, para los israelitas antiguos no había posibilidad de que el hombre viviera personalmente con Dios para siempre. El Señor era bueno, pero la distancia que mediaba entre la pequeñez humana y la grandeza divina era enorme e impedía que ambos pudieran encontrarse cara a cara (Ex 33,18-23).

    La fe de Israel topó con un dilema. Por una parte los israelitas no se atrevían a imaginar que tras la muerte el hombre viviera con Dios. Por otra experimentaban que Yahvé modela la existencia humana con amor apasionado; y, por tanto, el hombre no es un ser cualquiera en la creación sino alguien privilegiado (Sal 8,6).

    La grandeza humana mostraba que era absurdo que después de la muerte el hombre desapareciera para siempre; pero, a la vez, la pequeñez del hombre ante la grandeza divina hacía inimaginable que tras su ocaso alcanzara la morada de Dios. Para resolver el dilema los israelitas inventaron el “Sheol”. ¿Qué es el Sheol?

    Los israelitas imaginaron que bajo la superficie terrestre existía un receptáculo denominado “Sheol”. Cuando alguien moría su cuerpo se descomponía, pero “lo mejor” de la persona quedaba depositado en el “Sheol”. La muerte no aniquilaba al hombre, ya que “lo mejor” de él permanecía en el Sheol; pero el ser humano tampoco iba a la morada de Dios, pues “lo mejor” restaba en el Sheol.

    Los sabios se rebelaron contra esa solución. No es posible que Dios modele la vida humana para que al final todo acabe en el absurdo del Sheol. Dios no modela al ser humano a su imagen y semejanza para esconderlo en el Sheol; como tampoco tornea el artesano una vasija para dejarla después en el olvido. Los sabios afirmaron: “La vida de los justos está en manos de Dios. La gente insensata pensaba que moría ... pero ellos están en paz ... ellos esperaban de lleno la inmortalidad” (Sab 3,1-5).

    El justo permanece en las manos de Dios. El Señor no concibe su tarea como un entretenimiento. Dios nos ama para hacernos hijos suyos: Hijos de Dios para siempre. Creer en el Dios de la vida implica comprometerse en la lucha por la justicia; hacer del amor la herramienta con que plantar la semilla del Reino. Así señala san Agustín: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón no descansará hasta que repose en ti”.

lunes, 3 de junio de 2013

EL SEÑOR, DIOS DEL PERDÓN

                                                                           Francesc Ramis Darder



    El profeta Jeremías describe metafóricamente la relación entre Israel y el Señor; así Israel es el pueblo modelado por Dios en el torno de la historia (Jr 18). Israel percibía la bondad del Señor que modelaba su existencia, pero percibía que el pecado desgarraba la vida del pueblo.

    El alfarero modela una vasija en el taller. Cuando el fango se desgaja, el artesano no lo rechaza sino que lo transforma en un cuenco nuevo. El artesano quiere “ordenar” la arcilla para elaborar buena cerámica; pero la carencia de agua “desordena” el barro que se rompe entre los dedos del artesano. También el Señor deseaba hacer de su pueblo una bella figura; pero la sequedad de Israel, su apego a la idolatría, hacía que se desgarrara entre las manos divinas. Sin embargo Yahvé no rechaza a su pueblo; sino que lo reordena, lo vuelve a hacer, es decir, lo perdona.

    El perdón entendido como la gracia que Dios regala al ser humano para que pueda reordenar su vida, es una aportación original de la Biblia. Dice Ezequiel: “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 18,23).

    Volver a ordenar, volver a crear, es sinónimo de perdonar. El Génesis al relatar el origen del Cosmos, afirma que Dios “crea” (Gen 1,1-2,3). Isaías al mostrar cómo Dios redime a su pueblo, utiliza el mismo verbo “crear” que aparece en el Génesis: “Yo soy Yahvé vuestro Santo, el creador de Israel, vuestro rey” (Is 43,15).

    ¿Qué significa ‘Yahvé ha creado a Israel’? Isaías no afirma que Dios ha constituido al mismo pueblo en aquel instante, puesto que en la época del profeta ya existía hacía mucho tiempo. Significa que lo ha perdonado, el perdón de Dios es tan grande que reordena la existencia de quien lo recibe.

    Israel era un pueblo ciego y sordo, expoliado y saqueado por haberse alejado de Yahvé y haber seguido la senda de la idolatría (Is 43,18-25). Pero el Señor establece caminos en el desierto y ríos en la estepa (Is 43,16-21), y hace que el fango seco y desgarrado de su pueblo sea de nuevo el barro que se deja modelar por Dios.

    El dolor del pecado no proviene del castigo divino, es consecuencia de la sequedad que agosta la vida de quien se aleja del amor. Dios es fiel y a pesar de que huyamos de Él nos sigue amando. Saberse perdonado significa haber experimentado que el pecado, por duro que sea el rastro que ha dejado en nuestra vida, no tiene la última palabra. La última palabra nace de las manos de Dios que con misericordia rehace nuestra vida. Así pues, convertirse significa dejar que el agua de Dios empape la sequedad de nuestro barro para que las manos del Señor nos sigan modelando con la bondad de su ternura y la entraña de su misericordia.