domingo, 17 de junio de 2012

¿QUÉ SIGNIFICA EL SACRIFICIO DE ISAAC? EL SACRIFICIO DE ISAAC

                                                                                                       Francesc Ramis Darder

El relato del sacrificio de Isaac ha sido sometido, como pocos, a la disección literaria y a la interpretación exegética (Gn 22,1-14.19). La mayoría de apreciaciones abarcan sin agotarlo algún aspecto del sentido último del pasaje. Pongamos tres ejemplos, entre otros muchos, de las explicaciones más conocidas. Muchos autores sitúan el quicio de la narración en la obediencia absoluta de Abrahán a la exigencia del Señor, pues el patriarca no desdeña el sacrificio de su único hijo para obedecer la orden de Dios. De ese modo y al decir de muchos comentaristas, cuando los israelitas escuchaban el relato comprendían que su vida dependía de la misericordia de Dios, y de ahí intuían la necesidad de guardar los mandamientos para complacer al Señor, como lo hiciera Abrahán. Aunque la exigencia de Dios fuera incomprensible para el intelecto humano, el hombre debía obedecer el mandato divino, pues Dios, señor de la Historia, tenía planes que permanecían ocultos a la perspicacia del ser humano.
     Otros exegetas descubren en la crónica la expresión literaria del repudio de los sacrificios humanos en el culto israelita; la posición difícilmente se sostiene, pues el ofrecimiento de víctimas humanas nunca formó parte de ningún ritual israelita. Algunos comentaristas detectan en el fondo de la narración el eco del antiguo relato etiológico de la fundación de un santuario donde se ofrecerían sacrificios animales; la costumbre del santuario israelita diferiría del ritual de los templos cananeos en los que se inmolaban víctimas humanas, desde esa perspectiva la función del relato estribaría en deslindar la naturalaza del culto hebreo de la praxis cananea, enmarcada en el ámbito idolátrico.
    Aunque la historia de la redacción de Gn 22,1-14.19 es larga y compleja, es posible extraer el hilo conductor del relato. Dios exige a Abrahán que tome a su hijo Isaac. Le ordena que lo lleve a la región de Moria y que allí lo ofrezca en holocausto sobre el monte que el mismo Señor le indicará. Abrahán, tras preparar la leña del holocausto, partió con Isaac hacia el lugar señalado. Abrahán dispuso el sacrificio de su hijo, pero, cuando estaba a punto de matarlo, el ángel del Señor impidió el degüello. Después, Abrahán tomó un carnero y lo ofreció en lugar de su hijo. El patriarca, finalmente, puso el lugar del sacrificio bajo advocación divina: “el monte del Señor provee” (Gn 22,14).
    El relato contiene todos los elementos propios del ritual de los holocaustos: leña, fuego, cuchillo, altar, víctima (Isaac, carnero), oferente (Abrahán) y referencia a Dios (subiremos para adorar al Señor); conviene recalcar que la disposición del sacrificio es la misma para Isaac que para el carnero. La técnica sacrifical es idónea para el holocausto. Abrahán toma los enseres y sube con la víctima (Isaac) al lugar del sacrificio. Abrahán erige el altar, prepara la leña y después ata a su hijo poniéndolo sobre el ara, encima de la leña. En ese punto irrumpe en el relato la intervención imprevista de Dios. El Señor, por medio de su ángel, veta el sacrificio y reconoce la obediencia del patriarca a la orden divina. Abrahán sin alterar los preparativos del sacrificio toma un carnero y lo ofrece en el altar; y, como sucedía en la fundación de un templo, pone el lugar sagrado bajo la advocación divina.
   La hondura teológica del relato demanda la precisión de algunos términos. El Monte Moria fue localizado por el Cronista en el Monte del Templo (2Cr 3,1), recogiendo, en torno al siglo IVa.C., una tradición anterior; de ese modo, lo que el Génesis denomina región de Moria (Gn 22,2) se convierte para el autor cronista en el Monte Moria y se identifica con el Monte del Templo de Jerusalén. La indicación espacial: “hacia el lugar (mqwm) que Dios le había indicado” (Gn 22,3), referida al “lugar” donde ha de ser sacrificado Isaac, alude al emplazamiento del templo, el “lugar” que el Señor ha elegido para los sacrificios que su pueblo debe ofrecerle (Dt 12,13.14.18; 16,2; Neh 1,9).
    Volvamos ahora por un instante la mirada hacia el relato concerniente a la vocación de Abrahán (Gn 12,1-3). La narración subraya la promesa que el Señor hizo solemnemente a Abrán: “Haré de ti un gran pueblo […] por ti serán benditas las naciones de la tierra” (Gn 12,1-3). El libro del Génesis subraya que Isaac es el único depositario del juramento divino, pues dijo el Señor al patriarca: “la descendencia que llevará tu nombre será la de Isaac” (Gn 15,4; 21,12). Podemos decir, en ese sentido, que la figura de Isaac representa la identidad del pueblo, pues del tronco de Isaac nace Jacob de quien surgen las tribus de Israel, símbolo de la globalidad del pueblo; por esa razón, la imperiosa muerte de Isaac sobre el altar del sacrificio simboliza la inminente desaparición de la comunidad hebrea.
    El carnero es un animal utilizado en el culto sacrificial (cf. Lv 8,22; Nm 7,15; Ez 46,4), pero también constituye, entre otros indicios, una metáfora del rey y los príncipes. Así lo expone la profecía de Ezequiel en varios pasajes: el relato concerniente a la derrota de Gog, identifica a los guerreros valientes y a los príncipes con los carneros (Ez 39,18); en el seno de alegoría del cedro (Ez 31), la mención del carnero alude a Nabucodonosor a quien llama: “carnero de las naciones” (Ez 31,11); en el ámbito de la alegoría sobre el faraón, la alusión al carnero remite a los héroes valientes (Ez 32,21); en el cañamazo de la alegoría del águila, la presencia del carnero remite a los grandes del país, refiriéndose al rey y a los príncipes, la corte de Jeconías que marchó al exilio (Ez 17,12-18). La visión de Daniel concerniente al carnero y al macho cabrío (Dn 8) asocia el carnero con los reyes de Macedonia y Persia (Dn 8,6-7; 8,20). El Canto triunfal de Moisés equipara a los príncipes de Edom y los fuertes de Moab con carneros desfallecidos (Ex 15,15). Finalmente, aunque exista un problema de crítica textual, el contenido de 2Re 24,15 menciona a los carneros para mentar a los nobles del país que acompañaron a la familia real al exilio babilónico.
    El análisis terminológico ha sugerido la simbología del relato. Zorobael y su corte acompañado de Josué y la estirpe sacerdotal cruzan los umbrales de Sión. Entonces el rey, Zorobael, desaparece de la escena política para dar paso a la prestancia sacerdotal de Josué. Cómo decíamos antes, el ocaso de la corona y el alba del altar se debió a razones políticas, pero provocó una densa pregunta teológica: ¿Por qué el Señor ha quebrado la promesa que hizo a David y la ha traspasado, en cierto modo, al sacerdote? La tiniebla del quebranto suscita las cuestiones más profundas, como si las preguntas no fueran otra cosa que la mejor forma de oración que nos ha sido concedida. Quienes vivían en Judá no podían responder a la pregunta, sólo podían escarbar en el sentido religioso de los hechos; y precisamente de ahí, del anhelo de encontrar el sentido del suceso, compusieron, recogiendo tradiciones antiguas, el relato del sacrificio de Isaac.
    Abrahán, en el relato sacrificial, desempeña el papel del sacerdote, evoca, en ese sentido, la identidad de Josué. Isaac constituye la metáfora del pueblo. El carnero es la viva imagen del rey, Zorobabel. El monte, el lugar donde Abrahán sacrifica, alude al monte del Templo de Jerusalén, la región de Moria. El altar es el símbolo del ara del Santuario de Sión. Debemos recalcar que el protagonista decisivo es el Señor, él es quien exige a Abrahán la ofrenda y quien detiene, por medio del ángel, la mano del patriarca. El quicio simbólico del relato estriba en que Abrahán, metáfora del sacerdote Josué, por indicación de Dios, salva la integridad del pueblo, representado por Isaac, propiciando la desaparición del rey, Zorobabel, oculto tras la simbología del carnero. De ese modo, Abrahán, metáfora del sacerdocio de Josué, sacrifica el carnero, símbolo de la autoridad dinástica de Zorobabel, para que pueda sobrevivir el pueblo, representado tras el rostro de Isaac; todo eso sucede durante los primeros avatares que trenzaron la simbiosis entre quienes volvieron del exilio y quienes habían permanecido en Judá.
    A tenor del planteamiento de la reflexión teológica, quienes alcanzaron volvieron del exilio percibieron, desde la óptica teológica, que tras la muerte de Zorobabel y la ascensión de Josué latía la intervención de Dios en la historia para salvar a su pueblo de la extinción que quizá le aguardaba en el territorio de Yehud. Con toda certeza, la llegada de los exiliados encendió el conflicto entre las ruinas de Jerusalén. La enconada contienda enfrentó, sin duda, a quienes habían permanecido en Judá con quienes habían vuelto del exilio. La acritud de las disputas alentaba la intervención de los persas para acallar la revuelta. La subsistencia del pueblo estaba en peligro. Entonces quienes habían vuelto del exilio percibieron que la desaparición de la monarquía a favor del sacerdocio era la única forma de salvaguardar la subsistencia del pueblo en la tierra judaíta, pues sólo de ese modo las autoridades persas dejarían de temer cualquier explosión nacionalista que pudiera ensombrecer su poderío.
     El relato del sacrificio de Isaac narra, desde la perspectiva metafórica, la experiencia creyente que acabamos de explicar. Quienes habían vuelto del exilio entendieron, desde la perspectiva teológica, que tras los avatares políticos de la desaparición de Zorobabel y de la ascensión de Josué palpitaba la intervención de Dios en la historia: el Señor había propiciado la desaparición de la corona a favor de la pujanza del ephot cómo forma de perpetuar la identidad del pueblo hebreo en la tierra recién recobrada tras las penurias del exilio.

miércoles, 13 de junio de 2012

LA INTERPRETACIÓN DE LA BIBLIA EN LA IGLESIA

                                                                                    Francesc Ramis Darder

Vamos a referirnos hoy al documento sobre “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993) de la Pontificia Comisión Bíblica.

 Tal como recalca la constitución dogmática Dei Verbum, el estudio de la Sagrada Escritura es el alma de todo el quehacer de la teología (DV 24). Recogiendo el anhelo de la Iglesia, la Pontificia Comisión Bíblica publicó un documento muy significativo con respecto a la naturaleza y hondura de los estudios bíblicos: “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” (1993).

 El mencionado documento empieza aludiendo a los grandes hitos con que el Magisterio ha contemplado los estudios bíblicos a lo largo de los últimos tiempos: Providentissimus Deus (León XIII, 1893), Divino Afflante Spiritu (Pío XII, 1943), Santa Mater Eclessia (1964), pero sobre todo hace referencia a la Constitución Dogmática Dei Verbum, emanada de los trabajos del Concilio Vaticano II (18 noviembre 1965). El objetivo del documento consiste en ponderar seriamente los diferentes aspectos de la situación actual en referencia a la interpretación bíblica; desea prestar atención a las críticas y aspiraciones que laten en el corazón de los investigadores; pretende valorar las posibilidades ofrecidas por los nuevos métodos de investigación. En definitiva, desea precisar las orientaciones que mejor respondan a la misión de la exégesis en el ámbito de la Iglesia Católica.

 El documento alcanza el objetivo mencionado desarrollando cuatro aspectos básicos. Empieza describiendo los diferentes métodos y acercamientos que los investigadores actuales adoptan para adentrarse por los caminos de la Escritura, al mismo tiempo que hace una valoración de las ventajas y limitaciones que presentan. Seguidamente profundiza en algunas cuestiones hermenéuticas propias de la interpretación de los textos bíblicos. Después se para en la reflexión sobre las dimensiones características de la interpretación católica de la Biblia, y sobre su relación con otras disciplinas teológicas.Finalmente considera, de la manera más cuidadosa, los aspectos más significativos por los que se debe distinguir la interpretación de la Biblia en la vida de la Iglesia.

 El horizonte de comprensión que alcanza el documento es amplio y profundo; por parte nuestra solo querríamos destacar dos aspectos complementarios que hacen referencia a la situación actual y al desarrollo en que se hallan los estudios bíblicos.

 En primer lugar, deja patente que el uso del método histórico-crítico es indispensable para el estudio científico del sentido de los textos antiguos, estudio que se concreta, como señala el documento, en las investigaciones bíblicas. El documento enfatiza que la Sagrada Escritura, “la Palabra de Dios escrita en lenguaje humano”, ha sido redactada por autores humanos en todas sus partes y en todas sus fuentes, por eso concluye expresando de forma apodíctica que la justa comprensión de la Escritura no solo admite como legítimo el uso del método histórico-crítico, sino que la utilización del mencionado método pasa a ser indispensable para el estudio científico de la Escritura.

 En segundo término, el texto de la Pontificia Comisión Bíblica desautoriza de forma contundente la lectura fundamentalista de la Biblia. La lectura fundamentalista se basa en el principio de que la Biblia debe ser leída e interpretada literalmente en todos sus detalles. Bajo la mención de “interpretación literal”, la aproximación fundamentalista alude a la interpretación primaria y literalista. Excluye cualquier esfuerzo dirigido a la comprensión de la Biblia que tenga en cuenta el trasfondo histórico de donde brotaron los textos, igualmente desconoce y rehúsa el desarrollo que experimentó el talante literario y teológico del contenido de la Escritura. En definitiva, según señala el documento, la perspectiva fundamentalista se opone al uso del método histórico-critico y de cualquier otro método científico orientado hacia la comprensión de la Escritura.

 Los dos aspectos que acabamos de mencionar sitúan cuidadosamente la gloria que alcanza a la Iglesia cuando profundiza con rigor el estudio de la Sagrada Escritura, pero también advierten contra el peligro y la destrucción a que se expone la comunidad cristiana cuando se precipita por el abismo fundamentalista.


domingo, 10 de junio de 2012

PABLO DE TARSO: EL ENCUENTRO CON LA IGLESIA DE JERUSALÉN

                                                                                                                  Francesc Ramis Darder

Tres años después de su conversión, Saulo fue a Jerusalén donde debió encontrarse con el primero de los apóstoles: Pedro. Saulo, llamó siempre a Pedro por su nombre hebreo: “Cefas” que significa “piedra”; de ahí la expresión con que Jesús se dirigió a Pedro: “Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta “piedra” edificaré mi Iglesia, y el poder del abismo no la podrá derribar” (Mt 18,16).

    Cuando Saulo llegó a Jerusalén, intentaba unirse a los discípulos, pero todos le tenían miedo, pues no acababan de creerse que se hubiera convertido de verdad. Entonces Bernabé tomo consigo a Saulo y se lo presentó a los apóstoles. Bernabé les refirió el itinerario de la conversión de Saulo: les explicó que había visto al Señor y que se había convertido al Evangelio (Hch 9,26-28).

    No cabe duda de que la comunidad de Jerusalén enseñó a Saulo toda la tradición oral referente a Jesús, pues Saulo, en aquel momento, todavía debía desconocerla en buena medida (1Cor 11,23-35). También se encontró en Jerusalén con el apóstol Santiago, “el pariente del Señor”, el otro dirigente significativo de la comunidad.

    Saulo iba y venía libremente por Jerusalén, predicando con valentía en nombre del Señor. Disputaba con los judíos de habla griega; pero éstos, alarmados por el éxito misionero del apóstol quisieron acaban con su vida. Los cristianos de Jerusalén, conscientes del peligro que corría Saulo, lo enviaron a Cesare y desde allí viajó Tarso, su ciudad natal (Hch 9,29-30).

Ejercicio: lee la Carta a Tito.

jueves, 7 de junio de 2012

¿QUIÉN ES EL PROFETA ABDÍAS? ABDÍAS: YO SOY EL SIERVO DEL SEÑOR

                                                                                                     Francesc Ramis Darder

Las historias patriarcales parecen relatos ingenuos, pero son narraciones que explican pedagógicamente la historia y la teología del Antiguo Testamento. La historia de Isaac constituye un relato patriarcal importante, la narración aparece amalgamada con la saga de Abrahán y Jacob (Gn 18,1-15; 21,1-35,28).

    Isaac y su esposa Rebeca tuvieron dos hijos: Esaú y Jacob (Gn 25,19-34). Los conflictos entre los dos hermanos fueron encarnizados y permanentes. Baste recordar la ocasión en que Jacob robó la primogenitura a Esaú, y cómo éste decidió matarle para vengarse (Gn 27,1-46). El relato del Génesis señala cómo el Señor anunció a Rebeca la futura enemistad entre los dos hermanos. El Señor dijo a Rebeca: “Dos naciones hay en tu seno; dos pueblos se separarán de tus entrañas; uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor” (Gn 25,23).

    La Sagrada Escritura identifica a Esaú y Jacob con dos naciones: Esaú simboliza el país de Edom (Gn 25,30; 36,1.43), y Jacob representa a Israel (Gn 32,29).

    Los edomitas constituían un pueblo sedentario que se convirtió en nómada y se estableció al sur del Mar Muerto. La unión de las tribus edomitas dio lugar al nacimiento del reino de Edom (Gn 36,31-39), cuya capital era Bosrá (Is 34,6; 63,1). Los israelitas se establecieron, en general, al oeste del río Jordán y constituyeron dos reinos independientes: Israel y Judá. Ambos estados se unificaron bajo el cetro de David; y, con el paso del tiempo, el territorio ocupado por los israelitas se denominó Israel.

    La Escritura narra los continuos enfrentamientos entre edomitas e israelitas (1S 14,47; 2S 8,14; 1R 11,14). Sin embargo la contienda más virulenta entre ambos pueblos aconteció en la época en que Nabucodonosor II atacó y conquistó Jerusalén (597.587.582 aC.). Cuando Nabucodonodor conquistó Sión, los edomitas celebraron la derrota de la Ciudad Santa (Ez 25,12-14; 35,15). El pueblo hebreo había perdido la independencia, había visto la destrucción del templo y palpado el ocaso de la dinastía de David; y si a todo eso añadimos la burla de los edomitas, comprenderemos que la tristeza del pueblo judío debía ser inmensa.

    Pero el Señor no permitió que su pueblo se deshiciese entre los sinsabores de la desgracia. Yahvé suscitó al profeta Abdías y le confirió una triple tarea. En primer lugar, el profeta debía consolar al pueblo abatido. En segundo término, Abdías recibió el encargo divino de anunciar la victoria del bien, oculto en el corazón del pueblo hebreo que lloraba ahora su desgracia. Y, en último término, el profeta debía revelar la derrota del mal, simbolizado en la actitud de los edomitas que habían ridiculizado a Israel en su desdicha.

    Nabucodonosor, tras la conquista de Jerusalén, deportó muchos judíos a Babilonia; pero muchos más huyeron a los países vecinos donde se establecieron. El territorio de Judá perdió gran parte de su población, y quienes permanecieron eran, en general, pobres e iletrados.

    El profeta Abdías no rechazó el encargo divino, permaneció en Jerusalén junto a los pobres que no habían podido evitar el azote de Nabucodonosor con la huída hacia los países vecinos. El nombre “Abdías” significa “yo soy el siervo del Señor”, y enfatiza la decisión del profeta de “servir al Señor” en todo momento. Abdías anunció que, el final de los tiempos, el imperio del mal, simbolizado por Edom, sería derrotado (Ab 10-14); y auguró el triunfo del plan de Dios, representado por la victoria final de los israelitas fieles (Ab 21).

    Los discípulos de Abdías sintetizaron, a mediados del siglo V aC., la predicción de su maestro. El poema que escribieron constituye el libro de Abdías. Es el libro más breve del Antiguo Testamento, sólo contiene 21 versículos. A los ojos de Dios, la  importancia de un profeta y de cualquier persona no depende de la extensión de su libro. El Antiguo Testamento sostiene que sólo es grande e importante aquello que se hace con amor y por amor. Abdías, por amor a Dios y a su pueblo, permaneció en Jerusalén; y gracias a su fidelidad al Señor, el pueblo de Judá, hundido en el desánimo, pudo sentir la proximidad de Dios e intuir el triunfo del bien sobre las fuerzas del mal.

  

lunes, 4 de junio de 2012

EL DÍA DE YAHVÉ

                                                     Francesc Ramis Darder

    ¿En qué consiste el “Día de Yahvé”?

    La expresión “Día de Yahvé” es propia de la literatura profética y aparece dieciséis veces en la Sagrada Escritura; mientras la frase pareja “un día para Yahvé” acontece en tres ocasiones (Is 2,12; Ez 30,3; Zac 14,1). El Día de Yahvé indica la intervención de Dios en la historia para destruir a los opresores de Israel, devastar a los israelitas infieles y restaurar el pueblo fiel. En definitiva el día de Yahvé implica la condena de los pecadores y la salvación de los justos. Veámoslo en los textos proféticos.

     La profecía de Isaías sitúa el “Día de Yahvé” en dos ámbitos. Por una parte, el texto isainano percibe la irrupción del Día de Yahvé en el ocaso de Babilonia (Is 13,6.9). La conquista de Babilonia fue realizada por Ciro el Grande en el año 538 aC pero auspiciada por Yahvé (Cf. Is 41,1-5), Señor de la Historia. Por otra parte, la voz profética relata cómo en el día de Yahvé el Señor acabará con todo lo encumbrado y altivo (Is 2,12). Los términos “encumbrado” y “altivo” simbolizan a los habitantes de la Ciudad Santa, injustos e idólatras. La voz de Ezequiel enfoca el Día de Yahvé desde una perspectiva semejante a la de Isaías. En primer lugar, Ezequiel denuncia la actitud mendaz de los falsos profetas que precipitaron al pueblo a la ruina. La maldad de los profetas inicuos impedirá la conversión del país y por eso la nación sucumbirá ante el envite divino en el día de Yahvé (Ez 13,5). En segundo lugar, Ezequiel sitúa la llegada del Día de Yahvé en la debacle que asolará el país del Nilo; el texto alude a la conquista de Egipto llevada a término por Nabucodonosor II (Ez 30,3). De ese modo los libros de Isaías y Ezequiel denominan “Día de Yahvé” al momento en que la actuación divina acabará con la maldad imperante en Judá, y asolará Egipto y Babilonia, potencias opresoras del pueblo de Dios.

   La voz de Sofonías preconiza los clamores amargos de los habitantes de Judá cuando llegué el Día de Yahvé, cuando Dios fustigue la infidelidad de su pueblo (Sof 1,1.14). Joel amenaza al pueblo con la llegada del día de Yahvé. En ése día terrible, el Señor devastará a su pueblo (Jl 1,15). La devastación acontecerá con la irrupción de un ejército invasor (Jl 2,1), con el que Dios embestirá contra la nación (Jl 2,11). Sin embargo debemos notar que el profeta amenaza al pueblo con la irrupción del día de Yahvé para propiciar la conversión de la nación (Jl 3,4), cuando se vea atemorizada por el furor de la cólera divina (Jl 4,14). El libro de Malaquías ahonda en la presentación de Joel; pues anuncia la llegada de Elías antes de que acontezca el día de la devastación, el día de Yahvé (Mal 3,23). La misión de Elías estriba en reconciliar a padres e hijos, metáfora de la reconciliación social, para que la nación no sea exterminada (Mal 3,22-24). La voz de Abdías remite al día de Yahvé la destrucción de Edom (Abd 15.18), antiguo opresor de Judá (cf. Is 34). Zacarías adscribe al día de Yahvé el juicio divino contra Jerusalén. La Ciudad Santa sufrirá el ataque de las naciones, pero un resto de sus habitantes conseguirá sobrevivir (Zac 14,1). A tenor de lo dicho, observamos también en los profetas menores una doble perspectiva en la comprensión del Día de Yahvé. Por una parte refiere la destrucción de los opresores de Israel; y, por otra, entraña el castigo contra el pueblo pecador para propiciar su conversión, o también lo supervivencia del resto del pueblo que ha permanecido fiel a la voluntad divina.

lunes, 28 de mayo de 2012

¿DESDE CUÁNDO LA BIBLIA SE DIVIDE EN CAPÍTULOS Y VERSÍCULOS?

                                                                                            Francesc Ramis Darder


    En los primeros siglos muchos cristianos aprendían la Biblia de memoria. Por eso cuando era necesario referirse a algún pasaje de la Escritura,  era suficiente recordar alguna palabra o citar un texto de memoria en voz alta. Pero ese sistema tendía a ser poco práctico y generaba, a veces, cierta confusión.

    Para poder encontrar fácilmente las citas de la Biblia, Esteban Langton tuvo la idea de dividir cada libro en capítulos numerados; así se hizo ya en 1226. Más adelante el impresor Robert Estienne, durante un viaje en diligencia de Lyon a París en 1551, puso número a cada una de las frases de esos capítulos: es la división en versículos.

    Esta distribución en capítulos y versículos no siempre corresponde al sentido del texto; pero resulta práctica y por eso la han adoptado todas las Biblias. Para designar un pasaje de la Biblia, basta con dar la referencia; o  sea indicar el libro, el capítulo y el versículo. Por ejemplo Gn 2,4-7 significa: libro del Génesis, capítulo segundo, desde el versículo cuarto hasta el versículo séptimo. Al inicio o al final de nuestra Biblia podemos encontrar un índice con las abreviaturas de todos los libros bíblicos. Cada capítulo se indica con un número impreso en caracteres bien visibles, mientras que los versículos aparecen mediante números más pequeños.

martes, 22 de mayo de 2012

¿CUÁLES SON LOS DOCUMENTOS MÁS ANTIGUOS DEL NUEVO TESTAMENTO?

Francesc Ramis Darder


    Los primeros textos cristianos se redactaron sobre papiros. Un papiro es un “papel” que se fabrica mediante una planta originaria de Egipto “Cyperus papyrus”. El papiro más antiguo que contiene texto del NT se denomina “Papyrus Rylands 3.457” y se encuentra actualmente en la “John Rylands Library” en Manchester. En una cara contiene el texto de Ju 18, 31-33 y en la otra aparece Ju 18, 37-38. Fue encontrado en Egipto donde fue escrito por el año 125; el dato es muy significativo en un doble sentido.

    Por una parte el evangelio de S. Juan quedó escrito entre los años 95-110. Así, el texto de nuestro papiro no es el original de S. Juan, pero es una de las copias más antiguas del evangelio; y lo más importante, el texto del “Papyrus Rylands” coincide con los manuscritos posteriores del evangelio de Juan. Eso prueba la fidelidad con que la Iglesia transmitió el contenido del evangelio. Por otra parte el papiro se encontró en Egipto, a mil kilómetros del lugar donde se redactó el evangelio de Juan; lo cual testimonia la rapidez con que la predicación cristiana llegó a Egipto.

    Por su antigüedad hay otros papiros importantes. El papiro llamado P32, redactado sobre el año 200 contiene Tit 1,11-15 en el anverso y Tit 2,3-8 en el reverso. El “Papiro Barcelona” consta de dos fragmentos; el primero mide 1,85 x 1,2 cm y el segundo 5,5 x 5 cm; presentan Mt 3,9.15; 5,20-22.25-28. El “Papyrus Magdalen” data del año 200 y contiene 19 versículos de Mateo. Entre los papiros del siglo III: “Papyrus Oxyrrinchus” (POxy 12) con Mt 1, 1-9.12.14-20 y el PAmh. I 3b donde figura Heb 1,1.

    Respecto a la cantidad de texto evangélico que presentan los papiros son muy importantes dos colecciones. La colección “Chester Beatty” abarca textos escritos desde el siglo II hasta finales del III: fragmentos de Mateo, Lucas, Juan, Hechos, cartas de Pablo y Apocalipsis. La “Colección Bodmer” presenta fragmentos de Juan (siglo II), la Carta de Judas y las dos de Pedro (III-IV) , fragmentos de Lucas (III) y Hechos de los Apóstoles (VII).  

    La Segunda Carta a los Corintios es el escrito neotestamentario del que mayor cantidad se ha conservado en papiros; la carta contiene 256 versículos de los que 254 han llegado en papiro. El evangelio según S. Mateo es del que menos disponemos en papiro, de 1.071 versículos sólo 197 aparecen en papiro.

sábado, 19 de mayo de 2012

"LA COMUNIDAD DEL AMÉN", NUEVO LIBRO DE FRANCESC RAMIS DARDER

La comunidad del amén
Identidad y misión del Resto de Israel

Francesc Ramis Darder

El Resto de Israel atestiguado por los profetas representa en la antigüedad bíblica un modelo de comunidad que es capaz de contemplar la historia con los ojos de la fe.
El Dios del Amén (Is. 65, 16) constituye una Comunidad del Amén, un grupo amado y sostenido por el Señor a través del tiempo y de las vicisitudes más diversas. En este Resto de Israel se expresa de modo significativo el núcleo de la alianza sinaítica. Es en ella donde este Resto debe fundar su identidad y realizar la misión que se le ha encomendado: testimoniar y ofrecer la salvación de Dios a todas las naciones.
Un estudio sobre el Resto de Israel tiene hoy una especial relevancia, pues ayuda a entender y asumir desde claves nuevas la situación de las Iglesias cristianas que, sobre todo en Occidente, se están configurando como «resto» y fermento dentro de la sociedad.

Ediciones Sígueme
Más informaciónBiblioteca de Estudios Bíblicos, 137                                                              
ISBN: 978-84-301-1801-4
Páginas: 400                                                                                                
Fecha de edición: abril 2012                                 


miércoles, 16 de mayo de 2012

LOS CÓDIGOS SUMERIOS Y LA BIBLIA


Francesc Ramis Darder


    El rey de Sumer, Ur-Nammu (2112-2095 a.C.), o quizá su hijo Sulgi (2094-2047 a.C.), publicó el Código de Ur-Nammu, el más antiguo entre los conocidos hasta ahora. Comienza magnificando la conducta del rey, paladín de la justicia. Algunas disposiciones legales evocan el contenido de la Escritura. Veamos un ejemplo. Declara el Código: Si un esclavo se casa con una esclava que deseaba y después se libera a ese esclavo, el esclavo no podrá dejar la casa (Art. 4). Sentencia la Escritura: Si su amo dio mujer a su esclavo, y ella le dio hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán del amo; cuando el esclavo sea liberado, saldrá solo; si desea conservar mujer e hijos deberá permanecer en casa del amo (Ex 21,3-4). Aunque los matices diverjan, ambos cuerpos legales evocan el principio de la restitución, obviando el carácter vengativo de las leyes antiguas.

   Otro ejemplo. Al decir de Ur-Nammu, si un ciudadano es culpable de perjurio, será multado con quince siclos (Art. 28). Como recalca la Escritura, a quien cometa perjurio debe aplicársele la misma maldad que pretendía contra su hermano (Dt 19,16-19). Ambos códigos castigan el perjurio mediante la restitución. Sin embargo, el planteamiento de la Escritura no se agota en la restitución pecuniaria; también afecta a la persona del ofensor, pues sufrirá el daño que atentaba contra su prójimo. La sentencia de la Escritura es más severa; pues se fija más en la defensa de la persona que en la multa. De ese modo, disuade al perjuro, pues advierte que el mal pretendido recaerá contra quien lo intente.
   
    El preámbulo de las Leyes de Lipit-Istar (1934-1924 a.C.) adscribe a la diosa Nininsina la autoridad sobre la ciudad de Isín. Asentado en Isín y bajo la mirada de Nininsina, el rey Lipit-Istar, entronizado por el dios Enlil, regía el destino del país de Sumer. El texto legal magnifica la conducta del monarca, artífice de la libertad de su pueblo. Las normas del Código presentan analogías con las leyes bíblicas. Señala Lipit-Istar: Si uno alquila un buey y le hace perder un ojo, pagará la mitad del precio de compra (Art. 35). Reseña la Escritura: El que hiera de muerte a un animal indemnizará al propietario, animal por animal (Lv 24,18.21ª). Apreciamos, de nuevo, como las leyes no se ensañan con el culpable, apelan al principio de restitución.

    A los códigos que acabamos de citar, debemos añadir dos tablillas de contenido legal: la tablilla UM y la  tablilla YBC. Ambos textos contemplan situaciones parejas con la Escritura. Dice la tablilla UM: Si alguien golpea a la hija de algún otro y le hace expulsar el feto, pagará media mina de plata como indemnización (Col. II, Art. 3). Algo semejante figura en la tablilla YBC: Si ha golpeado a la hija de alguien y le ha hecho expulsar su feto, pagará un tercio de mina de plata (Art. 2). Subraya la Escritura: Si en el curso de una riña, alguien golpea a una mujer encinta, provocándole el aborto […] indemnizará con lo que le pida el marido y los jueces determinen (Ex 21,22). Tanto las tablillas como la Escritura reconocen el delito y apelan al principio de restitución. Sin embargo, la Escritura no agota la sentencia en el pago de la multa; también garantiza la equidad de la restitución, pues escucha el parecer del marido y el criterio de los jueces.

viernes, 11 de mayo de 2012

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABA MILAGRO?

Francesc Ramis Darder




    Fijémonos en un texto concreto: “Los Diez Leprosos” (Lc 17, 11-19). Jesús se encuentra con diez hombres leprosos y les dice “id a presentaros a los sacerdotes”. Mientras iban de camino quedaron “purificados” de la lepra; uno de ellos, notando que estaba “curado”, se volvió alabando a Dios a grandes voces, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

    Los israelitas llamaban lepra a las enfermedades que producían manchas en la piel (Lv 13). Los sacerdotes determinaban quien era leproso observando si había  manchas sobre la piel, por eso Jesús los manda al sacerdote para que verifique la curación. La lepra se consideraba un castigo divino (Nm 12, 9, 16). Los leprosos eran expulsados de los pueblos (Lv 13, 45 ss) y vivían miserablemente en descampado, su única esperanza radicaba en llegada del Mesías que acabaría con la cruel enfermedad (Lc 7, 22).

     Mientras iban de camino quedaron purificados de la lepra, uno de ellos notando que estaba curado...”. Nueve han sido “purificados” pero sólo uno “curado”. La “purificación” representa un cambio externo; el leproso tenía manchas en la piel y ahora no. Los nueve “purificados” han visto en Jesús a alguien especial capaz de conferirles un cambio exterior. En cambio la “curación” denota una transformación interior que se manifiesta externamente. Las manchas han desaparecido, como en los otros nueve, pero a través de la desaparición de las manchas el leproso curado no ha visto en Jesús solamente a un personaje prodigioso, sino que ha percibido la misma presencia de Dios: ese es el auténtico milagro.

    El verdadero milagro no consiste en el cese de la enfermedad, sino en descubrir a través de la desaparición de la dolencia la presencia de Dios que “cura”. Para el AT Dios es el único capaz de curar profundamente “Yo soy Yahvé el que te cura” (Ex 15, 26). El leproso curado se prosterna. Prosternarse, echarse en tierra ante alguien, implica reconocer la manifestación de la divinidad. Para este leproso ha acontecido un milagro, a través de la eliminación de la lepra ha captado en Jesús la presencia del Dios que cura la enfermedad y la angustia de ser humano.

lunes, 7 de mayo de 2012

¿QUÉ SIGNIFICA EL ARCO IRIS?

Francesc Ramis Darder



    Después del diluvio Noé salió del Arca, y el Señor estableció con él una alianza. El signo visible de este pacto es el Arco Iris. La Escritura pone en labios de Dios estas palabras: “Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, por todas las edades: Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra (...) y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir a los vivientes” (Gn 9, 12-15). ¿Qué significa este arco?

    Cuando dos países del mundo antiguo, después de una larga guerra, alcanzaban la paz; el rey de cada pueblo colocaba en el techo de la sala del trono su arco de batalla. El Así el arco daba fe de que ambas naciones habían llegado a la paz. Cuando los israelitas veían el arco iris en el cielo pensaban, metafóricamente, que era el arco de Dios. De ese modo, entendían que el Señor había colgado su arco en las nubes y establecido la paz definitiva con su pueblo y con la Humanidad entera.

    La experiencia de Yahvé como el Dios que está en paz con su pueblo es una de las características de la religiosidad israelita. Los pueblos antiguos tenían miedo de Dios. Pensaban en Dios como con un adversario y un contrincante. En cambio, para Israel Dios es alguien que da paz y establece una alianza con su pueblo y con la tierra entera para protegerla.

    La alianza de Dios no se circunscribe a Israel; abarca también a todos los hombres, a los animales y a toda la tierra. Toda la realidad está en manos de Dios, pero no para destruirla, sino para otorgarle paz y confianza. El arco iris es el signo de la alianza de paz que Dios establece con todas sus criaturas.


jueves, 3 de mayo de 2012

¿QUÉ ES LA LECTIO DIVINA?

                                                      Francesc Ramis Darder               




    La Lectio Divina es un antiguo itinerario para la lectura de la Biblia. Los padres de la Iglesia pusieron los fundamentos y los monjes medievales desarrollaron las diversas etapas de que consta. El siguiente método de lectura de la Biblia en grupo está inspirado en la Lectio Divina y consta de los siguientes pasos.

Introducción. Nos reunimos como grupo y antes de acercarnos al texto bíblico preparamos nuestro interior con una breve plegaria: “Habla Señor que tu Siervo escucha” (1 Sam 3, 10). Le pedimos a Dios que abra nuestros corazones para entender su Palabra y trasformar con ella nuestra vida.
 
1º Paso: Lectura atenta del texto (lectio). Alguien lee el texto en voz alta y después todos, durante cinco minutos, leen en silencio. Intentamos ver qué dice el texto, comprendiendo bien todas las palabras y ayudándonos con las notas de la Biblia. Compartimos en el grupo las dudas de comprensión que hayamos tenido.

2º Paso: Nos dejamos interpelar por el texto (meditatio). Alguien del grupo lee el texto en voz alta y después, durante diez minutos, todos lo leen en silencio. Cada uno se hace esta pregunta: ¿qué me dice el texto? para ver qué comunica la Palabra a nuestra situación personal, comunitaria, social ... .Después ponemos en común, con sencillez, aquello que la Palabra de Dios nos ha  comunicado.

3º Paso: La Palabra nos exige una respuesta (oratio-actio). Proclamamos la Palabra en voz alta y después, durante cinco minutos, cada una lee personalmente. Intentamos discernir qué respondemos a nuestra vida desde la Palabra que hemos escuchado. Observamos como la Palabra de Dios nos exige convertir algún aspecto de nuestra existencia. Compartimos con los hermanos el compromiso a que nos lleva la Palabra.

Conclusión. El encuentro termina con una oración conocida por todos (Padrenuestro, Salmo). En esta plegaria pedimos a Dios la fuerza necesaria para llevar a término el compromiso que nos ha exigido la lectura atenta de la Palabra de Dios. 

viernes, 27 de abril de 2012

¿COMO PODEMOS ENTENDER EL PECADO ORIGINAL ?

                                                                                      Francesc Ramis Darder



    Aquello que denominamos “pecado original” no se encuentra propiamente en el Génesis, sino en la Carta de S. Pablo a los Romanos (Rom 5, 12-21). Lo más importante de este texto no es lo que se dice sobre el pecado, sino lo que se afirma acerca de Jesucristo. Pablo dice “la gracia de un solo hombre Jesucristo, se ha desbordado sobre todos “; es decir, todos estamos salvados gracias a Jesucristo. La resurrección de Jesús nos ha salvado; o como dice Pablo, “la obra de uno, (Jesucristo), procura toda la justificación que da la vida.

    Lo más importante de nuestra fe es la certeza de que todos nosotros estamos salvados en Jesucristo. Recordemos que la Biblia nos comunica verdades de fe, pero envueltas en el lenguaje propio del tiempo en que se escribieron los libros bíblicos.  Si decimos que todos nosotros hemos sido salvados por Jesucristo; estamos afirmando, a la vez, que en nuestra vida hay situaciones que necesitan ser salvadas. Imaginémonos una moneda. En la cara está inscrito el acontecimiento central de nuestra fe “Jesús nos ha salvado” y en la cruz figura la realidad humana “somos pecadores”. En esta moneda lo realmente importante sería la cara, “la salvación que Jesús nos otorga gratuitamente”.

    La doctrina del pecado original es, por así decirlo, “el reverso” de la Buena Nueva por la que Jesús es el Salvador de todos: todos necesitamos la salvación y la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La doctrina del pecado original es otra forma de expresar la gran certeza de que Jesús nos ha salvado; lo que en lugar de decirlo según afirma la cara de la moneda “Cristo nos ha salvado”, lo enunciamos según la cruz de la moneda “todos somos pecadores”.  El dogma del pecado original debería animarnos a contemplar nuestra vida desde la gracia de Dios. Así recuerda que Dios nos salva en Jesucristo, pues “todo lo superamos de sobra gracias al que nos amó” (Rom 8, 37).

lunes, 23 de abril de 2012

¿QUÉ SIGNIFICA LA COSTILLA DE ADÁN? LA COSTILLA DE ADAN: EL NACIMIENTO DE UN PREJUICIO

                                                                                   Francesc Ramis Darder




    El Génesis describe la formación de la mujer a partir de una costilla de Adán: “Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vació con carne. De la costilla que Yahvé había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre” (Gn 2, 21-22). ¿A qué costilla se refiere el texto bíblico?

    Los guerreros antiguos consideraban el abdomen como uno de los puntos más débiles del hombre. Cuando la espada del adversario se hundía en el abdomen de un soldado, los intestinos salían fuera del cuerpo, y el guerrero moría entre grandes dolores. Para proteger el abdomen, los soldados se colocaban una coraza. Pero entre ellos surgía esta pregunta: ¿porqué si el abdomen es tan vulnerable no hay ningún hueso que lo proteja?

    La mitología babilónica daba a esta pregunta una curiosa respuesta. Los primeros hombres tenían el abdomen protegido por una gran costilla, un hueso plano que protegía los intestinos. Así cuando la espada de un adversario les hería, la costilla, el hueso plano, evitaba que los intestinos saliesen del cuerpo y el hombre muriera.

    Ahora bien, decían los babilonios, cuando Dios decidió crear a la mujer, quitó al hombre precisamente la costilla que protegía el abdomen. Por tanto a causa de la  mujer, según la mitología antigua, el hombre se había convertido en un ser vulnerable; por eso la mujer debía considerarse un peligro para el hombre y la mayor culpable de su decadencia. A partir pensamientos como éste nació el injusto menosprecio por la mujer.

    La fe cristiana confiesa la igualdad del hombre y la mujer ante Dios, pues el Señor “macho y hembra los creó” (Gn 1, 27). No obstante, cuando la Biblia relata la cuestión lo hace valiéndose del lenguaje de su tiempo; y, por eso, también recoge los prejuicios de su época, como puede ser el prejuicio de la costilla de Adán..

   Debemos aprender a discernir lo que son cuestiones de fe, en este caso la igualdad del hombre y la mujer, separándolo de aquello que corresponde a prejuicios históricos, como es la cuestión de la costilla de Adán. Sólo así entenderemos la Biblia y se convertirá para nosotros en el fundamento de nuestra fe y de nuestro testimonio cristiano.

sábado, 21 de abril de 2012

¿QUÉ ES LA TRADUCCIÓN DE LOS SETENTA, O SEPTUAGINTA (LXX)?

                                                                                  Francesc Ramis Darder

    Una porción del pueblo hebreo emigró a Egipto estableciéndose en la ciudad de Alejandría. La metrópoli disponía en la embocadura de su puerto de un faro considerado una de las maravillas del mundo; y también contaba con una biblioteca que era, a su modo, otro faro que irradiaba en Oriente la sabiduría de la antigüedad clásica. Los hebreos vivían en un ambiente cosmopolita donde se hablaba el griego, y a través del puerto y de la biblioteca abrieron su corazón a la cultura universal.

    Los judíos se reunían cada sábado para meditar la Sagrada Escritura redactada en hebreo. Pero muy pronto se percataron de un detalle: si querían anunciar su fe a los ciudadanos de Alejandría y deseaban, a la vez, que el AT fuera patrimonio cultural de la humanidad, no les quedaba más alternativa que traducir la Palabra escrita en hebreo al idioma griego; pues el hebreo solo lo comprendía la pequeña comunidad israelita.

    Notemos como los motivos que impulsaron al pueblo elegido a traducir el AT fueron dos: el deseo de compartir su cultura con el resto del Mundo, y, sobre todo, y eso es lo crucial, la pasión por anunciar la fe contenida en el AT. Esta traducción del AT del hebreo al griego, realizada en la ciudad de Alejandría durante los siglos III-I aC, se denomina “Traducción de los Setenta” o “Septuaginta” (LXX).

    Cuando nació la Iglesia cristiana surgió una pregunta: ¿Qué Antiguo Testamento debemos tomar, el original escrito en hebreo, o la traducción griega de los Setenta? Y la comunidad cristiana eligió, sobre todo, la traducción griega.

    La Iglesia no sentía aversión alguna por la lengua hebrea, pues los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe; sino porque la Iglesia es misionera en su misma naturaleza. Si la Iglesia hubiera adoptado sólo el AT hebreo, quizá hubiera quedado reducida a un grupúsculo en el seno del judaísmo. Pero al adoptar la Septuaginta y escribir el NT en griego, adquirió la posibilidad de difundir el cristianismo con gran rapidez en el mundo antiguo para sembrar la semilla del Reino de Dios.

    La motivación de cualquier tarea de la Iglesia debe sustentarse siempre en el deseo de anunciar a Cristo resucitado, iluminando con la luz del evangelio en las estructuras del Mundo y el corazón de la Humanidad.

martes, 17 de abril de 2012

MARÍA. LA MAGDALENA: TESTIGO PRIVILEGIADO DEL AMOR APASIONADO POR JESÚS

                                                                                                             Francesc Ramis Darder

    A doce kilómetros de Cafarnaún y bañada por las aguas del mar de Galilea emergía la ciudad de Magdala. Hacia el año 67 dC la ciudad contaba con 40.000 habitantes dedicados, en su mayor parte, a la pesca y a tareas relacionadas con ella como son la industria de salazón y la fabricación de anclas.

    La tradición cristiana sitúa el nacimiento de María Magdalena en la ciudad de Magdala; por ese motivo el apelativo “Magdalena” indicaría el lugar de origen de María; es decir, la ciudad de Magdala. Pero no es ese el único significado del término “Magdalena”. La palabra “Magdalena” procede de la voz hebrea “Magdal” que significa “fortaleza, castillo”; y, no en vano, en la ciudad de Magdala se erigía una plaza fuerte que albergaba una guarnición militar.

    Este segundo significado del término “Magdalena” define perfectamente a María. Ella no es únicamente la mujer originaria de Magdala; sino, principalmente, la mujer fuerte, la mujer que, a modo de fortaleza inexpugnable, custodia entre los muros de su alma el amor apasionado por Jesús, el Señor.

    María, la Magdalena; es el prototipo del amor apasionado por Jesús. Ella amó a Jesús, cuando predicaba el evangelio en las aldeas de Galilea (Lc 8,1-3); sólo ella expresó con sus lágrimas el amor por Cristo cuando su cuerpo yacía muerto en las tinieblas del sepulcro (Ju 20,11); y fue ella la primera en amar a Jesús resucitado al rayar el alba del día de Pascua (Lc 20,12-18).

     La fortaleza de María Magdalena radica en que amó a Jesús cuando estaba vivo y recorría las tierras israelitas predicando la Buena Nueva; pero, y eso es lo más difícil, amó a Jesús cuando había muerto, y también gozó de la presencia del Señor resucitado. Por eso ella es la “mujer fuerte”, el paradigma de la vivencia confiada y radical del Evangelio tanto en los tiempos de gloria como en los altibajos del dolor y el desencanto. Sólo ella amó a Jesús cuando vivía, cuando estaba muerto y cuando resucitó el domingo de Pascua. El amor apasionado por Jesús convirtió a María en la Magdalena, el baluarte de la comunidad cristiana que emprendía la senda del Reino de Dios.


sábado, 14 de abril de 2012

LAS EDADES DE LOS PATRIARCAS: METAFORA DE LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO

                  
                                                                                                               Francesc Ramis Darder

     Cuando el libro del Génesis refiere las edades de los primeros patriarcas suministra datos, a primera vista, desconcertantes: Adán vivió 930 años; Set 912 ... Quenan 910 ... Lamek 777 ... Najor 148 (cf. Gn 5. 11, 10-32). La Biblia presenta verdades de fe, pero envueltas en el lenguaje propio del tiempo en que se redactaron los libros bíblicos. Lo que debemos creer por la fe son las verdades reveladas, pero no los ropajes culturales en que estas verdades se presentan. Notemos que las edades de los patriarcas son muy elevadas; pero, salvo algunas oscilaciones, van disminuyendo continuamente.

    Estos textos presentan una verdad: a causa del pecado el hombre se alejó de Dios; y el distanciarse de Dios supone una disminución en la intensidad de nuestra vida. La metáfora de Adán y Eva (Gn 2-3), nos describe la escena en la que el hombre rompió su relación con Dios.

    Únicamente junto a Dios se encuentra la verdadera vida. Cuando el hombre se aparta de Dios, también va perdiendo la intensidad de la vida que, tan sólo, otorga la proximidad al Señor. El Génesis nos presenta esta certeza, pero revestida con la narración de la edad de los patriarcas. Al comienzo les otorga una edad muy alta, próxima al número mil. Este número indica la plenitud y la proximidad a Dios. Después del pecado, el hombre se aparta de Dios, y su vida comienza a disminuir, separándose de la plenitud indicada  por el número mil.

    El texto bíblico no quiere relatarnos la edad cronológica de los patriarcas; sino enseñarnos que el pecado humano, al distanciarnos de Dios, disminuye la profundidad de nuestra existencia. 

                                                                

martes, 10 de abril de 2012

¿QUÉ SIGNIFICA LA RESURRECCIÓN DE JESÚS?

                                                                  Francesc Ramis Darder



    Las narraciones de la resurrección de Jesús presentan una frase fundamental “Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí...” (Mc 16, 6).

   Esta expresión es el centro del Nuevo Testamento y de toda la Biblia. No es una simple frase sino que constituye el corazón nuestra fe.

   ¡Cristo ha resucitado! es el núcleo del gozo cristiano y del evangelio. Si elimináramos del NT la proclamación de la resurrección de Jesús nuestra fe se desvanecería, y el NT perdería su profundo valor. Dice S. Pablo “Si Cristo no ha resucitado, entonces nuestra predicación no tiene contenido ni vuestra fe tampoco” (1 Cor 15, 14).

    La certeza de que Cristo Vive es el centro de nuestra fe. Sucede que el lenguaje humano es insuficiente para expresar el significado preciso de la resurrección de Jesús. Por eso el NT utiliza dos tipos principales de vocabulario para describir la vida nueva del Señor: el lenguaje de resurrección y el de exaltación.

    El lenguaje de resurrección figura en las narraciones de la tumba vacía (Mt 28, 1-10 y par.); “Porqué buscáis entre los muertos al que vive. No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6).

    Se basa en un esquema temporal; Jesús “antes” estaba muerto y “ahora” ha resucitado. Tiene la ventaja de destacar la continuidad de la identidad personal de Jesús; el mismo Jesús que predicaba en Palestina y murió en Jerusalén es el mismo  que ha resucitado. Ahora bien, muestra la desventaja de no explicar del todo la nueva vida que alcanza Cristo después de la resurrección.

     De ahí que los autores del Nuevo Testamento introdujeran el lenguaje de exaltación que aparece en algunas Cartas (Flp 2, 1-11) discursos (Act 3, 13) y en las narraciones de la Ascensión del Señor (Lc 24, 50-53; Act 1, 3-11).

    Este lenguaje utiliza palabras como “exaltación, subida”; así dice: “Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9). Se basa en un esquema espacial, existe un “abajo”, la tierra, donde acaece la muerte de Cristo y un “arriba”, el cielo, que es la nueva forma de vida de Cristo resucitado. Así aparece con la mayor claridad la nueva vida de Jesús; el Hijo de Dios vuelve al seno del Padre.

    Aunque la combinación de los dos lenguajes (Act 2, 23-24.32-33) perfila mejor el sentido de la resurrección, no llega a agotarlo. La resurrección de Jesús es un acontecimiento de revelación que se percibe desde la fe. Un acontecimiento capaz de llenar nuestra vida de sentido para empujarnos a sembrar la semilla de la misericordia entre los resquicios del Mundo, hasta que la sociedad vea la luz de los cielos nuevos y la tierra nueva, inscritos por Dios en el corazón de cada persona.